Sacando basura ajena

Volver a la página de: SERGIO MARTIN MONTENEGRO

  ( Este cuento fue publicado en marzo,

1983 en el libro “Historias e historietas”).

            La situación empeora día a día. La Moda de Milton Friedman se extiende. Los gobiernos adoptan medidas dramáticas. ¡Se perjudica a los trabajadores! Los capitales transnacionales se dan orgías de ganancias. “Vamos para arriba”, los periódicos  lo dicen diaria y majaderamente. Nadie lo cree. ¡Cada uno se afirma como puede! Se come menos. ¡Qué cuesta comprarse un par de zapatos! La atención sanitaria se une a la judicial: ahora ninguna está al alcance de los trabajadores. Las viviendas alcanzan precios exorbitantes;  los intereses suben en ascensores, rápidos, encajonados, sin percatarse del vació  que dejan y sin oír los chillidos de los que juntaban para la casa propia.  ¡Dos dólares vale una palta!  La BHP dobla sus ganancias, la prensa se alegra:”The Big Australian”, los ilusos lo creen.

Los yanquis, muertos de la risa, sin sombreros y sin polainas, empaquetan y se llevan la isla. A los canguros  los visten con cuero de vacas, el estómago salta. Un calzoncillo vale un dólar noventa y nueve, pero es fabricado en Taiwán. Los autos con focos oblicuos desplazan a los de ojos azules, donde quiera que los encuentren. “Se prospera frenéticamente… y no olvide jugar al BINGO, -dice The Daily Mirror”,

            No lo olvido. Juego. Nada.

            Otra semana. Nada.

            Vacilante y comiéndome mi orgullo llego a la puerta de Raúl. Sabía que en ese momento no se encontraba, pero como mi interés era sólo dejarle un mensaje, golpeó.

            Una bandada de cabros chicos salió impetuosa a preguntarme que qué quería. Los miro con curiosidad. Estaba al frente de una zoología de superhombres que la televisión y el cine norteamericano creó para alienar juventudes. Una chica, que no tendría más de cinco años se me presentó en su media lengua: “Yooo soy la woooonderr woman”. Estaba apurado, preferí entenderme con Batman que parecía el mayor de los “super”. Una gordura mal controlada y una edad que podría haber sido la de un adolescente le daba a la capa azul poco menos que la apariencia de un escapulario. Le dije que llamase a su madre. Sin contestar se dirigió a uno de la patota y, estrepitosamente, dañándome los tímpanos, gritó mientras alzaba los brazos en cruz: “Come in Robin”. Miré al receptor de la orden, un pendejo de unos nueve años, flaco y paliducho , como si viniera saliendo de la alfombrilla y que desplegaba un letrero en el pecho con una “erre”  hecha  con el lápiz  labial de la madre que daba testimonio que el calígrafo era el mismo que la lucía; la “R” estaba patas para arriba.

            Cuando salió la señora de Raúl, con escoba en mano, y que usó para espantar al tropel bullicioso, al momento que los conminaba a ir adentro, yo, sonriente dije neutramente: “¡Cómo los toma la tele! ¿No?”.

            -¿Sabe?, estoy loca –me dijo-, cuido siete niños en estas “School holidays”, las madres trabajan, y con los tres míos son diez. Cualquiera no es capaz de aguantar eso –se dijo con bastante convencimiento-.  Yo asentí torpemente con la cabeza y un gesto. Siempre me era agradable escuchar como hablan los uruguayos, tan ostentosos y convincentes, con ese acento inconfundible y melodioso. Me presenté. Le dije que había conocido a Raúl por casualidad y que sabía que tenía influencias para lograr un “part-time” de cleaner (aseador).

            -Usted sabe –le dije-,  La situación está cada día más difícil y necesito urgentemente hacer unos mangos extras –ya estaba familiarizado con la terminología uruguaya-. Ella me miró de arriba abajo, con frialdad y desconfianza, casi me convenció con su arriscada de nariz de que era un error lo que pretendía pues displicentemente agregó:

            -No creo que Raúl pueda asegurarle nada. Está muy difícil. El otro día un chileno lo dejó como negro. Le dieron unos “toilets” para limpiar y limpió la mitad… y mal, eh. Raúl se confió. Al día siguiente el “complaint” se lo hicieron a Raulito, claro está…y …, ¿usted qué es?

            -Chileno –dije casi apesadumbrado.

            -Perdone, no quise ofender –me dijo suavizando la voz.

            -No, está bien, en todo caso transmita por favor mi petición a Raúl. ¡Ah! Y yo puedo limpiar todos los toilets que sea necesario-, dije mientras me despedía.

            Caminé unas cuantas cuadras pensando que no tenía la más mínima oportunidad de incrementar mi presupuesto. A la semana ya me había olvidado de mi intención y estaba dispuesto a estrecharme para aguantar el chaparrón de alzas y la inmutabilidad de los salarios que exigía el gobierno con cierta complicidad de los sindicatos.

