La voluntad del Fundador


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         Uldaricio Riquelme Zelada, era bajo, moreno, usaba dentadura postiza cuando andaba sobrio y su calva brillaba como si cada mañana Bernardita, su mujer, se diera la molestia de lustrársela con un betún mágico. También se distinguía entre los habitantes de San Lázaro por otras tres particularidades: su barriga, tan protuberante como la de una señora que en camino al hospital ya había roto la bolsa de agua; su dificultoso caminar, corolario de la exuberante adiposidad que en envolvía; y, la más distinguida y respetable, su posición exclusiva de Notario del pueblo.

         Como era un hombre de fortuna, moros y cristianos le ayudaban a cultivar su egocentrismo, en espera, quizás, que cuando su filantropía se manifestase fueran ellos los receptores de tal acto de generosidad. Ya que, en una de esas borracheras espectaculares más de uno le había escuchado decir:

         -¡A mi familia no le dejo ni los dientes!

         Sin embargo, lo único que lograron con el trato servil y empalagoso fue acrecentar las ínfulas de Uldaricio Riquelme Zelada, quien, sano o embriagado, solía bramar:

         -¡Este pueblo sin mi, no sé lo que haría!

         En su juventud, antes que heredara la Notaría de su padre, desorientado como un mocoso de quince años, había instalado a instancia y con la ayuda de Uldaricio Riquelme Zambrano su bufete de abogado, apenas recibido en la universidad de la capital. Pero, la experiencia y sagacidad de Alfonsino Acuña Albornoz , hasta ese entonces único jurisconsulto local, y que en cuatro décadas había llegado a ser el amo y señor de todos los entuertos legales de San Lázaro, le impidieron al neófito arrebatarle siquiera a un cliente. Ante tal fracaso no tuvo más remedio que arrinconar su escritorio, poner en su sitio el camastro y merodear en otras actividades: fue Inspector de Aguas, Fiscalizador de Alambiques y comerciante en ganado, todas ellas, para  desgracia, con el mismo y desastroso final.

         Recién ingresado al Servicio Municipal para inspeccionar el perfecto funcionamiento de las compuertas de riego y el uso equitativo de aperturas y cierres por parte de los beneficiarios, le fue aconsejado el ingreso a la Logia Masónica con el fin de asegurar su permanencia y expeditar ascensos; pero, ni la solidaridad fraternal pudo hacer algo cuando tuvo que ser bochornosamente despedido por favorecer con descaro a un hacendado, quien, además de las extensas tierras que poseía, tenía una hija que le había empezado a quitar el sueño a Uldaricio Riquelme Zelada.

         Cesante lo hicieron firmar los registros del Partido Radical Transigente, otra vez persuadido por los visionarios del pueblo, de que para gozar de una posición pública, con un salario honroso, debía pertenecer al partido de gobierno. Los presagios no sólo resultaron ciertos sino que llegaron con prontitud, y a la semana tuvo que montar en un percherón y recorrer viñas husmeando que los destiladores no usaran más que el alambique autorizado y que el litraje de producción no excediera lo estipulado.

         El frío, la lluvia y la soledad por esos campos del demonio terminaron con todo su entusiasmo y decisión, después de verse obligado a guardar cama, por casi cuatro semanas, por causa de una neumonía que a poco lo arrastra al Monte de los Sollozos dedicarse a la compra-venta de ganado. Las cuarenta reses que compró ese lunes de mañana en la peluquería de don Malaquías no sólo eran viejas, sino que también, para colmo de desastres, estaban infestadas con carbuncosis y, cuando ufano y prejuzgando optimísticamente una pingüe ganancia se disponía a entregarlas para su sacrificio en el matadero de la capital, un veterinario insobornable descubrió el achaque y, en la misma capital, pagó con tres días de cárcel su ingenuidad de comerciante.

         De ahí no trabajó más; sobrevivió por largo tiempo golpeando la puerta paterna y recurriendo a su labia de leguleyo para enternecer al anciano,  quien como padre ejemplar que era, siempre se dejaba embaucar fácilmente con las historias de desesperación que le refería el hijo.

