Al servicio del pueblo.


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           Como una confirmación tenaz al aforismo: “La necesidad crea al órgano”, la peluquería de don Malaquías se había convertido, además del sitio exclusivo donde lo más heterogéneo de San Lázaro dejaba diseminada desde canas a liendres, en el centro informativo, comercial y social del pueblo. San Lázaro en su ya casi centenaria existencia había logrado ciertos adelantos; sin embargo, un periódico que mantuviera al corriente a sus habitantes del acontecer local o un club donde cada uno pudiese pagar su propio consumo, era algo que ni el más soñador siquiera imaginaba.

         Ahí, por cierto, se daban cita los que querían comprar una vaca, arreglar un desagüe, vender una máquina de coser o un vestido de novia, algunos de tan mala suerte como el de la hija de la viuda Campusano. Pero, todo tenía sus horas y sus días, en esto don Malaquías había sido intransigente y testarudo. No le fue fácil, sin embargo, implantar una disciplina entre gente que su mayor orgullo era, justamente, la liviandad y parsimonia con que tomaban las cosas de la vida; pero, a fuerza de portazos en las narices mismas de los empecinados y del inigualable talento que desplegaba para vociferar epítetos procaces, el barbero había logrado convencerlos que contra la corriente, y su personal opinión, no se podía nadar.

         Don Malaquías vivía solo. A pesar de sus cincuenta y nueve años y de su corpulencia de luchador montepiado, le sobraban energías para ejercer sus menesteres más domésticos tanto como para incentivar, sin fatiga aparente, la prosperidad de sus negocios.

         Veinte años atrás, cuando había llegado a la certeza que la vida, por no contradecirse ella misma, era incapaz de agregar un nuevo ápice a su felicidad, un parto rústicamente atendido por una comadrona del lugar le había despachado, de una sola vez, a su mujer y a la recién nacida al Monte de los Sollozos, nombre conspicuo con que los moradores designaban el sitio de consternación donde llevaban a cabo sus exequias.

         Durante los tres primeros años de su viudez, aniquilado por el dolor, a duras penas cumplió con su oficio; pero, no obstante, se le veía religiosamente los domingos temprano cruzar cabizbajo y afligido, de un extremo a otro el pueblo, sólo para ir a dejarse caer como un bulto sobre la lápida de sus difuntas y verter con estridencia el estanque de lágrimas que acumulaba en la semana. Los lugareños, que hasta ese entonces le habían dispensado una piadosa indiferencia, lo empezaron a mirar con simpatías, preguntándose, las mujeres, cómo era posible que un hombre pudiese demostrar tanto abatimiento, mientras los varones, con preocupaciones más efímeras, tomaron la costumbre de dejarse crecer las melenas con el único objeto de evitar encontrarse con un rostro tan surcado por la congoja.

         Fue la época en que su pelo se empezó a teñir de blanco y su nariz adquirió el tono de las frambuesas; hasta que un día domingo –dicen que en pleno estado de intemperancia -, se paró dificultosamente a los pies del sepulcro de sus amadas y con un grito, que se escuchó hasta detrás de los murallones del Convento de las Carmelitas Descalzas, dijo:

         -¡Basta Delfina! ¡Yo también tengo derecho a la vida!

         Desde ese mismo momento se produjo un cambio notable en la vida y personalidad de don Malaquías. Admirados los que salían de la misa, no daban crédito a lo que veían: el barbero, con rostro resplandeciente, corría haciendo curvas en dirección a su boliche, unas veces saltando en un pie, y otras, con una risa de niño de orfanato, se tornaba y caminaba retrocediendo.

         A la mañana siguiente, mucho antes que abrieran, ya estaba parado frente a la pulpería, y tan pronto el catalán aflojó la última aldaba de la tranca, se precipitó a su interior nada más que para adquirir un tarro grande de pintura blanca y otro más pequeño de color rojo.

         En dos días completos remozó prolijamente la fachada de su negocio y, con la asistencia del señor cura, gratamente impresionado con el cambio, pintó en el frontis ya blanco un letrero con letras rojas que decía:

                              Al servicio del pueblo

                                 Peluquería Malaquías

 

         No hubo quien no se volcara a visitarlo, y no pocos, con el fin de estimularlo, se sentaron sonrientes en la butaca cromada pidiendo les emparejaran una patilla o les enseñara a ponerse un rulero.