            Casi me sorprendió cuando Raúl llegó esa noche a casa. “Tengo un trabajo –me dijo-, si lo quieres ver vaya mañana”, y me alargó la dirección. Yo le agradecí eufórico y alabé su espíritu latinoamericanista. “Hay que ayudarse mutuamente” –dije convincentemente.

            -Mirá –me dijo-, yo he tenido muchas desilusiones (claro, los toilets pensé), a veces es preferible laburar con extraños, pero te voy a dar una “chance”, ojalá que no me defraudes…

            -¡Cómo se le ocurre! –lo interrumpí.

            -Bueno, mirá, te espero mañana.

            Intempestivamente como llegó, desapareció. Observé con cierta preocupación el papel, pero ya había dado el paso y no podía echar pie atrás ahora. Tuve remordimientos. Mi plan se venía al suelo. Ya no tendría tiempo para escribir historias que me punzaban dentro y que me exigían impetuosas, lastimeras a veces, risueñas otras, las sacara de mi espíritu y las volcara al teclado de mi vieja pero noble Olympia.

            Pasando estrecheses y apuros económicos no tenía derecho a aferrarme el tiempo escribiendo historias. A mi memoria vino, repentinamente, aquella dama que conocí mientras paseaba pensativo e indagador las naves de la Catedral Santa María de Sydney creyéndome encontrar con las monedas de oro que Ramón Freire, ese militar y patriota chileno, forzado al destierro en los albores de nuestra era republicana, había depositado en ese mismo lugar como un gesto de buena voluntad y agradecimiento por la fraterna acogida del gobierno de la época. La dama, parada en frente del vía crucis, donde Cristo cae por primera vez, notó mi presencia y se me acercó para decirme, en inglés con acento extranjero: “La paz sea contigo”, como un flechazo, sin pensar respondí: “and also with you” y cruzamos una sonrisa.

            Cuando salí desencantado por no encontrar las monedas, las que pensaba –no sé cómo lo imaginé-, eran exhibidas en una especie de nicho de cristal y cuando bajaba el primer peldaño de las graderías, la misma dama, entrada en los cincuenta, se me acercó para decirme efusivamente: “Dios lo bendiga” e inmediatamente se explayó para comentarme de que “hoy se ve tan pocos hombres en las iglesias”. Yo confirmé, sin estar muy seguro de lo que decía, su preocupación con un “indeed”. Eso fue motivo para que charláramos cinco minutos y supe de sus inclinaciones musicales y de sus siete años en el Conservatorio de Praga. Cuando novedoso inquirí dónde trabajaba, me dejó pálido y atribulado: tocaba piano en un bar mientras los australianos se llenaban el estómago y la protuberancia de la barriga con cerveza.

            ¡Qué derecho tenía yo para acariciar sueños!

            Ya vendrán tiempos mejores, me repetía cuando llegué a un edificio gigantesco que lucía en el frontis el mismo número anotado en el papel, ya arrugado y húmedo que me entregara la noche anterior Raúl.

            Pasé por un interrogatorio humillante. Hasta me preguntaron, antes que tuviera que mostrar las manos por si me faltara un dedo, que a qué dirección podían escribir en mi país en caso que tuviera un accidente. Cuando se cumplió el trámite de llenar los espacios en blanco de la ficha personal, con una seriedad parlamentaria, se me presentó la alternativa de trabajar con mi nombre real o usar uno falso. “La compañía aquí se lava las manos –me dijo un gringo gangoso-,  pero se le recomienda, con el fin de aumentar su salario, usar uno falso”. Yo me quedé mirándolo con duda.

            -Bueno –me dijo-, así pagará menos impuestos.

            Raúl vino en su ayuda: “Mirá che, si tu trabajás con tu nombre te descuentan como doce dólares, si lo hacés con otro, ganás porque sólo te descuentan un dólar cincuenta. Ganás vos y gana la compañía”.

            -¿Y por qué la compañía? –pregunté inocentemente.

            -Bueno, si vos trabajás con otro nombre, la compañía no paga impuesto porque sabe que vos no incluirás este dinero en tu declaración anual.

            -¿Y qué pasa si yo deseo trabajar con mi propio nombre –volví a preguntar nada más que para exigir toda la verdad.

            -Bueno, che,  no te pongás difícil –se apresuró a decir Raúl-,  Si querés trabajar con tu nombre: no tenés trabajo.

            Yo necesitaba el trabajo. Esa tarde me volví a bautizar, sin padrinos, y esta vez con un nombre inglés: Tom Percy. Hasta me sonó divertido.

            El siguiente paso, una vez que se escribió mi nombre sajón en otro formulario, sin ates preguntarme el gringo cómo se deletreaba, fui conducido al área de mi “jurisdicción”, apelativo que Raúl pronunciaba con una gravedad como si me estuviera entregando el título de Alcalde.

            -Debés recoger doscientos noventa y dos tarros papeleros que están, generalmente, al lado de los escritorios. La basura la ponés en estas bolsas y bajás al subterráneo por las escaleras eh…, los ascensores son para el uso del público y de los oficinistas.

            -¿En qué piso estamos? –pregunté con aprensión.

