La herejía de la gruta


Volver al sitio de:  SERGIO MARTIN MONTENEGRO

 

         Aquellos débiles de imaginación, o buscadores de certezas, tienen que haberse sentido plenamente satisfechos si alguna vez en sus vidas tuvieron la oportunidad de escuchar, en esos sermones interminables una  descripción tan vívida y tan espeluznante de los fuegos y tormentos del infierno con que don Belisario, párroco de San Lázaro, aterrorizaba a su pobre feligresía. Era tal el énfasis que ponía en sus descripciones que los rostros de los que le escuchaban se corrugaban como ciruelas puestas al sol, y cuando ellas concluían, sin que mediaran sugerencias a propósito, los devotos en un inenarrable estado de convulsión, empezaban a desprenderse con locura de abrigos y chombas, los caballeros elegantes, además, que quitaban las polainas y las señoras conteniendo la respiración se aflojaban frenéticas los corsés, como si la exasperación de esa atmósfera tan saturada de calor hubiese empezado a abrazarlos indiscriminadamente. A tales extremos llegaron sus desvaríos cuando se refería a los abismos infernales que, una vez, hasta él cayó poseso en sus propias y apocalípticas redes:

         La homilía versaba sobre el segundo mandamiento, y explicaba con ardor cómo se invocaba irresponsablemente el Santo Nombre de Dios, “por cualquier estupidez”, decía. Luego, en un lapsus irreparable, agregó: “ Yo les juro por Dios que esos salvajes irán a parar al fuego eterno y se quemarán como chicharras por los siglos de los siglos”. Coincidentemente y habiendo terminado de decir estas palabras, apareció taconeando por la puerta lateral el muchacho que había reemplazado a don Malaquías  como peluquero mientras éste se desempeñó en el municipio, quien, para alardear de su reciente ingreso, venía vestido de bombero. Verlo y exclamar a un tiempo, fue todo uno: “¡Cresta, se quema la iglesia!”. La gente salió despavorida y, cuando reaccionó, a lo único que atinó, rojo de ira, fue gritarle al jovenzuelo: “¡Miserable, quedas excomulgado!”.

         Don Belisario fue el primer sacerdote, el que construyó e inauguró la iglesia en San Lázaro. Llegó muy joven y con muchas energías para pastorear las conciencias de estas gentes. Desde el primer día, de puerta en puerta con una paciencia de santo, recolectó óbolos y convenció a ahorrantes que el mejor interés y la más sabia inversión era asegurarse un lugar celestial. Así, en menos de un año, levantó, con la ayuda de unos pocos, un galpón donde llevó a cabo sus oficios divinos. Más tarde, logró ponerse en contacto con el que había sido su maestro en Derecho Canónigo, ya promovido a la Curia romana para desempeñarse como Secretario de Misiones, quien, desde allá,  le envío el dinero suficiente para construir una iglesia como Dios manda. El galpón, entonces, pasó a segundo término y fue destinado, entre otras cosas, como lugar de catequesis para los que se preparaban para la Primera Comunión. También, durante un tiempo, fue alquilado a un cineasta que traía, cada sábado por la tarde, una película mexicana y una serial yanqui  de capítulos interminables. Los sectores populares se volcaban desde temprano para lograr los pocos asientos disponibles, porque los reservados para las autoridades y ricachones eran intocables, aun cuando éstos llegasen en el momento que se ponían los cartones en las ventanas para impedir el paso a las caricias lunares y se echaba a andar el motor a kerosén que hacía girar los carretes; los otros, atrasados y sin abolengo, se resignaban a ver de pie o tendidos en los pasillos los conflictos de amor con guitarras y guitarrones, pero siempre alertas para correr a puntapiés a las ratas que se paseaban ávidas en busca de un caramelo o, siquiera, de un pedazo de calcetín.

         Desgraciadamente, estas funciones cinematográficas tuvieron un repentino y triste final: el cineasta, un hombre alto y gordiflón, había deleitado a la concurrencia por un par de meses con las aventuras siniestras y capituladas de un chino que llamaban “Fu Man Chu”. Un sábado, temblando de incertidumbre, muy consciente de que casi la totalidad de los espectadores pagaban su boleto por estos episodios (en los cuales los norteamericanos trataban con éxito de estimular un sentimiento de pavor y aversión hacia la triunfante revolución de Mao Tse Tung), exhibió primero, desacostumbradamente, la película. El público, obviamente, rechazó con silbidos y zapateos en el suelo la alteración programática, pero, con la aparición de las primeras imágenes se quedaron quietos y sacaron sus pañuelos o toallas, según la emotividad de cada uno, para enjugar sus propias lágrimas. Inmediatamente de terminado el dramón, el gigante, que bien sabía lo que medía pero no la fuerza que lo acompañaba, se paró nada de tranquilo enfrente de la audiencia y, con una voz que no ocultaba su desasosiego, explicó que el capítulo de Fu Man Chu correspondiente a ese día había perecido en un biógrafo de otro pueblo a raíz de un incendio bestial y, que en su lugar, ofrecería al “respetable”, un corto sobre la vida de los osos polares.