         Con el correr del tiempo el cambio radical se fue atenuando y volvieron a salirle a piel ciertas peculiaridades que no lo abandonarían jamás. Pero, a esa altura ya se había ganado el respeto y cariño de sus coterráneos. Ahí fue cuando don Malaquías empezó a influir, tal vez sin quererlo, drásticamente en la vida y costumbres de San Lázaro. Al comienzo nadie reparó en sus alcances pero, cuando lo hicieron, ya era demasiado tarde: conocía muy bien las intimidades y las flaquezas de muchos. Tuvo que ser un poder ajeno quien lo pusiera en horma, aun cuando, el único que se permitió cuestionar su conducta fue el señor cura, quien no se perdía oportunidad pública para recriminarlo a viva voz por haber permitido dejar entrar en su casa al mismísimo demonio.

         Poco a poco, con los ahorros que le dispensaba su oficio y el trabajo ofuscado hasta horas muy avanzadas de la noche, derribó muros, levantó otros, abrió ventanas e instaló nuevos y modernos servicios sanitarios. La peluquería, después del edificio del Municipio, no sólo se convirtió en el inmueble más notable de todo San Lázaro, sino que también, en el corazón y motor de toda la actividad pueblerina.

         Los lunes de mañana, plenamente consciente de que su pulso, primer afectado por la degustación sin límites de mostos regionales, que ahora efectuaba sólo los fines de semana, podían arrastrarlo macabramente a escindir una oreja o tronchar una yugular, presidía, sentado en la misma butaca donde su clientela se dejaba adormecer por el sonido melodioso de las tijeras o mudos cerraban los ojos para ignorar el filo amedrentador de la navaja, las reuniones mercantiles. Era el único día de la semana en que hombres y mujeres se permitían, sin importar alcurnias, ni menos abismos económicos, una convivencia tan singular como antagónica.

         Abría, como todos los días, justo a las nueve y media de la mañana, y no porque la pereza lo hubiese elegido como a una de sus víctimas, sino porque sabía de sobra que el cura párroco terminaba su servicio litúrgico a las nueve veinticinco minutos y, aun cuando en más de una oportunidad estuvo a punto de ceder a las presiones generales de iniciar las reuniones bursátiles con una hora de antelación, siempre reaccionaba a tiempo y decía:

         -¡Ni jetón, al negocio de Dios no le hago la competencia!

         Lo habían tratado de convencer con argumentos tan sólidos como macizos de que las dos únicas personas que asistían los días de trabajo a la misa eran, el oficiante, al cual la tonsura había terminado por apoderarse irremediablemente de toda su cabeza y que, tarde mal y nunca se dignaba aparecer por esos lares, y el sacristán, un muchacho mongólico que las lenguas filosas atribuían al Alcalde a causa de una de tantas noches de ebriedad donde éste había confundido nada menos que a su propia mujer con la pobre anciana que le lavaba los mandiles de la masonería y que, para colmo de desdichas, había perdido el pelo en un accidente de fuego. Todas las razones, todos los argumentos, hasta las peticiones que le despachaba el Municipio en un sobre lacrado en tal sentido, se estrellaba impajaritablemente con su obstinación.

         En la tarde, repuesto de una siesta que comenzaba a las dos en punto, y que prolongaba por una hora, recibía a las alumnas de la Escuela Vocacional que siempre venían acompañadas por una preceptora. Ese día, y a esa hora, don Malaquías sacaba de un armario de caoba, para mantener sosegadas a las doncellas, un par de docenas de foto-novelas con historias de infidelidad y  amor, tan exaltadas, que las tragedias se escurrían hasta los mismos bordes y se pegaban como con engrudo en las manos y en el corazón tierno de las muchachas, manteniéndolas sujetas a sus asientos y haciéndolas suspirar hasta el mismo momento que abandonaban el salón. La maestra, tampoco ajenas a estas devociones literarias, se sentaba en medio de todas sin antes sacar de su bolsa unos anteojos oscuros que no se los quitaba hasta llegar a casa.