            -En el octavo –dijo sin inmutarse-. Una vez que has sacado el “rubbish” tenés que limpiar los escritorios y sacarles el polvo, sacudir los estantes, limpiar los ceniceros y hacer esos cuatro baños que están al final del pasillo.

            Pensé que no era mucho, era demasiado.

            Ah…, casi se me olvida –agregó-, tenés que al final de todo pasar la aspiradora en el “carpé”.

            -Pero si es una cuadra –dije inquieto.

            -Hay que hacerlo  -me contestó terco-, y en tres horas.

            -¡Tres horas! –alcancé a exclamar cuando Raulito se me escurría por un pasillo con una cara macabra de regocijo.

            Perdí como diez minutos mirando y conjeturando por dónde empezar. Al final me resolví.

            Empecé a agarrar papeleros sin mucha pericia, un tercio de su contenido se me caía de las manos y en cuatro patas recogía papeles, pedazos de sándwiches, latas de bebidas y otros elementos más propios de un basural que de una Oficina de Seguros.

            Extenuado había dado término a la primera parte. “Los baños”, me dije, y me  apresuré veloz al pasillo. Ahí me di cuenta que había un par de enfermos (no podía ser de otra manera), hasta las tapas de los inodoros estaban salpicadas de excremento. Apretándose el estómago con una mano y estirando el otro brazo, con un cepillo de cerdas pláticas, sin mirar, para evitar principios de nauseas, empecé a pegar brochazos a tontas y locas para sacar las pecas y pecones de los excusados que habían recibido al personal con cólicos. La hora avanzaba vertiginosa. Todavía me quedaba bajar la basura, ocho pisos, nueve, era en el subterráneo, y sacudir. Ah, se me  olvidaba: la alfombra.

            Hice seis viajes por la escalerita. Al tercero estaba muerto. Rezaba, así parecía que me salían energías de no sé dónde, pero la verdad es que me sentía más aliviado.  Cuando di por terminada esa parte del trabajo, el mango de la “Hoover” no era capaz de sujetarlo con firmeza entre mis manos, más bien me servía de bastón donde apoyaba mi cuerpo anciano y tiritón. Se me ocurrió sentarme en el suelo e iba moviendo la aspiradora, en circunferencias, dándome vueltas sobre mi trasero. En una de éstas apareció el gringo y empezó a gritar desaforado:

            -¡Percy!... ¡Percy!

            Yo miraba para todos lados, sin cambiar mi posición de gitano. “¿A quién llamará?”, me preguntaba sin darle mucha importancia. Cuando estuvo a mi lado, recién me vine a dar cuenta que Percy era yo mismo, ya lo había olvidado. Me paré asustado, él, en un lenguaje nada de elegante me gritó que no podía trabajar sentado. Me amenazó con darme “el saco” mientras yo lo miraba con extremada curiosidad, estaba rojo de ira y su saliva pegajosa cubría la comisura de sus labios, era, a no dudarlo, una escena bastante divertida, él accionando casi encima de mi, yo transpirando como un caballo después de un largo galope.

            -¡No more!, ¡no more! –apretando los dientes decía mientras se alejó.

            A las tres horas no había alcanzado a sacudir, lo tenía que hacer, de acuerdo a las instrucciones, antes de pasar la aspiradora. Era simplemente una inversión de términos. Empecé, ayudándome con soplidos que salían entrecortados, a veces, ni me salían por el cansancio. Me decidí  a usar un plumero, más calvo que yo mismo, que alargaba sin mucho entusiasmo, débil sobre mesas y estantes.

            Mi camisa empapada, creí haber perdido un par de kilos, o por lo menos de litros, ya que el sudor a borbotones se escapaba como cuando se rompe una damajuana, me sentía debilucho y congestionado. Cuando terminé, a las cinco horas de haber empezado, me fui derechito a Raúl que asomaba la nariz en mi “jurisdicción”.

            -Lo hice en cinco horas –le dije con voz tiritona.

            -La compañía paga tres. Buenas noches y hasta mañana –dijo, mientras me daba vuelta la espalda. Me quedé mudo. “Ahora puede usar el ascensor para irse”, agregó sin volverse.

 

            -Muchas gracias –contesté humillado y bajé por el ascensor, sujetándome en el pasamanos para ayudarme a mantenerme erguido.

            Esa noche, cuando me había puesto a pensar si realmente era conveniente seguir esa locura, ni supe cómo me quedé dormido. Desperté al día siguiente una hora más tarde de lo habitual y me dio vergüenza llegar atrasado a mi “full-time”.

            Durante el día me las ingenié, haciéndome un plano del piso de mi “jurisdicción”, como me las iba a ver para sacar el mayor provecho a mis esfuerzos de aseador. Cuando llegué pensaba que el mundo era mío. A la entrada me paran violentamente y me vomitan en letanías los errores que había cometido la noche anterior: “Esto no puede seguir así” –me dijo amenazante Raúl. Mi moral se vino a los suelos. “Trataré de corregir esos errores, dije vibrante.

