EL RETORNO DE SHERLOCK HOLMES

 

LA REAPARICION DE SHERLOCK HOLMES

Arthur Conan Doyle

La aventura de la casa vacía

En la primavera de 1894, el asesinato del honorable Ronald Adair, ocurrido en las más extrañas e

inexplicables circunstancias, tenía interesado a todo Londres y consternado al mundo elegante. El público

estaba ya informado de los detalles del crimen que habían salido a la luz durante la investigación policial;

pero en aquel entonces se había suprimido mucha información, ya que el ministerio fiscal disponía de

pruebas tan abrumadoras que no se consideró necesario dar a conocer todos los hechos. Hasta ahora, después

de transcurridos casi diez años', no se me ha permitido aportar los eslabones perdidos que faltaban para

completar aquella notable cadena. El crimen tenía interés por sí mismo, pero para mí aquel interés se quedó

en nada, comparado con una derivación inimaginable, que me ocasionó el sobresalto y la sorpresa mayores

de toda mi vida aventurera. Aun ahora, después de tanto tiempo, me estremezco al pensar en ello v siento de

nuevo aquel repentino torrente de alegría, asombro e incredulidad que inundó por completo mi mente. Aquí

debo pedir disculpas a ese público que ha mostrado cierto interés por las ocasiones v fugaces visiones que yo

le ofrecía de los pensamientos v actos de un hombre excepcional, por no haber compartido con él mis

conocimientos. Me habría considerado en el deber de hacerlo de no habérmelo impedido una prohibición

terminante, impuesta por su propia boca, que no se levantó hasta el día 3 del mes pasado.

Como podrán imaginarse, mi estrecha relación con Sherlock Holmes había despertado en mí un profundo

interés por el delito v, aun después de su desaparición, nunca dejé de leer con atención los diversos misterios

que salían a la luz pública e, incluso, intenté más de una vez, por pura satisfacción personal, aplicar sus

métodos para tratar de solucionarlos, aunque sin resultados dignos de mención. Sin embargo, ningún suceso

me llamó tanto la atención como esta tragedia de Ronald Adair. Cuando leí los resultados de las pesquisas,

que condujeron a un veredicto de homicidio intencionado, cometido por persona o personas desconocidas,

comprendí con más claridad que nunca la pérdida que había sufrido la sociedad con la muerte de Sherlock

Holmes. Aquel extraño caso presentaba detalles que yo estaba seguro de que le habrían atraído muchísimo, y

el trabajo de la policía se habría visto reforzado o, más probablemente, superado por las dotes de observación

y la agilidad mental del primer detective de Europa. Durante todo el día, mientras hacía mis visitas médicas,

no paré de darle vueltas al caso, sin llegar a encontrar una explicación que me pareciera satisfactoria. Aun a

riesgo de repetir lo que todos saben, volveré a exponer los hechos que se dieron a conocer al público al

concluir la investigación.

El honorable Ronald Adair era el segundo hijo del conde de Maynooth, por aquel entonces gobernador de

una de las colonias australianas. La madre de Adair había regresado de Australia para operarse de cataratas, y

vivía con su hijo Adair y su hija Hilda en el 427 de Park Lane. El joven se movía en los mejores círculos

sociales, no se le conocían enemigos y no parecía tener vicios de importancia. Había estado comprometido

con la señorita Edith Woodley, de Carstairs, pero el compromiso se había roto por acuerdo mutuo unos

meses antes, sin que se advirtieran señales de que la ruptura hubiera provocado resentimientos. Por lo demás,

su vida discurría por cauces estrechos v convencionales, va que era hombre de costumbres tranquilas y

carácter desapasionado. Y sin embargo, este joven e indolente aristócrata halló la muerte de la forma más

extraña e inesperada.

A Ronald Adair le gustaba jugar a las cartas v jugaba constantemente, aunque nunca hacía apuestas que

pudieran ponerle en apuros. Era miembro de los clubs de jugadores Baldwin, Cavendish y Bagatelle. Quedó

demostrado que la noche de su muerte, después de cenar, había jugado unas manos de whist en el último de

los clubs citados. También había estado jugando allí por la tarde. Las declaraciones de sus compañeros de

partida -el señor Murray, sir John Hardy y el coronel Moran-confirmaron que se jugó al whisi y que la

suerte estuvo bastante igualada. Puede que Adair perdiera unas cinco libras, pero no más. Puesto que poseía

una fortuna considerable, una pérdida así no podía afectarle lo más mínimo. Casi todos los días jugaba en

un club o en otro, pero era un jugador prudente y por lo general ganaba. Por estas declaraciones se supo

que, unas semanas antes, jugando con el coronel Moran de compañero, les había ganado 420 libras en una

sola partida a Godfrey Milner y lord Balmoral. Y esto era todo lo que la investigación reveló sobre su

historia reciente.

La noche del crimen, Adair regresó del club a las diez en punto. Su madre y su hermana estaban fuera,

pasando la velada en casa de un pariente. La doncella declaró que le oyó entrar en la habitación delantera del

segundo piso, que solía utilizar como cuarto de estar. Dicha doncella había encendido la chimenea de esta

habitación v, como salía mucho humo, había abierto la ventana. No oyó ningún sonido procedente de la

habitación hasta las once y veinte, hora en que regresaron a casa lado Maynooth y su hija. La madre había

querido entrar en la habitación de su hijo para darle las buenas noches, pero la puerta estaba cerrada por

dentro y nadie respondió a sus gritos y llamadas. Se buscó ayuda v se forzó la puerta. Encontraron al

desdichado joven tendido junto a la mesa, con la cabeza horriblemente destrozada por una bala explosiva de

revólver, pero no se encontró en la habitación ningún tipo de arma. Sobre la mesa había dos billetes de

diez libras, v además 17 libras v 10 chelines en monedas de oro y plata, colocadas en montoncitos que

sumaban distintas cantidades. Se encontró también una hoja de papel con una serie de cifras, seguidas por

los nombres de algunos compañeros de club, de lo que se dedujo que antes de morir había estado

calculando sus pérdidas o ganancias en el juego.

Un minucioso estudio de las circunstancias no sirvió más que para complicar aún más el caso. En primer

lugar, no se pudo averiguar la razón de que el joven cerrase la puerta por dentro. Existía la posibilidad de que

la hubiera cerrado el asesino, que después habría escapado por la ventana. Sin embargo, ésta se encontraba

por lo menos a seis metros de altura v debajo había un macizo de azafrán en flor. Ni las flores ni la tierra

presentaban señales de haber sido pisadas y tampoco se observaba huella alguna en la estrecha franja de

césped que separaba la casa de la calle. Así pues, parecía que había sido el mismo joven el que cerró la

puerta. Pero ¿cómo se había producido la muerte? Nadie pudo haber trepado hasta la ventana sin dejar

huellas. Suponiendo que le hubieran disparado desde fuera de la ventana, tendría que haberse tratado de un

tirador excepcional para infligir con un revólver una herida tan mortífera. Pero, además, Park Lane es una

calle muy concurrida y hay una parada de coches de alquiler a cien metros de la casa. Nadie había oído el

disparo. Y, sin embargo, allí estaba el muerto y allí la bala de revólver, que se había abierto como una seta,

como hacen las balas de punta blanda, infligiendo así una herida que debió provocar la muerte instantánea.

Estas eran las circunstancias del misterio de Park Lane, que se complicaba aún más por la total ausencia de

móvil, ya que, como he dicho, al joven Adair no se le conocía ningún enemigo y, por otra parte, nadie había

intentado llevarse de la habitación ni dinero ni objetos de valor.

Me pasé todo el día dándole vueltas a estos datos, intentando encontrar alguna teoría que los reconciliase

todos y buscando esa línea de mínima resistencia que, según mi pobre amigo, era el punto de partida de toda

investigación. Confieso que no avancé mucho. Por la tarde di un paseo por el parque, y a eso de las seis me

encontré en el extremo de Park Lane que desemboca en Oxford Street. En la acera había un grupo de

desocupados, todos mirando hacia una ventana concreta, que me indicó cuál era la casa que había venido a

ver. Un hombre alto v flaco, con gafas oscuras y todo el aspecto de ser un policía de paisano, estaba

exponiendo alguna teoría propia, mientras los demás se apretujaban a su alrededor para escuchar lo que

decía. Me acerqué todo lo que pude, pero sus comentarios me parecieron tan absurdos que retrocedí con

cierto disgusto. Al hacerlo tropecé con un anciano contrahecho que estaba detrás de mí, haciendo caer al

suelo varios libros que llevaba. Recuerdo que, al agacharme a recogerlos, me fijé en el título de uno de ellos,

El origen del culto a los árboles, lo que me hizo pensar que el tipo debía ser un pobre bibliófilo que, por

negocio o por afición, coleccionaba libros raros. Le pedí disculpas por el tropiezo, pero estaba claro que los

libros que yo había maltratado tan desconsideradamente eran objetos preciosísimos para su propietario. Dio

media vuelta con una mueca de desprecio y vi desaparecer entre la multitud su espalda encorvada y sus

patillas blancas.

Mi observación del número 427 de Park Lane contribuyó bien poco a resolver el enigma que me interesaba.

La casa estaba separada de la calle por una tapia baja con verja, que en total no pasaban del metro y medio de

altura. Así pues, cualquiera podía entrar en el jardín con toda facilidad; sin embargo, la ventana resultaba

absolutamente inaccesible, ya que no había tuberías ni nada que sirviera de apoyo al escalador, por ágil que

éste fuera. Más desconcertado que nunca, dirigí mis pasos de vuelta hacia Kensington. No llevaba ni cinco

minutos en mi estudio cuando entró la doncella, diciendo que una persona deseaba verme. Cuál no sería mi

sorpresa al ver que el visitante no era sino el extraño anciano coleccionista de libros, con su rostro afilado y

marchito enmarcado por una masa de cabellos blancos, y sus preciosos volúmenes -por lo menos una docena

encajados bajo el brazo derecho.

-Parece sorprendido de verme, señor -dijo con voz extraña v cascada.

Reconocí que lo estaba.

-Verá usted, yo soy hombre de conciencia, así que vine cojeando detrás de usted, y cuando le vi entrar en

esta casa me dije: voy a pasar a saludar a este caballero tan amable y decirle que aunque me he mostrado un

poco grosero no ha sido con mala intención, y que le agradezco mucho que haya recogido mis libros.

-Da usted demasiada importancia a una nadería -dije yo-. ¿Puedo preguntarle cómo sabía quién era yo?

-Bien, señor, si no es tomarme excesivas libertades, le diré que soy vecino suyo; encontrará usted mi

pequeña librería en la esquina de Church Street, donde estaré encantado de recibirle, ya lo creo. A lo

mejor es usted coleccionista, señor; aquí tengo Aves: de Inglaterra, el Catulo, La guerra santa...,

auténticas gangas todos ellos. Con cinco volúmenes podría usted llenar ese hueco del segundo estante.

Queda feo, ¿no le parece, señor?

Volví la cabeza para mirar la estantería que tenía detrás y cuando miré de nuevo hacia delante vi a

Sherlock Holmes sonriéndome al otro lado de mi mesa. Me puse en pie, lo contemplé durante algunos

segundos con el más absoluto asombro, y luego creo que me desmayé por primera y última vez en mi

vida. Recuerdo que vi una niebla gris girando ante mis ojos, y cuando se despejó noté que me habían

desabrochado el cuello y sentí en los labios un regusto picante a brandy. Holmes estaba inclinado sobre mi

silla con una botellita en la mano.

-Querido Watson -dijo la voz inolvidable-. Le pido mil perdones. No podía sospechar que le afectaría

tanto.

Yo le agarré del brazo y exclamé:

-¡Holmes! ¿Es usted de verdad? ¿Es posible que esté vivo? ¿Cómo se las arregló para salir de aquel

espantoso abismo?

-Un momento -dijo él-. ¿Está seguro de encontrarse en condiciones de charlar? Mi aparición,

innecesariamente dramática, parece haberle provocado un terrible sobresalto.

-Estoy bien. Pero, de verdad, Holmes, aún no doy crédito

a mis ojos. ¡Cielo santo! ¡Pensar que está usted aquí en mi estudio, usted precisamente! -volví a agarrarlo de

la manga y palpé el brazo delgado y fibroso que había debajo-. Bueno, por lo menos sé que no es usted un

fantasma -dije-. Querido amigo, ¡cómo me alegro de verle! Siéntese y cuénteme cómo logró salir vivo de

aquel terrible precipicio.

Se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo con el estilo desenfadado de siempre. Todavía vestía la raída

levita del librero, pero el resto de aquel personaje había quedado reducido a una peluca blanca y un montón

de libros sobre la mesa. Holmes parecía aún más flaco y enérgico que antes, pero su rostro aguileño

presentaba una tonalidad blanquecina que me indicaba que no había llevado una vida muy saludable en los

últimos tiempos.

-¡Qué gusto da estirarse, Watson! -dijo-. Para un hombre alto, no es ninguna broma rebajar su estatura un

palmo durante varias horas seguidas. Ahora, querido amigo, con respecto a esas explicaciones que me

pide..., tenemos por delante, si es que

puedo solicitar su cooperación, una noche bastante agitada y llena de peligros. Tal vez sería mejor que se lo

explicara todo cuando hayamos terminado el trabajo.

-Soy todo curiosidad. Preferiría con mucho oírlo ahora.

-¿Vendrá conmigo esta noche?

-Cuando quiera y a donde quiera.

-Como en los viejos tiempos. Tendremos tiempo de comer un bocado antes de salir. Pues bien, en cuanto a

ese precipicio: no o tuve grandes dificultades para salir de él, por la sencilla razón de que nunca caí en él.

-¿Que no cavó usted?

-No, Watson, no caí. La nota que le dejé era absolutamente sincera. Tenía pocas dudas de haber llegado al

final de mi carrera cuando percibí la siniestra figura del difunto profesor Moriarty erguida en el estrecho

sendero que conducía a la salvación. Leí en sus ojos grises una determinación implacable. Así pues,

intercambié con él unas cuantas frases v obtuve su cortés permiso para escribir la notita que usted recibió. La

dejé con mi pitillera y mi bastón y luego eché a andar por el desfiladero con Moriarty pisándome los talones.

Cuando llegamos al final, me dispuse a vender cara mi vida. Moriarty no sacó ningún arma, sino que se

abalanzó sobre mí, rodeándome con sus largos brazos. También él sabía que su juego había terminado, y sólo

deseaba vengarse de mí. Forcejeamos al borde mismo del precipicio. Sin embargo, yo poseo ciertos

conocimientos de baritsu, el sistema japonés de lucha, que más de una vez me han resultado muy útiles. Me

solté de su presa y Moriarty lanzó un grito horrible, pataleó como un loco durante unos instantes y trató de

agarrarse al aire con las dos manos. Pero, a pesar dé todos sus esfuerzos, no logró mantener el equilibrio v se

despeñó. Asomando la cara sobre el borde del precipicio, le vi caer durante un largo trecho. Luego chocó con

una roca, rebotó y se hundió en el agua.

Yo escuchaba asombrado esta explicación, que Holmes iba dándome entre chupada y chupada a su

cigarrillo.

-Pero ¿y las huellas? -exclamé-. Yo vi con mis propios ojos dos series de pisadas que entraban en el

desfiladero, y ninguna de regreso.

-Esto es lo que sucedió: en el mismo instante de la muerte del profesor me di cuenta de la extraordinaria

oportunidad que me ofrecía el destino. Sabía que Moriarty no era el único que había jurado matarme. Había,

por lo menos, otros tres hombres, cuyo afán de venganza se vería acrecentado por la muerte de su jefe. Por

otra parte, si todo el mundo me creía muerto, estos hombres se confiarían, cometerían imprudencias y, tarde

o temprano, yo podría acabar con ellos. Entonces habría llegado el momento de anunciar que todavía

pertenecía al mundo de los vivos. Es tal la rapidez con que funciona el cerebro, que creo que va había

pensado todo esto antes de que el profesor Moriarty llegara al fondo de la catarata de Reichenbach.

Me levanté y examiné la pared rocosa que tenía detrás. En el pintoresco relato que usted escribió, y que yo

leí con enorme interés varios meses más tarde, aseguraba usted que la pared era lisa, lo cual no es del todo

exacto. Había algunos salientes pequeños y me pareció distinguir una cornisa. El precipicio era tan alto que

parecía completamente imposible trepar hasta arriba, pero también resultaba imposible regresar por el

sendero mojado sin dejar algunas huellas. Es cierto que podría haberme puesto las botas al revés, como va he

hecho otras veces en ocasiones similares, pero la presencia de tres series de pisadas en la misma dirección

habría hecho sospechar un engaño. En conclusión, me pareció que lo mejor era arriesgarme a trepar. Le

aseguro, Watson, que no fue una escalada agradable. La catarata rugía debajo de mí. Soy propenso a

imaginar cosas, pero le doy mi palabra que me parecía oír la voz d e Moriarty llamándome desde el abismo.

El menor desliz habría resultado fatal. Más de una vez, cuando se desprendía el puñado de hierba al que me

agarraba o mis pies resbalaban en las grietas húmedas de la roca, pensé que todo había terminado. Pero seguí

trepando como pude, y por fin alcancé una cornisa de más de un metro de anchura, cubierta de musgo verde

y suave, donde podía permanecer tendido cómodamente sin ser visto. Allí me encontraba, querido Watson,

cuando usted y sus acompañantes investigaban, de la forma más conmovedora e ineficaz, las circunstancias

de mi muerte.

Por fin, cuando todos ustedes hubieron sacado sus inevitables y completamente erróneas conclusiones, se

marcharon al hotel y yo quedé solo. Pensaba que ya habían terminado mis aventuras, pero un hecho

completamente inesperado me demostró que aún me aguardaban sorpresas. Un enorme peñasco cayó de lo

alto, pasó rozándome, chocó contra el sendero v se precipitó en el abismo. Por un momento pensé que se

trataba de un accidente, pero un instante después miré hacia arriba v vi la cabeza de un hombre recortada

contra el cielo nocturno, mientras una segunda roca golpeaba la cornisa misma en la que yo me encontraba, a

un palmo escaso de mi cabeza. Por supuesto, aquello sólo podía significar una cosa: Moriarty no había

estado solo. Un cómplice -y me había bastado aquel fugaz vistazo para saber lo peligroso que era dicho

cómplice había montado guardia mientras el profesor me atacaba. Desde lejos, sin que yo lo advirtiera, había

sido testigo de la muerte de su amigo y de mi escapatoria. Había aguardado su momento y ahora, tras dar un

rodeo hasta lo alto del precipicio, estaba intentando conseguir lo que su camarada no había logrado.

»No tuve mucho tiempo para pensar en ello, Watson. Volví a ver aquel siniestro rostro sobre el borde del

precipicio y supe que anunciaba la caída de otra piedra. Me descolgué hasta el sendero. Creo que habría sido

incapaz de hacerlo a sangre fría, porque bajar era cien veces más difícil que subir, pero no tuve tiempo de

pensar en el peligro, pues otra roca pasó zumbando junto a mí mientras yo colgaba agarrado con las manos al

borde de la cornisa. A la mitad del descenso resbalé, pero gracias a Dios fui a caer en el sendero, lleno de

arañazos y sangrando. Eché a correr, recorrí en la oscuridad diez millas de montaña y una semana después

me encontraba en Florencia, con la certeza de que nadie en el mundo sabía lo que había sido de mí.

Sólo he tenido un confidente, mi hermano Mycroft. Le pido mil perdones, querido Watson, pero era

fundamental que todos me creyeran muerto, y estoy completamente seguro de que usted no habría podido

escribir un relato tan convincente de mi desdichado final si no hubiera estado convencido de que era cierto.

Varias veces he tomado la pluma para escribirle durante estos tres años, pero siempre temí que el afecto que

usted siente por mí le impulsara a cometer alguna indiscreción que traicionara mi secreto. Por esta razón me

alejé de usted esta tarde cuando usted tiró mis libros, porque la situación era peligrosa y cualquier señal de

sorpresa y emoción por su parte podría haber llamado la atención hacia mi identidad, con consecuencias

lamentables e irreparables. En cuanto a Mycroft, tuve que confiar en él para obtener el dinero que necesitaba.

En Londres, las cosas no salieron tan bien como yo había esperado, ya que el juicio contra la banda de

Moriarty dejó en libertad a dos de sus miembros más peligrosos, mis dos enemigos más encarnizados. Así

pues, me dediqué a viajar durante dos años por el Tibet, y me entretuve visitando Lhassa y pasando unos días

con el Gran Lama. Quizás haya leído usted acerca de las notables exploraciones de un noruego apellidado

Sigerson, pero estoy seguro de que jamás se le ocurrió pensar que estaba recibiendo noticias de su amigo.

Después atravesé Persia, me detuve en La Meca y realicé una breve pero interesante visita al califa de

Jartum, cuyos resultados he comunicado al Foreign Office. De regreso a Francia, pasé varios meses

investigando sobre los derivados del alquitrán de carbón en un laboratorio de Montpellier, en el sur de

Francia. Habiendo concluido la investigación con resultados satisfactorios, y enterado de que sólo quedaba

en Londres uno de mis enemigos, me disponía a regresar cuando recibí noticias de este curioso misterio de

Park Lane, que me hicieron ponerme en marcha antes de lo previsto porque el caso no sólo me resultaba

atractivo por sus propios méritos, sino que parecía ofrecer interesantes oportunidades de tipo personal.

Llegué en seguida a Londres, me presenté en Baker Street provocándole un violento ataque de histeria a la

señora Hudson, y comprobé que Mycroft había mantenido mis habitaciones y mis papeles tal y como

siempre habían estado. Y así, querido Watson, a las dos en punto del día de hoy me encontraba sentado en mi

vieja butaca, en mi vieja habitación, deseando que mi viejo amigo Watson ocupara la otra butaca, que tantas

veces había adornado con su persona.

Este fue el extraordinario relato que escuché aquella tarde de abril, un relato que me habría parecido

absolutamente increíble de no haberlo confirmado la visión de la alta y enjuta figura y del rostro agudo y

vivaz que yo habría creído que nunca volvería a ver. De algún modo, Holmes se había enterado de la

trágica pérdida que yo había sufrido', y demostró sus simpatías con sus maneras mejor que con sus

palabras.

-El trabajo es el mejor antídoto contra las penas, querido Watson -dijo-, y esta noche tengo una tarea para

nosotros (los que, si consigo rematarla con éxito, justificaría por sí sola la vida de un hombre en este

mundo.

Le rogué en vano que me explicara algo más.

-Antes de que amanezca habrá visto v oído lo suficiente -respondió-. Hay mucho que hablar sobre los tres

últimos años. Así ocuparemos el tiempo hasta las nueve y media, hora en que emprenderemos la

trascendental aventura de la casa vacía.

A la hora mencionada, verdaderamente como en los viejos tiempos, yo iba sentado junto a Holmes en un

cabriolé, con un revólver en el bolsillo v la emoción de la aventura en el corazón. Cada vez que la luz de las

farolas iluminaba sus austeras facciones, yo me fijaba en que tenía las cejas fruncidas v los finos labios

apretados, en señal de reflexión. Yo no sabía qué clase de fiera salvaje íbamos a cazar en la tenebrosa selva

del delito de Londres, pero por la actitud de aquel maestro de cazadores me daba perfecta cuenta de que la

aventura era de las más serias, y la sonrisa sardónica que de cuando en cuando rompía su ascética seriedad

no presagiaba nada bueno para el objeto de nuestra persecución.

Había pensado que nos dirigíamos a Baker Street, pero Holmes hizo detenerse el coche en la esquina de

Cavendish Square. Al bajarse, me fijé en que dirigía inquisitivas miradas a derecha e izquierda, y cada vez

que llegábamos a una esquina tomaba las máximas precauciones para asegurarse de que nadie nos seguía.

Holmes conocía a la perfección todas las callejuelas de Londres, y en esta ocasión me llevó con paso rápido

y seguro a través de una red de cocheras y establos cuya existencia yo ni siquiera había sospechado. Salimos

por fin a una callecita de casas antiguas y fúnebres por las que llegamos a Manchester Street, y de ahí a

Blanford Street. Aquí nos metimos rápidamente por un estrecho pasaje, cruzamos un portón de madera que

daba a un patio desierto y entonces Holmes sacó una llave y abrió la puerta trasera de una casa. Entramos en

ella y Holmes cerró la puerta con llave.

Aunque la oscuridad era absoluta, resultaba evidente que se trataba de una casa vacía. Nuestros pies

hacían crujir y rechinar las tablas desnudas del suelo, y al extender la mano toqué una pared cuyo

empapelado colgaba en jirones. Los fríos y huesudos dedos de Holmes se cerraron alrededor de mi

muñeca y me guiaron a través de un largo vestíbulo, hasta que percibí la luz mortecina que se filtraba por

el sucio tragaluz de la puerta. Entonces Holmes giró bruscamente a la derecha y nos encontramos en una

amplia habitación cuadrada, completamente vacía, con los rincones envueltos en sombras y el centro

débilmente iluminado por las luces de la calle. No había ninguna lámpara a mano v las ventanas estaban

cubiertas por una gruesa capa de polvo, de manera que apenas podíamos distinguir nuestras figuras. Mi

compañero me puso la mano sobre el hombro v acercó los labios a mi oreja.

-¿Sabe usted dónde estamos? -susurró.

-Yo diría que ésa es Baker Street -respondí, mirando a través de la polvorienta ventana.

-Exacto. Nos encontramos en Candem House, justo enfrente de nuestros viejos aposentos.

-¿Y por qué estamos aquí?

-Porque aquí disfrutamos de una excelente vista de esa pintoresca mole. ¿Tendría la amabilidad, querido

Watson, de acercarse un poco más a la ventana, con mucho cuidado para que nadie pueda verle, y echar un

vistazo a nuestras viejas habitaciones, punto de partida de tantas de nuestras pequeñas aventuras? Veamos

si mis tres años de ausencia me han hecho perder la capacidad de sorprenderle.

Avancé con cuidado y miré hacia la ventana que tan bien conocía. Al posar los ojos en ella, se me escapó una

exclamación de asombro. La persiana estaba bajada y una fuerte luz iluminaba la habitación. A través de la

persiana iluminada se distinguía claramente la negra silueta de un hombre sentado en un sillón. La postura de

la cabeza, la forma cuadrada de los hombros, las facciones afiladas, todo resultaba inconfundible. Tenía la

cara medio ladeada, y el efecto era similar al de aquellas siluetas de cartulina negra que nuestros abuelos

solían enmarcar. Se trataba de una imagen perfecta de Holmes. Tan asombrado me sentía que extendí la

mano para asegurarme de que el original se encontraba a mi lado. Allí estaba, estremeciéndose de risa

silenciosa.

-¿Qué tal? -preguntó.

-¡Cielo santo! -exclamé-. ¡Es maravilloso!

-Parece que ni los años han ajado ni la rutina ha viciado mi infinita variedad -dijo Holmes, y se notaba en

su voz la alegría y el orgullo del artista ante su creación-. Se parece bastante a mí, ¿no cree?

-Estaría dispuesto a jurar que es usted.

-El mérito de la ejecución debe atribuirse a monsieur Oscar Meunier, de Grenoble, que invirtió varios días en

el modelado. Se trata de un busto de cera. El resto lo apañé yo esta tarde, durante mi visita a Baker Street.

-Pero ¿por qué?

-Porque, mi querido Watson, tenía toda clase de razones para desear que ciertas personas creyeran que

yo estaba aquí, cuando en realidad me encontraba en otra parte.

-¿Sospecha usted que alguien vigilaba esta casa? -Sabía que la vigilaban.

-¿Quiénes?

-Mis antiguos enemigos, Watson. La encantadora organización cuyo jefe yace en la catarata de

Reichenbach. Recuerde usted que ellos, y sólo ellos, saben que sigo vivo. Suponían que tarde o temprano

regresaría a mis habitaciones, así que montaron una vigilancia permanente v esta mañana me vieron llegar.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque reconocí a su centinela al mirar por la ventana. Se trata de un tipejo inofensivo, apellidado Parker,

estrangulador de oficio y muy buen tocador debirimbao. Él no me preocupaba nada. Pero sí que me

preocupaba, y mucho, el formidable personaje que tiene detrás, el amigo íntimo de Moriarty, el hombre que

me arrojó las rocas en el desfiladero, el criminal más astuto y peligroso de Londres. Ese es el hombre que

viene a por mí esta noche, Watson; pero lo que no sabe es que nosotros vamos a por él.

Poco a poco, los planes de mi amigo se iban revelando. Desde aquel cómodo escondite podíamos vigilar a

los vigilantes y perseguir a los perseguidores. La silueta angulosa de la casa de enfrente era el cebo y

nosotros éramos los cazadores. Aguardamos silenciosos en la oscuridad, observando las apresuradas figuras

que pasaban y volvían a pasar frente a nosotros. Holmes permanecía callado e inmóvil, pero yo me daba

cuenta de que se mantenía en constante alerta, sin despegar los ojos de la corriente de transeúntes. Era una

noche fría y turbulenta v el viento silbaba estridentemente a lo largo de la calle. Muchas personas iban y

venían, casi todas embozadas en sus abrigos y bufandas. Una o dos veces, me pareció ver pasar una figura

que va había visto antes, y me fijé sobre todo en dos hombres que parecían resguardarse del viento en el

portal de una casa, a cierta distancia calle arriba. Intenté llamar la atención de mi compañero hacia ellos, pero

Holmes dejó escapar una exclamación de impaciencia y continuó clavando la mirada en la calle. Más de una

vez dio pataditas en el suelo v tamborileó rápidamente con los dedos en la pared. Resultaba evidente que se

estaba impacientando y que sus planes no iban saliendo tal y como había calculado. Por fin, ya cerca de la

medianoche, cuando la calle se iba vaciando poco a poco, Holmes se puso a dar zancadas por la habitación,

presa de una agitación incontrolable. Me disponía a hacer algún comentario cuando levanté la mirada hacia

la ventana iluminada y sufrí una nueva sorpresa, casi tan fuerte como la anterior. Agarré a Holmes por el

brazo y señalé hacia arriba.

-¡La sombra se ha movido!

Efectivamente, va no la veíamos de perfil, sino que ahora nos daba la espalda.

Evidentemente, los tres años de ausencia no habían suavizado las asperezas de su carácter ni su

irritabilidad ante inteligencias menos activas que la suya.

-¡Pues claro que se ha movido! -bufó-. ¿Me cree tan chapucero, Watson, como para colocar un monigote

inmóvil y esperar que varios de los hombres más astutos de Europa se dejen engañar por él? Llevamos dos

horas en esta habitación, y durante este tiempo la señora Hudson ha cambiado de posición el busto ocho

veces, es decir, cada cuarto de hora. Se acerca siempre por delante de la figura, de manera que no se vea su

propia sombra. ¡Ah!

Holmes aspiró con agitación. En la penumbra del cuarto pude ver que inclinaba la cabeza hacia delante, con

todo el cuerpo rígido, en actitud de atención. Es posible que los dos hombres que yo había visto siguieran

acurrucados en el portal, pero va no los veía. Toda la calle estaba silenciosa v oscura, con excepción de

aquella brillante ventana amarilla que teníamos enfrente, con la negra silueta proyectada en su centro. En

medio del absoluto silencio volví a oír aquel suave silbido que indicaba una intensa emoción reprimida. Un

instante después, Holmes me arrastró hacia el rincón más oscuro de la habitación y me puso la mano sobre la

boca en señal de advertencia. Los dedos que me aferraban estaban temblando. Jamás había visto tan alterado

a mi amigo, a pesar de que la oscura calle permanecía aún desierta y silenciosa.

Pero, de pronto, percibí lo que sus sentidos, más agudos que los míos, va habían captado. A mis oídos llegó

un sonido bajo v furtivo que no procedía de Baker Street, sino de la parte trasera de la casa en la que nos

ocultábamos. Una puerta se abrió v volvió a cerrarse. Un instante después, se oyeron pasos en el pasillo,

pasos que pretendían ser sigilosos, pero que resonaban con fuerza en la casa vacía. Holmes se agazapó contra

la pared y yo hice lo mismo, con la mano cerrada sobre la culata de mi revólver. Atisbando a través de las

tinieblas, logré distinguir los contornos difusos de un hombre, una sombra apenas más negra que la negrura

de la puerta abierta. Se quedó parado un instante v luego avanzó para entrar en la habitación, encogido y

amenazador. La siniestra figura se encontraba a menos de tres metros de nosotros, y yo ya tensaba los

músculos, dispuesto a resistir su ataque, cuando me di cuenta de que él no había advertido nuestra presencia.

Pasó muy cerca de nosotros, se acercó con sigilo a la ventana y la alzó como un palmo, con mucha suavidad

y sin hacer ruido. Al agacharse hasta el nivel de la abertura, la luz de la calle, ya sin el filtro del cristal

polvoriento, cayó de lleno sobre su rostro. El hombre parecía fuera de sí a causa de la emoción. Sus ojos

brillaban como estrellas y sus facciones temblaban. Se trataba de un hombre de edad avanzada, con nariz fina

y pronunciada, frente alta y calva, y un enorme bigote canoso. Llevaba un sombrero de copa echado hacia

atrás, y bajo su abrigo desabrochado brillaba la pechera de un traje de etiqueta. Su rostro era sombrío y

atezado, surcado por profundas arrugas. En la mano llevaba algo que parecía un bastón, pero que al apoyarlo

en el suelo resonó con ruido metálico. A continuación, sacó del bolsillo de su abrigo un objeto voluminoso y

se enfrascó en una tarea que concluyó con un fuerte chasquido, como el que produce un muelle o un resorte

al encajar en su sitio. Siempre con la rodillas en el suelo, se inclinó hacia delante, aplicando todo su peso y

su fuerza sobre alguna especie de palanca; el resultado fue un prolongado chirrido que terminó también con

un fuerte chasquido. Entonces el hombre se enderezó y vi que lo que sostenía en la mano era una especie de

fusil, con una culata de forma extraña. Abrió la recámara, metió algo en ella v cerró de golpe el cerrojo.

Luego se volvió a agachar, apoyó el extremo del cañón en el borde de la ventana abierta v vi cómo sus largos

bigotes rozaban la culata mientras sus ojos brillaban al enfilar el punto de mira. Oí un ligero suspiro de

satisfacción cuando se acomodó la

culata en el hombro y comprobé el magnífico blanco que ofrecía la siluetanegra sobre fondo amarillo, en

plena línea de tiro. El hombre permaneció rígidoe inmóvil durante un instante v luego su dedo se cerró sobre

el gatillo. Se oyóun fuerte y extraño zumbido y el prolongado tintineo de un cristal hechopedazos. En aquel

instante, Holmes saltó como un tigre sobre la espalda deltirador y le hizo caer de bruces. Pero, al momento,

volvió a levantarse y agarróa Holmes por el cuello con la fuerza de un loco. Le golpeé en la cabeza con

laculata de mi revólver y cayó de nuevo al suelo. Me lancé sobre él v, mientras losujetaba, mi compañero

hizo sonar con fuerza un silbato. Se oyeron pasos quecorrían por la acera y dos policías de uniforme, más un

inspector de paisano,penetraron en tromba por la puerta delantera.

-¿Es usted, Lestrade? -preguntó Holmes.

-Sí, señor Holmes. Quise ocuparme yo mismo de este asunto. ¡Qué alegríavolverle a ver en Londres, señor!

-Pensé que no le vendría mal un poco de ayuda extraoficial. Tres asesinatossin resolver en un año no

indican nada bueno, Lestrade. Sin embargo, en elmisterio de Molesey no se comportó usted con su

habitual..., quiero decir, lollevó usted bastante bien.

Nos habíamos puesto de pie y nuestro prisionero jadeaba ruidosamente con unfornido policía a cada lado. En

la calle empezaban ya a reunirse grupillos decuriosos. Holmes se acercó a la ventana, la cerró y bajó las

persianas.Lestrade había sacado dos velas y los policías habían destapado sus linternas.Entonces pude, por

fin, echarle un buen vistazo a nuestro prisionero.

El rostro que nos encaraba era tremendamente viril, pero de expresiónsiniestra, con la frente de un filósofo

por arriba y la mandíbula de un depravadopor abajo. Debía de tratarse de un hombre con grandes dotes tanto

para el biencomo para el mal, pero resultaba imposible mirar sus ojos azules y crueles, conlos párpados

caídos y la mirada cínica, o la agresiva nariz en punta y laamenazadora frente surcada de arrugas, sin leer en

ellos las claras señales depeligro colocadas por la Naturaleza. No hacía caso de ninguno de nosotros

ymantenía los ojos clavados en el rostro de Holmes, con una expresión quecombinaba a partes iguales el

odio y el asombro. Y no dejaba de murmurarentre dientes:

-¡Maldito demonio! ¡Maldito demonio astuto!

-¡Ah coronel! -dijo Holmes, arreglándose el arrugado cuello de la camisa-.Nunca es tarde si la dicha es

buena, como dice el refrán. Creo que no he tenidoel gusto de verle desde que me hizo objeto de sus

atenciones cuando yoestaba en aquella cornisa sobre la catarata de Reichenbach.

El coronel seguía mirando a mi amigo como si estuviera en trance.

-Todavía no les he presentado -dijo Holmes-. Este caballero es el coronelSebastian Moran, que perteneció al

ejército de Su Majestad en la India y que

ha sido el mejor cazador de caza mayor que ha producido nuestro Imperio Occidental. ¿Me equivoco,

coronel, al decir que nadie le ha superado aún en número de tigres cazados?

El feroz anciano no dijo nada y siguió fulminando con la mirada a mi compañero; con sus ojos de salvaje

y su hirsuto bigote, él mismo se parecía prodigiosamente a un tigre.

-Parece mentira que mi sencillísima estratagema haya engañado a un shikari5 con tanta experiencia -dijo

Holmes-. Debería resultarle muy conocida. ¿Nunca ha atado usted un cabrito debajo de un árbol, para

apostarse entre las ramas con su rifle y aguardar a que el cebo atrajera al tigre? Pues esta casa vacía es mi

árbol y usted es mi tigre. Es posible que llevara usted rifles de reserva, por si se presentaban varios tigres o

por si se daba la improbable circunstancia de que le fallara la puntería. Pues bien -dijo señalando a su

alrededor-, éstos son mis rifles de reserva. El paralelismo es exacto.

El coronel Moran dio un paso adelante, rugiendo de rabia, pero los policías le hicieron retroceder. La furia

que despedía su rostro era algo terrible de contemplar.

-Confieso que me tenía usted reservada una pequeña sorpresa -continuó Holmes-. No se me ocurrió que

también usted utilizaría esta casa vacía y esta ventana tan conveniente. Había supuesto que actuaría usted

desde la calle, donde mi amigo Lestrade y sus alegres camaradas le estaban aguardando. Exceptuando este

detalle, todo ha salido como yo esperaba.

El coronel Moran se volvió hacia el inspector.

-Puede que tengan ustedes una causa justificada para detenerme v puede que no -dijo-. Pero, desde luego, no

existe razón alguna por la que tenga que aguantar las burlas de este individuo. Si estoy en manos de la ley,

que las cosas se hagan de manera legal. -Bien, eso es bastante razonable -dijo Lestrade-. ¿No tiene nada más

que decir antes de que nos vayamos, señor Holmes? Holmes había recogido del suelo el potente fusil de aire

comprimido v estaba examinando su mecanismo.

-Un arma admirable y originalísima -dijo-. Silenciosa y de tremenda potencia. Llegué a conocer a Von

Herder, el mecánico alemán ciego que la construyó por encargo del difunto profesor Moriarty. Durante años

he sabido de su existencia, pero hasta ahora no había tenido la oportunidad de examinarla. Se la encomiendo

de manera muy especial, Lestrade, junto con sus correspondientes balas.

-Puede usted confiarla a nuestro cuidado, señor Holmes -dijo Lestrade mientras todo el grupo se dirigía hacia

la puerta-. ¿Algo más?

-Sólo preguntar de qué piensa usted acusar al detenido.

-¿De qué, señor? Pues, naturalmente, de intentar asesinar al señor Sherlock Holmes.

-De eso, nada, Lestrade. No tengo ninguna intención de aparecer en el asunto. A usted, y sólo a usted, le

corresponde el mérito de la importantísima detención que acaba de practicar. Sí, Lestrade, le felicito. Con su

habitual combinación de astucia v audacia, ha conseguido usted atraparlo.

-¡Atraparlo! ¿Atrapar a quién, señor Holmes?

-Al hombre que toda la policía ha estado buscando en vano: al coronel Sebastian Moran, que asesinó al

honorable Ronald Adair con una bala explosiva, disparada con un fusil de aire comprimido a través de la

ventana del segundo piso de Park Lane, número 427, el día 30 del mes pasado. Esa es la acusación,

Lestrade. Y ahora, Watson, si es usted capaz de soportar la corriente que se forma con una ventana rota,

creo que le resultará muy entretenido y provechoso pasar media hora en mi estudio mientras fuma un

cigarro.

Nuestras antiguas habitaciones se habían mantenido inalteradas gracias a la supervisión de Mycroft Holmes

y a los servicios inmediatos de la señora Hudson. Es cierto que al entrar observé una pulcritud

desacostumbrada, pero los viejos puntos de referencia seguían todos en su sitio. Allí estaba el rincón de

química, con la mesa de madera manchada de ácido. Sobre un estante se veía la formidable hilera de álbumes

de recortes y libros de consulta que tantos de nuestros conciudadanos habrían quemado con sumo placer. Los

gráficos, el estuche de violín, el colgador de pipas..., hasta la babucha persa que contenía el tabaco..., todo

me saltaba a la vista al mirar a mi alrededor. En la habitación había dos ocupantes: uno de ellos era la señora

Hudson, que nos miró radiante al vernos entrar; el otro era el extraño maniquí que tan importante papel había

desempeñado en las aventuras de aquella noche. Era un busto de mi amigo en cera de color, admirablemente

ejecutado v con un parecido absoluto. Estaba colocado sobre una mesita que le servía de pedestal v envuelto

en una vieja bata de Holmes, de manera que, visto desde la calle, la ilusión era perfecta.

-Confío en que tomaría usted todas las precauciones, señora Hudson -dijo Holmes.

-Me acerqué de rodillas, señor Holmes, tal como usted me dijo.

-Excelente. Lo ha hecho usted muy bien. ¿Se fijó en dónde fue a pegar la bala?

-Sí, señor. Me temo que ha estropeado su magnífico busto, porque le atravesó la cabeza y fue a aplastarse

contra la pared. La recogí de la alfombra y aquí la tiene.

Holmes me la mostró.

-Una bala de revólver blanda, como puede ver, Watson. Una idea genial. ¿Quién iba a imaginar que

se podía disparar esto con un fusil de aire comprimido? Muy bien, señora Hudson, le estoy

agradecido por su cooperación. Y ahora, Watson, haga el favor de ocupar una vez más su antiguo

asiento, ya que me gustaría discutir con usted varios detalles.

Se había despojado de la raída levita y era de nuevo el Holmes de los viejos tiempos, con el batín de

color pardusco con que había vestido a su efigie.

-Los nervios del viejo shikari siguen tan bien templados como siempre, y su vista igual de aguda -dijo

riendo, mientras inspeccionaba la frente reventada de su busto-. Un balazo en el centro de la nuca, que

atraviesa el cerebro de parte a parte. Era el mejor tirador de la India y no creo que haya muchos en Londres

que le superen. ¿No había oído hablar de él?

-Nunca.

-¡Qué injusta es la fama! Aunque, si no recuerdo mal, tampoco había usted oído hablar del profesor James

Moriarty, que poseía uno de los mejores cerebros de este siglo. Haga el favor de pasarme mi índice de

biografías, que está en ese estante.

Fue pasando las páginas con indolencia, echándose hacia atrás en su asiento y emitiendo grandes nubes de

humo con su cigarro.

-Mi colección de emes es de lo mejorcito -dijo-. Sólo con Moriarty bastaría para dar prestigio a una letra, y

aquí tenemos además a Morgan, el envenenador, Merridew, de funesto recuerdo, y Mathews, que me saltó el

colmillo izquierdo de un puñetazo en la sala de espera de Charing Cross. Y aquí tenemos por fin a nuestro

amigo de esta noche.

Me pasó el libro y leí: Moran, Sebastian, coronel. Sin empleo. Sirvió en el 1. ° de Zapadores de Bengalore.

Nacido en Londres en 1840. Hijo de sir Augustus Moran, C.B., ex embajador británico en Persia. Educado

en Eton y Oxford. Sirvió en la campaña de Jowaki, en la campaña de Afganistán, en Charasiab (menciones

elogiosas), Sherpur y Kabul. Autor de Caza mayor en el Himalaya occidental, 1881; Tres meses en la

jungla, 1884. Dirección: Conduit Street. Clubs: el Anglo-Indio, el Tankerville, el Bagatelle Card Club.»

Al margen aparecía escrito, con la letra precisa de Holmes:

El segundo hombre más peligroso de Londres.»

-Es asombroso -dije, devolviéndole el volumen-. La carrera de este hombre es la de un militar honorable.

-Es cierto -respondió Holmes-. Hasta cierto punto, se portó muy bien. Siempre fue un hombre con nervios de

acero, y todavía se cuenta en la India la historia de cuando se arrastró por una acequia persiguiendo a un tigre

herido, devorador de hombres. Algunos árboles, Watson, crecen derechos hasta cierta altura y de pronto

desarrollan cualquier extraña deformidad. Lo mismo sucede a menudo con las personas. Sostengo la teoría

de que el desarrollo de cada individuo representa la sucesión completa de sus antepasados, y que cualquier

giro repentino hacia el bien o hacia el mal obedece a una poderosa influencia introducida en su árbol

genealógico. La persona se convierte, podríamos decir, en una recapitulación de la historia de su familia.

-Una teoría bastante extravagante, diría yo.

-Bien, no insistiré en ello. Por la causa que fuera, el coronel Moran, empezó a descarriarse. Aún sin dar lugar

a ningún escándalo público, la india le llegó a resultar demasiado incómoda. Se retiró, vino a Londres y

también aquí adquirió mala reputación. Fue entonces cuando le localizó el profesor Moriarty, para quien

actuó durante algún tiempo como jefe de su Estado Mayor. Moriarty le proporcionaba dinero en abundancia,

y sólo le utilizó en uno o dos trabajos de primerísima categoría, que quedaban fuera del alcance de un

criminal corriente. Quizás recuerde usted la muerte de la señora Stewart, de Lauder, en 1887. ¿No? Bueno,

pues estoy seguro que Moran estuvo en el fondo del asunto; pero no se pudo demostrar nada. El coronel tenía

las espaldas tan bien cubiertas que, incluso después de la desarticulación de la banda de Moriarty, resultó

imposible acusarle de nada. ¿Se acuerda de aquella noche en que fui a su casa y cerré las contraventanas por

temor a los fusiles de aire comprimido? Sabía muy bien lo que me hacía: estaba enterado de la existencia de

este extraordinario fusil v sabía también que lo manejaba uno de los mejores tiradores del mundo. Cuando

fuimos a Suiza, él nos siguió en compañía de Moriarty, y no cabe duda de que fue él quien me hizo pasar

aquellos cinco minutos de infierno en la cornisa de Reichenbach.

Como podrá usted suponer, durante mi estancia en Francia leí con bastante atención los periódicos, a la

espera de una oportunidad de echarle el guante. Mi vida no tenía sentido mientras él anduviese suelto por

Londres. Su sombra pesaría sobre mí noche v día, v tarde o temprano encontraría una oportunidad de caer

sobre mí. ¿Qué podía hacer? No podía buscarle y pegarle un tiro, porque iría a parar a la cárcel. Tampoco

serviría de nada recurrir a un magistrado. Los jueces no pueden actuar basándose en lo que a ellos tiene que

parecerles una sospecha disparatada. Así que no podía hacer nada. Pero seguía leyendo los sucesos, porque

estaba seguro de que tarde o temprano le pillaría. Y entonces se produjo la muerte de este Ronald Adair. ¡Por

fin había llegado mi oportunidad! Sabiendo lo que yo sabía, ¿no resultaba evidente que el coronel Moran era

el culpable? Había jugado a las cartas con el joven; le había seguido a su casa desde el club; le había

disparado a través de la ventana abierta. No cabía duda alguna. Sólo con las balas bastaría para echarle la

soga al cuello . Así que vine inmediatamente. El hombre que vigilaba mi casa me vio, y yo estaba seguro de

que informaría a su jefe de mi presencia. Como es natural, el coronel relacionaría mi súbito regreso con su

crimen y se alarmaría terriblemente. No me cabía duda de que intentaría quitarme de en medio cuanto antes,

para lo cual traería su arma asesina. Le dejé un blanco perfecto en la ventana v, después de avisar a la policía

de que sus servicios podrían ser necesarios -por cierto, Watson, usted los localizó a la perfección en aquel

portal-, me instalé en lo que me pareció un excelente puesto de observación, sin imaginar que él elegiría el

mismo lugar para atacar. Y ahora, querido Watson, ¿queda algo por aclarar?

-Sí -dije-. No ha explicado todavía qué motivos tenía el coronel Moran para asesinar al honorable Ronald

Adair. -¡Ah, querido Watson, aquí entramos en el terreno de las conjeturas, donde la mente más lógica puede

fracasar! Cada uno puede elaborar su propia hipótesis, basándose en las pruebas existentes, y la suya tiene

tantas posibilidades de acertar como la mía.

-Pero usted tiene ya la suya, ¿no?

-Creo que no resulta difícil explicar los hechos. Quedó demostrado que el coronel Moran v el joven Adair

habían ganado una suma considerable jugando de compañeros. Ahora bien, es indudable que Moran hizo

trampas; sé desde hace mucho tiempo que las hacía. Supongo que el día del crimen Adair se dio cuenta de

que Moran era un tramposo. Lo más probable es que hablara con él en privado, amenazándole con revelar la

verdad a menos que Moran se diese de baja en el club v prometiera no volver a jugar a las cartas. Es muy

poco probable que un joven como Adair provocase un escándalo de buenas a primeras denunciando a un

hombre muy conocido v mucho mayor que él. Lo lógico es que actuara tal como yo digo. Para Moran,

quedar excluido de los clubs significaba la ruina, ya que vivía de lo que ganaba trampeando a las cartas. Así

que asesinó a Adair, que en aquel mismo momento estaba calculando el dinero que tenía que devolver, ya

que consideraba inaceptable quedarse con el fruto de las trampas de su compañero. Cerró la puerta para que

las damas no le sorprendieran e insistieran en que les explicara lo que estaba haciendo con la lista y el

dinero. ¿Qué tal se sostiene esto?

-Estoy convencido de que ha dado usted en el clavo.

-El juicio lo confirmará o lo desmentirá. Mientras tanto, y pase lo que pase, el coronel Moran no nos

molestará más, el famoso fusil de aire comprimido de Von Herder pasará a adornar el museo de Scotland

Yard, y Sherlock Holmes queda libre de nuevo para dedicar su vida a examinar los interesantes problemillas

que la complicada vida de Londres nos plantea sin cesar.

La aventura del constructor de Norwood

-Desde el punto de vista del experto criminalista -dijo Sherlock Holmes-, Londres se ha convertido en una

ciudad particularmente aburrida desde la muerte del llorado profesor Moriarty.

-No creo que encuentre usted muchos ciudadanos honrados que compartan su opinión -respondí yo. -Bien,

bien, ya sé que no debo ser egoísta -dijo él, sonriendo, mientras apartaba su silla de la mesa del desayuno-.

Desde luego, la sociedad sale ganando y nadie sale perdiendo, con excepción del pobre especialista sin

trabajo que ye desaparecer su oficio.

Mientras aquel hombre se mantuvo activo, el periódico de cada mañana ofrecía infinitas posibilidades.

Muchas veces se trataba tan sólo de una mínima huella, Watson, del indicio más leve, y, sin embargo,

bastaba para que yo supiera que por allí andaba aquel magnífico y maligno cerebro, del mismo modo que el

más ligero temblor en los bordes de la telaraña nos recuerda la existencia de la repugnante araña que acecha

en el centro. Pequeños hurtos, asaltos violentos, agresiones sin objeto aparente... Para quien conociera la

clave, todo se podía encajar de un modo coherente. No existía entonces una sola capital en Europa que

ofreciera las oportunidades que Londres ofrecía para el estudio científico de las altas esferas del crimen. Pero

ahora... -se encogió de hombros, en burlona desaprobación del estado de cosas al que tanto había contribuido

él mismo.

En la época de la que estoy hablando, hacía varios meses que Holmes había reaparecido, y yo, a petición

suya había traspasado mi consultorio y volvía a compartir con él los antiguos aposentos de Baker Street. Un

joven doctor apellidado Verner había adquirido mi pequeño consultorio de Kensington, pagando con

asombrosa celeridad el precio más alto que yo me atreví a pedir, un asunto que no quedó explicado hasta

varios años más tarde, cuando descubrí que Verner era pariente lejano de Holmes y que en realidad había

sido mi amigo el que aportó el dinero.

Nuestros meses de asociación no habían sido tan anodinos como Holmes afirmaba, ya que, revisando mis

notas, veo que este período incluye el caso de los documentos del ex-presidente Murillo y también el

escandaloso asunto del vapor holandés Friesland, que estuvo a punto de costarnos la vida a los dos.

Sin embargo, su carácter frío y orgulloso rechazaba por sistema todo lo que se pareciera al aplauso público y

me hizo prometer, en los términos más estrictos, que no diría una sola palabra sobre él, sus métodos o sus

éxitos; una prohibición que, como ya he explicado, no levantó hasta hace muy poco.

Tras expresar su excéntrica protesta, Sherlock Holmes se arrellanó en su sillón, v estaba desplegando el

periódico de la mañana con aire despreocupado cuando a ambos nos sobresaltó un tremendo campanillazo en

la puerta, seguido de inmediato por un fuerte repiqueteo, como si alguien estuviera aporreando con los puños

la puerta de la calle. Cuando ésta se abrió, oímos una ruidosa carrera a través del vestíbulo v unos pasos que

subían a toda prisa las escaleras. Un instante después, irrumpía en nuestra habitación un joven excitadísimo,

con los ojos desorbitados, desmelenado v jadeante. Nos miró primero al uno y luego al otro, y al advertir

nuestras miradas inquisitivas cayó en la cuenta de que debía ofrecer algún tipo de excusas por su desaforada

entrada.

-Lo siento, señor Holmes -exclamó-. Le ruego que no se ofenda. Estoy a punto de volverme loco. Señor

Holmes, soy el desdichado John Hector McFarlane. Hizo esta presentación como si sólo con el nombre

bastara para explicar su visita y sus modales, pero por el rostro impasible de mi compañero me di cuenta de

que aquello le decía tan poco a él como a mí. -Tome un cigarrillo, señor McFarlane -dijo Holmes, empujando

su pitillera hacia él-. Estoy seguro de que, a la vista de sus síntomas, mi amigo el doctor Watson le

recomendaría un sedante. Ha hecho tanto calor estos últimos días... Ahora, si se siente usted más tranquilo, le

agradecería que tomara asiento en esa silla y nos contara muy despacio y con mucha calma quién es usted y

qué desea.

Ha pronunciado usted su nombre como si yo tuviera necesariamente que conocerlo, pero le aseguro que,

aparte de los hechos evidentes de que es usted soltero, procurador, masón y asmático, no sé nada en absoluto

de usted. Habituado como estaba a los métodos de mi amigo, no me resultó difícil seguir sus deducciones y

observar el atuendo descuidado, el legajo de documentos legales, el amuleto del reloj y la respiración

jadeante en que se había basado. Sin embargo, nuestro cliente se quedó boquiabierto. -Sí, señor Holmes, soy

todas esas cosas, pero además soy el hombre más desgraciado que existe ahora mismo en Londres. ¡Por amor

de Dios, no me abandone, señor Holmes! Si vienen a detenerme antes de que haya terminado de contar mi

historia, haga que me dejen tiempo de explicarle toda la verdad. Iría contento a la cárcel sabiendo que usted

trabaja para mí desde fuera. -¡Detenerlo! -exclamó Holmes-. ¡Caramba, qué estupen..., qué interesante! ¿Y

bajo qué acusación espera que lo detengan? -Acusado de asesinar al señor Jonas Oldacre, de Lower

Norwood.

El expresivo rostro de mi compañero dio muestras de simpatía, que, mucho me temo, no estaba exenta de

satisfacción. -¡Vaya por Dios! -dijo-. ¡Y yo que hace un momento, durante el desayuno, le decía a mi amigo

el doctor Watson que ya no aparecen casos sensacionales en los periódicos! Nuestro visitante extendió una

mano temblorosa v recogió el Daily Telegraph que aún reposaba sobre las rodillas de Holmes.

-Si lo hubiese leído, señor, habría sabido a primera vista qué es lo que me ha traído a su casa esta mañana.

Tengo la sensación de que mi nombre y mi desgracia son la comidilla del día

-desdobló el periódico para enseñarnos las páginas centrales-.Aquí está y, con su permiso, se lo voy a leer.

Escuche esto, señor Holmes. Los titulares dicen: «Misterio en Lower Norwood. Desaparece un conocido

constructor. Sospechas de asesinato e incendio provocado. Se sigue la pista del criminal.» Esta es la Dista

que están siguiendo, señor Holmes, y sé que conduce de manera infalible hacia mí. Me han seguido desde la

estación del Puente de Londres y estoy convencido de que sólo esperan que llegue el mandamiento judicial

para detenerme. ¡Esto le romperá el corazón a mi madre, le romperá el corazón! -se retorció las manos, presa

de angustiosos temores, y comenzó a oscilar en su asiento, hacia delante y hacia atrás. Examiné con interés a

aquel hombre, acusado de haber cometido un crimen violento.

Era rubio y poseía un cierto atractivo, aunque fuera más bien del tipo enfermizo. Tenía los ojos azules y

asustados, el rostro bien afeitado y la boca de una persona débil v sensible. Podría tener unos veintidós años;

su vestimenta v su porte eran los de un caballero. Del bolsillo de su abrigo de entretiempo sobresalía un

manojo de documentos sellados que delataban su profesión.

-Aprovecharemos el tiempo lo mejor que podamos -dijo Holmes-. Watson, ¿sería usted tan amable de coger

el periódico y leerme el párrafo en cuestión? Bajo los sonoros titulares que nuestro cliente había citado, leí el

siguiente y sugestivo relato:

«A última hora de la noche pasada, o a primera hora de esta mañana, se ha producido en Lower Norwood un

incidente que induce a sospechar un grave crimen, cometido en la persona del señor Jonas Oldacre, conocido

residente de este distrito, donde llevaba muchos años al frente de su negocio de construcción. El señor

Oldacre era soltero, de 52 años, y residía en Deep Dene House, en el extremo más próximo a Sydenham de la

calle del mismo nombre. Tenía fama de hombre excéntrico, reservado y retraído. Llevaba algunos años

prácticamente retirado de sus negocios, con los cuales se dice que había amasado una considerable fortuna.

No obstante, todavía existe un pequeño almacén de madera en la parte de atrás de su casa, y esta noche, a eso

de las doce, se recibió el aviso de que una de las pilas de madera estaba ardiendo. Los bomberos acudieron

de inmediato, pero la madera seca ardía de manera incontenible v resultó imposible apagar la conflagración

hasta que toda la pila quedó consumida por completo. Hasta aquí, el suceso tenía toda la apariencia de un

vulgar accidente, pero nuevos datos parecen apuntar hacia un grave crimen. En un principio, causó extrañeza

la ausencia del propietario del establecimiento en el lugar del incendio, y se inició una investigación que

demostró que había desaparecido de su casa. Al examinar su habitación, se descubrió que no había dormido

en ella. La caja fuerte estaba abierta, había un montón de papeles importantes esparcidos por toda la

habitación v, por último, se encontraron señales de una lucha violenta, pequeñas manchas de sangre en la

habitación y un bastón de roble que también presentaba manchas de sangre en el puño. Se ha sabido que

aquella noche, a horas bastante avanzadas, el señor Jonas Oldacre recibió una visita en su dormitorio, y se ha

identificado el bastón encontrado como perteneciente a un visitante, que es un joven procurador de Londres

llamado John Hector McFarlane, socio más joven del bufete Graham & McFarlane, con sede en el 426 de

Gresham Buildings, E.C. La policía cree disponer de pruebas que indican un móvil muy convincente para el

crimen, y no cabe duda de que muy pronto se darán a conocer noticias sensacionales.

ÚLTIMA HORA.-A la hora de entrar en máquinas ha corrido el rumor de que John Hector McFarlane ha

sido detenido ya, acusado del asesinato de Mr. Jonas Oldacre. Al menos, se sabe a ciencia cierta que se ha

expedido una orden de detención. La investigación en Norwood ha re velado nuevos y siniestros detalles.

Además de encontrarse señales de lucha en la habitación del desdichado constructor, se ha sabido ahora que

se encontraron abiertas las ventanas del dormitorio (situado en la planta baja), y huellas que parecían indicar

que alguien había arrastrado un objeto voluminoso hasta la pila de madera. Por último, se dice que entre las

cenizas del incendio se han encontrado restos carbonizados. La policía maneja la hipótesis de que se ha

cometido un crimen, v supone que la víctima fue muerta a golpes en su propia habitación, tras lo cual el

asesino registró sus papeles y luego arrastró el cadáver hasta la pila de madera, incendiándola para borrar

todas las huellas de su crimen.

El trabajo de investigación policial se ha encomendado en las expertas manos del inspector Lestrade, de

Scotland Yard, que sigue las pistas con su energía y sagacidad habituales.» Sherlock Holmes escuchó este

extraordinario relato con los ojos cerrados v las puntas de los dedos juntos. -Desde luego, el caso presenta

algunos aspectos interesantes -dijo con su acostumbrada languidez-. ¿Puedo preguntarle en primer lugar,

señor McFarlane, cómo es que todavía sigue en libertad, cuando parecen existir pruebas suficientes para

justificar su detención?

-Vivo en Torrington Lodge, Blackheath, con mis padres; pero anoche, como tenía que entrevistarme bastante

tarde con el señor Jonas Oldacre, me quedé en un hotel de Norwood y fui a mi despacho desde allí. No supe

nada de este asunto hasta que subí al tren y leí lo que usted acaba de oír. Me di cuenta al instante del terrible

peligro que corría y me apresuré a poner el caso en sus manos.

No me cabe duda de que me habrían detenido en mi despacho de la City o en mi casa. Un hombre me ha

venido siguiendo desde la estación del Puente de Londres y estoy seguro... ¡Cielo santo! ¿Qué es eso? Era un

campanillazo en la puerta, seguido al instante por fuertes pisadas en la escalera. Al cabo de un momento,

nuestro amigo Lestrade apareció en el umbral. Por encima de su hombro pude advertir la presencia de uno o

dos policías de uniforme. -¿El señor John Hector McFarlane? -dijo Lestrade. Nuestro desdichado cliente se

puso en pie con el rostro descompuesto. -Queda detenido por el homicidio intencionado del señor Jonas

Oldacre, de Lower Norwood. McFarlane se volvió hacia nosotros con gesto de desesperación y se hundió de

nuevo en su asiento, como aplastado por un peso. -Un momento, Lestrade -dijo Holmes-. Media hora más o

menos no significa nada para usted, v el caballero se disponía a darnos una información sobre este caso tan

interesante, que podría servirnos de ayuda para esclarecerlo. -No creo que resulte nada difícil esclarecerlo

-dijo Lestrade muy serio.

-A pesar de todo, y con su permiso, me interesaría mucho oír su explicación. -Bueno, señor Holmes, me

resulta muy difícil negarle nada, teniendo en cuenta la ayuda que ha prestado al Cuerpo en una o dos

ocasiones. Scotland Yard está en deuda con usted -dijo Lestrade-. Pero al mismo tiempo debo permanecer

junto al detenido, v me veo obligado a advertirle que todo lo que diga puede utilizarse como prueba en contra

suya.

-No deseo otra cosa -dijo nuestro cliente-. Todo lo que les pido es que escuchen v reconocerán la pura

verdad. Lestrade consultó su reloj.

-Le doy media hora -dijo. -Antes que nada, debo explicar -dijo McFarlane-que yo no conocía de nada al

señor Jonas Oldacre. Su nombre sí que me era conocido, porque mis padres tuvieron tratos con él durante

muchos años, aunque luego se distanciaron. Así pues, me sorprendió muchísimo que ayer se presentara, a

eso de las tres de la tarde, en mi despacho de la City. Pero todavía quedé más asombrado cuando me explicó

el objeto de su visita. Llevaba en la mano varias hojas de cuaderno, cubiertas de escritura garabateada -son

éstas-, que extendió sobre la mesa.

»-Este es mi testamento -dijo-, y quiero que usted, señor McFarlane, lo redacte en forma legal. Me sentaré

aquí mientras lo hace. »Me puse a copiarlo, y pueden ustedes imaginarse mi asombro al descubrir que, con

algunas salvedades, me dejaba a mí todas sus propiedades. Era un hombrecillo extraño, con aspecto de hurón

y pestañas blancas, y cuando alcé la vista para mirarlo encontré sus ojos grandes y penetrantes clavados en

mí con una expresión divertida. Al leer los términos del testamento, no di crédito a mis ojos. Pero él me

explicó que era soltero, que apenas le quedaban parientes vivos, que había conocido a mis padres cuando era

joven y que siempre había oído decir que yo era un joven de muchos méritos, por lo que estaba seguro de

que su dinero quedaría en buenas manos. Por supuesto, no pude hacer otra cosa que balbucir algunos

agradecimientos. El testamento quedó debidamente redactado y firmado, con mi escribiente respaldándolo

como testigo. Es este papel azul, v estas hojas, como va he explicado, son el borrador. A continuación el

señor Oldacre me informó de la existencia de una serie de documentos -contratos de arrendamiento, títulos

de propiedad, hipotecas, cédulas v esas cosas-que era preciso que Yo examinase. Dijo que no se-sentiría

tranquilo hasta que todo el asunto hubiera quedado arreglado, y me rogó que acudiese aquella misma noche a

su casa de Norwood, llevando el testamento, para dejarlo todo a punto. "Recuerde, muchacho, no diga ni una

palabra de esto a sus padres hasta que todo quede arreglado. Entonces les daremos una pequeña sorpresa."

Insistió mucho en este detalle y me hizo prometérselo solemnemente. »Como podrá imaginar, señor Holmes,

yo no estaba de humor para negarle nada que me pidiera. Ante semejante benefactor, lo único que yo

deseaba era cumplir su voluntad hasta el menor detalle. Así que envié un telegrama a casa, diciendo que

tenía un trabajo importante y que me resultaba imposible saber a qué hora podría regresar. El señor Oldacre

me dijo que le gustaría que yo fuera a cenar con él a las nueve, ya que antes de esa hora no se encontraría en

su casa. Pero tuve algunas dificultades para encontrar la casa y eran casi las nueve y media cuando llegué. Lo

encontré... -¡Un momento! -interrumpió Holmes-. ¿Quién abrió la puerta? -Una mujer madura, supongo que

su ama de llaves. -Y supongo que fue ella la que facilitó su nombre.

-Exacto -dijo McFarlane. -Continúe, por favor. McFarlane se enjugó el sudor de la frente y prosiguió con su

relato:

-Esta mujer me hizo pasar a un cuarto de estar, donde ya estaba servida una cena ligera. Después de cenar, el

señor Oldacre me condujo a su habitación, donde había una pesada caja de caudales. La abrió y sacó de ella

un montón de documentos, que empezamos a revisar juntos. Serían entre las once y las doce cuando

terminamos. Oldacre comentó que no debíamos molestar al ama de llaves y me hizo salir por la ventana, que

había permanecido abierta todo el tiempo. -¿Estaba bajada la persiana? -preguntó Holmes.

-No estoy seguro, pero creo que sólo estaba medio bajada. Sí, recuerdo que él la levantó para abrir la ventana

de par en par. Yo no encontraba mi bastón, y él me dijo: «No se preocupe, muchacho, a partir de ahora

espero que nos veamos con frecuencia, y guardaré su bastón hasta que venga a recogerlo.» Allí lo dejé, con

la caja abierta v los papeles ordenados en paquetes sobre la mesa. Era tan tarde que no pude volver a

Blackheath; así que pasé la noche en el «Anerley Arms» y no supe nada más hasta que leí la horrible crónica

del suceso por la mañana.

-¿Hay algo más que quiera usted preguntar, señor Holmes? -dijo Lestrade, cuyas cejas se habían alzado una o

dos veces durante la sorprendente narración.

-No, hasta que haya estado en Blackheath. -Querrá usted decir en Norwood -dijo Lestrade. -Ah, sí,

seguramente eso es lo que quería decir -respondió Holmes, con su sonrisa enigmática. Lestrade había

aprendido, a lo largo de más experiencias que las que le gustaba reconocer, que aquel cerebro afilado como

una navaja podía penetrar en lo que a él le resultaba impenetrable. Vi que miraba a mi compañero con

expresión de curiosidad. -Creo que me gustaría cambiar unas palabras con usted ahora mismo, señor Holmes

-dijo-. Señor McFarlane, hay dos de rnis agentes en la puerta y un coche aguardando. El angustiado joven se

puso en pie y, dirigiéndonos una última mirada suplicante, salió de la habitación. Los policías lo condujeron

al coche, pero Lestrade se quedó con nosotros.

Holmes había recogido las hojas que formaban el borrador del testamento v las estaba examinando, con el

más vivo interés reflejado en su rostro.

-Este documento tiene su miga, ¿no cree usted, Lestrade? -dijo, pasándole los papeles. El inspector los miró

con expresión de desconcierto.

-Las primeras líneas se leen bien, y también éstas del centro de la segunda página, y una o dos al final. Tan

claro como si fuera letra de imprenta -dijo-. Pero entre medias está muy mal escrito, y hay tres partes donde

no se entiende nada. -¿Y qué saca de eso? -preguntó Holmes.

-Bueno, ¿qué saca usted? -Que se escribió en un tren; la buena letra corresponde a las estaciones, la mala

letra al tren en movimiento, y la malísima al paso por los cambios de agujas. Un experto científico

dictaminaría en el acto que se escribió en una línea suburbana, ya que sólo en las proximidades de una gran

ciudad puede haber una sucesión tan rápida de cambios de agujas. Si suponemos que la redacción del

testamento ocupó todo el viaje, entonces se trataba de un tren expreso, que sólo se detuvo una vez entre

Norwood y el Puente de Londres. Lestrade se echó a reír.

-Me abruma usted cuando empieza con sus teorías, señor Holmes -dijo-. ¿Qué relación tiene esto con el

caso?

-Para empezar, corrobora el relato del joven en lo referente a que Jonas Oldacre redactó el testamento

durante su viaje de ayer. Es curioso, ¿no le parece?, que alguien redacte un documento tan importante de una

forma tan a la ligera. Parece dar a entender que el hombre no pensaba que aquello fuera a tener mucha

importancia práctica. Como si no pretendiera que el testamento se llevase a efecto. -Pues al mismo tiempo

estaba redactando su sentencia de muerte -dijo Lestrade. -¿Eso cree usted? -¿Usted no? -Bueno, es bastante

posible; pero aún no veo claro el caso. -¿Que no lo ve claro? Pues si esto no está claro, no sé qué puede

estarlo. Tenemos un joven que se entera de repente de que si cierto anciano fallece, él heredará la fortuna.

¿Qué es lo que hace? No le dice nada a nadie v se las arregla, con cualquier pretexto, para visitar a su cliente

esa misma noche; espera hasta que se haya acostado la única otra persona de la casa y entonces, en la soledad

de la habitación, asesina al viejo, quema el cadáver en la pila de madera v se marcha a dormir a un hotel

cercano. Las manchas de sangre encontradas en la habitación y en el bastón son muy ligeras. Es probable que

creyera que el crimen no había derramado sangre, y confiara en que si el cuerpo quedaba consumido

desaparecerían todas las huellas del método empleado, huellas que por una u otra razón lo señalarían a él.

