El afuerino que hizo Historia

Volver al sitio de: SERGIO MARTIN MONTENEGRO

 

         Casi nadie se acordaba con exactitud cuándo había llegado a San Lázaro, ni cómo empezó a convencer a los primeros de que él poseía la habilidad para remendar calzado dejándolo como nuevo. Eran los tiempos en que cualquier talento o destreza personal se comunicaba a viva voz, deteniendo en medio del camino a los cristianos que aparentaran no tener prisa.

         Algunos se atrevían a asegurar, tibiamente por cierto, que fue en la época en que los habitantes del pueblo se debatían entre levantar de nuevo muros o empacar sus bártulos y buscar otra tierra menos vulnerable a los movimientos telúricos, ya que, la verdad sea dicha: San Lázaro parecía estar construido sobre el merengue de una tarta; un chiquillo cerraba una puerta con cierta estridencia e inmediatamente el sismógrafo nacional registraba un temblor grado tres. Otros, por su parte, aún con menos convencimiento, especulaban que su llegada había ocurrido más o menos al año de la reyerta que terminó en forma abrupta con la única entretención social de ese entonces, cuando un cineasta tuvo que salir arrancando por un percance profesional que nadie quiso comprender. Estos, incluso, aseguraban que el hombre de marras no era otro que el mismo cineasta, quien,  atraído por el placentero vivir de ese rincón del país, había recurrido a toda la potencialidad de la ciencia para alterar su fisonomía y pasar inadvertido entre aquellos que estuvieron a punto de lincharlo.

         Sea como fuere, tal vez lo más acertado sería dar crédito a la primera versión, porque en otras circunstancias, todos se enteraban concluyentemente hasta de los queltehues que se asomaban por el pueblo. Por lo demás, el testimonio parroquial, aun cuando insólito,  no deja de otorgar verosimilitud a aquella hipótesis, apoyada en los hechos que se mencionaron el día en que sus restos pasaron a confundirse con la substancia  misma de la tierra sanlazarina y su memoria se convirtió en ejemplo y arma en el corazón agradecido de cientos de humildes.

         Había llegado relativamente joven, acompañado de su mujer, cinco criaturas y una sarta de libros en un carretón enclenque con ruedas de bicicleta que él tiraba y parecía haber construido. Era espigado, figura magra, llevaba una barba negra desordenada que le colgaba hasta el esternón y caminaba con una nerviosa oblicuidad, dando la impresión que la maraña de pelos que lo antecedía ejercía tal poder de gravedad que en cualquier momento lo haría caer de bruces.

         “Yo me percaté de su presencia –cuenta don Belisario, el párroco del lugar-, cuando ya habían pasado los días de pánico. Recogía maderos y otros trastos que los terremoteados tiraban por inservibles. Me sorprendió su figura y ahí pensé: ¡Demonios…! ya era hora que llegara la competencia”. Esa noche no dormí nada de bien, para qué le voy a mentir. Leí mi breviario, en ese tiempo todavía lo hacíamos en Latín, hasta que los gallos empezaron a cantar, me acuerdo como si fuera ayer. De mañana oficié la misa a toda carrera, hasta me salté la epístola para concluir antes, pero, oiga, no dejé de pedir durante el oficio fuerzas a Dios para convertir o expulsar a este canuto, esa era mi idea, fíjese usted. No tomé ni desayuno y salí en busca del barbón. Recorrí con paso cansino algunas calles del pueblo, parándome disimuladamente frente a las puertas entreabiertas y mirando de soslayo. ¡Ni señas! Cuando estaba por llegar a las afueras, me decidí a volver y, mire usted, tuve a suerte de encontrarme con un huasito que parecía venir arrastrando su rostro por el suelo a causa de un saco enorme de papas que el pobre cargaba sobre sus espaldas. Lo detuve y le dije: “Hombre de Dios, ¿no ha visto por casualidad a un afuerino de barba negra que mide como dos metros?”. Exageré. Claro, yo lo había divisado desde muy lejos la primera vez que lo vi. Antes de pronunciar palabra el hombre tiró con dificultad el saco al suelo y se enderezó como si las bisagras de su cintura estuvieran llenas de óxido. Cuando me miró a la cara y me reconoció, se santiguó y me dijo con espanto:

         -Padre, si anda en busca del diablo pregúntele a otro, mire que yo y mi familia somos harto católicos.

