El Relegado


Volver a la página: SERGIO MARTIN MONTENEGRO

            Amanecía lluviosamente. El viento del Sur silbaba áspero, irritado y sacudía implacable las ramas desnudas de los árboles que, vencidas ante tanta inclemencia, entregaron temprana y resignadamente sus follajes verdes-vivos como para acentuar patéticamente el dolor y las angustias de ese maltrato despiadado. Todo olía a lejanía y a olvido en el diminuto y apenas poblado villorrio.

El tranco extenuado de tres equinos no interrumpió el profundo sueño del alba de los habitantes de las quince mediaguas que formaban un barroso círculo de espanto. Sin embargo, hasta los niños saltaron de sus lechos de hojarascas cuando una voz, más fuerte que el viento, gritó en todas direcciones:

          -¡Salgan ya…! ¡Toitos pa’fuera que viene la autoridá!

          Las primeras en asomar sus cabezas forradas fueron  las mujeres que mirando hacia fuera, y hacia adentro para acallar el llanto despavorido de los pequeños, no atinaban a comprender el porqué de tanta trifulca. Luego aparecieron los hombres, mansamente, con las miradas bajas y el semblante preocupado. El vozarrón terminó por despertarlos a plena intemperie:

-Oígan bien: mi teniente les ha traído a este badulaque pa’que viva con ustedes por un tiempo. Yo no sé en qué rancho, pero tenemos orden de dejarlo aquí.

            El teniente estimó conveniente intervenir; bajó con pereza una bufanda que casi le cubría los ojos y dijo con altanería:

           -Ustedes probablemente no saben de la emergencia que vive nuestra Patria. Estamos en guerra con una potencia extranjera, pero como somos cojonudos ganaremos esa guerra. Aquí les traigo, por orden del Supremo Gobierno, a un sujeto que anda armando líos en la capital haciéndoles el juego a los enemigos de la Patria. Se le castigó por seis meses y tendrá que vivir con ustedes. No me importa dónde, pero deberá quedarse aquí. ¡Son órdenes! Si este huevón se arranca, ustedes pagarán el pato. Vendremos dos veces por semana a mirarle la cara al crestón. ¿Entienden?  

            Recién ahí los hombres se atrevieron a levantar la vista y la clavaron con desasosiego en la helada mirada del forastero. Las mujeres, que recibían erguidamente las agujas punzantes del temporal, se codearon con nerviosismo. El sargento, mientras tanto, espueleaba los ijares de su caballo y cuando logró ponerse al lado del extraño, de un empujón vigoroso  lo desmontó con fiereza; el cuerpo maniatado rodó pesadamente sobre los charcos vivos y burbujeantes, adivinándose lamentos tenues y distantes silenciados por el ruido de la ventisca.

Todo el mundo quedó paralizado; hasta los chiquillos descalzos, y trémulos de frío, que ya se habían asomado con curiosidad, interrumpieron su llanto abruptamente. Sólo las sombras siniestras, envueltas en pesadas y húmedas mantas, emprendieron dificultosamente el camino de retorno.

            Pasarían unos cuantos minutos antes que, uno a uno, los hombres encogiendo los hombros decidieran buscar resguardo en los aleros estrechos de las viviendas. El forastero inmóvil e inexpresivo, permanecía hecho un bulto, como si la muerte le estuviera dando un abrazo, mientras las mujeres –algunas santiguándose-, estiraban sus cuellos para encontrarle los ojos, el rostro o algún signo de vida al desdichado. Un mozalbete desnutrido y avispado cogió una piedrecilla y la lanzó con suavidad sobre el cuerpo del desconocido; un movimiento leve, apenas perceptible, hizo gritar nervioso al chiquillo.

            -¡Tá  vivo!

            Las mujeres abandonaron entonces sus sitios de sorpresa y con apuro se abalanzaron hacia el afligido sumiendo sus enaguas en el barrial; arrodilladas unas, curiosas las otras, levantaron con mansedumbre el cuerpo, sin saber dónde ir, hasta que, una, mirando de reojos a su hombre estáticamente guarnecido en el dintel poroso de su choza, dijo con soltura:

            -¡A mi casa, llevémoslo pa’llá!

           Los hombres dejaron decididos sus contornos apenas secos y se sumaron al cortejo en silencio, perplejos del acontecer. Una abuela desdentada que resoplaba vapores tibios se puso con autoridad a dirigir el traslado. Justamente, al llegar al umbral, dio vuelta su rostro de corteza y ordenó inapelablemente:

            -¡Los hombres vuelvan a sus casas, esto es cosa de mujeres!

