FANTASMAS

 

FANTASMAS

Peter Straub

Para Valli Shaio y Gregorio Kohon

El abismo era tan sólo uno de los orificios de ese pozo

de tinieblas que se halla debajo de nosotros, en todas partes

El Fauno de Mármol

Nathaniel Hawthrone

Los fantasmas siempre tienen hambre

R.D. James

PRÓLOGO

Hacia El Sur

1

¿Qué fue lo peor que hizo usted en su vida?

No se lo diré, pero le diré lo peor que me sucedió... lo más terrible...

2

Pensó que podría tener problemas al atravesar con la niña la frontera del

Canadá, y tomó hacia el sur, eludiendo las ciudades y eligiendo las carreteras

anónimas que eran como un país aparte, así como el viaje mismo era un país aparte.

Esta semejanza lo reconfortaba y a la vez lo estimulaba, de modo que el primer día

pudo manejar sin detenerse durante veinte horas seguidas. Comieron en McDonald’s

yen los mostradores que vendían gaseosas. Cuando tenía hambre, abandonaba la

carretera y tomaba un camino estatal paralelo, seguro de que iba a encontrar un

restaurante a unos quince o veinte kilómetros de distancia. Entonces despertaba a la

niña y ambos mordisqueaban sus hamburguesas o sus chorizos con salsa picante. Y

la niña nunca le hablaba, salvo para decirle lo que quería comer. La mayor parte del

tiempo dormía. Esa primera noche, el hombre recordó las luces que iluminaban las

chapas de su automóvil y, aunque más tarde habría de comprobar que esto era

innecesario, se apartó de la carretera y se internó en un oscuro camino rural el tiempo

suficiente para destornillar las luces y arrojarlas a un prado cercano. Luego tomó

unos puñados de barro de la banquina y embadurnó las chapas. Se limpió las manos

en los pantalones, dio la vuelta hasta e1 lado del volante y abrió la puerta. La niña

dormía con la espalda bien apoyada en el respaldo y tenía la boca cerrada. Parecía

estar perfectamente tranquila. Todavía no sabía qué tendría que hacer con ella.

En West Virginia se despertó bruscamente y advirtió que durante unos

segundos había estado manejando dormido. —Nos detendremos y dormiremos un

poco—. Dejó la carretera más allá de Clarksburg y tomó un camino estatal, hasta que

vio recortado contra el cielo un cartel luminoso que giraba y decía PIONEER

VLLAGE en letras blancas contra el fondo rojo. Mantenía los ojos abiertos sólo

mediante un esfuerzo de voluntad. No sentía bien st’ abeza. Era como si las lágrimas

estuviesen suspendidas detrás de sus párpados y como si muy pronto hubiese de

echarse a llorar. Una vez en la playa de estacionamiento del centro comercial,

condujo el automóvil hasta la hilera más alejada del portón y lo ubicó contra un cerco

de alambre tejido. A sus espaldas había una fábrica de ladrillos que hacía réplicas de

animales de plástico para publicidad.., para los camiones Golden Chicken. El patio

asfaltado de la fábrica estaba ocupado a medias con gigantescos pollos y vacas. En el

medio había un enorme toro azul. Los pollos estaban sin

terminar, y eran más

grandes que las vacas y de un opaco color blanco.

Delante de él había ese sector casi vacío de la playa y después estaban espesos

grupos de automóviles en hileras. Por fin se veía la serie de construcciones bajas de

color amarillento que constituían el centro comercial.

—(Podemos mirar esos pollos grandes? —preguntó la niña. Don Wanderley

hizo un gesto negativo.

—No bajaremos del auto —dijo—. Vamos a dormir un poco. —Cerró luego las

puertas y levantó bien las ventanillas. Bajo la mirada impasible y sin curiosidad de la

niña se inclinó, palpé debajo del asiento y retiró de allí un rollo de cuerda—. Extiende

las manos —le dijo.

Casi sonriente, ella estiró las dos manitas cerradas en forma de puños. El

hombre las juntó y arrolló la cuerda dos veces alrededor de sus muñecas, haciendo

un nudo y seguidamente le ató los tobillos. Después de ver cuánta cuerda le

quedaba, levantó el cabo sobrante con un brazo y con un gesto brusco atrajo a la niña

hacia él. Usó la cuerda para atarse ambos juntos y por último hizo el nudo final, una

vez que se hubo tendido en el asiento delantero.

La niña estaba encima de él, con las manos hundidas en su propio estómago y

la cabeza apoyada en su pecho. Respiraba con tranquilidad, en forma regular, como

si no hubiese esperado otra cosa que lo que él acababa de hacer. El reloj ene! tablero

marcaba las cinco y media y el aire comenzaba apenas a volverse más fresco. Estiró

las piernas hacia adelante y recliné la cabeza contra el respaldo. Con un fondo de

ruidos de tránsito, se quedó dormido.

Y despertó, según imaginó, casi inmediatamente, el rostro cubierto de sudor, el

olor levemente agrio y grasiento del pelo de la niña contra la nariz. Había oscurecido.

Debía de haber dormido durante horas. No los habían descubierto. ¡Imaginar un

instante que los hubiesen encontrado en la playa de estacionamiento de un centro

comercial en Clarksburg, West Virginia, con la niña atada a su propio cuerpo! Lanzó

un gemido, se volvió hacia un costado y despertó a la niña. Como él, se despertó del

todo al instante. Con la cabeza echada hacia atrás, lo miró. No había temor, sino

solamente intensidad en aquella mirada. Con mucha prisa él desató los nudos y

apartó la cuerda que los unía. Cuando se irguió, sintió el cuello dolorido.

—¿Quieres ir al baño? —preguntó a la niña. Ella hizo un gesto afirmativo.

—¿Dónde?

—Junto al auto.

—¿Aquí mismo? ¿En la playa?

—Me oíste.

Imaginó otra vez que ella estuvo a punto de sonreír. Miró ese rostro menudo de

expresión concentrada, enmarcado por pelo negro.

—¿Me dejarás? —preguntó ella.

—Tendré que tenerte de una mano.

—Pero, ¿no mirarás? —Por primera vez, el rostro expresó preocupación.

Don negó con la cabeza.

La niña extendió la mano hasta la manija de la puerta de su lado, pero él volvió

a mover la cabeza y tomándola de una muñeca se la retuvo con fuerza.

Por mi lado —dijo y abriendo su propia puerta bajó, siempre aferrado a la

muñeca huesuda de la pequeña. La niña, de siete u ocho años con pelo corto y negro

y el vestidito hecho de una tela delgada de color rosado, comenzó a deslizarse

despacio hacia la puerta. No llevaba medias, sino zapatillas de lona azul desteñida

con los bordes de los talones deshilachados. Con un gesto infantil, bajó primero una

pierna y luego se desplazó sentada para sacar la otra fuera del automóvil.

La llevó hasta el cerco de la fábrica. La niña inclinó la cabeza hacia atrás para

mirarlo.

—Me prometiste. Que no mirarás.

—No miraré —le dijo él.

Y por unos instantes no miró, sino que echó la cabeza hacia atrás cuando ella se

inclinó, lo cual lo obligó a inclinarse a su vez hacia un costado. Sus ojos se posaron en

los grotescos animales de plástico detrás del cerco. Luego oyó el rumor de algo, tela

de algodón, que se deslizaba por la piel de la niña, y miró hacia abajo. Tenía el brazo

izquierdo bien extendido, para mantenerse lo más lejos posible de él, y se había

levantado el vestido rosado hasta la cintura. También ella miraba los animales de

plástico. Cuando terminó, dejó de mirarla, pues sabía que la niña lo sorprendería.

Después de levantarse, se quedó esperando que el hombre le indicara qué debía

hacer ahora. La arrastró de reveso al automóvil.

—¿En qué trabajas? —le preguntó la niña una vez allí.

Él lanzó una fuerte carcajada de sorpresa. Pregunta de reunión social.

—En nada —repuso.

—¿Adónde vamos? ¿Vas a llevarme a algún lado? Abrió la puerta y se apartó

para dejarla subir.

—A una parte —dijo—. Claro que te llevo a alguna parte. —Subió y se sentó

junto a ella, pero la niña se corrió mis hacia la otra puerta.

—¿Adónde?

—Veremos cuando lleguemos allá.

Otra vez manejó toda la noche y otra vez la niña durmió la mayor parte del

tiempo, despertando a veces para mirar por el parabrisas (dormía siempre sentada,

como una muñeca, con sus zapatillas de lona y su vestido rosado) y para hacerle

preguntas.

—¿Eres un policía? —le preguntó una vez. Más tarde, al ver un cartel de salida,

le preguntó—: ¿Qué es Columbia?

—Es una ciudad.

—¿Como Nueva York?

—Sí.

—¿Como Clarksburg?

El hombre hizo un gesto afirmativo.

—¿Siempre vamos a dormir en el auto?

—No siempre.

—¿Puedo poner la radio?

Él accedió y la niña se inclinó para hacer girar el dial. Invadieron el auto los

ruidos de la estática y dos o tres voces hablaron al mismo tiempo. La niña apretó otro

botón y otra vez surgió el mismo silbido y mezcla de voces.

—Haz girar el dial —le dijo él. Con el ceño fruncido y una expresión

concentrada, la niña hizo girar lentamente el dial. En un instante sintonizó una voz

clara, la de Dolly Parton.

—Me encanta —le dijo.

Y así, durante horas avanzaron hacia el sur entre los ritmos y las canciones de la

música regional, con estaciones que a veces eran débiles y otras fuertes, con

discjockeys

que cambiaban de nombre y de acento, con firmas patrocinantes que se

sucedían en una lista en incesante movimiento de compañías de seguros, pasta

dentífrica, jabón, el doctor Pepper, Pepsi-Cola, preparados para el acné, empresas de

pompas fúnebres, vaselina, relojes de pulsera baratos, planchas de aluminio,

champús contra la caspa. La música, en cambio, era siempre la misma, una historia

enorme, artificial, una especie de épica repetitiva y sin límites fijos en la cual las

mujeres se casaban con camioneros o jugadores empedernidos, pero permanecían al

lado de ellos hasta que se divorciaban, y los hombres se sentaban en los bares

planeando futuras seducciones ola manera de volver al pueblo natal, y se unían, en

fin, con ci ardor de almas ordinarias y se separaban llenos de hastío y se

preocupaban por los eventuales hijos. A veces el automóvil no arrancaba, otras el

televisor estaba roto, otras los bares se cerraban y echaban a los parroquianos a la

calle sin un centavo en el bolsillo. No había nada que no fuese trivial, no había frase

que no fuese un clisé, pero a pesar de ello la niña permanecía satisfecha e impasible,

dormitando cuando estaba Willie Nelson y despertando con Lorena Lynn, mientras

el hombre manejaba, simplemente, distraído por las interminables radionovelas

dedicadas a las capas inferiores de los Estados Unidos.

—¿Oíste hablar alguna vez de un hombre llamado Edward Wanderley? —le

preguntó una vez.

Ella no repuso, sino que lo miró con fijeza.

—¿Oíste hablar de él?

—¿Quién es?

—Era mi tío —repuso y la niña le sonrió.

—¿Y de un hombre llamado Sears James?

La niña movió la cabeza, sin dejar de sonreír.

—¿Y de alguien llamado Ricky Hawthorne?

Otra vez ella agitó la cabeza. Era inútil seguir preguntando. No sabía por qué se

había molestado en preguntarle nada en primer lugar. Y era aun posible que ella

nunca hubiese oído hablar de esos nombres. Sin duda nunca los había oído.

Cuando estaban todavía en Carolina del Sur, creyó que un patrullero lo seguía

por la carretera. El automóvil policial iba unos veinte metros detrás, manteniéndose

siempre a la misma distancia de ellos. Creyó ver al policía hablando por la radio.

Inmediatamente disminuyó la velocidad unos diez kilómetros y cambió de carril,

pero el patrullero no lo pasó. Sintió un profundo temblor en el interior del pecho y en

el abdomen. Visualizó mentalmente al patrullero acortando la distancia, haciendo

funcionar la sirena, obligándolo a estacionar en la banquina. Eran aproximadamente

las seis de la tarde y la carretera estaba transitada. Él mismo sentía que lo arrastraba

el ritmo de velocidad del resto del tránsito, que estaba a merced de quienquiera que

estuviese en el patrullero, impotente, atrapado. Tenía que pensar. Lo arrastraban, ni

más ni menos, en dirección a Charleston, llevado por la corriente de tránsito a través

de kilómetros de tierras llanas cubiertas de maleza. Siempre se veían a la distancia

los suburbios, miserables grupos de casuchas con garajes de tablones. No recordaba

el número de la carretera por la que iba. Por el espejo retrovisor, detrás de la larga

columna de automóviles, detrás del patrullero, un viejo camión lanzaba una alta

columna de humo negro por un tubo semejante a una chimenea junto al motor. Tenía

miedo de que el patrullero se pusiese a la par y que le gritasen «¡Estaciónese en la

banquina!» E imaginaba a la niña gritando con su vocecita metálica: «¡Me hizo ir con

él, me ata a él cuando duerme!» El sol del sur le castigaba la cara, se introducía en sus

poros. El patrullero tomó el carril junto al suyo y comenzó a acercarse.

—Diga, ésa no es su hija. ¿Quién es la chica?

Y lo pondrían en una celda y comenzarían a pegarle, trabajando en forma

metódica con sus bastones, hasta que la piel le quedase violácea.

Pero no sucedió nada de eso.

3

Poco antes de las ocho de la noche se detuvo en la banquina. Era un angosto

camino rural, cuya tierra roja se apilaba a los costados, como si hubiesen excavado

hacía poco tiempo. No tenía ya seguridad del Estado que estaba recorriendo, de si

era Carolina o bien Georgia. Era como si dichos Estados fuesen algo fluido, como si

—también los demás Estados— pudiesen fundirse los unos con los otros y

proyectarse como

las carreteras. Todo tenía un aspecto extraño. No estaba donde

debía estar. No era posible que nadie viviese aquí, que nadie pudiese pensar en este

paisaje brutal. Enredaderas poco familiares, verdes, llenas de tallos enmarañados,

que luchaban por subir trepando por la zanja poco honda junto al automóvil. Hacía

ya media hora que el tanque de nafta marcaba «vacío»... Todo estaba mal, todo. Miró

a la niña, la niña que había secuestrado. Dormía con su manera de dormir de

muñeca, la espalda bien erguida contra el respaldo, los pies con sus zapatillas rotas

colgando sobre el piso. Dormía demasiado. Quizás estuviese enferma... Quizás

estuviese muriéndose...

Estaba mirándola cuando despertó.

—Tengo que ir al baño otra vez —dijo.

—¿Estás bien? ¿No estás enferma, no?

—Tengo que ir al baño.

—Muy bien —murmuró él y se apartó para abrirle la puerta.

—Déjame ir sola. No me escaparé. No haré nada, te lo prometo.

Miró la carita seria, los ojos oscuros contra la tez morena.

—¿Adónde podría ir, de todos modos? Ni siquiera sé dónde estoy.

—Yo tampoco.

—¿Y ahora?

Tenía que suceder alguna vez. No podía tenerla asida en todo momento.

—¿Me lo prometes? —preguntó, consciente de que era una pregunta

La niña hizo un gesto afirmativo y él dijo entonces:

—Muy bien.

—¿Y tú me prometes que no me dejarás aquí y te irás?

—Sí.

La niña abrió la puerta y bajó del automóvil. Apenas pudo contenerse para no

mirarla, pero no mirarla era una prueba. Una prueba. Sintió deseos avasalladores de

tener su manita aferrada en el propio puño. Podría trepar por la zanja, huir, gritar...

pero no, no estaba gritando. Sucedía a menudo que las cosas terribles que imaginaba

no se producían. El mundo daba una pequeña vuelta y las cosas volvían al curso de

siempre. Cuando la niña volvió a subir al automóvil, sintió una ola de alivio... había

vuelto a suceder que no se hubiese abierto ningún abismo negro para tragárselo.

Cerró los ojos y vio un camino desierto, separado por líneas blancas, que se

extendía delante de sus ojos.

—Tendré que encontrar un motel —dijo.

La niña se apoyó en el respaldo, en espera de que él hiciese lo que quisiera. La

radio estaba encendida, pero con poco volumen y de ella partían ruidos intermitentes

de una estación radial en Augusta, Georgia, el sonido de una guitarra aterciopelada y

melodiosa. Por un instante, le invadió la mente una imagen, la de una niña muerta,

con la lengua afuera y los ojos saliéndosele de las órbitas. ¡No le ofrecía resistencia!

Luego se encontró por un instante parado —y era como si estuviese parado— en una

calle de Nueva York, alguna calle entre las cincuenta y tantas, al este, una de esas

calles por las que las mujeres bien vestidas pasean sus perros ovejeros. Porque había

una de esas mujeres, caminando allí. Alta, con vaqueros hermosamente desteñidos,

una camisa cara y un bronceado parejo, que caminaba hacia él con los anteojos

negros apoyados arriba de la frente. Un ovejero enorme marchaba silenciosamente

junto a ella, agitando la cola. Estaba suficientemente cerca de ella como para ver las

pecas por el escote entreabierto de la camisa.

—Ah.

Pero luego volvió a sentirse bien, oyó la suave música de guitarra, y antes de

poner en marcha el automóvil, palmeó a la niña en la cabeza y le dijo.

—Tenemos que conseguir un motel.

Durante una hora prosiguió mecánicamente la marcha, protegido por el manto

de oscuridad, por la rutina de manejar. Estaba casi solo en aquel camino oscuro.

—¿Piensas hacerme mal? -le preguntó la niña.

—¿Cómo puedo saberlo?

—No me haras mal, creo. Eres mi amigo.

Y entonces no fue «como si» estuviese en la calle de Nueva York, sino que

estaba en la calle, observando a la mujer del perro con su bronceado, que se acercaba

hacia él. Volvió a ver el salpicado de pecas debajo de la clavícula y adivinó qué gusto

tendrían si las lamiera. Como ocurre a menudo en Nueva York, no veía el sol, pero lo

senda, un sol pesado, agresivo. La mujer era desconocida,

sin importancia... Se

suponía que él no la conocía, era sólo un tipo

de mujer cualquiera... pasó un taxi y

tuvo conciencia de la reja de hierro a su lado, de las letras en la vidriera de un

restaurante francés en la acera opuesta. A través de las suelas de sus botas, el

cemento le enviaba calor. En algún punto arriba, un hombre repetía una palabra una

y otra vez. El hombre estaba allí,

estaba: una parte de su emoción se reflejé,

seguramente, en su rostro, porque la mujer del perro lo miró con curiosidad, pero

luego su expresión se volvió dura y se aparté hacia el borde de la acera.

¿Pedía hablar ella? ¿Podía alguien en el tipo de experiencia que fuese ésa,

formular frases, frases comunes, humanas, que fuese posible oír? ¿Era posible hablar

con la gente que uno veía en alucinaciones, y podía responder ella? Abrió la boca.

«Tengo que... que bajar», iba a decir, pero estaba otra vez en el automóvil detenido.

Tenía en la boca un bulto húmedo que había sido antes dos papas fritas.

¿Qué es lo peor que hizo usted en su vida?

Los mapas parecían indicar que estaba a pocos kilómetros de Valdosta. Siguió

manejando, sin pensar, sin atreverse a mirar a la niña y sin saber, por lo tanto, si

estaba despierta o dormida, aunque sentía los ojos de ella sobre él. Finalmente pasó

delante de un cartel que le informó que estaba a doce kilómetros de la Ciudad Más

Cordial del Sur.

Era como cualquier otra ciudad del Sur: un poco de industria junto al acceso,

talleres de herramientas livianas y moldes metálicos, grupos surrealistas de galpones

de chapa acanalada bajo luces de neón, patios repletos de camiones destrozados y

más lejos, casas de madera despintada, grupos de negros congregados en las

esquinas, todos sus rostros eran idénticos en la oscuridad. Las nuevas carreteras

abrían heridas en la tierra y terminaban en forma brusca, con malezas que ya las

invadían. En la ciudad propiamente dicha, los adolescentes paseaban

interminablemente, sin objeto, en sus viejos automóviles.

Pasó frente a un edificio bajo, una incongruencia por lo flamante, un símbolo

del Nuevo Sur, con un cartel que decía PALMETO MOTEL.

Entró marcha atrás por la calle de acceso para llegar a los fondos del motel.

Una muchacha con el pelo peinado para arriba y duro de

spray y con lápiz para

labios de color rosado caramelo le dirigió una sonrisa vaga, maquinal y le dio un

cuarto con camas gemelas «para mí y mi hija». En el registro escribió: Lamar Burgess,

155 Ridge Road, Stonington, Connecticut. Le entregó dinero por el alojamiento de esa

noche y ella le entregó la llave.

El cuartito contenía dos camas de una plaza, una alfombra marrón de textura

metálica y paredes de color verde lima, dos cuadros —un gatito con la cabeza

inclinada y un piel roja contemplando una garganta boscosa desde una roca—, un

televisor y una puerta que daba al cuarto de baño embaldosado en color celeste.

Mientras la niña se desvestía y se acostaba, él se sentó en el inodoro.

Cuando miró con cautela, la niña estaba tendida y cubierta por la sábana, con la

cara vuelta hacia la pared. Había dejado la ropa desparramada por el suelo y junto a

ella tenía una bolsita medio vacía con papas fritas. Volvió entonces a meterte en el

cuarto de baño, se desnudó y se dio una ducha. Fue como una bendición. Por un

instante tuvo la sensación de haber vuelto a su antigua vida, no la de «Lamar

Burgess», sino la de Don Wanderley,

ex residente de Bolinas, California y autor de

dos novelas (con una de las cuales había ganado algún dinero). Amante durante un

tiempo de Alma Mobley y hermano del extinto David Wanderley. Era así. No podía

alejarse de todo eso. La mente era como una trampa, una jaula cuya sapa caía sobre

uno y se cerraba. Como fuera que hubiese llegado allí, allí estaba. Atrapado en el

motel Palmetto. Cerró las canillas de la ducha y todos signos de bendición cesaron.

En el cuartito, sólo la tétrica luz sobre su cama iluminaba el fantasmagórico

ambiente. Se puso los vaqueros

y abrió su valija. Tenía el cuchillo de caza envuelto en

una camisa, que desenrolló, cayendo aquél sobre la cama.

Lo aferró por el grueso cabo de hueso y se acercó a la cama de la niña. Dormía

con la boca abierta y la transpiración le brillaba en la frente.

Durante largo rato permaneció sentado junto a ella, con el cuchillo en la

derecha, listo para usarlo.

Pero esta noche no podía. Renunciando, cediendo, Le sacudió un brazo hasta

que la niña parpadeó al despertar.

—¿Quién eres? —le preguntó.

—Quiero dormir.

—¿Quién

eres?

—Déjame. Por favor.

—¿Quién eres? Te pregunto... ¿quién eres?

—Lo sabes.

—¿Yo lo sé?

—Sí, te lo dije.

—¿Cómo te llamas?

—Angie.

—¿Angie qué?

—Angie Maule. Te lo dije ya.

Tenía el cuchillo detrás de la espalda para que ella no lo viese.

—Quiero dormir —dijo la niña—. Me despertaste. —Se volvió otra vez, dándole

la espalda. Fascinado, vio cómo el sueño se apoderaba de ella. Las puntas de los

dedos se le contrajeron, los párpados se estremecieron, la respiración cambió. Era

como si al excluirlo, hubiese obligado al sueño a venir. Angie... ¿Angela? Angela

Maule. No sonaba como el nombre que le dio la primera vez que la metió en el

automóvil. ¿Minoso? ¿Minnorsi? Un nombre por el estilo... no Maule.

Tenía el cuchillo aferrado ahora en las dos manos, la punta del mango de hueso

apretada contra el vientre desnudo, los codos separados. No tenía más que bajarlo,

hundirlo y volver a retirarlo, con todas sus fuerzas...

Por fin, aproximadamente a las tres de la madrugada, volvió a su cama.

4

A la mañana siguiente, antes de salir, la niña le habló cuando estaba estudiando

los mapas.

—No deberías hacerme esas preguntas —dijo.

—¿Cuáles? —Se había mantenido de espaldas a ella, accediendo a su pedido,

mientras se ponía el vestido rosado y de pronto tuvo la sensación de que tenía que

volverse, al instante, para mirarla. Veía el cuchillo en manos de ella (aunque estaba

otra vez dentro de la camisa arrollada) y sentía que comenzaba a pincharle la piel—.

¿Puedo volverme ya?

—Sí, vuélvete.

Muy despacio, siempre con la sensación del cuchillo, el cuchillo de su tío, que

comenzaba a penetrar en su piel, se volvió hacia un lado en la silla. La niña estaba

sentada en la cama sin tender, observándolo. Con esa cara concentrada, hermosa.

—¿Qué preguntas?

—Lo sabes.

—Dime.

Pero ella agitó la cabeza y se negó a decir nada más.

—¿Quieres saber adónde vamos?

La niña se le acercó, no despacio, pero con pasos medidos, como si no quisiera

atemorizarlo.

—Mira —dijo él señalando un punto en el mapa—. Panama City, en Florida.

—¿Veremos el agua?

—Puede ser.

—¿No dormiremos en el auto?

—.No.

—¿Es lejos?

—Podemos llegar esta noche. Tomaremos esta carretera... ésta... ¿ves?

—Mmmm. —No le interesaba. Se apartó un poco, aburrida y a la vez recelosa.

—¿Me encuentras bonita? —le preguntó entonces.

¿Qué es lo peor que te sucedió en tu vida? ¿Que te quitaste la ropa de noche junto a la

cama de una niña de nueve años? ¿Que tenías un cuchillo en la mano?

¿Que el cuchillo

quería matarla?

No. Otras cosas eran peores.

No lejos del límite entre dos Estados y no en la carretera que había mostrado a

Angie, sino en un camino rural de dos carriles, se detuvieron delante de un edificio

de madera pintada de blanco. Almacén de Buddy.

—¿Quieres entrar conmigo, Angie?

Angie abrió la puerta de su lado y bajó con sus movimientos infantiles, como si

bajase por una escalera. El le sostuvo la puerta abierta. Un gordo con camisa blanca

estaba sentado, como Humpty Dumpty, detrás del mostrador. Parecía un huevo.

—Engañas al fisco con tus réditos —dijo— y eres el primer cliente de hoy.

¿Puedes creerlo? Las doce y media y eres el primer cliente que pasa por esa puerta.

No —añadió, inclinándose y estudiando a ambos—. Qué va, no estafas al tío Sam,

haces cosas peores. Eres el hombre que mató a cuatro el otro día en Tallahassee.

—¿Qué? —exclamó Don Wanderley—. Llego aquí simplemente a comprar

comida... mi hija...

—Muy bien —dijo el otro—. Yo era policía antes. En Allentown, Pennsylvania.

Veinte años. Me compré este almacén, porque el dueño me dijo que sacaría más de

cien dólares de ganancia por semana. Hay muchos ladrones en este mundo. Entra

cualquiera, y puedo decirte qué clase de bandido es. Y ahora te tengo bien

identificado. No eres un asesino. Eres un secuestrador.

—No, yo... —Sentía el sudor que le corría por las costillas—. Mi chica...

—A mí no me engañas. Veinte años como policía...

Comenzó a mirar desesperado por todo el salón, buscando a la niña. Por fin la

vio. Estaba observando con aire serio un estante lleno de frascos de pasta de maní.

—Angie —le dijo—. Angie, vamos...

—Espera, espera —señaló el gordo—. Hablaba en broma, para hacerte enojar.

No te agites. ¿Quieres un poco de esa pasta de maní, nena?

Angie lo miró e hizo un gesto afirmativo.

—Bien, saca un frasco del estante y tráelo. ¿Algo más, don? Claro que si usted

es Bruno Hauptmann, tendré que detenerlo. Todavía tengo mi arma de servicio en

alguna parte. Lo dejo

tendido. Eso se lo prometo.

Ya podía comprobar que todo era una trillada burla. A pesar de eso, apenas

pudo controlar su temblor. ¿No era esto algo que un ex policía fuese capaz de

advertir? Se volvió y se alejó hacia los pasillos y estantes.

—Oiga, oiga esto —le dijo el hombre a sus espaldas—. Si está en tales

dificultades, más vale que se largue de aquí ya mismo.

—No, no —repuso Don—. Necesito algunas cosas...

—No se parece mucho a esa chica.

Sin ver, comenzó a retirar cosas de los estantes, cualquier cosa. Un frasco de

encurtidos, una caja de tartas de manzana, un jamón en lata, dos o tres latas más que

ni siquiera miró. Llevó todo al mostrador.

El gordo, Buddy, lo miraba con suspicacia.

—La verdad es que me asustó un poco —le dijo—. No he dormido mucho, hace

un par de días que estoy manejando... —Por suerte la imaginación comenzaba a

funcionar—. ...y tengo que llevar a mi hijita a casa de su abuela en Tampa... —Angie

se volvió con viveza, aferrando dos frascos de pasta de maní con maníes enteros y lo

miró atontada—. Sí, Tampa, porque su madre y yo nos separamos y tengo que

emplearme, volver a empezar y organizar todo, ¿no, Angie? —La niña estaba

boquiabierta.

—¿Te llamas Angie? —le preguntó el gordo.

Ella hizo un gesto afirmativo.

—¿Este hombre es tu papá?

Wanderley pensó que iba a caerse.

—Ahora, sí —dijo Angie.

El gordo se echó a reír.

—¡Ahora, sí! Típico de los chicos. Vaya. Para entender los sesos de un chico, hay

que ser un genio. Muy bien, don nervioso, aceptaré su dinero. —Siempre sentado al

mostrador, registró las compras inclinándose hacia un costado y apretando los

botones de la caja registradora—. Será mejor que descanse un poco. Me recuerda a

más o menos un millón de personas como usted a quien debí retener en mi antigua

seccional.

Afuera, Wanderley dijo a Angie:

—Gracias por haber dicho eso.

—¿Dicho qué? —preguntó ella con impertinencia, con aplomo. Y otra vez, en

forma maquinal, casi automática, inclinando la cabeza a uno y otro lado—: ¿Dicho

qué? ¿Dicho qué?

5

En Panama City se detuvo en el motel Gulf Glimpse, una serie de casitas de

ladrillo de aspecto pobre alrededor de una playa de estacionamiento. La oficina del

gerente estaba en la entrada, una construcción separada, pero cuadrada como las

otras, salvo que tenía un gran panel de vidrio detrás del cual, en medio de lo que

debía ser un calor de horno, estaba sentado un viejo muy flaco con anteojos de

armazón de oro y una camiseta calada. Se parecía a Adolf Eichmann. El trazado

severo e inflexible del rostro del hombre hizo pensar a Wanderley en lo que había

dicho el ex policía sobre él y la chica. No se parecía para nada a la chica, con su pelo

rubio y su tez clara. Se detuvo delante de la oficina del gerente y bajó del automóvil.

Le sudaban las palmas de las manos.

Pero una vez adentro, dijo que quería un cuarto para sí y para su hijita y el viejo

miró sin la menor curiosidad a la niña de pelo oscuro sentada en el automóvil y

repuso:

—Diez dólares y medio por día. Firme el registro. Si quiere comer, vaya al Eat-

Motor en esta misma calle. No se puede cocinar en las casas. ¿Piensa quedarse más

de una noche, señor... —dijo tirando del registro para leer— ...Boswell?

