EFECTOS SECUNDARIOS

Editorial Debate, 2000

Círculo de Lectores, 2001

PREMIO JAÉN DE NOVELA 2000

ISBN 84-8306-372-7




Dividida en capítulos de acuerdo a las instrucciones de un producto farmacéutico y ambientada en un futuro próximo en el que las corporaciones multinacionales han sustituído a los gobiernos, "Efectos Secundarios" es, ante todo, una historia de imposturas, conspiraciones, y biotecnología escrita al modo de una novela de detectives.
La acción se desarrolla a partir de la visita que un misterioso personaje realiza al abogado Oriol, sicario legal de varias multinacionales, para encargarle la búsqueda de un tal Lázaro Barrón, quien, supuestamente, es depositario de un importante secreto que podría poner en peligro el buen nombre de alguna de las empresas implicadas. Para localizar a Barrón, desaparecido años atrás, es necesario encontrar a sus antiguos amigos (ante todo al escurridizo Valcárcel, médico y supuesto ex-activista revolucionario) y a su hermano; y así reconstruir los sucesos que desencadenaron su huída del país. De esta tarea se encarga, a cambio de la promesa de una buena suma de dinero, un antiguo amigo del doctor Valcárcel, víctima de la reconversión industrial.
A medida que se desarrollan las pesquisas, el terreno parece moverse sobre los pies de los investigadores. Rodeado de conjuras financieras, espionaje industrial, excéntricos clientes (como el poeta estrella Arturo Solferino y su amante, el ex-pirata informático Janús), y en medio de una crisis matrimonial a punto de desatarse, el abogado Oriol deberá descubrir quien mueve los hilos de toda esa complicada trama, y sacarle el mayor partido.

Pero, sobre todo, la novela aborda con ironía muchas de las obsesiones contemporáneas con el cuerpo y la farmacología, las conjuras, la globalización, la comercialización del arte, los alimentos transgénicos, la ley, las residencias de jubilados, la paranoia, los centros comerciales, las relaciones familiares, las artes adivinatorias, el sexo y los medios de comunicación.






