Si no fuera por la solidaridad

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            Mi Lucinda es una mujer como muchas: hacendosa, prolija e ingeniosamente cuidadosa con su persona. Pero eso no es todo, pone una velocidad tan extraordinaria en todo lo que ejecuta que siempre se da el tiempo para hacerme compañía frente al televisor mientras me conmuevo con esas dramáticas y emotivas telenovelas y… ¡claro!, ella también suele emocionarse con frecuencia.

            Siempre ensimismada y, lo que es peor, con una capacidad de concentración que se la enviaría un campeón mundial de ajedrez. Siempre:  “aguarde mijito que eche a andar esta máquina”, “espere mi amor que termine de secarme el pelo”, “pero cuchi cuchi déjeme tranquila que la película está por terminar”.

            Otros hombres –en esas circunstancias-, o se amolda o, simplemente, pesca sus bártulos y se va a vivir con mamá (si es que la señora aún goza de existencia). Usted sabe, la tercera alternativa no existe ni gramatical ni lógicamente.

            (La suerte de algunos:  huérfano y para colmo, más tranquilo que una fotografía).

            Un día, después de casi diez años de cómoda invariabilidad, apagando el televisor, se sentó a mi lado y me dijo con mucha seriedad:

            -Mira Alberto, tenemos casi de todo, ¿o no?

            Una afirmación tan in circunstancial, en medio de un día tan, pero tan parecido a otros no puede de dejar de sorprender a nadie y… ¡vaya!, ¿por qué yo tendría que ser una excepción? Pero, aún más, cuando esa afirmación arrastra en la colita ese famosito “¿o no?”, y uno, por más despistado que sea o por más acostumbrado que esté a la bendita rutina debe, forzosamente, responder algo, ¿o no?

            -Y… sí…

            -No me vengas con cosas. ¡Tenemos de todo!

            Saltar de una afirmación, digamos, salpicada de dudas, a una asquerosamente irrebatible, deja a cualquier interlocutor con un cortacircuito   de neuronas. ¡Ni los monosílabos se dignan a aparecer! Sin embargo, El Creador, tan generoso con todos, nos dotó para emergencias con la maravillosa arma de la sonrisa.

            (Nadie me va a negar que, en aprietos, cuando uno no sabe qué responder y lanza como una bala una sonrisa, deja a todo el mundo contento, como si hubiese sido rigurosamente categórico con un sí o un no).

            -¡Tenemos de todo!-, repitió

            Y no paró ahí.

            -Pero, ¿te has  dado cuenta  que nuestra relación n o   e s   u n a 

r e l a c i ó n?-, remarcó, alargando las palabras.

            Dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. Yo… bueno… tiré otra sonrisita.

            -¡Albertito, no te das cuenta lo que te estoy diciendo! Claro, siempre estamos mirando esa caja como dos imbéciles…

            -Me ofendes, Lucinda…

            -Cuchi cuchi, no fue mi intención… Mira mi amor, ¿cuánto tiempo que no sé lo que piensas? ¿Qué sabes tú de mi?  ¡Nada!

            -Si tú lo dices…

            -Mira mi rucio, hoy estuve conversando con la Tere. Tú sabes que ella con el Pancho están metidos en esa iglesia… ¡Ay, Alberto, son tan felices!

            -No me estarás insinuando que nos pongamos religiosos…

            -No Chititín, no ¿cómo se te ocurre? Pero mira, al parecer la felicidad de ellos es tan grandota porque se lo pasan conversando. ¡Se cuentan todoooodo!  ¿me creerás?, a las siete y media se apaga el televisor en casa y de ahí para adelante no hacen  más que conversar mijito. ¡Qué tiernos!

            Mi Lucinda empezó a tomar colores, su rostro se iluminaba, rojita como un tomatito empezó entusiasmadísima a hablar como nunca la había escuchado.

            -Mi madre jamás nunca tuvo lavadora de ropa en casa-, me dijo. ¡Lavaba a mano, mijito!, y… ¿sabes que hacía cuando lavaba?

            -Y qué sé yo…, se pondría delantal, supongo.

            -No y no. ¡Cantaba! Cantaba toditas las canciones de moda. ¡Ay, Alberto, en mi casa había tanta alegría.

            Conscientemente me puse serio y con un vozarrón que no sé de dónde salió, dije: “Bueno, la solución es simple…”

            -¿Cuál, amor mío?