—Quizás una semana.

—En tal caso deberá pagar las primeras dos noches por adelantado.

Contó veintiún dólares y el gerente le entregó una llave.

—El número once, el once de la suerte. En el otro lado de la playa de

estacionamiento.

El cuarto tenía paredes blanqueadas con cal y olía a desinfectante de inodoros.

Miró alrededor sin entusiasmo: la misma alfombra de textura metálica, dos camitas

con sábanas gastadas pero limpias, un televisor de doce pulgadas, dos cuadros

horribles de flores. El cuarto daba la impresión de ser más sombrío de lo que era

justificable. La niña estaba inspeccionando la cama contra la pared.

—¿Qué es Masaje mágico? Quiero probar. ¿Puedo probar? ¿Puedo?

—Seguramente no funciona.

—¿Puedo probarlo? ¿Puedo, por favor?

—Muy bien. Acuéstate en la cama. Tengo que salir a hacer unas cosas.

No te vayas hasta que yo vuelva. Tengo que poner veinticinco centavos en la ranura,

¿ves? Así. Cuando regrese podremos comer.

La niña se había acostado en la cama y hacía gestos de impaciencia y no lo

miraba, sino que observaba la moneda que tenía en la mano.

—Comeremos cuando vuelva. Trataré de comprarte un poco de ropa. No

puedes usar la misma todo el tiempo.

—¡Pon la moneda!

Se encogió de hombros, metió la moneda en la ranura y en seguida oyó un

zumbido. La niña se quedó inmóvil en la cama mientras ésta vibraba, los brazos

extendidos, el rostro tenso.

—¡Qué lindo! —exclamó.

—Volveré pronto —le dijo él. Volvió a salir a la cruda luz del sol y por primera

vez olió el agua.

El Golfo estaba muy lejos, pero era visible. En el otro lado de la carretera que

tomó para ir a la ciudad, la tierra bajaba en forma abrupta hacia un páramo de

malezas y desperdicios cruzado en su extremo por una cantidad de vías ferroviarias.

Después de éstas otro sector de terrenos baldíos terminaba en una segunda carretera

que se desviaba hacia un grupo de galpones y depósitos de carga. Más allá de la

segunda carretera estaba el Golfo de Méjico, con sus aguas grisáceas y espumosas.

En el límite de Panama City entró en una tienda Treasure Island y compró

vaqueros y dos camisetas para la niña, ropa interior, medias, dos camisas, un par de

pantalones de color caqui y zapatos de gamuza para él.

Cargado con dos grandes bolsas, salió del Treasure Island y tomó la dirección

hacia el centro. Le llegaban los vahos de los motores Diesel, de los automóviles que

ostentaban leyendas que decían

Mantengamos la grandeza del sur y pasaban a su lado.

Por las aceras desfilaban hombres con camisas de manga corta y pelo gris cortado al

rape. Cuando vio a un policía uniformado tratando de comerse un helado mientras

hacía al mismo tiempo una boleta de multa, se escabulló detrás de una camioneta y

de un gran camión Trailways y cruzó la calle. De la ceja izquierda le corrió un hilo de

sudor y casi le entró en el ojo. Estaba tranquilo. Una vez más, no había ocurrido un

desastre.

Descubrió la terminal de ómnibus por casualidad. Ocupaba media manzana y

era un gran edificio nuevo con ranuras de vidrio negro en lugar de ventanas. Pensó

entonces:

Alma Mobley, su marca. Una vez que hubo transpuesto la puerta giratoria,

vio a unos cuantos hombres ociosos en los bancos del gran recinto vacío, la gente que

siempre se ve en las terminales de ómnibus, unos cuantos jóvenes viejos con rostros

arrugados y peinados complicados, algunos chicos corriendo de un lado a otro, un

vagabundo dormido, tres o cuatro adolescentes con botas de vaquero y pelo hasta los

hombros. Había otro policía apoyado en la pared junto al quiosco de revistas. ¿Lo

buscaba? Volvió a sentir pánico, pero el policía apenas lo miró. Fingió entonces estar

verificando el horario de partidas y arribos, antes de alejarse, con exagerada

displicencia, al cuarto de baño de hombres.

Encerrado en un retrete, se desnudó. Después de vestirse hasta la cintura con

sus nuevas prendas, salió y se lavó en uno de los lavatorios. Le salió tanta suciedad

que volvió a lavarse, derramando agua en el suelo y frotándose el jabón líquido

verde en las axilas y en la nuca. Se secó luego con la toalla que giraba en un rodillo y

se puso una de sus camisas nuevas de mangas cortas, una camisa de color celeste con

rayitas rojas. Guardó toda su ropa usada en la bolsa del Treasure Island.

Notó una vez afuera el azul granuloso y gris del cielo. Era el tipo de cielo que

había imaginado como suspendido eternamente sobre el delta y los pantanos mucho

más al sur de Florida, un cielo que retenía el calor, que lo doblaba una y otra vez,

forzando la maleza y las plantas a crecer en forma fantástica, obligándolas a emitir

brotes grotescos e inflamados... el tipo de cielo y el disco ardiente de sol que debería

haber estado siempre, ahora que pensaba en ello, suspendido sobre Alma Mobley.

Dejó la bolsa con su ropa usada en un canasto de desperdicios fuera de un comercio

de armas.

Con su nueva ropa sentía que su cuerpo era joven y ágil, más saludable de lo

que había sido a través de todo aquel invierno terrible. Se desplazó por la miserable

calle de ciudad del Sur, un hombre alto y bien formado de más de treinta años, que

no tenía conciencia ya de lo que estaba haciendo. Se frotó una mejilla y sintió la barba

suave de ese hombre rubio... podía pasar dos o tres días sin dar la impresión de

necesitar afeitarse. Una camioneta conducida por un marinero, cinco o seis marineros

con uniforme blanco de verano de pie en la chata del vehículo, pasó junto a él y los

marineros le gritaron algo, algo alegre, privado, burlón.

—No son malos chicos —dijo un hombre que había aparecido junto a

Wanderley. Su cabeza, adornada por una verruga enorme con pelos que le partía una

ceja no llegaba más arriba de La clavícula de Wanderley—. Todos son buenos chicos.

Con una sonrisa, murmuró algo para mostrarse de acuerdo y se alejó. No podía

volver al motel. No podía encarar a la niña. Tenía la sensación de estar por

desmayarse. Los pies no parecían pertenecerle dentro de las botas de gamuza,

parecían demasiado bajos, demasiado alejados de sus ojos. Descubrió que iba

caminando de prisa por una calle en pendiente en dirección a un sector con carteles

de neón y cinematógrafos. En el cielo granulado el sol seguía suspendido, alto e

inmóvil. Se destacaban las sombras de los medidores de estacionamiento, de un

negro puro, sobre la acera, y por un instante tuvo la certeza de que había mayor

número de sombras que de medidores. Todas las sombras que acechaban a lo largo

de la calle eran de un negro intenso. Pasó delante de la entrada de un hotel y reparó

en el vasto espacio desierto y de color pardo, la cueva fresca y sombría detrás de las

puertas de vidrio.

Casi sin quererlo, al reconocer la temida y familiar serie de sensaciones

prosiguió su camino en el intenso calor, pasando sobre las sombras de los medidores.

Dos años antes el mundo se había erigido de esta manera fatídica, mostrándose

astuto y lleno de malas intenciones, después del episodio de Alma Mobley, después

de la muerte de su hermano. En cierto modo, literalmente o no, ella había matado a

David Wanderley. Sabía que él tuvo suerte de escapar de lo que fuere que arrastró a

David por la ventana del hotel de Amsterdam. Sólo escribirle había permitido volver

al mundo, sólo escribir sobre

ello, sobre el horroroso y complicado desastre de él

mismo y de Alma y David, escribir acerca de ello, como si fuese un cuento de

fantasmas, lo había liberado. Así lo supuso.

¿Panama City? ¿Panama City, Florida? ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Y con

aquella niña extraña y pasiva que había traído consigo? ¿A quién había robado para

llevar a través del Sur?

Siempre había sido el «erratico», el difícil., la contraposición de la fuerza de

David, dentro de la economía de la familia, su propia pobreza el opuesto del éxito de

David. Sus ambiciones y pretensiones. (¿Crees en verdad que puedes mantenerte

como

novelista? Ni tu tío era tan tonto, le decía su padre), el contraste con el sólido

sentido común de David, el trabajador David, con el ininterrumpido progreso de

David en la facultad de derecho y su ingreso final en un importante estudio de

abogados. Pero cuando David tuvo que enfrentar la rutina de su vida, sucumbió.

Eso era lo peor que le había sucedido jamás. Hasta el invierno anterior: hasta

Milburn.

La calle melancólica pareció abrirse como una tumba. Sintió como si un paso

más hacia el fondo de la pendiente y los cines baratos lo llevaría hacia abajo, como si

nunca cesaría, sino que se convertiría en una caída sin fin. Algo que no había estado

allí antes surgió delante de él, y entrecerró los ojos para verlo con mayor claridad.

Sin aliento, se volvió bajo el sol enceguecedor. Su codo chocó contra el pecho de

alguien y se oyó murmurar

perdón, perdón a una mujer irritada con un sombrero

blanco. Inconscientemente comenzó a avanzar otra vez calle arriba. Detrás, al mirar

hacia la boca calle en el fondo de la pendiente, había visto fugazmente la tumba de su

hermano: había sido pequeña, de mármol violáceo, con las palabras

David Webster

Wanderley,

1939-1975 grabadas, allí, en medio de la bocacalle. Al verla, huyó.

Sí, había visto la tumba de David, pero David no tenía tumba. Lo

habían cremado en Holanda y enviado sus cenizas de regreso para entregarlas a su

madre. La tumba de David, sí, con el nombre de David, pero lo que lo hizo huir

corriendo calle arriba fue la sensación de que la tumba era para él. Y de que si se

arrodillaba en medio del cruce y sacaba el ataúd, en su interior encontraría su propio

cuerpo putrefacto.

Se metió en el único lugar fresco y acogedor que había visto, el vestíbulo del

hotel. Tenía que sentarse, calmarse. Bajo la mirada indiferente de un empleado y de

una muchacha apostada detrás de un mostrador con revistas, se dejó caer sobre un

sofá. Tenía el rostro pegajoso de sudor frío. La tela del tapizado del sofá le frotó la

espalda con una sensación desagradable. Se inclinó hacia adelante entonces, se pasó

las manos por el pelo, miró su reloj. Tenía que aparentar que todo era normal, como

si estuviese esperando a alguien. Tenía que dejar de temblar. Aquí y allá en el

vestíbulo habían distribuido plantas en macetones. Arriba, zumbaba un ventilador.

Un viejo muy delgado con uniforme púrpura esperaba junto a un ascensor con su

puerta abierta. Lo miró y al verse sorprendido, apartó la mirada.

Cuando volvió a oír ruidos advirtió que desde que vio la tumba en el medio del

cruce no había oído nada, absolutamente nada. Su propio pulso había ahogado los

demás sonidos. Ahora los ruidos concretos y normales de la vida del hotel flotaban

en el aire húmedo. Un aspirador de polvo zumbaba en una escalera invisible,

sonaban lejanos unos teléfonos, las puertas de los ascensores se cerraban con un

ruido suave. En diversas partes del vestíbulo, personas en grupos reducidos estaban

sentadas, conversando. Comenzó a sentir que sería capaz de hacer frente a la calle

otra vez.

6

—Tengo hambre —le dijo Angie.

—Te compré ropa.

—No quiero ropa, quiero comer.

Atravesó la habitación, para sentarse en la silla vacía.

—Creí que te cansarías de llevar el mismo vestido todo el tiempo -dijo.

—No me importa lo que llevo puesto.

—Muy bien —Wanderley dejó caer la bolsa sobre la cama—. Pensé, solamente,

que te gustarían.

La niña no replicó.

—Te daré de comer si contestas a algunas preguntas. La niña se volvió y

comenzó a pellizcar las sábanas, arrugándolas y alisándolas.

—¿Cómo te llamas?

—Te lo dije. Angie.

—¿Angie Maule?

—No. Angie Mitchell.

Desistió.

—¿Por qué tus padres no avisaron a la policía para que te busquen? ¿Por qué no

nos han encontrado todavía?

—No tengo padres.

—Todos tienen padres.

—Todos, menos los huérfanos.

—¿Quién te cuida?

—Tú.

—Antes que yo te cuidase.

—Cállate. Cállate.

Su rostro adquirió una expresión dura, reservada.

—¿Eres realmente huérfana?

—Cállate, cállate, cállate.

Para que dejara de gritar, sacó el jamón envasado de la caja llena de

comestibles.

—Muy bien —dijo—. Te daré de comer. Comeremos un poco de esto.

—Muy bien. —Era como si jamás hubiese gritado—. También quiero pasta de

maní.

Mientras cortaba rebanadas de jamón, Angie le dijo:

—¿Tienes bastante dinero para los dos?

Comía con su aire intensamente absorto. Primero mordió un bocado de jamón,

luego hundió los dedos en la pasta de maní, sacó un montón y se lo metió en la boca

para comer las dos cosas juntas.

—Qué rico —logró decir con la boca llena.

—Si yo me duermo, tú no te irás, ¿no?

Angie hizo un gesto negativo.

—Pero podré salir a caminar un poco, ¿no?

—Creo que sí.

Wanderley estaba bebiendo una lata de cerveza de las seis que había comprado

en un pequeño comercio en el camino de vuelta. La cerveza, combinada con la

comida, le dio sueño y sabía que si no se metía en la cama, se quedaría dormido en la

silla.

—No tienes que atarme contigo. Volveré. Me crees, ¿no? —dijo Angie.

El hombre hizo un gesto afirmativo.

—Porque, ¿adónde podría ir? No tengo ninguna parte adonde ir.

—¡Muy bien! —dijo Wanderley. Una vez más, vio que no podía hablarle como

quería. Era ella quien controlaba las cosas—. Puedes salir, pero no tardes mucho en

volver.

Actuaba como un padre y sabía que la niña lo había colocado en ese papel. Era

ridículo.

La observó salir del cuartito. Más tarde, al volverse en la cama oyó vagamente

el ruido de la puerta al cerrarse y supo entonces que había vuelto, después de todo.

Angie, era, pues, suya.

Y esa noche se quedó tendido en la cama, enteramente vestido, contemplándola

mientras dormía. Cuando comenzaron a dolerle los músculos por haber estado tanto

tiempo en la misma posición, pasó de la postura tendida sobre un costado, con la

cabeza apoyada en una mano, a la de sentarse con las rodillas dobladas y los codos

sobre ellas, y por fin volvió a tenderse de costado, apoyado en un codo. Era como si

todas estas posturas formasen parte de un ritual. Apenas apartaba los ojos de la niña.

Estaba absolutamente inmóvil y el sueño se la había llevado lejos, dejando allí

solamente el cuerpo. Allí, tendidos los dos, tendidos, simplemente, ella se le había

escapado.

Se levantó, se acercó a su valija, sacó la camisa arrollada y volvió a pararse junto

a la cama. Al sostener la camisa del cuello, la gravedad hizo caer el cuchillo de caza

sobre la cama, desenrollando la camisa al caer y no rebotó allí, porque era demasiado

pesado, Wanderley lo tomó y lo sopesó.

Con el cuchillo oculto otra vez a la espalda, sacudió un hombro de la niña. Tuvo

la sensación deque los rasgos de ella se borraban antes de que se volviese para

hundir el rostro en la almohada. Volvió a aferrarla de un hombro y palpó el hueso

largo y fino, el ala sobresaliente que aparecía en su espalda.

—Vete —murmuró ella contra la almohada.

—No. Tenemos que hablar.

—Es muy tarde.

Wanderley la sacudió y como la niña no reaccionase, intentó hacerla volverse

por la fuerza. Era delgada y menuda, pero con fuerza suficiente para resistírsele. No

consiguió que volviese la cara.

Y entonces se volvió sola, como en un gesto de desprecio. Se notaba en su cara

la falta de sueño, pero debajo de la expresión de los ojos hinchados, había algo de

adulto.

—¿Cómo te llamas?

—Angie —dijo ella sonriendo con aire despreocupado—. Angie Maule.

—¿De dónde vienes?

—Lo sabes.

Wanderley asintió con la cabeza.

—¿Cómo se llaman tus padres?

—No sé.

—¿Quién te cuidaba antes de que yo te recogiese?

—No importa.

—¿Por qué no?

—No son importantes. Era gente, nada más.

—¿Se llamaban Maule?

La sonrisa de Angie se volvió más insolente.

—¿Qué importa? De todos modos, sabes todo.

—¿Qué quieres decir, con que era gente, nada más?

—Era gente, nada más, llamada Mitchell. Eso es todo.

—¿Y tú misma te cambiaste el apellido?

—¿Qué tiene?

—No sé. —Era verdad.

Se miraron entonces, el uno al otro, Don, sentado en el borde de la cama con el

cuchillo detrás de la espalda y seguro de que pasase lo que pasase, no podría hacer

uso de él. Imaginaba que David no había podido matar a nadie, salvo a sí mismo, si

acaso se había matado. Probablemente la niña sabía que tenía el cuchillo y

sencillamente veía en esto una amenaza. No era una amenaza. Ni él tampoco, era,

probablemente, una amenaza. Nunca había sentido aprensión frente a él.

—Bien, empecemos de nuevo —dijo—. ¿Qué eres?

Por primera vez desde que se la llevó al automóvil, Angie sonrió realmente. Fue

una transformación, pero no una transformación que le hiciese sentirse más cómodo.

Angie no tenía un aspecto menos adulto que antes.

—Lo sabes —le dijo.

Wanderley insistió.

—¿Qué eres? —volvió a preguntar.

Y ella sonrió al darle la insólita respuesta.

—Soy tú.

—No, yo soy yo. Tú eres tú.

—Yo soy tú.

—¿Qué eres? —La pregunta brotó llena de desesperación y no significaba que

fuese la primera vez que la formulaba.

Por un segundo, entonces, se encontró otra vez en la calle de Nueva York y la

persona delante de él no era la mujer anónima, elegante, bronceada por el sol, sino su

hermano David, con el rostro carcomido y el cuerpo cubierto por los harapos rotos y

podridos de la tumba.

...la cosa más terrible...

PRIMERA PARTE

Después De La Fiesta

De Jaffrey

¿No esta sola la luna, brillando entre los árboles?

¿No está sola la luna, brillando entre los árboles?

Blues

I

La Chowder Society

Los cuentos de octubre

Los primeros héroes de la ficción norteamericana eran viejos.

Robert Ferguson

Milburn observado a través de la nostalgia

Un día a comienzos de octubre Frederick Hawthorne, abogado de setenta años

que había perdido muy poco con la edad, abandonó su casa en la avenida Meirose de

Milburn, en el Estado de Nueva York, para atravesar la ciudad hacia sus oficinas en

Wheat Row, junto a la plaza. La temperatura era algo inferior a la prevista para el

comienzo del otoño, pero Ricky llevaba su atuendo invernal de sobretodo de

tweed,

echarpe de cachemira y discreto sombrero de castor gris. Caminaba con paso vivo

por la avenida Meirose para activar su circulación, avanzando bajo robles inmensos y

arces algo menores que ya ostentaban los conmovedores tintes de naranja y de rojo,

otro toque que no correspondía a la época. Era susceptible a los resfríos y si la

temperatura llegase a caer otros cinco grados, le sería necesario ir en el automóvil.

Pero entretanto, mientras pudiese protegerse el cuello del viento, le agradaba

caminar. Después de salir de la avenida Meirose en dirección a la plaza, sintió

bastante calor como para caminar más despacio. Ricky no tenía mayores motivos

para apresurarse a llegar: rara vez aparecían clientes antes de mediodía. Su socio y

amigo Sears James no aparecería, probablemente, en otros tres cuartos de hora, lo

cual daba tiempo a Ricky para caminar con tranquilidad por Milburn, saludando a

todos y observando todo lo que le agradaba.

Lo que más le agradaba observar era Milburn en sí, Milburn, la ciudad en la

cual había pasado toda su vida, salvo los años en la universidad, en la Facultad de

Derecho y en el ejército. Nunca había sentido deseos de vivir en otra parte, si bien en

los primeros años de su matrimonio su mujer, hermosa e inquieta, había dicho a

menudo que la ciudad era aburrida. Stella había deseado ir a Nueva York. Lo deseó

en forma obstinada. Fue una de las batallas que él ganó. Era incomprensible para

Ricky que alguien hallase aburrido Milburn. Cuando uno la observaba atentamente

durante setenta años, era como ver el avance del siglo. Ricky imaginaba que si uno

observase Nueva York durante igual período, lo que vería sería simplemente el

avance de Nueva York. Allá los edificios se levantaban y caían con demasiada

rapidez para el gusto de Ricky, todo cambiaba con demasiada rapidez, envuelto en

un capullo personal e ensimismado de energía, girando con demasiada velocidad

para reparar en nada al oeste del río Hudson, salvo las luces del Estado de Jersey.

Además, Nueva York contaba con unos doscientos mil abogados. Milburn tenía tan

sólo cinco o seis que eran realmente importantes, y durante cuarenta años él y Sears

habían sido los dos más destacados entre este grupo. (Claro que Stella nunca se había

preocupado en absoluto por los cánones que determinaban el ser alguien destacado

en Milburn.)

Llegó al barrio comercial, que se extendía a lo largo de dos cuadras sobre la

plaza y avanzó dos cuadras más por la acera opuesta, pasó frente al Teatro Rialto de

Clark Mulligan y se detuvo a mirar la marquesina. Lo que vio le hizo fruncir la nariz.

El cartel en la puerta del Rialto mostraba el rostro manchado de sangre de una

muchacha. En cuanto a las películas que le gustaban a él, sólo era posible verlas en la

televisión. Para Ricky, la industria cinematográfica había perdido el rumbo más o

menos cuando William Powell se retiró como actor. (Pensaba que Clark Mulligan

estaba, probablemente, de acuerdo con él.) Demasiados filmes de hoy eran como sus

propios sueños, que en el último año se habían vuelto particularmente vívidos.

Se alejó deliberadamente del teatro en busca de una perspectiva más grata.

Estaban aún las casas de madera de dos pisos, a pesar de que la mayoría de ellas eran

ahora oficinas y aún los árboles eran más jóvenes que las casas. Caminaba y sus

zapatos negros bien lustrados agitaban las hojas secas y poco a poco dejó atrás otras

casas muy parecidas a las de Wheat Row, mientras recordaba su niñez, que había

transcurrido en aquellas mismas calles. Sonreía y si alguien de las personas a quienes

saludaba le hubiese preguntado en qué pensaba, podría haber dicho (de haberse

permitido mostrarse algo pomposo): «La verdad es que... en las aceras. Estaba

pensando en aceras. Uno de mis primeros recuerdos es la vez que pusieron aceras a

lo largo de toda esta calle, Candlemaker, aquí mismo, hasta la plaza. Arrastraban

esos grandes bloques con caballos. Le diré que las aceras han contribuido más a la

civilización que el motor de explosión. Antes, durante la primavera y el invierno

había que hundirse en el barro y no era posible entrar en ninguna sala sin ensuciar el

piso. ¡Durante el verano, había polvo en todas partes!» Sin duda, no tardaba en

reflexionar, la moda de las salas fue desapareciendo casi en la misma época en que se

hicieron las aceras.

Al llegar a la plaza tuvo otra desagradable sorpresa. Algunos de los árboles que

bordeaban el gran espacio cubierto de césped estaban ya casi sin hojas, y la mayoría

tenía por lo menos unas cuantas ramas desnudas. Todavía se veían muchos de los

colores que él había esperado encontrar, pero durante la noche el equilibrio había

cambiado y aquellos brazos y dedos de esqueletos negros, los huesos de los árboles,

se destacaban contra las hojas como presagios del invierno. La plaza tenía una

alfombra de hojas secas.

—Hola, señor Hawthorne —le dijo alguien a su lado.

Al volverse vio a Peter Barnes, alumno de último año del secundario, cuyo

padre, veinte años menor que Ricky, se hallaba en el segundo círculo de sus

amistades. El primero consistía en cuatro hombres de su misma edad... antes habían

sido cinco, pero Edward Wanderley había muerto el año anterior. Más pensamientos

sombríos, cuando estaba empeñado en no tenerlos.

—Hola, Peter —dijo—. Me imagino que vas a la escuela.

—Hoy empieza una hora más tarde. Se rompieron las calderas otra vez.

Peter Barnes estaba a su lado, un muchacho alto y de expresión cordial, con

vaqueros y un suéter de esquí. Para Ricky el pelo que llevaba era casi tan largo como

el de una chica, pero en cambio el ancho de sus espaldas auguraba que cuando

engordase un poco, sería mucho más grande que su padre. Seguramente aquel pelo

no resultaba femenino para las muchachas.

—¿Estabas paseando? —preguntó.

—Sí —repuso Peter— A veces es divertido caminar por la ciudad y ver cosas.

Ricky estuvo a punto de reír de placer.

—¡Cuánta razón tienes! Es ni más ni menos lo que yo pienso. Siempre disfruto

de mis paseos a pie por la ciudad. Se me ocurren las cosas más extrañas. Estaba

pensando en este momento que las aceras cambiaron el mundo. Hicieron que todo

fuese más civilizado.

—¿En serio? —preguntó Peter y lo miró con curiosidad.

—Lo sé, lo sé... te dije que se me ocurren cosas extrañas. ¡Ah! ¿Y cómo está

Walter últimamente?

—Muy bien. Está en el Banco.

—.¿Y Christina está bien, también?

—Sí —dijo Peter. Hubo algo de frialdad en la breve respuesta a la pregunta

sobre su madre. ¿Problema allí? Recordó que hacía unos meses Walter se había

quejado de que Christina estaba un poco deprimida. Para Ricky, no obstante, que

recordaba a la generación de los padres de Peter en la época en que eran

adolescentes, sus problemas eran siempre un poco ficticios. ¿Cómo podía una

persona con una vida por delante hablar de problemas realmente serios?

—Sabes una cosa —dijo—, hace años que no conversábamos así. ¿Se reconcilió

tu padre ya con la idea de que irás a la universidad de Cornell?

Peter sonrió apenas.

—Supongo que sí. Creo que no tiene idea de lo difícil que es entrar en YaIe. Era

mucho más fácil cuando él ingresó.

—Sin duda —observó Ricky, quien acababa de recordar las circunstancias en

que había conversado por última vez con Peter Barnes. En la fiesta de John Jaffrey, la

noche que murió Edward Wanderley.

—Bien, creo que me meteré a curiosear un poco en la tienda grande

—dijo Peter.

—Muy bien —dijo Ricky. Estaba recordando, a su pesar, todos los detalles de

aquella reunión. A veces le parecía que la vida se había vuelto más sombría desde esa

noche, que había dado un giro la rueda.

—Me voy entonces —anunció Peter y dio un paso hacia atrás.

—No quiero retenerte —le dijo Ricky—. Sólo que... estaba pensando.

—¿En aceras?

—No, pillo —Peter se volvió sonriendo y despidiéndose y se alejó con paso

tranquilo por el borde de la plaza.

Ricky vio el Lincoln de Sears James pasando a poca velocidad delante del hotel

Archer, en el extremo de la plaza, como siempre veinte kilómetros más despacio que

todos. Apresuró el paso hacia Wheat Row. No se había superado su estado de ánimo

sombrío. Vio otra vez las ramas esqueléticas entre las hojas brillantes, la implacable

cara ensangrentada de la chica del cartel y recordó que le tocaba contar el relato esa

noche en la reunión periódica de la Chowder Society. Siguió caminando,

preguntándose qué había sido de su alegría. Lo sabía muy bien: Edward Wanderley.

Hasta Sears los había seguido, a los otros tres miembros de la Chowder Society, en

esa melancolía. Tenía doce horas para pensar de qué hablaría.

—Ah, Sears —dijo en los escalones del edificio que ocupaban. Su socio estaba

en aquel momento bajando del Lincoln—. Buen día. Es en tu casa esta noche, ¿no?

—Ricky —repuso Sears—. No me vengas con eso a estas horas.

Sears avanzó pesadamente y Ricky lo siguió, dejando a Milburn fuera de las

puertas.

Frederick Hawthome

1

De todas las habitaciones donde se reunían habitualmente, la biblioteca de la

casa de Sears James era la predilecta de Ricky, con sus gastados sillones de cuero, sus

altas bibliotecas con puertas de vidrio, la bebida en la mesita redonda, los grabados

en las paredes, la alfombra Shiraz de tonos desteñidos bajo los pies y el rico recuerdo

de tantos cigarros en el ambiente. Al no haber transado con el matrimonio, Sears

James tampoco había tenido que transar nunca en cuanto a sus opulentas ideas del

confort. Después de tantos años de reunirse, los otros hombres habían perdido la

conciencia del placer inmediato y la calma y la envidia que experimentaban en la

biblioteca de Sears, así como estaban casi del mismo modo inconscientes del malestar

igualmente inmediato que sentían en la casa de John Jaffrey, donde el ama de llaves,

Milly Sheehan, entraba una y otra vez, cambiando las cosas de lugar. Sin embargo

cada uno de ellos lo sentía, Ricky Hawthorne más, quizá, que el resto, pues habría

deseado tener un cuarto como éste para sí. El caso era que Sears siempre había tenido

más dinero que los otros, así como su padre también había tenido más que los padres

de ellos. El dinero se remontaba a unas cinco generaciones, hasta llegar al almacenero

de pueblo que con gran sangre fría amasó una fortuna y transformó a la familia

James en gente refinada. Para la época del abuelo de Sears, las mujeres eran ya

delgadas, palpitantes, decorativas e inútiles, los hombres cazaban y estudiaban en

Harvard y todos pasaban los veranos en Saratoga Springs. El padre de Sears había

sido profesor de lenguas muertas en Harvard, donde mantenía una tercera casa para

su familia. Sears mismo estudió Derecho porque en su juventud había considerado

inmoral no tener profesión. El año que pasó como maestro de escuela le demostró

que su vocación no residía en la enseñanza. Del resto, los primos y hermanos, la

mayoría había sucumbido a la vida muelle, los accidentes de caza, la cirrosis y las

crisis depresivas. Sears, en cambio, el viejo amigo de Ricky, logró arreglarse en la

vida hasta que, si bien no llegó a ser el viejo más apuesto de Milburn —el más

apuesto era, sin duda, Lewis Benedikt— por lo menos era el más distinguido. Con

excepción de la barba, podría habérselo tomado por el retrato de su padre, alto,

calvo, macizo, con un rostro astuto y redondo y trajes con chaleco. Sus ojos azules

seguían siendo los de un joven.

Ricky imaginaba que debía envidiarle eso también, el aspecto de profesor. El

mismo nunca había sido especialmente buen mozo. Era demasiado menudo y

demasiado atildado para ello. Sólo sus bigotes habían mejorado con la edad y crecían

ahora algo más espesos después de haber encanecido. Cuando le aparecieron unas

pequeñas bolsas en los costados de la mandíbula, no le dieron un aspecto más

importante, sino simplemente de mayor inteligencia. No se consideraba en especial

inteligente. De haberlo sido, habría evitado, quizás, un arreglo en el cual habría de

ser siempre, en forma extraoficial, una especie de socio menor permanente en la

firma. Sin embargo, fue su padre quien incorporó a ella a Sears. En aquellos años... él

mismo había sentido alegría, más aún, entusiasmo, de que su viejo amigo trabajase

con ellos. Ahora, instalado en un sillón innegablemente cómodo, imaginaba que

todavía estaba contento de tener a Sears como socio. Los años habían unido a ambos

con lazos tan fuertes, casi, como los matrimoniales que lo unían a Stella. Por otra

parte el matrimonio profesional había sido mucho más apacible que el doméstico,

aun cuando invariablemente los clientes que se encontraban en el mismo cuarto con

él y con Sears se dirigiesen a éste cuando hablaban. Era un arreglo que Stella nunca

habría tolerado. (Además, nadie que hubiese estado en sus cabales, en todos esos

años de matrimonio, habría mirado a Ricky cuando tenía la oportunidad de mirar a

Stella).

