Masculinidad y violencia (2)
 

La masculinidad tóxica (1)

La masculinidad es como una cebolla, dice O. Guasch: no hay nada debajo -solo una serie de capas en forma de rituales, palabras, significados...-, pero hace llorar. La masculinidad forma parte de un relato mítico que ofrece a los hombres la promesa del reconocimiento social, siempre que cumplan las normas de género. “Sé un hombre y todo esto será tuyo”; pero nadie explica el precio que se deberá pagar, un precio que no solamente pagarán los hombres “de verdad” sino todos los de alrededor.

El primer tributo será paradójicamente la imposibilidad de llorar. Los hombres no lloran les dicen a los chicos desde muy pequeños. Los varones son presionados para que repriman sus sentimientos de miedo y de dolor, pero también los de amor y cuidado, porque si se dejan llevar por las emociones, se parecerán demasiado a esas personitas a las que a menudo se viste de rosa para que no parezcan chicos. Y ya lo dijimos en el anterior post: la masculinidad tóxica parte de tres negaciones: no ser un niño, no ser una mujer y no amar a otros varones.

La represión emocional es también un tipo de violencia. Una violencia que la masculinidad tradicional ejerce también de tres maneras:

Violencia contra un mismo

Violencia contra otros varones

Violencia contra las mujeres

En la violencia contra un mismo podemos encontrar maneras de actuar típicamente masculinas: las peleas, los hábitos alimenticios poco saludables, el consumo excesivo de alcohol o de otras drogas, la temeridad, las prácticas de riesgo sexual (no ponerse el preservativo), etc. En definitiva, la sensación de invulnerabilidad lleva a exponerse (y exponer a los de alrededor) a peligros, sin reflexionar ni medir las consecuencias.

En la violencia contra los otros varones está presente el aprendizaje del sometimiento y de la jerarquía. Aunque los varones, ante las mujeres, dan muestras de hombría constantemente, no son ellas las que conceden el aprobado en la asignatura de la masculinidad, sino los otros varones. Y la jerarquía no se cuestiona, porque existe el sueño de ser algún día el amo.

Hace un par de cursos presencié en el pasillo de mi instituto una escena curiosa. Un alumno de primero de Bachillerato tenía cogido de los hombros a un pequeño de primero de la ESO. La actitud no era de excesiva violencia, pero un corro de chicos coreaba y animaba el encuentro. El chaval grande reía porque la desigualdad era evidente; con la mano estirada, el pequeño no lo podía ni tocar. Lo más sorprendente del caso fue el comentario del de la ESO:

-¡Maricón, que llevas una camiseta rosa!

A pesar del insulto, el grande continuó riendo y le soltó. El pequeño, orgulloso de su contraataque, volvió hacia la clase. Pero en su interior quedó una pequeña herida que ahora que ya es de los mayores del instituto se encarga de curar ejerciendo su autoridad delante de los más pequeños y de los iguales. También con su chica.

Michael Kaufman explica que los chicos crecen entre las peleas y la brutalidad y para sobrevivir hay que aceptar e interiorizar la violencia como una norma natural de conducta.

¡Y si no respondes con violencia y te dejas, serás un cobarde!

(continuarà)

Rosa Sanchis

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