Historia de un amor
 

Era una tarde como cualquier otra de esta cuidad, sin embargo para Verónica no era tan común, pues en los últimos años se había empezado a sentir deferente, se había dado cuenta de que le atraían más las mujeres que los hombres, de hecho no sentía casi ninguna atracción hacia ellos, sin embargo, habían tardes como esta que la desesperaban, ya que sus sentimientos y la moral que absurdamente se había impuesto en la sociedad se enfrentaban en una guerra sin cuartel, que lo único que ocasionaban en ella era deprimirla, porque aún no podía aceptarse como lesbiana.

Tenía 19 años, era delgada de 1,60 m de estatura, ojos cafés, tenía unas voluptuosas piernas que eran su mayor atractivo y unos pechos medianos muy sensibles al mínimo contacto.  No era una belleza, paro tenía sus encantos, como sus hermosos labios pequeños.  Era una persona demasiado seria, responsable, orgullosa, difícil para expresar sus verdaderos sentimientos, pues en realidad era una mujer tierna y amorosa, capaz de dar las más suaves caricias y de decir las más profundas palabras de amor a quien podía traspasar la dura barrera de su corazón. Las pocas relaciones que había logrado sostener con ciertos chicos no habían sido duraderas y más bien la habían dejado con un sin sabor que la habían lastimado mucho.

Esa tarde había decidido ir a tomar un café en un bar cerca de su universidad, ninguna de sus amigas, con quien solía ir allí, estaban libres, así que fue sola.  Se sentó en una mesa un tanto alejada del resto, al fondo del lugar y pidió un café con tequila, que era su favorito.

Allí estaba, absorta en sus pensamientos y sentimientos contrariados, que no notó que Elena, una joven mesera del café, se había sentado frente a ella.

- ¡Hey!, ¿estás ahí?

- Si, perdón, disculpa  - atinó a contestar Verónica un tanto sorprendida.

- Disculpa, no quise asustarte, es que te vi aquí sola y bueno…

- No te disculpes, por favor, no me vendría mal compañía en este momento.

Verónica no supo que le pasó, pero al mirar directamente esos dulces ojos miel, una corriente eléctrica invadió su cuerpo entero, erizando su piel.  Lo que ella no podía imaginar, era que Elena, quien era una lesbiana declarada, había sentido lo mismo desde la primera vez que vio a Verónica entra con un grupo de amigas al café unos meses antes.

- Sabes, siempre que vienes aquí suelos hacerlo con tus amigas, ahora estas sola - dijo Elena.

- Pues, pues así es - respondió Verónica un poco molesta por aquel comentario - es lo que hoy ninguna estaba libre y bueno necesitaba pensar un poco.

- Hmmm, eso paree líos de amores - dijo pícara.

- Si, algo parecido - inquirió verónica mucho mas seria porque la impertinencia de aquella mujer la tenía desconcertada.

- Yo terminé con mi pareja hace como tres meses - continuó Elena sin importarle la actitud que su clienta había tomado, aunque su tono esta vez fue triste - ella y yo no nos entendíamos, el amor se nos agotó.

- ¿Ella? - exclamó Verónica sorprendida.

- Si ella, ¿por qué?, ¿tienes algún problema con eso?

Verónica se levantó rápidamente, tomó sus cosas y salió del local sin mirar atrás.  Sentía como se le subían los colores al rostro y como todos la observaban y juzgaban, aunque en realidad a nadie había escuchado nada y menos aún le importaba.  Cuando llegó a su casa a duras penas saludó a su madre y en seguida se encerró en su cuarto a meditar lo que había sucedido.  Su corazón palpitaba acelerado y su mente solo revocaba la palabra “ella”, no entendía por  qué había salido corriendo del sitio de esa manera, dejando a aquella chica, de quien no sabía ni si quiera su nombre, sola y seguramente molesta, puse siempre se había llenado la boca de que las personas gay debían tener la misma aceptación como cualquier otra persona, pero el hecho de tener una mujer tan hermosa frente a ella, y que encima más la había hecho sentir aquel cosquilleo que solo se siente cuando una atracción muy fuerte nos invade, la llenó de nerviosismo, mismo no que no pudo soportar cuando ella se declaraba como lesbiana.

Pasó casi un mes evitando entrar en el café, pero un viernes en que se reunió con sus amigas para tomar algo, fue inevitable evadir el sitio, pues se la acabaron las excusas para no ir.  Al entrar lo primero que hizo fue buscar con la mirada a aquella mesera, pero no logró encontrarla.  Se sentaron en una mesa, tomando unas cervezas y platicando de todo y de nada al mismo tiempo, cosa que hacía de aquellas reuniones realmente agradables, sin embargo, Verónica estaba alejada de todo.  De pronto la vio y sintió una emoción indescriptible y muy notoria, tanto que sus amigas le preguntaron que a qué “papacito” había visto, todas rieron.

Elena atendió su mesa, pero ignoró por completo a Verónica, quien ante tal actitud se entristeció mucho y disculpándose con sus amigas, se retiró.

