Camino interior - Parte 3

Julia - juls22es@yahoo.es

III

Voy a intentar describir lo más fielmente posible el comienzo de la relación entre mi Reina y Dax. Ya sabéis como se conocieron, ahora me toca a mi tratar de continuar el relato sin  ánimo de excederme en las explicaciones pero sí conociendo a ambas personas muy bien, escribiré como debieron ser los hechos explícitos de estas dos hermosas y valientes mujeres que engendraron algo grande y hermoso: el amor no sólo entendido como sexo sino asentado sobre el entendimiento profundo de cada una de ellas, sensaciones, sentimientos, pasiones, avances, caminos separados y unidos, todo lo que conlleva el conocimiento mutuo y el querer andar y evolucionar en la misma línea, hacia delante.

Poco después estuve con mi Reina que me aclaró ciertas cosas:

Estoy muy enamorada amiga mía.

No hace falta que lo digas querida Reina de Corazones. Tus ojos y tu sonrisa hablan por sí solos-. ¿Eres correspondida?

No lo sé -apostilló Genix-. Además... ¡es tan joven! Me da miedo solo pensar el poder hacerle daño y no se si ella está definida en su opción sexual. Apenas acaba de salir de su aldea y debe haber dejado hace unos meses de jugar.

Esta era la conversación inicial que mantuvimos, vi a Genix con cierta pesadumbre pero su semblante era la expresión de la esperanza, de la vida, de la ilusión que se marcaba por vez primera en su vida. La Reina había tenido  relaciones sentimentales en su ya larga existencia, pero de corta y efímera relación. El amor no había llamado jamás a su puerta, ahora si. Su corazón se había exaltado de tal forma que le costaba concentrarse en los demás asuntos que su cargo requerían y la difícil situación por la que estaba pasando la ciudad. Quizás estaba presurosa por ello y tenía ganas de aclarar lo que le deparaba el siguiente día. Comprendía su situación y la escuché con toda mi atención, traté de ser lo más coherente que pude en mi apreciación del momento que tan intensamente estábamos viviendo las cuatro. Sí las cuatro: Dax, Genix, Ige y yo. Corazones solitarios que ahora hervían en un cúmulo de sensaciones y pasiones encontradas. Vidas paralelas que el destino había querido unir. Si hubiera habido mil años luz, el encuentro de estas almas habría ocurrido de una u otra forma.

No hice ningún chiste malo esta vez, entendía lo que me quería decir. Diez años de diferencia entre la una y la otra podían ser muchos o pocos, pero Genix tenía la idea de que Dax tenía poca experiencia de la vida fuera de la aldea. Quería respetar a Dax y sobre todo no perderla.

Lo único que puedo decirte es que no le eres indiferente -le respondí-. Sus ojos la delatan igual que a ti. Utiliza tu sensibilidad y habla poco a poco con ella.

Genix se quedó pensativa y algo triste. Sabía que amaba a Dax pero no quería imponerle nada, quería que el transcurso del tiempo fuera el que diera sus frutos.

Bien, así será, -dijo Genix con cara de preocupación y continuó- dejaré que el tiempo decida.

 

***

 

A Dax le salieron del corazón, palabras de amor hacia mi Reina, sin tapujos, con la inocencia de su edad y la pasión que ello puede conllevar. La juventud... primorosa juventud que es capaz de ser tan locuaz y tan poco maliciosa. Sucedió de esta manera.

 

Como cada noche desde que se conocieron, Dax y Genix estaban sentadas en la misma mesa. Al terminar de cenar se ponían cómodas en un sensual sofá. Hablaban hasta bien entrada la madrugada. Aquella vez Genix notó cierta inquietud en la muchacha y así le dijo:

¿Qué te pasa Dax te noto nerviosa?

Si -dijo Dax-. Tengo que confesarte algo, y por favor si no es, dímelo y trataremos de seguir siendo amigas.

¿Tan grave es? -preguntó la Reina alzando su ceja en un movimiento reflejo.

No es que sea grave. Es una situación sencilla y complicada. Pero lo vas a saber ahora mismo-. Apostilló Dax.

El nerviosismo entró en Genix: el corazón le latía como si quisiera echar a correr, sus venas se hincharon, su sangre empezó a cabalgar tan rápidamente como su yegua Aoraki. Quiso mirar de frente a Dax y le costó. Quiso decir alguna palabra y se le olvidó hasta como abrir la boca. Genix solo asintió con la cabeza y acertó a decir,

Adelante.

La noche se cerró totalmente. La luna, con un blanco esplendoroso, con una luminosidad anaranjada, se posaba en las montañas que desde aquel lugar se contemplaba.

Dax empujó suavemente a Genix hacia el gran y hermoso ventanal del aposento. La altura de la chiquilla se impuso sobre el cuerpo de mi Reina transmitiéndole quietud. La mujer mayor comenzó a relajarse como si supiera que palabras iban a salir de la boca de su amada. Con una seguridad pasmosa, Dax cogió el mentón de Genix y la hizo virar hacia sus ojos. Frente a frente, mujer contra mujer, juventud y madurez, sensibilidad y pasión. Ojos con ojos. Corazón con corazón.

