Médico Especialista

Volver a la página de SERGIO MARTIN MONTENEGRO

 

          En el estudio del doctor Mariano Retamal un dibujo a lápiz del rostro severo de Hipócrates cubría con notoriedad el muro más importante de la habitación, justo al frente de la puerta, enmarcado en un rectángulo plateado y brillante. En las otras murallas colgaban diplomas con letras góticas, escarapelas de colore adheridas con resinas en los espacios blancos y firmas ilegibles que testificaban asistencia y participación en congresos, simposios y universidades. Sólo un lado, tal vez para reafirmar la calidad del inquilino, dejaba ver, una vez dentro, un armario amplio y elegante repleto de muestras farmacéuticas perfectamente ordenadas entre pulcros utensilios de la profesión. Nadie, sin embargo, habría podido comprender porqué el médico, sentado al borde de sus glúteos, permanecía con la vista dislocada, sujetando con dedos crispados un bulto mal envuelto mientras exclamaba, unas veces como susurro, otras, como bramidos: “¡Qué te importa Retamal! ¡Qué mierda te importa Retamal!

          Hacía quince años desde que en una ceremonia emotiva –ocasión que permitió juntar a sus parientes lejanos-, sus padres rebosantes de orgullo y entendible jactancia agasajaban al hijo que: “después de largos. costosos y dedicados estudios puede, ahora más calificadamente, servir a la querida familia, a los amigos y a la patria”. La parentela, para coronar tan especial evento, también se sumó jubilosa a una fiesta que duró tres días.

          Al día siguiente –fue un martes de mañana-, buenos contactos y mejores influencias lo designaban, en propiedad, “Médico Ayudante” en una clínica central. Ahí, sin más excitación que furtivos encuentros con enfermeras que aprovechando el sopor de la siesta se arremangaban para hacer el amor entre toscas y rugosas sábanas que siempre olían a formol, transcurrió sosegadamente su vida por dos años.

          Más tarde, influenciado por un tío Coronel, con más fama de mujeriego y jugador que, de probo soldado (“no pues sobrino, no pierda el tiempo en menudencias, dedíquese más mejor a las señoras, ño ve que pue tener sorpresas agradables pu sobrino!), decidió matricularse en un curso especial de ginecología que, además, gratificaba a su término con cuatro semanas en el extranjero para practicar en dos hospitales de renombre.

         Sus padre, genuinamente preocupados por la avizorada separación, no recibieron con mucho agrado la noticia de especialización, pero, terminaron por someterse dudosos a la idea que apoyaba con vehemencia el Coronel. Estudios, emolumentos junto a trámites, pasajes y ubicación se implementaron a través de un plan generoso del Ministerio de Salud a propuesta del Gobierno constitucional de la época que empezaba a llevar a cabo un humano y racional sistema de readecuación médica y policlínica.

       Su vuelta, aunque añorada, no tuvo ribetes extraordinarios: pocas semanas atrás una hemiplejia fulminante había puesto fin a la vida de la madre sin que él, ya en las postrimerías de sus estudios, pudiera regresar para acompañarla en el viaje al sepulcro. También, por aquel entonces, el país había presenciado incrédulo y lleno de espanto bombardeos demenciales, crímenes fraticidas y magnicidas junto a una arremetida perversa y aleve de los que, se suponía, debían guardar y respetar los valores patrios acuñados en apacibles, aunque a veces apenas azarosos, años de convivencia nacional.

        Las influencias aviesas del Coronel que con olfato de hiena había logrado agregar a su hombrera otra estrella del demonio, terminaron por alinear al ginecólogo en el bando de los desvergonzados, previo ofrecimiento de una jugosa remuneración y otras granjerías para servir en el Organismo de Seguridad.

        Sus primeras experiencias profesionales, no obstante, se limitaron a la atención de las cónyuges de la oficialidad que, púdicas pero delirantes, no lograban entender claramente el ímpetu viril que ocasionaban unas tabletas rosadas y sin nombre que el esposo debía tragar poco antes de presentarse a guardia. Las autoridades, plenamente en control de protervias y rumores, sonreían complacidas y ordenaban a sus galenos estimular a sus pacientes, ciertos que el futuro económico sería próspero y convencidos que la Patria necesitaba  ser repoblada con vástagos fieles a los Principios excelsos de la Administración.

        Los primeros alumbramientos desconcertaron a Retamal: los fórceps extraían criaturas con labios leporinos, cerdas negras y punzantes cubrían las espaldas de otras; en los prematuros no se desarrollaban extremidades y, en una masa amorfa, se confundían nalgas con patas de palmípedos o pies equinos; para colmo, algunos sobrevivientes nacían con la lengua pegada a la nariz y otros, en el momento de desprenderse de las parturientas, se estremecían con un aullido escalofriante para luego expirar con convulsiones pavorosas.

        A pesar de su temple, poco tiempo pudo soportar Retamal semejantes escenas y, antes que se efectuaran sumarios calificativos y se decidiera cambiar las píldoras rosadas por otras pálidamente amarillentas, urgió a su tío para que le consiguiese una salida del país, aunque fuese breve aduciendo, solapadamente, interés en una nueva escarapela.

        Su vuelta se produjo exactamente a los cinco meses, esta vez resuelto a comenzar una nueva vida. Contrajo enlace atolondrado en Miami con la hija de un somocista expatriado que guardaba profundos rencores hacia los que habían puesto coto a tanto robo y desfachatez.

