Rubén  Derlis

 

 


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ELLA ES UN RECUERDO

DE LA PERMANENCIA DEL AMOR

 

Todavía caminamos el verano de esa playa;

el sol envidia lo oscuro de tu pelo

y muerde como fuego desde el acantilado.

 

Por la orilla de inmensidad y silencio

llenamos nuestras vidas de belleza

para alimentarnos cuando lleguen las sombras,

inventamos juegos efímeros

para alegrar las fiestas nocturnas,

porque sabemos de una noche final

que demoraremos con tristeza.

 

Nosotros, los únicos de la felicidad,

los que el amor desunió

en su trama que teje y desteje,

resucitaremos en todos los amantes  

porque la verdad de habernos amado permanece. 

 

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Cuánto poquito voy a dejar, amigos:

algunos versos,

un montón de ganas,

una vida vivida con fervor,

otra que dejé para mañana.

 

Todas muy poca nada

las cosas

que sin darme cuenta

en un rincón fueron amontonadas.

 

No perduré ningún amor

porque ningún amor fue terminado;

que me perdone este amor

que ahora se demora a mi lado.

 

No diré: dejo un hijo,

porque le pertenece a la vida;

ella nos lo presta un instante

para sentirnos menos desgraciados.

 

Antes de irme

dejaré mi sitio limpio de proyectos,

para que otro lo ocupe

con su sangre y sus ganas;

me llevaré mi muerte

–reverso de la vida–

que a nadie ha de servir

y traje de la Nada.

 

No diré adiós,

bastará con mirarlos.

Me iré en silencio,

como corresponde

a los que están de paso.