Un sueño para mi
 

Una noche de calor, como otras. Dolores que asaltan de nuevo mi pecho, como otras veces. El calor no me deja dormir y mi mente se dirige hacia ti, te sueña, te espera,...

Después de te tantos dolores, de tantos rechazos, sueño que llegas tú a mi vida. Mujer concreta, capaz de amarme como soy, de ver a través del espejismo de un cuerpo físico, de encontrar lo que soy más allá de lo limites de un cuerpo que me ha formado como persona.

Eres morena, de pelo corto, con un sentido del humor afilado, rayando en lo irreverente. Eso me gusta. Una apariencia externa de tía dura, como si te hubieran sacado de una peli del oeste, mujer segura de si misma. Por dentro, un pozo infinito de ternura, la capacidad de dejar caer esa fachada de mujer fría con la que te proteges. Calor, cariño, una mirada que atraviesa las apariencias que todos intentamos dar y que ve lo que realmente se esconde en mi alma.

Nos han presentado unas amigas, ellas felices de haber recuperado el amor después de de sendas historias fracasadas. Nos reúnen para hacernos participes de su felicidad, después de todo hace mucho que no nos vemos. Y ahí estas tú, no nos han presentado nunca pero te conozco, te conozco de vista, te conozco de salir por los mismos bares, de encontrarnos decenas de veces. Hacia mucho que no te veía, con la edad tendemos a retirarnos de las juergas nocturnas, preferimos una vida tranquila. Pelis, perros, hogar, pareja, intimidad, amor,…

El primer día me sorprende tu sentido del humor, y me hace reír, nada escapa a tu afilada lengua ni siquiera cosas sobre las que esta mal visto hacer bromas. Eso me gusta, no te dejas llevar por lo que los demás o la sociedad dicen que tenemos que hacer o decir.

Nos encontramos varias veces, siempre con otras amigas, alguna vez te digo que te quedes a terminar la juerga conmigo pero tú siempre te vas. Estas cansada. Me entristece un poco, supongo que no soy de tu interés, que haría mejor en no estar pendiente de ti.

Un día cualquiera, salgo de juerga porque tengo ganas de ver a mi gente, a todas esas amigas y amigos que he ido haciendo a fuerza de salir por los mismos lugares, de compartir noches, calores y empujones en los mismos bares. Realmente he conocido personas a las que aprecio mucho y eso me empuja a salir a pesar del cansancio del trabajo.


Se me ha hecho tarde, como de costumbre últimamente, y en lugar de quedarme en la cafetería en la que suelo empezar la noche, paso, saludo y sigo mi camino hacia mi pub preferido. Como es tarde ya esta lleno, así que cuando llego a la puerta tengo que armarme de valor para atravesar esa selva de cuerpos ardientes por el calor de la fiesta, húmedos por el sudor, fluctuantes al ritmo de la música. Valiente me interno en esta espesura intentando molestar lo menos posible, de repente algo llama mi atención hacia el rincón más tranquilo de la barra, y, allí esta ella. Me mira y sonríe como dándome la bienvenida. Yo le sonrío y me abro paso para ir a saludarla. Le doy solo dos besos, no tengo confianza suficiente con ella como para darle un abrazo, que es, en mi opinión, la mejor manera de saludar a alguien que aprecias.

Intercambiamos algunas frases antes de alejarme para averiguar si en el local se encuentra alguna otra conocida. Saludo con mis mejores abrazos a las amigas que me encuentro, charlo un poco con ellas para saber como se encuentran,  y cuando ya he inspeccionado el local retorno allí donde mi corazón quiere estar, a su lado.

No sin trabajo, regreso a su lado. Me meto con ella, digo tonterías por montón, cualquier cosa para que no decaiga la conversación y para hacerla reír. Y así, entre risas se acerca el final de la noche. El portero, tan pesado como siempre, viene a recordarnos que están cerrando el local.

Empiezo a despedirme de ella pues no me apetece seguir de fiesta, se que ella tampoco lo hará, y yo tengo ganas de regresar a mi casa y a mi cama que me acogerá con cariño.

No me importaría que ella viniera a mi cama o que me invitara a la suya, pero eso no pasará y yo no me atrevería a proponérselo jamás. Es el precio que hay que pagar por la timidez.

Para alargar la despedida, y mientras nos colocamos los abrigos, le pregunto que hacia donde tiene el coche, para ver si existe la posibilidad de acompañarla.

- ¿Hacia donde vas, donde tienes el coche?.

-  Por la catedral, ¿Y tú?

- Pues nada, nos vamos solitas. Yo lo tengo por el barrio nuevo, nos vemos, cuídate.

- ¡Oye! ¿Por qué no me dejas tu teléfono y quedamos algún día?.

-  Claro, apunta.

Le doy mi número de teléfono un poco sorprendida, me despido nuevamente y me voy calle abajo cantando mi tango preferido mientras cavilo sobre los posibles significados de su petición. ¿Será que tengo alguna posibilidad con ella? Será mejor olvidarse, lo que sea sonará.

