El enigma del rey pescador

Por Luis G. La Cruz

¿Qué es el Grial? En Perceval (s. XIII), Wolfram von Eschenbach lo identifica con una piedra celeste. En La historia del Grial (1190), Chrétien de Troyes lo asocia con un recipiente; su relato se inspira en un cuento céltico anterior (Peredur). En Historia del santo Grial y en El mago Merlín, Robert de Boron, quien cristianizó el mito, mantiene que se trata del Santo Cáliz usado por Jesús en la Última Cena y en el cual José de Arimatea recogió su sangre al pie de la cruz, en el Calvario. En cualquier caso, al margen de que las distintas variantes del mito asocien el misterioso objeto con un caldero mágico celta, una bandeja, un vaso, una piedra o el Santo Cáliz, todos los relatos coinciden en que se trata de un símbolo de poder regio que encierra un misterio y posee virtudes sobrenaturales: ilumina, sana, nutre, conserva la vida, regenera y fertiliza la tierra, aunque también puede destruir a quien lo encuentre sin ser digno de contemplarlo. Por otro lado, en todas las variantes de la historia se repiten algunos motivos recurrentes:

• La custodia del Grial corresponde a un monarca castrado o tullido que a menudo se identifica con «el rey pescador». En la versión de Von Eschenbach, éste lleva escrita la palabra «amor» en su estandarte y resulta herido en un combate que libra contra un caballero pagano llegado de Tierra Santa, a quien mata. Pero una astilla de la jabalina de su misterioso enemigo le castra y hiere en el muslo. Cuando consiguen extraerle la astilla ven que ésta lleva inscrita la palabra «Grial». El soberano castrado es Anfortas y se nos dice que su herida abierta no sanará hasta que un caballero puro llegue al castillo donde se encuentra el Grial y, ante la procesión que lo porta, haga una pregunta clave. Esta castración conlleva la decadencia o ruina del reino, que permanece a la espera del caballero escogido como redentor. Anfortas –que significa «el que no tiene poder»– sólo encuentra alivio a su dolor pescando. En El rey pescador y la doncella sin manos (Ed. Obelisco, 1997), Robert A. Johnson recoge varias versiones que incurren en la misma situación. Este motivo se reitera tanto en las leyendas célticas como en las versiones cristianizadas, en las cuales también José de Arimatea es herido en el muslo, o el último rey de la dinastía que él inicia en ambos muslos. En casi todos los casos el daño lo produce una lanza envenenada o una espada que destruye la parte generativa del hombre, le deja impotente y no permite que su herida cicatrice.


Un visitante nocturno hiere "en el muslo" al rey pescador.

• El rescate del Grial corresponde a caballeros, pero éste siempre es portado y guardado por mujeres, que aparecen como las depositarias del misterioso legado.

• A menudo aparecen imágenes de decapitaciones y cabezas cortadas. En Peredur, una de estas cabezas es llevada en procesión a la vista del caballero (Chrétien de Troyes la sustituye en su obra por el Grial).

• Con frecuencia surge la enigmática figura de un «caballero negro» o no identificado que hiere al «rey pescador» o con quien debe batirse el héroe elegido para devolverle a éste la salud y al reino su plenitud original.

• En la imagen del Grial como recipiente o Cáliz resulta fundamental el motivo de «la sangre real», que tiene naturaleza redentora y poderes sanadores.

El pez y las cabezas cortadas
El primer enigma que se plantea es el del significado del símbolo del pez, que aparece casi siempre como un complemento del propio Grial y que se vincula íntimamente con «el rey pescador». En El misterio del Grial (Ed. Plaza y Janés, 1975), Julius Evola observa que el pez es un símbolo universal de la sabiduría y documenta su presencia en diversas tradiciones (céltica, cristiana, judía, árabe, hindú, caldea). Sin embargo, no repara en la fuente egipcia. En el mito de Osiris el miembro viril de éste es devorado por un pez y el muslo simboliza la parte generativa del hombre. En la Historia de los dos hermanos –escrita en la época tebana, pero mucho más antigua–, el protagonista (Bata) se corta el pene y lo arroja al río, donde acaba devorado por un pez. Al final, Bata llegará a convertirse en faraón.

¿Qué tienen en común estas tradiciones tan dispares que asocian el pez con la castración de un rey que, como efecto de este lance, es despojado del poder hasta que surja un vengador que le restituya la salud, se convierta en su heredero y restaure el esplendor del reino desolado o arruinado como resultado de la castración sobrevenida al monarca?

