El cuerpo de las mujeres es un campo de batalla (2)

 

En Química farmacéutica o química corporal hablé de la píldora contra la eyaculación precoz y de la medicalización de la sexualidad masculina. Ahora me pongo con la femenina.

Si hacemos un poco de historia y miramos a las mujeres de nuestra familia, nos encontramos en primer lugar a las abuelas. El agujerito en el camisolín nos da idea del tipo de sexualidad que debían practicar: coital y a demanda del marido. Una sexualidad heredera de un modelo pronatalista y sexofóbico, que rechazaba el cuerpo como fuente de placer, consideraba la sexualidad un pecado, y legitimaba las relaciones en el seno del matrimonio y para la reproducción. En otras palabras, las abuelas no podían sentir placer ya que no era decente.

En segundo lugar, encontramos a nuestras madres. Su trabajo era triple: cumplir el deber de esposas como las de antes teniendo cuidado de la casa y de la descendencia, proporcionar el goce sexual que los maridos merecían, y conseguir, gracias a la liberación sexual, uno o varios orgasmos “vaginales”. Si éste (o éstos) no llegaban, la culpabilización y el diagnóstico de anorgasmia quedaban asegurados.

Sus hijas, jóvenes heterosexuales de 20 a 30 años, tienen relaciones coitales desde los 16-17, son usuarias de las consultas sexológicas y van porque no tienen (suficientes) ganas de sexo y porque les angustia que sus parejas masculinas “siempre” quieran relaciones.

Las adolescentes de hoy día tienen coitos a los 15 años. Su repertorio de prácticas incluye también masturbar a los chicos, fingir de vez en cuando algún orgasmo con la penetración y acceder a coitos sin protección porque ellos no pueden mantener las erecciones con el preservativo. Curiosamente, las prácticas que suelen hacer orgasmar a las chicas (cunnilingus y masturbación), entran en la categoría de las “prácticas menores” o de la sexualidad de segunda.

Este paseo por la sexualidad femenina heterosexual nos ofrece un panorama de mujeres que no orgasman o que orgasman poco; pero que más que preocuparse por la ausencia de placer, se culpabilizan y sufren por si la falta de interés sexual lleva a sus parejas al cansancio y, en el peor de los casos, al abandono.

Pero, ¡chsssssssssssssssssss! ¡Silencio! ¡Que no se enteren las empresas farmacéuticas de la anorgasmia femenina!!!!! ¡No estamos enfermas!!! ¡Ya ganan bastante dinero a costa de nuestra salud! Esta industria, poderosísima, se encarga de que usamos fármacos toda la vida: primero para controlar la fecundidad, después para tratar como enfermedad el envejecimiento; y entremedias, para permitirnos ser madres a los 45, aunque las hormonas y los ovarios estén diciéndonos a gritos que ya no quieren trabajar más.

Y por si aún no lo tenemos claro: el concepto de sexualidad sana es una forma de control social y una fuente de ingresos extraordinaria. Los varones ya han sido descubiertos: Hemos inventado para estos pobrecitos, preocupados por la duración de sus erecciones, una pastillita superefectiva: la Viagra! ¡Nosotros tenemos la cura para vuestra enfermedad! A las mujeres ya nos habían descubierto con los anticonceptivos. (Por cierto, ¿a nadie le extraña que aún no se haya inventado la píldora anticonceptiva masculina? ¡¡¡A ver si de una vez compartimos esta responsabilidad!!!).

Pero volvamos a las mujeres: de la sexualidad femenina se ha hablado siempre bien poco, y del placer, menos aún. Curiosamente, la cosa está cambiando. En la televisión, en las revistas (incluso para adolescentes)... se pontifica sobre el punto G i el punto H, sobre los orgasmos múltiples... Y en las consultas médicas se habla de la disfunción sexual femenina y del deseo inhibido... es decir: de la falta de ganas de sexo de las mujeres.

La pregunta es, quizá, fruto de la desconfianza: ¿la medicina ha empezado a hablar de la falta de deseo porque le preocupa el placer de las mujeres o porque hay mercado?

La verdad es que las mujeres somos también una gran inversión. En la década de los 90, millones de mujeres fueran tratadas con la llamada terapia hormonal sustitutoria, con el objetivo de combatir los efectos de la menopausia, considerada una enfermedad. Esta medicación, administrada después de pocos ensayos, de corta duración y con poca gente, ha demostrado tener unos efectos muy perjudiciales para las mujeres, entre otros, los tumores de pecho y el infarto cerebral.

Abandonada la administración de estrógenos, ahora es el lugar de los andrógenos. Vivimos en la época fármaco-pornográfica (B. Preciado) y las hormonas están de moda. Con un deficiente análisis de sus efectos secundarios, la administración de parches de testosterona promete devolver a las mujeres el deseo perdido, atribuido a la bajada natural de los estrógenos que tiene lugar con la edad.

En El País del martes había un artículo llamado “Usted no está sano, está preenfermo” y trataba precisamente sobre la conversión de las personas sanas en preenfermas y el coste económico que ello supone en comparación al beneficio para la salud. Una dato me llamó la atención: el cambio en el estilo de vida reduce la mortalidad en un 50%; la tecnología sanitaria, en un 11%.

