Un romance caótico

Volver a la página de: SERGIO MARTIN MONTENEGRO

              Siempre me han llamado “el petizo”. Mi metro cincuenta y cinco no me hace acreedor a otro y más preciso apodo; sin embargo, yo era un tipo alegre, nada de acomplejado y, las más de las veces, divertido, por lo menos eso era lo que mis amigos decían a menudo.

            La situación política-económica de mi país me arrastró a tierras lejanas y extranjeras, como a tantos. Mi vida sufrió, asimismo, los avatares dulces y agrios que suelen acompañar a un muchacho que no sabe el idioma del nuevo país, además de la soledad personal que el tranco y las circunstancias ligan de una manera absoluta.

            A poco de llegar a suelo extraño, sin ser llamados, aparecieron los eternos sabihondos que, gratuitamente, se convirtieron en “Consejeros autorizados”. Fueron ellos los que pontificaban las formas y las fórmulas para encontrar un buen trabajo con un salario arribita de lo normal y sin necesidad de masacrarse, como diría un argentino;  tanto como las condiciones máximas de albergue con el mínimo de egresos y, ¡vaya qué importante!, el método rápido de aprender el idioma en el lapso más breve y más tiernamente óptimo.

            ¡Una gringa!

            Sí, ese era el mejor procedimiento y el más seguro.

            Yo era alegre, ya lo dije y nada de acomplejado, también lo dije, así que me puse en frenética búsqueda de esa muchachita que en poco tiempo me dejaría hablando con aquella elocuencia que tenía Martin Luther King Jr.

            No fue fácil, debo confesarlo.

            Al principio vagué y vagué, tiré piropos y nada. Las más de las veces me contestaban, es cierto, pero, yo no entendía nadita. Claro, pienso que la recepción a mis requiebros no eran justamente lo que podría calificarse como híbridas o estimulantes, muy por el contrario, siempre me percataba de rostros desencajados o muecas de ira que me daban la idea, por los epítetos que lanzaban, que simplemente decían: “ándate a la cresta petiso”.

            Pero yo era constante, arrollador y con una fuerza de voluntad nada de común. Si una gringa me decía “nou”, yo la dejaba pasar, siempre pensando que ya llegaría otra.

            Un día, en uno de esos bailes donde nos juntábamos para comer empanadas y despotricar contra el régimen que nos hacía comer tantas empanadas, conocí a una gringuita.

            Bueno, la verdad es que no era una gringuita.

            Era una gringaza.

            Talla cincuenta y dos, medía su metro noventa pero tenía unos cabellos rubios tan suaves, tan largos y tan hermosos y, para que les voy a hablar de sus ojos… un azul tan intenso y una mirada tan profunda y transparente que cuando me clavaba las pupilas pensaba que me veía hasta los calzoncillos. La escultura de su cuerpo, como cincelada por Rodín, estaba en abierta contraposición con las dimensiones de su calzado: dos lanchas que. Acurrucadito, y en emergencias, podría haber dormido dentro de ellas. Más tarde me di cuenta que nunca usaba el transporte público; con esos medios de movilización hasta el coche de Fangio parecía que marchaba en cámara lenta.

            Verla y activar mi nomenclatura química fue todo uno.

            Salí con cancha a su encuentro y torpemente le dije: “You dance conmigo”.

            La gringa sonrió y me mostró unos dientes de perla tan blancos y tan parejitos que casi me volví loco. Nos movimos al compás de una cumbia, a la distancia, pero, ¡puchas que tenía ganas de tocarla! Afortunadamente la orquesta cambió de ritmo después de la tercera y ahí, ¡guao, qué emoción!, la apreté entre mis brazos, casi casi de las nalgas, i  mi altura  no daba para más. Ella me miraba con esos ojos de luciérnaga y yo, modestamente, le sonreía como huevón.

            Así estuvimos toda la noche hasta que el gringo encargado del salón gritaba enojado que nos teníamos que ir porque los organizadores habían pagado sólo hasta la medianoche. ¿Cómo yo iba a dejarla así, tan de repente? Como pude me di a entender y le dije: “Puedo yo see you tomorrow”. Ella sonrió otra vez y, por primera vez, pude escuchar el melodioso timbre de su voz:       “Siiií, claro que tuuuuú puede, io stoy… apre… aprender español”.

            La gringa me dio su dirección, vivía solita en un departamento cerca del centro. Al día siguiente, desde temprano me llamaron algunos compadres que habían estado en la fiesta para darme ánimo y para decirme, burlonamente, “que estupenda pareja hacen”. Los huevotes antes de cortar se cagaban de la risa. “¡Acomplejados!”, les gritaba yo. Más de alguno tiene que haberme escuchado.

            Me vestí deportivo, me miré al espejo y pensé que si un jockey me viera, se moriría de envidia. Me puse un poquito de esa colonia chilena que llaman Flaño y me largué en la tarde a ver a mi Dulcinea, (Luchito, tienes que aprender inglés, Luchito tienes que aprender inglés, me decía en el trayecto).

            Ahí estaba mi gringa, esperándome, con bata larga y con el cabello suelto a todos los vientos. Me hizo pasar y me ofreció un té. Yo le dije Okay y fue a la cocina a prepararlo. En el ínter tanto yo miraba para todos lados en busca, tal vez, de los límites de la cancha donde se iba a desarrollar una contienda pedagógica y lujuriosa. Entre las líneas demarcatorias todo era grande: las flores, los cuadros, los sillones, todo. Cuando entró de vuelta y me pasó el tazón de té quitó la bolsa sumergida en el mío y sin arrugarse la zampó en el de ella. Sonreí y dije: “You are very económica”. Parece que no le gustó nadita la talla pues la miradita que me pegó me dejó clavado y con la sensación de haber sido impertinente.