La vibración telúrica de las excavadoras y martillos neumáticos difunde -como se extiende el líquido inyectado en el músculo glúteo- por las anfractuosidades de la corteza, aprovecha la eslasticidad de las rocas pulverizadas y los apelmazados residuos orgánicos que componen la capa más externa de la tierra para viajar hasta las puertas del infierno y rebotar contra las rocas silicoaluminosas, más densas y compactas, regresando a la superficie deformada en seísmo casi imperceptible, silencioso y continuo como el crecimiento del cabello, atenuado como el eco lejano de la mítica actividad minera de los enanos Nibelungos. Desde que las excavaciones sacaran a la luz joyas de la paleontología -unas mandíbulas antepasadas convertidas durante siglos en cimientos de quien sabe qué versión de la ciudad-, estudiantes y sabios se manifiestan contra el trato brutal que recibe el subsuelo, reventado y removido sin miramientos. ¡Ya se han llevado nuestros árboles!, dicen -los del parque, importados, regalados por algún príncipe extranjero, han contraído una extraña infección, un virus o un hongo que resiste al tratamiento con los habituales pesticidas-, identificándose con aquellos antiguos pobladores que, si hemos de confiar en los poetas del pasado, describieron el valle como una inmensa catedral de colosales troncos que acogían y apuntalaban las plegarias de paganos poseídos por furor vegetal. De haber existido cuevas, se desplomaron hace mucho tiempo, bajo el peso de la roca transportada de la sierra primero, y del cemento y el acero después, por lo que parece imposible una sistemática labor arqueológica que requeriría, al menos, la evacuación, quizás la destrucción de la ciudad. Nada, además, en la monótona geografía de la región, permite concluir que los supuestos trogloditas hubieran elegido el valle como asentamiento, y del valle, precisamente el lugar que ocupa el corazón urbano: Más probable es imaginarlos protegidos en las graníticas montañas, donde jamás se han encontrado restos ni rastros que justifiquen el uso de la pala. Se ignora, como es costumbre, toda queja. La ciudad, ahora mismo, está muy viva y crece enloquecidamente, suturando heridas heredadas. Los nuevos filones emergen por encima del suelo desatando un nuevo ciclo de fiebre inmobiliaria. Como un anciano que ha ahorrado para pagarse la ortodoncia, la metrópoli goza haciendo crujir a los descontentos -parásitos que, hasta entonces, se refugiaban en las caries- entre sus recien estrenadas piezas dentales. Pese a todo no la abandonarán, porque los seres humanos se han dividido siempre en romanos y bárbaros: en todas las edades han existido espíritus que languidecen y, o se sahúman y curten como anacoretas -ermitaños que llevan consigo el hormiguero como ausencia y recuerdo, habitan la Roma y la Jerusalen espirituales, diseñan la estructura urbana de la ciudad de Dios-, o se marchitan y perecen si se les fuerza a separarse de la guardiana infiel. Los bárbaros, en cambio, añoran los bosques o la tundra y aborrecen las murallas, los ruidos, la fetidez de las muchedumbres apriscadas, la cohabitación con el humano obstáculo, imposible de superar. En vano se les tratará de imbuir la idea de la gran urbe como asentamiento de nómadas exhaustos -pues les repugnan, asimismo, las aves migratorias. Escucharán sin interés las leyendas de equinocciales cabalgatas persiguiendo jabalíes que llevaron a un rey hasta un soto de belleza extasiante, las guerras que ganaron y perdieron contra sus hermanos y contra los extranjeros, (ni enternecerán su corazón aquellas otras fabulosas figuras de antaño a las que se atribuye el dudoso mérito de visitar los sueños infantiles -ya de por sí aquejados de superpoblación-, justificando de ese modo la perpetua actualidad de sus imágenes en el evangelio de la publicidad). Los bárbaros no dejarán de observar que el espíritu y la voluntad de los menguados urbanitas se vuelven livianos y ligeros de quebrantar a la vez que sus viviendas ganan en solidez y altura -y por eso, nada más salir a la calle, se encapsulan en móviles caparazones de hojalata y se lanzan al engorroso sistema circulatorio que alimenta a las bestias y a los dioses que han ordenado construir, para encaramarse a ellos y disimular su muy humana estatura, gigantescos pedestales provistos de ascensores y coronados con tiaras halógenas y diademas de relumbrantes e hipnóticas palabras.
Los propios habitantes -personas razonables-, sus instrucciones de uso desechables impresas cada noche en papel gris, la mirilla electrónica que suponen al mundo y no muestra sino otra habitación tanto o mas angosta -eso sí, deformada de tal modo que toda realidad y opinión parece equidistante-, llamarán a tal situación "prosperidad" y la llevarán a los altares. Eso harán, aunque mas acertados estarían llamándola "precaución", que es el verdadero nombre de la ciudad contemporánea (como "prudencia" lo fué de las antiguas). Lo lleva escrito en todas sus esquinas y sobre todos sus objetos como una marca de fábrica, a veces sustituído por "aviso" o "advertencia", frecuentes sobrenombres. "Prosperidad" es, en efecto, el seudónimo artístico de una gran dama de cemento amordazada, encadenada y mutilada, cuyas viejas galas cuelgan de su descarnada osamenta como ramas de enredadera del tejado de un castillo en ruinas; pero es también el lema que ostenta el constructor, que transmite el maestro, que sostiene al político, y que transforma las murallas en laberintos de modo que lo difícil no es ya entrar, sino hallar la salida...
Pero, ¿y el pecado, clásico ornato de la capital? El nómada acostumbraba a detenerse en ella para comer, robar, fornicar, pelear, maldecir, pavonearse y tumbarse a la bartola: ahora el hastío ha exterminado al vicio. Cuando la gula se disfraza de dieta, la avaricia de negocio, la lujuria de gimnasia, la ira de orden, la soberbia de popularidad, la envidia de política y la pereza de burocracia: ¿dónde está el atractivo? Encontrarán irrisorios los cuerpos y las faltas y pasarán de largo, ignorando los focos y los láseres que firman y rubrican el cielo, la desgarrada música de las sirenas cuyos aullidos lejanos permiten dormir a los inquietos, los jardines que, con precisión genética, florecen cada mayo, la colosal chatarra abstracta que domina las plazas -para inquietud de los héroes de bronce, como si los antiguos almirantes, generales, obispos y reyes, y también los pintores y alcaldes y poetas estuvieran a un tris de ser engullidos por las nuevas encarnaciones del caos-, las ilusiones de papel olvidadas en las descuidadas bibliotecas, el rastro de los fastos antiguos, la petrificada demencia de los monarcas que ya no entretiene a los vecinos sino un instante de paseo. Pasarán de largo despectivos, pero también enternecidos -y temerosos frente a la nueva diosa obesa que les come el camino, ante la voraz esfinge que les propone el artero acertijo: "¿por qué no paro de crecer?, ¿cual es mi alimento?"
Hubo un tiempo en que se construyó imitando el orden dictado por los dioses, obedeciendo a la matemática celeste plagada de triángulos y obediente a los círculos. Más tarde, los edificios albergaron a mártires y a santos, y se adaptaron a su idiosincrasia tomando la forma de su instrumento de tortura: cruz, rueda, parrilla. Después, los urbanistas decidieron que, pues el hombre camina en línea recta, era más conveniente cuadricular la tierra y, en las afueras del primitivo núcleo arborescente con sus ramas y radios, trazaron paralelas y perpendiculares, encerrando a los seres humanos en laberintos de enrejada exactitud. Grandes extensiones que fueron de cultivo y pastoreo se transformaron en lujosos suburbios con militares medidas de seguridad, centinelas, códigos digitales, videocámaras, barreras, santo y seña, uniformes disuasorios y pistolas automáticas...

