Un camino diferente

Estep - estepari@gmail.com 

Podría decirse que era comprensible sentir temblores en el estómago. Podría decirse porque desde aquella noche cada vez que pensaba en ella sentía que el frío invernal nunca se iba de sus huesos. Por compararlo con algo que tenía el mismo efecto: temblores en toda la columna  vertebral. Porque de frío tenía bien poco. Los temblores se alternaban con palpitaciones ahí abajo, y ésas sí que calentaban el cuerpo. Así que el resultado era un bonito galimatías de sensaciones que habían trastocado su metabolismo, su sueño y su termostato biológico.

Ya antes, al pensar en ella y tenerla cerca sentía que la palabra “inminencia” adquiría forma y que sólo hacía falta el chispazo de dos piedras chocando para que se convirtiera en fuego. Y chocaron las piedras, erupcionó el volcán y hubo fuego, llamaradas, un gran incendio que devastó hasta el tuétano de las piedras, pero del choque salieron despedidas, quedando cerca la una de la otra, incandescentes e imantadas pero separadas por un río de lava. El recuerdo de aquella noche llegaba en forma de lluvia de cenizas, ardientes, perforando la piel, imposible esconderse de ellas.

Podría decirse que era comprensible sentir temblores en el estómago, ahora que se acercaba a la orilla del río de lava.

El día no podía ser más soleado. Adoraba el sol en invierno, el sol de febrero. Sus rayos no dañaban pero calentaban dulcemente, rozando la piel en suave caricia. Al ascender la colina que separaba los últimos vestigios de civilización del río se sintió como una niña recogiendo flores en primavera, buscando la más bella del lugar, aun a sabiendas de que ésta se hallaba en la cumbre más peligrosa de la montaña. Al descender, sintió vértigo y tuvo que sentarse durante unos instantes en un árbol caído. Escuchó atentamente, pero sólo oyó el silencio en la distancia. Ni siquiera una suave brisa en ese raro día de finales de invierno, ni un pájaro galanteando a su hembra. Siguió su camino, el camino formado, entre otros, por sus propios pasos. El aroma era exquisito, la humedad de estos días atrás secándose al sol. Dos semanas de lluvia, a veces intensa, a veces ligera, pero siempre presente, había dejado el paisaje lleno de vida. El follaje estaba alto, de un verde intenso, el musgo se apoderaba de la parte baja de los árboles y de las piedras. Nuevas hojas brotaban de troncos aparentemente secos. Al llegar al valle un manto de tréboles la recibió como recibe la alfombra roja a una estrella de cine, pero no era roja, sino verde y amarilla. Las flores de la vinagreta, los alfalfillos, rozaban sus manos y el sonido de sus pasos masajeaban sus sentidos: grsh, grsh, grsh.... Algunas florecillas violáceas se atrevían a abrir su intimidad al resguardo de las rocas del camino.

Entonces escuchó las primeras voces, lejanas pero completamente entendibles en este silencio bucólico. Muchos metros más adelante encontró a Lara subida a un árbol, literalmente colgada cual murciélago, balanceando su cuerpo con los aspavientos de sus brazos. Contó en voz alta hasta tres y cuando su cuerpo se adelantó casi en perpendicular a la rama sobre la que enganchaba sus rodillas, estiró sus piernas y cayó al mullido suelo de pié. Una gimnasta olímpica no lo podría haber hecho mejor. La niña se disponía a repetir tal proeza, pero viendo María la tela de sus pantalones desgastadísima por las corvas se acercó a ella rápidamente y la separó del tronco, sujetándola por atrás en un cariñoso abrazo.

- ¡Mámá! Joer, qué susto… ¿has visto mi salto?- Lara besó a su madre y acto seguido se echó saliva en la palma de la mano y se masajeó por detrás de las rodillas.

- Claro que lo he visto, menuda pirueta, chica. ¿Tú has quitado la corteza de la rama?- Parte de la rama sobre la que se había balanceado la niña estaba pelada.

- Qué va, ha sido Cris. Se subió allí y le quitó la corteza con no-sé-qué, y luego se colgó como yo y saltó igual. Me ha enseñado a saltar así y sé hacer otros saltos en el tronco del río- Lara se refería al tronco que hacía las veces de trampolín, que sobresalía de la otra orilla y que sólo cumplía esa función cuando llovía y el caudal del río crecía lo suficiente. 

María contuvo un escalofrío. Sabía que sobreprotegía demasiado a su hija y le costaba horrores dejarla disfrutar con esos juegos. Cristina le había hecho ver que no tenía que estar tan pendiente de ella, pero Lara sentía tal admiración por Cristina que ya se la imaginaba con la cabeza partida imitando uno de sus saltos mortales en el agua. 

- Mamá… no le digas a Cris que me has visto saltar aquí, no me deja si no está ella aquí debajo- y señaló el suelo sobre el que había aterrizado tras su cabriola.

- Ah, vaya, así que yo sí veo con buenos ojos que te puedas partir la crisma tú solita- Miró a su hija, que tenía mirada de haber cometido una imprudencia imperdonable. A pesar de sus 11 años y de su avispada inteligencia, Lara podía ser muy inocente. Aprovechó su falso mosqueo y la mandó de vuelta a casa.

- Joooo, mamaaaá, no tengo deberes, y Cris no está por aquí para avisar que me voy.