Al día siguiente, dejando su enorme orgullo de lado, Verónica volvió al bar para disculparse, al llegar el café estaba lleno y Elena parecía ocupada, así que se sentó en la barra a esperar el momento apropiado para acercarse a ella, aunque no sabía como hacerlo.  Luego de unos minutos fue Elena quien se acercó.

- Vaya, pero si es la homofóbica - inquirió sarcásticamente.

- Bueno si, pero… lo que quiero decir es…

- Si, si, que lo sientes mucho y que no quisiste ser tan grosera y que te parezco muy atractiva y que en realidad quisieras estar conmigo…

Verónica se quedó totalmente sin habla, esta chica era totalmente descarada, pensó.

- Vamos, tranquila mujer, estoy solo bromeando - dijo Elena al ver la perturbación de Verónica - más bien discúlpame a mí, a veces olvido que las personas no viven en mi mundo y bueno se me salen cosas que no debo decir y…

- No te preocupes - agregó Verónica tomando la mando de Elena aún sorprendiéndose de su reacción - en realidad tu comentario me cogió en bajada y no supe como reaccionar, pero en fin, quisiera conversar contigo algún momento, si es que no estás muy ocupada.  Por cierto soy Verónica.

- Bueno, la verdad es que como podrás ver hoy es un día muy agitado, pero seguro se te pasas el lunes podemos ir a almorzar.  Yo soy Elena.

Verónica esperó mucho la llegada del lunes, no podía casi dormir, pues apenas cerraba los ojos, evocaba la imagen de aquella mujer, su cara perfecta, esa cintura delgada y bien formada, sus pompas hermosas y sus tiernos senos que se dibujaban cual soberbias montañas aprisionadas en una cárcel, pero sobre todo imagina sus hermosos ojos y esa pícara sonrisa que siempre la acompañaba. 

Había observado el deseo con el que los hombres la observaban, y ella la imaginaba en sus brazos, teniéndola solo para ella.

Llegado el día, Verónica busca la ropa más sexy que tenía, no aceptaba aún lo que estaba sintiendo, pero quería verse realmente hermosa.  Al llegar encontró a Elena fuera del bar, la estaba esperando; al verla, Elena le lanzó un cumplido que hizo sonrojar a Verónica, y luego ambas fueron a un restaurante bastante discreto y muy acogedor, que sin embargo tenía un aire diferente, pues la mayor parte de la gente allí eran mujeres y casi todas estaban en pareja.  Verónica nunca creyó que sitios como aquel pudieran existir en un país tan moralista como el suyo.

Tomaron una mesa y ordenaron.  Elena al ver lo incómodo que Verónica estaba con el ambiente, le explicó que si deseaba podían retirarse, pero Verónica no quiso, ya que aún estaba tratando de demostrar que era de mente abierta.

- Bueno, me contabas que estabas en problemas amorosos - dijo Elena para distraer un tanto a Verónica.

- Si, en realidad ese día había terminado con mi novio y estaba muy mal - mintió.

- Hmmm… eres heterosexual según veo.

- Si - dijo Verónica muy seria - a mi me gustan los hombres.

- Pues no tienes que aclarármelo - dijo Elena sonriente - no estoy atrás tuyo.

Verónica rió mucho, aunque en realidad estaba decepcionada, de todas maneras de ahí en adelante la conversación se desarrolló con mucha más soltura y tranquilidad y desde entonces empezaron a formar una linda amistad.

Pasaron algunos meses en los que Verónica iba regularmente a ver a Elena, y de vez en cuando iban a comer al mismo restaurante de la primera vez.  Verónica se había convencido de que lo que sentía por Elena era tan solo un inmenso amor fraternal, así que de a poco fue eliminando su barrera y dejando que Elena entrara en su corazón.

En todo este tiempo Elena no había hecho ninguna artimaña para acercarse obviamente a Verónica, solo hacía movimientos imperceptibles, que hacía parecer como accidentales, como una rozadura de sus pechos, una nalgada cuando se sentía picarona, un roce de piernas o una caricia en sus manos o rostro, que Verónica interpretaba como meros cariños de buenas amigas.

Una tarde mientras conversaban, Elena le dijo en son de broma que si ella fuese lesb, se casaría sin pensarlo.  Ambas rieron, pero en Verónica se encendió un fuego que creía apagado o por lo menos controlado, y sus sentimientos contrariados volvieron aparecer.  Sabía que tenía una mujer extraordinaria, inteligente y bella, con quien podría tener la relación que había deseado siempre cuando lograba superar su pudor, pero aún así seguía sin aceptarlo, así que su relación siguió igual por un largo tiempo más, hasta que fue ella quien no aguantó más tenerla tan solo como amiga, así que una noche, en sus padres habían salido de viaje, decidió invitar a Elena a cenar, con el pretexto de celebrar el fin de semestre.  Preparó una deliciosa comida a pesar de no ser una cocinera dotada y preparó para que todo fuese perfecto.

