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Vida

BREVE RELATO HISTÓRICO DE LA VIDA 
DE 
SAN PEDRO BAUTISTA 
PROTOMÁRTIR DEL JAPÓN 
Religioso Descalzo de la Orden de San Francisco y Embajador de España en el Japón. 

Por Isabel Flores de Lemus 


        

Nacimiento e Inicios en la Orden


    1545. - Son los días de la Edad de Oro. «España es un pueblo de teólogos y de soldados, que ha echado sobre sus hombros la titánica empresa de salvar con el razonamiento y con la espada la Europa latina de la nueva invasión de bárba­ros septentrionales, y, en nueva y portentosa cruzada, no por seguir a ciegas las insaciadas ambiciones de un conquistador, como las hordas de Ciro, de Alejandro o de Napoleón; no por inicua razón de Estado, ni por el tanto más cuanto de pimien­ta, canela o jenjibre, como los hebreos de nuestros días, sino por todo eso que llaman idealismos y visiones los positivistas; por el dogma de la libertad humana y de la responsabilidad moral, por su Dios y por su tradición, fué a sembrar huesos de caballeros y de mártires en las orillas del Albis, en las du­nas de Flandes y en los escollos del mar de Inglaterra...». 

    Nacen entonces en la Patria española San Pedro de Alcán­tara, «luz de las soledades de la Arrábida», que parecía «hecho de raíces de árboles», según frase de Santa Teresa; Tomás de Jesús, reformador de los Agustinos Descalzos; San Juan de Dios, «portento de caridad»; el fundador de las Escuelas Pías, San José de Calasanz, «el Job de los tiempos moder­nos»; San Ignacio, «la personificación más viva del espíritu español en su Edad de Oro», según frase de Menéndez Pelayo; y en la diócesis de Ávila, envidia del mundo entero, la sublime doctora virgen, Teresa de Jesús; su heroico compañero, místico y extático, San Juan de la Cruz, y el ínclito mártir y capitán de mártires: San Pedro Bautista. 

    A sesenta y seis kilómetros de la ciudad de Ávila, asomán­dose a un hermoso valle denominado El Barranco, está el pueblo de San Esteban del Valle. Aquí nace, el 29 de junio de 1545, San Pedro Bautista, hijo de Pedro Blázquez Herrero y de María Blázquez. Muy niño aún se entretiene en sus jue­gos haciendo cruces con palitos y, congregando a otros pequeñuelos, los lleva en procesión por el pueblo, cantando el Gloria Patri

    Como diera muestras de muy grande ingenio, le envía su padre a Mombeltrán, donde aprende Latín y Cosmografía. Después vuelve a Oropesa a continuar sus estudios en el Co­legio que allí tenían los Padres de la Compañía de Jesús, y lue­go a Ávila, donde estudió música y sirvió en la Catedral, du­rante dos años, como niño de coro. 

    Por el año 1560 envíale su padre a Salamanca, donde estu­dia Filosofía y Teología durante seis años, con gran aprovecha­miento, y, sintiendo la llamada al sacerdocio, se ordena de diácono en Ávila. 

    Mas Pedro, ansioso de darse plenamente a Dios, ingresa en la Orden de San Francisco, recientemente reformada por San Pedro de Alcántara, y profesa en el convento de Arenas el día 24 de junio de 1568, tomando el sobrenombre de Bautista. 

    Fray Pedro Bautista es hombre de grande ciencia, y por ello, hacia el año 1573, los superiores le mandan al convento de Peñaranda a explicar Filosofía.

    Sus dotes de prudencia y de gobierno mueven a sus prela­dos a nombrarle guardián del convento de Cardillejo, junto a Fontiveros; de allí marcha a Toledo con el cargo de predicador conventual, y más tarde, allá por el año 1579, es nombrado guardián del convento de Mérida. Pero Fray Pedro necesitaba un campo más vasto.


Las Misiones


    Fray Pedro se sentía español, es decir, misionero, apóstol y, aprovechando la ocasión de ser enviados unos hermanos su­yos de hábito para pasar a Méjico y de allí a Filipinas, pide y consigue que le alisten con ellos. 

    En mayo de 1581 salen treinta y dos franciscanos camino de Sevilla, donde embarcan rumbo a Méjico.

    Permanece el futuro mártir cerca de tres años en las tierras de Nueva España, dedicado no solo al bien espiritual de los españoles allí residentes, síno que también haciendo con frecuen­cia excursiones, a veces con gran peligro para su vida, en busca de indios que convertir.

    En los primeros meses del año 1584 los superiores le or­denan pasar a Filipinas, nombrándole Comisario Visitador de la Custodia de San Gregorio, que la Orden Franciscana tenía en aquellas islas. Embarca nuestro misionero en Acapulco con sus compañeros y llegan a Manila en junio de dicho año.

    Era entonces Manila una pequeña ciudad de ochenta veci­nos dentro de las murallas; pero alrededor vivían muchas fa­milias tagalas, más una guarnición de doscientos soldados.

    Gobernaba las islas D. Santiago de Vera y ocupaba la sede episcopal fray Domingo de Salazar, de la Orden de Predicadores.

    Agustinos, franciscanos y jesuítas ejercían su ministerio re­ligioso. Solo había una parroquia: la Catedral.


Fray Pedro Bautista en Manila (1584-1593)


    Durante dos años fray Pedro estudia con afán la lengua ta­gala y se dedica a la predicación y visita de las cristiandades.

    El 23 de septiembre de 1586 se celebra nuevo Capítulo y es unánimemente elegido Custodio, es decir, Vicecomisario.

    En la primavera del año siguiente recibe en la Orden a un joven llamado Gonzalo García. Este conocía muy bien la len­gua japonesa y como hubiese ya muchos de esta nacionalidad en Manila, compadecido fray Pedro los tomó a su cargo y for­mó de ellos una feligresía en Dilao, próximo a Manila.

    El 25 de agosto del 1587 llegan a Manila los primeros religiosos dominicos y, mientras dispusieron de casa en que vi­vir, fray Pedro Bautista los hospedó fraternalmente en su con­vento de San Francisco, llamado de Santa María de los Ange­les.

