La hinchada tiene la palabra

Volver a la página de SERGIO MARTIN MONTENEGRO

            Un ataque de peritonitis en un colega que cumplía función titular en la sección policial del vespertino, determinó que el jefe de crónica me llamara a su oficina para pedirme que suplantase, mientras durara su ausencia, al malogrado periodista. Mis razones de que por tantos años me había desempeñado, aparentemente sin pifias que pusieran en peligro mi contrato, en la sección deportiva (en la cual me sentía a mis anchas), y, lo difícil que me sería a esa altura del partido familiarizarme con una terminología a la cual no estaba habituado, no fueron tiros certeros que le hicieran desestimar su resolución:

           -El diario vive de la crónica roja, bueno…, disculpe, digamos… del sensacionalismo. La imposibilidad de la cobertura política nos relega espantosamente a eso. Su negativa no sólo pone en riesgo su trabajo, sino,  también, el de sus congéneres. Además  -terminó agregando-, el cambio que le propongo no fue idea mía, el mismo presidente de la empresa me telefoneó esta mañana ordenándome su traslado señor…

           -Astudillo-, dije yo.

          -Señor Astudillo, discúlpeme nuevamente, con tantas cosas en la cabeza me ha sido muy difícil retener los nombres del personal bajo mi mando.

         En realidad no tenía necesidad de hacerme ese pase o, por lo menos, quedaba exonerado de su desacierto. Hacía dos días que ocupaba esa posición, impuesto por el Consejo de Directores, totalmente partidarios de la dictadura; sin embargo, quién sabe si con el fin de inspirar simpatías o ganarse la confianza entre los que ardíamos de cólera por la destitución tan injusta como arbitraria de su antecesor, aparentaba preocupación y hasta se permitía lamentar, obviamente sin que existieran terceros testigos en el campo de juego, el Decreto-Ley que limitaba a la prensa en la entrega de información política. Pero, en fin, su condición de veterano reservista de la Marina de Guerra nos advertía que habíamos caído irremediablemente en la vanguardia de la preocupación castrense y que una caída o un traspié lo que menos podría ocasionarnos era la expulsión, siendo lo más probable (las pruebas excedían lo creíble), la cárcel o el destierro.

-Está bien jefe. Usted me pone entre la espada y…, perdón –dije-, entre la pelota y la red, con un sonrojo de levantador de pesas.

           -Nada más que hablar entonces, colega-, dijo con una sonrisita tan ortopédica como su dentadura.

          La palabrita “colega”, que desde que entró al elenco periodístico la usaban viniera o no viniera al caso, con esa petulancia tan propia de Clasius Clay,  era para hacernos recordar que había participado en un seminario sobre “Comunicaciones” que el gobierno había impartido a poco de derrotar, en una lucha muy desigual, las expectativas populares con dos técnicos paraguayos traídos especialmente para el efecto desde Asunción.

        Dejé su oficina plenamente consciente que al campo que se me mandaba estaba minado; aun cuando era cierto que la prensa, y esa era una gran ventaja, no escatimaba espacio para resaltar fechorías que, generalmente, más obedecían a una necesidad que al deseo de delinquir. No obstante, también había limitaciones, ya que esta misma prensa roja dejaba fuera de juego, por orden superior, todo lo tocante a la explosión de la prostitución infantil, ciertos crímenes ocurridos durante el toque de queda o atracos a mano armadas en supermercados o bancos que, paradójicamente, contaban con personal de seguridad.

         A la mañana siguiente me dirigí con espíritu muy amateur al Cuartel Central de la Policía Civil, no se me ocurrió otra cosa. En las graderías de entrada media docena de reporteros, con un letargo como si hubieses recién terminado de correr una maratón, aplanaban sus asentaderas en el pulcro pero gastado mármol. Me vieron y me hicieron una venia tan raquítica como sus semblantes y, sin que mediara ni un finteo verbal, me senté junto a ellos tratando de urdir cómo poder romper ese cerrojo.

       -¿Tiene cigarrillos, colega?-, me preguntó un muchacho con unos bigotes a lo Carlos Caszely.

        Mi negativa lo debe haber sorprendido, ya que abriendo la boca con la misma dificultad que la primera vez, como si el mostacho le pesara demasiado en lo enjuto de su rostro, dijo con una voz de pito:

       -Mejor que los busque, si quiere algún dato-, y levantó, como haciendo un esfuerzo, el labio inferior.