         Alcanzó a decir “po”, cuando la masa se tiró enardecida contra él para lincharlo, mientras los más serenos, parados en las butacas, gritaban como energúmenos: “¡Devuelve la plata, desgraciado!”. Si el cineasta no arranca, lo matan. Nunca más se supo de él y las máquinas quedaron echas trizas después que los  espectadores apaciguaron su ira tirándolas a la calle y saltando sobre ellas.

         El galpón nunca más fue arrendado y, tiempo después, como venganza por comisiones impagas con que la autoridad eclesiástica sobornaba al notario por testamentos dudosos a favor de la Iglesia, éste, en colusión con el alcalde, lo expropiaron para convertirlo en el primer club social del pueblo.

         El párroco era macizo, calvo, tenía unas cejas gruesas y espesas, una nariz que parecía tubérculo y que muchas veces fue motivo de bromas de mal gusto, o de problemas, especialmente cuando bebía con recogimiento la Sangre del Señor en ese cáliz que más parecía una palangana.  Tenía, para mayor remate, sobre la fosa nasal derecha un lunar negruzco de carne que ya medía como dos centímetros y un labio inferior que le colgaba como verdadera jeta, en fin, más que un hombre, parecía una caricatura de hombre. Pero, era un sujeto extraordinariamente pragmático. Había dos “deslices” que no perdonaba: la promiscuidad y el comunismo.

         Desde el púlpito fue muy duro para atacar a don Malaquías cuando tuvo la ocurrencia de remodelar unas piezas en la trastienda de la peluquería para arrendarlas a parejas que saciaban su lascivia. A Tanto llegó el furor en su contra que escribió a su antiguo maestro que residía en Roma para que intercediera ante el Santo Padre para excomulgar al “hijo del demonio”, como solía apelarlo, además de solicitarle convenciera a un fígaro italiano para asentarlo por estas tierras, nada más que con el fin de llevar a la bancarrota al susodicho. El italiano vino y don Belisario lo instaló en las dependencias parroquiales para que economizara renta y prosperara con rapidez, pero, desgraciadamente por mal ojo del Monseñor, el hombre resultó que era marica y, aun cuando arrastró con lo más avanzado de la maquinaria cursilesca y con espejos que ofrecían una imagen de cuerpo entero, tuvo que irse porque el pueblo no aceptó su particularidad y menos sus amaneramientos.

         Con los comunistas era lapidario, pero éstos, quién sabe si como sutil pero efectiva venganza a tantos denuestos, lo dejaron plantado y haciendo el ridículo con ollones de mote con huesillos el día que sepultaran a uno de sus más distinguidos dirigentes.

         No obstante, a los masones los trataba con deferencia, bien sabía que un ataque contra ellos le podría costar el traslado o la pérdida de la calidad de “autoridad local” con que se le distinguía en cuanto desfile o función pública se celebraba en San Lázaro. Una vez, la única que consiguió traer al obispo diocesano al pueblo, fue, justamente, a raíz del casamiento de un connotado francmasón, el notario Uldaricio Riquelme Zelada, cómplice de turbias maniobras, con la dama de sociedad Bernardita de los Ángeles Iturriga Villavicencio.

         Dentro de las obras sociales y de bien que lo distinguen, se cita la paciencia que siempre tuvo para conformar y dar agüita con azúcar a los atacados de histeria después de cada temblor. Con motivo de un remezón que dejó mudos hasta a los perros, movió influencias y consiguió traer al pueblo a una docena de novicias españolas de la Orden Carmelitas Descalzas para que,  en la intimidad de las plegarias, pidieran al Todopoderoso no castigara más esta tierra con tantos sacudimientos. Sólo tres de ellas aguantaron estoicamente los temblores, las otras, calzando zapatos prestados, huyeron a España despavoridas. Las que quedaron, confirmando que sus oraciones no convenían ni a Dios ni a la Virgen, optaron por comprarse alpargatas y establecer un colegio primario donde se educaron, y se educan, los “hijos de familia”.

         También logró, después de pacientes esfuerzos, convencer a algunas damas locales para formar un grupo de apostolado que bautizó pomposamente con el nombre de: Hijas de María”, las que cumplieron, de una u otra forma una función de caridad. No aceptó, sin embargo, las peticiones de ingreso de las muchachas jóvenes, a las que siempre calificaba con desprecio de irresponsables y poco serias. Estas, al quedar marginadas descargaron todo su resentimiento contra las socias, burlándose de ellas y motejándolas despectivamente “las abuelas de María”.