Dax comenzó a decir:

Mi valiente Reina, llevo aquí poco tiempo pero el suficiente para saber como me observas, como me miras, como buscas mi presencia. Te gusta tenerme a tu lado. Soy observadora, callada a veces, otras locuaz, pero observadora sobre todo. TE AMO GENIX, Reina de la ciudad de Aura. La persona que ha logrado hacer que sienta sensaciones que..., es decir, has hecho que pase de adolescente a mujer. Sí, mi Reina has conquistado mi corazón y mi alma, mis sentimientos y mis deseos. Si, TE DESEO mujer.

Con los ojos abiertos y la mente paralizada, casi confundida y sin esperar tan terminantes palabras Genix no dejó de mirar a los ojos de Dax. Dax solo tenía ojos para mirar los de Genix. Genix solo acertó a cerrar sus ojos y esperar el beso ansiado. Tan suave como una pluma, Dax se aproximó con la certeza de querer esos labios con los que había soñado desde la primera noche que conoció a la Reina. A la vez que un roce, un escalofrío recorrió el cuerpo de la Reina. Un beso suave al principio, pero los labios se abrieron buscando algo más, algo más húmedo, más sabroso, más profundo...

 

***

 

Genix me había contado que tuvo un sueño:

Vivía otra época, otras costumbres, otras formas de vivir y pensar. Un lugar muy atrás en el tiempo. Tan lejos de la actual época que se preguntaba porque le era el sueño tan familiar y porque lo recordaba tan intensamente como si lo hubiera vivido.

Se encontraba en una playa tumbada junto a una hermosa mujer, hablaban, soñaban, se conocían. Hacía poco que se había venido a vivir con ella, a su casa y a su país. La mujer debía de ser extranjera. El sueño no le había mostrado como se habían conocido.

Intuía que amaba a la persona que le mostraba el sueño, por su forma de mirarla, por su manera un poco celosa de comportarse, por el afán de protegerla y abrigarla cuando venía una ráfaga de viento tan característico de su tierra.

De vez en cuando se acercaba disimuladamente, la cogía de la mano, le acariciaba el pelo, le sonreía y jugaba a provocar situaciones donde el juego amoroso y sensual se adhería a sus cuerpos tal como se pegaba la arena de la playa cuando estaba húmeda. Jugaban a correr dentro de la agua, se salpicaban con las olas. Se mostraban sedientas la una de la otra cual amor se profesaban.

Tenía que ser una época en la que no estaba permitido el amor entre dos mujeres, ó donde estaba por lo menos mal visto. Intuía que las leyes no discriminaban pero si la sociedad.

El cuerpo de la joven que tenía a su lado cuando ya reposaban en la cama grande de su habitación, cuando, cansadas del día estiraban sus tullidos cuerpos en ella, le era tan familiar, tan exquisitamente envolvente que es como si lo conociera en su época actual. Nada le era extraño. Es como si la esencia de esa mujer la hubiera guiado durante miles de vidas y existencias.

En esa existencia, el sueño le mostró el sufrimiento que habían experimentado ambas en el duro, durísimo camino que habían recorrido hasta que la mujer extranjera se pudo quedar definitivamente a su lado. La no aceptación de los padres, la incomprensión de una sociedad hecha a imagen de la pareja heterosexual, la distancia que las separaba. Continentes y culturas, formas difíciles de engranar, pero que con cierta dificultad habían sabido acoplar. Problemas que, con el amor y la confianza que se tenían, pudieron sobrellevar y superar.

Ahora se miraban sin contratiempos, sin nadie a quien dar explicaciones, fuera de la mirada insidiosa de gentes extrañas y poco tolerantes. Se habían prometido amor eterno, habían unido sus almas para toda la eternidad.

 

Días después de que Genix me contase ese sueño, sabría que lo soñado era verdad. Amor eterno, confianza total. Supo que vendrían varias vidas más, quizás solo algunas más y al final ningún cuerpo podría separarlas ya.

 

***

 

Esto son mis pensamientos dentro de este agujero en el que encuentro metida, presa de unos seres indeseables que van a despojarme de mi vida. Mañana al amanecer seré colgada como una simple criminal, mi cuerpo se balanceará cual mil demonios lo empujasen hacia el infierno. ¿Acaso este será el final de mi cuerpo? ¿Será el paso a otra vida? ¿Supondrá la expiración de todos mis errores cometidos en las diferentes etapas de mi evolución? ¿Me dará tiempo ha hacer una reflexión de mi lado oscuro?

No sé la respuesta, ni sé si habré pagado todos mis karmas del pasado. Lo único que sé es que ahora, precisamente ahora, no quiero morir. Ahora que amo, en este momento que cada poro de mi piel es capaz de dar amor sin necesidad de querer recibir nada a cambio. Ahora que sé el significado de tantas cosas. En el instante que por vez primera me besó Ige supe el significado de la eternidad. No, no era el momento de morir.

Si, porque ésta que se llama a sí misma La Comerciante, ha caído prisionera, hará como quince días. ¿Su captor?, el jefe del ejército que tiene asolada a la Tierra, Viscon. El líder que ha sido capaz de aglutinar a la más baja escoria que dieron los tiempos, capaz de destruir lo más sagrado del alma humana, había urdido un plan ambicioso y cruel. Por ahora indiscutiblemente era el triunfador.