¿No resulta evidente todo esto? -Mi buen Lestrade, para mi gusto es un pelín demasiado evidente -dijo

Holmes-. La imaginación no figura entre sus grandes cualidades, pero si pudiera por un momento ponerse en

el lugar de este joven, ¿habría usted escogido para cometer el crimen precisamente la primera noche después

de redactar el testamento? ¿No le habría parecido peligroso establecer una relación tan próxima entre los dos

hechos? Y lo que es más: ¿habría usted elegido una ocasión en la que se sabía que estaba usted en la casa, ya

que un sirviente le ha abierto la puerta? Y por último: ¿se tomaría usted tantas molestias para hacer

desaparecer el cuerpo, dejando al mismo tiempo su bastón para que todos supieran que es usted el asesino?

Confiese, Lestrade, todo eso es muy improbable. -En cuanto al bastón, señor Holmes, usted sabe tan bien

como yo que los criminales a veces se ofuscan y hacen cosas que un hombre sereno no haría. Probablemente,

le dio miedo entrar otra vez en la habitación. A ver si puede presentarme otra teoría que encaje con los

hechos. -Podría presentarle media docena con toda facilidad -respondió Holmes-. Aquí tiene, por ejemplo,

una muy posible, e incluso probable. Se la ofrezco gratis, como regalo. Un vagabundo que pasa por allí los

ve a través de la ventana, que sólo tiene la persiana medio bajada. El abogado se marcha. El vagabundo

entra. Coge un bastón que encuentra por ahí, mata a Oldacre v se larga después de quemar el cadáver. -¿Para

qué iba el vagabundo a quemar el cadáver? -¿Y para qué iba a quemarlo McFarlane? -Para hacer desaparecer

alguna prueba. -Puede que el vagabundo quisiera ocultar el hecho mismo de que se había cometido un

asesinato. -¿Y cómo es que el vagabundo no se llevó nada? -Porque se trataba de documentos no

negociables. Lestrade sacudió la cabeza, aunque me pareció que ya no sentía la misma seguridad absoluta

que antes. -Bien, señor Sherlock Holmes, puede usted buscar a su vagabundo, v mientras lo busca nosotros

nos quedaremos con nuestro hombre. El futuro dirá quién tiene razón. Pero fíjese tan sólo en esto, señor

Holmes: hasta donde sabemos, no falta ninguno de los papeles, y el detenido es la única persona del mundo

que no tenía ningún motivo para llevárselos, va que, como heredero legal, pasarían a su poder de todas

formas. Mi amigo pareció impresionado por este comentario. -No pretendo negar que, en algunos aspectos,

las pruebas se inclinan hacia su teoría -dijo-. Lo único que quiero hacer ver es que existen otras teorías

posibles. Como usted ha dicho, el futuro decidirá. Buenos días. Creo poder asegurar que en el transcurso de

la jornada me dejaré caer por Norwood para ver cómo le va. Cuando el policía se hubo marchado, mi amigo

se puso en pie y comenzó sus preparativos para la jornada de trabajo, con el aire animado de quien tiene por

delante una tarea que le encanta. -Mi primer movimiento, Watson -dijo mientras se enfundaba en su levita-,

será, como va he dicho, en dirección a Blackheath. -¿Y por qué no a Norwood? -Porque en este caso tenemos

un suceso muy curioso que viene pisándole los talones a otro suceso igualmente curioso. La policía está

cometiendo el error de concentrar su atención en el segundo, porque da la casualidad de que es el único

verdaderamente criminal. Pero para mí resulta evidente que la única manera lógica de abordar el caso es

comenzando por arrojar alguna luz sobre el primer suceso: ese extraño testamento, redactado tan aprisa y con

un heredero tan inesperado. Eso podría contribuir a aclarar lo que sucedió después. No, querido amigo, no

creo que pueda usted ayudar. No se vislumbra ningún peligro; de lo contrario, ni se me ocurriría dar un paso

sin usted. Confío en que, cuando nos veamos esta tarde, pueda comunicarle que he conseguido hacer algo en

favor de este desdichado joven que ha venido a ponerse bajo mi protección. Era ya tarde cuando regresó mi

amigo, y se notaba a primera vista, por su expresión preocupada y ansiosa, que las grandes esperanzas con

que había salido de casa no se habían cumplido. Se pasó una hora sacándole sonidos al violín, en un intento

de apaciguar sus excitados ánimos. Por último, dejó a un lado el instrumento v me soltó un relato detallado

de sus desventuras. -Todo va mal, Watson. No podría ir peor. Mantuve el tipo ante Lestrade, pero por mi

alma que parece que, por una vez, el tipo anda por buen camino v nosotros por el malo. Todos mis instintos

apuntan en una dirección v todos los hechos en la otra, v mucho me temo que los jurados británicos aún no

han alcanzado el nivel de inteligencia necesario para que den preferencia a mis teorías sobre los hechos de

Lestrade.

-¿Ha estado usted en Blackheath? -Sí, Watson, estuve allí y no tardé en averiguar que el difunto v llorado

Oldacre era un pájaro de mucho cuidado. El padre había salido a ver a su hijo. La madre estaba en casa: una

mujercita tierna, de ojos azules, que temblaba de miedo e indignación. Naturalmente, se negaba a admitir la

mera posibilidad de que su hijo fuera culpable, pero tampoco manifestó ni sorpresa ni pena por la suerte de

Oldacre. Por el contrario, habló de él con tal rabia que, sin darse cuenta, estaba reforzando

considerablemente la hipótesis de la policía, ya que si su hijo la hubiera oído hablar del muerto en semejantes

términos, no cabe duda de que se habría sentido predispuesto al odio v a la violencia. «Más que un ser

humano, era un mono astuto v maligno -dijo-, y siempre lo fue, desde que era joven.» »-¿Lo conoció usted

entonces? -pregunté yo. »-Sí, lo conocí muy bien; en realidad, fue pretendiente mío. Gracias a Dios que tuve

el buen sentido de dejarlo y casarme con un hombre mejor, aunque fuera más pobre. Estábamos prometidos,

señor Holmes, pero entonces me contaron una historia espantosa sobre él: que había soltado un gato dentro

de una pajarera, v aquella crueldad tan brutal me horrorizó tanto que no quise saber nada más de él -se puso a

rebuscar en un escritorio y por fin sacó una fotografía de una mujer, toda cortada y apuñalada con un

cuchillo-. Esta fotografía es mía, dijo. Él me la envió en este estado, junto con una maldición, la mañana de

mi boda. »-Bueno -dije yo-, al menos parece que al final la perdonó, puesto que le dejó a su hijo todo lo que

poseía. -Ni mi hijo ni yo queremos nada de Jonas Oldacre, ni vivo ni muerto -exclamó ella con mucha

dignidad-. Hay un Dios en los cielos, señor Holmes, y ese mismo Dios, que ha castigado a ese malvado,

demostrará a su debido tiempo que las manos de mi hijo no se han manchado con su sangre. »Procuré seguir

una o dos pistas, pero no encontré nada a favor de nuestra hipótesis, y sí varios detalles en contra. Por último,

me rendí y me dirigí a Norwood.

»La casa en cuestión, Deep Dene House, es una residencia grande y moderna, de ladrillo descubierto, con

terrenos propios y un césped delante, en el que hay plantados varios grupos de laureles. A la derecha, y a

cierta distancia de la carretera, se encuentra el almacén de madera donde se produjo el incendio. Aquí tiene

un plano aproximado, en esta hoja de mi cuaderno. Esta ventana de la izquierda es la de la habitación de

Oldacre. Como puede ver, la habitación se ve perfectamente desde la carretera. Es el único detalle

consolador que he obtenido en todo el día. Lestrade no estaba allí, pero un cabo de la policía me hizo los

honores. Acababan de hacer un gran descubrimiento. Se habían pasado la mañana hurgando entre las cenizas

de madera quemada v, además de los restos orgánicos carbonizados que a tenían, encontraron varios discos

metálicos desconocidos. Los examiné con atención v no cabía la menor duda de que se trataba de botones de

pantalón. Hasta se distinguía en uno de ellos la marca “Hyams”, que es el nombre del sastre de Oldacre. A

continuación, examiné minuciosamente el césped, en busca de rastros y huellas, pero esta sequía lo ha dejado

todo duro como el hierro. No se veía nada, exceptuando que un cuerpo o un bulto grande había sido

arrastrado a través de un seto bajo de aligustre que hay delante de la pila de madera. Todo eso, por supuesto,

concuerda con la teoría oficial. Me arrastré por el césped bajo el sol de agosto. Pero al cabo de una hora tuve

que levantarme, sin haber sacado nada en limpio.

»Después de este fracaso, pasé al dormitorio v lo inspeccioné también. Las manchas de sangre eran muy

ligeras, meras gotitas borrosas, pero recientes sin lugar a dudas. Se habían llevado el bastón, pero sabemos

que también en él las manchas eran pequeñas. No hay duda de que el bastón pertenece anuestro cliente. Él

mismo lo reconoce. En la alfombra se advertían las pisadas de los dos hombres, pero no había ni rastro de

una tercera persona; otra baza para la parte contraria. Ellos no paran de anotarse tantos y nosotros seguimos

parados. »Sólo vislumbré una chispita de esperanza, y aun así se quedó en nada. Examiné el contenido de la

caja fuerte, que estaba casi todo sacado y colocado sobre la mesa. Los papeles se habían distribuido en

sobres lacrados, uno o dos de los cuales habían sido abiertos por la policía. Por lo que pude apreciar, no

tenían mucho valor, y tampoco la cuenta bancaria indicaba que el señor Oldacre se encontrara en una

situación muy boyante.

Sin embargo, me dio la impresión de que allí faltaban documentos. Encontré alusiones a ciertas escrituras

-posiblemente las más valiosas-que no aparecían por ninguna parte. Naturalmente, si pudiéramos demostrar

esto, volveríamos el argumento de Lestrade en contra suya, porque ¿quién iba a robar una cosa que sabe que

no tardará en heredar? »Por último, tras husmear por todas partes sin llegar a olfatear nada, probé suerte con

el ama de llaves, la señora Lexington, una mujer pequeña, morena v callada, de ojos recelosos y mirada

torva. Si quisiera, podría decirnos algo, estoy convencido de ello. Pero se cerró como una tumba. Sí, había

abierto la puerta al señor McFarlane a las nueve y media. Ojalá se le hubiera secado la mano antes de

hacerlo. Se había ido a la cama a las diez v media. Su habitación está al otro extremo de la casa v no ovó

nada de lo que ocurría. El señor McFarlane había dejado en el vestíbulo su sombrero y, según creía recordar,

también su bastón. Se había despertado al oír la alarma de incendio. Era indudable que su pobre y querido

señor había sido asesinado. ¿Tenía Oldacre algún enemigo? Bueno, todo el mundo tiene algún enemigo, pero

el señor Oldacre sólo se ocupaba de sus asuntos v no se trataba con nadie más que por cuestiones de

negocios. Había visto los botones y estaba segura de que pertenecían a la ropa que Oldacre llevaba puesta

aquella noche. La madera estaba muy seca, porque llevaba un mes sin llover.

Ardió como la estopa, y cuando ella llegó al almacén no se veían más que llamas. Tanto ella como los

bomberos habían notado el olor a carne quemada. No sabía nada de los documentos, ni de los asuntos

privados del señor Oldacre. »Y aquí tiene, querido Watson, el informe completo de mi fracaso. Y sin

embargo..., y sin embargo... -apretó sus huesudas manos en un paroxismo de convicción-, yo sé que todo es

un error. Lo siento en los huesos.

Hay algo que no ha salido a la luz, y esa ama de llaves está enterada de ello. Había en sus ojos una especie de

desafío rencoroso que siempre acompaña al sentimiento de culpa. Sin embargo, de nada sirve seguir

hablando de ello, Watson; como no tengamos un golpe de suerte, mucho me temo que el Caso de la

Desaparición de Norwood no figurará en esta futura crónica de nuestros éxitos que el paciente público tendrá

que soportar tarde o temprano. -Supongo -dije yo-que el aspecto del joven influirá favorablemente en

cualquier jurado. -Ese argumento es muy peligroso, querido Watson. Acuérdese de Bert Stevens, aquel

terrible asesino que pretendió que le sacásemos de apuros en el 87. ¿Ha conocido a algún hombre de modales

tan suaves, tan de catequesis, como aquél? -Es cierto. -A menos que consigamos establecer una hipótesis

alternativa, nuestro hombre está perdido. Resulta difícil encontrar un punto flaco en la acusación que ahora

mismo puede presentarse contra él, v todas las investigaciones realizadas han servidlo para reforzarla. Por

cierto, existe un detalle curioso en esos papeles que quizás podría servirnos de punto de partida para nuestras

pesquisas.

Al examinar la cuenta bancaria, descubrí que el saldo tan bajo que presenta se debe principalmente a una

serie de cheques por cantidades importantes que se han librado durante el último año a favor de un tal

Cornelius. Confieso que me gustaría mucho saber quién puede ser este señor Cornelius al que un constructor

retirado transfiere sumas tan elevadas. ¿Es posible que tenga algo que ver en el asunto? Podría tratarse de un

agente de bolsa, pero no hemos encontrado ningún título que corresponda a dichos pagos. Mucho me temo,

querido camarada, que nuestro caso tenga un final poco glorioso, con Lestrade ahorcando a nuestro cliente,

lo cual, sin duda, constituirá un triunfo para Scotland Yard. Ignoro si Sherlock Holmes llegó a dormir algo

aquella noche, pero cuando bajé a desayunar me lo encontré, pálido e inquieto, con sus brillantes ojos aún

más brillantes a causa de las oscuras ojeras que los rodeaban. Alrededor de su silla, la alfombra estaba

cubierta de colillas y de las primeras ediciones de los periódicos de la mañana. Sobre la mesa había un

telegrama abierto. -¿Qué le parece esto, Watson? -preguntó, extendiéndomelo. Venía de Norwood y decía lo

siguiente: «Nuevas e importantes pruebas. Culpabilidad McFarlane demostrada definitivamente. Aconsejo

abandone caso. -LESTRADE.» -Parece que va en serio -dije. -Es el cacareo de victoria de Lestrade

-respondió Holmes con una sonrisa amarga-. Sin embargo, sería prematuro abandonar el caso. Al fin y al

cabo, las pruebas nuevas e importantes son un arma de doble filo, y bien pudiera ser que cortaran en

dirección muy diferente a la que Lestrade imagina. Tómese el desayuno, Watson, e iremos juntos a ver qué

podemos hacer. Me parece que hoy voy a necesitar su compañía y su apoyo moral. Mi amigo no había

desayunado, porque una de sus manías era la de no tomar alimento alguno en los momentos de más tensión,

y alguna vez lo he visto confiar en su resistencia de hierro hasta caer desmayado por pura inanición. «En

estos momentos no puedo malgastar energías y fuerza nerviosa en una digestión», solía decir en respuesta a

mis recriminaciones médicas.

Así pues, no me sorprendió que aquella mañana dejara el desayuno sin tocar y saliera conmigo hacia

Norwood. Todavía había un montón de mirones morbosos en torno a Deep Dene House, que era una típica

residencia suburbana, tal como yo me la había imaginado. Lestrade salió a recibirnos nada más cruzar la

puerta, con la victoria reflejada en el rostro y los moda; les agresivos de un triunfador. -Y bien, señor

Holmes, ¿ha demostrado ya lo equivocados que estamos? ¿Encontró va a su vagabundo? -exclamó. -Todavía

no he llegado a ninguna conclusión -respondió mi compañero.

-Pero nosotros ya llegamos a la nuestra ayer, v ahora se ha demostrado que era la acertada. Tendrá que

reconocer que esta vez le hemos sacado un poco de delantera, señor Holmes. -Desde luego, da usted la

impresión de que ha ocurrido algo extraordinario -dijo Holmes. Lestrade se echó a reír ruidosamente. -No le

gusta que le venzan, como a cualquiera -dijo-. Pero uno no puede esperar salirse siempre con la suya, ¿no

cree, doctor Watson? Pasen por aquí, por favor, caballeros, y creo que podré convencerles de una vez por

todas de que fue John McFarlane quien cometió este crimen. Nos guió a través de un pasillo que

desembocaba en un oscuro vestíbulo. -Por aquí debió venir el joven McFarlane a recoger su sombrero

después de cometer el crimen -dijo-. Y ahora, fíjese en esto. Con un gesto dramático, encendió una cerilla e

iluminó con su llama una mancha de sangre en la pared encalada. Era la huella inconfundible de un dedo

pulgar. -Examínela con su lupa, señor Holmes. -Sí, eso hago.

-Estará usted al corriente de que no existen dos huellas dactilares iguales.-Algo de eso he oído decir .-Muy

bien, pues entonces haga el favor de comparar esta huella con estaimpresión en cera del pulgar derecho del

joven McFarlane, tomada por ordenmía esta mañana.Colocó la impresión en cera junto a la mancha de

sangre, y no hacía faltaninguna lupa para darse cuenta de que las dos marcas estaban hechas, sinlugar a

dudas, por el mismo pulgar. Tuve la seguridad de que nuestrodesdichado cliente estaba perdido.-Esto es

definitivo -dijo Lestrade.-Sí, es definitivo -repetí yo, casi sin darme cuenta.-Es definitivo -dijo Holmes.Creí

percibir algo raro en su tono y me volví para mirarlo. En su rostro se habíaproducido un cambio

extraordinario. Estaba temblando de regocijo contenido.Sus ojos brillaban como estrellas. Me pareció que

hacía esfuerzos desesperados por contener un ataque convulsivo de risa.-¡Caramba, caramba! -exclamó por

fin-. ¡Vaya, vaya! ¿Quién lo iba a pensar?¡Qué engañosas pueden ser las apariencias, ya lo creo! ¡Un joven

de aspecto tan agradable! Debe servirnos de lección para que no nos fiemos de nuestras impresiones, ¿no

cree, Lestrade?-Pues sí, hay gente que tiende a creerse infalible, señor Holmes -dijo Lestrade.Su insolencia

resultaba insufrible, pero no podíamos darnos por ofendidos.-¡Qué cosa más providencial que el joven fuera

a apretar el pulgar derecho contra la pared al coger su sombrero de la percha! ¡Una acción tan natural, sinos

ponemos a pensar en ello! -Holmes estaba tranquilo por fuera, pero todosu cuerpo se estremecía de emoción

reprimida mientras hablaba-. Por cierto,Lestrade, ¿quién hizo este sensacional descubrimiento?-El ama de

llaves, la señora Lexington, fue quien se lo hizo notar al policía quehacía la guardia de noche.-¿Dónde estaba

el policía de noche?-Se quedó de guardia en el dormitorio donde se cometió el crimen, para quenadie tocase

nada.-¿Y cómo es que la policía no vio esta huella ayer? -Bueno, no teníamosningún motivo especial para

examinar con detalle el vestíbulo. Además, no estáen un lugar muy visible, como puede apreciar.-No, no,

claro que no. Supongo que no hay ninguna duda de que la huellaestaba aquí ayer.Lestrade miró a Holmes

como si pensara que éste se había vuelto loco.Confieso que yo mismo estaba sorprendido, tanto de, su

comportamientojocoso como de aquel extravagante comentario.-A lo mejor piensa usted que McFarlane

salió de su celda en el silencio de lanoche con objeto de reforzar la evidencia en su contra -dijo Lestrade-.

Emplazoa cualquier especialista del mundo a que diga si ésta es o no la huella de supulgar.-Es la huella de su

pulgar, sin lugar a discusión.-Bien, pues con eso me basta -dijo Lestrade-. Soy un hombre práctico,

señorHolmes, y cuando reúno mis pruebas saco mis conclusiones. Si tiene ustedalgo que decir, me

encontrará en el cuarto de estar, redactando mi informe.Holmes había recuperado su ecuanimidad, aunque

todavía me parecía detectaren su expresión destellos de regocijo.

-Vaya por Dios, qué mal se ponen las cosas, ¿no cree, Watson? -dijo-. Y sinembargo, existen algunos

detalles que parecen ofrecer alguna esperanza anuestro cliente.-Me alegra mucho saberlo -dije yo, de todo

corazón-. Me temía ya que todohabía terminado para él.-Pues yo no diría tanto, querido Watson. Lo cierto es

que existe un falloverdaderamente grave en esta evidencia a la que nuestro amigo atribuye tantaimportancia.-

¿De verdad, Holmes? ¿Y cuál es?-'Tan sólo esto: que me consta que esa huella no estaba ahí cuando

yoexaminé esta pared ayer. Y ahora, Watson, salgamos a dar un paseíto al sol.Con la mente confusa, pero

sintiendo renacer en el corazón una llama deesperanza, acompañé a mi amigo en su paseo por el jardín.

Holmes examinóuna a una y con gran interés todas las fachadas de la casa. A continuación,entró en ella e

inspeccionó todo el edificio, desde el sótano a los áticos. Lamayoría de las habitaciones estaban

desamuebladas, pero aun así, Holmes lasexaminó minuciosamente. Por último, en el pasillo del piso

superior, al quedaban tres habitaciones deshabitadas, volvió a acometerle el espasmo de risa.-Desde luego,

esta casa tiene aspectos muy curiosos, Watson -dijo-. Creo queva siendo hora de que pongamos al corriente a

nuestro amigo Lestrade. Él hapasado un buen rato a costa nuestra, v puede que nosotros lo pasemos a

costasuya, si mi interpretación del problema resulta ser correcta. Sí, sí, creo que vasé cómo tenemos que

hacerlo.El inspector de Scotland Yard estaba aún escribiendo en la salita cuando llegóHolmes a

interrumpirle.-Tengo entendido que está usted redactando un informe sobre este caso -dijo.-Así es.-¿No le

parece que quizá sea un poco prematuro? No puedo dejar de pensarque sus pruebas no son

concluyentes.Lestrade conocía demasiado bien a mi amigo para no hacer caso de suspalabras. Dejó la pluma

y le miró con gesto de curiosidad.-¿Qué quiere usted decir, señor Holmes?-Sólo que hay un testigo muy

importante, al que usted todavía no ha visto.-¿Puede usted presentármelo?-Creo que sí.-Pues hágalo.-Haré lo

que pueda. ¿Cuántos policías tiene usted aquí?-Hay tres al alcance de mi voz.-¡Excelente! -dijo Holmes-.

¿Puedo preguntar si son todos hombres grandes yfuertes, con voces potentes?-Estoy seguro de que sí, aunque

no sé qué tienen que ver sus voces con esto.-Tal vez yo pueda ayudarle a comprender eso, y una o dos

cosillas más -dijoHolmes-. Haga el favor de llamara sus hombres y lo intentaré.Cinco minutos más tarde, los

tres policías estaban reunidos en el vestíbulo.-En el cobertizo de fuera encontrarán una considerable cantidad

de paja -dijoHolmes-. Les ruego que traigan un par de brazadas. Creo que resultarán desuma utilidad para

convocar al testigo que necesitamos. Muchas gracias.Watson, creo que lleva usted cerillas en el bolsillo. Y

ahora, señor Lestrade, leruego que me acompañe al piso de arriba.

Como ya he dicho, en aquel piso había un amplio pasillo al que daban treshabitaciones vacías. Sherlock

Holmes nos condujo hasta un extremo de dichopasillo. Los policías sonreían y Lestrade miraba a mi amigo

con una expresiónen la que se alternaban el asombro, la impaciencia y la burla. Holmes se plantóante

nosotros con el aire de un mago que se dispone a ejecutar un truco.-¿Haría el favor de enviar a uno de sus

agentes a por dos cubos de agua?Pongan la paja aquí en el suelo, separada de las paredes. Bien, creo que

todoestá listo.La cara de Lestrade había empezado a ponerse roja de irritación.-¿Es que pretende jugar con

nosotros, señor Sherlock Holmes? -dijo-. Si sabealgo, podría decirlo sin tanta payasada.-Le aseguro, mi buen

Lestrade, que tengo excelentes razones para todo lo quehago. Tal vez recuerde usted el pequeño pitorreo que

se corrió a costa míacuando el sol parecía dar en su lado de la valla, así que no debe reprocharmeahora que

yo le eche un poco de pompa y ceremonia. ¿Quiere hacer el favor,Watson, de abrir la ventana v luego aplicar

una cerilla al borde de la paja?Hice lo que me pedía, y pronto se levantó una columna de humo gris, que

lacorriente hizo girar a lo largo del pasillo mientras la paja seca ardía v crepitaba.-Ahora, veamos si logramos

encontrar a su testigo, Lestrade. Hagan todos elfavor de gritar «fuego». Vamos allá: uno, dos, tres...-¡Fuego!

-gritamos todos a coro.-Gracias. Por favor, otra vez.-¡Fuego!-Sólo una vez más, caballeros, todos a una.

-¡¡Fuego!! -el grito debió resonaren todo Norwood.Apenas se habían extinguido sus ecos cuando sucedió

algoasombroso. De pronto se abrió una puerta en lo que parecía ser una paredmaciza al extremo del pasillo, y

un hombrecillo arrugado salió corriendo porella, como un conejo de su madriguera.-¡Perfecto! -dijo Holmes

muy tranquilo-. Watson, eche un cubo de agua sobre lapaja. Con eso bastará. Lestrade, permita que le

presente al testigo fundamentalque le faltaba: el señor Jonas Oldacre.El inspector miraba al recién llegado

mudo de asombro. Éste, a su vez,parpadeaba a causa de la fuerte luz del pasillo y nos miraba a nosotros y

alfuego a punto de apagarse. Tenía una cara repugnante, astuta, cruel, maligna,con ojos grises e inquietos y

pestañas blancas.-¿Qué significa esto? -dijo por fin Lestrade-. ¿Qué ha estado usted haciendotodo este

tiempo, eh?Oldacre dejó escapar una risita nerviosa, retrocediendo ante el rostro furioso venrojecido del

indignado policía.-No he causado ningún daño.-¿Qué no ha causado daño? Ha hecho todo lo que ha podido

para queahorquen a un inocente. Y de no ser por este caballero, no estoy seguro de queno lo hubiera

conseguido.La miserable criatura se puso a gimotear.-Se lo aseguro, señor, no era más que una broma.-

¿Conque una broma, eh? Pues le prometo que no será usted quien se ría.Llévenselo abajo y ténganlo en la

salita hasta que yo llegue. Señor Holmes -continuó cuando los demás se hubieron ido-, no podía hablar

delante de losagentes, pero no me importa decir, en presencia del doctor Watson, que esto

ha sido lo más brillante que ha hecho usted en su vida, aunque para mí sea un misterio cómo lo ha logrado.

Ha salvado la vida de un inocente v ha evitado un escándalo gravísimo, que habría arruinado mi reputación

en el Cuerpo. Holmes sonrió y palmeó a Lestrade en el hombro. -En lugar de verla arruinada, amigo mío, va

usted a ver enormemente acrecentada su reputación. Basta con que introduzca unos ligeros cambios en ese

informe que estaba redactando, y todos comprenderán lo difícil que es pegársela al inspector Lestrade. -¿No

desea usted que aparezca su nombre? -De ningún modo. El trabajo lleva consigo su propia recompensa.

Quizás yo también reciba algún crédito en un día lejano, cuando permita que mi leal historiador vuelva a

emborronar cuartillas, ¿eh, Watson? I ahora, veamos cómo era el escondrijo de esa rata. A unos dos metros

del extremo del pasillo se había levantado un tabique de listones y yeso, con una puerta hábilmente

disimulada. El interior recibía la luz a través de ranuras abiertas bajo los aleros. Dentro del escondrijo había

unos pocos muebles, provisiones de comida y agua y una buena cantidad de libros y documentos. -Estas son

las ventajas de ser constructor -dijo Holmes al salir-. Uno puede arreglarse un escondite sin necesidad de

ningún cómplice..., exceptuando, por supuesto, a esa alhaja de ama de llaves, a la que yo metería también al

saco sin pérdida de tiempo, Lestrade.

-Seguiré su consejo. Pero ¿cómo descubrió usted este lugar, señor Holmes? -Llegué a la conclusión de que el

tipo estaba escondido en la casa. Y cuando medí este pasillo, contando los pasos, y descubrí que era dos

metros más corto que el del piso de abajo, me resultó evidente dónde se encontraba. Pensé que le faltarían

agallas para quedarse quieto al oír la alarma de fuego. Naturalmente, podríamos haber irrumpido por las

buenas v detenerlo, pero me pareció divertida la idea de hacer que se descubriera él mismo. Y además,

Lestrade, le debía a usted una pequeña mascarada por sus chuflas de esta mañana. -Pues la verdad, señor,

ahora hemos quedado en paz. Pero ¿cómo demonios sabía que ese individuo estaba en la casa? -La huella del

pulgar, Lestrade. Usted mismo dijo que era definitiva, v va lo creo que lo era, aunque en otro sentido. Yo

sabía que el día anterior no estaba ahí. Presto mucha atención a los detalles, como quizás haya observado, v

había examinado la pared. Me constaba que el día anterior estaba limpia. Por tanto, la huella se había dejado

durante la noche.

-Pero, ¿cómo? -Muy sencillo. Cuando estuvieron lacrando esos paquetes, Jonas Oldacre hizo que McFarlane

sujetara uno de los sellos colocando el dedo pulgar sobre el lacre aún caliente. Debió de suceder de manera

tan rápida y natural que me atrevería a decir que el joven ni se dio cuenta. Lo más probable es que ocurriera

como le digo, y que ni el mismo Oldacre pensara en sacarle partido. Pero luego, mientras le daba vueltas al

asunto en esa madriguera suya, se le debió ocurrir de pronto que la huella del pulgar podía servirle para

aportar una prueba absolutamente condenatoria contra McFarlane. Era la cosa más fácil del mundo sacar una

impresión en cera del sello, humedecerla con la sangre que saliera de un pinchazo y aplicar la marca a la

pared durante la noche, bien por su propia mano, bien por la de su ama de llaves. Si examina estos

documentos que se llevó a su refugio, le apuesto lo que quiera a que encuentra el sello con la huella del

pulgar. -¡Maravilloso! -exclamó Lestrade-. ¡Maravilloso! Tal como usted lo expone, está claro como el agua.

Pero ¿qué objeto tenía este siniestro engaño, señor Holmes? Resultaba divertidísimo ver cómo los modales

presuntuosos del inspector se habían transformado de pronto en los de un niño que hace preguntas a su

maestro. -Bueno, no creo que sea difícil de explicar. Ese caballero que nos aguarda abajo es una persona de

lo más astuta, maligna y vengativa. ¿Sabía usted que la madre de McFarlane lo rechazó hace tiempo? ¡Claro

que no! Ya le dije que primero había que ir a Blackheath y luego a Norwood. Pues bien, aquel insulto, que es

como él lo consideraba, quedó enquistado en su mente malvada v calculadora. Toda su vida ha anhelado

vengarse, pero nunca se le presentó la oportunidad. Durante los últimos años, las cosas no le han ido bien

-especulaciones secretas, supongo-y se encontraba en situación apurada. Entonces decidió defraudar a sus

acreedores, y para ello pagó fuertes cantidades a un tal señor Cornelius, que sospecho que es él mismo con

otro nombre. Aún no he seguido la pista de estos cheques, pero estoy seguro de que el propio Oldacre los

cobró en algún pueblo de provincias donde, de cuando en cuando, lleva una doble vida. Se proponía cambiar

definitivamente de nombre, recoger el dinero v desaparecer, para iniciar una nueva vida en otra parte.

-Parece bastante verosímil. -Debió ocurrírsele que desapareciendo se libraba para siempre de sus acreedores

v, al mismo tiempo, podría disfrutar de una cumplida y demoledora venganza contra su antigua novia, si

conseguía dar la impresión de que el hijo de ésta lo había asesinado. Como canallada, era una obra maestra v

la ha llevado a cabo como un auténtico maestro. La idea del testamento, que aportaría un móvil convincente

para el crimen, la visita secreta sin que los padres lo supieran, el escamoteo del bastón, la sangre, los restos

de animales v los botones encontrados entre las cenizas... todo ha sido admirable. Pero le ha faltado el don

supremo del artista, el de saber cuándo hay que pararse. Quiso mejorar lo que ya era perfecto, estrechar aún

más el lazo en torno al cuello de su desgraciada víctima... y lo echó todo a perder. Bajemos, Lestrade, hay

una o dos preguntas que me gustaría hacerle a ese tipo. La maligna criatura estaba sentada en su propia sala,

con un policía a cada lado.

-Era una broma, señor, nada más que una broma -gemía sin cesar-. Le aseguro, señor, que me escondí sólo

para ver qué efecto producía mi desaparición, y estoy seguro de que no cometerá usted la injusticia de

imaginar que yo habría permitido que le ocurriese nada malo al pobre joven McFarlane. -Eso lo decidirá el

jurado -dijo Lestrade-. En cualquier caso, vamos a detenerlo bajo la acusación de conspiración, si es que no

le acusamos de asesinato frustrado. -Y es muy probable que se encuentre con que sus acreedores embargan la

cuenta bancaria del señor Cornelius -dijo Holmes. El hombrecillo dio un respingo y clavó sus malignos ojos

en mi amigo.

-Tengo mucho que agradecerle -dijo-. Puede que algún día ajustemos cuentas. Holmes sonrió con aire

indulgente.

-Me temo que durante unos cuantos años va a estar muy ocupado -dijo-. Por cierto, ¿qué es lo que metió en

la pila de madera, junto a sus pantalones viejos? ¿Un perro muerto, conejos o qué? ¿No quiere decirlo?

¡Vaya por Dios, qué poco amable es usted! En fin, me atrevería a decir que con un par de conejos bastaría

para explicar la sangre y los restos calcinados. Si alguna vez escribe usted un pequeño relato de esto,

Watson, puede apañarse con los conejos.

La Aventura De La Ciclista Solitaria

Entre los años 1894 y 1901, ambos incluidos, Sherlock Holmes se mantuvo muy activo. Podría

decirse que durante estos ocho años no hubo caso público de cierta dificultad en el que no se le consultase, y

fueron cientos los casos privados –algunos de ellos, los más complicados y extraordinarios– en los que

desempeñó un papel destacado. Muchos éxitos sorprendentes y unos pocos fracasos inevitables fueron el

resultado de este largo período de continuo trabajo. Dado que he conservado notas muy completas de todos

estos casos, y que intervine personalmente en muchos de ellos, podrán imaginar que no resulta fácil decidir

cuáles debería seleccionar para presentarlos al público. No obstante, me atendré a mi antigua norma, dando

preferencia a aquellos casos cuyo interés no se basa tanto en la brutalidad del crimen como en el ingenio y

las cualidades dramáticas de la solución. Por esta razón, me decido a exponer al lector los hechos referentes a

la señorita Violet Smith, la ciclista solitaria de Charlington, y el curioso curso que tomaron nuestras

investigaciones, que culminaron en una tragedia inesperada. Es cierto que las circunstancias no se prestaron a

ninguna exhibición deslumbrante de las facultades que hicieron famoso a mi amigo, pero el caso presentaba

algunos detalles que lo hacen destacar en los abundantes archivos del delito de los que saco el material para

estas pequeñas narraciones.

Consultando mi libro de notas del año 1895, compruebo que la primera vez que oímos hablar de la

señorita Violet Smith fue el sábado 23 de abril'. Recuerdo que su visita incomodó muchísimo a Holmes, que

en aquel momento se encontraba inmerso (Mi un abstruso v complicadísimo problema referente a la

misteriosa persecución de que era objeto John Vincent Harden, el célebre magnate del tabaco. Mi amigo, que

valoraba la precisión y concentración del pensamiento por encima de todas las cosas, no soportaba que nada

distrajera su atención del asunto que se traía entre manos. Sin embargo, so pena de incurrir en grosería, lo

cual no hubiera sido propio de él, resultaba imposible negarse a escuchar la historia de aquella mujer joven y

guapa, alta, simpática y distinguida, que se presentó en Baker Street a última hora de la tarde, solicitando su

ayuda y consejo. De nada sirvió insistir en que se encontraba completamente ocupado, ya que la joven había

venido absolutamente decidida a contar su historia, y resultaba evidente que sólo por la fuerza podríamos

sacarla de la habitación antes de que lo hubiera hecho. Con expresión resignada y una cierta sonrisa de

fastidio, Holmes rogó a la bella intrusa que tomara asiento y nos informara de aquello que tanto la

preocupaba.

–Al menos, sabemos que no se trata de su salud –dijo, clavando en ella sus penetrantes ojos–. Una

ciclista tan entusiasta debe estar rebosante de energía.

La joven, sorprendida, se miró los pies, y yo pude observar la ligera rozadura producida en un lado

de la suela por la fricción con el borde del pedal.

–Sí, señor Holmes, monto mucho en bicicleta, y eso tiene algo que ver con esta visita que le hago.

Mi amigo tomó la mano sin guante de la joven v la examinó con tanta atención y tan poco

sentimiento como un científico examinando una muestra.

–Estoy seguro de que me perdonará. Es mi oficio –dijo al soltarla–. Casi cometo el error de suponer

que escribía usted a máquina. Pero se nota con toda claridad que toca un instrumento musical. ¿Se ha fijado,

Watson, en que el aplastamiento de las puntas de los dedos es común a ambas profesiones? Sin embargo, el

rostro expresa una espiritualidad –al decir esto, la hizo volverse hacia la luz– que la máquina de escribir no

genera. Esta señorita se dedica a la música.

–Sí, señor Holmes, soy profesora de música.

–En el campo, deduzco del color de si piel.

–Sí, señor; cerca de Farnham, en los límites de Surrey.

–Una zona preciosa, llena de recuerdos interesantes. ¿Se acuerda usted, Watson, que fue cerca

de allí donde agarramos a Archie Stamford, el falsificador? Y bien, señorita Violet, ¿qué es lo que le ha

ocurrido cerca de Farnham, en los límites de Surrey?

Con gran claridad y presencia de ánimo, la joven inició el siguiente y curioso relato:

–Mi padre murió, señor Holmes. Se llamaba James Smith y dirigía la orquesta del antiguo Teatro

imperial. Mi madre y yo quedamos sin ningún pariente en el mundo, con excepción de un tío llamado Ralph

Smith, que semarchó a África hace veinticinco años, sin que desde entonces hayamos sabido una palabra de

él. Cuando murió mi padre, quedamos en la pobreza, pero un día nos dijeron que había salido un anuncio en

el Times interesándose por nuestro paradero. Ya podrá imaginarse lo emocionadas que estábamos, pensando

que alguien nos había legado una fortuna. Acudimos de inmediato al abogado cuyo nombre figuraba en el

anuncio, y allí nos presentaron a dos caballeros, el señor Carruthers y el señor Woodley, que habían llegado

de Sudáfrica. Dijeron que eran amigos de mi tío, el cual había fallecido pocos meses antes en Johannesburgo,

en la más absoluta pobreza, y que con su último aliento les había pedido que localizasen a sus familiares y se

asegurasen de que nada les faltara. Nos pareció muy raro que el tío Ralph, que jamás se preocupó de nosotras

en vida, se mostrase tan atento al morir; pero el señor Carruthers nos explicó que la razón era que mi tío

acababa de enterarse de la muerte de su hermano y se sentía responsable de nosotras.

–Perdone –dijo Holmes–, ¿cuándo tuvo lugar esta entrevista?

–En diciembre; hace cuatro meses.

–Continúe, por favor.

–El señor Woodley me pareció una persona despreciable. Todo el tiempo se lo pasó haciéndome

guiños... Es un joven sin modales, con el rostro hinchado, un bigote pelirrojo y el pelo repeinado a los lados

de la frente. Me resultó absolutamente odioso, y estoy segura de que a Cyril no le gustaría nada que yo me

tratase con semejante individuo.

–¡Oh, así que él se llama Cyril! –dijo Holmes, sonriendo.

La joven se sonrojó y se echó a reír.

–Sí, señor Holmes; Cyril Morton, ingeniero electrotécnico. Esperamos casarnos a finales de verano.

¡Cielo santo! ¿Cómo ` hemos llegado a hablar de él? Lo que quería decir es que el señor Woodley me

pareció absolutamente odioso, pero el señor ` Carruthers, que era mucho mayor, resultaba más agradable. Era

un hombre moreno, cetrino, bien afeitado v muy callado, pero tenía buenos modales y una sonrisa simpática.

Preguntó por nuestra situación económica, y al enterarse de lo pobres que éramos me propuso ir a su casa

para darle clases de música a su hija de diez años. Yo dije que no me gustaba la idea de dejar sola a mi

madre, y él respondió que podía ir a visitarla los fines de semana, v me ofreció cien libras al año, que desde

luego es un salario espléndido. Así que acabé por aceptar y me trasladé a Chiltern Grange, a unas seis millas

de Farnham. El 9 señor Carruthers es viudo, pero tiene contratada un ama de llaves, una anciana respetable

que se llama señora Dixon, para que cuide de la casa. La niña es un encanto y todo prometía ir bien. El señor

Carruthers era muy amable y muy aficionado a la música, y pasamos juntos veladas muy agradables. Cada

fin de semana, yo volvía a Londres para visitar a mi madre.

»La primera grieta en mi felicidad fue la llegada del señor Woodley y su bigote rojo. Vino para

pasar una semana y le aseguro que a mí me parecieron tres meses. Es un tipo horrible...

Se portaba como un matón con todo el mundo, pero conmigo era algo infinitamente peor. Me hacía

la corte de la manera más odiosa, presumía de su riqueza, me decía que si me casaba con él tendría los

mejores diamantes de todo Londres y, por último, viendo que no quería saber nada de él, un día, después de

comer, me sujetó entre sus brazos (es asquerosamente fuerte) y juró que no me soltaría hasta que le diese un

beso. Apareció el señor Carruthers y le obligó a soltarme, pero él entonces se revolvió contra su propio

anfitrión, derribándolo y produciéndole un corte en la cara. Como podrá imaginar, allí se terminó su visita.

Al día siguiente, el señor Carruthers me presentó sus excusas, y me aseguró que jamás volvería a verme

expuesta a semejante ofensa. Desde entonces no he vuelto a ver al señor Woodley.

»Y ahora, señor Holmes, llegamos por fin al extraño suceso que me ha hecho venir hoy a solicitar

su ayuda. Debe usted saber que todos los sábados por la mañana voy en bicicleta hasta la estación de

Farnham para tomar el tren de las 12,22 a Londres. El camino desde Chiltern Grange es bastante solitario,

sobre todo en un trecho de algo más de una milla, que pasa entre los descampados de Charlington Heath y

los bosques que rodean la mansión de Charlington Hall. Sería difícil encontrar un tramo de carretera más

solitario que ése. Es rarírisimo cruzarse con un carro o con un campesino hasta que se sale a la carretera que

pasa cerca de Crooksbury Hill. Hace dos semanas, iba yo por ese tramo cuando, al volver la cabeza por

casualidad, vi que a unos doscientos metros detrás de mí venía un hombre, también en bicicleta. Parecía un

hombre de edad madura, con barba corta y negra. Miré de nuevo hacia atrás antes de llegar a Farnham, pero

el hombre había desaparecido y no volví a pensar en él. Pero puede usted imaginarse mi sorpresa, señor

Holmes, cuando al regresar el lunes lo vi de nuevo en el mismo tramo de carretera. Mi asombro fue en

aumento cuando el incidente se repitió, exactamente igual que la primera vez, el sábado y el lunes siguientes.

El hombre mantenía siempre la distancia y no me molestó en modo alguno, pero aquello seguía

pareciéndome muy raro. Se lo comenté al señor Carruthers, que pareció interesado y me dijo que había

encargado un coche de caballos, de manera que en el futuro no tendría que recorrer sin compañía esos

caminos solitarios.

»El coche y el caballo tendrían que haber llegado esta semana, pero por alguna razón se retrasó la

entrega y otra vez tuve que hacer en bicicleta el trayecto a la estación. Esto ha sido esta misma mañana.

Como podrá suponer, estuve muy atenta al a llegar a Charlington Heath y, en efecto, allí estaba el hombre,

exactamente igual que las dos semanas anteriores. Se mantiene siempre a tanta distancia de mí que no puedo

verle la cara con claridad, pero estoy segura de que no lo conozco. Va vestido de oscuro, con una gorra de

paño. Lo único que he podido distinguir bien es su barba negra. Yo no estaba asustada, pero sí muy intrigada,

así que decidí averiguar quién era y qué pretendía. Aminoré la marcha, pero él también lo hizo. Entonces me

detuve, y él se detuvo también. Decidí tenderle una trampa. Al llegar a una curva muy pronunciada, la doblé

a toda velocidad y luego me paré a esperar. Suponía que él tomaría la curva tan rápido que me pasaría antes

de poder detenerse, pero el caso es que no apareció. Volví hacia atrás y miré al otro lado de la curva. Se veía

una milla de carretera, pero de él no había ni rastro. Y lo más extraño del caso es que no existe allí ninguna

desviación por la que hubiera podido marcharse.

Holmes soltó una risita v se frotó las manos.

–Desde luego, el caso presenta algunos aspectos originales –dijo–. ¿Cuánto tiempo

transcurrió desde que usted dobló la curva hasta que descubrió que no había nadie en la carretera?

–Dos o tres minutos.

–Entonces, no pudo haber retrocedido por donde vino, y dice usted que no hay desviaciones.

–Ninguna

–Tuvo que meterse por algún sendero, a un lado o a otro.

–No pudo ser por el lado del descampado, porque lo habría visto.

–En tal caso, por el procedimiento de exclusión, tenemos que suponer que se dirigió hacia

Charlington Hall, que, según tengo entendido, es una mansión con terrenos propios, situada a un lado de la

carretera. ¿Algo más?

–Nada, señor Holmes, excepto que me quedé tan perpleja que sentí que no quedaría satisfecha hasta

haberle visto a usted y recibido sus consejos.

Holmes permaneció callado durante un rato.

–¿Dónde trabaja el caballero con el que ya usted a casarse? –preguntó al fin.

–Trabaja en la Compañía Eléctrica Midland, de Coventry.

–¿No se le habrá ocurrido darle una sorpresa?

–¡Oh, señor Holmes! ¿Cree que yo no lo iba a reconocer? –¿Ha tenido usted otros admiradores?

–Tuve varios antes de conocer a Cyril.

–¿Y después?

–Bueno, está ese horrible Woodley, si es que a eso se le puede llamar un admirador.

–¿Y nadie más?

Nuestra befa cliente pareció un poco confusa.

–¿Quién es él? –insistió Holmes.

–Bueno, quizás sean puras figuraciones mías, pero a veces me ha dado la impresión de que mi

patrón, el señor Carruthers, está muy interesado en mí. Pasamos bastante tiempo juntos. Yo le acompaño al

piano por las tardes. Nunca ha dicho nada, es un perfecto caballero, pero las chicas siempre nos damos

cuenta.

–¡Ajá! –Holmes parecía serio–. ¿Y de qué vive este señor?

–Es rico.

–¿Y no tiene coches ni caballos?

–Bueno, por lo menos tiene una posición bastante acomodada. Pero viene a Londres dos o tres

veces por semana. Le interesan mucho las acciones de minas de oro sudafricanas.

–Señorita Smith, le ruego que me mantenga informado de cualquier nuevo giro de los

acontecimientos. Por el momento, me encuentro muy ocupado, pero encontraré tiempo para hacer algunas

averiguaciones sobre su caso. Mientras tanto, no dé ningún paso sin hacérmelo saber. Hasta la vista, v

espero que no recibamos de usted más que buenas noticias.

–El que a una chica como ésa la siga alguien forma parte riel orden establecido de la Naturaleza –

dijo Holmes, dando chupadas a su pipa de meditación–, pero no precisamente en bicicleta y por solitarios

caminos rurales. Sin duda alguna, se trata (le algún enamorado secreto. Pero el caso presenta algunos detalles

curiosos y sugerentes, Watson.

–¿Como que sólo aparezca en ese punto concreto?

–Exacto. Nuestro primer paso debe consistir en averiguar quiénes son los inquilinos de la

mansión Charlington. Tampoco estaría mal enterarse de la relación que existe entre Carruthers r Woodley,

dos hombres que parecen tan diferentes. ¿Cómo es que los dos se muestran tan interesados por los

familiares (le Ralph Smith? Y otra cosa: ¿Qué clase de casa es esta, que le paga a una institutriz el doble

de lo normal, pero no dispone ni de un caballo estando a seis millas de la estación? Es raro, Watson, muy

raro.

–¿Va usted a ir allí?

–No, querido amigo, va a ir usted. Podría muy bien tratarse de una intriga sin importancia, y no

puedo interrumpir por ella esta otra investigación, que sí que es importante. El lunes llegará usted a

Farnham a primera hora; se esconderá cerca de Charlington Heath; observará con sus propios ojos lo que

ocurra y actuará como le indique su buen criterio. Y después, tras averiguar quién ocupa la mansión,

regresará a informarme. Y ahora, Watson, ni una palabra más sobre el asunto hasta que dispongamos de

algún asidero firme que nos permita avanzar hacia la solución.

Sabíamos por la propia joven que regresaría el lunes en el tren que sale de Waterloo a las 9,50, de

manera que yo madrugué para tomar el de las 9,13. Una vez en la estación de Farnham, no tuve dificultades

para que me indicaran el camino a Charlington Heath. Resultaba imposible confundirse respecto al escenario

de la aventura de la joven ciclista, va que la carretera discurría entre un brezal abierto por un lado y un

antiguo seto de tejo por el otro, un seto que rodeaba un parque repleto (le árboles magníficos. Había una

entrada principal, de piedra cubierta de liquen, con los pilares de cada lado rematados por vetustos emblemas

heráldicos; pero además de esta entrada principal para carruajes, observé varias aberturas más en el seto, de

las que partían senderos. La casa no se veía desde la carretera, pero todo el entorno daba una impresión de

tristeza v decadencia.

El descampado estaba cubierto de manchones dorados de tojos en flor, que brillaban de un modo

magnífico a la radiante luz del sol primaveral. Me situé detrás de uno de estos grupos de arbustos, desde

donde podía controlar la entrada al parque de la mansión v un buen tramo de carretera a cada lado. La

carretera estaba vacía cuando yo salía a ella, pero ahora se veía un ciclista que venía en dirección contraria a

la que yo había traído. Iba vestido de oscuro y pude ver que tenía barba negra. Al llegar al final de los

terrenos de Charlington Hall, se apeó de su máquina y se metió con ella por una abertura del seto,

desapareciendo de mi vista.

Transcurrió un cuarto de hora v entonces apareció un segundo ciclista. Esta vez se trataba de la

señorita Smith, que venía de la estación. Al acercarse al seto, la vi mirar a su alrededor. Un instante después,

el hombre salió de su escondite, montó en su bicicleta y empezó a seguirla. En todo el extenso paisaje,

aquellas eran las únicas figuras en movimiento: la atractiva muchacha, sentada muy derecha en su máquina,

y el hombre que la seguía, doblado sobre el manillar, con un misterioso aire furtivo en todos sus

movimientos. Ella se volvió para mirarlo y redujo la velocidad. Él la redujo también. La chica se detuvo. El

hombre se detuvo al instante, manteniéndose a unos doscientos metros detrás de ella. El siguiente

movimiento de la muchacha fue tan inesperado como valeroso: hizo girar bruscamente su bicicleta y se lanzó

a toda velocidad hacia él. Pero el hombre actuó con igual rapidez y salió disparado en un huida desesperada.

Poco después, la muchacha volvió a aparecer carretera arriba, con la cabeza orgullosamente erguida, sin

dignarse a reconocer la presencia de su silencioso acompañante. También él había dado la vuelta, y siguió

manteniendo la distancia hasta que la curva de la carretera los ocultó de mi vista.

No me moví de mi escondite, e hice muy bien, porque al poco rato reapareció el hombre pedaleando

despacio. Se metió por la entrada a la mansión y desmontó de su bicicleta. Tenía las manos alzadas v parecía

estar arreglándose la corbata. Luego montó de nuevo en la bicicleta y se alejó por el camino que llevaba a la

mansión. Yo atravesé corriendo el brezal v atisbé entre los árboles. Pude ver a lo lejos algunos retazos del

antiguo edificio gris, con sus erguidas chimeneas Tudor, pero el camino atravesaba una zona muy frondosa y

no volví a ver a mi hombre.

Sin embargo, me pareció qué había aprovechado bastante bien la mañana v regresé a Farnham muy

animado. El agente local de la propiedad no pudo darme ninguna información acerca (le Charlington Hall, v

me remitió a una conocida firma de Pall Mall. Pasé por ella al–regresar a Londres v fui recibido por un

representante muy educado. No, no podían alquilarme Charlington Hall para el verano. Llegaba un poco

tarde. La habían alquilado hacía aproximadamente un mes. El inquilino era un tal señor Williamson, un

caballero mayor v respetable. El atento agente lamentaba no poder decirme más, va que no estaba autorizado

a comentar los asuntos de sus clientes.

Sherlock Holmes escuchó con atención el largo informe que le presenté aquella misma tarde, pero

que no consiguió arrancarle las breves palabras de elogio que yo había esperado y que tanto habría

apreciado. Por el contrario, su rostro austero adoptó una expresión más severa que de costumbre al comentar

todo lo que yo había hecho y dejado de hacer.

–Su escondite, querido Watson, estuvo muy mal elegido. Debió usted esconderse detrás del seto; de

ese modo habría podido ver de cerca a ese personaje tan interesante. En cambio, se situó usted a varios

cientos de metros de distancia y me trae aún menos información que la señorita Simith. Ella cree no conocer

al hombre; yo estoy convencido de que lo conoce. De lo contrario, ¿por qué iba a poner tanto empeño en que

ella no se le acerque lo suficiente como para verle la cara? Usted lo describe doblado sobre el manillar. Más

ocultamiento, como puede ver. La verdad es que lo ha hecho usted fatal. El tipo vuelve a casa y usted quiere

averiguar quién es. ¡Y no se le ocurre más que acudir a una agencia de Londres!

–¿Qué tendría que haber hecho? –pregunté algo irritado.

–Entrar en el bar más cercano. Ese es el centro de todos los cotilleos del pueblo. Allí le habrían

dado todos los nombres, desde el del propietario hasta el de la última fregona. ¡Williamson! Eso no me

dice nada. Si se trata de un anciano, entonces no puede ser él el activo ciclista que escapa a toda velocidad

de la atlética joven que le persigue. ¿Qué hemos sacado en limpio (le su expedición? Sólo que la chica

decía la verdad. Eso yo nunca lo dudé. Que existe una relación entre el ciclista v la mansión. Tampoco

tenía dudas sobre eso. Que el inquilino de la mansión se llama Williamson. ¿Qué adelantamos con eso?

Vamos, vamos, querido amigo, no ponga esa cara. Poco más podemos hacer hasta el próximo sábado, y

mientras tanto quizás yo pueda averiguar una o dos cosas.

A la mañana siguiente llegó una carta de la señorita Smith, relatando en términos breves v precisos

los hechos que yo había presenciado. Pero la miga de la carta estaba en la posdata:

«Estoy segura, señor Holmes, de que respetará usted la confidencia que voy a hacerle. Mi situación

se ha vuelto incómoda, debido a que mi patrón me ha pedido que me case con él. Estoy convencida de que

sus sentimientos son sinceros y completamente honrados. Pero, por supuesto, yo va estoy comprometida. Se

tomó muy a pecho mi negativa, pero se mostró muy amable. No obstante, lo comprenderá, la situación es un

poco tensa.»

–Parece que nuestra joven amiga está metida en un buen lío –dijo Holmes, pensativo, al acabar la

carta–. La verdad es que el caso presenta más aspectos interesantes y más posibilidades de lo que yo suponía

al principio. No me sentaría nada mal pasar un día tranquilo y apacible en el campo, y estoy por acercarme

allí esta tarde para poner a prueba una o dos teorías que se me han ocurrido.

El tranquilo día de campo de Holmes tuvo un desenlace inesperado, ya que llegó a Baker Street

bastante tarde, con un labio partido y un chichón amoratado en la frente, además de presentar un aspecto

general tan desastrado que su persona habría despertado las justificadas sospechas de Scotland Yard. Se

había divertido muchísimo con sus aventuras y se reía alegremente al relatarlas.

–Hago tan poco ejercicio que siempre resulta gratificante –dijo–. Como sabe, poseo ciertos

conocimientos del noble v ¿antiguo deporte británico del boxeo. De cuando en cuando resultan útiles. Hoy,

por ejemplo, lo habría pasado bochornosamente mal de no ser por ellos.

Le rogué que me contara lo que había sucedido.

–Localicé ese bar de pueblo que le había recomendado visitar, v allí inicié mis discretas

averiguaciones. Me instalé en la barra v el charlatán del propietario me fue dando toda la información que

deseaba. Williamson es un hombre de barba blanca vive solo en la mansión, con unos pocos sirvientes. Corre

el rumor de que es o ha sido clérigo, pero uno o dos incidentes ocurridos durante su breve estancia en la

mansión me parecieron muy poco eclesiásticos. He hecho va algunas indagaciones en una agencia

eclesiástica, y allí me han dicho que existió un clérigo con ese apellido, que tuvo una carrera particularmente

turbulenta. Además, el tabernero me dijo que a la mansión solían acudir visitas de fin de semana, «gente de

pasta», según él, y en especial cierto caballero con bigote rojo apellidado Woodley, que estaba siempre por

allí. Hasta aquí habíamos llegado cuando ¿quién dirá que vino a entrometerse? Pues el propio caballero en

cuestión, que estaba bebiendo una cerveza allí mismo v había escuchado toda la conversación. ¿Quién era

yo? ¿Qué quería? ¿A qué venían tantas preguntas? Su lenguaje era de lo más fluido y sus adjetivos muy

vigorosos, y remató una sarta de insultos con un revés traicionero que no pude esquivar del todo. Los

minutos siguientes fueron deliciosos. Mis directos de izquierda contra los porrazos del rufián. Yo acabé

como usted ye. Al señor Woodley se lo llevaron en un carro. Así terminó mi excursión al campo, y debo

confesar que, aunque ha sido muy divertida, mi expedición a los límites de Surrey no ha resultado mucho

más provechosa que la suya.

El jueves nos llegó otra carta de nuestra cliente:

«Señor Holmes, no creo que le sorprenda saber que voy a dejar mi empleo en casa del

señor Carruthers. Ni siquiera un sueldo tan alto puede compensarme de lo incómodo de mi situación. El

sábado iré a Londres y no tengo intención de regresar. El señor Carruthers ha comprado un cochecito, de

manera que los peligros de la carretera solitaria, si es que alguna vez existieron, han desaparecido.

En cuanto al motivo concreto de que me yaya, no se trata sólo de la tensa situación con el

señor Carruthers, sino que además ha vuelto a aparecer ese odioso señor Woodley. Siempre fue repugnante,

pero ahora está más feo que nunca, porque parece que ha tenido un accidente y está todo desfigurado. Lo he

visto por la ventana, pero gracias a Dios aún no he coincidido con él. Tuyo una larga conversación con el

señor Carruthers, que después de eso parecía muy excitado. Woodley debe de estar alojado por aquí cerca,

porque no durmió en casa y, sin embargo, lo volví a ver esta mañana, merodeando entre los arbustos.

Preferiría que anduviese suelta una fiera salvaje antes que él. Le odio y le temo más de lo que soy capaz de

expresar. ¿Cómo puede el señor Carruthers soportar ni por un segundo a semejante bicho? Menos mal que el

sábado se acabarán mis problemas.»

–Eso espero, Watson, eso espero –dijo Holmes muy serio–. Alrededor de esta mujercita se está

tramando alguna turbia intriga, y nuestro deber es procurar que nadie la moleste en este último viaje. Creo,

Watson, que debemos prepararlo todo para desplazarnos allí el sábado por la mañana y asegurarnos de que

esta curiosa e incipiente investigación no tenga un final trágico.

Confieso que hasta aquel momento no me había tomado muy en serio el caso, que me parecía más

grotesco y extravagante que verdaderamente peligroso. Que un hombre acechara y siguiera a una mujer tan

guapa no tenía nada de nuevo, y si el tipo era tan poco decidido que no sólo no se atrevía a abordarla sino

que incluso huía cuando ella se le acercaba, no podía tratarse de un asaltante muy peligroso. Aquel rufián

de Woodley era muy diferente, pero, excepto en una ocasión, nunca había molestado a nuestra cliente y

ahora visitaba la casa de Carruthers sin importunarla a ella. El hombre de la bicicleta tenía que ser uno de

los que visitaban la mansión los fines de semana, como había dicho el tabernero, aunque seguíamos sin

saber quién era y qué pretendía. Sin embargo, la actitud grave de Holmes y el hecho de que al salir de

nuestras habitaciones se metiera un revólver en el bolsillo me hizo pensar por primera vez en la posibilidad

de que detrás de aquella curiosa cadena de sucesos acechase la tragedia.

Después de una noche de lluvia amaneció un día espléndido, y los campos cubiertos de brezo y

salpicados de vistosos matorrales de tojo en flor parecían aún más hermosos a unos ojos hastiados de los

pardos sombríos y el gris pizarra de Londres. Holmes y yo avanzábamos por la ancha y arenosa carretera,

aspirando el aire fresco de la mañana y disfrutando del canto de los pájaros y la suave brisa primaveral.

Desde una altura del camino en la ladera de la colina Crooksbury pudimos divisar la sombría mansión,

sobresaliendo entre los añosos robles que, aun siendo muy viejos, eran más jóvenes que el edificio que

rodeaban. Holmes señaló el largo tramo de carretera que formaba una franja rojo–amarillenta entre el color

pardo del brezal y el verde primaveral del bosque. A lo lejos se veía un punto negro que resultó ser un

vehículo que avanzaba hacia nosotros. Holmes soltó una exclamación de impaciencia.

–Yo había calculado un margen de media hora –dijo–, pero si aquél es su carricoche, es que debe

de haber decidido tomar un tren anterior. Me temo, Watson, que va a pasar por Charlington antes de que

podamos encontrarnos con ella.

Desde el momento en que dejamos la elevación, perdimos de vista el vehículo, pero avanzamos a

un paso tan rápido que mi vida sedentaria empezó a hacerse sentir, y me fui quedando rezagado. Holmes, sin

embargo, se mantenía siempre en forma, porque disponía de reservas inagotables de energía nerviosa a las

que recurrir. Ni por un momento aminoró su paso elástico hasta que, de pronto, cuando ya iba unos cien

metros por delante de mí, se detuvo y le vi levantar el brazo con un gesto de dolor y desesperación. En aquel

mismo momento, por la curva de la carretera apareció un carricoche vacío, con el caballo al trote v las

riendas colgando, que se acercó rápidamente a nosotros.

–¡Demasiado tarde, Watson, demasiado tarde! –exclamó Holmes mientras yo corría resoplando

hacia él–. ¡Qué idiota he sido en no pensar en el tren anterior! ¡Secuestro, Watson! ¡Secuestro! ¡Asesinato!

¡Dios sabe qué! ¡Ciérrele el paso y pare al caballo! Muy bien. Ahora monte, y veremos si puedo remediar

las consecuencias de mi estupidez.

Subimos los dos al coche y Holmes hizo que el caballo diera la vuelta, dio un trallazo con el látigo

y salimos volando carretera adelante. Al doblar la curva quedó visible todo el tramo de carretera que

discurría entre el brezal y la mansión. Yo agarré a Holmes del brazo.

–¡Allí está el hombre! –jadeé.

Un ciclista solitario venía hacia nosotros. Traía la cabeza agachada y los hombros encorvados y

pedaleaba con todas sus fuerzas. Volaba como un corredor de carreras. De pronto, levantó el rostro barbudo,

nos vio cerca de él y frenó, saltando a continuación de su máquina. La barba, negra como el carbón,

contrastaba de manera extraña con la palidez de su rostro, y los ojos le brillaban como si tuviera fiebre. Se

quedó mirándonos a nosotros y al carruaje y en su rostro se formó una expresión de asombró.

–¿Qué es esto? ¡Alto ahí! –grito, cerrándonos el paso con su bicicleta–. ¿De dónde han sacado este

coche? ¡Pare usted! –vociferó, sacando una pistola del bolsillo–. ¡Pare le digo, o por San Jorge que le meto

un tiro al caballo!

Holmes arrojó las riendas sobre mis rodillas y saltó del coche.

–Usted es el hombre al que queríamos ver. ¿Dónde está la señorita Violet Smith? –dijo con su

característica rapidez y claridad.

–Eso mismo le pregunto yo. Viene usted en su coche y tiene que saber dónde está.

–Encontramos el coche en la carretera, pero no había nadie en él. Hemos venido para ayudar

a la señorita.

–¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? –exclamó el desconocido, frenético de angustia–.

¡La han atrapado, ese demonio de Woodley y el cura renegado! Venga usted, venga, si de verdad es su

amigo. Ayúdenme y la salvaremos, aunque tenga que dejar mi pellejo en el bosque de Charlington.

Corrió como un loco, pistola en mano, hacia una abertura en el seto. Holmes le siguió y yo

seguí a Holmes, dejando al caballo pastando junto a la carretera.

–Se han metido por aquí –dijo Holmes, señalando las huellas de varios pies en el sendero

embarrado–. ¡Caramba! ¡Quietos un momento! ¡Hay alguien caído en los matorrales!

Se trataba de un joven de unos diecisiete años, vestido como mozo de cuadras, con pantalones y

polainas de cuero. Yacía caído de espaldas, con las rodillas dobladas y una terrible brecha en la cabeza.

Estaba sin sentido, pero vivo. Me bastó una mirada a la herida para saber que no había penetrado en el hueso.

–Es Peter, el lacayo –exclamó el desconocido–. Él conducía el coche. Esos salvajes le han hecho

bajar lo han golpeado. Dejémoslo aquí; no podemos hacer nada–por él, pero a ella aún podemos salvarla

de lo peor que le puede ocurrir a una mujer.

Corrimos frenéticamente por el sendero, que serpenteaba entre los árboles. Habíamos llegado

a los arbustos que rodeaban la casa cuando Holmes se detuvo en seco.

–No han ido a la casa. Sus pisadas van hacia la izquierda. ¡Allí, junto a los laureles! ¡Ah, lo que yo

decía!

Mientras él hablaba, del verde macizo de arbustos que teníamos delante surgió un alarido de mujer,

un alarido que vibraba con un paroxismo de horror, y que se cortó de golpe en la nota más aguda, con un

gemido de ahogo.

–¡Por aquí! ¡Por aquí! ¡Está en la pista de bolos! –gritó el desconocido, lanzándose de cabeza

entre los arbustos–. ¡Perros cobardes! ¡Síganme, caballeros! ¡Demasiado tarde! ¡Por todos los diablos!

Habíamos salido de pronto a un precioso claro cubierto de césped y rodeado de viejos árboles. En el

punto más alejado, a la sombra de un corpulento roble, había un curioso grupo de tres personas. Una era una

mujer, nuestra cliente, amordazada con un pañuelo y con aspecto de estar a punto de desmayarse. Frente a

ella se erguía un hombre joven de aspecto brutal, rostro macizo y bigote pelirrojo, con las piernas bien

abiertas y enfundadas en polainas. Tenía un brazo en jarras y con el otro hacía ondear una fusta. Su actitud

era la de un fanfarrón en un momento de triunfo. Entre los dos había un hombre mayor, con barba blanca,

que vestía una sobrepelliz corta sobre un traje claro de lana, y que al parecer acababa de celebrar un rito

nupcial, ya que al aparecer nosotros se guardó en el bolsillo el libro de oraciones y felicitó jovialmente al

siniestro novio con una palmada en el hombre.

–¡Se han casado! –balbucí.

–¡Vamos! ¡Vamos! –exclamó nuestro guía.

Atravesó corriendo el claro, con Holmes y yo pisándole los talones. Al acercarnos, la joven se

tambaleó y tuyo que apoyarse en el tronco del árbol. Williamson, el ex sacerdote, nos saludó con una

reverencia burlona, y el fanfarrón de Woodley nos salió al paso con una brutal carcajada de júbilo.

–Ya puedes quitarte esa barba, Bob –dijo–. Se te conoce perfectamente. Pues bien, tú y tus

amigos llegáis justo a tiempo para que os presente a la señora Woodley.

La respuesta de nuestro guía fue sorprendente. Se arrancó la barba negra que le servía de disfraz y

la tiró al suelo, dejando al descubierto un rostro alargado, cetrino y bien afeitado. A continuación, levantó su

revólver y apuntó al joven rufián, que avanzaba hacia él blandiendo su peligrosa fusta.

–Sí –dijo nuestro aliado–. Soy Bob Carruthers y pienso defender a esta mujer aunque me ahorquen

por ello. Ya te advertí lo que haría si volvías a molestarla, y por Dios que cumpliré mi promesa.

–Llegas tarde. ¡Es mi esposa!

–No, es tu viuda.

El revólver detonó y vi brotar la sangre de la pechera del chaleco de Woodley. Giró sobre sus pies

con un gemido y cayó de espaldas, mientras su rostro odioso y enrojecido adquiría de repente una terrible

palidez. El anciano, que todavía vestía su sobrepelliz, estalló en una sarta de blasfemias como no he oído

jamás y sacó también un revólver, pero antes de que pudiera levantarlo se encontró frente a los ojos el cañón

del arma de Holmes.

–¡Se acabó! –dijo mi amigo fríamente–. Tire esa pistola. Recójala, Watson, y apúntele a la

cabeza. Gracias. Usted, Carruthers, déme ese revólver. Ya está bien de violencia. Vamos,

entréguemelo.

–Pero ¿quién es usted?

–Me llamo Sherlock Holmes.

–¡Santo Dios!

–Veo que ha oído hablar de mí. Hasta que llegue la policía, yo actuaré en representación suya. ¡Eh,

muchacho! –le gritó al asustado lacayo, que acababa de aparecer en el borde del claro–. Ven aquí. Lleva esta

nota a Farnham lo más deprisa que puedas –garabateó unas cuantas palabras en una hoja de su cuaderno–.

Entrégasela al inspector jefe del puesto de policía. Y mientras él llega, todos ustedes quedan bajo mi custodia

personal.

La personalidad fuerte y arrolladora de Holmes dominaba la trágica escena, y todos por igual

éramos como marionetas en sus manos. Williamson y Carruthers cargaron con el herido Woodley para

meterlo en la casa y yo ofrecí mi brazo a la asustada muchacha. Tendieron al herido en una cama y, a

petición de Holmes, lo examiné. Presenté mi informe en el antiguo comedor adornado con tapices, donde

Holmes se había instalado con sus dos prisioneros delante.

–Vivirá –dije.

–¿Cómo? –gritó Carruthers, poniéndose en pie de un salto–. Entonces subiré a rematarlo antes que

nada. No me digan que esa muchacha, ese ángel, va a quedar atrapada para toda su vida a Jack Woodley «el

Rugiente».

–No debe preocuparse por eso –dijo Holmes–. Existen dos excelentes razones para que no se la

pueda considerar su esposa, bajo ningún concepto. En primer lugar, tenemos motivos de sobra para poner

en duda el derecho del señor Williamson a celebrar un matrimonio.

–He sido ordenado –exclamó el viejo granuja.

–Y también suspendido.

–Cuando uno es sacerdote, es sacerdote para siempre.

–No lo veo yo así. ¿Y qué hay de la licencia?

–Sacamos una licencia de matrimonio. La tengo en el bolsillo.

–La conseguiría con engaños. Pero, en cualquier caso, un j matrimonio forzado no tiene validez; en

cambio, constituye un delito muy grave, como comprobará usted antes de que esto termine [1]. O mucho me

equivoco,

o tendrá tiempo de sobra para reflexionar sobre el tema durante los próximos diez años, más o menos. En

cuanto a usted, Carruthers, más le habría valido guardarse la pistola en el bolsillo.

[1]

Efectivamente, un matrimonio tan evidentemente forzado que para celebrarlo es preciso mantener

amordazada a la novia no tiene ninguna validez legal ni eclesiástica, y tanto Woodley como Williamson

deberían haberlo sabido, en especial este último. De hecho, lo más probable es que Williamson supiera

perfectamente que el plan no tenía ninguna posibilidad de dar resultado, pero pretendía seguirle la

corriente a Woodley, menos versado en cuestiones

legarles, cobrar su comisión y desaparecer cuanto antes, dejando que Woodley se las arreglara solo.