Sí, lo admitía por milésima vez, le agradaba estar en esta biblioteca. Estaba

contra sus principios y sus convicciones políticas y probablemente contra el

puritanismo de la religión que hacía rato había perdido, pero la biblioteca de Sears —

toda la espléndida casa de Sears— era un lugar donde un hombre se sentía a sus

anchas. Stella nunca titubeaba en demostrar que también era un lugar donde una

mujer podía sentirse a sus anchas. No tenía escrúpulos en tratar de vez en cuando la

casa de Sears como si fuese la propia. Por suerte, Sears lo toleraba. Fue Stella, en una

de esas ocasiones (doce años atrás), quien al entrar en la biblioteca como si

encabezase un pelotón de arquitectos los bautizó con el nombre de Chowder Society.

—Por Dios, que aquí los tenemos —dijo—, la sociedad de las tradiciones

norteamericanas, la «Chowder Society». ¿Piensas acaparar a mi marido toda la

noche, Sears? O bien no han terminado de contarse mentiras, muchachos?

Bien, seguramente, era la energía perpetua de Stella y sus constantes pullas lo

que había impedido que sucumbiese a la vejez, como el viejo John Jaffrey. Su amigo

común John Jaffrey era «viejo», a pesar de ser seis meses menor que Hawthorne y un

año menor que Sears y en realidad, sólo cinco años mayor que Lewis, el miembro

más joven del grupo.

Lewis Benedikt, de quien se decía que había matado a su mujer, estaba

sentado frente a Ricky, la imagen de la expansiva buena salud. El tiempo que pasaba

sobre todos ellos y que aparentemente les quitaba cosas, parecía añadírselas a Lewis.

No había sido el caso cuando era más joven, pero ahora tenía una decidida

semejanza con Cary Grant. Su mentón era firme; el pelo, espeso. Se había vuelto

apuesto en un grado casi absurdo. Aquella noche, los rasgos grandes, plácidos y

llenos de buen humor de Lewis mostraban, como los de los otros, una expresión de

expectativa. En general era cierto que las mejores historias se contaban allí, en casa de

Sears.

—¿Quién juega en la cancha esta noche? —preguntó Lewis. Lo dijo sólo por

cortesía. Todos lo sabían. El grupo llamado Chowder Society tenía muy pocas reglas.

Debían llevar todos ropa de etiqueta (porque treinta años atrás, a Sears le había

gustado la idea), nunca bebían en exceso (y ahora eran demasiado viejos para

hacerlo, de todos modos), nunca preguntaban si las historias eran verídicas (ya que

aun las mentiras más flagrantes eran, hasta cierto punto, verdad), y si bien las

historías circulaban en forma rotativa por el grupo, nunca se ejercía presión sobre

nadie a quien se le hubiese cortado por el momento la inspiración.

Hawthorne estaba por confesar, cuando lo interrumpió John Jaffrey.

—Estuve pensando —dijo, y luego reaccionó ante las miradas llenas de

curiosidad de los otros—, no, sé que no me toca a mí y me alegro mucho. Pero estuve

pensando que dentro de dos semanas hará exactamente un año que murió Edward.

Estaría con nosotros esta noche si yo no hubiese insistido en esa maldita fiesta.

—Por favor, John —dijo Ricky. No le gustaba mirar directamente a la cara a

Jaffrey cuando sus emociones eran tan visibles. Tenía una piel que daba la impresión

de que permitiría hundirle un lápiz sin que brotase sangre de ella—. Todos sabemos

que tú no tuviste la culpa.

—Pero sucedió en mi casa —afirmó Jaffrey.

—Cálmate, viejo —le dijo Lewis—. No te hace bien esto.

—Soy yo quien lo decide.

—En tal caso, no nos haces bien a todos nosotros —señaló Lewis con el mismo

buen humor y tono suave --. Todos recordamos la fecha. ¿Cómo olvidarla?

—Entonces, ¿por qué no hacemos algo? ¿Imaginan ustedes que están actuando

como si nunca hubiera pasado? ¿Cono si hubiese sido algo normal? ¿El caso de un

viejo cualquiera que se muere? Pues entonces debo informarles que no actúan así.

Se quedaron tan chocados que no dijeron nada. Ni a Ricky se le ocurrió nada

que decir. Jaffrey estaba muy pálido.

—No —continuó—. No actuan en forma normal, ni mucho menos. Todos saben

lo que nos viene sucediendo. Nos sentamos aquí y hablamos como un grupo de

vampiros. Milly apenas puede soportar recibirnos ya en mi casa. No siempre fuimos

como ahora, solíamos hablar de muchas cosas. Nos divertíamos, era una

diversión.

Ahora no lo es. Todos tenemos miedo. Aunque no sé si algunos de ustedes lo

admiten. Bien, ha pasado un año, y no tengo reparos en decir que yo tengo miedo.

—Yo no estoy seguro de tener miedo —dijo Lewis y bebiendo un sorbo de

whisky, miró sonriendo a Jaffrey.

—Tampoco estás seguro de que no lo tienes —señaló bruscamente el doctor.

Sears James tosió, tapándose la boca con el puño y de inmediato todos lo

miraron. «Mi Dios», pensó Ricky, «es capaz de hacer ese gesto en cualquier momento

y monopolizar nuestra atención sin el menor esfuerzo. Me pregunto por qué tuvo la

idea en una época de que no sería un buen maestro. Y también, por qué yo nunca

pude hacerle frente».

—John —dijo Sears con suavidad—, todos estamos familiarizados con los

hechos. Todos ustedes tuvieron la gentileza de afrontar el frío para venir aquí esta

noche y ninguno de nosotros es ya joven. Prosigamos.

—Pero Edward no murió en

tu casa. Y esa mujer Moore, la llamada actriz, no...

—Basta —ordenó Sears.

—Bien, supongamos que recuerdas cómo llegamos al tema —dijo Jaffrey.

Sears hizo un gesto afirmativo y también Ricky Hawthorne. Fue durante la

primera reunión celebrada después de la extraña muerte de Edward Wanderley. Los

cuatro que quedaban se habían mostrado indecisos, pues no podrían haber tenido

mayor conciencia de la ausencia de Edward si se hubiese dejado en medio de ellos un

sillón vacío. La conversación se desenvolvió con vacilaciones y falsos comienzos por

lo menos cinco o seis veces. Ricky había visto que todos se preguntaban para sus

adentros si podrían soportar seguir reuniéndose. Sabía que ninguno de ellos, por otra

parte, toleraba la idea de no reunirse. En ese momento se inspiró. Volviéndose a John

Jaffrey, le dijo:

—¿Qué es la peor cosa que hiciste en tu vida?

El doctor Jaffrey lo sorprendió con su inesperado rubor. Seguidamente quedó

establecido el tono de las reuniones que habrían de seguir, cuando dijo:

—No les diré es, pero les contaré lo peor que me sucedió en mi vida... lo más

terrible... —y luego relató lo que en esencia era un cuento de fantasmas. Era

apasionante, sorprendente, alarmante... les distrajo los pensamientos del recuerdo de

Edward. Desde aquel momento continuaron en la misma vena.

—¿Crees en realidad, que se trata de una simple coincidencia? —preguntó

Jaffrey.

—No comprendo —murmuró Sears.

—Todos eluden la verdad y esto es indigno de ustedes. Quiero decir que

estábamos entrando en este camino, primero yo, después Edward... —La voz calló

poco a poco y Ricky adivinó que había vacilado entre el uso de la palabra «murió», o

bien «lo mataron»—. Se fue al cielo —acotó, en un intento de mostrarse

despreocupado. La mirada de Jaffrey, semejante a la de un lagarto, le indicó que no

había logrado nada. Ricky se apoyó en el respaldo del lujoso sillón, con la esperanza

de desaparecer en aquel mullido fondo y no ser más visible que una de esas manchas

de agua en los mapas antiguos de Sears.

—¿De dónde sacaste la expresión? —le preguntó Sears y Ricky lo recordó en

seguida. Era lo que decía su padre cuando moría un cliente. «Anoche Toby Pfaff se

fue al cielo... La señora Wintergreen se fue al cielo esta mañana. Habrá lío en los

tribunales para la herencia». Agitó la cabeza—. Sí, es verdad —agregó Sears—, pero

no sé...

—Ni más ni menos —dijo Jaffrey—. Creo que están pasando cosas sumamente

raras.

—¿Qué aconsejas? Deduzco que no hablas solamente para interrumpir la

reunión de siempre.

Ricky sonrió por encima de los dedos entrelazados, para mostrar que no se

ofendía por el comentario.

—La verdad es que tengo una idea —Ricky veía que Jaffrey hacía todo lo

posible por tratar con tacto a Sears—. Creo que deberíamos invitar al sobrino de

Edward a que venga.

—¿Y cuál seria el objeto?

—¿No es una especie de experto en... en este tipo de cosas?

—¿Qué es «este tipo de cosas»?

Acorralado, Jaffrey no retrocedió.

—Posiblemente eso sea lo misterioso. Creo que podría... bien, creo que podría

ayudarnos. —Sears tenía una expresión de impaciencia, pero el doctor no le permitió

interrumpir—. Creo que necesitamos ayuda. ¿O soy, acaso, el único aquí a quien le

cuesta dormir toda la noche? ¿Soy el único que sufre pesadillas todas las noches? —

.Miró a todos con su rostro desencajado—. ¿Ricky? Tú eres un hombre franco,

—No, no eres el único, John —repuso Ricky.

—No, me imagino que no —dijo a su vez Sears, y Ricky lo miró sorprendido.

Sears nunca había insinuado que quizás él también pasaba noches espantosas. Sin

duda tampoco se había reflejado el hecho en el rostro sereno y reflexivo—. Te refieres

al libro, supongo.

—Sí, desde luego. Tiene que haber investigado... tiene que tener experiencia.

—Yo creía que su experiencia se refería a desequilibrio mental.

—Como nosotros —dijo Jaffrey sin arredrarse—. Edward tiene que haber tenido

una razón para dejar su casa a su sobrino. Creo que quería que Donald viniese aquí si

llegase a sucederle algo a él. Creo que sabía que le sucedería algo. Y les diré qué más

pienso. Pienso que deberíamos contarle acerca de Eva Galli.

—¿Hablarle de una historia inconclusa que data de cincuenta años? Ridículo.

—La razón por la cual no es ridículo es que la historia es inconclusa —dijo el

doctor.

Ricky vio que Lewis estaba tan sorprendido y aun chocado, como él, de que

Jaffrey hubiese mencionado la historia de Eva Galli. El episodio estaba enterrado en

una época cincuenta años atrás. Desde entonces, nadie entre ellos lo había

mencionado nunca.

—¿Crees saber lo que le sucedió a ella? —dijo el doctor con aire desafiante.

—Vamos, vamos —intervino Lewis—. ¿Es necesario esto? ¿Qué objeto tiene?

—El objeto es tratar de establecer qué le sucedió en realidad a Edward. Lamento

no haberme mostrado claro en este punto.

Sears hizo un gesto afirmativo y Ricky imaginó advertir en su viejo socio una

expresión de... ¿Qué? ¿Alivio? Desde luego nunca lo admitiría, pero el hecho de que

la expresión resultase visible era una revelación para Ricky.

—Tengo un poco de duda en cuanto al razonamiento —dijo Sears—, pero si

para ustedes es una satisfacción, pienso que podríamos escribir al sobrino de

Edward. Tenemos su dirección en nuestros archivos, ¿no, Ricky? —Hawthorne dijo

que sí con la cabeza—. Pero seamos democráticos y sometámoslo a una votación

primero. ¿Aceptamos o rechazamos verbalmente la iniciativa y votamos de esa

manera? ¿Qué opinan? —Los miró después de tomar un sorbo de su vaso. Todos se

mostraron de acuerdo—. Comencemos por ti, John.

—Desde luego digo que sí. Que lo hagamos venir.

—¿Lewis?

Lewis se encogió de hombros.

—Me es igual —dijo. Hágilo venir, si quieren.

—¿Eso es un «sí»?

—Muy bien, es

un «sí». Pero creo que no debemos desenterrar el caso de Eva

Galli.

—¿Ricky?

Ricky miró a su socio y vio que éste sabía cuál sería su opinión.

—No, decididamente, no. Creo que es un error.

—¿Prefieres que sigamos como estamos desde hace un año?

—Los cambios siempre son para peor.

Sears se mostró divertido.

—Hablas como un abogado, aunque creo que el sentimiento no corresponde a

un ex miembro de un grupo de jóvenes socialistas. Yo, en cambio, digo sí, de modo

que somos tres contra uno. Se aprueba la iniciativa. Le escribiremos. Y como mi voto

fue el decisivo, le escribiré yo.

—Acaba de ocurrírseme algo —dijo Ricky—. Hace un año ya. Supongamos que

quiera vender la casa. Está vacía desde que murió Edward.

—Calla. Estás inventando problemas artificiales. Vendrá mucho más pronto si

desea vender.

—¿Cómo podemos estar seguros de que las cosas no empeorarán? ¿Puedes tú

estar seguro? —Sentado como se sentaba siempre, por lo menos una vez por mes,

desde hacía veinticinco años en el sillón tapizado del mejor salón que conocía, Ricky

deseó con fervor que nada cambiase, que pudiesen continuar como hasta entonces y

bromear mutuamente hasta quitarse la ansiedad, expresándola en la relación de

pesadillas y cuentos. Mientras los miraba a todos bajo la escasa luz, con el viento

agitando los árboles fuera de las ventanas de la casa de Sears, no deseó nada con

mayor intensidad que poder continuar como ahora.

Eran sus amigos, en cierto modo estaba tan casado con ellos como hacía un

momento se había considerado unido a Sears. Y poco a poco cayó en la cuenta que

temía por ellos. Los hallaba tan vulnerables, sentados allí con sus miradas

interrogantes, como si cada uno de los otros imaginase que nada podía ser peor que

unas cuantas pesadillas o un cuento de fantasmas contado dos veces por mes. Creían

en la eficacia del conocimiento Veía, no obstante, un plano de tinieblas, creado por la

pantalla de una lámpara, y proyectado sobre la frente y los pensamientos de John

Jaffrey. John está muriéndose en este momento. Hay una clase de conocimiento que

ellos nunca afrontaron, a pesar de las historias que cuentan. Y cuando aquel

pensamiento asaltó su cabeza menuda y bien cuidada, fue como si lo que estaba

involucrado en dicho conocimiento estuviese allí, en algún punto, afuera, entre los

primeros signos del invierno. Afuera, pero cada vez más cerca de ellos.

Sears dijo:

—Hemos decidido, Ricky. Es lo mejor. No podemos consumirnos en nuestro

propio jugo. Ahora —dijo mirando en torno de sí, el círculo que formaban y en un

sentido metafórico, frotándose las manos, preguntó—: ¿Ahora que esto está decidido,

quién, como dijo Lewis, está en la cancha esta noche?

En el interior de Ricky Hawthorne el pasado se desplazó de pronto y le

devolvió un momento tan fresco y completo, que supo que tenía una historia que

contar, a pesar de no haber tenido planeado nada y creído que tendría que abstenerse

de hablar. Dieciocho horas del año 1945 brillaron con toda nitidez en su memoria y le

hicieron anunciar:

—Bien, me toca a mí.

2

Cuando los otros dos se fueron, Ricky se quedó, después de decirles que no

tenía prisa en salir al frío. Lewis le dijo:

—Te dará un poco de sangre en las mejillas, Ricky. —El doctor Jaffrey, en

cambio, se limitó a hacer un gesto. Realmente hacía un frío inusitado para octubre,

tanto frío como para que nevase. Sentado a solas en la biblioteca mientras Sears se

alejaba a servir algo más de bebida, Ricky oyó el ruido del automóvil de Lewis al

ponerse en marcha. Lewis tenía un Morgan importado de Inglaterra cinco años atrás

y era el único modelo deportivo cuyo aspecto agradaba a Ricky. En una noche como

esta, no obstante, la capota de tela no sería mucha protección y Lewis daba la

impresión de tener dificultades para poner en marcha el motor.

Por fin, estaba en

marcha ahora. En esos inviernos del Estado de Nueva York hacía falta, en realidad,

algo más grande que ese pequeño Morgan de Lewis. El pobre John estaría congelado

cuando Lewis llegase con él a casa y lo dejase en manos de Milly Sheehan en la gran

mansión de Montgomery Street, doblando la esquina y unas siete cuadras de

distancia. Milly estaría sentada en la semioscuridad de la sala de espera del doctor,

manteniéndose despierta para poder levantarse de un salto tan pronto como oyese la

llave en la puerta, ayudarlo a quitarse el sobretodo y servirle chocolate bien caliente.

Mientras Ricky estaba sentado allí, escuchando, el motor del Morgan carraspeó y dio

señales de vida. Los oyó alejarse, e imaginó a Lewis encasquetándose el sombrero,

sonriendo al mirar a John y diciendo: «¿No te dije que este encanto cumpliría?».

Después de dejar a John en su casa, saldría de la ciudad y tomaría la Ruta 17 hasta

llegar a los bosques y volvería así a la propiedad que se había comprado a su regreso.

Fuera lo que fuese que había hecho Lewis en España, la verdad era que había ganado

mucho dinero.

La casa de Ricky estaba virtualmente a la vuelta de la esquina, a menos de cinco

minutos de marcha. Antes Sears y él acostumbraban ir caminando a la oficina todos

los días. Cuando había buen tiempo todavía lo hacían. Stella los llamaba «Mutt y

Jeff», como los cómicos personajes de historieta. Esto se dirigía más a Sears que a él

mismo. A Stella nunca le había gustado mucho Sears. Sin duda nunca dejó que esta

antipatía interfiriese con sus intentos de tratar de dominarlo un poco. Era indudable

que Stella no estaría también esperándolo levantada con chocolate caliente.

Seguramente se había acostado hacía horas, después de dejar una luz encendida

arriba. Stella consideraba que si él iba a divertirse a case sus amigos y no la llevaba,

bien podía arreglarse en la oscuridad al volver a casa y golpearse las rodillas contra

el vidrio y el metal cromado de los muebles modernos que ella le había hecho

comprar.

Sears volvió a la biblioteca con dos vasos en las manos y un nuevo cigarro

encendido en la boca.

—Sears —le dijo Ricky—. Creo que eres la única persona ante quien podría yo

admitir que a veces desearía no haberme casado.

—No malgastes tu envidia en mí —repuso Sears—. Estoy demasiado viejo,

gordo y cansado.

—No eres nada de eso —aseguró Ricky, tomando el vaso que le ofrecía su

amigo—, te das simplemente el lujo de poder fingir que eres viejo, gordo y que estás

cansado.

—Te diré que te ganaste el premio mayor —dijo Sears—. La razón por la cual

nunca dirías lo que acabas de decir a nadie más es que la gente se quedaría atónita.

Stella es una belleza famosa, y si se lo dijeras a ella, te mataría. —Sears se sentó en el

sillón que había ocupado antes, extendió las piernas y las cruzó a la altura de los

tobillos—. Prepararía un cajón, te metería dentro, te enterraría en cinco minutos y

luego se escaparía con un cuarentón de aspecto atlético con olor a mar y a loción

capilar. La razón por la cual puedes decírmelo a mí es que... —Sears vaciló y Ricky

temió que le dijese

«a veces yo también desearía que no te hubieses casado»—. ...¿Será

acaso que yo estoy

hors de combat, o mejor dicho, hors commerce?

Mientras escuchaba a su socio y sostenía su vaso en la mano, Ricky pensó en

John Jaffrey y Lewis Benedikt alejándose a toda velocidad hacia sus casas, en su

propia casa recientemente decorada de nuevo. Tuvo conciencia entonces de lo

estables que eran sus vidas, de cuánto en ellas se había convertido en una cómoda

rutina.

—Bien, ¿cuál de las dos posibilidades? —preguntó Sears. Ricky repuso:

—Ah, en tu caso es

hors de combat, estoy seguro —y al decirlo sonrió, con una

intensa conciencia de lo próximos que estaban el uno al otro. Recordó lo que había

dicho antes: «Todo cambio es para peor» y pensó: «Es verdad, por desgracia». De

pronto vio a todos ellos, sus viejos amigos, él mismo, como si estuviesen suspendidos

en un plano frágil e invisible muy alto en el aire sombrío.

—¿Sabe Stella que sufres pesadillas? —le preguntó Sears.

—Bien, yo no sabía que tú lo sabías —repuso Ricky, como si fuera un chiste.

—No vi razón para hablar de ellas.

—¿Y tienes pesadillas desde hace...?

Sears se echó atrás más aún en su asiento.

—¿Tú tienes las tuyas desde...?

—Hace un año.

—Yo también. Un año. Y también los otros dos, según parece.

—Lewis no parece muy afectado.

—Nada afecta a Lewis. Cuando el Creador hizo a Lewis, dijo: «Te daré un

rostro hermoso, un buen físico y un genio parejo, pero como éste es un mundo

imperfecto, seré menos generoso en cuanto a seso». Se enriqueció porque le gustaban

los puertos de pesca españoles, no porque supiese lo que iba a ocurrir con ellos.

Ricky pasó por alto el comentario. Todo formaba parte de la forma en que Sears

acostumbraba caracterizar a Lewis.

—¿Comenzaron después de la muerte de Edward?

Sears hizo un gesto afirmativo con su gran cabeza.

—¿Qué crees

que le sucedió a Edward? —preguntó Ricky.

Sears se encogió de hombros. Habían formulado demasiadas veces la misma

pregunta.

—Como sin duda sabes, no sé más que tu.

—¿Crees que seremos más felices si lo establecemos?

—¡Vaya, qué pregunta! Tampoco puedo responder a eso, Ricky.

—.La verdad es que yo no lo creo. Nos pasará algo terrible. Creo que nos

acarreará el mayor de los desastres si invitas a ese joven Wanderley.

—Qué superstición —dijo Sears—. Qué disparate. Creo que algo terrible nos ha

sucedido ya y que este muchacho Wanderley es quien puede tal vez aclararlo.

—¿Leíste su libro?

—¿EI segundo? Lo hojeé.

Era una forma de admitir que lo había leído.

—¿Qué te pareció?

—Un buen ejercicio de literatura de costumbres. Más literario que la mayoría.

Unas cuantas frases bien construidas, una buena trama.

—Pero, sus intuiciones...

—No creo que nos rechace de inmediato como a un grupo de viejos tontos. Eso

es lo principal.

—Ojalá hiciera eso —se lamentó Ricky—. No quiero que nadie venga a hurgar

dentro de nuestras vidas. Lo único que quiero es que las cosas sigan como hasta

ahora.

—Pues es posible que empiece a hurgar, como dices, y termine por

convencernos de que estamos creándonos los propios fantasmas. Y puede ser que

Jaffrey deje de torturarse por esa maldita fiesta. Insistió en darla sólo porque quería

conocer a esa actriz insignificante. Esa chica de Moore.

—Pienso mucho en esa fiesta —dijo Ricky—. He estado tratando de recordar

cuándo la vi aquella noche.

—Yo la vi —afirmó Sears—. Estaba conversando con Stella.

—Es lo que dicen todos. Todo el mundo la vio hablando con mi mujer. Pero,

¿adónde fue después?

—Estás poniéndote tan mal como John. Esperemos hasta ver al joven

Wanderley. Necesitamos un punto de vista nuevo.

—Creo que lo lamentaremos —insistió Ricky, por última vez—. Creo que será

nuestra ruina. Seremos como esos animales que se comen la propia cola. Tenemos

que dejar todo esto atrás.

—Está decidido. No seas melodramático.

Quedó, entonces, decidido. No era posible hacer cambiar de idea a Sears. Ricky

lo consultó sobre otra idea que lo preocupaba.

—Durante nuestras veladas, ¿sabes siempre lo que vas a decir, cuando te toca a

ti hablar?

Los ojos de Sears lo miraron, maravillosos, límpidos, azules.

—¿Por qué?

—Porque yo no lo sé. La mayoría de las veces. Me siento, espero y de pronto me

llega, como esta noche. ¿A ti te sucede lo mismo?

—Con frecuencia. Aunque eso no prueba nada.

—¿Será el caso de los otros, también?

—No veo por qué habría de serlo. Vamos, Ricky, tengo ganas de dormir y debes

irte a casa. Stella debe estar esperándote.

No sabía si Sears estaba mostrándose irónico o no. Se tocó la corbata de lazo.

Las corbatas de lazo eran parte de su vida, como la Chowder Society, que Stella

apenas podía soportar.

—¿De dónde salen estas historias? —preguntó.

—De nuestros recuerdos —dijo Sears—, o si te gusta más, de nuestros

subconscientes sin duda freudianos. Vamos. Tengo ganas de estar solo. Tengo que

lavar los vasos antes de acostarme.

—¿Puedo preguntarte una vez más...?

—¿Y ahora, qué?

—...si podrías desistir de escribir al sobrino de Edward? —Ricky se levantó y su

propia audacia le hizo latir con fuerza el corazón.

—Mira que eres insistente, ¿eh? Sin duda puedes pedírmelo, pero cuando

volvamos a reunirnos, él habrá recibido ya mi carta. Creo que será para bien de

todos.

Ricky hizo un gesto de duda y Sears dijo:

—Insistente, sin ser agresivo. —Se parecía mucho a algo que podría haber dicho

Stella. Y entonces Sears lo sorprendió al añadir—: Es una buena cualidad, Ricky.

Junto a la puerta, Sears le sostuvo el sobretodo cuando se lo puso.

—Me pareció que el aspecto de John era peor esta noche —dijo. Sears abrió la

puerta a la noche oscura iluminada por los faroles frente a la casa. La luz anaranjada

brillaba sobre el césped agostado y corto y sobre la acera angosta, ambos cubiertos de

hojarasca. Por el cielo negro se desplazaban enormes nubes oscuras. Había sensación

de invierno.

—John está muriéndose —dijo Sears sin emoción alguna en la voz, expresando

el propio pensamiento de Ricky—. Cariños a Stella.

La puerta se cerró detrás de Ricky, el hombrecito atildado que estaba ya

tiritando bajo el aire frío de la noche.

Sears James

1

Pasaban la mayoría de los días juntos en la oficina, pero Ricky rindió homenaje

a la tradición al esperar hasta la reunión siguiente en casa del doctor Jaffrey para

formular a Sears la pregunta que lo había obsesionado durante dos semanas.

—¿Enviaste la carta?

—Desde luego. Te dije que la mandaría.

—¿Qué le dijiste?

—Lo que convenimos decirle. También mencioné la casa y le dije que esperaba

que no decidiera vender sin verla primero. Todas las cosas de Edward están todavía

allí, por supuesto, incluidos sus papeles. Yo no tengo ánimo para revisarlos. Puede

ser que él quiera hacerlo.

Estaban algo apartados de los otros dos, junto a la puerta que conducía al

living-room de Jaffrey. John y Lewis estaban sentados en sillones victorianos en un

rincón del primero de los cuartos, conversando con el ama de llaves del doctor, Milly

Sheehan, quien estaba sentada en un taburete frente a ellos, sosteniendo en equilibrio

una bandeja floreada con sus bebidas. Como a la mujer de Ricky, a Milly le resentía

que no la incluyesen en las reuniones de la Chowder Society. En contraste con Stella

Hawthorne, en cambio, siempre acechaba en las cercanías de donde estaban los

hombres, entrando con recipientes llenos de hielo, con sandwiches, o con café.

Irritaba a Sears casi tanto como un moscardón de los que se golpean en verano contra

las ventanas. En muchos sentidos, Milly Sheehan era preferible a Stella Hawthorne:

menos cargosa, menos compulsiva. Era obvio, además, que cuidaba bien a John. A

Sears le gustaban las mujeres que servían a sus propios amigos. Para Sears, no era

posible responder en uno u otro sentido al interrogante sobre el cuidado que había

prestado Stella a Ricky.

Sears miró ahora a la persona que el destino había colocado más cerca de él que

ninguna otra en el mundo y decidió que Ricky estaba pensando que se había

escabullido para no responder a la última de sus preguntas.

—Muy bien —admitió—. Le dije que no estábamos conformes con lo que

sabíamos sobre la muerte de su tío. No mencioné a la señorita Galli.

—Gracias a Dios —dijo Ricky y se alejó por la sala a reunirse con los otros.

Milly se levantó, pero con una sonrisa Ricky le hizo un gesto de que permaneciera

sentada. Caballero innato, Ricky siempre se había mostrado encantador con las

mujeres. Había un sillón a menos de un metro de distancia, pero se negó a sentarse

hasta que Milly lo invitó a ocuparlo.

Sears dejó de mirar a Ricky para contemplar el familiar living-room del piso

alto. John Jaffrey había hecho de toda la planta baja su consultorio médico, con salas

de espera, salas de consulta y una pequeña farmacia. Las otras dos habitaciones de la

planta baja eran el departamento de Milly. John pasaba el resto de su vida en este

piso alto, donde antes había solamente dormitorios. Hacía por lo menos sesenta años

que Sears conocía el interior de la casa de John Jaffrey: durante su propia infancia

había vivido dos casas más lejos en la misma calle, pero en la acera opuesta. Es decir,

el edificio que siempre había considerado como la «casa de la familia» siempre

estuvo allí, y a él se volvía de vacaciones, desde el internado o desde Harvard. En

aquella época la casa de Jaffrey pertenecía a una familia llamada Frederickson, con

hijos mucho menores que Sears. El señor Frederickson había sido comerciante de

granos, un hombre enorme y astuto, voraz consumidor de cerveza, con pelo rojizo y

rostro rubicundo, que a veces mostraba un extraño tinte azulado. Su mujer había sido

la más apetecible que Sears había conocido jamás. Era alta, con el pelo recogido en

torzadas, de un tono entre castaño y bronceado, con un rostro exótico y felino y

pechos salientes. Eran estos pechos lo que más había fascinado a Sears entonces.

Cuando conversaba con Viola Frederickson, tenía que luchar por no dejar de mirarla

a la cara.

