La Negrita

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           La primera vez que apareció entre nosotros mostraba una ligera intranquilidad; no era para menos, ya gozábamos de una irremediable fama de intratables. Manuel, que siempre lograba atraer a muchachas universitarias que de una u otra manera buscaban una certeza vital, agotadas tal vez de estudios sistemáticos, como lejos de una realidad desafiante a la cual no querían ser ajenas, nos presentó a la Negrita como una estudiante de Filosofía apenas había cruzado la puerta y, sin siquiera esperar que las miradas de mis compañeras se percataran de su hallazgo, se apresuró, con un torpe afán de disculpa, a justificar su aparición agregando teatralmente:

           -¡Excelente calidad humana y perdidamente  desclasada!

          Aurora, encumbrada en una escalera de seis pies, dando los últimos retoques a un mural inmenso que habíamos pintado en un tiempo record para inaugurar la nueva sede de un sindicato, sin piedad, casi como una de esas maestras de alta costura, recorrió con ojos de búho desde los zapatos de medio taco hasta el pompón de la boina, que hacía juego con su falda escocesa de pliegues anchos, para luego comentar con mordaz irreverencia:

           ¡Otra hijita de su mamá en pos de la conversión proletaria!

           Y como si su desatino no hubiese sido suficiente, agregó volviendo a su quehacer:

            -Si seguimos así, no nos queda más que sentarnos a esperar a la Pat Nixon.

          Manuel emitió una carraspera, alertándola, quizás, de que ese era el comienzo. Desde el fondo, lugar en el que me había atrincherado para lograr una visión completa del mural, percibí de inmediato el cambio brusco de nerviosismo a plena zozobra, como así también el arco iris que se empezaba a adueñar sin misericordia de ese rostro angelical.

           Dejé entonces mi sitio y avancé con ambas manos extendidas pretendiendo desarticular su semblante de desconcierto; y cuando estrechaba sus manos con un gesto de exagerada camaradería, pensando que pudiera ser interpretado como una muestra de sentida expiación, la vi por primera vez sonreír,  no sé si halagada por nuestra reivindicación o, simplemente, porque la pintura que cubría mis manos también se apoderaba de las de ella, marcando, quizás, el comienzo de tantas alegrías y tantas angustias que el destino nos reservaba a compartir.

            No permaneció mucho rato, pienso que advertida por Manuel, que sabía de la premura que teníamos por finalizar el mural, o por la hostilidad de Aurora, y la de Patricia, que como un payaso con esos vaqueros arrugados que, creo, no se sacaba ni para dormir, y esa chomba que de tanto sumergirla en lavaza ya había perdido sus formas más elementales, se divertía revoloteando alrededor, mirándola de arriba abajo sin decir siquiera esta boca es mía. Claro, nadie que hubiese estado en su lugar habría aguantado ni medio minuto;  el dúo, cuando se lo proponía, era capaz de triturar el desplante más aguerrido. No obstante, La Negrita, que cubría con sus ojos de asombro el mural, como repuesta de tanta inseguridad, dijo absorta, sin dirigirse expresamente a nadie:

           -Esos rostros me llenan el alma de congoja.

          No creo que Manuel la hubiese notificado cuál era mi aporte en este experimento plástico compartido con Aurora y Patricia, quienes, a pesar de sus arrogancias y ramplonerías, eran talentosas y seriamente dedicadas al arte mural.

         Antes que abandonara la sala me atreví, pienso que estimulado por su comentario, a convidarla para el día siguiente a la inauguración de la sede sindical instituyendo una sensibilidad que no tenía nada que ver con la de esos críticos oficiosos de arte que circunscribían sus juicios para emparentarnos con Orozco, Rivera o Alfaro Sequeiros y que siempre terminaban con un análisis, por lo demás ya demasiado común, de los postulados y cromías en que se apoyaban tan insignes muralistas, sin darse la molestia de hurgar en el fondo de sus conciencias para reconocer, siquiera, la obvia incorporación de elementos vernáculos.

          Cuando se marchó, con el mismo gesto conciliatorio que yo le había ofrecido, extendió sus manos, me envolvió con su sonrisa, y dijo con seguridad:

          -Sí, creo que mañana puedo venir.

          Manuel salió con ella despidiéndose de todos como si nada hubiese ocurrido; conocía bien al parcito. Una vez que cruzaron la puerta Patricia sacó la voz, y solamente para comentar con un estúpido sarcasmo:

          -Esta se equivocó de sala, aquí nadie baila rocanrol.

          En una hora y media todo estaba terminado. Las muchachas recogieron con prisa sus implementos y ambas coincidieron en la urgencia de tirarse a la cama; el sueño las abatía y el cansancio las hacía blasfemar más de lo acostumbrado.

