LA FELICIDAD NO DA EL DINERO


(NOVELA)
Editorial Debate, 1999.
ISBN 84830620


Piensa en sus amigos: Alex, Alberto, la propia Violeta, que ha quedado durmiéndose en su cama. Todos ellos han seguidoun camino difícil, han conseguido vivir de acuerdo a sus inclinaciones; pero no serán capaces, ninguno de ellos, de dar un giro definitivo a sus destinos [...]. Debiera haber tenido en cuenta aquella frase cínica con la que, en una película ya vieja,el malvado hombre maduro pretendía evitar que la chica se fugase con el protagonista: "La felicidad no da el dinero"

La palabra es escurridiza: No puede ser atrapada en la burbuja terminal del profiláctico como la efusión de plasma blanco que la acompaña. Si acaso, impedir su exhalación mediante la interferencia de un reflujo de solutos inhibitorios en alguna voluta del cerebro encargada de acciones voluntarias. Pero a menudo se escabulle sin permiso para posarse en el oído de Marisa. Sale volando de los labios de Alberto como una zumbante mosca azul de la boca de un muerto y va a dejar su puesta en el nido cefálico.
A ella, a veces, la excita. Se siente poseída por su brutalidad verbal y asiente entre gemidos. Un aluvión de sopa química inunda sus entrañas y sube por sus arterias y su médula espinal hasta anegar sus hemisferios cerebrales rompiendo las membranas que separan el ordenado archivo de las sensaciones del caótico cuarto de los trastos donde guarda sus fantasías, del que extrae, con la aviesa ayuda del azar, alguna máscara grotesca bajo la que no osaría disimularse en ocasiones menos memorables.
Exprimida expresión del éxtasis. Llena sus pulmones de oxígeno. Desea ser golpeada, estrangulada, hasta acuchillada. El parásito burlón que se alberga en su sangre reclama su alimento, y los músculos responden al clamor de las células con máxima flexión.


En otras circunstancias, quizá en función de la cambiante intensidad de su placer, ella se sentirá vejada por el término y se defenderá a golpes para desasirse de él, o se echará a llorar, o le responderá con alguna otra palabra cargada de resentimiento. Se revolverá debajo de su masa adhesiva de buey apuntillado hasta librarse del pringoso contacto de su piel. Sepultada entre las mantas, renegará de su compañía.

El, confuso, para evitar conflictos, tratará, en próximos encuentros, de forzarse al silencio. La goma de mascullar se revolverá en su buche. Subirá y bajará de su estómago provocando las náuseas. Se hinchará como un cáncer y amenazará con ahogarlo.
Sin embargo, el silencio no es en modo alguno garantía de paz: Se presta a interpretaciones tan dispares como el exabrupto. El silencio la induce, muchas veces, a tratar de adivinar sus pensamientos y a poner en duda el goce masculino, con independencia de la visible efusión atrapada en la goma.
De hecho, en aquellas ocasiones en las que reacciona con violencia ante la exclamación obscena, en seguida se calma y hace valer el placer de él por el de ella. Lo busca, cariñosa, y le pide disculpas por el arrebato; y él, que la conoce lo bastante para no dar importancia a sus accesos de ira, la sienta en su regazo y recibe en los labios el lacre del perdón.
Pero si la cópula termina en silencio, fruto de su concentración, entonces ella insistirá en averiguar el motivo empleando torpes artimañas. Lo atribuirá a falta de amor o de atención, o, lo que es peor, a una imperceptible pérdida de atractivo, y entonces, horas después, sin que él pueda imaginar la causa, ella se mostrará rencorosa y esquiva hasta desatar una discusión que se zanjará con la humillación recíproca y un período, más o menos largo, de solitaria resistencia al amor físico.
Ella pasa esas cuarentenas ante el televisor. Por más que los sonidos chirriantes y las voces metálicas auguren un futuro de plácido consumo, el silencio se escucha por encima de todo. Aunque él acuda a visitarla y las botellas de ron rueden vacías entre las rosas caídas en la mesa y vayan a estrellarse contra el suelo, y la embriaguez les desate las lenguas y se insulten el uno al otro con eructos de vapor inflamable, el aire ha perdido su elasticidad y no difunde sonido alguno. La muerte muda funde a su medida un ataúd de hierro, un sarcófago satélite girando en el la nada orbital.
Y esas noches, un glaciar de algodón blanco se desliza muy lentamente debajo de su cuerpo llevándose sus sueños a los pies de la cama, de tal modo que despertará con una inexplicable sensación de pérdida.


El pasa esas cuarentenas en la barra de un bar. Por más que los sonidos de máquina y las voces gorgoteantes auguren una noche de febril galanteo, el silencio se escucha por encima de todo. Aunque visite algún burdel y las botellas de ron rueden vacías entre las copas caídas en la mesa y vayan a estrellarse contra el suelo, y la embriaguez le desate la verga y alguna de las chicas se la mame entre eructos de vapor inflamable, el aire ha perdido su elasticidad y no difunde sonido alguno. La puta muda funde a su medida un ataúd de carne, un sarcófago salival girando en la nada orbital.
A él, a veces, le excita. Se siente poseído por la brutalidad oral y asiente entre gemidos. Un aluvión de sopa química inunda sus testículos y sube por sus arterias y sus nervios hasta anegar sus hemisferios cerebrales rompiendo las membranas que separan el ordenado archivo de los recuerdos del caótico sótano donde guarda sus instrumentos de dominio, del que extrae, con la aviesa ayuda del azar, alguna máscara grotesca con la que no osaría mostrarse en ocasiones menos memorables.
Disparará allí la palabra : No podrá atraparla en la burbuja terminal del profiláctico como la efusión de plasma blanco que la acompaña. Podría impedir su exhalación mediante la interferencia de un reflujo de solutos inhibitorios en alguna voluta del cerebro encargada de acciones voluntarias, pero deseará penetrar sin permiso ese oído comprado. Saldrá volando de sus labios como una zumbante mosca azul de la boca de un muerto e irá a dejar su puesta en el nido cefálico.

Cuando ella vuelva a admitirlo en su cama, una morrena de sueños rencorosos habrá acumulado un negro montón bajo las sábanas. El, mimado y maleado por las bocas vendidas, volverá a ofrecerle el placer de la palabra."