Durante el verano, cuando estaba de vacaciones del internado y entre viajes

periódicos al campo, era

baby-sitter de la familia. Los Frederickson no podían

permitirse tener una niñera permanente, a pesar de contar con una muchacha del

Hollow que dormía en la casa y actuaba como cocinera y mucama. Seguramente a

Frederickson le divertía muchísimo que el hijo del profesor James cuidase de sus

varones. Sears contaba con sus propias diversiones. Le gustaban los chicos y

disfrutaba del hecho de que lo consideraran un héroe, actitud que tanto se parecía a

la de los internos menores del Hill School. Cuando los chicos se dormían, le gustaba

vagar por la casa y satisfacer su curiosidad. Leyó su primera carta en francés cuando

la encontró en el cajón de la cómoda de Abel Frederickson. Sabía que hacía mal al

meterse en los dormitorios, pero no podía contenerse. Una noche abrió el escritorio

de Viola Frederickson y encontró una fotografía de ella, increíblemente joven,

increíblemente incitante, exótica, cálida, especie de icono o imagen representativa de

la otra mitad de la especie. Al contemplar el pecho que hinchaba la tela de su blusa,

se le llenó la mente de sensaciones sobre su peso, su turgencia. Se excitó tanto que era

como si tuviese un tronco entre las piernas: era la primera vez que su sexualidad lo

asaltaba con tanta fuerza. Dejó escapar un gemido, se apartó de la fotografía y vio

entonces una de las blusas de ella doblada sobre la cómoda. Tampoco pudo

contenerse. La acarició, vio los puntos donde la blusa se combaría al contener aquel

pecho; la carne parecía estar presente bajo sus manos. De inmediato, la vergüenza lo

golpeó como un puñetazo. Hizo un rollo con la blusa, la guardó en su cartapacio

escolar y cuando volvía a su casa, dio un rodeo y arrojó la prenda, en una época

impecable, al río. Nadie mencionó nunca la blusa robada, pero fue la última vez que

le pidieron que fuese

baby-sitter.

Por las ventanas detrás de la cabeza de Ricky Sears veía el farol callejero que

brillaba sobre el segundo piso de la casa adquirida por Eva Galli, cuando

obedeciendo a quién sabe qué impulso o capricho, se instaló en Milburn. La mayor

parte del tiempo lograba no pensar en Eva Galli y en la casa donde vivió. Imaginaba

que en aquel momento tenía conciencia de ello —o de la casa que brillaba delante de

ellos detrás de la ventana— a causa de una relación hecha por su mente entre ella y la

escena ridícula que acababa de recordar.

«Quizá debí irme de Milbum mientras podía hacerlo», pensó. El dormitorio

donde había muerto Edward Wanderley hacía exactamente un año estaba arriba de

aquel cuarto. Por un acuerdo tácito, nadie aludió al hecho de que la reunión tuviese

lugar en esta casa y el día del aniversario de la muerte de su amigo. Una fracción del

sentimiento de infortunio de Ricky desfiló por su propia mente, pero en seguida

pensó: «

Viejo tonto, sigues sintiendo culpa apropósito de esa blusa. ¡Tonto!»

2

—Esta noche es mi turno —dijo Sears y se reclinó lo más cómodamente posible

en el sillón más grande de Jaffrey, cuidando quedar de espaldas a la antigua casa de

Eva Gaffi.

—Quiero relatarles algunos hechos que me ocurrieron cuando era un joven que

aspiraba a dedicarse a la enseñanza en un sector rural próximo a Elmira. Digo, mejor

«probar» la enseñanza, porque aún entonces, al comienzo de mi primer año, no

estaba seguro de estar destinado a esta profesión. Había firmado un contrato por dos

años, pero no creía que pudiesen retenerme si yo decidía renunciar. Bien, una de las

cosas más terribles de mi vida me sucedió allí, o bien no sucedió y fue todo fruto de

mi imaginación, pero, de todos modos, me dio un susto horroroso y por fin eso hizo

imposible que continuara en mi puesto. Esta es la peor historia que yo conozco, y la

he mantenido encerrada en el fondo de mi mente durante cincuenta años.

—Ustedes saben cuáles eran los deberes de un maestro de escuela en aquella

época. No se trataba de una escuela urbana y tampoco de un internado como el Hill

School. Dios sabe que era a ese internado a donde debí haberme dirigido, pero en ese

momento tenía una cantidad de ideas complicadas. Me imaginaba como un auténtico

Sócrates campesino que llevaría la luz de la razón al desierto. ¡Desierto! Entonces, las

inmediaciones de Elmira no eran otra cosa, pero hoy no hay ni siquiera un suburbio

donde se encontraba entonces la pequeña población. En el punto donde se levantaba

entonces la escuela se construyó una encrucijada de carreteras en cuatro direcciones.

Todo allí está enterrado bajo el cemento. Se llamaba Cuatro Caminos, pero ya no hay

nada. En cambio, entonces, cuando me tomé estas vacaciones sabáticas fuera de

Milburn, era una típica población rural con diez o doce casas, una tienda de ramos

generales, una oficina de correos, una herrería y una escuela. Todos los edificios eran,

en general, exactamente iguales, de madera que no había sido pintada en muchos

años, un poco grisáceos, un poco tétricos. La escuela tenía una sola aula, desde luego

una sola aula para las ocho clases. Cuando me entrevistaron me dijeron que viviría

en casa de los Mather, quienes habían ofrecido los términos más razonables por mi

pensión y pronto habría de descubrir la razón, y que mi jornada empezaría a las seis

de la mañana. Tenía que hachar la leña para la estufa de la escuela, encender fuego,

barrer todo, poner en orden los libros, bombear el agua, limpiar las pizarras... y aun

lavar las ventanas cuando fuese necesario.

Luego a las siete y media, llegaban los alumnos. Y mi trabajo consistía en

enseñar en los ocho niveles, lectura, escritura, aritmética, música, geografía,

caligrafía, historia... todo. Hoy en día huiría de semejante perspectiva, pero entonces

estaba lleno de imágenes de Abraham Lincoln sentado en la punta de un tronco, con

Mark Hopkins en el otro y tenía gran entusiasmo por comenzar. Me encantaba la

idea. Estaba loco. Y supongo que aun entonces la población agonizaba, pero yo no lo

advertí. Lo que yo veía era esplendor... esplendor y libertad. Un poco raído, quizá,

pero siempre era esplendor.

Verán ustedes. Yo

no sabía. No podía adivinar cómo serían la mayoría de mis

alumnos. No sabía que la mayor parte de los maestros de escuela en esas pequeñas

aldeas eran muchachos de diecinueve años, sin más educación de la que imparten.

No sabía qué lleno de barro y qué desagradable sería un lugar como Cuatro Caminos

durante casi todo el año. Tampoco sabía que era una condición para mi empleo que

me presentase en la iglesia de la población vecina todos los domingos, lo cual

significaba una marcha de más de diez kilómetros. No sabía qué duro sería. No sabía

que pasaría hambre muy a menudo.

Comencé a descubrirlo cuando fui con mi valija a la casa de los Mather esa

primera noche. Charlie Mather había sido jefe de correos del pueblo, pero cuando

asumieron el poder los republicanos nombraron en su lugar a Howard Hummell y

Charlie Mather nunca dejó de sentirse resentido. Siempre estaba de mal humor.

Cuando me llevó al cuarto que habría de ocupar, vi que no estaba terminado, que el

piso era de madera sin cepillar y que el techo carecía de cielo raso y dejaba ver las

vigas y las tejas.

—Estábamos preparando este cuarto para nuestra hija —me dijo Mather—,

pero se murió. Una boca menos que alimentar.

La cama era un colchón desvencijado en el suelo, cubierto por una vieja manta

del ejército. En invierno no hacía calor en aquel cuarto ni como para abrigar a un

esquimal. Vi, sin embargo, que había una mesita y una lámpara de querosén y como

todavía estaba soñando, dije que todo estaba muy bien, que me encantaría vivir allí,

y cosas por el estilo. Mather dejó oír unos gruñidos de incredulidad y no cabe

culparlo por ello.

La cena consistió esa noche en papas y maíz con salsa blanca.

—Aquí no comerá carne —me dijo Mather—, a menos que economice y se la

compre usted. Lo que me pagan es para que usted subsista, pero no para que

engorde.

No creo haber visto carne más que seis veces en casa de los Mather y eso

sucedió en una sola oportunidad, cuando alguien le regaló un ganso y comimos

ganso todos los días hasta que se acabó. Por fin algunos de mis alumnos empezaron

a traerme sandwiches de jamón y de carne, pues sabían que Mather era un avaro.

Mather comía su comida más importante al mediodía, pero insistía en cuanto a mi

obligación de pasar esa hora del almuerzo en la escuela, «ayudando un poco y

repartiendo castigos».

En efecto, allá creían en el castigo corporal. Había enseñado ya ese primer día

cuando descubrí el asunto de lavara. Dije «enseñando», pero en realidad, lo único

que logré fue mantenerlos quietos durante unas pocas horas, hacerles escribir sus

nombres y formularles unas cuantas preguntas. Fue una sorpresa. Sólo dos de las

niñas mayores sabían leer, su conocimiento de la aritmética se limitaba a sumas y

restas simples y no solamente muy pocos de ellos habían oído hablar de países

extranjeros, sino que uno de mis alumnos no podía creer que existiesen.

—No, nada de eso —me dijo un niño flaco de diez años—. ¿Un lugar donde la

gente no sea ni siquiera norteamericana? —No pudo seguir hablando, pues la sola

idea absurda le hizo reír a carcajadas y desplegar una dentadura horrorosa y

ennegrecida.

—¿Y la guerra, tonto? —le preguntó otro chico—. ¿Nunca oíste hablar de los

alemanes? —Antes de que yo pudiese reaccionar, el primer chico saltó sobre su

pupitre y comenzó a pegarle al segundo. Daba la impresión de que estaba empeñado

en asesinarlo. Traté de separarlos, las chicas estaban todas chillando a la vez, y así del

brazo al agresor.

—Tiene razón —dije—. No debió insultarte, pero tiene razón. Los alemanes son

la gente que vive en Alemania y la guerra mundial... —De pronto callé, porque el

chico me gruñía como un perro salvaje y por primera vez advertí que no era un chico

normal y que aun podría ser retardado. Estaba pronto a morderme—. Y ahora, pide

disculpas a tu amigo —le dije.

—No es mi amigo.

—Pide disculpas —repetí.

—Es loco, señor —dijo el otro chico. Estaba pálido y tenía una expresión de

susto en los ojos, además de un ojo que comenzaba a verse amoratado—. No debí

decirle nada.

Pregunté al primero de los chicos cómo se llamaba.

—Fenny Bate —logró balbucear. Estaba más tranquilo. Mandé al segundo chico

a sentarse.

—Fenny —dije—. La dificultad es que estás equivocado. Los Estados Unidos no

es el mundo entero, así como Nueva York no es todo los Estados Unidos. —Esto era

demasiado complicado y no me seguía. Lo llevé entonces al frente del aula y lo hice

sentarse mientras dibujaba mapas en el pizarrón—. Esto es los Estados Unidos de

Norteamérica y esto es México, y esto es el océano Atlántico...

Fenny movía la cabeza con aire sombrío.

—Mentiras —dijo—. Todo eso es mentira. Todo eso no está allí. ¡NO ESTÁ! Al

tiempo que gritaba esto, empujó su pupitre y éste cayó al suelo con estrépito.

Le ordené que levantara su pupitre y cuando él se limitó a mover la cabeza y a

balbucear otra vez, lo levanté yo mismo. Algunos de los chicos contuvieron una

exclamación.

—¿De modo que nunca oíste hablar de mapas, ni de otros países?

El hizo un gesto afirmativo.

—Pero todo es mentira —dijo.

—¿Quién te lo dijo?

Movió entonces la cabeza, pero no dijo nada más. Si hubiese mostrado signos

de vergüenza, habría supuesto que había obtenido la información de sus padres,

pero no era así. Estaba sencillamente furioso y lleno de resentimiento.

A mediodía los chicos llevaron sus bolsitas de papel al patio y comieron sus

sandwiches. Sería una exageración haber llamado a aquel espacio patio de juegos,

aunque había un número de columpios desvencijados en los fondos. Yo vigilaba a

Fenny Bate. La mayoría de los otros chicos se mantenían apartados de él. Cuando

salía de su ensimismamiento e intentaba acercarse a un grupo, los otros se alejaban

en forma bien ostensible y lo dejaban solo, con las manos metidas en los bolsillos. De

vez en cuando una niña delgada con pelo rubio y lacio se le acercaba y le hablaba. Se

parecía un poco a él e imaginé que era su hermana. Consulté mi lista de alumnos:

Constance Bate, de quinto grado. Había sido una de las niñas silenciosas.

Luego, cuando volví a mirar a Fenny vi a un hombre de aspecto extraño de pie

en la calle fuera del edificio, mirando en dirección al patio, como yo. Por alguna

razón, el hombre me chocó. No era sólo que su aspecto fuera raro, aunque lo era, con

su ropa de trabajo muy vieja, su hirsuto pelo negro, sus mejillas pálidas en un rostro

bastante apuesto y sus hombros y brazos musculosos. Era la forma en que miraba a

Fenny Bate. Tenía un aspecto sobrenatural. Con todo ese aspecto abandonado había

en él una libertad que iba más lejos que el simple aplomo, en la forma en que

permanecía allí, una libertad más profunda que el simple desenfado. Me pareció

sumamente peligroso y tuve la sensación de ser transportado a un ámbito en el cual

hombres y niños eran bestias salvajes disfrazadas. Aparté los ojos, casi alarmado por

la expresión salvaje en el rostro del hombre y cuando volví a mirar, había

desaparecido.

Mis ideas sobre el lugar se confirmaron esa noche, cuando había olvidado ya

del todo al hombre que había estado en la calle. Había subido a mi cuarto lleno de

corrientes de aire a tratar de preparar mis clases para el día siguiente. Sería necesario

enseñar las tablas de multiplicar a las clases superiores, y a todos les vendría bien un

poco de geografía sumamente simple... estaba pensando en todo esto cuando

Sophronia Mather entró en mi cuarto. Lo primero que hizo fue bajar la llama de mi

lámpara de querosén.

—Esa llama es para la noche bien oscura, no para el crepúsculo —me dijo—. No

podemos permitir que nos use todo el querosén. Tendrá que aprender a leer sus

libros con la luz que Dios le da.

Sentí sorpresa al verla en mi cuarto. La noche anterior, durante la cena, no había

hablado y a juzgar por su cara, hundida, cetrina y tirante como un parche de tambor,

se habría dicho que el silencio era su norma habitual. Sabía dar mucha expresión a

sus silencios, debo decir. Más tarde descubriría yo que aparte de su marido, no temía

dirigirle la palabra a nadie.

—Vine a interrogarlo, maestro —me dijo—. Están hablando.

—¿Ya? —pregunté.

—Con su manera de comenzar, ha sido una especie de fin y ahora que empezó

así, proseguirá de la misma forma. Me dijo Mariana Birwood que tolera el mal

comportamiento en sus clases.

—No creo haberlo tolerado —dije.

—Su Ethel lo dijo.

No pude mostrar por mi expresión que reconocía el nombre Ethel Birwood,

pero recordé haberlo llamado en mi lista. Era una de las mayores, la de quince años,

según creía.

—¿Y qué dice Ethel Birwood que toleré? —quise saber.

—A ese Fenny Bate. ¿No le pegó con los puños a otro niño? ¿En sus propias

narices?

—Le hablé.

—¿Le habló? Es inútil hablarle. ¿Por qué no recurrió a la férula?

—No tengo férula.

Ahora sí que estaba realmente escandalizada.

—Pero, hay que pegarles —dijo—. Es la única manera. Hay que pegar a uno o

dos por día. Y a Fenny Bate, más que al resto.

—¿Por qué a él en especial?

—Porque es malo.

—Vi que tiene dificultades, que es lento, que está perturbado —dije—, pero no

creo haber visto que sea malo.

—Es malo. Muy malo. Y los otros chicos cuentan con que se le pegue. Si sus

ideas son demasiado refinadas para nosotros, tendrá que irse de esta escuela. No son

solamente los chicos quienes esperan que use la férula. —La mujer se volvió, pronta a

retirarse—. Pensé que debería tener la cortesía de hablarle antes de que mi marido se

entere de que ha estado descuidando sus obligaciones. Vuelvo a decirle que le

conviene seguir mi consejo. No es posible enseñar sin castigar.

—Pero, ¿qué hace de Fenny Bate un chico tan malo? —pregunté, tratando de no

detenerme en el horroroso comentario último—. Sería sumamente injusto perseguir a

un niño que necesita ayuda.

—La vara es toda la ayuda que necesita. No es malo, sino la maldad en persona.

Tiene que hacerlo sangrar y mantenerlo quieto... mantenerlo

aplastado. Sólo trato de

ayudarlo, maestro. A nosotros nos viene muy bien la ayuda extra que nos da

mantenerlo en casa. —Con estas palabras, se retiró. Ni siquiera tuve tiempo de

preguntarle quién era ese hombre tan raro que había visto por la tarde.

Por otra parte, no tenía la menor intención de seguir haciendo mal a ese pobre

chivo emisario del pueblo.

(Milly Sheehan, con el rostro fruncido de desagrado, apoyó el cenicero que

había estado fingiendo lustrar, miró hacia las ventanas para asegurarse de que los

cortinados estuviesen bien corridos y se dirigió lentamente a la puerta. Sears, al hacer

una pausa en su relato, vio que había dejado un resquicio entreabierto.)

3

Sears James, al hacer una pausa en su relato y pensar con irritación que el

hábito de escuchar de Milly se volvía más y más ostensible cada mes, no tenía

conciencia de un hecho registrado esa tarde en la ciudad, un hecho que afectaría las

vidas de todos ellos. Era común en sí: el arribo de una mujer joven y de gran belleza

en un ómnibus Trailways, una mujer que bajó en la esquina del Banco y la biblioteca

y miró alrededor con la expresión de una mujer exitosa que vuelve a echar una

mirada nostálgica a su pueblo natal. Era lo que sugería, con su valijita en la mano y la

leve sonrisa posada en la hojarasca que se arremolinó de pronto en brillantes pilas.

Podría haberse dicho, al mirarla, que su éxito era medida de su venganza. Con su

hermoso abrigo largo y su abundante pelo oscuro, era como si hubiese llegado a

regocijarse, pero con discreción, de lo lejos que había llegado en la vida, como si en

ello residiera la mitad del placer que sentía al volver. Milly Sheehan, que estaba en la

calle haciendo las compras para el doctor, la vio de pie junto a la parada del ómnibus

cuando éste se alejaba hacia Binghamton y creyó por un instante conocerla. Lo

mismo le sucedió a Stella Hawthorne, que estaba tomando café junto a un ventanal

del restaurante Village Pump. Siempre sonriente, la muchacha de pelo oscuro pasó

delante del ventanal y Stella volvió la cabeza para observarla cruzar la plaza y subir

la escalera del hotel Archer. Su acompañante, profesor asociado de antropología de la

Universidad del Estado de Nueva York, próxima a Millburn, y cuyo nombre era

Harold Sims, dijo:

—¡El escrutinio a que somete una mujer hermosa a otra también hermosa!

Nunca te vi hacer eso antes, Stel.

Y ella, que odiaba que la llamasen «Stel» dijo:

—¿La encontraste hermosa?

—Mentiría si te dijera que no.

—Bien, si encuentras que yo también soy hermosa, está bien. —La sonrisa que

dirigió a Sims era algo maquinal. Sims tenía veinte años menos que ella y estaba

enamorado. Miraba en dirección al hotel Archer, donde la muchacha alta pasaba en

ese momento por la puerta y desaparecía en el interior.

—Si está bien, ¿por qué la miras tanto?

—Nada, es sólo que... —Stella calló—. No es nada, en realidad. Es el tipo de

mujer que deberías estar invitando a almorzar, en lugar de un monumento arruinado

como yo.

—Ja, si crees eso... —dijo Sims, y trató de tomarle la mano debajo de la mesa.

Stella se la apartó con la punta de los dedos. Nunca le había gustado que la

acariciasen en un restaurante. Le habría encantado propinarle una buena palmada en

esa manaza.

—Stella, dame una oportunidad.

Stella lo miró con fijeza a los ojos, ojos de mirada suave y dijo:

—¿No sería mejor que vuelvas a tus simpáticas estudiantes?

Entretanto la mujer estaba registrándose en el hotel. La señora Hardie, que

administraba el hotel con su hijo desde la muerte de su marido, apareció de su

oficina y se acercó a la hermosa joven en el otro lado del mostrador.

—¿En qué puedo servirla? —preguntó y a la vez pensó: «¿Cómo voy a

mantener a Jim alejado de ésta?»

—Necesito un cuarto con baño —dijo la muchacha—. Quiero parar aquí hasta

que encuentre algo para alquilar en esta ciudad.

—¡Qué bien! —exclamó la señora Hardie—. ¿Piensa mudarse a Milburn? Vaya,

cuánto me alegro. La mayoría de la gente joven de aquí arde por irse. Como mi Jim,

que le llevará las valijas. Piensa que cada día aquí es como un día más en la cárcel.

Desea ir a Nueva York. ¿Es de allí de donde viene usted?

—Viví allí. Pero parte de mi familia vivió aquí en una época.

—Bien, aquí están nuestras tarifas y aquí el registro —le dijo la señora Hardie,

pasándole una hoja mimeografiada y el gran registro encuadernado en cuero por

sobre el mostrador—. Encontrará que este hotel es agradable y tranquilo, sin fiestas

ruidosas de noche.

La muchacha había hecho un gesto afirmativo después de mirar los precios y

estaba firmando el registro.

—Nada de música en el cuarto, bajo ningún pretexto y desde luego, nada de

hombres en las habitaciones después de las once de la noche.

—Muy bien —asintió la muchacha, devolviéndole el registro. La señora Hardie

leyó el nombre escrito con rasgos claros y elegantes. Anna Mostyn, con una dirección

en una de las calles Ochenta del oeste de Manhattan.

—Muy bien —le dijo la señora Hardie entonces—. Lo que ocurre es que nunca

se sabe cómo van a actuar las chicas hoy en día, pero... —calló de pronto al mirar a la

muchacha a los ojos y ver la indiferencia expresada en ellos. Su primer pensamiento,

casi inconsciente, fue «es fría», pero a esto siguió otro, perfectamente consciente, de

que esta muchacha no tendría dificultades en manejar a Jim—. Anna es un nombre

tan bonito y tradicional —comentó.

—Sí.

Un poco desconcertada, la señora Hardie tocó la campanilla para llamar a su

hijo.

—En realidad, soy una mujer bastante anticuada —dijo Anna Mostyn.

—¿Dijo usted que tenía familiares en esta ciudad?

—Tenía familia, sí, pero hace mucho tiempo.

—Lo digo porque no reconocí el nombre.

—No, no lo reconocería. Una tía mía vivió aquí en una época. Se llamaba Eva

Galli. Pero probablemente usted no la conoció.

La mujer de Ricky, sentada sola en el restaurante, hizo chasquear de pronto los

dedos y dijo:

—Estoy envejeciendo.

De pronto recordó a quién le recordaba la muchacha. El camarero, uno de los

chicos que habían abandonado la escuela secundaria, a juzgar por su aspecto, se

inclinó sobre la mesa, pues no estaba seguro de si debía entregarle la cuenta después

de haberse retirado el hombre tan enojado, murmuró un ¿Mmmm?

—Váyase, tonto —dijo ella, a la vez que se preguntaba por qué, mientras una

mitad de los chicos que abandonaban el secundario sin terminar tenían aspecto de

matones, la otra mitad se parecía a fisicos—. Vamos, déme la cuenta antes de que se

caiga desmayado.

Jim Hardie miraba a hurtadillas a la muchacha mientras subían las escaleras y

cuando le abrió la puerta del cuarto y dejó su valija en el suelo, no pudo menos que

decirle:

—Espero que se quede aquí bastante tiempo.

—Creí que dijo que detestaba Milburn.

—No lo odio tanto ahora —dijo él, dirigiéndole la mirada que había hecho

derretirse a Penny Draeger en el asiento de atrás del automóvil la noche anterior.

—¿Por qué?

—Porque... —repuso él, pero no supo cómo continuar cuando vio en el rostro

de ella una resistencia a derretirse—. Porque... nada. Usted sabe.

—¿Yo sé?

—Mire, no quiero decir solamente que usted es tan linda, sino que... sabe lo que

quiero decir. Tiene clase. —Decidió mostrarse más osado de lo que se sentía en

realidad y añadió—: Las chicas con clase me atraen.

—¿Sí?

—Sí —dijo él y reforzó la afirmación con un gesto. No le comprendía. Si no

hubiese tenido intención de nada, debió haberle dicho que se fuera al precipicio. Pero

aunque le permitía quedarse allí, no daba muestras de estar halagada o interesada.

Ni siquiera parecía divertida. Y entonces lo sorprendió, al hacer lo que él esperaba

que hiciera. Se quitó el abrigo. En materia de pecho, no valía mucho, pero las piernas

estaban bien. Y luego, sin aviso previo, lo asaltó una total conciencia del cuerpo de

ella, una explosión de sensualidad pura, que no tenía nada que ver con las poses

forzadas de Penny Draeger ni de las otras chicas de la escuela secundaria con quienes

se había acostado, una ola de sensualidad pura, glacial, que lo avasalló.

—Ah —dijo, con una intensa esperanza de que no le ordenara retirarse—.

Apuesto a que tiene un buen empleo n Nueva York. ¿Qué hace? ¿Está en televisión, o

algo así?

—No.

Jimmy estaba inquieto.

—Bien —dijo—. No es como si no supiera su dirección, digamos. Quizá podría

subir de vez en cuando... A hablar un poco, ¿no?

—Tal vez. ¿Le gusta hablar?

—Aaah... Bueno, será mejor que baje. Quiero decir, que tengo que poner las

ventanas dobles para el invierno, con este frío que tenemos ya...

La muchacha se sentó en la cama y extendió una mano. Sin muchas ganas,

Jimmie se acercó a ella. Cuando le tocó la mano, ella deposité un billete de dólar muy

bien doblado en la palma de la suya.

—Le diré algo —dijo ella—. Yo encuentro que los botones no deberían usar

vaqueros. No les da buen aspecto.

Jimmie aceptó el dinero y demasiado confuso para darle las gracias, se alejó

precipitadamente.

«Era Ann-Veronica Moore, pensó Stella, esa actriz en casa de John la noche que

murió Edward». Stella permitió que el intimidado muchacho camarero le sostuviera

el abrigo de piel. «Ann-Veronica Moore... ¿Por qué pensó en ella?». La había visto

sólo unas pocas veces y esa chica no se parecía nada a ella, en realidad.

4

—No —prosiguió Sears—, estaba empeñado en ayudar a ese pobre chico, Fenny

Bate. No creía que existiese lo que se llama un chico malo, a menos que la

incomprensión y la crueldad lo hiciesen malo. Y se trataba de algo que era posible

corregir. Comencé, pues, mi modesto programa de salvataje. Cuando Fenny volcó su

pupitre al día siguiente, yo mismo se lo levanté, con gran disgusto de Los niños

mayores. A la hora del almuerzo le pedí que se quedara en el aula conmigo.

Los otros chicos salieron había un rumor de expectativa. Estoy seguro de que

imaginaban que le pegaría tan pronto como ellos se fueran. Luego advertí que su

hermana se quedaba en un rincón oscuro del cuarto.

—No lo castigaré, Contance —le dije—. Puedes quedarte también, si quieres.

¡Pobres chicos! Aun hoy los veo a ambos, con sus malas dentaduras y sus ropas

destrozadas, él lleno de suspicacia y ella, simplemente de temor... temor por él. Se

sentó muy despacio en una silla y yo comencé a ocuparme de corregir algunos de los

conceptos equivocados de Fennv. Le conté anécdotas de exploradores que yo

conocía, le hablé de Lewis, Clarke, Cortés, Nansen y Ponce de León, usando material

que más tarde emplearía en clase, pero nada surtió efecto alguno en Fenny. ¡

Sabía

que el mundo no llegaba a más de sesenta o setenta kilómetros de Cuatro Caminos y

que la gente dentro de este radio formaba la población del mundo! Se aferraba a esta

noción con la empecinada testarudez del retardado mental.

—¿Quién te dijo todo eso, Fenny? —le pregunté. Él agitó la cabeza—. ¿Lo

inventaste? —Volvió a agitar la cabeza negativamente—. ¿Fueron tus padres?

En su rincón oscuro, Constance dejó escapar una risa tonta, una risa desprovista

de humor. Me provocó escalofríos, pues creó imágenes en mí de una vida casi bestial.

Desde luego, era eso lo que tenían esos dos niños y los otros lo sabían. Y según me

enteré más tarde, era mucho peor, mucho más desnaturalizado que nada que yo

pudiese haber imaginado.

De rodos modos, levanté las manos en un gesto de desesperación, o de

impaciencia y esa pobre chica supuso que estaba por pegar a su hermano, porque me

gritó desde el fondo de la clase:

—¡Fue Gregory!

Fenny la miró y juro que nunca vi yo una mirada tan llena de miedo como

aquélla. En el instante siguiente Fenny se había levantado y salido corriendo del aula.

Traté de llamarlo para que volviera, pero fue inútil. Corría como loco en dirección al

bosque, en un galope semejante al de una liebre. La chica se quedó junto a la puerta,

mirando cómo se alejaba. Y ahora ella también tenía cara de susto y consternación.

Todo su ser dio la impresión de palidecer.

—¿Quién es Gregory, Constance? —le pregunté y ella hizo una mueca—.

¿Pasea a veces delante de la escuela? ¿Tiene el pelo así? —Al decir esto me acerqué

las manos a la cabeza con los dedos extendidos hacia arriba. A su vez ella salió

corriendo a toda velocidad.

Bien, esa tarde los demás alumnos me aceptaron como maestro. Suponían que

había castigado a los dos hermanos Batey participado así en el orden natural de las

cosas. Y esa noche obtuve, sino una papa más, por lo menos una sonrisa rígida de

Sophronia Mather. Era obvio que Ethel Birdwood había informado a su madre que el

nuevo maestro había aceptado ser razonable.

Fenny y Constance no fueron a la escuela los dos días siguientes. Me preocupó

el hecho y me dije que quizá había actuado con tanta torpeza que no volverían. El

segundo día estaba tan inquieto que durante la hora del almuerzo me paseé por el

patio de la escuela. Los chicos me miraban como quien mira a un loco peligroso. Era

obvio que el maestro debía permanecer en el aula, seguramente administrando

castigos con la férula. Oí entonces algo que me hizo detener bruscamente y volverme

con viveza hacia un grupo de niñas que estaban sentadas con aire de falsa modestia

en el césped. Eran las mayores, y una de ellas era Ethel Birdwood. Estaba seguro de

que le había oído mencionar el nombre de Gregory.

—Cuéntame acerca de Gregory, Ethel —le dije.

—¿Qué es Gregory? —me preguntó con una sonrisa afectada—. No hay nadie

de ese nombre aquí. —Me miró con ojos bovinos y tuve la certeza de que estaba

pensando en la tradición rural de que el maestro de escuela se casa con su alumna de

mayor edad. Tenía confianza en sí misma, esa chica Ethel, y su padre, fama de ser

próspero.

No me di por aludido.

—Acabo de oírte mencionar su nombre.

—Creo que oyó mal, señor James —me dijo con voz almibarada.

—No me gusta la gente mentirosa —afirmé—. Cuéntame de esta persona

llamada Gregory.

Sin duda todos supusieron que estaba amenazándola con la férula. Otra de las

niñas acudió en su ayuda.

—Estábamos diciéndonos que Gregory arregló esa acequia —dijo, señalando un

costado de la cueva. Una de las troneras para la lluvia era evidentemente nueva.

—Bien, no volverá a acercarse a esta escuela, si yo puedo evitarlo

—dije, y me alejé, dejándolas en medio de sus exasperantes risitas.

