La pareja perfecta

Corto "UNA HISTORIA DE AMOR”. Guión, dirección y montaje Envideas. Produce Asecedi. Subvencionado por el Ministerio de Sanidad. 2008. (Guía didáctica: http://www.asecedi.org/docs/guia%20didactica.pdf)

Para Virgi, Juan y Lucía eran la pareja perfecta.

Todas las parejas son “perfectas” cuando empiezan, hasta que la fantasía amorosa se ajusta con la realidad. Y la realidad se concreta en la cotidianidad de la relación, en un contexto amoroso que va cambiando de significado y al cual, los dos miembros de la relación pueden dar un sentido totalmente distinto. El enfoque narrativo-constructivo puede darnos mucha información sobre el modo en que (co)construimos nuestra realidad personal y social.

El corto empieza cuando Lucía y Juan vuelven de una fiesta. Ella lo ha pasado bien pero él, no. El contexto parece el mismo, pero sus percepciones son muy diferentes porque cada una de las personas ha seleccionado una parte de los elementos y les ha dado significado. Según Juan, Lucía ha tonteado con todo el mundo. Después, en el chat, de sus palabras podemos deducir qué otros significados ha dado a la situación vivida: a) ella hace “siempre” lo que quiere; b) ella quiere destacar (ser la “puta diva”), y c) ella lo ha dejado en ridículo.

Si interpretamos el modo de actuar de Juan según el modelo interpretativo que nos propone la unidad, Juan lo cumple a rajatabla. Tiene un patrón rígido de masculinidad y de pareja. Entiende la relación como posesión y de manera jerárquica, por lo que se atribuye mayor poder decisorio. Y, aunque no formula explícitamente su demanda, Juan espera que Lucía permanezca en un segundo lugar, que se sacrifique para que él sea el que brille.

Un productor ha mostrado interés por el trabajo de Lucía, pero ella quiere compartirlo con Juan y le pide que lleve también una maqueta suya. En cambio, Juan no solo no “ve” lo que hace Lucía por él, sino que no soporta que finalmente sea ella la que tenga éxito y, la imposibilidad de reconocer su vulnerabilidad, acaba convirtiéndose en violencia. Su identidad personal se ha visto amenazada y la inseguridad aflora. El “tener que hacer y demostrar poder”, prescindiendo de las propias emociones, sentimientos y necesidades afectivas, no le permite experimentar vulnerabilidad y este estado emocional le lleva a perder el control de la relación y a intentar retomarlo mediante la violencia. Finalmente, el insulto es el camino para devaluar a Lucía y poder así hacerle daño, sin culpa.

La conducta de Lucía ha provocado en Juan el sentimiento de ser relegado, poco valorado y rechazado. Lo que ella siente no tiene ningún valor para él. Su “normalidad” se ha quebrado y Juan quiere volver a recuperarla mediante el uso de la fuerza y la amenaza de colgar un vídeo en internet. Juan cree tener derecho a imponer su voluntad, al igual que la mayoría de chicos tradicionales, que anteponen sus intereses, opiniones y deseos a los de su pareja.

A veces, la demostración de poder pasa por la amenaza de ruptura, una manera más de demostrar “una fortaleza que creen tener pero que no tienen, puesto que dieron por hecho que era consustancial a su naturaleza masculina y no se esforzaron en reflexionar sobre ella” (Moreno y Sastre).

Para Juan, el conflicto no radica en su violencia, sino en ella, que cuestiona su autoridad y le priva de ejercer y demostrar poder. Si él se mantiene en su autoafirmación, y ella acepta el chantaje, el vínculo se convertirá en una relación de domino-sumisión. Si ella no acata sus demandas, volverán los sentimientos de inseguridad, la confusión, los celos… Y vemos a Juan cómo le exige a Lucía que no lo deje. Y se lo está diciendo en un desesperado intento de demostrar su poder, pero al mismo tiempo está mostrando su vulnerabilidad.

Que los celos sean aceptados como naturales e incontrolables en nuestra cultura, y además señal de amor, no ayuda en nada al protagonista de esta historia. Los celos parecen ser como la sal de la comida, aunque en realidad el efecto es el de ponerle sal al café. Poco se habla de las malas compañías de los celos: la desconfianza, la posesión, la exclusividad, la inseguridad.... Susana Velázquez, (Violencias cotidianas, violencias de género, 2003) desgrana los elementos constitutivos de los celos, que poco tienen que ver con la idealización amorosa del modelo tradicional.

  •          Deseo de exclusividad y de privilegio (envidia, rivalidad)
  •         Deseo de ser el preferido (dolor, humillación de la exclusión)
  •         No tolerancia a que la persona amada elija a otras personas (necesidad de compararse)
  •         Vivencia de estar en peligro (desconfianza y sufrimiento)

Juan está sintiendo todo esto. Pero no sabe qué hacer con ello.

¿Y qué pasa con Lucía?

Ella ruega, suplica, quiere aclarar las cosas hablando. También desea que se restablezca el equilibrio y le pide consejo a su amiga. ¡Qué bueno sería que Juan tuviera un amigo con el que compartir! Lucía no sabe si coger el teléfono y nosotrxs, observadores, tenemos ganas de gritarle que no lo haga, que lo deje, que la violencia de Juan es una señal y no debe ponerse en peligro. Pero Lucía duda: ¿Llamará Juan para disculparse? ¿Le dirá que estaba nervioso?, ¿que se había fumado unos petas?, ¿que la quiere con locura y no soporta que nadie más que él la mire? ¿Le dirá que al productor solo le interesaban sus tetas y no su música? ¿Le propondrá hacer una maqueta juntos e intentarlo en otra parte?, ¿le dirá que no puede vivir sin ella?

No lo sabemos pero lo intuimos. Imaginamos que a la tempestad le seguirá la calma. Y el perdón. Porque éste tiene, para Lucía y para las mujeres en general, la ventaja de “permitirles cumplir con algunos ideales que, agrupados bajo el epígrafe del amor, la cultura deposita en las mujeres. Entre estos ideales se encuentran el ser objeto de la pasión del otro, garante de la conservación del vínculo, y sujeto cuyos deseos de ayudar y apoyar a su pareja le llevan a priorizar los intereses del partenaire por encima de los propios; sujeto que se sacrifica, y minimiza la violencia de la que es objeto. Todos estos ideales son subterfugios que la cultura ofrece a las mujeres para que se acojan a la ilusión de que la jerarquía entre los sexos no les impide participar en la creación del vínculo, en igualdad con sus compañeros.” (Moreno y Sastre: Cómo construir universos. Amor, cooperación y conflictos.)

Pero nosotrxs sabemos que es mentira, que no hay igualdad sino engaño. Los “te quiero” y los “te necesito” son el interruptor que activa la función de cuidadoras de las mujeres, roles que hacen que nos sintamos necesitadas y valoradas, aún a costa de las propias necesidades personales. Y si lo que deseamos es que la pareja nos reconozca como iguales, queda claro que con la imposición lo que Juan consigue es obediencia, nunca reconocimiento.

¿Es posible enseñarle a Juan que lo que puede ganar con una relación igualitaria es infinitamente superior a lo que le ofrece el poder?

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