- Y dale con Cris… Dios, qué devoción… ya la aviso yo, anda tira para casa y ni se te ocurra volver- dicho esto se sintió absurda. “Ni se te ocurra volver”. ¿Por qué carajo había dicho eso? Sólo esperaba que a Lara no le hubiese parecido igual de extraño.

- Vale, doña Celosa, jejejejeje- y se fue danzando sin darle tiempo a replicar. 

¿Celosa? Era posible, pero no de Cristina. Agradecía la presencia de ella en la vida de Lara. Gracias a ella Lara se había abierto más a María y ahora estaba más presente en su vida, no sólo como madre y no tanto como amiga. Ahora estaba tranquila porque le contaba sus cosas, con naturalidad, tal vez demasiada. A pesar de su edad, Lara se había convertido en su confidente para según qué temas, y la niña le devolvía esa confianza contándole sus “historias de preadolescente”, como llamaba su hija. Se acercaba una edad complicada y agradecía a Cristina lo fácil que había puesto el terreno. Para nada sentía celos del tiempo que pasaba la niña con ella. Pero debía reconocer que sí sentía celos del tiempo que pasaba Cristina con su hija. A veces tenía arrebatos infantiles y deseaba con fervor que ese tiempo dedicado no fuera más que una excusa para estar cerca de María. Qué absurda era en muchas ocasiones, qué absurda y qué ilusa. Ella visitaba el pueblo para estar con Lara, la mayoría de las ocasiones María no tenía noticias de que habían pasado el día juntas, en el río, pescando, subiendo peñascos. La niña había aprendido a trepar, nadar de todas las formas posibles, distinguir las distintas especies de árboles, plantas y flores, pescar y diferenciar algunos peces, así como ponerles el nombre adecuado a las nubes. “Mamá, ésas son cirros, se parecen a colas de caballo, están muy alto y me dicen que hoy hará buen tiempo”, “Uy, mamá, hay cirroestratos, así que puede que llueva mañana”. Guadalupe no hacía más que quejarse de lo pedante que se había convertido su nieta, pero a María le hacía gracia y adoraba escuchar a su hija en esos momentos.

Pero sentía celos. Si tantas cosas había aprendido su hija con Cristina era porque ésta le hablaba y hablaba, sin embargo con María era una gran oyente, si bien es cierto que María hablaba por dos, sobre todo cuando estaba nerviosa. Y últimamente se ponía muy nerviosa en su presencia. ¿Por qué no le ponía las cosas fáciles, como hacía con Lara? Joder, qué patética era, querer ser tratada como una niña por la persona con la que había compartido la noche más apasionada de su vida.

Después de esas horas mágicas que pasaron, por no llamarlas con otro calificativo mucho menos dulce y que todavía enrojecía sus mejillas al recordarlas y hacía temblar sus entrañas, María volvió a sus temores, corrió la cortina de la represión y se encerró en su cómoda y ortodoxa existencia de pastelera especializada en merengues. Y esas palabras: “Muy bien, como quieras, tú viniste hasta aquí, y eres libre de regresar y creer que nada ha cambiado en tu vida. Tal vez sea cierto. No pienso ser la persona responsable de tus sentimientos de culpa. Así que por mí, todo está bien. Todo sigue igual, esto sólo ha sido un sueño, una fantasía cuya materialización ha satisfecho tu necesidad de alejarte de tu mundo por unos momentos. Vuelve tranquila a tu concha, que yo no pienso arañar su frágil cristal. Tengo cosas mejores que hacer”.

Lo dijo con tanta tranquilidad, con tanta parsimonia, tan desapasionadamente que en esos momentos tuvo la verdadera libertad de irse de su casa sin el temor de haber movido ninguna pieza de su ordenada existencia caótica. En los días que siguieron, días lluviosos y eternos, pensó mucho en todo, y se convenció de que podía haber sido un sueño. Cristina le volvió a poner las cosas “fáciles”, ni una mirada inquisidora, ni una palabra delatora, ni una falsa sonrisa delante de Lara. Como si nada hubiera pasado. Pero llegó el momento en que los recuerdos de ese sueño empezaron a quemarla, a pellizcarle el pecho provocando un dolor lacerante para demostrarle que no había soñado. Cuanto más los rehuía más se atropellaban en su mente y en su vientre. Y nada solucionaba pasando el tiempo con ella y su hija, como cualquier otro día pasado. Ambas representaban un papel delante de Lara, al menos María, porque no estaba segura de si Cris aparentaba normalidad o si realmente había pasado página. ¿Le molestaba eso? ¿El hecho de que Cristina no pasara por el sufrimiento que sentía María en el mismo tuétano? Bueno, mejor para ella, sólo quedaba sufrir y hacer como si nada, tragarse las palabras, los sentimientos y los deseos. Tal vez lo consiguiera y quedara una bonita amistad para recordar después de los años.

Con este pensamiento y falsa valentía se encaminó hacia el río, en busca de la ninfa que de vez en cuando lo habitaba. 

