El siete plagas

Volver al sitio de:  SERGIO MARTIN MONTENEGRO

 

         La astucia popular, tan certera para motejar a algunos individuos, logró en San Lázaro no sólo confirmar este predicamento, sino que también conquistó una merecida reputación de ingeniosa y oportuna, cuando comenzó a llamar en los vericuetos locales: “el siete plagas”, a Maximiliano del Carmen Cornejo Mateluna, tan pronto fue ungido alcalde del pueblo.

         Había nacido en el seno, y en la holgura, de una familia prácticamente asentada desde la fundación; para ser exacto, un lustro antes de que en un sahumerio pintoresco y dramático los habitantes se unieran, sin importar credos ni ideologías, para expulsar a los demonios maléficos que tenían convertido al pueblo en un juguete de sus caprichos. Ese día, tercero después de la más reciente catástrofe que sepultó indiscriminadamente y sin perdón casas y ranchos, aunaron voluntades para resolver que el coraje era más importante que los terremotos y, acordaron, sin votos en contra y sin abstenciones, cambiarle el nombre al villorrio que el Fundador, quién sabe por cuáles efectos y qué reminiscencias, había bautizado con el nombre de “Pamplona del Sur”, por el menos ostentoso, y ciertamente más aconsejable en tales trágicas circunstancias, de “San Lázaro”, ya que, según palabras del padre Belisario, un curita recién egresado del Seminario Pontificio capitalino: “ayudaría a resucitarlo con más energías que al propio compinche de Jesucristo”. No está demás aclarar que las buenas intenciones y plausibles expectativas quedaron sólo en eso. San Lázaro siguió moviéndose con la coquetería y cadencia de un trasero femenino en una playa viñamarina.

         Desde joven se perfiló como astuto, aprovechador y embustero. Fue el terror de cuanto hombre de bien deseaba desposar por las santas leyes y buenas costumbres a una doncella del lugar; sin embargo, sería faltar a la justicia y, sobre todo, a la imparcialidad, omitir o alterar el testimonio, tan ardorosamente defendido, de algunas damas septuagenarias de su estirpe, de que Maximiliano del Carmen: “había tenido un talento divino para doblegar la voluntad más casta y consumar con arte, imborrables experiencias pasionales.

         Tal vez por  esto, el voto femenino siempre fue crucial, tanto en su elección de alcalde como en los comicios  posteriores, por cuanto le permitieron, a pesar de las barbaridades que cometió, mantenerse por casi veinte años en el poder municipal hasta que la cirrosis, que también gustaba de flirteos, se lo llevó al Monte de los Sollozos en un lamentable estado de pudrición.

         Ciertas damas locales, consultadas con el fin de establecer con ecuanimidad una síntesis biográfica del interfecto, aseguraron que: “era envidia y nada más”,  y no quisieron confirmar o negar, con una risita que podría ser interpretada como el último suspiro púdico de la decrepitud, la veracidad del otro apodo con que se conoció a Maximiliano del Carmen durante sus años mozos. El mote, aunque soez, grafica palmaria o resentidamente sus éxitos y andanzas por los bosques húmedos y las  praderas onduladas del amor: a Maximiliano del Carmen Cornejo Mateluna lo llamaron, envidiosos y agradecidas, hay que decirlo, “el pico de oro”.

         Perteneció al Partido Radical Transigente, más que por afinidad o convencimiento ideológico, por moda o beneficio personal. El partido ya se había alzado recién en el poder y aseguraba que su permanencia duraría cien años; lo cierto es que, menos de diez bastaron para que el pueblo se diera cuenta de dos cosas: la primera, “que el poder corrompe”, y la segunda, “que lo que ellos querían eran cambios”;  así que, desde ahí les negaron todo apoyo electoral. Si Maximiliano del Carmen permaneció en el curul fue, al decir de sus contemporáneos, por otras dos razones, una: “el nostálgico apoyo femenino”, y dos “los matones a sueldo contratados para amedrentar a cuanto infeliz habitaba por esos lares, convenciéndoles de que su escisión sería penada drásticamente con la cesantía perpetua y que y que sus hijos serían despachados a Rusia para que fueran devorados por los comunistas”.

