Los últimos tarapaqueños peruanos

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Conozca la historia de dos tarapaqueños que, tras la Guerra del Pacífico, vinieron a vivir al Callao.

Por Elizabeth Salazar Vega  Fuente en PDF

"Hoy cinco de marzo de 1929 se procedió a inscribir en este Registro al menor (Guillermo) Santiago Salinas nacido en la provincia cautiva de Tarapacá el día doce de mayo de 1919... Queda, así, dicho menor inscrito como peruano por la voluntad de su padre y a mérito de haber nacido en territorio peruano durante la dominación chilena..."
Acta 285 - CAUTIVAS
Municipalidad de Lima

Las nudosas manos de Guillermo cogen el papel color canela y lo llevan de regreso al cartapacio de cuero donde guarda pedazos de la nueva vida que se vio obligado a iniciar a los 10 años, cuando su familia no tuvo más alternativa que venir a Lima solo con lo que tenía puesto.

Afuera de su casa, en las cercanías de lo que en otro tiempo fue una planta cervecera de El Callao, los chiquillos retan al frío jugando a la pelota en short y mangas cortas. Guillermo se asoma por la ventana, mira la pista sin asfaltar y se queja de que a sus 89 años aún no pueda vivir en un barrio cómodo y moderno, pero se queja más cuando recuerda que esos chiquillos, y casi todos los jóvenes que viven en la urbanización Tarapacá, ignoran la historia que esconde su suelo.

A la altura de la cuadra 38 de la Av. Colonial se ubica este barrio de solo doce manzanas, cuyas calles llevan nombres de otroras importantes oficinas tarapaqueñas, como Huantajaya, Canchones o Pozo Almonte, pues precisamente este fue el terreno que el gobierno de Augusto B. Leguía asignó en 1926 (Ley 5443) a las cientos de familias que, tras la Guerra del Pacífico, fueron repatriadas por negarse a aceptar la nacionalidad chilena.

"Iquique, 24 de diciembre de 1918
Sr. José de Botto
Muy señor mío: Por la presente nos dirigimos a Ud en representación de la Liga Patriótica... La Comisión ha tenido conocimiento de que Ud. sigue en el país y parece que no piensa moverse. En vista de lo expresado rogamos a Ud. por primera y última vez emprenda su viaje al Perú, dándole el plazo de dos días (...) sino desea que tenga el mismo resultado de sus paisanos o lo saquemos de su propia casa para hacerlo embarcar..."
Archivo Ministerio de RR.EE. Los Tarapaqueños Peruanos

Luego del Tratado de Ancón, firmado en 1883 entre el Perú y Chile, hubo poco más de diez años de coexistencia pacífica entre las familias de ambas nacionalidades, como explica Rosa Troncoso, historiadora de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Incluso los tarapaqueños no tuvieron problemas para integrarse a la comunidad salitrera.

Pero en 1907 empezó el éxodo. "Fueron cuatro grandes oleadas migratorias. Primero, a causa de una gran huelga, luego vino la campaña de chilenización implementada por la Liga Patriótica (1911), después se sumó la crisis de la industria salitrera (1914), y las expectativas reinvindicatorias del Perú (1918-1919)", dice.

Los tarapaqueños confiaban en que el territorio iba a ser recuperado, pero sorpresivos despidos, saqueos, casas señaladas con cruces y otros ataques hicieron que nuestros compatriotas abordaran precarias embarcaciones rumbo a Ilo, Arequipa y Lima, según refiere Sergio González en su libro "El Dios Cautivo", aunque cabe indicar que no todos fueron agredidos.

"Recuerdo que vinimos en una barca de nombre Chancay. Yo tendría 12 años. Solo un día antes el cónsul chileno juntó a todos los tarapaqueños. Dijo que el lugar ya no era nuestro y que debíamos irnos o renunciar a la nacionalidad. Lloramos, todos lloraban, grandes, chicos. No queríamos dejar la casa, el colegio, los animales. Pero nos fuimos y hasta los chilenos nos escoltaron", nos cuenta Alejandro Caballero, de 96 años.

Él es el más longevo de los tarapaqueños que viven en el Callao, y aún en las noches un llanto rabioso lo despierta, poniendo en evidencia su nostalgia por el terruño. "Mis primos se quedaron allá, nunca los volví a ver. Mi padre decidió seguir siendo peruano a muerte, pero aquí nos trataron mal". Alejandro y Guillermo recuerdan las ofensas y ataques que le lanzaban nuestros compatriotas apenas llegaron al puerto del Callao.

"Parias, rotos, chilenos, váyanse, nos decían", cuenta Guillermo. "Tuvimos que mandar a coser una bandera grande, de seda roja y blanca, y la paseamos por las calles gritando ¡viva el Perú carajo! ¡viva el Perú! Somos peruanos, oiga, hermanos, hermanitos". Las lágrimas se le escapan a Alejandro al rememorar esos absurdos meses gritando, como si fuera una señal de rendición, que ellos aún eran peruanos y que querían seguir siéndolo.

En la urbanización Tarapacá no quedan más de diez repatriados vivos. Otros, si aún viven, se mudaron a distritos como La Victoria, Ate, Miraflores, y no necesariamente por voluntad propia. Troncoso explica que la Ley 5443 no tuvo efectos prácticos sino hasta 1948, cuando el Gobierno les autorizó a ocupar sus correspondientes lotes, pero diversas normas dadas en 1969 propiciaron que los predios que no estaban construidos de material noble --que eran la mayoría-- fueran revertidos al Estado. Por eso pocos de los que aún viven ahí no son descendientes.

No se tiene certeza de cuántos repatriados llegaron a Lima. Las cifras varían entre 18 mil y 50 mil, y hubo quienes se regresaron a Chile o enrumbaron a provincias como Madre de Dios ante las dificultades laborales y sociales que veían en Lima. En la urbanización Tarapacá, hijos como Sara Torres, de 56 años, representante de la Sociedad Patriótica Tarapaqueña, recuerdan con nostalgia las penas sufridas al empezar de cero y tratan que los repatriados que quedan sigan reuniéndose cada 27 de noviembre. Pero parece que el olvido está ganando la batalla: aquí son pocas las casas que han izado la bandera.