–Empiezo a creer que sí, señor Holmes, pero cuando pensé en todas las precauciones que había

tomado para proteger a esta muchacha..., porque yo la amaba, señor Holmes, y es la única vez en mi vida

que he sabido lo que es el amor... me volví loco al saber que estaba en poder del matón más brutal de

Sudáfrica, un tipo cuyo solo nombre infunde un terror supersticioso desde Kimberley a Johannesburgo. Sí,

señor Holmes, usted no lo creerá, pero desde que esta chica empezó a trabajar para mí, ni una sola vez dejé

que pasara delante de esta casa, donde yo sabía que se ocultaban estos canallas, sin seguirla en mi bicicleta

para asegurarme de que no le ocurriera nada malo. Me mantenía distanciado de ella, y me ponía una barba

postiza para que no me reconociera, porque se trata de una joven decente y orgullosa, que no se habría

quedado mucho tiempo en mi casa de haber sabido que yo la iba siguiendo por las carreteras rurales.

–¿Por qué no la advirtió del peligro?

–Porque también en este caso se habría marchado, y o no podía soportar la idea. Aunque no

me amara, significaba mucho para mí ver su preciosa figura por la casa y oír el sonido de su voz.

–Usted llama a eso amor, señor Carruthers –dije yo–, pero yo lo llamo egoísmo.

–Puede que las dos cosas vayan unidas. Fuera como fuere, no quería que se marchara. Además,

con esta gente por aquí, convenía que hubiera alguien cerca para cuidar de ella. Y cuando llegó el

telegrama, tuve la seguridad de que pronto entrarían en acción.

–¿Qué telegrama?

–Este –dijo Carruthers, sacándolo del bolsillo. El texto era breve y conciso:

«El viejo ha muerto.»

–¡Hum! –dijo Holmes–. Creo que ya sé cómo se desarrollaron las cosas, y me doy cuenta de que

este telegrama debió impulsarlos a entrar en acción, como usted dice. Pero, mientras aguardamos, podría

usted explicarme algunos detalles.

El viejo renegado de la sobrepelliz soltó una explosiva descarga de palabrotas. .

–Por mi alma, Bob Carruthers –dijo–, que si nos delatas te voy a hacer lo mismo que tú le hiciste a

Jack Woodley. Puedes rebuznar todo lo que quieras acerca de la chica, porque ese es asunto tuyo, pero si

traicionas a tus compañeros con este poli de paisano, será la peor faena que has hecho en tu vida.

–No se excite, reverendo –dijo Holmes, encendiendo un cigarrillo–. Los cargos contra usted están

bastante claros, y sólo quiero preguntar unos cuantos detalles por curiosidad personal. Sin embargo, si existe

algún problema en que ustedes me lo cuenten, seré yo quien hable y veremos qué posibilidades tienen de

ocultar sus secretos. En primer lugar, tres de ustedes llegaron de Sudáfrica para dar este golpe: usted,

Williamson, usted, Carruthers, y Woodley.

–Error número uno –dijo el anciano–. Yo no conocía a ninguno de losdos hasta hace dos meses,

y jamás en mi vida he estado en África, así que puede meter eso en su pipa y fumárselo, señor

Metomentodo Holmes.

–Es cierto lo que dice –confirmó Carruthers.

–Bien, bien, vinieron sólo dos. El reverendo es un producto del país. Ustedes conocieron a Ralph

Smith en Sudáfrica y tenían motivos para suponer que no viviría mucho. Entonces averiguaron que su

sobrina heredaría su fortuna. ¿Qué tal voy?

Carruthers asintió y Williamson soltó una palabrota.

–No cabe ninguna duda de que ella era el pariente más próximo, y ustedes estaban seguros

de que el viejo no haría testamento.

–No sabía ni leer ni escribir –dijo Carruthers.

–Así que ustedes dos se plantaron aquí y localizaron a la chica. El plan era que uno de los dos se

casara con ella y el otro recibiría una parte del botín. Por alguna razón, Woodley salió elegido como marido.

¿Cómo fue eso?

–Nos la jugamos a las cartas en el viaje. Él ganó.

–Comprendo. Usted tomó a la joven a su servicio, y así Woodley podría cortejarla. Pero ella se dio

cuenta de que era un bruto borracho y no quiso saber nada de él. Mientras tanto, su plan se trastornó porque

usted mismo se enamoró de la chica, y no podía soportar la idea de que este rufián se la quedase.

–¡No, por San Jorge, no podía!

–Hubo una pelea entre ustedes. Woodley se marchó enfurecido y comenzó a hacer sus

propios planes sin contar con usted.

–Empiezo a pensar, Williamson, que no hay mucho que podamos decirle a este caballero –dijo

Carruthers con una risa amarga–. Sí, nos peleamos y él me derribó. Pero ahora ya estamos en paz. Entonces

lo perdí de vista. Fue entonces cuando él reclutó a este padre renegado. Descubrí que se habían instalado

juntos aquí, en el trayecto que ella recorría para ir a la estación. A partir de entonces, no la perdí de vista,

porque sabía que se estaba cociendo alguna diablura. Hace dos días, Woodley se presentó en mi casa con

este telegrama, que nos comunicaba la muerte de Ralph Smith. Me preguntó si estaba dispuesto a seguir

adelante con el trato. Le respondí que no. Preguntó entonces si accedería a casarme con la chica y darle a él

una parte. Le dije que lo haría de muy buena gana, pero que ella no me aceptaba. Entonces, Woodley dijo:

«Primero vamos a casarla, y puede que al cabo de una o dos semanas vea las cosas de diferente manera». Le

respondí que me negaba a utilizar la violencia, y se marchó maldiciendo, como el canalla malhablado que

siempre ha sido, y jurando que sería suya de un modo u otro. Ella se iba a marchar de mi casa esta semana y

yo había conseguido un coche para llevarla a la estación, pero me sentía tan intranquilo que la seguí en

bicicleta. Sin embargo, dejé que me tomara demasiada delantera, y antes de que pudiera alcanzarla el mal ya

estaba hecho. No supe nada más hasta que los vi a ustedes dos regresando con el coche.

Holmes se puso en pie y tiró la colilla de su cigarrillo a la chimenea.

–He sido un obtuso, Watson –dijo–. Cuando me presentó usted su informe dijo que le había

parecido ver al ciclista arreglarse la corbata entre los arbustos. Sólo con esto tendría que haberlo

comprendido todo. Sin embargo, podemos felicitarnos por haber intervenido en un caso bastante curioso y en

algunos aspectos único. Veo venir por el sendero a tres policías del condado, y me alegra comprobar que el

pequeño mozo de cuadras se mantiene a su paso; es probable que ni él ni el fascinante novio sufran daños

permanentes a causa de las aventuras de esta mañana. Creo, Watson, que en su calidad de médico debería

atender a la señorita Smith y decirle que si se encuentra suficientemente recuperada tendremos mucho gusto

en acompañarla a casa dé su madre. Y si su recuperación no es completa, ya verá usted como una ligera

alusión a la posibilidad de enviar un telegrama a cierto joven electricista de las Midlands la deja curada del

todo. En cuanto a usted, señor Carruthers, creo que ha hecho todo lo que ha podido por reparar su

participación en un plan maligno. Aquí tiene mi tarjeta, y si mi declaración puede servirle de ayuda en el

juicio, me tendrá a su disposición.

El lector probablemente habrá observado que, sumido en el torbellino de nuestra incesante

actividad, suele resultarme difícil redondear mis relatos añadiendo esos detalles finales que tanto aprecian los

curiosos. Cada caso ha servido de preludio a otro y, una vez pasada la crisis, los actores desaparecen para

siempre de nuestras ajetreadas vidas. Sin embargo, al final de los manuscritos referentes a este caso he

encontrado una breve anotación que confirma que la señorita Violet Smith heredó una gran fortuna y que

actualmente es la esposa de Cyril Morton, socio principal de Morton & Kennedy, conocidos electricistas de

Westminster. Williamson y Woodley fueron procesados por secuestro y agresión; al primero le cayeron siete

años y al segundo diez. No consta ningún dato acerca de Carruthers, pero estoy seguro de que el tribunal no

juzgaría con mucha severidad su agresión, teniendo en cuenta que Woodley tenía reputación de ser un

maleante peligrosísimo, y creo que con unos meses bastaría para satisfacer las exigencias de la justicia.

La Aventura Del Colegio Priory

En nuestro pequeño escenario de Baker Street hemos presenciado entradas y salidas espectaculares,

pero no recuerdo ninguna tan repentina y sorprendente como la primera aparición del doctor Thorneycroft

Huxtable, M.A., Ph.D., etc.[1] Su tarjeta, que parecía demasiado pequeña para soportar el peso de tanto título

académico, le precedió en unos segundos y luego entró él: tan grande, tan pomposo y tan digno que parecía

la encarnación misma del aplomo y la solidez. Y sin embargo, lo primero que hizo en cuanto la puerta se

cerró a sus espaldas fue tambalearse y apoyarse en la mesa, tras lo cual se desplomó en el suelo y allí quedó

su majestuosa figura, postrada e inconsciente sobre la alfombra de piel de oso colocada delante de nuestra

chimenea.

[1]

M.A.: «Master in Arts»; Ph.D.: «Doctor in Philosophy».

Nos pusimos en pie de un salto y durante unos instantes contemplamos con silencioso asombro

aquel enorme resto de naufragio, que parecía el resultado de una repentina y letal tempestad ocurrida en

algún lugar lejano del océano de la vida. Luego corrimos a socorrerlo, Holmes con un almohadón para la

cabeza y yo con brandy para la boca. El rostro blanco y macizo estaba surcado por arrugas de preocupación,

las fláccidas bolsas de debajo de los ojos tenían un color plomizo, la boca entreabierta se curvaba en una

mueca de dolor y sus rollizas mejillas estaban sin afeitar. La camisa y el cuello mostraban las mugrientas

señales de un largo viaje, y el cabello se encrespaba desordenadamente sobre la bien formada cabeza. El

hombre que yacía ante nosotros había sufrido sin duda un duro golpe.

—¿Qué tiene, Watson? —preguntó Holmes.

—Agotamiento total, puede que simple hambre y cansancio —respondí, tomándole el pulso y

verificando que el torrente de vida se había reducido a un débil goteo.

—Billete de ida y vuelta desde Mackleton, en el norte de Inglaterra — dijo Holmes, sacándoselo del

bolsillo del reloj—. Y aún no son ni las doce. No cabe duda de que ha madrugado. Los párpados fruncidos

empezaron a temblar y un par de ojos grises y ausentes alzaron su mirada hacia nosotros. Un instante

después, nuestro hombre se ponía en pie con dificultades y rojo de vergüenza.

—Perdone esta muestra de debilidad, señor Holmes; temo que me han fallado las fuerzas. Gracias.

Si pudiera tomar un vaso de leche y una galleta, estoy seguro de que me pondría bien. He venido

personalmente, señor Holmes, para asegurarme de que me acompañará usted a la vuelta. Temía que un

simple telegrama no lograría convencerlo de la absoluta urgencia del caso.

—Cuando se haya repuesto usted del todo...

—Ya me siento perfectamente otra vez. No me explico cómo me dio este desfallecimiento.

Señor Holmes, quiero que venga usted a Makleton conmigo en el primer tren mi amigo sacudió la

cabeza.

—Mi compañero, el doctor Watson, podrá decirle que en estos momentos estamos ocupadísimos.

No puedo dejar este caso de los documentos Ferrers, y además está a punto de comenzar el juicio por el

crimen de Abergavenny. Sólo un asunto muy importante podría sacarme de Londres en estos momentos.

—¡Importante! —nuestro visitante levantó las manos—. ¿No se ha enterado del secuestro del

único hijo del duque de Holdernesse?

—¿Cómo? ¿El que fue ministro?

—Exacto. Hemos tratado de ocultárselo a la prensa, pero anoche el Globe publicaba algunos

rumores. Pensé que tal vez estuviera usted al corriente.

Holmes estiró su largo y delgado brazo y sacó el volumen «H» de su enciclopedia de consulta.

—«Holdernesse, sexto duque de K.G., P.C...[2], y así medio alfabeto...; barón de Beverley, conde

de Carston... ¡Caramba, menuda lista!... Señor de Hallamshire desde 1900. Casado con Edith, hija de sir

Charles Appledore, en 1888. Hijo único y heredero: lord Saltire. Propietario de unos 250,000 acres , Minas

en Lancashire y Gales. Residencias: Carlton House Terrace, Londres; Mansión Holdernesse, en

Hallamshire; castillo de Carston, en Bangor, Gales. Lord Almirante en 1872. Primer secretario de Estado...

¡Vaya, vaya! Se trata, sin duda, de uno de los grandes personajes del reino.

[2]

K.G.: «Knight of the Garter» (Caballero de la Orden de la Jarretera); P.C. Posiblemente significa

Privy Councillor, es decir, miembro del Consejo Privado de la Reina.

—El más grande, y puede que el más rico. Ya sé, señor Holmes, que es usted un profesional de

primera fila y que está dispuesto a trabajar por mero amor al trabajo. Sin embargo, puedo decirle que su

excelencia ha prometido entregar un cheque de cinco mil libras a la persona que pueda indicarle el paradero

de su hijo, y otras mil a quien pueda identificar a la persona o personas que lo han secuestrado.

—Una oferta principesca —dijo Holmes—. Watson, creo que acompañaremos al doctor Huxtable

al norte de Inglaterra. Y ahora, doctor Huxtable, en cuanto se haya terminado la leche, le agradecería que

nos contara lo que ha ocurrido, cuándo ocurrió, cómo ocurrió v, por último, qué tiene que ver en ello el

doctor Thorneycroft Huxtable, del colegio Priory, cerca de Mackleton, y por qué viene a solicitar mis

humildes servicios tres días después del suceso, como se deduce del estado de su barba.

Nuestro visitante había dado cuenta de su leche y sus galletas. Recuperado el brillo de sus ojos y

el color de sus mejillas, comenzó a explicar la situación con considerable energía y lucidez.

—Debo informarles, caballeros, de que el Priory es un colegio preparatorio, del que soy fundador y

director. Tal vez les resulte más familiar mi nombre si lo asocian a los Comentarios a Horacio por Huxtable.

El Priory es el mejor y más selecto colegio preparatorio de Inglaterra, sin excepción alguna. Lord

Leverstoke, el conde de Blackwater, sir Cathcart Soames..., todos ellos me han confiado a sus hijos. Pero

cuando me pareció que mi colegio había alcanzado el cenit fue hace tres semanas, cuando el duque de

Holdernesse envió a su secretario, el señor James Wilder, para notificarme la intención de poner a mi cargo

al joven lord Saltire, de diez años de edad, hijo único y heredero suyo. ¡Qué poco imaginaba yo que aquello

iba a ser el preludio de la desgracia más terrible de mi vida!

»El muchacho llegó el 1 de mayo, que es cuando comienza el semestre de verano. Era un joven

encantador, que se adaptó en seguida a nuestras normas. Debo decirle..., espero no estar cometiendo una

indiscreción, pero en un caso como éste es absurdo andarse con medias verdades..., que el chico no era muy

feliz en su casa. Es un secreto a voces que la vida matrimonial del duque no ha sido muy apacible y acabó

desembocando en una separación por mutuo acuerdo. La duquesa se ha establecido en el sur de Francia. Esto

ocurrió hace muy poco, y se sabe que las simpatías del muchacho estaban del lado de la madre. Cuando ella

se marchó de la mansión Holdernesse, el chico se quedó muy deprimido, y por eso decidió el duque enviarlo

a mi colegio. A los quince días se había adaptado por completo y parecía absolutamente feliz con nosotros.

»Se le vio por última vez la noche del 13 de mayo, es decir, la noche del lunes pasado. Su cuarto

está en el segundo piso v para llegar a él hay que pasar por otra habitación más grande, en la que duermen

dos alumnos. Estos muchachos no vieron ni oyeron nada, de manera que es imposible que el joven Saltire

pasara por allí. La ventana de su cuarto estaba abierta y hay una hiedra bastante sólida que llega hasta el

suelo. No encontramos pisadas abajo, pero no cabe duda de que esta es la única salida posible.

»Su ausencia se descubrió a las siete de la mañana del martes. Se notaba que había dormido en su

cama. Antes de marcharse se había vestido del todo, con el uniforme escolar de chaqueta negra, estilo Eton,

y pantalones gris oscuro. No se advertían señales de que hubiera entrado alguien en su habitación y estamos

seguros de que si hubiera habido gritos o forcejeo se habrían oído, porque Caulder, el mayor de los dos

muchachos que duermen en la habitación interior, tiene el sueño muy ligero.

»Cuando descubrimos la desaparición de lord Saltire, pasé lista inmediatamente a todo el personal

del colegio: alumnos, profesores y servicio. Y entonces nos dimos cuenta de que lord Saltire no se había

fugado solo. Faltaba también Heidegger, el profesor de alemán. Su habitación está también en el segundo

piso, al otro extremo del edificio, pero dando a la misma fachada que la de lord Saltire. También había

dormido en su cama; pero al parecer se había marchado a medio vestir, porque su camisa y sus calcetines

estaban tirados en el suelo. No cabe duda de que bajó descolgándose por la hiedra, porque encontramos

pisadas suyas abajo en el césped. Junto a este césped hay un pequeño cobertizo donde guardaba su bicicleta,

que también ha desaparecido.

»Llevaba con nosotros dos años, y había llegado con las mejores referencias. Pero era un tipo

callado y poco simpático, que no se llevaba muy bien ni con los alumnos ni con los profesores. No se pudo

encontrar ni rastro de los fugitivos, y hoy, jueves, sabemos tan poco como el martes. Naturalmente, fuimos

de inmediato a preguntar a la mansión Holdernesse. Se encuentra a sólo unas millas de distancia, v pensamos

que un repentino ataque de nostalgia le habría hecho volver con su padre. Pero allí no sabían nada de él. El

duque está excitadísimo, y en cuanto a mí, ya han visto ustedes el estado de postración nerviosa al que me

han reducido la incertidumbre y la responsabilidad. Señor Holmes, si alguna vez se ha empleado usted a

fondo, le suplico que lo haga ahora, porque nunca en su vida encontrará un caso que más lo merezca.

Sherlock Holmes había escuchado con el mayor interés el relato del afligido director de escuela.

Sus cejas fruncidas y el profundo surco que había entre ellas demostraban que no era preciso insistirle para

que concentrase toda su atención en un problema que, aparte de las enormes sumas que en él se barajaban,

tenía forzosamente que atraerle, dada su afición a lo enigmático y lo extraño. Sacó su cuaderno de notas y

garabateó en él algunas anotaciones.

—Ha sido una torpeza por su parte no acudir a mí antes —dijo en tono severo—. Me obliga a

iniciar mi investigación con una grave desventaja. Es impensable, por ejemplo, que esa hiedra y ese césped

no le revelaran nada a un observador experto.

—No ha sido culpa mía, señor Holmes. Su excelencia estaba empeñado en evitar a toda costa un

escándalo público. Le asustaba que sus desgracias familiares quedaran expuestas a la vista de todos. Siente

horror por ese tipo de cosas.

—¿Pero se ha realizado alguna investigación oficial?

—Sí, señor, pero sin ningún resultado. Al principio pareció que se había encontrado una pista, ya

que alguien declaró haber visto a un hombre joven y un niño saliendo de una estación cercana en uno de los

primeros trenes. Pero anoche supimos que se había seguido la pista de la pareja hasta Liverpool, y se ha

comprobado que no tienen nada que ver con el asunto. Entonces fue cuando, desesperado, defraudado y tras

una noche sin dormir, decidí tomar el primer tren y venir directamente a verle.

—Supongo que la investigación sobre el terreno aflojaría mientras se seguía esa pista falsa.

—Se interrumpió por completo.

—Con lo cual se han perdido tres días. No se podía haber manejado peor el asunto.

—Eso me parece a mí, lo reconozco.

—Sin embargo, debería poderse resolver el problema. Tendré mucho gusto en echarle un

vistazo. ¿Ha descubierto usted alguna conexión entre el chico perdido y este profesor alemán?

—Absolutamente ninguna.

—¿Ni siquiera estaba en su clase?

—No; por lo que yo sé, jamás intercambiaron una palabra.

—Desde luego, esto es muy curioso. ¿Tenía bicicleta el chico?

—No.

—¿Se ha echado en falta alguna otra bicicleta?

—No.

—¿Está usted seguro? —Completamente.

—Vamos a ver: ¿no pensará usted en serio que este alemán se marchó en bicicleta en plena noche

con el chico en brazos? —Claro que no.

—Entonces, ¿cuál es su teoría?

—Lo de la bicicleta pudo ser un truco para despistar. Pueden haberla escondido en cualquier

parte y luego marcharse a pie.

—Desde luego; pero parece un truco bastante absurdo, ¿no cree? ¿Había más bicicletas en

ese cobertizo?

—Varias.

—¿Y no cree que si hubieran querido dar la impresión de que se marcharon de ese modo

habrían escondido un par de bicicletas?

—Supongo que sí.

—Desde luego que sí. La teoría del truco para despistar no se sostiene. Sin embargo, el incidente

constituye un magnífico punto de partida para una investigación. Al fin y al cabo, una bicicleta no es fácil de

esconder o destruir.

Otra pregunta: ¿Recibió el chico alguna visita el día antes de su desaparición?

—No.

—¿Recibió alguna carta?

—Sí, una.

—¿De quién?

—De su padre.

—¿Abren ustedes las cartas de los alumnos?

—No.

—Y entonces, ¿cómo sabe que era de su padre?

—Porque el sobre llevaba el escudo de armas y la dirección estaba escrita con la letra del

duque, que es característicamente rígida. Además, el duque recuerda haber escrito.

—¿Recibió otras cartas antes de ésa?

—Ninguna en varios días.

—¿Y alguna vez ha recibido carta de Francia?

—No, nunca.

Supongo que se da usted cuenta de hacia dónde apuntan mis preguntas. Una de dos: o se llevaron

al chico a la fuerza o se marchó por su propia voluntad. En este último caso, cabría suponer que sólo una

llamada de fuera podría empujar a un muchacho tan joven a hacer semejante cosa. Si no recibió visitas, la

llamada tuvo que llegar por carta. Por tanto, estoy intentando averiguar quién la escribió.

—Me temo que no puedo ayudarle mucho. Que yo sepa, el único que le escribía era su padre.

—El cual le escribió el mismo día de su desaparición. ¿Se llevaban muy bien el padre y el hijo?

—Su excelencia no se lleva bien con nadie. Vive sumergido por completo en los grandes asuntos

públicos y resulta bastante inaccesible a las emociones normales. Pero, a su manera, siempre se portó bien

con el niño.

—Sin embargo, las simpatías de éste se inclinaban por la madre, ¿no?

—Sí.

—¿Lo dijo él?

—No.

—Entonces, ¿el duque?

—¡Santo cielo, no!

—Entonces, ¿cómo lo sabe usted?

—Tuve algunas conversaciones confidenciales con el señor James Wilder, secretario de su

excelencia. Fue él quien me informó acerca de los sentimientos de lord Saltire.

—Ya veo. Por cierto, esa última carta del duque, ¿se encontró en la habitación del muchacho

después de que éste desapareciera?

—No, se la había llevado. Creo, señor Holmes, que deberíamos ponernos en camino hacia

la estación de Euston.

—Pediré un coche. Dentro de un cuarto de hora estaremos a su servicio. Y si va usted a telegrafiar,

señor Huxtable, convendría que la gente de por allí creyera que las investigaciones aún siguen centradas en

Liverpool, o dondequiera que conduzca esa pista falsa. De ese modo, yo podré trabajar tranquilamente en las

puertas de su establecimiento, y tal vez el rastro no esté tan borrado como para que no podamos olfatearlo

dos viejos sabuesos como Watson y yo.

Aquella noche la pasamos en la fría y vigorizante atmósfera de la región de Peak, donde se

encuentra el famoso colegio del doctor Huxtable. Ya había oscurecido cuando llegamos. Sobre la mesa del

vestíbulo había una tarjeta, y el mayordomo susurró algo al oído del director, que se volvió hacia nosotros

con la alegría reflejada en todos sus macizos rasgos.

—¡El duque está aquí! —dijo—. El duque y el señor Wilder están en mi despacho. Vengan,

caballeros, y los presentaré. Como es natural, yo había visto muchos retratos del famoso estadista, pero el

hombre de carne y hueso era muy distinto de sus imágenes. Se trataba de una persona alta y majestuosa,

vestida de manera inmaculada, con un rostro flaco y chupado, y una nariz grotescamente larga y encorvada.

La mortal palidez de su piel contrastaba con la larga y ondulada barba roja que le caía por encima del

chaleco blanco, en el que una cadena de reloj brillaba a través de las guedejas. Así era el majestuoso

personaje que nos miraba con fría mirada desde el centro de la alfombra de la chimenea del doctor Huxtable.

A su lado había un hombre muy joven, que supuse que sería Wilder, el secretario privado. Era pequeño,

nervioso, inquisitivo, con ojos inteligentes de color azul claro y expresión cambiante. Fue él quien inició en

el acto la conversación, en tono cortante y decidido.

—Vine esta mañana, doctor Huxtable, pero llegué demasiado tarde para impedirle partir hacia

Londres. Me enteré de que tenía la intención de solicitar al señor Sherlock Holmes que se hiciera cargo

del caso. A su excelencia le sorprende, doctor Huxtable, que haya usted dado un paso semejante sin

consultarlo.

—Al saber que la policía había fracasado...

—Su excelencia no está en modo alguno convencido del fracaso de la policía.

—Pero señor Wilde...

—Sabe usted muy bien, doctor Huxtable, que su excelencia tiene especial interés en evitar todo

escándalo público. Prefiere que su intimidad la conozcan las menos personas posibles.

—La cosa tiene fácil remedio —dijo el acobardado doctor—.

El señor Sherlock Holmes puede regresar a Londres en el tren de la mañana.

—Nada de eso, doctor, nada de eso —dijo Holmes con su voz más meliflua—. Este aire del Norte

resulta muy vigorizante y agradable, y me parece que voy a pasar unos días en estos páramos, ocupando la

mente lo mejor que pueda. Naturalmente, a usted le toca decidir si me alojo bajo su techo o en la posada del

pueblo.

Pude darme cuenta de que el pobre doctor se encontraba sumido en la más profunda indecisión, de

donde fue rescatado por la voz grave y sonora del duque barbirrojo, que resonó como un gong llamando a

comer.

—Doctor Huxtable, estoy de acuerdo con el señor Wilder en que tendría usted que haberme

consultado. Pero ya que el señor Holmes está enterado de todo, sería verdaderamente absurdo no aprovechar

sus servicios. En lugar de ir a la posada, señor Holmes, me agradaría mucho que se quedara conmigo en la

mansión Holdernesse.

—Gracias, excelencia. Pero, a efectos de la investigación, creo que será más juicioso que me

quede en el escenario del misterio. —Como desee, señor Holmes. Por supuesto, cualquier información que

el señor Wilder

o yo podamos proporcionarle está a su disposición.

—Lo más probable es que tenga que ir a visitarlos a la mansión —dijo Holmes—. Por el

momento, señor, sólo deseo preguntarle si tiene formada alguna hipótesis que explique la misteriosa

desaparición de su hijo.

—No, señor; ninguna.

—Perdóneme si hago alusión a algo que le resulta doloroso, pero no tengo más remedio. ¿Cree

usted que la duquesa puede tener algo que ver con el asunto?

El ilustre ministro dio claras muestras de vacilación.

—No creo —dijo por fin.

—La otra explicación más evidente es que el chico haya sido secuestrado con objeto de

pedir rescate por él. ¿No ha recibido ninguna petición en ese sentido?

—No, señor.

—Una pregunta más, excelencia. Tengo entendido que escribió usted a su hijo el día mismo del

incidente.

—No; le escribí el día antes.

—Eso es. ¿Pero él recibió la carta ese día?

—Sí.

—¿Había algo en su carta que pueda haberlo trastornado o inducido a dar ese paso?

—No, señor, claro que no.

—¿Echó usted mismo la carta al correo?

La contestación del aristócrata quedó interrumpida por el secretario, que intervino algo

acalorado.

—Su excelencia no tiene por costumbre llevar personalmente las cartas al correo —dijo—. La carta

se dejó con las demás en la mesa del despacho, y yo mismo las eché al buzón.

—¿Está usted seguro de haber echado esta carta?

—Sí; me fijé en ella.

—¿Cuántas cartas escribió su excelencia aquel día?

—Veinte o treinta —dijo el duque—. Mantengo mucha correspondencia. Pero ¿no le parece esto un

poco irrelevante?

—No del todo —respondió Holmes.

—Por mi parte —prosiguió el duque—, he aconsejado a la policía que dirija su atención hacia el

sur de Francia. Ya he dicho que no creo que la duquesa haya incitado un acto tan monstruoso, pero el

chico tenía ideas muy equivocadas, y es posible que haya huido para irse con ella, inducido y ayudado por

ese alemán. Bien, doctor Huxtable, nos volvemos á la mansión.

Me di cuenta de que a Holmes aún le habría gustado hacer algunas preguntas más, pero el brusco

comportamiento del noble daba a entender que la entrevista había terminado. Era evidente que aquello de

discutir sus intimidades familiares con un extraño le resultaba absolutamente aborrecible a su exquisito

carácter aristocrático, y que temía que cualquier nueva pregunta arrojara una desagradable luz sobre los

rincones discretamente oscurecidos de su historia ducal.

En cuanto el aristócrata y su secretario se marcharon, mi amigo se lanzó de inmediato a la

investigación, con su vehemencia habitual.

Examinamos minuciosamente la habitación del muchacho, que no nos proporcionó información

alguna, aparte de dejarnos convencidos de que sólo pudo haber escapado por la ventana. Tampoco la

habitación y los objetos personales del profesor alemán nos ofrecieron ninguna pista nueva. En este caso,

un tallo de hiedra había cedido bajo su peso, y a la luz de la linterna pudimos ver en el césped la huella

dejada por sus talones al bajar al suelo. Aquella marca solitaria en el bien cortado césped constituía el único

testimonio material de la inexplicable fuga nocturna.

Sherlock Holmes salió del colegio solo y no regresó hasta después de las once. Se había hecho con

un mapa militar de la zona y lo trajo a mi cuarto, lo extendió sobre la cama, colgó encima una lámpara y se

puso a fumar mientras lo examinaba, señalando de cuando en cuando los puntos de interés con la humeante

boquilla de ámbar de su pipa.

—Cada vez me gusta más este caso, Watson —dijo—. Decididamente, presenta aspectos muy

interesantes. En esta fase inicial, quiero que se fije en estos detalles geográficos, que pueden tener mucha

importancia para nuestra investigación.

»Mire este mapa. Este cuadrado oscuro es el colegio Priory. Voy a marcarlo con un alfiler. Y esta

línea es la carretera principal. Ya ve que corre de Este a Oeste, pasando frente a la escuela, y que en ninguna

de las dos direcciones existe una desviación en más de una milla. Si los dos fugitivos se marcharon por

carretera, tuvo que ser por esta carretera.

—Exacto.

—Por una curiosa y afortunada casualidad, podemos saber hasta cierto punto lo que pasó por esta

carretera durante la noche de autos. Aquí, donde señalo con la pipa, había un policía rural de servicio desde

las doce hasta las seis. Como puede ver, se trata del primer cruce que existe por el lado este. El guardia

declara que no se movió de su puesto ni un instante, y está seguro de que ni el hombre ni el niño pudieron

pasar por allí sin que él los viera. He hablado esta noche con el policía en cuestión, y me ha parecido una

persona de absoluta confianza. Con eso queda descartado este camino. Pasemos a ocuparnos del otro. Aquí

hay una fonda, «El Toro Rojo», cuya propietaria estaba enferma. Había hecho llamar al médico de

Mackleton, pero éste no llegó hasta por la mañana, porque estaba ocupado con otro caso. La gente de la

fonda pasó toda la noche en vela, aguardando su llegada, y parece que en todo momento había alguien

vigilando la carretera. También ellos han declarado que no pasó nadie. Si hemos de creer en su declaración,

podemos descartar también el lado oeste, y estamos en condiciones de asegurar que los fugitivos no

utilizaron para nada la carretera.

—¿Y la bicicleta, qué? —objeté.

—Eso es. Ahora llegaremos a la bicicleta. Continuemos nuestro razonamiento: si estas personas no

se marcharon por la carretera, tuvieron que ir campo a través, hacia el norte o hacia el sur del colegio. De eso

no cabe duda. Consideremos las dos posibilidades. Al sur del colegio, como puede ver, hay una gran

extensión de tierra cultivable, dividida en campos pequeños, separados por tapias de piedra.

Por ahí hay que reconocer que la bicicleta no sirve para nada. Podemos descartar la idea. Veamos

ahora el terreno que hay al Norte. Aquí tenemos una arboleda, señalada en el mapa como Ragged Shaw, más

allá de la cual comienza un extenso páramo, Lower Gill Moor, que se prolonga unas diez millas con una

pendiente gradual hacia arriba. Aquí, a un lado de esta desolación, está la mansión Holdernesse, a diez millas

de distancia por carretera, pero sólo a seis atravesando el páramo. Toda esta llanura es tremendamente árida.

Hay unos pocos granjeros que tienen arrendadas pequeñas parcelas en el páramo, donde crían ovejas y vacas.

Exceptuándolos a ellos, los únicos habitantes que uno encuentra hasta llegar a la carretera de Chesterfield

son chorlitos y zarapitos. Aquí, como ve, hay una iglesia, unas pocas granjas y otra posada. Más allá

comienzan a empinarse las montañas. Así pues, nuestra investigación debe dirigirse hacia aquí, hacia el

Norte.

—¿Y la bicicleta, qué? —insistí.

—¡Ya va, ya va! —dijo Holmes con impaciencia—. Un buen ciclista no necesita carreteras. Hay

muchos senderos que atraviesan el páramo, y esa noche había luna llena. ¡Caramba! ¿Qué pasa?

Alguien llamaba frenéticamente a la puerta, y un instante después el doctor Huxtable había

entrado en la habitación. Traía en la mano una gorra azul de bicicleta, con una insignia blanca en lo alto.

—¡Al fin tenemos una pista! —exclamó—. ¡Gracias al cielo, por fin hemos encontrado el

rastro del pobre chico! ¡Esta es su gorra!

—¿Dónde la encontraron?

—En el carromato de unos gitanos que habían acampado en el páramo. Se marcharon el martes.

Hoy los localizó la policía, que registró la caravana v encontró esto.

—¿Qué explicación dieron?

—Evasivas y mentiras... Dicen que la encontraron en el páramo el martes por la mañana. ¡Los muy

canallas saben dónde está el chico! Gracias a Dios, están a buen recaudo, guardados bajo siete llaves. El

miedo a la justicia o la bolsa del duque acabarán por hacerles soltar todo lo que saben.

—De momento, no está mal —dijo Holmes cuando el doctor salió por fin de la habitación—. Por lo

menos, concuerda con la teoría de que es por el lado del páramo donde podemos esperar obtener resultados.

La verdad es que la policía de aquí no ha hecho nada, aparte de detener a esos gitanos. ¡Mire aquí, Watson!

Hay una corriente de agua que atraviesa el páramo. Aquí la tiene, marcada en el mapa. En algunas partes se

ensancha, formando una ciénaga. Con este tiempo tan seco sería inútil buscar huellas en cualquier otro sitio;

pero aquí sí que es posible que haya quedado algún rastro. Vendré a despertarlo mañana temprano y veremos

si entre usted y yo podemos arrojar alguna luz sobre este misterio.

Apenas había amanecido cuando me desperté, descubriendo junto a mi cama la figura alta y delgada

de Holmes. Estaba completamente vestido y, al parecer, ya había salido.

—Ya he visto el césped y el cobertizo de las bicicletas —dijo—. También he dado un paseo por la

arboleda de Ragged Shaw. Y ahora, Watson, tenemos servido chocolate en el cuarto de al lado. Debo rogarle

que se dé prisa, porque nos aguarda un gran día.

Le brillaban los ojos y tenía las mejillas coloreadas por la excitación con la que un maestro artesano

contempla la tarea preparada ante él. Aquel Holmes activo y despierto era un hombre muy diferente del

soñador pálido e introspectivo de Baker Street. Al mirar su elástica figura, que irradiaba energía nerviosa,

tuve la sensación de que, en efecto, nos aguardaba un día agotador.

Y sin embargo, comenzó con una terrible decepción. Nos adentramos llenos de esperanza en la

turba color canela del páramo, surcada por millares de senderos de ovejas, hasta llegar a la ancha franja de

color verde claro correspondiente a la ciénaga que se extendía entre nosotros v Holdernesse.

Indudablemente, si el muchacho se hubiera dirigido a su casa, habría pasado por allí, y no habría podido

pasar sin dejar huellas. Pero no se veía ni rastro de él ni del alemán. Mi amigo recorrió los bordes de la

ciénaga con expresión abatida, inspeccionando con ansiedad cada mancha de barro en el musgo que cubría

el suelo. Abundaban las huellas de ovejas, y varias millas más abajo encontramos también huellas de vacas.

Nada más.

—Chasco número uno —dijo Holmes, mirando con expresión abatida la ondulante extensión de

páramo—. Allí abajo hay otra ciénaga, con un estrecho cuello entre las dos. ¡Caramba, caramba, caramba!

¿Qué tenemos aquí?

Habíamos llegado a un corto y negro tramo de sendero, en cuyo centro, perfectamente impresa

sobre la tierra húmeda, se veía la huella de una bicicleta.

—¡Hurra! —exclamé—. ¡Ya lo tenemos!

Pero Holmes estaba sacudiendo la cabeza y su expresión, más que de alegría; era de desconcierto y

curiosidad.

—Una bicicleta, desde luego, pero no la bicicleta —dijo—. Conozco a la perfección cuarenta y dos

huellas de neumáticos diferentes. Esta, como puede ver, es de un Dunlop con un parche en la parte de fuera.

La bicicleta de Heidegger llevaba neumáticos Palmer, que dejan una huella con franjas longitudinales.

Aveling, el profesor de matemáticas, estaba seguro de eso. Por tanto, no son las huellas de Heidegger.

—¿Las del niño, entonces?

—Podría ser, si pudiéramos demostrar que disponía de una bicicleta. Pero en este aspecto hemos

fracasado por completo. Esta huella, como puede usted ver, la ha dejado un ciclista que venía desde la zona

del colegio.

—O que iba hacia allí.

—No, no, querido Watson. La impresión más profunda es, naturalmente, la de la rueda de atrás, que

es donde se apoya el peso del cuerpo. Fíjese en que en varios puntos ha pasado por encima de la huella de la

rueda delantera, que es menos profunda, borrándola. No cabe duda de que venía del colegio. [4] Puede que

esto tenga relación con nuestra investigación y puede que no, pero lo primero que vamos a hacer es seguir

esta huella hacia atrás.

[4]

Este asunto de las huellas de la bicicleta es uno de los que más controversias ha provocado

entre los holmesólogos. Efectivamente, aunque la impresión de la rueda trasera pise» la de una rueda

delantera, eso no ayuda a distinguir si van o vienen, va que la huella sería exactamente

igual en ambos casos, a menos que una de las ruedas tuviera alguna marca identificable y Holmes

supiera en qué lado se encontraba dicha marca, lo cual queda descartado. Posiblemente, Holmes se

fijó en otros indicios, que Watson no comprendió bien, y por eso ofrece aquí esta explicación tan poco

satisfactoria.

Así lo hicimos, pero a los pocos cientos de metros salimos de la zona pantanosa del páramo y

perdimos la pista. Recorrimos el sendero en dirección inversa y encontramos otro punto por donde lo

atravesaba un arroyo. Allí volvimos a descubrir las huellas de la bicicleta, aunque— casi borradas por las

pezuñas de las vacas. Más allá no se veía ni rastro, pero el sendero penetraba en el bosque de Ragged Shaw,

situado detrás del colegio. De este bosque tenía que haber salido la bicicleta. Holmes se sentó sobre una

piedra y apoyó la barbilla en las manos. Antes de que volviera a moverse, yo ya me había fumado dos

cigarrillos.

—Bien, bien —dijo por fin—. Desde luego, entra dentro de lo posible que un hombre astuto cambie

los neumáticos de su bicicleta para dejar huellas diferentes. Un delincuente al que se le ocurriera esto sería

un hombre con el que me sentiría orgulloso de medirme. Dejaremos pendiente esta cuestión y volveremos a

nuestra ciénaga, porque hemos dejado mucho sin explorar.

Continuamos nuestra sistemática inspección de las orillas de la zona cenagosa del páramo, y

nuestra perseverancia no tardó en verse magníficamente recompensada.

Un sendero embarrado cruzaba la parte baja de la ciénaga. Al acercarnos a él, Holmes dejó

escapar un grito de alegría. Es su mismo centro se veía una huella que parecía un fino haz de cables de

telégrafo. Era el neumático Palmer.

—¡Aquí sí que tenemos a herr Heidegger! —exclamó Holmes, radiante de júbilo—. Parece,

Watson, que mi razonamiento ha estado bastante acertado.

—Le felicito.

—Pero aún nos queda mucho camino por andar. Haga el favor de salirse del sendero. Y ahora,

sigamos la pista. Me temo que no nos llevará muy lejos.

Sin embargo, según avanzábamos, descubrimos que en aquella parte del páramo abundaban las

zonas blandas, y aunque perdíamos la pista con frecuencia, siempre conseguíamos encontrarla de nuevo.

—¿Se fija usted —dijo Holmes— en que el ciclista está apretando la marcha de manera

inequívoca? No cabe ninguna duda. Fíjese aquí, donde las dos huellas se ven con claridad. Están las dos

igual de marcadas. Eso sólo puede significar que el ciclista está doblado sobre el manillar, como en una

carrera de velocidad. ¡Por Júpiter! ¡Se ha caído!

Un manchón de forma irregular cubría algunos metros de sendero. Más allá había unas pocas

pisadas y luego reaparecían los neumáticos.

—Un patinazo de costado —aventuré.

Holmes recogió una rama aplastada de tojo en flor. Observé horrorizado que las flores amarillas

estaban todas manchadas de sangre. También en el sendero y entre los brezos se veían manchas de sangre

coagulada.

—¡Mala cosa! —dijo Holmes—. ¡Mala cosa! ¡Apártese, Watson! ¡No quiero pisadas innecesarias!

¿Qué sacamos de aquí? Cayó herido, se levantó, volvió a montar y siguió su camino. Pero no se ve ninguna

otra huella. Sí, por aquí ha pasado ganado. ¿No le habrá corneado un toro? ¡Imposible! Pero no se ve

ninguna otra clase de huellas. Sigamos adelante, Watson. Ahora que tenemos manchas de sangre además de

las huellas de neumáticos, no es posible que se nos escape.

No tuvimos que buscar mucho. Las huellas de la bicicleta empezaron a describir fantásticas curvas

sobre el sendero húmedo y brillante. De pronto, al mirar hacia adelante, distinguí un brillo metálico entre los

espesos arbustos, de donde sacamos una bicicleta, con neumáticos Palmer, un pedal doblado v toda la parte

delantera espantosamente manchada y embadurnada de sangre. Por el otro lado de los arbustos asomaba un

zapato. Dimos corriendo la vuelta al matorral y allí encontramos al desdichado ciclista. Era un hombre alto,

con barba poblada y gafas, uno de cuyos cristales se había desprendido. La causa de su muerte había sido un

terrible golpe en la cabeza que le había aplastado el cráneo. El hecho de que hubiera sido capaz de seguir

adelante después de recibir semejante herida decía mucho de la vitalidad y el valor de aquel hombre. Llevaba

zapatos, pero no calcetines, y bajo su chaqueta desabrochada se veía una camisa de noche. Sin duda alguna,

se trataba del profesor alemán.

Holmes dio la vuelta al cuerpo con respeto y lo examinó con gran atención. Después permaneció

bastante tiempo sentado, sumido en profundas reflexiones, y de su frente arrugada pude deducir que, en su

opinión, aquel macabro descubrimiento no nos había hecho avanzar gran cosa en nuestra investigación.

—Es un poco difícil decir qué hacer ahora, Watson —dijo por fin—. Si fuera por mí, seguiríamos

adelante con nuestra investigación, porque ya hemos perdido tanto tiempo que no podemos perder ni una

hora más. Sin embargo, nuestra obligación es informar a la policía de este descubrimiento y procurar que el

cuerpo de este pobre hombre reciba las atenciones debidas.

—Yo podría llevar una nota.

—Pero es que necesito su compañía y su ayuda. ¡Un momento! Allá lejos hay un tipo cortando

turba. Hágalo venir aquí y él traerá a la policía.

Fui a buscar al campesino y Holmes lo envió, muerto del susto, con una nota para el doctor

Huxtable.

—Y ahora, Watson —dijo—, esta mañana hemos encontrado dos pistas. Una, la de la bicicleta con

los neumáticos Palmer, que ya hemos visto a dónde lleva. Otra, la de la bicicleta con el neumático Dunlop

parcheado. Antes de ponernos a investigar ésa, hagamos balance de lo que sabemos para tratar de sacarle el

máximo partido y poder separar lo esencial de lo accidental.

En primer lugar, quiero que quede bien claro para usted que el muchacho se marchó, sin duda

alguna, por su propia voluntad. Se descolgó por la ventana y se largó, solo o acompañado. De eso no cabe la

menor duda.

Asentí con la cabeza.

—Muy bien, pasemos ahora a este desdichado profesor alemán. El chico estaba

completamente vestido cuando huyó. Pero el alemán salió sin calcetines. Está claro que tuvo que actuar

con mucha precipitación.

—No cabe duda.

—¿Por qué salió? Porque presenció la fuga del chico desde la ventana de su dormitorio. Porque

(quería alcanzarlo y hacerle volver. Montó en su bicicleta, salió en persecución del muchacho y,

persiguiéndolo, encontró la muerte.

—Eso parece.

—Ahora llegamos a la parte crítica de mi argumentación. Lo natural es que un hombre que

persigue a un niño eche a correr detrás de él. Sabe que podrá alcanzarlo. Pero este alemán no actúa así, sino

que coge su bicicleta. Me han dicho que era un excelente ciclista. No habría hecho (eso de no haber visto

que el chico disponía de algún medio de escape rápido.

—La otra bicicleta.

—Continuamos con nuestra reconstrucción. Encuentra la muerte a cinco millas del colegio... no de

un tiro, fíjese, que eso tal vez podría haberlo hecho un muchacho, sino de un golpe salvaje, asestado por un

brazo vigoroso. Así pues, el muchacho iba acompañado en su huida. Y la huida fue rápida, ya que un

consumado ciclista necesitó cinco millas para alcanzarlos. Sin embargo, examinamos el terreno en torno al

lugar de la tragedia y ¿qué encontramos? Nada más que unas cuantas pisadas de vaca. Eché un buen vistazo

alrededor, y no hay ningún sendero en cincuenta metros. El crimen no pudo cometerlo otro ciclista. Y

tampoco hay pisadas humanas.

—¡Holmes! —exclamé—. ¡Esto es imposible!

—¡Admirable! —dijo él—. Un comentario de lo más esclarecedor. Es imposible tal como yo lo

expongo, y por tanto debo haber cometido algún error en mi exposición. Sin embargo, usted ha visto lo

mismo que yo. ¿Es capaz de— sugerir dónde está el fallo?

—¿No podría haberse roto el cráneo al caerse?

—¿En una ciénaga, Watson?

—No se me ocurre otra cosa.

—¡Bah, bah! Peores problemas hemos resuelto. Por lo menos, disponemos de material

abundante, siempre que sepamos utilizarlo. En marcha, pues, y puesto que el Palmer ya no da más de

sí, veamos lo que puede ofrecernos el Dunlop con el parche.

Encontramos la pista y la seguimos durante un buen trecho; pero en seguida el páramo empezó a

elevarse, formando una larga curva cubierta de brezo, y dejamos atrás la corriente de agua. En aquel terreno,

las huellas ya no podían ayudarnos más. En el punto donde vimos las últimas señales de neumáticos Dunlop,

éstas lo mismo habrían podido dirigirse a la mansión Holdernesse, cuyas señoriales torres se alzaban a varias

millas de distancia por nuestra izquierda, que a una aldea de casas bajas y grises situada frente a nosotros y

que indicaba la situación de la carretera de Chesterfield.

Al acercarnos a la destartalada y cochambrosa posada, sobre cuya puerta se veía la figura de un

gallo de pelea, Holmes soltó un súbito gemido y se agarró a mi hombro para no caer. Había sufrido una de

esas violentas torceduras de tobillo que le dejan a uno incapacitado. Cojeando con dificultad, llegó hasta la

puerta, donde un hombre moreno, achaparrado y entrado en años, fumaba una pipa de arcilla negra.

—¿Cómo está usted, señor Reuben Hayes? —dijo Holmes.

—¿Quién es usted y cómo conoce tan bien mi nombre? —replicó el campesino, con un brillo

receloso en sus astutos ojos.

—Bueno, está escrito en el letrero que tiene sobre su cabeza. Y se nota cuando un hombre es el

dueño de la casa. Supongo que no tendrá usted en sus establos nada parecido a un coche.

—No, no lo tengo.

—Apenas puedo apoyar el pie en el suelo.

—Pues no lo apoye en el suelo.

—Entonces no podré andar.

—Pues salte.

Los modales del señor Reuben Hayes no tenían nada de graciosos, pero Holmes se lo tomó con

un buen humor admirable. —Mire, amigo — dijo—. Me encuentro en un apuro algo ridículo y no me

importa cómo salir de él.

—A mí tampoco —dijo el huraño posadero.

—Se trata de un asunto muy importante. Le pagaría un soberano si me dejara una bicicleta.

El posadero aguzó el oído.

—¿Dónde quiere ir usted?

—A la mansión Holdernesse.

—Supongo que son amigos del duque —dijo el posadero, observando con mirada irónica nuestras

ropas manchadas de barro.

Holmes se echó a reír alegremente.

—En cualquier caso, se alegrará de vernos.

—¿Por que?

—Porque le traemos noticias de su hijo desaparecido.

—¿Cómo? ¿Le siguen ustedes la pista?

—Se han tenido noticias suyas en Liverpool y esperan encontrarlo de un momento a otro.

De nuevo se produjo un rápido cambio en el rostro macizo y sin afeitar. Sus modales se hicieron

de pronto más simpáticos.

—Tengo menos motivos que casi nadie para desearle buena suerte al duque —dijo—, porque en

otro tiempo fui su jefe de cocheras y se portó muy mal conmigo. Me echó a la calle sin un certificado,

fiándose de la palabra de un tratante de piensos mentiroso. Pero me alegra saber que se ha localizado al joven

señor en Liverpool, y les ayudaré a llevar la noticia a la mansión.

—Se lo agradezco —dijo Holmes—. Pero primero comeremos algo. Luego me traerá usted la

bicicleta.

—No tengo bicicleta.

Holmes le enseñó un soberano.

—Le digo que no tengo, hombre. Les prestaré dos caballos para llegar a la mansión.

Fue asombrosa la rapidez con que aquel tobillo torcido se curó en cuanto nos quedamos solos en la

cocina embaldosada. Estaba a punto de anochecer y no habíamos probado bocado desde primeras horas de

la mañana, de manera que dedicamos un buen rato a la comida. Holmes estaba sumido en sus pensamientos,

y un par de veces se acercó a la ventana para mirar con gran interés hacia fuera. Daba a un patio mugriento,

en cuyo rincón más alejado había una herrería, donde trabajaba un muchacho muy sucio. Al otro lado

estaban los establos. Holmes acababa de sentarse después de una de estas excursiones, cuando de pronto

saltó de la silla, lanzando una ruidosa exclamación.

—¡Por el cielo, Watson, creo que ya lo tengo! ¡Sí, sí, tiene que ser así! Watson, ¿recuerda usted

haber visto hoy huellas de vaca?

—Sí, bastantes.

—¿Dónde?

—Bueno, por todas partes. Las había en la ciénaga, y también en el sendero, y también cerca

de donde murió el pobre Heidegger.

—Exacto. Y ahora, Watson, ¿cuántas vacas ha visto usted en el páramo?

—No recuerdo haber visto ninguna.

—Qué raro, Watson, que hayamos visto huellas de vaca por todo nuestro recorrido, pero ni una

sola vaca en todo el páramo. ¿No le parece muy raro, Watson?

—Sí, es raro.

—Ahora, Watson, haga un esfuerzo. Intente recordar. ¿Puede ver esas pisadas en el sendero?

—Sí que puedo.

—¿Y no recuerda, Watson, que a veces las pisadas eran así —colocó una serie de miguitas de pan

de esta forma :::::— y otras veces así : . : . : . y muy de cuando en cuando así . . . ¿Se acuerda de eso?

—No, no me acuerdo.

—Pues yo sí. Podría jurarlo. No obstante, podemos volver cuando queramos a comprobarlo.

He estado más ciego que un topo al no darme cuenta antes.

—¿Y de qué se ha dado cuenta?

—De lo extraordinaria que es esa vaca, que tan pronto anda al paso como al trote como al galope.

¡Por San Jorge, Watson, que una treta como ésa no ha podido salir del cerebro de un tabernero rural! Parece

que el terreno está despejado, con excepción de ese chico de la herrería. Escurrámonos fuera, a ver qué

encontramos.

En el destartalado establo había dos caballos de pelo áspero y alborotado. Holmes levantó la pata

trasera de uno de ellos y se echó a reír en voz alta.

—Zapatos viejos, pero recién calzados: herraduras viejas, pero clavos nuevos. Este caso merece

pasar a la historia. Acerquémonos a la herrería.

El muchacho seguía trabajando sin fijarse en nosotros. Vi que la mirada de Holmes pasaba como un

rayo de derecha a izquierda, revisando los fragmentos de hierro y madera que había desparramados por el

suelo. Pero de pronto oímos pasos detrás de nosotros y apareció el propietario, con las pobladas cejas

fruncidas sobre sus feroces ojos y sus morenas facciones retorcidas por la ira.

Llevaba en la mano una garrota corta con puño metálico y avanzaba de manera tan amenazadora

que me alegré de palpar el revólver en mi bolsillo.

—¡Condenados espías! —gritó el hombre—. ¿Qué están haciendo aquí?

—¡Caramba, señor Reuben Hayes! —dijo Holmes muy tranquilo—. Cualquiera pensaría que

tiene usted miedo de que descubramos algo.

El hombre se dominó con un violento esfuerzo y su crispada boca se aflojó en una risa falsa,

aún más amenazadora que su ceño.

—Pueden ustedes descubrir lo que quieran en mi herrería —dijo—. Pero mire, señor, no me gusta

que la gente ande fisgando por mi casa sin mi permiso, así que, cuanto antes paguen ustedes su cuenta y se

larguen de aquí, más contento quedaré.

—Muy bien, señor Hayes, no teníamos intención de molestar —dijo Holmes—. Hemos estado

echando un vistazo a sus caballos; pero me parece que, después de todo, iremos andando. Creo que no está

muy lejos.

—No hay más que dos millas hasta las puertas de la mansión. Por la carretera de la izquierda.

No nos quitó de encima sus ojos huraños hasta que salimos de su establecimiento.

No llegamos muy lejos por la carretera, ya que Holmes se detuvo en cuanto la curva nos ocultó

de la vista del posadero.

—Como dicen los niños, en esa posada se estaba caliente, caliente — dijo—. A cada paso que doy

alejándome de ella, me siento más frío. No, no; de aquí yo no me marcho.

—Estoy convencido —dije yo— de que ese Reuben Hayes lo sabe todo. En mi vida he visto

un bandido al que se le note tanto.

—¡Vaya! ¿Esa impresión le dio, eh? Y además, tenemos los caballos, y tenemos la herrería. Sí,

señor, un sitio muy interesante este «Gallo de Pelea». Creo qué deberíamos echarle otro vistazo sin molestar

a nadie.

Detrás de nosotros se extendía una prolongada ladera, salpicada de peñascos de caliza gris.

Habíamos salido de la carretera y empezábamos a subir la cuesta cuando, al mirar en dirección a la

mansión Holdernesse, vi un ciclista que se acercaba a toda velocidad.

—¡Agáchese, Watson! —exclamó Holmes, posando una pesada mano sobre mi hombro.

Apenas nos había dado tiempo a ocultarnos cuando el ciclista pasó como un rayo ante nosotros.

En medio de una turbulenta nube de polvo pude vislumbrar un rostro pálido y agitado, con la boca abierta

y los ojos mirando enloquecidos hacia delante. Era como una extraña caricatura del impecable James

Wilder que habíamos conocido la noche anterior.

—¡El secretario del duque! —exclamó Holmes—. ¡Vamos, Watson, a ver qué hace!

Nos escabullimos de roca en roca y en pocos momentos alcanzamos una posición desde la que

podíamos divisar la puerta delantera de la posada. Junto a ella, apoyada en la pared, estaba la bicicleta de

Wilder. No se advertía ningún movimiento en la casa ni pudimos distinguir ningún rostro en las ventanas.

Poco a poco, el crepúsculo fue avanzando y el sol hundiéndose tras las altas torres de Holdernesse

Hall. Entonces, en la oscuridad, vimos que en el patio de la posada se encendían los dos faroles laterales de

un carricoche y poco después oímos el repicar de los cascos, mientras el coche salía a la carretera y se

alejaba a galope tendido en dirección a Chesterfield.

—¿Qué piensa usted de esto, Watson? —susurró Holmes.

—Parece una huida.

—Un hombre solo en un cochecillo, por lo que he podido ver. Y desde luego, no era el señor

James Wilder, porque está ahí, en la puerta.

En la oscuridad había surgido un rojo cuadrado de luz, y en medio de él se encontraba la negra

figura del secretario, con la cabeza adelantada, escudriñando en la noche. Era evidente que estaba esperando

a alguien. Por fin se oyeron pasos en la carretera, una segunda figura se hizo visible por un instante,

recortada en la luz, se cerró la puerta y todo quedó de nuevo a oscuras. Cinco minutos más tarde se encendió

una lámpara en una habitación del primer piso.

—La clientela del «Gallo de Pelea» parece de lo más curiosa —dijo Holmes.

—El bar está por el otro lado.

—Efectivamente. Éstos deben de ser lo que podríamos llamar huéspedes privados. Ahora bien, ¿qué

demonios hace el señor James Wilder en ese antro a estas horas de la noche, y quién es el individuo que se

cita aquí con él? Vamos, Watson, tenemos que arriesgarnos y procurar investigar esto un poco más de cerca.

Nos deslizamos juntos hasta la carretera y la cruzamos sigilosamente hasta la puerta de la posada.

La bicicleta seguía apoyada en la pared. Holmes encendió una cerilla y la acercó a la rueda trasera. Le oí reír

por lo bajo cuando la luz cayó sobre un neumático Dunlop con un parche. Por encima de nosotros estaba la

ventana iluminada.

—Tengo que echar un vistazo ahí dentro, Watson. Si dobla usted la espalda y se apoya en la

pared, creo que podré arreglármelas.

Un instante después, tenía sus pies sobre mis hombros. Pero apenas se había subido cuando

volvió a bajar.

—Vamos, amigo mío —dijo—. Ya hemos trabajado bastante por hoy. Creo que hemos

cosechado todo lo posible. Hay un largo trayecto hasta el colegio, y cuanto antes nos pongamos en

marcha, mejor.

Durante la penosa caminata a través del páramo, Holmes apenas si abrió la boca. Tampoco quiso

entrar en el colegio cuando llegamos a él, sino que seguimos hasta la estación de Mackleton, desde donde

Holmes envió varios telegramas. Aquella noche, ya tarde, le oí consolar al doctor Huxtable, abrumado por

la trágica muerte de su profesor, y más tarde entró en mi habitación, tan despierto y vigoroso como

cuando salimos por la mañana.

—Todo va bien, amigo mío —dijo—. Le prometo que antes de mañana por la tarde habremos

dado con la solución del misterio.

A las once de la mañana del día siguiente, mi amigo y yo avanzábamos por la famosa avenida de

los tejos de Holdernesse Hall. Nos franquearon el magnífico portal isabelino y nos hicieron pasar al despacho

de su excelencia. Allí encontramos al señor James Wilder, serio y cortés, pero todavía con algunas huellas

del terrible espanto de la noche anterior acechando en su mirada furtiva y sus facciones temblorosas.

—¿Vienen ustedes a ver a su excelencia? Lo siento, pero el caso es que el duque no se encuentra

nada bien. Le han trastornado muchísimo las trágicas noticias. Ayer por la tarde recibimos un telegrama del

doctor Huxtable informándonos de lo que ustedes habían descubierto.

—Tengo que ver al duque, señor Wilder.

—Es que está en su habitación.

—Entonces, tendré que ir a su habitación.

—Creo que está en la cama.

—Pues lo veré en la cama.

La actitud fría e inexorable de Holmes convenció al secretario de que era inútil discutir con él.

—Muy bien, señor Holmes; le diré que están ustedes aquí.

Tras media hora de espera, apareció el gran personaje. Su rostro estaba más cadavérico que nunca,

tenía los hombros hundidos y, en conjunto, parecía un hombre mucho más viejo que el de la mañana

anterior. Nos saludó con señorial cortesía y se sentó ante su escritorio, con su barba roja cayéndole sobre la

mesa.

—¿Y bien, señor Holmes? —dijo.

Pero los ojos de mi amigo estaban clavados en el secretario, que permanecía de pie junto al

sillón de su jefe.

—Creo, excelencia, que hablaría con más libertad si no estuviera presente el señor Wilder.

El aludido palideció un poco más y dirigió a Holmes una mirada malévola.

—Si su excelencia lo desea...

—Sí, sí, será mejor que se retire. Y ahora, señor Holmes, ¿qué tiene usted que decir?

Mi amigo aguardó hasta que la puerta se hubo cerrado tras la salida del secretario.

—El caso es, excelencia, que mi compañero el doctor Watson y yo recibimos del doctor

Huxtable la seguridad de que se había ofrecido una recompensa, y me gustaría oírlo confirmado por su

propia boca.

—Desde luego, señor Holmes.

—Si no estoy mal informado, ascendía a cinco mil libras para la persona que le diga dónde se

encuentra su hijo.

—Exacto.

—Y otras mil para quien identifique a la persona o personas que lo tienen retenido.

—Exacto.

—Y sin duda, en este último apartado están incluidos no sólo los que se lo llevaron, sino también

los que conspiran para mantenerlo en su actual situación.

—¡Sí, sí! —exclamó el duque con impaciencia—. Si hace usted bien su trabajo, señor Sherlock

Holmes, no tendrá motivos para quejarse de que se le ha tratado con tacañería.

Mi amigo se frotó las huesudas manos con una expresión de codicia que me sorprendió,

conociendo como conocía sus costumbres frugales.

—Me parece ver el talonario de cheques de su excelencia sobre la mesa —dijo—. Me gustaría

que me extendiera un cheque por la suma de seis mil liras, y creo que lo mejor sería que lo cruzase. Tengo

mi cuenta en el Capital and Counties Bank, sucursal de Oxford Street.

Su excelencia se irguió muy serio en su sillón y dirigió a mi amigo una mirada gélida.

—¿Se trata de una broma, señor Holmes? No es un asunto como para hacer chistes.

—En absoluto, excelencia. En mi vida he hablado más en serio.

—Entonces, ¿qué significa esto?

—Significa que me he ganado la recompensa. Sé dónde está su hijo y conozco por lo menos a

algunas de las personas que lo retienen.

La barba del duque parecía más rabiosamente roja que nunca, en contraste con la palidez

cadavérica de su rostro.

—¿Dónde está? —preguntó con voz entrecortada.

—Está, o al menos estaba anoche, en la posada del «Gallo de Pelea», a unas dos millas de las

puertas de su finca.

El duque se dejó caer hacia atrás en su asiento.

—¿Y a quién acusa usted?

La respuesta de Sherlock Holmes fue asombrosa. Dio un rápido paso hacia delante y tocó al

duque en el hombro.

—Lo acuso a usted —dijo—. Y ahora, excelencia, tengo que insistir en lo del cheque.

Jamás olvidaré la expresión del duque cuando se levantó de un salto agarrando el aire con la mano,

como quien cae en un abismo. Después, con un extraordinario esfuerzo de aristocrático autodominio, se

sentó y sepultó la cabeza entre las manos. Transcurrieron algunos minutos antes de que hablara.

—¿Cuánto sabe usted? —preguntó por fin, sin levantar la cabeza.

—Los vi a ustedes dos juntos anoche.

—¿Lo sabe alguien más, aparte de su amigo? —No se lo he contado a nadie.

El duque tomó una pluma con sus dedos temblorosos y abrió su talonario de cheques.

—Cumpliré mi palabra, señor Holmes. Voy a extenderle su cheque, por mucho que me desagrade

la información que usted me ha traído. Poco sospechaba, cuando ofrecí la recompensa, el giro que iban a

tomar los acontecimientos. Supongo, señor Holmes, que usted y su amigo son personas discretas.

—Temo no entender a su excelencia.

—Lo diré claramente, señor Holmes. Si sólo ustedes dos están al corriente de los hechos, no hay

razón para que esto siga adelante. Creo que la suma que les debo asciende a doce mil libras, ¿no es así?

Pero Holmes sonrió y sacudió la cabeza.

—Me temo, excelencia, que las cosas no podrán arreglarse con tanta facilidad. Hay que tener en

cuenta la muerte de ese profesor.

—Pero James no sabía nada de eso. No puede usted culparle de ello. Fue obra de ese canalla

brutal que tuvo la desgracia de utilizar.

—Excelencia, yo tengo que partir del supuesto de que cuando un hombre se embarca en un

delito es moralmente culpable de cualquier otro delito que se derive del primero.

—Moralmente, señor Holmes. Desde luego, tiene usted razón. Pero no a los ojos de la ley, sin duda.

No se puede condenar a un hombre por un crimen en el que no estuvo presente y que le resulta tan odioso y

repugnante como a usted. En cuanto se enteró de lo ocurrido me lo confesó todo, lleno de espanto y

remordimiento. No tardó ni una hora en romper por completo con el asesino. ¡Oh, señor Holmes, tiene usted

que salvarle! ¡Tiene que salvarle, le digo que tiene que salvarle! —el duque había abandonado todo intento

de dominarse y daba zancadas por la habitación, con el rostro convulso y agitando furiosamente los puños en

el aire. Por fin consiguió controlarse y se sentó de nuevo ante su escritorio—. Agradezco lo que ha hecho al

venir aquí antes de hablar con nadie más. Al menos, así podremos cambiar impresiones sobre la manera de

reducir al mínimo este horroroso escándalo.

—Exacto —dijo Holmes—. Creo, excelencia, que eso sólo podremos lograrlo si hablamos con

absoluta y completa sinceridad. Estoy dispuesto a ayudar a su excelencia todo lo que pueda, pero para

hacerlo necesito conocer hasta el último detalle del asunto. Creo haber entendido que se refería usted al señor

James Wilder, y que él no es el asesino.

—No; el asesino ha escapado.

Sherlock Holmes sonrió con humildad.

—Se nota que su excelencia no está enterado de la modesta reputación que poseo, pues de lo

contrario no pensaría que es tan fácil escapar de mí. El señor Reuben Hayes fue detenido en Chesterfield, por

indicación mía, a las once en punto de anoche. Recibí un telegrama del jefe local de policía esta mañana

antes de salir del colegio.

El duque se recostó en su silla y miró atónito a mi amigo.

—Parece que tiene usted poderes más que humanos —dijo—. ¿Así que han cogido a Reuben

Hayes? Me alegro de saberlo, siempre que ello no perjudique a James.

—¿Su secretario?

—No, señor. Mi hijo.

Ahora le tocaba a Holmes asombrarse.

—Confieso que esto es completamente nuevo para mí, excelencia. Debo rogarle que sea más

explícito.

—No le ocultaré nada. Estoy de acuerdo con usted en que la absoluta sinceridad, por muy penosa

que me resulte, es la mejor política en esta desesperada situación a la que nos ha conducido la locura y los

celos de James. Cuando yo era joven, señor Holmes, tuve un amor de esos que sólo se dan una vez en la

vida. Me ofrecí a casarme con la dama, pero ella se negó, alegando que un matrimonio semejante podría

perjudicar mi carrera. De haber seguido ella viva, jamás me habría casado con otra. Pero murió y me dejó

este hijo, al que yo he cuidado y mimado por amor a ella. No podía reconocer la paternidad ante el mundo,

pero le di la mejor educación y desde que se hizo hombre lo he mantenido cerca de mí. Descubrió mi secreto,

y desde entonces se ha aprovechado de la influencia que tiene sobre mí y de su posibilidad de provocar un

escándalo, que es algo que yo aborrezco. Su presencia ha tenido bastante que ver en el fracaso de mi

matrimonio. Por encima de todo, odiaba a mi joven y legítimo heredero, desde el primer momento y con un

odio incontenible. Se preguntará usted por qué mantuve a James bajo mi techo en semejantes circunstancias.

La respuesta es que en él veía el rostro de su madre, y por devoción a ella aguanté sufrimientos sin fin. No

sólo su rostro, sino todas sus maravillosas cualidades... no había una que él no me sugiriera y recordara. Pero

tenía tanto miedo de que le hiciera algún daño a Arthur..., es decir, a lord Saltire... que, por su seguridad,

envié a éste al colegio del doctor Huxtable.

»James se puso en contacto con este individuo Hayes, porque el hombre era arrendatario mío y

James actuaba como apoderado. Este sujeto fue siempre un canalla, pero por alguna extraña razón James

hizo amistad con él. Siempre le atrajeron las malas compañías. Cuando James decidió secuestrar a lord

Saltire, recurrió a los servicios de este hombre. Recordará usted que yo escribí a Arthur el último día. Pues

bien, James abrió la carta e introdujo una nota citando a Arthur en un bosquecillo llamado Ragged Shaw, que

se encuentra cerca del colegio. Utilizó el nombre de la duquesa y de este modo consiguió que el muchacho

acudiese. Aquella tarde, James fue al bosque en bicicleta —le estoy contando lo que él mismo me ha

confesado— y le dijo a Arthur que su madre quería verlo, que le aguardaba' en el páramo y que si volvía al

bosque a medianoche encontraría a un hombre con un caballo que lo llevaría hasta ella. El pobre Arthur cayó

en la trampa. Acudió a la cita y encontró a este individuo, con un poni para él. Arthur montó, y los dos

partieron juntos. Parece ser, aunque de esto James no se enteró hasta ayer, que los siguieron, que Hayes

golpeó al perseguidor con su bastón y que el hombre murió a consecuencia de las heridas. Hayes llevó a

Arthur a esa taberna, "El Gallo de Pelea", donde lo encerraron en una habitación del primer piso, al cuidado

de la señora Hayes, una mujer bondadosa pero completamente dominada por su brutal marido.

»Pues bien, señor Holmes, así estaban las cosas cuando nos vimos por primera vez, hace dos días.

Yo sabía tan poco como usted. Me preguntará usted qué motivos tenía James para cometer semejante

fechoría. Yo le respondo que había mucho de locura y fanatismo en el odio que sentía por mi heredero. En su

opinión, él era quien debería heredar todas mis propiedades, y experimentaba un profundo resentimiento por

las leyes sociales que lo hacían imposible. Pero, al mismo tiempo, tenía también un motivo concreto.

Pretendía que yo alterase el sistema de herencia, creyendo que entraba dentro de mis poderes hacerlo, y se

proponía hacer un trato conmigo: devolverme a Arthur si yo alteraba el sistema, de manera que pudiera dejar

—, le las tierras en testamento. Sabía muy bien que yo, por iniciativa propia, jamás recurriría a la policía

contra él. He dicho que pensaba proponerme este trato, pero en realidad no llegó a hacerlo, porque todo

ocurrió demasiado deprisa para él y no tuvo tiempo de poner en práctica sus planes.