Sumida de nuevo en un medio sueño, mis pensamientos y recuerdos cabalgaban de nuevo hacia un pasado no muy lejano. No habían transcurrido más de tres meses desde que me ocurriera lo más hermoso que me pasó en esta vida.

La ciudad de Aura tenía unos alrededores hermosos, lagos, montañas y valles rodeaban la hermosa capital del reino.

Para mí era una debilidad el pasear o adentrarme a pie o a caballo en las profundidades de la montaña. No era gran experta pero sí lo suficiente para defenderme entre las rocas y el paisaje salvaje y brutal que se abrían a mis ojos. El aire, el cielo, el color, los grandes árboles, todo en majestuoso equilibrio hacían que cuando mi mente estaba espesa y mis sentimientos a punto de hacer alguna locura, buscara presurosa ese entorno para equilibrar mí atormentado interior.

Trataba de volver a practicar las artes marciales, tan antiguas como los guerreros humanos. Meditar, integrarse dentro de una misma, concentrarme en las ideas, ordenarlas.

Ahora, no es que estuviera confundida en mis sentimientos o desequilibrada de alguna forma. No, era algo que me estaba ocurriendo y que tenía que sopesar y tratar de alejarme de la persona por la que mi corazón era capaz de cometer una estupidez.

La Comerciante se había enamorado. Eso es lo que me pasaba. De confusión nada, de desequilibrio nada, solo el fastidio de no saber a que me enfrentaba. Y precisamente me tenía que ir a enamorar, a perder el sentido, por la persona más difícil de enamorar del mundo, de Ige. Una mujer tan solitaria que casi rayaba la frialdad, o esa era la impresión que me daba a mí. Tan metida en su papel de Guardiana de la Sabiduría que no sé hasta que punto tenía sensaciones hacia otra cosa que no fuera su Deber.

Caminé varios días hacia el lugar más solitario que se podía encontrar. Sabía que al final de ese difícil y bellísimo camino se encontraba un refugio, lugar que pocas veces estaba habitado, aunque no le faltaba lo imprescindible para socorrer a algún loco o loca que como yo se adentraba en tal paraíso.

Le dije a Genix que necesitaba separarme unos días de Ige o mi corazón corría el peligro de reventar. La muy bruja sonrió maliciosamente y me dio un irónico beso de despedida. Sólo me recordó que me fuera no más de una semana pues había sospechas que los Guakis y el ejército mandado por Viscon atacarían en breve. La defensa de la ciudad y de las tierras libres se había preparado en secreto. Los demás planetas afines a la Tierra estaban en alerta máxima. La Tierra una vez más iba a ser objeto de una invasión, de un ataque, humanos contra humanos nuevamente. Pero ahora vayamos camino al refugio, hacia la profundidad de la montaña, dónde la libertad y la pasión se pueden llegar a encontrar.

Estaba en buena forma, los últimos acontecimientos habían hecho que procurase una preparación física acorde a lo que se esperaba de mí. Así que esta subida a la montaña, atravesándola, recorriendo cada una de sus piedras, acercándome a su vientre más profundo, a su valle más escondido, significaba terminar con mi acondicionamiento físico. Caminé más de cinco horas, ahora en un recodo y aprovechando una suavidad en la pendiente descargué la mochila y me instalé lo mejor que pude ante un sudor que ya era muy evidente, el esfuerzo había sido meritorio. No me sentía cansada pero sí extraña por la soledad que en los últimos tiempos no había tenido tiempo de disfrutar. Hasta el silencio me era insólito. En ese momento mágico cuando el mediodía está en todo lo alto y, mientras preparaba la comida que llevaría a mi lavado estómago, mis pensamientos volvían una vez más a lo que últimamente había sido para mis ojos, la visión única y exclusiva de Ige. La obsesión era muy evidente. La sensación de que solo existía Ige y de que soy idiota, también es incuestionable.

Que bien sienta una comida en la montaña, arriba en lo alto donde no todo el mundo es capaz de subir o no quiere molestarse en sudar lo suficiente para disfrutar de esos parajes, de esos valles y arroyos, de escarpadas pendientes y a la vez, de paisajes que la retina humana disfruta como nadie.

Volví a cargar la mochila y continué el camino ya más suave, habían sido poco más de cinco horas de subida y ahora todo se calmaba. Descansada, alimentada y con bellos paisajes a la vista, la tarde resultaba prometedora. Tres horas después busqué un lugar apaciguado, sin pendiente y a cobijo de posibles vientos, aunque no parecía que estos fueran a soplar. Quería acampar temprano, no soportaba que la noche en la montaña se me echara encima, gustaba de contemplar el cielo lleno de pequeñas luces y dar rienda a mi imaginación. Placer de una persona solitaria pero que estaba acompañada de miles de puntitos brillantes, el corazón me latía apresuradamente y no sabía porqué.

En menos de media hora tenia la carpa montada y lista para ser utilizada, ahora me tocaba encender el fuego para prepararme algo caliente de beber. No, la cena todavía no, era pronto. La noche, hermosa y plácida, tranquila sin vientos, apenas una suave brisa aterciopelaba mi rostro.