Después de la escuela ese mismo día decidí meterme en la cueva del león, por

así decir, y caminar hasta la casa de los Bate. Sabía que quedaba tan lejos del pueblo

como queda la casa de Lewis de Milbum. Tomé el camino que me pareció más

probable y había caminado bastante, cuatro o cinco kilómetros, cuando caí en la

cuenta de que seguramente había ido demasiado lejos. No había pasado delante de

casas, de modo que la de los Bate tenía que estar en el bosque, y no en el borde de

éste, como había imaginado. Tomé otra senda que me pareció posible, pensando que

describiría un camino en zigzag, yendo y viniendo por el bosque, en dirección al

pueblo, hasta que los encontrara.

Por desgracia, perdí el camino. Me interné en barrancas estrechas y subí

pendientes entre la maleza, hasta que no supe ya dónde estaba la carretera. Todo era

de una semejanza increíble. Luego, cuando comenzaba a anochecer, tuve la sensación

de que me observaban. Fue una sensación misteriosa, como saber que había un tigre

a mis espaldas, listo para saltar sobre mí. Me volví y apoyé la espalda en un gran

olmo y en ese instante vi algo. A unos treinta metros de donde estaba, se adelanté un

hombre, el hombre que había visto antes. Gregory, o por lo menos, supuse que era él.

No dijo nada, ni yo tampoco. Me miró, mudo, con ese pelo enmarañado y ese rostro

de color marfil. Sentí que el odio, un odio inmenso, brotaba de él. Lo rodeaba un aire

de violencia absolutamente demencial, además de la extraña libertad que intuí yo la

otra vez. Era un loco. Podría haberme matado en el bosque sin que nadie se enterase.

Y debo decir aquí que lo que vi en aquel rostro era el deseo de matar, de matar y

nada más. Cuando creía que se adelantaría a atacarme, se ocultó detrás de un árbol.

Avancé muy despacio.

—¿Qué quiere? —le grité, fingiendo valor. No tuve respuesta. Di unos pasos

más hasta que llegué al árbol junto al cual lo había visto, pero no había rastros de él.

Había desaparecido.

Seguía yo perdido y seguía sintiéndome amenazado, ya que su aparición había

significado eso para mí. Lo sabía... una amenaza. Di unos pasos más al azar, pasé

delante de otro grupo de árboles y me detuve bruscamente. Tuve un instante de

miedo. Delante de mí, mucho más cerca que la aparición, estaba una muchachita

delgada y pobremente vestida, con mechones de pelo rubio. Era Constance Bate.

—¿Dónde está Fenny? —le pregunté.

Constance levantó un brazo flaco y señaló hacia un costado. Fenny apareció a

su vez, como... «como una víbora de un cesto», debo reconocer, ya que es la metáfora

que se me ocurrió. Tenía en el rostro, mientras estaba parado allí entre la alta maleza,

aquella expresión de hostil culpabilidad.

—Estaba buscando tu casa —le dije. Los dos chicos señalaron el mismo punto,

sin hablar. Al mirar a través de un espacio entre los árboles, vi una choza cubierta de

papel alquitranado, con una ventana también cubierta con papel y una delgada

chimenea. Antes solía verse gran cantidad de esas casuchas, pero por suerte han

desaparecido hoy. Diré que ésta era la más sórdida que había visto en toda mi vida.

Sé que tengo fama de conservador, pero nunca identifiqué la virtud con el dinero, ni

la pobreza con el vicio. A pesar de ello, aquella choza mezquina y maloliente —

bastaba mirarla para saber que era maloliente— me dio la impresión, en cierto modo,

de respirar inmundicia. No, era peor que eso. No era tan sólo que las vidas en el

interior de ella estuviesen brutalizadas por la miseria, sino que además debían de ser

torcidas, deformadas... Se me cayó el alma a los pies, aparté la mirada y vi entonces

un perro muerto de hambre que olfateaba un montón de plumas que había sido

probablemente un pollo. Pensé que así debía haberse ganado Fenny la fama de ser

malo... La gente de miras estrechas de Cuatro Caminos había echado una sola mirada

a su casa y lo había condenado por el resto de su vida.

Y yo no deseaba entrar. No creía en el mal, pero sentía que el mal habitaba allí.

Me volví a mirar a los chicos otra vez y vi la expresión de miedo en sus ojos.

—Quiero verlos en la escuela mañana —les dije. Fenny se negó con la cabeza.

—Pero, yo quiero

ayudarlos —insistí. Estaba por decir un sermón, decirle que

quería cambiarle la vida, rescatarlo, en cierto sentido, supongo, hacerlo humano...

pero la expresión rígida y obstinada en su rostro me impidió hablar. Había algo más

en ella y tuve un

sbock al advertir que algo en Fenny me recordaba mi última visión

fugaz del misterioso Gregory.

—Debes volver a la escuela mañana —repetí.

—Gregory no quiere que vayamos —dijo Constance—. Dice Gregory que

tenemos que quedarnos aquí.

—Bien, yo digo que Fenny debe venir y tu también.

—Le preguntaré a Gregory.

—¡Al diablo con Gregory! —grité—. ¡Vendrán los dos! —y me alejé de prisa. No

dejé de sentir aquella extraña sensación hasta que encontré otra vez el camino. Era

como si estuviese huyendo de algo maldito.

Pueden imaginar cuál fue el resultado. No volvieron. Las cosas siguieron su

curso normal durante varios días y Ethel Birdwood y algunas de las otras chicas me

dirigían miradas derretidas cada vez que les hacía una pregunta en clase. Por mi

parte trabajaba duramente todas las noches en aquel cuarto semejante a una heladera

y me levantaba con un aspecto que no era precisamente el de Febo a una hora muy

temprana para preparar el aula. Por fin Ethel y otras de mis admiradoras

comenzaron a traerme sandwiches para el almuerzo. Solía guardarme uno en el

bolsillo para comerlo en mi cuarto después de la cena con los Mather.

Los domingos realizaba la larga marcha a Footville en mi obligada visita a la

iglesia luterana de allí. No resultaba tan mortal como había temido. El pastor era un

viejo alemán, Franz Gruber, que se hacía llamar «doctore Gruber». El doctorado era

auténtico, pues era de una mentalidad mucho más sutil de lo que habría hecho

imaginar el cuerpo obeso o la larga residencia en Footville, Nueva York. Hallaba

interesantes sus sermones y decidí trabar amistad con él.

Cuando por fin aparecieron los chicos Bate, daban la impresión de estar

fatigados, como quienes han pasado una noche bebiendo. Esto se convirtió en un

hábito establecido. Faltaban dos días, venían, faltaban tres y cada vez que los veía,

tenían peor aspecto. Fenny, en particular, parecía estar declinando. Era como si

sufriese un envejecimiento precoz. Estaba más delgado aún y la piel daba la

impresión de arrugársele en la frente y junto a los ojos. Y cuando lo miraba, juraría

que estaba riéndose de mí... ¡Fenny Bate riéndose de mí! A pesar de que no tenía

dudas de que carecía de la inteligencia suficiente para burlarse de mí. En el caso de

él, la expresión era más bien de corrupción y me asustaba.

En vista de la situación, un domingo después del servicio religioso hablé con el

doctor Gruber en la puerta del templo. Esperé para ser el último en estrecharle la

mano y cuando todo el mundo se alejó por el camino, le dije que necesitaba su

consejo en relación con un problema.

Seguramente pensó que deseaba confesar un pecado de adulterio o algo

semejante. Se mostró, no obstante, muy amable y me invitó a su casa, frente a la

iglesia.

Con gran cortesía me condujo a su biblioteca, un cuarto grande, enteramente

tapizado de libros. No había visto otro igual desde mi regreso de Harvard. Era, sin

duda alguna, el cuarto de un estudioso, de un hombre que se siente a sus anchas en

el mundo de las ideas y las maneja a gusto. La mayoría de los libros estaban escritos

en alemán, pero muchos lo estaban en latín y en griego. Tenía escritos de los grandes

padres de la Iglesia en tomos de cuero suave, comentarios de la Biblia, otros de

teología y esa gran ayuda en la preparación de sermones que es un índice alfabético

de términos bíblicos. En un anaquel cerca de su escritorio me sorprendió ver una

serie de tomos de obras de Lully, Fludd, Bruno y lo que podría llamarse los estudios

ocultistas del Renacimiento. Más sorprendente aún fue ver algunas obras de

hechicería y de satanismo.

El doctor Gruber había salido del cuarto para traer cerveza y cuando volvió me

vio mirando esos libros.

—Lo que usted ve —dijo con su acento gutural— es la razón por la cual me

encuentra en Footville, señor James. Espero que no me considerará un viejo loco por

el hecho de haber visto esos libros. —Sin que yo insistiese mucho, me contó la

historia, como cabía esperar. Había sido brillante, respetado entre los miembros

mayores de su iglesia y escrito libros él mismo, pero cuando mostró demasiado

interés en temas llamados «herméticos», le ordenaron interrumpir esa línea de

investigación. Publicó un trabajo más a causa del cual lo relegaron a la congregación

luterana más apartada que hubiese sido posible encontrar.

«Ahora —prosiguió—, mis cartas están sobre la mesa, como dicen mis nuevos

compatriotas. Nunca hablo de estas cuestiones herméticas en mis sermones, pero

continúo estudiándolas. Tiene usted libertad de seguir hablando, o bien irse, como

prefiera». —Eran palabras algo pomposas, a mi juicio, y me desconcertaron un poco,

pero no vi otro motivo para no proseguir.

Le conté toda la historia, sin omitir detalles. El pastor me escuchó con gran

atención y resultó obvio que había oído hablar de Gregory y de los chicos Bate.

Más aún, parecía muy interesado en lo que le conté.

Cuando terminé, me dijo:

—¿Y todo esto sucedió tal como lo explica usted?

—Desde luego.

—¿No habló con nadie más?

—No.

—Estoy contento de que haya venido a verme —dijo, y en lugar de seguir

hablando, sacó una pipa gigantesca de un cajón, la llenó y se puso a fumar, sin dejar

de mirarme un instante con sus ojos saltones. Comencé a sentirme incómodo y

lamenté a medias haber tomado con tanta ligereza sus comentarios anteriores—.

¿Nunca le dio la patrona ninguna idea de por qué consideraba que Fenny Bate es «el

mal mismo»?

Respondí negativamente con la cabeza, en un esfuerzo por borrar la impresión

negativa que acababa de darme el pastor.

—¿Sabe usted —pregunté a mi vez— por qué habría de dármela?

—Es una historia bien conocida —repuso él—. En estos dos pueblecitos es, en

realidad, una historia famosa.

¿Es Fenny malo?

—No es malo, sino corrompido —dijo el doctor Gruber—. Pero a juzgar por lo

que usted dice...

—¿Podría ser peor? Confieso que para mí esto es un misterio.

—Mucho mayor del que imagina usted —señaló él con calma—. Si trato de

explicárselo, tendrá la tentación, basándose en lo que sabe de mí, de creer que estoy

loco. —Sus ojos parecían más saltones aún.

—Si Fcnny es corrompido —dije—, ¿quién lo corrompió?

—Gregory, sin duda. Gregory está detrás de todo.

—Pero, ¿quién es Gregory?

—Es el hombre que usted vio. Estoy seguro. Lo describió perfectamente. —El

doctor Gruber se llevó los dedos regordetes detrás de la cabeza, remedando mi

propio gesto para describírselo a Constance Bate—. Perfectamente, repito. Pero

cuando oiga lo que le diré, creerá que le miento.

—Pero, ¿por qué?

El pastor agitó la cabeza y al ver yo que la mano libre le temblaba, me

pregunté si acaso no habría caído en un diálogo confidencial con un demente.

—Los padres de Fenny tuvieron tres hijos —dijo—. Gregory Bate fue el

primero.

—¡Es su hermano! —exclamé—. Un día creí ver la semejanza... sí, lo veo. Pero

no hay nada poco natural en eso.

—Depende, creo, de lo que haya pasado entre ellos.

Traté de comprender.

—Quiere usted decir que pasó algo poco natural entre ellos.

—Y también con la hermana.

Me invadió una sensación de horror. Veía el rostro hermoso y frío, la odiosa

actitud displicente. El aire que tenía Gregory de no aceptar ningún tipo de disciplina.

—Entre Gregory y su hermana.

—Y, como dije, entre Gregory y Fenny.

—Corrompió a los dos, entonces. ¿Por qué no condenan a Constance en Cuatro

Caminos como condenan a Fenny?

—Recuerde, maestro, que estamos en tierras apartadas. Un caso de... relaciones

antinaturales entre hermano y hermana en esas miserables familias de las chozas no

es quizá tan antinatural.

—Pero, entre hermano y hermano... —Me sentí como si estuviese otra vez en

Harvard, analizando los hábitos de una tribu salvaje con un profesor de

antropología.

—Lo es.

—¡Por Dios, tiene razón! —exclamé al visualizar aquella expresión de

envejecimiento precoz en el rostro de Fenny—. Y ahora quiere ahuyentarme. Ve en

mí una interferencia.

—Aparentemente, sí. Espero que usted vea por qué.

—Porque no lo permitiré —observé—. Quiere deshacerse de mí.

—Ah —dijo el pastor—. Gregory desea todo.

—Quiere usted decir que los quiere para siempre.

—A los dos, para siempre... pero, a juzgar por su historia, quiere a Fenny más

que a nadie.

—¿No pueden intervenir los padres?

—La madre murió. El padre se fue cuando Gregory tuvo edad suficiente para

pegarle.

—¿Viven solos en ese lugar horroroso?

El pastor hizo un gesto afirmativo.

Era terrible. Significaba que esa atmósfera pestilente, la sensación que daba el

lugar de estar maldito, provenía de los niños mismos, de lo que había sucedido entre

ellos y Gregory.

—Bien —dije entonces—. ¿No pueden hacer nada los niños para protegerse?

—Hicieron algo.

—Pero, ¿qué? —Pensé en la plegaria, supongo, por estar hablando con un

predicador, o viviendo con otra familia. En cuanto a esto, no obstante, la experiencia

me había demostrado ya hasta dónde llegaba la falta de caridad en Cuatro Caminos.

—No acepta usted mi palabra —me dijo el doctor Gruber—. Le mostraré algo.

—Se levantó entonces con un movimiento vivo y me invito a seguirlo—. Afuera —

dijo. Por debajo de su agitación, parecía perturbado y por un instante sospeché que

sentía tanta antipatía por mí como yo por él, con sus oleadas de humo de tabaco y

sus ojos saltones.

Salí del cuarto y al hacerlo pasé por otro con una mesa tendida para un

comensal. Olí el aroma de carne asada y vi una botella de cerveza y decidí que tal vez

lo que no le gustaba era que lo demorase cerca de la hora de almorzar.

Con un golpe, cerró la puerta detrás de ambos y se dirigió a la iglesia. Qué

misterioso era todo, realmente. Cuando cruzó el camino, me dijo sin volver la cabeza;

—¿Sabía que Gregory fue en una época empleado de la escuela? ¿Que se

ocupaba de reparaciones y tareas varias?

—Una de las chicas comentó algo —repuse mientras lo seguía por el costado de

la iglesia. ¿Y ahora, qué? ¿Un paseo por los campos? Y qué me mostraría antes de

que yo pudiese creerle?

Detrás de la iglesia había un pequeño cementerio y tuve tiempo, al marchar

detrás de los pasos de pato del doctor Gruber, de mirar con aire distraído los

nombres en las macizas tumbas del siglo xix. Josiah Foote, Sarah Foote, toda esa

familia que fundó el pueblo y otros nombres que no me decían nada. El doctor

Gruber se había detenido con aire de visible impaciencia, junto a una tumba pequeña

en los fondos.

—Mire —dijo.

«Bien», pensé, «si es demasiado holgazán para abrir la reja él mismo, tendré que

hacerlo yo.»

—No la abra —dijo con tono perentorio—. Mire. Mire la cruz.

Miré hacia donde él señalaba. Era una cruz primitiva de madera pintada,

clavada donde tendría que haber existido una tumba, en un extremo. Alguien había

escrito el nombre de Gregory Bate en el brazo horizontal de la cruz. Miré al doctor

Gruber y esta vez no cabía duda. Estaba mirándome con abierta antipatía.

—No puede ser —dije—. Es ridículo. Lo vi.

—Créame, maestro, que aquí es donde está enterrado su rival —dijo y habría de

transcurrir mucho tiempo antes de que reparase en la curiosa elección de palabras—.

Por lo menos, su parte mortal.

Me quedé inmóvil. Luego repetí lo que había dicho ya.

—No puede ser.

El doctor Gruber pasó por alto mi comentario.

—Una noche, hace un año, Gregory estaba haciendo un trabajo en el patio de la

escuela. Vio entonces, según creo, es lo que sucedió, que había que reparar la

canaleta de desagüe del techo. Fue a los fondos, trajo la escalera y subió por ella.

Fenny y Constance vieron la oportunidad de escapar de su tiranía y le volcaron la

escalera. Se cayó, se golpeó la cabeza en una esquina del edificio y murió.

—¿Qué hacían los niños allí, de noche?

El pastor se encogió de hombros.

—Siempre los llevaba consigo —dijo—. Estaban jugando en el patio.

—No creo que lo hayan matado intencionalmente.

—Howard Hummell, el jefe de correos, los vio huir corriendo y fue él quien

encontró el cuerpo de Gregory.

—De modo que nadie presenció el hecho.

—Nadie tuvo necesidad de verlo, señor James. Lo que sucedió resulta claro

para todos.

—Para mí, no —dije y él volvió a encogerse de hombros—. ¿Qué hicieron

entonces?

—Huyeron. Tiene que haber sido obvio para ellos que habían tenido éxito. Se

había destrozado la nuca. Fenny y Constance desaparecieron durante tres semanas.

Se escondieron en el bosque. Cuando se dieron cuenta de que no tenían otro lugar a

donde ir y volvieron a casa, Gregory estaba enterrado.

Howard Hummell contó lo que había visto y la gente dedujo lo que dedujo. De

allí, como verá, la «maldad» de Fenny.

—Pero ahora... —dije, mirando las torpes letras de la cruz. Seguramente los

chicos hicieron la cruz y le pintaron el nombre, decidí. De pronto éste me pareció el

detalle más escalofriante de todos.

—Ah, sí. Ahora... Ahora Gregory quiere tenerlo otra vez. Por lo que usted vio,

lo

tiene.., O tiene a ambos, otra vez. Pero me imagino que querrá apartar a Fenny de

su... influencia. —Pronunció la última palabra con una minuciosa precisión

germánica.

Me estremecí.

—Para llevárselo.

—Para llevárselo.

—¿No puedo salvarlo? —pregunté, casi suplicante.

—Sospecho, por lo menos, que nadie más puede salvarlo —dijo, mirándome,

como desde muy lejos.

—¿No puede ayudar usted, por amor de Dios?

—Ni aun por amor de El. Por lo que me cuenta, esto ha ido demasiado lejos. No

creemos en el exorcismo en mi Iglesia.

—Cree, simplemente... —Estaba furioso, lleno de desprecio.

—En el mal, sí. Creemos en él.

Me volví. Seguramente imaginó que volvería y le pediría ayuda, pero seguí

alejándome. Desde lejos, me dijo:

—Tenga cuidado, maestro.

Mientras volvía a casa me sentí presa de una especie de atontamiento. Apenas

podía creer o aceptar lo que había sonado como irrefutable mientras hablaba con el

predicador. Sin embargo, me había mostrado la tumba y yo había visto con mis

propios ojos la transformación de Fenny... Había visto a Gregory. No es mucho

afirmar que lo había sentido, pues la impresión que me hizo había sido

suficientemente fuerte como para que pudiese afirmarlo.

Y luego me detuve, a unos dos kilómetros de Cuatro Caminos, frente a la

prueba de que Gregory Bate sabía ni más ni menos qué había descubierto yo, ni más

ni menos cuáles habían sido mis intenciones. Uno de los prados de los granjeros

cubría una elevación extensa y desnuda, visible desde el camino y él estaba arriba,

mirándome. No movió un músculo cuando lo vi, pero la intensidad de su mirada era

casi palpitante y seguramente di un salto de temor. Me miraba como si supiese leer

cada uno de mis pensamientos. Muy alto, entre las nubes sobre su cabeza, un halcón

describía vagos círculos. Todas mis dudas se disiparon. Supe entonces que todo lo

que me había dicho Gruber era verdad.

No sé cómo no huí a toda carrera. No podía, sin embargo, mostrar cobardía en

su presencia, por cobarde que me sintiese. Pienso que esperaba que yo huiría

corriendo, en aquella actitud, allá arriba, de pie, los brazos flojos a los costados del

cuerpo, el rostro pálido visible tan sólo como un manchón blanco y toda esa pasión

concentrada como un flechazo sobre mí. Me obligué a mí mismo a proseguir el

camino a casa con el mismo paso.

Apenas pude tragar un bocado durante la cena. Apenas comí uno o dos. Mather

dijo:

—Si piensa morirse de hambre, habrá más para nosotros. A mí me es igual.

Me encaré directamente con él.

—¡Tenía Fenny Bate un hermano, además de su hermana?

Mather me miró con tanta curiosidad como era capaz de mostrar.

—¿Tenía un hermano? —repetí.

—Lo tenía.

—¿Cómo se llamaba ese hermano?

—Gregory, pero le agradeceré que no me hable de él.

—¿Le tenía miedo usted? —pregunté, al ver el temor reflejado tanto en su rostro

como en el de su mujer.

—Por favor, señor James —dijo Sophronia Mather—. Es mejor no hablar.

—Nadie habla de ese Gregory Bate —afirmó el marido.

—¿Qué le sucedió? —pregunté.

Mather dejó de masticar y bajó su tenedor.

—No sé qué oyó decir ni quién se lo dijo, pero le diré esto. Si alguien estaba

maldito, era Gregory Bate, y lo que le haya pasado, fue merecido. Y con esto

dejaremos de hablar de Gregory Bate.

Dicho esto, Mather se metió un bocado en la boca y con ello la conversación

terminó. La señora Mather mantenía los ojos fijos en su plato y no los levantó en todo

el resto de la comida.

Me sentía agitado. Ninguno de los dos chicos apareció en la escuela en dos o

tres días y era como si todo el episodio hubiese sido un sueño. Enseñaba en forma

maquinal, pero constantemente pensaba en ellos, especialmente en el pobre Fenny y

en el peligro en que estaba.

Y lo que sobre todo mantuvo en mí la sensación de horror fue que un día vi a

Gregory en el pueblo.

Por ser sábado, Cuatro Caminos estaba lleno de agricultors con sus mujeres que

acudían a hacer sus compras. Todos los sábados el pueblito adquiría un aspecto de

feria rural, por lo menos, en contraste con su aspecto de todos los demás días. Las

aceras estaban llenas de gente y los comercios trabajaban mucho. Docenas de caballos

pasaban por la calle y en todas partes se veían los rostros llenos de entusiasmo de los

chicos, todos apilados en la parte de atrás de sus carros, boquiabiertos por el hecho

de estar en el pueblo. Reconocí a muchos de mis alumnos y los saludé con la mano.

Entonces un agricultor muy grande que no había visto antes me tocó un

hombro y dijo que sabía que yo era el maestro de su hijo y que quería estrecharme la

mano. Le di las gracias y conversamos unos minutos. Fue entonces que vi a Gregory

por sobre el hombro de este agricultor. Estaba apoyado contra el marco de la puerta

de la oficina de correos e indiferente a todo lo demás, me miraba con fijeza. Me

miraba con la misma intensidad con que me había mirado desde lo alto de la colina.

Sentí la boca seca y seguramente algo se reflejó en mi expresión, porque el padre de

mi alumno dejó de hablar y me preguntó si me sentía bien.

—Sí, sí —dije y debí tener aspecto de ser intencionalmente mal educado, porque

no podía dejar de mirar por encima de su hombro. Nadie más veía a Gregory.

Pasaban a su lado sin cambiar de actitud y miraban a través de él, sin verlo.

Ahora, donde antes había visto tan sólo una especie de negligente libertad, veía

la esencia de la depravación.

Di algún pretexto al agricultor, dolor de cabeza, de dientes, y volví a mirar

hacia donde estaba Gregory. Había desaparecido. Había desaparecido en los pocos

segundos que me había llevado despedirme del agricultor.

Supe, así, que se aproximaba el momento de la verdad y que él era quien

elegiría el momento y el lugar.

Cuando Fenny y Constance volvieron a la escuela, estaba decidido a

protegerlos. Ambos estaban pálidos y apagados y los rodeaba una atmósfera tan

extraña que sirvió para que los otros niños los dejasen tranquilos. Hacía quizá cuatro

días que había visto a su hermano apoyado en la puerta de la oficina de correos. No

alcanzaba a imaginar qué había sido de ellos desde la última vez que los vi, pero era

como si fuesen víctimas de una enfermedad que estuviese consumiéndolos. Parecían

perdidos, aislados. Dos niños harapientos y retardados. Tomé la determinación de

insistir en protegerlos.

Cuando terminaron las lecciones del día, los retuve en el aula cuando los otros

se retiraron corriendo. Permanecieron con aire sumiso sentados en sus pupitres,

deprimidos, mudos.

—¿Por qué les permitió volver a la escuela? —les pregunté.

Fenny me miró, perplejo, y preguntó a su vez:

—¿Quién?

Me quedé atónito.

—Gregory, sin duda.

Fenny movió la cabeza como si intentase disipar niebla.

—¿Gregory? —repitió—. Hace tiempo que no lo vemos. No, hace mucho,

mucho tiempo ya.

Y ahora me tocó a mí sentirme chocado. ¡Estaban escuálidos a causa de la

ausencia de Gregory!

—¿Y qué hacen ustedes?

—Vamos allá.

—¿Allá?

Constance hizo un gesto afirmativo, de acuerdo con la afirmación de Fenny.

—Sí, vamos allá —dijo.

—Allá, ¿dónde? ¿Adónde van?

Ahora los dos me miraban con la boca entreabierta, como si me hallasen

sumamente tonto.

—¿Van a ver a Gregory? —Era horrible, pero no se me ocurrió otra cosa.

Fenny agitó la cabeza.

—Nunca vemos a Gregory.

—No —insistió Constance y me horrorizó la nota de pesar en su voz—. Nunca

vemos a Gregory.

Fenny pareció animarse un instante.

—Pero yo lo oí una vez —dijo—. Dijo que esto es todo lo que hay y que no hay

nada más. No hay nada de lo que usted dijo que... lo de los mapas. No existe allá.

—¿Entonces, qué hay allá?

—Es como lo que vemos —dijo Fenny.

—¿Ven?

—Cuando vamos.

—¿Qué ven?

—Es hermoso —dijo Constance—. Muy hermoso.

No tenía la menor idea de lo que querían decirme, pero no me sonaba muy

tranquilizador y pensé que tendría tiempo más adelante de hablar más de ello.

—Bien —dije—. Nadie va a ninguna parte esta noche. Quiero que se queden

aquí conmigo. Quiero que estén seguros.

Fenny hizo un gesto de asentimiento, pero con aire tonto y de mala gana, como

si no le importase mucho dónde pasaba las noches y cuando miré a Constance para

ver si estaba de acuerdo, vi que se había dormido.

—Bien, entonces —dije—. Más tarde arreglaremos lugares para dormir y

mañana trataré de encontrarles camas en el pueblo. Dos niños como ustedes no

pueden vivir en el bosque solos.

Fenny volvió a asentir con gestos flojos y vi que también él estaba a punto de

quedarse dormido.

—Puedes bajar la cabeza —le dije.

En segundos los dos estaban dormidos con la cabeza apoyada en el pupitre. En

aquel momento podría haberme mostrado de acuerdo con la terrible afirmación de

Gregory: no había nada más allá de esto, sólo yo y estos dos niños extenuados en un

aula fría que era más bien un establo. Mi sentido de la realidad había sufrido

demasiados golpes. Mientras estábamos los tres, sentados en el aula, el día comenzó

a morir y todo el ámbito, sombrío aun cuando había luz del día, se volvió oscuro y

lleno de sombras. No tenía ánimo para encender la luz y nos quedamos allí, como en

el fondo de un pozo. Les había prometido encontrarles dónde dormir en el pueblo,

pero la miserable aldea a cincuenta pasos por el camino parecía encontrarse a

kilómetros en aquel momento. Y aun si hubiese tenido las fuerzas y la confianza de

dejarlos a solas, no imaginaba a nadie capaz de recibirlos. Si esto era un pozo, en

realidad era un pozo de desesperanza. Sentí que yo estaba tan perdido como los

niños.

Por fin no pude soportarlo más. Me acerqué a Fenny y lo sacudí por un brazo.

Despertó como un animal asustado y pude sostenerlo en la silla sólo recurriendo a

todas mis fuerzas.

—Debo saber la verdad, Fenny —le dije—. ¿Qué le pasó a Gregory?

—Se cayó —dijo él, hosco otra vez.

—¿Quieres decir que se murió?

Fenny hizo un gesto afirmativo y al abrírsele la boca, volví a ver esos horrorosos

dientes podridos.

—Pero, ¿vuelve?

Volvió a responder con la cabeza.

—¿Y tú lo ves?

—El nos ve

a nosotros —dijo Fenny, muy convencido—. Mira y mira. Quiere

tocar.

—¿Tocar?

—Como antes.

Me llevé la mano a la frente. Estaba ardiendo, Cada palabra formulada por

Fenny abría un nuevo abismo.

—Pero, ¿le sacudiste la escalera?

Fenny contemplaba su pupitre con expresión estúpida y le repetí la pregunta.

—¿Sacudiste la escalera, Fenny?

—Mira y mira —dijo Fenny, como si éste fuese el hecho más concreto en su

conciencia.

Apoyé la mano sobre su cabeza para obligarlo a que me mirase y en aquel

instante, la cara de su verdugo apareció en la ventana. Esa cara blanca, terrible...

como si quisiese impedir a Fenny responder a mis preguntas. Me sentí enfermo,

arrojado otra vez al fondo del pozo, pero también sabía que la batalla había llegado

por fin. Atraje a Fenny hacia mí, tratando de protegerlo físicamente.

—¿Está aquí? —gritó Fenriy y al oír su voz, Constance se deslizó al sucio y

comenzó a gemir.

—¿Qué importa? —grité—. No te atrapará... ¡Estás conmigo! ¡Sabe que te perdió

para siempre!

—¿Dónde está? —volvió a gritar Fenny y me rechazó—. ¿Dónde está Gregory?

—Allí —

dije y lo volví para que mirase la ventana.

Fenny se había vuelto a medias ya y ambos miramos con los ojos muy abiertos

la ventana vacía.., no había nadie allí, salvo el cielo vacío y oscuro. Me sentí

triunfante. Había ganado. Tomé a Fenny de un brazo con toda la energía que me

confería la victoria y él lanzó un grito de total desesperación. Cayó hacia adelante y

detuve su caída como si hubiese intentado lanzarse al fondo del infierno mismo. Sólo

segundos más tarde vilo que había salvado: el corazón se le había detenido y yo

sostenía tan sólo un cuerpo desposeído. Se había ido al otro lado para siempre.

—Y eso fue todo —dijo Sears, mirando a su grupo de amigos—. Gregory

también se había ido para siempre. Caí con una fiebre que fue casi fatal —era eso lo

que había sentido al tocarme la frente— y pasé tres semanas postrado en el desván

de los Mather. Cuando me restablecí y pude caminar un poco, Fenny estaba ya

enterrado. Realmente había desaparecido para siempre. Yo quería abandonar mi

empleo y el pueblo, pero me obligaron a cumplir mi contrato y reanudé mis clases.