         Sin lugar a dudas, cuando don Belisario se sintió más importante y más útil fue a raíz del quiebre económico de la Municipalidad de San Lázaro. Participó en infinidades de reuniones con la flor y nata de la inteligencia del pueblo para encontrar una salida honrosa a la falencia y buscar recursos para cancelar empréstitos que se cobraban con la urgencia de un cólico después de hartarse de repollos y mayonesa. Fue incluido en una comisión plenipotenciaria a Nueva York para negociar la deuda y sus intereses, sin resultados positivos. En el viaje de vuelta, ya nadie se acuerda de quien fue la idea, se planificó, como única solución, la forma de lograr, de la noche a la mañana, una inyección financiera que pagaría préstamos y dejaría a la Municipalidad y participantes en el contubernio con más caudales de los que poseía aquel señor llamado Henry Ford.

         Llegando se pusieron en campaña y se dieron, perentoriamente, un límite de tres semanas para llevar a cabo la argucia.

         Empezaron, sin perder tiempo, al día siguiente de la llegada, en la noche, cuando todo el mundo dormía y en pijamas para no levantar sospechas. La primera tarea consistía en amontonar piedras, de todos tamaños, en uno de los costados del pueblo. Nadie más que ellos, que sumaban quince, participaron en el faraonezco trabajo. A la semana ya tenían un montón tan alto como el tamaño de una casa.

         En día claro, cuando no dormían para reponerse de las trasnochadas, tomaron la costumbre de pasearse con las manos en los bolsillos, no fuera que alguien viese esas manos tan llenas de llagas. Don Belisario, por su parte, tomó la costumbre de oficiar misa con guantes, lo que ocasionaba en su sacristán, un muchacho afectado de mongolismo, una risita hiposa que no paraba hasta que el oficiante le pegaba un grito a todo pulmón, aunque estuviera en medio de la congregación.

         Entretanto la segunda semana iniciaron el trabajo propiamente tal: armar una gruta poniendo piedra sobre piedra siguiendo el ejemplo de construcciones incaicas. La guarnición policial, severamente advertida, cerró el paso y día y noche a cualquier curioso que quisiera aventurarse por esos lados. Cuando estuvo lista brindaron, en la casa del alcalde, por la ocurrencia y el éxito de la empresa. Pero, faltaba lo esencial: cómo conseguir a una muchacha con ciertas condiciones corporales y, sobre todo, capaz de guardar el secreto hasta la tumba.

         Don Belisario se acercó, solapadamente, durante dos días, como zorro entre gallinas, a tantear la “disposición” de las que podían cumplir ambos requisitos. Pero, todo fue en vano. Las muchachas, aún resentidas por no haber sido aceptadas dentro de la asociación “Hijas de María”, rechazaron tajantemente toda cooperación antes siquiera de escuchar de qué se trataba, y así se lo manifestó a sus contertulios en la reunión siguiente. Las posibilidades se estrechaban y el plazo se venía galopantemente encima. El dentista propuso, entonces, a la mujer del notario, y fundamentó su proposición: “delgada, ojos grandes, morena y esbelta”. Una comisión la visitó en su domicilio. La pobre, que se había enclaustrado por vida por un desliz de luna de miel, se limitó a escuchar, pero cuando éstos terminaron la propuesta, se puso a llorar como una Magdalena y fue incapaz de verter siquiera un monosílabo. La comisión se retiró, si bien es cierto que fracasada, pero por lo menos con la tranquilidad y la seguridad que Bernardita de los Ángeles no participaría a nadie del secreto, ya que, se decía, le había dejado de hablar hasta a las flores.

         Otra reunión:

         -No tenemos a la virgen-, dijo don Belisario mirando al alcalde.

         Maximiliano del Carmen Cornejo Mateluna, dijo entonces:

         -¡Al carajo!  Ya estamos metidos en esta huevá. No hay otra solución. La virgen será mi mujer.

         “El Eco de Lourdes”, un pasquín religioso que se repartía gratuitamente y se imprimía en la capital había incorporado en la edición de esa semana un “despacho de corresponsalía” del propio don Belisario, quien había escrito: “Cosas extrañas están sucediendo en San Lázaro”, y más adelante informaba: “temblores o terremotos, según vaticinios de los sismólogos, no son la causa del aire perfumado que se huele en el pueblo. Hay que esperar novedades”, decía. Los lectores habían sido puestos, subrepticiamente, en alerta: ¡Algo tenía que ocurrir!

         El martes 23, a las siete y media de la tarde en punto de un día de otoño, las campanas de la iglesia empezaron a repicar como condenadas. Había llegado la hora. La gente salió a las calles desconcertada y mirando para todos lados.