»Lo que dio al traste con toda su malvada maquinación fue que usted descubriera el cadáver de ese

Heidegger. La noticia dejó a James horrorizado. La recibimos ayer, estando los dos en este despacho. El

doctor Huxtable envió un telegrama. James quedó tan abrumado por el dolor y la angustia, que las sospechas

que yo no había podido evitar sentir se convirtieron al instante en certeza, y lo acusé del crimen. Hizo una

confesión completa y voluntaria, y a continuación me suplicó que mantuviera su secreto durante tres días

más, para darle a su miserable cómplice una oportunidad de salvar su criminal vida. Accedí a sus súplicas,

como siempre he accedido, y al instante James salió disparado hacia "El Gallo de Pelea" para avisar a Hayes

y proporcionarle medios de huida. Yo no podía presentarme allí a la luz del día sin provocar comentarios,

pero en cuanto se hizo de noche acudí corriendo a ver a mi querido Arthur. Lo encontré sano y salvo, pero

aterrado hasta lo indecible por el espantoso crimen que había presenciado. Ateniéndome a mi promesa, y de

muy mala gana, consentí en dejarlo allí tres días, al cuidado de la señora Hayes, ya que, evidentemente, era

imposible informar a la policía de su paradero sin decirles también quién era el asesino, y yo no veía la

manera de castigar al criminal sin que ello acarreara la ruina a mi desdichado James. Me pidió usted

sinceridad, señor Holmes, y le he cogido la palabra. Ya se lo he contado todo, sin circunloquios ni

ocultaciones. A su vez, sea usted igual de sincero conmigo.

—Lo seré —dijo Holmes—. En primer lugar, excelencia, tengo que decirle que se ha colocado

usted en una posición muy grave a los ojos de la ley. Ha ocultado un delito y ha colaborado en la huida de

un asesino. Porque no me cabe duda de que si James Wilder llevó algún dinero para ayudar a la fuga de su

cómplice, este dinero salió de la cartera de su excelencia.

El duque asintió con la cabeza.

—Se trata de un asunto verdaderamente grave. Pero en mi opinión, excelencia, aún más

culpable es su actitud para con su hijo pequeño. Lo ha dejado tres días en ese antro...

—Bajo solemnes promesas...

—¿Qué son las promesas para esa clase de gente? No tiene usted ninguna garantía de que no

se lo vuelvan a llevar. Para complacer a su culpable hijo mayor, ha expuesto a su inocente hijo menor a

un peligro inminente e innecesario. Ha sido un acto absolutamente injustificable.

El orgulloso señor de Holdernesse no estaba acostumbrado a que lo tratasen de ese modo en su

propio palacio ducal. Se le subió la sangre a su altiva frente, pero la conciencia le hizo permanecer mudo.

—Le ayudaré, pero sólo con una condición: que llame usted a su lacayo y me permita darle las

órdenes que yo quiera.

Sin pronunciar palabra, el duque apretó un timbre eléctrico. Un sirviente entró en la habitación.

—Le alegrará saber —dijo Holmes— que su joven señor ha sido encontrado. El duque desea que

salga inmediatamente un coche hacia la posada "El Gallo de Pelea" para traer a casa a lord Saltire. Y ahora

—prosiguió Holmes cuando el jubiloso lacayo hubo desaparecido—, habiendo asegurado el futuro, podemos

permitirnos ser más indulgentes con el pasado. Yo no ocupo un cargo oficial v mientras se cumplan los

objetivos de la justicia no tengo por qué revelar todo lo que sé. En cuanto a Hayes, no digo nada. Le espera la

horca, y no pienso hacer nada para salvarlo de ella. No puedo saber lo que va a declarar, pero estoy seguro de

que su excelencia podrá hacerle comprender que le interesa guardar silencio. Desde el punto de vista de la

policía, parecerá que ha secuestrado al niño con la intención de pedir rescate. Si no lo averiguan ellos por su

cuenta, no veo por qué habría yo de ayudarlos a ampliar sus puntos de vista. Sin embargo, debo advertir a su

excelencia de que la continua presencia del señor James Wilder en su casa sólo puede acarrear desgracias.

—Me doy cuenta de eso, señor Holmes, v ya está decidido que me dejará para siempre y

marchará a buscar fortuna en Australia.

—En tal caso, excelencia, puesto que usted mismo ha reconocido que fue su presencia lo que

estropeó su vida matrimonial, le aconsejaría que procurara arreglar las cosas con la duquesa e intentara

reanudar esas relaciones que fueron tan lamentablemente interrumpidas.

—También eso lo he arreglado, señor Holmes. He escrito a la duquesa esta mañana.

—En tal caso —dijo Holmes, levantándose—, creo que mi amigo y yo podemos felicitarnos por

varios excelentes resultados obtenidos en nuestra pequeña visita al Norte. Hay otro pequeño detalle que me

gustaría aclarar. Este individuo Hayes había herrado sus caballos con herraduras que imitaban las pisadas de

vacas. ¿Fue el señor Wilder quien le enseñó un truco tan extraordinario?

El duque se quedó pensativo un momento, con una expresión de intensa sorpresa en su rostro.

Luego abrió una puerta y nos hizo pasar a un amplio salón, arreglado como museo. Nos guió a una vitrina de

cristal instalada en un rincón v señaló la inscripción.

«Estas herraduras —decía— se encontraron en el foso de Holdernesse Hall. Son para herrar

caballos, pero por abajo tienen la forma de una pezuña hendida para despistar a los perseguidores. Se supone

que pertenecieron a alguno de los barones de Holdernesse que actuaron como salteadores en la Edad Media.»

Holmes abrió la vitrina, se humedeció un dedo, lo pasó por la herradura. Sobre su piel quedó una

fina capa de barro reciente.

—Gracias —dijo, volviendo a cerrar el cristal—. Es la segunda cosa más interesante que he

visto en el Norte.

—¿Y cuál es la primera?

Holmes dobló su cheque y lo guardó con cuidado en su cuaderno de notas.

—Soy un hombre pobre —dijo, dando palmaditas cariñosas al cuaderno antes de introducirlo en las

profundidades de un bolsillo interior.

La Aventura de Peter el Negro

Nunca he visto a mi amigo en mejor forma, tanto mental como física, como en el año 95. Su creciente fama

atraía a una inmensa clientela y sería indiscreto por mi parte hacer la más ligera alusión a la identidad de

algunos de los ilustres clientes que cruzaron nuestro humilde umbral de Baker Street. Sin embargo, Holmes,

como todos los grandes artistas, vivía para su arte y, excepto en el caso del duque de Holdernesse, casi nunca

le vi pedir un pago importante por sus inestimables servicios. Era tan poco materialista -o tan caprichoso-que

con frecuencia se negaba a ayudar a los ricos y poderosos cuando su problema no le resultaba interesante,

mientras que dedicaba semanas de intensa concentración a los asuntos de cualquier humilde cliente cuyo

caso presentara aquellos aspectos extraños y dramáticos que excitaban su imaginación y ponían a prueba su

ingenio. En aquel memorable año de 1895, una curiosa y extravagante serie de casos había atraído su

atención: desde la famosa investigación sobre la súbita muerte del cardenal Tosca -investigación que llevó a

cabo por expreso deseo de Su Santidad el papa-hasta la detención de Wilson, el conocido amaestrador de

canarios, con la que eliminó un foco de infección en el East End de Londres. Pisándoles los talones a estos

dos célebres casos llegó la tragedia de Woodman's Lee, con las misteriosísimas circunstancias que rodearon

la muerte del capitán Peter Carey. La crónica de las hazañas del señor Sherlock Holmes quedaría incompleta

si no incluyera algunos informes sobre este caso tan insólito. Durante la primera semana de julio, mi amigo

se estuvo ausentando de nuestros aposentos tan a menudo y durante tanto tiempo que comprendí que algo se

traía entre manos. El hecho de que durante aquellos días se presentaran varios hombres de aspecto

patibulario preguntando por el capitán Basil me dio a entender que Holmes estaba operando en alguna parte

bajo uno de los numerosos disfraces v nombres con los que ocultaba su formidable identidad. Tenía por lo

menos cinco pequeños refugios en diferentes partes de Londres en los que podía cambiar de personalidad.

No me contaba nada de sus actividades y yo no tenía por costumbre sonsacar confidencias. La primera señal

concreta que me dio acerca del rumbo de sus investigaciones fue verdaderamente extraordinaria. Había

salido antes del desayuno, y yo me había sentado a tomar el mío cuando entró dando zancadas en la

habitación, con el sombrero puesto y una enorme lanza de punta dentada bajo el brazo, como si fuera un

paraguas. -¡Válgame Dios, Holmes! -exclamé-. No me irá usted a decir que ha estado andando por Londres

con ese trasto. -Fui en coche a la carnicería y volví. -¿La carnicería? -Y vuelvo con un apetito excelente. No

cabe duda, querido Watson, de lo bueno que es hacer ejercicio antes de desayunar. Pero apuesto a que no

adivina usted qué clase de ejercicio he estado haciendo. -No pienso ni intentarlo. Holmes soltó una risita

mientras se servía café. -Si hubiera usted podido asomarse a la trastienda de Allardyce, habría visto un cerdo

muerto colgado de un gancho en el techo y un caballero en mangas de camisa dándole furiosos lanzazos con

esta arma. Esa persona tan enérgica era

yo, y he quedado convencido de que por muy fuerte que golpeara no podíatraspasar al cerdo de un solo

lanzazo. ¿Le interesaría probar a usted?-Por nada del mundo. Pero ¿por qué hace usted esas cosas?-Porque

me pareció que tenía alguna relación indirecta con el misterio deWoodman's Lee. Ah, Hopkins, recibí su

telegrama anoche y le estabaesperando. Pase y únase a nosotros.Nuestro visitante era un hombre muy

despierto, de unos treinta años de edad,que vestía un discreto traje de lana, pero conservaba el porte erguido

de quienestaba acostumbrado a vestir uniforme. Lo reconocí al instante como StanleyHopkins, un joven

inspector de policía en cuyo futuro Holmes tenía grandesesperanzas, mientras que él, a su vez, profesaba la

admiración y el respeto deun discípulo por los métodos científicos del famoso aficionado. Hopkins traía

ungesto sombrío y se sentó con aire de profundo abatimiento.-No, gracias, señor. Ya desayuné antes de

venir. He pasado la noche enLondres, porque llegué ayer para presentar mi informe.-¿Y qué informe tenía

usted que presentar?-Un fracaso, señor, un fracaso absoluto.-¿No ha hecho ningún progreso?-Ninguno.-

¡Vaya por Dios! Tendré que echarle un vistazo al asunto.-Hágalo, señor Holmes, por lo que más quiera. Es

mi primera gran oportunidady ya no sé qué hacer. Por amor de Dios, venga v écheme una mano.-Bien, bien,

da la casualidad de que ya he leído con bastante atención toda lainformación disponible, incluyendo el

informe de la investigación policial. Porcierto, ¿qué le parece a usted esa petaca encontrada en el lugar del

crimen?¿No hay ahí ninguna pista?Hopkins se mostró sorprendido.-Era la petaca del muerto, señor Holmes.

Tenía sus iniciales en la parte dedentro. Y además, era de piel de foca y él había sido cazador de focas.-Pero

no tenía pipa.-No, señor, no encontramos ninguna pipa; la verdad es que fumaba muy poco.Sin embargo, es

posible que llevara algo de tabaco para sus amigos.-Sin duda. Lo menciono tan sólo porque si yo hubiera

estado encargado delcaso me habría sentido inclinado a tomar eso como punto de partida de miinvestigación.

Sin embargo, mi amigo el doctor Watson no sabe nada de esteasunto v a mí no me vendría mal escuchar una

vez más el relato de los hechos.Háganos un breve resumen de lo más esencial.Stanley Hopkins sacó del

bolsillo una hoja de papel.-Tengo unos cuantos datos que resumen la carrera del difunto, el capitán

PeterCarey. Nació en el 45, así que tenía cincuenta años. Había sido un valeroso ypróspero cazador de

ballenas y focas. En 1883 mandaba el vapor Sea Unicorn,de Dundee, dedicado a la caza de focas. Realizó

varios viajes seguidos,bastante provechosos, y al año siguiente, 1884, se retiró. Después se dedicó aviajar

durante unos años, y por fin adquirió una pequeña propiedad llamadaWoodman's Lee, cerca de Forest Row,

en Sussex. Allí ha vivido durante seisaños, v allí murió, hoy hace una semana.»El hombre tenía algunas

facetas bastante peculiares. En su vida privada eraun estricto puritano, un tipo callado y sombrío. Vivía con

su esposa, su hija deveinte años v dos sirvientas. Estas dos cambiaban constantemente, va que lavida en su

casa no era muy alegre y, a veces, resultaba totalmente

insoportable. El hombre se emborrachaba con frecuencia, v cuando le daba el ataque se convertía en un

completo demonio. Más de una vez sacó de casa a su mujer y a su hija en mitad de la noche, persiguiéndolas

a latigazos por el jardín hasta que todo el pueblo se despertaba con los gritos. »Una vez compareció ante el

juez por haber agredido brutalmente al anciano vicario, que había ido a casa a reprenderle por su conducta.

En pocas palabras, señor Holmes, costaría trabajo encontrar un tipo más peligroso que el capitán Peter Carey,

y me han dicho que tenía el mismo carácter cuando estaba al mando de su barco. En el oficio se le conocía

como Peter el Negro, no sólo por su rostro atezado y el color de su poblada barba, sino también por sus

arrebatos, que eran el terror de todos los que le rodeaban. Ni que decir tiene que todos sus vecinos lo odiaban

y procuraban evitarlo, y que no he oído una sola palabra de lamentación por su terrible final. »Seguramente,

señor Holmes, en el informe de la indagación habrá leído acerca del camarote de Carey, pero puede que su

amigo no sepa nada de esto. Se había construido una cabaña de madera, que él siempre llamaba el camarote",

a unos cientos de metros de la casa, y dormía en ella todas las noches. Era una cabañita pequeña, con una

sola habitación de dieciséis pies por diez . Guardaba la llave en el bolsillo, y él mismo se hacía la cama,

limpiaba y no permitía que nadie más traspasara el umbral. A cada lado hay unas ventanas pequeñas,

cubiertas por cortinas, y que nunca se abrían. Una de estas ventanas daba a la carretera, y la gente que veía la

luz por la noche solía señalarla, preguntándose qué estaría haciendo allí Peter el Negro. Esta, señor Holmes,

es la ventana que nos proporcionó uno de las pocas informaciones concretas que salieron a relucir en la

indagación. »Recordará usted que un albañil llamado Slater, que venía andando desde Forest Row a eso de la

una de la madrugada, dos días antes del crimen, se detuvo al pasar junto al terreno y se fijó en el cuadrado de

luz que brillaba entre los árboles. Este albañil jura que a través de la cortina se veía claramente la silueta de

un hombre con la cabeza girada hacia un lado, y que esta silueta no era de ningún modo la de Peter Carey, al

que él conocía muy bien. Era la silueta de un hombre barbudo, pero de barba corta v erizada hacia delante,

muy diferente de la del capitán. Eso es lo que dice, pero había estado dos horas en el bar y hay bastante

distancia desde la carretera hasta la ventana. Además, esto sucedió el lunes, v el crimen se cometió el

miércoles. »El martes, Peter Carev se encontraba en uno de sus peores momentos, cegado por la bebida y tan

peligroso como una fiera salvaje. Anduvo rondando por la casa y las mujeres salieron huyendo al oírlo venir.

A última hora de la tarde se fue a su cabaña. A eso de las dos de la mañana, su hija, que dormía con la

ventana abierta, oyó un grito espantoso que venía de aquella dirección; pero como no tenía nada de extraño

que aullara y vociferara cuando estaba borracho, no hizo caso. A las siete, al levantarse, una de las sirvientas

se fijó en que la puerta de la cabaña estaba abierta, pero tal era el terror que aquel hombre inspiraba que hasta

mediodía nadie se atrevió a acercarse a ver qué le había sucedido. Al atisbar por la puerta abierta vieron un

espectáculo que las hizo salir corriendo hacia el pueblo con el rostro lívido de espanto. En menos de una hora

yo ya estaba allí y me había hecho cargo del caso. »Bueno, como usted sabe, señor Holmes, yo tengo los

nervios bastante bien templados, pero le doy mi palabra de que me estremecí cuando metí la cabeza en

aquella cabaña. Estaba llena de moscas y moscardones que zumbaban como un armonio, y las paredes

parecían las de un matadero. Él la llamaba el camarote, y verdaderamente era un camarote; cualquiera podría

pensar que estaba en un barco. Había una litera en un extremo, un cofre de marino, mapas y cartas de

navegación, una fotografía del Sea Unicorn, una hilera de cuadernos de bitácora en un estante...; exactamente

todo lo que uno esperaría encontrar en el camarote de un capitán. Y en medio de todo ello estaba él, con el

rostro contorsionado como un alma condenada y sometida a tormento, y la frondosa barba apuntando hacia

arriba en un gesto de agonía. Su ancho pecho estaba atravesado por un arpón de acero, que le salía por la

espalda y se hundía profundamente en la pared que tenía detrás. Estaba clavado igual que un escarabajo de

colección. Por supuesto, estaba muerto, y así había estado desde el instante en que lanzó aquel último grito

de agonía. »Conozco sus métodos, señor, v los apliqué. Sin permitir que nadie tocase nada, examiné con la

máxima atención los alrededores de la cabaña y el suelo de la misma. No había ninguna pisada. -Quiere

usted decir que no encontró ninguna. -Le aseguro, señor, que no las había. -Mi buen Hopkins, he investigado

muchos crímenes, pero aún no he encontrado ninguno cometido por un ser volador. Y mientras el criminal se

sostenga sobre dos piernas, siempre quedará alguna señal, alguna rozadura, algún minúsculo desplazamiento

detectable por un investigador científico. Resulta increíble que esta habitación embadurnada de sangre no

contuviera ninguna huella que pudiera ayudarnos. Sin embargo, tengo entendido, por el informe de la

indagación, que había ciertos objetos que usted no dejó de examinar. El joven inspector acusó los

comentarios irónicos de mi compañero con un estremecimiento. -He sido un tonto al no acudir a usted en su

momento, señor Holmes. Sin embargo, ya de nada vale lamentarse. En efecto, había en la habitación varios

objetos que exigían especial atención. Uno de ellos era el arpón con el que se cometió el crimen. Lo habían

cogido de un armero en la pared; allí había otros dos y quedaba un espacio vacío para el tercero. En el mango

tenía grabadas las palabras «S.S. Sea Unicorn, Dundee». Esto parecía indicar que el crimen se cometió en un

arrebato de furia y que el asesino había echado mano a la primera arma que encontró a su alcance. El hecho

de que el crimen se cometiera a las dos de la madrugada y que, a pesar de la hora, Peter Carey estuviera

completamente vestido, permitía suponer que se había citado con su asesino, lo cual parece confirmado por

la presencia en la mesa de una botella de ron y dos vasos vacíos. -Sí -dijo Holmes-. Creo que las dos

inferencias son aceptables. ¿Había algún otro licor en la habitación aparte del ron? -Sí, encima del cofre de

marino había un botellero con brandy y whisky; pero no tiene interés para nosotros, porque las frascas

estaban llenas y, por tanto, no se habían usado. -Aun así, su presencia tiene algún significado -dijo Holmes-.

Sin embargo, oigamos algo más acerca de los objetos que, según usted, parecen guardar relación con el caso.

-Tenemos la petaca de tabaco, que estaba encima de la mesa. -¿En qué parte de la mesa?

-En el centro. Era de piel de foca, piel áspera con pelo tieso, con una correíta de cuero para cerrarla. En la

parte de dentro tenía las iniciales «P.C.». Contenía una media onza de tabaco fuerte de marinero.

-¡Excelente! ¿Qué más? Stanley Hopkins sacó del bolsillo un cuaderno de notas con tapas grisáceas muy

gastadas y hojas descoloridas. En la primera página estaban escritas las iniciales «J.H.N.» y la fecha «1883».

Holmes lo puso sobre la mesa y lo examinó con su minuciosidad habitual, mientras Hopkins y yo

mirábamos, cada uno por encima de sus hombros. La segunda página llevaba estampadas las iniciales

«C.P.R.», v a continuación venían varias hojas llenas de números. Había un encabezamiento que decía

«Argentina», otro «Costa Rica» y otro «San Paulo», todos ellos seguidos por páginas llenas de signos y

cifras. -¿Qué le dice a usted esto? -preguntó Holmes. -Parecen ser listas de valores de Bolsa. Es posible que

«J.H.N.» sean las iniciales de un corredor de Bolsa, y «C.P.R.» las de su cliente. -¿Y qué opina de «Canadian

Pacific Railway»? -dijo Holmes. Stanley Hopkins soltó un taco entre dientes y se golpeó el muslo con el

puño cerrado. -¡Qué estúpido he sido! -exclamó-. ¡Claro que es lo que usted dice! Ahora sólo nos quedan por

descifrar las iniciales «J.H.N.». Ya he examinado las listas antiguas de la Bolsa, pero no he encontrado

ningún corredor, ni de los oficiales ni de los de fuera, cuyas iniciales coincidan con ésas. Sin embargo, tengo

la impresión de que esta es la pista más importante con la que cuento. Reconocerá usted, señor Holmes, que

existe la posibilidad de que estas iniciales correspondan a la otra persona allí presente..., es decir, al asesino.

Insisto, además, en que la aparición en el caso de un documento referente a grandes cantidades de acciones

de gran valor nos proporciona la primera indicación de un posible móvil para el crimen. El rostro de

Sherlock Holmes revelaba que este nuevo giro del asunto le había desconcertado por completo. -Tengo que

admitir esos dos argumentos suyos -dijo-. Confieso que este cuaderno, que no se mencionaba en el informe,

modifica cualquier opinión que yo me pudiera haber formado. Había elaborado ya una teoría sobre el crimen

en la que esto no tiene cabida. ¿Se ha molestado usted en seguir la pista a alguno de los valores que aquí se

mencionan? -Se está investigando en las oficinas, pero me temo que las listas completas de los accionistas de

estos valores sudamericanos estén en Sudamérica, y tardaremos varias semanas en seguir la pista de las

acciones. Holmes había estado examinando con su lupa las tapas del cuaderno. -Parece que aquí hay una

mancha de color -dijo. -Sí, señor, es una mancha de sangre. Ya le he dicho que recogí el cuaderno del suelo.

-¿La mancha estaba encima o debajo? -Por el lado del suelo. -Lo cual, naturalmente, demuestra que el

cuaderno cayó al suelo después de cometerse el crimen. -Exacto, señor Holmes. Me di cuenta de ese detalle y

supuse que se le caería al asesino cuando éste huyó precipitadamente. Estaba muy cerca de la puerta.

-Supongo que no se habrá encontrado ninguna de estas acciones entre las propiedades del difunto.

-No, señor. -¿Tiene alguna razón para sospechar que el móvil fue el robo? -No, señor. No parece que hayan

tocado nada. -Caramba, caramba, sí que es un caso interesante. Había también un cuchillo, ¿no es así? -Un

cuchillo metido en su vaina. Se encontraba caído a los pies de la víctima. La señora Carey lo ha identificado

como perteneciente a su esposo. Holmes se sumió en reflexiones durante un buen rato. -Bueno -dijo por fin-,

supongo que tendré que acercarme a echar un vistazo. Stanley Hopkins soltó una exclamación de alegría.

-Gracias, señor. No sabe el peso que me quita de encima. Holmes amonestó al inspector con el dedo. -La

tarea habría resultado más sencilla hace una semana -dijo-. Pero, aun ahora, puede que mi visita no sea del

todo infructuosa. Si dispone usted de tiempo, Watson, me gustaría mucho que me acompañara. Haga el favor

de llamar un coche, Hopkins; estaremos listos para salir hacia Forest Row en un cuarto de hora. Tras

apearnos en una pequeña estación junto a la carretera, recorrimos en coche varias millas a través de lo que

quedaba de un extenso bosque que en otro tiempo formó parte de la gran selva que durante tanto tiempo

mantuvo a raya a los invasores sajones: la impenetrable región arbolada, que fue durante sesenta años el

baluarte de Gran Bretaña. Se habían talado grandes extensiones, ya que en esta zona se instalaron las

primeras fundiciones de hierro del país, los árboles se utilizaron como leña para fundir el mineral. En la

actualidad, los ricos yacimientos del Norte han absorbido esta industria, y sólo los bosques arrasados y las

grandes cicatrices de la tierra dan testimonio del pasado. En un claro que se abría en la verde ladera de una

colina se alzaba una casa de piedra baja y alargada, a la que se llegaba por un sendero curvo que atravesaba

el terreno. Más cerca de la carretera, rodeada de arbustos por tres de sus lados, había una pequeña cabaña con

la puerta y una ventana orientadas en nuestra dirección. Aquel era el lugar del crimen. Stanley Hopkins nos

condujo primero a la casa, donde nos presentó a una mujer ojerosa, de cabellos grises: la viuda del hombre

asesinado, cuyo rostro demacrado y surcado por profundas arrugas, con una furtiva mirada de terror en el

fondo de sus ojos enrojecidos, revelaba los años de sufrimiento y malos tratos que había soportado. Con ella

se encontraba su hija, una muchacha rubia y pálida, cuyos ojos llamearon desafiantes al decirnos que se

alegraba de que su padre hubiera muerto y que bendecía la mano que lo había abatido. Peter Carey el Negro

se había creado un ambiente doméstico terrible, y sentimos verdadero alivio al salir de nuevo a la luz del sol

y recorrer el sendero que los pies del difunto habían ido abriendo a través de los campos. La cabaña era una

construcción de lo más sencillo, con paredes de madera, tejado a un agua, una ventana junto a la puerta y otra

en el lado contrario. Stanley Hopkins sacó la llave del bolsillo, y se había inclinado hacia la cerradura cuando

de pronto se detuvo, con una expresión de curiosidad y sorpresa en el rostro. -Alguien ha estado

manipulando esto -dijo. No cabía la menor duda: la madera estaba rayada y las rayas estaban blancas por

debajo de la pintura, como si se hubieran hecho un momento antes. Holmes había estado inspeccionando la

ventana.

-También han intentado forzarla. Pero quien fuera no consiguió entrar. Tiene que haber sido un ladrón muy

torpe. -Esto es muy sorprendente -dijo el inspector-. Podría jurar que estas marcas no estaban ayer por la

tarde. -Puede haber sido algún curioso del pueblo -sugerí. -No lo creo. Muy pocos se atreverían a poner el

pie en este terreno, y mucho menos a intentar forzar la entrada de la cabaña. ¿Qué opina de esto, señor

Holmes? -Opino que la suerte nos ha sido muy propicia. -¿Quiere decir que esta persona volverá? -Es muy

probable. Vino esperando encontrar la puerta abierta. Trató de forzarla con la hoja de una navajita de bolsillo

v no lo consiguió. ¿Qué va a hacer a continuación? -Volver a la noche siguiente con una herramienta más

eficaz. -Eso me parece a mí. Sería un fallo por nuestra parte no estar aquí para recibirlo. Mientras tanto,

déjeme ver el interior de la cabaña. Se habían borrado las huellas de la tragedia, pero el mobiliario de la

pequeña habitación seguía igual que la noche del crimen. Durante dos horas, Holmes examinó con la

máxima concentración todos los objetos, uno por uno, pero al final su expresión demostraba que la búsqueda

no había dado frutos. Sólo una vez hizo una pausa en su concienzuda investigación. -¿Ha sacado algo de este

estante, Hopkins? -No; no he tocado nada. -Se han llevado algo. En la esquina del estante hay menos polvo

que en el resto. Puede haber sido un libro que estaba tumbado. O una caja. En fin, no puedo hacer más.

Demos un paseo por este hermoso bosque, Watson, y dediquemos unas horas a los pájaros y a las flores. Nos

reuniremos aquí mismo más tarde, Hopkins, y veremos si podemos entablar contacto con el caballero que

vino de visita anoche. Eran más de las once cuando tendimos nuestra pequeña emboscada. Hopkins era

partidario de dejar abierta la puerta de la cabaña, pero Holmes opinaba que aquello despertaría las sospechas

del intruso. La cerradura era de las más sencillas, y bastaba con un cuchillo fuerte para hacerla saltar.

Además, Holmes propuso que no aguardáramos dentro de la cabaña, sino fuera, entre los arbustos que

crecían en torno a la ventana del fondo. De este modo podríamos observar a nuestro hombre si éste encendía

la luz y descubrir cuál era el objeto de su furtiva visita nocturna. Fue una guardia larga y melancólica, pero

aun así sentimos algo de la emoción que experimenta el cazador cuando acecha junto a la charca de agua, en

espera de la llegada de la fiera sedienta. ¿Qué clase de bestia salvaje podía caer sobre nosotros desde la

oscuridad? ¿Sería un feroz tigre del crimen, al que sólo podríamos capturar tras dura lucha con uñas y

dientes, o resultaría ser un taimado chacal, peligroso tan sólo para los débiles y descuidados? Permanecimos

agazapados en absoluto silencio entre los arbustos, esperando que llegara lo que pudiera llegar. Al principio,

los pasos de algunos aldeanos rezagados o el sonido de voces procedentes de la aldea entretenían nuestra

espera; pero, poco a poco, estas interrupciones se fueron extinguiendo, y quedamos envueltos en un silencio

absoluto, con la excepción de las campanas de la lejana iglesia, que nos informaban del avance de la noche, y

del repiqueteo de una fina lluvia que caía entre el follaje que nos cobijaba.

Acababan de sonar las dos y media, en las horas más oscuras que preceden al amanecer, cuando todos nos

sobresaltamos al oír un ligero pero inconfundible chasquido procedente de la puerta de la finca. Alguien

había entrado en el sendero. De nuevo se hizo un largo silencio, y yo empezaba a temer que hubiera sido una

falsa alarma, cuando oímos pasos sigilosos al otro lado de la cabaña, seguidos al instante por roces y

chasquidos metálicos. ¡El desconocido trataba de forzar la cerradura! Esta vez fue más hábil o contaba con

un instrumento mejor, porque se oyó un brusco chasquido y el chirriar de las bisagras. Luego se encendió

una cerilla, y un instante después la firme llama de una vela iluminaba el interior de la cabaña. Nuestros ojos

se clavaron, a través de los visillos de gasa, en la escena que se desarrollaba dentro. El visitante nocturno era

un hombre joven, delgado y frágil, con un bigote negro que acentuaba la palidez mortal de su rostro. No

podía tener mucho más de veinte años. Jamás he visto un ser humano que diera tan patéticas muestras de

miedo: le castañeteaban los dientes y temblaba de pies a cabeza. Iba vestido como un caballero, con chaqueta

Norfolk y pantalones de media pierna, y se tocaba con una gorra de paño. Le vimos mirar en torno suyo con

ojos asustados. A continuación colocó el cabo de vela sobre la mesa y desapareció de nuestra vista, hacia uno

de los rincones. Reapareció con un libro voluminoso, uno de los cuadernos de bitácora alineados sobre los

estantes, se apoyó en la mesa y fue pasando hojas rápidamente hasta encontrar la anotación que buscaba.

Entonces hizo un gesto iracundo con el puño, cerró el libro, volvió a colocarlo en el rincón y apagó la luz.

Apenas había dado media vuelta para salir de la cabaña, cuando la mano de Hopkins cayó sobre su cuello y

pude oír el fuerte gemido de espanto que el individuo dejó escapar al comprender que estaba atrapado. Se

encendió de nuevo la vela y contemplamos a nuestro miserable prisionero, tembloroso y encogido en manos

del policía. Se dejó caer sobre el cofre de marino y nos miró uno a uno con expresión de desamparo. -Y

ahora, querido amigo -dijo Stanley Hopkins-, ¿quién es usted y qué busca aquí? El hombre se recompuso y

se enfrentó a nosotros, esforzándose por mantener la serenidad. -Son ustedes policías, ¿verdad? -dijo-. Y

creen que estoy complicado en la muerte del capitán Peter Carey. Les aseguro que soy inocente. -Eso ya lo

veremos -dijo Hopkins-. En primer lugar, ¿cómo se llama usted? -John Hopley Neligan. Vi que Holmes y

Hopkins intercambiaban una rápida mirada. -¿Qué está usted haciendo aquí? -¿Puedo hablar

confidencialmente? -No, desde luego que no. -¿Y por qué iba a decírselo? -Si no tiene respuesta, puede

pasarlo muy mal en el juicio. El joven se estremeció. -Está bien, se lo diré. ¿Por qué no habría de hacerlo?

Aunque me repugna la idea de que el viejo escándalo vuelva a salir a la luz. ¿Han oído hablar de Dawson &

Neligan? Por la expresión de Hopkins, me di cuenta de que él conocía el nombre; pero Holmes mostró un

vivo interés.

-¿Se refiere usted a los banqueros del West Country? -dijo-. Se declararon en quiebra dejando a deber un

millón, arruinando a la mitad de las familias del condado de Cornualles, y Neligan desapareció. -Exacto.

Neligan era mi padre. Por fin estábamos llegando a algo concreto, aunque todavía parecía existir un largo

trecho de distancia entre un banquero fugitivo y el capitán Peter Carey, clavado a la pared con uno de sus

propios arpones. Todos escuchamos con la máxima atención las palabras del joven. -Mi padre era el

verdadero responsable. Dawson estaba ya retirado. Yo sólo tenía diez años por entonces, pero era lo bastante

mayor para sentir la vergüenza y el horror del asunto. Siempre se ha dicho que mi padre robó todas las

acciones y huyó, pero no es verdad. El creía que si le daban tiempo para negociarlas todo iría bien y se

podría pagar a todos los acreedores. Zarpó rumbo a Noruega en su yatecito justo antes de que se dictara su

orden de detención. Aún me acuerdo de aquella última noche, cuando se despidió de mi madre. Nos dejó una

lista de valores que se llevaba y juró que regresaría con su honor reparado y que ninguno de los que habían

confiado en él saldría perjudicado. Pero ya no se volvió a saber nada de él. Tanto él como el yate

desaparecieron por completo. Mi madre y yo creímos que ambos estaban en el fondo del mar, junto con las

acciones que se había llevado. Sin embargo, teníamos un amigo de confianza que se dedica a los negocios y

que descubrió hace algún tiempo que algunos de los valores que se llevó mi padre habían reaparecido en el

mercado de Londres. Pueden ustedes imaginarse nuestro asombro. Me pasé meses intentando seguirles la

pista, y por fin, tras muchas decepciones y dificultades, descubrí que el vendedor original había sido el

capitán Peter Carey, propietario de esta choza. »Como es natural, hice algunas averiguaciones acerca de este

hombre, y asísupe que había estado al mando de un ballenero que regresaba del Ártico precisamente cuando

mi padre navegaba hacia Noruega. El otoño de aquel año fue muy tormentoso, con una larga serie de

galernas del Sur. Cabía la posibilidad de que hubieran arrastrado el yate de mi padre hacia el Norte, donde

pudo encontrarse con el barco del capitán Carey. Y si esto fue lo que ocurrió, ¿qué había sido de mi padre?

En cualquier caso, si la declaración de Peter Carey me servía para demostrar cómo habían llegado al

mercado aquellas acciones, podría demostrar que mi padre no las había vendido y que no se las llevó con

afán de lucro personal. »Vine a Sussex con la intención de ver al capitán, pero justo entonces ocurrió su

terrible muerte. En el informe de la indagación leí una descripción de esta cabaña, en la que se decía que aquí

se guardaban los viejos cuadernos de bitácora de su barco. Se me ocurrió entonces que, si podía enterarme de

lo que ocurrió a bordo del Sea Unicorn en el mes de agosto de 1883, podría resolver el misterio de la

desaparición de mi padre. Vine anoche, dispuesto a mirar los libros, pero no conseguí abrir la puerta. Esta

noche lo volví a intentar, con éxito, pero descubrí que las páginas correspondientes a ese mes habían sido

arrancadas del libro. Y en ese momento caí preso en sus manos. -¿Eso es todo? -preguntó Hopkins. -Sí, es

todo -dijo el joven, desviando la mirada. -¿No tiene nada más que decirnos? El joven vaciló. -No, nada.

-¿No había estado aquí antes de anoche? -No. -Entonces, ¿cómo explica esto? -exclamó Hopkins,

esgrimiendo el cuaderno acusador, con las iniciales de nuestro prisionero en la primera hoja y la mancha de

sangre en la cubierta. El desdichado se desmoronó. Sepultó la cara entre las manos y se puso a temblar de

pies a cabeza. -¿De dónde lo ha sacado? -gimió-. No lo sabía. Creía que lo había perdido en el hotel. -Con

esto basta -dijo Hopkins secamente-. Si tiene algo más que decir, podrá decírselo al tribunal. Ahora tendrá

que venir andando conmigo hasta la comisaría. Bien, señor Holmes, le quedo muy agradecido a usted y a su

amigo por haber venido a ayudarme. Tal como han salido las cosas, su presencia ha resultado innecesaria, y

yo habría podido llevar el caso a buen término sin ustedes; pero a pesar de todo, les estoy agradecido. He

hecho reservar habitaciones para ustedes en el hotel Brambletye, así que podemos ir todos juntos hasta el

pueblo. -Bien, Watson, ¿qué opina usted de todo esto? -me preguntó Holmes a la mañana siguiente, durante

el viaje de regreso a Londres. -Me doy cuenta de que usted no ha quedado satisfecho. -Oh, sí, querido

Watson, estoy muy satisfecho. Claro que los métodos de Stanley Hopkins no me convencen. Me ha

decepcionado este Stanley Hopkins; esperaba mejores cosas de él. Siempre hay que buscar una posible

alternativa y estar preparado para ella. Es la primera regla de la investigación criminal. -¿Y cuál es aquí la

alternativa? -La línea de investigación que yo he venido siguiendo. Puede que no conduzca a nada, es

imposible saberlo, pero al menos la voy a seguir hasta el final. Varias cartas aguardaban a Holmes en Baker

Street. Echó mano a una de ellas, la abrió y estalló en una triunfal explosión de risa. -Excelente, Watson. La

alternativa se va desarrollando. ¿Tiene usted impresos para telegramas? Escriba por mí un par de mensajes:

«Sumner, agente naviero, Ratcliff Highway. Envíe tres hombres, que lleguen mañana a las diez de la

mañana.Basil.» Ese es mi nombre por esos barrios. El otro es para el inspector Stanley Hopkins, 46 Lord

Street, Brixton: «Venga a desayunar mañana a las nueve y media. Importante. Telegrafíe si no puede venir.-

Sherlock Holmes.» Ya está, Watson, este caso infernal me ha estado atormentando durante diez días. Con

esto lo destierro por completo de mi presencia y confío en que a partir de mañana no volvamos ni a oírlo

mencionar. El inspector Stanley Hopkins se presentó a la hora exacta y los tres nos sentamos a gustar el

excelente desayuno que la señora Hudson había preparado. El joven policía estaba muy animado por su

éxito. -¿Está usted convencido de que su solución es la correcta? -preguntó Holmes. -No podría imaginar un

caso más completo. -A mí no me pareció concluyente. -Me asombra usted, señor Holmes. ¿Qué más se

puede decir? -¿Es que su explicación abarca todos los hechos? -Sin duda alguna. He averiguado que el joven

Neligan llegó al hotel Brambletye el mismo día del crimen. Alegó que venía a jugar al golf. Aquella misma

noche se presentó en Woodman's Lee, vio a Peter Carey en la cabaña, se peleó con él y lo mató con el arpón.

Después, horrorizado por lo que había hecho, huyó de la cabaña, y al huir se le cayó el cuaderno de notas que

había llevado con el fin de interrogar a Peter Carey acerca de esos valores. Se habrá fijado usted en que

algunos de ellos estaban marcados con una rayita, y otros, la gran mayoría, no lo estaban. Las acciones

marcadas se han localizado en el mercado de Londres; las otras, seguramente, estaban todavía en poder de

Carey, y el joven Neligan, según su propia declaración, estaba ansioso por recuperarlas para quedar en paz

con los acreedores de su padre. Después de huir no se atrevió a acercarse a la cabaña durante algún tiempo;

pero por fin se decidió a hacerlo, para poder obtener la información que necesitaba. ¿No le parece bastante

sencillo y evidente? Holmes sonrió y negó con la cabeza. -Me parece que sólo tiene un fallo, Hopkins: que es

intrínsecamente imposible. ¿Ha probado usted a atravesar un cuerpo con un arpón? Ay, ay, señor mío,

debería usted prestar atención a estos detalles. Mi amigo Watson podrá decirle que yo me pasé toda una

mañana practicando ese ejercicio. No es cosa fácil, y exige un brazo fuerte y experimentado. Ese golpe se

asestó con tal violencia que la punta del arpón se clavó a bastante profundidad en la pared. ¿Cree usted que

ese jovenzuelo anémico es capaz de una violencia tan tremenda? ¿Es este el hombre que estuvo bebiendo ron

y agua mano a mano con Peter el Negro en mitad de la noche? ¿Es su perfil el que fue visto a través de la

cortina dos noches antes? No, no, Hopkins; a quien tenemos que buscar es a otra persona, mucho más

formidable. La cara del policía se había ido poniendo cada vez más larga durante la parrafada de Holmes.

Sus esperanzas y ambiciones se derrumbaban a su alrededor. Pero no estaba dispuesto a abandonar sus

posiciones sin lucha. -No puede usted negar, Holmes, que Neligan estuvo presente aquella noche. El

cuaderno lo demuestra. Creo disponer de pruebas suficientes para satisfacer a un jurado, aunque usted aún

pueda encontrarles algún fallo. Además, señor Holmes, yo ya le he echado el guante a mi hombre. En

cambio, ese terrible personaje suyo, ¿dónde está? -Yo diría que está subiendo la escalera -dijo Holmes muy

tranquilo-. Creo, Watson, que lo mejor será que tenga ese revólver al alcance de la mano -se levantó y colocó

un papel escrito sobre una mesita lateral-. Ya estamos listos. Se oyó una conversación de voces roncas fuera

de la habitación y, de pronto, la señora Hudson abrió la puerta para anunciar que había tres hombres que

preguntaban por el capitán Basil. -Hágalos pasar de uno en uno -dijo Holmes. El primero que entró era un

hombrecillo rechoncho como una manzana, de mejillas sonrosadas y sedosas patillas blancas. Holmes había

sacado una carta del bolsillo y preguntó: -¿Su nombre? -James Lancaster. -Lo siento, Lancaster, pero el

puesto está ocupado. Aquí tiene medio soberano por las molestias. Haga el favor de pasar a esta habitación y

esperar unos minutos. El segundo era un individuo alto y enjuto, de pelo lacio y mejillas hundidas. Dijo

llamarse Hugh Pattins. También él recibió una negativa, medio soberano y la orden de esperar. El tercer

aspirante era un hombre de aspecto poco corriente, con un feroz rostro de bulldog enmarcado en una maraña

de pelo y barba, y un par de ojos oscuros y penetrantes que brillaban tras la pantalla que formaban unas cejas

espesas, greñudas y salientes. Saludó y permaneció en pie con aire marinero,dándole vueltas a la gorra entre

las manos.-¿Su nombre? -preguntó Holmes.-Patrick Cairns.-¿Arponero?-Sí, señor. Veintiséis campañas.-De

Dundee, tengo entendido.-Sí, señor.-¿Dispuesto a zarpar en un barco explorador?-Sí, señor.-¿Cuál es su

tarifa?-Ocho libras al mes.-¿Podría embarcar inmediatamente?-En cuanto recoja mi equipaje.-¿Ha traído sus

documentos?-Sí, señor -sacó del bolsillo un fajo de papeles desgastados y grasientos.Holmes los echó una

ojeada y se los devolvió.-Es usted el hombre que yo buscaba -dijo-. En esa mesita está el contrato. Notiene

más que firmarlo y asunto concluido.El marinero cruzó la habitación y tomó la pluma.-¿Tengo que firmar

aquí? -preguntó, inclinándose sobre la mesa.Holmes miró por encima de su hombro y pasó las dos manos

sobre el cuellodel hombre.-Con esto bastará -dijo.Se oyó un chasquido de acero y un bramido como el de un

toro furioso. Uninstante después, Holmes y el marinero rodaban juntos por el suelo. Aquelhombre tenía la

fuerza de un gigante, e incluso con las esposas que Holmeshabía cerrado tan hábilmente en torno a sus

muñecas habría dominado confacilidad a mi amigo si Hopkins y yo no hubiéramos corrido en su ayuda.

Sólocuando apreté el frío cañón de mi revólver contra su sien comprendió al fin quesu resistencia era inútil.

Le atamos los tobillos con una cuerda y nosincorporamos jadeando por el esfuerzo de la pelea.-La verdad es

que tengo que pedirle disculpas, Hopkins -dijo Sherlock Holmes-.Me temo que los huevos revueltos se

habrán quedado fríos. Sin embargo,estoy seguro de que saboreará mejor el resto de su desayuno pensando

enque ha logrado resolver su caso de manera triunfal.Stanley Hopkins estaba mudo de asombro.-No sé que

decir, señor Holmes -balbuceó por fin con el rostro enrojecido-. Meda la impresión de que he estado

haciendo el ridículo de principio a fin. Ahorame doy cuenta de algo que nunca debí olvidar: que yo soy el

alumno y usted elmaestro. Aun ahora, veo lo que usted ha hecho, pero no sé cómo lo hizo ni loque significa.-

Bien, bien -dijo Holmes de buen humor-. Todos aprendemos a fuerza deexperiencia, y esta vez su lección es

que nunca se debe perder de vista laalternativa. Estaba usted tan absorto en el joven Neligan que no tuvo

tiempopara pensar en Patrick Cairns, el verdadero asesino de Peter Carey.La ruda voz del marinero

interrumpió nuestra conversación.-Alto ahí, amigo -dijo-. No me quejo de la forma en que se me ha

maltratado,pero me gustaría que llamaran a las cosas por su nombre. Dice usted que yoasesiné a Peter Carey;

yo digo que maté a Peter Carey, que es algo muy

distinto. A lo mejor no me creen ustedes. A lo mejor se piensan que les estoy colocando un cuento. -Nada de

eso -dijo Holmes-. Oigamos lo que tiene usted que decir. -Se cuenta en pocas palabras, y por Dios que cada

palabra es la pura verdad. Yo conocía bien a Peter el Negro, así que cuando él sacó el cuchillo yo lo atravesé

de parte a parte con un arpón, porque sabía que era su vida o la mía. Así es como murió. A ustedes puede

parecerles un asesinato. Al fin y al cabo, tanto da morir con una cuerda al cuello como con el cuchillo de

Peter el Negro clavado en el corazón. -¿Cómo llegó usted allí? -preguntó Holmes. -Se lo contaré desde el

principio. Pero permitan que me incorpore un poco para que pueda hablar con más facilidad. Todo sucedió

en el 83.... en agosto de aquel año. Peter Carey era capitán del Sea Unicom y yo era segundo arponero.

Acabábamos de dejar los hielos con rumbo a casa, con vientos en contra y una galerna de Sur cada semana,

cuando divisamos una pequeña embarcación que había sido arrastrada hacia el Norte. Sólo llevaba un

hombre a bordo, un hombre de tierra firme. La tripulación había creído que el barco se iba a pique y había

tratado de alcanzar las costas de Noruega en el bote salvavidas. Seguramente se ahogaron todos. Bien,

izamos a bordo a aquel hombre, y el capitán mantuvo con él varias conversaciones bastante largas en el

camarote. El único equipaje que recogimos con él era una caja de lata. Por lo que yo sé, jamás se llegó a

pronunciar el nombre de aquel hombre, y a las dos noches desapareció como si nunca hubiera estado allí. Se

dio por supuesto que se habría arrojado al mar o que habría caído por la borda a causa del temporal que

sufríamos. Sólo un hombre sabía lo que había sucedido, y ese hombre era yo, que había visto con mis

propios ojos cómo el capitán lo volteaba y lo arrojaba por la borda, durante la segunda guardia de una noche

oscura, dos días antes de que avistáramos los faros de las Shetland. »Pues bien, me guardé para mí lo que

sabía y esperé a ver en qué iba a parar el asunto. Cuando regresamos a Escocia, se echó tierra al asunto y

nadie hizo preguntas. Un desconocido había muerto por accidente y nadie tenía por qué andar haciendo

averiguaciones. Poco después, Peter Carey dejó de navegar y tardé muchos años en dar con su paradero.

Supuse que había hecho aquello para quedarse con el contenido de la caja de lata, y que ahora podría

permitirse pagarme bien por mantener la boca cerrada. »Descubrí dónde vivía gracias a un marinero que se

lo había encontrado en Londres, y me planté allí para exprimirlo. La primera noche se mostró bastante

razonable, y estaba dispuesto a darme lo suficiente para no tener que volver almar por el resto de mi vida.

Íbamos a dejarlo todo arreglado dos noches después. Cuando llegué, lo encontré casi completamente

borracho y con un humor de perros. Nos sentamos a beber y hablamos de los viejos tiempos, pero cuanto

más bebía él, menos me gustaba la expresión de su cara. Me fijé en el arpón colgado de la pared y pensé que

quizás lo iba a necesitar antes de que pasara mucho tiempo. Y por fin se lanzó sobre mí, escupiendo y

maldiciendo, con ojos de asesino y un cuchillo grande en la mano. Pero antes de que lo pudiera sacar de la

vaina, yo lo atravesé con el arpón. ¡Cielos! ¡Qué grito pegó! ¡Y su cara todavía no me deja dormir! Me quedé

allí parado, mientras su sangre chorreaba por todas partes, y esperé un poco; todo estaba tranquilo, así que fui

recuperando el ánimo. Miré a mi alrededor y descubrí la caja de lata en un estante. Yo tenía tanto derecho a

ella como Peter Carey, así que me la llevé y salí de la cabaña. Pero fui tan estúpido que me dejé la petaca

olvidada en la mesa. »Y ahora voy a contarles la parte más rara de toda la historia. Apenas había salido de la

cabaña cuando oí que alguien se acercaba y me escondí entre los arbustos. Un hombre llegó andando con

sigilo, entró en la cabaña, soltó un grito como si hubiera visto un fantasma y salió corriendo a toda la

velocidad de sus piernas hasta perderse de vista. No tengo ni idea de quién era y qué quería. Por mi parte,

caminé diez millas, tomé un tren en Turnbridge Wells y llegué a Londres sin que nadie se enterara. »Cuando

me puse a examinar el contenido de la caja, vi que no había en ella dinero, nada más que papeles que yo no

me atrevía a vender. Ya no podía sacarle nada a Peter el Negro y me encontraba embarrancado en Londres

sin un chelín. Lo único que me quedaba era mi oficio. Leí esos anuncios para arponeros a buen sueldo, así

que me pasé por la agencia y ellos me enviaron aquí. Eso es todo lo que sé, y repito que la justicia debería

darme las gracias por haber matado a Peter el Negro, ya que les he ahorrado el precio de una cuerda de

cáñamo. -Una narración muy clara -dijo Holmes, levantándose y encendiendo su pipa-. Creo, Hopkins, que

debería usted conducir a su detenido a lugar seguro sin pérdida de tiempo. Esta habitación no reúne

condiciones para servir de celda, y el señor Patrick Cairns ocupa demasiado espacio en nuestra alfombra.

-Señor Holmes -dijo Hopkins-, no sé cómo expresarle mi gratitud. Todavía no me explico cómo ha obtenido

usted estos resultados. -Pues, sencillamente, porque tuve la suerte de encontrar la pista correcta nada más

empezar. Es muy posible que si hubiera sabido que existía ese cuaderno, me habría despistado como le pasó

a usted. Pero todo lo que yo sabía apuntaba en una misma dirección: la fuerza tremenda, la pericia en el

manejo del arpón, el ron con agua, la petaca de piel de foca con tabaco fuerte..., todo aquello hacía pensar en

un marinero, y más concretamente, en un ballenero. Estaba convencido de que las iniciales «P.C.» grabadas

en la petaca eran pura coincidencia, y que no eran las de Peter Carey, porque ése casi no fumaba y no se

encontró ninguna pipa en la cabaña. Recordará usted que le pregunté si había whisky y brandy en la cabaña,

y que dijo usted que sí. ¿Cuántos hombres de tierra adentro conoce usted que prefieran beber ron habiendo a

mano otros licores? Sí, estaba seguro de que se trataba de un marinero. -¿Y cómo pudo encontrarlo?

-Querido amigo, el problema era muy sencillo. Si se trataba de un marinero, tenía que ser uno que hubiera

navegado con él en el Sea Unicorn. Por las noticias que yo tenía, Carey no había navegado en ningún otro

barco. Me pasé tres días poniendo telegramas a Dundee, y al cabo de ese tiempo disponía ya de los nombres

de todos los tripulantes del Sea Unicorn en 1883. Cuando encontré un Patrick Cairns entre los arponeros,

comprendí que mi investigación se acercaba a su fin. Deduje que lo más probable era que mi hombre se

encontrara en Londres y deseara ausentarse del país durante algún tiempo. Así que me pasé unos días en el

East End, corriendo la voz de una expedición alÁrtico y ofreciendo pagas tentadoras a los arponeros

dispuestos a embarcarse a las órdenes del capitán Basil. Y aquí puede ver los resultados. -¡Maravilloso!

-exclamó Hopkins!-. ¡Maravilloso! -Tiene usted que hacer que pongan en libertad al joven Neligan lo antes

posible -dijo Holmes-. Confieso que opino que le debe usted algunas disculpas. Habrá que devolverle la caja

de lata, aunque, por supuesto, las acciones que Peter Carey vendió están perdidas para siempre. Aquí viene el

coche, Hopkins, ya puede usted llevarse a su hombre. Si me necesita para el juicio, nos encontrará a Watson

y a mí en alguna parte de Noruega. Ya le enviaré detalles concretos.

La Aventura de los seis Napoleones

No tenía nada de raro que el señor Lestrade, de Scotland Yard, pasara a visitarnos por las tardes, y

sus visitas eran muy bien acogidas por Sherlock Holmes, porque le permitían mantenerse al día de lo que

sucedía en la dirección de la policía. A cambio de las noticias que Lestrade traía, Holmes se mostraba

siempre dispuesto a escuchar con atención los detalles del caso en el que estuviera trabajando el inspector, y

de cuando en cuando, sin intervenir de manera activa, le proporcionaba algún consejo o sugerencia, sacados

de su vasto arsenal de conocimientos y experiencia.

Aquella tarde en concreto, Lestrade había estado hablando del tiempo y de los periódicos, y después

se había quedado callado, chupando pensativo su cigarro. Sherlock Holmes le miró -con interés.

-¿Tiene algo especial entre manos? -preguntó.

-Oh, no, señor Holmes, nada de particular.

-Está bien, cuéntemelo todo.

Lestrade se echó a reír.

-De acuerdo, señor Holmes, no puedo negar que hay algo que me tiene preocupado. Y sin embargo,

se trata de un asunto tan absurdo que no me decidía a molestarle con ello. Por otra parte, si bien es un asunto

trivial, no cabe duda de que es raro, y ya sé que a usted le gusta todo lo que se sale de lo corriente. Aunque,

en mi opinión_, cae más en el campo del doctor Watson que en el suyo.

-¿Una enfermedad? -pregunté yo.

-Locura, más bien. Y una locura bastante extraña. ¿Se imaginan que exista a estas alturas una

persona que sienta tanto odio por Napoleón que se dedique a romper todas las imágenes suyas que

encuentra?

Holmes volvió a recostarse en su asiento.

-No es asunto para mí --dijo.

-Exacto. Eso decía yo. Sin embargo, cuando este hombre asalta casas para poder romper imágenes

que no le pertenecen, la cosa escapa de la jurisdicción del médico para entrar en la del policía.

Holmes se enderezó de nuevo.

-¡Asaltos! Eso es más interesante. Cuénteme los detalles.

Lestrade sacó su cuaderno de notas reglamentario y refrescó la memoria consultando sus

páginas.

-El primer caso denunciado tuvo lugar hace cuatro días -dijo-. Ocurrió en la tienda de Morse

Hudson, un establecimiento de Kennington Road dedicado a la venta de cuadros y esculturas. El

dependiente había pasado un momento a la trastienda cuando oyó un ruido de rotura. Acudió corriendo y

encontró, hecho pedazos en el suelo, un busto de escayola de Napoleón que había estado expuesto en el

mostrador junto con otras obras de arte. Salió corriendo a la calle, pero, a pesar de que varios transeúntes

declararon haber visto a un hombre salir con prisas de la tienda, no pudo localizarlo ni identificarlo. Parecía

uno de esos actos de vandalismo gratuito que ocurren de cuando en cuando, y así lo hizo constar el policía

de servicio en su informe. La escayola no valía más que unos chelines, y la cosa parecía demasiado infantil

como para investigarla.

»Sin embargo, el segundo caso fue más grave, y también más extraño. Ocurrió anoche mismo.

»En la misma Kennington Road, a unos cientos de metros de la tienda de Morse Hudson, vive un

médico muy conocido, el doctor Barnicot, que tiene una de las clientelas más numerosas al sur del Támesis.

Su residencia y consultorio principal están en Kennington Road, pero tiene también un quirófano y

dispensario en Lower Brixton Road, a dos millas de distancia. Resulta que este doctor Barnicot es un

ferviente admirador de Napoleón, y tiene la casa llena de libros, retratos y reliquias del emperador. Hace

poco tiempo, compró a Morse Hudson dos reproducciones en escayola de la famosa cabeza de Napoleón

esculpida por el francés Devine. Colocó una en el vestíbulo de su casa de Kennington Road y la otra en la

repisa de la chimenea del quirófano de Lower Brixton. Pues bien, cuando el doctor Barnicot se levantó esta

mañana se quedó estupefacto al descubrir que su casa había sido asaltada por la noche, pero que no se habían

llevado nada más que la cabeza de Napoleón del recibidor. La habían sacado al jardín y la habían estrellado

contra la pared, al pie de la cual encontramos sus fragmentos.

Holmes se frotó las manos.

-Esto sí que es una novedad -dijo.

-Ya supuse que le gustaría el asunto. Pero aún no hemos terminado. El doctor Barnicot tenía que

estar en su quirófano a las doce, y puede usted imaginarse su asombro al descubrir que alguien había abierto

una ventana durante la noche y encontrar los pedazos de su segundo busto esparcidos por toda la habitación.

Lo habían reducido a átomos allí mismo. En ninguno de los dos casos encontramos huellas que pudieran

darnos alguna pista sobre el delincuente, o lunático, autor del desaguisado. Y éstos son los hechos, señor

Holmes.

-Son curiosos, por no decir grotescos -dijo Holmes-. ¿Puedo preguntarle si los dos bustos

destrozados en las dependencias del doctor Barnicot eran idénticos al destruido en la tienda de Morse

Hudson`

-Todos salieron del mismo molde.

-Este dato contradice la teoría de que la persona que los rompe actúa impulsada por un odio

genérico a Napoleón. Si consideramos los cientos de figuras del emperador que deben existir en Londres, es

mucho suponer que un iconoclasta imparcial se tope, por pura casualidad, con tres ejemplares del mismo

busto nada más empezar.

-Yo pensé lo mismo que usted -dijo Lestrade--. Pero, por otra parte, este Morse Hudson es el

proveedor de bustos de esta zona de Londres, y ésos eran los únicos que había tenido en su tienda en varios

años. De manera que, si bien es cierto, como usted dice, que existen en Londres cientos de figuras de

Napoleón, es muy probable que estas tres fueran las únicas en todo el distrito. Así que un fanático del barrio

empezaría por ellos. ¿Qué le parece a usted, doctor Watson?

-Las posibilidades de la monomanía no tienen límites -respondí-. Es lo que los psicólogos franceses

modernos llaman

«idée fixe»[1], que puede ser algo completamente trivial, acompañado por una normalidad

absoluta en todos los demás aspectos. Un hombre que haya leído mucho sobre Napoleón, o cuya familia haya

sufrido alguna desgracia hereditaria por culpa de la gran guerra, puede llegar a concebir una idée fixe de

éstas, y bajo su influencia cometer toda clase de extravagancias.

[1] «Idea fija», «fijación». (En francés en el original.)

-Eso no cuela, querido Watson -dijo Holmes, negando con la cabeza-. Ni con todas las «idées

fixes» del mundo, su monomaníaco sería capaz de localizar el paradero de estos bustos. -¿Y cómo lo

explica usted, entonces?

-No pretendo hacerlo. Me limito a hacer notar que existe un cierto método en las excéntricas

actividades de este caballero. Por ejemplo, en el vestíbulo del doctor Barnicot, donde el ruido podría

despertar a la familia, sacó el busto de la casa antes de romperlo; sin embargo, en el quirófano, donde había

menos peligro de provocar una alarma, lo rompió en el mismo sitio donde estaba. El asunto parece ridículo v

trivial, pero yo no me atrevería a calificar nada de trivial, teniendo en cuenta que algunos de mis casos más

clásicos han tenido comienzos muy poco prometedores. Recuerde usted, Watson, que lo primero que

supimos del espantoso caso de la familia Abernetty fue que el perejil se había hundido en la mantequilla un

día de mucho calor. En consecuencia, no puedo permitirme sonreír ante sus tres bustos rotos, Lestrade, y le

quedaría muy agradecido si me informa de cualquier novedad que se presente en esta curiosa cadena de

acontecimientos.

Las novedades que pedía mi amigo llegaron mucho antes, v con un aspecto infinitamente más

trágico, de lo que yo habría podido imaginar. A la mañana siguiente, cuando todavía estaba vistiéndome en

mi habitación, Holmes llamó a mi puerta y entró con un telegrama en la mano. Lo leyó en voz alta.

«Venga inmediatamente, 131 Pitt Street, Kensington. -LESTRADE.»

-¿Qué es lo que pasa? -pregunté.

-Ni idea. Puede ser cualquier cosa. Pero sospecho que se trata de la continuación de la historia de

los bustos. En cuyo caso, nuestro amigo el iconoclasta ha comenzado a operar en otro barrio de Londres.

Hay café en la mesa, Watson, y tengo un coche en la puerta.

Media hora después llegábamos a Pitt Street, un pequeño remanso de tranquilidad junto a una de

las zonas más animadas de la vida londinense. El número 131 formaba parte de una hilera de casas todas

iguales, todas de fachada lisa, respetables y nada románticas. Al acercarnos vimos una multitud de curiosos

que se agolpaba contra la verja que había delante de la casa. Holmes soltó un silbido.

-¡Por San Jorge! ¡Se trata, por lo menos, de un intento de asesinato! Por menos de eso, un

mensajero de Londres no se para a mirar. Ha habido un acto de violencia, como se deduce de los hombros

caídos y el cuello estirado de aquel individuo. ¿Qué es eso, Watson? El escalón más alto está fregado y los

demás están secos. Y hay pisadas por todas partes. Bueno, ahí tenemos a Lestrade en la ventana delantera, y

pronto nos enteraremos de todo.

El inspector nos recibió con una cara muy seria y nos hizo pasar a una sala de estar, donde un

hombre mayor, desgreñado y nerviosísimo, vestido con un batín de franela, daba zancadas de un lado a otro.

Lestrade nos lo presentó como el propietario de la casa, señor Horace Harker, del Sindicato Central de

Prensa.

-Es otra vez el asunto de los Napoleones -dijo Lestrade-. Anoche pareció usted interesado, señor

Holmes, y pensé que tal vez le gustaría estar presente ahora que el caso ha tomado un giro mucho más

grave.

-¿Qué giro ha tomado?

-El de asesinato. Señor Harker, ¿quiere usted explicar a estos caballeros exactamente lo

que ha ocurrido?

El hombre del batín se volvió hacia nosotros con una expresión de profunda melancolía.

-Es algo extraordinario -dijo-que, habiéndome pasado la vida recogiendo noticias sobre otra gente,

ahora que me cae encima una verdadera noticia me encuentro tan trastornado y tan fastidiado que no puedo

ligar dos palabras seguidas. Si hubiera venido aquí como periodista, me habría entrevistado a mí mismo y

habría colocado dos columnas en todos los periódicos de la tarde. En cambio, así estoy regalando un material

valioso, contando la historia una y otra vez a toda una serie de personas diferentes, sin sacarle yo ningún

provecho. No obstante, he oído hablar de usted, señor Holmes, y si consigue usted explicar este asunto tan

raro me sentiré compensado por la molestia de tener que contarle la historia.

Holmes tomó asiento y escuchó.

-Todo parece centrarse en este busto de Napoleón que compré para esta misma habitación, hace

unos cuatro meses. Lo conseguí barato en Harding Brothers, a dos puertas de la estación de High Street.

Gran parte de mi trabajo periodístico lo hago de noche, y a veces me quedo escribiendo hasta altas horas de

la madrugada. Eso es lo que hice hoy. Estaba en mi cuchitril, en la parte trasera del piso alto, a eso de las tres

de la mañana, cuando tuve la seguridad de haber oído ruidos abajo. Me puse a escuchar, pero no se

repitieron, y llegué a la conclusión de que habían venido del exterior. De pronto, unos cinco minutos más

tarde, se oyó un grito espantoso, el sonido más horroroso que he oído en mi vida, señor Holmes. Me seguirá

resonando en los oídos mientras viva. Me quedé helado de espanto uno o dos minutos, y luego cogí el

atizador y bajé la escalera. Al entrar en esta habitación, encontré la ventana abierta de par en par, y me fijé al

instante en que el busto ya no estaba en la repisa. Que un ladrón se lleve una cosa así es algo que escapa a mi

comprensión, ya que se trataba tan sólo de una copia de escayola sin ningún valor.

»Como usted mismo puede ver, el que salga por esa ventana abierta puede llegar al escalón de la

puerta con sólo dar una zancada larga. Evidentemente, eso era lo que el ladrón había hecho, así que di la

vuelta y fui a abrir la puerta. Al salir a la oscuridad, casi me caigo encima de un cadáver que había tendido

allí. Retrocedí corriendo a buscar una luz y pude ver al pobre desgraciado, con un enorme tajo en el cuelo, en

medio de un charco de sangre. Estaba tumbado de espaldas, con las rodillas dobladas y la boca horriblemente

abierta. Estoy seguro de que se me aparecerá en sueños. Tuve el tiempo justo para tocar mi silbato de policía

y después debí desmayarme, porque no

recuerdo nada más hasta que vi al policía mirándome, de pie en el vestíbulo.

-Bien, ¿quién era el hombre asesinado? -preguntó Holmes.

-No tenemos nada que indique su identidad -respondió Lestrade-. Podrá usted ver el cadáver en el

depósito, pero hasta ahora no hemos sacado nada en limpio. Es un hombre alto, tostado por el sol, muy fuerte

y de treinta años como máximo. Estaba mal vestido, pero no parece un obrero. Junto a él, caída en el charco

de sangre, una navaja con cachas de asta. No sabemos si se trata del arma del crimen o si pertenecía al

difunto. Sus ropas no tienen ninguna marca, y en los bolsillos no llevaba nada más que una manzana, un

trozo de cuerda, un plano de Londres de los que cuestan un chelín, y una fotografía. Aquí la tiene.

Se trataba, sin lugar a dudas, de una instantánea tomada con una cámara pequeña. En ella se veía

a un hombre de aspecto despierto, rasgos pronunciados y simiescos, cejas tupidas y un curioso

prognatismo en la parte inferior de la cara, que parecía el hocico de un babuino.

-¿Y qué ha sido del busto? -preguntó Holmes, tras estudiar atentamente la fotografía.

-Hemos tenido noticias de él un momento antes de que llegaran ustedes. Lo han encontrado en el

jardín delantero de una casa deshabitada en Campden House Road. Estaba hecho pedazos. Ahora me

disponía a ir a verlo.

-Desde luego. Pero antes tengo que echar un vistazo por aquí -examinó la alfombra y la ventana-. O

se trataba de un hombre muy ágil o tenía las piernas muy largas. Teniendo debajo la entrada al sótano, no

debió ser fácil llegar al antepecho de la ventana y abrirla. La salida resulta ya un poco más fácil. ¿Viene

usted con nosotros a ver los restos de su busto, señor Harker?

El desconsolado periodista se había sentado ante un escritorio.

-Tengo que intentar sacar algún partido de esto -dijo-, aunque no me cabe duda de que las

primeras ediciones de los periódicos de la tarde ya traerán todos los detalles. ¿Recuerdan ustedes cuando se

hundió la tribuna en Doncaster? Pues yo era el único periodista que había en la tribuna y mi periódico fue el

único que no sacó la noticia del suceso, porque yo estaba demasiado alterado para escribirla. Y ahora voy a

llegar demasiado tarde con un asesinato cometido en la puerta de mi propia casa.

Al salir de la habitación oímos el rascar de su pluma sobre la cuartilla del papel.

El lugar donde habían aparecido los fragmentos del busto se encontraba a unos cientos de metros

de distancia. Por primera vez, nuestros ojos se posaron en aquella representación del gran emperador que

parecía despertar un odio tan frenético y destructivo en la mente del desconocido. Los pedazos estaban

desparramados sobre la hierba. Holmes recogió unos cuantos y los examinó con mucha atención. Por su

expresión concentrada v sus movimientos intencionados, tuve la convicción de que por fin había dado con

una pista.

-¿Y bien? -preguntó Lestrade.

-Todavía nos queda mucho camino por andar -respondió Holmes-. Y sin embargo..., y sin

embargo..., la verdad es que tenemos algunos datos muy sugerentes para empezar a actuar. Para este extraño

criminal, la posesión de este insignificante busto tenía más valor que una vida humana. Este es el primer

punto. Después, tenemos el hecho curioso de que no lo rompiera en la casa, ni a las puertas de la misma, si lo

único que quería era romperlo.

-El encuentro con ese otro individuo debió alterarlo y ponerlo nervioso. Seguramente, no sabía lo

que se hacía.

-Sí, eso es bastante probable. Pero me gustaría llamar su atención de manera muy especial hacia

la situación de esta casa, en cuyo jardín se destrozó el busto.

Lestrade miró a su alrededor.

-La casa está desocupada, así que estaba seguro de que nadie le molestaría en el jardín.

-Sí, pero hay otra casa vacía más arriba, y tuvo que pasar delante de ella para llegar a esta otra.

¿Por qué no lo rompió allí, dado que es evidente que a cada metro que lo siguiera llevando aumentaba el

riesgo de tropezarse con alguien?

-Me rindo -dijo Lestrade.

Holmes señaló la farola situada sobre nuestras cabezas.

-Aquí podía ver lo que hacía, pero allí no. Esa fue la razón.

-¡Por Júpiter, es verdad! -exclamó el inspector-. Ahora que lo pienso, el busto del doctor Barnicot lo

rompieron cerca de una lámpara roja. Y bien, señor Holmes, ¿qué vamos a hacer con este dato?

-Recordarlo. Tenerlo en cuenta. Puede que más adelante demos con algo que encaje con él. ¿Qué

medidas se propone tomar ahora, Lestrade?

-En mi opinión, la manera más práctica de abordar el asunto es identificar al muerto. No creo

que nos resulte muy difícil. Cuando hayamos averiguado quién era y con quién se relacionaba,

dispondremos de un buen punto de partida para averiguar qué estaba haciendo anoche en Pitt Street y

quién se tropezó con él y lo mató a la puerta de la casa del señor Horace Harker. ¿No lo cree usted así?

-Sin duda alguna. Sin embargo, no es así, ni mucho menos, como yo abordaría el caso.

-¿Y qué es lo que haría usted?

-Oh, no deje usted que yo le influya en modo alguno. Propongo que usted actúe a su manera y yo a

la mía. Más adelante podemos comparar notas, y los datos de cada uno complementarán los del otro.

-Muy bien -dijo Lestrade.