         Los martes y miércoles atendía a los varones, pero no a todos los varones; los obreros, empleados domésticos y pobres diablos que vivían de la caridad tenían asignado el día jueves, donde por una rebaja contundente estaban obligados a arrastrar una banca larga desde la iglesia, que el cura prestaba a regañadientes, y que permitía sentar de una sola vez a una docena de miserables. Don Malaquías ese día cortaba en serie: empezaba con la peineta, y uno a uno, tuviera una chasca hirsuta o un par de pelos diseminados, sentía irremediablemente el cosquillar del peine en cuero cabelludo; de ahí, seguía con las tijeras, y no había nadie que se escapara de ver correr mechones propios y ajenos por la camisa, porque ese día la media sábana que usaba para cubrir a sus clientes más distinguidos, se lavaba con jabón desinfectante y se olorizaba con agua de jazmín. No faltaron oportunidades que, con tal aglomeración, hasta los lampiños sentían incrédulos las caricias del hisopo y el crujido espantante de la navaja. Como todo tendía a la simplificación, don Malaquías, ese día, en el momento que les ordenaba tomar ubicación, entregaba a cada uno de sus parroquianos un pedazo de piedra lumbre para que fueran ellos mismos los que, en casos de cortes faciales, que los había, contuvieran sus propios derrames.

         Cuentan que una vez, en la locura del hacinamiento, don Malaquías afeitó hasta al Padre de la Patria quién, desde una oleografía pegada con tachuelas en uno de los muros, perdió esa pose circunspecta que lo caracterizaba y, donde el artista le había dibujado una muy hermosa y luenga barba, ahora se dejaba ver con un manchón blanco que ni la trenza de una quinceañera, sujeta con alfileres en el sitio del daño, podía disimular.

         Los últimos desdichados que lograban ser atendidos tenían que sacudir prolijamente la banca e ir a devolvérsela al señor cura, quien, por antipatías con el usuario, la sometía cada vez a una más detallada inspección. Ocurrió en más de una oportunidad que en medio de los cortes los pobres tenían que pararse, estuvieran como estuvieran, don Malaquías había dicho:

         -¡Me cansé mierda! ¡A devolver la banca!

         Afortunadamente los damnificados de tan arbitraria e inapelable decisión se aseguraban, sin necesidad de pararse en la extensa cola, los primeros lugares para el jueves siguiente, siempre y cuando, por cierto, fueran ellos los que aparecieran con la banca.

         Los martes desfilaban las autoridades, funcionarios públicos, empleados del comercio, el médico, el dentista, el notario, la guarnición policial y los hacendados de alrededor. Ese día el salón lucía más pulcro que nunca. En una esquina, aunque fuese verano, sobre brazas de carbón de alerce quemaba un mejunje de canelas y clavos de olor, nada más que para ahuyentar el aroma frutal de las gominas que el propio don Malaquías preparaba con pepas de membrillo y que a los incautos, por dos pesos extras, les desparramaba asegurándoles que era un envío aéreo de un pariente lejano que residía en Madrid, quien había tenido a suerte y honra cortarle el pelo al mismo Generalísimo.

         Cuando apareció por San Lázaro un vendedor viajero, el mismo que diera tanto que hablar por su matrimonio con la hija de la viuda Campusano, que vendía telas y perfumes y que convenció en tal mala hora a don Malaquías para que en vez de la mixtura de especies tratara con una colonia que le ahorraría la humareda y que venía del trópico, y que si era tan efectiva para descuartizar los sudores pestilentes de negros inmensos que todo el día cargaban barcos con racimos gigantes de bananas, mayor lo sería aún en perfumar su negocio que, grotescamente, olía a repostería. Los escándalos y los gritos que esa noche de martes se vieron y escucharon en el pueblo, más la carta lacrada del Municipio llegada casi al amanecer que le solicitaba volviera a su antigua preparación, y más aún, el ofrecimiento personal que le hiciera el señor cura de compartir el incienso con tal que desistiera de semejante esencia, por cuanto,  damas honorables le habían visitado en el confesionario, alarmadas de que sus maridos andaban impregnados con un aroma que no podía ser otro que el que usaban las mujerzuelas que venden el amor, dejó meditabundo a don Malaquías. Busco en la cajonera el recibo que le extendió el vendedor y ahí, aunque estaba solo, dijo en voz alta:

         -¡A la puta!, si el alcalde que es masón y el cura que es un carajo están de acuerdo, qué me vale perder quince pesos.

         Al martes siguiente todos respiraban hondo, sin disimular la tranquilidad, la fragancia de repostería.