Estaba deshecho, pero podía siempre enseñar en forma maquinal. Al final, terminé

haciendo uso de la férula y perdí todas mis ideas liberales. Cuando me retiré, todos

me consideraban un maestro excelente.

—Pero resta aún otra cosa. El día que abandoné Cuatro Caminos, fui por

primera vez a visitar la tumba de Fenny. Estaba detrás de la iglesia, junto a la de su

hermano. Miré las dos, y... ¿saben ustedes qué sentí? No sentí nada. Me sentí vacío.

Como si no hubiese tenido nada que ver con todo el episodio.

—¿Qué pasó con la hermana? —preguntó Lewis.

—Con ella no hubo problemas. Era una chica tranquila y la gente le tenía

lástima. Había exagerado yo la sordidez de la gente del pueblo. Una de las familias la

recibió en su casa y, dentro de lo que sé, la trató como a su propia hija. Según creo, se

quedó embarazada, se casó con el muchacho y se fue del pueblo. Pero seguramente

eso ocurrió años más tarde.

Frederick Hawthorne

1

Ricky marchaba hacia su casa, sorprendido de ver el anuncio de la nieve en el

aire. «Será un invierno infernal», pensó. «Todas las estaciones están volviéndose

raras.» En el resplandor que rodeaba el farol callejero en el extremo de la calle

Montgomery, los copos de nieve giraban, caían y se pegaban al suelo un instante

antes de fundirse. El aire frío se introducía dentro de su sobretodo de

tweed. Debía

caminar media hora y lamentaba no haber sacado su automóvil, el viejo Buick que

Stella se complacía en no tocar jamás. Las noches frías, acostumbraba trasladarse en

el automóvil. Esta noche, no obstante, había querido disponer de tiempo para pensar.

Tuvo la intención de interrogar detenidamente a Sears acerca del contenido de su

carta a Donald Wanderley y debía planear una táctica. Ahora sabía que no había

hecho lo que pensaba. Sears le había dicho simplemente lo que quería hacer y nada

más. Con todo, desde el punto de vista de Ricky, el mal estaba hecho ya. ¿Qué objeto

tenía ahora saber en qué términos estaba redactada la carta? Se sorprendió a sí

mismo al dejar escapar un fuerte suspiro y comprobó que su aliento había hecho

volar unos cuantos copos de nieve de gran tamaño y describir complicadas

evoluciones antes de posarse y derretirse.

En los últimos tiempos todos los relatos, inclusive los propios, le provocaban

una tensión que duraba horas después. Esa noche sentía algo más que esto. Esa

noche sentía ansiedad. Las noches de Ricky eran ahora invariablemente horrorosas,

pues los sueños que había mencionado a Sears lo perseguían hasta el alba y no

abrigaba dudas de que los cuentos que cambiaban él y sus amigos daban sustancia a

esas pesadillas. A pesar de ello, creía que su ansiedad no se debía a sus sueños.

Tampoco se debía a los cuentos, si bien el de Sears había sido peor que muchos.

Todas las historias que contaban estaban volviéndose cada vez peores. Se asustaban

mutuamente cada vez que se reunían, pero seguían haciéndolo porque de lo

contrario habría sido más alarmante aún. Era reconfortante estar juntos, ver cómo

soportaba las cosas cada uno de ellos. Hasta Lewis estaba asustado. De lo contrario,

¿por qué habría votado en favor de escribirle a Donald Wanderley? Era esto, saber

que la carta estaba ya en camino, latiendo en una saca de correspondencia en algún

lugar, que ponía a Ricky especialmente ansioso.

«Tal vez debería haber abandonado esta ciudad hace años», reflexioné al mirar

las casas frente a las cuales pasaba. Había muy pocas cuyo interior no conociese por

haberlas visitado una vez, por lo menos, por motivos de negocios o bien sociales,

para ver a un cliente o para asistir a una cena. «Tal vez debí haberme ido a Nueva

York cuando me casé, como quería Stella.» Para Ricky ésta era una idea de flagrante

deslealtad. Sólo en forma gradual y nunca del todo, había logrado convencer a Stella

de que la vida de ellos estaba en Milburn, junto a Sears James y en el estudio de

abogados de ambos. El viento frío le azotaba el cuello y le tiraba del sombrero. A la

vuelta de la esquina, más adelante, vio el largo Lincoln de Sears estacionado junto al

cordón de la acera. En la biblioteca de su amigo había luz aún. Sears no podría

dormir, seguramente, especialmente después de haber contado una historia como la

de esa noche. A esta altura, todos conocían los efectos de volver a vivir hechos

pasados.

«Pero no se trata solamente de las historias», pensé. «No, tampoco se trata

solamente de la carta. Algo va a suceder.» Era por esa razón que relataban esas

historias. Ricky no era muy aficionado a los presagios, pero el temor del futuro que

había sentido semanas antes cuando estaba conversando con Sears volvió a asaltarlo

con violencia. Era por ello que se le había ocurrido la posibilidad de abandonar la

ciudad. Se internó en la avenida Melrose. Presumiblemente la llamaban «avenida»

por los grandes árboles que la bordeaban. Sus ramas se prolongaban como brazos y

estaban teñidas de color anaranjado por los faroles. Durante el día se les habían caído

las últimas de las hojas.

Algo va a sucederle a toda la ciudad. Sobre la cabeza de Ricky

gimió una rama. Un camión cambió de velocidad muy lejos, a sus espaldas,

seguramente en la Ruta 17. En esas noches frías los ruidos se oían desde muy lejos en

Milburn. Al seguir caminando, vio las ventanas iluminadas de su propio dormitorio,

en el segundo piso de su casa. Le dolían los ojos y la nariz de frío. «Después de una

vida tan larga y llena de sentido común», se dijo, «no es posible que te vuelvas

místico, amigo. Todos necesitaremos de la mayor cantidad de razón que podamos

utilizar».

En aquel momento, próximo al lugar donde se sentía más seguro y armado

mentalmente con esta sensación, tuvo la impresión de que alguien lo seguía, de que

alguien aguardaba en la esquina, mirándolo con odio. Sentía ojos fríos que lo

miraban con fijeza y se le ocurría que los ojos flotaban sin cuerpo, ojos simplemente,

que lo seguían. Sabía qué expresión tendrían esos ojos claros, pálidos, relucientes que

flotaban en el mismo nivel que los suyos. Su falta de emoción sería terrible... serían

como los ojos de una máscara. Se volvió, al imaginar que los vería, tan grande era la

sensación de que estaban allí. Avergonzado, advirtió que temblaba. Como era lógico,

la calle se encontraba desierta. No era más que una calle desierta, aun en esa noche

oscura y tan común como un cachorro ordinario.

«Esta vez sí que te arruinaste», pensó. «Tú y esas historias tétricas que contó

Sears». ¡Ojos! Parecía algo de una de esas viejas cintas de Peter Lorre.

Los ojos de... ¿

Gregory Bate?

Qué diablos... Las manos de Orlac. «Es bien claro, Ricky», se dijo. »No

pasará absolutamente nada, no somos más que cuatro viejos locos que estamos

perdiendo el sentido de las cosas. Imaginar que yo supuse...»

Sin embargo, no había imaginado que los ojos estaban detrás de él, mirándolo.

Se trataba de una convicción.

«Qué disparate», dijo, pensando en voz alta. Con todo, se metió en su casa con

mayor rapidez que de costumbre.

La casa estaba oscura, como siempre durante las noches de reunión de la

Chowder Society. Al palpar a tientas el borde del sofá, Ricky evitó tropezar con la

mesa baja delante de él que otras noches había sido origen de infinidad de

magulladuras. Una vez salvado sin dificultad ese obstáculo, se volvió hacia el

comedor y lo atravesó para entrar en la cocina. Allí podía encender la luz sin peligro

de despertar a Stella. También podría encender la luz después, en el piso alto de la

casa, en el cuarto de vestir que, junto con la horrorosa y lustrada mesa baja italiana

para tomar el café, era uno de los últimos caprichos de su mujer. Como había

señalado, los armarios de ambos estaban demasiado repletos, no tenían lugar para

guardar las ropas fuera de estación y el pequeño dormitorio junto al de ellos no

volvería a usarse como tal nunca, seguramente, ahora que Robert y Jane se habían

ido. Así pues, por ochocientos dólares, lo habían hecho transformar en cuarto de

vestir, con largas barras para colgar prendas, espejos y una alfombra nueva muy

mullida. El cuarto de vestir había probado algo a Ricky: como Stella había afirmado

una vez, en realidad tenía casi tanta ropa como ella. Fue más bien una sorpresa para

él, tan desprovisto de vanidad que no había tenido conciencia de su propia

inclinación a ser un

dandy.

Una sorpresa más inmediata fue descubrir que le temblaban las manos. Había

estado por prepararse una taza de té de tilo, pero cuando vio cómo le temblaban las

manos, sacó una botella de un armario y se sirvió una pequeña cantidad de whisky.

Viejo idiota... Pero insultarse no servía para nada y cuando se acercó el vaso a los

labios, las manos seguían temblándole. Era ese maldito aniversario. El whisky tenía

gusto a aceite de motores Diesel y debió escupirlo en la pileta. Pobre Edward.

Enjuagó el vaso, apagó la luz y fue arriba a oscuras.

Una vez en piyama salió del cuarto de vestir y atravesó el vestíbulo de arriba

para entrar en su dormitorio. Abrió la puerta sin hacer ruido. Stella estaba tendida,

respirando en forma suave y acompasada, en su lado de la cama. Si lograba llegar a

su propio lado sin tropezar con una silla o hacer caer las botas de ella, o rozar el

espejo y sacudirlo, podría acostarse sin despertarla.

Consiguió hacerlo y con mucho cuidado se metió debajo de las frazadas. Con

gran suavidad, acarició el hombro desnudo de su mujer. Era bien probable que en

aquel momento tuviese un amante, o por lo menos estuviese en medio de una de sus

relaciones sentimentales más serias. Ricky suponía que había vuelto a reanudar su

relación con el profesor a quien había conocido hacía aproximadamente un año.

Estaban esos silencios anhelantes en el teléfono, tan característicos de él. Hacía

mucho tiempo Ricky había decidido que había muchas cosas peores que tener una

mujer que de vez en cuando se acostaba con otro. Tenía su vida y él ocupaba una

gran parte de ella. A pesar de lo que había sentido y expresado a Sears dos semanas

atrás, no haber estado casado habría significado para él una pérdida.

Se estiró, en espera de lo que sabía que sucedería. Recordó la sensación de los

ojos que le penetraban la espalda. Sintió deseos de que Stella lo ayudase, lo

reconfortase de alguna manera, pero como no deseaba alarmarla o preocuparla y por

haber tenido antes la certeza de que terminarían con cada nuevo día que pasaba,

aparte de que eran suyas en un sentido único y privado, nunca le había hablado de

sus pesadillas. Este era Ricky Hawthorne disponiéndose a dormir: tendido de

espaldas, el rostro inteligente sin signos de emoción alguna, las manos bajo la nuca,

los ojos abiertos. Cansado, aprensivo, celoso, con temor.

2

En su cuarto del hotel Archer, Anna Mostyn se detuvo junto a la ventana a

contemplar los copos que caían muy separados sobre la calle. A pesar de que había

apagado la luz del cielo raso y era pasada la medianoche, estaba enteramente vestida.

Había dejado caer el largo abrigo sobre la cama, como si acabase de llegar o estuviese

por salir.

Junto a la ventana, fumaba una mujer alta y atrayente con pelo oscuro y ojos

azules, algo rasgados. Veía Main Street, la calle principal, en casi toda su extensión, la

plaza desierta sobre un costado, con sus bancos vacíos y sus árboles desnudos, los

escaparates negros de los comercios, el restaurante Village Pump y la gran tienda.

Dos cuadras más allá, una luz de tránsito cambió a verde sobre la calle desierta. Main

Street se prolongaba ocho cuadras, pero los edificios eran visibles tan sólo como

escaparates oscuros o como edificios de oficinas. En el extremo opuesto de la plaza

alcanzaba a ver los frentes negros de dos iglesias que se levantaban amenazadoras

sobre las copas de los árboles sin hojas. En la plaza, una estatua de bronce de un

general de las Guerras de la Independencia hacía un gesto grandilocuente con su

mosquete.

«¿

Esta noche o mañana?», se preguntó, mientras fumaba su cigarrillo y

contemplaba la ciudad.

Esta noche.

3

Cuando por fin Ricky Hawthorne concilió el sueño, fue como si no estuviese,

simplemente soñando, sino como si en realidad lo hubiesen levantado en vilo,

estando aún despierto, para trasladarlo a otra habitación en otra casa. Estaba

acostado en un cuarto desconocido, esperando que algo sucediera. El cuarto parecía

abandonado, parte de una casa abandonada. Sus paredes y piso eran tablas

desnudas. La ventana era sólo un marco vacío y la luz del sol se filtraba por una serie

de resquicios. Las motas de polvo bailaban bajo esos crudos rayos de luz. No sabía

cómo lo supo, pero estaba seguro de que algo habría de suceder y de que eso le daba

miedo. No podía bajar de la cama, pero aun cuando sus músculos le hubiesen

obedecido, sabía con la misma seguridad que no podría escapar a lo que estaba por

sobrevenir. El cuarto se hallaba en un piso alto de la casa. Por la ventana veía

solamente nubes grises y un cielo azul pálido. Sin embargo, lo que quería que fuese

que estaba por sobrevenir, llegaría desde el interior, no desde afuera.

Tenía el cuerpo cubierto con un acolchado tan desteñido que algunos de sus

cuadrados eran blancos. Bajo al acolchado, tenía las piernas paralizadas como dos

columnas levantadas de tela. Al mirar hacia arriba, vio que advertía los menores

detalles de las tablas de madera de las paredes con claridad inusitada: veía el curso

de las vetas a lo largo de cada una de ellas, la forma de los agujeros donde faltaban

nudos, la cabeza sobresaliente de los clavos arriba de ciertas tablas. Las pequeñas

ráfagas llenaban el cuarto y desplazaban el polvo de un lado a otro.

En la planta baja de la casa oyó un gran ruido, el ruido de una puerta que se

abría con violencia, una pesada puerta de sótano que golpeaba contra la pared. Hasta

aquel cuarto en un piso alto se estremeció. Al escuchar, oyó a alguna forma compleja

arrastrarse fuera del sótano. Era una forma pesada, de animal y debió abrirse paso

por el marco de la puerta. Se oyó el crujido de astillas y Ricky oyó a la criatura

golpear con un ruido sordo la pared. Lo que fuese esa criatura, comenzó a investigar

el piso bajo, con movimientos lentos y torpes. Ricky imaginaba lo que veía: una serie

de cuartos vacíos exactamente iguales a éste. En la planta baja, había seguramente

pasto y maleza que aparecían entre los resquicios de las tablas del piso. El sol debía

tocar los flancos y el dorso de lo que se movía allí pesadamente, con obstinación, por

los cuartos vacíos. La criatura aspiró con fuerza y luego dejó escapar un chillón

alarido. Estaba buscándolo. Andaba por la casa, seguro de que Ricky estaba allí.

Intentó una vez más obligar a sus piernas a moverse, pero las dos columnas cubiertas

de tela no se movieron en absoluto. El objeto en el piso bajo rozaba las paredes al

recorrer los cuartos, haciendo un ruido áspero. La madera crujía. Imaginó que

rompía un tablón podrido del piso.

Entonces oyó el ruido tan temido. El objeto se abrió paso a través de otra puerta

abierta. De pronto los ruidos cobraron fuerza... oía la respiración de la criatura.

Estaba al pie de la escalera.

La escuchó lanzarse escaleras arriba.

Sonaron los golpes sordos sobre una docena de escalones, pero luego el objeto

volvía a caer. Subía entonces más despacio, gimiendo de impaciencia, subiendo dos o

tres escalones a la vez.

Ricky tenía el rostro cubierto de sudor. Lo que más lo asustaba era no estar

seguro de estar soñando. De haber estado seguro de que no era más que un sueño, no

tendría más que soportarlo hasta el fin, esperar hasta que lo que fuera que se

encontrara allá abajo subiese de pronto y entrase en su cuarto. El susto lo despertaría.

No tenía, sin embargo, la sensación de estar soñando. Tenía los sentidos despiertos,

la mente despejada y toda la experiencia carecía de esa atmósfera incorpórea y

deshilvanada de un sueño. Nunca en sus sueños había transpirado así. Y si estaba

enteramente despierto, la criatura que subía por la escalera lo atraparía, porque no

podía moverte.

Los ruidos cambiaron y reparó entonces en el hecho de que estaba, en realidad,

en el segundo piso de una casa abandonada, porque el objeto que lo buscaba estaba

en el primero. Sus ruidos eran mucho más intensos y los gemidos y el rumor

resbaladizo del cuerpo al frotar las escaleras y las paredes. Se movía con mayor

rapidez, como si oliese su presencia.

El polvo seguía bailando en los escasos rayos de sol. Las pocas nubes se

desplazaban aún en un cielo que parecía de comienzos de primavera. El piso se

sacudió cuando la criatura llegó, impaciente, al descansillo.

Ahora oía con toda claridad su respiración. Se lanzó por el último tramo de la

escalera, con el ruido de la bola de una catapulta al golpear los flancos de un edificio.

Tenía Ricky el estómago como un témpano de hielo. Pensó que si llegaba a vomitar,

vomitaría... cubos de hielo. Se le apretó la garganta. Habría gritado, aunque a la vez

sabía que esto no era verdad, que si no hacía ruido alguno, quizás el objeto no lo

descubriría. El objeto chillaba y gemía, golpeando los costados de la escalera con el

cuerpo. Se quebró un barrote de la barandilla.

Cuando llegó al descansillo fuera del dormitorio, Ricky vio qué era. Era una

araña, una araña gigantesca, que golpeaba el marco de su puerta. La oyó comenzar a

gemir otra vez. Si las arañas gemían, debían gemir de esa manera. Una cantidad de

patas comenzó a arañar la puerta y los gemidos aumentaron. El terror de Ricky era

infinito, un terror elemental, helado, peor que nada que hubiese experimentado

jamás.

Sin embargo, la puerta no se astilló, sino que se abrió sin ruido. Detrás del

marco había una silueta alta y negra. No era una araña y el terror de Ricky

disminuyó una mínima fracción. El objeto negro en la puerta no se movió por un

instante, sino que se quedó mirando en su dirección. Ricky intentó tragar saliva.

Logró utilizar los brazos para sentarse en la cama. Las ásperas tablas le rasparon la

espalda y pensó una vez más:

esto no es un sueño.

La forma negra pasó por la puerta.

Ricky vio entonces que no se trataba de un animal, sino de un hombre. Entonces

otro plano de negrura se separó, luego otro y vio que eran tres hombres. Bajo los

capuchones que envolvían sus rostros de muertos, reconoció los rasgos familiares,

Sears James, John Jaffrey y Lewis Benedikt estaban de pie a su lado, y Ricky sabía

que estaban muertos.

Despertó gritando. Abrió los ojos para verse frente a las imágenes normales de

la avenida Melrose, el dormitorio pintado de color crema con los dibujos adquiridos

por Stella durante el último viaje que hicieron a Londres, la ventana que miraba hacia

el gran jardín de los fondos, la camisa sobre el respaldo de una silla. La mano firme

de Stella lo aferró de un hombro. De pronto el cuarto pareció quedar a oscuras.

Obedeciendo a un fuerte impulso que no supo cómo interpretar, Ricky saltó de la

cama, en un salto tan ágil como lo permitían sus rodillas de setenta años y fue hacia

la ventana, Detrás de él, Stella dijo:

—¿Qué?

No sabía qué estaba buscando, pero lo que vio era algo inesperado:

todo el jardín detrás de la casa, todos los tejados de las casas vecinas, todo cubierto

de nieve. También el cielo parecía carecer de toda luminosidad. No sabía qué iba a

decir, pero cuando abrió la boca, murmuró:

—Nevó toda la noche, Stella. John Jaffrey no debería haber dado nunca esa

maldita fiesta.

4

Stella se sentó en la cama y le habló como si acabase de decir algo razonable.

—¿No fue esa fiesta de John hace más de un año, Ricky? No veo qué tiene que

ver eso con la nevada de anoche.

Ricky se frotó los ojos y las mejillas apergaminadas y luego se alisó el bigote.

—Anoche hizo un año. —Y entonces oyó lo que había dicho—. No, desde luego

que no. Nada que ver, quiero decir.

—Vuelve a la cama y dime qué te pasa, mi amor.

—No, estoy bien —dijo él, pero volvió a la cama. Cuando estaba levantando las

frazadas para meterte debajo, Stella le dijo:

—No, no estás bien, hijo. Tienes que haber tenido una pesadilla horrible. ¿No

quieres contármela?

—No tiene mucho sentido.

—Cuéntame, de todos modos. —Stella empezó a acariciarle la espalda y los

hombros. Se volvió para mirarla, con la cabeza apoyada en la almohada de color azul

marino. Como había dicho Sears, Stella era una belleza. Lo había sido cuando él la

conoció y, según parecía, sería una belleza hasta que muriera. No era una belleza

regordeta de ilustración de caja de bombones, sino algo que residía en los pómulos

salientes, planos faciales limpios y cejas negras bien marcadas. El pelo de Stella se

había vuelto de un decidido tono gris apenas cumplió los treinta años, pero se había

negado a teñírselo, por haber advertido mucho antes que nadie el atractivo sexual

que significaba una espesa cabellera canosa combinada con un rostro juvenil. Tenía

ahora esa cabellera espesa y gris, pero el rostro no había dejado de ser juvenil. Mas

exacto sería afirmar que nunca había tenido un rostro joven, pero que tampoco sería

nunca viejo. La verdad era que con cada año que pasó, hasta los cincuenta años, cada

vez se volvió más hermosa, para detenerse por fin en esa edad. Era diez años menor

que Ricky, pero cuando tenía buen semblante, todavía aparentaba apenas cuarenta.

—Dime, Ricky —insistió—. ¿Qué diablos pasa?

Ricky empezó entonces a contarle su sueño y vio en el elegante rostro de Stella

la preocupación, el horror, el amor y el temor. Seguía frotándole la espalda, pero

ahora le acarició el pecho.

—Querido —le dijo cuando Ricky terminó la historia—, ¿tienes de veras sueños

como éste todas las noches?

—No. —Al mirarla a la cara y estudiar lo que había bajo las emociones

superficiales del momento, vio la preocupación de sí misma y la ironía que siempre

estaban presentes en Stella y a las que se unía un «Eso fue lo peor». Luego, con una

leve sonrisa, porque veía hacia dónde se dirigían todas esas caricias, dijo—: Este

sueño fue campeón entre todos.

—En los últimos tiempos has estado muy tenso. —Stella le tomó una mano y se

la besó.

—Lo sé.

—¿Todos ustedes tienen esos sueños?

—¿Todos, quiénes?

—Los de la Chowder Society —repuso ella, apoyando la mano de él en su

propia mejilla.

—Creo que sí.

—Bien —dijo y se sentó en la cama para quitarse el camisón, pasándolo por

sobre la cabeza—. ¿No creen, viejos tontos, que tendrían que hacer algo? —Una vez

sin el camisón, sacudió la cabeza para que el pelo volviese a su lugar. Sus dos hijos le

habían dejado el pecho caído y con pezones agrandados y oscuros, pero en general

su cuerpo era apenas más viejo que su rostro.

—No sabemos qué hacer —confesó.

—Bien, yo sé qué hacer —dijo ella y abriendo los brazos se tendió en la cama. Si

Ricky había deseado alguna vez haberse mantenido soltero como Sears, no lo deseó

esa mañana.

—Viejo verde —le dijo Stella cuando terminaron—. De no haber sido por mí,

habrías renunciado a esto hace tiempo. Qué gran pérdida. Si no fuera por mí,

tendrías tanta dignidad que no osarías desnudarte.

—No es verdad.

—¿No, eh? ¿Qué harías, entonces? ¿Perseguir niñas como Lewis Benedikt?

—Lewis no persigue a niñas.

—Bueno, niñas de veinte años.

—No, yo no haría eso.

—Ya ves. Tenía razón yo. Tu vida sexual no existiría, como le pasa a tu

queridísimo amigo Sears. —Stella acomodó las sábanas y frazadas en su lado de la

cama y se levantó.

—Me ducharé yo primero —dijo. Todas las mañanas Stella necesitaba pasar un

buen rato a solas en el cuarto de baño. Se puso la bata larga de color blanco tiza y

adoptó una expresión como si estuviese por ordenar el saqueo de Troya—. Pero

antes te diré lo que haría en tu lugar. Deberías llamar ahora mismo a Sears y contarle

esa pesadilla horrorosa. No irás a ninguna parte si por lo menos no hablas un poco

de ella. Si los conozco bien a ustedes dos, son capaces de pasar semanas sin decirse

nada personal. Es terrible. ¿De qué hablan, dicho sea de paso?

—¿De qué hablamos? —repitió Ricky, algo desconcertado—. Hablamos de

Derecho.

—Ah, Derecho —contestó Stella y se fue rápidamente al cuarto de baño.

Cuando salió, media hora más tarde, encontró a Ricky sentado en la cama con

expresión confusa. Las bolsas que tenía debajo de los ojos eran más grandes que de

costumbre.

—Todavía no trajeron el diario —dijo—. Fui abajo a mirar.

—Claro que no está —afirmó Stella, dejando una toalla y una caja de toallas de

papel en la cama y volviéndose para dirigirse al cuarto de vestir—. ¿Qué hora

imaginas que es?

—¿Qué hora? No, ¿qué hora es? Dejé el reloj sobre la mesa.

—Apenas son las siete.

—¿Las

siete? —Normalmente nunca se levantaban hasta las ocho y en general

Ricky daba vueltas por la casa antes de partir para la oficina de Wheat Row a las

nueve y media. Aunque ni Sears ni él lo admitían, no había ya tanto trabajo para

ellos. De vez en cuando los visitaban antiguos clientes, algunos juicios eran tan

complicados que parecían con perspectivas de prolongarse a través de la década

siguiente, siempre había un testamento o dos o un problema de impuestos que

aclarar, pero en realidad podrían haber permanecido en casa dos días de la semana

sin que nadie reparase en ello. A solas en su propio sector de oficinas, Ricky había

estado leyendo en los últimos tiempos la segunda obra de Donald Wanderley,

tratando de convencerse de que deseaba en realidad la presencia de su autor en

Milbum—. ¿Qué estás haciendo levantada? —preguntó en voz alta.

—Me despertaste con tus gritos, permíteme que te lo recuerde —repuso Stella

desde el cuarto de vestir—. Tenias problemas con un monstruo que quería comerte.

¿Recuerdas?

—Mmmm —dijo Ricky—. Me pareció que estaba oscuro afuera.

—No eludas la cuestión —insistió SteIla y un minuto más tarde estaba otra vez

junto a la cama, completamente vestida—. Cuando uno empieza a dar gritos en

sueños, es hora de tomar en serio lo que pasa, sea lo que fuere. Sé que no consultarás

a un médico...

—Por lo menos, no a un psiquiatra —afirmó Ricky—. La cabeza me funciona

bien.

—Lo sabía. Pero como no contemplas eso, deberías, por lo menos, hablar de ello

con Sears. No me gusta ver cómo te consumes de ansiedad. --Con esas palabras,

Stella se alejó hacia la escalera.

Ricky se reclinó y se quedó pensativo. Había sido, como le dijo a Stella, la peor

de sus pesadillas. Sólo pensar en ella ahora le provocaba agitación. Sólo pensar en

Stella alejándose por la escalera era, en cierto nivel, motivo de agitación. El sueño

había sido de un extraordinario realismo con los detalles y la consistencia de hechos

que ocurren en estado de vigilia. Recordó los rostros de sus amigos, pobres

cadáveres patéticos. Aquello fue horrible y, en cierto modo, inmoral y el golpe

causado a su sentido de la moral más aún que todo el horror, era lo que le había

hecho abrir la boca y gritar. Tal vez Stella tuviese razón. Sin saber bien cómo

abordaría el tema con Sears, levantó el auricular del teléfono junto a su cama.

Cuando el aparato de Sears sonó una vez, decidió que esta acción no coincidía con su

manera habitual de actuar y que no tenía la menor idea de por qué Stella pensaba

que Sears James tendría algo de valor que decirle. Pero era ya demasiado tarde,

porque Sears había respondido y estaba hablando.

—Ricky, Sears.

Sin duda era una mañana en que todos mostraban inconsistencia en su

conducta, pues nada menos típico de Sears fue la reacción que tuvo.

—Ricky, gracias a Dios que llamaste —dijo—. Debes tener un sexto sentido.

Estaba por llamarte en este momento. ¿Puedes pasar a buscarme dentro de cinco

minutos?

—Dame un cuarto de hora —repuso Ricky—. ¿Qué sucedió? —Y al recordar su

sueño, preguntó—: ¿Se murió alguien?

—¿Por qué me lo preguntas? —preguntó a su vez Sears con un tono diferente,

cortante.

—Por nada. Te lo diré después. Entiendo que no vamos a Wheat Row.

—No. Acabo de recibir un llamado de nuestro Virgilio. Quiere que vayamos

allá. Quiere iniciar juicio contra cuanta gente conoce. Date prisa, ¿quieres?

—¿Elmer quiere que vayamos los dos a la parcela? ¿Qué sucedió? —Sears

mostró impaciencia.

—Algo devastador, según parece. Ven de una vez, Ricky.

5

Mientras Ricky se metía bajo una ducha bien caliente, Lewis hacía ejercicio

corriendo al trote por un sendero en el bosque. Hacía esto todas las mañanas,

recorriendo unos tres kilómetros antes de prepararse el desayuno para sí y para

cualquier muchacha que hubiese pasado la noche en su casa. Hoy, como siempre

después de las reuniones de la Chowder Society, no había muchacha y Lewis corría

con más denuedo que el habitual. La noche anterior había sufrido la peor pesadilla

de su vida. Todavía duraban sus efectos y esperaba que una buena marcha a trote los

disiparía. Mientras otros hombres se confiaban a un diario o bien a su amante o bien

bebían, Lewis hacía ejercicio. Y ahora con su enterizo azul marino y sus zapatillas

Adidas, avanzaba sin aliento por el sendero que atravesaba sus bosques.

La propiedad de Lewis había incluido tanto los bosques como los prados,

además de la parcela de piedra que amaba desde el momento en que la vio por

primera vez. Era como una fortaleza, con persianas, una enorme construcción

levantada a principios de siglo por un agricultor con gustos de aristócrata a quien le

agradaba el aspecto de los castillos que ilustraban las novelas de Walter Scott,

predilectas de su mujer. Lewis no conocía a Walter Scott ni lo admiraba, pero tantos

años de haber vivido en hoteles habían dejado en él una necesidad de contar con

gran cantidad de habitaciones a su alrededor. En una casa reducida habría sentido

claustrofobia. Cuando decidió vender su hotel a una cadena que venia ofreciéndole

sumas cada vez mayores en los seis últimos años, contó con dinero suficiente,

después de pagar sus impuestos, para adquirir la única casa, ya fuese en Milburn o

en sus inmediaciones, que realmente le satisfacía, además de una suma para

amueblarla a su gusto. Las paredes recubiertas de madera, las armas largas y las

lanzas no siempre agradaban a sus huéspedes del sexo femenino. (Stella Hawthorne,

que pasó tres tardes llenas de experiencias en la parcela de Lewis poco después de su

retorno, había comentado que nunca en su vida había estado en el interior de un

casino de oficiales antes.) Lewis vendió el prado tan pronto como pudo, pero se

quedó con el bosque porque le gustaba la idea de ser dueño de él.