         Me reí a carcajadas por la ocurrencia, pero la dijo con mucha seriedad. Le expliqué entonces que hacía un par de días, pensaba, había llegado un afuerino con un familión y que era mi deseo presentarme y ofrecerle ayuda. Bueno, ahí reaccionó, y feliz de hacerme un servicio, me indicó el lugar exacto donde podía encontrarlo, ahora se llama calle “Los Placeres”, pero en ese entonces no era más que un barrial que se extendía a la salida del pueblo hasta el sendero que seguían los hombres para ir a cazar pumas. El día anterior había llovido a cántaros, para más remate, y si no me embarré la sotana fue porque me la encumbré como bailarina de flamenco. En el momento en que me vio aparecer, dejó lo que estaba haciendo y salió a mi encuentro dando unas zancadas de metro y medio y con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba levantando su mediagua. Lo saludé con un poco de brusquedad, eso no lo niego, y él me respondió con mucha cortesía. “Tate –dije yo-,  este malvado es sin duda evangélico”. Como a mi no me gustan los rodeos, se la tiré a la cara: “Señor, en este pueblo no hay lugar para los canutos”. ¡Mire usted, lo que son las barbaridades! El se rió con una carcajada muy sonora y me mostró unos dientes paletudos que se veían muy blancos por efecto de su barba negra, pienso. Yo me corté, hombre. Entonces, de sopetón, le pregunté que qué hacía. Dejó de reírse y acercó un cajón manzanero que tenía a mano y me ofreció asiento a toda intemperie. Me senté y me contó entonces que su oficio era el de zapatero y, ya que venía a visitarlo, aprovechaba la oportunidad para pedirme lo recomendara, que estaba recién llegado, que tenía que alimentar a una prole numerosa, que necesitaba urgente ganar algunas chauchas y no sé cuántas cosas más; también empezó a dar voces y comenzaron a llegar unos chiquillos todos mocosientos, empalados de frío, y una mujer chascona, pálida como huevo de criadero, que se pararon a nuestro lado sin decir chus ni mus. Conversamos un ratito no más,  y ahí me enteré que venía a radicarse en forma transitoria, en contra de su voluntad,  pero no se explayó más. Le prometí ayuda. Se la di. Eran tiempos difíciles, todos estaban preocupados de levantar sus casas después del terremoto, hasta que un día supe, por purita casualidad, la causa de su recalada. Entonces dejé de ayudarlo ¡Ay, Dios!, si le dijera que hasta pensé correrle bala.

         Mire, si lo hubiera hecho me habría ahorrado la vergüenza con lo del mote con huesillos. Tuvo suerte el bribón, mi religión…”

         Miguel Quezada Fuenzalida, así se llamaba el zapatero, vio nacer otros dos hijos en San Lázaro  y,  a pesar que su radicación fue involuntaria,  nunca volvió a moverse del pueblo porque, simplemente, le tomó cariño.

         Su historia personal al final se conoció en detalle y fue narrada no sólo por un sujeto. Todos los oradores, despidiendo sus restos en el Monte de los Sollozos, ante la sorpresa de mirones y atribulados, fueron elocuentes para señalar las esperanzas y desesperanzas con que arropó su vida.

         Habitó en el número cuarenta y dos de “Los Placeres”, una calle que en verano era de terrones y en invierno un barrial, y que empezó, justamente, a tomar forma de tal cuando él, primero que nadie, levantó con tanto esfuerzo, y tantos despojos, una callampa de un solo ambiente. Ahí, hacinados, vivieron por mucho tiempo los nueve.