-Si vuelve usted a Pitt Street v ve al señor Horace Harker dígale de mi parte que va he sacado una

conclusión y que no cabe duda de que anoche entró en su casa un peligroso maníaco homicida que se cree

Napoleón. Eso le vendrá bien para su artículo.

Lestrade se le quedó mirando fijamente.

-¿No dirá en serio que se cree eso?

Holmes sonrió

-¿Que no? Bueno, tal vez no. Pero estoy seguro de que interesará al señor Harker y a los

suscriptores del Sindicato Central de Prensa. Y ahora, Watson, creo que tenemos por delante una jornada

larga y bastante complicada. Me gustaría mucho, Lestrade, que pudiera usted pasarse por Baker Street a

hacernos una visita a las seis de esta tarde. Hasta entonces, me gustaría conservar esta fotografía encontrada

en el bolsillo de la víctima. Es posible que tenga que solicitar su compañía y su ayuda para una pequeña

expedición que, si mi cadena de razonamientos resulta ser correcta, tendremos que emprender esta noche.

Hasta entonces, adiós y buena suerte.

Sherlock Holmes y yo caminamos juntos hasta la High Street, y allí nos detuvimos ante la tienda

de Harding Brothers, donde se había adquirido el busto. Un joven dependiente nos comunicó que el señor

Harding estaría ausente hasta la tarde, y que él era nuevo y no podía darnos ninguna información. El rostro

de Holmes dio señales de decepción y fastidio.

-Bueno, Watson, no podemos esperar que todo nos salga bien a la primera -dijo por fin-. Si el

señor Harding no viene hasta la tarde, tendremos que volver por la tarde. Como ya habrá sospechado, estoy

intentado seguir la pista de esos bustos hasta su fuente de origen, con el fin de averiguar si existe alguna

particularidad que explique su curioso destino. Vayamos a la tienda de Morse Hudson en Kennington Road,

y veamos si él puede arrojar algo de luz sobre el problema.

Tardamos una hora en coche en llegar al establecimiento del vendedor de cuadros. Era un hombre

bajo y rechoncho, de rostro colorado y carácter irascible.

-Sí, señor, en mi mismo mostrador -dijo-. No sé para qué pagamos impuestos, si luego cualquier

rufián puede entrar y romper las propiedades de uno. Sí, señor, fui yo quien le vendió al doctor Barnicot las

dos figuras. ¡Es una vergüenza, señor! Es una campaña nihilista, estoy seguro. Sólo a un anarquista se le

ocurriría ir por ahí rompiendo estatuas. Republicanos rojos, eso es lo que son. ¿Que a quién le compré las

figuras? ¿Y eso qué tiene que ver? Está bien, si se empeña en saberlo, se las compré a Gelder & Co., de

Church Street, Stepney. Una firma muy conocida en el negocio, y desde hace veinte años. ¿Que cuántas

compré? Tres..., dos y una son tres..., dos del doctor Barnicot v una que rompieron a plena luz del día en mi

propio mostrador... ¿Que si conozco a este hombre de la fotografía? No, no lo conozco. Pero... sí, me parece

que sí... ¡Pero si es Beppo! Era una especie de italiano que trabajaba por libre y que hizo algunos trabajos

para la tienda. Sabía tallar un poco, dorar un marco, cosas por el estilo. Me dejó la semana pasada y desde

entonces no he sabido nada de él. No, no sé de dónde vino ni a dónde fue. Mientras estuvo por aquí no tuve

ninguna queja de él. Se marchó dos días antes de que rompieran el busto.

-Bien, eso es todo lo que razonablemente podemos esperar sacar de Morse Hudson -dijo Holmes al

salir de la tienda-. Tenemos a este Beppo como factor común, tanto en Kennington como en Kensington, así

que no hemos recorrido estas diez millas en vano. Ahora, Watson, vamos a Gelder & Co., de Stepney, la

fuente de origen de los bustos. Mucho me extrañaría que no sacásemos algo en limpio de allí.

Cruzamos en rápida sucesión el borde del Londres elegante, el Londres hotelero, el Londres teatral,

el Londres literario, el Londres comercial y, por último, el Londres marítimo, hasta llegar a una ciudad de

cien mil almas junto al río, en cuyas casas de apartamentos sudan y se sofocan desplazados de toda Europa.

Allí, en una amplia avenida donde en otros tiempos residían los comerciantes ricos de la ciudad,

encontramos el taller de escultura que íbamos buscando. La parte exterior era un gran patio lleno de piedras

monumentales. En el interior había un local muy espacioso, en el que cincuenta operarios se dedicaban a

tallar o moldear. El encargado, un alemán rubio y corpulento, nos recibió educadamente y respondió con

claridad a todas las preguntas de Holmes. Una consulta a los libros reveló que se habían hecho cientos de

escayolas a partir de una reproducción en mármol de la cabeza de Napoleón escupida por Devine, pero que

las tres enviadas a Morse Hudson, aproximadamente un año atrás, formaban parte de una partida de seis, y

que las otras tres se habían enviado a Harding Brothers, de Kensington. No existía razón alguna para que

esas seis fueran diferentes de las demás escayolas. No se le ocurría ningún posible motivo para que alguien

quisiera destruirlas..., es más, la idea le daba risa. El precio de venta al por mayor era de seis chelines, pero el

minorista podía sacar doce o más. La copia se sacaba en dos moldes, uno de cada lado de la cara, y luego se

juntaban los dos perfiles de escayola para formar el busto completo. El trabajo solían realizarlo obreros

italianos en el mismo local donde nos encontrábamos. Una vez terminados, los bustos se ponían a secar sobre

una mesa en el pasillo, y después se almacenaban. Eso era todo lo que podía decirnos.

Pero la presentación de la fotografía tuvo un notable efecto sobre el encargado. Su cara enrojeció

de ira y sus cejas se fruncieron sobre sus azules v teutónicos ojos.

-¡Ah, granuja! -exclamó-. Sí, ya lo creo, le conozco muy bien. Este ha sido siempre un

establecimiento respetable, y la única vez que hemos tenido aquí a la policía fue por culpa de este

individuo. Eso fue hace más de un año. Apuñaló a otro italiano en la calle, y luego vino al taller con la

policía pisándole los talones, y aquí lo detuvieron. Se llamaba Beppo..., nunca supe su apellido. Me está

bien empleado por contratar a un tipo con esa cara. Pero era buen trabajador..., uno de los mejores.

-¿Qué le cayó?

-El otro no murió, así que le cayó sólo un año. Seguro que ya está libre. Pero por aquí no se ha

atrevido a asomar la nariz. Tenemos aquí a un primo suyo y estoy casi seguro de que él podría decirle por

dónde anda.

-No, no -dijo Holmes-. Ni una palabra al primo..., ni una palabra, se lo ruego. Se trata de un

asunto muy importante, y cuantos más progresos hago, más importante parece. Cuando consultó usted en

el libro la venta de esas escayolas me fijé en que la fecha era el 3 de junio del año pasado. ¿Podría usted

decirme en qué fecha fue detenido Beppo.

-Podría decirse aproximadamente consultando los pagos de jornales. Sí -continuó, después de pasar

páginas durante un rato-. Recibió su última paga el 20 de mayo.

-Gracias -dijo Holmes-. Creo que ya no necesito seguir abusando de su tiempo y su paciencia.

Con una última advertencia de que no dijera nada de nuestras averiguaciones, nos

dirigimos de nuevo hacia el oeste.

Hasta bien avanzada la tarde no pudimos tomar un apresurado almuerzo en un restaurante. A la

entrada, el cartelón de un vendedor de periódicos anunciaba: «Atrocidad en Kensington. Asesinado por un

loco», y el contenido del periódico demostraba que el señor Horace Harker había conseguido, después de

todo, hacer llegar su relato a la imprenta. La narración del incidente, en un estilo sumamente sensacionalista

y florido, ocupaba dos columnas. Holmes apoyó el periódico en las vinagreras y lo leyó mientras comíamos.

En una o dos ocasiones se rió por lo bajo.

-Esto está muy bien, Watson -dijo-. Escuche esto: «Es un consuelo saber que en este caso no

pueden darse disparidades de opiniones, va que tanto el señor Lestrade, uno de los funcionarios más

expertos del cuerpo de policía, como el señor Sherlock Holmes, detective particular de fama mundial,

han llegado, cada uno por su parte, a la conclusión de que esta grotesca serie de incidentes, que tan

trágico desenlace ha tenido, es fruto de la locura y no de un delito premeditado. Sólo la aberración

mental puede explicar los hechos.» La prensa, Watson, es una institución valiosísima, si uno sabe cómo

utilizarla. Y ahora, si ya ha terminado usted, volveremos a Kensington y veremos lo que tiene que decir

sobre el asunto el encargado de Harding Brothers.

El fundador de aquella gran empresa resultó ser un hombrecillo menudo y vivaracho, muy atildado

y perspicaz, con la mente clara y la lengua suelta.

-Sí, señor, ya he leído la noticia en los periódicos de la tarde. El señor Horace Harker es cliente

nuestro. Le vendimos el busto hace unos meses Adquirimos tres de estos bustos a Gelder & Co., de Stepney,

pero ya los hemos vendido todos. ¿A quién? Supongo que si consulto los libros de ventas se lo podré decir

sin dificultad. Sí, aquí está apuntado. Uno al señor Harker, como puede ver; otro, al señor Josiah Brown, de

Laburnum Lodge, Laburnum Vale, Chiswick, y otro, al señor Sandeford, de Lower Grove Road, Readiag.

No, jamás he visto a este hombre de la fotografía. Una cara así no se olvidaría fácilmente, ¿no cree? En mi

vida he visto alguien tan feo. ¿Que si tenemos empleados italianos? Pues sí, hay varios entre los obreros y el

personal de la limpieza. Supongo que, si se lo propone, cualquiera de ellos podría echar un vistazo a este

libro de ventas; no existe ningún motivo para tener el libro vigilado. En fin, este es un asunto muy raro, y

confío en que me avise si sus investigaciones dan algún fruto.

Holmes había tomado varias notas durante las declaraciones del señor Harding, y pude darme

cuenta de que se sentía plenamente satisfecho con el rumbo que iban tomando los acontecimientos. Sin

embargo, no hizo ningún comentario, exceptuando el de que, si no nos dábamos prisa, íbamos a llegar tarde a

nuestra cita con Lestrade. Y efectivamente, cuando llegamos a Baker Street, el inspector ya se encontraba

allí, dando zancadas de un lado a otro de la habitación, consumido de impaciencia. Su aspecto solemne daba

a entender que su jornada de trabajo no había sido infructuosa.

-¿Qué tal? -preguntó-. ¿Ha habido suerte, señor Holmes?

-Hemos tenido un día muy ocupado, pero no todo ha sido tiempo perdido -explicó mi amigo-.

Hemos visto a los dos comerciantes, y también a los fabricantes de los bustos. Ahora puedo seguirle la

pista a cada uno de los bustos desde el principio.

-¡Los bustos! -exclamó Lestrade-. Bueno, bueno, usted tiene sus propios métodos, señor Sherlock

Holmes, y no seré yo quien diga una palabra en contra de ellos, pero me parece que yo he aprovechado la

jornada mejor que usted. He identificado al muerto.

-No me diga!

-Y he descubierto un móvil para el crimen. -¡Espléndido!

-Uno de nuestros inspectores está especializado en Saffron Hill y el barrio italiano. Pues bien, el

cadáver llevaba colgado del cuello un símbolo católico, y esto, junto con el tono de su piel, me hizo pensar

que era latino. El inspector Hill lo identificó nada más verlo. Se llamaba Pietro Venucci, natural de Nápoles,

y era uno de los peores asesinos de Londres. Estaba relacionado con la Mafia, que, como usted sabe, es una

organización política secreta que impone sus reglas por medio del asesinato. Como ve, las cosas empiezan a

aclararse. Lo más probable es que el otro tipo sea también italiano, y miembro de la Mafia. Ha debido

romper alguna de sus reglas, y la organización envió a Pietro para ajustarle las cuentas. Es muy posible que

la fotografía que encontramos en el bolsillo del muerto sea de nuestro hombre, y que la llevara para

asegurarse de que no apuñalaba a otra persona. Pietro va siguiendo al tipo, lo ve meterse en una casa, espera

a que salga, y en la pelea que se entabla es él quien recibe una herida mortal. ¿Qué le parece, señor Holmes?

Holmes palmoteó en señal de aprobación.

-¡Excelente, Lestrade, excelente! -exclamó-. Pero no sé si he entendido muy bien su explicación de

la destrucción de los bustos.

-¡Los bustos! ¿No hay quien le saque esos bustos de la cabeza? Al fin y al cabo, eso no es nada;

hurto menor, seis meses como máximo. Lo que de verdad estamos investigando es el asesinato, y le digo que

ya casi tengo todos los hilos en mis manos.

-¿Qué va a hacer a continuación?

-Muy sencillo. Iré con Hill al barrio italiano, encontraremos al hombre de la fotografía, v lo

detendremos, acusado de asesinato. ¿Quiere venir con nosotros?

-Creo que no. Me da la impresión de que podemos lograr nuestro objetivo de un modo más

sencillo. No puedo estar seguro, porque todo depende..., en fin, depende de un factor que está

completamente fuera de nuestro control. Pero tengo grandes esperanzas..., de hecho, podría apostar dos

contra uno a que si usted nos acompaña esta noche podré ayudarle a echarle el guante.

-¿En el barrio italiano?

-No; creo que en Chiswick nos será mucho más fácil encontrarlo. Si viene usted conmigo a

Chiswick esta noche, Lestrade, le prometo ir mañana con usted al barrio italiano; con ese pequeño retraso

no se pierde nada. Y ahora, creo que unas pocas horas de sueño nos vendrían muy bien a todos, porque no

pienso salir hasta las once y es poco probable que regresemos antes de que amanezca. Quédese a cenar con

nosotros, Lestrade, y después puede echarse en el sofá hasta que llegue la hora de salir. Mientras tanto,

Watson, le agradecería que llamase a un mensajero, porque tengo que enviar una carta y es importante que

salga cuanto antes.

Holmes se pasó la tarde rebuscando entre los diarios atrasados que llenaban uno de nuestros

trasteros. Cuando por fin bajó, sus ojos tenían una expresión de triunfo, pero no nos dijo nada sobre el

resultado de sus indagaciones. Por mi parte, yo había seguido paso a paso los métodos con los que habíamos

seguido los diversos vericuetos de este complicado caso y, aunque todavía no intuía cuál era nuestro

objetivo, me daba perfecta cuenta de que Holmes esperaba que el grotesco criminal intentara apoderarse de

los dos bustos que quedaban, uno de los cuales, como yo recordaba, se encontraba en Chiswick. Sin duda, el

objeto de nuestro viaje era atraparlo con las manos en la masa, v no podía dejar de admirar la astucia con que

mi amigo había insertado una pista falsa en el periódico de la tarde, para que nuestro hombre pensara que

podía seguir adelante con su plan impunemente. No me sorprendí cuandoHolmes sugirió que llevara mi

revólver. Él ya se había equipado con la pesada fusta de caza, que era su arma favorita.

Un coche nos aguardaba a las once en la puerta, y en él llegamos hasta un lugar al otro lado del

puente de Hammersmith, donde dijimos al cochero que nos esperara. Una corta caminata nos llevó hasta una

calle solitaria, flanqueada por bonitas casas, cada una con su terreno propio. A la luz de una farola leímos

«Laburnum Villa» en la entrada de una de ellas. Evidentemente, sus ocupantes se habían retirado a dormir,

porque todo estaba oscuro, a excepción de una luz sobre los cristales de la puerta del vestíbulo, que arrojaba

un borroso círculo de luz sobre el sendero del jardín. La valla de madera que separaba el jardín de la calle

proyectaba una densa sombra negra hacia la parte de dentro, y allí fue donde nos agazapamos.

-Me temo que tendremos que esperar mucho tiempo -susurró Holmes-. Podemos dar gracias al cielo

de que no llueva. No creo que sea prudente fumar para pasar el rato. Sin embargo, hay dos posibilidades

contra una de que obtengamos una compensación por tanta molestia.

Sin embargo, nuestra guardia no resultó tan larga como Holmes nos había hecho temer, y terminó

de un modo repentino y extraño. En un instante, sin el más ligero ruido que nos advirtiera de su llegada, se

abrió la puerta del jardín y por ella entró una figura oscura y atlética, tan rápida y ágil como un mono, que

avanzó velozmente por el sendero. La vimos cruzar frente a la luz que salía por encima de la puerta y

desaparecer, confundida con la negra sombra de la casa. Hubo una larga pausa, durante la cual estuvimos

conteniendo la respiración, y luego llegó a nuestros oídos un crujido muy débil. Estaban abriendo una

ventana. El ruido cesó, y de nuevo se produjo un largo silencio. El individuo había entrado en la casa.

Vimos el súbito resplandor de una linterna sorda dentro de la habitación. Evidentemente, o que buscaba no

estaba allí, porque en seguida vimos el resplandor a través de otra ventana, y después, de otra.

-Acerquémonos a la ventana abierta. Lo atraparemos cuando vuelva a salir -cuchicheó Lestrade.

Pero antes de que pudiéramos hacer un movimiento, el hombre salió de nuevo. Al pasar por el

círculo de luz, vimos que llevaba un objeto blanco bajo el brazo. Miró furtivamente a su alrededor, y el

silencio de la calle desierta le tranquilizó. Dándonos la espalda, dejó en el suelo su carga, y al instante oímos

un golpe seco, seguido por un ruido de rotura. El hombre estaba tan concentrado en lo que hacía que no oyó

nuestros pasos, que avanzaban sigilosamente por el césped. Con un salto de tigre, Holmes cavó sobre su

espalda, y un segundo después Lestrade y yo lo teníamos agarrado por las muñecas y le habíamos colocado

las esposas. Cuando le dimos la vuelta, vimos una cara cetrina v repugnante, que nos miraba temblando de

furia, v comprendí que habíamos capturado al hombre de la fotografía.

Pero Holmes no estaba prestando atención a nuestro prisionero. Agachado junto al umbral de la

puerta examinaba con la máxima atención el objeto que el hombre había sacado de la casa. Se trataba de un

busto de Napoleón, igual al que habíamos visto por la mañana, y roto en fragmentos similares. Con mucho

cuidado, Holmes acercó a la luz cada pedazo, pero éstos en nada se diferenciaban de cualquier otro trozo de

escayola rota. Acababa de terminar su inspección cuando se encendieron las luces del vestíbulo, se abrió la

puerta, y apareció en el umbral el dueño de la casa, un hombre grueso y jovial en mangas de camisa.

-El señor Josiah Brown, supongo -dijo Holmes.

-Sí, señor; y usted, sin duda, es Sherlock Holmes. Recibí la carta que me envió por mensajero, e

hice exactamente lo que usted me indicaba. Cerramos todas las puertas por dentro y aguardamos a ver qué

ocurría. Vaya, me alegra comprobar que han agarrado a ese granuja. Supongo, caballeros, que entrarán a

tomar algo.

Pero Lestrade estaba ansioso por poner a su hombre a buen recaudo, así que a los pocos minutos

habíamos hecho venir a nuestro coche y los cuatro íbamos camino de Londres. Nuestro cautivo no dijo una

sola palabra; se limitó a mirarnos con furia desde la sombra de sus desgreñados cabellos, y una vez que mi

mano le pareció a su alcance, le lanzó un mordisco como un lobo hambriento. Nos quedamos en la comisaría

el tiempo suficiente para enterarnos de que, al registrar sus ropas, no se había encontrado nada más que unos

pocos chelines y una enorme navaja, en cuyas cachas se veían abundantes huellas de sangre reciente.

-Esto va bien -dijo Lestrade al despedirnos-. Hill conoce a toda esta gente y sabrá cómo se llama.

Ya verá usted cómo mi teoría de la Mafia resulta cierta. Pero, desde luego, le estoy agradecidísimo, señor

Holmes, por la manera tan profesional con que le ha echado el guante. Todavía no lo comprendo bien todo.

-Me temo que es muy tarde para explicaciones -dijo Holmes-. Además, aún quedan uno o dos

detalles por aclarar, y este es uno de los casos que vale la pena apurar hasta el final. Si se pasa una vez más

por mis aposentos mañana a las seis, creo que podré demostrarle que aún no ha captado usted todo el

significado de este asunto, que presenta algunos aspectos que lo convierten en un caso absolutamente

original en la historia del crimen. Si alguna vez le autorizo a escribir más crónicas de mis pequeños

problemas, Watson, estoy seguro de que el relato de la singular aventura de los bustos de Napoleón animará

considerablemente sus páginas.

Cuando volvimos a reunirnos a la tarde siguiente, Lestrade venía provisto de abundante información acerca

de nuestro detenido. Al parecer, se llamaba Beppo, de apellido desconocido. Era un truhán bastante conocido

en la colonia italiana. En otros tiempos había sido un hábil escultor que se ganaba honradamente la vida,

pero se había torcido por el mal camino y ya había estado dos veces en la cárcel; una por hurto y la otra,

como ya sabíamos, por apuñalar a un compatriota. Hablaba inglés a la perfección. Todavía se ignoraban los

motivos que le impulsaban a destrozar los bustos, y se negaba a responder a cualquier pregunta sobre el

tema; pero la policía había descubierto que era muy probable que los bustos hubieran sido hechos por sus

propias manos, ya que había realizado trabajos de este tipo en el establecimiento de Gelder & Co. Holmes

escuchó con atención y cortesía toda esta información, gran parte de la cual ya conocíamos, pero yo, que le

conocía bien, me daba perfecta cuenta de que sus pensamientos estaban en otra parte, y detecté una mezcla

de desasosiego e impaciencia bajo la máscara que asumía de manera habitual. Por fin, se levantó de su

asiento con los ojos chispeantes. Había sonado la campanilla de la puerta. Un minuto después, oímos pasos

en la escalera, v al momento penetró en la habitación un hombre ya mayor, de rostro sonrosado y patillas

entrecanas. Llevaba en la mano derecha una anticuada bolsa de viaje, que depositó sobre la mesa.

-¿Está aquí el señor Sherlock Holmes?

Mi amigo hizo una inclinación de cabeza y sonrió. -El señor Sandeford, de Reading,

¿verdad? -dijo.

-Sí, señor. Me temo que llego un poco tarde, pero los trenes han sido un desastre. Me escribió

usted acerca de un busto que obra en mi posesión.

-Exacto.

-Tengo aquí su carta. Dice usted: «Deseo obtener una copia del Napoleón de Devine, y estoy

dispuesto a pagarle diez libras por la que usted posee.» ¿Es así?

-Desde luego.

-Me sorprendió mucho su carta, porque no puedo imaginar cómo se enteró usted de que yo poseía

semejante objeto. -Es natural que le haya sorprendido, pero la explicación es muy sencilla. El señor Harding,

de Harding Brothers, me dijo que le había vendido a usted el último ejemplar v me dio su dirección.

-Ah, ¿con que fue así? ¿Le dijo lo que pagué por él?

-No, no me lo dijo.

-Mire, yo soy un hombre honrado, aunque no sea muy rico. Sólo pagué quince chelines por el busto,

y creo que tiene usted derecho a saberlo antes de que yo acepte sus diez libras.

-Sus escrúpulos le honran, señor Sandeford, pero yo ofrecí ese precio y estoy dispuesto a

mantenerlo.

-Vaya, es usted muy espléndido, señor Holmes. He traído el busto, como usted me pedía.

Aquí lo tiene.

Abrió la bolsa y, por fin, vimos sobre nuestra mesa un ejemplar completo de aquel busto que ya

habíamos contemplado más de una vez hecho pedazos.

Holmes sacó un papel del bolsillo y puso un billete de diez libras sobre la mesa.

-Haga usted el favor de firmar este papel, señor Sandeford, en presencia de estos testigos. Es una

simple declaración de que me transfiere a mí todos los derechos que haya podido tener sobre este busto. Soy

un hombre metódico, ¿sabe usted?, y nunca se sabe qué giro pueden tomar las cosas más adelante. Muchas

gracias, señor Sandeford; aquí tiene su dinero, y le deseo muy buenas tardes.

Cuando nuestro visitante hubo desaparecido, Sherlock Holmes inició una serie de movimientos que

nosotros seguimos fascinados. Comenzó por sacar de un cajón un mantel blanco y limpio, y extenderlo sobre

la mesa. A continuación, colocó el recién adquirido busto en el centro del mantel. Por último, tomó su fusta

de caza y asestó con ella un fuerte golpe en la cabeza de Napoleón. La figura se rompió en pedazos, y

Holmes se inclinó ansioso sobre los destrozados restos. Al instante, con un fuerte grito de triunfo, levantó un

fragmento que llevaba pegado un objeto redondo y oscuro, como si fuera una ciruela en un pastel.

-Caballeros -exclamó-, permítanme que les presente la famosa perla' negra de los Borgia.

Lestrade y yo nos quedamos callados por un momento, y luego, con una reacción espontánea,

estallamos en aplausos como si estuviéramos presenciando el elaborado desenlace de una obra dramática. Un

súbito rubor asomó en las pálidas mejillas de Holmes, que se inclinó ante nosotros como un dramaturgo que

recibe el homenaje de su público. En momentos como aquél, Holmes dejaba por un momento de ser una

máquina de razonar y sucumbía a la debilidad humana por la admiración y el aplauso. Aquel personaje tan

peculiarmente orgulloso y reservado, que rechazaba con desprecio la notoriedad pública, era capaz de

conmoverse hasta las entrañas ante la admiración y los elogios espontáneos de un amigo.

-Sí, caballeros -continuó-. Esta es la perla más famosa que existe hoy día en todo el mundo y,

mediante una cadena continua de razonamientos inductivos, he tenido la suerte de poder seguir su pista desde

la alcoba del príncipe Colonna, en el hotel Dacre, donde fue robada, hasta el interior de éste, el último de los

seis bustos de Napoleón fabricados por Gelder & Co., de Stepney. Seguro que usted, Lestrade, se acuerda de

la sensación que causó la desaparición de esta valiosa joya, y de los vanos esfuerzos de la policía de Londres

por recuperarla. Yo mismo fui consultado al respecto, pero no conseguí arrojar ninguna luz sobre el caso.

Las sospechas recayeron sobre la doncella de la princesa, que era italiana, y se supo que tenía un hermano en

Londres, pero no se pudo demostrar que existiera ningún contacto entre ellos. La doncella se llama Lucrezia

Venucci, y no me cabe la menor duda de que ese Prieto que fue asesinado hace dos noches era el hermano.

He estado consultando las fechas en los viejos archivos de prensa, y he comprobado que la desaparición de la

perla se produjo exactamente dos días antes de la detención de Beppo por una agresión violenta..., detención

que tuvo lugar en la fábrica de Gelder & Co., en el mismo momento en que se estaban fabricando estos

bustos. Ahora ya pueden ver con toda claridad la secuencia de los hechos, aunque, por supuesto, los

contemplan en el orden inverso al que se me fueron presentando a mí. Beppo tenía en su poder la perla. Tal

vez se la robó a Pietro, tal vez fuera cómplice de Pietro, incluso es posible que actuara de intermediario entre

Pietro y su hermana. La verdadera situación no tiene demasiada importancia para nosotros.

»Lo importante es que él tenía la perla, y que la llevaba encima en aquel momento, cuando le

perseguía la policía. Se dirigió a la fábrica en la que trabajaba, y sabía que disponía sólo de unos pocos

minutos para ocultar este valiosísimo botín, que de otro modo sería descubierto cuando le registraran. En el

pasillo había seis Napoleones de escayola secándose. Uno de ellos aún estaba blanco. En un instante, Beppo,

que era un trabajador muy hábil, hizo un agujerito en el yeso húmedo, metió en él la perla y, con unos pocos

toques, tapó de nuevo la abertura. El escondrijo era perfecto: nadie podría descubrirlo. Pero Beppo fue

condenado a un año de cárcel y, mientras tanto, los seis bustos quedaron desperdigados por Londres. Era

imposible saber cuál de ellos contenía el tesoro; sólo rompiéndolos podía averiguarlo. Ni siquiera

sacudiéndolos podía descubrir nada, porque como el yeso estaba húmedo, lo más probable era que la perla

hubiera quedado adherida a él..., como, efectivamente, ha sucedido. Beppo no se dio por vencido, v llevó a

cabo su investigación con considerable ingenio y perseverancia. Por medio de un primo que trabaja en

Gelder, se informó de los minoristas que habían adquirido los bustos. Se las arregló para conseguir trabajo en

Morse Hudson, y de este modo siguió la pista a tres de ellos. La perla no estaba en ninguno. Entonces, con

ayuda de algún empleado italiano, logró averiguar dónde habían ido a parar los otros tres bustos. El primero

estaba en casa de Harker. Allí fue acosado por su compinche, que consideraba a Beppo responsable de la

Pérdida de la perla, y en el forcejeo que se produjo a continuación Beppo lo apuñaló.

-Si Pietro era su cómplice, ¿para qué llevaba la fotografía? -pregunté yo.

-Para seguirle la pista si tenía necesidad de preguntar por él a terceras personas. Es la explicación

más obvia. Pues bien, después del asesinato, me figuré que lo más probable sería que Beppo apresurara sus

acciones, en lugar de proceder despacio. Tendría miedo de que la policía averiguase su secreto, así que se

daría prisa antes de que le tomaran la delantera. Por supuesto, yo no podía saber si había encontrado o no la

perla en el busto de Harker. Ni siquiera estaba seguro de que se tratara de la perla; pero era evidente que

andaba buscando algo, puesto que se llevó el busto a varias casas de distancia, para romperlo en un jardín

que tuviera una farola al lado. Puesto que el busto de Harker era uno de los tres que quedaban, las

posibilidades eran exactamente las que yo les dije: dos contra uno a que la perla no se encontraba allí.

Quedaban dos bustos, y lo natural era que fuera primero a por el de Londres. Avisé a los habitantes de la

casa, con el fin de evitar una segunda tragedia, v allá fuimos nosotros, con magníficos resultados. Pero

entonces, desde luego, yo ya estaba seguro de que andábamos detrás de la perla de los Borgia. El apellido del

hombre asesinado conectaba un caso con el otro. Sólo quedaba ya un busto, el de Reading, y en él tenía que

estar la perla. Se lo compré a su propietario en presencia de ustedes, y ahí lo tienen.

Permanecimos unos momentos sentados en silencio. Al fin, Lestrade dijo:

-Bueno, Holmes, le he visto manejar un buen número de casos, pero no creo haber visto jamás uno

tan bien llevado como éste. No tenemos celos de usted en Scotland Yard; no, señor, nos sentimos orgullosos

de usted, y si se pasa por allí mañana, no habrá un solo hombre, desde el inspector más viejo al guardia más

joven, que no se alegre de estrecharle la mano.

-Gracias -dijo Holmes-. Gracias.

Y mientras se volvía de espaldas, me pareció que jamás le había visto tan cerca de dejarse llevar

por las más tiernas emociones. Pero un instante después, volvía a ser el pensador frío y práctico de

siempre.

-Ponga la perla en la caja fuerte, Watson -dijo-, y saque los papeles del caso de falsificación de Conk-

Singleton. Adiós, Lestrade. Si tiene algún problemilla, le haré encantado, si me es posible, una o dos

sugerencias que le ayuden a solucionarlo.

La Aventura de los Tres Estudiantes

En el año 95, una sucesión de acontecimientos sobre los que no es preciso entrar en detalles nos llevó a

Sherlock Holmes y a mí a pasar unas semanas en una de nuestras grandes ciudades universitarias, y durante

este tiempo nos aconteció la pequeña pero instructiva aventura que me dispongo a relatar. Como fácilmente

se comprende, todo detalle que pudiera ayudar al lector a identificar con exactitud la universidad o al

criminal, resultaría improcedente y ofensivo. Lo mejor que se puede hacer con un escándalo tan penoso es

que caiga en el olvido. Sin embargo, con la debida discreción, se puede referir el incidente en sí, ya que

permite poner de manifiesto algunas de las cualidades que dieron fama a mi amigo. Así pues, procuraré

evitar en mi narración la mención de detalles que pudieran servir para localizar los hechos en un lugar

concreto o dar indicios sobré la identidad de las personas implicadas.

Residíamos por entonces en unas habitaciones amuebladas, cerca de una biblioteca en la que

Sherlock Holmes estaba realizando laboriosas investigaciones sobre documentos legales de la antigua

Inglaterra...., investigaciones que condujeron a resultados tan sorprendentes que bien pudieran servir de tema

de una de mis futuras narraciones. Allí recibimos una tarde la visita de un conocido, el señor Hilton Soames,

profesor y tutor del colegio universitario de San Lucas. El señor Soames era un hombre alto y enjuto, de

temperamento nervioso y excitable. Yo siempre había sabido que se trataba de una persona inquieta, pero en

esta ocasión se encontraba en tal estado de agitación incontrolable que resultaba evidente que había ocurrido

algo muy anormal.

-Confío, señor Holmes, en que pueda usted dedicarme unas horas de su valioso tiempo. Nos ha

ocurrido un incidente muy lamentable en San Lucas v, la verdad, de no ser por la feliz coincidencia de que se

encuentre usted en la ciudad, no habría sabido qué hacer.

-Ahora mismo estoy muy ocupado y no quiero distracciones -respondió mi amigo-. Preferiría, con

mucho, que solicitara usted la ayuda de la policía.

-No, no, amigo mío; bajo ningún concepto podemos hacer eso. Una vez que se recurre a la ley, ya

no es posible detener su marcha, y se trata de uno de esos casos en los que, por el prestigio del colegio,

resulta esencial evitar el escándalo. Usted es tan conocido por su discreción como por sus facultades, y es el

único hombre del mundo que puede ayudarme. Le ruego, señor Holmes, que haga lo que pueda.

El carácter de mi amigo no había mejorado al verse privado de sus acogedores aposentos de Baker

Street. Sin sus cuadernos de notas, sus productos químicos y su confortable desorden se sentía incómodo.

Se encogió de hombros con un gesto de forzada aceptación, mientras nuestro visitante exponía su historia

con frases precipitadas y toda clase de nerviosas gesticulaciones.

-Tengo que explicarle, señor Holmes, que mañana es el primer día de exámenes para la beca

Fortescue. Yo soy uno de los examinadores. Mi asignatura es el griego, y la primera prueba consiste en

traducir un largo fragmento de texto en griego, que el candidato no ha visto antes. Este texto está impreso

en el papel de examen y, como es natural, el candidato que pudiera prepararlo por anticipado contaría con

una inmensa ventaja. Por esta razón, ponemos mucho cuidado en mantener en secreto el ejercicio.

»Hoy, a eso de las tres, llegaron de la imprenta las pruebas de este examen. El ejercicio consiste en

traducir medio capítulo de Tucídides

[1]. Tuve que leerlo con atención, ya que el texto debe ser

absolutamente correcto. A las cuatro y media todavía no había terminado. Sin embargo, había prometido

tomar el té en la habitación de un amigo, así que dejé las pruebas en mi despacho. Estuve ausente más de una

hora. Como sabrá usted, señor Holmes, las habitaciones de nuestro colegio tienen puertas dobles: una forrada

de bayeta verde por dentro y otra de roble macizo por fuera. Al acercarme a la puerta exterior de mi

despacho vi con asombro una llave en la cerradura. Por un instante pensé que había dejado olvidada allí mi

propia llave, pero al palpar en mi bolsillo comprobé que estaba en su sitio. Que yo sepa, la única copia que

existía era la de mi criado, Bannister, un hombre que lleva diez años encargándose de mi cuarto y cuya

honradez está por encima de toda sospecha. En efecto, comprobé que se trataba de su llave, que había

entrado en mi habitación para preguntarme si quería té, y que al salir se había dejado olvidada la llave en la

cerradura. Debió de llegar a mi cuarto muy poco después de salir yo de él. Su descuido con la llave no habría

tenido la menor importancia en otra ocasión cualquiera, pero en este día concreto ha tenido unas

consecuencias de lo más deplorables.

[1] Tucídides (460-400 a.C.), célebre historiador griego, autor de la Historia de la Guerra del

Peloponeso, un texto muy conocido por los estudiantes de griego. En realidad, el estudiante

tramposo no tenía necesidad de copiar el texto del examen; le habría bastado con tomar algunas

referencias que le permitieran identificar el fragmento, para luego localizarlo en el libro.

»En cuanto miré al escritorio, me di cuenta de que alguien había estado revolviendo mis papeles.

Las pruebas venían en tres largas tiras de papel. Yo las había dejado juntas, y ahora una estaba tirada en el

suelo, otra en una mesita cerca de la ventana y la tercera seguía donde yo la había dejado.

Holmes dio muestras de interés por primera vez.

-La primera página del texto, en el suelo; la segunda, en la ventana; y la tercera, donde usted la dejó

-dijo.

-Exacto, señor Holmes. Me asombra usted. ¿Cómo es posible que sepa eso?

-Por favor, continúe con su interesantísima exposición.

-Por un momento pensé que Bannister se había tomado la imperdonable libertad de examinar mis

papeles. Sin embargo, él lo negó de la manera más terminante, y estoy convencido de que decía la verdad. La

otra posibilidad es que alguien, al pasar, advirtiera la llave en la puerta y, sabiendo que yo no estaba, hubiera

entrado para mirar los papeles. Está en juego una considerable suma de dinero, ya que la beca es muy

elevada, y una persona sin escrúpulos podría muy bien correr un riesgo para obtener una ventaja sobre sus

compañeros.

»A Bannister le afectó mucho el incidente. Estuvo a punto de desmayarse cuando comprobamos,

sin ningún género de dudas, que alguien había estado enredando con los papeles. Le di un poco de brandy

y lo dejé desplomado en un sillón mientras yo inspeccionaba con más detenimiento la habitación. No tardé

en descubrir que el intruso había dejado otras huellas de su presencia, además de los papeles revueltos. En

la mesa de la ventana había varias virutas de un lápiz al que habían sacado punta. También encontré un

trozo de mina rota. Evidentemente, el muy granuja había copiado el texto a toda prisa se le había roto la

mina del lápiz y se había visto obligado a sacarle punta de nuevo.

-¡Excelente! -exclamó Holmes, que empezaba a recuperar su buen humor a medida que el caso iba

captando su atención-. Ha tenido usted mucha suerte.

-Eso no es todo. Tengo un escritorio nuevo, con una superficie perfecta, de cuero rojo. Estoy

dispuesto a jurar, y Bannister también, que estaba impecable y sin ninguna mancha. Y ahora me encuentro

que tiene un corte limpio de unas tres pulgadas de largo

[2], no un simple arañazo, sino un corte con todas las

de la de ley. Y no sólo eso: también encontré en la mesa una bolita de masilla o arcilla negra, con motitas

que parecen de serrín. Estoy convencido de que todos esos rastros los dejó el hombre que estuvo husmeando

en los papeles. No encontramos huellas de pisadas ni ningún otro indicio sobre su identidad. Yo ya no sabía

qué hacer, cuando de pronto me acordé de que usted estaba en la ciudad, y he venido de inmediato a poner el

asunto en sus manos. ¡Ayúdeme, señor Holmes! Dése usted cuenta de mi problema: o descubro quién ha sido

o tendremos que aplazar el examen hasta que preparemos nuevos ejercicios, y como esto no se puede hacer

sin dar explicaciones, nos veremos envueltos en un desagradable escándalo, que arrojará una mancha no sólo

sobre el colegio, sino sobre la universidad entera. Por encima de todo, es preciso solucionar este asunto

callada y discretamente.

[2] Siete centímetros y medio.

-Tendré mucho gusto en echarle un vistazo y ofrecerle los consejos que pueda -dijo Holmes,

levántándose y poniéndose el abrigo-. Este caso no carece por completo de interés. ¿Fue alguien a visitarle a

su habitación después de que recibiera usted los exámenes?

-Sí, el joven Daulat Ras, un estudiante indio que vive en la misma escalera, vino a

preguntarme algunos detalles acerca del examen.

-¿Se presenta él al examen? -Sí.

-¿Y los papeles estaban encima de su mesa?

-Estoy casi seguro de que estaban enrollados.

-¿Pero se notaba que eran pruebas de imprenta?

-Es posible.

-¿No había nadie más en su habitación?

-No.

-¿Sabía alguien que las pruebas estaban allí?

-Nadie más que el impresor.

-¿Lo sabía ese tal Bannister?

-No, seguro que no. No lo sabía nadie.

-¿Dónde está Bannister ahora?

-El pobre hombre está muy enfermo. Lo dejé tirado en un sillón, porque tenía mucha urgencia por

venir a verle a usted.

-¿Ha dejado la puerta abierta?

-Antes guardé las pruebas bajo llave.

-Entonces, señor Soames, la cosa se reduce a eso: a menos que el estudiante indio se diera

cuenta de que aquel rollo eran las pruebas del examen, el hombre que estuvo husmeando las encontró

por casualidad, sin

saber que estaban allí.

-Eso me parece a mí.

Holmes exhibió una sonrisa enigmática.

-Bien -dijo-. Vayamos a ver. Este caso no es para usted, Watson; es mental, no físico. De

acuerdo, si se empeña puede venir. Señor Soames, estamos a su disposición.

-El cuarto de estar de nuestro cliente tenía una ventana larga y baja con celosía, que daba al patio

del antiguo colegio, con sus viejas paredes cubiertas de líquenes. Una puerta gótica daba acceso a una

gastada escalera de piedra. La habitación del profesor se encontraba en la planta baja. Encima residían tres

estudiantes, uno en cada piso. Estaba casi anocheciendo cuando llegamos a la escena del misterio. Holmes se

detuvo y observó con interés la ventana. Se acercó a ella y, poniéndose de puntillas y estirando el cuello,

miró al interior de la habitación.

-Tiene que haber entrado por la puerta. Por aquí no hay más abertura que la de un panel de cristal

-dijo nuestro erudito guía.

-Vaya por Dios -dijo Holmes, mirando a nuestro acompañante con una curiosa sonrisa-. Bien, pues

si aquí no podemos averiguar nada, más vale que entremos.

El profesor abrió la puerta exterior y nos invitó a pasar a su habitación. Nos quedamos en el

umbral mientras Holmes examinaba la alfombra.

-Me temo que aquí no hay huellas -dijo-. Ya sería difícil que las hubiera con un día tan seco. Parece

que su sirviente se ha recuperado. Ha dicho usted que lo dejó en un sillón. ¿En cuál?

-En éste que está junto a la ventana.

-Ya veo. Cerca de esta mesita. Ya pueden entrar, he terminado con la alfombra. Veamos primero la

mesa pequeña. Desde luego, está muy claro lo que ha ocurrido. El tipo entró y cogió los papeles, hoja por

hoja, de la mesa del centro. Los trajo a esta mesa, junto a la ventana, porque desde aquí podía ver si se

acercaba usted por el patio, y tendría tiempo de escapar.

-Pues, en realidad, no podía verme -dijo Soames-, porque entré por la puerta lateral.

-¡Ah! ¡Eso está muy bien! De todos modos, eso es lo que él pensaba. Déjeme ver las tres tiras de

papel. No hay huellas de dedos, no señor. Vamos a ver, cogió primero ésta y la copió. ¿Cuánto tiempo pudo

tardar en hacerlo, utilizando todas las abreviaturas posibles? Como mínimo, un cuarto de hora. Una vez

copiada, la tiró al suelo y cogió la segunda tira. Debía de ir por la mitad cuando usted regresó y él tuvo que

retirarse a toda prisa..., con muchísima prisa, puesto que no tuvo tiempo de colocar los papeles en su sitio,

para que usted no advirtiera que aquí había estado alguien. ¿No oyó usted pasos precipitados por la escalera

al entrar?

-Pues la verdad es que no.

-Bien. Escribió con tal frenesí que se le rompió la mina del lápiz y, como usted ya había observado,

tuvo que sacarle punta. Esto es interesante, Watson. El lápiz era de marca, de tamaño más o menos normal,

con mina blanda; azul por fuera, con el nombre del fabricante en letras de plata, y la parte que queda no

tendrá más que una pulgada y media de longitud. Busque ese lápiz, señor Soames, y tendrá a su hombre.

Como pista adicional, le diré que posee una navaja grande y muy poco afilada.

El señor Soames quedó algo abrumado por esta avalancha de información.

-Todo lo demás lo entiendo -dijo-, pero, la verdad, ese detalle de la longitud...

Holmes esgrimió una pequeña viruta con las letras NN y un espacio en blanco detrás.

-¿Lo ve?

-No, me temo que ni aun así...

-Watson, he sido siempre injusto con usted. Hay otros iguales. ¿Qué podrían significar estas NN?

Están al final de una palabra. Como todo el mundo sabe, Johann Faber es el fabricante de lápices más

conocido. ¿No resulta evidente que lo que queda del lápiz es sólo lo que viene detrás de « Johann»? -inclinó

la mesita de lado para que le diera la luz eléctrica y continuó-: Confiaba en que hubiera utilizado un papel lo

bastante fino como para que quedara alguna marca en esta superficie pulida. Pero no, no veo nada. No creo

que saquemos nada más de aquí. Veamos ahora la mesa del centro. Supongo que este pegote es la masilla

negra que usted mencionó. De forma más o menos piramidal y ahuecada, por lo que veo. Como bien dijo

usted, parece haber granitos de serrín incrustados. Vaya, vaya, esto es muy interesante. Y el corte..., un buen

tajo, sí señor. Empieza con un fino rasguño y acaba en un auténtico desgarrón. Señor Soames, estoy en deuda

con usted por haber dirigido mi atención hacia este caso. ¿Adónde da esa puerta?

-A mi alcoba

-¿Ha entrado usted ahí después del suceso?

-No, fui directamente a buscarle a usted.

-Me gustaría echar un vistazo. ¡Qué bonita habitación al estilo antiguo! ¿Le importaría aguardar

un momento mientras examino el suelo? No, no veo nada. ¿Qué es esa cortina? Ah, cuelga usted su ropa

detrás. Si alguien se viera obligado a esconderse en esta habitación, tendría que hacerlo aquí, porque la

cama es demasiado baja y el armario tiene muy poco fondo. Supongo que no habrá nadie aquí...

Cuando Holmes descorrió la cortina pude advertir, por una cierta rigidez y actitud de alerta en su

postura, que estaba en guardia contra cualquier emergencia. Pero lo cierto es que detrás de la cortina no se

ocultaban más que tres o cuatro trajes, colgados de una hilera de perchas. Holmes se dio la vuelta _v, de

pronto, se agachó hacia el suelo.

-¡Caramba! ¿Qué es esto?

Se trataba de una pequeña pirámide, hecha con una especie de masilla negra, exactamente igual a la

que había sobre la mesa del despacho. Holmes la sostuvo en la palma de la mano y la acercó a la luz

eléctrica.

-Parece que su visitante ha dejado rastros en su alcoba, y no sólo en su cuarto de estar, señor

Soames.

-¿Qué podía buscar aquí?

-Creo que está muy claro. Usted regresó por un camino inesperado y él no se percató de su llegada

hasta que usted estaba va en la misma puerta. ¿Qué podía hacer? Recogió todo lo que pudiera delatarle y

corrió a esconderse en el dormitorio.

-¡Cielo santo, señor Holmes! No me diga que todo el tiempo que estuve aquí hablando con

Bannister tuvimos atrapado a ese individuo, sin nosotros saberlo.

-Así lo veo yo.

-Tiene que existir otra alternativa, señor Holmes. No sé si se ha fijado usted en la ventana de mi

alcoba.

-Con celosía, junquillos de plomo, tres paneles separados, uno de ellos con bisagras para abrirlo

y lo bastante grande para que pase un hombre.

-Exacto. Y da a un rincón del patio, de manera que queda casi invisible. El tipo pudo haber entrado

por aquí, dejó ese rastro al cruzar el dormitorio y después, al encontrar la puerta abierta, escapó por ella.

-Seamos prácticos -dijo-. Me pareció entender que hay tres estudiantes que utilizan esta escalera y

pasan habitualmente por delante de su puerta.

-En efecto.

-¿Y lo tres se presentan a este examen?

-Sí.

-¿Tiene usted razones para sospechar de alguno de ellos más que de los otros?

Soames vaciló.

-Se trata de una pregunta muy delicada. No me gusta difundir sospechas cuando no

existen pruebas.

-Oigamos las sospechas. Ya buscaré yo las pruebas. -En tal caso, le explicaré en pocas palabras el

carácter de los tres hombres que residen en esas habitaciones. En la primera planta está Gilchrist, muy buen

estudiante y atleta; juega en el equipo de rugby y en el de cricket del colegio, y representó a la universidad en

vallas y salto de longitud. Un joven agradable y varonil. Su padre era el famoso sir Jabez Gilchrist, que se

arruinó en las carreras. Mi alumno quedó en la pobreza, pero es muy aplicado y trabajador y saldrá adelante.

»En la segunda planta vive Daulat Ras, el indio. Un tipo callado e inescrutable, como la

mayoría de los indios. Lleva muy bien sus estudios, aunque el griego es su punto débil. Es serio y

metódico.

»El piso alto corresponde a Miles McLaren. Un tipo brillante cuando le da por trabajar..., uno de

los mejores cerebros de la universidad; pero es inconstante, disoluto y carece de principios. En su primer

año estuvo a punto de ser expulsado por un escándalo de cartas. Se ha pasado todo el curso holgazaneando

y no debe sentirse muy tranquilo ante este examen.

-En otras palabras, usted sospecha de él.

-No me atrevería a decir tanto. Pero, de los tres, sería quizás el menos improbable.

-Exacto. Y ahora, señor Soames, veamos cómo es su sirviente, Bannister.

Bannister resultó ser un hombrecillo de unos cincuenta años, pálido, bien afeitado y de cabellos

grises. Todavía no se había recuperado de aquella brusca perturbación de la tranquila rutina de su vida. Sus

fofas facciones temblaban con espasmos nerviosos y sus dedos no podían estarse quietos.

-Estamos investigando este lamentable incidente, Bannister -dijo el profesor.

-Sí, señor.

-Tengo entendido -dijo Holmes-que dejó usted su llave olvidada en la cerradura.

-Sí, señor.

-¿No es muy extraño que le ocurra eso precisamente el día en que estaban aquí esos papeles?

-Ha sido una gran desgracia, señor. Pero ya me ha ocurrido alguna otra vez.

-¿A qué hora entró usted en la habitación?

-A eso de las cuatro y media. La hora del té del señor Soames.

-¿Cuánto tiempo estuvo dentro?

-Al ver que él no estaba, salí inmediatamente.

-¿Miró usted los papeles de encima de la mesa?

-No, señor, le aseguro que no.

-¿Cómo pudo dejarse la llave en la puerta?

-Llevaba en las manos la bandeja del té, y pensé volver luego a recoger la llave. Pero se me olvidó.

-¿La puerta de fuera tiene picaporte?

-No, señor.

-¿De manera que permaneció abierta todo el tiempo?

-Sí, señor.

-Cuando regresó el señor Soames y le llamó, ¿se alteró usted mucho?

-Sí, señor. En todos los años que llevo aquí, que son muchos, nunca había sucedido una cosa

así. Estuve a punto de desmayarme, señor.

-Eso tengo entendido. ¿Dónde estaba usted cuando empezó a sentirse mal?

-¿Que dónde estaba? Pues aquí mismo, cerca de la puerta.

-Es muy curioso, porque fue a sentarse en aquel sillón que hay junto al rincón. ¿Por qué no se

sentó en cualquiera de estas otras sillas?

-No lo sé, señor. Ni me fijé en dónde me sentaba.

-No creo que se fijara en nada, señor Holmes -dijo Soames-. Tenía muy mal aspecto...,

completamente cadavérico.

-¿Se quedó usted aquí cuando se marchó el profesor?

-Nada más que un minuto o cosa así. Luego cerré la puerta con llave y me fui a mi habitación.

-¿De quién sospecha usted?

-Ay señor, no sabría decirle. No creo que haya en esta universidad un caballero capaz de hacer

algo así para obtener ventaja. No, señor, no lo creo.

-Gracias. Con eso basta -dijo Holmes-. Ah, sí, una cosa más. ¿No le habrá usted dicho a ninguno

de los tres caballeros que usted atiende que algo va mal, verdad?

-No, señor; ni una palabra.

-¿Ha visto a alguno de ellos? -No, señor.

-Muy bien. Y ahora, señor Soames, si le parece bien, daremos un paseo por el patio.

Tres cuadrados de luz amarilla brillaban sobre nosotros en medio de la creciente oscuridad.

-Sus tres pájaros están todos en sus nidos -dijo Holmes, mirando hacia arriba-¡Vaya! ¿Qué es eso?

Uno de ellos parece bastante inquieto.

Se trataba del indio, cuya oscura silueta había aparecido de pronto a través de los visillos, dando

rápidas zancadas de un lado a otro de la habitación.

-Me gustaría echarles un vistazo en sus habitaciones -dijo Holmes-. ¿Sería posible?

-Sin ningún problema -respondió Soames-. Este conjunto de habitaciones es el más antiguo del

colegio, y no es raro que vengan visitantes a verlas. Acompáñenme y yo mismo les serviré de guía.

-Nada de nombres, por favor -dijo Holmes mientras llamábamos a la puerta de Gilchrist.

La abrió un joven alto, delgado y de cabello pajizo, que nos dio la bienvenida al enterarse de

nuestros propósitos. La habitación contenía algunos detalles verdaderamente curiosos de arquitectura

doméstica medieval. Holmes quedó tan encantado que se empeñó en dibujarlo en su cuaderno de notas;

durante la operación, se le rompió la mina del lápiz, tuvo que pedir uno prestado a nuestro joven anfitrión y,

por último, le pidió prestada una navaja para sacarle punta a su lápiz. El mismo curioso incidente le volvió a

ocurrir en las habitaciones del indio, un individuo pequeño y callado, con nariz aguileña, que nos miraba de

reojo y no disimuló su alegría cuando Holmes dio por terminados sus estudios arquitectónicos. En ninguno

de los dos casos me pareció que Holmes hubiera encontrado la pista que andaba buscando. En cuanto a

nuestra tercera visita, quedó frustrada. La puerta exterior no se abrió a nuestras llamadas, y lo único positivo

que nos llegó del otro lado fue un torrente de palabrotas.

-¡Me tiene sin cuidado quién sea! ¡Pueden irse al infierno! -rugió una voz iracunda-. ¡Mañana es

el examen y no puedo perder el tiempo con nadie.

-¡Qué grosero! -dijo nuestro guía, rojo de indignación, mientras bajábamos por la escalera-.

Naturalmente, no se daba cuenta de que era yo quien llamaba, pero aun así su conducta resulta

impresentable y, dadas las circunstancias, bastante sospechosa.

La reacción de Holmes fue muy curiosa.

-¿Podría usted decirme la estatura exacta de este joven? -preguntó.

-La verdad, señor Holmes, no sabría qué decirle. Es más alto que el indio, aunque no tanto como

Gilchrist. Supongo que alrededor de cinco pies y seis pulgadas

[3].

[3] Aproximadamente, un metro setenta.

-Eso es muy importante -dijo Holmes-. Y ahora, señor Soames, le deseo a usted buenas

noches.

Nuestro guía expresó a voces su sorpresa y desencanto.

-¡Santo cielo, señor Holmes! ¡No irá usted a dejarme así de repente! Me parece que no se da usted

cuenta de la situación. El examen es mañana. Tengo que tomar alguna medida concreta esta misma noche.

No puedo permitir que se celebre el examen si uno de los ejercicios está amañado. Hay que afrontar la

situación.

-Tiene que dejar las cosas como están. Mañana me pasaré por aquí a primera hora de la mañana y

hablaremos del asunto. Es posible que para entonces me encuentre en condiciones de sugerirle alguna línea

de actuación. Mientras tanto, no cambie usted nada; absolutamente nada.

-Muy bien, señor Holmes.

-Y quédese tranquilo. No le quepa duda de que encontraremos la manera de solucionar sus

dificultades. Me voy a llevar la masilla negra, y también las virutas de lápiz. Adiós.

Cuando volvimos a salir a la oscuridad del patio miramos de nuevo las ventanas. El indio seguía

dando paseos por la habitación. Los otros dos estaban invisibles.

-Bien, Watson, ¿qué le parece? -preguntó Holmes en cuanto salimos a la calle-. Es como un juego

de salón, algo así como el truco de las tres cartas, ¿no cree? Ahí tiene usted a sus tres hombres. Tiene que ser

uno de ellos. Elija. ¿Por cuál se decide?

-El individuo mal hablado del último piso. Es el que tiene el peor historial. Sin embargo, ese

indio también parece un buen pájaro. ¿Por qué estará dando vueltas por el cuarto sin parar?

-Eso no quiere decir nada. Muchas personas lo hacen cuando están intentando aprenderse algo

de memoria.

-Nos miraba de una manera muy rara.

-Lo mismo haría usted si le cayese encima una manada de desconocidos cuando estuviera

preparando un examen para el día siguiente y no pudiera perder ni un minuto. No, eso no me dice nada.

Además, los lápices y las cuchillas..., todo estaba como es debido. El que sí me intriga es ese individuo...

-¿Quién?

-Hombre, pues Bannister, el sirviente. ¿Qué pinta él en este asunto?

-A mí me dio la impresión de ser un hombre completamente honrado.

-A mí también, y eso es lo que me intriga. ¿Por qué iba un hombre completamente honrado

a... Bueno, bueno, aquí tenemos una papelería importante. Comenzaremos aquí nuestras

investigaciones.

En la ciudad sólo había cuatro papelerías de cierta importancia, y en cada una de ellas Holmes

exhibió sus virutas de lápiz y ofreció un alto precio por un lápiz igual. En todas le dijeron que podían

encargarlo, pero que se trataba de un tamaño poco corriente y casi nunca tenían existencias. El fracaso no

pareció deprimir a mi amigo, que se encogió de hombros con una resignación casi divertida.

-No hay nada que hacer, querido Watson. Esta pista, que era la mejor y la más concluyente, no ha

conducido a nada. Aunque, la verdad, estoy casi seguro de que, aun sin ella, podremos elaborar una

explicación suficiente. ¡Por Júpiter! Querido amigo, son casi las nueve, y nuestra patrona dijo algo acerca de

guisantes a las siete v media. Estoy viendo, Watson, que con esa manía de fumar constantemente y esa

irregularidad en las comidas, van a acabar por pedirle que se largue, y yo compartiré su caída en desgracia...,

aunque no antes de que haya resuelto el problema del profesor nervioso, el sirviente descuidado y los tres

intrépidos estudiantes.

Holmes no volvió a hacer ningún comentario sobre el caso aquel día, aunque permaneció

sentado y sumido en reflexiones durante mucho rato, después de nuestra retrasada cena. A las

ocho de la mañana siguiente entró en mi habitación cuando yo estaba terminando de asearme.

-Bien, Watson -dijo-. Es hora de ir a San Lucas. ¿Puede prescindir del desayuno?

-Desde luego.

-Soames estará hecho un manojo de nervios hasta que podamos decirle algo concreto.

-¿Y tiene usted algo concreto que decirle?

-Creo que sí.

-¿Ha llegado ya a alguna conclusión?

-Sí, querido Watson; he solucionado el misterio.

-Pero... ¿qué nuevas pistas ha podido encontrar?

-¡Ah! No en vano me he levantado de la cama a horas tan intempestivas como las seis de la mañana.

He invertido dos horas de duro trabajo y he recorrido no menos de cinco millas, pero algo he sacado en

limpio. ¡Fíjese en esto!

Extendió la mano, y en la palma tenía tres pequeñas pirámides de masilla negra.

-¡Caramba, Holmes, ayer sólo tenía dos!

-Y esta mañana he conseguido otra. No parece muy aventurado suponer que la fuente de origen

del número tres sea la misma que la de los números uno y dos. ¿No cree, Watson? Bueno, pongámonos

en marcha y libremos al amigo Soames de su tormento.

Efectivamente, el desdichado profesor se encontraba en un estado nervioso lamentable cuando

llegamos a sus habitaciones. En unas pocas horas comenzarían los exámenes, y él todavía vacilaba entre dar

a conocer los hechos o permitir que el culpable optase a la sustanciosa beca. Tan grande era su agitación

mental que no podía quedarse quieto, y corrió hacia Holmes con las manos extendidas en un gesto de

ansiedad.

-¡Gracias a Dios que ha venido! Llegué a temer que se hubiera desentendido del caso. ¿Qué

hago? ¿Seguimos adelante con el examen?

-Sí, sí; siga adelante, desde luego.

-Pero... ¿y ese granuja?

-No se presentará.

-¿Sabe usted quién es?

-Creo que sí. Puesto que el asunto no se va a hacer público, tendremos que atribuirnos algunos

poderes y decidir por nuestra cuenta, en un pequeño consejo de guerra privado. ¡Colóquese ahí, Soames,

haga el favor! ¡Usted ahí, Watson! Yo ocuparé este sillón del centro. Bien, creo que ya parecemos lo bastante

impresionantes como para infundir terror en un corazón culpable. ¡Haga el favor de tocar la campanilla!

Bannister acudió a la llamada y reculó con evidente sorpresa y temor ante nuestra pose judicial.

-Haga el favor de cerrar la puerta -dijo Holmes-. Y ahora, Bannister, ¿será tan amable de

decirnos la verdad acerca del incidente de ayer?

El hombre se puso pálido hasta las raíces del pelo.

-Se lo he contado todo, señor.

-¿No tiene nada que añadir?

-Nada en absoluto, señor.

-En tal caso, tendré que hacerle unas cuantas sugerencias. Cuando se sentó ayer en ese sillón, ¿no

lo haría para esconder algún objeto que habría podido revelar quién estuvo en la habitación?

La cara de Bannister parecía la de un cadáver.

-No, señor; desde luego que no.

-Era sólo una sugerencia -dijo Holmes en tono suave-. Reconozco francamente que no puedo

demostrarlo. Pero parece bastante probable si consideramos que en cuanto el señor Soames volvió la espalda

usted dejó salir al hombre que estaba escondido en esa alcoba.

Bannister se pasó la lengua por los labios resecos.

-No había ningún hombre.

-¡Qué pena, Bannister! Hasta ahora, podría ser que hubiera dicho la verdad, pero ahora me

consta que ha mentido.

El rostro de Bannister adoptó una expresión de huraño desafío.

-No había ningún hombre, señor.

-Vamos, vamos, Bannister.

-No, señor; no había nadie.

-En tal caso, no puede usted proporcionarnos más información. ¿Quiere hacer el favor de quedarse

en la habitación? Póngase ahí, junto a la puerta del dormitorio. Ahora, Soames, le voy a pedir que tenga la

amabilidad de subir a la habitación del joven Gilchrist y le diga que baje aquí a la suya.

Un minuto después, el profesor regresaba, acompañado del estudiante. Era éste un hombre con una

figura espléndida, alto, esbelto y ágil, de paso elástico y con un rostro atractivo y sincero. Sus preocupados

ojos azules vagaron de uno a otro de nosotros, y por fin se posaron con una expresión de absoluto desaliento

en Bannister, situado en el rincón más alejado.

-Cierre la puerta -dijo Holmes-. Y ahora, señor Gilchrist, estamos solos aquí, y no es preciso que

nadie se entere de lo que ocurre entre nosotros, de manera que podemos hablar con absoluta franqueza.

Queremos saber, señor Gilchrist, cómo es posible que usted, un hombre de honor, haya podido cometer

una acción como la de ayer.

El desdichado joven retrocedió tambaleándose, y dirigió a Bannister una mirada llena de espanto y

reproche.

-¡No, no, señor Gilchrist! ¡Yo no he dicho una palabra! ¡Ni una palabra, señor! -exclamó el

sirviente.

-No, pero ahora sí que lo ha hecho -dijo Holmes-. Bien, caballero, se dará usted cuenta de que

después de lo que ha dicho Bannister, su postura es insostenible, y que la única oportunidad que le queda es

hacer una confesión sincera.

Por un momento, Gilchrist, con una mano levantada, trató de contener el temblor de sus

facciones. Pero un instante después había caído de rodillas delante de la mesa y, con la cara oculta entre las

manos, estallaba en una tempestad de angustiados sollozos.

-Vamos, vamos -dijo Holmes amablemente-. Errar es humano, y por lo menos nadie puede acusarle

de ser un criminal empedernido. Puede que resulte menos violento para usted que yo le explique al señor

Soames lo ocurrido, y usted puede corregirme si me equivoco. ¿Lo prefiere así? Está bien, está bien, no se

moleste en contestar. Escuche, y comprobará que no soy injusto con usted.

»Señor Soames, desde el momento en que usted me dijo que nadie, ni siquiera Bannister, sabía que

las pruebas estaban en su habitación, el caso empezó a cobrar forma concreta en mi mente. Por supuesto,

podemos descartar al impresor, puesto que éste podía examinar los ejercicios en su propia oficina. Tampoco

el indio me pareció sospechoso: si las pruebas estaban en un rollo, es poco probable que supiera de qué se

trataba. Por otra parte, parecía demasiado coincidencia que alguien se atreviera a entrar en la habitación, de

manera no premeditada, precisamente el día en que los exámenes estaban sobre la mesa. También eso

quedaba descartado. El hombre que entró sabía que los exámenes estaban aquí. ¿Cómo lo sabía?

»Cuando vinimos por primera vez a su habitación, yo examiné la ventana por fuera. Me hizo gracia

que usted supusiera que yo contemplaba la posibilidad de que alguien hubiera entrado por ahí, a plena luz del

día y expuesto a las miradas de todos los que ocupan esas habitaciones de enfrente. Semejante idea era

absurda. Lo que yo hacía era calcular lo alto que tenía que ser un hombre para ver desde fuera los papeles

que había encima de la mesa. Yo mido seis pies y tuve que empinarme para verlos. Una persona más baja

que yo no habría tenido la más mínima posibilidad. Como ve, ya desde ese momento tenía motivos para

suponer que si uno de sus tres estudiantes era más alto de lo normal, ése era el que más convenía vigilar.

»Entré aquí y le hice a usted partícipe de la información que ofrecía la mesita lateral. La mesa del

centro no me decía nada, hasta que usted, al describir a Gilchrist, mencionó que practicaba el salto de

longitud. Entonces todo quedó claro al instante, y ya sólo necesitaba ciertas pruebas que lo confirmaran, y

que no tardé en obtener.

»He aquí lo que sucedió: este joven se había pasado la tarde en las pistas de atletismo practicando el

salto. Regresó trayendo las zapatillas de saltar, que, como usted sabe, llevan varios clavos en la suela. Al

pasar por delante de la ventana vio, gracias a su elevada estatura, el rollo de pruebas encima de su mesa, y se

imaginó de qué se trataba. No habría ocurrido nada malo de no ser porque, al pasar por delante de su puerta,

advirtió la llave que el descuidado sirviente había dejado allí olvidada. Entonces se apoderó de él un

repentino impulso de entrar y comprobar si, efectivamente, se trataba de las pruebas del examen. No corría

ningún peligro, porque siempre podría alegar que había entrado únicamente para hacerle a usted una

consulta.

»Pues bien, cuando hubo comprobado que, en efecto, se trataba de las pruebas, es cuando sucumbió

a la tentación. Dejó sus zapatillas encima de la mesa. ¿Qué es lo que dejó en ese sillón que hay al lado de la

ventana?

-Los guantes -respondió el joven.

Holmes dirigió una mirada triunfal a Bannister.

-Dejó sus guantes en el sillón y cogió las pruebas, una a una, para copiarlas. Suponía que el profesor

regresaría por la puerta principal y que lo vería venir. Pero, como sabemos, vino por la puerta lateral. Cuando

lo oyó, usted estaba ya en la puerta. No había escapatoria posible. Dejó olvidados los guantes, pero recogió

las zapatillas y se precipitó dentro de la alcoba. Se habrán fijado en que el corte es muy ligero por un lado,

pero se va haciendo más profundo en dirección a la puerta del dormitorio. Eso es prueba suficiente de que

alguien había tirado de las zapatillas en esa dirección, e indicaba que el culpable había buscado refugio allí.

Sobre la mesa quedó un pegote de tierra que rodeaba a un clavo. Un segundo pegote se desprendió y cayó al

suelo en el dormitorio. Puedo agregar que esta mañana me acerqué a las pistas de atletismo, comprobé que el

foso de saltos tiene una arcilla negra muy adherente y me llevé una muestra, junto con un poco del serrín fino

que se echa por encima para evitar que el atleta resbale. ¿He dicho la verdad, señor Gilchrist?

El estudiante se había puesto en pie.

-Sí, señor; es verdad -dijo.

-¡Cielo santo! ¿No tiene nada que añadir? -exclamó Soames.

-Sí, señor, tengo algo, pero la impresión que me ha causado el quedar desenmascarado de manera

tan vergonzosa me había dejado aturdido. Tengo aquí una carta, señor Soames, que le escribí esta

madrugada, tras una noche sin poder dormir. La escribí antes de saber que mi fraude había sido descubierto.

Aquí la tiene, señor. Verá que en ella le digo: «He decidido no presentarme al examen. Me han ofrecido un

puesto en la policía de Rhodesia yparto de inmediato hacia África del Sur.»

-Me complace de veras saber que no intentaba aprovecharse de una ventaja tan mal adquirida

-dijo Soames-. Pero ¿qué le hizo cambiar de intenciones?

Gilchrist señaló a Bannister.

-Este es el hombre que me puso en el buen camino -dijo.

-En fin, Bannister -dijo Holmes-. Con lo que ya hemos dicho, habrá quedado claro que sólo usted

podía haber dejado salir a este joven, puesto que usted se quedó en la habitación y tuvo que cerrar la puerta

al marcharse. No hay quien se crea que pudiera escapar por esa ventana. ¿No puede aclararnos este último

detalle del misterio, explicándonos por qué razón hizo lo que hizo?

-Es algo muy sencillo, señor, pero usted no podía saberlo; ni con toda su inteligencia lo habría

podido saber. Hubo un tiempo, señor, en el que fui mayordomo del difunto sir Jabez Gilchrist, padre de este

joven caballero. Cuando quedó en la ruina, yo entré a trabajar de sirviente en la universidad, pero nunca

olvidé a mi antiguo señor porque hubiera caído en desgracia. Hice siempre todo lo que pude por su hijo, en

recuerdo de los viejos tiempos. Pues bien, señor, cuando entré ayer en esta habitación, después de que se

diera la alarma, lo primero que vi fueron los guantes marrones del señor Gilchrist encima de ese sillón.

Conocía muy bien aquellos guantes y comprendí el mensaje que encerraban. Si el señor Soames los veía,

todo estaba perdido. Así que me desplomé en el sillón, y nada habría podido moverme de él hasta que el

señor Soames salió a buscarle a usted. Entonces salió de su escondite mi pobre señorito, a quien yo había

mecido en mis rodillas, y me lo confesó todo. ¿No era natural, señor, que yo intentara salvarlo, v no era

natural también que procurase hablarle como lo habría hecho su difunto padre, haciéndole comprender que

no podía sacar provecho de su mala acción? ¿Puede usted culparme por ello, señor?

-Desde luego que no -dijo Holmes de todo corazón, mientras se ponía en pie-. Bien, Soames, creo

que hemos resuelto su pequeño problema, y en casa nos aguarda el desayuno. Vamos, Wátson. En cuanto a

usted, caballero, confío en que le aguarde un brillante porvenir en Rhodesia. Por una vez ha caído usted

bajo. Veamos lo alto que puede llegar en el futuro.