            (Más serio). –Mañana… ¡vendemos la lavadora!

            -¡Justamente! En eso estaba pensando yo también.

            La decisión parecía irrefutable, no podía ser de otra manera. El beso que mi Lucinda me dio era una muestra tan cabal como efusiva de que aceptaba sin reparos lo que había pretendido no ser más que una salida o, qué sé yo, un punto final a una conversación que sobrepasaba los límites de lo juicioso.

            -Albertito, yo siempre he dicho que eres un amor. Pero…,  te quiero pedir otra cosa… ¿no te enojarás…?, me gustaría que nos deshiciéramos de todo lo superfluo… de todo lo que perturbe nuestra relación…

            -No más condones…

            -¡No más condones!

            Ustedes, amigos lectores, ya se estarán dando cuenta que su resolución era definitiva. (Miren, ella, ella tan partidaria del control de la natalidad… ¡hum…!, no más condones).

            -Y… ¿qué pretendes?-, pregunté sin poder esconder mi entusiasmo, producto de una sensación tan erótica como placentera que me venía…, digamos, desde los tobillos.

            -Amor… ¿para qué queremos televisor? ¿Para qué queremos toca-discos…?

            -¿Para qué queremos frazada eléctrica? (sudo como caballo de Derby cuando la enchufa).

            -Narigón… ¿para qué queremos máquina abre-latas?, ¿para qué queremos máquina lava-platos?

            -¿Para qué quieres secador de pelo? (Cada vez que lo usa, ese aire caliente me ahoga y vuelve loco).

            -Para qué… queremos…?

            -¡El auto no, Lucinda!

            -¡El auto no, Alberto!

            Esa noche. ¡guaooo!, tiramos uno a uno los condones por el higiénico, nos demoramos, eso sí, los compramos por cantidades cuando vamos al super-mercado, para un mes, como el nescafé, los fideos o el bicarbonato.

            De mañana me fui a trabajar como todos los días. Ocupado, como siempre, ni me acordé de lo placentero de la noche anterior hasta que llegué a casa esa tarde muerto de ganas de sentarme a ver la mini-serie que estaba rompiendo todos los records de audiencia.

            Lucinda no estaba en casa.

            Lucinda llegó a la media hora.

            En el ínter tanto, hay que acotarlo, recorrí la casa ofuscado, tirando hacia las repisas y los rincones –vacíos de electrodomésticos-, mi mirada furiosa y todo mi lenguaje soez acumulado en mi interior por casi diez años de bienaventurado bienestar.

            Lucinda apareció con un paquetón de azúcar. Nótese: azúcar, entre los brazos muerta de la risa.

            -¡No más sacarina!-, fue lo que dijo tirando el paquete al suelo, haciéndose pedazos y se me tiró encima enajenada de frenesí.

            -Y… ¿aquí…?, ¿encima del azúcar…?

            -No más sacar…-, no alcanzó a terminar, nuestro resollar habría impedido escuchar una explosión atómica.

            La etapa de languidez, que en otras oportunidades llenábamos aspirando nuestros respectivos king-size Benson and Hedges, fue, esta vez, recogiendo granitos de azúcar produciéndonos una contagiosa hilaridad por cuanto, cantidad de ellos se nos habían enquistados en partes que, si las nombro, podría enojar a más de un lector.

            Esa tarde empezamos como a vivir de nuevo.

            ¡Un silencio de los mil demonios!

            La radio también había ido a parar quién sabe dónde. Mi Lucinda tal vez lo sabía pero, para qué la iba a interrumpir, tan ocupada como estaba sacándose granitos de azúcar de entre las uñitas, las orejitas, las tetitas, la …

            Cenamos mirándonos; todavía las palabras eran mezquinas con ambos. A veces, del ayer para atrás, comentábamos las noticias, pero siempre cenábamos mirando las noticias y ahí, no se hablaba.

            Me senté, después de beber mi café extremadamente dulce, con ese sabor de abuelas, en mi sillón reclinable. A los dos minutos mis ojos, que erráticamente recorrían el ambiente sin poder fijarse en un punto determinado, empezaron a nublarse y tuve la leve impresión de que el perno que me sujeta el cuello estaba cediendo con la dinámica de los protones. Si no es por el grito que mi Lucinda pegó al quebrarse una uñita mientras lavaba los platos no sé que hubiera pasado. Su tragedia se curó con mi solicitud para ayudarla a secar los platos.