Al recorrerlo al trote siempre veía algo nuevo que intensificaba su sensación de

vivir: un día un manchón de flores silvestres en un hueco junto al arroyo, al día

siguiente un tordo con alas rojizas, grande como un gato, que lo miraba con

expresión de alucinado desde las ramas de un arce. Hoy no prestaba atención, sino

que corría, simplemente, por el sendero cubierto de nieve, lleno de un anhelo de que

lo que fuese que estaba sucediendo terminase de una vez. Quizás el joven Wanderley

pudiese enderezar las cosas. A juzgar por su libro, él mismo conocía uno que otro

lugar sombrío. Tal vez John tuviese razón y el sobrino de Edward podría descubrir,

por lo menos, qué estaba pasándoles a los cuatro. No podía ser solamente culpa,

después de tanto tiempo. El asunto de Eva Galli había ocurrido hacía tanto que había

involucrado a cinco hombres diferentes, en un país diferente. Si uno contemplaba la

región y la comparaba con lo que había sido durante la década del veinte, nunca se

habría dicho que era la misma. Hasta estos bosques habían sido plantados y habían

crecido por segunda vez, a pesar de que a él le gustaba imaginar que no.

Mientras corría, le agradaba pensar en los inmensos bosques naturales que en

una época cubrieron casi la totalidad de América del Norte: el vasto cinturón de

árboles y vegetación, la riqueza silenciosa por la cual se movían sólo él y los pieles

rojas. Y unos pocos espíritus. Sí, en la interminable cripta de esos bosques cabía creer

en los espíritus. La mitología indígena estaba llena de ellos. Armonizaban con el

paisaje. Ahora, en cambio, en el mundo de los Reyes de la Hamburguesa y de las

canchas de golf con dispositivos automáticos para jugar, seguramente todos aquellos

fantasmas tiránicos del pasado habían sido ahuyentados.

Todavía no han sido ahuyentados del todo, Lewis. Todavía no.

Era como otra voz que hablase en su interior. Qué disparate, que no se hubiesen

ido, pensó, pasándose una mano por la cara.

Aquí, no. Todavía no.

Qué diablos. Se estaba asustando a sí mismo. Todavía lo afectaba la maldita

pesadilla. Quizás había llegado el momento de que todos hablasen mutuamente de

sus pesadillas, de que las describiesen. Y suponiendo que todos tuviesen la misma...

¿Qué significaría? La mente de Lewis no osaba adelantarse tanto. Bien, significaría

algo y por lo menos hablar del asunto sería útil. Creía haber sentido tanto miedo que

se despertó, esa mañana. Hundió el pie en la nieve mezclada con barro y vio con

claridad la imagen final del sueño: los dos hombres que se apartaban los capuchones

para mostrar los rostros cadavéricos.

Todavía no.

Maldición. Se detuvo, exactamente en la mitad del trayecto que cumplía

siempre y se enjugó la frente en la manga de su chaqueta de punto. Sintió deseos de

que hubiese terminado ya la carrera y de encontrarse otra vez en su cocina,

preparando café, o disfrutando del aroma del tocino frito en la sartén. Se dijo a sí

mismo que era mucho más fuerte de lo que parecía serlo en aquel momento, Viejo

buitre... Siempre debió ser fuerte, desde el día que Linda se mató. Por un instante se

apoyó en el cerco al final del sendero, donde describía una curva para volver a

internarse entre los árboles y miró con aire distraído el prado que había vendido.

Estaba ahora con una fina capa de nieve, una extensión de superficie despareja en la

cual momentáneamente la luz cruda se reflejó y pareció hacer ruido. Todo eso

tendría que haber sido el bosque.

Donde se ocultan seres oscuros.

Qué demonios... Bien, si se ocultaban allí, en aquel momento no veía a ninguno.

El aire estaba pesado y vacío y se veía casi toda la extensión del valle, la hondonada

hacia la cual iban los camiones por la Ruta 17 en dirección a Binghamton y Elmira, o

bien en dirección opuesta, hacia Nueva York o Poughkeepsie. Sólo por un instante,

los bosques a sus espaldas le hicieron sentirse aprensivo. Se volvió, pero no vio más

que el sendero que serpenteaba entre los árboles. Oyó solamente una ardilla

indignada y quejándose de que pasaría hambre ese invierno.

Hermana, todos hemos pasado hambre algunos inviernos.

Estaba pensando en la

estación inmediata al suicidio de Linda. Nada aleja tanto a los huéspedes como un

suicidio que se divulga. ¿Y la señora Benedikt existe? Sí, sí, es ella, sangrando en todo

el patio... sabe, la que tiene el cuello torcido en forma tan rara. Se fueron uno a uno y

lo dejaron con una inversión de dos millones de dólares y sin la menor entrada en

efectivo. Debió despedir a tres cuartas partes del personal y pagar al resto de su

propio bolsillo. Pasaron tres años antes de que sus negocios se recuperasen y seis

años antes de que pudiese pagar sus deudas.

De pronto tuvo deseos, no de café y tocino frito, sino de una botella de cerveza

de O’Keefe. Cinco litros de cerveza. Tenía la boca seca y le dolía el pecho.

Sí, todos pasamos inviernos de hambre, hermana.

¿Cinco litros de O’Keefe? Habría

bebido un barril. Al recordar la muerte de Linda, sin sentido, inexplicable, ansió

intensamente embriagarse.

Era hora de volver. Sacudido por los recuerdos, pues la cara de Linda se le

había presentado con total claridad, llamándolo a través de los nuevos años

transcurridos, se volvió del cerco y respiró hondo. Correr, no beberse cinco litros de

cerveza, era su terapia de hoy. El sendero a través de los dos kilómetros de bosque le

parecía más estrecho, más oscuro.

Tu problema, Lewis, es que eres cobarde.

Fue la pesadilla que reavivó todos aquellos recuerdos. Sears y John, con esos

ropajes de la tumba, con esos rostros macabros. ¿Por qué no Ricky? Si estaban los

otros dos miembros que quedaban en la Chowder Society, ¿por qué no el tercero?

Antes de empezar a correr estaba ya cubierto de sudor. El camino de regreso

describía una larga curva hacia la izquierda antes de volver en la dirección de la

parcela. Normalmente el largo y calmoso rodeo representaba para Lewis la parte

predilecta del ejercicio de la mañana. Los bosques se cerraban frente a él casi de

inmediato y antes de haber avanzado quince pasos, uno olvidaba la existencia del

prado abierto que quedaba detrás. Más que ningún otro sector del sendero, el bosque

parecía aquí el primitivo, con sus gruesos robles y sus abedules esbeltos como

jóvenes que luchaban por espacio para sus raíces entre los apretados helechos que se

adelantaban hacia el sendero. El placer al recorrerlo hoy era casi inexistente. Todos

aquellos árboles, por su número y su solidez, eran vagamente amenazadores:

haberse alejado en su carrera de la casa era como haberse alejado de su seguridad.

Sus pasos levantaban la nieve en una nube de polvillo blanco e hizo un último

esfuerzo para acortar el camino que lo llevaba a casa.

Cuando tuvo la sensación por primera vez, trató de ignorarla, en una promesa

muda de no dejar que el miedo lo invadiese aún más. Se le había ocurrido de pronto

que alguien estaba oculto en el punto de origen del sendero de retorno, exactamente

donde estaban los pinos. Sabía que no podía haber nadie allí, pues era imposible que

alguien pudiese haber atravesado el prado sin que él lo hubiese visto. Sin embargo, la

sensación persistía y no pudo disiparla con los argumentos que se formulaba a sí

mismo. Los ojos de su observador parecían seguirlo y penetrar cada vez mis la

espesura. Una cuadrilla de cuervos levantó vuelo de los robles al frente. En cualquier

otra ocasión eso le habría encantado, pero en ésta dio un brinco al oír la algarabía y

por poco no cayó.

Después la sensación cambió y se volvió más intensa. La persona que había

estado a sus espaldas lo perseguía y lo miraba fijamente, con ojos enormes. Frenético,

desesperado, corría hacia casa sin osar mirar hacia atrás. Sentía los ojos que lo

miraban y la sensación persistió hasta que hubo alcanzado el sendero que cortaba el

jardín a los fondos de la casa desde el borde del bosque hasta la puerta de la cocina.

Mientras corría por el sendero, sentía el dolor de su pecho al respirar

afanosamente. Abrió con rapidez la puerta y entró, golpeándola tras sí. En seguida se

acercó a la ventana junto a la puerta. El lugar estaba desierto y las únicas huellas de

pisadas eran las suyas. Estaba asustado, a pesar de ello, y miró entonces el límite del

bosque. Por un instante un extraño impulso nervioso en el cerebro le dijo que quizá

debería vender todo y mudarse a la ciudad. Pero no había huellas, no era posible que

hubiese nadie allí, invisible detrás de la protección de los árboles. No permitiría que

el miedo lo ahuyentase de esa casa que le era indispensable, ni que la propia

debilidad lo llevase a cambiar este solitario esplendor por la incomodidad de un

ambiente reducido. Se aferraría a esta decisión, tomada en medio de su fría cocina el

primer día de nieve.

Puso una marmita en el fuego, retiró su cafetera de un estante, llenó el molinillo

eléctrico con granos de café y lo hizo funcionar hasta que pulverizó los granos.

Qué

diablos...

Abrió la heladera, sacó una botella de cerveza O’Keefe y quitándole la tapa

de prisa la bebió hasta vaciarla casi, sin tomarle el gusto a la cerveza. Y al sentir caer

el liquido en el estómago, un pensamiento doble lo dejó sorprendido:

Quisiera que

Edward viviese. Quisiera que John no hubiese insistido tanto en esa maldita fiesta.

6

—Bien, habla —le dijo Ricky—. ¿Se trata otra vez de intrusos? Te explicamos ya

nuestra posición. Tiene que saber que aun cuando ganase un juicio, no ganaría lo

suficiente para pagar las costas.

Estaban en las primeras estribaciones de las colinas que rodean el valle de

Cayuga y Ricky manejaba el viejo Buick con gran precaución. Los caminos estaban

resbaladizos y aunque en circunstancias normales habría colocado sus cubiertas para

nieve antes de cubrir siquiera los doce kilómetros hasta la parcela de Elmer Scales,

esa mañana Sears no le había dado tiempo para hacerlo. Sears mismo, enorme, con

sombrero negro y abrigo de invierno con cuello de piel, parecía tan consciente de la

sensación de urgencia como Ricky.

—Piensa en el volante —le dijo—. Dicen que hay hielo en los caminos de las

inmediaciones de Damascus.

—No vamos a Damascus —señaló Ricky.

—Aun así.

—¿Por qué no quisiste usar tu auto?

—Esta mañana están colocándome las cubiertas para nieve.

Ricky repuso con un gruñido, divertido. Sears estaba en uno de sus estados de

ánimo hoscos, consecuencia habitual cada vez que hablaba con Elmer Scales. Era uno

de sus clientes más antiguos y también más difíciles. (Los había consultado por

primera vez cuando tenía quince años, dándoles una larga lista de personas a las que

deseaba entablar juicio. Nunca habían logrado deshacerse de él, ni tampoco Scales,

por su parte, había dejado de considerar un juicio inmediato como la mejor manera

de encarar cualquier indicio de conflicto.) Era un hombre delgado y excitable, con

orejas salientes y voz aguda, a quien Sears había dado el apodo de «nuestro Virgilio»

por las poesías que escribía y enviaba sistemáticamente a las revistas católicas y a los

diarios locales. Ricky entendía que en forma igualmente sistemática las revistas se las

devolvían —en una ocasión Elmer le mostró un fichero repleto de fichas de

manuscritos rechazados—, pero los diarios locales le habían publicado una o dos.

Eran poemas edificantes, cuyas imágenes tenían origen en la vida de Elmer como

agricultor:

Las vacas hacen muu, Las ovejas hacen mee. La Gloria Divina ilumina nuestra

Fe.

Iluminado por su fe en los litigios, Elmer marchaba sin arredrarse, con sus ocho

hijos.

Una o dos veces por año uno u otro de los dos socios debía acudir a la parcela

de Scales, donde Elmer lo llevaba hasta un agujero en un cerco por donde un cazador

o un chico había cortado camino a través de los campos. A menudo Elmer había

identificado a estos intrusos con sus binoculares y siempre quería entablar un juicio.

Generalmente conseguían disuadirlo, pero siempre estaba en medio de un litigio de

algún tipo. Esta vez, Ricky sospechaba que los problemas de Scales eran más serios

que de costumbre. Nunca antes había pedido —o mejor dicho, ordenado— a ambos

socios que fuesen a la parcela.

—Como bien sabes, Sears —dijo ahora—, soy capaz de manejar y pensar al

mismo tiempo. Voy a unos moderados cuarenta kilómetros por hora. Creo que

puedes confiarme lo que ha inventado Elmer esta vez.

—Murieron algunos de sus animales —señaló Sears, con los labios tan

apretados que parecía indicar su temor de que salieran de la huella en cualquier

instante.

—Entonces, ¿para qué vamos allá? No podemos resucitarlos.

—Quiere que los veamos. Llamó asimismo a Walter Hardesty.

—Entonces no murieron simplemente.

—¿Quién puede saberlo, cuando se trata de Elmer? Y ahora, te pido que te

concentres en que lleguemos allá sanos y salvos, Ricky. Esta experiencia será ya

bastante sangrienta por sí sola.

Al mirar a su amigo, Ricky observó por primera vez esa mañana qué pálido

estaba. Bajo la piel tirante unos vasos azulados llegaban en ciertos puntos a hacerse

visibles, muy cerca de la superficie. Bajo los ojos azules de mirada vivaz había

manchas grises de piel surcada de arrugas.

—No dejes de mirar el camino —le dijo Sears.

—Tienes un aspecto terrible.

—No creo que Elmer lo note.

Los ojos de Ricky estaban por suerte fijos en el camino otra vez, lo cual lo

autorizaba a volver a hablar.

—¿Pasaste una mala noche?

—Creo que está empezando a derretirse —dijo Sears.

Como esto era una flagrante mentira, Ricky decidió ignorar la respuesta.

—Te pregunté si pasaste una mala noche.

—Ricky, el observador. Sí, pasé mala noche.

—Yo, también. Stella cree que debemos conversar sobre esto.

—¿Por qué? ¿También ella pasa malas noches?

—Creo que discutirlo sería útil.

—Eso suena como algo típico de una mujer. Hablar no hace más que reabrir

heridas. No hablar ayuda a cicatrizarlas.

—En tal caso, fue un error invitar a Donald Wanderley a venir.

Sears murmuró algo, exasperado.

—Fui injusto al decir eso —dijo Ricky—. Siento haberlo hecho. Creo,

con todo,

que deberíamos hablar por la misma razón por la que tú consideras que debemos

hacer venir al muchacho.

—No es un muchacho. Debe tener treinta y cinco años. Y aun cuarenta, quizá.

—Sabes qué quiero decir —Ricky respiró hondo—. Y ahora, deseo pedirte

perdón de antemano, porque estoy por contarte mi pesadilla. La tuve anoche. Stella

dice que me desperté gritando. De cualquier manera, fue el peor de los sueños que he

tenido hasta ahora. —El cambio en la atmósfera interior del auto indicó a Ricky que

Sears mostraba un profundo interés—. Estaba en una casa vacía, en un piso superior,

y una bestia misteriosa estaba tratando de encontrarme. Omitiré el medio, pero la

sensación de peligro era avasalladora. Al final del sueño entró en el cuarto donde yo

estaba, pero no era ahora un monstruo. Eran tú, Lewis y John. Los tres estaban

muertos. —Al mirar de reojo, Ricky vio la curva de la mejilla manchada de Sears y la

del ala de su sombrero.

—¿Nos viste a los tres?

Ricky hizo un gesto afirmativo.

Sears se aclaró la garganta y seguidamente bajó el vidrio de la ventanilla unos

centímetros. El auto se llenó de aire glacial. Debajo del abrigo negro, el pecho de

Sears se expandió y algunos pelos rígidos de su cuello de piel se aplastaron bajo la

ráfaga.

—Qué extraordinario —dijo—. ¿Dices que estábamos los tres?

—Sí. ¿Por qué?

—Extraordinario. Porque yo tuve un sueño idéntico. Pero cuando esa cosa

horrible se metió en mi cuarto, vi solamente a dos hombres. Lewis y John. Tú no

estabas.

Ricky percibió una nota en la voz de su amigo que le llevó un momento

identificar, pero cuando lo hizo, el darle un nombre basté para hacerle guardar

silencio hasta que doblaron en el largo camino que conducía a la parcela de Elmer:

era envidia.

—Nuestro Virgilio —declaró Sears. En esto pensaba Ricky mientras avanzaban

despacio por la senda en dirección a la casa de dos pisos, solitaria y aislada, cuando

vieron a Seales, obviamente lleno de impaciencia, con gorra y chaqueta a cuadros,

que los esperaba en la galería. Al mismo tiempo se le ocurrió que tanto la casa como

Scales mismo parecían salidos de un cuadro costumbrista de Andrew Wyeth, o mejor

aún de una ilustración del dibujante Norman Rockwell con sus temas tradicionales.

Las orejas aparecían enrojecidas bajo las orejeras de su gorra, atadas arriba del

cráneo. En el espacio despejado delante de la entrada estaba estacionado un Dodge

de color gris y cuando Ricky detuvo el suyo junto a él, vio que tenía el sello del jefe

de policía en la puerta.

—Está Walt aquí —dijo. Sears hizo un gesto mudo.

Bajaron ambos del automóvil ajustándose bien los abrigos alrededor del cuello.

Scales, flanqueado por dos niños que tiritaban de frío, no se movió de la entrada

cubierta por un alero. Tenía la expresión alterada y a la vez rígida de obstinación con

que acudía a sus litigios más violentos. La voz aguda los llamó:

—Ya era hora de que llegasen mis dos abogados. Hace diez minutos que está aquí

Walt Hardesty.

—No tuvo que viajar tanto —rezongó Sears. El ala del sombrero se le levantó

con el viento que corría sin obstáculo por los campos.

—Sears James, estoy seguro de que nadie se quedó jamás con la última palabra

al hablar contigo. ¡Vamos, chicos! Métanse en casa o se les congelará el trasero. —Al

decir esto dio leves palmadas a ambos crios y los dos chicos desaparecieron detrás de

la puerta. Scales estaba un paso más arriba de los dos hombres y sonreía sin mayor

humorismo.

—¿Qué pasa, Elmer? —le preguntó Ricky, sin soltarse el cuello del abrigo. Tenía

los pies, dentro de los lustrados zapatos negros, hechos un par de témpanos.

—Tendrán que verlo. En realidad no están vestidos para caminar por los

prados, como que son gente de la ciudad. Bien, mala suerte para ustedes. Esperen un

segundo. Traeré a Hardesty. —Después de desaparecer unos instantes en la casa

volvió acompañado por el jefe de la policía, Hardesty, que vestía una chaqueta suelta

de algodón forrada de piel de carnero y llevaba un sombrero de alas anchas. Después

de haber oído el comentario de Scales, Ricky no pudo menos que advertir que el

sheriff

calzaba gruesas botas de cuero.

—Señor James, señor Hawthorne —los saludó. El vapor brotaba de su bigote,

más espeso e hirsuto aún que el de Ricky. Con su atuendo de vaquero, Hardesty

aparentaba tener quince años menos de los que tenía en realidad—. Ahora que

llegaron ustedes —dijo—, puede ser que Elmer nos muestre el misterio de que habla.

—No duden de que se los mostraré —afirmó Scales. Bajaron los escalones de la

entrada y con el dueño de casa abriendo la marcha, se alejaron por una senda en

dirección al establo salpicado de nieve.

—Por aquí, señores. Verán lo que voy a mostrarles. Hardesty caminaba a la par

de Ricky y Sears, solo, con inmensa dignidad, el último del grupo.

—Frío de perros —comentó el

sheriff —. Sospecho que tendremos un invierno

largo.

—Espero que no —dijo Ricky—. Soy demasiado viejo para soportar inviernos

largos.

Con gestos exagerados y una expresión semejante a alegría en el rostro

huesudo, Elmer Scales abrió el candado en un largo cerco de madera que llevaba a

un potrero cerrado.

—Y ahora, fíjate bien, Walt —dijo—. Ve si eres capaz de encontrar huellas. —Al

decir esto señaló unas pisadas en ángulo, como las de un gato, sólo que eran

humanas—. Estas son las mías de esta mañana, al ir y volver. —Las de regreso

estaban bien separadas, como si Scales hubiese vuelto corriendo— ¿Dónde está tu

libreta? ¿No piensas anotar nada?

—Cálmate, Elmer —repuso el

sheriff—. Primero quiero ver de qué se trata.

—Tomaste notas bien rápido cuando mi chico mayor chocó con el auto.

—Vamos, Elmer. Muéstranos lo que quieres que veamos.

—Ustedes,

dandies de ciudad, se arruinarán los zapatos —dijo Elmer—, pero no

hay remedio. Síganme.

Hardesty obedeció y siguió a Elmer. Sus anchas nalgas bajo el abultado

chaquetón daban al agricultor a su lado el aspecto de un ágil adolescente. Ricky miró

hacia atrás en dirección a Sears, que llegaba ahora al portón y contemplaba el prado

cubierto de nieve con aire de malhumor.

—Podría habernos avisado que debíamos traer calzado para nieve —se quejó.

—Mira, Elmer se divierte —le dijo Ricky con aire sorprendido.

—Se divertirá mucho más cuando yo me atrape una pulmonía y le inicie un

juicio a

él —murmuró Sears—. Bien, ya que no hay alternativa, sigamos.

Con aire decidido puso un pie bien calzado en el suelo del potrero, donde

inmediatamente se le hundió en la nieve hasta los cordones. Con una exclamación de

disgusto, lo levantó y lo sacudió. Los otros estaban ya en la mitad del camino al

atravesar el potrero.

—No seguiré —afirmó Sears, metiéndose las manos en los bolsillos del

excelente abrigo que llevaba—. Qué diablos... que venga a la oficina.

—En tal caso, será mejor que yo vaya —dijo Ricky y fue detrás de los otros dos

hombres. Walter Hardesty se había vuelto para mirarlos y al hacerlo se acariciaba el

gran bigote, policía de frontera trasladado a un campo nevado en el Estado de Nueva

York. Aparentemente, sonreía. Elmer Scales seguía avanzando, sin reparar en nada.

Ricky avanzó a su vez, apoyando los pies en las huellas dejadas por los otros. Detrás

de él oyó a Sears dejar escapar un ruidoso suspiro, suficiente para inflar un globo, y

emprender la marcha para seguirlos. Con un aire de triunfante alegría, Elmer se

detuvo en una eminencia del terreno. Junto a él, cubiertas a medias por la nieve,

había pilas de ropa sucia. Cuando Hardesty llegó junto a estas pilas grisáceas, se

arrodilló y hurgó bajo la pila. Luego gruñó, empujó y Ricky vio aparecer cuatro patas

negras y rígidas, levantadas en el aire.

Con los zapatos empapados y los pies helados, Ricky llegó a su vez junto a

ellos. Sears, con los brazos bien separados para mantener el equilibrio, seguía

avanzando hacia ellos, con el ala del sombrero aplastada hacia arriba por el viento.

—No sabía que criabas aún ovejas —oyó decir a Hardesty.

—¡No las crío! —gritó Scales—. Tenía sólo esas cuatro y ahora no las tengo.

Alguien las maté. Las tenía como recuerdo de los viejos tiempos. Mi padre tenía unas

doscientas, pero no hay ganancia en esas tontas hoy en día. A los chicos les gustaban,

eso es todo.

Ricky miró los cuatro animales muertos. Tendidos sobre los flancos, los ojos

vidriosos, la nieve sobre la lana apelmazada. Ingenuamente, preguntó:

—¿Qué las mató?

—¡Exacto! Es eso, ¿ven? —Elmer entraba ahora en un estado de furia—. ¡Qué!

¡Bien, ya que ustedes representan la ley aquí, díganmelo!

Arrodillado junto al cuerpo grisáceo de una de las ovejas que había vuelto hacia

arriba, Hardesty miró a Scales exasperado.

—¿Quieres decir que no sabes, siquiera, si estos animales murieron por causas

naturales?

—¡Yo sé, yo sé! —dijo Scales, levantando los brazos en un gesto dramático.

Parecía un murciélago pronto a levantar vuelo.

—¿Cómo lo sabes?

—Sé que nada es capaz de matar a estas bestias, es eso lo que sé. ¿Y qué

demonios podría matar a las cuatro a la vez? ¿Síncopes? ¡Vaya!

Sears se reunió con ellos y su silueta junto a Hardesty arrodillado hizo parecer

pequeño a este último.

—Cuatro ovejas muertas —dijo, contemplándolas—. Y ahora supongo que

quieres hacerles juicio.

—¿Qué? ¡Encuentra al loco que hizo esto y le haré juicio!

—¿Y quién podría ser?

—No sé, pero...

—Dilo —dijo Hardesty, levantando los ojos de las ovejas tendidas junto a sus

rodillas.

—Se los diré adentro. Entretanto, don

sheriff, mírelas bien y tome nota de lo que

les hizo él.

—¿Él?

—Adentro.

Hardesty, con el ceño fruncido, hurgaba una carcaza.

—Para esto necesita un veterinario, Elmer, no a mí. —Sus manos se movieron

sobre el pescuezo del animal—. ¡Un momento! —exclamó.

—¿Qué? —dijo Scales, dando casi un salto de expectativa.

En lugar de responder, Hardesty se desplazó de costado hasta la oveja siguiente

y hundió profundamente las manos en la lana del pescuezo.

—Podrías haber visto esto tú mismo —dijo y asiendo la nariz y la boca de la

oveja retiró hacia atrás la cabeza.

—Jesús —dijo Scales. Los dos abogados se quedaron mudos. Ricky miró la

herida, visible ahora: era como una gran boca, el largo corte en el pescuezo del

animal.

—Buen trabajo —observó Hardesty—. Excelente trabajo. Bien, Elmer. Probaste

lo que querías probar. Volvamos a la casa —agregó—, limpiándose los dedos en la

nieve.

—Jesús —repitió Elmer—. ¿Degolladas? ¿Las cuatro?

Con un gesto de fatiga, Hardesty tiró hacia atrás las cabezas de los otros dos

animales.

—Todas —repuso.

Unas viejas voces resonaron con claridad en la mente de Ricky. Se miraron con

Sears y luego apartaron la vista, turbados.

—¡Perseguiré hasta la muerte al que me hizo esto! —chilló Elmer—.

¡Mierda! ¡Sabía yo que había algo raro aquí! ¡Mierda!

Hardesty miraba ahora el potrero desierto.

—¿Estás seguro de que subiste aquí una sola vez y volviste directamente a casa?

—Claro.

—¿Cómo supiste que pasaba algo raro?

—Porque las vi aquí esta mañana, desde mi ventana. Generalmente cuando me

lavo la cara por la mañana, lo primero que veo es esas estúpidas. ¿Comprenden? —

dijo, señalando los campos en dirección a la casa. Al mirar todos, vieron los vidrios

relucientes de la ventana de la cocina—. Aquí hay pasto debajo de la nieve. No hacen

más que pasearse todo el día y llenarse la panza. Cuando la nieve se vuelve

realmente espesa, las meto en el establo. Hoy miré y las vi, pero como están ahora.

Pasaba algo malo y por lo tanto me puse las botas y el abrigo y vine. Después te

llamé, Walt, y a ustedes, los abogados. Quiero iniciar juicio y quiero que arresten a

quienquiera que haya hecho esto.

—No hay huellas, aparte de las nuestras —observó Hardesty, palpándose el

bigote.

—Lo sé —dijo Scales—. Las borró.

—Podría ser. Pero generalmente se nota en nieve fresca.

Jesús, se movió. No es posible, está muerta.

—Además, noté otra cosa —dijo Ricky, rompiendo el silencio lleno de

suspicacia entre los dos hombres y acallando a la vez la voz de demente que hablaba

dentro de él mismo—. No hay sangre.

Por un instante los cuatro hombres se quedaron mirando las ovejas y la nieve

fresca. Era verdad.

—¿Podemos irnos de esta estepa, ahora? —preguntó Sears.

Elmer seguía mirando con fijeza la nieve y tragando saliva. Sears emprendió el

regreso a través del potrero y muy pronto lo siguió el resto.

—Muy bien, chicos, fuera de la cocina. Vayan arriba —gritó Scales cuando

llegaron a la casa y se quitaron los abrigos—. Tenemos que hablar en privado.

Vamos, fuera —dijo haciendo gestos con las manos a los chicos congregados en el

vestíbulo, mirando absortos la pistola de Walter Hardesty—. ¡Sarah! ¡Mitchell! Arriba

ya mismo. —Llevó luego a los hombres a la cocina, donde una mujer tan delgada

como Elmer se levantó de un salto de una silla y retorciéndose las manos, dijo:

—Señor James, señor Hawthorne... Les vendría bien un poco de café, ¿no?

—Una toalla de papel, por favor, señora Scales —dijo Sears—. Luego café.

—Toalla...

—Para limpiarme los zapatos. Sin duda el señor Hawthorne necesita lo mismo.

La mujer miró consternada los zapatos del abogado.

—¡Ah, veo ahora! Venga, se los limpiaré —dijo y sacando un rollo de toalla de

papel del armario, arrancó un pedazo largo e hizo el ademán de arrodillarse a los

pies de Sears.

—De ninguna manera —le dijo éste, tomando el papel arrugado de manos de

ella. Sólo Ricky sabía que Sears estaba perturbado y no era simplemente grosero.

—Señor Hawthorne... —Un poco desconcertada por la frialdad de Sears, la

mujer se volvió hacia Hawthorne.

—Sí, por favor, señora Scales, ayúdeme —dijo Ricky—. Es muy amable.

A su vez aceptó un largo trozo de toalla.

—Estaban degolladas —relató Elmer a su mujer—. Qué te dije... Anduvo un

loco por aquí. Y además —en ese punto levantó la voz— es un loco que vuela,

porque no dejó huellas de pisadas.

—Diles —dijo la mujer a Elmer. Este la miró fijamente y ella se apresuró a

preparar el café.

—¿Que nos diga qué? —quiso saber Hardesty. Sin su atuendo de personaje de

televisión, el

sheriff había vuelto a aparentar sus cincuenta años. . «Chupa más que

nunca», pensó Ricky al ver la red de venas en el rostro de Hardesty, la falta de

firmeza cada vez más obvia. La verdad era que a pesar de su aspecto de Texas

Ranger, de la nariz aguileña, de las mejillas curtidas y de los ojos azules de buen

tirador, Walt Hardesty era demasiado holgazán para ser un buen funcionario de la

policía. Era típico que hubiese sido necesario señalarle el segundo par de ovejas. Y

Elmer Scales tenía razón: debería haber tomado notas.

Ahora el agricultor estaba satisfecho de sí mismo y dispuesto a dar la nota

sensacional. Los tendones le sobresalían en el cuello flaco y sus orejas de murciélago

tenían un tono más rojo que de costumbre.

