¿Cómo lo puedo saber?
 

Una adolescente de 15 años se pregunta cómo puede saber si le gustan las mujeres. Ha entrado con una amiga a un chat de chicas para reírse un rato y ha simulado que le daba asco, pero en realidad le ha gustado.

“¿Seré lesbiana? ¿Seré bisexual?”

 La propuesta de Júlia de diferenciar entre “ser lesbiana” y “estar lesbiana”, entre “pasar por allí” y “quedarse a vivir”, es muy interesante y conecta con las corrientes de pensamiento más modernas, por ejemplo la del filósofo Foucault. Este autor de una historia de la sexualidad decía que en lugar de preguntarnos quien somos o cuál es nuestro deseo, deberíamos desprendernos de nosotros mismos y no clasificarnos de acuerdo con los imperativos sociales o las identidades sexuales marcadas por nuestra sociedad.

 Pero la realidad es que ni las ambigüedades ni las fluideces tienen hoy en día muy buena prensa. Las ciencias nos clasifican. La Biología diferencia entre hombres y mujeres; nuestra orientación sexual puede ser homosexual, heterosexual o bisexual. El rol sexual que desarrollamos girará también alrededor de dos polos: el masculino o el femenino. Y las personas pensamos que no tenemos más remedio que situarnos en estas casillas, aunque nuestros deseos, o nuestros cuerpos, no encajen exactamente en los moldes. Hoy en día, la identificación de la orientación sexual, junto a la imagen corporal que transmitimos, han pasado a ser centrales para definir lo que somos, aunque nuestro cuerpo o nuestra sexualidad dependan de una prótesis de silicona o de una pastilla de Viagra.

Beatriz Preciado diferencia tres etapas en la sexualidad occidental: la etapa soberanista, la etapa disciplinaria y la fármaco-pornográfica. En la primera, de la mano de la moral cristiana y hasta el siglo XVIII, la sexualidad es reproducción y ausencia de placer, especialmente para las mujeres. En la segunda, el poder empieza a actuar de manera más sutil, escondido detrás de presupuestos científicos. En la tercera, y a partir de la segunda mitad del siglo XX, los productos químicos, los avances en cirugía estética, la visión del cuerpo a través de los medios de comunicación..., nos convierten en hombres y mujeres cíborgs enganchados a la química y a la imagen que queremos dar, copiada a menudo de los patrones a la moda.

 En esta historia de la sexualidad, la homosexualidad ha pasado de ser considerada antinatural y pecaminosa en la primera etapa, a una enfermedad en la segunda. Por lo que respecta a la etapa fármaco-pornográfica, en el estado español la represión franquista nos ha atrasado un poco. Aquí, -y conviene no olvidar de dónde venimos- la Ley de vagos y maleantes y la Ley sobre peligrosidad y rehabilitación social, (derogada en 1995), permitían encerrar en prisión a las personas del mismo sexo que osaban darse un beso en el calle.  

¡Las personas homosexuales pueden ahora casarse! diría alguien. ¡Es verdad! Pero el modelo sexual predominante es aún heterosexual. Y si lo queremos comprobar, apliquemos la regla de la inversión, que siempre funciona. ¿Nos imaginamos a alguien que, con nerviosismo, se pregunte: “¿Seré heterosexual?” Seguro que no. La heterosexualidad se supone que la llevamos de serie. En cambio, si uno es diferente, se lo tendrá que currar.

(continuará)

Rosa Sanchis