    Al año siguiente, hallándose fray Pedro falto de religiosos para atender a sus misiones, escribe al Rey D. Felipe II la si­guiente carta:

    «Jesús sea siempre en el ánima de V. Majestad. Los hijos a ninguna parte pueden acudir mejor para remediar sus nece­sidades que a sus padres. V. Majestad es nuestro padre, nues­tro patrón y defensor, y ansí, como a tal, acudimos confiados que en todo hallaremos remedio. Por tener ya noticias V. Ma­jestad del fruto que nuestros religiosos hacen en la conversión de las almas, no escribo acerca dello; mas deseando que esta santa obra vaya adelante, y nuestro estado no vuelva atrás, pues de nuestro aprovechamiento depende el de las almas que se convierten, me compele a suplicar y pedir humildemente a V. Majestad nos mande proveer de frailes descalzos de nues­tra provincia de San Josef; y si de otras vinieren, que sean recoletos, celosos de nuestra perfección y competentemente letrados, porque por falta dellos viven desconsolados los que están, por no haber tanta ayuda como se requiere aún en lo ya comenzado a convertir, y que no se podría dejar sin muy notable pérdida de las almas. Esto es lo que todos nuestros hermanos desean, y yo en nombre dellos suplico a V. Majes­tad para augmento de nuestra sagrada religión y desta nueva iglesia; y para este efecto fueron enviados el año pasado dos religiosos hermanos nuestros, porque apenas pasa acá gente a quien se pueda dar el hábito para este fin de la conversión. Nuestro Señor guarde a V. Majestad. Fecha en Luzón, del convento de Santa María de los Angeles de Manila, a 27 de junio de 1588.—Fr. Pedro Baptista, Custodio».

    Esta carta muestra claramente el criterio que fray Pedro tenía del misionero: sabio y santo.

Primeras fundaciones


    
El año de 1590 fundó fray Pedro el convento de San Fran­cisco del Monte, en un lugar desierto, a una legua de Manila, y un pequeño hospital próximo a la laguna de Bay, al pie de una fuente de aguas termales que halló al visitar a los cristia­nos de aquellos lugares. A mediados del 1591 fundó otro hos­pital en Cavite, a petición de sus moradores.

    La magna empresa evangelizadora de la Orden Franciscana en Filipinas adquiere tal volumen, que en 1591, por un Breve de Sixto V, la Custodia queda erigida en Provincia.


Fray Pedro Bautista es elegido embajador de España en el Japón


    La Misión que fundara San Francisco Javier en el año 1549 crecía cultivada por apóstoles de varios países y con el apoyo manifiesto de Portugal. A San Francisco Javier sucedió en la prelacía el P. Cosme de Torres; a éste, el P. Francisco Cabial, y en 1582, el P. Pedro Gómez, español. En este mismo año moría Nobunanga, y un general suyo se apoderó violentamente de los treinta Reinos de su señor. Fué benévolo con la reli­gión cristiana hasta el año 1587, en que, irritado contra los Padres Jesuítas, «por ciertas ocasiones que él se ha tomado o le han dado», como escribía Fray Pedro Bautista al Rey el 23 de junio de 1590, lanzó edicto de destierro contra los misioneros y prohibió que en el Japón se predicase la ley de Cristo.

    Salieron del Japón tres o cuatro Padres; los demás, unos treinta, se quedaron ocultos, casi todos en Nagasaki y lugares comarcanos, y desde entonces anduvieron disfrazados de bonzos. Con esto languideció aquella cristiandad, hasta el punto que muchos catecúmenos volvieron a sus idolatrías. Así, en tan triste estado, continuó la Iglesia en el Japón.

    Por el Breve de 28 de enero de 1585, el Papa Gregorio XIII decretó que tan solo Jesuitas podían evangelizar el Japón. Mas la mies era mucha para solo los hijos de San Ignacio. Providencialmente arribaron al Puerto de Firando dos frailes Descalzos, los cuales estuvieron en el Japón dos meses, dejando tras sí una estela de santidad que motivaron en los cristianos japoneses el deseo de retenerlos con ellos.

    A fines de aquel año comienzan a llegar a Manila cartas de señores cristianos y aún del Viceprovincial de la Compañía de Jesús, Padre Coello, dirigidas al señor Obispo, al Gobernador y al Custodio de los Franciscanos, en que piden que envíe allá frailes descalzos para ayudar a los Jesuitas en el cultivo de aquella viña. Todo lo cual consta en tres cartas a Felipe II: una del Padre Plasencia, del 18 de junio de 1585; otra de D. San­tiago de Vera, el 26 de junio de 1586; otra de Fray Pedro Bautista, de 23 de junio de 1590.

    Mas los deseos que en Manila tienen de enviar religiosos españoles queda paralizado por el Breve antes citado. Siguen llegando cartas y recados verbales que del Japón vienen urgiendo el envío de franciscanos españoles.

    A primeros de junio de 1890, los japoneses cristianos que estaban en Manila acuden al Obispo para que acceda a sus deseos, alegando la necesidad en que se hallan a causa del destierro de los jesuitas. Reúne el Obispo a los religiosos, y se determina que es bien socorrer tantas almas, no obstante el Breve del Papa, que se había dado en el supuesto de que los jesuitas gozaban de libertad en el Japón; mas D. Gómez dos Mariñas, el nuevo Gobernador, no se atrevió a resolver nada.

    Considerando fray Pedro Bautista todas estas cosas, escribe al Rey una hermosa carta, fechada el 23 de junio, en que le cuenta todo lo ocurrido y le suplica alcance del Papa la revocación expresa de dicho Breve, del cual dice que las razones en que se funda «son muy frívolas y de poca fuerza», y que se entiende lo dio el Papa «muy mal informado», y, finalmente, que «es para destrucción y no edificación». Y esta era la verdad, como luego declaró Paulo V al revocarlo el año 1608. Esta revocación expresa era necesaria para desarmar a los que opinaban lo contrario, mas implícitamente el Breve estaba ya revocado—como escribe fray Pedro Bautista en. 4 de -octubre de 1596—por Sixto V en el Breve de erección de la Provincia de San Gregorio de Filipinas (15 de noviembre de 1586), en que da facultad a los franciscanos para predicar y fundar conventos en todas aquellas regiones, excepto en Mala­ca, Cochinchina y Siam, y además confirma otro de Paulo III, en que les da licencia para predicar en las cuatro partes del mundo.

    Consta, pues, que fray Pedro Bautista, no obstante el Breve de Gregorio XIII, fué al Japón investido de autoridad legítima por el Sumo Pontífice, autoridad confirmada por muchos teó­logos y por Pío IX en la Bula de Canonización.