            De nuevo en mi “jurisdicción”. Con el paso de los días fui adquiriendo una destreza que a mi mismo me admiró. Ya no demoraba cinco horas, en cuatro y media y hasta fumándome un cigarrillo lo podía hacer, sin matarme, expresión que usaba un uruguayo que trabajaba en el noveno piso y que, a veces, eludiendo supervisores, se las ingeniaba para venir a charlar conmigo.

            Un día lo veo bajar trémulo. “¿Qué te pasa?”, le pregunté intrigado

            -Pero che, esto no es posible –me responde desencajado-, yo he sido contratado como “cleaner” y no como médico.

            Ante mi perplejidad y silencio se explayó:

            -Mira che, yo no puedo ver sangre, me revuelve el estómago y me vienen unas nauseas…

            Yo seguía sin comprender.

-          … Ahí en el “toilet” de las mujeres hay una gorda que anda enferma y ha dejado el desparramo de sangre en la taza del water. Yo no puedo limpiar esa porquería, no tengo estómago, no soy médico.

                Traté de calmarlo. No se convencía de que no le creyese. Me tomó de un brazo y subimos a ver el “cuerpo del delito”. Efectivamente, unas salpicaduras daban muestras del período menstrual de una de las oficinistas. Yo lo miré y riéndome le pregunté qué cómo sabía que era una gorda.

            -Mira che –dijo con seguridad y abriendo la boca grande lo que me permitió, sin querer, conocerle la campanilla-, sólo las gordas soplan fuerte para los lados.

            Nunca yo había pensado en ello y, pasando por médico, le di una mano que me agradeció contento.

            Al mes de llamarme Tom Percy estaba familiarizado con el trabajo, iba acortando minutos pero no era posible efectuarlo en menos de cuatro horas. Ya me daba ciertos lujos. Fumaba tres cigarrillos y, a veces, hasta alargábamos las charlas a cuatro minutos con el uruguayo de arriba, siempre quejoso y maldiciendo “el laburo bárbaro que es para mulones”. Yo me divertía con su impetuosidad y pesimismo, casi religioso, que ponía en cada una de sus palabras.

Un día, por casualidad, me llamó la atención un escritorio al que antes había dado un trato “standard” de limpieza. Un pañuelito rosado, con un encaje muy fino en una esquina, estaba tirado dentro del tarro papelero, revuelto con envoltorios de caramelos, pedazos de cintas de papel, con sumas impresas, cáscaras de plátanos y un parche curita. Lo saqué, antes de vaciar el contenido en la bolsa y, sin mucho entusiasmo lo dejé en la cubierta del escritorio, justo al lado de la IBM, nueva y elegante.

            Cuando al día siguiente, cumpliendo funciones ya rutinarias, me apresuraba a dar vuelta tarros o tachos de basura, sobre el escritorio donde dejara la noche anterior el pañuelito rosado, veo, con extrañeza, una nota escrita con muy buena letra. Me inclino a leerla y mi extrañeza se convirtió en sorpresa: “Gracias por recuperar mi pañuelo”. Nada más, ni nombre, ni fecha, nada más.

            Me encogí de hombros y un sentimiento de satisfacción me corrió de cabeza a pies. Cogí un lápiz y escribí: “Muy lindo su pañuelo, habría sido una lástima que se hubiese perdido en el basural”, y firmé: “Tom”.

            Terminé esa noche como la mayoría de los días: apenas. Me había propuesto sólo trabajar tres meses, había pasado poco más de uno y me asaltaban dudas si sería capaz de cumplir mi meta. Para colmo, cuando llegué al día siguiente encontré a la cuadrilla de aseadores reunidos en la pieza que cumplía funciones de oficina y despensa. Un cuartucho oscuro con una bombilla de veinticinco que daba la impresión de alumbrar a muertos, porque, la verdad sea dicha, los rostros de la cuadrilla reflejaban un cansancio sepultural. El gran argumento de esa tarde era que inspectores de Hacienda andaban recorriendo la “city” y aprehendiendo a los burladores de impuestos. Apenas llegado se me informó en extenso de los riesgos que corríamos. “¡Hasta la cárcel!”, dijo uno con tal énfasis que parecía que la había vivido. Otra preocupación que no había tenido en cuenta.

            Cuando ya estábamos casi resueltos a dejar el trabajo para evitar que nos descubrieran, apareció el gringo que, levantando las manos, nos exigía calma, con voz potente, pero siempre gangosa.

            -La compañía responde –dijo-, no teman; hemos hablado con ellos y los hemos convencido que no vengan.

            Todos nos mirábamos como queriendo corroborar si era verdad lo que escuchábamos. Raúl, parado al lado como un acólito pronto a tocar las matracas, levantó la voz para confirmar en español que, “nadie debe preocuparse”. Nos convenció y partimos a cumplir el deber diario.

Iba en el quinto piso, subiendo acompañado por los calambres que se habían adueñado de mis piernas, por las escaleras, cuando en un descanso me topo con Raúl, lo abordo y le pregunto derechamente:

            -¿Estas seguro de que no pasará nada?

-No te preocupés, acá también se estilan las coimas.

            -Coimas… ah, sí –dije-, y me encogí de hombros, aspirando profundo para ganar resuello y llegar al octavo piso.

