El perfume

Jimena Antoniello

EL PERFUME

  

-Decime… ¿cómo huele?— me preguntó confidente.

Sabía perfectamente que yo siempre le daba importancia a las cosas que la mayoría ni siquiera tenía en cuenta. Los olores son una forma muy particular de describir a una persona. Cada una, de acuerdo a su carácter y sus hábitos contiene una esencia que le dibuja. Al menos para mí. Yo suelo describir a las personas que conozco por el perfume que transmiten.

-¡Ah! Delicioso.—le contesté sonriente y pícara— Aunque es complicado…— me miró sorprendido pero con interés, así que continué la explicación— Huele como el anochecer en un día de primavera. Después de una ducha tibia y relajante.

-Encantador, entonces. – me devolvió la sonrisa intentando imaginarse el aroma. Después de un minuto de reflexión, me miró sereno y se preparó para la pregunta que deseaba hacerme— ¿Y yo? ¿Cuál es mi aroma?— le contemplé tranquila y me sonreí despacio, con remordimiento.

-A página impresa. De un libro favorito y confortable. Un libro de siempre.

-¿Un libro puede ser confortable?— levantó su ceja izquierda en una mueca fanfarrona.

-¡Por supuesto que sí! Es uno de esos libros que relees de vez en cuando y se perciben como algo personal y propio.— suspiró.

-¿Y dónde sueles guardar los libros?— miré mis manos sobre la mesa, mis dedos entrecruzados.

-Sé a dónde quieres llegar.— le aseguré con calma.

-¿Dónde los guardas?— insistió.

-¿Los libros?

-No.— me dijo serio e irresistible.— Esos libros. Los confortables.

-Sólo tengo uno.

-Mejor entonces. Es especial.

-Claro que lo es.

-Entonces…

-En mi mesilla de noche, al lado de mi cama.— su sonrisa se hizo amplia y largó una carcajada  satisfecha. Yo no me reí.

-Es decir que en tus noches de primavera, después de la ducha relajante, sueñas con las historias de tu libro viejo.— Ahora sí me hizo reír a carcajadas. Solté mis manos y me puse de pie.

-Me voy. – dije contundente pero divertida— ¿Me acompañas?

-¿No lo hago siempre?— me palmeó el hombro con suavidad y dejamos la cafetería atrás.

 

Lo que él no sabía es que a veces los libros llegan a perder el interés, si los leemos demasiadas veces.

 


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