XVII - De la propiedad

Juan Bautista Say (1767-1832)

Versión del Profesor Guillermo Ramírez Hernández

 

1. La causa que constituye la verdadera propiedad de una cosa, es el derecho que debe tener asegurado todo propietario de disponer a su placer de dicha cosa, con exclusión de cualquiera otra persona.

2. Este derecho lo aseguran las leyes y las costumbres.

3. Las cosas que forman nuestras propiedades son los productos, o bien los fondos productivos.

4. Los productos que componen una parte de nuestras propiedades, deben dividirse en dos clases.

La una comprende los productos que se destinan a satisfacer nuestras necesidades, o procurarnos ciertos placeres como los alimentos, los vestidos y todo lo que se consume en el seno de las familias; y éstos sólo forman parte de nuestros bienes por muy corto tiempo, que es el intervalo que separa la adquisición, del consumo, y como siempre destruyen con más o menos rapidez, no debemos contarlos en el número de nuestras propiedades. La otra clase de productos consiste en las anticipaciones que hacemos para continuar la producción. Tales son los que hay en los talleres y almacenes, y como el consumo de ellos se reintegra con la creación de otro producto, podemos considerarlos, aunque susceptibles de consumo, como una riqueza permanente, pues como renacen sin cesar, componen en realidad lo que llamamos nuestros capitales.

5. Estos capitales se adquieren por la producción y por el ahorro, sin exceptuar los que hemos alcanzado por donación y sucesión, pues todos tienen el mismo origen.

6. Hay capital que a pesar de haberse formado de productos, son sin embargo inmuebles. Las mejoras de las haciendas agrícolas, las obras realizadas en las minas, las casas, etcétera, dimanan de valores en su origen mobiliarios, es decir, de materiales que se transformaron en valores inmuebles.

La concurrencia al despacho de un notario o al bufete de un abogado, los clientes de una tienda, el crédito y gran circulación de un periódico o revista, etcétera, son bienes capitales, puesto que todas estas cosas se han adquirido a costa de habilidad y trabajo, y producen una renta anual.

7. Las propiedades que se componen de capitales, se estimarán por su valor permutable, o lo que es lo mismo, por el precio que sacaríamos de ellas, si quisiéramos venderlas.

8. Hay otros fondos productivos que forman también parte de nuestras propiedades. En este número deben entrar nuestras facultades industriales, que se componen de las naturales y de las adquiridas, de que podemos disponer y recabar un servicio productivo, y por consiguiente, una renta.

La fuerza corporal, la inteligencia, el talento natural, son dones gratuitos de Dios; la instrucción, el talento adquirido, son fruto de nuestro trabajo. Esta última parte de nuestras facultades industriales, puede considerarse como una propiedad industrial y capital, puesto que debemos su adquisición a nuestro mismo trabajo y a las anticipaciones que hicieron nuestros padres, educándonos hasta la edad en que pudimos aprovecharlas.

9. La parte de nuestras propiedades que llamamos facultades industriales, no es susceptible de enajenación, o carece de valor permutable. Es verdad que podemos vender los frutos o productos, pero también lo es que no podemos vender el capital. Sin embargo, puede calcularse por las ganancias, o el ingreso anual que disfrutamos; un jornalero que saca de sus servicios mil pesos por año, es menos rico que un ingeniero o un médico famoso, que obtiene sesenta u ochenta mil pesos. Pero debe tenerse presente que las facultades industriales son propiedades vitalicias que mueren con su poseedor.

10. Igualmente constituyen parte de nuestras propiedades, los fondos en tierras, en los cuales deben comprenderse no solo los terrenos que pueden cultivarse ,sino también las aguas que en ellos nacen, las minas, y en general todos los instrumentos naturales que se han erigido en propiedades exclusivas.

Estas propiedades son un don gratuito que nuestro Hacedor hizo al primer ocupante y cuya transmisión arreglaron después las leyes positivas. Pero todas aquellas propiedades territoriales que no se han transmitido legalmente desde el primer ocupante hasta su poseedor actual, dimanan necesariamente de un despojo, violento o malicioso, sea antiguo o moderno.

Como estas propiedades son susceptibles de venta y enajenación, pueden estimarse y se estiman efectivamente por su valor permutable.

11. La más sagrada de las propiedades es la de las facultades industriales, que son peculiares y privativas del que las posee.

Después sigue la propiedad de los capitales, que son creación propia del que los posee, o de aquellos que se los trasmitieron. Los capitales son unos verdaderos ahorros; el que los formó, el que sufrió privaciones y limitó sus consumos hasta verlo constituido, pudo muy bien no haberlo verificado; todavía más, pudo destruir los productos que cercenara, y de consiguiente pudo entonces aniquilar toda pretensión que sobre ellos pudiera suscitar cualquiera otra persona. De lo expuesto se deduce que no puede haber sobre esta propiedad otra pretensión legítima que la suya.

Del mismo principio se sigue que los propietarios de los fondos productivos, deben serlo también de los productos que de ellos emanan.

12. Consagrado el principio anterior, proclama la sociedad, una regla altamente favorable a sus intereses; porque la sociedad solo subsiste por medio de su productos y porque los dueños de los fondos productivos los dejarían ociosos si no hubiesen de gozar de sus frutos.

13. También resultarán ventajas para los que prestaron los servicios de la industria o los del capital necesario para hacer productivos los bienes raíces; y en consecuencia, los frutos de las tierras se dividirán según los convenios que hagan entre sí todos estos productos, y la porción que toque a cada uno de ellos, será el producto de sus fondos.

14. Conviene a la sociedad que se respeten las propiedades capitales, porque ni puede formarse ninguna empresa industrial, ni por consiguiente crearse ningún producto, sin las anticipaciones de valor capital necesario para ello.

Si los capitales se ven amenazados, su dueño, en vez de aplicarlos a la producción, los guardará o los consumirá en placeres, y desde entonces quedarán eriales y sin empleo las tierras que hubieran hecho fructificar, y quietos los brazos que habrían ocupado.

15. Del mismo modo conviene a la sociedad que los talentos industriales sean propiedades muy respetadas porque nada inspira al hombre mayor emulación en el ejercicio de sus facultades, nada le excita más poderosamente a cultivarlas, que una entera libertad en el modo de emplearlas, y una total seguridad de gozar tranquilamente del fruto de su trabajo; prescindiendo de que tanto las tierras como los capitales, en ninguna parte rinden a sus dueños mayores utilidades que donde se desenvuelven y cultivan con mayor actividad las facultades industriales.

16. Al pobre más que al rico le conviene que se respeten las propiedades, porque ni tienen otros recursos que sus facultades industriales, ni podría aprovecharlas donde se observase tal respeto. En este último caso, rara vez sucede que el rico deje de salvar alguna parte de sus propiedades, cuando el mayor número de los pobres ningún provecho recaba el despojo de los ricos, bien lejos de eso, se ocultan los capitales, no se demanda especie alguna de trabajo, las tierras quedan críales, y el pobre se muere de hambre. Ser pobre es sin duda alguna gran desgracia; pero esta desgracia es mayor, cuando está sólo rodeado de otros pobres como él.  

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XVIII - Del origen de las rentas