         Casi dos años de ociosidad contumaz lo convirtieron en el hombre ideal para el Partido Radical Transigente que, en busca de incautos que agregaran votos de lista para beneficiar a los patriarcas de la política local, lo nominó como candidato en las elecciones generales para el municipio. Se movió con tanta solicitud en la entrega de de empanadas y jarras de vino tinto que a poco no obtiene más votos que el mismo alcalde, quien,  a diferencia de Uldaricio Riquelme Zelada, prefirió guardar en su propia tripa la cuota de vino que el Partido entregaba a sus postulados para suavizar la tosca conciencia popular que no entendía del esfuerzo y la abnegación que los electos entregaban para mantener y desarrollar las ventajas del sistema democrático que convertía al país en una copia feliz del Edén.

         En el corto tiempo que se desempeñó como edil fue un impulsor obstinado por dotar a San Lázaro de servicio eléctrico y, con recursos económicos de su padre, viajó al país vecino donde hizo fundir y adornar cuatro adefesios que más tarde, cuando por fin la electricidad hizo su entrada al pueblo, instaló en la Plaza de Armas para escasamente quebrantar la oscuridad y poner de manifiesto las sombras de los enamorados. Este adelanto, junto a la creación de la Primera Compañía de Bomberos Voluntarios, formada a raíz de un amago de incendio en la hacienda del que sería su futuro suegro, lo llenaron de tanto orgullo y arrogancia, sólo comparable a la gordura de su senilidad.

         A la muerte de su progenitor renunció a la Municipalidad y pasó a ocuparse de lleno a atender los asuntos notariales de San Lázaro y a conquistar, para convertirla en su esposa, a la muchacha que por tantos años lo había castigado con su indiferencia.

         Subió los aranceles por estampar su rúbrica más allá de lo que recomendaba la Asociación Nacional respectiva y, como para los habitantes les era más oneroso viajar al pueblo vecino, tuvieron, muy a su pesar, que seguir recurriendo a sus servicios. Pronto acrecentó la ya próspera fortuna legada con la incorporación desfachatada de comisiones que se hacía pagar por la autoridad eclesiástica diocesana cuando los testamentos dejaban dudas si habrían sido dictados o escritos coercitivamente o en el sano juicio de los moribundos. Entonces, no le fue difícil convencer a Bernardita de los Ángeles Iturriaga Villavicencio, una morena alta, de ojos negros grandes y con un cuerpo tan escultural que hacía suspirar y subir la presión cardiaca de cuanto hombre vivía en San Lázaro y todos  sus alrededores.

         La boda se celebró con toda pompa. Años más tarde sería homologada sólo por el matrimonio de la hija de la viuda Campusano. El Obispo que nunca se había dignado visitar el pueblo por encontrarlo muy miserable, esta vez, interrumpió nada menos que una reunión de Concilio que se celebraba en Roma con la presencia del Santo Padre para decir:

         -“Hermanos obispos del mundo: espero que mi retiro no malogre las resoluciones de este Santo Concilio, pero estoy obligado a ausentarme para desposar en un pueblo remoto a un hombre, que si bien es cierto, está alejado de nuestros caros principios y participa en la herejética institución masónica, no deja de ayudarnos sin fajamientos para rubricar las herencias que los devotos, con tanto amor a Dios, entregan a la Iglesia para su ponderada administración”.

         Se supo más tarde, por el Obispo de la diócesis vecina, que el Papa pidió ahí mismo una bacinica porque le dio una diarrea tan violenta como intempestiva, que sólo fue posible contenérsela después que se le sugirió se encomendara con devoción a Todos los Santos.

         La fiesta duró una semana y, dicen los lugareños, que los fudres de las viñas cercanas tuvieron que esperar cuatro cosechas para atestarlos de nuevo. Concluido el festejo, los novios viajaron en luna de miel al extranjero y, para extrañeza de sus amigos y conocidos, Uldaricio Riquelme Zelada volvió solo. El impertinente que se atrevió a preguntar por la ausencia de la señora Bernardita de los Ángeles Iturriaga de Riquelme, recibió del propio Notario esta respuesta:

         -“Conocimos en Londres a unos parientes lejanos de Bernardita y ella decidió quedarse un tiempo con ellos. Pronto volverá, no se preocupe”.

         Efectivamente, a los seis meses, en un automóvil de alquiler, cuando empezaba a despuntar el alba, apareció la mujer del Notario, pero, se encerró en su casa y, salvo aquella vez que recibió a un comité municipal con una insólita propuesta, no permitió hasta el fin de sus días, que nadie la visitara.

