El lobo "feroz"

mi versión de los hechos 

En esos tiempos, las historias de príncipes no estaban haciendo un gran favor a los hombres que no lo eran : había que ser valiente, fuerte, apuesto, noble de corazón (y de linaje) y rico. Las mujeres no querían conformarse con menos.

Era  miércoles, y se pusieron manos a la obra. Todos los miércoles, después de comer, la hija de la panadera hacía el mismo recorrido hasta la vieja cabaña. El lobo repasaba su papel antes de la puesta en escena, nervioso. Tenía que ser una bestia temible, feroz, hacerla llorar de miedo. Luego vendría su amigo Thomas, que estaba escondido detrás de un moral, y lucharía con él. El lobo se dejaría vencer y la niña volvería a casa sana y salva, en brazos del héroe.  

La caperuza roja se veía por encima de los arbustos. Llegaba su gran momento. Unos pocos pasos más, tres, cuatro… la niña se paró a coger unas flores. Vamos, vamos, no tenían todo el día. Ya seguía andando. Siete, ocho… ¡ahora!

Y el lobo saltó al sendero, con tan mala pata que tropezó con una raíz y cayó de bruces ante la niña. Se alegró enormemente de tener un pelaje tan tupido, porque la vergüenza había subido veloz hasta su cara, y eso no habría ayudado a su papel de lobo malvado.  

De todas formas, la actuación fue un completo desastre. Después de ese comienzo, el lobo se bloqueó y no hubo forma de asustarla. Habló con ella un rato, una conversación vacía, como las que se tienen con los vecinos los domingos en la iglesia. En cuanto pudo se fue de allí, cojeando, hacia el escondite de Thomas.

A pesar de las protestas de su amigo, el lobo quería volver a intentarlo. Su torpeza había estropeado el plan, pero no todo estaba perdido. La niña aún tardaría un rato en llegar a la cabaña, como todas las semanas, porque el camino era bastante más largo si se cruzaba el río por el puente, en lugar de vadearlo. Aprovecharon esta ventaja y, cuando llegaron a la puerta de la cabaña, aún no tenían muy claro lo que iban a hacer. Pero había que hacerlo rápido. 

La anciana conocía a Thomas, y salió a recibirle, con las mejillas coloradas. Le invitó a pasar, porque había hecho licor de frambuesas y quería que lo probase. Ella no parecía convencida del resultado. El lobo, desde fuera, escuchó a su amigo, que al principio intentó sacar a la mujer de la casa para dar un paseo. Ella se negó. Hablaba cada vez más raro y más despacio, y después de un par de minutos se oyeron unos ronquidos suaves. Empezaba el plan de urgencia.

El lobo no parecía terrible ni temerario con la pata entablillada, y eso era un problema grave. Lo solucionaron como pudieron: si se mostraba dulce e inocente al principio, sería más fácil asustar a la pequeña después, cuando ya estuviera más confiada. No sin risas, Thomas le ayudó a vestirse con la ropa de la dueña de la casa y corrió a esconderse en el bosque. La niña estaba a punto de llegar. El lobo podía oler el pan caliente y los bollos acercándose a la cabaña en la cestita de mimbre. 

Ella quiso entrar por sorpresa, pero él ya estaba listo. Se comportó como una tierna ancianita, hablando en falsete y arropándose con la manta hasta el hocico. ¡Si incluso parecía que le faltaban los dientes! Desde luego, aquélla fue una interpretación magistral. A pesar de todo, la pequeña sospechaba algo. Se dejó engañar durante un rato, pero después empezó a hacer preguntas extrañas, de forma inocente, para que el lobo se descubriera.

La situación se iba tensando por momentos. Ella se acercaba más con cada pregunta, dispuesta a quitarle el disfraz a la falsa anciana, y el lobo era consciente de que se le acababa el tiempo. Debía ser ahora o nunca.

-    ¡Para comerte mejor! 

Y el lobo prácticamente saltó de la cama, en el aullido más terrorífico que había salido nunca de su garganta. Tan terrorífico fue que la niña, presa del pánico, dio un traspiés hacia atrás, se dio con una silla de madera en la cabeza y cayó al suelo inconsciente. 

Thomas entró en la casa como un rayo (con pose de héroe) para salvar a la pobre damisela en apuros, y vio el panorama: el lobo, de pie en medio del cuarto, con los ojos fuera de sus órbitas y en camisón, se tapaba el hocico con las zarpas; y, tendida en el suelo, sin sentido, la niña.

Cundió el pánico. Como dos locos, corrieron de un cuarto a otro de la cabaña, en busca de algo que pudiera reanimarla. Estaban los dos en la cocina, abriendo y cerrando armaritos y cajones, cuando algo les paralizó. Habían oído un gemido de dolor. 

El lobo saltó fuera por la ventana de la cocina. El plan no podía haber salido peor. Sólo esperaba que Thomas se disculpara por los dos, porque él sólo quería quitarse aquel incómodo camisón. Escuchó a la niña despertarse, y a su amigo cuidando de ella. Tanto esfuerzo, tantos días planeándolo… Ni siquiera servía como lobo malo. Qué triste.

Entonces la niña preguntó, y Thomas empezó a contarle. Pero… ¿cómo? El lobo tuvo que cambiar de escondite para oír mejor, porque no lo podía creer. De la ventana del dormitorio salía la historia más ridícula que había escuchado en toda su vida. Tuvo que reprimir una carcajada mientras Thomas le explicaba a la niña cómo el lobo se la había comido, después de comerse a su abuela, y cómo él le había abierto la tripa mientras dormía para sacarlas a las dos. ¿Que se las había comido? ¿Sin masticarlas siquiera? Este Thomas era tan noble que no sabía ni mentir. ¿Quién iba a creerse eso? 

Pues la niña le creyó. Y fue contando la historia, cómo el lobo se las había comido a su abuela y a ella y cómo Thomas, el leñador, las había salvado, y la creyó todo el pueblo. Todos le aclamaron como un héroe, celebraron fiestas en su honor, le hicieron regalos, los niños jugaban a ser como él… Se hizo famoso en toda la comarca en muy poco tiempo.

Pero la verdad es que eso a Thomas no le importaba. Porque lo que más quería, el motivo por el que el lobo y él idearon aquel plan, lo había alcanzado cuando, con lágrimas en los ojos, la madre de la niña de la caperuza roja le había abrazado, dándole las gracias. Y debió ser entonces, con ella tan cerca, con su olor a bizcocho y a miel llenándolo todo, cuando Thomas renunció a su timidez y la pidió en matrimonio. 

Desde una colina cercana, el lobo sonrió.

 

 

-     ¡Te he hecho una pregunta!

El lobo dejó de mirar fijamente a la nada. Se estaba haciendo viejo.

-     ¿Eh? ¿Qué?

-     Que qué opinas del lobo de Caperucita.

-     Hmm. - estaba muy cansado, realmente cansado. Se estaba tan a gusto junto al fuego…

-     Dime, ¿sabes algo de él? Seguro que ese lobo sí que era una bestia salvaje.

El lobo se estiró un poco.

-     Hmm… Sí, ese lobo era el lobo más malo que he conocido. Comerse a una anciana y a una niña, qué barbaridad.

Dio un par de vueltas, renqueando de una de sus patas, y se echó al fin, al lado de la hoguera.