[Sin título]‎ > ‎

Semana 54. 11 de marzo, 2013

Hoy toca despedirme, Felisa ha muerto, nos ha dejado un día medio soleado de un aún invierno muy lluvioso.  

Hace 46 semanas que no escribía en este post. Un poco por desidia otro poco por falta de tiempo, ni la una ni lo otro son justificación. Pero quiero cerrar este ciclo y rendirle homenaje a esta gran amiga que hice en este último año.

Desde Noviembre poco antes de su cumpleaños, Felisa entró al hospital. Una cirugía casi ambulatoria. Estando yo fuera de Madrid, a mi vuelta me sorprendió la noticia de tenerla ingresada. La visita semanal se mudó al hospital, como siempre, semanalmente, en vez de en su casa. 

Malhumorada  y cansada me contaba lo complicado que era todo, lo difícil que se estaba haciendo la recuperación. La sonrisa al verme entrar en la habitación. Los masajes de pies y el aroma a azahar. 

Cercano ya a Diciembre se la llevaron a una residencia en los Molinos, un sitio en el que recuperarse. Parecía una buena idea, pasaría las fiestas acompañada. Pero el trayecto ya la desgastó mucho más de  lo que creíamos.  La dejó tan cansada y con poca fuerza que la llevaron a la enfermería.  Parecía que sólo eran las piernas... ella estaba estupendamente, igual de fuerte de carácter como siempre, con ese brío que la hacía la mujer que era. 

Sin embargo, el 27 de diciembre que fui a verla, me la bajaron en silla de ruedas y la vi hecha un ovillito. Se había encogido casi a la mitad, le costó reconocerme y al hacerlo se alegró mucho. Fuimos a tomar café, abrió sus regalos, y de un minuto a otro quería subir. Para mi, ese fue el principio del fin, la vi que había perdido la fuerza vital, se dejaba ya en manos de la vida para subsistir el tiempo que quedase por delante. 

Volví unas cuántas veces más. Una de  ellas, una fría tarde de domingo, mientras nevaba intensamente, ese día  me enteré que tenía cáncer de estómago. Sólo quedaba paliar el dolor. Parecía hecho a posta, que según lo descubrieron y lo anunciaron, Felisa volvió a pegar otro bajón.

Iba poco a poco apagándose, con ligeros picos de recuperación, pero siempre hacia abajo.  Decía que no le dolía... eso era lo que más me preocupaba, que sufriera. Su madre y su hermana la acompañaban desde esas semanas sólo esperando  a que esta día llegara.  90 años tuvieron que ser vividos para que se reencontrara con ellas al final de la vida.

Hace un mes me despedí de ella, tuve la suerte de ir con mi madre, pudimos hacerle caricias, besarla, y cogerle su mano para que sintiera nuestro calorcito. Sólo dormía y si abría sus ojitos, como un conejo asustado  se sonreía cuándo veía que había un par de sonrisas al otro lado de la cama. No he vuelto a verla. 
Me arrepiento ahora de no haberla visitado un poco más, de no haber dejado a un lado las cosas que podían esperar. Pero no me arrepentiré nunca de haberla conocido.  

Nuestra relación funcionaba gracias a que era recíproca, las dos, cada una con nuestra propia soledad (cada una por diferentes circunstancias)  nos encontrábamos unidas por dos horas a la semana.  Era una relación que nutría, que te ponía los pies en el suelo, que sobrevivía semana a semana.  ¡qué grande eras Felisa!. 

Gracias por haberme regalado tu último año de vida.  No has estado sola. Te quiero.


Felisa Gorrindo Rodrigo 
Descanse en paz, 
Noviembre 12, 1923-Marzo 11, 2013
Comments