            Ese día nadie trabajó. Los jefes de hogar aprovechando el fugaz y tibio sol otoñal, que salió confundido entre aguaceros, se cobijaron en el galpón desmantelado, prendieron fuego y cebaron sus mates. Las mujeres iban y venían, corrían a la orilla del río, traían hierbas, calentaban agua y preparaban cataplasmas con huanos hirvientes. Los chiquillos, detrás de las puertas, con silbidos y señas conspirativas, mandaban a los menores en busca de detalles, infructuosamente: la guardia agresiva de la veterana  no dejaba pasar ni el viento.

            Pasaron seis días, la policía rondó en dos ocasiones con sapos y culebras en la lengua amenazas espeluznantes. Los hematomas empezaron a ceder con las compresas de salmuera y el cuidado afectuoso de aquellas mujeres; no obstante, los ungüentos preparados con raíces de plantas ribereñas y cenizas de araucaria milenaria no podían borrar marcas persistentes de color violáceo, diseminadas en zonas sensibles, que más de una atribuía, candorosamente, a efectos de eclipses durante la gravidez de la progenitora.

           Al séptimo día los chiquillos saltaban gozosos en el barrial, contemplados por las miradas satisfechas de hombres y mujeres que habían logrado -¡sabe Dios cómo!-, rehabilitar medianamente al inesperado huésped. El día décimo, a pesar de las conminaciones blasfemas de la anciana, tambaleándose, apoyándose aquí y allá, el desconocido cruzó con su palidez la puerta anfitriona y pesadamente se dejó caer en una banqueta de roble astillado, ante las miradas temerosas y atentas de cuanto lugareño habitaba el poblado.

           Al día siguiente los hombres salieron a trabajar. Entre paladas vigorosas y descansos breves para enjugar sudores copiosos, cruzaban miradas sonrientes. Las mujeres desposadas tendían sábanas amarillentas y colchas de colores tristes; las doncellas escondían entre las ramas ropa interior lavada con jabones fragantes y acicalaban sus figuras con pomadas pueblerinas; los chiquillos, a prudente distancia, pateaban una pelota pajiza envuelta en una calceta negra y agujereada,  deteniendo a cada rato el juego y mirando anhelosos al desconocido en espera de que éste, quizás,  se decidiera a tomar bando. Ese día, sin parar, un transistor japonés bramó a través de una ventana acartonada corridos mexicanos y tangos arrabaleros. Esa noche se mató un cordero y hasta los perros raquíticos tocaron senda presa; también corrió el vino, los pebres y las ensaladas. Ahí todos escucharon una historia simple, juiciosamente expurgada, del muchacho de veintisiete años que había sido preceptor en una escuela periférica de la capital.

           Esa misma noche se resolvió que los niños tenían que aprender a leer, que el galpón –bloqueado con sacos de avellanas-, serviría de aula, que hasta los mayores debían someterse a la disciplina alfabetizante y todos juraron invocando nombres de difuntos, que a los carabineros: “ni una palabra”.

           Las inspecciones semanales no levantaron sospechas, el maestro comisionaba a los quinceañeros en lo alto de una loma protuberante cuando suponían las visitas, lo que daba tiempo para mover las avellanas, esconder textos y disimular la invalidez.

El villorrio aprendió a vivir con el extraño y a quererlo con la sencillez afectuosa y transparente que sólo son capaces de ofrecer los humildes. Poco a poco fue ganando admiración entre los viejos, a quienes ofrecía consejos agrícolas en palabras simples y respetuosas. Planificaron juntos siembras, cultivos y cosechas. Las mediaguas fueron mejoradas con cortezas recias de árboles nativos. Construyeron a pala y picota una noria honda sobre una corriente subterránea que arrastraba desechos a la entraña misma de la tierra.

           Al poco tiempo los mayores repetían incrédulos palabras sacadas a viva fuerza de textos viejos y raídos mientras los pequeños declamaban arriba de piedras colosales, pulidas por las caricias impenitentes del viento, poemas de amor ante el sonrojo palpitante y las risitas nerviosas de las adolescentes. Otros días, cuando la luna iluminaba las sombras, grandes y chicos escuchaban embelesados historias fantásticas de naves espaciales, de médicos y curas guerrilleros y canciones alegres acompañadas por el son tórrido de un tarro parafinero que pronosticaban tiempos mejores y repletos de justicia.

           Los pocos momentos que el maestro ocupaba para sí, los disponía para caminar y observar la jungla fluvial. El río recibía sordamente sus ansias y abatimientos, unas veces lo hacía portador de mensajes decididos y esperanzados, otras, lo increpaba ardorosamente para luego sumirse en éxtasis contemplativos. Una tarde de septiembre, cuando el río ya era parte de su alma, lo llamó afectuosamente “río de mi desesperanza”.