       Pocos minutos después un detective de una adiposidad porcina, que me hizo recordar a esos luchadores japoneses, salió por debajo de la marquesina que cubría la puerta principal para emitir su monosílabo:

       -¡Entren!

       Los muchachos, como escuchando un disparo para iniciar una carrera de cien metros, se abalanzaron raudos hacia el interior. Yo seguí al tropel, casi diría como llevado por la barra, pero siempre cuidando de no desplazarme a la zaga.

       Como en todas las oficinas policiales, que también tienen una enorme semejanza con los campos de juego, esta tenía dos zonas: era un mesón el que dividía la pieza en dos mitades. Sobre el entarimado se dejaba ver un hombre de contextura atlética, relativamente joven y que cubría gran parte de su rostro con unos anteojos tan negros como el tablero marcador del Estadio Nacional. Era, sin duda, el capitán, comisario o mandamás: las deferencias de parte del personal al otro lado de la valla se asemejaban a la que se les da a los cracks. Cuando se produjo silencio, dio vuelta el pescuezo e hizo una serie de movimientos elípticos como cualquier árbitro de ping pong y, sin otro preámbulo, dirigiéndose al mofletudo, dijo:

        -¿Tiene cigarrillos, detective Soto?

      Mis colegas con la misma impetuosidad con que franquearon el pórtico, arremetieron y depositaron, sin abrir, cada uno, un paquete de cigarrillos rubios.

      -Tá bien, muchachos. Les  tengo una pista –dijo desentendiéndose de la ofrenda-. En la población El Porvenir…

      Ahí recién se dio cuenta de mi presencia y detuvo su alocución en seco esperando, quizás, el séptimo paquete. Pedí disculpas, le informé con un dribbling magistral del periódico que representaba, que sólo el día anterior había sido transferido al equipo policial y que,  simplemente ignoraba esa parte del reglamento.

     -¡Aquí no hay reglamento! ¡Qué se ha creído el insolente!-, gritó como si le hubiese enterrado una jabalina en la panza.

     Sin embargo, “en consideración a mi periódico”, terminando con el asedio que me había hecho replegarme al pórtico de entrada, me informó que “pasaría por alto mi descuido y mi insolencia y que, continuaría con la información”.

     -“En la población El Porvenir, anoche una cura mató a dos mujeres. Hay orden de darle la mayor cobertura posible, pa’ver si así les bajamos el moño a estos curas concha’e su madre, pa’que no se sigan metiendo en huevás que no les competen. La Dirección Nacional de Informaciones ha hecho llegar fotografías del homicida y algunos antecedentes de su pasado que pueden ser útiles para una primera página en sus órganos de difusión. Eso es todo, por ahora”.

        Salimos, en las mismas graderías nos sumergimos en el material entregado. Dos fotografías de un hombre de rostro manso y corpulencia más bien delicada, como cualquier jinete del Derby, estaban engrapadas a una cuartilla membretada. Leí la información:

        “Una denuncia telefónica de un vecino de la población El Porvenir, situada en la periferia de la capital, movilizó a las Fuerzas del Orden hacia la iglesia parroquial del sector, llamada “San José”.         

       Al llegar al sitio de la referencia se comprobó la veracidad de la acusación: dos cuerpos ensangrentados de personas correspondientes al sexo femenino, cuyas edades e identificación aún no han sido dadas a conocer por las autoridades del Departamento de Peritaje Técnico, yacían en suelo sin vida. El homicida, que cumplía funciones de párroco en la susodicha parroquia ha sido detenido ante confesión de autoría. Los antecedentes han sido puestos en manos de la Justicia”.

         “El Supremo Gobierno lamenta la pérdida de vida de dos laboriosas mujeres de ese sector y llama la atención, nuevamente, que el alejamiento de sacerdotes de su santo ministerio por motivaciones tan pueriles como paganas, exponen a la Iglesia Católica del país a una crítica, que si bien inmerecida, debería alertarla para poner bajo su control a una velada infiltración marxista que ya nadie que se sienta un fuerte y verdadero amor patrio, puede dejar de desconocer”.

          “Esos agentes, que valiéndose del venerado hábito religioso envenenan las conciencias de los humildes, deben, sin contemplaciones, recibir todo el peso de la Ley para sentar un precedente antes que sea demasiado tarde. El Gobierno al entregar los antecedentes a la Justicia Civil e informar a la Jerarquía Eclesiástica del hecho, confirma el irrestricto respeto a las normas Constitucionales y la deferencia que le merece la autoridad religiosa”.