         Cerca de la puerta, enfrente de un biombo hecho con sacos de cemento, separando la estrechez  de la dependencia íntima, instaló su mesilla baja de patas gruesas donde ponía suelas, tacos, zurcía monturas y hacía riendas, aprovechando la luz natural que se filtraba con mezquindad por el pequeño pórtico de tablas sin pulir. En el interior construyó, en medio de la pieza, un horno de barro que encendían en las mañanas y apagaban, en los meses cálidos, a la hora de la siesta, porque la exigüidad de sus ingresos no les permitía darse el lujo de otra merienda después de esa hora. En invierno, en cambio, humeaba día y noche, con el único objetivo de mantener tibios a los chiquillos que soportaban, hechos un ovillo, las ráfagas del viento racial que se colaba impertinente e insensible, venciendo la resistencia de  muñones de papel de diario que en proliferación pretendía cerrarle el paso en esa diseminación cuantiosa de agujeros. El techo, bajo, presentaba ondulaciones desproporcionadas, producto del peso variado de las piedras que afirmaban de mala gana las fonolitas siempre dispuestas a salir de paseo con el ventarrón.

         Había construido,  además, una letrina a treinta cinco metros del tugurio, con la esperanza de evitar la cercanía a malos olores y distanciarse de las enfermedades y que en días de lluvia, por ignorancia topográfica del maestro Quezada, se rebalsaba con impudicia embetunando con orines y excremento hasta las canillas de los usuarios.

         Sin embargo, la condición material y económica, adherida como parásito satisfecho en la carne y la vida de Miguel Quezada Fuenzalida, y que a otros de su estofa habrían puesto al borde de la locura o el suicidio, jamás le amilanaron, por el contrario, la perseverancia y el esfuerzo que entregó para convencer a sordos y pusilánimes que el logro de la justicia y el respeto a la dignidad del hombre exigía una acción resuelta, audaz y mancomunada tanto de los trabajadores de la ciudad como de los del campo fue tan pertinaz como las puntadas acuciosas con que horadaba sus suelas.

         Llegó, efectivamente, con calidad de desterrado.

         El Presidente de la Nación y su partido no sólo volvieron las espaldas a quienes ayudaron ostensiblemente a su elección sino que,  también, mataron, encarcelaron y deportaron a simpatizantes y militantes que de la noche a la mañana fueron considerados peligrosos por exigir llevar a la práctica el slogan: “ Pan, Techo y Abrigo”, que había servido para encumbrarlos al poder una década atrás.

         Las palabras del Secretario General en el sepelio fueron categóricas en este respecto, acusando con nombres y apellidos a los responsables que: “… usando legendarios métodos intimidatorios silenciaron a la prensa para llevar  a cabo, amparados en la investidura de sus alta posiciones y con la colusión siniestra del ejercicio de la Justicia, un acto que dentro de las normas del Estado de Derecho constituye no sólo una afrenta a la Constitución Política que nos rige, sino que también, un bofetón leonino a las masas populares que hicieron posible la ascensión de esos canallas a la más alta Magistratura de la Nación”.

         Sus comienzos fueron tan arduos como desesperados. Se le vio, siguiendo la costumbre implantada nadie sabe por quien, parado en las esquinas publicitando su oficio por mucho tiempo. Su mujer, con un poco más de suerte, mantenía el hogar consiguiendo canastos de ropa sucia que sumergía en tarro rectangular de manteca, hirviéndola hasta que la mugre se desprendía exánime por la persistencia tenaz y desenfrenada de los burbujones. Luego, con una plancha de hierro,  que apenas era capaz de levantar, y que calentaba con carbones encendidos en su interior, humeando igual que una locomotora antigua, estiraba sábanas, camisas y prendas íntimas. Así, a cuarenta centavos por el servicio completo, lograba colmar su olla con un caldillo de papas que, a veces, gracias a una propina extra, se rebalsaba con el hueso con médula que agregaba para proveer con vitaminas la delgadez de su familia.

         Los chiquillos, a pesar de los ruegos de Miguel Quezada Fuenzalida, nunca fueron aceptados en el único colegio privado que funcionaba bajo el alero de las Carmelitas Descalzas, lugar en el que se tenía la ventaja de sorber a media mañana un potrillo de leche, hecho de polvos que venían del extranjero, y que tanta falta les hacía. Siempre fueron rechazados de plano aun cuando por ese entonces la actividad política fuera de horas del zapatero era conocida solamente por algunos marginados. A la directora del plantel se le había puesto entre ceja y ceja que, niños que exhibían semejantes nombres en su papeleta de nacimiento no sólo constituían una blasfemia de proporciones, sino que también, un insulto al venerable santoral cristiano. Miguel Quezada Fuenzalida, en la pubertad de su fanatismo, había inscrito a sus retoños, quizás para autentificar sus convicciones políticas, con los extranjerizantes nombres de Lenin,  Molotov, Stalin, Gorky, Kalinin, Kart y, al menor, algunos comentaron que como exaltación a su fervor y admiración por una ciudad que visitó, premiado por su partido, lo llamo: Vladivostok.