    Cambacu, engreído con sus victorias, pensó en conquistar la China, y así manda a Corea un ejército de 300.000 hom­bres a principios de 1592; teniendo noticia de que sería muy fácil hacer tributarios a los de las Islas Filipinas, despachó para Manila al japonés Faranda Kyemón con una carta para el Gobernador.

    Faranda, a quien Cambacu no había dado credencial de embajador, no se atrevió a ir a Manila; pero envió a un sobrino suyo cristiano, llamado Gaspar, y él se quedó en un puerto del Japón. Llega Gaspar a Manila, y traducida la carta de Cambacu por el lego fray Gonzalo, la presentó al Gobernador. Aquél pedía nada menos que ser reconocido por señor de Filipinas, amenazando con enviar sus ejércitos para destruir y asolar aquella tierra.

    Inquietóse Manila con tales amenazas, de suerte que don Gómez determina enviar al Japón al P. Dominico Juan Cobo con un presente y otra carta muy atenta y muy prudente en que ofrece amistad y trato, sin decir palabra de sumisión o reconocimiento. Acompañando al P. Cobo va el seglar Lope de Llano, y ambos salen para el Japón el 7 de julio. El embajador Gaspar queda en Manila, y cuentan que cada día iba al convento de San Francisco a importunar pidiendo frailes para el Japón.

    Llegados a Meaco (hoy Kioto) los embajadores y acompañados de Faranda, dieron su embajada a Cambacu, que había tomado el título de Taicosama, quien los recibió bien y respondió en buenos términos a la carta del Gobernador, según escribió el P. Cobo en carta del 29 de octubre, en la cual, instado por los cristianos japoneses, pedía diez frailes descalzos, y el primero de ellos fray Pedro Bautista. Esta carta llegó a Manila, pero los embajadores se perdieron en el camino con todos los despachos de Taicosama y no se supo más de ellos.

    En abril de 1593 vino Faranda a Manila diciendo que era embajador de Taico, pero sin ninguna credencial, porque, según dijo, las traía todas el P. Cobo.

    Pasados unos días, y en vista de que el Gobernador no se resolvía, por no creer prudente fiarse de solo el dicho de Faranda, éste presentó al Gobernador un memorial en que pedía los mismos diez religiosos que el P. Cobo nombraba, alegando estas razones: primera, que en Japón había mucha falta de misioneros; segunda, que Taico gustaría de ver allá hombres de vida austera. Y añadía: «En nombre de mi Rey me obligo a que serán bien recibidos y tratados, y que no se les hará molestia alguna».

    El Gobernador, después de honda reflexión y de tratarlo con el Provincial fray Pablo de Jesús, determinó enviar por embajador al padre fray Pedro Bautista y darle por compañeros al padre fray Bartolomé Ruiz, al lego fray Gonzalo, como intérprete, y a fray Francisco de la Parrilla, fraile muy santo y que ya sabía algo de la lengua japonesa. El 20 de mayo dio el Gobernador a fray Pedro la credencial de «Embajador» y el Provincial la patente de «Comisario» o Superior Mayor. Con la misma fecha escribió D. Gómez una prudentísima carta a Taicosama, en que, después de hablarle de la embajada anterior, le dice: «Ahora, para salir de toda confusión y duda, envío al padre fray Pedro Baptista, que es Padre muy grave y de mucha sustancia y calidad, y con quien yo me aconsejo de las cosas más importantes a mi Rey, y es el consuelo de toda esta república... Y va con facultad de mi parte para aceptar y asentar la paz y amistad que en vuestro Real nombre me ofrece y pide Faranda, con toda seguridad, entretanto que el Rey mi señor es avisado de esto y me ordene lo que se ha de hacer, y espero que todo sucederá muy a vuestro gusto, procuraré yo dároslo en cuanto fuere de mi parte».



La Embajada


    Dispuestas todas las cosas de la embajada, zarpan de Manila el domingo día 30 mayo: los dos Padres en el navío del portugués Pedro González de Carvajal; los dos legos, con Faranda en un navío japonés. La travesía es borrascosa: el navío de Carvajal arriba a Firando el 8 de julio; el otro a Nagasaki, diez días después.

    El P. Pedro Gómez, Viceprovincial de la Compañía, así como le dieron la nueva de la llegada del embajador, le envió con un Padre la bienvenida y un obsequio de gallinas, pan y frutas; agradeciólo fray Pedro, añadiendo que, «de buena gana iría a saludar a los Padres si no fuese porque allí era costumbre que los embajadores no visitasen a nadie antes que al Rey».

    Taico, que residía en Nagoya, envió un mayordomo suyo llamado Funger con dos navíos para que llevase los embajadores y en este lugar estuvieron encerrados en una casa un mes, hasta que llegaron los otros frailes. Llegados éstos, se dispuso el presente que traían, que era un caballo, un espejo, algunos vestidos y espadas de Castilla y dos gatos de Algalia.

    Los introductores Faranda y Funger, por dar más contento a Taico, dijeron que aquel presente era poco y que se habían de añadir mil pesos en oro. Negóse a esto fray Pedro, porque no pareciese que se daba el dinero como tributo.

    Cuando entran en la estancia regia, ya está allí colocado el presente y, contra la voluntad de fray Pedro, un intérprete japonés en medio. Fray Pedro le entrega la carta de D. Gómez.

    El Emperador, sin haber leído la carta, comienza diciendo que los de Luzón han de hacer su voluntad y que si no enviará un ejército contra Manila. El intérprete se levanta asus­tado y dice a los embajadores: «Obedezcan, obedezcan». Entonces fray Pedro, que ha aleccionado muy bien a fray Gon­zalo, ordena a éste que se adelante y pida licencia para hablar.

    Y de tal suerte (o hace, qué muy pronto amansa la ira de Taicosama. Dícele entre otras muchas cosas, que según había dicho Faranda en Manila, Su Alteza no pedía obediencia, sino amistad y que ésta vienen a ofrecerle y la guardarán con toda fidelidad; que obediencia no damos sino a Dios y a nuestro Rey, y que para confirmación de la amistad quedarán los cuatro religiosos en su reino y le quieren tener por padre.

    Taico responde que está satisfecho con ello y que quiere ser amigo de los españoles.

    Obséquiales con cha o té. Y juguetea con el cordón de fray Pedro y habla familiarmente con fray Gonzalo, a quien ya conoce, preguntándole muchas cosas del Rey de España y de los frailes. Todos quedan admirados de ver la excelente impresión que Taico ha sacado de los franciscanos, precisamente en el momento en que está más airado contra los jesuitas.