No sabía por qué pero trataba de silenciar el sonido de sus pasos. La buscaba entre las sombras de los árboles y sobre la planicie de las rocas, junto al río. Se quedó muy quieta, escuchando en una dirección y mirando hacia la parte opuesta. Hasta que la vio nadando en la parte profunda del río, cerca del tronco-trampolín. Nadaba de espaldas y luego desapareció bajo las aguas. Pasaron dos, tres minutos. María había aprendido a no preocuparse por eso. A unos cien metros la vio salir por la orilla de la gran roca. Llevaba un bikini amarillo y naranja, perfectamente combinable con el tono de su piel. Se tumbó en la roca, extenuada, jadeando por el esfuerzo de haber buceado tantos metros. Poco a poco fue recobrando el aliento, mientras mecía sus piernas flexionadas. María se sentó en otra roca, y la contempló un buen rato. No sabía si acercarse y hablar con ella, pasar un rato juntas, como habían hecho decenas de veces en el pasado. Por otro lado debía avisarla de que Lara se había ido a casa, no quería que se preocupara. Pero allí estaba, paralizada, observando su respiración que incluso a esa distancia se percibía con claridad. Ensayó un par de frases, torpes frases, para entablar una conversación casual y sin importancia. Cuando ya había decidido que su grado de patetismo había rozado el umbral de lo absurdo, se levantó y anduvo por la orilla. A pocos metros de llegar, rodeó la gran roca y la encaró por la parte alta. Y allí estaba, aparentemente dormida, apoyada la cabeza sobre una toalla doblada, su mano izquierda protegía su rostro de los rayos del sol, descansando la derecha sobre el vientre y sus piernas flexionadas echadas hacia la izquierda, vencidas por el balanceo de la duermevela.

Una vez, en el instituto, se había sentido atraía por una compañera, prima segunda de su mejor amigo de entonces. Le había gustado de ella sus facciones suaves y sus largas piernas, que siempre llevaba descubiertas con pantaloncitos cortos. Nunca sintió vergüenza por esa atracción, es más, siempre lo había recordado como una buena época, sobre todo porque era consciente de la gran atracción que despertaba entre todos los chicos del instituto, a pesar de sus muchos complejos, y porque esa chica era absolutamente ajena de los pensamientos “impuros” que despertaba en la guapa oficial. En más de una ocasión la había pillado María observándola, mientras ésta hablaba de la complejidad del ser humano con su primo segundo, y se sonrojaba cuando María le devolvía la mirada y le sonreía, a pesar de tener esa chica fama de dura y pasota. Pero jamás sintió nada parecido, ni siquiera con un hombre, a lo que sentía cuando observaba a Cristina, sobre todo en los últimos tiempos, ya que había pasado de sentir admiración y cierta envidia, a sufrir un deseo irrefrenable de tocar y besar cada parte desnuda de su piel: sus muñecas, su cuello, su cintura…  y en esta ocasión, casi el cien por cien de su cuerpo, lleno de gotas de agua que poco a poco se secaban bajo el benevolente sol. Hizo un esfuerzo por verlo de manera objetiva, sí, era bello, digamos que perfecto, pero tampoco era el único sobre la faz de la tierra.

Desanduvo el camino de la orilla y paró a unos treinta metros. De nuevo se sintió absurda pero ya qué más daba. Empezó a rodear la gran roca por la parte del río, quedando Cristina fuera del alcance de su vista y entonces hizo una serie de ruidos encaminados a despertar a la bella durmiente. Para alcanzar la planicie de la roca había que trepar un par de metros, y esto lo hizo sin dejar de hacer ruidos y juramentos sobre lo torpe que era. A punto estuvo de tropezar de verdad. Luego cayó en que Cristina tenía que estar pensando que ella debía de ser gilipollas por haber ido por esa parte del río. “Joder, tremenda cretina estoy hecha, bueno, a la puta mierda”. “Genial, lo he dicho en voz alta”.

-¿Cris? Soy yo, vengo a decirte que Lara se ha ido a casa, bueno, que la he mandado a casa, la he pillado lanzándose desde un árbol… –“¡mierda! Qué chivata soy, ¿y todo este teatro lo hago para mantener un mínimo grado de coherencia?”.

Por fin arriba, ella y su maltrecha dignidad. Y allí estaba Cristina, despierta, abrochándose una camisa y terminándose de ajustar un pareo sobre las caderas. ¿Por qué se tapaba? Ya la había visto en bikini otras veces y no era de las pudorosas como lo era la propia María.

- Perdona, Cris, no quería molestarte…

- En ese caso –interrumpió- podrías haber subido por la otra parte de la roca y haberme ahorrado un despertar un tanto desagradable… no sabía que almacenabas un interesante vocabulario de camionero.

-  Sí, bueno, me sentía audaz – y en voz más baja murmuró: por llamarlo de algún modo.

Llegó hasta ella, situándose a tres seguros pasos de distancia, y miró hacia el río

- También podría haberte despertado con un beso, como a la Bella Durmiente, pero no me pareció adecuado – “Vale, me he pasado, y acabo de delatarme, pero si ella quiere bromitas, también sé jugar”. – oye, no hace falta que te vistas, ya me voy, sólo quería avisarte de que Lara se había ido.

- No te preocupes, no molestas, quiero seguir un rato tumbada, se está muy bien aquí. Quédate, si te apetece. Y después del esfuerzo de la escalada, necesitas descansar – esto último lo dijo con esa sonrisita que tanto la perturbaba

Y acto seguido se echó de nuevo sobre la roca, adoptando casi la misma posición de antes, pero con la cabeza apoyada sobre sus manos.

- Está claro que debí de haberte despertado echándote a rodar roca abajo.

- Mmmm… habría sido interesante, casi más que el beso, sin duda mucho más delicado que esa sarta de juramentos más apropiada de un chicarrón hormonado que de una dama como tú.

