50 b. Crónicas del fuego

Presentación del libro en el Concejo Deliberante Santa Rosa La Pampa

Norberto Asquini firmando ejemplares

Ilustración de tapa, Ricardo Carpani

 

00.INDICE GENERAL

 

CRÓNICAS DEL FUEGO

Norberto Asquini

Ediciones Amerindia

 

Prólogo de Eduardo Anguita

 

 

Hay un momento en el cual la historia reciente no es más que la política mirada, apenas, a través del espejo retrovisor. Quizá este libro aparece en un momento en el cual muchos lo lean sin saber si están lidiando con un hecho de la historia o en realidad están dialogando con hechos políticos actuales que regresan con una fuerza inesperada.

Como otros que hincaron el diente en documentos y testimonios de los años sesenta y setenta, Norberto Asquini hizo un trabajo que invita a ser abordado desde distintas ópticas. Mi lectura de Crónicas del fuego y mi intercambio epistolar con Asquini me permiten, al menos, ofrecer dos miradas distintas. Por un lado está el monumental esfuerzo que traducen estas páginas que son el fruto de las entrevistas a doscientos protagonistas directos de distintos acontecimientos políticos, gremiales y sociales de La Pampa. Esos hechos incluyen desde la huelga salinera de los sesenta, pasando por los curas tercermundistas y las luchas entre la izquierda y la derecha del peronismo hasta la incorporación de algunos militantes a distintas organizaciones armadas. Desde esta mirada, creo que el autor logra un equilibrio entre el testimonio singular y las oportunas citas de diarios así como las referencias de la abundante bibliografía que consultó. Para el lector que no conoce qué pasó en una provincia alejada de las luchas populares de aquellos años, Crónicas del fuego es la mirada de un periodista local, que investigó con rigor los acontecimientos de esos años en una provincia que, para la mayoría de los argentinos, era un sociedad mayoritariamente despolitizada, desmovilizada, ajena a las luchas y las utopías que se vivían en ciudades vecinas. "Ahí están los hechos -parecen indicar estas páginas- juzgue el lector cuánto de parecido o de diferente tiene con lo sucedido en Córdoba, La Plata o Buenos Aires".  Sospecho que para los pampeanos, este libro servirá para avivar viejas polémicas, para ponerlas en perspectiva, sorteando el silencio impuesto por la dictadura primero y por el peso del dolor y el miedo después.

Pero sin desvirtuar el trabajo documental y el peso de los hechos, este texto invita a otra lectura: ¿Será hora de que los pampeanos saquen los fantasmas de los armarios, de los cajones de los recuerdos, de las fotos de escuela o de los pañuelos con lágrimas enjugadas? "Quiero mostrar el pasado para confrontarlo con la memoria social" me dijo Asquini cuando le pregunté en qué creía que este trabajo puede cambiar su propia vida y la de sus lectores. La búsqueda de una identidad colectiva es una fuerza que nunca se detiene, por momentos recorre caminos subterráneos y en otros emerge a la superficie con singular bravura. Es tan cierto que la represión y la barbarie de la dictadura dejaron huellas imborrables cuanto que el esfuerzo por redescubrir las historias de sus protagonistas permite volver a recuperar esas huellas que parecían ausentes. Y cuando las voces de los ausentes recobran la singularidad gracias al trabajo del investigador/narrador, el resto podemos construir la diversidad. Podemos ver cómo eran los sentimientos y las motivaciones de aquellos años y ponerlas en contacto con las nuestras, con las de estos años. Entre otras cosas, porque muchos de los jóvenes de aquellos años son adultos de estos años y porque las ausencias no sólo tienen que ver con la desaparición física de muchos protagonistas sino con una particular interpretación de lo que "desaparición" significó para muchos en esos años. Desaparecido fue una denominación de los responsables de la represión y el asesinato sistemático para descalificar y quitar de la memoria social a militantes revolucionarios o luchadores sociales que tenían la convicción de que otra sociedad, distinta a la sociedad capitalista expoliadora, era posible. Y que además pensaban que ese cambio no sólo iba a ser el resultado de denunciar las injusticias sino que básicamente sería producto del propio protagonismo popular. La idea de que los pueblos ofendidos y sometidos a la explotación tienen el derecho a la rebelión no era patrimonio exclusivo de los militantes jóvenes de los setentas. Obsérvese el siguiente párrafo, escrito el 12 de octubre de 1967, apenas tres días de la captura de Ernesto Guevara en Vallegrande, Bolivia, y asesinado horas después en La Higuerita: "Esta muerte no significa el fin del peligro revolucionario en América latina. Allí existen la injusticia y el descontento generalizados, existe siempre la posibilidad (e incluso la probabilidad) de ver surgir del pueblo a iluminados como Ernesto Guevara para incitar al cambio por la violencia". Esta visión, entre apocalíptica y profética, es parte ni más ni menos que del editorial que le dedicó el diario The New York Times a la muerte del Che. Por entonces, los norteamericanos estaban empantanándose en Vietnam y vivían el protagonismo de muchos de sus ciudadanos en su propio país. Entre las tantas cosas que dejaba la impronta del Che estaba la que se resumía en la idea del hombre nuevo: la revolución la hacían hombres viejos que tratarían de hacer cierta la idea de la igualdad de oportunidades para que una sociedad más justa alumbrara una nueva sociabilidad, basada en la solidaridad.