              Con tranquilidad, ya solitario, doblé las escaleras y cuando comencé a amontonar las pinturas para trasladarlas a un cuarto contiguo, mis ojos recorrieron por enésima vez el fresco aún húmedo, con ese sosiego plácido que nos dispensa el espíritu después de materializar tan fascinantes estímulos, y ahí, entre la pared y mi quietud apareció, sorpresivamente, así como el vuelo de una codorniz, la sonrisa apacible y encantadora de la Negrita.

              Mil ideas deben haber pasado por mi mente, lo cierto es que intenté apurar mi cometido nada más que con el fin de disuadirme. También recuerdo que justifiqué a viva voz las tonalidades, los planos, la perspectiva, en fin, la armonía del conjunto, pero, lo que no lograba abstraer era el impulso primario, la razón misma del porqué el mural era justamente lo que nos habíamos propuesto que fuera y no otra cosa. Sin embargo, tengo que confesarlo, me dejé vencer  por un impulso extraño, un descontrol, quizás un delirio (¡qué difícil es catalogarlo!). A veces pienso que pudo haber sido un estado de sublime embriaguez como en el que suelen caer los auténticos perceptores de la belleza; lo real es que, con rebeldía, cogí mis pinceles y empecé, casi fuera de mi, a obstruir un descomunal rostro campesino, vejado, amargo, rotundamente sufriente que desde el rincón superior izquierdo miraba sin esperanzas. En poco más de una hora, sin asombrarme, aparecía el rostro nítido, tiernamente sonriente de la Negrita otorgando al mural una distinta pero positiva vitalidad.

              Serían las cinco de la madrugada cuando di por terminada mi labor. Con prontitud recogí los materiales, y sin siquiera pensar en las reacciones de Patricia y Aurora cuando se encontraran con la novedad, me retiré con una grata sensación que ni el viento matinal, que a esa hora transitaba glacial y envanecido, pudo hurtarme antes que la llave abriera la puerta de mi humilde pensión.

( 2 )

Nuestro primeros encuentros estuvieron ligados por una especie de compromiso, y aunque no eran el ideal para serenar en mi la inconfesable atracción que ella ejercía, lo cierto es que desde ese día, aquel en que su sonrisa abrió en mi un mundo insospechado y en ella una popularidad que tal vez nunca antes  se imaginó, nos empezamos a tratar como si ambos estuviésemos convencidos que ninguno de los dos podría prescindir del otro y que algo en nuestra íntima existencia había quedado anudado por una mutua necesidad.

           Al comienzo fue difícil, no obstante, habituarme a una cantidad de prejuicios que había heredado de una familia otrora de abolengo, pero la realidad, que ya no permitía ambigüedades, se encargaría sutil y aceleradamente de cuestionárselos, terminando,  mucho antes de lo que cualquiera se hubiera imaginado, por atomizar todo ese frívolo bagaje que, no está demás consignarlo, exhibía con candorosa excentricidad.

           Más tarde, cuando logré superar mis leves vacilaciones y ella sus infundados temores, nos aventurábamos sin horario por parques y alamedas. Paseando escuchaba embelesado el relato vívido de las polémicas surgidas en su Facultad: defendía con vehemencia a Hegel, cuestionaba a Sastre y admiraba a Freud. En ciertas oportunidades reclamaba mis opiniones y me conminaba inflexible a efectuar análisis críticos de trozos que me leía casi sin respirar. En otras, resuelta tal vez a hacer más manifiesta mi presencia, me confesaba con rubor lo que le costaba entender la pintura moderna; sin embargo, Picasso la impresionaba, pero Miró no lograba conmoverla.

            Con el correr del tiempo parecía natural que planificáramos visitas a exposiciones y juntos nos deleitábamos con  obras de Pirandello o Bertolt Brecht. También asistimos a foros y visitamos poblaciones marginales para ayudar a establecer comandos populares o centros de abastecimientos. Los amigos, que ya a esa altura aceptaban desconcertados mi debilidad a su hechizo, exageraban sus cumplidos y la entretenían con peroratas que ella escuchaba con patente afabilidad.

            Asimismo fui testigo de sus debilidades; La Negrita, acaso como cualquiera otra persona que de pronto descubre con exuberante dosis de subjetividad los pilares siniestros en los que se apoya el orden establecido, tampoco fue ajena a ímpetus anárquicos, al uso de epítetos demoledores con los que cuestionaba nuestra “pasividad revolucionaria” o, a ocasionales crisis de impotencia que la sumían en hondos estados depresivos. Pero, con la misma irracionalidad con que se dejaba arrastrar a los bordes de la desesperación, solía levantarse y después de desaparecer hasta por un par de días, a lo que ella llamaba “retiros conscientizantes”, se entregaba con mayor energía (¡y cuánto más entusiasmo!), a las tareas del momento político que a esa altura ya era de franca confrontación.