Ajjjj, cómo odiaba que le bromeara con eso. María siempre era muy bien hablada, aunque su espíritu la llevaba en más de una ocasión por el camino de la blasfemia fácil. Cristina se reía, las pocas veces que la había visto reír, cuando daba rienda suelta a su lengua viperina, mientras le decía que le sentaba muy bien dejarse llevar por su mal genio contenido. Y esto la enfurecía más. Pero hizo un esfuerzo en esta ocasión y se relajó, pero no evitó el comentario:

- Claro, más apropiado de ti, que trepas a los árboles y enseñas volteretas mortales a niñas pequeñas…

 Ante estas palabras, Cris se rió, lánguidamente, con una risa ronca y cálida. Si hubiera susurrado en el oído de María y se lo hubiera besado habría conseguido el mismo efecto en ella.

- Sí, posiblemente, más apropiado de mí – y siguió balanceando sus piernas mientras mantenía su maldita y perturbadora sonrisa.

María ya estaba cansada del efecto que sus palabras, movimientos y expresiones causaban en ella. Se juró que nunca más se dejaría perturbar de ese modo. Posiblemente, Cristina no era consciente de ello, y también era posible que María causara algún efecto similar en ella con algo que hiciera y de lo que no era consciente. Éste era un juego absurdo, pero olvidó por un momento su firme decisión de encauzar su relación hacia una bonita y casta amistad y se prestó a descubrir qué tecla podía tocar que hiciera remover en ella igual que su sonrisa, sus manos, su voz y un largo etcétera removían en María.

Se acercó y, como si nada, se tumbó a escaso medio metro de ella, apoyándose sobre los codos. Estuvo así, quieta un buen rato. No podía asegurarlo, pero la respiración de su amiga denotaba que ésta había vuelto a quedarse dormida. ¿Cómo era posible? Apenas habían pasado cinco minutos de sus últimas palabras. Ella misma era incapaz de hilar coherentemente una idea con otra cuando la tenía cerca, como para dormirse en su presencia. ¿Tan poco había significado en su vida aquella noche, que era capaz de borrar de un plumazo los sentimientos y sensaciones que seguro provocaron en ella sólo por el hecho de que María le había dicho que había sido un error que nunca debió ocurrir? Estaba a punto de creer que había sido utilizada, engatusada, enamorada de la peor manera, como Casanova a sus amantes remilgadas, cuando escuchó su voz:

- Anda, acércate, parece que me es imposible dormir si tú estás cerca, pero al menos podemos disfrutar de esta paz y relajarnos un poco, sin pensar en nada más –colocó su brazo debajo de la cabeza de María y la atrajo hacia su hombro, donde la hizo descansar. Con un suspiro profundo siguió hablando -¿sabes lo que le encanta hacer a Lara? Observar las nubes e inventarse historias con las figuras que forman…

María estaba completamente hipnotizada por su voz, pero siguió su consejo, no pensó en ello y se dejó llevar por la paz de ese momento: - Pues ésa nube en realidad es una oreja… perdió su pendiente y vaga errante en su busca, siguiendo el curso del río, por si alguien lo encuentra y se lo devuelve. Como no ve, sólo oye, tiene la esperanza de que le griten “¡aquí está, señora Oreja!”. Así que escucha atenta los sonidos del valle.

Cristina se quedó mirando la nube hasta que ésta perdió sus formas y se convirtió en algo indefinido: - Bonita historia – suspiró y cerró los ojos.

María se preguntaba si era así con Lara. Cristina la estaba tratando como hacía un rato deseó, como a una niña, sin embargo tampoco estaba cómoda con esa actitud. Sólo podía pensar en los latidos de su corazón, tan cerca de su oído, y en cómo su pecho los capturaba y se reflejaban en la tela de su camisa, y en cómo su vientre también se hacía eco de esos latidos. No pudo frenar el impulso de acercar el dorso de sus dedos a la suave piel del abdomen. Quiso seguir explorando su piel, pero sólo atinó a dejar apoyada su mano. Y así permanecieron durante casi una hora, consiguieron dormir y María soñó que Cristina encontraba el pendiente y lo colocaba en la oreja de María. 

Despertó algo sobresaltada. Cristina estaba dormida, su respiración era profunda y su corazón había enlentecido su ritmo. Olía tan bien y su piel era tan suave… deslizó su mano por su abdomen, percibiendo su tersura. La respiración de la joven no se había modificado, y eso le dio seguridad para seguir explorando. Se incorporó y la contempló: su cabeza estaba ladeada hacia la izquierda, apoyada en su mano, mostrando la suavidad de su cuello. Quería besarla ahí más que nada en el mundo, pero eso habría sido demasiado audaz y habría acabado por despertarla, así que continuó acariciando su cintura, con el dorso de sus dedos, mientras observaba el movimiento casi imperceptible de los latidos del corazón cimbreando la tela de su camisa. Apartó la vista y la condujo hacia el río. Estaba completamente enamorada de esa mujer. ¿Cómo remediar eso? Su mundo ya estaba patas arriba antes de conocerla, pero era un desorden controlado, conocido, se sentía segura en él. Tras conocerla había conseguido ahuyentar viejos fantasmas, darles nombre y perderles el miedo. Pero ahora sólo sentía un caos de sensaciones, y un nuevo fantasma en forma de ninfa adorable perturbaba sus sueños  y su vigilia. Y la tenía justo ahí, a un solo movimiento de un abrazo, de un beso.

El río estaba adquiriendo tonalidades malvas, el sol ya se había ocultado y un escalofrío recorrió su cuerpo. Miró a Cristina y la descubrió observándola, serenamente. ¿Cuánto tiempo llevaría despierta, sintiendo la mano sobre su cintura? Decidió no fingir y le devolvió la mirada, aceptando su debilidad, pero enseguida recapacitó y retiró su mano, con suavidad.

