El cuerpo (1 y 2)
 

“¡Tanta bici para esto!” me dijo un compañero del instituto cuando me “pilló” mojando el pan en el tomate frito que quedaba en el plato. Tenía la boca llena y no me dio tiempo a preguntarle la relación entre ir a trabajar en bicicleta y almorzar. ¡Y eso que no vio la longaniza y las dos lonchas de bacón que no hacía ni cinco minutos acompañaban la salsa! Una profesora que observaba la situación salió en mi “defensa”: “¡A ver si una no puede hacerse un regalo un día!” Y lo dijo como si almorzar fuera una excepción.

 Una hora más tarde, puse un ejemplo en clase y hablé de mi coche y un alumno comentó sorprendido: “¿Tienes coche y vas en bicicleta?” No es la primera vez que me lo preguntan, sin embargo, por más vueltas que le doy, no sé cuál es la explicación que menos me desagrada: si ser una hippie contraria a los motores contaminantes, ser una pobrecita que no se puede comprar coche o usar la bici para adelgazar. ¡Claro, las tres son falsas! pero los comentarios me han hecho pensar.

Cada día, las personas en general, y las mujeres en particular, nos vemos sometidas al bombardeo constante de mensajes sobre nuestra apariencia y nuestro cuerpo. Estos no vienen solamente de la publicidad. ¡No hay comida donde las mujeres no hablen de los kilos o del peso! Algunas series de moda se hacen eco de los problemas de las adolescentes y presentan chicas con anorexia o bulimia, o sufriendo insultos por estar regordetas. Y para acabarlo de arreglar, las revistas dirigidas al público femenino de todas las edades presentan infinitud de dietas para conseguir el cuerpo que nos convertirá en “mujeres irresistibles”.

¿Eres una chica que se cuida? El culto al cuerpo es señal de cuidado personal y jóvenes y mayores tenemos bien aprendida la lección. Por ejemplo, una chica que no se depila las axilas es una “guarra”. ¿Se trata solo de una superficial obsesión estética? La sociología nos enseña que no, que la cultura del cuerpo no tiene nada de superficial, sino que responde a la necesidad de los miembros de toda sociedad de autorregularse para poder integrarse socialmente. El cuerpo es clave porque expresa nuestra capacidad de autocontrol y nuestro estilo de vida. Para la socióloga Patricia Soley-Beltran: “aprender a controlar el cuerpo y su aspecto exterior es la primera escuela de corporización simbólica de la identidad y de la conducta que rige a todos los miembros de la sociedad.”

Nuestra identidad ha pasado de estar basada en la familia a la que pertenecíamos o al grupo profesional, a la apariencia del cuerpo; y eso hace que nos sintamos responsables de buscar nuestra identidad y de expresarla mediante el cuerpo y el aspecto. La moda es la “industria que suministra identidades prefabricadas que se venden como estilos de vida” y por eso “la identificación del ser con la superficie visible del cuerpo permite a éste actuar como una percha donde colgar estos estilos de vida.” (P. Soley-Beltran)

¡Pero yo me visto como quiero! Dicen a menudo las personas adolescentes. ¡Libertad! Gran palabra. Decía Nietzsche que la finalidad de la educación es poner en el mundo personas más libres. Pero la libertad no es un concepto estático, sino que aumenta o disminuye según cómo actuemos. A veces los mayores pensamos que la juventud es más libre: “¡Si yo hubiese tenido las oportunidades, la información... que vosotros tenéis ahora!”. Pero no es tan fácil la cosa: la información se debe convertir en conocimiento, y la libertad ha de ganarse cada día.

 La máxima de la modernidad es: “Hazte a ti mismo”. Por eso nuestro cuerpo se ha convertido en un producto social sobre el que hacer un trabajo, que no siempre es voluntario. Las nuevas tecnologías del cuerpo (productos de estética, gimnasios, dietas, viagras, operaciones de estética...) han pasado a ser agentes culturales que facilitan la normativización del cuerpo para adecuarse a los estándares. Sònia Reverter apunta que las nuevas tecnologías son discursos dominantes de la identidad de género que regulan, controlan y vigilan, y exigen, además, una considerable inversión de tiempo, dinero y energía.