           Un día, quién sabe si pensando hacer más públicas nuestras coincidencias, apareció risueña con un mameluco de mezclilla holgado que le sentaba gracioso. Desde ese entonces también se sumó complaciente a nuestra brigada de Bellas Artes, para contemplar, sin perturbar a nadie, cómo transformábamos las murallas grises de la ciudad con murales coloridos que reflejaban, sin eufemismos, las cruentas e implacables luchas sociales del pueblo al que pertenecíamos.

            A los cinco meses de ese encuentro tan lleno de reminiscencias y tan en mi vida, la Negrita, comiéndose las uñas, aceptó por primera vez cruzar las mamparas deslustradas, vociferantes de su agonía, de aquella casona de la calle Dieciocho que en tiempos remotos fuera residencia de monárquicos recalcitrantes y que ahora servía, sórdida pero módicamente, como nuestro pensionado estudiantil.

            Pienso que el desasosiego la hizo comedirse esa tarde, sin que yo por cierto se lo impidiera, a acicalar lo desprolijo de mi cuarto. Con adorable curiosidad descubría bocetos que esperaban ejecución, reprochaba con fingida vehemencia mi pereza, y luego los ponía en fila señalándome prioridades que justificaba con frases elogiosas pero incapaces de ocultar su temblor.

            No sé si fui torpe. Tal vez una mujer como ella necesitaba de otras delicadezas, pero cuando la llevé con suavidad a mi lecho implorándole la entrega de su deseable intimidad, ella, a pesar de sus estremecimientos, se obsequió sin resistencia, temiendo quizás que mi febril excitación pudiera, a través de tan frágiles tabiques, despertar en otros estudiantes presumible curiosidad. Después, con una decisión inquebrantarle, sin importarle mis ruegos, se negó a prolongar nuestra tibia cercanía y prefirió, sorda a razones, retirarse sin que yo pudiera acompañarla; en el momento en que con un ademán se despedía, percibí en sus ojos un brillo extraño que un inexperto como yo dudaría en afirmar si era odio o pudor.

             No la vi al otro día; acepté su ausencia convenciéndome que no tenía derecho a transgredir su legítima vergüenza, sin embargo, el día se me hizo interminable.

             A la mañana siguiente hacía su entrada septiembre, nublado y violento. El aire ya dejaba afluir olor a pólvora e himnos marciales. En el atardecer anterior, para espantar mis aprensiones y acompañar mi soledad, había visitado la sede del Movimiento y ahí se nos había encomendado perentoriamente ir a zonas fabriles para comprobar el nivel de organización de los llamados “cordones industriales” y la disposición de la gente a resistir. Temprano la llamé por teléfono, no deseaba ir solo y la informé de la misión. Le pedí, eludiendo cualquiera referencia que la incomodara, de que si era capaz de desplazarse dentro de una hora a un punto céntrico, me acompañara.

              -Espérame, no quiero perderme nada, amor mío-, me gritó con excitación.

             Cuando colgué el teléfono ya se habían desvanecido todas mis ridículas conjeturas.

           Ese día anduvimos hasta cerca de la medianoche, nos entrevistamos con dirigentes poblacionales, presidentes de sindicatos y compañeros que trabajaban clandestinamente. Ella se ofreció, como si nada hubiese ocurrido, a tomar mis notas, y cada vez más compenetrada hasta se permitía emitir juicios para exaltar la resolución combativa. De vez en cuando, como si perdiera confianza, y a vista y paciencia de todos, se auto liberaba de su papel de ocasional secretaria y me abrazaba ocultando su rostro en mi chaquetón. No quise insistir ante su negativa cuando concluida nuestra tarea rehusó acompañarme al pensionado. En el centro de la ciudad nos separamos cariñosamente y, tal vez para dejarme menos inquieto, se ofreció, si duplicaba mis llaves, a hacerse cargo del orden en mi habitación. Claro, yo no había reparado que existían formas más sutiles de expresarse.

           Esa madrugada, Manuel y Oscar llegaron nerviosos a golpearme la puerta. Terminaba una reunión del Comité Central del Movimiento. Se necesitaban voluntarios que se trasladaran al Sur del país para organizar la resistencia a un golpe de estado inminente. Me vestí de prisa, dos vehículos esperaban en la calle. Le alargué las llaves a Manuel pidiéndole las hiciera llegar a la Negrita tan pronto le fuera posible y que le explicara (¿quién mejor que él?), la razón de mi súbita partida. No hubo tiempo para más, la inquietud ya se había apoderado de todos. Justamente, cuando el sol despuntaba débil y el vapor del rocío se elevaba para alimentar las nubes, dejábamos llenos de angustia la ciudad.

