Diario de un estafador

La promesa

Los tiempos no eran fáciles, vaya, en realidad nunca lo son, siempre hay complicaciones económicas o sociales, pero estos eran particularmente difíciles, en medio de un proceso complicado de exigencias de los estudiantes por una libertad de expresión a la que el país, todo, no estaba acostumbrado y difícilmente podría entender al corto plazo, de represión a estudiantes y sindicalistas, de preparación para recibir al mundo para que se enteraran de una vez por todas que este era un país moderno, con capacidad de organización; pero todo esto no importaba a Pedro, le había prometido a Cristina que la llevaría al mar de luna de miel, convencido de que los conflictos que asolaban al país, que amenazaban hasta con una posible revolución serían algo pasajero y sin demasiadas consecuencias para él y la familia que estaba por formar.

Desde hace poco más de seis años en la fiesta de quince años de la hija mayor de su madrina Lupita Romero, Asunción, cuando vio a la pequeña hermana de la quinceañera y apenas un año menor que ésta, supo que ella sería, si Dios quería y la nina Lupita daba su venia, su mujer, pero no de esas mujeres que son sólo eso, sino de las otras que también son amantes, esposas, madres, apoyo, consuelo y lo que sea necesario, de aquellas con las que se pasa la vida eternamente, y cuando la vida se acaba, lo siguen siendo más allá de todo.

Convencer a la madrina de que le dejara visitar a la jovencita no fue fácil, en principio porque él era bastante mayor que la niña, él contaba ya con veinte años y ella apenas rondaba los catorce, porque la madre había sido la mejor amiga de Cristina, su madre, desde la infancia, y a él le conocía de toda la vida, le había llevado a la pila bautismal, cargado, cambiado pañales, dado de comer, soportado sus travesuras y, cuando su madre murió de un ataque de tristeza, de esos que le daban con frecuencia y de cuya causa nunca pudo averiguar, se convirtió en su madre temporal hasta que los abuelos vinieron y se lo llevaron con ellos a vivir a Guadalajara, con sólo un pantalón, un par de camisas y sus cuatro años como equipaje.

Mantuvo contacto con ella gracias a las cartas y uno que otro paquete que ella le enviaba con frecuencia por correo, su abuela solía leérselas; al año exacto supo que se casaría con Luis, el aprendiz de boticario que vivía en la misma vecindad en la que él había vivido; se enteró de que Luis había iniciado su propio negocio y en la farmacia les iba bastante bien, no eran ricos pero tenían lo suficiente para vivir bien y para que no le faltara nada al bebé que venía en camino; le contó de su embarazo y, al paso del tiempo, del niño que al octavo mes de gestación se malogró y de la grave depresión que esto ocasionó a Luis, llevándole a tomar cada vez más, a descuidar la botica y a convertirse en un extraño irreconocible, mujeriego y pendenciero; supo que ella tuvo que encargarse de sacar adelante la botica y la casa; que nuevamente estaba embarazada, que todo iba bien y finalmente había nacido una pequeña niña, una hermosa niña a la que llamarían Asunción, como la madre de Luis; que a los pocos meses, de pronto y sin planearlo, nuevamente estaba embarazada; luego vino un período de tiempo sin tener noticias de la nina Lupita, hasta que poco más de un año después recibió una nueva carta, en donde le contaba que estaban felices porque luego de un embarazo con muchas complicaciones que le habían impedido seguir escribiéndole, habían tenido una pequeña niña, que había nacido prematuramente y le habían llamado Cristina en honor a su madre, que Luis había prometido dejar bebida, parranda y mujeres, que era un marido ejemplar y desde entonces la niña iba creciendo y cada vez estaba más sana.

Así, entre cartas cada vez menos frecuentes, creció Pedro y se convirtió en joven, y mientras aprendía el oficio de carpintero en el taller del abuelo, una tarde recibió una carta de la nina Lupita, luego de más de ocho años sin tener noticias de ella, en la que le decía que al poco tiempo de la última carta Luis había fallecido atropellado por un camión, que desde las cosas no habían sido fáciles sin el marido, aunque ella ya tenía mucho tiempo a cargo del negocio, sola y a cargo de dos niñas, y que le invitaba a la fiesta de quince años de su hija mayor.