Comencé a leer algo que me era sumamente antiguo, Ige me lo había dado y me había dicho: “Vete a algún lugar donde puedas estar tranquila, que cada línea que leas la asimiles, que cada trozo de este libro lo metas dentro de ti, medita, piensa, instrúyete.”

La noche se cerraba rápidamente a mí alrededor y casi no fui consciente de ello hasta que la luz dejó de alumbrar mis ya cansados ojos. Más de hora y media había transcurrido desde que comencé a leer el libro,  contaba una historia desde más allá del comienzo de los tiempos, mucho más allá de que el planeta Tierra existiera. Explicaba hasta donde la comprensión humana era capaz de entender, ahora ese conocimiento se me estaba dando, aunque ya Ige, a través de sus ojos y su mente, me había transmitido todo lo que ella sabía.

Encendí la linterna y dispuse el calentador para cocinar algo. Ahora si me apremiaba el hambre.

¿Hay algo de cena para mí? -oí una voz que me era familiar. El susto fue tremendo y todos mis sentidos se pusieron en guardia, mi cuerpo se tensó y miré hacia donde había escuchado la voz. Muy próxima y contundente la figura se alzó ante mí. Esto pasó en apenas décimas de segundo.

Ige sonrió.

¿Cómo me entras así, Ige? Me has dado un susto de muerte y he podido hacer una burrada con mi espada-. Siguió sonriendo y emitió unas pocas palabras.

¿Seguro que me harías algo? ¿Acaso no recuerdas que soy la Campeona de la Reina y que he previsto tus movimientos con antelación?

 

Vale, Ige. No más. ¿Qué te trae por aquí, me has seguido, has venido y el encuentro ha sido casual? Creía que iba a estar sola, tu misma me recomendaste que viniera a un lugar solitario y leyese el libro que me prestaste.

No, no ha sido un encuentro casual, vine porque sabía que vendrías aquí y quiero hablarte, decirte cosas que quizás con gente no sabría decirte o en un ambiente pre-bélico. Esto es un paraíso y el lugar donde mejor soy capaz de expresar mis sentimientos.

Me puse absolutamente roja. Mi corazón no quiso latir o latía tan fuerte y rápidamente que mis oídos no captaban su ritmo. ¿Sus sentimientos? ¿Eso es lo que había dicho? Vaya, Ige tenía sentimientos y no sólo honor y deber. Sorpresa, bueno en realidad no era sorpresa, ya sabía que esa mujer era capaz de sentir muchas más cosas de las que expresaba, pero indudablemente de forma diferente a lo que convencionalmente las personas somos capaces de dar rienda suelta. ¡Ige tenía que ser! Todo un enigma indescifrable que mi corazón y mente se empeñaban en captar.

Se acercó hacia mí, sigilosa, felina, suave, me empujó levemente hacia el fuego y volvió a articular varias frases seguidas:

Comerciante tengo algo que decirte y que pienso que sabes. No se trata de nuestra misión como Guardianes de la Sabiduría. Es algo que nos acontece a las dos. Y son nuestros sentimientos. Te podrás imaginar cuanto me habrá costado decidirme a contarte lo que mis ojos ya te han expresado en varias ocasiones.

Ahora cesó en su discurso. Silencio, sentadas la una frente a la otra, muy próximas, tan cerca que podía sentir su respiración y su calor. Quizás algo de rubor había en su rostro ahora relajado. Como por arte de magia se aproximó más a mí. Yo no retire ni un milímetro de mi cuerpo. Y...

Tengo la seguridad de que tus sentimientos y los míos están encontrados, son los mismos y voy a dar un paso que jamás di. Comerciante, TE AMO. Estoy por ti-. Dijo muy bajito Ige.

¿Pueden imaginarse cuando tocan las campanas anunciando la alegría de la primavera, cuando la luz de los caminos se hace brillante y actúan las hormonas en los seres humanos? Puede que esa sea la descripción más rara que nunca hice. Pero así me sentía. Sintiendo al máximo, pero mi mente se resistía a asimilar esas palabras. Pero era así. Ige había dicho más de dos palabras seguidas para decir “Te Amo Comerciante”.

Apenas podía pensar. Si en alguna ocasión me quedé muda fue esa, si en algún momento de mi existencia mi corazón fue totalmente puro y bello fue esa. Si en otras vidas fui feliz en esta ocasión había llegado al clímax.

Se aproximó algo más, si es que cabía esa posibilidad. No dije nada, solo esperaba que sus labios tomaran los míos. Apenas fue un roce en un primer momento. La adrenalina se desparramaba por la sangre. Si, la adrenalina de las dos y ese roce pasó a algo más fuerte... ¿pasión?... podía ser, ¿mucho tiempo deseando y no haciendo? Fuera lo que fuera había nacido y se había concretado el amor.

El amor había llamado por vez primera a mi puerta, el amor con mayúsculas, el amor de verdad. No aventuras diversas. Cuerpo y mente sumidos en algo más que un simple deseo carnal. Unión más allá de la existencia del tiempo y del espacio. Miles de años se unían y se reconocían.

 

***

 

Anatolia había huido apresuradamente del palacio real. Controlada y vigilada como estaba, su marcha había significado la máxima alerta en la ciudad-estado. La información que se llevaba Anatolia era que la ciudad se había preparado para una eventual invasión, es decir estrategia para la defensa.