    La Providencia de Dios guiaba todo a sus fines.

    Además de la amistad establecida entre Manila y Japón, tuvo la embajada de fray Pedro dos frutos muy apreciables.

    El primero le manifiesta el mismo fray Pedro en carta al Provincial, diciendo: «Ha sido muy grande el aliento y consuelo que los cristianos han recibido con nuestra llegada».

    El segundo fue la revocación del edicto de destierro de los Padres jesuitas, como escribe fray Pedro al Gobernador de Manila el 7 de enero siguiente, con estas palabras: «De muchas personas principales que tratan con este Rey hemos oído que una licencia que ha dado a los Padres de la Compañía para estar en el Japón, aunque no para predicar la Ley de Dios, que se la dio por amor de nosotros. El concedérsela, cierto sabemos que después que nosotros vinimos acá, se la concedió, porque luego nos avisó un padre dellos dándonos la buena nueva, con lo cual no están poco contentos».

    De la declaración de Pablo Ungasavara, fervoroso cristiano y nieto del primer japonés bautizado por el insigne apóstol San Francisco Javier, copiamos estas frases: «Los Padres de San Francisco han puesto paz y amistad entre el Emperador y los dichos Padres de la Compañía; y los templos que estaban caídos y derribados se van levantando y reedificando, y haciendo otros de nuevo... Y si ellos (los frailes) salieron de allí (Japón), tiene este testigo por cosa cierta que el Emperador volverá a hacer lo que hizo, y perseguir a los cristianos; y esto lo sabe este testigo por lo que ha visto por vista de ojos».

    Proféticas resultaron estas palabras, que los hechos ratificaron veinte meses después. Fray Pedro, conseguida la respuesta a su embajada, despachó al capitán Carvajal para Manila en enero de 1594. Con ella y varias cartas partió, llegando con tan buenas nuevas en el mes de abril.

Fundaciones en Meaco y Nagasaki (1594-96)

    Aposentó Fulgen en su casa a los frailes lo mejor que pudo, y dábales de comer con la renta que Taicosama había señalado. Mas aquélla no era a propósito para vivir según su Regla, ni para atender a la conversión de las almas. Por ello deseaban vivamente tener casa propia con iglesia.

    No lograban que los allegados del Emperador le hablasen, por lo que determinaron dirigirse a él, en la calle, un día al salir de Palacio. Van al encuentro de Taicosama fray Pedro, fray Gonzalo y León.

    El Emperador los acoge benévolamente y accede a su peti­ción, despidiéndolos con frases afectuosas. El mismo día orde­na que les den y señalen sitio a gusto de fray Pedro, el cual eligió «un lugar que se llama Foricava, lindo sitio y que antiguamente fué de bonzos».

Con limosnas que dan los cristianos y aún algunos gentiles y con la prestación personal comienza fray Pedro las obras de la iglesia y convento. "Todos—dicen ellos mismos en una declaración—aunque pobres, servimos a la obra, hasta que, gloria a Dios, se acabó. Y estamos aposentados (fines de 1595) junto al convento de los Padres, y allí vivimos en nuestras po­bres casas alrededor del convento, deseando servirles en todo que nos mandaren, porque entendemos servir a Jesucristo, y esto con mucha alegría».

    El día 4 de octubre se bendice la nueva iglesia de Nuestra Señora de los Angeles y se celebra la primera misa. El día 13 del mismo mes fray Pedro escribe al gobernador de Manila, y después de darle cuenta de la buena acogida que Taico ha­bía dispensado a la embajada que ha enviado nuevamente, le dice: «Ya tenemos un convento pobre, de madera y cañas y barro, con su iglesia, aquí en Meaco, en un lindo sitio que el Rey nos dio... Queremos hacer un hospital junto a nuestra casa, para que en él nos ejercitemos los que aquí estamos, cu­rándoles las almas y los cuerpos. Hannos dicho que el Rey es amigo de pobres y que gustará mucho de que lo tengamos (el hospital), y para conversión de los gentiles nos dicen será de gran efecto... Para esos (enfermos) y pobres nos han dado li­cencia de bautizar, como lo hacemos secretamente, lo cual se puede muy bien hacer».

    Las comunicaciones entre Meaco y Manila eran muy difíci­les, no habiendo casa en Nagasaki, emporio del comercio del Japón con Manila y Macao. Conociendo esto fray Pedro Bau­tista, partió para Nagasaki, no sin haber dejado antes estableci­da en Meaco la Orden Tercera de San Francisco para los cris­tianos que la pidieron.

    Obstáculos inesperados impiden a fray Pedro su fundación. Reacciona el Santo frente a ellos, y en una carta escrita a quienes dudaban de sus facultades para evangelizar el Japón, protesta que está allí «con licencia de Dios y del Papa, y con la del Rey Don Felipe, y de Taicosama, emperador del Japón, y con la de Foin, gobernador de Meaco».

    Aparentemente cesa la contradicción, pero no logra fundar. Magnífica prueba de la santidad de fray Pedro, que purificado por la que su paisana «la Santa» llama la prueba de los justos, se deshace en muestras de caridad hacia aquellos mismos a quienes cree obstaculizadores de su labor.

    En Meaco tenían ya un «hospital con muchos pobres, que no caben de pies; cúranles las almas y los cuerpos, predi­cándoles públicamente, sin que nadie ponga estorbo. Acude infinita gente de gentíos (gentiles) a ver lo que pasa, y están muy espantados, teniendo por gente santa a los cristianos; conviértense muchos viendo tan santa obra»; así escribía fray Pedro al Provincial, y en declaración espontánea, los pobres leprosos de los dos hospitales (pues tuvieron que construir otro inmediato al de Santa Ana) dicen: "El año siguiente que los frailes de San Francisco vinieron al Japón, viendo por las calles y por todas las varelas (o mo­nasterios) de bonzos y por debajo (al pie) de las paredes a nos­otros, pobres llagados y leprosos, hombres, mujeres y niños, unos que estaban muriendo sin remedio de almas ni cuerpos; otros sin tener a dónde nos albergar, sino que a las aguas, nie­ves y heladas nos estábamos, hubieron lástima de nosotros, mi­sericordia y compasión, y para remediarnos nos han hecho dos hospitales, con apartamiento de hombres y mujeres, y nos ad­ministran bien del cuerpo, lavándonos, vistiéndonos, enterrán­donos; y del alma, bautizándonos y enseñándonos la doctrina cristiana, por lo cual pedimos misericordia, la cual jamás hubo de nosotros en el Japón; y así, por todos los grados tiene a todo el mundo espantado, porque todos los que lo ven, como espantados, dicen: «En Japón, padre con hijo ni hijo con padre ni madre no hace esto», pues antes, cuando está alguno por algún tiempo enfermo, lo cortan o lo echan al río o a la calle, por lo cual pedimos con lágrimas y suplicamos que no solamente estos padres no se vayan, mas que antes, para nues­tro consuelo, se multipliquen en el Japón.—Los pobres enfer­mos y leprosos de los hospitales de San José y Santa Ana, que son ochenta».