- Vaya, si no supiera que te gustan los hombres, diría que estás tratando de seducirme - dijo Elena que por fin había logrado que Verónica empezara aceptar su verdadera tendencia.

Verónica sonrió nerviosa, pero empezó a servir, comieron tranquilamente, nada fuera de lo común, tanto, que hasta Elena estaba perdiendo la esperanza de que esa pudiese ser su noche.

Al terminar, Elena empezó a levantar la vajilla, la estaba lavando cuando sintió unas suaves manos que se posaban en sus caderas por detrás.

- No se qué me pasa, las últimas semanas, en realidad desde que te conozco o he podido dejar de pensar en ti, me atraes mucho y…

Elena dio media vuelta quedando justo en frente de Verónica.

- Lo se mi vida, siempre lo supe, solo estaba esperando que tu lo aceptaras, te amo chiquita - y tomando del rostro de Verónica la besó muy tiernamente.

Verónica estaba emocionada, pero no sabía como actuar, así que no respondió el beso.  Entonces, Elena se separó, se disculpó e hizo el ademán de retirar, pero Verónica la tomó por el brazo y la acercó a ella nuevamente, y esta vez fue ella quien la besó, pero con mucha pasión, sus lenguas se entrelazaban buscado la boca de la otra.

Empezaron a acariciarse mutuamente, pero Elena había esperado demasiado tiempo como para no mostrarle a su amada lo placentero del amor lésbico.  Se separaron y tomándola de la mano la condujo hasta su habitación, una vez dentro, Elena empezó a besar su cuello y orejas, mientras desabotonaba la blusa de Verónica, la retiró y desabotonando su sostén la besó sus pezones y pasó su lengua por su vientre.  Verónica se dejaba hacer, esta en la gloria, con la mujer que más amaba en este mundo.  Elena la depositó en la cama y allí quitó sus jeans.  Palpó por sobre la tanga y comprobó la humedad latente de su amor, arrancándole un gemido que había estado atrapado en sus labios desde hace tiempo.

Luego se levantó y empezó a desnudarse, muy sensualmente, prenda por prenda iba tirándola al piso.  Verónica la observaba idiotizada, Elena estaba más hermosa que nunca, tenía un cuerpo perfecto, ella toda era perfecta. 

Verónica quiso levantarse para besar ese cuerpo, pero Elena no la dejó.

- Shhh… déjame primero linda.

La volvió a acostar y se tendió ella encima, la besó en los labios y luego empezó a bajar besando su quijada, el cuello, los hombros, deteniéndose en sus pechos para saborearlos y hacer su camino hasta su lugar más íntimo.  Lamió su vientre, metió su lengua en su obligo y lamió sus muslos, dándole besitos tiernos cada vez en cuando.  Verónica gemía cada vez más fuerte y ese le encantaba a Elena, que tenía un aliciente extra para seguir con su trabajo.

Cuando besó su vagina, Verónica no pudo controlar sus ya ahora gritos.  Elena comenzó a succionar más y más fuerte su clítoris y cuando sintió que estaba a punto de su primer orgasmo, introdujo dos dedos en su interior y los empezó a mover a su ritmo, hasta que Verónica se vino con grandes espasmos que duró unos minutos.  Elena no quitó sus dedos hasta que las contracciones pararon y la respiración se calmó un poco, luego subió, besando todo lo que estaba en su camino hasta llegar su boca, y le obsequió otro beso más.

- Te amo preciosa, te amo desde que te vi entrar en el café con tus amigas, y te amaré toda la vida, si tú me lo permites.

- Yo también te amo mi vida, me costó mucho aceptarlo para ya vez, lo logré.

Se quedaron así durante unos minutos más, solo acariciándose y besándose, hasta que Verónica se incorporó y se colocó sobre Elena. 

- Tú no te libras, quiero devolverte el placer que acabas de darme

Imitando los movimientos de Elena, dada su baja experiencia en estos aspectos, besó el cuello y lamió sus senos, haciendo circulitos con su lengua.  Mientras hacía esto bajó su mano al coño depilado de Elena para comprobar su excitación.

- mmmm, parece que ese fuego que tienes debe ser aplacado cuanto antes.

Y soltando una pícara mirada, que Elena jamás había visto en Verónica, se dirigió a su vulva, besó sus labios como si fueran una boca y luego empezó a penetrarla con su lengua, mientras tocaba su botoncito.

Toda esta mezcla de placeres llevaron a Elena a un orgasmo casi inmediato y al que el de Verónica, muy largo, sin embargo, Verónica no quería esto terminado, así que tomó el clítoris de Elena entre sus labios y lo succionó hasta lograr que ella alcanzara otro orgasmo igual de intenso al anterior.  Subió luego hasta colocarse a un lado de Elena y la besó en su frente abrazándola.

- Esta vez no te dejaré partir mi vida, me costó mucho aceptarlo pero… Te amo Elena. 

 

Autora: Verónica

veroz1987@hotmail.com