Volvamos de nuevo a la salud sexual de las mujeres. ¿Están enfermas las mujeres que no tienen ganas de sexo? Para cierta parte de la medicina, sí. No tener orgasmos o deseo es una enfermedad. Y hay medicamentos que la “curan”.

¿Y si, como señalan Ojuel, Fuentes y Mayolas en Disfunción Sexual Femenina,  la disminución o falta de deseo no fuera una enfermedad sino una respuesta sana de las mujeres ante el cansancio, el comportamiento de la pareja, una cotidianidad estresante, un modelo sexual coital al margen de sus deseos…, en definitiva, el síntoma de una situación problemática y no del mal funcionamiento de la respuesta sexual?

¡Devolvednos nuestros cuerpos!

¿Los problemas de las personas son enfermedades? En mi opinión, no. Y si pensamos un poco más, veremos que sólo serán un problema sin son interpretados de este modo. La llamada eyaculación precoz, la falta de deseo, la asexualidad… podrían no ser vividos como un problema si no fuera por la presión social que nos lleva a interpretarnos como “inadecuados” I si encima, a este “no ser normal” o “no llegar a la altura”, le añadimos la etiqueta de enfermedad…

¿Y si la anorgasmia o la falta de deseo fuera un acto de salud? Yo me pregunto qué es más saludable: si querer dormir o querer un coito de 3 minutos (después de llegar en casa muerta del trabajo, seguir con la cena, las criaturas, el padre enfermo... y mientras resuena aún la discusión de la mañana con la pareja).

Abandonemos, por tanto, la palabra “enfermedad”, y en lugar de patologizar, interroguémonos: ¿por qué muchas mujeres no tienen ganas de sexo?

Se me ocurren unas par de razones para la reflexión:

·         ¿Hemos conseguido las mujeres el derecho al placer? Yo creo que todavía no. Para el goce de una persona es tan importante reconocer el propio deseo y explorarlo, como saber decir que “no”; pero las mujeres, educadas para dar prioridad al placer masculino, aún no se han dado permiso para desear ni para exigir placeres. ¡Y ya va siendo hora de acabar con las culpas y con la queja y de tomar las riendas de la propia vida y del propio goce!

·         ¡Es que las mujeres no son tan sexuales!, se dice a menudo. ¡Uf! Es que llevamos un burca muy espeso: debatiéndonos entre la sexualidad y el amor, entre ser guapas y no ser objetos, angustiadas por un patrón de belleza juvenil, y sin que nuestra sociedad haya elaborado un modelo de vejez femenina atractiva...

Anna Freixas, que habla muy sabiamente de la sexualidad de las mujeres mayores (MYS, núm. 19), dice que la capacidad de goce sexual de las personas no disminuye con la edad, y que el placer motiva. Pero la realidad va en contra de esta verdad. La sexualidad de los mayores, en especial de las mujeres, es un tabú lleno de mitos. Tabú es lo que no se puede decir, lo que no se puede mostrar. Y en pocas películas o series veremos a mujeres mayores manteniendo relaciones sexuales. La sexualidad deseable es la juvenil: heterosexual, atlética, genital, coital, y a ser posible entre personas con cuerpos fantásticos. Por ello, no nos debe extrañar la disminución de la actividad sexual después de la menopausia. A las industrias les encanta atribuirlo a las hormonas; para Freixas, y estamos con ella, tiene más que ver el significado  social que se le da a la menopausia, la relación previa de pareja, el modelo de belleza, el modelo de sexualidad coital, la falta de prácticas de autoerotismo (gran asignatura pendiente de las mujeres), etc.

Si nos dejáramos engañar por las apariencias (¡Mujer, cuídate! ¡Mira por ti! ¡Por tu placer!), pensaríamos que ahora se habla del goce de las mujeres. O de su salud. Pero soy un poco desconfiada y opino que las industrias farmacéuticas no piensan en las mujeres; simplemente se aprovechan y contribuyen a perpetuar su rol de cuidadoras (Ponle a tu hija la vacuna contra el virus del papiloma humano, aunque esté muy cuestionada), y nos hacen entrar en una rueda de revisiones (mamografías, citologías, densitometrías óseas, vacunaciones...) que nos convierten en preenfermas perpetuas por el simple hecho de haber venido al mundo con vagina y ovarios.

De la sexualidad de las mujeres se dice que es difusa y no genital, fusiva e íntima, no penetrativa y amorosa, multiorgásmica y llena de puntos... De las mujeres se dice que somos promiscúas porque buscamos, fracaso tras fracaso, el amor “verdadero”; que la sexualidad no es para nosotras conocimiento o placer, sino reconocimiento social. etc. De las mujeres mayores se dice que las hormonas y la sequedad vaginal les quitan las ganas de tener sexo (léase coitos)... Dejamos que nos digan lo que nos gusta, lo que somos, lo que debemos ser…

Y la mayoría de nosotras no decimos ni pío.  

Tal vez podríamos recuperar la consigna feminista de los años 70 y gritar: ¡Devolvednos nuestros cuerpos!!!  ¡¡Y nosotras decidiremos!!

Rosa Sanchis