Anatolia llegó al campamento donde se encontraba Viscon y transmitió a su líder las últimas noticias sobre la ciudad. Comentó  los movimientos de las tropas enemigas, que Ige y la Comerciante estaban al mando de las tropas de defensa de la ciudad y que “la falsa información transmitida por ella” había sido creída por parte del ejército comandado por la Dama Primera.

Con todo ello, Viscon propuso con urgencia una reunión con los Guakis. En esta reunión estaban presentes: Viscon y Anatolia, dos de sus generales y, por parte de los Guakis, su líder Verdi y dos de sus generales. La alta representación de las tropas invasoras ultimaban el plan de ataque.

Los Guakis se encargarían de lanzar desde el aire los rayos paralizantes. No habría destrucción de la ciudad, querían ser dueños y señores de una bella ciudad cuya dominación sería un aviso incuestionable de los nuevos reyes de la ciudad y próximamente de la Nueva Tierra. Esta vez parecía que querían demostrar que no eran bárbaros.

Durante decenas de años habían estado preparándose para volver a ser el pueblo dominante e invasor de centurias pasadas. Pero habían aprendido la lección y la destrucción por la destrucción podría dar lugar a que la Fuerza del Universo volviera a intervenir condenándolos nuevamente, a años de oscura indeterminación como pueblo y quizás, como castigo esta vez fueran aniquilados definitivamente de la faz del Universo. Por ello, la estrategia había cambiado y estaban muy orgullosos de su evolución como pueblo en aras de una mayor inteligencia. Así mucha investigación, preparación y olvido habían servido para elaborar y conseguir algo que muchos pueblos habían olvidado en el transcurso de los últimos milenios: “el Rayo Paralizante”. Absolutamente inofensivo para todo tipo de edificios e instalaciones de la ciudad pero que producía en el organismo humano algo tan esencial como la paralización de todo el cuerpo, pero no del cerebro y la mente. Quería que vieran como la ciudad era conquistada sin que un solo músculo de los cuerpos de los habitantes de Aura pudieran hacer nada, así comenzaría el verdadero dominio mental de este pueblo. También daría tiempo a insertar en los cuerpos un dispositivo electrónico capaz de controlar sus movimientos y así informarles su exacta localización. Mientras durase la parálisis corporal (aproximadamente dos horas), sonarían instrucciones precisas sobre las nuevas normas que imperarían en todos los pueblos conquistados. Se darían cuenta de quien era realmente el conquistador y las pocas esperanzas que había de escape.

Lo tenía todo planeado, muy bien planeado.

En el fuero interno del jefe de los Guakis, Verdi, el orgullo de su pueblo, conquistador e inteligente, era la motivación más evidente y eficaz para que el resto de su gente lo siguiera en cualquier empresa que propusiese. Miles de años de repudio por parte de otros pueblos del Universo Conocido iban a terminar de una vez y para siempre. La nueva forma de dominio había convencido a todo el pueblo Guaki como la forma ideal para olvidar las humillaciones anteriores, humillaciones tan viejas como su propia historia como pueblo. Estaba claro que someterían a sus conquistados de forma bien diferente como lo habían intentado sus antepasados.

Sometimiento psicológico basado en la humillación constante y en la destrucción de los valores e ideas que habían hecho de la ciudad-estado Aura y sus influencias en otros pueblos, la más grande civilización hasta ahora conocida. Había algo que Verdi no podía tolerar, algo que hacía mella en su interior y su orgullo, “el dominio de las mujeres amazonas durante centurias y su sabiduría para que los pueblos circundantes y lejanos las considerasen como ejemplos a seguir”. Él no pensaba que las mujeres fueran inferiores o superiores, hacía mucho que guerreaban con él grandes mujeres de su pueblo, la segunda al mando era una mujer: Enma. No, no se trataba de ello, sino de la envidia que le proporcionaba que solo mujeres fueran capaces de conseguir un prestigio más allá de la Tierra y pudieran establecer unos códigos de honor, moral, inteligencia..., que él quería conseguir, claro está que de otra forma. La vanidad de su pueblo era lo que en realidad le empujaba a ser “mucho más que el pueblo regentado por una mujer, una Reina, cuya fama traspasaba el orbe”.

Reflexiones que Verdi efectuaba poco antes de la reunión de urgencia que había convocado Viscon. Hacia él estaban ahora dirigidos sus pensamientos.

El ejército de Viscon se ocuparía del ataque terrestre, atacando a la ciudad por varios frentes. El mismo Viscon mandaría al grueso de sus hombres, Anatolia, su lugarteniente, atacaría por el flanco sur. Verdi se encargaría del ataque aéreo, manejando la parte central desde su puesto de mando. Desde allí había engranado toda una orquesta capaz de seguir sus órdenes con la precisión de la rotación de los planetas. Enma, su segunda de a bordo comandaría una pequeña pero muy eficaz flota, que serviría de avanzada cuando los cuerpos estuvieran paralizados.

