Salir de los armarios
 

Dice Anónimo que el mundo está lleno de personas con miedo a encontrarse, y que disimulan lo que sienten en realidad.

 Gran tema, el del miedo.

Miedo al juicio, a la crítica, al menosprecio por tener deseos poco “normales”.

Miedo de los padres y del profesorado de que la educación despierte las ganas de tener sexo de los adolescentes

Miedo del profesorado a las reacciones de las familias.

Miedo a pasar vergüenza hablando de sexualidad, a no saber, a hacer el ridículo...

Miedo de los chicos a no “dar la talla”.

Miedo de las chicas a defraudar a sus chicos, a ser unas “estrechas” o unas “abiertas”...

Miedo a ser diferentes...

 Si uno es diferente, se lo tiene que currar, decíamos en el anterior post. La cuestión es que todos somos diferentes y que nos empeñamos en comportarnos de la misma manera porque los miedos y el modelo sexual hegemónico nos presionan:

 El sexo es sinónimo de coito heterosexual. Una alumna me comenta, haciendo el gesto típico de quedarse a dos velas, que ella y su chico no tienen sexualidad. Le pregunto qué quiere decir y me explica que lo que no tienen son relaciones coitales.

 El sexo gay es sinónimo de penetración anal. Otra alumna me habla de un amigo que no se atreve a probar esta práctica con su chica por si le gusta; porque entonces eso significará que es homosexual.

 El sexo lesbiano es sinónimo de (?). Una alumna me cuenta que a su chico no le da celos que ella se bese con chicas; pero no soportaría que lo hiciera con otros chicos. Es curioso, pero el sexo entre mujeres está integrado en las fantasías masculinas heterosexuales y no se toma muy seriamente. No da miedo.  

 Volvamos a la pregunta inicial: “¿Cómo puedo saber a que me gustan las mujeres?”

La respuesta es fácil: ¡probando! Desde el deseo, desde las ganas, desde la apetencia, desde la curiosidad... nunca desde la obligación o la imposición o el deber. Y tampoco porque es “el lo que hay que hacer” o porque es lo “normal”.  ¡¡¡Y eso vale para cualquier deseo!!!

 ¡Es muy fácil de decir! Podéis contestarme. ¡Pero mi vida se volverá del revés si la gente se entera que soy homosexual!

 Efectivamente, las personas heterosexuales suelen minimizar las consecuencias que tiene “salir del armario”. A menudo dicen que una persona no tiene por qué hablar de su vida privada; sin embargo, constantemente, están saliendo del armario heterosexual al hablar de la mujer, del marido, del novio, de los hijos, etc.

 Lo miremos por donde lo miremos, no hay ninguna diferencia entre desear y hacer el amor con personas del mismo o del otro sexo, pero en cambio, declarar-se homosexual pone en marcha todo un conjunto de reacciones que no siempre son responsabilidad de uno mismo. Nunca he visto a una pareja de chicos o de chicas darse un beso en el instituto. Tampoco he visto a dos profes, ni a dos conserjes, ni a dos padres... El bullying homofóbico está desgraciadamente vivo, en contextos adolescentes y en contextos adultos. Y es normal que las personas tengan miedos.

 Pocos alumnos se atreven a cuestionar el matrimonio homosexual; pero aún muchos discuten sobre la aptitud de las parejas del mismo sexo para tener hijos, alegando la preocupación por la discriminación que sufrirá la descendencia, seguramente de gente como ellos.

 Hay personas valientes que abren caminos públicos y otros que solo los abren en la intimidad. Hay quien da charlas en los institutos denunciando la homofòbia. Hay hombres igualitarios que ríen las gracias de los machistas porque no se atreven a salir de su armario particular. Hay chicas adolescentes que osan decir a sus novios lo que no les gusta y piden lo que quieren, y otras que con quince años ya fingen los orgasmos. Hay chicos que no piensan que el sexo dependa de sus erecciones y otros que no se ponen el preservativo porque no se les pone dura.

El modelo sexual hegemónico en nuestra sociedad es heterosexual y sexista, no lo olvidemos, y aún queda mucho camino por recorrer. Pero no es un camino que deban hacer solo las personas homosexuales. Conocerse y conocer, descubrirse y descubrir, gozar con nosotros mismos o con los otros... es un regalo que nos ofrece la sexualidad, un presente aromático, perfumado y dulce; pero que demasiado veces estropeamos por abrirlo con prisas, por desear el regalo del vecino, por compararnos con otro sin apreciar las virtudes del nuestro, por haberlo dejado en el cubo de la basura y descubrir, cuando intentamos recuperarlo, que está podrido y que contamina nuestra vida y la de nuestro alrededor.

Rosa Sanchis