La aventura de las gafas de oro

Cuando contemplo los tres abultados volúmenes de manuscritos que contienen nuestros trabajos del año

1894 debo confesar que, ante tal abundancia de material, resulta muy difícil seleccionar los casos más

interesantes en sí mismos y que, al mismo tiempo, permitan poner de manifiesto las peculiares facultades que

dieron fama a mi amigo. Al hojear sus páginas, veo las notas que tomé acerca de la repulsiva historia de la

sanguijuela roja y la terrible muerte del banquero Crosby; encuentro también un informe sobre la tragedia de

Addlenton y el extraño contenido del antiguo túmulo británico; también corresponden a este período el

famoso caso de la herencia de los SmithMortimer y la persecución y captura de Huret, el asesino de los

bulevares, una hazaña que le valió a Holmes una carta autógrafa de agradecimiento del presidente de Francia

y la Orden de la Legión de Honor. Cualquiera de estos casos podría servir de base a un relato, pero, en

conjunto, opino que ninguno de ellos reúne tantos aspectos insólitos e interesantes como el episodio de

Yoxley Old Place, que no sólo incluye la lamentable muerte del joven Willoughby Smith, sino también las

posteriores derivaciones, que arrojaron tan curiosa luz sobre las causas del crimen. Era una noche cruda y

tormentosa de finales de noviembre. Holmes y yo habíamos pasado toda la velada sentados en silencio, él

dedicado a descifrar con una potenta lupa los restos de la inscripción original de un antiguo palimpsesto

[1], y

yo absorto en un tratado de cirugía recién publicado. Fuera de la casa, el viento aullaba a lo largo de Baker

Street y la lluvia repicaba con fuerza contra las ventanas. Resultaba extraño sentir la zarpa de hierro de la

Naturaleza en pleno corazón de la ciudad, rodeados de construcciones humanas hasta una distancia de diez

millas en cualquier dirección, y darse cuenta de que, para la fuerza colosal de los elementos, todo Londres no

significaba más que las madrigueras de topos que salpican los campos. Me acerqué a la ventana y miré hacia

la calle vacía. Aquí y allá, las farolas brillaban sobre la calzada embarrada y las relucientes aceras. Un

solitario coche de alquiler avanzaba chapoteando desde el extremo que da a Oxford Street.

[1] Un palimpsesto es un pergamino en el que se ha borrado lo escrito para escribir en él por

segunda vez. Mediante técnicas químicas se puede recuperar parte de la escritura original, y de este

modo se han descubierto valiosos fragmentos de literatura antigua.

-¡Caramba, Watson, menos mal que no tenemos que salir esta noche! -dijo Holmes, dejando a un lado la lupa

y enrollando el palimpsesto-. Ya he hecho bastante por hoy. Esto fatiga mucho la vista. Por lo que he podido

descifrar, se trata de una cosa tan prosaica como la contabilidad de una abadía de la segunda mitad del siglo

quince. ¡Vaya, vaya, vaya! ¿Qué es esto? Entre el rugido del viento se oía el ruido de cascos de caballo y el

prolongado chirrido de una rueda que raspaba contra el bordillo. El coche que yo había visto acababa de

detenerse ante nuestra puerta. -¿Qué puede buscar? -exclamé al ver que un hombre se apeaba del coche.

-¿Pues qué va a buscar? Nos busca a nosotros. Y nosotros, mi pobre Watson, ya podemos ir buscando

abrigos, bufandas, chanclos y cualquier otro accesorio inventado por el hombre para combatir las

inclemencias de un tiempo como el de esta noche. Pero... ¡aguarde un momento! ¡El coche se marcha!

Todavía quedan esperanzas. Si quisiera que le acompañáramos, le habría hecho esperar. Baje corriendo a

abrir la puerta, querido camarada, porque toda la gente de bien hace mucho que se fue a la cama. Cuando la

luz de la lámpara del vestíbulo iluminó a nuestro visitante nocturno, le reconocí de inmediato. Se trataba de

Stanley Hopkins, un joven y prometedor inspector, en cuya carrera Holmes había mostrado en más de una

ocasión un interés muy real. -¿Está él? -preguntó ansioso. -Suba, querido amigo -dijo desde lo alto la voz de

Holmes-. Espero que no tenga usted planes para nosotros en una noche como ésta. El inspector subió las

escaleras, con su lustroso impermeable resplandeciendo bajo la luz de la lámpara. Le ayudé a quitárselo,

mientras Holmes avivaba la llama de los troncos de la chimenea. -Acérquese, amigo Hopkins, y caliéntese

los pies. Aquí tiene un cigarro, y el doctor tiene preparada una receta a base de agua caliente y limón que es

mano de santo en noches como ésta. Tiene que ser un asunto importante el que le ha traído aquí con

semejante temporal. -Sí que lo es, señor Holmes. Le aseguro que he tenido una tarde agotadora. ¿Ha visto

algo sobre el caso de Yoxley en las últimas ediciones de los periódicos? -Hoy no he visto nada posterior al

siglo quince. -Bueno, no se ha perdido nada porque sólo venía un parra-fito y todo está equivocado. No he

dejado que crezca la hierba bajo mis pies. La cosa ha ocurrido en Kent, a siete millas de Chatham y tres de la

estación de ferrocarril. Me telegrafiaron a las tres y cuarto, llegué a Yoxley Old Place a las cinco, llevé a

cabo mis investigaciones, regresé a Charing Cross en el último tren y vine directamente en coche a verle

usted. -Lo cual significa, según creo entender, que no ve usted del todo claro el asunto. -Significa que no le

encuentro ni pies ni cabeza. Por lo que he podido ver, se trata del caso más embarullado que jamás me haya

tocado en suerte, y eso que al principio parecía tan sencillo que no ofrecía dudas. No hay móvil, señor

Holmes, eso es lo que me trae a mal traer: que no consigo encontrar un móvil. Tenemos un muerto..., sobre

eso no cabe ninguna duda..., pero, por más que miro, no encuentro ninguna relación por la que alguien

pudiera desearle algún mal al difunto. Holmes encendió su cigarro y se recostó en su asiento. -A ver,

cuéntenos -dijo. -Para mí, los hechos están muy claros -dijo Stanley Hopkins-. Lo único que me falta saber es

qué significan. La historia, por lo que he podido averiguar, es la siguiente: Hace unos diez años, esta casa de

campo, Yoxley Old Place, fue alquilada por un hombre mayor, que dijo llamarse profesor Coram. Estaba

inválido, y se pasaba la mitad del tiempo en la cama y la otra mitad renqueando por la casa con un bastón o

paseando por el jardín en una silla de ruedas empujada por el jardinero. Gozaba de las simpatías de los pocos

vecinos que iban a visitarlo, y tenía reputación de ser muy culto. Su servicio doméstico lo componían una

anciana ama de llaves, la señora Marker, y una doncella, llamada Susan Tarlton. Las dos están con él desde

que llegó, y las dos parecen ser excelentes personas. El profesor está escribiendo un libro erudito, y hace

cosa de un año tuvo necesidad de contratar un secretario. Los dos primeros que encontró fueron sendos

fracasos, pero el tercero, un joven recién salido de la universidad llamado Willoughby Smith, parece que era

justo lo que el profesor andaba buscando. Su trabajo consistía en escribir durante toda la mañana lo que el

profesor le dictaba, después de lo cual solía pasearse buscando referencias y textos relacionados con la tarea

del día siguiente. Este Willoughby Smith no tiene ningún antecedente negativo, ni de muchacho en

Uppingham ni de joven en Cambridge. He leído sus certificados y parecen indicar que ha sido siempre un

tipo decente, callado y trabajador, sin ninguna mancha en su historial. Y sin embargo, éste es el joven que ha

encontrado la muerte esta mañana, en el despacho del profesor, en circunstancias que sólo pueden

interpretarse como asesinato. El viento aullaba y gemía en las ventanas. Holmes y yo nos acercanos más al

fuego, mientras el joven inspector, poco a poco v con todo detalle, iba desgranando su curioso relato.

-Aunque buscásemos por toda Inglaterra -continuó-, no creo que pudiéramos encontrar una casa más aislada

del mundo y libre de influencias exteriores. Podían pasar semanas enteras sin que nadie cruzara la puerta del

jardín. El profesor vivía absorto en su trabajo y no existía para él nada más. El joven Smith no conocía a

nadie en el vecindario, y llevaba una vida muy similar a la de su jefe. Las dos mujeres no salían para nada de

la casa. Mortimer, el jardinero, el que empuja la silla de ruedas, es un pensionista del ejército, un veterano de

Crimea de conducta intachable. No vive en la casa, sino en una casita de tres habitaciones al otro extremo del

jardín. Estas son las únicas personas que uno puede encontrar en los terrenos de Yoxley Old Place. Por otra

parte, la puerta del jardín está a cien yardas de la carretera principal de Londres a Chatham; se abre con un

pestillo y no hay nada que impida que alguien entre. »Ahora les voy a repetir las declaraciones de Susan

Tarlton, que es la única persona que tiene algo concreto que decir sobre el asunto. Ocurrió por la mañana,

entre las once y las doce. En aquel momento, ella estaba ocupada en colgar unas cortinas en la alcoba

delantera del piso alto. El profesor Coram todavía seguía en la cama, porque cuando hace mal tiempo rara

vez se levanta antes del mediodía. El ama de llaves estaba haciendo algo en la parte posterior de la casa.

Willouhgy Smith había estado hasta entonces en su dormitorio, que también utilizaba como cuarto de estar;

pero en aquel momento, la doncella le oyó salir al pasillo y bajar al despacho, situado inmediatamente debajo

de la alcoba en la que ella se encontraba. No le vio, pero asegura que sus pasos firmes y rápidos resultaban

inconfundibles. No oyó cerrarse la puerta del despacho, pero aproximadamente un minuto más tarde sonó un

grito espantoso en la habitación de abajo. Un alarido ronco y salvaje, tan extraño y poco natural que lo

mismo podía haberlo lanzado una mujer que un hombre. Al mismo tiempo, se oyó un golpe fortísimo, que

hizo temblar toda la casa, y después todo quedó en silencio. La doncella se quedó petrificada unos instantes,

pero luego recuperó el valor y corrió escaleras abajo. La puerta del despacho estaba cerrada; la abrió y

encontró al joven Willoughby Smith tendido en el suelo. Al principio no advirtió que tuviera ninguna herida,

pero al intentar levantarlo vio que brotaba sangre de la parte inferior del cuello, donde presentaba una herida

pequeña, pero muy profunda, que había seccionado la arteria carótida. El instrumento causante de la herida

estaba tirado en la alfombra, junto al cuerpo. Se trataba de uno de esos cuchillitos para el lacre que suele

haber en los escritorios antiguos, con margo de marfil y hoja muy rígida. Formaba parte de la escribanía de la

mesa del profesor. »Al principio, la doncella creyó que el joven Smith estaba ya muerto, pero cuando le echó

un poco de agua de una garrafa por la frente, Smith abrió los ojos por un instante y murmuró: «El profesor...

ha sido ella.» La doncella está dispuesta a jurar que ésas fueron las palabras exactas. El hombre hizo

esfuerzos desesperados por decir algo más y llegó a levantar la mano derecha, pero cayó definitivamente

muerto. »Mientras tanto, el ama de llaves había llegado también al despacho, aunque demasiado tarde para

oír las últimas palabras del moribundo. Dejando a Susan junto al cadáver, corrió a la habitación del profesor.

Este se encontraba sentado en la cama, terriblemente alterado, porque había oído lo suficiente para darse

cuenta de que había ocurrido algo espantoso. La señora Marker está dispuesta a jurar que el profesor todavía

tenía puesta su ropa de cama, y lo cierto es que le resultaba imposible vestirse sin la ayuda de Mortimer, que

tenía orden de presentarse a las doce en punto. El profesor declara haber oído el grito a lo lejos, pero dice no

saber nada más. No acierta a explicar las últimas palabras del joven, «El profesor... ha sido ella», pero

supone que fueron producto del delirio. Está convencido de que Willoughby Smith no tenía ningún enemigo

en el mundo, y no puede explicarse los motivos del crimen. Lo primero que hizo fue enviar a Mortimer, el

jardinero, a avisar a la policía local. Poco después, el jefe del puesto me hacía llamar a mí. Nadie tocó nada

hasta que yo llegué, y se dieron órdenes estrictas de que nadie anduviera por los senderos que conducen a la

casa. Era una ocasión espléndida para poner en práctica sus teorías, señor Holmes; no faltaba nada. -Excepto

Sherlock Holmes -dijo mi compañero, con una sonrisa tirando a amarga-. Pero siga contándonos. ¿Qué clase

de trabajo llevó usted a cabo? -Primero, señor Holmes, tengo que pedirle que mire este plano aproximado,

que le dará una idea general de la situación del despacho del profesor y otros detalles del caso. Así podrá

seguir el hilo de mis investigaciones. Desplegó el boceto que aquí reproduzco y lo extendió sobre las rodillas

de Holmes. Yo me levanté y me situé detrás de Holmes para estudiarlo por encima de su hombro.

-Naturalmente, es sólo una aproximación, y no incluye más que los detalles que a mí me parecieron

esenciales. El resto ya lo verá usted mismo más adelante. Ahora, veamos: en primer lugar, y suponiendo que

el asesino o asesina viniera de fuera, ¿por dónde entró? Sin duda alguna, por el sendero del jardín y por la

puerta de atrás, desde la cual se llega directamente al despacho. Cualquier otra ruta habría presentado

muchísimas complicaciones. La retirada también tuvo que efectuarse por el mismo camino, va que, de las

otras dos salidas que tiene la habitación, una quedó bloqueada por Susan, que corría escaleras abajo, y la otra

conducía directamente al dormitorio del profesor. Así pues, dirigí de inmediato mi atención al sendero del

jardín, que estaba empapado por la reciente lluvia y sin duda presentaría huellas de pisadas.

»Mi inspección me demostró que me las tenía que ver con un criminal experto y precavido. En el sendero no

había ni una huella. Sin embargo, no cabía duda de que alguien había caminado sobre el arriate de césped

que flanquea el sendero, y que lo había hecho para no dejar huellas. No pude encontrar nada parecido a una

impresión clara, pero la hierba estaba aplastada y resulta evidente que por allí había pasado alguien. Y sólo

podía tratarse del asesino, porque ni el jardinero ni ninguna otra persona habían estado por allí esta mañana,

y la lluvia había empezado a caer durante la noche. -Un momento -dijo Holmes-. ¿Adónde conduce este

sendero? -A la carretera. -¿Qué longitud tiene? -Unas cien yardas. -Pero tuvo usted que encontrar huellas en

el punto donde el sendero cruza la puerta exterior. -Por desgracia, el sendero está pavimentado en ese punto.

-¿Y en la carretera misma? -Nada. Estaba toda enfangada y pisoteada. -Tch, tch. Bien, volvamos a esas

pisadas en la hierba. ¿Iban o volvían? -Imposible saberlo. No se advertía ningún contorno. -¿Pie grande o

pequeño? -No se podía distinguir. Holmes soltó una interjección de impaciencia. -Desde entonces, no ha

parado de llover a mares y ha soplado un verdadero huracán -dijo-. Ahora será más difícil de leer que este

palimpsesto. En fin, eso ya no tiene remedio. ¿Qué hizo usted, Hopkins, después de asegurarse de que no

estaba seguro de nada? -Creo estar seguro de muchas cosas, señor Holmes. Sabía que alguien había entrado

furtivamente en la casa desde el exterior. A continuación, examiné el corredor. Está cubierto con una estera

de palma y no han quedado en él huellas de ninguna clase. Así llegué al despacho mismo. Es una habitación

con pocos muebles, y el que más destaca es una mesa grande con escritorio. Este escritorio consta de una

doble columna de cajones con un armarito central, cerrado. Según parece, los cajones estaban siempre

abiertos y en ellos no se guardaba nada de valor. En el armarito había algunos papeles importantes, pero no

presentaba señales de haber sido forzado, y el profesor me ha asegurado que no falta nada. Tengo la

seguridad de que no se ha robado nada. »Y llegamos por fin al cadáver del joven. Se encontraba cerca del

escritorio, un poco a la izquierda, como se indica en el plano. La puñalada se había asestado en el lado

derecho del cuello y desde atrás hacia delante, de manera que es casi imposible que se hiriera él mismo. -A

menos que se cayera sobre el cuchillo -dijo Holmes. -Exacto. Esa idea se me pasó por la cabeza. Pero el

cuchillo se encontraba a varios palmos del cadáver, de modo que parece imposible. Tenemos, además, las

palabras del propio moribundo. Y por último, tenemos esta importantísima prueba que se encontró en la

mano derecha del muerto. Stanley Hopkins sacó de un bolsillo un paquetito envuelto en papel. Lo

desenvolvió y exhibió unos lentes con montura de oro, de los que se sujetan solamente a la nariz, con dos

cabos rotos de cordón de seda negra colgando de sus extremos.

-Willoughby Smith tenía una vista excelente -prosiguió-. No cabe duda de que esto fue arrancado de la cara o

el cuerpo del asesino. Sherlock Holmes tomó los lentes en la mano y los examinó con la máxima atención e

interés. Se los colocó en la nariz, intentó leer a través de ellos, se acercó a la ventana y miró a la calle con

ellos, los inspeccionó minuciosamente a la luz de la lámpara y, por último, riéndose por lo bajo, se sentó a la

mesa y escribió unas cuantas líneas en una hoja de papel, que a continuación entregó a Stanley Hopkins. -No

puedo hacer nada mejor por usted -dijo-. Quizás resulte de alguna utilidad. El asombrado inspector leyó la

nota en voz alta. Decía lo siguiente:

«Se busca mujer educada y refinada, vestida como una señora. De nariz bastante gruesa y ojos muy

juntos. Tiene la frente arrugada, expresión de miope y, probablemente, hombros caídos. Hay razones

para suponer que durante los últimos meses ha acudido por lo menos dos veces a un óptico. Puesto que

sus gafas son muy potentes y los ópticos no son excesivamente numerosos, no debería resultar difícil

localizarla.»

El asombro de Hopkins, que también debía verse reflejado y en mi cara, hizo sonreír a Holmes. -Estarán de

acuerdo en que mis deducciones son la sencillez misma -dijo-. Sería difícil encontrar otro objeto que se

preste mejor a las inferencias que un par de gafas, y más un par de gafas tan particular como éste. Que

pertenecen a una mujer se deduce de su delicadeza y también, por supuesto, de las últimas palabras del

moribundo. En cuanto a lo de que se trata de una persona refinada y bien vestida..., como ven, la montura es

magnífica, de oro macizo, y no cabe suponer que una persona que lleva estos lentes se muestre desaliñada en

otros aspectos. Si se los pone, comprobará que la pinza es muy ancha para su nariz, lo cual indica que la

dama en cuestión tiene una nariz muy ancha en la base. Esta clase de nariz suele ser corta y vulgar, pero

existen excepciones lo bastante numerosas como para impedir que me ponga dogmático e insista en este

aspecto de mi descripción. Yo tengo una cara bastante estrecha, y aun así no consigo que mis ojos coincidan

con el centro de los cristales ni de lejos. Por tanto, nuestra dama tiene los ojos muy juntos, pegados a la

nariz. Fíjese, Watson, en que los cristales son cóncavos y de potencia poco corriente. Una mujer que haya

padecido toda su vida tan graves limitaciones visuales presentará, sin duda, ciertas características físicas

derivadas de su mala vista, como son la frente arrugada, los párpados contraídos y los hombros cargados. -Sí

-dije yo-. Ya sigo su razonamiento. Sin embargo, confieso que no entiendo de dónde saca lo de las dos

visitas al óptico. Holmes levantó las gafas en la mano. -Fíjese -dijo-en que las pinzas están forradas con

tirillas de corcho para suavizar el roce contra la nariz. Una de ellas está descolorida y algo gastada, pero la

otra está nueva. Es evidente que una tira se desprendió y hubo de poner otra nueva. Yo diría que la más vieja

de las dos no lleva puesta más que unos pocos meses. Son exactamente iguales, por lo que deduzco que la

señora acudió al mismo establecimiento a que le pusieran la segunda.

-¡Por San Jorge, es maravilloso! -exclamó Hopkins, extasiado de admiración-. ¡Pensar que he tenido todas

esas evidencias en mis manos y no me he dado cuenta! Aunque, de todas maneras, tenía intención de

recorrerme todas las ópticas de Londres. -Desde luego que debe hacerlo. Pero mientras tanto, ¿tiene algo más

que decirnos sobre el caso? -Nada más, señor Holmes. Creo que ahora ya sabe tanto como yo...,

probablemente más. Estamos investigando si se ha visto a algún forastero por las carreteras de la zona o en la

estación de ferrocarril, pero por ahora no hemos tenido noticias de ninguno. Lo que me desconcierta es la

absoluta falta de móviles para el crimen. Nadie es capaz de sugerir ni la sombra de un motivo. -¡Ah! En eso

no estoy en condiciones de ayudarle. Pero supongo que querrá que nos pasemos por allí mañana. -Si no es

pedir mucho, señor Holmes. Hay un tren a Chatham que sale de Charing Cross a las seis de la mañana.

Llegaríamos a Yoxley Old Place entre las ocho y las nueve. -Entonces, lo tomaremos. Reconozco que su

caso presenta algunos aspectos muy interesantes, y me encantará echarle un vistazo. Bien, es casi la una, y

más vale que durmamos unas horas. Estoy seguro de que podrá arreglarse perfectamente en el sofá que hay

delante de la chimenea. Antes de salir, encenderé mi mechero de alcohol y le daré una taza de café. A la

mañana siguiente, la borrasca había agotado sus fuerzas, pero aun así hacía un tiempo muy crudo cuando

emprendimos viaje. Vimos cómo se levantaba el frío sol de invierno sobre las lúgubres marismas del

Támesis y los largos y tétricos canales del río, que yo siempre asociaré con la persecución del nativo de las

islas Andaman, allá en los primeros tiempos de nuestra carrera. Tras un largo y fatigoso trayecto, nos

apeamos en una pequeña estación a pocas millas de Chatham. En la posada del lugar tomamos un rápido

desayuno mientras enganchaban un caballo al coche, y cuando por fin llegamos a Yoxley Old Place nos

encontrábamos listos para entrar en acción. Un policía de uniforme nos recibió en la puerta del jardín.

-¿Alguna novedad, Wilson? -No, señor, ninguna. -¿Nadie ha visto a ningún forastero? -No, señor. En la

estación están seguros de que ayer no llegó ni se marchó ningún forastero. -¿Han hecho indagaciones en las

pensiones y posadas? -Sí, señor; no hay nadie que no pueda dar razón de su presencia. -En fin, de aquí a

Chatham no hay más que una moderada caminata. Cualquiera podría alojarse allí, o tomar un tren, sin llamar

la atención. Este es el sendero del que le hablé, señor Holmes. Le doy mi palabra de que ayer no había ni una

huella en él. -¿A qué lado estaban las pisadas en la hierba? -A este lado. En esta estrecha franja de hierba

entre el sendero y el macizo de flores. Ahora ya no se distinguen las huellas, pero ayer las vi con toda

claridad. -Si, sí; por aquí ha pasado alguien -dijo Holmes, agachán dose junto al césped-. Nuestra dama ha

tenido que ir pisando con mucho cuidado, ¿no cree?, porque por un lado habría dejado huellas en el sendero,

y por el otro las habría dejado aún más claras en la tierra blanda del macizo de flores. -Sí, señor; debe de

tratarse de una mujer con mucha sangre fría. Advertí en el rostro de Holmes un momentáneo gesto de

concentración. -¿Dice usted que tuvo que regresar por este mismo camino? -Sí, señor; no hay otro. -¿Por esta

misma franja de hierba? -Pues claro, señor Holmes. -¡Hum! Una hazaña notable..., muy notable. Bien, creo

que ya hemos agotado las posibilidades del sendero. Sigamos adelante. Supongo que esta puerta del jardín se

suele dejar abierta, ,no? Con lo cual, la visitante no tenía más que entrar. No traía intenciones de asesinar a

nadie, pues en tal caso habría venido provista de alguna clase de arma, en lugar de tener que recurrir a ese

cuchillito del escritorio. Avanzó por este corredor sin dejar huellas en la estera de palma, y vino a parar a

este despacho. ¿Cuánto tiempo estuvo aquí? No tenemos manera de saberlo. -Unos pocos minutos como

máximo, señor. Me olvidé de decirle que la señora Marker, el ama de llaves, había estado limpiando aquí

poco antes..., como un cuarto de hora, según me contó ella. -Bien, eso nos permite fijar un límite. Nuestra

dama entra en la habitación y ¿qué hace? Se dirige al escritorio. ¿Para qué? No le interesa nada de los

cajones; si hubiera en ellos algo que valiera la pena robar, no los habrían dejado abiertos. No, ella busca algo

en ese armario de madera. ¡Ajá! ¿Qué es este rasponazo en la superficie? Alúmbreme con una cerilla,

Watson. ¿Por qué no me dijo nada de esto, Hopkins? La señal que estaba examinando comenzaba en la

chapa de latón a la derecha del ojo de la cerradura y se prolongaba unas cuatro pulgadas, rayando el barniz

de la madera. -Ya me fijé en eso, señor Holmes, pero siempre se encuentran marcas alrededor del ojo de la

cerradura.-Ésta es reciente..., muy reciente. Mire cómo brilla el latón en los bordes de la raya. Si la señal

fuera vieja, tendría el mismo color que la superficie. Obsérvelo con mi lupa. También el barniz tiene como

polvillo a los lados del arañazo. ¿Está por aquí la señora Marker? Una mujer mayor, de expresión triste, entró

en la habitación. -¿Le quitó usted el polvo ayer por la mañana a este escritorio? -Sí, señor. -¿Se fijó usted en

este rasponazo? -No, señor; no me fijé. -Estoy seguro de ello, porque el plumero se habría llevado este

polvillo de barniz. ¿Quién guarda la llave de este escritorio? -La tiene el profesor, colgada de su cadena de

reloj. -¿Es una llave corriente? -No, señor, es una llave Chubb.

-Muy bien. Puede retirarse, señora Marker. Ya vamos progresando algo. Nuestra dama entra en el despacho,

se dirige al escritorio y lo abre, o al menos intenta abrirlo. Mientras está ocupada en esta operación, entra el

joven Willoughby Smith. En sus prisas por retirar la llave, la dama hace esta señal en la puerta. Smith la

sujeta y ella, echando mano del objeto más próximo, que resulta ser este cuchillo, le golpea para obligarle a

soltar su presa. El golpe resulta mortal. El cae y ella escapa, con o sin el objeto que había venido a buscar.

¿Está aquí Susan, la doncella? ¿Podría haber salido alguien por esa puerta después de que usted oyera el

grito, Susan? -No, señor; es imposible. Antes de bajar la escalera habría visto a quien fuera en el pasillo.

Además, la puerta no se abrió, porque yo lo habría oído. -Eso descarta esta salida. Así pues, no cabe duda de

que la dama se marchó por donde había venido. Tengo entendido que este otro pasillo conduce a la

habitación del profesor. ¿No hay ninguna salida por aquí? -No, señor. -Sigamos por aquí y vayamos a

conocer al profesor. ¡Caramba, Hopkins! Esto es muy importante, pero que muy importante. El pasillo del

profesor también tiene una estera de palma. -Bueno, ¿y eso qué? -¿No ve la relación que esto tiene con el

caso? Está bien, está bien, no insisto en ello. Sin duda, estoy equivocado. Pero no deja de parecerme

sugerente. Venga conmigo y presénteme. Recorrimos el pasillo, que era igual de largo que el corredor que

conducía al jardín. Al final había un corto tramo de escalones que terminaba en una puerta. Nuestro guía

llamó con los nudillos y luego nos hizo pasar a la habitación del profesor. Se trataba de una habitación muy

grande, con las paredes cubiertas por innumerables libros, que desbordaban los estantes y se amontonaban en

los rincones o formaban rimeros en torno a la base de las estanterías. La cama se encontraba en el centro de

la habitación, y en ella, recostado sobre almohadas, estaba el dueño de la casa. Pocas veces he visto una

persona de aspecto más pintoresco. Un rostro demacrado y aguileño nos miraba con ojos penetrantes, que

acechaban en sus hundidas cuencas bajo el dosel de unas pobladas cejas. Tenía blancos el cabello y la barba,

pero esta última presentaba curiosas manchas amarillas en torno a la boca. Entre la maraña de pelo blanco

brillaba un cigarrillo, y el aire de la habitación apestaba a humo rancio de tabaco. Cuando le tendió la mano a

Holmes, advertí que también la tenía manchada de amarillo por la nicotina. -¿Fuma usted, señor Holmes?

-dijo, hablando un inglés esmerado y con un cierto tonillo de afectación-. Coja un cigarrillo, por favor. ¿Y

usted, caballero? Puedo recomendárselos, porque los prepara especialmente para mí Ionides de Alejandría.

Me envía mil cada vez, y deploro tener que confesar que encargo un nuevo suministro cada quince días.

Mala cosa, señores, mala cosa; pero un anciano tiene pocos placeres a su alcance. El tabaco y mi trabajo...,

eso es todo lo que me queda. Holmes había encendido un cigarrillo y lanzaba rápidas miradas por toda la

habitación. -El tabaco y el trabajo, pero ahora sólo el tabaco -exclamó el anciano-. ¡Ay, qué interrupción más

fatal! ¿Quién habría podido imaginar una catástrofe tan terrible? ¡Un joven tan agradable! Le aseguro que

después de los primeros meses de adaptación resultaba un ayudante admirable. ¿Qué opina usted del asunto,

señor Holmes? -Todavía no he llegado a ninguna conclusión. -Le estaría de verdad reconocido si consiguiera

usted arrojar algo de luz sobre esto que nosotros vemos tan oscuro. A las ratas de biblioteca, y más si son

inválidas como yo, un golpe así nos deja paralizados. Pero usted es un hombre de acción..., un aventurero.

Cosas así forman parte de la rutina cotidiana de su vida. Usted puede mantener la serenidad en cualquier

emergencia. Es una verdadera suerte tenerle de nuestro lado. Mientras el viejo profesor hablaba, Holmes iba

y venía de un lado a otro de la habitación. Observé que estaba fumando con extraordinaria rapidez.

Evidentemente, compartía el gusto de nuestro anfitrión por los cigarrillos de Alejandría recién hechos. -Sí,

señor, un golpe aplastante -continuó el anciano-. Esta es mi magnum opus..., ese montón de papeles que hay

sobre la mesita de allá. Es un análisis de los documentos encontrados en los monasterios coptos de Siria y

Egipto, un trabajo que profundiza en los fundamentos mismos de la religión revelada. Con esta salud tan

débil, ya no sé si seré capaz de terminarlo, ahora que me han arrebatado a mi ayudante. ¡Válgame Dios,

señor Holmes! ¡Fuma usted aún más que yo! Holmes sonrió. -Soy un entendido -dijo, tomando otro cigarrillo

de la caja (el cuarto) y encendiéndolo con la colilla del que acababa de terminar-. No tengo intención de

molestarle con largos interrogatorios, profesor Coram, porque ya estoy informado de que usted se encontraba

en la cama en el momento del crimen y no puede saber nada al respecto. Sólo le preguntaré una cosa: ¿Qué

supone usted que quería decir el pobre muchacho con sus últimas palabras: «El profesor... ha sido ella»? El

profesor meneó la cabeza en señal de negativa. -Susan es una chica del campo -dijo-, y ya sabe usted lo

increíblemente estúpida que es la clase campesina. Me imagino que el pobre muchacho debió murmurar

algunas palabras incoherentes o delirantes, y que ella las retorció, convirtiéndolas en este mensaje sin

sentido. -Ya veo. ¿Y no tiene usted ninguna explicación para esta tragedia? -Podría tratarse de un accidente;

podría tratarse, pero esto que quede entre nosotros, de un suicidio. Los jóvenes tienen problemas secretos.

Tal vez algún asunto de amores, del que nosotros no sabíamos nada. Me parece una explicación más

probable que la del asesinato. -Pero ¿y las gafas? -¡Ah! Yo no soy más que un estudioso..., un soñador. No

soy capaz de explicar las cosas prácticas de la vida. Aun así, amigo mío, todos sabemos que las prendas de

amor pueden adoptar formas muy extrañas. Pero, por favor, coja usted otro cigarrillo. Es un placer encontrar

a alguien que sabe apreciarlos. Un abanico, un guante, unas gafas..., ¿quién sabe las cosas que un hombre

puede llevar como recuerdo o como símbolo cuando decide poner fin a su vida? Este caballero habla de

pisadas en la hierba; pero, al fin y al cabo, es fácil equivocarse en una cosa así. En cuanto al cuchillo, bien

pudo rodar lejos del cuerpo del hombre cuando éste cayó al suelo. Puede que esté diciendo tonterías, pero a

mí me parece que a Willoughby Smith le llegó la muerte por su propia mano. Holmes pareció muy

sorprendido por la teoría del profesor y continuó paseando de un lado a otro durante un buen rato, sumido en

reflexiones y consumiendo un cigarrillo tras otro. -Dígame, profesor Coram -preguntó por fin-, ¿qué hay en

ese armarito del escritorio?

-Nada que pueda interesar a un ladrón. Documentos familiares, cartas de mi pobre esposa, diplomas de

universidades que me han concedido honores... Aquí tiene la llave. Puede verlo usted mismo. Holmes cogió

la llave y la miró un instante; luego la devolvió. -No, no creo que me sirva de nada -dijo-. Preferiría salir

tranquilamente a su jardín y reflexionar un poco sobre el asunto. No se puede descartar del todo esa teoría

del suicidio que usted acaba de exponer. Le pido perdón por esta intromisión, profesor Coram, y le prometo

que no volveremos a molestarle hasta después de la comida. A las dos vendremos a verle y le informaremos

de todo lo que pueda haber ocurrido de aquí a entonces. Holmes se mostraba curiosamente distraído, y

durante un buen rato estuvimos yendo y viniendo en silencio por el sendero del jardín. -¿Tiene alguna pista?

-pregunté por fin. -Todo depende de esos cigarrillos que he fumado -me respondió-. Es posible que me

equivoque por completo. Los cigarrillos me lo harán saber. -¡Querido Holmes! -exclamé yo-. ¿Cómo

demonios...? -Bueno, bueno, ya lo verá usted por sí mismo. Y si no, no habrá pasado nada. Claro que

siempre podemos volver a seguir la pista del óptico, pero hay que aprovechar los atajos cuando se puede.

¡Ah, aquí viene la buena de la señora Marker! Vamos a disfrutar de cinco minutos de instructiva

conversación con ella. Creo haber dicho ya en ocasiones anteriores que Holmes, cuando quería, podía

portarse de un modo particularmente encantador con las mujeres y tardaba muy poco en ganarse su

confianza. En la mitad del tiempo que había mencionado, ya se había ganado la simpatía del ama de llaves y

estaba charlando con ella como si se conocieran desde hacía años. -Sí, señor Holmes, tiene razón en lo que

dice. Fuma de una manera terrible. Todo el día y, a veces, toda la noche. Si viera esa habitación algunas

mañanas... Cualquiera se pensaría que es la niebla de Londres. También el pobre señor Smith fumaba,

aunque no tanto como el profesor. Su salud..., bueno, la verdad es que no sé si fumar es bueno o malo para la

salud. -Desde luego, quita el apetito -dijo Holmes. -Bueno, yo no sé nada de eso, señor. -Apuesto a que el

profesor apenas come. -Bueno, es variable. Es lo único que puedo decir. -Estoy dispuesto a apostar a que esta

mañana no ha desayunado; y después de todos los cigarrillos que le he visto consumir, dudo que toque la

comida. -Pues en eso se equivoca, señor, porque da la casualidad de que esta mañana ha desayunado más que

nunca. No creo haberle visto jamás comer tanto. Y para comer ha encargado un buen plato de chuletas. Yo

misma estoy sorprendida, porque desde que entré ayer en el despacho y vi al pobre señor Smith tirado en el

suelo, no puedo ni mirar la comida. En fin, hay gente para todo y, desde luego, el profesor no ha dejado que

eso le quite el apetito. Nos pasamos toda la mañana en el jardín. Stanley Hopkins se había marchado al

pueblo para verificar ciertos rumores acerca de una mujer forastera que unos niños habían visto en la

carretera de Chatham la mañana anterior. En cuanto a mi amigo, toda su habitual energía parecía haberle

abandonado. Jamás le había visto ocuparse de un caso de una manera tan desganada. Ni siquiera mostró

signo alguno de interés ante las novedades que trajo Hopkins, que había localizado a los niños, los cuales

habían visto, sin lugar a dudas, a una mujer que respondía exactamente a la descripción de Holmes y que

llevaba gafas o lentes de algún tipo. Prestó algo más de atención cuando Susan, al servirnos la comida, nos

comunicó espontáneamente que creía que el señor Smith había salido a dar un paseo la mañana anterior y

que había regresado tan sólo media hora antes de que ocurriera la tragedia. A mí se me escapaba el

significado de tal incidente, pero me di perfecta cuenta de que Holmes lo estaba incorporando al plan general

que tenía trazado en el cerebro. De pronto, se levantó de su silla y consultó su reloj. -Las dos en punto,

caballeros -dijo-. Vamos a liquidar este asunto con nuestro amigo el profesor. El anciano acababa de

terminar de comer y, desde luego, su plato vacío daba testimonio del buen apetito que le había atribuido su

ama de llaves. Presentaba un aspecto verdaderamente estrafalario cuando volvió hacia nosotros su blanca

melena y sus ojos relucientes. En su boca ardía el sempiterno cigarrillo. Se había vestido y estaba sentado en

una butaca junto a la chimenea. -Y bien, señor Holmes, ¿ha resuelto ya este misterio? Empujó hacia mi

compañero la gran lata de cigarrillos que tenía a su lado, sobre una mesa. Holmes extendió el brazo en ese

mismo instante y entre los dos hicieron caer la caja al suelo. Todos nos pasamos un par de minutos de

rodillas, recogiendo cigarrillos de los sitios más impensables. Cuando por fin nos incorporamos, advertí que

a Holmes le brillaban los ojos y que sus mejillas estaban teñidas de color. Sólo en los momentos críticos

había yo visto ondear aquellas banderas de batalla. -Sí -dijo-. Lo he resuelto. Stanley Hopkins y yo lo

miramos asombrados. En las demacradas facciones del viejo profesor se produjo un temblor que parecía

vagamente una sonrisa burlona. -¿De verdad? ¿En el jardín? -No, aquí mismo. -¿Aquí? ¿Cuándo? -En este

preciso instante. -¿Es una broma, señor Sherlock Holmes? Me fuerza usted a decirle que este asunto es

demasiado serio para tratarlo tan a la ligera. -He forjado y puesto a prueba todos los eslabones de mi cadena,

profesor Coram, y estoy seguro de que es sólida. Lo que aún no puedo decir es cuáles son sus motivos y qué

papel exacto desempeña usted en este extraño asunto. Pero, probablemente, dentro de unos pocos minutos lo

oiremos de su propia boca. Mientras tanto, voy a reconstruir para usted lo sucedido, de manera que sepa cuál

es la información que aún me falta. »Ayer entró una mujer en su despacho. Vino con la intención de

apoderarse de ciertos documentos que estaban guardados en su escritorio. Disponía de una llave propia. He

tenido oportunidad de examinar la suya, y no presenta la ligera descoloración que habría producido la

rozadura contra el barniz. Así pues, usted no participó en su entrada y, por lo que yo he podido interpretar,

ella vino sin que usted lo supiese, con intención de robarle. El profesor lanzó una nube de humo. -¡Cuán

interesante e instructivo! -dijo-. ¿No tiene más que añadir? Sin duda, habiendo seguido hasta aquí los pasos

de esa dama, podrá decirnos también lo que ha sido de ella.

-Eso me propongo hacer. En primer lugar, fue sorprendida por su secretario y lo apuñaló para poder escapar.

Me inclino a considerar esta catástrofe como un lamentable accidente, pues estoy convencido de que la dama

no tenía intención de infligir una herida tan grave. Un asesino no habría venido desarmado. Horrorizada por

lo que había hecho, huyó enloquecida de la escena de la tragedia. Por desgracia para ella, había perdido sus

gafas en el forcejeo y, como era muy corta de vista, se encontraba del todo perdida sin ellas. Corrió por un

pasillo, creyendo que era el mismo por el que había llegado (los dos están alfombrados con esteras de

palma), y hasta que no fue demasiado tarde no se dio cuenta de que se había equivocado de pasillo y que

tenía cortada la retirada. ¿Qué podía hacer? No podía quedarse donde estaba. Tenía que seguir adelante. Así

que siguió adelante. Subió unas escaleras, empujó una puerta y se encontró aquí en su habitación. El anciano

se había quedado con la boca abierta, mirando a Holmes como alelado. En sus expresivas facciones se

reflejaban tanto el asombro como el miedo. Por fin, haciendo un esfuerzo, se encogió de hombros y estalló

en una risa nada sincera. -Todo eso está muy bien, señor Holmes -dijo-. Pero existe un pequeño fallo en esa

espléndida teoría. Yo estaba en mi habitación y no salí de ella en todo el día. -Soy consciente de eso,

profesor Coram. -¿Pretende usted decir que yo puedo estar en esa cama y no darme cuenta de que ha entrado

una mujer en mi habitación? -No he dicho eso. Usted se dio cuenta. Usted habló con ella. Usted la reconoció.

Y usted la ayudó a escapar. Una vez más, el profesor estalló en chillonas carcajadas. Se había puesto en pie y

sus ojos brillaban como ascuas. -¡Usted está loco! -exclamó-. ¡No dice más que tonterías! ¿Conque yo la

ayudé a escapar, eh? ¿Y dónde está ahora? -Está aquí -respondió Holmes, señalando una librería alta y

cerrada que había en un rincón de la habitación. El anciano levantó los brazos, sus severas facciones

sufrieron una terrible convulsión y cayó desplomado en su butaca. En el mismo instante, la librería que

Holmes había señalado giró sobre unas bisagras y una mujer se precipitó en la habitación. -¡Tiene usted

razón! -exclamó con un extraño acento extranjero-. ¡Tiene usted razón! ¡Aquí estoy! Estaba cubierta de

polvo y envuelta en telarañas que se habían desprendido de las paredes de su escondite. También su rostro

estaba tiznado de suciedad, pero ni en las mejores condiciones habría sido hermoso, ya que presentaba

exactamente todas las características físicas que Holmes había adivinado, con el añadido de una larga y

obstinada mandíbula. A causa de su natural miopía, agravada por el súbito paso de las tinieblas a la luz, se

había quedado como deslumbrada, parpadeando para tratar de distinguir dónde estábamos y quiénes éramos.

Y sin embargo, a pesar de todos estos inconvenientes, había cierta nobleza en el porte de aquella mujer,

cierta gallardía en su desafiante mandíbula y su cabeza erguida que despertaban algo de respeto y

admiración. Stanley Hopkins le había puesto la mano sobre el brazo, declarándola detenida, pero ella le hizo

a un lado, con suavidad pero con una dignidad tan dominante que imponía obediencia. El anciano se echó

hacia atrás en su asiento, con el rostro crispado, y la miró con ojos afligidos. -Sí, señores, estoy en sus manos

-dijo-. Desde donde estaba he podido oírlo todo, y he comprendido que ha averiguado la verdad. Lo confieso

todo. Yo maté a ese joven. Pero tiene usted razón al decir que fue un accidente. Ni siquiera me di cuenta de

que había agarrado un cuchillo. Estaba desesperada y eché mano a lo primero que encontré sobre la mesa

para golpearle y hacer que me soltara. Les estoy diciendo la verdad. -Señora -dijo Holmes-, estoy seguro de

que dice la verdad, pero me temo que usted no se encuentra bien. El rostro de la mujer había adquirido un

color espantoso, que las oscuras manchas de polvo hacían parecer aún más cadavérico. Fue a sentarse en el

borde de la cama y reanudó su relato. -Me queda poco tiempo aquí -dijo-, pero quiero que sepan ustedes toda

la verdad. Soy la esposa de este hombre. Y él no es inglés: es ruso. Su nombre no se lo voy a decir. Por

primera vez el anciano pareció conmovido. -¡Dios te bendiga, Anna! -exclamó-. ¡Dios te bendiga! Ella lanzó

una mirada de absoluto desdén en su dirección. -¿Por qué sigues empeñado en aferrarte a esa vida miserable,

Sergius? -dijo-. Una vida que ha causado daño a tantas personas sin beneficiar a ninguna..., ni siquiera a ti.

Sin embargo, no es asunto mío romper ese frágil hilo antes del momento que Dios decida. Ya he cargado con

bastante peso sobre mi conciencia desde que atravesé el umbral de esta maldita casa. Pero tengo que hablar

antes de que sea demasiado tarde. »Como he dicho, caballeros, soy la esposa de este hombre. Cuando nos

casamos, él tenía cincuenta años y yo era una alocada muchacha de veinte. Estábamos en una ciudad de

Rusia, en una universidad...; pero no voy a decir dónde. -¡Dios te bendiga, Anna! -murmuró de nuevo el

anciano.-Éramos reformistas..., revolucionarios...; en fin, nihilistas, ya me entienden. Él y yo, y muchos más.

Nos vimos metidos en problemas, un policía resultó muerto, hubo muchas detenciones, se buscaron pruebas

y para salvar su vida y obtener de paso una fuerte recompensa mi marido nos traicionó, a su propia esposa y

a sus compañeros. Sí, nos detuvieron a todos gracias a su confesión. Algunos acabaron en la horca y otros en

Siberia. Yo me encontraba entre estos últimos, pero mi condena no era para toda la vida. Mi marido se vino a

Inglaterra con sus mal adquiridas ganancias y aquí ha vivido discretamente desde entonces, sabiendo que si

la Hermandad descubría dónde estaba no se tardaría ni una semana en hacer justicia. El anciano profesor

extendió una mano temblorosa y cogió un cigarrillo. -Estoy en tus manos, Anna -dijo-. Siempre has sido

buena conmigo. -Todavía no les he contado hasta dónde llegó tu vileza -continuó la mujer-. Entre nuestros

camaradas de la Hermandad había uno que era mi amigo del alma. Era noble, generoso, atento..., todo lo que

mi marido no era. Odiaba la violencia. Todos nosotros éramos culpables, si es que se puede hablar de culpa,

menos él. Me escribía constantes cartas tratando de disuadirme de seguir por aquel camino. Aquellas cartas

le habrían salvado, y también mi diario, donde yo iba dejando constancia día a día de mis sentimientos hacia

él y de las opiniones de cada uno. Mi marido encontró el diario y las cartas y los escondió. Juró todo lo que

hizo falta jurar para que condenaran a Alexis a muerte. No consiguió sus propósitos, pero lo enviaron a

Siberia, donde aún sigue, trabajando en una mina de sal. Piensa en ello, canalla, más que canalla. Ahora

mismo, en este preciso instante, Alexis, un hombre cuyo nombre no eres digno ni de pronunciar, lleva una

vida de esclavo..., y sin embargo, tengo tu vida en mis manos y te dejo vivir. -Siempre has sido noble, Anna

-dijo el anciano sin dejar de chupar su cigarrillo. La mujer se había puesto en pie, pero se dejó caer de nuevo

con un gemido de dolor. -Tengo que terminar -dijo-. Cuando cumplí mi condena, me propuse recuperar el

diario y las cartas para hacerlos llegar al gobierno ruso y conseguir la puesta en libertad de mi amigo. Sabía

que mi esposo había venido a Inglaterra. Me pasé meses haciendo averiguaciones y al fin descubrí su

paradero. Me constaba que aún tenía el diario, porque estando en Siberia recibí una carta suya haciéndome

reproches y citando algunos párrafos de sus páginas. Sin embargo, conociendo su carácter vengativo, estaba

segura de que jamás me lo devolvería de buen grado. Tenía que apoderarme de él por mis propios medios.

Con este objeto, acudí a una agencia de detectives privados y contraté a un agente, que se introdujo en la

casa de mi marido como secretario... Fue tu segundo secretario, Sergius, el que te dejó de manera tan

precipitada. Este hombre descubrió que los documentos se guardaban en el escritorio y sacó un molde de la

llave. No quiso pasar de ahí. Me proporcionó un plano de la casa y me dijo que por la mañana el despacho

estaba siempre vacío, porque el secretario trabajaba aquí arriba. Así pues, hice acopio de valor y vine a

recuperar los papeles con mis propias manos. Lo conseguí, pero ¡a qué precio! »Acababa de apoderarme de

los papeles y estaba cerrando el armario cuando aquel joven me agarró. Ya nos habíamos visto aquella

misma mañana. Nos encontramos en la carretera y yo le pregunté dónde vivía el profesor Coram, sin saber

que era empleado suyo. -¡Exacto! ¡Eso es! -exclamó Holmes-. El secretario volvió a casa y le habló a su jefe

de la mujer que había visto. Y luego, con su último aliento, intentó transmitir el mensaje de que había sido

ella..., la «ella» de la que acababa de hablar con el profesor. -Tiene que dejarme hablar -dijo la mujer en tono

imperativo, mientras su rostro se contraía como por efecto del dolor-. Cuando él cayó al suelo, yo salí

corriendo, pero me equivoqué de puerta y fui a parar a la habitación de mimarido. Él amenazó con

entregarme. Yo le dije que si lo hacía, su vida estaba en mis manos: si él me delataba a la policía, yo le

delataría a la Hermandad. Si yo quería vivir no era pensando en mí misma, sino porque deseaba cumplir

mipropósito. Él sabía que yo cumpliría mi amenaza, que su propio destino estaba ligado al mío. Por esta

razón, y no por otra, me encubrió. Me metió en ese oscuro escondite, una reliquia de otros tiempos que sólo

él conocía. Pidió que le sirvieran las comidas en su habitación y así pudo darme parte de las mismas.

Quedamos de acuerdo en que en cuanto la policía dejase la casa, yo me escabulliría por la noche y me

marcharía para no volver más. Pero, no sé cómo, parece que usted ha adivinado nuestros planes -sacó un

paquetito de la pechera de su vestido y continuó-: Estas son mis últimas palabras. Aquí está el paquete que

salvará a Alexis. Lo confío a su honor y su sentido de la justicia. Tómenlo y entréguenlo en la embajada rusa.

Y ahora que ya he cumplido con mi deber, yo...

-¡Quieta! -gritó Holmes, atravesando la habitación de un salto y arrebatándolede la mano un frasquito.-

Demasiado tarde -dijo ella derrumbándose en la cama-. Demasiado tarde.Tomé el veneno antes de salir de mi

escondite. Me da vueltas la cabeza..., mevoy... Confío en usted, señor, acuérdese del paquete.

* * *

-Un caso sencillo, pero muy instructivo en ciertos aspectos -comentó Holmes durante el viaje de regreso a

Londres-. Desde un principio, todo giraba en torno a las gafas. De no haberse dado la afortunada

circunstancia de que el moribundo se quedara con ellas, no sé si habríamos conseguido hallar la solución. Al

ver la potencia que tenían las lentes, comprendí en seguida que su propietaria tenía que haber quedado ciega

e indefensa al verse privada de ellas. Cuando usted pretendió hacerme creer que una persona así pudo

recorrer una estrecha franja de césped sin dar ni un solo paso en falso, le comenté, como recordará, que me

parecía una verdadera hazaña. Por mi parte, decidí que se trataba de una hazaña imposible, a menos que

dispusiera de un segundo par de gafas, lo cual parecía muy improbable. En consecuencia, me vi obligado a

considerar seriamente la hipótesis de que se hubiera quedado dentro de la casa. Al observar la semejanza

entre los dos corredores comprendí que era muy probable que la mujer se hubiera equivocado, en cuyo caso

era evidente que habría ido a parar a la habitación del profesor. De manera que me puse ojo avizor ante

cualquier cosa que pudiera apoyar esta suposición, y examiné cuidadosamente la habitación en busca de

algún posible escondite. La alfombra parecía de una sola pieza y bien clavada, así que descarté la idea de una

trampilla en el suelo. Pero podía existir un hueco detrás de los libros. Como saben, estos dispositivos eran

frecuentes en las antiguas bibliotecas. Me fijé en que había libros amontonados en el suelo por todas partes, y

sin embargo quedaba una estantería vacía. Allí podía estar la puerta. No encontré ninguna huella que me

orientara, pero la alfombra tenía un color pardusco que se presta muy bien al examen. Así que me fumé un

montón de esos excelentes cigarrillos y dejé caer la ceniza por todo el espacio que quedaba delante de la

librería sospechosa. Un truco muy sencillo, pero la mar de efectivo. Luego bajamos al jardín y, delante de

usted, Watson, aunque usted no se dio cuenta de la intención de mis preguntas, me cercioré de que el

consumo de alimentos del profesor Coram había aumentado..., como cabría esperar de quien tiene que

alimentar a una segunda persona. Volvimos a subir a la habitación y me las arreglé para tirar la caja de

cigarrillos, con lo que tuve ocasión de examinar el suelo de cerca y pude ver con toda claridad, por las

huellas dejadas sobre la ceniza del cigarrillo, que durante nuestra ausencia la prisionera había salido de su

agujero. Bien, Hopkins, hemos llegado a Charing Cross y le felicito por haber llevado el caso a tan feliz

conclusión. Supongo que irá usted a Jefatura. Watson, creo que usted y yo nos daremos un paseo hasta la

embajada rusa.

La aventura del Tres Cuartos Desaparecido

En Baker Street estábamos bastante acostumbrados a recibir telegramas extraños, pero recuerdo uno en

particular que nos llegó una sombría mañana de febrero hace ocho años y que tuvo bastante desconcertado a

Sherlock Holmes durante un buen cuarto de hora. Venía dirigido a él y decía lo siguiente:

«Por favor, espéreme. Terrible desgracia. Desaparecido tres cuartos ala derecha. Indispensable

mañana. -OVERTON.»

-Sellado en el Strand y despachado a las diez treinta y seis -dijo Holmes, releyéndolo una y otra vez-.

Evidentemente, el señor Overton se encontraba considerablemente excitado cuando lo envió y, en

consecuencia, algo incoherente. En fin, me atrevería a decir que lo tendremos aquí antes de que termine de

echarle un vistazo al Times, y entonces nos enteraremos de todo. En tiempos de estancamiento como éstos,

hasta el más insignificante problema es bien venido. Era cierto que últimamente no habíamos estado muy

activos y yo había aprendido a temer aquellos períodos de inactividad porque sabía por experiencia que la

mente de mi amigo era tan anormalmente inquieta que resultaba peligroso dejarle privado de material con el

que trabajar. Con los años, yo había conseguido irle apartando poco a poco de aquella afición a las drogas

que en un cierto momento había amenazado con poner en jaque su brillante carrera. Ahora me constaba que,

en condiciones normales, Holmes ya no tenía necesidad de estímulos artificiales; pero yo sabía que el

demonio no estaba muerto, sino sólo dormido, v había tenido ocasión de comprobar que su sueño era muy

ligero y su despertar inminente cuando, en períodos de inacción, el rostro ascético de Holmes se contraía y

sus ojos hundidos e inescrutables adoptaban una expresión melancólica. Así pues, bendije a este señor

Overton, quienquiera que fuese, que con su enigmático mensaje venía a romper la peligrosa calma, que para

mi amigo encerraba más peligro que todas las tempestades de su turbulenta vida. Tal como esperábamos, tras

el telegrama no tardó en llegar su remitente: la tarjeta del señor Cyril Overton, del Trinity College de

Cambridge, anunció la entrada de un mocetón gigantesco, más de cien kilos de hueso y músculo macizo, que

obstruía todo el hueco de la puerta con sus anchos hombros mientras nos miraba a Holmes y a mí con un

rostro simpático pero contraído por la ansiedad. -¿El señor Holmes? Mi compañero hizo una inclinación de

cabeza. -He estado en Scotland Yard, señor Holmes. He visto al inspector Stanley Hopkins, y él me ha

recomendado que acudiese a usted. Dice que el caso, por lo que él ha podido entender, está más dentro de su

campo que del de la policía. -Siéntese, por favor, y explíqueme de qué se trata. -¡Es espantoso, señor

Holmes, sencillamente espantoso! No sé cómo no se me ha vuelto el pelo blanco. Godfrey Staunton..., sabrá

usted quién es, naturalmente... Ni más ni menos que el eje sobre el que gira todo el equipo. No me importaría

prescindir de dos hombres del montón con tal de tener a Godfrey en la línea de tres cuartos. No hay quien

pueda hacerle sombra, ni pasando, ni recibiendo, ni regateando, y encima tiene cabeza y sabe mantenernos

conjuntados. ¿Qué puedo hacer? Eso es lo que le pregunto, señor Holmes. Está Moorhouse, el primer

reserva, pero está entrenado como medio y siempre se empeña en meterse de lleno en el barullo, en lugar de

ceñirse a la banda. Tiene buen pie para los saques, de acuerdo, pero no se entera y le falta punta de

velocidad. Seguro que Morton o Johnson, los puntas de Oxford, lo dejan tirado. Stevenson corre bastante,

pero no podría tirar desde la línea de veinticinco, y no voy a meter un tres cuartos que ni centra ni empalma

sólo porque corra mucho. No, señor Holmes, estamos perdidos a menos que usted me ayude a encontrar a

Godfrey Staunton. Mi amigo había escuchado con divertido asombro este largo parlamento, que fue

pronunciado con una fuerza y una seriedad extraordinarias, remachando cada declaración con una vigorosa

palmada en la rodilla del orador. Cuando nuestro visitante acabó de hablar, Holmes estiró la mano y tomó la

letra «S» de su archivo de datos. Pero, por una vez, no le sirvió de nada excavar en aquella mina de

información variada. -Aquí tengo a Arthur H. Staunton, el joven y prometedor falsificador -dijo-. Y estaba

también Henry Stauntom, a quien ayudé a colgar; pero este Godfrey Staunton es un nombre nuevo para mí.

Ahora era nuestro visitante el que se sorprendía: -¡Pero cómo, señor Holmes! ¡Le suponía un hombre bien

informado! -exclamó-. Y ahora que lo pienso, si no le suena el nombre de Godfrey Staunton, puede que

tampoco haya oído hablar de Cyril Overton. Holmes, con expresión divertida, negó con la cabeza. -¡Válgame

Dios! -exclamó el deportista-. ¡Pero si fui primer reserva de Inglaterra contra Gales y llevo todo el año de

capitán de la «Uni»! Claro que eso no es nada. Jamás imaginé que hubiera una sola persona en Inglaterra que

no conociera a Godfrey Staunton, el tres cuartos rompedor del Cambridge, del Blackheath, y cinco veces

internacional. ¡Santo Dios, señor Holmes! ¿En qué mundo vive usted? Holmes se echó a reír ante el ingenuo

asombro del joven gigante. -Señor Overton, usted vive en un mundo diferente al mío, más agradable y más

sano. Las ramificaciones de mi mundo se extienden por muchos sectores de la sociedad, pero me alegra decir

que jamás habían penetrado en el campo del deporte aficionado, que es lo mejor y más sólido que hay en

Inglaterra. Sin embargo, su inesperada visita me demuestra que incluso en ese mundo de aire puro y juego

limpio puede haber trabajo para mí; así pues, señor mío, le ruego que se siente y me explique despacio, con

tranquilidad y con detalle, lo que ha ocurrido y qué clase de ayuda espera usted de mí. El rostro del joven

Overton había adoptado la expresión incómoda de quien está más acostumbrado a usar los músculos que el

ingenio; pero poco a poco, con numerosas repeticiones y pasajes oscuros que más vale omitir en este relato,

fue exponiéndonos su extraña historia. -La situación es la siguiente, señor Holmes. Como ya le he dicho, soy

el capitán del equipo de rugby de la Universidad de Cambridge, y Godfrey Staunton es mi mejor jugador.

Mañana jugamos contra Oxford. Ayer llegamos a Londres y nos instalamos en el hotel de Bentley. A las diez

hice la ronda para asegurarme de

que todos estaban recogidos, porque creo que el entrenamiento riguroso y elsueño abundante son

fundamentales para mantener el equipo en forma.Cambié unas palabras con Godfrey antes de que se retirara

a dormir. Mepareció pálido y preocupado, y le pregunté si le ocurría algo. Me dijo que todoiba bien, que era

sólo un pequeño dolor de cabeza. Le deseé buenas noches ylo dejé. Media hora después, según dice el

portero, llegó un tipo barbudo y deaspecto patibulario, con una carta para Godfrey. Éste todavía no se

habíaacostado, así que le subieron la carta a su habitación. Nada más leerla, cayódesplomado en un sillón,

como si le hubieran pegado un hachazo. El portero seasustó tanto que hizo intención de salir a buscarme,

pero Godfrey lo detuvo,bebió un trago de agua y se recompuso. Luego bajó al vestíbulo, habló unaspalabras

con el hombre que aguardaba allí y los dos se marcharon juntos.Cuando el portero los vio por última vez,

iban casi corriendo calle abajo, endirección al Strand. Esta mañana, la habitación de Godfrey estaba vacía,

sucama estaba sin deshacer y todas sus cosas estaban tal como yo las habíavisto la noche antes. Se largó con

aquel desconocido a la primera de cambio ydesde entonces no hemos tenido noticias de él. Yo no creo que

vuelva. EsteGodfrey era un deportista hasta la médula, y no habría abandonado sus entrenamientos y dejado

plantado a su capitán de no ser por un motivoirresistible. No, me da la sensación de que se ha ido para

siempre y no lovolveremos a ver.Sherlock Holmes escuchaba con la máxima atención este curioso relato.-

¿Qué hizo usted entonces? -preguntó.-Telegrafié a Cambridge, por si allí habían sabido algo de él. Ya me

hancontestado, y nadie lo ha visto.-¿Pudo haber regresado a Cambridge?-Sí, hay un tren nocturno a las once

y cuarto.-Pero, hasta donde usted sabe, no lo tomó.-No, nadie lo ha visto.-¿Qué hizo usted a continuación?-

Envié un telegrama a lord Mount-James.-¿Por qué a lord Mount-James?-Godfrey es huérfano, y lord Mount-

James es su pariente más próximo. Su tío,creo.-¿Ah, sí? Esto arroja una nueva luz sobre el asunto. Lord

Mount-James es unode los hombres más ricos de toda Inglaterra.-Eso he oído decir a Godfrey. -¿Y su amigo

es pariente próximo?-Sí, es su heredero, y el viejo ya tiene casi ochenta años... y además estápodrido de la

gota. Dicen que podría darle tiza al taco de billar con los nudillos.Jamás en su vida le dio a Godfrey un

chelín, porque es un avaro sin remisión,pero cualquier día lo recibirá todo de golpe.-¿Ha recibido

contestación de lord Mount-James?-No.-¿Qué motivo podría tener su amigo para ir a casa de lord Mount-

James?-Bueno, algo le tenía preocupado la noche anterior, y si se trataba de un asuntode dinero, es posible

que recurriera a su pariente más próximo, que tiene tanto;aunque, por lo que yo he oído, tenía bien pocas

posibilidades de sacarle algo.Godfrey no se llevaba muy bien con el viejo, y no iría a verlo si pudiera

evitarlo.-Bien, eso lo aclararemos pronto. Pero aun suponiendo que fuera a ver a supariente lord Mount-

James, todavía tiene usted que explicar la visita de ese

individuo patibulario a una hora tan intempestiva y la agitación que provocó sullegada.Cyril Overton se

apretó la cabeza con las manos.-¡No se me ocurre ninguna explicación! -exclamó.-Bien, bien, tengo el día

libre y será un placer echarle un vistazo al asunto -dijoHolmes-. Le recomiendo encarecidamente que haga

usted sus preparativospara el partido sin contar con este joven caballero. Como usted bien dice, tieneque

haber surgido una necesidad ineludible para que se marchara de esaforma, y lo más probable es que esa

misma necesidad lo mantenga alejado.Vamos a acercarnos juntos al hotel y veremos si el portero puede

arrojaralguna luz sobre el asunto.Sherlock Holmes era un maestro consumado en el arte de conseguir que

untestigo humilde se sintiera cómodo, y tardó muy poco, en la intimidad de lahabitación abandonada de

Godfrey Staunton, en sacarle al portero todo lo queéste tenía que decir. El visitante de la noche anterior no

era un caballero, ytampoco un trabajador. Era, sencillamente, lo que el portero describía como«un tipo

vulgar»; un hombre de unos cincuenta años, barba entrecana y rostropálido, vestido con discreción. También

él parecía nervioso; el portero habíaobservado que le temblaba la mano cuando entregó la carta. Godfrey

Stauntonse había guardado la carta en el bolsillo. No le había dado la mano al hombreal encontrarlo en el

vestíbulo. Habían intercambiado unas pocas frases, de lasque el portero sólo llegó a distinguir la palabra

«tiempo». Luego se habíanmarchado a toda prisa, de la manera ya descrita. Eran exactamente las diez

ymedia en el reloj del vestíbulo.-Vamos a ver -dijo Holmes, sentándose en la cama de Staunton-. Usted es

elportero de día, ¿no es así?-Sí, señor; acabo mi turno a las once.-Supongo que el portero de noche no vería

nada.-No, señor; de madrugada llegó un grupo que venía del teatro, pero nadie más.-¿Estuvo usted de

servicio todo el día de ayer?-Sí, señor.-¿Llevó usted algún mensaje al señor Staunton?-Sí, señor; un

telegrama.-¡Ah! Eso es interesante. ¿A qué hora?-A eso de las seis.-¿Dónde estaba el señor Staunton cuando

lo recibió?-Aquí, en su habitación.-¿Se encontraba usted presente cuando lo abrió?-Sí, señor; me quedé a

esperar por si había contestación.-¿Y qué? ¿La hubo?-Sí, señor; escribió una respuesta.-¿Se hizo usted cargo

de ella?-No. La llevó él mismo.-¿Pero la escribió en su presencia?-Sí, señor. Yo me quedé junto a la puerta,

y él escribió en esa mesa, vuelto deespaldas. Al terminar de escribir, dijo: «Muy bien, portero; ya lo llevaré

yomismo.»-¿Qué utilizó para escribir?-Una pluma, señor.-¿Utilizó un impreso de esos que hay sobre la

mesa?

-Sí, señor; el de encima. Holmes se levantó, tomó los impresos para telegramas, los acercó a la ventana y

examinó con mucha atención el que estaba encima del montón. -Es una pena que no escribiera con lápiz -dijo

por fin, dejándolos en su sitio con un resignado encogimiento de hombros-. Como sin duda habrá observado

con frecuencia, Watson, la escritura suele quedar marcada a través del papel, un fenómeno que ha

ocasionado la disolución de más de un feliz matrimonio. Pero aquí no ha quedado ni rastro. No obstante, me

complace advertir que escribió con una plumilla de punta ancha, así que estoy casi convencido de que

encontraremos alguna impresión en este secante. ¡Ajá, seguro que es esto! Arrancó una tira de papel secante

y nos mostró el siguiente jeroglífico:

-¡Póngalo frente al espejo! -exclamó Cyril Overton, muy excitado-.-No hace falta -dijo Holmes-. El papel es

fino y podremos leer el mensaje en elreverso. Aquí está.Dio la vuelta al papel y leímos esto:

-Así que esto es el final del telegrama que Godfrey Staunton envió pocas horas antes de su desaparición. Nos

faltan por lo menos seis palabras del mensaje, pero lo que queda..., «No nos abandone, por amor de Dios»...,

demuestra que este joven sentía la inminencia de un formidable peligro, del que alguien podía protegerle.

¡Fíjense que dice nos! Luego existe otra persona afectada. ¿Quién podría ser sino ese hombre pálido y

barbudo que parecía tan nervioso? ¿Qué relación existe entre Godfrey Staunton y el barbudo? ¿Y quién es

esta tercera persona a la que ambos piden ayuda contra el peligro inminente? Nuestra investigación ha

quedado ya concretada en eso. -No tenemos más que averiguar a quién iba dirigido ese telegrama -sugerí yo.

-Exacto, mi querido Watson. Su idea, con ser tan profunda, ya se me había pasado por la cabeza. Pero tal vez

no se haya parado usted a pensar que, si se presenta en una oficina de Telégrafos y pide que le enseñen el

resguardo de un telegrama enviado por otra persona, puede que los funcionarios no se muestren demasiado

dispuestos a complacerle. ¡Hay tanto tiquismiquis en este tipo de cosas! Sin embargo, no me cabe duda

alguna de que con un poco de delicadeza y mano izquierda se podría conseguir. Mientras tanto, señor

Overton, me gustaría inspeccionar en su presencia esos papeles que hayencima de la mesa.Había una cierta

cantidad de cartas, facturas y cuadernos de notas, queHolmes examinó uno por uno, con dedos ágiles y

nerviosos y ojos rápidos ypenetrantes.-Nada por aquí -dijo por fin-. A propósito, supongo que su amigo era

un jovensaludable. ¿No sabe si tenía algún problema?-Estaba hecho un toro.-¿Le ha visto alguna vez

enfermo?-Ni un solo día. Una vez tuvo que guardar reposo a causa de una patada, y otravez se dislocó la

rótula, pero eso no es nada. -Puede que no estuviera tanfuerte como usted supone. Mesiento inclinado a

pensar que tenía algún problema secreto. Con su permiso,me voy a guardar uno o dos de estos papeles, por si

resultan de utilidad ennuestras futuras pesquisas.-¡Un momento, un momento! -exclamó una voz

quejumbrosa.Al volvernos a mirar, vimos a un anciano estrafalario que temblequeaba y seestremecía en el

umbral de la puerta. Vestía de riguroso negro, con ropasraídas, sombrero de copa de ala muy ancha y una

chalina blanca y floja.El efecto general era el de un párroco de pueblo o un ayudante de funeraria.Sin

embargo, a pesar de su aspecto desastrado e incluso absurdo, su vozchirriaba de modo tan agudo y sus

modales tenían tal intensidad que resultabaobligado prestarle atención.-¿Quién es usted, señor, y con qué

derecho anda husmeando en los papelesde este caballero? -preguntó.-Soy detective privado y estoy

intentando aclarar su desaparición.-Ah, ¿conque eso es usted? ¿Y quién le ha autorizado, eh?-Este caballero,

amigo del señor Staunton, vino a verme por recomendación deScotland Yard.-¿Quién es usted, señor?-Soy

Cyril Overton.-Entonces es usted el que me envió el telegrama. Yo soy lord Mount-James. Hevenido todo lo

deprisa que ha querido traerme el ómnibus de Bayswater. ¿Demanera que ha contratado usted a un

detective?-Sí, señor.-¿Y está usted dispuesto a afrontar ese gasto?-Estoy seguro, señor, de que mi amigo

Godfrey responderá de ello en cuanto loencontremos.-¿Y si no lo encuentran? ¿Eh? ¡Contésteme a eso!-En

tal caso, seguro que su familia...-¡De eso nada, señor mío! -chilló el hombrecillo-. ¡A mí no me pida ni

unpenique! ¡Ni un penique! ¿Se entera usted, señor detective? Este muchacho notiene más familia que yo, y

yo le digo que no me hago responsable. Si tienealguna aspiración a heredar se debe al hecho de que yo jamás

he malgastadoel dinero, y no tengo intención de empezar ahora. En cuanto a esos papelescon los que tantas

libertades se toma, le advierto que si hay entre ellos algo devalor, tendrá usted que responder puntualmente

de lo que haga con ellos.-Muy bien, señor -respondió Sherlock Holmes-. Mientras tanto, ¿puedopreguntar si

tiene usted alguna teoría que explique la desaparición del joven?

-No, señor, no la tengo. Tiene ya edad y tamaño suficientes para cuidar de sí mismo, y si es tan imbécil que

se pierde, me niego por completo a aceptar la responsabilidad de buscarlo. -Me doy perfecta cuenta de su

posición -dijo Holmes, con un brillo malicioso en los ojos-. Pero tal vez usted no comprenda bien la mía.