         Bien vale la pena señalar que mientras los chiquillos crecieron, además de la pobreza, tuvieron que soportar la burla despiadada de sus compañeros de escuela pública por sus nombres de pila tanto como la mofa cursi y feral de algunos de sus maestros. Pero, lo más trágico de todo fue que, y Miguel Quezada Fuenzalida no lo supo nunca, su cuerpo ya se había fundido con la substancia  fosal del Monte de los Sollozos, tres de ellos únicos sobrevivientes de tantas penurias, pagaron con su vida, tantos años después, por llamarse como se llamaban, el romanticismo ideológico de su mocedad.

         Al día siguiente que Miguel Quezada Fuenzalida empezó a contar con trabajo regular se dedicó, como antes, cuando ya la oscuridad le impedía verle el ojo a la aguja, a salir a las afueras y visitar poblados campesinos. Hombres, mujeres y niños escuchaban con enajenación las historias de su viaje, donde había bebido al pie de la vaca las excelencias de un sistema social y que por estas latitudes llenaba de pavor a muchos patí pelados, adoctrinados en el encanto de sus miserias en espera que Dios, justo en el extremo, pondría fin a sus desdichas otorgándoles un Paraíso donde nada les iba a faltar.

         Desde un comienzo ganó muchos oyentes. La imaginación cándida de los miserables que trabajaban de sol a sol por un par de vales para las pulperías de los patrones, canjeables por dos marraquetas, algo de yerba y, para los feriados nacionales, por una lata de manteca de cerdo (algunos dirían: para freír nada más que su desesperanzas), corría como vorágine con cada palabra que Miguel Quezada Fuenzalida pronunciaba. Después de agotada la auténtica experiencia personal y lo que agregaba de su cosecha para mantener una atención expectante de la audiencia, comenzó a ventilar sus libros y explicaba, como quien habla a niños, postulados filosóficos de Kart Marx y discursos de Vladimir Ilich Lenin. Al año de su apostolado nocturno ya había logrado constituir, protegida por juramentos de honor, una célula partidaria. El campo en los alrededores a San Lázaro entonces se empezó a llenar de murmullos, amparados solamente por el croar porfiado de las ranas.

         Fue una gran sorpresa, dos años más tarde, cuando en la Plaza de Armas se congregaron los campesinos del entorno que pedían con gritos enardecidos el fin al sistema de vales y el derecho a ser tratados por médicos recibidos en caso de accidentes laborales y no, como era el caso, por practicantes embaucadores que mezclaban la gasa y el metapío con invocaciones quiméricas a los espíritus de sus antepasados.

         Fue el primer y gran triunfo de Miguel Quezada Fuenzalida. Más tarde, con su encendida oratoria, solía pararse en todos los escaños de la Plaza de Armas y desde allí exigía cuentas a la autoridad sobre el despilfarro de los caudales municipales. Pero, lo que realmente lo hizo popular y querido por los de su clase fue la lucha sin cuartel que dio, infructuosamente por desgracia, sobre el ignominioso suceso de las doncellas.

         Luego, consciente de su responsabilidad y seguro que había creado expectativas populares que no podía traicionar, estimó que debía ahondar en su formación política y empezó a estudiar a Antonio Gramsci . Ahí se convenció que la praxis de su doctrina era dinámica, que el maestro tenía razón cuando especificaba que “la fuerza del sistema capitalista no residía en la violencia de la clase gobernante o en el poder coercitivo del aparato estatal sino que en la aceptación de los gobernados de un concepto del mundo que le es propio a la clase dirigente”.  Criticó, al igual que el italiano a los intelectuales  que, “persuaden a las masas a aceptar la moral, costumbres y modo de conducta de la sociedad capitalista como un signo de madurez o sentido común”. Pero, Miguel Quezada Fuenzalida, fue más allá: en un Congreso Nacional de su Partido, ya restaurado por la legalidad,  se subió a la tribuna para decir que él pensaba que los cambios, si había disposición para efectuarlos, debían llevar, ineludiblemente, el ropaje de la audacia, y que esta no sólo se conseguía con un ejercicio frío del intelecto sino que, también, era fundamental ofrecerle la palabra al corazón.