En primer lugar, destaca el vínculo entre la sexualidad y la herida. En Perceval, Von Eschenbach explica el daño de Anfortas como un castigo por no haber sabido respetar la castidad en su búsqueda del amor; también la castración de otro personaje (Klinscher) se debe a que incurrió en adulterio. En el ciclo artúrico –el rescate del Grial será el objetivo de la orden fundada por Arturo–, el soberano de la Tabla Redonda es herido mortalmente por una lanza envenenada; y Merlín se lo había anunciado como castigo por haberse unido a Morgana, medio hermana de Arturo. En el relato egipcio de los dos hermanos, Bata es acusado de intentar forzar a su cuñada, que le había criado y era para él «como una madre». En el relato de Osiris e Isis es revelador que la procreación de su hijo (Horus, el vengador y restaurador del reino) esté rodeada de misterio. En unas versiones, se produce sin intervención del sexo en una isla del Nilo; en otras es procreado en el vientre de Nut (Cielo) y aparece como hermano de Osiris e Isis. Plutarco también recoge una leyenda según la cual Horus se autoengendra en Edfú y es hermano de un misterioso «pez profeta que anuncia el porvenir» y que recuerda a Oannes, la enigmática deidad-pez civilizadora de Caldea.

Desde una perspectiva psicológica, este motivo del pez y la castración se puede atribuir al tabú del incesto. El caballero pagano llegado de Tierra Santa representaría al «hombre natural», a quien el príncipe mata para pasar al «estado de cultura», y la mutilación simbolizaría esa herida sobrevenida en la sexualidad original. Desde el punto de vista de la Tradición iniciática, según sostiene Evola, este trauma aludiría al imperativo de asumir una ascética por la cual la caballería terrenal puede acceder a la condición de caballería espiritual o celestial, interiorizando la figura de la amada como dama mística, sin pretender poseerla.

En relación al tema de las cabezas cortadas, son muchos los autores que han asociado este motivo con la decapitación de Juan el Bautista y también con la de Orfeo, mutilado por las mujeres tracias. Pero este tema fue mucho más que literatura en la Edad Media. Contaban que el Papa Silvestre II se llevó de España una cabeza-oráculo y también se atribuyó la posesión de otra similar a Alberto Magno, sin olvidar al «Baphomet» de los templarios, identificado con una enigmática cabeza que era venerada por éstos. Según el Acta de acusación (Art. 146 y 147), ellos creían que, como el Grial, esta cabeza tenía la virtud de fertilizar la tierra y que a ella debían todas sus riquezas y poder. Pero también llama la atención en este caso que no se haya reparado en la fuente egipcia. Horus decapitó a su madre Isis, después de vencer a su tío Seth, porque ella intervino para impedir que lo matara. Por otro lado, en el famoso relato Keops y el mago–que se remonta al III milenio a.C.– el poder más espectacular de dicho mago es su capacidad de restituir a un decapitado la cabeza y devolverle a la vida. 

En este sentido, resulta iluminador que el mismo tema resurgiera durante la Edad Media. En La leyenda dorada, Santiago de la Vorágine sostiene que Herodes hizo enterrar por separado el cuerpo y la cabeza de Juan el Bautista por miedo a que se unieran y el profeta resucitara. Como el propio Grial y el pez, esta cabeza cortada presenta una virtud germinativa que evoca a las deidades egipcias de la fertilidad, como Osiris e Isis, así como el sugerente cuenco que Nephtys –hermana de Isis– lleva como emblema sobre su cabeza evoca, en tanto que recipiente, al Grial. Nephtys también es la madre del dios Anubis, que participa en la resurrección de Osiris como ayudante de Isis.

El motivo del mar es otra constante asociada al pez. Morgana significa «la nacida del mar», según Evola; el cuerpo de Osiris es arrojado al Nilo y deriva por mar hasta llegar a Biblos; las desdichas de Bata se inician cuando el mar lleva un mechón de pelo de su esposa al faraón; Arturo, como rey herido mortalmente, espera su redención en la isla de Avalon; en las leyendas célticas que aluden a la tradición primordial de Irlanda, el superviviente de la raza original (Tuan) se exilia en el mar y se transforma en un pez que, comido por una princesa, le permite renacer como hijo de ésta y profeta. Las coincidencias de tantos detalles aparentemente anecdóticos en tradiciones tan dispares indica que nos encontramos ante motivos especialmente relevantes. Pero, ¿cuál es su significado?

La respuesta a esta cuestión depende de la perspectiva que adoptemos. Como recipiente, vaso, caldero o bandeja, el Grial evoca el principio femenino, como la lanza y la espada el masculino. Ambos son portadores de «la sangre real», sea porque ésta es el contenido del recipiente o porque mana de la lanza como sangre reparadora y sanadora.