            Antes de empezar recorrí el piso para cerciorarme cuánta mugre había. Estaba como todos los días: un chiquero; los muchachos seguían con sus cólicos y ese día, parece, la gorda cambió de habitación porque las muestras de su vitalidad femenina estaban desparramadas al interior y en la cubierta del sentadero. “A lo mejor la pobre no alcanzó a llegar al piso de arriba”, me dije y me dirigí a recoger mis implementos de trabajo.

            Partí con los papeleros y limpiando conjuntamente los ceniceros. Pensé, mientras cumplía estas funciones en lo extraordinario que sería tener dinero a montones e instalar una fábrica de cigarrillos. ¡Cómo se fumaba en ese piso!, si algunos ceniceros tenían hasta treinta y cinco puchos y la ceniza se escapaba cubriendo las cubiertas con una capa gris como si un volcán hubiese entrado en erupción.

Cuando pasé por el escritorio del pañuelito rosado y pensando que esa tarde daría un tratamiento “especial”  al mueble, volví a encontrar una  nota:

            “Tom, ¿sabes?, me gusta el nombre Tom. Te imagino alto, fuerte y muy prolijo”.

Volví a leer. No era ni Tom, ni alto, ni fuerte, tal vez un poco prolijo. Claro, en cuatro horas haciendo el trabajo que se debía hacer en tres, me daba el tiempo, pero no siempre, para prolijidades.

            Cuando terminé esa noche pensando toda la tarde cómo sería la muchacha, si era australiana, europea o vietnamita; si era alta, rubia o de pelo negro; si era casada o soltera…  Cómo me dejaría llevar por mis pensamientos que ni me di cuenta cuando terminé el aseo. Antes de marcharme, resolví contestar la misiva:

“Gracias por lo de prolijo, pero siento desengañarla: no soy alto”. Y firmé: “Tom”.

            Al día siguiente me fui de cabeza al escritorio, pero antes tuve que hacerme el leso porque el gringo andaba con Raúl inspeccionando mi trabajo.

-Hay que superar la limpieza, hay muchos reclamos –me dijeron, repartiéndose las frases. Casi les muestro el papelito de la oficinista, que era una prueba contundente de que lo estaba haciendo bien.. “No vale la pena”, me dije y les prometí que le pondría más empeño. ¡Qué diablos, hay que saber vivir!

            Se fueron y de hacha me fui a ver si tenía respuesta. Sí, ahí estaba:

            “No importa Tom que no seas alto”.

            Contesté esa tarde antes de empezar el trabajo: “Tampoco soy fuerte. Me gustaría saber tu nombre”. Firmé: “Tom”.

Al día siguiente hubo inspección general. Cinco personajes hurgaron debajo de muebles, esquinas y ventanas para ver cuánta mugre se me había escapado, me llamaron y volvieron a repetir que era fundamental levantar el “standard” del aseo. Me dieron una lista de prioridades que debía guardar y seguir al pie de la letra. “La aspiradora no se ha pasado en las esquinas” –me dijeron con convicción, casi hasta yo les creí, pero lo hacía, a lo mejor, como a esa hora ya estaba exhausto, no le ponía la dedicación requerida, en todo caso, volví a prometer más atención, el sistema estaba venciendo mis últimas trincheras de orgullo, ¡qué barbaridad!

            Fui a recoger mi correspondencia que aguardaba de horas tempranas. Ya me había habituado, ¿por qué no esa noche? Sobre el escritorio, arrinconado, estaba el papel, el mismo que yo había dejado la noche anterior. ¡Qué desilusión!

A los segundos reaccioné: si mi papel estaba ahí, simplemente significaba que la muchacha no vino a trabajar porque si hubiera venido no habría estado arrinconado justamente ahí, ¡obvio! Puse tanta preocupación que me empecé a intranquilizar, la cosa la estaba tomando demasiado en serio.

Esa tarde hice el trabajo a la carrera, con el mopo salpiqué las puertas de los “toilets” y ni las limpié. Parece que ese día hubo guerra de “clips”, porque, desparramados en el suelo, cubrían gran parte del alfombrado. Con el pie, chuteándolos, los amontoné, hasta se me desclavó la suela del zapato por la gracia, pero no estaba dispuesto a agacharme, no había sido contratado para desenterrar papas. ¡Estos oficinistas parecen niños de escuela!  ¡Miren que jugar con “clips”!, me repetía ofuscado. Quedó la porquería. Si Raúl viene mañana a darme quejas, lo mando a la mierda, me dije. Cuatro horas después de haber entrado estaba saliendo para casa.

            Esa mañana cuando me desperté, la muchacha vino a mi memoria. No me explicaba aún, con claridad, dudando de mi argumento de la noche anterior, el por qué no había contestado mi carta. Su recuerdo me acompañó todo el día. Esa tarde llegué más temprano y me apresuré al escritorio, donde había dejado la misma nota del día anterior. Me tranquilicé, tenía respuesta. Me senté en su silla, prendí un cigarrillo y comencé a leer:

“Tom, estuve enferma ayer –pobrecita, exclamé en voz alta- ¿ Mi nombre? No, debe ser un secreto. No te lo diré. ¿Sabes?  -agrega como post data-, tengo la sospecha que no eres australiano”.