Llegado el día de la fiesta, Pedro viajó a la Ciudad de México en camión desde Guadalajara, un largo viaje de casi doce horas que se hacían más difíciles en cada pueblo en que el chofer se detenía sin que estuviera programado, porque el boleto decía claramente con letras rojas Directo Guadalajara-México vía León. Afortunadamente, a encargo de la abuela había salido con mucho tiempo para alcanzar a llegar a la Villa a rezarle tres avemarías a la Virgen de Guadalupe, luego a buscar alguna tienda a comprar algo para regalar a la festejada y de ahí a la colonia Buenos Aires, a la iglesia en donde sería la misa y luego a la casa de la festejada, en donde habría de ser la fiesta, aunque por la demora apenas si alcanzó a comprar una chuchería barata a la festejada para llegar directo a la fiesta. Cuál sería su sorpresa al ver, por primera vez, una fiesta en la calle, toda una cuadra cerrada por un par de automóviles en una esquina y en la otra por un camión de transporte de materiales para la construcción desde donde tocaba un conjunto de música tropical todos vestidos con camisas floreadas de colores vivos; por primera vez veía a un mar de gente comer antojitos que las vecinas preparaban en sus casa y ponían en mesas colocadas en ambas aceras al centro de la calle, en las que algunos señores ponían poncheras llenas de aguas frescas de limón y jamaica, las de los niños con mucha azúcar y las de los adultos con mucho ron, para entrar en ambiente, y allá cerca del conjunto, a señores y señoras, jóvenes y jovencitas, niños y niñas, guarachear como si estuvieran bailando un rocanrolito o un swing, pero a ritmo más guapachoso, más sabrosón. Tíbiri, tíbiri tábara, supo después que así se les llamaba a aquellas fiestas, y que normalmente no eran con grupo sino con la vieja consola de algún vecino, que los muchachos llevaban sus propios discos de acetato de treinta y tres y cuarenta y cinco revoluciones, si confiaban en el que se encargaría de poner la música hasta que anduviera muy borracho y entrara otro al quite.

Ese día, al ver a Cristina supo que se casaría con ella, porque desde que la había visto sintió por dentro, alrededor de las tripas, algo que le decía que así debía ser, lo que confirmó con la mirada que ella le echó cuando los presentaron, y ese mismo día, mientras descansaban de bailar un rato, le había prometido que algún día le llevaría a conocer la blanca Mérida, las ruinas mayas y los cenotes sagrados, obteniendo de ella, como única respuesta, un murmullo que a él le pareció decir algo como "cuando nos casemos", decidiendo no regresar a Guadalajara, más que por algunas cosas y a avisar a los abuelos. Ya con el permiso de la madre, y luego de conseguir trabajo en una fábrica de muebles, había ahorrado lo más que podía para poder costear una boda con toda la mano y un viaje de bodas al sitio que había prometido desde el primer momento. De la boda y la fiesta hay poco que decir, fueron las mejores que el barrio hubiera visto desde que los más viejos tuvieran memoria.

Finalmente, el viaje en autobús, más de mil quinientos kilómetros de carretera en la que habría que bordear el Golfo en medio de un impresionante calor que fácilmente deshidrataría a cualquiera, casi tres días de viaje que Pedro no hubiera aguantado si no fuera porque no hay cosa que un enamorado no aguante, y mucho menos si está recién casado, si quiere cumplir una promesa. Pasaron sin conocer siquiera por Cholula, Puebla, Orizaba, Córdoba, Minatitlán y Villahermosa, pero de ahí en adelante era tanto el calor al atravesar la selva que la segunda parte del viaje no supieron ni por dónde iban pasando, si acaso por Campeche y algún otro pueblo que al final, de tan extraño, no pudieron recordar su nombre nunca más.

Mérida, definitivamente, era otra cosa, ciudad limpia, de casas perfectamente alineadas, todas pintadas de blanco, habitada por gente morena y de baja estatura, que hablaba con muchos localismos que ellos no entendían, pero atenta como nunca habían conocido, y no es que hubieran conocido a mucha, porque ella nunca había salido de la Ciudad de México y él cuando mucho conocía Guadalajara y sus alrededores y un poco del Distrito Federal, pero como eran jóvenes y de buen trato, no se les complicaba relacionarse fácilmente, de manera que al segundo día ya habían trabado amistad con don Melquiades Poc-Tul, taxista que cuando no tenía trabajo se echaba unos pesos extra a la bolsa ayudando a su cuñado como mesero de una fondita a la vuelta de la esquina del hotel en que se hospedaban, quien esa tarde se sentó con ellos a platicar y a tomarse unas cervezas pa'la calor, les llevó a dar la vuelta en su taxi por el paseo Montejo y ya entrados en tragos les convenció de que si no iban a conocer las ruinas arqueológicas de Chichén Itzá, los xenotes sagrados y los manglares cercanos a una pequeña isla casi desierta conocida como Cancún era como si no hubieran conocido Yucatán, -porque Mérida no es todo,- les decía -acá está bonito con sus casas igualitas todas encaladas de blanco, pero- aseguraba -allá en mi tierra, pura cosa buena-, y hasta se ofreció a llevarles en su taxi, al cabo irían muy cómodos en el packard modelo 1950, serie 2300, casi nuevo que le había vendido baratísimo un inglés que trabajaba para una compañía petrolera pero que se había tenido que regresar a Londres porque a su esposa le había sentado mal el clima caluroso de Mérida, y flemática ella como buena inglesa que era, ni que hacer, porque como bien decía el inglesito, donde manda la mujer no gobiernan ni Dios ni el petróleo.