Sin embargo, el análisis psicológico no es suficiente para cerrar la cuestión. También detectamos en la recurrencia de este simbolismo la voluntad de transmitir un conocimiento secreto, reservado a los iniciados. Precisamente, una de las virtudes del Grial es la iluminación. En la versión de Eschenbach es «piedra de luz ante la cual todo resplandor terrenal es nada» y ha sido transportado a la tierra por un coro de ángeles; en el Tinturel, de Von Scharffenberg, se le identifica como un símbolo del Fénix, con lo cual se le asocia a Egipto y a la regeneración cíclica de la vida; en las de Chrétien de Troyes y Robert de Boron aparece como «luz del conocimiento»; en La muerte de Arturo de Malory, se manifiesta como «un rayo solar siete veces más deslumbrante que la luz del día». Además, la sede del Grial siempre es un castillo, una comarca o una isla encantada inaccesible para el profano a la que se llega siguiendo instrucciones dadas por hadas, ermitaños o magos como Merlín.


El Grial representado como piedra celeste, a veces tallada como recipiente.

Como elemento sagrado, el Grial representa al mismo tiempo un enorme riesgo de destrucción para aquel que pretenda conquistarlo sin ser digno y una recompensa de plenitud para el caballero predestinado y escogido como vengador del rey herido y restaurador del reino. Ese es el simbolismo del «asiento peligroso» de la Tabla Redonda, reservado a dicho caballero y que causa la muerte o la desgracia fulminante de cualquier otro que se atreva a ocupar dicha silla.

Como afirma Evola, no cabe duda de que el relato del Grial codifica un itinerario iniciático. Si su sede alude a un centro misterioso (eje inmóvil en torno al cual gira el mundo), los distintos personajes resultan aspectos diferentes de un mismo tipo o función. Perceval, Galván, Galahad, Ogiero, Lancelot o Peredur, representan los distintos destinos que aguardan a quien lo busca (el iniciado). Anfortas, José de Arimatea y «el rey pescador», son aspectos del monarca herido en el muslo y en el sexo como marca iniciática (el hombre a redimir). La herida en el muslo, como el tema del rey cojo, evocan la señal que distingue a Jacob como elegido, después que luchó con Dios y venció, así como la escalera al Cielo de su sueño profético se sitúa en el lugar donde estaba la piedra sobre la cual apoyó la cabeza para dormir. No es casual que después de su lucha sea distinguido por Dios mismo con un nuevo nombre (Israel), que corresponde al «hombre nuevo» en que se ha transformado mediante su búsqueda espiritual. La alquimia interior que se produce durante la misma –como la correspondiente a la «sangre real» concebida como signo y don divino del escogido–, también se encuentra aludida en la leyenda del Grial, en la cual las cabezas cortadas de un rey y una reina aparecen selladas en plata y plomo y sostenidas por una misteriosa dama, junto a un carro que transporta otras 150 cabezas, en una versión atribuida a un monje de Glastonbury.

Por otro lado, llama la atención comprobar que este simbolismo no aparece al azar, sino en determinados momentos históricos muy especiales. Tanto el mito de Osiris como los relatos egipcios comentados se remontan al enigmático origen de la civilización faraónica. Es entonces que los misterios de Isis y Osiris adquieren dimensión nacional. El tema de la cabeza cortada de Juan el Bautista, como la de Orfeo, nos sitúan en la culminación de la cultura antigua, cuando el legado egipcio se perpetuó en un rico sincretismo con el griego y nació la tradición del Hermes gnóstico. Es el tiempo de los misterios (órficos, de Cibeles o de Atis, todos asociados a castraciones o decapitaciones) y del primer cristianismo. A su vez, el ciclo del Grial se crea enteramente entre el siglo XII y el XIII. En esta época se ponen las bases de los estados nacionales europeos y del proceso que conduce al humanismo italiano (siglos XIII y XIV) y al posterior Renacimiento. En todos los casos estamos ante periodos que representan auténticos saltos cualitativos en la evolución de la cultura humana.

Por eso, observando la historia en perspectiva, surgen inevitablemente algunas preguntas: ¿existe una voluntad de activar en determinados momentos concretos estos mitos y leyendas para transmitir un conocimiento secreto específico?, ¿cuál es la finalidad última de dicha promoción?, ¿qué o quiénes programan las sucesivas emergencias del mismo simbolismo a través de mitos y leyendas pertenecientes a culturas tan distintas? Y, sobre todo, ¿cuál es el contenido de este mensaje críptico que se reitera obsesivamente a través del tiempo como un legado primordial?

Todo indica que se trata de un saber total por el cual el iniciado trasciende la condición humana y se transforma en un ser superior que ha culminado su experiencia terrenal. En la Queste du Graal, después de contemplarlo en el «Palacio Espiritual», Galahad suplica a Dios que lo traslade directamente al Paraíso por haber conocido plenamente su misterio; en Perceval in Gallois, el castillo que sirve como sede del mismo se llama significativamente «Edén»; y en su famoso Perceval, Wolfram von Eschenbach lo define como «lo más bello del Paraíso y flor de felicidad, que trae a la Tierra una plenitud de dones similares a los del Reino de los Cielos».