Para el recién llegado, en cambio, la ciudad está entreabierta como las puertas en los sueños y las piernas femeninas en las fantasías de los adolescentes. La vida es una ficción súbita donde las palabras atropellan a los signos ortográficos, tropiezan con las comas y resbalan sobre los puntos y se aplastan al final de los párrafos y se despeñan al borde de las páginas y saltan sobre los dos puntos como caballos entrenados. Palabras turgentes como cánceres descodifican la monotonía sintáctica.
Nada más descender del avión, el recién llegado, como Orestes arribando a su patria, se encuentra inmerso en un teatro de sombras protagonizado por los ansiosos reporteros y las estrellas de la semana que han transformado los corredores en platós, entorpeciendo continuamente el flujo normal de pasajeros. Un grupo de ratas de aeropuerto vigilados de cerca por policías de paisano espera la epifanía de sus músicos, deportistas o actores favoritos añadiendo nueva confusión. Los taxis amarillos y azules, que se aglomeran a la salida del aeropuerto ignorando los gestos de los guardias que intentan poner orden, recuerdan a los desperdicios que obstruyen las cloacas demasiado angostas para estos tiempos de aluvión y desecho. ¿Cómo saber en qué se fijan los conductores a la hora de decidir si se detienen o pasan de largo? ¿El aspecto del viajero, el volumen de su equipaje, la decisión del gesto con el que pretende llamar su atención? Desde que se prohíbe fumar en los aviones y en el interior de los aeropuertos es frecuente ver como los viajeros, recién salidos del edificio y a pesar del frío, se detienen a encender un cigarrillo antes de dirigirse a la parada de los taxis. Es el primer gesto de toma de contacto con el suelo, ya que las terminales, con su aire acondicionado y sus reglamentos sanitarios, no son tierra todavía, sino cabinas transitorias de descompresión, trámite de obligado cumplimiento entre dos reinos metafísicamente separados. (Fuera, una fila de palomas carroñeras vigila encaramada a un alero metálico, habiendo aprendido que, de cuando en cuando, algún muchacho les arroja un puñado de frutos secos por los que pelear hasta matarse o arrancarse las patas.) Antes de unirse al grupo de los fumadores primero y a la cola de los taxis después, el recién llegado se deja guiar por los paneles parpadeantes y recoge un vulgar maletín depositado en la consigna. Ha recibido instrucciones detalladas para entregarlo en mano. Le han explicado con precisión mnemotécnica lo que debe encontrar en su interior, y le han recomendado repasar y comprobar la integridad del contenido, durante el trayecto en automóvil hasta el centro, para mayor seguridad.

Desde el sillón de su nuevo despacho, el abogado Oriol no sólo contempla la ciudad: puede sentir su resonancia, la percusión de las bandas de muchachos vestidos de negro que ensayan en garajes, el eco de los golpes de los boxeadores, el retumbar de los disparos de los asesinos. "Mis huesos son antenas de radio", imagina, atribuyendo esa recién adquirida agudeza sensorial a un efecto secundario del ansiolítico que ha ingerido por hábito después de la comida. Para corroborar el perfecto estado de sus reflejos mentales, recita para sí un poema que ha aprendido de memoria y un fragmento familiar del código civil. Pasa revista a su conducta: se ha sometido a los análisis de rigor; ha consultado, como de costumbre, a varios de sus médicos; ha visitado al masajista y pasado por el gimnasio; ha seguido, a lo largo de los últimos meses, la dieta recomendada por su fitoterapeuta... Realiza, por convención sanitaria, diez minutos de ejercicios respiratorios. Poco a poco lo han ido persuadiendo, como a todos, de que su cuerpo no es más que un frágil castillo de naipes con cimientos improbables y frágiles necesitado de constantes apuntalamientos, por lo que vive temeroso de quebrarse como el licenciado cervantino. Más allá de su cuerpo, en cambio, todo marcha como es debido, la máquina del trabajo distribuye eficazmente sus funciones, y sintiéndose parte de ella es capaz de olvidarse de sus partes intrínsecas. Mira su foto de familia, y allí se ve feliz, elemental en lugar de compuesto. Se asoma a la ventana y piensa: nosotros, nuestra ley, ponemos orden en el caos. Si por él fuera, reescribiría el mundo, le pondría una palabra en la frente, como el rabino a su golem.