Ya me estaba acostumbrando al jueguito, pero esa misiva me causó impacto. Pensé en el racismo, ella tampoco se escapaba. No tenía interés en seguir y me auto convencí que ahí debía terminar todo. No quise escribir nada. Limpié, como el día anterior, sin prolijidad y a la carrera, pero saqué las manchas de las puertas de los “toilets”.

Otra jornada. Temprano bajó el  uruguayo que no venía a charlar hacía cuatro días y a contarme que la próxima semana se retiraba. La mujer lo había puesto entre la espada y la pared: “o dejás el part-time o me voy”.

            -¿Por qué?  -pregunté con novedad.

            -Che, mirá, la pobre no trabaja más que en casa, no tenemos ni botijas, se da vueltas todo el día. Yo llego muerto hermano, pongo la cabeza en la almohada y ¡pum!, me duermo. No la atiendo, sabés, tú te imaginás…, así no se puede seguir.

            Una neblina pasó por mi mente y vi a una dama buena moza, de pelo largo castaño, empaquetada en una camisa holgada de nylon amarillo que traslucía una figura agraciada y esbelta, hablando con voz ronquita y lánguida, estirando las palabras a los oídos de Eduardo: “Tómame esta noche mi amor, quiero ser tuya, hazme lo que quieras”, mientras dejaba caer al suelo su túnica nocturna exponiendo a la brisa su cuerpo pálido pero vigoroso. Eduardo con la nariz hundida en la almohada, roncaba como un becerro.

-¿Qué te pasa che?

La pregunta me volvió a la realidad, bruscamente. “Si amigo –le dije-, tenés que terminar. Lo primero es lo primero”. Se sintió reconfortado y comprendido;  agregó mientras se retiraba: “chaucito, que lo pasés bien”.

Me dirigí a mi agobiante rutina. Esta noche castigaría a la rubia (ya le había dado color), y haría su escritorio el último. Así lo hice. Cuando llegué había una nota, ni tenía ganas de leerla, pero lo hice:

“Tom, sé que te has ofendido, -claro que sí, me dije-, perdóname, eso no tiene importancia, ayer sufrí cuando no encontré tu nota, pensé que tal vez estuvieras enfermo. Tuya con amor, XXX”.

Vaya esto se complica –me dije-, y la leí de vuelta: “tuya con amor, XXX”.

Esa tarde parecía un integrante de ballet. Ágil, tierno me desplazaba con el mopo, la escoba y las bolsas gordas de basura, hasta las escaleras, las que subí y bajé a saltitos, no me parecían tan interminables, tampoco me acordé de los calambres a las piernas, si hasta entoné melodías nativas que me producían una extraña y agradable sensación. Todo quedó muy limpito, aún percibí un aroma perfumado que volaba en el ambiente sin atinar a descubrir de dónde venía.

Cuando Raúl pasó por ahí, olfateando qué era lo que estaba haciendo, se me acercó y, palmoteándome la espalda, me dijo tres palabras: “Bárbaro, che, bárbaro”.

Una vez terminado todo, me senté, lápiz en mano, y escribí: “Amada XXX, soy sudamericano –si le digo de qué país, capaz que ni sepa dónde queda, pensé-, No estoy ofendido pero dime tu nombre. Necesito saber tu nombre –y puse abajo-, te besa: Tom”. Qué pase lo que pase, me dije dejando mi contestación.

No puedo negar que esperaba la tarde con mucha ansiedad. Algo tenía que pasar. O me largaba a freír monos o acogía mi… sentimiento.

Raudo me precipité al edificio, miré para todos lados y como no había nadie, usé el ascensor. Ahí estaba la respuesta:

“Tom, ¡qué exótico!, eres sudamericano. Debes saber tocar la guitarra muy bien, ¿cuándo me tocarás “El Cóndor pasa”?, me encanta. ¿Nunca fuiste torero?

Quedé paralizado. En mi perra vida había tomado una guitarra. ¿Y me pregunta si he sido torero?, qué barbaridad, qué ignorancia, si en Chile no hay toros… ah, sí, sí los hay, lo que no hay son toreros. ¡Miren que imaginarme torero! Me paré, di una vuelta y dije “olé”, ¡qué ridículo! Esto se vuelve a complicar, me dije. Respondo:

“No sé tocar guitarra y conozco a los toreros como tú, sólo en las películas. A mi también me gusta “El Cóndor pasa”, te puedo prestar el disco… si quieres. Sigo ofendido, no me dijiste cómo te llamas”. Y firmé: Tom, a secas.