    Se hizo una escuela junto al convento para enseñar a los ni­ños, con el afán de quitarlos a los bonzos, y con tal motivo hubieron de sufrir los misioneros grandes contrariedades. Así florecía esta cristiandad, resucitada de la muerte a la vida con la entrada y trabajos apostólicos de fray Pedro Bau­tista. Mas como ya estaba dorada la mies, el Señor dispuso elevarla a los graneros del cielo.



Aurora del martirio

    
El día 12 de julio de 1596 había salido de Filipinas para Méjico el navio español San Felipe, en el que iban 233 pasa­jeros, entre ellos un religioso dominico, cuatro agustinos y dos franciscanos. Casi deshecho por las tempestades y el oleaje, arribó el 19 de octubre al puerto de Urando, en el cual, a poco de sacar a la playa el cargamento de sedas que llevaba, se abrió el barco y quedó hundido.

    El general del galeón, D. Matías de Landecho, envió tres de los naufragos con un buen presente para Taicosama y cartas para nuestro embajador, fray Pedro Bautista, a fin de que éste presidiese aquella embajada y pidiese al emperador permiso para disponer otro navio y llevarse el cargamento sin que na­die les hiciese mal.

    Llegados a Osaka, fray Pedro Bautista, que allí se hallaba, se vino con ellos a Fujimi, e inmediatamente escribe a Landecho dándole esperanza de buen despacho «porque el Rey me dió a mí—dice—una carta sellada el primer año (1593) para que seguramente pudieran todos los castellanos venir a su reino, sin que por mar ni por tierra se les hiciese algún agravio». Después, como cumplido y perfecto diplomático, fray Pedro encarga a Landecho dé a Chokosabe muchas gracias en nombre suyo (lo que era tanto como dárselas en nombre de España), por el buen acogimiento que había hecho a los náufragos españoles.

    Mucho mejor hubiera deseado fray Pedro tratar el asunto con el virrey Guenifoin, que tanto favorecía a los frailes; mas porque no se turbase el negocio, según él mismo dijo, y se enojasen los gobernadores, determinó tratarlo con Masuda, según mandaba el gobernador de Urando; y a los secre­tarios de Guenifoin les pasó aviso diciendo «que manifestasen a su señor la causa por qué no acudía primero a él; pero que después le visitaría y le llevaría un presente".

    Pasma la prudencia y habilidad diplomática de San Pedro Bautista. La delicadeza y el tino con que en todos los momen­tos de su difícil embajada se produce.

    No había engañado a nuestro embajador su recelo de Masuda. Este indispone a Taicosama y logra de él la orden de con­fiscar la hacienda del galeón.

    Fray Pedro, siempre en su puesto, despacha inmediatamente para Urando a fray Juan, y él, con el español Cristóbal de Mercado, se fué a Meaco a tratar con Guenifoin el negocio. Todo en vano.

    Las intrigas de japoneses y portugueses consiguieron lo que desde hacía tanto tiempo se proponían. El día 6 de diciembre Taicosama ordenó que los frailes fuesen arrestados con guar­dia para que no escapasen. Cuatro religiosos franciscanos había en el conventito de Belén de Osaka. En Meaco también son arrestados el día de la Inmaculada. Fray Pedro Bautista determina bautizar aquella noche a todos los enfermos infieles que hay en los hospitales. Mientras tanto, otros dos religiosos confiesan a todos los cristianos que pueden durante toda la noche.

    De una carta de fray Pedro a fray Martín copiamos: «Una hora antes de que amaneciese dije yo misa y la oyeron muchos cristianos y comulgué a todos nuestros hermanos (los frailes y los terciarios) y a otros muchos cristianos de los que habíamos confesado aquella noche».

    «Y mandé al hermano fray Gonzalo les hiciese una plática para que los animase a no tornar atrás; mas que estuviesen aparejados a padecer por Cristo. A lo cual ellos respondieron muy enteros que deseaban tener cien vidas para darlas todas por aquel Señor que dió en la Cruz la suya por ellos».

    El fervor que se apodera de los cristianos de Meaco, Osaka y todos sus contornos parece cosa increible. A millares acuden hombres, mujeres y niños al olor del perfume del martirio o a inscribirse en las listas que Taicosama ha mandado hacer de to­dos los cristianos. Tantos fueron, que los gobernadores de Meaco creen prudente disuadir a Taico de la intención que tie­ne de matarlos a todos, pues entre ellos se encuentran dos hi­jos del virrey Guenifoin y otras personas de alta categoría.

    Aquí también se cumplió lo dicho siglos ha por Juliano el Apóstata: «que los cristianos volarían al martirio como las abejas al colmenar».

    Fray Pedro Bautista, el 18 de diciembre, escribe: «Nuestros cristianos me tienen robado el corazón por ver el ánimo y pe­cho que tienen para morir por Cristo, y de otras partes vinie­ron a morir con éstos, sabiendo que los habían condenado a muerte ».

    Jibunojo, hombre reposado, juzgaba mejor desterrar a los cristianos que darles muerte, y por ello intentaba lograr de Taicosama que revocase la orden.

    En esta incertidumbre permanecen hasta fin de diciembre. El día 28 escribe fray Pedro a fray Martín: «Gloria a la majestad divina. Hemos celebrado la santa Navidad del Mijo de Dios con mucha alegría espiritual. Entonamos las vísperas y hubo inciensos; a los cristianos dieron licencia solamente para estar en el patio de la iglesia, y desde allí oyeron las vísperas y los maitines y misa del gallo, al frío y helada para mayor corona. Vino mucha cantidad de ellos; entonamos el invitatorio, himno, lecciones y misa y las laudes, y a todo es­tuvieron padeciendo harto frío. Entonóse también la misa del alba, porque lo pidieron los cristianos, y tuvimos en un altar un pobrecito portal, y hubo coplas a nuestro modo".

