La masculinidad tóxica (1)
 

En pleno siglo XXI sufrimos una especie de miopía que nos hace pensar que la igualdad está conseguida por obra y gracia del Hada Constitución. Ésta, con su varita mágica, y el artículo 14, nos dice que somos iguales y que no podemos ser discriminados por este motivo.

¡Hágase la igualdad! dice el Hada. Y nosotros nos lo creemos, lo tomamos como un hecho –y no como un objetivo y nos quedamos parados, confiando en sus poderes extraordinarios. ¡En la escuela no se discrimina!, dicen algunas. ¡En mi empresa, tampoco! dicen otros. ¡Yo en casa ayudo a mi mujer! comenta un marido “igualitario”.

¡Pero, ay, aún queda camino por recorrer! El patriarcado es una enorme y poderosa fábrica de educar personas que ha deslocalizado sus negocios en lugares invisibles para los ojos de las democracias occidentales; sin embargo ha estado y es tan contaminante que nos ha dejado una buena cantidad de residuos. Los nombres que dan a estos desperdicios las científicas (feministas) que los han estudiado escrupulosamente son: machismo, sexismo y androcentrismo.

Volveré en otro post sobre los residuos contaminantes del patriarcado, porque ahora quiero seguir con la descripción detallada de otra fuente de contaminación de las relaciones y de la convivencia: la masculinidad tradicional o, en palabras de Sergio Sinay, la masculinidad tóxica.

Es difícil, en un mundo tan cambiante como el nuestro, encontrar la propia identidad, saber qué y cómo queremos ser y relacionarnos. A veces puede resultar más fácil saber lo que no queremos ser, y en eso la identidad masculina parece tener sobrada experiencia. Para el sociólogo Óscar Guasch, la masculinidad tóxica se articula a partir de tres negaciones:

          No soy un niño

          No soy una mujer

          No quiero a otros hombres

Seguro que habréis visto ejemplos a vuestro alrededor que muestran como se presiona a los niños varones, desde muy pequeños, para que salgan de las faldas de sus madres, para que se diviertan con juegos “masculinos” y competitivos donde demuestren su valentía y fortaleza, para que escondan sus sentimientos y sus miedos porque los chicos no lloran, etc.

Todo esto va configurando un modelo de personalidad y de hombre autosuficiente, que tiene que ser independiente –materialmente y emocionalmente, ambicioso, competitivo, egocéntrico y exitoso. El psicólogo Luis Bonino –y fijaos que estoy citando a científicos varones estudiosos de la contaminación patriarcal –, dice que este modelo de autosuficiencia crea la fantasía de la invulnerabilidad, es decir, el menosprecio del peligro y la conducta heroica, prepotente a veces y caldo de cultivo de la violencia muchas otras.

Porque, claro, la masculinidad tóxica, ya la hemos dicho, es competitiva y, además, belicosa. La violencia es el medio de conseguir hacerse un lugar en los campos de batalla de la escuela y de la calle. La fuerza se debe probar y uno tiene que entrenar en serio en de broma, mediante el “juego”.

¡¡¡¡Plas!!!! Alguien por el pasillo del instituto te da una collleja que casi te tira al suelo. Un profesor lo ha visto y pregunta qué pasa. ¡No pasa nada: es mi colega!, contesta el manoslargas. ¡Y ya está!, ¡una prueba más superada en la asignatura de la masculinidad tóxica!

¿Qué nota tienes tú en esta asignatura?


(continuará) 

Rosa Sanchis