         Por otro lado, llegó, quién sabe si para corroborar el sabio refrán popular: “ en el país de los ciegos el tuerto es rey”, al más alto peldaño de la honorabilidad masónica y ostentó en calidad  vitalicia el grado de “Gran Maestro”, posición desde la cual influyó para desviar los sesudos estudios sobre los racionalistas Descartes y Spinoza o sobre los empiristas Berkeley y Locke, que no tenían practicabilidad, a su decir, por estos rincones tan apartados, sustituyéndolos por Ars amandi, Kamasutra y Memorias de una princesa rusa, libros mucho más profanos y bastante más amenos para el nivel intelectual de la Fraternidad.

         Pero al margen de estas menudencias, que de pronto sólo sirven para configurar, tal vez pálidamente, una idea de la personalidad de Maximiliano del Carmen, lo importante fue lo que hizo y no hizo, durante esos diecinueve años y siete meses que ocupó el sillón alcaldicio para pasar con tal relevancia a la sombría historia del pueblo y del país.

         Al comienzo nadie sabe si compelido por una extraña rectificación personal, anunció que era su deseo inquebrantable cambiarle la faz a San Lázaro y consiguió, cosa bastante inaudita para un pobre pueblo, el apoyo del gobierno nacional para obtener una serie de empréstitos, principalmente de la banca norteamericana, para amononar calles, edificios públicos, construir un parque para niños, dotal al pueblo de servicio eléctrico y levantar una media docena de estatuas a cualquiera ya que, según sus propias palabras: “un pueblo que se aprecia de tal, tenía que tener sus monumentos”.

         Esos dineros, cuantiosos en ceros y con intereses embravecidos de usura, lograron adoquinar dos calles y dar trabajo a quince hombres por seis semanas, cancelar una deuda con la Argentina, que cobraba con la urgencia y majadería de San Antonio cuando se le hace una manda, por cuatro faroles de mala muerte que Uldaricio Riquelme Zelada, notario del pueblo, pero en ese tiempo regidor, había adquirido para instalar en la Plaza de Armas y, por último, extender desde el camino longitudinal un cordón electrizado de dos kilómetros de largo que sirvió para encender con languidez las cuatro bombillas públicas e iluminó hasta el entretecho de la residencia alcaldicia. El resto sirvió para comisiones de servicio que el propio Maximiliano del Carmen efectuó en nueve oportunidades a Europa con su mujer, hijos y un séquito de incondicionales que, además, compartían las debilidades etílicas de la primera autoridad local. También viajó dos veces al Japón y una a Australia, según él, para abrir mercados de productos manufacturados que San Lázaro algún día podría, hipotéticamente, llegar a producir.

         Las cuentas exigidas por algunos ediles de la minoritaria oposición, y las aclaraciones solicitadas por el grupo de Miguel Quezada Fuenzalida, secretario local del Partido Comunista, de estos despilfarros, siempre se encontraron con insultos descalificadotes y la amenaza horripilante de una escopeta con cañón  del 12..

         Sus amigos, sin medir los alcances, cuentan otros dos hechos para ponderar la “suerte” y la “autoridad” que tuvo en vida el “Doctor”, calificativo que lo llenaba de ínfulas y que servía para conseguir lo imposible entre aquellos que estaban dispuestos a ser arrastrados como bultos a sus respectivos domicilios después de las parrandas pantagruélicas con que se castigaban a costa del erario municipal. Lo cierto es que Maximiliano del Carmen había terminado a duras penas la escuela primaria, pero la solvencia económica de la familia le abrió puertas, aquellas mismas que permanecían cerradas para un genio o un pobre hombre que lo único que podía esgrimir era la inflexibilidad de su honestidad pero que no podía conseguir las típicas y vitales recomendaciones de obispos, masones o parlamentarios, y transitó a través de ellas con la natural arrogancia y altanería de los dueños de fortunas. Cuentan que desde pequeño tuvo “esa autoridad” sobre los demás; sin ir más lejos, narran sus adictos, cuando cursaba la tercera primaria, un maestro recién llegado, que obviamente no conocía “los pelajes” de la sociedad san lazarina, tuvo a mala suerte llevarlo a un rincón de la sala de clases, después de un reiterado incumplimiento de deberes, para decirle en su cara: “Mira, niño, la escuela es mucho más que venir machucando un membrillo por la calle”. Armó tal escándalo al llegar a casa que el padre no tuvo más remedio que mover influencias para que el pobre hombre no sólo fuese despedido de la escuela, sino que también, para completarla, se le negara por vida el derecho a  ejercer el magisterio en todo el país por “no tener psicología en el trato de infantes”. También, para graficar “la buena suerte” que acompañó en vida a Maximiliano del Carmen, se cuenta que durante su permanencia edilicia San Lázaro aguantó un centenar de temblores, pero dos de ellos devastadores. A raíz del último, la solidaridad mundial, remecida hasta el tuétano por la tragedia, se apresuró a enviar un barco con asistencia para los damnificados. Como San Lázaro es un  pueblo mediterráneo, más de la mitad desapareció entre los ochenta kilómetros que dista el puerto y los límites de su circunscripción, y lo que quedó fue a parar a manos de los menos vapuleados. Ahí, con esa risa aguardentosa que lo caracterizaba, Maximiliano del Carmen decía:  “No hay bien que por mal no venga”, mientras se acurrucaba en sus sábanas holandesas o contemplaba  orgulloso su vajilla que llevaba el rótulo “made in England”.