El primer ataque sería de Viscon para que los mandos de la ciudad se confiaran y no reparasen en lo que se le venía, nunca mejor dicho, encima. Verdi tendría el tiempo necesario para hacer saltar rápidamente a su nave nodriza y sus dos cruceros de guerra que había ocultado tras la parte no visible de Marte.

La ciudad-estado no tendría escapatoria posible. Sería un ataque que no esperaba el ejército de la ciudad. La falsa información transmitida por Anatolia de que sólo sería un ataque de Viscon y por tierra haría que la estrategia de simple defensa que a todas luces había preparado la Dama Primera fuera insuficiente para repeler el doble ataque que habría, el segundo sería por aire y desde allí provendría el invasor real. Estaba seguro que no había habido ninguna filtración en las dirigentes de Aura. Pero tampoco quería menospreciar la inteligencia de la Reina y la Dama Primera.

Verdi tenía otros planes para el ejército de Viscon, pero eso sería bastante después. Haría que la confianza de Viscon fuera irrefutable. Luego vendría la segunda etapa de su plan.

 

***

 

Cerca de la ciudad pero suficientemente lejanos se encontraba Viscon y su ejército. En su campamento todo estaba preparado, pero él tenía en mente muchas cosas y reflexionaba con ojos duros, pero a la vez brillantes, con esa chispa que da la proximidad de la batalla.

Su obsesión era Genix, la Reina de Aura, la toda respetada y gloriosa Reina, cuya fama había traspasado todo el orbe terrestre, llegando hasta los pocos planetas que formaban los mundos conocidos después del Gran Desastre. La haría su esposa, Genix engendraría el hijo que dominaría la Nueva Tierra y él se nombraría a sí mismo Emperador de las Tierras Conocidas.

Sabía de la fuerza de los Guakis, por esa razón había llegado a un acuerdo con ellos: Verdi sería dueño y señor de los planetas exteriores del Sistema Solar y podría colonizar de nuevo Marte, el planeta Rojo.

Mientras tanto Genix, la Dama Primera, Dax y la Comerciante, junto con jefas amazonas de diversos lugares limítrofes y de tierras libres, así como pueblos regentados por hombres y mujeres de prestigioso honor, aliados por centurias de las amazonas, se reunían bajo máximo secreto. Se tenían que adelantar a las maniobras de los Guakis y de Viscon. Anatolia había huido con la información de que la ciudad se preparaba para la defensa pero poco se podían imaginar que iban a atacar y de una forma muy sutil.

Genix y la Dama Primera estaban reunidas esperando la llegada de la Comerciante y de Dax que habían ido a investigar los últimos movimientos terrestres y espaciales de los invasores. El ataque aéreo se produciría desde Marte. Allí, la nave nodriza de los Guakis estaría esperando el comienzo de la batalla. Esto lo habían deducido de la información recogida en la nave nodriza en la misión que Ige y la Comerciante habían realizado.

Básicamente la defensa de la ciudad vendría determinada por detener el rayo paralizante. No sería difícil pues tenían la tecnología necesaria para ello. Tecnología proveniente de sus ancestros que había sido guardada en origen y que era utilizada sólo cuando fuera necesaria. Había llegado el momento. Una vez anulados los efectos del haz electromagnético paralizante, la verdadera batalla se libraría en tierra y no habría armas. Sería como en las últimas centurias: espadas y caballos, dagas y sables. Armas que hacían daño en los cuerpos humanos pero no en el ecosistema. Ahí se vería la habilidad de las amazonas y caballeros que se habían aliado para mantener la libertad de  sus pueblos.

Bien, a mí se me dio una nueva misión: volver a la nave nodriza de los Guakis, ganarme su confianza durante un par de horas. Dejar un dispositivo en sus bodegas que sería capaz de emitir las ondas necesarias para anular todo sistema tecnológico de los Guakis. ¿Cómo? -me pregunté-. Ige y Dax me respondieron a la par:

Fácilmente. ¿No te han pedido los Guakis una mercancía de última hora?

Sí -respondí-. No son expresamente provisiones sino algo que no es normal... ¡VESTIDOS DE FIESTA! -exclamé-. No le había dado importancia, pero ahora que lo decís, si he recibido un mensaje en la última semana apremiándome a que les proporcione ese material. Ahora entiendo -apostillé-. Vestidos de fiestas para celebrar su victoria que consideran segura.

Bien, emitiré un mensaje en el que diré que iré dentro de dos días, coincidirá con el mismo día del ataque y lanzamiento del rayo paralizante. Espero que no digan que no. Trataré de que me crean el no haber podido hacerlo antes. Quizás no les quede otro remedio que aceptar ya que una negativa ante su insistencia podría hacer que fuera algo sospechoso el decir que no.

Ige y Dax asintieron con la cabeza y casi me aplauden tras mi discurso y discurrir. Bueno, me tocaba a mí bailar con algo feo y bastante peligroso. Eso pude ver en las miradas de mis tres amigas. Pero también sabía que ese papel me iba como anillo al dedo. Lo demás no importaba, sólo que la ciudad y sus aliados, el Mundo Libre en definitiva no cayera en manos de unos dictadores que no solo querían conquistar nuestras tierras y enseres sino nuestros cerebros. ¿A eso le llamaban ellos su nueva inteligencia? El lado oscuro de la humanidad volvía a querer ganar, de nuevo la barbarie, el odio, donde el rencor se convertía en maldad.