           Cuando terminé de leer y levanté la vista, mis colegas trotaban en dirección al paradero de microbuses. Observé de nuevo la fotografía tratando de descubrir en la mansedumbre de aquel rostro algún signo de vileza, oculto tal vez en los párpados, la comisura de los labios o en los lóbulos de las orejas. No encontré nada Pero, era –así se decía-, el autor de tan horrendo crimen.          

           ¿Quién podría imaginarse que las autoridades se iban a arriesgar a dejar descubierta la valla teniendo en pleno control el campo medio y la vanguardia? No,  simplemente era imposible.            

            Nunca Pelé perdió una oportunidad sin zagueros que lo obstaculizaran. El goal venía y, ¡qué goal!

            Al llegar al sector me di cuenta que había un gran movimiento de personal uniformado y un despliegue no menos importante de tanquetas y radio-patrullas. Una muchedumbre detrás de los cordones policiales permanecía inmutable, con una cara de estar perdiendo cuatro por cero. Me acerqué a un Mayor de policía, le mostré mi carné periodístico y, después de mirarlo con desconfianza, llamó a un subalterno y le dijo:

           -Acompañe al señor periodista al lugar del homicidio.

          Di las gracias respectivas y caminamos como cuarenta metros. Yo trataba de ubicarme, mientras era guiado, al lado del uniformado, pero este hombre, tal vez por la fuerza de la costumbre, se empeñaba en hacer fila y, claro, él iba adelante y yo, marcándoles el paso como en un desfile, lo seguía de atrás. Así y todo, hablándole a la nuca. Traté de sonsacarle su opinión:

          -Sargento (tenía toda la cara), ¿usted, cree…?

         -Aquí no hay na que creer, lo hecho es demasiado contundente, señor periodista.

         -Pero, ¿usted se imagina por qué justamente un sacerdote iba a tener que asesinar…?

        -Mire, señor periodista, lo extremista tiene la caeza da güelta. De ellos se puee esperar cualquier custión.

         -¿De modo que era extremista?

         -¡Y de lo bravo! Fíjese usté que do radio-patrullas fueron poco pa tranportar la arma que este cristiano tenía fondeá… eso jue lo que le escuché a mi capitán Flore.

         -O sea que, ¿el curita liquidó a esas dos mujeres con armas de fuego?

No me alcanzó a responder, ya habíamos llegado a la casa parroquial. Del interior salían relámpagos que, una vez dentro recién caí en cuenta que eran los flashes de las leicas.  Todo estaba preparado:  un hombrote con pinta de boxeador cumplía muy bien la función de relacionador público. Me hizo una venia de esgrimista y me invitó con cordialidad a ingresar a la pieza del luctuoso suceso. Sólo el centro permanecía inhabitado, como si hubiese sido encerrado por un cristal cilíndrico, y ahí, ocupando la superficie de un hula hula,  se veía una poza rojiza que, nos fue dicho, correspondía a la sangre de las víctimas.

          -Señores periodistas-, dijo el policía vestido de civil que nos había hecho pasar,  -vean por ustedes mismos la crudeza de este crimen-.  Y acercándose a una miserable pared de madera que con redondelas marcadas con tiza señalaban tres pequeños orificios, agregó:

-Los impactos que recibieron las pobres mujeres salieron hacia el exterior por estos agujeros. Pero nadie sabe cuántas balas descargó el malvado. Ese es asunto que deberá determinar las autopsias. ¡Miren, señores periodistas! –y ahí se dirigió a una modesta mesa que parecía cumplía funciones de escritorio-,  el armamento de que disponía el autor confeso del crimen.

          Miramos todos: 18 revólveres y una escopeta con teleobjetivo apenas cabían en la superficie del mueble.

          -¡Arsenal checoslovaco!-, gritó como para no dejar dudas.

         Salí con un dribbling sorteando al gentío que ya empezaba a llenar el cuartucho para escuchar la segunda, o qué sé yo qué número de demostración, y pensé ir al diario para meter mi reportaje en la segunda edición de la tarde. No me quedaba mucho tiempo. Sin embargo, ¡qué suerte!, en un vehículo estacionado no muy lejos, dos tipos me hicieron señas y me aproximé a ellos.

          -Vamos al centro, ¿desea que lo carretiemos, señor periodista?-, me dijo el conductor.