    Los últimos diez días del mes tuvo fray Pedro frecuentísimo trato por cartas con los frailes y los españoles náufragos del galeón San Felipe.

    Había obtenido Landecho permiso para presentarse a Taicosama con el fin de deshacer las calumnias dichas contra los españoles. Pero la licencia había sido condicionada por Masuda a que Landecho saliera de Urando ocho días después que él, con el fin, claro es, de indisponer a Taicosama en contra de los españoles.

    La tempestad también se puso en contra de España, y un viaje que normalmente duraba cinco días duró diecinueve. En vista de ello, Landecho envió en un fune o barco ligero a fray Juan con un cristiano japonés llamado Pedro, los cuales llega­ron a Osaka hacia el 16 de diciembre, fecha en que ya estaban presos los religiosos, y por ello no pudo refugiarse en el con­vento. Y así, envió con Pedro a Meaco una carta suya, otras del General y un memorial para que fray Pedro Bautista lo mandase traducir al japonés.

    El embajador, siempre en su puesto, contesta con fecha 23 del mismo mes a fray Juan, diciéndole que ya estaban traduci­dos los dichos documentos y la carta de Landecho, y, dándole instrucciones sobre el modo y forma cómo el General ha de presentarse al Emperador, aunque claramente le da a entender que todo está perdido. Preso y condenado a muerte, hasta últi­ma hora estuvo fray Pedro trabajando en favor de los pobres náufragos, con deseo de hacer cuanto humanamente pudiese. Embajador de España, es decir, protector de los intereses de los españoles, amparo de sus vidas; prototipo de los represen­tantes de la Patria.

    Aún el día 30, en carta a Landecho, escribe: «Mucho hol­garía concediese el Rey licencia para que yo y el hermano fray Gonzalo le hablásemos en presencia de vuestra merced; pero entiendo que no ha de querer, porque la verdad le ha de des­lumbrar y avergonzar. El Señor le mueva para que a vuestra merced dé buen despacho".

    Cuando Landecho y los suyos llegan a Osaka nada saben de la prisión y sentencia de los frailes. Mas apenas llegados, un mayordomo de Chokosabe les notifica que es inútil querer valerse de fray Pedro Bautista, porque el Emperador tiene presos a todos los frailes para crucificarlos.

    ¡Dolorosa sorpresa para aquellos españoles que en su emba­jador tienen puesta su esperanza! Pero como hijos de España reaccionan: «Nos confesamos—escribe uno de ellos—y a la misa del gallo comulgamos. Pasamos aquella noche y otro día hablando y a ratos llorando con el bendito padre (fray Martín) y con sus japoneses cristianos, y como hombres que solo trata­ban de ponerse bien con Dios por el peligro que veíamos a los ojos; todos nos despedimos allí unos de otros, pidiéndonos per­dón con hartas lágrimas, rogando a Nuestro Señor nos diese salvación a las almas.

    Chokosabe les había concedido licencia para ir a la iglesita de Belén, conducidos entre soldados, y de la misma manera volvieron a su encierro.

    Consultado fray Pedro Bautista sobre la conveniencia de que fray Jerónimo bajase a Nagasaki a interesar en favor de los españoles al capitán de la nave portuguesa, respondió nuestro santo, el día 28, a los tres religiosos de Osaka, dicien­do: «El hermano fray Jerónimo puede ir a Nagasaki, ya que el General lo pide (Landecho), aunque entiendo fuera muy acer­tado dilatar la partida hasta ver el despacho del Rey; pero si todavía quisiere que vaya luego, vaya con la bendición de Dios y la mía, y esté allí hasta que yo avise lo que ha de ser, si no nos crucifican primero, que por amor de Cristo eso es lo que deseo. El hermano fray Juan se vuelva a Manila a dar cuenta a nuestro hermano Provincial de lo que acá pasa... Los pobres de los hospitales tampoco los dejan salir; no sé qué han de co­mer si dura esta prisión. De lo que a nosotros nos dan me han pedido limosna; no me pesa sino porque no tengo un buen gol­pe de arroz para gastar con ellos; aunque, bendito sea Dios, los cristianos han acudido a hacernos limosna en esta prisión mejor que antes... Encomiéndenos al Señor, que acá lo hare­mos por todos muy en particular, y se dice cada día la letanía, y por todos esos señores del navio. Nuestro Señor les dé su divino Espíritu».

    Varias cartas más escribió fray Pedro Bautista. La última dirigida a fray Juan Pobre, el 1 de enero de 1597, fiesta de la Circuncisión, en la que dice: «Morir por Cristo es merced muy grande a Dios... Hoy comenzó nuestro Capitán a derramar su sangre. ¡Oh, si nosotros la derramásemos por su amor!».

    
Estas cartas son vivísimo reflejo del modo de ser genuinamente español de San Pedro Bautista: fe inconmovible, caridad inagotable, serenidad sin jactancia.

El martirio

    
Resuelto Taicosama a no conceder audiencia a los españoles y dar muerte a los frailes, el 29 de diciembre, domingo, dicta sentencia por la que condena a los religiosos y a los cristianos a morir en cruz, después de cortarles las orejas y narices y pasearlos a la vergüenza por las ciudades principales del con­torno.

    A fray Martín y los tres que con él estaban los trasladaron a Meaco. El mismo día van los corregidores de esta ciudad al convento de San Francisco, donde fray Pedro y sus frailes esta­ban rezando vísperas. Al ver llegar a los que han de prender­les dejan el rezo. Fray Pedro, cogiendo un crucifijo que había en el coro, lo suspende del pecho, y, juntos todos los de la casa, se entregan en manos de aquellos agentes de la injusticia.

    Salen de la iglesia en fila, maniatados, cantando los religio­sos el himno O gloriosa virginum. A un gentil se le ocurre coger una cruz que hay en la iglesia, y con ella levantada en alto se pone a la cabeza de aquella procesión, diciendo que como los cristianos adoraban la cruz, quería llevarles su Dios delante.