Según parece, este Godfrey Staunton carece de medios económicos. Si lo han secuestrado, no puede haber

sido por algo que él posea. La fama de sus riquezas, lord MountJames, se ha extendido más allá de nuestras

fronteras, y es muy posible que una banda de ladrones se haya apoderado de su sobrino con el fin de sacarle

información acerca de su casa, sus costumbres y sus tesoros. El rostro de nuestro menudo y antipático

visitante se volvió tan blanco como su chalina. -¡Cielos, caballero, qué idea! ¡Jamás se me habría ocurrido

semejante canallada! ¡Qué gentuza tan inhumana hay en el mundo! Pero Godfrey es un buen muchacho, un

chico de fiar...; por nada del mundo traicionaría a su viejo tío. Haré trasladar toda la plata al banco esta

misma tarde. Mientras tanto, señor detective, no escatime esfuerzos. Le ruego que no deje piedra ! sin

remover para recuperarlo sano y salvo. En cuanto a dinero, bueno, siempre puede recurrir a mí, mientras no

pase de á cinco o, todo lo más, diez libras. Ni aun después de verse obligado a adoptar esta humilde actitud

pudo el avariento aristócrata proporcionarnos alguna información útil, ya que sabía muy poco de la vida

privada de su sobrino. Nuestra única pista era el fragmento de telegrama, y Holmes, llevando una copia del

mismo en la mano, se puso en marcha dispuesto a encontrar un segundo eslabón para su cadena. Nos

habíamos quitado de encima a lord Mount-James, y Overton había ido a discutir con los demás miembros de

su equipo la desgracia que les había sobrevenido. A poca distancia del hotel había una oficina de telégrafos.

Nos detuvimos a la puerta. -Vale la pena intentarlo, Watson -dijo Holmes-. Claro que con una orden judicial

podríamos exigir ver los resguardos, pero aún no hemos llegado a esos niveles. No creo que se acuerden de

las caras en un sitio tan concurrido. Vamos a arriesgarnos. Se dirigió a la joven situada tras la ventanilla y

habló con su tono más dulzón. -Perdone que la moleste. Ha debido haber algún error en un telegrama que

envié ayer. No he recibido respuesta, y mucho me temo que se me olvidara poner mi nombre al final. ¿Podría

usted confiarme si fue así? La muchacha echó mano a una pila de impresos. -¿A qué hora lo puso? -Poco

después de las seis. -¿A quién iba dirigido? Holmes se llevó un dedo a los labios y me lanzó una mirada. -Las

últimas palabras eran «por amor de Dios» -susurró en tono confidencial-. Me tiene muy angustiado el no

recibir contestación. La joven separó uno de los impresos. -Aquí está. No lleva firma -dijo, alisándolo sobre

el mostrador. -Claro, eso explica que no me hayan respondido -dijo Holmes-. ¡Qué estúpido he sido! Buenos

días, señorita, y muchas gracias por haberme quitado esa preocupación. En cuanto estuvimos de nuevo en la

calle, Holmes se echó a reír por lo bajo y se frotó las manos.

-¿Y bien? -pregunté yo. -Vamos progresando, querido Watson, vamos progresando. Tenía siete planes

diferentes para echarle el ojo a ese telegrama, pero no esperaba tener éxito a la primera. -¿Y qué ha sacado

en limpio? -Un punto de partida para la investigación -alzó la mano para detener un coche y dijo-: A la

estación de King's Cross. -¿Así que nos vamos de viaje? -Sí, creo que tendremos que darnos una vuelta por

Cambridge. Todos los indicios parecen apuntar en esa dirección. -Dígame, Holmes -pregunté mientras

rodábamos calle arriba por Gray's Inn Road-, ¿tiene ya alguna sospecha sobre la causa de la desaparición?

No creo recordar, entre todos nuestros casos, ninguno que tuviera unos motivos tan poco claros. Supongo

que no creerá usted en serio eso de que le puedan haber secuestrado para obtener información acerca de la

fortuna de su tío. -Confieso, querido Watson, que esa explicación no me parece muy probable. Sin embargo,

se me ocurrió que era la única que tenía posibilidades de interesar a ese anciano tan desagradable. -Y ya lo

creo que le interesó. Pero ¿qué otras alternativas existen? -Podría mencionar varias. Tiene usted que admitir

que resulta muy curioso y sugerente que esto haya ocurrido en la víspera de un partido importante y que

afecte precisamente al único hombre cuya presencia parece esencial para la victoria de su equipo.

Naturalmente, puede tratarse de una coincidencia, pero no deja de ser interesante. En el deporte aficionado

no hay apuestas organizadas, pero entre el público se cruzan muchas apuestas bajo cuerda, y es posible que

alguien haya considerado que vale la pena anular a un jugador, como hacen con los caballos los tramposos

del hipódromo. Esta sería una explicación. Hay otra bastante evidente, y es que este joven es, efectivamente,

el heredero de una gran fortuna, por muy modesta que sea su situación actual, de manera que no se puede

descartar la posibilidad de un secuestro para obtener rescate. -Estas teorías no explican lo del telegrama.

-Muy cierto, Watson. El telegrama sigue siendo el único elemento concreto del que disponemos, y no

debemos permitir que nuestra atención se desvíe por otros caminos. Si vamos a Cambridge es precisamente

para tratar de arrojar algo de luz sobre el propósito de ese telegrama. Por el momento, nuestra investigación

no tiene un rumbo muy claro, pero no me sorprendería mucho que de aquí a la noche lo aclarásemos o,

cuando menos, realizásemos un avance considerable. Ya había oscurecido cuando llegamos a la histórica

ciudad universitaria. Holmes alquiló un coche en la estación e indicó al cochero que nos llevara a casa del

doctor Leslie Armstrong. A los pocos minutos, nos deteníamos frente a una gran mansión en la calle más

transitada. Nos hicieron pasar y, tras una larga espera, fuimos admitidos en la sala de consulta, donde

encontramos al doctor sentado detrás de su mesa. El hecho de que no me sonase el nombre de Leslie

Armstrong demuestra hasta qué punto había yo perdido contacto con mi profesión. Ahora sé que no sólo es

una figura de la facultad de Medicina de la universidad, sino también un pensador con fama en toda Europa

en más de una rama de la ciencia. No obstante, aun sin conocer su brillante historial, resultaba imposible no

quedar

impresionado con sólo echarle un vistazo: rostro macizo y cuadrado, ojosmelancólicos bajo unas cejas

pobladas, mandíbula inflexible, tallada engranito... Un hombre de fuerte personalidad, un hombre de

inteligenciadespierta, serio, ascético, controlado, formidable..., así vi yo al doctor LeslieArmstrong. Sostenía

en la mano la tarjeta de mi amigo y nos miraba con unaexpresión no muy complacida en sus severas

facciones.-He oído hablar de usted, señor Holmes, y estoy al tanto de su profesión, queno es, ni mucho

menos, de las que yo apruebo.-En eso, doctor, coincide usted con todos los delincuentes del país

-respondiómi amigo, muy tranquilo.-Mientras sus esfuerzos se orienten hacia la eliminación del delito,

señor,pueden contar con el apoyo de todo miembro razonable de la sociedad, aunqueestoy convencido de que

la maquinaria oficial es más que suficiente para esepropósito. Cuando sus actividades empiezan a ser

criticables es cuando seentromete en los secretos de personas particulares, cuando saca a relucirasuntos

familiares que más valdría dejar ocultos y cuando, por añadidura, haceperder el tiempo a personas que están

más ocupadas que usted. Ahora mismo,por ejemplo, yo tendría que estar escribiendo un tratado en lugar de

conversarcon usted.-No lo dudo, doctor; pero es posible que la conversación acabe por parecerlemás

importante que el tratado. Dicho sea de paso, lo que nosotros hacemos esjusto lo contrario de lo que usted

nos achaca: procuramos evitar que losasuntos privados salgan a la luz pública, como sucede inevitablemente

cuandoel caso pasa a manos de la policía. Podría usted considerarme como unexplorador independiente, que

marcha por delante de las fuerzas oficiales delpaís. He venido a preguntarle acerca del señor Godfrey

Staunton.-¿Qué pasa con él?-Usted lo conoce, ¿no es verdad?-Es íntimo amigo mío.-¿Sabe usted que ha

desaparecido?-¿Ah, sí? -las ásperas facciones del doctor no mostraron ningún cambio deexpresión.-Salió

anoche de su hotel y no se ha vuelto a saber de él.-Ya regresará, estoy seguro.-Mañana es el partido de rugby

entre las universidades.-No siento el menor interés por esos juegos infantiles. Me interesa, v mucho, elfuturo

del joven, porque lo conozco y lo aprecio. Él partido de rugby no entrapara nada en mis horizontes.-En tal

caso, apelo a su interés por el joven. ¿Sabe usted dónde está?-Desde luego que no.-¿No lo ha visto desde

ayer?-No; no le he visto.-¿Era el señor Staunton una persona sana? -Absolutamente sana.-¿No le ha visto

nunca enfermo?-Nunca.Holmes plantó ante los ojos del doctor una hoja de papel.-Entonces, tal vez pueda

usted explicarme esta factura de trece guineas,pagada el mes pasado por el señor Godfrey Staunton al doctor

LeslieArmstrong, de Cambridge. La encontré entre los papeles que había encima dela mesa.

El doctor se puso rojo de ira. -No veo ninguna razón para que tenga que darle explicaciones a usted, señor

Holmes. Holmes volvió a guardar la factura en su cuaderno de notas. -Si prefiere una explicación pública,

tendrá que darla tarde o temprano -dijo-. Ya le he dicho que yo puedo silenciar lo que otros no tienen más

remedio que hacer público, y obraría usted más prudentemente confiándose a mí. -No sé nada del asunto.

-¿Tuvo alguna noticia del señor Staunton desde Londres? -Desde luego que no. -¡Ay, Señor! ¡Ay, Señor!

¡Ese servicio de Telégrafos! -suspiró Holmes con aire cansado-. Ayer, a las seis y cuarto de la tarde, el señor

Godfrey Staunton le envió a usted desde Londres un telegrama sumamente urgente..., un telegrama que, sin

duda alguna, está relacionado con su desaparición..., y usted no lo ha recibido. Es una vergüenza. Voy a tener

que pasarme por la oficina local y presentar una reclamación. El doctor Leslie Armstrong se puso en pie de

un salto, con su enorme rostro rojo de rabia. -Tengo que pedirle que salga de mi casa, señor -dijo-. Puede

decirle a su patrón, lord Mount-James, que no quiero tener ningún trato ni con él ni con sus agentes. ¡No,

señor, ni una palabra más! -hizo sonar con furia la campanilla-. John, indíqueles a estos caballeros la salida.

Un pomposo mayordomo nos acompañó con aire severo hasta la puerta y nos dejó en la calle. Holmes estalló

en carcajadas. -No cabe duda de que el doctor Leslie Armstrong es un hombre con energía y carácter -dijo-.

No he conocido otro más capacitado, si orientase su talento por ese camino, para llenar el hueco que dejó el

ilustre Moriarty. Y aquí estamos, mi pobre Watson, perdidos y sin amigos en esta inhóspita ciudad, que no

podemos abandonar sin abandonar también nuestro caso. Esa pequeña posada situada justo enfrente de la

casa de Armstrong parece adaptarse de maravilla a nuestras necesidades. Si no le importa alquilar una

habitación que dé a la calle y adquirir lo necesario para pasar la noche, puede que me dé tiempo a hacer

algunas indagaciones. Sin embargo, aquellas indagaciones le llevaron mucho más tiempo del que Holmes

había imaginado, porque no regresó a la posada hasta cerca de las nueve. Venía pálido y abatido, cubierto de

polvo y muerto de hambre y cansancio. Una cena fría le aguardaba sobre la mesa, y cuando hubo satisfecho

sus necesidades y encendido su pipa, adoptó una vez más aquella actitud semicómica y absolutamente

filosófica que le caracterizaba cuando las cosas iban mal. El sonido de las ruedas de un carruaje le hizo

levantarse a mirar por la ventana. Ante la puerta del doctor, bajo la luz de un farol de gas, se había detenido

un coche tirado por dos caballos tordos. -Ha estado fuera tres horas -dijo Holmes-. Salió a las seis y media, y

ahora vuelve. Eso nos da un radio de diez o doce millas, y sale todos los días, y algunos días dos veces. -No

tiene nada de extraño en un médico. -Pero, en realidad, Armstrong no es un médico con clientela. Es profesor

e investigador, pero no le interesa la práctica de la medicina, que le apartaría de su trabajo literario. Y siendo

así, ¿por qué hace estas salidas tan prolongadas, que deben resultarle un fastidio, y a quién va a visitar?

-El cochero... -Querido Watson, ¿acaso puede usted dudar de que fue a él a quien primero me dirigí? No sé si

sería por depravación innata o por indicación de su jefe, pero se puso tan bruto que llegó a azuzarme un

perro. No obstante, ni a él ni al perro les gustó el aspecto de mi bastón, y la cosa no pasó de ahí. A partir de

aquel momento, nuestras relaciones se hicieron un poco tirantes y ya no parecía indicado seguir haciéndole

preguntas. Lo poco que he averiguado melo dijo un individuo amistoso en el patio de esta misma posada. Él

me ha informado de las costumbres del doctor y sus salidas diarias. En aquel mismo instante, y como para

confirmar sus palabras, llegó el coche a su puerta. -¿No pudo usted haberlo seguido? -¡Excelente, Watson!

Está usted deslumbrante esta noche. Sí que se me pasó por la cabeza esa idea. Como tal vez haya observado,

junto a nuestra posada hay una tienda de bicicletas. Entré a toda prisa, alquilé una y conseguí ponerme en

marcha antes de que el carruaje se perdiera de vista por completo. No tardé en alcanzarlo, v luego,

manteniéndome a una discreta distancia de cien yardas, seguí sus luces hasta que salimos de la ciudad.

Habíamos avanzado un buen trecho por la carretera rural cuando ocurrió un incidente bastante mortificante.

El coche se detuvo, el doctor se apeó, se acercó rápidamente hasta donde yo me había detenido a mi vez, y

me dijo con un excelente tono sarcástico que temía que la carretera fuera algo estrecha y que esperaba que su

coche no impidiera el paso de mi bicicleta. No lo habría podido expresar de un modo más admirable. Me

apresuré a adelantar a su coche, seguí unas cuantas millas por la carretera principal y luego me detuve en un

lugar conveniente para ver si pasaba el carruaje. Pero no se veía la menor señal de él, así que no cabe duda

de que se tuvo que meter por alguna de las varias carreteras laterales que yo había visto. Volví atrás, pero no

encontré ni rastro del coche. Y ahora, como ve, acaba de regresar. Por supuesto, en un principio no tenía

ninguna razón especial para relacionar estas salidas con la desaparición de Godfrey Staunton, y sólo me

decidí a investigarlas porque, de momento y en términos generales, nos interesa todo lo que tenga que ver

con el doctor Armstrong. Pero ahora que he podido comprobar lo atentamente que vigila si alguien le sigue

en esas excursiones, la cosa parece más importante, y no me quedaré satisfecho hasta haberla aclarado.

-Podemos seguirle mañana. -¿Usted cree? No es tan fácil como usted piensa. No conoce usted el paisaje de la

región de Cambridge, ¿verdad que no? Se presta muy mal al ocultamiento. Toda la zona que he recorrido

esta noche es llana y despejada como la palma de la mano, y el hombre al que queremos seguir no es ningún

idiota, como ha demostrado sin ningún género de dudas esta noche. He telegrafiado a Overton para que nos

transmita a esta dirección cualquier novedad que surja en Londres, y mientras tanto, lo único que podemos

hacer es concentrar nuestra atención en el doctor Armstrong, cuyo nombre pude leer, gracias a aquella

señorita tan atenta de Telégrafos, en el resguardo del mensaje urgente de Staunton. Armstrong sabe dónde

está el joven, podría jurarlo...; y si él lo sabe, será fallo nuestro si no llegamos a saberlo también nosotros.

Por el momento, hay que reconocer que nos va ganando por una baza, y ya sabe usted, Watson, que no tengo

por costumbre abandonar la partida en esas condiciones.

Sin embargo, el nuevo día no nos acercó más a la solución del misterio. Después del desayuno llegó una

carta que Holmes me pasó con una sonrisa. Decía así:

Señor:

Puedo asegurarle que está usted perdiendo el tiempo al seguir mis movimientos. Como tuvo ocasión de

comprobar anoche, mi coche tiene una ventanilla en la parte de atrás, y si lo que quiere es hacer un

recorrido de veinte millas que le acabe dejando en el mismo punto 9 de donde salió, no tiene más que

seguirme. Mientras tanto, puedo informarle de que espiándome a mí no ayudará en nada al señor Godfrey

Staunton, y estoy convencido de que el mejor servicio que podría usted hacerle a dicho caballero sería

regresar inmediatamente a Londres y comunicarle al que le manda que no ha logrado encontrarlo. Desde

luego, en Cambridge pierde usted el tiempo. Atentamente, Leslie ARMSTRONG.

-Un antagonista honrado este doctor, y sin pelos en la lengua -dijo Holmes-. Caramba, caramba. Ha

conseguido excitar mi curiosidad y no lo soltaré sin haber averiguado más. -Ahora mismo tiene el coche en

la puerta -dije yo-. Está subiendo a él. Le he visto mirar hacia nuestra ventana. ¿Y si probara yo suerte con la

bicicleta? -No, no, querido Watson. Sin ánimo de menospreciar su inteligencia, no me parece que sea usted

rival para el ilustre doctor. Tal vez pueda conseguir nuestro objetivo realizando algunas investigaciones

independientes por mi cuenta. Me temo que tendré que abandonarle a usted a su suerte, ya que la presencia

de dos forasteros preguntones en una apacible zona rural podría provocar más comentarios de lo que sería

conveniente. Estoy seguro de que podrá entretenerse contemplando los monumentos de esta venerable

ciudad, y espero poder presentarle un informe más favorable antes de esta noche. Sin embargo, mi amigo iba

a sufrir una nueva decepción. Regresó ya de noche, cansado y sin resultados. -He tenido un día nefasto,

Watson. Después de fijarme en r la dirección que tomaba el doctor, me he pasado el día visitando todos los

pueblos que hay por ese lado de Cambridge y cambiando comentarios con taberneros y otras agencias locales

de noticias. He cubierto bastante terreno: Chesterton, Histon, Waterbeach y Oakington han quedado

investigados, y todos ellos con resultados negativos. Sería imposible que en esas balsas de aceite pasara

inadvertida la presencia diaria de un coche de lujo con dos caballos. Otra baza para el doctor. ¿Hay algún

telegrama para mí? -Sí; lo he abierto y dice: «Pregunte por Pompey a Jeremy Dixon, Trinity College.» No lo

he entendido. -Oh, está muy claro. Es de nuestro amigo Overton y responde a una pregunta mía. Le enviaré

una nota al señor Jeremy Dixon y estoy seguro de que ahora cambiará nuestra suerte. Por cierto, ¿hay alguna

noticia del partido? -Sí, el periódico local de la tarde trae una crónica excelente en su última edición. Oxford

ganó por un gol y dos ensayos. Escuche el final del artículo: «La derrota de los Celestes se puede atribuir por

completo a la lamentable ausencia de su figura internacional Godfrey Staunton, que se notó en todos los

momentos del partido. La falta de coordinación en la línea de tres cuartos y las debilidades en el ataque y la

defensa neutralizaron con creces los esfuerzos de un equipo duro y esforzado.» -Ya veo que los temores de

nuestro amigo Overton estaban justificados -dijo Holmes-. Personalmente, estoy de acuerdo con el doctor

Armstrong: el rugby no entra en mis horizontes. Hay que acostarse pronto, Watson, porque preveo que

mañana será un día muy agitado. A la mañana siguiente, lo primero que vi de Holmes me dejó horrorizado:

estaba sentado junto a la chimenea con su jeringuilla hipodérmica en la mano. Pensé en aquella única

debilidad de su carácter y me temí lo peor al ver brillar el instrumento en su mano. Pero él se rió de mi

expresión de angustia y dejó la jeringuilla en la mesa. -No, no, querido compañero, no hay motivo de alarma.

En esta ocasión, esta jeringuilla no será un instrumento del mal, sino que, por el contrario, será la llave que

nos abra las puertas del misterio. En ella baso todas mis esperanzas. Acabo de regresar de una pequeña

exploración y todo se presenta favorable. Desayune bien, Watson, porque hoy me propongo seguir el rastro

del doctor Armstrong y, una vez sobre la pista, no me pararé a comer ni a descansar hasta verlo entrar en su

madriguera. -En tal caso -dije yo-, más vale que nos llevemos el desayuno, porque hoy parece que sale más

temprano. El coche ya está en la puerta. -No se preocupe. Déjele marchar. Muy listo tendrá que ser para

meterse por donde yo no pueda seguirle. Cuando haya terminado, baje conmigo al patio y le presentaré a un

detective que es un eminente especialista en el tipo de tarea que nos aguarda. Cuando bajamos, seguí a

Holmes a los establos. Una vez allí, abrió la puerta de una caseta e hizo salir a un perrito blanco y canelo, de

orejas caídas, que parecía un cruce de sabueso y zorrero. -Permítame que le presente a Pompey -dijo-.

Pompey es el orgullo de los rastreadores del distrito. No es un gran corredor, como se deduce de su

constitución, pero jamás pierde un rastro. Bien, Pompey, aunque no seas muy veloz, me temo que serás

demasiado rápido para un par de maduros caballeros londinenses, así que voy a tomarme la libertad de

sujetarte por el collar con esta correa. Y ahora, muchacho, en marcha: enséñanos lo ' que eres capaz de hacer.

Cruzamos la calle hasta la puerta del doctor. El perro olfateó un instante a su alrededor y, con un agudo

gemido de excitación, salió disparado calle abajo, tirando de la correa para avanzar más deprisa. Al cabo de

media hora, habíamos dejado atrás la ciudd y recorríamos a paso ligero una carretera rural. -¿Qué ha hecho

usted, Holmes? -pregunté. -Un truco venerable y gastadísimo, pero que resulta muy útil de cuando en

cuando. Esta mañana me metí en las cocheras del doctor y descargué mi jeringa, llena de esencia de anís, en

una rueda trasera de su coche. Un perro de caza puede seguir el rastro del anís de aquí al fin del mundo, y

nuestro amigo Armstrong tendría que conducir su coche por el río Cam para quitarse de encima a Pompey.

¡Ah! ¡Qué granuja más astuto! Así es como me dio esquinazo la otra noche. El perro se había salido de

pronto de la carretera principal para meterse por un camino cubierto de hierba. A una media milla de

distancia, el camino desembocaba en otra carretera ancha, v el rastro torcía bruscamente a la derecha, en

dirección a fa ciudad que acabábamos de abandonar. Al sur de la población, la carretera formaba una curva y

continuaba en dirección contraria a la que habíamos tomado al partir. -De manera que este rodeo iba

dedicado exclusivamente a nosotros, ¿eh? -dijo Holmes-. No me extraña que mis indagaciones en todos esos

pueblos no condujeran a nada. Desde luego, el doctor se está empleando a fondo en este juego, y me gustaría

conocer las razones de tanto disimulo. Ese pueblo de la derecha debe de ser Trumpington. Y... Por Júpiter!

¡Ahí viene el coche, doblando la esquina! ¡Rápido, Watson, rápido, o estamos perdidos! De un salto, Holmes

se metió por un portillo que daba a un campo, arrastrando tras él al indignado Pompey. Apenas habíamos

tenido tiempo de ocultarnos detrás del seto cuando el carruaje pasó traqueteando delante de nosotros. Tuve

una fugaz visión del doctor Armstrong en su interior, con los hombros caídos v la cabeza hundida entre las

manos, convertido en la viva imagen del desconsuelo. La expresión seria del rostro de mi compañero me

hizo comprender que también él lo había visto. -Empiezo a temer que nuestra investigación tenga un mal

final -dijo-. No tardaremos mucho en saberlo. ¡Vamos, Pompey! ¡Ajá, es esa casa de campo! No cabía duda

de que habíamos llegado al final de nuestro viaje. Pompey daba vueltas y vueltas, gimoteando ansiosamente

frente al portillo, donde aún se distinguían las huellas del coche. Un sendero conducía hasta la solitaria

casita. Holmes ató el perro al seto y avanzamos presurosos hacia ella. Mi amigo llamó a la rústica puertecita

y volvió a llamar sin obtener respuesta. Sin embargo, la casa no estaba vacía, porque a nuestros oídos llegaba

un sonido apagado..., una especie de monótono gemido de dolor y desesperación, indescriptiblemente

melancólico. Holmes vaciló un instante y luego se volvió a mirar hacia la carretera que acabábamos de

recorrer. Por ella venía un coche, cuyos caballos tordos resultaban inconfundibles. -¡Por Júpiter, ahí vuelve el

doctor! -exclamó Holmes-. Esto decide la cuestión. Tenemos que averiguar qué ocurre antes de que llegue.

Abrió la puerta y penetramos en el vestíbulo. El sordo rumor sonó con más fuerza, hasta convertirse en un

largo y angustioso lamento. Venía del piso alto. Holmes se lanzó escaleras arriba, v yo subí tras él. Abrió de

un empujón una puerta entornada y los dos nos quedamos inmóviles de espanto ante la escena que teníamos

delante. Una mujer joven v hermosa vacía muerta sobre la cama. Su rostro pálido y sereno, con ojos azules

muy abiertos y apagados, miraba hacia arriba entre una abundante mata de cabellos dorados. Al pie de la

cama, medio sentado, medio arrodillado, con el rostro hundido en la colcha, había un joven cuyo cuerpo se

estremecía en constantes sollozos. Se encontraba tan inmerso en su pena que ni siquiera levantó la mirada

hasta que Holmes le puso la mano en el hombro. -¿Es usted el señor Godfrey Staunton? -Sí..., sí..., pero

llegan ustedes tarde. ¡Ha muerto! El pobre hombre estaba tan aturdido que sólo se le ocurría pensar que

nosotros éramos médicos enviados en su ayuda. Holmes estaba intentando pronunciar unas palabras de

consuelo y explicarle la inquietud que su repentina desaparición había provocado entre sus amigos, cuando

se oyeron pasos en la escalera, y el rostro macizo, severo y acusador del doctor Armstrong apareció en la

puerta.

-Bien, caballeros -dijo-. Ya veo que se han salido con la suya, y no cabe duda de que han elegido un

momento particularmente delicado para su intrusión. No me gusta armar alboroto en presencia de la muerte,

pero les aseguro que si yo fuera más joven, su monstruoso comportamiento no quedaría impune. -Perdone,

doctor Armstrong, creo que ha habido un pequeño malentendido -dijo mi amigo con dignidad-. Si quisiera

usted venir abajo con nosotros, tal vez podríamos aclararnos el uno al otro las circunstancias de este doloroso

asunto. Un minuto más tarde, el severo doctor se encaraba con nosotros en el cuarto de estar de la planta

baja. -¿Y bien, caballero? -dijo. -En primer lugar, quiero que sepa que no trabajo para lord Mount-James y

que mis simpatías en este asunto están por completo en contra de ese noble señor. Cuando desaparece una

persona, mi deber es averiguar qué le ha ocurrido; pero una vez que lo he hecho, el caso está concluido por lo

que a mí concierne. Mientras no se haya cometido ningún delito, soy mucho más partidario de silenciar los

escándalos privados que de darles publicidad. Si aquí no se ha violado la ley, como parece ser el caso, puede

usted confiar plenamente en mi discreción y mi cooperación para que el asunto no llegue a oídos de la

prensa. El doctor Armstrong dio un rápido paso adelante y estrechó con fuerza la mano de Holmes. -Es usted

un buen tipo -dijo-. Le había juzgado mal. Doy gracias al cielo por haberme arrepentido de dejar al pobre

Staunton aquí solo con su dolor y haber hecho dar la vuelta a mi coche, porque así he tenido ocasión de

conocerle. Sabiendo ya lo que usted sabe, el resto es fácil de explicar. Hace un año, Godfrey Staunton pasó

una temporada en una pensión de Londres, se enamoró perdidamente de la hija de la patrona y se casó con

ella. Era una muchacha tan buena como hermosa y tan inteligente como buena. Ningún hombre se

avergonzaría de una esposa semejante. Pero Godfrey era el heredero de ese viejo aristócrata avinagrado y

estaba completamente seguro de que la noticia de su matrimonio daría al traste con su herencia. Yo conocía

bien al muchacho y lo apreciaba por sus muchas y excelentes cualidades. Hice todo lo que pude para

ayudarle a arreglar las cosas. Procuramos, por todos los medios posibles, que nadie se enterase del asunto,

porque una vez que un rumor así se pone en marcha, no tarda mucho en ser del dominio público. Hasta

ahora, gracias a esta casita aislada y a su propia discreción, Godfrey había conseguido lo que se proponía.

Nadie conocía su secreto, excepto yo y un sirviente de toda confianza, que en estos momentos ha ido a

Trumpington a buscar ayuda. Pero, de pronto, una terrible desgracia se abatió sobre ellos: la esposa contrajo

una grave enfermedad, una tuberculosis del tipo más virulento. El pobre muchacho estaba medio loco de

angustia, a pesar de lo cual tenía que ir a Londres a jugar ese partido, porque no podía faltar sin dar

explicaciones que revelarían el secreto. Intenté animarlo por medio de un telegrama, y él me respondió con

otro, en el que me suplicaba que hiciera todo lo posible. Ese fue el telegrama que usted, de algún modo

inexplicable, parece haber visto. Yo no le había dicho lo inminente que era el desenlace, porque sabía que su

presencia aquí no serviría de nada, pero le conté la verdad al padre de la chica, y él, sin pararse a pensar, se la

contó a Godfrey, con el resultado de que éste se presentó aquí en un estado rayano en la locura, y en ese

estado ha permanecido desde entonces, arrodillado al pie de la cama, hasta que esta mañana la muerte puso

fin a los sufrimientos de la pobre mujer. Eso es todo,

señor Holmes, y estoy seguro de que puedo confiar en su discreción y en la desu amigo.Holmes estrechó la

mano del doctor. -Vamos, Watson -dijo.Y salimos de aquella casa de dolor al pálido sol de la mañana de

invierno.

La aventura de Abbey Grange

Una cruda y fría mañana del invierno de 1837 me desperté al sentir que alguien me tiraba del hombro.

Era Holmes. la vela que llevaba en la mano iluminaba el rostro ansioso que se inclinaba sobre mí, y me bastó

una mirada para comprender que algo iba mal.

-¡Vamos, Watson, vanos! -me gritó-. La partida ha comenzado. ¡Ni una palabra! ¡Vístase y venga

conmigo!

Diez minutos después, íbamos los dos en un coche de alquiler, rodando por calles silenciosas, camino de

la estación de Charing Cross. Comenzaban a aparecer las primeras y débiles luces de la aurora invernal y, de

cuando en cuando, alcanzábamos a ver la figura borrosa de algún obrero madrugador que se cruzaba con

nosotros, difuminada en la bruma iridiscente de Londres. Holmes se arrebujaba en silencio en su grueso

abrigo, y yo le imitaba de buena gana, porque hacía un frío intenso v ninguno de los dos habíamos

desayunado. Hasta que no hubimos tomado un poco de té caliente en la estación y ocupado nuestros asientos

en el tren de Kent, no nos sentimos lo sufi-cientemente descongelados, él para hablar y yo para escuchar.

Holmes sacó una carta del bolsillo y la leyó en voz alta:

-ABBEY GRANGE, MARSHAM, KENT, 3,30 de la mañana.

QUERIDO SR. HOLMES: Me gustaría mucho poder contar (cuanto antes con su ayuda en lo que

promete ser un caso de lo más extraordinario. Parece que entra de lleno en su especialidad. Aparte de dejar

libre a la señora, procuraré que todo se mantenga exactamente como o lo encontré, pero le ruego que no

pierda un instante, porque es difícil dejar aquí a lord Eustace. -Le saluda atentamente,

Stanley HOPKINS.»

-Hopkins ha recurrido a mí en siete ocasiones, y en todas ellas su llamada estaba justificada -dijo

Holmes-Creo que todos esos casos han pasado a formar parte de su colección, y debo reconocer, Watson,

que posee un cierto sentido de la selección que compensa muchas cosas que me parecen deplorables en sus

relatos. Su nefasta costumbre de mirarlo todo desde el punto de vista narrativo, en lugar de considerarlo

como un ejercicio científico, ha echado a perder lo que podría haber sido una instructiva, e incluso clásica,

serie de demostraciones. Pasa usted por encima de los aspectos más sutiles y refinados del trabajo, para

recrearse en detalles sensacionalistas, que pueden emocionar, pero jamás instruir al lector.

-¿Por qué no los escribe usted mismo? -dije, algo picado.

-Lo haré, querido Watson, lo haré. Por el momento, como sabe, estoy demasiado ocupado, pero me

propongo dedicar mis años de decadencia a la composición de un libro de texto que compendie en un solo

volumen todo el arte de la investigación. La que tenemos ahora entre manos parece ser un caso se asesinato.

-Entonces, ¿cree usted que este sir Eustace está muerto?

-Yo diría que sí. La letra de Hopkins indica que se encuentra muy alterado, y no es precisamente un

hombre emotivo. Sí, me da la impresión de que ha habido violencia y que no han levantado el cadáver, en

espera de que lleguemos a examinarlo. No me llamaría por un simple suicidio. En cuanto a eso de dejar libre

a la señora..., parece como si se hubiera quedado encerrada en una habitación durante la tragedia. Vamos a

entrar en las altas esferas, Watson: papel crujiente, monograma «E.B.», escudo de armas, casa con nombre

pintoresco... Creo que el amigo Hopkins estará a la altura de su reputación y nos proporcionará una

interesante mañana. El crimen se cometió anoche, antes de las doce.

-¿Cómo puede saber eso?

-Echando un vistazo al horario de trenes y calculando el tiempo. Primero hubo que llamar a la policía

local, ésta se puso en comunicación con Scotland Yard, Hopkins tuvo que llegar hasta allí, y luego me hizo

llamar a mí. Todo eso ocupa buena parte de la noche. Bien, ya llegamos a la estación de Chislehurst, y

pronto saldremos de dudas.

Un trayecto en coche de unas dos millas por estrechos caminos rurales nos llevó hasta la puerta exterior

de un amplio jardín, que nos fue franqueada por un anciano guardés, cuyo rostro macilento reflejaba los

efectos de algún terrible desastre. La avenida de acceso a la mansión atravesaba un espléndido parque entre

hileras de añosos olmos y terminaba ante un edificio bajo y extenso, con una columnata frontal que

recordaba el estilo de Palladio

1

. Saltaba a la vista que la parte central, toda cubierta de hiedra, era muy

antigua, pero los grandes ventanales demostraban que se habían realizado reformas en tiempos modernos, y

un ala de la mansión parecía comple-tamente nueva. La puerta estaba abierta, y en ella nos aguardaba la

figura juvenil del inspector Stanley Hopkins, con su rostro despierto y sagaz.

-Me alegro mucho de que haya venido, señor Holmes. Y usted también, doctor Watson. Aunque, la

verdad, de haber sabido lo que iba a ocurrir, no les habría molestado, porque en cuanto la señora volvió en sí

nos dio una explicación tan clara del asunto que poco nos queda ya por hacer. ¿Se acuerda usted de la banda

de ladrones de Lewisham?

-¿Quiénes, los tres Randall?

-Exacto; el padre y dos hijos. Han sido ellos, no cabe la menor duda. Hace quince días dieron un golpe

en Sydenham y fueron vistos e identificados. Hace falta mucha sangre fría para dar otro golpe tan pronto y

tan cerca. Y esta vez les va a costar la horca.

-¿Así que sir Eustace está muerto?

-Sí; le aplastaron la cabeza con su propio atizador de chimenea.

-Según me ha dicho el cochero, se trata de sir Eustace Brackenstall.

-Exacto; uno de los hombres más ricos de Kent. Lady Brackenstall se encuentra en la sala de estar. La

pobre mujer ha sufrido una experiencia espantosa. Cuando la vi por primera vez, parecía medio muerta. Creo

que lo mejor será que la vea usted v escuche su versión de los hechos. Luego examinaremos juntos el

comedor.

Lady Brackenstall no era una persona corriente. Pocas veces he visto una figura tan elegante, una

presencia tan femenina y un rostro tan bello. Era rubia, de cabellos dorados v ojos azules, y no cabe duda de

que su cutis habría presentado la tonalidad perfecta que suele acompañar a estos rasgos de no ser porque su

reciente experiencia la había dejado pálida y demacrada. Sus sufrimientos habían sido tanto físicos como

mentales, porque encima de un ojo se le había formado un tremendo chichón de color violáceo, que su

doncella, una mujer alta y austera, mojaba constantemente con agua y

1

Andrea Palladio (1518-1580), arquitecto italiano del Renacimiento, célebre por sus diseños grandiosos y

solemnes, basados en el estilo romano, con abundancia de arcos y, columnas.

vinagre. Yacía tendida de espaldas sobre un diván, con aspecto de total agotamiento, pero en cuanto nosotros

entramos en la habitación, su mirada rápida y observadora y la expresión de alerta de sus hermosas facciones

nos hicieron comprender que la terrible experiencia no había quebrantado ni su ingenio ni su valor. Estaba

envuelta en una amplia bata de colores azul y plata, pero a su lado, sobre el diván, colgaba un vestido de

noche negro con lentejuelas.

-Ya le he contado todo lo que sucedió, señor Hopkins -dijo con voz cansada-. ¿No podría usted repetirlo

por mí? Bien, si usted cree que es necesario, explicaré a estos caballeros lo ocurrido. ¿Han estado ya en el

comedor?

-Me ha parecido mejor que oyeran primero su historia, señora.

-Me sentiré mucho mejor cuando haya arreglado usted todo esto. Es horrible pensar que todavía sigue

ahí tirado.

La mujer sufrió un estremecimiento y se cubrió el rostro con las manos. Al hacerlo, la manga de su bata

se deslizó hacia abajo, dejando al descubierto el antebrazo. Holmes dejó escapar una exclamación.

-¡Señora, tiene usted más heridas! ¿Qué es esto?

Dos marcas de color rojo intenso resaltaban sobre el blanco y bien torneado brazo. Lady Brackenstall se

apresuró a cubrirlo.

-No es nada. No tiene nada que ver con el espantoso suceso de anoche. Si usted y su amigo hacen el

favor de sentarse, les contaré todo lo que pueda.

»Soy la esposa de sir Eustace Brackenstall. Nos casamos hace aproximadamente un año. Supongo que

no tendría sentido tratar de ocultar que nuestro matrimonio no ha sido feliz. Me temo que todos nuestros

vecinos se lo dirían, aunque yo intentara negarlo. Tal vez parte de la culpa sea mía. Me crié en el ambiente

más libre y menos convencional de Australia del Sur, y esta vida inglesa, con sus protocolos y su etiqueta, no

va conmigo. Pero la principal razón era un hecho conocido por todos: que sir Eustace era un borracho

empedernido. Pasar una hora con un hombre así ya resulta desagradable. ¿Se imaginan lo que puede

representar para una mujer sensible v cultivada verse atada a él día v noche? Defender la validez de un

matrimonio así es un sacrilegio, un crimen, una infamia... Les aseguro que estas monstruosas leyes suyas

acabarán atrayendo una maldición sobre su país. El cielo no consentirá que perdure tanta maldad.

Se incorporó por un instante, con las mejillas encendidas y los ojos despidiendo fuego bajo el terrible

golpe de la frente. Pero la mano firme y cariñosa de la austera doncella le colocó de nuevo la cabeza sobre la

almohada y el arrebato de furia se diluyó en apasionados sollozos. Por fin pudo continuar:

-Voy a contarles lo de anoche. Seguramente ya sabrán que en esta casa toda la servidumbre duerme en

el ala moderna. En este bloque central vivimos nosotros; la cocina está en la parte de atrás y nuestro

dormitorio arriba. Teresa, mi doncella, duerme encima de mi habitación. No hay nadie más en esta parte de

la casa, y ningún ruido podría despertar a los que están en el ala más apartada. Los ladrones tenían que

saberlo, pues de lo contrario no habrían actuado como lo hicieron.

»Sir Eustace se retiró aproximadamente a las diez y media. La servidumbre ya se había marchado a su

sector. La única que seguía levantada era mi doncella, que permanecía en su habitación del piso alto hasta

que yo necesitara sus servicios. Yo me quedé en esta habitación hasta después de las once, absorta en la

lectura de un libro. Luego di una vuelta por la casa para asegurarme de que todo estaba en orden antes de

subir a mi cuarto. Tenía la costumbre de hacerlo o misma, porque, como ya les he explicado, sir Eustace no

siempre estaba en condiciones. Revisé la cocina, la despensa, el armero, la sala de billar y, por último, el

comedor. Al acercarme a la ventana, que tiene cortinas muy gruesas, sentí de pronto que me daba el viento

en la cara y comprendí que estaba abierta. Descorrí las cortinas y me encontré cara a cara con un hombre ya

mayor, ancho de hombros, que acababa de penetrar en la habitación. La ventana es un ventanal francés, que

en realidad forma una puerta que da al jardín. Yo llevaba en la mano una palmatoria con la vela encendida, y

a su luz pude ver a otros dos hombres que venían detrás del primero y estaban entrando en aquel momento.

Retrocedí, pero el hombre se me echó encima al instante. Me agarró primero por la muñeca y después por la

garganta. Abrí la boca para gritar, pero él me dio un puñetazo tremendo encima del ojo, que me derribó por

el suelo. Debí de permanecer inconsciente durante unos minutos, porque cuando volví en mí descubrí que

habían arrancado el cordón de la campanilla y me habían atado con él al sillón de roble situado a la cabecera

de la mesa del comedor. Estaba tan apretada que no podía moverme, y me habían amordazado con un

pañuelo para impedir que hiciera ruido. En aquel preciso instante, mi desdichado esposo entró en el comedor.

Sin duda, había oído ruidos sospechosos y venía preparado para una escena como la que, efectivamente, se

encontró. Estaba en mangas de camisa y empuñaba su bastón favorito, de madera de espino. Se lanzó contra

uno de los ladrones, pero otro, el más viejo, se agachó, cogió el atizador de la chimenea y le pegó un golpe

terrible según pasaba a su lado. Cayó sin soltar ni un gemido y ya no volvió a moverse. Me desmayé de

nuevo, pero también esta vez debieron de ser muy pocos minutos los que permanecí inconsciente. Cuando

abrí los ojos, vi que se habían apoderado de toda la plata que había en el aparador y que habían abierto una

botella de vino. Cada uno de ellos tenía una copa en la mano. Ya les he dicho, ¿o no?, que uno era viejo y

barbudo, y los otros dos muchachos imberbes. Podrían haber sido un padre y sus dos hijos. Estaban

cuchicheando entre ellos. Luego se acercaron a mí y se aseguraron de que seguía bien atada. Y por fin se

marcharon, cerrando la ventana al salir. Tardé por lo menos un cuarto de hora en quitarme la mordaza de la

boca, y cuando lo conseguí, mis gritos hicieron bajar a la doncella. No tardó en acudir el resto del servicio y

avisamos a la policía, que inmediatamente se puso en contacto con Londres. Esto es todo lo que puedo

decirles, caballeros, y espero que no será necesario que vuelva a repetir una historia tan dolorosa.

-¿Alguna pregunta, señor Holmes? -preguntó Hopkins.

-No quiero abusar más de la paciencia y el tiempo de lady Brackenstall -dijo Holmes-. Pero antes de

pasar al comedor, me gustaría oír lo que pueda usted contarnos -añadió, dirigiéndose a la doncella.

-Yo vi a esos hombres antes de que entraran en la casa -dijo ésta-. Estaba sentada junto a la ventana de

mi habitación y vi a tres hombres a la luz de la luna, junto al portón de la casa del guardés, pero en aquel

momento no le di importancia. Más de una hora después, oí gritar a la señora y bajé corriendo, encontrándola

como ella dice, pobre criatura, y al señor en el suelo, con la sangre y los sesos desparramados por todo el

comedor. Cualquier otra mujer se habría vuelto loca, allí atada y con el vestido salpicado de sangre; pero a la

señorita Mary Fraser de Adelaida nunca le faltó valor, y lady Brackenstall de Abbey Grange no ha cambiado

de manera de ser. Creo, caballeros, que ya la han interrogado bastante, y ahora se va a retirar a su habitación

con su vieja Teresa para tomarse el descanso que tanto necesita.

Con ternura maternal, la sombría mujer pasó el brazo alrededor de los hombros de su señora y la ayudó

a salir de la habitación.

-Lleva con ella toda la vida -dijo Hopkins-. La cuidó de pequeña y vino con ella a Inglaterra cuando

partieron de Australia, hace año y medio. Se llama Teresa Wright, y va no se encuentran doncellas de su

clase. Por aquí, señor Holmes, haga el favor.

Del expresivo rostro de Holmes había desaparecido toda señal de interés, y comprendí que, al esfumarse

el misterio, el caso había perdido todo su encanto. Todavía faltaba practicar una

detención, pero ¿qué tenían de especial aquellos vulgares maleantes para que él se ensuciara las manos

con ellos? Un especialista en enfermedades raras y difíciles que descubriera que le han llamado para tratar un

sarampión experimentaría una desilusión semejante a la que yo leí en los ojos de mi amigo. Aun así, la

escena que nos aguardaba en el comedor de Abbey Grange era lo bastante extraña como para atraer su

atención y despertar de nuevo su apagado interés.

Se trataba de una habitación muy espaciosa y de techo muy alto, con artesonado de roble tallado,

revestimiento de paneles de roble, y un notable surtido de cabezas de ciervo y armas antiguas adornando las

paredes. En el extremo más alejado de la puerta se encontraba el ventanal francés del que habíamos oído

hablar. A la derecha, tres ventanas más pequeñas llenaban la estancia de fría luz invernal. A la izquierda

había una chimenea ancha y profunda, con una enorme repisa de roble. Junto a la chimenea había un pesado

sillón, también de roble, con travesaños en la base. Entrelazado en los espacios de la madera había un grueso

cordón de color escalarta, atado con fuerza a ambos extremos del travesaño de abajo. Al desatar a la señora,

había aflojado el cordón, pero los nudos que lo sujetaban al sillón seguían intactos. En estos detalles no

reparamos hasta más adelante, porque, por el momento, toda nuestra atención había quedado concentrada en

el espantoso objeto que yacía sobre la alfombra de piel de tigre extendida delante de la chimenea.

Dicho objeto era el cadáver de un hombre alto y bien constituido, de unos cuarenta años de edad. Estaba

caído de espaldas, con el rostro vuelto hacia arriba y los blancos dientes asomando en una especie de sonrisa

entre la barba negra y bien recortada. Tenía las manos cerradas y levantadas por encima de la cabeza,

empuñando un grueso bastón de madera de espino. Sus facciones morenas, atractivas y aguileñas estaban

retorcidas en un espasmo de odio vengativo que le daba a su muerto rostro una horrible expresión

demoníaca. Parecía evidente que se encontraba en la cama cuando percibió que algo ocurría, ya que vestía

una camisa de noche con muchos bordados y perifollos, y sus pies descalzos asomaban bajo los pantalones.

La cabeza presentaba una herida espantosa, v toda la habitación daba testimonio de la ferocidad salvaje del

golpe que lo había derribado. Caído junto a él, se veía un pesado atizador de hierro, curvado por la fuerza del

golpe. Holmes examinó el instrumento y el indescriptible destrozo que había ocasionado.

-Este viejo Randall tiene que ser un hombre muy fuerte -comentó.

-Sí -dijo Hopkins-. Tengo algunos datos suyos y es un tipo de cuidado.

-No debería resultar difícil echarle el guante.

-Ni lo más mínimo. Le anduvimos buscando durante algún tiempo, y llegó a decirse que había huido a

América, pero ahora que sabemos que la banda está aquí, no hay manera de que se nos escape. Ya hemos

dado aviso en todos los puertos de mar, y antes de esta noche se ofrecerá una recompensa. Lo que no

entiendo es cómo han podido hacer una salvajada semejante, sabiendo que la señora daría su descripción y

que nosotros teníamos que reconocerla por fuerza.

-Exacto. Lo más lógico habría sido asesinar también a lady Brackenstall para callarle la boca.

-Tal vez no se dieran cuenta de que se había recuperado de su desmayo -aventuré yo.

-Parece bastante probable. Si creyeron que seguía inconsciente, no tenían por qué matarla. ¿Qué me dice

de este pobre hombre, Hopkins?

-Era un hombre de buen corazón cuando estaba sobrio, pero un verdadero demonio cuando estaba

borracho o, mejor dicho, cuando estaba medio borracho, porque casi nunca se emborrachaba hasta el límite.

En esas ocasiones parecía poseído por el diablo y era capaz de cualquier cosa. Por lo que he oído, a pesar de

su fortuna y de su título, ha estado una o dos veces a punto de cruzarse en nuestro camino. Hubo un

escándalo que costó bastante acallar, porque se dijo que había rociado de petróleo a un perro y le había

prendido fuego (para empeorar las cosas, se trataba del perro de la señora). Y en otra ocasión le tiró una

garrafa a la cabeza a Teresa Wright, la doncella; también entonces se armó un buen lío. En general, y esto

que quede entre nosotros, la casa resultará más agradable sin él. ¿Qué mira usted ahora?

Holmes se había puesto de rodillas y examinaba con gran interés los nudos del cordón rojo con el que

habían atado a la señora. A continuación, inspeccionó concienzudamente el extremo que había quedado roto

y deshilachado cuando el asal-tante arrancó el cordón.

-Al arrancar esto, la campanilla de la cocina tuvo que hacer un ruido tremendo -comentó.

-Nadie podía oírlo. La cocina está en la parte de atrás de la casa.

-¿Y cómo sabía el ladrón que no lo iba a oír nadie? ¿Cómo se atrevió a tirar del cordón de una

campanilla de manera tan insensata?

-Exacto, señor Holmes, eso es. Acaba usted de plantear la misma pregunta que yo me vengo haciendo

una y otra vez. No cabe duda de que este sujeto conocía la casa y sus costumbres. Tiene que haber estado

completamente seguro de que toda la servidumbre se había acostado ya, a pesar de ser relativamente

temprano, y de que nadie podía oír sonar la campana de la cocina. De lo que se deduce que tenía que estar

compinchado con alguno de los sirvientes. Esto, desde luego, es de cajón. Lo malo es que hay ocho

sirvientes, y todos tienen buenas referencias.

-En igualdad de condiciones -dijo Holmes-, uno se inclinaría a sospechar de la persona a quien le tiraron

una garrafa a la cabeza. Sin embargo, eso supondría una traición a su señora, por quien esta mujer parece

sentir devoción. Bueno, bueno, este detalle carece de importancia, porque cuando agarre usted a Randall no

creo que le resulte dífícil averiguar quiénes fueron sus cómplices. Desde luego, todos los detalles que

tenemos a la vista parecen corroborar el relato de la señora, si es que necesitaba corroboración -se acercó al

ventanal francés y lo abrió de par en par-. Aquí no se ven huellas, pero el terreno es durísimo y no es de

esperar que las haya. Veo que esas velas que hay encima de la repisa de la chimenea han estado encendidas.

-Sí, los ladrones se alumbraron con ellas y con la palmatoria de la señora.

-¿Y qué se llevaron?

-Pues no se llevaron gran cosa..., como media docena de artículos de plata que había en ese aparador.

Lady Brackenstall opina que la muerte de sir Eustace los debió impresionar, y que por eso no saquearon la

casa, como habrían hecho en otras circunstancias.

-Seguro que fue eso. Y sin embargo, se pusieron a beber vino, según tengo entendido.

-Para calmarse los nervios.

-Ya. Supongo que nadie ha tocado estas tres copas que hay sobre el aparador.

-Así es; y la botella está tal como la dejaron.

-Vamos a ver... ¡Caramba, caramba! ¿Qué es esto?

Las tres copas estaban juntas, todas ellas con rastros de vino, y una de ellas contenía bastantes posos. La

botella estaba cerca de las copas, llena en sus dos terceras partes, y junto a ella había un tapón de corcho,

largo y muy manchado. El aspecto de la botella y el polvo que la cubría indicaban que los asesinos habían

saboreado un vino nada corriente.

La actitud de Holmes había cambiado de pronto. Su expresión de indiferencia había desaparecido y de

nuevo pude advertir una chispa de interés en sus ojos hundidos y penetrantes. Cogió el corcho y lo examinó

minuciosamente.

-¿Cómo sacaron el corcho? -preguntó.

Hopkins señaló un cajón a medio abrir. En su interior había unas cuantas piezas de mantelería y un

enorme sacacorchos.

-¿Ha dicho lady Brackenstall que usaron ese sacacorchos?

-No; recuerde que estaba inconsciente mientras ellos abrían la botella.

-Es cierto. La verdad es que no utilizaron este sacacorchos. Esta botella se abrió con un sacacorchos de

bolsillo, probablemente de los que van incorporados a una navaja, y que no tendría más de una pulgada y

media de largo. Si examina usted la parte superior del corcho, verá que tuvieron que meter el sacacorchos

tres veces para poder sacar el tapón. No han llegado a atravesarlo. Este sacacorchos tan grande habría

atravesado el tapón y lo habría sacado de un solo tirón. Cuando atrape usted a ese tipo, verá cómo lleva

encima una de esas navajas de múltiples usos.

-¡Magnífico! -exclamó Hopkins.

-Pero estas copas confieso que me desconciertan. Lady Brackenstall vio beber a los tres hombres, ¿no

dijo eso? -Sí; eso lo dejó muy claro.

-Entonces, eso zanja la cuestión. ¿Qué más podríamos decir? Y sin embargo, Hopkins, tiene usted que

admitir que estas tres copas son muy curiosas. ¿Cómo, que no ve usted nada de curioso en ellas? Está bien,

dejémoslo correr. Es posible que cuando un hombre posee facultades v conocimientos especiales, como los

míos, tienda a buscar explicaciones complicadas aunque tenga una más sencilla a mano. Lo de las copas,

naturalmente, podría

ser pura casualidad. En fin, buenos días, Hopkins. No creo que pueda serle útil para nada y parece que

ya tiene usted el caso aclarado. Ya me avisará cuando detengan a Randall, y espero que me informe de

cualquier otra novedad que pueda presentarse. Confío en poder felicitarle pronto por haber llevado el caso a

una conclusión satisfactoria. Vamos, Watson, creo que aprovecharemos mejor el tiempo en casa.

Durante nuestro viaje de regreso pude darme cuenta, por la expresión de Holmes, de que se encontraba

muy intrigado por algo que había observado. De cuando en cuando, y haciendo un esfuerzo, lograba

desembarazarse de aquella impresión y hablar como si el asunto estuviera muy claro, pero de pronto volvían

a acometerle las dudas, y sus cejas fruncidas y su mirada abstraída indicaban que sus pensamientos habían

volado de nuevo hacia el gran comedor de Abbey Grange, escenario de aquella tragedia nocturna. Por fin,

con un impulso repentino, y en el preciso momento en que nuestro tren empezaba a arrancar en una estación

de las fueras, saltó al andén y me arrastró a mí tras él.

-Perdóneme, querido amigo -dijo mientras veíamos desaparecer tras una curva los vagones de cola de

nuestro tren-. Lamento mucho hacerle víctima de lo que quizás parezca un mero capricho, pero, por mi vida,

Watson, que me resulta sencillamente imposible dejar el caso como está. Todos mis instintos se rebelan

contra ello. Hay un error, todo es un error..., ¡le juro que es un error! Y sin embargo, la declaración de la señora

no tiene cabos sueltos, la confirmación de la doncella parece suficiente, casi todos los detalles

concuerdan... ¿Qué puedo yo oponer a eso? Tres copas de vino, eso es todo. Pero si yo no hubiera dado

ciertas cosas por sentadas, si lo hubiera examinado todo con la atención que dedico cuando abordo un caso

desde cero, sin dejarme influir por una historia perfectamente construida..., ¿acaso no habría encontrado algo

más concreto en que basarme? Pues claro que sí. Siéntese en este banco, Watson, hasta que pase un tren

hacia Chislehurst, y deje que le exponga mis razones. Pero, antes que nada, le ruego que borre de su mente la

idea de que todo lo que nos han contado la doncella y la señora tiene que ser necesariamente cierto. No

debemos permitir que la encantadora personalidad de la dama influya en nuestro buen juicio.

»Desde luego, hay en su relato algunos detalles que, si los consideramos en frío, resultan bastante

sospechosos. Estos ladrones dieron un golpe importante en Sydenham hace quince días. Los periódicos

hablaron de ellos y publicaron sus descrip-ciones, y parece natural que si alguien desea inventar una historia

en la que intervienen ladrones imaginarios se inspire en ellos. Pero en realidad, y como regla general, los

ladrones que acaban de dar un buen golpe se conforman con disfrutar de su botín en paz y tranquilidad, sin

embarcarse en nuevas empresas arriesgadas. Además de esto, no es normal que los ladrones actúen a una

hora tan temprana; no es normal que gol-peen a una señora para impedir que grite, ya que a cualquiera se le

ocurre que ese es el medio más seguro de hacerla gritar; no es normal que cometan un asesinato cuando son

lo bastante numerosos para reducir a un solo hombre sin tener que matarlo; no es normal que se conformen

con un botín reducido cuando tienen mucho más a su alcance; y, por último, yo diría que no es nada normal

que unos hombres de esa clase dejen una botella medio llena. ¿Qué le parecen todas esas anormalidades,

señor Watson?

-Desde luego, su efecto acumulativo es considerable, y sin embargo, cada una de ellas por sí sola es

perfectamente posible. A mí lo que me parece menos normal de todo es que ataran a la señora al sillón.

-Bueno, de eso no estoy tan seguro, Watson. Es evidente que, una de dos: o tenían que matarla, o tenían

que inmovilizarla para que no pudiera dar la alarma en cuanto ellos escaparan. Pero, de cualquier modo, creo

haber demostrado que existe un cierto factor de improbabilidad en la historia de la dama, ¿no le parece? Y

luego, para colmo, viene el detalle de las copas de vino.

-¿Qué pasa con las copas de vino?

-¿Puede usted representárselas mentalmente?

-Las veo con toda claridad.

-Nos dicen que tres hombres bebieron de ellas. ¿Le parece a usted probable?

-¿Por qué no? Había vino en las tres.

-Exacto. Pero sólo había posos en una copa. Tiene usted que haberse fijado en ello. ¿Qué le sugiere eso?

-La última copa que se llenó tendría más poso.

-Nada de eso. La botella tenía poso en abundancia, y resulta inconcebible que en las dos primeras copas

no caiga nada y la tercera quede llena de poso. Existen dos explicaciones posibles, y sólo dos. La primera es

que, después de llenar la segunda copa, agitaran la botella, con lo cual la tercera copa recibiría todo el poso.

Esto no parece probable. No, no; estoy seguro de tener razón.

-¿Y qué es lo que supone usted?

-Que sólo se utilizaron dos copas, y que las heces de ambas se echaron en una tercera copa, para dar la

falsa impresión de que allí habían estado tres personas. De ser así, todo el poso habría quedado en esta última

copa, ¿no es cierto? Sí, estoy con-vencido de ello. Pero si he acertado con la verdadera explicación de este

pequeño fenómeno, entonces el caso se eleva al instante desde el plano de lo vulgar al de lo excepcional, ya

que eso sólo puede significar que lady Brackenstall y su doncella nos han mentido deliberadamente, que no

debemos creer ni una sola palabra de su historia, que tienen alguna razón de peso para encubrir al verdadero

asesino, y que tendremos que reconstruir el caso por nuestros propios medios, sin ninguna ayuda por su

parte. Esta es la misión que ahora nos aguarda, Watson, y ahí viene el tren de Chislehurst.

Los habitantes de Abbey Grange se sorprendieron mucho de nuestro regreso, pero Sherlock Holmes, al

enterarse de que Stanley Hopkins había ido a presentar su informe en la jefatura, tomó posesión del comedor,

cerró la puerta por dentro y se enfrascó durante dos horas en una de aquellas minuciosas y concienzudas

investigaciones que formaban la sólida base en la que se apoyaban sus brillantes trabajos deductivos.

Sentado en un rincón, como un estudiante aplicado que observa una demostración del profesor, yo seguía

paso a paso aquella admirable exploración. El ventanal, las cortinas, la alfombra, el sillón, la cuerda... Todo

fue examinado al detalle y debidamente ponderado. Ya se habían llevado el cadáver del desdichado barones,

pero todo lo demás continuaba tal como lo habíamos visto por la mañana. En un momento dado, y con gran

asombro por mi parte, Holmes se subió a la repisa de la chimenea. Muy por encima de su cabeza colgaban

las pocas pulgadas de cordón rojo que permanecían unidas al cable. Se quedó un buen rato mirando hacia

arriba y luego, con intención de acercarse más, apoyó la rodilla en una moldura de la pared de madera. De

este modo llegaba con la mano a pocas pulgadas del extremo roto del cordón; pero lo que más pareció

interesarle no fue esto, sino la moldura misma. Por último, saltó al suelo con una exclamación de

satisfacción.

-Ya está, Watson -dijo-. Tenemos el caso resuelto, y es uno de los más notables de nuestra colección.

¡Pero hay que ver lo torpe que he sido y lo cerca que he estado de cometer el mayor disparate de mi vida!

Ahora creo que, a falta de unos pocos eslabones, mi cadena está ya casi completa.

-¿Ya tiene usted a sus hombres?

-A mi hombre, Watson, a mi hombre. Sólo uno, pero un tipo de cuidado. Fuerte como un león..., fíjese

en ese golpe, que ha doblado el atizador. Uno noventa de estatura, ágil como una ardilla, hábil con los dedos

y, sobre todo, con un talento más que notable, ya que toda esta ingeniosa historia es invención suya. Sí,

Watson, nos hemos topado con la obra de un individuo verdaderamente extraordinario. Y sin embargo, en

ese cordón de campanilla nos ha dejado una pista que tendría que ha

bernos sacado de dudas al instante.

-¿Dónde estaba esa pista?

-Vamos a ver, Watson, si fuera usted a arrancar un cordón de campanilla, ¿por dónde cree que se

rompería? Sin duda, por el punto donde está unido al cable. ¿Por qué habría de romperse a tres pulgadas del

extremo, como ha hecho éste?

-¿Quizás porque estaba gastado en ese punto?

-Exacto. Este extremo, que es el que podemos examinar, está deshilachado. Ha sido lo bastante astuto

como para deshilacharlo con su navaja. Pero el otro extremo no lo está. Desde aquí no se puede ver, pero si

se sube usted a la repisa, verá que está cortado limpiamente, sin señal alguna de deshilachamiento. Es fácil

reconstruir lo ocurrido. Nuestro hombre necesita una cuerda. No se atreve a arrancarla de un tirón por temor

a dar la alarma al hacer sonar la campanilla. ¿Qué es lo que hace? Se sube a la repisa de la chimenea, pero

desde ahí todavía no alcanza bien; apoya la rodilla en la moldura (se puede apreciar la huella en el polvo), y

saca la navaja para cortar el cordón. A mí me han faltado por lo menos tres pulgadas para llegar al punto del

corte, de lo que deduzco que este hombre es, por lo menos, tres pulgadas más alto que yo. ;Fíjese en esa

marca en el asiento del sillón de roble! ¿Qué es eso?

-Sangre.

-Ya lo creo que es sangre. Sólo con eso queda desacredita

do el relato de la señora. Si ella estaba sentada en este sillón cuando se cometió el crimen, ¿cómo cayó

ahí esa mancha? No, no; ella se sentó en el sillón después de la muerte de su marido. Apostaría a que el

vestido negro tiene una mancha que coincide con ésta. Este todavía no es nuestro Waterloo, Watson, sino

más bien nuestro Marengo, porque empieza en derrota y acaba en victoria

2

. Ahora me gustaría cambiar unas

palabras con la doncella Teresa. Vamos a tener que proceder con cautela durante algún tiempo si queremos

obtener la información que necesitamos.

Aquella severa doncella australiana era todo un personaje: taciturna, recelosa, de modales bruscos...

Tuvo que transcurrir un buen rato antes de que la actitud amistosa de Holmes y su franca aceptación de todo

lo que ella decía la descongelaran hasta el punto de corresponder a su simpatía. No hizo ningún intento de

ocultar el odio que sentía hacia su difunto señor.

-Sí, señor, es verdad que me tiró una garrafa a la cabeza. Le oí insultar a mi señora y le dije que no se

atrevería a hablar así si el hermano de la señora estuviese aquí. Entonces fue cuando me tiró la garrafa. A mí

me habría dado igual que me tirase una docena, con tal de que dejara tranquila a mi pajarita. Estaba siempre

maltratándola, y ella tenía demasiado orgullo para quejarse. Ni siquiera a mí me contaba todo lo que él le

hacía. Nunca me enseñó esas marcas en los brazos que usted vio esta mañana, pero yo sé muy bien que son

pinchazos hechos con un alfiler de sombrero. ¡Monstruo traicionero! Que Dios me perdone por hablar así de

él ahora que está muerto, pero si alguna vez ha habido un monstruo en el mundo, ha sido él. Cuando lo

conocimos era todo dulzura. Han pasado sólo dieciocho meses, pero a nosotras dos nos han parecido

dieciocho años. Ella acababa de llegar a Londres... Sí, era su primer viaje, la primeravez que se alejaba de su

país. Él la conquistó con su título y su dinero y sus hipócritas

2

En Marengo, localidad italiana del Piamonte, Napoleón derrotó a los austriacos en 1800, tras un

comienzo desfavorable. Waterloo, en el centro de Bélgica, fue el escenario de su derrota definitiva en

1815.

modales londinenses. La pobre señora cometió un error, y lo ha pagado como ninguna mujer pagó jamás.

¿En qué mes le conocimos? Ya le he dicho que fue nada más llegar a Inglaterra. Llegamos en junio, así que

fue en julio. Se casaron en enero del año pasado. Sí, la señora ha vuelto a bajar a la sala de estar, y seguro

que accederá a recibirle, pero no debe usted exigirle mucho, porque ya ha soportado todo lo que una persona

de carne y hueso es capaz de aguantar.

Lady Brackenstall se encontraba reclinada en el mismo diván, pero parecía más animada que por la

mañana. La doncella había entrado con nosotros y comenzó de nuevo a aplicar paños a la magulladura que su

señora tenía en la frente.

-Espero -dijo la dama-que no habrá venido usted a interrogarme de nuevo.

-No, lady Brackenstall -respondió Holmes en su tono más suave-. No tengo intención de ocasionarle

ninguna molestia innecesaria, y mi único deseo es facilitarle las cosas, porque es toy convencido de que ha

sufrido usted mucho. Si quisiera usted tratarme como a un amigo y confiar en mí, vería que yo puedo

corresponder a su confianza.

-¿Qué quiere usted de mí?

-Que me diga la verdad.

-¡Señor Holmes!

-No, no, lady Brackenstall, eso no sirve de nada. Es posible

que conozca usted mi modesta reputación. Pues bien, me la apostaría toda a que la historia que usted nos

contó es pura invención. Tanto la señora como la doncella miraban a Holmes con el rostro empalidecido y

los ojos aterrados.

-¡Es usted un insolente! -exclamó Teresa-. ¿Se atreve a decir que mi señora ha mentido?

Holmes se levantó de su asiento.

-¿No tiene nada que decirme?

-Ya se lo he contado todo.

-Piénselo mejor, lady Brackenstall. ¿No sería preferible ser sincera?

Por un instante, el hermoso rostro dio muestras de vacilación. Pero en seguida, algún nuevo y poderoso

proceso mental lo dejó fijo como una máscara.

-Le he contado todo lo que sé.

Holmes recogió su sombrero y se encogió de hombros. -Lo siento mucho -dijo, y sin pronunciar otra

palabra salimos de la habitación y de la casa.

El jardín tenía un estanque y hacia él se encaminó mi amigo. Estaba congelado, pero había quedado un

único agujero en el hielo, para beneficio de un cisne solitario. Holmes se que dó mirándolo, y luego se acercó

al pabellón de guardia. Garabateó una breve nota para Stanley Hopkins y se la dejó al guardés.

-Puedo acertar o equivocarme, pero tenemos que hacer algo por el amigo Hopkins, aunque sólo sea para

justificar esta segunda visita -dijo-. Todavía no le puedo confiar todas mis sospechas. Creo que nuestro

próximo campo de operaciones será la oficina de la línea marítima Adelaida-Southampton, que se encuentra

al final de Pall Mall, si mal no recuerdo. Hay otra línea de vapores que hace el servicio entre Australia del

Sur e Inglaterra, pero consultaremos primero en la más importante.

La tarjeta de Holmes nos procuró al instante la atención del gerente, y no tardamos en obtener toda la

información que mi amigo necesitaba. En junio del 95, sólo un barco de esa línea había llegado a un puerto

inglés: el Rock of Gibraltar, el más grande v mejor de los transatlánticos. Una consulta a la lista de pasajeros

permitió corroborar que en él había viajado la señora Fraser, de Adelaida, en compañía de su doncella. En

aquellos momentos, el barco navegaba rumbo a Australia, por aguas situadas al sur del canal de Suez. Los

oficiales eran los mismos que en el 95, con una sola excepción: el primer oficial, Jack Croker, había

ascendido a capitán y estaba a punto de tomar el mando de su nuevo barco, el Bass Rock, que zarparía de

Southampton dentro de dos días. Residía en Sydenham, pero lo más probable era que se pasara aquella

misma mañana por la oficina para recibir instrucciones, de modo que si queríamos podíamos aguardarlo.

No, el señor Holmes no deseaba hablar con él, pero sí que le gustaría saber algo más acerca de su

historial y su carácter.

Su historial era magnífico. No había en toda la flota un oficial que pudiera compararse con él. En cuanto

a su carácter, era de absoluta confianza cuando estaba de servicio, pero fuera de su barco era un tipo alocado,

temerario, nervioso e irascible, aunque sin dejar de ser leal, honrado y de buen corazón. Esta era, en

sustancia, la información con la que Holmes salió de la oficina de la Compañía Naviera Adelaida-

Southampton. Desde allí nos dirigimos a Scotland Yard, pero en lugar de entrar, Holmes se quedó sentado en

el coche, con las cejas fruncidas, sumido en profundos pensamientos. Por último, se hizo llevar a la oficina

de telégrafos de Charing Cross, donde cursó un telegrama, y regresamos al fin a Baker Street.

-No he sido capaz de hacerlo, Watson -dijo cuando nos hubimos instalado de nuevo en nuestro cuarto-.

Una vez cursada la orden de detención, nada en el mundo habría podido salvarlo. Una o dos veces a lo largo

de mi carrera he tenido la impresión de que había hecho más daño yo descubriendo al criminal que éste al

cometer su crimen. Así que he aprendido a ser cauto y ahora prefiero tomarme libertades con las leyes de

Inglaterra antes que con mi propia conciencia. Es preciso que sepamos algo más antes de actuar.

Antes de que anocheciera recibimos la visita del inspector Stanley Hopkins. Las cosas no le iban muy

bien.

-Holmes, estoy convencido de que es usted un brujo. Le aseguro que a veces pienso que posee usted

poderes que no son humanos. Vamos a ver: ¿cómo demonios sabía usted que la plata robada estaba en el

fondo de ese estanque?

-No lo sabía.

-Pero me dijo que lo inspeccionara.

-¿Así que la encontró, eh?

-Sí, la encontré.

-Me alegro mucho de haberle podido ayudar.

-¡Pero es que no me ha ayudado! ¡Lo que ha hecho es complicar muchísimo más el asunto! ¿Qué clase

de ladrones son éstos que roban la plata y luego la tiran al estanque más próximo?

-No cabe duda de que su proceder es bastante excéntrico. Yo me limité a razonar a partir de la idea de

que si la plata la habían robado personas que en realidad no la querían, sino que únicamente la estaban

utilizando como pantalla, lo más natural era que procuraran deshacerse de ella lo antes posible.

-Pero ¿cómo se le pudo pasar por la cabeza semejante idea?

-Bueno, me pareció que era posible. Nada más salir por el ventanal francés tuvieron que encontrarse el

estanque, con su tentador agujerito en el hielo, delante de sus mismas narices. ¿Qué mejor escondite que

aquél?

-¡Ah, un escondite! ¡Eso es otra cosa! -exclamó Stanley Hopkins-. Sí, claro, ahora lo entiendo. Era muy

pronto, había aún gente por los caminos, y tuvieron miedo de que alguien los viera con la plata, de manera

que la echaron al estanque, con la intención de regresar a por ella cuando no hubiera moros en la costa.

Magnífico, señor Holmes, esto está mejor que esa idea de la pantalla.