            El día siguiente fue más difícil. Había dormido malísimo: la cama de colchón de agua había sido suplantada por unos maderos más duros que el fierro. “¡Hay que ser naturales, Albertito!  De ahora en adelante nada de estereotipos. ¡Auténticos!”, dijo.

            Esa tarde, de vuelta de la oficina, venía dispuesto a todo. No hice más que cruzar la puerta y pensé que no valía la pena aproblemarse, que la vida había que tomarla como viniera, sin forzarla, y menos forzar a mi Lucinda.

            Era como empezar a aprender a vivir, tan simple como eso. Difícil, sin embargo, créalo usted.

            No sé si con el correr de los días fuimos más elocuentes el uno con el otro, pero lo cierto es que estábamos mucho más sensibles y como que las palabrotas estaban a flor de piel o, de la lengua, mejor dicho. Nos paseábamos por la casa silbando y cuando nos encontrábamos en una pieza, en el baño o en el pasillo nos sonreíamos como dos idiotas que de repente los nombran embajadores en un país lejano y próspero. Si ganamos en comunicación, no lo sé.

            La verdad es que estábamos habituados a un enfrentamiento sin escenografía. A veces, una palabra como “chicharrón”, nos causaba risa. Diez años sin pronunciarla y oírla tienta a cualquiera.

            No obstante, la situación empezó a hacerse insostenible: empezamos a ladrarnos, como si nuestras cuerdas bucales se nos hubiesen atrofiado de la noche a la mañana. No nos atrevíamos, pienso, a hacer partícipe al otro de que viviendo en un mundo tan empelotado las relaciones humanas eran puestas a fuego. Llegué a soñar una noche que tiraba a mi pobre Lucinda de su  moño arrastrándola por el suelo. Una sensación atrofiante de primitivismo.

            Los visitantes habituales empezaron a disminuir sus visitas. Nada les entretenía: “¡Ay, chiquillos, no tienen ni tele!”.

            Lo peor de todo fue que también se empezaron a dar cuenta de nuestras diferencias y altercados los vecinos. Vivíamos en un mundo salvaje en que lo único que nos era permitido era expeler sonidos guturales que la Tere, la amiga de mi Lucinda, llamaba “una perfecta comunicación”.

            Al parecer un día el volumen de nuestros gruñidos llamó la atención del vecindario y fue la policía que gritando más fuerte, apaciguó nuestros ánimos.

            Habíamos entrado, sin pretenderlo, en un mundo caótico. Nuestra limitación idiomática nos había hecho presa; las sonrisitas y los silbiditos, definitivamente, no bastaban. Estuvimos al punto de la locura. Ni en nuestras respectivas oficinas la vida nos era un poquito más grata: todo el mundo hablaba de la película de anoche, del diente que se le había caído al Presidente y que se veía tan clarito (o no se veía), en el noticiario de las seis y media.

            Marginados. ¡Marginados de todo y de todos!

            Cuando hoy recuerdo aquellos hechos me acongojo.

            Han pasado cinco años y mi Lucinda, tan amorosa, es una mujer excepcional, prolija como ninguna y para qué les voy a contar con el vigor con que defiende el control de la natalidad.

            La razón…, o el fin de tantos males fue una campaña solidaria del vecindario. Nos fue dicho que –sin abstenciones-, se pusieron de acuerdo para hacer una colecta popular y el día que mi Lucinda cumplió sus treinta y siete Primaveras, aparecieron con un paquete voluminoso, forrado en papel de diario (“para disimular”, dijeron), que al abrirlo en solitaria intimidad, nos encontramos con un monono “Sanyo” de 14 pulgadas.

            Desde ese día, mi Lucinda vuelve a hacerme compañía para mirar esas series que nos hacen retorcernos de emoción. Claro, si somos más blandos que turrón hecho con sacarina. (¿Será por eso que nuestro recobrado montón de amigos nos llaman los marshmallows?).

            No quedan malos recuerdos. Lo pasado, pasado es. Cuando aparecen los comerciales en la tele nos miramos, sonreímos como chiquilines y siempre uno dice al otro, indistintamente:

            -¡Puchas, si no hubiese sido por la solidaridad!