Pero esta vez la humanidad libre y la Fuerza del Universo estaban preparadas.

El Ojo del Universo siempre en celo, vigilaba eternamente los acontecimientos de este lugar minúsculo de la Galaxia. No pensaba, ya lo había previsto todo con mucha antelación. En el momento oportuno, después de que el rayo paralizante fuera anulado, invalidaría todo dispositivo técnico existente. Nada, por pequeño que fuera, que tuviera algo de tecnología o que funcionara por impulsos convencionales podría funcionar. El Ojo de Universo no se estaba refiriendo a la energía proveniente del cerebro y del alma de los humanos, sino de su tecnología. Ya lo había hecho una vez, inutilizar todo tipo de dispositivo destructivo. La Tierra y su influencia habían estado a punto de perecer. Pero la Tierra era una encrucijada de enorme importancia en la evolución interna del Universo.

Solo la fuerza y destreza física, espadas, cuchillos, lanzas, caballos, mujeres, hombres y animales, sólo ellos serían los protagonistas. El medioevo volvería una vez más a este planeta que el Gran Ojo del Universo, a veces, pensaba que no le tenían que haber puesto Planeta Luz. Pero, la Gran Fuerza del Universo, no de esa Galaxia, sino la que comandaba todo el Universo, sabía más que él, y tenía la certeza que por algo se llamaba el Planeta Luz.

 

***

 

Durante el día anterior a mi partida, hubo una comida de hermandad entre todos los defensores de la civilización libre, jefes y jefas unidos hacia un solo bien común: la libertad de la raza humana. Comida que a la vez sirvió para unificar criterios de última hora aunque la defensa ya estaba prevista.

No dudé ni un solo momento en que mi misión tendría un éxito seguro. Lo único que faltaba en mi vida era el amor que profesaba hacia Ige y ella hacia mí. Esa compenetración hizo que mi ser tomara absoluta convicción de mi evolución total y definitiva. Si yo era un guardián más de la sabiduría, no podía ser de otra manera que la misión se llevara de forma inteligente y precisa.

Genix nos avisó que cenáramos con ella esa noche, una noche más las cuatro estaríamos reunidas en torno a una mesa, algo que se había convertido en habitual en los últimos tres meses.

Ige y Dax venían de un último escarceo con las tropas. Genix y yo habíamos tenido una reunión técnica dentro de mi nave. Todo estaba dispuesto y el dispositivo anti-rayo paralizante se encontraba a bordo.

Bien, todo está ultimado, la suerte está echada-. Dijo Genix nada más sentarnos en la mesa. Prosiguió: -esta última reunión es para desearos suerte a todas, en especial a ti, Comerciante. Tienes una misión imposible de calificar, altamente sencilla y con la dificultad que ello conlleva, vas a estar “dentro” del cuartel general de tus enemigos.

No me preocupa. Ya lo sabes. –Apostillé-. Tengo bastante experiencia en meterme en camisa de once varas (en lugares difíciles). Lo haré bien. Todo está concretado y no hay marcha atrás.

Ige me miró con facciones preocupadas, la tensión se reflejaba en su rostro un poco desmejorado en los últimos días. Sé que no quería dejarme sola, pero era una cuestión sin la cual la misión no tendría éxito.

Sus ojos me expresaban todo el amor que no era capaz de decir con palabras. Sus manos unidas a las mías me transmitían todo el apoyo que yo necesitaba. Y no necesitaba más.

Vosotras vais a estar en un peligro mucho mayor que el que pueda llegar a estar yo. Como mucho me van a coger prisionera, pero seré bocado a no probar puesto que pueden utilizarme de rehén. En cambio, ustedes tres estarán en el fragor de la batalla, sujetas a un maldito golpe que puede atravesar su corazón o cortar sus cabezas. Prométanme que se cuidaran. Son muy valiosas para el futuro de esta civilización. Este planeta las necesita. -Hice este pequeño discurso para tranquilizar a mis tres amores-.

Ojos duros y tiernos a la vez me miraron, comprendieron mis palabras.

Bien no vamos a hablar más del tema. Ahora comamos y bebamos brindando por una victoria que esta asegurada gracias a las/los Guardianes de la Sabiduría y bajo el Ojo Escrutador del Universo. La Fuerza nos guiaría en esta nueva misión. Sabéis que no ha sido la única ni será la última. -Concluyó Genix-.

Poco a poco la conversación derivó en Aoraki, la yegua más mimada de la Tierra, y recuerdos, no tan distantes en el tiempo vinieron a nuestras bocas. Sonrisas, y luego una despedida. Dax se fue con Genix hacia sus aposentos. Ige me llevó una vez más hacia la montaña, casi estaba anocheciendo pero quería que viéramos las estrellas juntas, arrimadas la una a la otra, unidas en el alma, esas estrellas hacia las que dentro de unas horas me encaminaría.

La verdad sólo tiene un camino. La fuerza bruta se termina agotando con los eones de milenios de lucha infructuosa, sangre derramada de forma delirante por el género humano, odios chamuscados en los confines de la historia. Recuerdos que volvían una y otra vez, el fragor de la batalla de humano contra humano. El círculo de odio iba a tener que terminar de una vez y cómo milenios antes alguien dijo: “El círculo del odio sólo puede terminar con el círculo del amor.”