En el interior, y con qué amabilidad, se ofrecieron para dejarme en la puerta misma del diario. Hablamos de todo un poco, pero me picó la curiosidad el interés que manifestaron por enterarse qué era lo que yo iba a escribir sobre el crimen del sacerdote. Bueno, debe ser  que a las Fuerzas Armadas les estarán haciendo clases de alfabetización, pensé yo. Entonces les dije, mostrando dudas, que aún no tenía muy claro el hecho y que si ellos fueran tan gentiles, si… sabían… me dieran más datos sobre el homicidio…

         -Póngale de su cosecha no más, el papel aguanta todo-, riéndose con una carcajada destemplada me interrumpió el chofer.

          No era mucho lo que sabían, es cierto, y terminamos conversando de las chances que tenían los tenistas nacionales en las eliminatorias de la Copa Davis.

         Ya en el diario me senté a picar mis cuartillas y, de pronto, ¡qué falta de experiencia!, pensé por qué no había entrevistado a la feligresía del lugar. Siempre un reportaje a la hinchada le da a las crónicas un sentido más directo, golpea más, llega más, enardece más. Me paré dispuesto a volver a la cancha, este partidito ya me estaba empezando a interesar y, cuando cruzaba la oficina del jefe, éste con un gesto desde el interior me detuvo y salió para decirme:

           -Lo está haciendo muy bien.

           -Y, claro –dije yo-, tantos años bajo la marquesina uno llega a dominar el campo, ¿no le parece?

         -¿Sabe? –me dijo-,  pienso sin embargo que las palabras que usó son un poco… ¿cómo le diría?... , demasiado académicas o… quizás… muy técnicas. ¿No le parece?

          Lo miré más extrañado que si hubiera batido el record olímpico de salto alto (mido apenas un metro 42).

          -Podría corregir un poco, ponerlo más al alcance del lector común?

Bueno, ahí ya no me extrañé, simplemente di una brazada de waterpolista y le arrebaté el papel. que tenía en la mano izquierda. Lo miré estático por unos segundos, como el guardavallas que observa la pelota cuando es penalizado con un tiro de doce metros: en mis manos estaba el mismo comunicado que se me había entregado en la oficina de la Policía Civil.

          -No se preocupe –dije yo-, en esta carrera corro a favor del viento-, y partí.

          El microbús estaba atestado de gente; no obstante, con codazos directos y certeros (¡ay!, tantos años viendo el rugby), logré desplazarme al centro y aun cuando no divisaba ningún referee,  la sanción me fue aplicada: Tuve que escuchar durante todo el trayecto el mismo tango que bramaba un muchachito de unos siete años, justo a mi lado, con menos garra que un partido de cricket.

         Las caras de los espectadores demostraban que habían ocurrido a lo menos otros dos goles en mi ausencia. Pero, esta vez, algunos gritaban acalorados como si lo único que les interesara fuera que les devolvieran la plata de la entrada. Me acerqué a uno:

        -¿Usted, señor… es partidario de los verdes o de los rojos?

         El hombre me miró y si no hago un juego de piernas a lo Arturo Godoy, me rompe la nariz.

         Me fui a otro costado y cambié mi táctica.

         -¿Dígame, señor, usted está a favor o en contra?

        -¡En contra!

        -¿De qué?, -dije con una delicadeza de gimnasta femenina.

        -¿Cómo que de qué?, -me interrumpió mi entrevistado.

       Bueno, ahí, por fortuna, el hombre me reconoció y cambió del cielo a la tierra (tiene sus ventajas salir a veces en la tele).

        -Mire señor periodista –me dijo-, aquí pasa algo que huele muy mal.

       -¿Será que hay… mucha gente?

       -¡Qué va!, lo que huele mal es que estos milicos les’tan echando la culpa al padre Luis de un crimen que no ha cometío.

      -Pero hombre, ¿cómo puede decir eso?

      -No le igo. Esas mujeres aparecieron ya muertas en la casa del padre.

     Siempre entre los sectores populares, por ignorancia tal vez, existe la creencia en apariciones, pensé. Pero, a lo mejor sería interesante, a lo menos, entregar otra versión del suceso, así que, arremetí con mayor resolución:

      -¿En qué basa su juicio, señor? -, inquirí.

     -Güeno, el encargao de la población nos contó que el padre Luis había ido pal puerto el día anterior a esas reuniones que hacen los curitas pa juntar plata pa parar ollas en los comeores de las poblaciones. Hay tantísima gente cesante, fijese usté que no hay ni siquiera qué echarle al güergüero.

      -¿Podría yo ver al encargado de la población?