-Seguro. Ha elaborado usted una admirable teoría. No cabe duda de que mis ideas eran completamente

disparatadas, pero tiene usted que reconocer que han dado como resultado la recuperación de la plata.

-Sí, señor, sí; todo el mérito es suyo. En cambio, yo he sufrido un grave resbalón.

-¿Un resbalón?

-Sí, señor Holmes. La banda de los Randall ha sido detenida esta mañana en Nueva York.

-Vaya por Dios, Hopkins. Esto sí que parece rebatir su teoría de que anoche cometieron un asesinato en

Kent.

-Es un golpe mortal, señor Holmes, absolutamente mortal. Sin embargo, hay otras cuadrillas de tres

hombres, aparte de los Randall, e incluso podría tratarse de una banda nueva, que la policía aún no conoce.

-Seguro; es perfectamente posible. ¿Cómo, se marcha usted?

-Sí, señor Holmes; no habrá descanso para mí hasta que haya llegado al fondo del asunto. Supongo que

no tiene usted ninguna sugerencia que hacerme.

-Ya le he hecho una.

-¿Cuál?

-Bueno, he sugerido la posibilidad de una pantalla.

-Pero ¿por qué, señor Holmes, por qué?

-Ah, ésa es la cuestión, desde luego. Pero le recomiendo que piense en esa idea. Puede que descubra que

tiene su miga. ¿No se queda a cenar? Está bien, adiós y háganos saber cómo le va.

Hasta después de haber cenado y haber quedado recogida la mesa, Holmes no volvió a mencionar el

asunto. Había encendido su pipa y acercado los pies, enfundados en zapatillas, al reconfortante fuego de la

chimenea. De pronto, consultó su reloj.

-Espero novedades, Watson.

-¿Cuándo?

-Ahora mismo..., dentro de unos minutos. Seguro que piensa usted que me he portado muy mal con

Hopkins hace un rato.

-Confío en su buen juicio.

-Una respuesta muy sensata, Watson. Tiene usted que mirarlo de este modo: lo que yo sé es extraoficial;

lo que él sabe es oficial. Yo tengo derecho a decidir por mímismo, pero él no. Él tiene que revelarlo todo, o

se convertiría en un traidor al cargo que ocupa. En caso de duda, preferiría no colocarle en una posición tan

penosa y por eso me reservo lo que sé hasta que haya llegado a una conclusión clara sobre el asunto.

-¿Y eso cuándo será?

-Ha llegado el momento. Va usted a presenciar la última escena de un pequeño e interesante drama.

Se oyeron ruidos en la escalera, y nuestra puerta se abrió para dejar paso a uno de los ejemplares

masculinos más espléndidos que jamás han entrado por ella. Era un hombre joven y muy alto, con bigote

rubio, ojos azules, piel tostada por el sol de los trópicos y andares elásticos, que demostraban que aquella

poderosa estructura era tan ágil como fuerte. Cerró la puerta después de entrar y se quedó de pie, con los

puños apretados y el pecho palpitando, como tratando de dominar una emoción avasalladora.

-Siéntese, capitán Croker. ¿Recibió usted mi telegrama?

Nuestro visitante se dejó caer en una butaca y nos miró con ojos inquisitivos.

-Recibí su telegrama y he venido a la hora que usted indicaba. Me han dicho que ha estado usted hoy en

la oficina. No hay manera de escapar de usted. Oigamos ya las malas noticias. ¿Qué piensa hacer conmigo?

¿Detenerme? ¡Hable, hombre! No se quede ahí sentado, jugando conmigo como el gato con el ratón.

-Déle un cigarro -me dijo Holmes-. Muerda eso, capitán Croker, y no se deje llevar por los nervios.

Puede estar seguro de que yo no me sentaría a fumar con usted si lo considerase

un criminal vulgar. Sea sincero conmigo y saldrá ganando. Trate de engañarme y lo aplastaré.

-¿Qué quiere usted que haga?

-Que me cuente toda la verdad de los sucedido anoche en Abbey Grange. Toda la verdad, fíjese bien, sin

añadir ni omitir nada. Es ya tanto lo que sé, que si se desvía usted una pulgada del camino recto, tocaré este

silbato de policía desde la ventana y el asunto quedará fuera de mis manos para siempre.

El marino meditó un momento y luego se dio una palmada en la pierna con su enorme mano tostada por

el sol

-Correré el riesgo -dijo-. Creo que es usted un hombre de palabra y un hombre justo, y le voy a contar

toda la historia. Pero antes tengo que decirle una cosa. Por lo que a mí respecta, no me arrepiento de nada, no

temo nada, volvería hacer lo que hice, y me sentiría orgulloso de haberlo hecho. ¡Maldita bestia! Aunque

tuviera más vidas que un gato, no le bastaría con todas ellas para pagar lo que hizo. Pero está la señora,

Mary..., Mary Fraser..., porque jamás me harán llamarla por ese otro maldito apellido... Cuando pienso los

problemas que esto puede ocasionarle..., yo, que daría la vida sólo por hacer brotar una sonrisa en su amado

rostro..., es que se me hace la sangre agua. Y sin embargo..., y sin embargo... ¿Qué otra cosa podía yo hacer?

Voy a contarles mi historia, caballeros, y después les preguntaré, de hombre a hombre, si podía haber hecho

otra cosa.

»Tengo que retroceder un poco. Parece que ustedes lo saben todo, así que supongo que ya saben que la

conocí cuando ella era pasajera y yo primer oficial del Rock of Gibraltar. Desde que la vi por vez primera no

existió otra mujer para mí. Cada día del viaje la amaba más, y muchas veces, durante la oscuridad de la

guardia nocturna, me he arrodillado para besar la cubierta del barco allí donde sus queridos pies la habían

pisado. Ella nunca me prometió nada. Me trató con toda la honradez con que una mujer puede tratar a un

hombre. No tengo ninguna queja. Por mi parte, todo era amor; por la suya, buena camaradería y amistad.

Cuando nos separamos, ella era una mujer libre, pero yo ya no podría ser libre jamás.

»Al regreso de mi siguiente viaje me enteré de su matrimonio. ¿Y por qué no iba a poderse casar con

quien quisiera? Título y dinero... ¿A quién iban a sentarle mejor que a ella? Nació para todo lo bello y

delicado. Me alegré de su buena suerte y de que no se hubiera echado a perder entregándose a un vulgar

marino sin un céntimo. Así es como yo amaba a Mary Fraser.

»En fin, pensaba que no la volvería a ver; pero al concluir mi último viaje fui ascendido a capitán y mi

nuevo barco aún no se había botado, de manera que tuve que esperar un par de meses, y fui a pasarlos con mi

familia en Sydenham. Y un día, en un camino rural, me encontré con Teresa Wright, su vieja doncella, que

me contó cosas de ella, de él, de todo. Les aseguro, caballeros, que casi me vuelvo loco ¡Ese perro borra-cho!

¡Atreverse a ponerle la mano encima, él, que no era digno ni de lamerle los zapatos! Volví a ver a Teresa.

Después vi a la propia Mary... y la volví a ver por segunda vez. A partir de entonces ella ya no quiso que

siguiéramos viéndonos. Pero el otro día recibí el aviso de que mi barco zarparía en una semana, y decidí

verla una vez más antes de partir. Teresa siempre estuvo de mi parte, porque quería a Mary y odiaba a ese

canalla casi tanto como yo. Por ella me enteré de las costumbres de la casa. Mary solía quedarse a leer en su

salita de la planta baja. Anoche me acerqué hasta allí arrastrándome y arañé el cristal de la ventana. Al

principio, ella no quería abrirme, pero ahora sé que en el fondo me ama y no fue capaz de dejarme fuera en

una noche tan helada. Me susurró que diera la vuelta hasta el ventanal delantero y lo abrió para dejarme

pasar al comedor. Una vez más, escuché de sus labios cosas que me hicieron hervir la sangre, y una vez más

maldije a ese bruto que maltrataba a la mujer que yo amaba. Pues bien, caballeros, allí estábamos los dos, de

pie junto al ventanal, y pongo al cielo por testigo de que en una actitud absolutamente inocente, cuando ese

hombre se precipitó en la habitación como un loco, le dijo los peores insultos que un hombre puede dirigir a

una mujer y la golpeó en la cara con el bastón que traía en la mano. Yo di un salto para coger el atizador y

entablamos una lucha bastante igualada. Aquí en mi brazo puede ver dónde cayó su primer golpe. Pero

entonces me tocó pegar a mí y le partí el cráneo como si hubiera sido una calabaza podrida. ¿Creen ustedes

que lo lamenté? ¡Ni lo más mínimo! Era su vida o la mía... Más aún: era su vida o la de ella, porque, ¿cómo

iba yo a dejarla en poder de aquel loco? Así lo maté. ¿Hice mal? Si es así, caballeros, díganme qué habrían

hecho ustedes de encontrarse en mi situación.

»Ella había gritado cuando él la golpeó, y eso hizo bajar a la vieja Teresa de la habitación de arriba. En

el aparador había una botella de vino y yo la abrí para verter un poco en los labios de Mary, que estaba

medio muerta del susto. Yo también bebí un poco. Pero Teresa se mantenía fría como el hielo, y la idea fue

tan suya como mía. Teníamos que aparentar que habían sido los ladrones. Teresa no paró de repetirle la

historia a su señora, mientras yo trepaba para cortar el cordón de la campanilla. Luego la até al sillón, e

incluso deshilaché el extremo del cordón para que pareciera natural y nadie se preguntara cómo había podido

un ladrón trepar hasta allí para cortarlo. Cogí unos cuantos platos y cacharros de plata para reforzar la

historia del robo, y las dejé solas, indicándolas que dieran la alarma un cuarto de hora después de marcharme

yo. Tiré la plata al estanque y me volví a Sydenham con la sensación de que, por una vez en mi vida, había

aprovechado bien la noche. Y esta es la verdad y toda la verdad, señor Holmes, aunque me cueste el cuello.

Holmes siguió fumando en silencio durante un rato. Luego cruzó la habitación y estrechó la mano de

nuestro visitante.

-Esto es lo que pienso -dijo-. Se qué todo lo que me ha dicho es verdad, porque prácticamente no ha

dicho ni una palabra que yo no supiera ya. Nadie más que un acróbata o un marinero podía haber trepado

para cortar ese cordón desde la moldura, y nadie más que un marino podía haber hecho esos nudos para atar

el cordón a la silla. La señora no había estado en contacto con marinos más que una vez en su vida, y eso fue

durante su viaje. Y tenía que tratarse de alguien de su misma categoría humana, por el empeño que ponía en

encubrirle, lo cual, de paso, demostraba que le amaba. Ya ve lo fácil que me ha resultado dar con usted en

cuanto me puse a seguir la pista adecuada.

-Yo creí que la policía nunca conseguiría descubrir nuestro engaño.

-Y no lo ha conseguido, ni creo que lo consiga. Pero mire, capitán Croker: este es un asunto muy serio,

aunque estoy dispuesto a admitir que usted actuó bajo la provocación más extrema a la que pueda verse

sometido un hombre. Tratándose de defender su vida, es muy posible que su acción se pueda considerar

legítima. Sin embargo, eso debe decidirlo un jurado británico. Mientras tanto, me inspira usted tanta simpatía

que si decidiera desaparecer en las próximas veinticuatro horas yo le prometo que nadie le molestaría.

-¿Y después, todo saldría a relucir?

-Desde luego que saldrá a relucir.

El marino se puso rojo de ira.

-¿Cree usted que se le puede proponer algo así a un hombre? Conozco la ley lo suficiente como para

saber que Mary sería detenida como cómplice. ¿Piensa que yo la dejaría sola para afrontar el escándalo

mientras yo me escabullo? No, señor; que hagan lo que quieran conmigo, pero, por amor de Dios, señor

Holmes, tiene usted que encontrar alguna manera de librar a mi pobre Mary de los tribunales.

Por segunda vez, Holmes estrechó la mano del marino.

-Sólo estaba poniéndole a prueba, y también esta vez ha respondido. Bien, estoy asumiendo una gran

responsabilidad, pero ya le he proporcionado a Hopkins una pista excelente, y si no es capaz de sacarle

partido, yo ya no puedo hacer más. Vamos a ver, capitán Croker, hagamos esto como es debido. Usted es el

acusado. Watson, usted es un jurado británico, y le aseguro que nunca he conocido a una persona mejor

capaci-tada para ejercer esa función. Yo soy el juez. Y ahora, caballeros del jurado, han oído ustedes la

relación de los hechos. ¿Consideran al acusado culpable o inocente?

-Inocente, su señoría -dije yo.

-Vox populi, vox Dei. (3)Este tribunal le absuelve, capitán Croker. A no ser que la justicia encuentre un

falso culpable, está usted a salvo de mí. Vuelva usted dentro de un año a visitar a la señora, y ojalá que el

futuro de ustedes dos justifique la sentencia que hemos pronunciado esta noche. (3) “La voz del pueblo es la

voz de Dios”

La aventura de la segunda mancha

Mi intención era que «La aventura de Abbey Grange» hubiera sido la última de las aventura de mi amigo

Sherlock Holmes que yo diera a conocer al público. Esta decisión no se debía a la escasez de material, ya que

dispongo de notas acerca de varios centenares de casos que nunca he llegado a mencionar, ni tampoco a que

mis lectores hayan ido perdiendo interés por la personalidad única y los métodos extraordinarios de este

hombre inigualable. La verdadera razón hay que buscarla en el poco entusiasmo demostrado por el propio

señor Holmes ante la continua publicación de sus experiencias. Mientras estuvo ejerciendo su profesión, la

relación de sus éxitos tenía para él una cierta utilidad práctica; pero desde que se retiró definitivamente de

Londres, para dedicarse al estudio y la apicultura en las tierras bajas de Sussex, la notoriedad le ha llegado a

resultar aborrecible, y ha insistido de manera terminante en que se respeten sus deseos en este aspecto. Sólo

cuando le recordé que yo había prometido que «La aventura de la segunda mancha» se publicaría cuando

llegase el momento adecuado, y le hice notar la conveniencia de que esta larga serie de episodios culminara

en el más importante caso internacional que jamás se le encomendó, conseguí obtener su autorización para

exponer al público una versión del asunto que hasta ahora se ha mantenido celosamente oculta. Si en algún

momento del relato parece que soy algo inconcreto en ciertos detalles, el lector sabrá comprender que exis-te

una excelente razón para mi reticencia.

Sucedió, pues, que un martes de otoño por la mañana, en un año y una década que quedarán sin precisar,

recibimos en nuestros humildes aposentos de Baker Street a dos visitantes famosos en toda Europa. Uno de

ellos, austero, solemne, dominante y con ojos de águila, era nada menos que el ilustre lord Bellinger, dos

veces primer ministro de Gran Bretaña. El otro, moreno, elegante y de rasgos muy marcados, apenas entrado

en la madurez y dotado de toda clase de cualidades físicas y mentales, era el muy honorable Trelawney

Hope, ministro de Asuntos Europeos y el estadista más prometedor del país. Se sentaron uno junto al otro en

nuestro sofá lleno de papeles re-vueltos, y se notaba a primera vista, por sus expresiones preocupadas y

ansiosas, que el asunto que los había traído era de la máxima importancia. Las manos delgadas del primer

ministro, surcadas por venas azules, apretaban con fuerza el puño de marfil de su paraguas, y su rostro

demacrado y ascético nos dirigía sombrías miradas, primero a Holmes y después a mí. El ministro de

Asuntos Europeos se tiraba, nervioso, del bigote y jugueteaba con los dijes de la cadena de su reloj.

-Cuando descubrí la pérdida, señor Holmes, lo cual sucedió a las ocho de esta mañana, informé

inmediatamente al primer ministro. Ha sido idea suya que vengamos a verle.

-¿Han informado ustedes a la policía?

-No, señor Holmes -respondió el primer ministro, con la manera de hablar rápida y tajante que le había

hecho famoso-. Ni lo hemos hecho ni es posible hacerlo. Informar a la policía equivaldría, a la larga, a

informar al público, y esto deseamos evitarlo de manera muy especial.

-¿Y eso por qué, señor?

-Porque el documento en cuestión tiene una importancia tan tremenda que su publicación podría

provocar fácilmente..., yo diría que casi con seguridad..., complicaciones de suma gravedad en el escenario

europeo. No exagero al decir que podrían estar en juego decisiones de guerra o de paz. Si no podemos

intentar recuperarlo en absoluto secreto, lo mismo da que no lo recuperemos, porque lo que se proponen los

que lo han robado es, precisamente, dar a conocer su contenido.

-Comprendo. Y ahora, señor Trelawney Hope, le agradecería mucho que me explicara con exactitud las

circunstancias en que desapareció este documento.

-Se puede decir en muy pocas palabras, señor Holmes. La carta..., porque se trata de una carta de un

dirigente extranjero..., se recibió hace seis días. Era tan importante que ni siquiera la he querido dejar en mi

caja fuerte, sino que la he llevado todas las noches a mi casa de Whitehall Terrace y la he tenido en mi

habitación, dentro de un maletín cerrado con llave. Anoche estaba allí, de eso estoy seguro, porque abrí el

maletín mientras me vestía para cenar y vi dentro el documento. Esta mañana va no estaba. El maletín se

quedó toda la noche sobre la mesa de¡ tocador, al lado del espejo. Yo tengo el sueño muy ligero, y mi esposa

también. Los dos estamos dispuestos a jurar que nadie pudo entrar en nuestra habitación durante la noche. Y

sin embargo, le repito que el documento ha desaparecido.

-¿A qué hora cenó usted?

-A las siete v media.

-¿Cuánto tiempo tardó en irse a la cama?

-Mi esposa había salido al teatro, y yo me quedé esperándola. No subimos a nuestra habitación hasta las

once v media.

-¿Así que el maletín permaneció sin vigilancia durante cuatro horas?

-A nadie se le permite entrar en esa habitación, exceptuando a la mujer que la limpia por la mañana, y a

mi ayuda de cámara y la doncella de mi esposa durante el resto del día. Y los dos son servidores de

confianza, que llevan bastante tiempo con nosotros. Además, ninguno de ellos podía saber que en el maletín

hubiera nada más importante que el papeleo normal del ministerio.

-¿Quién conocía la existencia de esa carta? -En mi casa, nadie.

-¿Ni siquiera su esposa?

-No, señor; no le dije nada hasta esta mañana, cuando eché en falta el documento.

El primer ministro asintió en señal de aprobación.

-Hace mucho que conozco su elevado sentido del deber en cuestiones de su cargo, señor -dijo-. Estoy

convencido de que, tratándose de un secreto tan importante como éste, lo pondría por encima incluso de sus

lazos familiares más íntimos.

El ministro de Asuntos Europeos correspondió con una inclinación de cabeza.

-Con eso no me hace usted más que justicia, señor. Hasta esta mañana no le había dicho a mi esposa ni

una palabra del asunto.

-¿No podría ella haberlo adivinado?

-No, señor Holmes, ni ella ni nadie podría haberlo adivinado.

-¿Había perdido usted antes algún documento?

-No, señor.

-¿Quién conocía en Inglaterra la existencia de esa carta?

-Ayer se informó a todos los ministros del Consejo. Pero el juramento de secreto que rige en todas las

reuniones del Gabinete se reforzó ayer con una solemne advertencia del primer ministro. ¡Dios mío! ¡Y

pensar que a las pocas horas, yo mismo iba a perderlo! -su atractivo rostro se contrajo en una mueca de

desesperación, mientras se mesaba el cabello con las manos. Por un momento, tuvimos una fugaz visión de

cómo era aquel hombre por dentro: impulsivo, ardiente, extremadamente sensible. Pero al instante había

adoptado de nuevo la máscara aristocrática y volvía a oírse su voz suave-. Además de los miembros del

Consejo de Ministros, hay dos, o tal vez tres, altos funcionarios que están enterados de la existencia de la

carta. Nadie más en toda Inglaterra, señor Holmes, se lo aseguro.

-¿Y en el extranjero?

-Me inclino a creer que no la ha visto nadie más que la persona que la escribió. Estoy convencido de que

sus ministros..., de que no se han utilizado los cauces oficiales habituales.

Holmes reflexionó durante unos momentos.

-Bien, señor, tengo que pedirle detalles más concretos sobre ese documento, y saber por qué su

desaparición puede acarrear tan graves consecuencias.

Los dos estadistas intercambiaron una rápida mirada, y las hirsutas cejas del primer ministro se

contrajeron en un ceño fruncido.

-Verá, señor Holmes, está en un sobre largo y delgado, de color azul claro. Tiene un sello de lacre rojo,

con un león rampante estampado. La dirección está escrita a mano, en letra grande y firme...

-Me temo -interrumpió Holmes-que, por muy interesantes e incluso esenciales que sean esos detalles, mi

pregunta debe llegar a la raíz del asunto. ¿De qué trataba esa carta?

-Eso es un secreto de Estado de la máxima importancia, y me temo que no puedo decírselo, y tampoco

me parece que sea necesario. Si usted, valiéndose de las facultades que se dice que posee, es capaz de

encontrar el sobre que le he descrito, con su contenido, habrá prestado un gran servicio a su país y se habrá

hecho merecedor de cualquier recompensa que esté en nuestra mano concederle.

Sherlock Holmes se puso en pie, sonriente.

-Son ustedes dos de los hombres más ocupados del país -dijo-y yo mismo, en mi modestia, también

tengo mucho trabajo por hacer. Lamento muchísimo no poder ayudarles en este asunto, y prolongar esta

entrevista sería una pérdida de tiempo.

El primer ministro se puso en pie de un salto, con aquel mismo brillo rápido y feroz en sus ojos

hundidos que acobardaba a los consejos de ministros.

-¡No estoy acostumbrado...! -empezó a decir, pero logró dominar su cólera y se sentó de nuevo. Durante

un minuto, o más, todos permanecimos en silencio. Por fin, el anciano estadista se encogió de hombros.

-Tendremos que aceptar sus condiciones, señor Holmes. No cabe duda de que tiene usted razón y no

podemos esperar que se ponga en acción a menos que le otorguemos nuestra plena confianza.

-Estoy de acuerdo con usted, señor -dijo el estadista más joven.

-En tal caso, se lo contaré, confiando por completo en su honor y en el de su compañero, el doctor

Watson. También podría apelar a su patriotismo, ya que no se me ocurre una desgracia peor para nuestro país

que la que podría producirse si saliera a la luz este asunto.

-Puede usted confiar en nosotros.

-Pues bien, la carta es de cierto dirigente extranjero, molesto por algunos sucesos coloniales en los que

ha intervenido recientemente nuestro país. La ha escrito en un arrebato y bajo su propia responsabilidad.

Por lo que hemos podido averiguar, sus ministros no saben nada del asunto. Lo malo es que está

redactada de un modo tan poco afortunado y algunas frases son tan provocativas, que si se publicaran

darían lugar, sin duda, a un estado de opinión muy peligroso. Se produciría en el país una ebullición de

tal calibre que me atrevería a decir que, a la semana de publicarse la carta, este país se vería envuelto en

una terrible guerra.

Holmes escribió un nombre en una hoja de papel y se la pasó al primer ministro.

-Exacto. Ha sido él. Y su carta, esta carta que puede significar un gasto de miles de millones y la

pérdida de cientos de miles de vidas humanas, es la que se ha perdido de manera tan inexplicable.

-¿Han informado usted al remitente?

-Sí, señor; hemos enviado un telegrama en clave.

-Tal vez él desee que la carta se publique.

-No, señor; tenemos razones de peso para creer que él se ha dado cuenta de que actuó de manera

acalorada e imprudente. Para él y su país, la publicación de esta carta supondría un golpe aún más duro que

para nosotros.

-En ese caso, ¿a quién le interesa que se publique la carta? ¿Por qué puede desear alguien robarla o

publicarla?

-Ahí, señor Holmes, nos metemos en el campo de la alta política internacional. Pero si considera usted

la situación en Europa, no le resultará difícil comprender el motivo. Europa entera es un campamento

armado. Existen dos alianzas con una potencia militar bastante equilibrada. Gran Bretaña se encuentra en

condiciones de inclinar la balanza. Si se viera arrastrada a la guerra contra una de las dos confederaciones,

esto aseguraría la supremacía de la otra, tanto si ésta entra en guerra como si no. ¿Me sigue usted?

-Con toda claridad. Así pues, a los enemigos de este gobernante les interesaría apoderarse de la carta y

publicarla, con el fin de crear un enfrentamiento entre su país y el nuestro.

-Eso es.

-¿Y a quién se le enviaría este documento, en caso de caer en manos enemigas?

-A cualquiera de las grandes cancillerías de Europa. Probablemente, en estos instantes ya va camino de

una de ellas, a toda la velocidad a la que pueda llevarla un vehículo de vapor.

El señor Trelawney Hope dejó caer la cabeza sobre el pecho y suspiró en voz alta. El primer ministro

apoyó una mano consoladora en su hombro.

-Ha tenido usted mala suerte, querido amigo. Nadie le culpa de nada. No ha omitido usted ninguna

precaución. Y ahora, señor Holmes, ya dispone usted de todos los datos. ¿Qué medidas recomienda?

Holmes movió la cabeza con expresión triste.

-¿Está usted convencido, señor, de que si no se recupera ese documento habrá guerra?

-Lo considero muy probable.

-Entonces, señor, prepárese para la guerra.

-Esas son palabras muy duras, señor Holmes.

-Considere los hechos, señor. Es completamente imposible que lo robaran después de las once y media

de la noche, ya que, según he creído entender, el señor Hope y su esposa permanecieron en su habitación

desde esa hora hasta que se descubrió el robo. Así pues, lo tuvieron que robar ayer, entre las siete y media y

las once y media, probablemente más cerca de la primera hora, ya que es obvio que quien se lo llevó sabía

que estaba allí, y lo más natural es que procurara apoderarse de él lo antes posible. Ahora bien, dada la hora

en que se robó y la importancia del documento, ¿dónde puede estar ahora? Nadie tiene motivo alguno para

retenerlo. Es preciso hacerlo llegar rápidamente a manos de quienes lo necesitan. ¿Qué posibilidades tenemos

a estas alturas de alcanzarlos, ni siquiera de seguirles la pista? Ni la más mínima.

El primer ministro se levantó del sofá.

-Lo que dice es completamente lógico, señor Holmes. A mí también me parece que el asunto está fuera

de nuestras posibilidades.

-Supongamos, sólo a manera de hipótesis, que lo hubiera robado la doncella o el ayuda de cámara.

-Los dos son sirvientes antiguos y de confianza.

-Me pareció entender que su habitación se encuentra en la segunda planta, que no se puede entrar desde

fuera de la casa, y que nadie habría podido llegar desde dentro sin que le vieran. En tal caso, la carta tiene

que haberla robado alguien

de la casa. ¿A quién se la pudo entregar el ladrón? A cualquiera de los varios espías internacionales y

agentes secretos, con cuyos nombres estoy relativamente familiarizado. Hay tres de ellos que podrían

considerarse como las estrellas de su profe-sión. Comenzaré mis indagaciones intentado averiguar si todos

ellos continúan en sus puestos. En caso de faltar alguno de ellos, y sobre todo si falta desde anoche,

dispondremos de algún indicio sobre el lugar de destino del documento.

-,.Por qué no habría de continuar en su puesto? -preguntó el ministro de Asuntos Europeos-. Podría

perfectamente haberlo llevado a alguna embajada en Londres.

-No creo que lo haya hecho. Estos agentes trabajan por libre, y muchas veces sus relaciones con las

embajadas son algo tirantes.

El primer ministro asintió en señal de aprobación.

-Creo que tiene usted razón, señor Holmes. Tratándose de un botín tan valioso, lo llevaría

personalmente. Su línea de acción me parece excelente. Mientras tanto, Hope, no podemos descuidar

nuestros otros deberes a causa de esta desgracia. En caso de producirse alguna novedad durante el día de

hoy, nos pondremos en comunicación con usted. Y usted, naturalmente, nos tendrá al corriente de los

resultados de sus investiga-ciones.

Los dos estadistas hicieron una inclinación de cabeza y salieron de la habitación con aire solemne.

Cuando nuestros ilustres visitantes se hubieron marchado, Holmes encendió su pipa sin pronunciar

palabra y se quedó un buen rato sumido en profundas reflexiones. Yo me había puesto a hojear el periódico

de la mañana y me encontraba inmerso en un crimen sensacional que se había cometido en Londres la noche

antes, cuando mi amigo soltó una exclamación, se puso en pie de un salto y dejó la pipa sobre la repisa de la

chimenea.

-Sí -dijo-; no hay mejor manera de abordarlo. La situación es muy grave, pero no desesperada. Si

pudiéramos estar seguros de cuál de ellos la tiene..., porque todavía es posible que no haya salido de sus

manos. Al fin y al cabo, estos tipos se mueven por dinero, y yo cuento con el respaldo del Tesoro Nacional.

Si está a la venta, puedo comprarla, aunque ello signifique que todos paguemos un penique más de

impuestos. Es perfectamente posible que nuestro hombre esté aguardando a escuchar las ofertas de este

bando antes de probar suerte con

el otro. Y sólo existen tres hombres capaces de jugar un juego tan arriesgado: Oberstein, La Tothiere y

Eduardo Lucas. Tendré que verlos a los tres.

Yo eché un vistazo al periódico.

-¿Se refiere usted a Eduardo Lucas, de Godolphin Street?

-Sí.

-Pues a ése no lo verá usted.

-¿Por qué no?

-Esta noche ha sido asesinado en su casa.

Eran tantas las veces que mi amigo me había asombrado en el transcurso de sus aventuras, que sentí

verdadera satisfacción al darme cuenta de que esta vez era yo quien le había dejado completamente atónito.

Me miró como alucionado y me arrebató el periódico de las manos. Esto era lo que estaba leyendo cuando él

se levantó de su asiento:

ASESINATO EN WESTMINSTER

La pasada noche se cometió un crimen en circunstancias misteriosas en el número 16 de Godolphin

Street, una vetusta y solitaria calle de edificios del siglo XVIII, situada entre el río y la Abadía, casi a la

sombra de la gran torre del Parlamento. La pequeña pero señorial mansión llevaba varios años habitada por

el señor Eduardo Lucas, muy conocido en los círculos sociales por su atractiva personalidad y por tener

merecida fama de ser uno de los mejores tenores aficionados del país. El señor Lucas era soltero, de treinta y

cuatro años, y su servicio estaba formado por la señora Pringle, su anciana ama de llaves, y un ayuda de

cámara llamado Mitton. La primera se retira pronto y duerme en el piso alto. El ayuda de cámara había salido

a visitar a un amigo que reside en Hammersmith. Así pues, el señor Lucas se quedó solo en casa desde las

diez de la noche. Todavía no se sabe lo que ocurrió en ese tiempo, pero a las doce menos cuarto, el agente de

policía Barrett, que hacía la ronda por Godolphin Street, observó que la puerta del número 16 se encontraba

entreabierta. Llamó sin obtener respuesta y, al advertir una luz en la habitación delantera, avanzó por el

pasillo y llamó de nuevo a la puerta de esta habitación, con idéntico resultado negativo. Entonces abrió la

puerta de un empujón y penetró en la estancia. La habitación se encontraba en absoluto desorden, con todos

los muebles amontonados a un lado y una silla volcada en el centro. Junto a esta silla, aferrado todavía a una

de sus patas, yacía el desdichado inquilino de la casa. Había recibido una puñalada en el corazón, que debió

producirle la muerte instantánea.

El cuchillo con el que se cometió el crimen es una daga india de hoja curva, descolgada de una panoplia

de armas orientales que adornaba una de las paredes. En cuanto al móvil del crimen, no parece haber sido el

robo, ya que no falta ninguno de los objetos de valor que contenía la habitación. El señor Eduardo Lucas era

tan conocido y apreciado que su violenta y misteriosa muerte ha provocado una gran consternación en su

extenso círculo de amistades.

-Bien, Watson, ¿qué le parece esto?

-Una coincidencia asombrosa.

-¡Una coincidencia! Aquí tenemos a uno de los tres hombres que habíamos señalado como posibles

participantes en este drama, y resulta que muere de una manera violenta durante las mismas horas en que el

drama se representaba. Las posibilidades de que se trate de una coincidencia son tan ínfimas que no existen

números para representarlas. No, querido Watson, los dos sucesos están relacionados..., tienen que estar

relacionados. A nosotros nos toca descubrir la relación.

-Pero ahora la policía estará enterada de todo.

-Nada de eso. La policía sabe lo que ha visto en Godolphin Street. No sabe, ni sabrá, nada de lo

sucedido en Whitehall Terrace. Sólo nosotros estamos al tanto de los dos sucesos, v podemos intentar

descubrir la relación entre ambos. De todas maneras, hay un detalle evidente que habría bastado para orientar

mis sospechas hacia Lucas. Godolphin Street está en Westminster, a pocos minutos de Whitehall Terrace.

Los otros dos agentes secretos que he mencionado viven al extremo del West End. Por tanto, a Lucas le

resultaba más fácil que a los otros establecer un contacto o recibir un mensaje de la casa del ministro de

Asuntos Europeos. Es poca cosa, pero cuando los hechos se concentran en tan pocas horas puede resultar

esencial. ¡Caramba! ¿Qué tenemos aquí?

Había aparecido la señora Hudson, trayendo en bandeja una tarjeta de mujer. Holmes le echó un vistazo,

levantó las cejas y me la pasó a mí.

-Dígale a lady Hilda Trelawney Hope que tenga la bondad de pasar -dijo.

Un momento después, nuestro humilde apartamento, que ya se había visto honrado aquella mañana, se

honró aún más con la entrada de la mujer más encantadora de Londres. Yo había oído hablar con frecuencia

de la belleza de la hija menor del duque de Belminster, pero ni las descripciones ni las fotografías en blanco

y negro me había preparado para el sutil y delicado encanto y el hermoso colorido de aquella cabeza exquisita.

Sin embargo, tal como nosotros la vimos aquella mañana de otoño, no era su belleza lo primero que

impresionaba al observador; el cutis era admirable, pero se veía pálido de emoción; los ojos brillaban, pero

su brillo era febril; la delicada boca se apretaba y fruncía en un intento de mantener la calma. El terror, y no

la belleza, era lo primero que saltaba a la vista cuando nuestra hermosa visitante quedó momentáneamente

encuadrada en el marco de la puerta.

-¿Ha estado aquí mi marido, señor Holmes? -Sí, señora, ha estado aquí.

-Señor Holmes, le suplico que no le diga que he venido. Holmes respondió con una fría inclinación de

cabeza y le ofreció un asiento.

-Señora, me coloca usted en una situación muy delicada. Le ruego que se siente y me explique qué

desea; pero me temo que no puedo hacerle promesas incondicionales.

La dama cruzó la habitación y se sentó de espaldas a la ventana. Verdaderamente, aquella mujer alta,

elegante e intensamente femenina tenía el porte de una reina.

-Señor Holmes -dijo mientras cruzaba y descruzaba las manos, enfundadas en guantes blancos-, voy a

hablarle con sinceridad, y confío en que usted, a cambio, sea sincero conmigo. Entre mi marido y yo existe

absoluta confianza en todos los aspectos, excepto en uno: la política. Para este tema, sus labios están

sellados, no me cuenta nada. Ahora bien, me consta que anoche ocurrió en nuestra casa un incidente

sumamente deplorable. Sé que ha desaparecido un documento. Pero como se trata de asunto político, mi

esposo se niega a contarme los detalles. Sin embargo, es esencial..., esencial, repito..., que yo me entere de

todo. Usted es la única persona, aparte de esos políticos, que conoce los hechos. Le ruego, pues, señor

Holmes, que me informe con exactitud de lo sucedido y sus posibles consecuencias. Cuéntemelo todo, señor

Holmes. No se calle por consideración a los intereses de su cliente, porque le aseguro que, aunque él no se dé

cuenta, lo más conveniente para sus intereses sería confiar plenamente en mí. ¿Qué papel es ése que han

robado?

-Señora, lo que me pide es completamente imposible. Ella dejó escapar un gemido y se cubrió el rostro

con las manos.

-Tiene que comprenderlo, señora. Si su marido considera que debe mantenerla al margen de este asunto,

¿cómo voy a contarle lo que él ha decidido ocultar, habiendo conocido los hechos bajo promesa de secreto

profesional? No está bien que me lo pida. Tendría que preguntárselo a él.

-Ya se lo he preguntado. He acudido a usted como último

recurso. Pero aunque no me diga nada concreto, señor Holmes, puede usted hacerme un gran servicio si

me aclara un único detalle.

-¿Cuál, señora?

-¿Puede este incidente perjudicar la carrera política de mi marido?

-Bueno, señora, desde luego, a menos que se resuelva favorablemente, puede tener efectos muy

lamentables.

-¡Ah! -exclamó ella, respirando hondo, como quien acaba de ver resueltas sus dudas-. Una pregunta

más, señor Holmes: por un comentario que se le escapó a mi esposo bajo la primera impresión del desastre,

he creído entender que la pérdida de este documento podría acarrear terribles consecuencias para la nación.

-Si él lo dijo, no seré yo quien lo niegue.

-¿Qué clase de consecuencias?

-Lo siento, señora, otra vez me pregunta usted más de lo que yo puedo responder.

-En tal caso, no le haré perder más tiempo. No le culpo, señor Holmes, por negarse a hablar más

abiertamente, y estoy segura de que usted, por su parte, no pensará mal de mí por intentar compartir los

problemas de mi marido, aun en contra de su voluntad. Una vez más, le ruego que no le diga nada de mi

visita.

Al llegar a la puerta se volvió para mirarnos y tuve una última visión de aquel rostro hermoso y

atormentado, con los ojos asustados y la boca apretada. Un instante después se había ido.

-Bueno, Watson, el bello sexo es su especialidad -dijo Holmes con una sonrisa cuando el ondulante

frufrú de las faldas concluyó con un portazo-. ¿A qué juega esta dama?

-Me parece que lo ha dicho bien claro, y su ansiedad es muy natural.

-¡Hum! Piense en su aspecto, Watson, en su manera de actuar, en su excitación contenida, su inquietud,

su insistencia en hacer preguntas. Recuerde que pertenece a una casta que no suele exteriorizar sus

emociones.

-Desde luego, venía muy alterada.

-Recuerde también el curioso convencimiento con que nos aseguró que sería mejor para su marido que

ella lo supiera todo. ¿Qué quería decir con eso? Y se habrá fijado usted, Watson, en

cómo se situó para tener la luz a la espalda. No quería que leyésemos su cara.

-Sí, se sentó en la única silla de la habitación.

-Sin embargo, los motivos de las mujeres son tan inescrutables... ¿Se acuerda de aquella mujer de

Margate, de la que yo sospeché por la misma razón? Y lo que sucedía era que no se había empolvado la

nariz. ¿Cómo puedes construir algo sobre bases tan movedizas? Sus actos más triviales pueden significar una

inmensidad, y sus comportamientos más extraordinarios pueden depender de una horquilla o un rizador de

pelo. Buenos días, Watson.

-¿Va usted a salir?

-Sí; pienso pasar la mañana en Godolphin Street, en compañía de nuestros amigos de la policía. La

solución de nuestro problema depende de Eduardo Lucas, aunque confieso que aún no tengo ni idea de la

forma que pueda adoptar. Es un error garrafal teorizar antes de conocer los hechos. Quédese en guardia,

Watson, por si llegan nuevas visitas. Si me es posible, vendré a comer con usted.

Durante todo aquel día, el siguiente y el otro, Holmes se mantuvo de un humor que sus amigos

llamarían taciturno y los demás malhumorado. Entraba y salía sin dejar de fumar, tocaba fragmentos de

violín, se sumía en ensoñaciones, devoraba bocadillos a horas intempestivas y apenas respondía a las

preguntas que yo le hacía de cuando en cuando. Era evidente que su investigación no marchaba por buen

camino. No decía ni palabra sobre el caso, y tuve que enterarme por los periódicos de los detalles de la

indagación y de la detención y posterior puesta en libertad de John Mitton, el ayuda de cámara de la víctima.

El jurado de instrucción pronunció el evidente veredicto de «homicidio intencionado», pero los autores

seguían siendo desconocidos. No se pudo hallar ningún móvil. La habitación estaba llena de objetos de valor,

pero no habían robado ninguno. Tampoco se habían tocado los papeles del muerto. Dichos papeles fueron

examinados minuciosamente, y demostraron que el fallecido era un verdadero experto en política

internacional, un chismoso incorregible, un notable lingüista y un infatigable escritor de cartas. Conocía

íntimamente a los políticos más destacados de varios países. Pero no se pudo encontrar nada sensacional

entre los abundantes documentos que llenaban sus cajones. En cuanto a sus relaciones con mujeres, parecían

haber sido numerosas, pero superficiales. Tenía muchas conocidas, pero pocas amigas, y no parecía haber

amado a ninguna. Era hombre de costumbres ordenadas y conducta inofensiva. Su muerte constituía un

absoluto misterio, y lo más probable era que continuara siéndolo.

En cuanto a la detención de John Mitton, el ayuda de cámara, había sido una medida desesperada, como

única alternativa a no hacer nada. Pero no se pudo mantener la acusación. Aquella noche, Mitton había

estado visitando a unos amigos en Hammersmith y disponía de una coartada perfecta. Es cierto que

emprendió el regreso a casa con tiempo de sobra para llegar a Westminster antes de la hora en que se

descubrió el crimen, pero alegó que había hecho parte del camino andando, lo cual parecía bastante probable,

dado que hacía una noche deliciosa. El caso es que llegó a casa a las doce de la noche, y pareció quedar

abrumado por la inesperada tragedia. Siempre se había llevado bien con su señor. En sus cajones se habían

encontrado varios artículos pertenecientes a la víctima -entre ellos, un estuche con navajas de afeitar-, pero él

explicó que se trataba de regalos de la víctima, y el ama de llaves corroboró esta versión. Mitton llevaba tres

años trabajando al servicio de Lucas. Llamaba la atención que éste nunca lo llevase con él al continente.

Lucas hacía ocasionales viajes a París, que podían durar hasta tres meses, pero Mitton se quedaba al cuidado

de la casa de Godolphin Street. En cuanto al ama de llaves, no había oído nada la noche del crimen. Si su

señor había recibido alguna visita, tuvo que abrirle la puerta él mismo.

Así pues, por lo que yo pude leer en los periódicos, el misterio llevaba durando ya tres días. Si Holmes

sabía algo más, se lo guardaba para sí mismo. No obstante, me había dicho que el inspector Lestrade le

mantenía informado del caso, así que me constaba que estaba al tanto de los detalles de la investigación. Al

cuarto día, el Daily Telegraph publicó un largo comunicado de su corresponsal en París, que parecía resolver

todo el asunto:

«La policía de París acaba de realizar un descubrimiento que levanta el velo del misterio que envolvía la

trágica muerte de Eduardo Lucas, asesinado durante la noche del pasado lunes en Godolphin Street,

Westminster. Como recordarán nuestros lectores, el señor Lucas fue encontrado apuñalado en su habitación,

v se llegó a sospechar de su ayuda de cámara, aunque éste disponía de una coartada que disipó toda

sospecha. Ayer, en París, la servidumbre de una mujer, identificada como la señora de Henri Fournaye, que

reside en una pequeña mansión de la Rue Austerlitz, comunicó a las autoridades que su señora presentaba

síntomas de locura. Tras someterla a un examen, se comprobó que, efectivamente, padecía una manía de

carácter peligroso y permanente. La policía ha podido averiguar que la señora de Henri Fournaye había

llegado de Londres el martes, y existen indicios que la relacionan con el crimen de Westminster. La

comparación de fotografías ha demostrado de manera concluyente que los señores Henri Fournaye y

Eduardo Lucas eran una misma persona y que, por alguna razón, el fallecido llevaba una doble vida entre

Londres y París. La señora Fournaye, que es de origen criollo, tiene un carácter muy excitable, y en

ocasiones ha sufrido ataques de celos de tipo histérico. Se sospecha que durante uno de estos ataques

cometió el crimen que tanta sensación ha causado en Londres. No se han reconstruido aún sus movimientos

durante la noche del lunes, pero se sabe con certeza que una mujer que responde a su descripción causó un

gran revuelo el martes por la mañana en la estación de Charing Cross con su aspecto enloquecido y sus

gestos violentos. Así pues, parece probable que cometiera el crimen en un ataque de locura, o que perdiera el

juicio a consecuencia de su acción. Por el momento, la infeliz mujer se ha mostrado incapaz de hacer una

declaración coherente, v los médicos no abrigan esperanzas de que recupere la razón. Se ha sabido que la

noche del lunes se vio a una mujer, que bien podría haber sido madame Fournaye, vigilando durante varias

horas la casa de Godolphin Street.»

-¿Qué le parece esto, Holmes? -pregunté, después de haberle leído el artículo en alta voz mientras él

terminaba el desayuno.

-Querido Watson -respondió, levantándose de la mesa y dando zancadas por la habitación-, va sé lo

mucho que está usted sufriendo, pero si no le he contado nada en estos tres días es porque no hay nada que

contar. Y tampoco este informe de París nos sirve de mucha ayuda.

-Pues parece que aclara de manera concluyente la muerte de ese hombre.

-La muerte de ese hombre no es más que un mero incidente, un episodio trivial en comparación con

nuestra auténtica tarea, que consiste en seguir la pista de ese documento y salvar a Europa de la catástrofe.

En estos tres días sólo ha ocurrido una cosa importante, y es que no ha ocurrido nada. Recibo informes del

gobierno casi cada hora, y en ninguna parte de Europa se ha advertido señal alguna de agitación. En cambio,

si esta carta estuviera circulando..., no, no puede estar circulando, pero en ese caso, ¿dónde está? ¿Quién la

tiene? ¿Por qué la mantiene oculta? Esa pregunta me golpea el cerebro como un martillo. ¿Ha sido una

coincidencia que Lucas muriera asesinado la misma noche en que desapareció la carta? ¿Llegó la carta a sus

manos? ¿Acaso se la llevó esa esposa loca que resulta que tenía? Y si se la llevó ella, ¿estará en su casa de

París? ¿Cómo podría yo registrarla sin despertar las sospechas de la policía francesa? Este es un caso,

querido Watson, en el que la ley nos resulta tan peligrosa como los propios criminales. Estamos solos contra

todos, pero lo que está en juego es tremendo. Si lograra resolverlo de manera satisfactoria, no cabe duda de

que este caso representaría el broche de oro a mi carrera. ¡Ah, aquí llega el último parte de guerra! -echó un

vistazo a la nota que acababan de entregarle-. ¡Vaya! Parece que Lestrade ha descubierto algo interesante.

Póngase el sombrero, Watson, que vamos a dar un paseíto hasta Westminster.

Era mi primera visita al escenario del crimen: una casa alta y estrecha, algo deslucida, cursi, correcta y

sólida como el siglo que la vio nacer. El rostro de bulldog de Lestrade nos miraba desde la ventana delantera.

Un corpulento policía de uniforme nos abrió la puerta y el inspector nos salió a recibir efusivamente. Nos

hizo pasar a la habitación en la que se había cometido el crimen, pero ya no quedaba ninguna huella del

mismo, con excepción de una fea mancha de forma irregular sobre la alfombra. Dicha alfombra era una pieza

india, pequeña y cuadrada, situada en el centro de la habitación, y rodeada por amplios márgenes de precioso

entarimado antiguo, formado por bloques cuadrados de madera muy pulimentados. Sobre la chimenea

colgaba una magnífica panoplia llena de armas, una de las cuales era la que se había utilizado aquella trágica

noche. Junto a la ventana había un suntuoso escritorio, y todos los de-talles de la habitación -cuadros,

alfombras y colgaduras-indicaban un gusto por lo fastuoso que rondaba los límites de la afectación.

-¿Ha leído las noticias de París? -preguntó Lestrade. Holmes asintió.

-Esta vez parece que nuestros amigos franceses han dado en el clavo. No cabe duda de que ocurrió

como ellos dicen. Supongo que ella llamó a la puerta..., una visita sorpresa, porque el hombre mantenía sus

dos vidas en compartimentos estancos..., y él la dejó entrar, porque no podía dejarla en la calle. Ella le

explicó cómo había logrado dar con él, le reprochó su conducta, una cosa llevó a la otra, y con esa daga tan

al alcance de la mano pasó lo que tenía que pasar. Sin embargo, no debió suceder de buenas a primeras,

porque todas estas sillas estaban corridas hasta allí, y el hombre tenía una en las manos, como si con ella

hubiera intentado mantener a la mujer a distancia. Está todo tan claro como si lo hubiéramos visto.

Holmes arqueó las cejas.

-¿Y sin embargo, me ha hecho llamar?

-Ah, sí, es por otra cosa... Una pequeñez, pero de ésas que a usted le interesan... Una cosa bastante rara,

¿sabe?, podríamos decir que extravagante. No tiene nada que ver con el asunto principal..., nada que ver, eso

salta a la vista.

-¿Y de qué se trata, pues?

-Pues bien, ya sabe usted que cuando se comete un crimen de este tipo ponemos mucho cuidado en

dejarlo todo como estaba. No se ha cambiado nada de sitio. Hay un agente de guardia día y noche. Esta

mañana, después de enterrar a la víctima y dar por terminadas las investigaciones en lo que a este cuarto se

refiere, se nos ocurrió adecentarlo un poco. ¿Ve esa alfombra? Fíjese en que no está clavada al suelo, sólo

colocada encima. Así que pudimos levantarla. Y encontramos...

-¿Sí? ¿Qué encontraron?

El rostro de Holmes se estaba poniendo tenso de ansiedad.

-Estoy seguro de que no lo adivinaría ni en cien años. ¿Ve usted esa mancha en la alfombra? Es de

suponer que una buena parte debió de atravesar la alfombra hasta el suelo, ¿no le parece?

-Desde luego que sí.

-Pues bien, le sorprenderá saber que no hay ninguna mancha en la madera del suelo.

-¡Que no hay mancha! ¡Pero si tiene que haberla!

-Sí, eso pensaría cualquiera. Pero lo cierto es que no hay mancha.

Agarró la punta de la alfombra y la levantó para demostrar lo que decía.

-Sin embargo, la alfombra está tan manchada por debajo como por encima. Tiene que haber dejado

alguna marca.

Lestrade se rió por lo bajo, encantado de tener tan desconcertado al famoso experto.

-Ahora verá la explicación. Sí que hay una segunda mancha, pero no está debajo de la primera. Véalo

usted mismo.

Y diciendo esto, levantó otra parte de la alfombra y, efectivamente, allí había una gran mancha escarlata

sobre la madera blanca del antiguo entarimado.

-¿Qué le parece esto, señor Holmes?

-Bueno, es muy sencillo. Las dos manchas coincidían, pero alguien ha girado la alfombra. Era fácil

hacerlo, siendo cuadrada y no estando sujeta al suelo.

-Hombre, señor Holmes, no hace falta que usted nos diga que alguien ha girado la alfombra. Eso está

clarísimo, ya que las manchas coinciden a la perfección con sólo poner la alfombra de esta otra manera. Lo

que yo querría saber es quién giró la alfombra y por qué.

El rostro rígido de Holmes indicaba que mi amigo estaba vibrando de excitación interna.

-Vamos a ver, Lestrade -dijo-. ¿Ese policía del pasillo ha estado de guardia en la casa todo el tiempo?

-Pues sí.

-Bien, siga mi consejo. Interróguelo a fondo. No lo haga delante de nosotros. Llévelo a la habitación de

atrás y nosotros nos quedaremos esperando aquí. Pregúntele cómo se ha atrevido a dejar que entrase aquí

gente y se quedara sola en esta habitación. No le pregunte si ha dejado entrar a alguien. Délo por hecho.

Dígale que usted sabe que aquí ha estado alguien. Apriétele. Dígale que la única oportunidad que tiene de

obtener el perdón es haciendo una confesión completa. ¡Haga exactamente lo que le digo!

-¡Por San Jorge, que si sabe algo yo se lo sacaré! -exclamó

Lestrade, saliendo disparado hacia el vestíbulo. A los pocos segundos oímos su voz autoritaria,

procedente de la habitación de atrás.

-¡Ahora, Watson, ahora! -gritó Holmes con ansia frenética.

Toda la fuerza demoníaca que aquel hombre disimulaba bajo su máscara de indiferencia estalló en un

paroxismo de energía. Apartó de un tirón la alfombra india, y un instante después estaba a cuatro patas,

hurgando con las uñas las tablillas del sue-lo. Una de ellas se movió hacia un lado al introducir Holmes las

uñas en la juntura, y giró hacia atrás como la tapa de una caja, descubriendo una pequeña y negra cavidad

bajo el suelo. Holmes introdujo su ansiosa mano en el hueco y volvió a sacarla con un

gruñido de disgusto y decepción. Estaba vacío.

-¡Deprisa, Watson, deprisa! ¡Hay que volverla a colocar!

Volvió a tapar el hueco y apenas habíamos tenido tiempo de colocar en su sitio la alfombra cuando

oímos la voz de Lestrade en el pasillo. Al entrar, encontró a Holmes lánguidamente apoyado en la repisa de

la chimenea, con expresión resignada y paciente, como si le costara trabajo disimular sus irreprimibles

bostezos.

-Lamento haberle hecho esperar, señor Holmes. Ya veo que se está muriendo de aburrimiento con este

asunto. Bien, pues sí que ha confesado. Acérquese, MacPherson, quiero que estos caballeros se enteren de su

inexcusable conducta.

El enorme policía, sonrojadísimo y muy arrepentido, entró como arrastrándose en la habitación.

-Lo hice sin mala intención, señor, se lo aseguro. La señorita llamó anoche a la puerta..., se había

equivocado de casa, ¿sabe usted? Y nos pusimos a hablar. Se siente uno muy solo cuando tiene que estar de

guardia todo el día.

-Bien, ¿y qué sucedió luego?

-Quería ver el lugar donde se había cometido el crimen..., dijo que había leído la noticia en los

periódicos. Era una señorita muy respetable y muy bienhablada, señor, y no vi nada de malo en dejarla que

echara un vistazo. Cuando vio la mancha en la alfombra cayó desmayada al suelo y se quedó como muerta.

Corrí a la parte de atrás y traje un poco de agua, pero no conseguí hacerla volver en sí. Entonces fui al «lvy

Plant», el bar de la esquina, para pedir un poco de brandy. Pero cuando regresé a la casa la joven había

vuelto en sí y se había marchado. Supongo que se sintió avergonzada y no se atrevió a encararse conmigo.

-¿Y qué me dice de lo de mover esa alfombra?

-Verá, señor, desde luego estaba un poco arrugada cuando yo volví. Como ella se cayó encima, y la

alfombra está sobre un suelo pulido, sin nada que la sujete... Así que la estiré un poco.

-Esto le enseñará que no puede usted engañarme, agente MacPherson -dijo Lestrade, muy digno-.

Seguro que pensaba que nunca se descubriría que había faltado usted a su deber; pero ya ve que me ha

bastado una simple mirada a esa alfombra para saber, sin ningún género de dudas, que en esta habitación

había entrado alguien. Tiene usted suerte, joven, de que no falte nada, pues de lo contrario las iba a pasar

negras. Lamento haberle hecho venir por una tontería como ésta, señor Holmes, pero pensé que podría

interesarle el hecho de que la segunda mancha no coincidiera con la primera.

-Ya lo creo, ha sido interesantísimo. Dígame, agente: ¿esa mujer sólo ha estado aquí una vez?

-Sí, señor, sólo una vez.

-¿Quién era?

-No sé cómo se llama, señor. Venía por un anuncio en el

que pedían una mecanógrafa, y se equivocó de número... Era una señorita muy agradable y educada,

señor.

-¿Alta? ¿Guapa?

-Sí, señor, era una joven muy crecidita. Y supongo que se podría decir que era guapa. Quizás hubiera

quien dijera que era muy guapa. «¡Oh, agente, por favor, déjeme echar un vistazo! », me dijo. Era muy

simpática y, ¿cómo le diría?, persuasiva, y no me pareció que hubiera nada de malo en dejarle asomar la

cabeza por la puerta.

-¿Cómo iba vestida?

-Muy discreta, señor..., con una capa larga que le llegaba a los pies.

-¿Qué hora era?

-Empezaba a oscurecer. Estaban encendiendo las farolas cuando yo regresaba con el brandy.

-Muy bien -dijo Holmes-. Vamos, Watson, creo que tenemos cosas más importantes que hacer en otra

parte.

Lestrade se quedó en la habitación delantera mientras el arrepentido agente nos abría la puerta para que

saliéramos de la casa. En el escalón de entrada, Holmes dio media vuelta v enseñó algo que tenía en la mano.

El policía lo miró y se quedó de piedra.

-¡Cielo santo, señor! -exclamó, con el asombro pintado en el rostro.

Holmes se llevó el dedo a los labios, volvió a meterse la mano en el bolsillo del pecho y estalló en

carcajadas mientras nos alejábamos calle abajo.

-¡Excelente! -dijo-. Vamos, amigo Watson, está a punto de levantarse el telón para el último acto. Le

tranquilizará saber que no habrá guerra, que el muy honorable Trelawney Hope no verá truncada su brillante

carrera, que el indiscreto gobernante no será castigado por su indiscreción, que el primer ministro no tendrá

que enfrentarse a ningún conflicto en Europa, y que con un poco de tacto y habilidad por nuestra parte nadie

saldrá perjudicado por lo que podría haber sido un incidente gravísimo.

Mi mente se llenó de admiración por aquel hombre extraordinario.

-¡Lo ha resuelto usted! -exclamé.

-No del todo, Watson. Todavía hay algunos detalles que continúan tan oscuros como antes. Pero

tenemos ya tanto que será culpa nuestra si no conseguimos el resto. Vamos derechos a Whitehall Terrace y

pondremos fin al asunto.

Cuando llegamos a la residencia del ministro de Asuntos Europeos, Holmes preguntó por lady Hilda

Trelawney Hope. Nos hicieron pasar a una sala de estar.

-¡Señor Holmes! -dijo la señora, con el rostro encendido de indignación-. Esto es muy indiscreto y

desconsiderado por su parte. Creí haberle explicado que deseaba mantener en secreto la visita que hice, para

que mi esposo no fuera a creer que me entrometo en sus asuntos. Y a pesar de ello, me compromete usted

viniendo aquí y dando a entender que existen relaciones profesionales entre nosotros.

-Por desgracia, señora, no tenía alternativa. Se me ha encomendado recuperar ese importantísimo

documento v me veo obligado, señora, a pedirle que tenga la amabilidad de entregármelo.

La dama se puso en pie de un salto v todo el color desapareció de su hermoso rostro. Se le pusieron los

ojos vidriosos, se tambaleó y pensé que iba a desmayarse. Pero en seguida, con un tremendo esfuerzo, se

recuperó del golpe, v el asombro y la indignación más completos borraron cualquier otra expresión de sus

facciones.

-¡Eso..., eso es un insulto, señor Holmes!

-Vamos, vamos, señora, es inútil. Entrégueme la carta. Ella se precipitó hacia la campanilla. -El

mayordomo les indicará la salida.

-No le llame, lady Hilda. Si lo hace, frustrará mis sinceros esfuerzos por evitar un escándalo.

Entrégueme la carta y todo saldrá bien. Si colabora conmigo, yo lo arreglaré todo. Si se me enfrenta, tendré

que descubrirla.

Ella se irguió desafiante, con la dignidad de una reina, y clavó sus ojos en los de Holmes como si

pretendiera leer en su alma. Tenía la mano en la campanilla pero no se decidía a hacerla sonar.

-Está intentado asustarme. No es muy de hombres, señor Holmes, eso de venir aquí a intimidar a una

mujer. Dice que sabe algo. A ver, ¿qué es lo que sabe?

-Le ruego que se siente, señora. Si se cae, puede hacerse daño. No hablaré hasta que se haya sentado.

Gracias.

-Le concedo cinco minutos, señor Holmes.

-Con uno me bastará, lady Hilda. Estoy enterado de su visita a Eduardo Lucas, de que usted le entregó el

documento, de su ingenioso regreso de ayer a la habitación de Lucas, y de cómo sacó la carta del escondrijo

que hay debajo de la alfombra.

Ella se le quedó mirando con el rostro ceniciento y tragó saliva dos veces antes de poder hablar.

-Está usted loco, señor Holmes..., ¡loco! -consiguió exclamar por fin.

Holmes sacó del bolsillo un trocito de cartulina. Era el rostro de una mujer recortado de una fotografía.

-Llevaba esto encima porque me pareció que podría resultarme útil -dijo-. El policía la ha reconocido.

Lady Hilda se quedó boquiabierta y dejó caer la cabeza hacia atrás.

-Vamos, lady Hilda. Usted tiene la carta. Aún se puede arreglar todo. No deseo causarle problemas. Mi

misión habrá concluido cuando le entregue la carta a su esposo. Siga mi consejo y sea sincera conmigo; es su

única oportunidad.

Había que descubrirse ante el valor de aquella dama. Ni siquiera entonces se dio por vencida.

-Le repito, señor Holmes, que comete usted un error absurdo.

Holmes se levantó de su asiento.

-Lo siento por usted, lady Hilda. He hecho lo que he podido, pero ya veo que todo es en vano.

Hizo sonar la campanilla y entró el mayordomo.

-¿Está el señor Trelawney Hope en casa?

-Llegará a la una menos cuarto, señor.

Holmes consultó su reloj.

-Todavía falta un cuarto de hora -dijo-. Muy bien, le esperaré.

Apenas había terminado el mayordomo de cerrar la puerta cuando lady Hilda cavó de rodillas a los pies

de Holmes, con las manos extendidas 'y su bello rostro alzado e inundado de lágrimas.

-¡Tenga piedad de mí, señor Holmes! ¡Tenga piedad! -suplicaba de manera frenética-. ¡Por amor de

Dios, no se lo diga! ¡Usted no sabe cómo quiero a mi marido! ¡Por nada del mundo querría verle sufrir, y sé

que esto le destrozará el corazón!

Holmes la hizo levantar.

-Gracias a Dios, señora, ha recuperado usted su buen juicio, aunque haya sido en el último momento.

No hay un instante que perder. ¿Dónde está la carta?

Ella corrió hacia un escritorio, lo abrió y sacó un sobre azul y alargado.

-Aquí está, señor Holmes. ¡Ojalá no la hubiera visto nunca!

-¿Cómo podemos devolverla? -murmuró Holmes-. ¡Pronto, pronto, tenemos que encontrar la manera!

¿Dónde está el maletín de documentos?

-Sigue en el dormitorio.

-¡Qué buena suerte! Rápido, señora, tráigalo aquí.

Un momento después, la señora reaparecía con un maletín rojo en la mano.

-¿Cómo lo abrió la otra vez? ¿Tiene una copia de la llave? Sí, claro que la tiene.Ábralo.

Lady Hilda se había sacado del pecho una llavecita, con la que abrió el maletín. Estaba repleto de

papeles. Holmes metió el sobre azul en medio del montón, entre las páginas de algún otro documento. Una

vez cerrado, el maletín regresó al dormitorio.

-Ya estamos preparados -dijo Holmes-. Todavía nos quedan diez minutos. Lady Hilda, yo voy a hacer

todo lo que esté de mi parte por encubrirla. A cambio, usted puede emplear estos minutos en explicarme con

sinceridad qué significa todo este terrible embrollo.

-Se lo contaré todo, señor Holmes -gimió ella-. ¡Ay, señor Holmes, yo me cortaría la mano derecha

antes que darle un disgusto a mi marido! No hay en todo Londres una mujer que ame a su esposo como yo

amo al mío, y sin embargo, si él supiera lo que he hecho.... lo que me he visto obligada a hacer..., no me lo

perdonaría nunca. Tiene un sentido del honor tan alto que no es capaz de olvidar ni de perdonar un acto deshonroso

de otra persona. ¡Ayúdeme, señor Holmes! ¡Está en juego mi felicidad, su felicidad, nuestras

mismas vidas!

-¡Dése prisa, señora, que se acaba el tiempo!

-Todo se debió a una carta mía, señor Holmes, una carta imprudente que escribí antes de casarme. Una

carta tonta, la carta de una chiquilla impulsiva y enamorada. Yo la escribí de manera inocente, pero a mi

marido le habría parecido monstruosa. Si la hubiera leído, habría perdido para siempre la confianza en mí.

Hace años que la escribí y creía que el asunto estaba olvidado. Pero entonces apareció este hombre, Lucas, y

me dijo que la carta había caído en sus manos y que se la iba a enseñar a mi marido. Le supliqué que no lo

hiciera, y él me dijo que me devolvería mi carta si yo le proporcionaba cierto documento que, según él, había

en el portafolios de mi marido. Tenía algún espía en el ministerio, que le había informado de su existencia.

Me aseguró que mi marido no sufriría ningún perjuicio. Póngase en mi lugar, señor Holmes. ¿Qué podía yo

hacer?

-Contárselo todo a su marido.

-¡No podía, señor Holmes, no podía! Por un lado, la catástrofe me parecía segura; por el otro, y aunque

me resultara terrible robarle papeles a mi marido, se trataba de un asunto de política y sus consecuencias se

me escapaban, mientras que en un asunto de amor y confianza las consecuencias me parecían muy claras.

¡Lo hice, señor Holmes! Saqué un molde de su llave y ese hombre, Lucas, me hizo una copia. Abrí el

maletín, saqué el documento y lo llevé a Godolphin Street.

-¿Y que sucedió allí, señora?

-Llamé a la puerta como habíamos convenido. Lucas abrió. Lo seguí hasta su habitación, dejando

entreabierta la puerta del vestíbulo, porque me daba miedo quedarme a solas con aquel hombre. Recuerdo

que al entrar me fijé en una mujer que había en la calle. Nuestro negocio quedó concluido en un instante: él

tenía mi carta sobre el escritorio; yo le entregué el documento; él me dio la carta. Y en aquel momento oímos

un ruido en la puerta y pasos en el pasillo. Lucas levantó a toda prisa la alfombra, metió el documento en

alguna especie de escondrijo que tenía allí, y lo tapó de nuevo.

»Lo que sucedió a continuación es como una espantosa pesadilla. Conservo la visión de una cara

morena y desencajada, y el sonido de una voz de mujer que gritaba en francés: «¡Mi espera no ha sido en

vano! ¡Por fin te he encontrado con ella! » Se entabló una lucha feroz. Recuerdo que él cogió una silla, y que

en las manos de ella brillaba un cuchillo. Escapé corriendo de aquella terrible escena, huí de la casa y no

supe más hasta

la mañana siguiente, cuando leí en el periódico el terrible desenlace. Sin embargo, aquella noche dormí

feliz, porque había recuperado mi carta y no sabía aún lo que me reservaba el futuro.

»A la mañana siguiente me di cuenta de que no había hecho más que cambiar un problema por otro. La

angustia de mi marido cuando descubrió la desaparición de ese papel me llegó al alma. Tuve que contenerme

para no arrodillarme a sus pies allí mismo y confesarle lo que había hecho. Pero aquello significaría tener

que confesar también el pasado. Aquella mañana fui a visitarle a usted para hacerme una idea del alcance de

mis actos. Cuando comprendí la enormidad del asunto, ya no pensé en otra que no fuera recuperar el

documento de mi marido. Tenía que seguir estando donde Lucas lo había dejado, ya que lo guardó antes de

que aquella terrible mujer entrara en la ha-bitación. De no haber sido por su repentina llegada, yo no me

habría enterado de dónde estaba el escondrijo. ¿Cómo podía volver a entrar en aquella habitación? Vigilé la

casa durante dos días, pero la puerta nunca se quedaba abierta. Anoche hice el último intento. Ya sabe usted

cómo me las arreglé para conseguir mi objetivo. Me traje el documento a casa, y había pensado destruirlo,

porque no se me ocurría ninguna manera de devolverlo sin tener que confesárselo todo a mi marido. ¡Cielos,

oigo sus pasos en la escalera!

El ministro de Asuntos Europeos irrumpió muy nervioso en la habitación.

-¿Alguna noticia, señor Holmes? ¿Alguna noticia? -preguntó.

-Tengo algunas esperanzas.

-¡Ah, gracias a Dios! -se le iluminó el rostro-. El primer ministro ha venido a comer conmigo. ¿Podemos

hacerle partícipe de sus esperanzas? A pesar de que tiene nervios de acero, me consta que apenas ha dormido

desde que ocurrió este terrible suceso. Jacobs, ¿quiere pedirle al primer ministro que suba? Lo siento,

querida, me temo que se trata de un asunto político. Nos reuniremos contigo en el comedor dentro de unos

minutos.

El primer ministro parecía tranquilo, pero por el brillo de sus ojos y el temblor de sus huesudas manos

se notaba que estaba tan nervioso como su joven colega.

-Tengo entendido que dispone usted de alguna información, señor Holmes.

-Puramente negativa, por el momento -respondió mi amigo-. He investigado en todos los lugares donde

podría encontrarse el documento, y estoy seguro de que no hay peligro de que caiga en malas manos.

-Pero eso no es suficiente, señor Holmes. No podemos seguir viviendo permanentemente sobre

semejante volcán. Necesitamos algo concreto.

-Tengo esperanzas de conseguirlo. Por eso estoy aquí. Cuanto más pienso en este asunto, más

convencido estoy de que la carta no ha salido de esta casa.

-¡Señor Holmes!

-De haber salido, es indudable que a estas alturas ya se habría publicado.

-Pero ¿por qué iba nadie a robarla sólo para dejarla en esta casa?

-No estoy convencido de que haya sido robada.

-Entonces, ¿cómo pudo salir del portafolios?

-No estoy convencido de que haya salido del portafolios.

-Señor Holmes, si es una broma, no tiene gracia. Puedo asegurarle que salió del maletín.

-¿Ha examinado usted el maletín desde el martes por la mañana?

-No; no hacía ninguna falta.

-Es posible que la haya pasado por alto.

-Eso es absolutamente imposible.

-Pues yo no estoy convencido. He visto casos parecidos. Supongo que habrá otros papeles en ese

maletín. Puede haberse mezclado con ellos.

-Estaba encima de todos.

-Alguien puede haber movido el maletín, descolocando su contenido.

-Le digo que no. Lo saqué todo.

-De todas maneras, es fácil comprobarlo, Hope –intervino el primer ministro-. Que traigan aquí ese

maletín.

El ministro hizo sonar la campanilla.

-Jacobs, tráigame el maletín de los documentos. Esto es una ridícula pérdida de tiempo, pero si no se va

a quedar satisfecho de otra manera, haremos lo que dice. Gracias, Jacobs; déjelo ahí. Siempre llevo la llave

en la cadena del reloj. Mire, aquí es-tán todos los papeles: carta de lord Merrow, informe de sir Charles

Hardy, memorándum de Belgrado, notas acerca de los impuestos sobre los cereales en Rusia y Alemania,

carta de Madrid, nota de Lord Flowers... ¡Cielo santo! ¿Qué es esto? ¡Lord Bellinger! ¡Lord Bellinger!

El primer ministro le arrebató de la mano el sobre azul. -¡Sí, es ésta! ¡Y la carta está intacta! Hope, le

felicito. -¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué peso me he quitado de encima! ¡Pero esto es inconcebible..., es imposible!

Señor Holmes, es usted un mago..., ¡un brujo! ¿Cómo sabía que estaba aquí?

-Porque sabía que no estaba en ninguna otra parte.

-¡No puedo creer lo que ven mis ojos! -corrió frenético hacia la puerta-. ¿Dónde está mi mujer? ¡Hilda!

¡Hilda! -su voz se perdió por la escalera.

El primer ministro miró a Holmes con un centelleo en los ojos. -Vamos, vamos -dijo-. Aquí hay más de

lo que salta a la vista. ¿Cómo volvió la carta a meterse en el maletín?

Sonriendo, Holmes se volvió para eludir el intenso escrutinio de aquellos ojos extraordinarios.

-También nosotros tenemos nuestros secretos diplomáticos -dijo.

Y recogiendo su sombrero, se encaminó hacia la puerta.

 
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