Está claro que muchas cosas pasaron en el mundo para que aquellas advertencias no fueran tomadas en cuenta. Entre otras cosas, pasó que la riqueza se concentró cada vez más en menos manos: mientras que en la década del sesenta el veinte por ciento de la población más rica de la humanidad era veinte veces más rico que el veinte por ciento más pobre, en el nuevo milenio, ese veinte por ciento es ochenta y cuatro veces más rico que el veinte por ciento más pobre. Las injusticias crecieron pero el discurso social hegemónico también creció en su prédica de una sociedad mercantilista y desmemoriada como la única posible.

La crisis de 2001 en Argentina fue la muestra palmaria de que ese discurso hegemónico encerraba tanta angustia como bronca y las calles de la Argentina fueron testigo de que algo iba a cambiar. Otros protagonistas y otros discursos, de raíz social, de protagonismo colectivo, de búsqueda de nuevos paradigmas globales, pero no de la mundialización de las finanzas. Pensemos por un momento qué sería de estos momentos de protagonismo popular sin los puentes sobre otras experiencias de lucha. Pensemos por un momento lo que significa para cada uno de nosotros la palabra desaparecido cuando tenemos que pensar y actuar de cara a la responsabilidad de no ser apenas un espectador de nuestra propia sociedad. Pensemos, por qué no, que los años sesentas y setentas no fueron un lecho de rosas sino un proceso doloroso, con errores muchas veces señalados y no siempre asumidos por los protagonistas, así como con aciertos importantes de esos protagonistas y muy retaceados por quienes tienen la hegemonía del pensamiento y el poder de los medios de comunicación.

Quiero, finalmente, hacer mención al relato de Asquini sobre el caso de los jóvenes desaparecidos cuyas historias rescata. Mi propia militancia política me hizo conocer a un familiar de ellos, a quien podríamos llamar "un sobreviviente" haciendo uso de un curioso lugar común al que nos acostumbramos para denominar a alguien que luchó por sus propias ideas y no fue asesinado en esos años por los esbirros de la dictadura militar. Esos silencios incómodos a los que recurrimos cuando no sabemos cómo hacerlo hicieron que nunca le preguntara detalles sobre la vida de ellos. A través de estas páginas supe  que cada uno de ellos militó en organizaciones distintas, simplemente porque tenían sus propias ideas y, seguramente, porque las circunstancias de vida hicieron que tomaran diferentes caminos. Del mismo modo que este "sobreviviente" que mencioné más arriba se involucrara por esos mismos años con el Partido Revolucionario de los Trabajadores como lo hice yo mismo. Posiblemente, por aquellos años, para muchos pampeanos la militancia de estas personas era completamente desconocida o quizá quienes supieran algo lo mantendrían como un secreto bien guardado. Ahora, pasados tanto tiempo, a través de Crónicas del fuego, muchos de quienes crecieron bajo el terror o la frustración podrán conocer o revivir algunas de estas vidas. Del mismo modo, muchos familiares y compañeros podrán recuperar la dimensión colectiva y pública de la vida y la muerte de estos militantes. Es un desafío que toda sociedad debe asumir: los argentinos debemos "procesar el Proceso"; quiero decir, debemos someter aquel mal llamado Proceso a un procedimiento crítico, debemos llevar a los estrados judiciales y procesar a los culpables y responsables pero también tenemos que dar dimensión política y humana a quienes fueron "hechos desaparecer". Las personas no desaparecen, es imprescindible que construyamos oraciones con el sujeto adecuado. Tratemos de singularizar las historias, tal como lo hace Asquini en este texto. Hubo protagonistas, hubo antagonismos, hubo un plan sistemático de represión y también hubo luchadores revolucionarios. Esto nos obliga a ver los matices, a aceptar las discrepancias y las distintas miradas, pero no nos exime de la barbaridad que la dictadura cometió contra los militantes populares ni del discurso cínico de querer borrar de la memoria histórica a quienes lucharon porque creyeron en un país con mejor distribución de la riqueza y, por qué no, con una mejor distribución de la propiedad de los medios de producción de las riquezas. En ese ejercicio, no construyamos frases sin sujetos o con sujetos fantasmáticos, tratemos de singularizar y de no esquivar las responsabilidades o los errores: usemos la gramática para rehabilitar nuestras conciencias del mismo modo que un accidentado debe usar un tutor o un bastón para rehabilitar, por ejemplo, una pierna.

El mejor deseo que puedo augurar a Asquini es que se convierta en protagonista y testigo de muchos puentes a través de la vida que cobren estas páginas, porque así no sólo podrá dar origen a otras nuevas sino porque podrá sentir que nos da una cuota más de vitalidad y de entusiasmo que tanto necesitaremos para que nuestra Argentina saque provecho de esta una nueva oportunidad.