- Seguramente me estén esperando en casa, debería marcharme… se está haciendo de noche y empieza a refrescar.

María sabía que nadie la esperaba. Su marido estaba de viaje, Lara estaría con el ordenador, había bajado de Internet varias películas y estaba deseando verlas. Su suegra estaría parloteando con sus amigas, disfrutando de una bonita tarde, sin echar de menos a su nuera, la cual acostumbraba a esas horas a desaparecer hasta minutos antes de la cena, que no se serviría antes de tres horas.

Cristina seguía observándola, cómoda en su silencio. María desvió la mirada hacia el cielo.

- Te vas a enfriar, empieza a refrescar, hoy ha sido un día atípico pero no hemos de olvidar que seguimos en invierno…

- María, vete o quédate, pero deja de hablar del tiempo.

Cortada, María la miró fijamente y se preguntó por qué estaba tan borde, aunque su mirada reflejaba algo distinto. Juraría que sonreía.

- Bueno, ya he estado mucho tiempo aquí, no se me ocurre qué más hacer o decir, tendré frío en breve…

- Prueba a continuar con lo que estabas haciendo hasta hace un rato, no tienes que decir nada y probablemente entres en calor.

María no podía creer lo que escuchó. Entendió a la primera lo que Cristina había dicho, imperturbable. Notaba cómo sus mejillas enrojecían y se esforzó en no demostrar cómo el ritmo de su respiración se había ido al garete. Volvió a desviar la mirada. Estaba cansada de sentirse emocionalmente inferior a esa mujer, de ser transparente para ella, de ver cómo estaba de vuelta cuando la misma María empezaba a andar el camino. Así que se armó de valor. Y fingió no haber entendido del todo:

- ¿Dormir con mi cabecita apoyada en tu hombro, mientras te jactas por dentro de lo segura que me haces sentir?

- Dormir era lo que hacías justo antes, y… ¿segura? Yo diría que te hago sentir otras muchas cosas.

Eso era el colmo, no pudo evitar abrir su boca a modo de protesta. Era tal la indignación que sentía que el rubor de sus mejillas y el de sus propias entrañas pasaron a un segundo plano. Era una verdad como un templo, pero ¿cómo podía decirla con tanto descaro? ¿Qué pretendía con esas palabras? ¿Incomodarla para qué? Nunca la había visto en actitud tan prepotente y vanidosa, pero lo que más la perturbaba era esa mirada impenetrable pero tremendamente penetradora a su vez. Sólo le quedaba ponerse a su altura y no fingir, porque Cristina olía la duda como huelen las fieras el miedo.

- Sí, muchas otras cosas – y su cara de enfado daba a entender qué otros sentimientos despertaba en ella en estos momentos.

Al parecer, Cristina se apiadó de ella porque no siguió con su tortura dialéctica, en cambio sonrió reconciliadora, flexionó una pierna y golpeó su rodilla suavemente en el brazo de María. Pero ésta ahora se sentía más guerrera, y ese golpecito con su pierna le hizo recordar a la chica del instituto, y a su timidez cuando se sabía descubierta observando a María.

Posó su mano sobre la rodilla flexionada y tamborileó con sus dedos mientras la miraba a los ojos.

- Nunca te he hablado de Coché, ¿verdad? Era la prima segunda de Jaime, mi mejor amigo del instituto. – y siguió contemplándola, fijamente, tratando de ver en Cristina algún reflejo de aquella chica, mientras rascaba suavemente con su dedo pulgar la piel de la rodilla. Y penetrando en la mirada de Cristina, recordó una anécdota. Coché tumbada en la cama de Jaime, escuchando música con unos cascos enormes, mientras miraba fugazmente a María, que se hacía la indiferente, y Jaime probándose una camisa horterísima para una cita que tenía con la hija del profesor de Matemáticas:

-         “Jaime, te queda fatal, además… - se aseguró de que Coché no estuviera pendiente de la conversación- ¿a quién pretendes engañar? A quien te quieres ligar es al padre, y no a la hija”

-         “Calla, zorra, que ésta está tan embebida por ti que seguro que no pierde detalle de lo que dices”

-         “¿Qué carajo dices, te refieres a ella? – señalando disimuladamente con la mirada hacia la cama – a ver si te vas a creer que todos en tu familia son de la acera de enfrente”.

-         “Querida, no hace falta ser de la acera de enfrente para idolatrarte, mi prima es una víctima más de tantas otras”.

María la miró, ésta seguía moviendo la cabeza y la rodilla flexionada al aparente ritmo de la música, sin dejar de observarla, ésta vez sin tapujos. María se sentó en la cama y palmeó con simpatía la rodilla de Coché y preguntó: “¿No crees que la camisa de tu primo es la más fea que hayas visto en tu vida?” La chica se quedó muda, pero no dejó de balancear su rodilla ni de mirarla. María, incómoda con el juego que ella misma había comenzado, desvió la mirada y se levantó bruscamente.

