Rosas en días de lluvia

Volver a la página de: SERGIO MARTIN MONTENEGRO

              Siempre trató de llegar a lo menos una hora antes que abrieran las puertas. Tampoco le importaba que la lluvia, que parecía regocijarse mostrándose justamente a esa hora, alterara su destino. Cobijado en su viejo abrigo y alumbrado apenas por los destellos de los neones, aguardaba pensando y rogando que casualidades retuvieran a los madrugadores.

            La detención de un automóvil lo llenaba de zozobra y sus sudores helados se fundían con las gotas ajenas que lo envolvían. Contaba a los que bajaban. La tranquilidad le duraba poco, hasta que otro automóvil, en el mismo sitio, se desprendía de otros adelantados. No quería, por ningún motivo, perderse la primera fila. Casi nunca se la perdió.

            Terminaron por reconocerlo las boleteras, la que recibía el dinero y la otra, la que partía sin mirar el billete amarillo, apoyada con comodidad en el marco de la puerta que daba acceso a la sala.

            Acurrucado en la butaca y en su humedad, seguía aguardando, devorado por palpitaciones, el comienzo del espectáculo. Sabía con exactitud que debía esperar siete minutos, lo confirmó la segunda noche para que apareciera la que lo hacía gastar dos mil pesos y congelarse de frío, todas las noches.

            Cuando aparecía, cambiaba el codo de apoyo y cruzaba con un movimiento lento las piernas, afinaba una mirada telescópica y se sumergía en una contemplación callada y soñadora: el coro cantaba, la orquesta (¡pobre orquesta!), enmudecía, entonces ella  bajaba al auditorio, micrófono en mano y cantaba: “No me dejes, cariño”,   pasando entre butacas y rodillas y rodillas y rodillas. Nunca pasó, sin embargo, por la primera fila cantando pero sí dejaba, todas las noches, la rosa artificial que quitaba a su cabellera y que hacía juego con ese vestido largo, rosado y abierto a los lados que dejaba entrever unos hermosos y macizos muslos, todas las noches.

            La segunda salida, poco antes de terminar el Segundo Acto, no bajaba. Nadie podría haber dicho, aunque si hubiese pensado, que por temor a esa malla apretada que ponía en demasiada evidencia sus contornos tan perfectos y que, tal vez, pudieran despertar apetitos lascivos en el auditorio o marcarla de huellas digitales empapadas en sudor de deseo, todas las noches.

            El acto final, el más colorido, era, no obstante,  el más pobre. Lo salvaba ella y su bikini breve que nadie se dignaba mirar por más de tres segundos so pena de caer en tentaciones tórridas o demenciales. Ahí, justamente  ahí, volvía a cambiar las piernas, la de arriba pasaba abajo, la de abajo pasaba a arriba y el codo descansaba mientras el otro se hundía complaciente en el brazo afelpado. El abrigo, sin tomarle el parecer a  nadie, empezaba a desprenderse de vapores tibios que cruzaban con lentitud los fulgores traseros que vestían de día la oscuridad circundante, todas las noches.

            Todas las noches, todas las santas noches, caminando…, pensando…,  todas las noches se retiraba triste, pensando.

            Al sexto día casi se murió de celos. Y  todos por ese ramo de flores que le entregaron al finalizar el Primer Acto. Esa misma noche decidió poner fin a su locura. (¿Cómo puedo competir? Bien vestido. Es alto. A lo mejor le sobra el dinero y, no me vengan, se nota que le gusta cortejar artistas. ¿Por qué? ¡Qué suerte que tengo…! ¡No, se acabó!

            Pero a la noche siguiente ni siquiera se dio cuenta. ¡Qué iba a precisar el momento cuando empezó a sacudir su abrigo para tirar la humedad al suelo!, sólo reaccionó cuando se vio caminando, tirado por una fuerza superior.

            -Primera fila, por favor.

            Cuando la función terminó, acariciando sus dudas, esperó en la puerta de salida, pegado al muro, como un ratero de evidencias y confirmó que las flores no habían comprado nada, que no habían impactado en nada. Así que, nuevamente, soñando y pensando abandonó el lugar.                     

            Octavo día.

            -Primera fila, por favor.

            (Casualidad, pura casualidad).

            ¡Qué día fue el siguiente! Se pasó contemplando, lleno de vibrantes sentimientos, aquella rosa. La tocaba, la ponía cerca, la olía, la acariciaba. La ponía lejos y soñaba. Imaginaba arrancándola el mismo con ternura y delicadeza de esa cabellera tan graciosa mientras ella  reía coqueta y, ¡ay Dios!, le ofrecía, además, una mejilla coloreada.

            Noveno día.

            -Primera fila, por favor.

            Qué difícil era ver bien desde la cuarta fila, el cuello no lo podía mantener muy erguido, un sombrero especulativo de una dama de la segunda fila le daba rencores. Pero, ¿quién se iba a imaginar que la noticia se había extendido y que una reserva colectiva lo privaría de su primera fila, esa noche? Pero,  la sintió en su rodilla, transpiró de emoción  y acarició la rosa oculta bajo la solapa húmeda de su abrigo.

            Espero que saliera, la lluvia se había marchado por medio hora. El grito que pegó lo sorprendió a él mismo.

            (Me dijo… gracias…, y cómo me lo dijo… nerviosa, asustadita, así me lo dijo. Le dije que el espectáculo sin ella sería una porquería. ¡Qué mal que lo dije! ¿Por qué no encontré otra palabra?, tal vez pudiera haber dicho: no es tan bueno, o, sería un desastre, y dije porquería. ¡Vaya!, qué estúpido que soy, pero me dijo… gracias…, y cómo me lo dijo, nerviosita, asustada. Pobre, pobrecita).

            Décimo día.

            -Primera fila, por favor, si no hay reservas.

            (Me mira, se dio cuenta que estoy, sí, claro que sí, y me sonríe).

            Salió raudo, no fue capaz de esperar nada. Dos rosas apretadas al lado del corazón, bajo la solapa del abrigo para que la lluvia no las tocara, estremecido de amor.