Estas cartas me echan a perder el genio y lo que se resiste es la limpieza. Hoy se dieron con los elásticos, he recogido treinta y seis, desparramados en el suelo. Estos australianos comen la mitad de los sándwiches, siempre encuentro mitades en los papeleros. ¡Un olor a cebollas que bota!, menos mal que no conocen mucho el ajo, pienso. Recojo un “Playboy” de un tarro, más ojeado que Biblia de canuto, se pegan los dedos, me da asco y lo deposito en la bolsa. Una idea siniestra me embarga. No lo pienso dos veces, me dirijo resuelto al escritorio de ella y empiezo, palpitante, a abrir sus cajones. En el primero diviso un memorando interno con el nombre de la Compañía de Seguros. Dice arriba, bajo el membrete, “Peta”, y abajo las instrucciones de cómo llenar los nuevos formularios de pólizas para Seguros de Vida.

¡Peta!... ¡Peta!..., así se llama, me decía incrédulo. Pero ¿cómo va a llamarse Peta?, no lo podía creer. Si los australianos pronuncian la “e” como “i”, entonces la llaman “Pita”, como la pita que sirve para amarrar. ¡Qué ridículo! ¡Miren el nombrecito que le fueron a poner! ¡Pita!

No, definitivo. No podemos seguir. No me gusta el nombre para nada. Y ¿por qué no le pusieron Elizabeth o Pauline? ¡Miren que ponerle Peta! Estaba con estos pensamientos cuando intempestivamente apareció el gringo:

-¿Quééééé está haciendo? –me grita como un energúmeno.

-Estaba limpiando los cajones –dije trémulo.

-¡No tenemos que limpiar cajoneeees! –volvió a gritar.

-Perdóneme, no lo sabía, discúlpeme –repetí-, no lo haré más.

_Okey –dijo no muy convencido y se retiró.

El gringo que se va, y ya vuelto en mi, tomé un papel y con un lápiz bolígrafo negro le escribo:

“Peta: Al fin supe tu nombre. Te imagino delgada, esbelta, con pecas en la nariz y con unos ojos de un azul intenso que me recuerda el cielo que cubre mi tierra en primavera y verano. Por favor dime si estoy equivocado. ¡Qué daría por conocerte! Te amo, Tom”

Cuando llegó Raúl esa noche a mi casa me encontró acostado. Venía de carrera. Me dijo que quería advertirme que mañana el trabajo se haría a la una de la madrugada, no a las cinco de la tarde como era la costumbre. Traté de averiguar el por qué. Fue escueto: “ Olvidamos a uno de los inspectores de Impuestos y se dejarán caer mañana. Es conveniente que no encuentren más que a los cebos. Tenemos cuatro “cleaners” que trabajan con el nombre verdadero y diremos que sólo ellos laburan y hacen todo el trabajo. No vayas a ir temprano –me sentenció-, puede ser tu fin”.

Así  lo hice. Después de una siesta nocturna, sin antes olvidarme de poner el despertador, a media noche me dirigí a cumplir mi segundo trabajo, soñoliento. A esa hora de la noche era bien difícil tener energías para hacer un buen aseo. Como el día había sido caluroso, todo el piso olía a cebollas y salchichas, un olor que parecía se había adueñado de muebles, alfombra y rincones.

Cumpliendo mi ya acostumbrado paseo para ver cuánto tenía que sacar y dónde debía dar más tiempo, pasé por el escritorio de Peta. Ahí, sujeto con un florerito, donde deposité una camelia que había llevado conmigo, estaba mi carta.

“Infame, ¿cómo te enteraste de mi nombre? Te sigo amando. Tuya para siempre: Peta”.

Mía, pensé. Lo que son las cosas. Mía y no te conozco. Tal vez si pudiera arreglar una entrevista. No, sería de loco, me respondí. Esa noche escribí:

“Peta: tengo que agradecerte mucho. Los días en este trabajo matador han sido inspirados por tu presencia ausente. No sé si sería correcto que nos encontráramos, pero lo deseo con toda mi alma. ¿Tú crees que sería prudente? Tuyo: Tom”.

Me contesta Peta al día siguiente:

“Tom, gracias por la camelia, es hermosa, adoro las camelias. No creo que sea necesario que nos veamos… todavía. Te amo, Peta”. Me puse violento. Esto había que decidirlo, no podíamos estar jugando con ausencias. Necesitaba conocerla. Escribiré un ultimátum.

“Peta: -el solo pronunciar su nombre me tranquilizó, respiré profundo y mi rabia se disipó-,  No me hagas sufrir. Necesito conocerte. Voy a morir si no te conozco. Locamente enamorado de ti: Tom”.

No fue un ultimátum, mañana, de acuerdo a su contestación, pensé, tal vez se lo de.

Silbando entré esa tarde en el edificio, algo tenía que acontecer y, claro, Raúl me llamó llegando. Sin apelación me informó que desde esa tarde tendría que aprender el trabajo del noveno. –“Mi paisano se va”-, dijo. Un piso más arriba y las bolsas, pensé. Como no había forma de revertir la decisión, tuve que aceptar sin antes pensar en Peta y en la soledad que tendría en el noveno.

Antes, y con la excusa de recoger algo que se me había quedado la noche anterior, me dirigí al octavo para informar a Peta de mi traslado y recoger mi carta.

Ahí estaba:

“Tom, eres romántico. Yo también estoy loca por conocerte pero creo que todavía no es hora. Te besa con amor, Peta”.