-         “¿Dónde está tu colonia? Al menos usa algo más varonil que esa camisa para impresionar mínimamente a la chica – y se fue al cuarto de baño a buscar algo parecido a un tarro de colonia pour homme. – No la encuentro – gritó desde el baño. En ese preciso instante, vio la figura de la chica a través del espejo, acercándose a ella. A una escasa pulgada de su espalda, la chica abrió la puerta del romi y sin dejar de mirarla a través del espejo, le entregó algo que parecía agua de colonia. Se quedaron un minuto mirándose, sin atreverse a moverse un ápice. Al irse, Coché le rozó la espalda con la mano. María se quedó con las ganas de volverse y besarla. Fue la primera experiencia verdaderamente erótica que había tenido en su vida. Al volver a la habitación, Coché seguía tirada en la cama. Jaime tenía medio cuerpo escondido en el armario, quejándose de algo. Se oyó a sí misma susurrar: “Tienes las piernas más bonitas de todas las que he visto… no dejes nunca de hacer lo que te apetezca en cada momento. Gracias”. Y señaló el tarro de colonia. Dicho esto, salió de la habitación, un poco avergonzada de su audacia, pero satisfecha de decir lo que sentía, sin fijarse en la reacción de Coché. La vio un par de veces más, por el barrio, se miraban y sonreían en mutua complicidad. Poco después, María acabó el instituto y se fue a vivir a otro barrio. Había olvidado por completo esa curiosa anécdota, hasta hoy. 

- … Tenía unas piernas casi tan bonitas como las tuyas, Cristina. – Llevó su mano por la parte externa del muslo- ¿Alguna vez has rozado la espalda de alguien mientras le pasas una colonia para hombre? Nunca debes quedarte con las ganas de besar… - Su propia mirada, aunque fija en los ojos de Cristina, seguían mirando a través de ellos, a años luz de allí.

Besó la rodilla, y su mano se alargó de nuevo hasta su cintura. Se acercó a su cuerpo. Ya no le importaba que Cristina siguiera o no con su mirada impertérrita, sólo se dejó llevar por las sensaciones que despertaron tras esa reminiscencia del pasado.

- ¿Te referías a esto cuando me aconsejaste seguir con lo que estaba haciendo, para entrar en calor? – Notó cómo los músculos del abdomen de la joven se tensionaban. Tocó los botones de su camisa, jugó con ellos y no le fue nada difícil abrirlos. Bajó su mirada hacia el minúsculo sujetador amarillo con bordes naranjas del bikini. Cristina sacó los brazos de detrás de su cabeza y se reclinó, apoyándose en sus manos. Los rostros de ambas quedaron muy juntos, respirando el aliento la una de la otra. De nuevo la tenía así de cerca, sintiéndola casi por completo. María acarició su brazo izquierdo y empujó con su mano el pecho hasta hacerla apoyarse sobre sus codos. No sabía cómo iba a acabar la cosa, pero no estaba dispuesta a correr, ni a dejar de hacer lo que le apetecía hacer en ese momento, que era observar a Cristina, tocarla como le viniese en gana. Estaba incómoda en esa postura, así que pasó su pierna derecha sobre las caderas de Cristina y se sentó a horcajadas sobre ella, sin apoyar todo su peso, sólo manteniendo esa postura más cómoda para acariciarla mejor con ambas manos. Cristina tuvo que levantar aún más la mirada mientras soportaba estoicamente las caricias de María sobre sus brazos. - ¿A esto te referías? Pues no sé tú, pero yo sigo teniendo un poco de frío.