           Cartas no llegaban, el retén policial controlaba brutalmente la oficina de correos del pueblo que distaba noventa leguas; sólo noticieros ocasionales de la radio provincial, tan distante como el mar, y sometida a bárbara censura,  lo ponían al tanto del acontecer. Una noche tibia en que los cometas meneaban delirantes sus colas en el firmamento encendido, logró con mucha dificultad sintonizar una emisora capitalina; entre graznidos y silbidos apabullantes de una onda radiofónica que venía y se iba, pudo escuchar, incrédulo al principio y con el corazón dándole brincos, que la justicia civil, ante requerimientos legales sólidos de organizaciones humanitarias, cuestionaba la legitimidad de su deportación.

           Desde ese día, dondequiera que se dirigía, en el cinto se amarraba el transistor; el río aprendió de mariachis y las clases se efectuaban con música de Gardel.

           Al tercer día de la primicia, una estación clandestina informó de la resolución: su vuelta era definitiva.

           Esperó el atardecer, no se atrevió a enfrentar al grupo que devotamente reunido esperaba escuchar una historia de coraje y valentía de un pueblo de la Indochina, prefirió traspasar la puerta recién esmaltada de la anciana, que en último momento preparaba un mate con terrones de azúcar dorados en las brazas vivas para luego ir a sumarse a la audiencia.

          Con afecto puso sus manos  agrietadas por el trabajo campesino sobre los hombros de la anciana. Su voz, que había sido llena y convincente, se quebraba como cristales lanzados de un rascacielos; sin embargo, sacando fuerzas del alma, dijo calmadamente:

          -Doña…, llegó la hora de partir…

         No pudo agregar palabra. La anciana redobló su torso con un quejido gutural de consternación y las lágrimas del muchacho corrieron raudas como afluentes de río caudaloso. Los otros al escuchar los rugidos desesperados de la mujer corrieron con prisa y se hacinaron inquietantes en el cuarto de los sollozos. Todos comprendieron en el acto y nadie quebró la desdicha.

           Al día siguiente los hombres salieron de caza, buscaron y encontraron, para tal especial ocasión, un ciervo inquieto que husmeador se había aventurado a sobrepasar los límites de la seguridad. Las mujeres prepararon cocimientos de vapores apetitosos. Las muchachas, desilusionadas, terminaron por sumarse a los quehaceres y los chiquillos, boquiabiertos, dejaron descansar la pelota de golpes y cachañas. Poco antes de dar comienzo a la acongojada despedida el maestro pidió permiso y, melancólico, se fue a despedir del río.

Cuando los humos se alzaban en espirales con aromas de carne fresca, un niño muy bien peinado llamó la atención de todos señalando a un jeep que raudo se alejaba por vericuetos escarpados.

            -¡Al río!-, gritó una voz atronadora.

           El ciervo se consumió en sus grasas exiguas, las palanganas de verduras se dieron vuelta con el apuro y Hasta los perros, que aguardaban con las babas colgantes, abandonaron el manjar que les esperaba. Nadie faltaba en el sendero que llevaba al río.

           Media hora bastó, y casi fue por casualidad: un chiquillo que había puesto mucho celo en la pesquisa, se hundió en el fango fibroso y a los gritos destemplados acudió la abuela solícita; éste, a salvo en la ribera, no entendía porqué Doña volvía a la tenebrosidad del oasis torrentoso.      

           Ahí sí, todos, vieron los brazos frágiles pero tensos de la abuela alzarse amenazantes y también escucharon los llantos y gritos que seguían la corriente de las aguas para que sus improperios llegaran donde debían:

           ¡Cabrones…!  ¡Hijos de perra…!

          Pasado el momento de desconcierto, los hombres sacaron el cadáver con la misma mansedumbre con que las mujeres habían recogido el cuerpo ese amanecer de tempestad. Lo tendieron boca abajo, quisieron permanecer con el recuerdo tierno de vivo. Una bala calibre 32 le había abierto la nuca.

          El retorno comenzó silenciosamente. Dos hombres fornidos, hombros anchos como andamios, cargaron al extinto, cuando empezaron a subir el sendero, el cielo se abrió violento, las nubes, atolondradas, se replegaron sin ruido; la luna, grande como una catástrofe, iluminó hasta los rincones mientras todos se miraban atónitos y nadie comprendía de dónde aparecían pájaros brillantes que se posaban en las cimas quietas de los árboles, respetuosamente inclinados. Primero fue una voz llorosa y débil, después, todos se sumaron al coro, y ahí fue entonces cuando apareció el viento, veloz, como atrasado a una cita, para recoger y transportar el eco estruendoso de esos valles y montañas que amplificaban la canción convencida, aprendida en un atardecer de dicha:

 

          “ Uno muere,

          “ diez mil nacerán.

          “ si una espiga cae,

          “ muchas brotarán…