    El cristiano Cosme Joya nos dice lo siguiente: "De manera que de Usaka y Meaco fueron los padres y japoneses presos veinticuatro, los cuales estaban en la cárcel con grandísimo consuelo y alegría, hablando entre sí cosas santas y cantando alabanzas a Dios; y el contento y consuelo que tenían no se puede comparar con ninguna cosa de este mundo. Y aquella noche los padres se ocuparon en exhortar y predicar a los cris­tianos los misterios de la sagrada pasión y muerte de Cristo; y oyendo los circunstantes estas cosas a los padres no podían contenerse las lágrimas».

    De las penalidades y torturas que sufrieron los mártires nos dice fray Jerónimo: «El martirio de nuestros santos fué el martirio más célebre que debe haber habido ha muchos siglos, pues desde Meaco hasta Nagasaki, que son más de ciento y tantas leguas, los trajeron martirizando con infinitos trabajos».

    Después de haberles cortado una oreja, «afrentas y cárceles en Meaco, Osaka y Sacay, veintisiete días caminando al aire y al agua, al frío y a la nieve, desabrigados, comiendo mal, dur­miendo en el suelo o sobre una estera, ateridos de frío si iban a caballo, desfallecidos si caminaban a pie por el cansancio y las llagas de los pies y piernas».

    Los soldados los trataban con crueldad, azotándoles si no caminaban tan de prisa como a ellos les parecía, y sobre todo a fray Pedro, que, por más mortificación, caminaba casi siem­pre a pie. Tan duros eran que un día dijo a los sayones: «Mi­radme por los ojos, no me los quebreis, porque pueda andar a pie; en lo demás del cuerpo dad cuantos golpes quisiéredes, que tanto más os lo agradeceré».

    Aquel camino doloroso de los mártires fué como un pregón del Evangelio: «Ha sido bien solemne nuestra muerte—dice en una carta fray Martín—pues por todos los pueblos que hemos pasado y en que hemos posado queda predicado el santísimo nombre de Dios».

    Esto hizo exclamar a un bonzo: «No parece sino que el Rey, con su sentencia, ha mandado predicar la ley cristiana por todo su reino»

    Meaco, Sacay, Osaka, Hiogo, Akashi, Himejo, Catabe, Fukuyama, Hiroshima, Otake, Tokuyama, Shimonoseki, Akame, Facata, Karatsu, Sonogi, Tokitsu y Nagasaki, otras tantas esta­ciones de aquella calle de la Amargura de seiscientos kilóme­tros.

    En el primer descanso que les dieron escribió fray Pedro una carta muy larga a fray Jerónimo, que había quedado en Osaka escondido. En esta carta, que pudiéramos llamar el tes­tamento de fray Pedro, le manda que se quede en Japón, al igual que en otra anterior, en la que «le daba toda su autoridad». Le consuela con estas palabras: «No consiste nuestra perfección en servir a Dios en lo que nosotros que­remos servirle, sino en lo que Su Divina Majestad quiere que le sirvamos. (Aquí alude al deseo de fray Jerónimo de presentarse para ser también crucificado). Sigue con el en­cargo de que si a los cristianos de Meaco los matasen (él temía que así sucediese), fuese allá a confesarlos, animarlos y exhortarlos, como buen pastor que expone la vida por sus ovejas, y que aunque se quite el hábito, si así lo estimase con­veniente, con todo eso, si le prendieren para martirizarle, vuel­va a ponérselo, «porque a la hora de la muerte no conviene en ninguna manera encubrirse».

    En otro descanso escribió una carta al Provincial de Manila «con el fin de que haga pagar a Cosme Joya la cantidad de ciento cuatro taes que éste le había prestado en noviembre pa­sado para un presente que había tenido que ofrecer a un señor que intercediera por el buen despacho del negocio del galeón y que él no había podido satisfacer».

    Diplomático insigne, protector de los intereses de sus com­patriotas, fray Pedro contrae una deuda, y, en vísperas de su muerte, no se olvida de pagarla.

    Por ser altamente edificante, copiamos a continuación una carta del niño Tomé, dirigida a su madre, que fray Marcelo de Ribadeneira, compañero de los mártires, ha conservado; dice así:

    «Con la gracia del Señor escribiré esta carta. En la sentencia está escrito que nos crucifiquen en Nagasaki... De mí y de Mi­guel, mi padre, no tenga usted ninguna pena, porque allá os esperamos en el Paraíso. Y aunque en la hora de vuestra muer­te no tengais padre con quien os confeseis, tened grande arre­pentimiento de vuestros pecados, con mucha devoción. Y con­siderad los muchos beneficios que habeis recibido de Jesucristo Nuestro Señor. Y porque las cosas del mundo luego se acaban, aunque vengais a ser pobre y mendigar, procurad de no per­der la gloria del Paraíso y sufrid con mucha paciencia y amor cualesquiera cosas que los hombres dijeren contra vos. Y mi­rad que es muy necesario que Mancio y Felipe, mis hermanos, no vayan a las manos de los gentiles. Yo os encomiendo a Dios, y lo mismo pido, y que me encomendeis todos a Su Di­vina Majestad. Vuélvoos a encomendar que es cosa muy necesaria que tengais siempre arrepentimiento de vuestros pecados porque Adán (según oí decir a los padres) se salvó por la contricción que de los suyos tuvo, y así sereis vos justificada por la de los vuestros, cuando no haya padre con quien confesaros. Dios sea con vos». 

    Sobre la colina en que fray Pedro Bautista parece que tenía puesto todo su amor y en ella pensaba fundar su convento cuando estuvo en Nagasaki, sobre este Calvario se habían erigido veintiseis cruces.

    Cerca de las once de la mañana del día 5 de febrero de 1597 llegan al lugar del sacrificio los mártires. De dos en dos, ma­niatados, con sogas a las gargantas, con un letrero que declara sus nombres, asido cada uno de dos sayones, rodeados de gen­te armada, y delante de todos la sentencia de muerte, que reza así: «Habiendo prohibido el Emperador años ha la Ley que enseñan los padres, éstos, que se dicen embajadores de los Luzones y residen en la corte, predican dicha Ley. Por tanto, ellos y los que se han hecho de su Ley son condenados, los cuales son entre todos veinticuatro; los crucificareis en Nagasaki. Y porque Su Majestad prohibe de nuevo para en ade­lante y con mayor rigor esta Ley, sabedlo y hacedlo que se guarde rigurosamente este mandato. Y si alguien contraviniere a este mandato, será castigado con pena de muerte él y toda su generación. Día 20 de la undécima luna, el primer año de la Edad Keicho».

