Leocracia


Leo está esperando que la visite el médico, mejor dicho, la médica. Sentada en la sala, llena de mujeres de todas las edades y un jubilado a su lado, mira un póster donde el médico ausculta a una mujer de unos sesenta años, como ella. La verdad es que no entiende por qué dicen “médicos” o por qué aparece un hombre en la foto, si en el ambulatorio del barrio solo hay mujeres.

La suya no tiene pinta de doctora. Nunca lleva bata, solo el fonendo colgando del cuello, un pírcing en la ceja y las mismas camisetas que le gusta ponerse a su Filo, que parece que la tuvo hace cuatro días y ya va a cuarto de ESO. Lo de la pequeña fue una jugarreta de la fortuna. Y sobre todo de su marido. A Antonio nunca le han gustado los condones y a ella no le caían bien las pastillas. A los 45, y con dos hijos ya criados y casaderos, se quedó embarazada. Tal vez fue la casualidad o las hormonas, que dicen que te las quitan, pero las ganas de hacerlo empezaron a irse a medida que su vientre se iba hinchando. El nacimiento de Filo no cambió nada, le multiplicó el trabajo por mil, aunque ella siguió cumpliendo todos los sábados, religiosamente, y algún que otro extra cuando Antonio llegaba a casa contento. Todo sin alegría, como una obligación.

¡Leocracia Sinaliento, pase!, gritó la doctora. Y a Leo la pilló por sorpresa y sin haberse preparado cómo se lo diría. Estuvo a punto de darle el turno al abuelo de al lado, pero en aquel momento entró su cuñada en el ambulatorio y, por miedo a que le preguntara el motivo de la visita, abrió la puerta de la consulta y se coló como un ladrón.

Quince años son muchos años, le dijo Leo a la doctora. No es que antes fuera maravilloso. Yo no he sentido nunca eso que les pasa a algunas en las películas. Y si lo hubiese sentido, tenga usted claro que no habría gritado, que no hace falta ser tan exagerada ni parecer una cualquiera. Mi Antonio tampoco es que sea muy delicado. Él me da un beso en la boca, las manos en los pechos y enseguida ala... Pero a mí me gusta que mi marido me quiera.

Leo se quedó callada como si el resto de palabras que llevaba en la cabeza hubieran desaparecido de repente y la doctora siguió mirándola, esperando, mientras intentaba adivinar dónde quería ir a parar su estimada y ocupadísima paciente, a quien visitaba desde hacía quince años, y que solo acudía a la consulta cuando le pasaba algo realmente grave. ¿Estaría enfermo Antonio? No, él se lo habría dicho. O puede que no. Leo siempre cuidaba de todos “sus hombres” como llamaba ella al marido y a los hijos. Antonio había ido al ambulatorio hacía dos semanas y, casi en secreto, le había pedido la Viagra. No le diga nada a mi mujer, que ella se disgustará. Es más joven que yo y es normal que tenga más ganas. Yo no quiero fallarle ni que se busque a otro más tierno que yo.

La enfermera llamó a la puerta para comentar sobre otra paciente y Leo tragó saliva. Me han dicho que hay unos parches de hormonas que te devuelven las ganas. ¿Me los podría usted recetar?

Rosa Sanchis


Articulos recomendados:

Anna Freixas: LA SEXUALIDAD: UN GÉISER DE FELICIDAD, A TODAS LAS EDADES. (sexualidad en la vejez)

Teresa Forcades: LOS CRÍMENES DE LAS GRANDES COMPAÑIAS FARMACÉUTICAS     (medicalización de la sexualidad)

O las entradas de Karici.es

¿Química farmacéutica o química corporal?

El cos de les dones és un camp de batalla (en castellano)

Torneu-nos els nostres cossos (en castellano)


La peli es un fragmento de La vida empieza hoy (Laura Mañá, 2010), fresca, divertida y muy recomendable.


Comments