INTENTE USAR OTRAS PALABRAS

Editorial Mondadori 2009


ACERCA DE INTENTE USAR OTRAS PALABRAS:

"Germán Sierra el mixer genial que recepciona los inputs y compone la mezcla (el output) en forma de novela consumible."
JOSÉ LUIS AMORES, Revista de Letras

"Pienso que si en otros lugares se empeñan en ello no sé porque nosotros no podemos buscar la Gran Novela Española Contemporánea. Lo que es cierto es que con Intente usar otras palabras Germán Sierra se acerca mucho a lo que esa entelequia debería ser."
JAVIER AVILÉS, Hermano Cerdo

"Si algo caracteriza a este novela es justamente su escritura rigurosa y atenta a las últimas tendencias narrativas."

JARA CALLES, Afterpost

"Germán Sierra dramatiza (o comedializa, según se interprete) con inteligente sensibilidad los propios presupuestos tradicionales de la novela."
J. ERNESTO AYALA-DIP, El País

"Il ne fait aucun doute que Intente usar otras palabras est une contribution de poids, extrêmement intéressante."
FRANÇOIS MONTI, Fric-Frac Club

"Una novela tan inteligente como sarcástica, con una lucidez cegadora a la hora de analizar los procesos de la identidad individual en el entorno de la sociedad de consumo y la fama mediática. La consumación del proyecto narrativo de su autor: junto con El espacio aparentemente perdido, La felicidad no da el dinero y Efectos secundarios, Sierra crea la tetralogía que marca para la novela española la transición del siglo XX al XXI."
JUAN FRANCISCO FERRÉ, La Vuelta al Mundo

"Three notable novels of the year (2009): Ferré's Providence, Juan-Cantavella's El Dorado and Sierra's Intente usar otras palabras."
JULIÁN RÍOS, Best European Fiction 2010 interview




