    Venía el primero fray Gonzalo; el último, fray Pedro Bautis­ta, dando largos pasos, con ánimo que asombraba a quien le veía. Los mártires subieron al calvario cantando el Benedictus Dominus Deus Israel.

    «Era cosa de ver—escribe Bernardino de Avila—la gente que se había juntado a ver esto jamás visto en Japón de matar extranjeros, y más religiosos..., y unos procuraban llegar mien­tras apaleaban a los otros, y con andar muchos ministros con bastones y lanzas, no se podían averiguar con ellos.

    "Acabados de hacer los hoyos, fueron poniendo enfrente de cada uno una cruz; hecho esto, fueron llegando los santos padescientes cada uno a su cruz, a la cual hora fué tanto el estruendo de voces, lloros, sollozos y gemidos de todos los presentes, que retumbaban muy lejos de allí..., y todo era un doloroso grito. Comenzáronlos a desatar y nosotros a llegarnos a los santos y pedirles la bendición, y ellos que los encomen­dásemos a Dios».

    Para cada mártir hay tres o cuatro sayones, y así muy en seguida quedan todos fijados a las cruces con cinco argollas de hierro: una a la garganta, dos a las muñecas y dos a los tobi­llos. Algunos testigos de vista declararon que fray Pedro Bau­tista, apuntando con el dedo en la palma de la mano, dijo al verdugo: «Enclava aquí, hermano", en su afán de asemejarse más al Divino Maestro.

    Espectáculo conmovedor la fila de cruces que ocupa una longitud de 70 metros, y en ellas, con los brazos extendidos como queriendo abrazar todo lo que desde aquella altura se domina, veintiseis mártires por Cristo. Están colocados miran­do a la ciudad, cara al Mediodía, en este orden, de Oriente a Poniente: Francisco Cayo, Cosme Takeya, Pedro Sukeshiro, Miguel Kosaki, Diego Kisay, Pablo Miki, Pablo Ibarki, Juan de Goto, Luisito, de doce años; Antoñito, de trece.

    A continuación los frailes: Fray Pedro Bautista, embajador y comisario; fray Martín de la Ascensión, fray Felipe de Jesús, fray Gonzalo García, fray Francisco Blanco, fray Francisco de San Miguel.

    Los diez japoneses eran: Matías, el cocinero; León Karatsuma, Ventura, el niño Tomé Kosaki, Joaquín, cocinero en Osa­ka; Francisco Kichi, médico; Tomé Danki, Juan Kizuya, Ga­briel Duisko, Pablo Suzuki.

    «El Santo Comisario (dice fray Jerónimo), como comenza­ron a alancear a los que estaban a su mano derecha, les iba echando, como podía, la bendición desde la cruz.

    
»El último fué fray Pedro Bautista, veintiseis veces mártir, pues que las lanzas que atravesaron el pecho de sus hijos le traspasaron el alma». Al llegar a él los verdugos, escribe fray Jerónimo, «cerrando los ojos, apretó un poco los labios con el dolor de la herida; pero dicen todos los que presentes se ha­llaron que no parecía sino que estaba transportado y absorto en Dios... Pero los cristianos, viendo que todavía estaba vivo con la primera lanzada, rogaron que le diesen otra porque expirase pronto; tanta pena les daba ver enclavado y en tor­mento a un hombre que paresce no tenía par en el mundo».

    Dice Bernardino de Avila: «Dió el alma al Señor y quedó de la mesma manera, con los ojos y rostro en el Cielo. Aquí fué el llanto, aquí los sollozos, aquí las lágrimas de todos y hasta del mesmo juez, que volvió las espaldas a ellos por no ver tanta crueldad. Cincuenta y dos arroyos de sangre comen­zaron a correr de los santos mártires, de los cuales cogieron los portugueses y algunos japoneses, que a trueco de muchas bas­tonadas se metían por entre los mesmos sayones, y con paños cogían la sangre que podían, revuelta con muchas lágrimas».



Embajador de Cristo y de la Patria

    
En un testimonio que dio el Obispo en 16 de noviembre del mismo año del mar­tirio, da cuenta de su visita a los mártires y dice así: «Y de allí a dos horas o tres, yéndolos a ver ya muer­tos en las cruces, los vi en ellas puestos con las lanzadas por los pechos y su san­gre aún fresca, y a ellos de tan buen semblante y los ros­tros tan angélicos, que más parecían hombres que estaban durmiendo o eleva­dos en contemplación que muertos, y vi a los portugueses y cristianos llevarles los vestidos con mucha devoción por reli­quias y la sangre y las uñas de los pies; y los cristianos de la tierra venir a visitar­los de muy lejos, y esto por espacio de muchos días. Lo cual todo testifica claramente la santidad y bienaventuranza de su muerte. Yo yo, por lo que vi en la tabla sentencia, sin duda tengo que fueron muertos por nuestra santa fe católica como valerosos caballeros de Cristo».

    Landecho, al divulgarse la noticia de la llegada al lugar de la ejecución de los mártires, no quiso ni asomarse, porque dice: «Movido de ver que no tenía más de cuatro españoles en su compañía y que no podía estorbar una justicia tan injusta como aquella, pareciéndome que era afrenta de la nación española vello y no remediallo, no fui allá ni consentí que ninguno de mis compañeros los fuese a ver». Y añade en otra carta: «Ni pudiera yo acabarlo conmigo; antes me dejara matar que sufrillo».

    Así, con su muerte, selló fray Pedro Bautista la credencial de Embajador de la España Católica y la patente de Comisario de la Provincia franciscana de San Gregorio de Filipinas.

Glorificación

    
El 14 de septiembre de 1627 el Papa Urbano VIII beatificó a los mártires, con gran júbilo de la cristiandad.

    En Manila, por decreto del Cabildo del año 1629, fueron los mártires declarados patronos de segunda clase.

    El día 8 de junio de 1862, ante 216 Jerarquías Eclesiásti­cas, la Iglesia Católica proclamaba ante el mundo la Bula de Canonización de fray Pedro Bautista.

    La Sagrada Congregación de Ritos, en decreto referente a la causa de los 205 mártires del Japón beatificados en 1867, hace constar que el fruto de la canonización de los 26 mártires fué excepcional y extraordinario.

    En 1887 León XIII creó en el Japón cuatro Diócesis con sus Obispos y, por entonces, se erigió la iglesia en Nagasaki, en el mismo lugar del martirio.



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