La zona del piso de arriba era más pequeña, se podría hacer en tres horas con facilidad, estaba ganando por ese lado pero perdiendo a Peta. Hice mi trabajo y me escondí dos horas para dejar mi última carta, cuando el nuevo “cleaner” abandonara el lugar, claro, no tenía por qué enterarse de mi romance.

Esa noche, mientras me dirigía a mi casa, me fui pensando en ella. Me la imaginaba viniendo con su pelo al viento, mientras yo, sentado en un café aguardaba su aparición. Traía un paso largo, seguro, resuelto; su cuerpo se contorneaba con elegancia, su cabello brillaba resplandeciente con los rayos de la Luna que, asustados se escondían haciendo piruetas en el blanco manto de la noche temiendo ser apagados por el resplandor de Peta. Ella venía y corría a mis brazos que la esperaban abiertos y nuestros cuerpos jadeantes, se confundían en un estrecho abrazo entretanto nuestras bocas se buscaban con frenesí.

             -¡Tengo que hacer algo! –me decía-,  tengo que hacer algo por conocerla. Repentinamente, una idea brotó de golpe. ¿Pero cómo no lo pensé antes? –me reproché-. Mañana falto a mi trabajo diurno y voy a conocer a Peta.

Esa mañana me puse mi traje, el único que tenía y que usaba sólo para ocasiones muy especiales. Cuán difícil fue encontrar la corbata que, arrugada como una culebra retorcida, me había servido para secar, extendida, la ropa en el baño. La estiré a plancha y salivazos y a las nueve, decidido, me fui a mi objetivo.

¡Un Seguro de Vida! –claro, era lo más cuerdo. No pude encontrar mejor justificación.

Subí al octavo piso, esta vez como un señor, por el ascensor. Mi corazón palpitaba como un condenado. Me acerqué al mesón. No me atrevía a levantar la cabeza para mirar hacia el escritorio de Peta. Todo estaba muy pulcro. Claro, el nuevo “cleaner” había trabajado como cinco horas… y le pagarían tres.

Levanto la cabeza. El escritorio estaba vacío. Una muchacha rubia, de pelo enroscado en una permanente que estaba por expirar se acerca al mesón. Mi corazón seguía latiendo sofocado. Me pregunta que qué deseo. Le digo, tartamudeando, que estoy interesado en un Seguro de Vida. Me dice que espere. Se da vuelta y, ostentosamente,  pregunta hacia atrás, a otros que, con cabezas bajas y las narices hundidas en papeles, recién se dan cuenta de mi presencia: “¿Dónde está Peta?”. Casi me muero.

Viene… No puedo creerlo. No me conformo. Torpe no atino qué decir. Ella me mira sorprendida. Me pregunta si me siento mal. Le digo que no, pero que volveré otro día porque recién me acuerdo que tengo otra cita y que  “es muy importante de que disponga de más tiempo para dejar todo bien claro”.

Toma un papel, me pide mi nombre. Me dice que puede mandar por correo los formularios con explicaciones impresas a mi casa para que las estudie. Acepto. ¡Qué alivio! Quiero irme lo más pronto posible.

-¿Nombre?

Vacilo… No sé cómo me sale y digo: “Tom Percy”.

Levanta la cara y me mira risueña, y agrega: “Yo tengo un amigo que se llama Tom”.

Gracias, no me conoció. Debe haber leído mi última carta: “Nos juntamos hoy o nunca, sufro. Tom”.

Abandono la oficina a trancos largos y aligerados. Casi me voy por las escaleras (la fuerza de la costumbre).

Esa tarde, limpiando el noveno, sube un ecuatoriano, eufórico. No se alza del suelo más allá del metro y medio, debe tener unos treinta. Antes de presentarse me muestra un papel: “Lo encontré en un escritorio –me dice-,  y está escrito para mi”. Yo, haciéndome el desentendido, pero sin ocultar mi novedad se lo arrebato y leo:

“Hola. Bienvenido. Quiero ser tu amiga, escríbeme cuando puedas”. Y hay una firma: “Peta”.

-¡Desgraciada!

-¿Qué dice? –me interrumpe.

Ahí me di cuenta que había dicho algo en voz alta.

-¿Qué le parece? ¿Cree que yo deba dejarle un papelito esta noche? –me pregunta con malicia.

Ah, sí, seguro ¿por qué no?, se va a entretener montones –le digo.

Me dio las gracias, dijo que Raúl le había dado mis datos, por si necesitaba ayuda, y reiterando sus agradecimientos por el consejo, al momento de irse, me dice que se llama Juan –“John es mi nombre de trabajo y usted sabe que nosotros los ecuatorianos tenemos la sangre muy caliente-“.

Yo lo miro alejarse y lamento, muy de veras, que con esa cuerpada y lo cálido de su sangre –aunque no le dije nada-,  esté en líos con una gorda, tan gorda como un ropero de tres cuerpos, que tiene una chasca desordenada y colorida, que su dentadura postiza se le escapa junto a un tufo a cebollas cuando habla y que tenía mis dudas si no era ella la que soplaba fuerte y para todos lados.