         A los cinco meses de su llegada, una tarde en que el viento azotaba sin misericordia a San Lázaro y levantaba una polvareda que hacía cerrar los ojos hasta a las lechuzas, acezando llegó Uldaricio Riquelme Zelada a golpear la puerta de las dependencias que el peluquero del pueblo arrendaba por horas para encuentros de amor furtivo. No se había equivocado. A los gritos de “¡Pepe…! ¡Pepe…!”, salió con los pantalones en la mano el doctor José Antonio Vidaurre Campos, quien al ver el semblante congestionado de su amigo, se dio vuelta y gritó hacia adentro:

         -Te libraste Eloísa, vístete no mas y dile a tu madre que te mande mañana al consultorio para ponerte la inyección.

         Una voz humilde, casi infantil, contestó desde el interior:

         -Lo que usté mande, dotor.

         El médico hizo un guiño de diablura al notario y juntos abandonaron el lugar. Por el camino, marchando uno detrás de otro, pegados a los muros para protegerse del ventarrón, Uldaricio Riquelme Zelada puso al tanto al galeno que su mujer estaba sufriendo de terribles dolores en el bajo vientre y que él, pensaba, podrían ser síntomas de aborto o alumbramiento prematuro. A poco de llegar, empezaron los gritos. A los diez minutos exactos, a mano limpia, el doctor José Antonio Vidaurre Campos ponía en los brazos de Bernardita, ante la perplejidad de Uldaricio, a un chiquillo rollizo, extremadamente largo y con unos cabellos tiesos de color dorado.

         Ahí empezaron las tomas de Uldaricio Riquelme Zelada. Sus amigos, y muy especialmente el médico, lo convencieron, después de verter litros de saliva, que para no dañarse la salud era necesario ingerir tal cantidad de alimentos sólidos como lo que se ingería en forma líquida. Siguió al pie de la letra el consejo, pero, por capricho, y para no dar su brazo a torcer, primero se embriagaba y después, cuando ya perdía todo estado de lucidez, se engullía hasta los huesos de los pucheros que le servían. Así, antes de un año perdió todos sus dientes y no tuvo más remedio que mandar hacerse una prótesis total. Como no se avenía con el dentista local, un hombre de un catolicismo a toda prueba, decidió viajar a la capital para el efecto. Aún penaban en su memoria esos días terribles de arresto por causa de las vacas, época desde la cual siempre usó un lenguaje despectivo para todo lo que fuese capitalino, evitando además, acercarse por esos lugares. A pesar de las cartas que el odontólogo le escribió en cinco oportunidades para hacerlo comparecer para pruebas, Uldaricio Riquelme Zelada ya hastiado de tanta majadería se limitó, cuando recibió la última misiva a escribirle cuatro palabras, una sola vez: “Mándela así, saludos Riquelme”.

         Como era de prever, la dentadura retirada del correo envuelta en algodones jamás se adhirió con naturalidad en el paladar y las encías del notario y cuando sobrio le daba por hablar, sus interlocutores contemplaban extasiados y muertos de nervios la danza de dientes que ocurría dentro de la cavidad bucal del parlanchín. No obstante, tal vez como medida de seguridad, tan pronto el notario se sentía atraído por los mimos de la fragancia etílica, escupía en su mano pequeña la placa dental y la guardaba sin aspavientos en uno de sus bolsillos.

         Por otro lado, tan a pecho tomó la advertencia de comer en abundancia para contrarrestar los efectos del alcohol que, a pesar de su metro cuarenta, llegó a pesar ciento treinta kilos y la pobre Bernardita se pasó gran parte de su vida cosiendo noche y día para ensanchar o hacer ropa nueva al marido junto a un estado de permanente alerta para llamar al médico, quien tenía que volar, para extraer con pinzas desde el fondo de la garganta del beodo la dentadura postiza que la abnegada mujer sacaba del bolsillo, limpiaba con esmero y sumergía en un vaso de agua y que siempre Uldaricio Riquelme Zelada, por esas coincidencias espeluznantes, bebía pensando que su parranda no había concluido.