Efectivamente, hemos ampliado el territorio de la juventud facilitándoles la vida (mayor libertad de horarios, bienestar material, caprichos...), pero debemos darles sobre todo los medios intelectuales, afectivos y relacionales para que puedan ejercer su libertad con responsabilidad y ser ellos mismos. Los modelos actuales de belleza generan ansiedad e inseguridad pero responden a los tiempos en que vivimos. La concepción moderna del cuerpo muestra la ruptura entre la naturaleza y la cultura, entre “ser un cuerpo” y “tener un cuerpo”. Tenemos un cuerpo y por eso somos un proyecto que refleja una identidad individual. Pero en esta dicotomía naturaleza/cultura, a las mujeres el sistema sexo-género nos ha situado en la primera parte, junto a otras características (objeto, emoción, subjetividad...), y a los varones, en la segunda (sujeto, razón, objetividad...). Las chicas han sido y son educadas para agradar, sin poner el énfasis en el aspecto saludable del autocuidado. Las conversaciones entre mujeres en los gimnasios son las calorías que se pierden practicando determinado deporte, y no la importancia del ejercicio para la salud o simplemente la diversión o el placer que proporciona el deporte.

A los chicos, la tímida entrada en el mundo de la moda y de la cosmética está también objetualizándolos. Sin embargo, la preocupación por la estética se considera “femenina” o propia de los homosexuales. Además, hay muchos comportamientos de riesgo que son definidos como masculinos. Por ejemplo, en los deportes se menosprecia el dolor y las lesiones, y se incita a los varones a sacrificar los propios cuerpos para ganar. La masculinidad tradicional no estimula actitudes de autocuidado en los varones y en la edad adulta es la mujer quien se encarga del cuidado de las criaturas y de los hombres enfermos. Un hombre de verdad sabe que lo es porque no es una mujer, y porque es más fuerte que éstas, tanto física como emocionalmente. La masculinidad tradicional enseña a los varones a no comportarse como las mujeres, si no quieren ser ridiculizados o criticados, a no pedir ayuda, a arriesgarse sin medir las consecuencias...

Dice Reverter que hemos convertido el cuerpo en un parque temático hecho de sueños ajenos y estandarizados, en carne recortada y amasada al gusto de un paradigma: el del lobo patriarcal disfrazado de cordero a la moda. Las chicas deben seguir siendo las seductoras Barbies (con carrera) y los chicos, los fuertes Gladiadores (sin la ESO, pero con un buen trabajo). Sin embargo, salir de aquí es bastante más complicado que criticar la aparente superficialidad de los musculitos o de las muñequitas porque con estas valoraciones, los superficiales somos nosotros. En la actualidad, nuevas y poderosas instancias (la medicina, la publicidad...) han sustituido al discurso religioso en la tarea de conformar cuerpos y vidas y no es nada fácil cuestionar los nuevos modelos que se ofrecen con la trampa de poderlos elegir libremente. Vivimos inmersos en una época en que la imagen es más importante que nunca, pero en general no nos preocupamos o no sabemos cómo enseñar a la juventud a analizarla con sentido crítico.

Mi propuesta, antes de dar lecciones, es empezar por dos cosas facilitas que podemos las personas mayores:

1.    Que las mujeres no hablemos de dietas, ni de calorías, ni de cómo engorda este plato, ni de mira qué michelín tiene aquella... Que tampoco ocultemos la edad ni hablemos de las arrugas.

2.    Que los hombres borren de su vocabulario la terminología guerrera para hablar de los deportes (El Barça humilla al Madrid; Nadal claudica ante Federer...) y que dejen de calificar a un árbitro, entrenador,  jugador... como maricón o nenaza.

                                                                                                                                             Rosa Sanchis