            Ahí nos sentamos mirándonos como dos pailones. Paro, había que romper el hielo (-y practicar inglés-), al precio que fuera y como yo no era nadita de acomplejado, me tiré a la borda.

            A media lengua, y con un despliegue magistral de mímica, exalté su belleza y lo agradable que era estar en su compañía. La gringa me escuchaba y me decía: ¡more, more, more! Y, bueno…, yo le hablaba lo que podía.

            Así estuvimos como una hora hasta que ella me dijo que tenía que salir, que me fuera o la esperara, como quisiera, pero que ella tenía un compromiso. Le dije que me iba pero que quería verla otra vez.

            -Siiií, of course.

            -Next sábado okay?

            Al sábado siguiente estaba como reloj golpeando su puerta. La gringa, me pareció, dormitaba pues cuando yo estaba por abandonar su pórtico ante lo infructuoso de mi llamado apareció un poquito desgreñada y con una sonrisa me hizo pasar y me dijo: ¡ioo haber olvidado”.

            Estaba en camisón  y a través de él tuve la primicia de otear la redondez y lo carnoso de sus senos. Estaba, para qué negarlo, que cortaba las huinchas. Como yo no era nada de acomplejado me senté a su lado y a los cinco minutos empecé a estirar mi manito hasta tocar la de ella. Aceptó sin cuestionamientos y sin vergüenza, pero sonreía como malula.

            A la media hora cabalgaba por las tórridas y espectaculares mesetas de su geografía pidiendo socorro y encomendándome a todos los santos de mi devoción para que mi virilidad no me abandonara mientras la gringa gritaba como loca: “¡More, more, more!”.

            Nuestra relación rompió todos los esquemas imaginables. A la semana me mudé a sus aposentos y empecé a hablar el español como ella, para que me entendiera y nos entendiéramos.

            -Tú estás cada día more hermosa.

            -Luuuuchitooo tú aprender inglés very pronto.

            Nuestra Luna de Miel duró un mes, es decir, un mes duraron mis fuerzas. El día treinta y dos empecé seriamente a lamentar el hecho de haber seguido tan al pie de la letra los consejos de los sabihondos, además que mi facha tampoco era para andar en esos trotes.

            Sentía una debilidad que se me agudizaba cada vez que pensaba en ella y, sobre todo, cuando aparecía. Ya no decía ni siquiera “hola Luuuchitooo”, no, qué va, decía sin arrugarse: “Luuuchitooo saca los calzones”, y yo, tan falto de voluntad me tenía que desnudar y la mole se me tiraba encima y me estrujaba y estrujaba. En una de esas se le salían los dientes y los dejaba en el velador. También empecé a notar que su pelo me envolvía y no me dejaba respirar, lo sentía pegajoso, engrudado, gelatinoso; sus mesetas ya no eran plácidas, eran rocas amarradas con alambres de púa que se me enquistaban en cada milímetro de mi sufrido cuerpo.

            Empecé a tomar píldoras para la anemia y vitaminas que me ayudaran a mantenerme en pie. Ella no quería que trabajara. “Inglés es lo primero”, me decía y agregaba: “con ioo tuuuú aprender very pronto”.

            Pero no, no aprendía nada, mi inglés no había mejorado ni un ápice pero, ¡puchas que aprendí de otras cosas! No obstante, lo único que tenía era un pánico de los mil demonios y rezaba para que no llegara, para que la atropellara un camión o sea cayera del Habour Bridge.  No tenía dinero y no podía irme, los compadres después de mis insultos no quisieron saber nada de mi. Estaba en un callejón sin salida.

            Le daba por tomarme en brazos, siempre que estuviera desnudo y se paseaba por toda la casa cantándome canciones para niños y después, ¡sánate!, me tiraba a la cama y como loca gritaba ¿More, more, more!, y… yo… hacía lo que podía…, pero a esa altura era bien poquito lo que podía. Además, tenía la mala costumbre de apoyarse en mis hombros y me achataba. Creo que mi metro cincuenta y cinco dejó de serlo, tal vez ahora mida uno cuarenta, ¿quién sabe?

            Me sentía tan ínfimo, tan pulgarcito, tan debilucho que hasta se me olvidó reír y no hay día de Dios que no maldigo a mi padre por haberse casado con una enana que trasmitió toda su deficiencia glandular al retoño de la familia.

            Si me vieran mis ex amigos dirían: “Cagaron al petiso”, y tienen toda la razón.

            Como toda historia, ésta también debería tener un final, pero aún no lo tiene. Me encomiendo a mis santos para que el médico tenga éxito en sus diligencias.

            Una noche en que se me exigió más allá de lo que se me había exigido y como yo perdí en conocimiento mientras me pellizcaba el culo para tener un aliciente para moverme sobre aquel cuerpo de hipopótamo, parece que la voracidad de la gringa fue tan desmesurada que ante mi lentitud o poca destreza me levantó y me tiró de cabeza contra el ropero. Recuerdo vagamente que mi cabeza cruzó unos maderos astillados, que un zapato de la gringa se me enquistó como sombrero, después no recuerdo hasta que desperté en el hospital y cada vez que aparece una enfermera y me pregunta cómo me encuentro, yo le digo: “very malo”. El médico también aparece de vez en cuando y dice que estoy muy mal, que él hará los trámites para que me repatríen porque acá no hay cura para mis lesiones ni para mi enfermedad.

            Ese podía ser un lindo final ¿no creen? Cuando ellos se van yo me meto debajo del catre, no sea cosa que aparezca la gringa.