Cristina acercó sus manos a los brazos de María, reclinándose de nuevo. Ésta le acarició los hombros y empezó a bajar la camisa abierta, deslizándola por sus brazos. Su clavícula al descubierto fue demasiado tentadora, su cuello, su hombro. Acarició con sus labios la piel desnuda desde el cuello hasta llegar a la tela del bikini, después con su mejilla ascendió de nuevo hasta alcanzar el nacimiento del cuello. Y notó el pulso acelerado. Besó allí donde cimbraba la piel, acariciándola con sus labios, su nariz y su mejilla, capturando su aroma, deteniéndose un siglo completo hasta que sacó su lengua y succionó, mordisqueando con insoportable suavidad la piel ardiente de la joven, que no pudo retener un gemido mezcla de placer y tormento. Siguió besando su cuello, rodeando la garganta y mordisqueando la piel que recubría su yugular, notando con sus labios los latidos cada vez más acelerados. Subió por su cuello sólo con el contacto de su lengua hasta situarse justo por debajo del lóbulo de su oreja izquierda, y volvió a succionar la piel, mientras soltaba un gruñido ronco que enardeció por completo los latidos de Cristina, la cual dejó escapar un nuevo jadeo, y sonó como un aullido que suplicaba clemencia. María completamente entregada hasta entonces a las sensaciones que percibían sus labios, su boca y su lengua sobre la mandíbula de Cristina, despertó de su trance. Acercó sus labios a los de ella, dejándolos a escasos milímetros, aspirando su aliento entrecortado, y fue entonces cuando fue plenamente consciente de la cercanía de los cuerpos, de su postura a horcajadas, de las manos de ella sobre su espalda, de la mirada suplicante de su compañera. Y del calor lacerante en su bajo vientre. Qué erotismo se despertaba en María cada vez que la hacía gemir, a ella, que era tan hermética pero que conseguía hacer vibrar a María con tan solo mirarla. Qué placer indescriptible era conseguir ese mismo efecto en la joven y verla luchando por contenerse incluso en esos momentos. Pero qué goce sin igual era tenerla así, bajo su cuerpo, a su completa merced, contemplando su belleza sin límite, viendo, oliendo, escuchando, saboreando y palpando esa piel, su piel. Los sentidos fueron creados para gozar de cuerpos como el suyo, y en ese momento supo que sus propios sentidos habían estado en letargo, preservados para ella, vírgenes hasta que la conocieron. Manteniendo los labios de ambas a un centímetro de distancia, se apoyó del todo en el regazo de Cristina y de la descarga inesperada del contacto, que cruzó su cuerpo desde su vientre hasta la punta de los dedos de sus pies, se separó como un resorte. Cristina volvió a buscar sus labios, tratando de atraparlos, intentando con sus manos que María volviera a sentarse en su regazo. Ésta acarició su nuca, sin atreverse a sentarse de nuevo. Deseaba besarla más que nada en el mundo pero no quería perder el control, el escaso control que aún parecía tener. Desató los cordones superiores del bikini. Pasó su dedo pulgar por los labios húmedos de Cristina, mientras que la otra mano la llevó a su espalda y desató los otros cordones del sujetador. La prenda quedó en el mismo sitio, apoyada frágilmente en los trémulos senos. Entonces María se acercó a sus labios, pero en vez de besarlos, besó de nuevo su mandíbula, mordisqueando la barbilla y dirigiéndose al cuello. Cogió con los dientes un cordón del bikini, que descansaba en el hombro y se separó casi medio metro de ella, llevándose consigo la prenda. Se volvió a acercar lentamente, presionando su mano sobre el pecho y obligando a Cristina a apoyarse de nuevo sobre los codos. Y volvió a separarse. Miró detenidamente sus facciones y empezó a desabrocharse la camisa, sin dejar de mirarla. Era una blusa llena de minúsculos botones que solía ponerse desabrochando los del cuello y metiéndosela por encima de la cabeza. Pero le pareció mejor dilatar el sufrimiento visible de Cristina deteniéndose uno a uno. La miró con descaro, con una absoluta falta de pudor. Nunca antes se había sentido tan liberada. Todavía seguía desabrochándose los primeros botones cuando se sentó de nuevo sobre Cristina, con mucho cuidado. No quería hacerle daño, pero tampoco quería descontrolarse como antes. Volvió a sentir esa descarga, pero ésta vez no la pilló desprevenida. Cristina no pudo más y se incorporó de nuevo, besando cada centímetro de piel que la blusa iba enseñando conforme se desabrochaba. María sintió derretirse por dentro. En todo se tiempo había conseguido mantenerse entera, impidiendo que Cristina la tocara demasiado, controlando la situación que casi desbordaba a su compañera. Pero el contacto de esos labios sobre su piel hipersensible, de esas manos que se perdían por su espalda y desabrochaban su ropa interior, el aroma irresistible de sus cabellos… ofuscaron su maltrecho control y sólo atinó a separarse de nuevo de esa fuente de calor y a desabotonar torpemente el resto de la blusa. Pero ya estaba perdida. Había dejado que los poderosos brazos de la joven avanzaran demasiado, y la mantenían bajo su dominio. A pesar de que María trataba de separarse del contacto ardiente de su regazo, Cristina la volvía a sentar en él,  sintiendo la presión de un contacto cada vez más íntimo. Su blusa ya estaba completamente desabrochada. Su fina ropa interior desprendía un aroma que Cristina se afanaba en capturar en lentas bocanadas. María aprovechó la guardia baja de aquélla e hizo fuerza con sus manos apoyadas en el suelo para separarse nuevamente, de este modo se liberó de sus brazos. Ante la amenaza de huida, Cristina paró sus incursiones a su cuerpo y trató de relajar su respiración, humedeciendo y mordiéndose los labios, intentando adivinar el próximo movimiento de María. Ésta no dejaba de mirar su boca, recordaba el sabor, el tacto, y recordó lo febrilmente mareada que se sentía al ser besada por esos labios. Quería besarla, ya fuera lo último que hiciera en esta vida, pero sabía que si lo hacía perdería completamente el domino de sí misma y cómo odiaba eso.

- Déjate llevar, María, siénteme y deja que te sienta. – ese bella bruja había adivinado sus temores y dudas una vez más. ¿Tan transparente era para ella? – María… - su voz ronca la excitaba más aún – María, acércate. María… por favor.

“María… por favor. María, María…”. ¿Qué provocaba más efecto en ella, su voz, sus manos o su mirada? En su mente se agolpaban un galimatías de sensaciones, completamente borracha de ellas. Obedeció, como obedece un hipnotizado a la voz de su hipnotizador y se acercó poco a poco. Cristina capturó sus caderas y la apretó contra sí, abrazándola con ternura. Trató de capturar también sus labios pero María echó los hombros hacia atrás, apoyándose en las palmas de las manos. Cristina bajó las manos por sus muslos, manteniendo el hechizo con su mirada para que no se le escapara de nuevo. Entonces las volvió a subir, pero por debajo de la falda, dejando la piel completamente erizada allá por donde pasaban. Llegaron a sus caderas y allí se quedaron. Calma total, ni un solo movimiento reveló la tempestad que azotaba el pecho y las entrañas de ambas. Sus miradas pactaron una tregua. El corazón de María le demandaba oxígeno, su respiración fue agitándose. Igual que las ruedas de una locomotora al emprender la marcha atrás, completamente sugestionada, María inició un lentísimo movimiento de caderas sobre la línea alba de Cristina. Empezó a sentir vértigo, esas manos le quemaban allí donde las tenía apretadas, su propio regazo bullía más y más ante cada roce. Vencida, echó la cabeza hacia atrás. A partir de entonces sólo fue consciente de que la llevaban en volandas, que subía y bajaba como en una montaña rusa, cuando estaba a punto de precipitarse al vacío, la hacían ascender, para volver a iniciar el vertiginoso descenso. Y se encontró flotando, finalmente, en gravedad cero, dejó de oír y se abandonó por completo. 