60

Cuando Patricia y Carlos llegaron a la recepción del hotel Tritón, el mismo en el que veinticinco años antes se alojaba con sus padres aunque con nuevo nombre y otro propietario que se había encargado de restaurarlo para hacerlo parecer más antiguo y más típico y transformarlo en lo que las guías turísticas llamaban un "hotel con encanto", reconoció al bajista por las cicatrices en las muñecas. Había adelgazado considerablemente y parecía mucho mayor de lo que era en realidad. Les alargó el libro de registro para firmar y les entregó las llaves de la habitación sin fijarse en ellos. Patricia notó algo extraño; se dió cuenta, como se daba cuenta siempre, de que Carlos se sentía algo incómodo. «¿Conocías a ese hombre?», le preguntó mientras subían el equipaje al segundo piso. Ella sabía que él había estado allí mucho tiempo antes, pero desconocía los detalles. Un pueblo de veraneo de la adolescencia al que no había regresado jamás, desde principios de los años 80. Todo había cambiado desde entonces, las casas que alquilaban para las vacaciones habían sido demolidas y sustituídas por edificios de varios pisos. «No lo creo», le contestó.
    La habitación estaba decorada en estilo rústico, todos los muebles de madera barnizada de un color natural, colchas de ganchillo pseudotradicionales, lámparas de pantalla blanca y una falsa chimenea de piedra. Se sintió muy aliviado de que nada le recordase a las originales, todas idénticas con su papel pintado y su moqueta verde, los armarios empotrados cuyas puertas nunca cerraban por completo y las cerraduras tan fáciles de abrir con un alambre retorcido, como le había enseñado Lorena el primer día que se citaron en la cafetería del hotel y ella apareció disfrazada con una peluca rubia y un vestido en tonos turquesa que había sido de su madre, un cinturón de charol amarillo y sus John Smith negros, con el aspecto de una colegiala de película americana ambientada en los 50, entró bailoteando y saludó al camarero con un desparpajo acorde a su papel, y el camarero, entre divertido y respetuoso, le contestó «buenas tardes, señorita Docampo», porque Docampo, escrito en letras blancas sobre fondo azul celeste, había sido durante muchos años el nombre de los autobuses que él cogía para ir al trabajo y los que se llevaban a los clientes del hotel de excursión por la costa, y, por lo tanto, a la señorita autobús le estaba permitido ser un poco pizpireta, saludar uno a uno a todos los peces del acuario que ocupaba la pared de la cafetería y beber gin tónics de Tanqueray (una excentricidad, lo del Tanqueray, cuando todos bebían Larios) a las cuatro de la tarde a cuenta de la cuenta de su padre, que para eso era el mejor cliente del restaurante del hotel con sus festines de la noche de los viernes a los que acudían la flor y nata de los socios del Club Marítimo para mantener buenas relaciones con la sociedad local (al menos a uno de ellos asistía siempre el entonces Ministro, orgullo y objetivo de los veraneantes, cuya aparición desataba un cómico revuelo entre las autoridades locales). Por eso no le importaba dejarlos apoltronados en el salón de la televisión «reservado para clientes del hotel», desde donde podían subir a los pisos superiores sin ser vistos por nadie, recorrer el pasillo de la tercera planta hasta el final y abrir una de las habitaciones vacías.
    —¿Cómo sabes que no está ocupada? —Le preguntó a Lorena cuando introdujo un alambre entre la puerta y el marco de la 318.
    —Porque le he preguntado al recepcionista si el hotel estaba lleno y me ha dicho que no. Cuando no está lleno, la 318 y la 319 nunca están ocupadas durante el día.
    La puerta se abrió con facilidad. Lorena lo agarró por el brazo y lo arrastró al interior oscuro, cerró la puerta y encendió la luz. Era una habitación más pequeña que las que él conocía, con una cama doble que la ocupaba casi por completo. Aparte de la cama, sólo había una silla junto a la ventana. Las persianas estaban bajadas.
    —¡Ahora verás!
    Se subió a la silla y manipuló algo en la caja de la persiana hasta que consiguió separar un trozo de madera. Después introdujo la mano y sacó una bolsa de deportes pequeña, que al arrojarla en la cama produjo un sonido metálico. Cuando la vació sobre la colcha él pudo ver unas esposas con sus llaves, un par de cuerdas gruesas, una fusta, una raqueta de ping-pong y varias cajas de preservativos.
    —Y mira ésto.
    Levantó la colcha y le mostró que las patas de aquella cama estaban atornilladas al suelo.
    —Para hacer menos ruído. ¿Qué te parece?
    —He estado un montón de veces en este hotel, y jamás se me hubiera ocurrido...
    —Estas habitaciones son muy discretas. Están muy apartadas.
    —¿Pero quién viene aquí? ¿Prostitutas?
    —Es posible. Y amantes secretos. Mi padre trae aquí a Eva.
    Él ya sabía entonces que se había inventado el asunto de Eva con su padre, que formaba parte, como la habitación 318, de su predilección por las fantasías sórdidas.
    —¿Y ahora, qué te gustaría hacer conmigo? —Le preguntó.
    Lo que él quería, en realidad, era salir de allí inmediatamente. Estaba aterrorizado con la idea de que pudieran descubrirlos y el escándalo llegase a oídos de sus padres. Cualquier otra fantasía que hubiese tenido mientras esperaba a Lorena en la cafetería había quedado totalmente desplazada por el pánico. Como él era incapaz de moverse, Lorena se quitó el vestido, la peluca, las bragas y las zapatillas y se quedó completamente desnuda. Después de habérsele mostrado con una mezcla de impudor y orgullo, se tumbó en la cama, boca abajo, totalmente estirada, con las manos paralelas sobre la almohada, las pantorrillas juntas sobresaliendo de los pies de la cama y la cara hundida en la colcha, sin moverse, sin decir nada, esperando que él actuase de algún modo. Separó las piernas muy lentamente, con la pericia de una gimnasta que utiliza los músculos como resortes de precisión. Pensó entonces que para Lorena todo era cuestión de voluntad, todo era posible —«¿quieres follarte a Eva?», «¿quieres tocar con mi grupo?», «¿qué quieres hacerme a mí?»—; daba igual que no supiese lo que hacer, que nunca hubiese tenido un bajo eléctrico en las manos: para ser una estrella del rock bastaba con desearlo lo suficiente, con comportarse como ellas. Con su pregunta, sin embargo, estaba dando por supuesto que él debería seber lo que ella deseaba, y desear lo mismo. Era evidente. Cogió la fusta con la mano derecha. Nunca le había pegado a nadie, ni siquiera había participado jamás en una de esas peleas colectivas entre chavales que suelen resolverse con unos cuantos empujones e insultos. En el culo de Lorena había bastante carne como para soportar unos ligeros azotes. Descargó un golpe que le pareció más fuerte de lo que se había propuesto y un respingo como una descarga eléctrica recorrió el cuerpo tendido; pero ella no dijo nada, sólo apretó las nalgas cruzadas por una borrosa línea carmesí. Volvió a hacerlo cuatro o cinco veces y empezó a marearse. El culo aparecía tachado como una cuadrícula de formulario, pero él no estaba convencido de haber marcado la respuesta correcta. Dejó caer la fusta y se sentó en la silla, sudando a goterones, con el brazo derecho completamente agarrotado como si hubiese hecho un esfuerzo que excediera la reserva energética de sus músculos. Lorena no se movió en lo que le pareció una eternidad: permanecía tan tirante como si estuviera amarrada al suplicio de la rueda. Después levantó la cabeza y la giró hacia él.
    —¿Te encuentras bien? —le preguntó— Estás muy pálido. Ven a la cama.
    Se acostó junto a ella y ella lo abrazó
    —No me has hecho ningún daño. Me hubiera gustado que continuases un poco más. No me voy a romper.
    —Quizás la próxima vez.

ENTREVISTAS
Y
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El correo gallego 23/5/09

La balada del elefante azul 26/5/09

Público 26/5/09

Blog de Agustín Fernández Mallo 27/5/09

Europa Press 28/5/09

Blog de María Arias 31/5/09

Espai de llibres 1/6/09

La voz de Galicia 3/6/09

De luns a venres 3/6/09

Galicia Hoxe 3/6/09

ABC 7/6/09

El Correo Dos 7/6/09

El Correo Gallego 8/6/09

Blog de Juan Francisco Ferré 8/6/09

El lamento de Portnoy 9/6/09

Solodelibros 10/6/09

El Correo Gallego 12/6/09

La Gaceta de los Negocios 12/6/09

Via láctea (El Correo TV)


Videoreseña (con caballos) en el blog de VLM

El País (Babelia) 19/9/09

Afterpost 20/9/09

Fric-Frac Club 26/10/09 (en francés)

Hermano Cerdo 05/10

Revista de Letras 10/10

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