         El hijo de la pareja fue criado dentro de las sombras y para su servicio fue contratada una sirvienta muda de origen mapuche a quien, las malas lenguas aseguraban, hacían dormir en un saco tirado en medio del gallinero, convencidos que una criatura tan hosca como ordinaria difícilmente había sido agraciada con lo que los cristianos llamaban “alma”. El par de veces que se vio al mocete lo acompañaba la madre, caminando como si tuvieran prisa. No obstante, cuando el cura se negó a ofrecerle la Primera Comunión en casa, un sector bien determinado del pueblo tuvo la oportunidad de fijar la vista hasta hartarse en el enclenque muchacho que lucía, gracias a don Malaquías, el peluquero de San Lázaro, una cabellera tan negra como la de Bernardita cuando con recogimiento recibió en la iglesia la Santa Eucaristía.

         En otra oportunidad, durante la permanencia alcaldicia del mismo peluquero, su reemplazante, un muchacho lenguaraz y desfachatado, se encargó de vociferar a los cuatro vientos que el notario lo había llevado a su casa después del cierre para embetunar de negro el cabello de un rubiecito tan pálido como tímido. La gente empezó entonces a atar cabos y,  a pesar que todo terminó nada más que en comentarios, todos quedaron con la certeza que el chico tenía, definitivamente, otro padre.

         Al comienzo de su edad púber fue enviado a la capital a un internado caro y prestigioso. Su vuelta, muchos años más tarde, provocaría un remezón en San Lázaro de tales proporciones que pronunciar su nombre en público era causal de arresto con incomunicación inmediata.

         La madre no apareció a la luz pública, ni siquiera se la adivinaba, como antes, detrás de los visillos de la casa envuelta en flores y enredaderas. El único contacto que mantuvo con el mundo exterior fue con el cura del pueblo, quien, sin faltar uno, le llevaba cada viernes primero el Santo Viático a domicilio.

         Por su parte, Uldaricio Riquelme Zelada siguió sumiéndose en el vicio y, a medida que ganaba en decrepitud y perdía en sensatez, empezó a cometer una serie de barbaridades en el cumplimiento de su profesión: falsificó, por ejemplo,  el testamento, unos dicen que por puro resentimiento con su suegro, que legaba la magnitud de sus haberes en forma exclusiva a su hija, la misma que lo había arrastrado al desenfreno, poniendo en cambio, como heredero absoluto a un gato siamés que nadie sabía de donde había aparecido. También, otra vez, después de una discusión acalorada con el cura por comisiones impagas, redactó, asegurando ser Testigo de Fe, una  Carta Pontificia que especificaba la entrega de un galpón diocesano a la civilidad para ser convertido en el Club del pueblo; y como si esto fuera poco, un día, ya en la sordera del juicio, atestiguó ser depositario de la voluntad del  fundador de San Lázaro, un español que pereció en forma trágica a manos de sus propios congéneres hacía como cien años atrás.

         Cuando apareció en la Municipalidad para transmitir y hacer cumplir el último deseo del fundador, tuvo a mala suerte que la Alcaldía, vacante por la destitución de don Malaquías, estuviese a cargo de un militar, quien con una impavidez fotográfica escuchó:

         “… todo lo que allí existiese, a deseo y voluntad de este servidor, fiel vasallo de su Majestad el Rey y devoto practicante de los Mandamientos de la Santa Iglesia Católica Romana, debe ser enviado a mi amada que tiene domicilio en la calle del Crucificado en la ciudad de Pamplona…”.

         Por lo tanto, él, como depositario de una voluntad tan legítima como sentimental, exigía de la autoridad actual la compra de sacos con el fin de atestarlos de tierra y enviarlos con destino a la Madre Patria.

         El Alcalde de Oficio perdió por cierto su compostura y lo único que atinó a decir, antes de actuar, fue:

         -Usted, don Uldaricio… está huevón.

         A continuación pegó un grito y apareció un guardia a quien se le ordenó que, aunque fuera a viva fuerza, embarcaran en un vehículo al borracho con destino a un manicomio de la capital.

         La diligencia se cumplió en media hora, y lo único que quedó flotando en el aire por largo tiempo fueron los chillidos del pobre Uldaricio Riquelme Zelada:

         -¡Carajos!  ¡Si me llevan este pueblo se hundirá!

         San Lázaro tuvo que aguantar dieciocho meses para ver que otro abogado se hiciera cargo de la Notaría, lapso en el que ocurrieron tres muertes importantes, cuyos herederos, hasta el día de hoy, se buscan con armas blancas para zanjar las diferencias.