Minutos, o años después, María no supo concretar, recuperó su lucidez. Estaba abrazada a la cabeza de Cristina, apoyando la barbilla en su coronilla. Notaba su respiración jadeante. Besó sus cabellos, introduciendo sus dedos por ellos, acariciando con los pulgares sus mejillas. Se separó escasos centímetros de ella y miró sus labios entreabiertos, intactos. María cubrió los hombros desnudos de Cristina con la camisa. También se ajustó su blusa, aunque la dejó sin abotonar. Se separó y se sentó junto a ella, mirándola de frente, se abrazó las rodillas y apoyó la barbilla en ellas. Cristina  seguía con los ojos cerrados y la cabeza agachada, tratando de recuperar el aliento. Abrió los ojos y sin levantar la cabeza, miró a María. Hizo un par de gestos de negación y empezó a articular un sonido, pero suspiró y calló. Se levantó, mientras se abotonaba la camisa y recogía sus pantalones.

- Bueno, se acabó la merienda campestre. Te acompañaré hasta el pueblo.

María no entendía ese humor. Se levantó y se alejó un poco de ella. Miró hacia el río y empezó a ajustarse la blusa de interminables botoncitos. La castigaba por algo y tenía la sensación de que se lo merecía pero no estaba acostumbrada a sus comentarios mordaces. En otras ocasiones los hacía para provocar en ella algún tipo de respuesta que, tenía que reconocer, a la larga le hacía sentir mejor, pero no lo entendía ahora.

Empezó a refrescar de repente. La brisa traía el sonido de las avecillas nocturnas, y un suave aroma a juncos. Cristina se le acercó por detrás, apoyó su cabeza entre su hombro y su cuello y la ayudó a abotonarse la blusa. Cuando acabó, estuvieron un rato así, apenas tocándose, meciéndose con la brisa, como los juncos. A María le hubiera gustado estar así toda la vida. Se separó de ella pero la cogió de la mano y empezó a andar el camino de vuelta. Cristina siguiéndola a medio metro de distancia, en silencio. La Luna estaba menguando, pero era suficiente su luz para regresar al pueblo sin el más mínimo tropezón. Los alfalfillos que tanto gustaban a Lara habían cerrado sus pétalos hacía tiempo. Y de nuevo el grsh, grsh, grsh de sus pasos, y de los de Cristina, atrás. No quería caminar junto a ella pero tampoco estaba dispuesta a soltarla, pues eso la obligaría a mirar para atrás para ver dónde estaba. Era tan extraño e intenso lo que sentía con ella.

Llegaron al árbol en donde Lara había hecho su salto mortal. El tronco era ancho y con una levísima inclinación que invitaba a apoyarse y descansar sobre él. María tocó su rugosidad cuando pasó a su vera. No lo soportó más. Dio media vuelta y empujó a Cristina sobre el tronco. Apoyó todo su torso en el cuerpo de ella, acercó sus labios a los de ella, aspiró su aliento y la besó. Finalmente, la besó.

Cristina se hizo añicos por dentro, estuvo esperando ese momento desde que María decidió dar marcha atrás al llegar a la gran roca y abordarla por el otro extremo. Jamás en su vida había usado su autocontrol del modo en que lo hizo durante aquella tarde. No sabía que el espíritu humano pudiera ser capaz de mantener a raya un acto reflejo como el que para ella era acercarse a María y besarla. Sobre todo desde que sabía cómo eran sus besos y de cómo se entregaba ella en cada uno. Todo lo ocurrido en aquella roca había sido increíble, pero se había quedado frustrada porque lo que más quería era besarla. El placer sentido era indescriptible, pero María no terminaba de entregarse. Lo hizo aquella noche de lluvia, en su ático. Y horas después, antes del amanecer pidió disculpas torpemente mientras se rozaba los labios, como tratando de borrar todo lo ocurrido. La dejó ir, tragándose las ganas de encadenarla a ella. Sabía que María no lo iba a olvidar todo como ingenuamente proponía. Pero si así quería, ella no le iba a poner las cosas más difíciles. Se prometió a sí misma superar esa pasión que sentía por María. No volvería a buscarla. Si es que alguna vez lo hizo. Pero en cuanto la oyó caminar por la orilla y pararse en la roca, cuando la sintió volver sobre sus pasos y cuando por fin la escuchó subir, realizando un cómico teatro para hacerse oír, empezaron a derrumbarse todos sus propósitos. El resto ocurrió como una concatenación de hechos irremediables, a los que ninguna pudo oponer una digna resistencia.

Y esa última mirada de ella, una vez se separó de su regazo, implorando con su mirada que no le exigiera nada más. Fue demasiado pero se juró no hacerse más promesas. La acompañaría a su casa y probablemente sería la última vez que fuera a ese pueblo, y poco a poco la suprimiría de su vida.

Pero ahora la besaba, tan intensa y profundamente, tan íntimamente que no existía nada más que su boca, sus manos en su cintura y la rugosidad de la corteza del tronco sobre la que estaba apoyada. Tumbaron sus cuerpos sobre la alfombra de tréboles que rodeaban el árbol y sólo separaron sus labios cuando una hora después continuaron el camino hacia el pueblo.

 
Estep

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