         El miércoles completo estaba reservado a los muchachos de la Escuela Primaria y del Liceo. Los salvajes con su comportamiento plagaron de canas verdes la cabeza de don Malaquías. Entre barbaridades, no había miércoles en que, por arte de magia, aun cuando el peluquero elegía al más corpulento y lo sentaba bajo la oleografía, no desapareciera la trenza del Padre de la Patria. A don Malaquías se lo llevaba el diablo y juraba y requetejuraba que esa era la última vez que les cortaría el pelo. La trenza entonces aparecía y la misma historia se repetía el miércoles siguiente.

         Los viernes, vísperas de veladas y saraos, cortaba moños, hacía permanentes y disimulaba habilidosamente los brotes incuestionables de la vejez. Los que allí concurrían, junto a la candorosa ilusión de que don Malaquías las hiciera más apetecibles, portaban en canastos de mimbre dulces de alcayotas, alfajores, panes de huevo, calzones rotos y, en el invierno, picarones remojados en chancaca de paita. La clientela femenina era numerosa y la espera a ser atendida era coquetamente apaciguada con la glotonería y la plática tan inocente como las devociones a San Judas Tadeo o el chusmerío purulento que cernía sombras de duda sobre la honorabilidad de las ausentes.

         El sábado y domingo eran los únicos días en que el barbero se levantaba sin su guardapolvo, ya mimetizado perennemente con los matices de los despojos que trinchaba. Esos días le gustaba comer bien y abundante; paladear vinos y aguardiente que percibía por comisiones de trueque y de ventas, como asimismo, licores importados que recaudaba en pago a su discreción, junto a sumas constantes y sonantes, por ceder a la hora del crepúsculo unos cuartos, especialmente acondicionados en la trastienda, para aplacar la carne indómita de los infieles o prodigar éxtasis a los exegetas del amor.

         Fue esto lo que le valió el desprecio definitivo y la guerra sin cuartel del señor cura, quien desengañado que el obispo no tomara medidas, escribió a Roma pidiendo la promulgación de un Decreto Vaticano que excomulgase al pecador.

         Cuando ya todo el mundo pensaba que en San Lázaro nada podía ocurrir, la muerte del Alcalde a causa de una cirrosis tan salvaje como pestífera, que no sólo le pulverizó el hígado sino que también el páncreas y parte del corazón, el Partido Radical Transigente, que a duras penas había logrado mantenerse en el poder municipal ante el desencanto de los sufragantes, que ya cuestionaban tanto letargo e inoperancia, optó, con el fin de asegurarse un triunfo electoral, nominar a don Malaquías para el curul.

         El barbero, que poco entendía de política y que jamás había militado en una agrupación, vio en la oportunidad que le ofrecían una forma de legitimar la autoridad que incuestionablemente ejercía desde la simple pero dinámica peluquería y, además, la ocasión para remecer la modorra de San Lázaro que ya le empezaba a fastidiar.

         A los tres meses exactos del deceso del dipsómano, con un solo voto en contra, que no era difícil precisar, don Malaquías ingresó en gloria y majestad en el edificio municipal, y para sentirse a sus anchas (y como en casa), hasta acarreó con la butaca cromada de su peluquería.

         Toda la energía y todos los desvelos que había entregado para rehacer su vida después de la muerte de sus seres queridos, los puso al servicio efectivo de la Municipalidad. Enseñó durante un par de días al hijo del Prefecto de Policía el arte y el manejo de las tijeras; clausuró las reuniones comerciales de los días lunes y habilitó un salón amplio en el mismo municipio donde, cinco días por semana, se efectuaban las compra-ventas. Le expropió a la Iglesia, con la colusión del Notario, y a pesar de las amenazas del fuego eterno, el galpón donde se impartía el catecismo y, con la asesoría y asistencia de dos capitalinos, lo convirtió en un club bullicioso.

         A los seis meses exactos de su ajetreada responsabilidad, le encomendó al Secretario Municipal extendiera una orden para citar a su despacho a todos los funcionarios públicos, a los que ejercían profesiones liberales, comerciante, al párroco y, para mantener el orden, a toda la guarnición policial.