            Hoy no tiene relevancia detallar los tres días de entrevistas y reuniones, pero,  tal vez tenga algún sentido expresar que la distancia y la evocación incesante de la Negrita me resolvió a  tomar una decisión: tan pronto volviera a Santiago, lo primero que haría sería correr tras ella y proponerle matrimonio.

( 3 )

Una radio a baterías, pequeña y que se estremecía al ruido de cada cañón, nos anunció ese 11 de septiembre el alzamiento militar.

           Yo decidí entonces volver inmediatamente a la capital.

           Burlando puestos policiales de control que proliferaban tanto como las acequias, durmiendo un par de noches a campo traviesa y sumergido entre punzantes fardos de paja que transportaban camiones engalanados, llegué lleno de zozobra a Santiago.

            ¿A quién contactar? ¿Cómo y dónde estaría la Negrita?

Me dirigí a la Escuela de Bellas Artes: un regimiento controlaba sus entradas con morteros y bayonetas afiladas. El teléfono, mudo testigo de confidencias, se había convertido en el peor delator. Fui entonces a mi pensión.

            Doña Zoila, una veterana que aparentaba la edad del inmueble, que hablaba con una voz ronca que nos divertía y que, aparentemente, de lo único que era capaz era de pasearse todo el día y parte de la noche apagando las luces de los pasillos para hacer aún más lúgubre el pensionado, cuidaba ese día sólo la soledad. Tan pronto me vio se arrastró a mi encuentro y me introdujo con complicidad a su cuarto que olía a menta y alcanfor y con un susurro de monje confesando me puso al tanto de las novedades: la policía había visitado la casa, trajinando en las piezas y llevando cosas que no podía precisar. Los pensionistas se habían hecho humo y Patricia, y una muchacha que no conocía, andaban en mi busca desesperadas. Le pedí me describiera a la última, sus señas correspondían a la Negrita, pero, era todo lo que sabía. Me pidió entonces implorante que me fuera, que no arriesgara mi vida y ahí, tal vez para convencerme, bajando la vista y tapándose los oídos como si ella misma no quisiera escucharse, me confidenció con un temblor espantoso que el cadáver de Manuel había aparecido flotando en una de las riberas del río Mapocho. No quise hacerla partícipe de mis lágrimas y subí abatido a mi cuarto. El desorden lo ocupaba todo, sólo se habían escapado los bocetos que permanecían en su lugar como mudos testigos de la fechoría..

                 Estuve tirado toda esa tarde en medio del desbarajuste tratando de recordar segundo a segundo cada palabra de la Negrita que me diera una pista para encontrarla. A las 8 de la noche, pensando que las sombras podían ayudar a ocultarme, salí dispuesto a agotar todos los medios para dar con su paradero. Daría veinte pasos, una docena de soldados con perros bravos y metralletas en posición de disparar me cerraron el paso. Un capuchón, negro como esa noche, me fue puesto a la fuerza y con patadas, golpes y empujones me subieron a un vehículo.

                Durante, lo que me pareció quince días, en sitios diversos y que me es muy difícil describir, recibí el trato más brutal que ser humano siquiera puede imaginar. Una noche (puede haber sido noche), para coronar tanto espanto, trajeron a mi presencia a Patricia, su voz y quejidos me aseguraban que era un estropajo. Deben haber desplegado sobre la pobre, pensé, toda su brutal fiereza. Les fue imposible, no obstante, satisfacer su demente investigación y, rabiosos de su inoperancia, nos golpearon con alevosía.

                 También, en interminables sesiones de tortura, amarrado y casi moribundo, escuchaba entre preguntas siempre acompañadas de dolor, gritos tan próximos de la Negrita que me llenaban de desesperación. Los carceleros se mofaban de nuestra altivez y en descansos flagelatorios comentaban, para disminuir nuestra resistencia, el derrumbe completo de nuestro grupo.

Un día, pensando que se habían cansado de aplicar tanta insania y que por fin la sensatez los había hecho vulnerables, se presentaron amables agradeciendo nuestra cooperación. Me dejaron solo, sin capuchón; las amarras y la curiosidad me permitieron, dando saltos, hacer mi propia investigación. Como pude alcé mi cabeza al frente de unos ventanales de donde escapaban chillidos de dolor y ahí…, ¡Dios mío, Dios mío…!, vi a la Negrita…,  con su sonrisa de siempre…, vestida de militar.