      -Si tiene santos en la corte, claro pu. Se lo llevaron anoche detenío.

      -Pero, usted me dijo que él le había contado que el padre Luis no estaba.

      -Claro pu, yo taba con él cuando se lo llevaron.

      -Y ¿cómo supo entonces que las mujeres estaban ya muertas?

      El hombre, sin mostrar ninguna vacilación, agregó:

      -Simple. La do compañeras habían sio arrestá la semana pasá por participar en la protesta.

      -O sea, según usted, no sólo se culpa a un inocente sino que también se le imputa un crimen que cometió el mismo personal policial.

      -¿Lo han hecho antes o no?

      No supe qué responder. Me pareció demasiado simple el argumento, sobre todo, tomando en cuenta el interés y las facilidades dadas a la prensa para golpear con el hecho. Luego empecé a pensar cómo iban a poner esas armas en la oficina de la parroquia. Bueno, eso después de todo era posible. Pero, ¿y la sangre? En algo tienen que haber acarreado, se veía fresquita. No. Las relaciones con la Iglesia no están nada de buenas, no van a arriesgar un tiro si el que lo ejecuta tiene un desgarro.

       -¿Puedo hacerle la última pregunta?-, El hombre asistió con la cabeza. -¿Con qué pie chutea el padre Luis?

      -No sé, a veces nos confundía pero, si que le pueo decir que ‘e extranjero, harto amigo de toos y lo queremos como a un hermano.

      Le di las gracias y me retiré. Pensé que no estaría mal dar una segunda vuelta por la pista y me dirigí, sin pensarlo dos veces, a la casa del crimen. No había más que dos soldados armados con metralletas que cuidaban la caseta. Pedí permiso, previa demostración de mi credencial, para que se me dejara entrar ya que necesitaba un segundo round para informar a mis lectores. No hubo objeciones. Recorrí calmadamente centímetro a centímetro el cuarto, con una paciencia de ajedrecista. Volví a encontrarme con los tres circulitos marcados con tiza y, esta vez, los miré con detención. Objetivamente, hasta para un cronista deportivo, eran orificios de bala. Pensé: “Porqué este señor no mencionó los estampidos”. Me contesté: “Muchos tienen que haberlos escuchado, sobre todo a esa hora de la noche”. Luego, volví a pensar en la sangre: “¿A quién se le va a ocurrir verter sangre fresca si estas cristianas estaban muertas quién sabe de cuándo?”. No. Aquel hombre estaba jugando más con amor a la camiseta que por otra cosa. Por lo tanto, decidí ignorar su testimonio y buscar a algún dirigente o algo por el estilo.

        ¡Qué complicación! Ciertamente es mucho más fácil escribir sobre hípica que ser cronista policial.

           Total, ya estaba metido en el ring y ahora no me quedaba otra que ponerme los guantes y pelear. Lo primero es lo primero, me dije. Tengo que lograr a algún representante del clero. Uno se acostumbra a la terminología que usan cuando el equipo es derrotado, los términos son siempre los mismos, o se le echa la culpa al árbitro o se dice que el campo de juego estaba en malas condiciones, pero ahí uno descubre, viejo en estas artimañas, la causa real del descalabro.

La voz más autorizada siempre es la del presidente de la institución. Los lectores y periodistas estamos acostumbrados a eso, sobre todo ahora, que las tácticas y estrategias son tan piramidales. Había tenido suerte, a raíz del casamiento de una pariente lejana conocer a un obispo importante y, claro, quién mejor que él; en esa oportunidad se mostró tan caballero. Sí. Él era la persona indicada para dar el puntapié inicial a mi crónica.

         Partí con una ventaja enorme: la micro, por dirigirse al sector palogrueso, tenía asientos disponibles y el cantor, esta vez, era una cantora que gritaba con dulzura: “Gracias a la vida”…, no sé por qué.

         Cuando llegué y me presente en la puerta como periodista me hicieron pasar en el acto.     Segundo triunfo. Eran las tres de la tarde y el obispo, bribón, imitaba a los ricos probablemente, estaba por dar comienzo a su almuerzo y, ¡vaya!, tercer triunfo, ¡y qué triunfo!, me convidó a almorzar. Como buenas y adultas personas que éramos, dejamos lo escabroso para la hora del cafecito. Antes hablamos de todo un poco. ¡Qué hombre más al tanto del acontecer deportivo! Me dijo que a pesar del geniecito de McEnroe era un excelente tenista y que él, cuando viajaba a Europa, se traía esos video.cassettes y los veía para olvidarse un poco de la situación presente. Confidencialmente, pero no “off the record”, me contó que cuando joven había pensado en ser corredor de Fórmula Uno, pero que su padre se había opuesto y que su madre le inculcó la vocación sacerdotal.

