CAMINO SANTIAGO (II)
De Logroño a Burgos

"Con la segunda parte de nuestro particular Camino de Santiago reanudamos esta experiencia, ya cumplido el “Hasta el año que viene” conque nos despedimos, y es precisamente la etapa Logroño a  Burgos, que tan entrañable ha resultado para nosotros como caleroganos, la que ocupará nuestros esfuerzos en los próximos días."  (Marta y Angel Torralba)

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  El tiempo parece no haber transcurrido al llegar a Logroño en autobús, tras atravesar el impresionante Puerto de Piqueras. En esta ciudad son previsores y, para atender la gran afluencia de peregrinos, han habilitado un polideportivo donde pernoctamos. 

     La marcha se inicia al despuntar un lluvioso primer día, pero antes es obligado pedir al Santo su bendición en el interior de la Iglesia de Santiago, donde se conforta al peregrino con una oración para el alma y rosquilla con trago de agua para el cuerpo. 

     Abandonamos Logroño y al atravesar el precioso Parque de la Grajera, encontramos a Marcelino Lobato, veterano y peculiar peregrino, quien desde su caseta ambulante nos ofrece charla y ánimo. Más adelante se llega a Navarrete, famosa por su cerámica y por el magnífico retablo de su iglesia; y de allí a Ventosa, pequeño pueblo con buen albergue y mesón. 

   Tras un ligero desayuno, al día siguiente nos encaminamos a Nájera, con obligada visita a Sta. Mª la Real que alberga el Panteón de los Reyes de Navarra. Dejamos para mejor ocasión los cercanos Monasterios de San Millán de la Cogolla y Yuso, finalizando la etapa en Azofra, único alojamiento con habitaciones independientes para dos peregrinos. 

     Con el albor del nuevo día el albergue se pone en movimiento y ordenadamente todos recogen sus bártulos; como es habitual, cada uno protege especialmente los pies que afrontarán lo más duro de la jornada. Ya comienzan a escasear los viñedos en el paisaje al entrar por la medieval calle Mayor en Sto. Domingo de la Calzada, donde la tradición dice que: “cantó la gallina después de asada”, y en su recuerdo en la Catedral hay una hornacina donde conviven un gallo y una gallina blancos. 

     Continuamos hasta Grañón, último pueblo riojano. En su albergue, integrado en la iglesia parroquial, compartimos cena con el resto de peregrinos y una deliciosa velada religiosa en el coro de la iglesia. Entre los peregrinos que vamos coincidiendo en el Camino se establece una relación grata y enriquecedora, aún sabiendo que casi seguro no nos volveremos a ver. 

     Y ya por fin entramos en tierras burgalesas camino de Belorado, que aparece inesperadamente tras una curva. Refrigerio con descanso a la sombra de su recoleta y provinciana Pza. Mayor y de nuevo camino hasta el cercano pueblo de Tosantos, donde la hospitalera Teresa con buena sopa caliente y su espíritu acogedor nos reconforta del cansancio pasado. 

    La jornada siguiente nos deparó la etapa más dura, la travesía de los Montes de Oca. Tras llegar a Villafranca ascendemos a la Pedraja con descanso en una apacible fuente.  Continua la marcha por cuatro largas horas, en que hasta la moral se resiente, finalizando en S. Juan de Ortega. En la capilla de S. Nicolás de Bari de su templo monacal restaurado, se contemplan sus relieves, conocidos porque dos veces al año ( 21 de marzo y 21 de septiembre) a las 7:07 un rayo de sol entra por una pequeña ventana e ilumina la escena de la Anunciación de uno de sus capiteles. 

     En la penúltima etapa anduvimos hasta Atapuerca, donde impresiona visitar los yacimientos prehistóricos de la Trinchera del Ferrocarril y otras simas y cuevas que han merecido ser declarados Bien Patrimonio de la Humanidad. Desde allí continuamos hasta Olmos de Atapuerca para descansar, ya inquietos por la proximidad de nuestra querida ciudad. 

     Y amaneció el día, monte a través coronamos un alto con repetidores y antenas, desde donde ya se divisaban en el horizonte las torres de la Catedral. Iniciamos el descenso hasta Rubena y de allí a Villafria, pudiendo apreciar como el Camino se va urbanizando según nos adentramos en Burgos, hasta que por fin aparece la estatua el Cid al final de la calle Vitoria. Habíamos llegado a Burgos, una de las ciudades más importantes del recorrido, que llegó a contar con más de treinta hospitales en su mayoría para peregrinos. La visita a la incomparable Catedral y el paseo por la ciudad nos compensaron del gran esfuerzo pasado. 

     Cumplida la meta propuesta, el regreso a  Madrid tras una fría noche en Burgos lo hacemos acompañados, como el año pasado, de tantos recuerdos vividos en esta parte del Camino que “se sigue haciendo al andar”.      ¡ Hasta el año que viene ¡ 

Tramo anterior: De Roncesvalles a Logroño