         Cuando empezaron a llegar las cobranzas, primero enmarcadas en la diplomacia fría pero elocuente de los bancos internacionales, Maximiliano del Carmen las puso en una gaveta y no le contó a nadie. Al mes los papeles membretados exigían, menos diplomáticamente, abonos substanciosos, y los siguientes, con intervalos de semanas, conminaciones para que hiciera llegar, siquiera, el pago de intereses ya duplicados por el atraso. Ahí, recién, el alcalde se empezó a preocupar y decidió que lo más oportuno era llegar a un arreglo de caballeros, para lo cual viajó a Nueva Cork, con su séquito, a negociar postergaciones, además de un nuevo préstamo solamente para cubrir intereses impagos. Al año la historia se repitió más dramáticamente: no se otorgarían nuevos empréstitos y la deuda, como fuera, tenía que ser cancelada.  Un nuevo viaje no logró nada, aun cuando esta vez incluyó en la comitiva al padre Belisario, para dar garantías de que la responsabilidad sería asumida con honorabilidad cristiana. En el viaje de vuelta, imprecando por la estrechez de entendimiento de los acreedores, se tramó una de las historias más folclóricas ocurridas en San Lázaro, sin resultados, desgraciadamente, para solucionar la falencia de las arcas municipales. Ni la virgen pudo contener la risa con tamaña ocurrencia.

         A los seis meses y tres días de la vuelta, Maximiliano del Carmen Cornejo Mateluna recibía en el despacho municipal a cinco representantes rubios y con gafas de la banca norteamericana, quienes, en un estado de evidente alteración, exigían en forma inmediata el pago de la totalidad de los empréstitos e intereses correspondientes. El alcalde pidió medio día para dar una respuesta definitiva; le fue a regañadientes concedida. Tomó un caballo y viajó a la capital de la provincia desde donde telefoneó al gobierno central. Solicitó asesoramiento y ayuda. La respuesta fue más breve y mordaz de lo que esperaba: “Arrégleselas como pueda, nosotros estamos más cagados que ustedes”.

         En el camino de vuelta tramó una serie de coartadas: llegando empezó a destapar botellas y, por suerte para él, emborrachó a los gringos; después consiguió un par de muchachas y las encerró en un cuarto de las dependencias de don Malaquías, el peluquero del pueblo, que este poseía y arrendaba para “matar la gallina”, como jocosamente tipificaban el lugar los sectores populares, y allí los metió por veinticuatro horas. Dicen los primeros que lograron transitar por esa calle aquel día que se oía cada dos minutos una jerga bastante rara, en diferentes tonos y que empezó a apoderarse del aire en cien metros a la redonda, los siguientes que llegaron, ya curiosos, y que sumaban casi dos centenares se sentaron complacidos en las soleras, abriendo bolsos con cocaví, para no perderse detalles y escuchar: “ esssto moucho bueno”, por horas y horas.

         Al día siguiente, ablandados con la libidinosa atención, no costó mucho convencerlos que extendieran otro pagaré por un millón de dólares para ser invertido en “obras sociales”. Pero, a cambio del generoso gesto, Maximiliano del Carmen Cornejo Mateluna, alcalde de San Lázaro, firmó un documento que traspasaba, “por abonos a la deuda especificada en el epígrafe”, los títulos de propiedad de cuanto inmueble municipal y estatal existía en el pueblo.