         A las cinco de la tarde la mujer del alcalde había sido metida a la fuerza, pero con consentimiento, en un corsé de tela de buque con varillas metálicas capaces de sujetar  hasta las olas en el Golfo de Penas. Se la empolvó con talco para darle la apariencia pálida que era de rigor sobre unas pastas color carne que cubría con disimulo las inevitables arrugas de la edad. A última hora, con el fin de arreglar ese rostro que parecía una pantruca, pegaron en sus párpados unas pestañas postizas que el notario había traído desde Europa. El más feliz era el propio alcalde, quien conmovido y excitado con la juvenil apariencia de su mujer solicitó postergar por media hora el desenlace, para “darle las últimas instrucciones en privado”, decía con una calentura que no podía disimular. A las siete se la había parado dentro de la gruta con dos recomendaciones: “espera con calma, hasta que repiquen las campanas” y, “evita el movimiento más mínimo”. La verdad es que a esa altura, viendo cómo respiraba la pobre, eran muy pocos los que creían en la capacidad de aguante del corsé.

         El resto, que no había tomado parte en el acicalamiento de la “inmaculada”, se encargó de diseminar en el camino y en el lugar del suceso una cantidad de canastos de mimbre, cada uno con un letrerito primorosamente pintado que solicitaba erogaciones para hermosear la gruta, porque, “la Virgen así lo había pedido”.

         Cuando las campanas se estremecían anunciando la nueva, los quince complotadores corrían como orates por las calles, de arriba abajo y de abajo para arriba gritando que había aparecido una gruta en el pueblo y que la Virgen estaba en ella para bendecir a cada uno en particular. La gente, con rostros desencajados por la impresión, lo único que preguntaba era: “¿ónde?”.  Los mismos ingeniosos señalaban el camino, y seguían corriendo para atraer más público. Muchos fueron los que en la sorpresa vieron los canastos y tiraron frenéticos cobres y billetes.

         Don Belisario, calculando tiempo y acción, ya había despachado a la capital su segundo reportaje, solicitando que la circulación de “El Eco de Lourdes”, fuese aumentada a cien mil ejemplares para que llegara a todo el país, sugiriendo, además, el título de la portada: “La Virgen visita San Lázaro”. Lo importante era, después de todo, las erogaciones más allá de los ámbitos locales.

         El pueblo entero, incluyendo a dos paralíticos y un cristiano que ya había recibido la Santa Extremaunción, se congregaron entorno a la gruta, y allí, algunos con ataques histéricos y otros embobados, miraban a la Señora de Blanco repitiendo como malos de la cabeza:

         “¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!

         Pasarían tres minutos, uno, tal vez muy necesitado de perdones, se aproximó a la Aparición y, tocándole un pie desnudo, se santiguó tres veces. Los  otros  siguieron  resueltos  el   ejemplo.   Lo malo  -y lo

fatal-, fue que tantas manos no tenían superficie para tocar aquellos pies, así que, optaron por buscar espacios superiores. Tobillos, pantorrillas, muslos, hasta que un osado, encaramándose sobre los otros, no encontró mejor sitio disponible que una destapada y vulnerable axila.

         Eso fue suficiente.

         La mujer del alcalde tenía una espantosa debilidad: era extremadamente cosquillosa.

         Ni el nerviosismo, ni las instrucciones, ni menos la apremiante necesidad  del pueblo fueron capaces de hacerla guardar la santa compostura que las circunstancias requerían. Con una risa que provocó desmayos a unas cuantas, pegó un brinco y se echó a correr a campo traviesa como cabra perseguida por un tigre, sin dejar de reírse.

         Los estafados que quedaron en pie se miraron con desconcierto al principio y a lo único que atinaron, pasado el alboroto, fue a recoger los canastillos y comentar muertos de la risa: “Por la puta, ¿cuándo irá aparecer la virgencita otra vez?”.

         Dicen que el padre Belisario envió al sacristán a la capital, porque ningún otro quiso cumplir el encargo, a parar como fuera el despacho periodístico y él se encerró en la sacristía por siete días y siete noches desde donde redactó una carta al obispo solicitándole traslado. Este, más tarde, le fue denegado.

         Hay muchos que recuerdan el hecho con filosofía, y sin hacer mayor cuestión (“ya estábamos habituados a tanta tropelía y engaño”, me comentó un dependiente de una tienda de ropas). Otros, los menos, sin ocultar resentimientos, aseguran que como castigo divino por abusar de las creencias y de la Fe, la Virgen, la verdadera, le hizo crecer el lunar negruzco de carne que lleva sobre la fosa nasal derecha.

         Muchos años después, cuando la arteriosclerosis lo empezó a abatir y la vejez le prolongaba la misa por casi dos horas, el nuevo obispo le envió un teniente-cura, joven y con una visión muy distinta del mundo y sus problemas.