Aprendiendo a morir

 

“Aprender a morir es una práctica muy  profunda...   

Habéis oído hablar de Sudatta, este laico que apoyó toda su vida al Buda. Desde que escuchó hablar del Buda, enseguida se enamoró. Sudatta es mercader, hombre de negocios muy rico en la ciudad de Shravasti. Llegó a la capital Najagra para visitar a su cuñado. Habiendo oído hablar del Buda, no pudo dormir esa noche y se despertó muy pronto para visitarle. Cuando encontró al Buda, Sudatta se emocionó mucho. Le pide venir a su país para compartir la práctica y la enseñanza. El Buda acepta y envía su discípulo Shariputra a Sharavasti para preparar el terreno. Sudatta compra muy caro un parque, con muchos árboles, para hacer un monasterio para el Buda, una base de operaciones para el dharma. Sudatta es el nombre que le fue dado por sus padres, pero se le llama Anathapindika. Es una persona amada por la gente de Shravasti porque utiliza una parte importante de su herencia en socorrer a los pobres, los desheredados, los huérfanos.

Las gentes le han dado el nombre de Anathapindika, que significa: el que sostiene a los huérfanos, a los desheredados…    Anathapindika fue siempre feliz de servir a las Tres Joyas. Tenía mucho tiempo para escuchar al Buda, para apoyar a los monjes y a las monjas. Una vez, había llevado a quinientos hombres de negocios al monasterio de Jeta para que pudieran escuchar a Shariputra y al Buda. Había encontrado mucho placer en sostener al Buda, al dharma y a la sangha durante toda su vida. Fue feliz al sostener una vez más a las Tres Joyas.

    Cuando Anathapindika estaba a punto de morir, el Buda le visitó. Fue una treintena de años después de su encuentro. Todo ese tiempo, el Buda había designado a Shariputra, su discípulo principal, para cuidar de Anathapindika y viajar a pie con él, sobre todo cuando fue a localizar el terreno que debía comprar para el Buda. Fueron, pues, amigos muy íntimos. El Buda designó a Shariputra para ayudar a Anathapindika a morir de una manera feliz y apacible.

    Habiendo sabido que Anathapindika estaba a punto de morir, agonizante, Shariputra pidió a su joven hermano en el dharma, Ananda, el primo del Buda, acompañarle para hacer la colecta de la limosna y detenerse en la casa de Anathapindika. Viendo a los dos Venerables, Anathapindika decidió abandonar su lecho, pero no pudo hacerlo. Shariputra le dijo: Amigo mío, tenderos, vamos a buscar unas sillas y nos instalaremos cerca de vosotros. Cuando se sentaron, Shariputra hizo esta pregunta: Amigo Anathapindika, ¿cómo sentís vuestro cuerpo?, ¿los dolores físicos disminuyen o aumentan?

    Cuando se está a punto de morir, en efecto hay dolores en el cuerpo, quizá también dolores en el alma: la angustia, el aislamiento, la confusión. Se necesita a alguien en este momento tan importante de la vida. Es necesario que alguien está con nosotros en este momento difícil. Y Shariputra está ahí, con su joven hermano en el dharma, Ananda.

- Querido amigo, ¿cómo sentís vuestro cuerpo? Los dolores, ¿se apaciguan o aumentan?

- Venerable, los dolores de mi cuerpo no parecen apaciguarse. Aumentan siempre. Sufro cada vez más.

  Entonces, el Venerable Shariputra le dijo que era el momento de practicar la  meditación sobre las Tres Joyas. Invitó a Ananda y a Anathapindika a respirar profundamente y a concentrarse en el Buda, el dharma y la sangha. Shariputra efectuó una meditación guiada:

El Buda ha obtenido la realidad tal y como es. El Buda está completo y verdaderamente despierto. Ha conducido a la perfección la comprensión y la acción. Ha llegado a la verdadera felicidad, comprende la naturaleza del mundo, de los hombres. Es inigualable en sabiduría. Es un gran hombre. Es el maestro de los hombres y de los dioses.  Shariputra dijo estas palabras para ayudar a Anathapindika a ver claramente al Buda, lo que es verdaderamente: un ser humano que posee una gran ternura, una gran compasión, una gran felicidad y que ayuda enormemente a los seres. Enseguida llevó la meditación guiada sobre el dharma, la enseñanza que transforma, que puede aportar la paz y la transformación en el instante presente, sin esperar semanas, meses, años. Después la llevó sobre la shanga, la shanga como sostén, la sangha como protección. Fue verdaderamente una meditación guiada.


    Shariputra era una persona extremadamente inteligente, uno de los más inteligentes discípulos del Buda. Conocía perfectamente el estado en el cual se encontraba Anathapindika. Shariputra había reconocido las semillas, las simientes de felicidad en la conciencia de Anathapindika. Sabía muy bien que Anathapindika encontraba mucho placer en servir al Buda, al dharma y a la sangha. Para restablecer el equilibrio de Anathapindika, regó las semillas de felicidad que estaban en él, invitándole a concentrarse en las Tres Joyas. Y la práctica fue muy eficaz, pues tras solamente unos minutos, los dolores de Anathapindika se atenuaron mucho, y pudo por fin sonreír.

    Es una cosa maravillosa, y todos podemos aprender a hacerlo. La persona que está a punto de morir, tiene en ella las semillas del sufrimiento, pero asimismo las semillas de la felicidad. Entonces, vosotros que amáis a esta persona, reconoced las semillas de felicidad y de sufrimiento en ella. Hay que hablarle de esa cosas, tenéis que regar las simientes de felicidad de esta persona que va a partir, incluso si está en coma. Habladle, referidle las cosas que evocan esa felicidad. Es muy importante. Repito: incluso si la persona está en coma, al menos hay que hablarle. Ella escucha, la comunicación es posible.

    Un joven estudiante de Burdeos, de nacionalidad vietnamita, que supo que su mamá estaba muriendo en el sur de California, fue a su cabecera y practicó en ese sentido. Antes de su partida, la hermana Chân Không le había enseñado como hacerlo. La mamá estaba en coma y el hijo le habló largamente de cosas que en su pasado le habían causado placer. Y los médicos constataron los cambios formidables que se habían producido en ella. Nada de gemidos, nada de gritos, ella estaba apacible y despertó tras algunas horas. Fue un milagro, un milagro para él y para ella. Si sabéis como hacer para tocar las semillas de felicidad en una persona, si podéis hablarle, produciréis también vosotros este milagro.”

Thich Nath Hanh

 
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