         Estas palabras, temerarias, al decir de muchos,  marcaron definitivamente la vida de Miguel Quezada Fuenzalida. El cura desde el púlpito vociferaba en contra de los comunistas y explicaba a su feligresía que, “Dios, en un acto de justicia enorme castigaba con la miseria y el desamparo a aquellos que propagaban una doctrina atea y totalitaria”. La masonería, por su parte, “antro de burgueses arribistas bien ubicados en la administración pública”, al decir del maestro Quezada, miraron con espanto el crecimiento cuantitativo de la fuerza popular y no escatimarían esfuerzos, muchos años después, coluditos con la desinteligencia del país, para cometer el más aberrante magnicidio que recuerda el presente siglo.

         Pero a pesar de todo, Miguel Quezada Fuenzalida siguió imperturbable. Su figura se fue inclinando aún más con el paso de los años; su barba, ya blanca, le dio una facha de profeta bíblico y siguió, hasta el final con los zapatos pegados a la nariz, remendándolos, pero ya había perdido, desde que se hizo pública su militancia a mucha clientela: no todos estaban dispuestos a alimentar a un comunista. Sin embargo, no faltaron aquellos que en busca de la destreza y calidad en el oficio, protegidos por las sombras se acercaban al número 42  de “Los Placeres” con un par de zapatos bajo el brazo pidiéndole los reparara y cancelando el doble con tal que guardara el secreto.

         Su sabiduría y juicio lo habían hecho retirarse a tiempo de la dirección partidaria local, contraviniendo órdenes superiores siempre tendientes a perpetuar a sus dirigentes, “tal vez por temor –diría una vez Quezada Fuenzalida-, de que la juventud de los recién llegados, mucho más apta para entender la dinámica del tiempo, fuera a poner al partido, embarazosamente, en una posición más audaz y revolucionaria”.

         Su mujer,  devorada por la miseria y la tuberculosis contagió a cuatro de sus hijos y marcharon prematuramente a mejor vida. Miguel Quezada Fuenzalida, como pudo, se hizo cargo del resto. Los educó y le entregó las armas para defenderse de la vida: uno se fue a trabajar a los abismos lóbregos de las minas de carbón, el otro se enroló en un circo y aprendió con maestría a afligir al público encaramado en un trapecio y el menor,  Vladivostok, perpetuó la memoria y la habilidad del padre,  hasta que su nombre, como el de sus hermanos, pasaron a constituir en una época reciente, no una blasfemia cristiana sino, lo que fue mucho peor,  un insulto a la Seguridad y Defensa Nacional.

         El día que Miguel Quezada Fuenzalida expiró vinieron delegaciones de todo el país,  y muchos comisionados extranjeros, a sus funerales, hasta el Politburó de la Unión Soviética envió un conspicuo representante, que a media lengua solicitaba los restos del extinto para darle sepultura junto a los Padres de la Revolución rusa en la Plaza Roja de Moscú, quien sabe con qué autorización.

         Así, en tan postrer momento, se conoció la vida y la obra de Miguel Quezada Fuenzalida. Pero eso no fue todo: el cura, ya decrépito, más interesado en las banalidades terrenas que en la perspectiva celestial, no quiso perder tamaña oportunidad, con tanta gente presente en el pueblo,  para llenar sus propias alcancías y llamó de urgencia a las damas locales de la agrupación “Hijas de María”, con las cuales instaló, en el trayecto que siguió el cortejo, puestos de ventas de mote con huesillos. Para mala suerte y cólera del párroco, todos aguantaron la sed, a pesar del calor inclemente que hacía.

         Diez años después, por primera vez en la historia de San Lázaro, un comunista obtenía un sillón municipal junto a los políticos de profesión. El hombre, tartamudeando, empezó su mandato diciendo: “Esta silla, compañeros pertenece al finao Miguel Quezada Juenzalía”.