No le fue difícil reubicarse. El General de frustraciones y odios agudizados comandaba un cargo asaz influyente. Antes de una semana era nombrado “Médico Visitador de cárceles y Otros lugares de detención”, con un sueldo equivalente al de un Mayor pero sujeto a incondicionalidad de tiempo y horario, porque: “nadie sabe cuándo se pueden presentar las emergencias”.

        Y las emergencias vinieron, algunas de madrugada como el rocío. Al comienzo fue un mero testigo ocular de barbaridades, más tarde, requerido, usaba el estetoscopio para ocular el aguante, hasta que un día, perdiendo esa rígida pose profesional se atrevió, dudoso y vacilante, a meter sus manos en aquellos cuerpos que se contorneaban desesperados recibiendo descargas eléctricas, golpes certeros a mansalva, baldes de agua fría, patadas, babas de milicos y cuánta aberración era posible imaginar.

        Seis meses de práctica en la cloaca de la insanidad terminaron por convertirlo en un canalla. Hasta sus subalternos que se le cuadraban respetuosos a sus espaldas lo empezaron a apodar “el mierda”, tal vez resentidos porque,  haciendo primar su jerarquía, los conminaba a abandonar las cámaras donde reinaba la desesperanza, y en complicidad con gritos y dolores, violaba a vírgenes que temblando y llorando lágrimas de sangre colgaban tenebrosamente de aleros especialmente construidos.

        Tal fama lograron sus acciones que pronto fue encomendado para atender “casos especiales”, los que hasta ese entonces eran patrimonio del más selecto grupo de la Seguridad Nacional. Pero, como hasta los bueyes tienen instintos, sus superiores estimaron que era hora de alejarlo transitoriamente de las prácticas de apremio y lo enviaron, comisionado, a Carolina del Sur a hacer un cursillo en la siniestra Academia Militar de Beaufort para que aprendiese los últimos adelantos científicos y se familiarizara con la técnica de la flagelación.

        Su esposa, que como cualquiera otra de ese rango era incluida en un “viaje de méritos”, prefirió aguardar en casa las tres semanas que duraba la instrucción, reteniéndole la noticia de su personal gravidez en espera de que el carácter de su esposo, que se había tornado violento, fuera suavizado con otros aires y recibiera la nueva tranquilo e indulgente.

No fue así, sin embargo. Hasta los pasajeros en tránsito tiraban miradas interrogantes a los gritos del galeno que rechazaba ofuscado a su arribo tan tierna confidencia. Desde ese día las relaciones de la pareja se tornaron aún más difíciles, y si hubo cambios de palabras, éstas fueron para reiterar una negativa de aborto o imputaciones resentidas que cada uno se llevaba amurrado a la soledad de sus cuartos empapelados.

        Reanudadas las prácticas flagelatorias, Retamal se presentaba con una valija reforzada de la cual extraía herramientas importadas para sacar uñas con alaridos, cortar dedos con pérdida de conocimiento, extirpar penes con chorros de sangre, desprender pezones con espasmo, pero, Retamal no tenía, quizás porque sus célebres maestros rubios tampoco, las herramientas capaces de doblegar una conciencia o consumar una traición.

        Esto exasperó a Retamal, convencido que había sido bien adiestrado y que tan categóricamente se le había asegurado que esos instrumentos sacaban hasta los huesos de las infidencias.

        Puesta en evidencia la inutilidad de la peregrinación, su temperamento se tornó más brutal y él mismo, aprovechando las interminables noches de insomnio, empezó a planificar nuevos métodos que acabaran con tan impertinente intransigencia. Un día de invierno en que las aguas torrentosas lamían ávidas hasta los fogones vacío de los marginados, Retamal apareció radiante con una jeringa colosal capaz de introducir excrementos hasta el epigastrio, aprovechando los gritos abiertos de los que, ultrajados, yacían en las parrillas de tormento.

        Una de esas noches, oscura como una mina profunda, cuando sus manos empuñaban la satánica invención, un telefonazo de casa le comunicaba que la esposa, con dolores y dilatación, creía que el parto era cosas de horas. Ahí mismo conminó a la sirvienta que no avisara a nadie, que él, en cosa de minutos, estaría para atenderla personalmente, que el hospital no era necesario, que otro médico para qué, “usted sabe Dora que es mi especialidad. Prepáreme un lavatorio grande y échele agua caliente, dígale a la señora que salgo en seguida. Y no se olvide: no comunique a nadie el estado de mi señora…”

        Llegó justo a casa. Del lecho que un tiempo supo de sus pesadillas se percibían contorsiones de padecimiento y se escuchaban gritos de dolor, una escena, que tal vez por lo común, lo llevó inconscientemente a mirar en derredor en busca del ordenanza que solícito siempre se adelantaba al resto para poner en sus manos los aperos de la tortura. Reaccionó. Pidió a la mucama el agua caliente y una toalla que colocó     bajo las asentaderas de su mujer. Ordenó a la sirvienta los dejara a solas, y esperó.

        En el estudio, ya agotado de blasfemias y abatimiento, incapaz de mantener suspendido por más tiempo el producto de su paternidad, cuando su mirada dislocada se encuentra con la del Ilustre griego, lanza entonces con furia la toalla y su contenido contra el dibujo a lápiz y un quejido tenue, ya agónico, de una criatura que rueda por el suelo le estremece hasta el alma mientras apenas puede apreciar a través del cristal teñido de sangre, el rostro de Hipócrates que, esta vez, inexplicablemente, sonríe con complacencia.