Viejas historias de heroínas y héroes vinieron a mi mente esa noche, frases que calmaron mi corazón en muchas ocasiones, esperanzas de mujeres y hombres que habían hecho historia con su esfuerzo por mantener la paz y hacer el bien en la Tierra. La vida sobre la Tierra tenía que continuar en Paz, ese era el Bien Supremo. La realidad que era querida por la Fuerza del Universo. Muchas cosas me preguntaba no solo yo, sino también Dax, Genix e Ige. Pero la Fuerza del Universo también se preguntaba sobre el caminar infinito de sus hijas e hijos predilectos. Y se preguntaba si había hecho bien al crearlos y darles la esencia de la evolución. 

 

***

 

¿Verdi?- Pregunté. 

Acababa de abrir mi comunicación con la nave nodriza de los Guakis. Estaba próxima a ellos pero a la vez lejos y distante. Me habían citado en un punto determinado entre la Tierra y Marte. Allí esperaba la decisión de los Guakis.

Soy Verdi. Comerciante ¿has traído la mercancía que te pedí?

Si, respondí-. Todos mis sentidos estaban alerta, tratando de captar cada posible pista que me diera la más mínima información.

Llegará uno de mis pequeños cargueros a recoger la mercancía y se te pagará. Continua ahí, en menos de una hora estará. Prepara todo para el acoplamiento entre las naves.

Efectivamente en menos de una hora estaba allí. Mis planes de entrar en la nave nodriza se esfumaron más deprisa de lo que habían sido elaborados. Me quedé ciertamente inmóvil, sin saber como reaccionar y no podía comunicarme con mi gente. Pero quizás el Ojo del Universo en su infinita Sabiduría me iba a ayudar, quizás a un precio que nadie había pensado.

Se cargó la mercancía, se me pagó. Y cuando mi mente pensaba que se iban y yo no podría introducir en la nave nodriza el dispositivo anti-rayo, algo tan rápido como una simple palabra hizo que las esperanzas de llegar hasta la nave nodriza volvieran más rápido de cómo se habían ido. Comerciante, -dijo uno de los soldados-jefes-, ven con nosotros, nuestro Comandante en jefe, Verdi desea charlar contigo y te invita a una comida muy especial.

¿Y mi nave? -pregunté cuando me hacían ademanes de que fuera hacia dentro del carguero.

Entra en el carguero, desacoplaremos pero arrastraremos a tu nave con nosotros-. No me dieron ninguna explicación de porque tanto sigilo y del porque no podía haber ido directamente hacia la nave nodriza. Yo tampoco pregunté.

Poco tiempo después me encontraba en un aposento muy pequeño y vigilado esperando ser recibida por Verdi. Habían consentido que llevará una pequeña mochila con la ropa que en “teoría” debería ponerme para la suntuosa comida a que había sido invitada.

El dispositivo anti-rayo estaba dentro de mí, tan dentro que nadie podría sospechar que fuera algo capaz de hacer que los planes de paralizar a los habitantes de Aura se fueran al traste. Eso era lo único de lo que estaba segura. ¿Cómo buscar el sitio idóneo donde poner el dispositivo? Eso vendría de la intuición que siempre había hecho de mí una superviviente.

Una superviviente que ahora mismo tenía un problema que le costaba resolver. A veces la inseguridad que me había perseguido durante la mayor parte de mi vida volvía a salir. Ahora estaba a punto de suceder pero trataba con todas mis fuerzas de cambiar las ideas de mi cabeza, de transmutar aquella negatividad que tanto daño me hizo y que parecía que volvía a presentarse en mi vida cuando no había sido invitada.

El dispositivo anti-rayo era minúsculo. Se había pensado mucho donde se podría ocultar para asegurar que ante cualquier imprevisto no fuera detectado. Evidentemente la tecnología del dispositivo era superior a la de los Guakis y de un material que nadie conocía, un material solo conocido por los Guardianes de la Sabiduría. El mejor lugar en el que podría ponerse era donde pensé: hacer una pequeña incisión en la lengua, ahuecar, rellenar y soldar. Era un lugar húmedo y bastante seguro. Sólo tenía que acoplarlo en el vientre de la nave, ahí donde se encontraban los artilugios finamente diseñados y probados que se dirigían directamente a la frecuencia del rayo paralizante. Información que conseguimos en nuestra anterior visita a la nave nodriza. ¿Cómo llegaría allí si estaba o iba a estar vigilada? Quedaba poco tiempo para que se emitiera el haz paralizante.

Tendría que esperar el momento oportuno, pero solo quedaban unas horas. En esos momentos era la hora de la cena, el próximo mediodía era el momento indicado. Esa misma madrugada las tropas de Viscon comenzarían a acercarse hacia la ciudad de Aura. Ya no habría marcha atrás.

Mil dudas comenzaban a avasallarme en mi interior, mil situaciones difíciles volvían a silenciar mi estado de ánimo, el color negro se hizo cargo de mi alma. Mi espíritu estaba a punto de sucumbir. Fue en ese momento cuando me llamaron a cenar.