          -Deporte de ricos-, dije con una sonrisita juguetona.

         El se puso serio y me dio motivos para saltar a la pileta. Mi pregunta de rigor se la tiré nervioso y vacilante, como un jugador que por primera vez viste la casaca nacional:

         -¿Usted, Monseñor… cree que… el padre Luis…?

         El obispo se puso más serio y respiró profundo. Ahí pensé: “ o ataca o se rinde, pero este partido tiene que tener un final”.

         Atacó.

         -Mire, señor periodista –dijo cruzando sus manos y poniéndoselas en el estómago-, ustedes siempre andan a la caza de noticias que, muchas veces ocasionan más dolor a la ya contrita conciencia de una persona. Con esto no le quiero decir que yo piense que el padre Luis es autor del hecho que se le imputa, pero quiero dejarle muy en claro que sería mejor dejar a la Justicia que decida y nosotros sólo rezar para que su veredicto sea justo no solamente para el padre Luis sino también ante los ojos de Dios, nuestro Padre.

         -¿La Iglesia le prestará asistencia jurídica al padre Luis?

        -Claro, como no.

       -En el barrio dicen que estas mujeres habían sido detenidas con anterioridad a los hechos.  ¿Sabía usted eso?

        -Sí.

       -¿Es cierto que el padre Luis había viajado a Valparaíso?

       -También es verdad.

       -Nadie habló de una balacera, pero yo vi los hoyitos de los proyectiles, ¿cómo fue?

       -Efectivamente, no hubo disparos, según nos han informado.

      -¿Quiénes?

     -No puedo decirlo, pondría en peligro su integridad.

     -Y ¿lo que yo vi?

     -¿Miró el suelo?

     -No, por lo menos en esa zona.

     -Fueron taladros. Hay testigos que vieron el aserrín.

    -¡Qué bruto!

    -¿Qué dice?

    -Monseñor, yo soy periodista deportivo. Miré  los agujeros, pero no se me ocurrió mirar para abajo.

      -Ah.

      -Pero, lo que no entiendo es por qué pueden culparlo. ¿Cómo usted no sale en su defensa pública? ¿Por qué dejan la iniciativa al equipo contrario?

     -Señor periodista a usted le falta mucho mundo, por lo menos en este campo. La Iglesia no puede salir y atacar indiscriminadamente. Tenemos confianza en Dios. El padre Luis saldrá libre.

    Lo que el gobierno pretende es alejar a la gente de la práctica cristiana y el sacerdote es solamente un chivo expiatorio. Verá usted como lo dejan libre después.

     -¿Puedo publicar eso?

     -Le agradecería que no.

    -Esta bien. Su palabra me da mucha confianza, se ajusta bastante a la de una persona que entrevisté en el sector parroquial, pero, lo que no entiendo en su actitud. Yo iría hasta hablar con el presidente…

     -No vale la pena hijo.

     -Y qué tal si a cambio de su libertad se le extradita, se le devuelve a su país de origen.

     -Eso es lo que desean, pero sentaríamos un mal precedente.

     -Gracias, Monseñor-, dije, e informándole que ya estaba en los descuentos para meter mi reportaje. Le pedí me acompañara a la puerta.

     Nos despedimos como dos viejos amigos y me dirigí al paradero de microbuses. En quince minutos escribí mentalmente mi crónica. Hasta pensé en la titulación, así se lo sugeriría al jefe: “El cura de San José castigado por infracción que no cometió”.

      Feliz me subí a la micro. Mi reportaje no podía ser menos que sensacional. Miré la hora: seis menos quince. La segunda edición ya estaba en la calle. Tenía veinte minutos para llegar y, con suerte, mi crónica podría salir a las ocho. ¡Un golazo!

      Mi compañero de asiento leía ensimismado la última página de un diario de la competencia, de reojos miré el título: “Martín Vargas reta al campeón mundial de los moscas”. No lo sabía.         

      Claro, si ya no trabajaba en la sección deportiva. Cuando el sujeto dio vuelta el diario, me desplomé. ¡Un verdadero know out!

      La competencia nos había derrotado sin apelación. ¡Qué manera de ganar! El titular de primera página lo decía todo:

“En una celda se suicida el cura de San José”.