         Al día siguiente, cuando todos estuvieron sentados, expectantes como si aguardaran una catástrofe, el Secretario, hombre más versado que el Alcalde, comunicó por encargo de éste que: “la Municipalidad había resuelto ayudar a solventar la publicación de “El Eco de Lourdes” que distribuía la parroquia, con la obligación que fuese impresa en el mismo pueblo y que se le agregaran dos páginas de informaciones locales, como comienzo, y que no tuviera nada que ver con esos rezos y esas historias de santos que propagaba”. Cuando el cura, rojo de ira, se paró nada más que para preguntar al Alcalde:

         -¿Qué demonio lo guía, hijo?

         El Alcalde, sentado, contestó sin vacilar:

         -¡Puchas, iñor!, ya e horita que no seamos pueblo y seamos una ciudá.

         Los aplausos del resto de la concurrencia duraron largo rato y terminaron cuando a alguien se le ocurrió sacar en andas a don Malaquías y pasearlo por la calle principal, mientras los curiosos que por allí transitaban, sin saber de qué se trataba, estiraban la mano, se miraban de reojos y gritaban sin cesar:

         -¡Viva el Partido Radical Transigente!

         Durante ese tiempo la peluquería sufrió las desventuras de una administración tan colmada de ineptitud que poco a poco se fue desacreditando. Las muchachas eran incontrolables: las foto-novelas habían ido a parar al velador de la novia del regente; la trenza del Padre de la Patria, que en cierta medida mantenía ocupados a los muchachos, fue vendida sin conocimiento de don Malaquías a un fulano de otro pueblo que fabricaba pelucas; las damas, con sus canastos y snobismos empezaron a frecuentar el ex galpón de las catequesis y, los cuartos de amancebamiento fueron quedando desiertos a causa de la indiscreción del joven fígaro, que propalaba a voces no sólo los nombres y apellidos de los que se revolcaban en los colchones de algodón, sino que también, imitaba, muerto de la risa, los gemidos de desfloración. Como fin a tanto desastre, apareció un peluquero italiano que instaló en la oficina parroquial una tienda con espejos inmensos y secadores de pelo que funcionaban con unas pilas que pesaban tres kilos llevándose a la ya menguada clientela.

         Pero, nada le importaba a don Malaquías, ocupado como estaba en cambiarle el rostro y el alma a San Lázaro. Resuelto a pasar a la Historia publicó más tarde, en  “El Eco de Lourdes” tres decretos Municipales: en el primero, prohibía el toque de campanas a la Iglesia, “por alterar la paz pública y poner más nerviosos a los nerviosos”, el segundo, suprimía las reuniones secretas de la masonería porque, “ocultamente nada bueno se podía hacer”;  y el tercero, innovaba el Reglamento Policial, poniendo a sus miembros activos al servicio de San Lázaro porque, decía, “era más útil al pueblo tener gente diligente que unos tontones que andan con carabinas sin balas y que se lo pasan haciendo ejercicios que no sirven pa’na”.

         No fue San Lázaro quien decidió la suerte del ex barbero. El Gobierno de la capital, sin dar razones, declaró vacante el puesto y nombró en su reemplazo a un militar. El Partido Radical Transigente fue obligado por su Comité Central a apoyar la medida, y como no podía expulsarlo porque no era miembro, lo borró simbólicamente de sus Registros.

         Después de entregar con altivez su despacho y rendir cuentas detalladas a una comisión controladora, pescó su butaca y se fue con ella al cementerio. Se sentó frente a la tumba de sus difuntas y ahí, por media hora descargó toda su frustración, hasta que de pronto se alzó de un tirón, y dijo:

         -¡Nos cagaron Delfina!, pero no saben quienes somos nosotros. ¡Pa’ lo que cuesta empezar de nuevo!

         Del camposanto se dirigió a paso acelerado, con la butaca a cuestas, a su antiguo local, pescó en la puerta de una oreja al muchacho que lo reemplazaba y le dijo:

         -Búscate otro oficio, seré mal alcalde, pero éste naiden lo practica como yo.

         Ingresó y hurgó hasta encontrar el tarro de pintura roja escondido entre cachivaches, y se fue a parar al frontis del edificio venido a menos. Miró con detención el letrero:

                             Al servicio del pueblo

                                     Peluquería Malaquías

         Echó un lagrimón, y decidido escribió, abajo, con una caligrafía de párvulo:

                            “Agora siete días a la semana”.