Una odiosa similitud

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             (Aunque éste sea el último dolor que ella me cause

  y éstos  sean  los  últimos  versos 

que yo le escribo – Pablo Neruda).

 

 

            Éramos una pareja con un sentido de la realidad tremendo.

            Nuestras afinidades, casi fuera de serie.

            Bastaba que nuestras miradas se cruzaran y un mundo nuevo, maravilloso, se nos ponía al lado y empezaba a arrullarnos con  inmensa ternura.

            Cuando, estando solos, nos poníamos frente a frente, percibíamos una especie de corriente, yo diría magnética que, si bien es cierto impedía que nos tocáramos, nos daba ánimo y coraje para contemplarnos sin tregua.

            Cuando, juntos a otros, teníamos que recurrir a las palabras, nos mirábamos de soslayo sólo para buscar el gesto furtivo que nos ratificaba que los términos y juicios que expresaba uno, eran justamente lo que quería expresar el otro.

            Muchas veces, incontables veces, estando solos no decíamos palabra, pero nos asistía una reconfortante certeza de que nuestra comunicación era plena y  entonces, nos dejábamos acariciar como niños por esa seguridad silenciosa que tenía un origen tan íntimo como extraño y que traspasaba toda nuestra estructura de carne, de hueso, de… qué sé yo de qué.

            También empezamos a desarrollar actitudes de complicidad. Las usábamos solamente junto a otros. Comentábamos, por ejemplo, trozos literarios que nos habían impactado y que sabíamos no impactaban a los demás. Era una de tantas maneras de aislarnos de los otros.

            A veces, pienso que por jugar, y sin ponernos de acuerdo, nos convertíamos en los polos de un imán:

            -¡Qué desgracia es vivir tan lejos del ser amado!

            -Cuando se quiere, nunca se está lejos.

            Otras veces, sin ponernos de acuerdo, cambiábamos nuestros roles; pero, luego corregíamos humildemente nuestras graciosas divergencias:

            -No le veo sentido a los árboles que no dan fruto.

            -Pero, dan sombra…

            -Sí, es verdad, algo dan. Dan… sombra.

            Pero había días en que no jugábamos. La dicha nos impedía hasta las leves divergencias:

            -¡Amo la vida!

            -¡Qué feliz que soy!

            -¡Mira, qué hermoso el atardecer!

            -Es… un regalo para nosotros.

            -Sí, es…

             Sin embargo, no nos atrevíamos a tocarnos. Nuestra audacia sólo nos permitía bajar la mirada, cuando no jugábamos.

            Algunos días, y tenía mis razones, en que me visitaba la melancolía y me abrazaba la tristeza, su semblante cambiaba y, estando ahí, tenía mis motivos para sentirme tan distante.

            Ella, algunos días, no sé por qué, también me hacía sentir tan remoto.

            Con el correr del tiempo empezamos a dignificar el silencio, tal vez amargamente convencidos que quebrantarlo podría significarnos una tremenda tragedia. No obstante, seguimos comunicándonos con gestos: sus ojos me besaron, apasionadamente; su nariz me indicaba el momento en que debía retirarme; su sonrisa me aseguraba que era feliz.

            Distantes, buscábamos algo que nos aproximara:  escuchábamos la misma sinfonía, horas y horas; observábamos, acariciando con la mirada, el sitio donde antes habíamos estado juntos y pasábamos con cariño la mano tocando lo que antes había tocado el otro.

            Muchas veces, agobiados de ausencia, recurríamos a cualquier medio para comunicarnos y, ¡ay!, cuántas veces infructuosamente.

            Pero la ley es la ley. El principio también tiene fin y hasta en las similitudes siempre hay una que separa, para confirmar que toda regla tiene su excepción.

            Un día, sin querer trizar nada, sin querer romper nada, sin pensar tal vez en nada…, apenas, con palabras, le pude decir que la amaba.

            Ella, pienso que alterada, me preguntó no sé qué con la mirada.

            Mi silencio, esta vez, fue incapaz de comunicarnos y ella, al ver que no respondía, me impugnó, a pesar que yo lo sabía, con su despiadada realidad:

            -¡Soy casada!

            Y se alejó.

            Me mordí mis lágrimas y ni escuchó cuando dije, turbado y entre dientes:

            -Hasta en eso nos parecemos…  ¡Ay, Dios, que tremendo sentido de la realidad que tenemos!