         Cuando los financistas abandonaron San Lázaro, carpetas bajo el brazo con sellos y timbradas por el  Notario y el Párroco, armaron una fiesta que duró cinco días para congratularse por la viveza criolla de “hacer lesos a los gringos”.  Las sonrisas duraron bastantes semanas, y uno a otros se contaban el cuento muertos de la risa, hasta que un día, el menos pensado, aparecieron dos fornidos texanos en un jeep amarillo con mochilas y carpas de campaña que, primero, mostraron fotocopias de documentos que todos conocían pero que jamás habían visto y pidieron, con buenas palabras, el desalojo del personal de la oficina de correos. Cuando éstos no se dieron por enterados, procedieron a viva fuerza y se instalaron en ella, desde donde, semanalmente, emitían unos recibos de cobros de alquiler por los edificios especificados en las cuartillas. El alcalde, sumido en la ebriedad, había ordenado a la Fuerza Policial ayudar a cumplir las exigencias de los forasteros porque: “ a estos carajos más tenerlos de amigos que de enemigos”.

         El correo funcionó por largo tiempo en un kiosco instalado en la Plaza de Armas, bajo uno de los faroles, perdiendo a tres funcionarios por cuanto en esa estrechez sólo cabían las cartas, encomiendas y la humanidad del jefe de la repartición, un sujeto con dos metros cuarenta de cintura. No está demás especificar que hasta la municipalidad tuvo que pagar renta por el inmueble donde funcionaba.

         Pero lo peor vino después:

         Al millón de dólares se le había puesto, como es natural, fecha de vencimiento. Y esa fecha llegó más draconiana que las anteriores. Ya nada quedaba para echar mano. El gobierno central tenía sus propios y desesperados problemas económicos. Aumentar impuestos era imposible, la capacidad de los trabajadores no resistía otro “apretón de cinturón”. ¿Qué hacer? No era conveniente tocar a la industria, podrían llevarse sus capitales al extranjero y provocar más caos. Los latifundistas venderían sus vacas y enseres y se moverían a sus mansiones de Paris, perdiendo el país a su gente de sangre azul. Las sociedades financieras y bancos cerrarían sus puertas produciendo desempleo y exigirían reintegro de créditos contratados a largo plazo. ¿Qué hacer? San Lázaro, una vez más, tenía que arreglárselas como pudiera.

         Y así, lamentablemente, fue. Maximiliano del Carmen tomó una decisión, consultada y posteriormente avalada por sus secuaces; se le propuso a sus acreedores y éstos pidieron tiempo para consultas a la Oficina Matriz;  desde allá aceptaron, sin comentarios, pero especificando que un equipo médico viajaría para confirmar la calidad.

         Se armó tal alboroto en el pueblo y ocasionó tantos estigmas que hasta el día de hoy, cuando se habla del hecho, muchos lloran a  mares por la impotencia de quienes trataron de parar semejante barbaridad. Miguel Quezada Fuenzalida, líder indiscutido de las masas populares hizo lo que pudo, infructuosamente, para salvar el honor del pueblo y la dignidad de sus habitantes. Todo estaba decidido y planificado.

         Coluditos con la guarnición militar provincial, que recibía a cambio cursos de instrucción y adoctrinamiento en Panamá, cuando el pueblo dormía y la oscuridad era tan intensa como el dolor de un niño con hambre, raptaron de sus lechos tibios a cuarenta doncellas hijas de la pobreza que aún no habían completado sus diecisiete primaveras para enviarlas, previa lacerante examinación, a satisfacer la lujuria de un lejano y abominable “Consejo de Directores”.

         Nunca más se supo de ellas.

         A San Lázaro se le condonó el millón de dólares y los intereses que ya sumaban el doble de esa cantidad. Pocos de los “Notables” quisieron hablar del tema. El párroco, si bien es cierto que su edad lo había llevado a la arteriosclerosis y que su memoria era de una conveniente fragilidad, simplemente negó conocer el hecho. Los que sí se confirmó con tres testimonios fue que Miguel Quezada Fuenzalida lloró como un niño una noche entera en la Plaza de Armas y gritaba, con alaridos que partían el alma, junto a otros cien afligidos:

         “¡Mátennos mierdas, pero no nos quiten nuestra dignidá!”.

         Maximiliano del Carmen Cornejo Mateluna falleció algún tiempo después, como ya dijimos, corroído por la cirrosis, pero, lo cierto es que su paso por la vida, al decir de tantos, fue realmente mucho más devastador que cualquier terremoto, o que siete plagas como –aclaran aún doloridos-,  solían motejarlo un sinnúmero de lugareños.