Y ya convencidos, allá van, a conocer la verdadera Yucatán, y las rutas mayas, y los xenotes, las pirámides, las selvas llenas de monos araña y ocelotes, de gente dura, de expresión fuerte y machete a la mano, que a las primeras de cambio soltaban el machete y aflojaban el rostro, cambiando la aparente fiereza por una calidez que nunca hubieran imaginado, y al llegar a la isla, a Cancún, la arena más blanca que hubieran imaginado ver jamás, más que la de Mérida, y ya es mucho decir, unos manglares verdes que se fundían con el mar azul, tan intenso, que hasta parecía una turquesa al sol, pero cristalina, tanto que era posible ver desde la playa el rojo de los arrecifes de coral al que los pescadores daban vuelta para echar las redes, para evitar que se enredaran en ellos y entonces sí, ni pesca, ni redes, en donde los pescadores más jóvenes se echaban al agua a nadar y a pescar con arpón, sólo vestidos de agua y con unos carrizos a manera de tubos de respiración como los que utilizaban los gringos que venían a bucear.

Fue tal la fascinación que sintieron por el lugar que antes de volver a Mérida, de donde partirían de nuevo a México la tarde del día siguiente, y luego de recoger algunas cosas, las pocas propiedades de soltera de Cristina y de despedirse de la nina Lupita y de Asunción, porque habían decidido irse a Guadalajara, en donde ya Pedro tenía un trabajo y a sus abuelos, y las cosas seguramente irían mejor, se hicieron otra promesa, que cuando "agarrara agua la nube" y ya "las aguas hubieran tomado su cauce", lo primero que harían sería volver, otra vez de vacaciones, pero ahora a Cancún nada más, aunque fuera más largo el viaje, a sentir la arena fina en los pies desnudos a correr por la playa y nadar en los bancos de coral, a dormir de cara al cielo, viendo las estrellas nada más, sin que les cubriera otra cosa que sus ganas.

Pero las cosas no mejoraron pronto ni las nubes ni las aguas dieron su consentimiento, y la promesa cada vez se fue empolvando más, vinieron los hijos, ocho, los problemas económicos, muchos, intercalados con tiempos de bonanza en que lo primero era ahorrar para el futuro, para pagar la escuela de los hijos y que puedan tener mejores oportunidades que las que nosotros tuvimos, y luego las bodas de los hijos y la llegada de los nietos, que aunque parezca que no, cuestan, y mucho; mientras tanto Cancún dejaba de pertenecer a Yucatán sino a un estado de nueva creación, Quintana Roo, y comenzaba a convertirse en uno de los sitios turísticos más importantes del país, a donde sólo podían darse el lujo de ir los ricos muy ricos o los extranjeros muy extranjeros, en donde había hoteles de cadenas internacionales que ni en las ciudades más grandes del país tenían presencia.

Así, cuando ya no había hijos en casa y los hijos de los hijos iban creciendo, una noche, mientras veían televisión Pedro y Cristina, sin hablarse, como casi no se hablan los esposos que andan rondando los treinta y tantos años de casados, escucharon en el noticiero que un terrible huracán, el Vilma, había azotado las playas de Cancún, que era el más severo en la historia no sólo de aquel destino turístico sino de toda la península, que mucha gente había perdido sus viviendas y fuentes de empleo, que los hoteles estaban muy dañados y que las pérdidas serían cuantiosas. Y al escuchar el nombre de Cancún, juntos, como por arte de magia les brillaron los ojos con una intensidad que hacía muchos años no tenían y recordaron la vieja promesa, y se volvieron a prometer que dos años y medio después, en el verano, justo cuando cumplieran su aniversario de bodas, el número cuarenta, habrían de cumplirse la promesa.

La idea tomaba cada vez más forma, ahorrarían cada centavo que pudieran, y le pedirían a los hijos su ayuda, al cabo que ya habían hecho mucho por ellos haciéndolos a todos profesionistas y gente de bien; y así cada peso se iba al banco, se implementó en la casa un plan de rigurosa austeridad, Pedro finalmente dejó el cigarro, ya no se tomaba más refresco y Cristina no encendía la televisión ni la radio en las mañanas mientras hacía los quehaceres domésticos, se les veía más contentos, con un entusiasmo que durante muchos años había permanecido escondido tras de una gruesa capa de rutina y hastío, se llenaba un calendario en que se contaban los días hasta la fecha en que se cumplirían las cuatro décadas de feliz, sí, feliz, ese es el adjetivo adecuado, matrimonio, pero un viernes de abril, faltando sólo dos meses para cumplirse la promesa, a mediodía, mientras Pedro cruzaba la calle que separaba la tortillería de don Atenor, a donde había ido a comprar medio kilo de tortillas para la comida, de su casa, desde donde apostada en la puerta le esperaba Cristina con el delantal todavía puesto, pensando que a pesar de los años Pedro todavía se veía apuesto, fuerte como un roble, como en sus mejores años, él levanto la mano como para saludarle, sonriente, con una sonrisa que inmediatamente se convirtió en un rictus, se llevó la mano al pecho, y se desplomó por un infarto fulminante, como si le hubiera caído un rayo.

Esta tarde de domingo, del 13 de julio de 2008, Cristina camina por la avenida Kukulkán del brazo de Pedro, otro Pedro, su hijo mayor, a buscar una lancha para ir al mar, a esparcir las cenizas, a cumplir la última promesa.



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