Pasó el fin de semana y de vuelta a la rutina del trabajo. El lunes esperé un poco su llamada pero no llegó. A miércoles ya me había olvidado cuando suena mi móvil, un número que no conozco. Contesto con un “buenas tardes” de rigor y me quedo muda. Es ella, me ha llamado. Cuando me sacudo la sorpresa la saludo con buen humor y le gasto alguna broma para relajar el ambiente. No me lo puedo creer, quiere que vayamos al cine esta noche, por supuesto le digo que sí.

Fue una velada tan agradable que se me hizo muy corta, me lo pasé bien viendo la película y luego hablando con ella. No tenía ganas de que terminara la noche, pero al día siguiente teníamos que cumplir con el trabajo así que decidimos retirarnos, nos fuimos paseando lentamente hasta donde habíamos aparcado los coches.

Nos miramos a los ojos sin saber que hacer, así que para romper el hielo me despedí diciendo que ya era tarde, le agradecí la estupenda velada y me metí en el coche. Me saludó con la mano cuando me iba.

Pasé lo que quedaba de semana pensado en ella, y en lo que debía hacer. Cada vez que sonaba el teléfono una esperanza. Ella me gustaba pero tal vez ella no quisiera más que una amistad de mí. Sería mejor esperar.

Por fin el sábado la llamada que tanto había deseado:

- Hola, ¿que tal?

- Bien, ¿y tú? ¿Qué tal te ha ido la semana?.

-  Un poco agobiada en el trabajo pero bueno, salimos adelante. ¿Tienes planes para esta noche?

- Pues no, la verdad, supongo que saldré a dar una vuelta.

- ¿Te invito a cenar, vamos al chino?

- Mmm, sí, me encanta la comida china.

- ¿Te recojo a las diez?

Con una sonrisa bailándome en los labios le expliqué como llegar a mi casa, terminamos de hablar y nos despedimos. Salí disparada hacia la ducha, quería estar preparada cuando ella llegara a por mí.

A las diez en punto yo ya la estaba esperando en la puerta de mi casa, no se hizo de rogar mucho, en dos minutos apareció su coche en mi calle. Feliz me subí al coche y la saludé con dos besos, por la posición un poco forzada del coche uno se me resbaló un poco hacia la comisura de su boca. Que pena ser tan cobarde y no atreverme a robarle un beso en los labios.

Me divertí mucho en la cena, me encanta hablar con ella, no hay tema sobre el cual no podamos discutir. Nos gastamos bromas, nos miramos a los ojos sin saber que decir y huíamos hacia algún nuevo tema de conversación. Así pasamos la cena y los postres. Al borde de unos cafés me propuso continuar la velada tomándonos unas copas. Yo por supuesto dije que si, estaba tan a gusto en su compañía que ni siquiera lo pensé. Nos fuimos paseando lentamente desde el restaurante a la zona donde están los bares de copas. Volvimos al sitio donde nos presentaron, seguimos con nuestra amena conversación mientras nos tomamos algo. Yo un licor y ella solo un refresco pues tenía que conducir. Se me pasó la velada casi sin sentir, nos dieron las tres de la madrugada sin darnos cuenta. De pronto sentí todo el cansancio acumulado de la semana de intenso trabajo, así que le pregunté que si nos podíamos retirar. Asintió con una sonrisa tierna y yo cogí mi chaqueta para salir.

El viaje de vuelta lo hicimos casi en silencio, pero no un silencio incomodo, un silencio pacifico que se da cuando todas las cosas encajan. No tardamos mucho en llegar a mi casa, vivo cerca de la ciudad, detuvo el coche y yo me dispuse a despedirme. Me giré para darle dos besos en las mejillas pero sin saber por que me quedé mirándola a los ojos. Nos miramos, un rato que pareció eterno, me quedé colgada de sus ojos y de las sensaciones que me transmitían. De pronto se inclinó hacia mí y me besó en los labios, con tanta ternura que me encogió el corazón.

- Buenas noches mi niña, que descanses, y que sueñes conmigo.

Solo me alcanzó la voz para contestar con un leve “adiós”.   

Crucé la calle para llegar a mi portal con la cabeza gacha y su beso bailando en mi memoria. Sin saber ni como me desnudé y me metí en la cama. Me dormí pensando en sus labios sobre los míos.

Al día siguiente, en un descanso del trabajo, me decido a llamarla para ver como está. Hablamos unos minutos sin mencionar para nada el beso de la noche anterior ni ninguna otra cosa que nos implicara a las dos. Una conversación de amigas, quedamos para volver al cine.

Así fueron pasando los meses, nos veíamos a menudo entre semana, quedábamos para hacer cosas o simplemente para tomar un café. Nuestra amistad se iba cimentando en cada conversación, cada paseo, cada confesión.

 

Autora : Sandra

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