—Qué diablos... Yo lo vi, ¿no? —Al decir esto, puso cara de compungido, con la

boca entreabierta y miró a todos por turno.

—Lo vio —repitió su mujer, a sus espaldas, en un eco que tenía algo de irónico.

—Calla, mujer, ¿qué más? —dijo Scales golpeando la mesa con el puño—.

Prepara ese café y deja de interrumpirme. —Volviéndose a los tres hombres,

prosiguió—: ¡Grande como yo! ¡Más grande que yo! ¡Mirándome! ¡Lo más raro que

haya visto nunca! —Disfrutaba del instante y abrió los brazos—. ¡Afuera, ni más ni

menos! Apenas un poquito más lejos que esto, de donde estoy ahora. ¡Como las

manzanas!

—¿Lo reconociste? —le preguntó Hardesty.

—No lo vi bien. Les diré ahora cómo fue. —Elnier se paseaba por la cocina, sin

poder quedarse quieto y Ricky recordó una vieja idea de que nuestro Virgilio.

escribía poesías porque era demasiado inquieto para detenerse a pensar que no era

capaz de escribirlas—. Estaba aquí anoche, tarde ya. No podía dormir, como siempre.

—Como siempre —repitió con soma su mujer.

Se oyeron chillidos y golpes sordos en el piso alto.

—Deja el café y sube. Ponlos en vereda —le dijo Scales. Mientras ella se iba,

calló. Muy pronto se oyó otra voz sobre la cacofonía general y luego, silencio.

—Como estaba diciendo... Estaba aquí, leyendo unos folletos de equipo rural y

unos catálogos de semillas. ¡Y entonces.., oigo algo en el establo! ¡Merodeador!

¡Maldición! Me levanto de un salto y me acerco a la ventana. Veo que está nevando.

Mañana habrá que trabajar, me digo. Y entonces, lo vi. Junto al establo. No, entre el

establo y la casa.

—¿Cómo era? —dijo Hardesty. Seguía sin tomar notas.

—¡No sé! ¡Estaba demasiado oscuro! —Su voz pasó ahora de medio soprano a

soprano—. ¡Lo vi allí, mirando, mirando!

—¿Lo viste en la oscuridad? —le preguntó Sears, con tono hastiado—. ¿Tenías

encendidas las luces de afuera?

—Señor abogado, debe estar bromeando. Con las cuentas de electricidad que

tenemos... No, pero lo vi y sé que era grande.

—Vamos, ¿cómo lo sabes, Elmer? —dijo Hardesty. La señora Scales bajaba por

las escaleras de madera, con un ruido característico de sus zapatos al golpear cada

escalón. Ricky estornudó. Un niño comenzó a silbar y calló bruscamente al detenerse

los pasos en la escalera.

—¿Acaso no le vi los ojos? ¿No se los vi? ¡Mirándome! ¡A cerca de dos metros

del suelo!

—¿Le vio sólo los ojos? —preguntó Hardesty, incrédulo—. ¿Y qué diablos

hacían los ojos de este hombre, Eliner? ¿Brillar en la oscuridad?

—Acabas de decirlo —repuso Elmer.

Ricky se volvió con viveza hacia Elmer, que miraba a todos con evidente

satisfacción. Luego, sin haber tenido la intención de hacerlo, miró a Sears por sobre la

mesa. Sears se había puesto rígido, tenso al oír la última pregunta de Hardesty y

trataba de no mostrar emoción, pero en el rostro redondo de su amigo vio lo mismo.

Sears también. Para él también significaba algo.

—Bien, yo espero que lo atrapes, Walt y que ustedes dos, mis abogados, le

hagan un juicio que lo deje sin un cobre —dijo Elmer con aire decidido.

Su mujer entraba en la cocina en aquel momento y apoyaba con gestos lo dicho

por su marido. Luego retiró la cafetera del fuego.

—¿Y usted vio algo anoche, señora Scales? —le preguntó Hardesty. Ricky vio

entonces en los ojos de Sears una expresión que indicaba haber reconocido algo y

supo que se había delatado a sí mismo.

—Lo único que vi fue un marido muerto de miedo —contestó ella—. Supongo

que eso no lo dijo.

Elmer carraspeó. Se le movió la nuez de Adán.

—La verdad es que fue muy raro —afirmó.

—Sí —dijo Sears—. Creo que sabemos ya todo lo que necesitamos saber.

Disculpen todos, pero Hawthorne y yo debemos volver a la ciudad.

—¡Primero, tome su café, señor Sears! —dijo la señora Scales, apoyando una

taza de plástico de gran tamaño sobre la mesa—. Si piensa entablar juicio contra

alguien hasta dejarlo sin un cobre, necesita conservar bien las fuerzas.

Ricky se obligó a sonreír, pero Walt Hardesty festejó el comentario con una

risotada.

Afuera Hardesty, otra vez bajo la protección de sus ropas de Texas Ranger, se

inclinó para hablar en voz baja por la rendija de unos centímetros dejada por Sears en

la ventanilla.

—¿Vuelven ustedes a la ciudad? ¿Podríamos encontrarnos en alguna parte para

conversar? Podría ser importante, o bien, no. Con todo, quisiera hablarles.

—Muy bien. Iremos directamente a su oficina.

La mano enguantada de Hardesty se acarició el mentón.

—Preferiría no hablar de esto en presencia de los otros muchachos.

Ricky tenía las manos en el volante, el rostro alerta vuelto hacia Hardesty, pero

una única idea en la mente:

Comienza. Comienza y no sabemos qué es.

—¿Qué propones entonces, Walt? —preguntó Sears.

—Que nos detengamos en el camino, en algún lugar no muy concurrido, donde

podamos hablar tranquilos. Por ejemplo, ¿conocen Humphrey’s, enseguida de pasar

los límites de la ciudad, en la ruta de las Siete Millas?

—Creo haberlo visto.

—Suelo usar un salón al fondo como oficina cuando tengo asuntos

confidenciales. ¿Les parece que nos encontremos allá?

—Si insiste —dijo Sears, sin molestarse en consultar a Ricky.

Siguieron el auto de Hardesty de regreso a la ciudad, viajando a mayor

velocidad que en el viaje de ida. El hecho de que ambos sabían lo que Elmer Scales

había visto de aterrador les impedía hablar. Cuando por fin Sears lo hizo, el tópico

elegido fue neutral.

—Hardesty es tonto e incompetente. Asuntos confidenciales... Su único asunto

confidencial es su botella de alcohol.

—Bien, ahora sabemos dónde pasa las tardes. —Ricky abandonó la carretera

para entrar en la Ruta de Siete Millas. La taberna, único edificio visible allí, era una

colección de ángulos y salientes grises doscientos metros más adelante, sobre la

derecha.

—Mira. Traga bebida gratuita en el salón de los fondos de Humphrey Stalladge.

Le iría mejor en una fábrica de zapatos en Endicott.

—¿De qué crees que nos hablará?

—Lo sabremos bien pronto. Aquí está el lugar de la cita.

Hardesty los esperaba junto a su automóvil en la gran playa de

estacionamiento, casi vacía a esa hora. Humphrey’s no era en realidad más que una

taberna de carretera, con una fachada adornada con techos quebrados y en ángulo

agudo y dos grandes ventanales negros. En uno de ellos el nombre aparecía en luces

de neón. En la otra había otro letrero luminoso que anunciaba en forma intermitente

Utica Club.

Ricky se detuvo al lado del automóvil del sberiff y los dos abogados

bajaron y afrontaron el viento helado.

—Síganme —les dijo Hardesty con falsa cordialidad. Después de mirarse

mutuamente con una sensación de aprensión compartida, subieron las escaleras de

cemento detrás de Hardesty. Ricky estornudó muy fuerte dos veces seguidas tan

pronto como se encontró dentro de la taberna.

Omar Norris, miembro de la pequeña colectividad local de bebedores

empedernidos, estaba sentado en un taburete junto al bar y los miró lleno de

asombro. El gordo Humphrey Stalladge se movía entre los compartimientos del

salón, vaciando ceniceros.

—¡Walt! —saludó y luego hizo otro gesto de saludo a Ricky y a Sears.

El porte de Hardesty era diferente ahora. Dentro de la taberna se sentía más

alto, más señorial y su actitud hacia los dos hombres mayores sugería que ellos

habían venido alli en busca de su consejo. Entonces Stalladge miró con mayor

atención a Ricky y dijo:

—El señor Hawthorne, ¿no? —y con una sonrisa, añadió—: ¡Vaya! Ricky

adivinó entonces que Stella había visitado aquel lugar en alguna oportunidad.

—¿Podemos pasar al salón privado? —preguntó Hardesty.

—Para ustedes, siempre está libre —Stalladge señaló una puerta que decía

«Privado», en un rincón detrás de la larga barra y miró a los tres hombres mientras

atravesaban el salón por el piso lleno de polvo. Omar Norris, sorprendido aún, los

miraba. Hardesty caminaba como un miembro de la FBI, Rocky se destacaba

solamente por su sobria minuciosidad en el vestir; Sears, por su presencia imponente,

que recordaba, como se le ocurrió sólo en ese momento a Ricky, a Orson Welles.

—Traes buena compañía hoy, Walt —dijo Stalladge en voz alta a espaldas de

ellos. Sears hizo uno de sus ruidos guturales de disgusto. Al mismo tiempo,

Hardesty aceptó el comentario con un gesto displicente de la mano enguantada. Con

un gesto de príncipe, Hardesty les abrió la puerta.

Pero una vez detrás de la puerta, después de indicarles que debían recorrer el

oscuro pasillo hasta el salón que se encontraba al final de él, Hardesty aflojó los

hombros, adoptó una expresión menos tensa y dijo:

—¿Quieren beber algo? —los dos hombres respondieron negativamente—. Yo

tengo un poco de sed —dijo entonces y volvió a salir por la puerta.

Sin decir una palabra los abogados recorrieron el pasillo y entraron en el sucio

saloncito de los fondos. La mesa, cubierta de cicatrices de mil generaciones de

cigarrillos estaba en el centro, rodeada por seis sillas plegables. Ricky encontró el

conmutador y encendió la luz. Entre la lamparilla invisible y la mesa, había pilas de

barriles de cerveza que llegaban casi hasta el techo. Aun con la luz encendida, la

porción del frente del cuarto estaba tan oscura como antes.

—¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó Ricky.

Sears se sentó pesadamente en una de las sillas plegables, suspiró, se quitó el

sombrero y lo puso con gran cuidado sobre la mesa.

—Si lo que preguntas es qué saldrá de esta fantástica excursión, te respondo

que nada, Ricky, nada.

—Sears —empezó a decir Ricky—, creo que debemos hablar de lo que Elmer

vio allá.

—Delante de Hardesty, no.

—Estoy de acuerdo. Ahora.

—Ahora, no. Por favor.

—Todavía tengo los pies fríos —dijo Ricky y Sears le dirigió una de sus poco

frecuentes sonrisas.

Oyeron que se abría despacio la puerta en el extremo del pasillo y a poco

apareció Hardesty con un vaso lleno de cerveza, en una mano y una botella llena

hasta la mitad y su sombrero de alas anchas en la otra. Tenía la tez algo más

congestionada, como si la hubiese azotado un fuerte viento del Far West.

—La cerveza es lo mejor para la garganta seca —dijo Hardesty. Bajo el

camuflaje de cerveza que se expandió en su aliento al hablar se percibía otro olor más

intenso, más penetrante, el del whisky ordinario—. Realmente humedece las

cañerías. —Ricky calculó que el

sberiff había conseguido tragarse un vasito de whisky

y media botella de cerveza en el instante que había pasado junto al bar—.

¿Estuvieron aquí antes?

—No —repuso Sears.

—Bien, es un lugar cómodo. Se puede estar a solas y Humphrey cuida que

nadie moleste si tenemos algo confidencial que decir. Además está más o menos

apartado, de manera que es poco probable que nadie vea al

sheriff y a dos de los

abogados más distinguidos de la ciudad metiéndose en una taberna.

—Nadie, salvo Omar Norris.

—Es cierto, pero no creo que él lo recuerde —Hardesty pasó una pierna sobre

una silla, como si tuviese intención de montar en ella, se sentó y al mismo tiempo

dejó caer su sombrero sobre la mesa. Sears movió el propio un poco más cerca de su

abdomen, mientras el

sheriff bebía un gran sorbo de su vaso.

—Si puedo repetir una pregunta hecha por mi socio aquí, ¿qué estamos

haciendo en este lugar?

—Señor James, quiero decirle una cosa. —Los ojos del seudo vaquero tenían la

límpida sinceridad de un borracho—. Debe comprender por qué teníamos que

alejarnos de Elmer para hablar. Nunca vamos a descubrir quién mató esas ovejas. —

Después de beber, contuvo un eructo con el dorso de la mano.

—¿No? —por lo menos, la terrible comedia de Hardesty lograba distraer la

mente de Sears de sus propias preocupaciones. Ahora fingía sorpresa e interés.

—No, no hay manera, no hay forma. No es la primera vez que sucede algo

como esto.

—¿No? —preguntó Ricky y se sentó, mientras se preguntaba cuánto ganado

habían matado en las inmediaciones de Milburn sin que él se hubiese enterado.

—No, ni mucho menos. No aquí, les diré, pero en otros puntos del país.

—Ah —Ricky se apoyó contra la silla desvencijada.

—Recordarán hace unos años, cuando fui a la convención de la policía en

Kansas City. Viajé en avión y permanecí allí una semana. Viajé espléndidamente.

Ricky recordaba esto, porque después del regreso de Hardesty el policía había

hablado en los Leones, los Kiwanis, el Rotary y otras organizaciones cívicas, la

Asociación de Tiro, la Logia Masónica y la Sociedad John Brch, y por último a

agrupaciones de veteranos y amigos de los bosques. Las organizaciones habían

costeado su viaje y por obligaciones de orden social, Ricky pertenecía a la tercera

parte de ellas. Su tema había sido la «Necesidad de contar con una fuerza bien

equipada en defensa de la ley y el orden en las ciudades más pequeñas de los

Estados Unidos».

—Bien —dijo Hardesty, sosteniendo la botella de cerveza en una mano como si

fuese un chorizo—. Una noche en el motel, me puse a conversar con un grupo de

jefes de policía de ciudades pequeñas. Eran de Kansas, Missouri y Minnesota.

Ustedes saben. Hablaban de regiones exactamente como la nuestra y sobre el mismo

problema, esos crímenes raros que nunca se esclarecen. Ahora lo que quiero señalar

es esto. Por lo menos dos o tres de esos hombres se vieron frente a lo mismo, ni más

ni menos, que vimos hoy. Un número de animales muertos en un campo, bang, bang,

muertos de la noche a la mañana. No se veía el origen de la muerte hasta que uno

miraba mejor y encontraba... Ya saben qué. Heridas muy bien hechas, como las que

haría un cirujano. Y nada de sangre. Exangües, como los llaman. Uno de esos

hombres dijo que hubo una ola de estos hechos en todo el valle del río Ohio durante

la década del sesenta. Caballos, perros, vacas... probablemente somos los primeros en

tener ovejas. Pero usted, señor Hawthorne, me hizo recordar todo esto cuando dijo

que no había sangre. Es la verdad, eso me hizo recordarlo. Cabria imaginar que esas

ovejas sangrarían. Y en Kansas City sucedió lo mismo exactamente un año antes de la

conferencia, alrededor de Navidad.

—Qué disparate —dijo Sears—. No pienso seguir escuchando estas cosas

absurdas.

—Discúlpeme, señor Sears. No es un disparate. Todo esto sucedió. Podría

encontrarlo en el «Kansas City Times» Diciembre de 1973. Un montón de ganado

muerto, sin huellas de pisadas, sin sangre. Y había allí también nieve fresca, como

hoy aquí. —Mirando a Ricky, guiñó un ojo y apuró su cerveza.

—¿Nunca arrestaron a nadie? —preguntó Ricky.

—Nunca. En todos esos lugares, jamás encontraron a alguien. Era como si algo

malo hubiese llegado, dado su función y partido otra vez. Mi idea es que estas cosas

tienen algo de broma pesada.

—¿A qué se refiere? —dijo Sears con vehemencia—. ¿Vampiros? ¿Demonios?

Qué locura.

—No, no digo eso. Qué diablos, sé bien que no existen los vampiros, así como

sé que ese maldito monstruo en el lago de Escocia tampoco está allá. —Hardesty se

echó hacia atrás en su silla y apoyó la nuca en las manos entrelazadas—. Pero nadie

encontró nunca nada y tampoco lo encontraremos. Ni siquiera tiene sentido buscar.

Lo que he pensado es que mantengamos conforme a Elmer diciéndole que estamos

trabajando muchísimo en el asunto.

—¿Realmente es todo lo que usted piensa hacer? —preguntó Ricky, sin poder

creerlo.

—No, quizá mande a uno de mis hombres a revisar algunas de las parcelas y a

preguntar si vieron algo raro anoche, pero eso es más o menos todo.

—¿Y nos trajo especialmente hasta aquí para decimos sólo eso? —preguntó

Sears.

—Sí.

—Vamos, Ricky. —Sears reriró su silla y tomó su sombrero.

—Y realmente pensé que los dos abogados más distinguidos de nuestra ciudad

podrían decirme algo.

—Yo podría hacerlo, pero dudo que usted me escuchase.

—Seamos menos soberbios, señor James. Estamos ambos en el mismo equipo,

¿no?

Ricky dijo entonces, tratando de cubrir la explosión del aliento indignado de

Sears:

—¿Qué imaginó que podríamos decirle?

—Por qué creen saber algo de lo que sucedió en casa de Elmer anoche.

—El

sberiff se palpó una arruga en la frente y sonrió—. Ustedes dos, señores, se

quedaron rígidos cuando Elmer habló de lo que había visto. Por lo tanto, saben algo,

o bien oyeron o vieron algo que no quisieron mencionar a Elmer Scales. Bien,

supongamos que presten un poco de apoyo al representante de la policía local y

hablen.

Sears se levantó lentamente de la silla.

—Yo vi cuatro ovejas muertas. No sé nada. Y eso, Walt, es todo. —Retirando

bruscamente su sombrero de la mesa, dijo a Ricky—: Vamos. Hagamos ahora algo

útil.

—Tiene razón, ¿no?

Doblaban en aquel momento la esquina de Wheat Row. La vasta mole gris de la

Catedral de San Miguel se elevaba hacia el espacio a la derecha. Las grotescas y

sagradas figuras arriba de la puerta y junto a las ventanas vestían túnicas y llevaban

tocas de nieve fresca, como si hubiesen quedado congeladas en su lugar.

—¿Sobre qué? —Sears señaló el edificio de sus oficinas—. Milagro de milagros.

Lugar para estacionar delante mismo de nuestra puerta.

—Sobre lo que vio Elmer.

—Si le resulta obvio a Walt Hardesty, tiene que ser muy obvio. Realmente.

—¿Tú viste algo?

—Vi algo que no estaba allí. Tuve una alucinación. Cabe Suponer, entonces, que

estaba demasiado cansado y de alguna manera afectado por el cuento que les conté.

Con mucho cuidado, Ricky entró en marcha atrás en el lugar que quedaba

delante del edificio de oficinas.

Sears tosió, apoyó la mano en el picaporte de la puerta, pero no se movió. A los

ojos de Ricky, tenía ya el aspecto de quien se arrepiente de antemano de algo que va

a decir.

—Entiendo que tú viste más o menos lo mismo que vio nuestro Virgilio —dijo

Ricky.

—Sí —repuso Sears—. No, lo sentí, pero sabía lo que era.

—Qué me dices...

Sears volvió a toser y Ricky se puso tenso de expectativa.

—Vi a Fenny Bate.

—¿El chico de tu historia? —Ricky se quedó atónito.

—El chico a quien traté de enseñar. El chico a quien supongo que maté, en

cierto modo... pues contribuí a que muriera.

Sears retiró la mano del picaporte y apoyó todo su peso en el asiento del

automóvil. Por fin estaba dispuesto a hablar, ahora.

Ricky se esforzó por comprender.

—Yo no estaba seguro de que tu historia fuese... —Se detuvo en mitad de la

frase, consciente de estar infringiendo una de las reglas de la Chowder Society.

—¿De que era una historia verídica? No, era verídica, Ricky. Bien verídica.

Hubo un Fenny Bate y murió.

Ricky recordó la ventana iluminada de Sears.

—¿Estabas mirando por la ventana de la biblioteca cuando lo viste? Sears movió

la cabeza.

—No. Iba arriba. Era muy tarde, probablemente las dos de la mañana. Me había

quedado dormido en el sillón después de lavar los platos. Me temo que no me sentía

muy bien... y me habría sentido peor de haber sabido que Elmer Scales iba a

despertarme a las siete esta mañana. Bien, apagué las luces de la biblioteca y cerré la

puerta. Luego comencé a subir las escaleras, Y entonces lo vi allí, mirándome,

sentado en un escalón. Parecía estar dormido. Llevaba los mismos harapos que yo

recordaba y estaba descalzo.

—¿Qué hiciste?

—Estaba demasiado asustado para hacer nada. No soy ya un hombre vigoroso

de veinte años. Mira

, Ricky, me quedé parado allí durante.., no sé cuánto tiempo.

Temí desmayarme y cuando apoyé la mano en la barandilla para sostenerme, se

despertó. —Sears tenía las manos apretadas y Ricky veía que estaban crispadas—.

No tenía ojos. Sólo órbitas vacías. Con el resto de la cara sonreía. —Las manos de

Sears se levantaron hacia la cara y se cerraron debajo del ala del sombrero—. ¡Jesús!

Quería jugar, Ricky.

—¿Quería jugar?

—Es lo que imaginé. Estaba tan sacudido que no podía pensar con claridad.

Cuando la... la alucinación se... se paró, bajé corriendo las escaleras y me encerré en la

biblioteca. Me acosté en el sofá. Tenía la sensación de que se había ido, pero no pude

resolverme a subir esas escaleras. Por fin me dormí y tuve la pesadilla de que

hablamos. Había visto «visiones», como se dice vulgarmente. Y no creía, como lo creo

ahora, que estos temas estén dentro del dominio de Walt Hardesty. Ni tampoco de

nuestro Virgilio, dicho sea de paso.

—Mi Dios, Sears —dijo Ricky.

—Olvídalo, Ricky. Olvida lo que te conté. Por lo menos hasta que llegue este

muchacho Wanderley.

Jesús, se movió, no puede ser, está muerta

... El mensaje habló otra vez en la mente

de Ricky. Volvió los ojos del panel de instrumentos, donde los había tenido fijos

mientras Sears le pedía que hiciera lo imposible, olvidar, y miró de frente el rostro

pálido de su socio.

—Basta —dijo Sears—. Sea lo que fuere, basta. Tengo ya suficiente.

..

.no meter los pies primero

Sears.

—No puedo, Ricky —Sears bajó del automóvil.

Hawthorne bajó a su vez por su lado y por encima del automóvil miró a Sears,

un hombre imponente vestido de negro. Por un instante vio en su viejo amigo los

rasgos macilentos que le había conferido en su sueño. Detrás de él, todo alrededor, la

ciudad flotaba en medio del viento invernal, como si ella también hubiese muerto en

secreto.

—Pero te diré una cosa —le dijo Sears—. Querría que Edward viviese aún. A

menudo deseo eso.

—También yo —admitió Ricky, pero Sears se había vuelto y comenzaba a subir

los escalones que llevaban hasta la puerta principal. Un viento más intenso le mordió

la cara y las manos y rápidamente siguió a su amigo, volviendo a estornudar.

John Jaffrey

1

El doctor, a quien había tocado recibir al club, despertó de un sueño

atormentado en el momento en que Ricky Hawthorne y Sears James comenzaban su

marcha a través del potrero hacia lo que parecía desde lejos varias pilas de ropa

sucia. Con un quejido, Jaffrey miró alrededor. Todo en el dormitorio parecía haber

sufrido un cambio sutil, un cambio para peor. Hasta el hombro desnudo de Milly

Sheehan, quien seguía dormida a su lado, estaba mal, en cierto modo... el hombro

redondeado de Milly parecía carecer de sustancia, como si fuera de humo rosado

suspendido en el aire. Lo mismo podía decir de todo el dormitorio. El empapelado

desteñido (rayas azules y flores más azules aún), la mesa con sus cuidadosas pilas de

monedas, un libro de biblioteca pública

(La formación de un cirujano) y una lámpara,

las puertas y picaportes del alto armario blanco delante de él, el traje de rayas de

color gris usado el día anterior y el

smoking puesto en forma descuidada sobre el

respaldo de una silla: todo parecía despojado de varios tonos de color, inconsistente

como el interior de una nube. En ese cuarto que le era a la vez familiar y carente de

realidad le resultaba imposible quedarse.

Jesús, se movió,

sus propias palabras se enroscaron y murieron en aquel aire

lavado, como si acabase de pronunciarlas. Perseguido por ellas, se levantó de la cama

con rapidez.

Jesús, se movió y

esta vez lo oyó. La voz era pareja, sin modulación ni vibración y

no era la propia. Tenía que salir de la casa. De sus sueños, recordaba solamente la

última imagen insólita: antes de ella había habido el tema habitual de yacer

paralizado en un dormitorio desnudo, un dormitorio que no había visto nunca en su

vida y la entrada de la bestia amenazadora que por fin se manifestaba como Sears y

Lewis, ambos muertos. Había supuesto que todos ellos habían estado sufriendo la

misma pesadilla. Pero la imagen que le hizo huir corriendo del cuarto era la

siguiente: el rostro, manchado de sangre y deformado por los golpes, de una mujer

joven —tan muerta como el Sears y el Lewis del sueño familiar— que lo miraba con

ojos como ascuas y una boca sonriente. Era más real que nada de lo que lo rodeaba,

más real que él mismo

(Jesús, se movió, pero no puede ser, está muerta).

Sin embargo se movió. Se sentó y sonrió.

Por último todo tocaba a su fin para él, como había sucedido en el caso de

Edward, y con parte de la mente tenía conciencia de ello. Y se sentía agradecido.

Algo sorprendido de que las manos no se le fundiesen a través de las manijas de

bronce de la cómoda, Jaffrey sacó medias y ropa interior. Una luz ultraterrena,

sonrosada, llenaba el dormitorio. Se vistió rápidamente con prendas elegidas al azar,

luego de una selección ciega y salió del cuarto para bajar a la planta baja. Allí,

obedeciendo a un impulso establecido en él por diez años de costumbre, entró en un

pequeño consultorio de los fondos de la casa, abrió un mueble con cajones y sacó de

él dos ampollas y dos agujas hipodérmicas desechables. Se sentó luego en un sillón

giratorio, se enrolló la manga del brazo izquierdo, sacó las jeringas de su envase y

puso una en la mesita de metal junto a él.

La muchacha se sentó en el automóvil manchado de sangre y le sonrió por la

ventana. Le dijo

Date prisa, John. Introdujo la primera de las agujas por la tapa de

goma para extraer el compuesto de insulina y seguidamente se lo inyectó en el brazo.

Arrojó la jeringa usada al canasto papelero debajo de la mesita. Introdujo entonces la

segunda aguja en la segunda ampolla, que contenía un compuesto de morfina, y se

aplicó éste en el mismo brazo.

Date prisa, John.

Ninguno de sus amigos sabía que era diabético desde que cumplió los sesenta

años. Tampoco sabían de la adicción que se apoderó poco a poco de él en el mismo

período, cuando comenzó a administrarse la droga. Sólo veían los efectos de este rito

matutino del doctor en los estragos que mostraba en su físico.

Con ambas ampollas en el fondo del canasto, el doctor Jaffrey salió al vestíbulo

y entró en la sala de espera. Las sillas vacías se alineaban a lo largo de las paredes. En

una de ellas estaba sentada una muchacha con la ropa destrozada, manchas de

sangre en el rostro y más sangre que brotó de su boca cuando le dijo

Date prisa, John.

Buscó dentro de un armario su sobretodo, y le sorprendió que su mano,

extendida al final de su brazo, fuese algo entero que funcionaba bien. Alguien detrás

de él parecía estar ayudándolo a meter los brazos en las mangas del sobretodo. Con

un gesto ciego tomó un sombrero del estante de arriba y salió precipitadamente por

la puerta principal.

2

La cara le sonreía desde una ventana de arriba de la antigua casa de Eva Galli.

Vete, ya.

Con movimientos extraños, como si estuviese ebrio, iba por la acera calzado

con zapatillas de paño y sin sentir el frío. Tomó la dirección del centro de la ciudad.

Hasta que llegó a la esquina tuvo la sensación de aquella presencia, la casa a sus

espaldas. Cuando logró llegar a la esquina, con el sobretodo entreabierto y

golpeando los pantalones del traje gris y el

smoking, imaginó de pronto que la casa

estaba incendiándose, toda ella envuelta en una llama transparente que aún le

calentaba la espalda. Cuando se volvió para mirarla no ardía, no vio llamas

transparentes y nada había sucedido.

Así, cuando Ricky Hawthorne y Sears James estaban sentados con Walt

Hardesty en una cocina de parcela, bebiendo café, el doctor Jaffrey, un hombre

delgado con un sombrero de pescador, un sobretodo abierto, pantalones de un traje y

chaqueta de otro y zapatillas de género, pasó delante de la puerta principal del hotel

Archer. Tenía tan poca conciencia del viento que azotaba su espalda como del hotel.

Eleanor Hardie, que estaba pasando el aspirador a la alfombra del vestíbulo del

hotel, lo vio pasar aferrándose el sombrero de pescador y pensó: «Pobre doctor

Jaffrey, tener que ir a visitar a un paciente con este tiempos. La parte baja de la

ventana le impedía ver las zapatillas de género. Se habría quedado perpleja si lo

hubiese visto titubear al llegar a la esquina y luego proseguir por el costado

izquierdo de la plaza, y en efecto, regresar por donde había venido.

Cuando pasó delante de los ventanales del restaurante Village Pump, William

Webb, el muchacho camarero a quien Stella Hawthorne había intimidado tanto,

estaba poniendo servilletas y cubiertos, trabajando hacia las mesas del fondo del

salón, donde podría tomarse un pequeño descanso y beber una taza de café. Por estar

más cerca del doctor de lo que había estado Eleanor Hardie cuando lo vio pasar,

advirtió en seguida cada rasgo del rostro pálido y confuso de Jaffrey bajo el sombrero

de pescador y el sobretodo abierto que dejaba ver el cuello desnudo y la chaqueta de

smoking sobre la del piyama. Lo que le pasó por la mente fue:

Ese viejo tiene amnesia.

En la media docena de veces que Bill Webb había visto al doctor Jaffrey en el

restaurante, siempre había leído durante toda la comida y dejado luego una propina

ínfima. El hecho era que ahora el doctor caminaba con mayor prisa, si bien la

expresión de su rostro sugería que no sabía muy bien adónde se dirigía. Webb dejó

unos cubiertos sobre la mesa y salió corriendo del restaurante.

El doctor Jaffrey corría con paso incierto por la acera. Webb fue detrás de él y lo

alcanzó frente a las luces de tránsito, a una cuadra de distancia del restaurante. El

doctor no corría, sino que avanzaba casi de costado ahora.

Webb le tocó la manga del sobretodo.

—Doctor Jaffrey. ¿Puedo ayudarlo?

Doctor Jaffrey.

Delante de Webb y pronto a atravesar la calle sin cuidarse de ver si había

tránsito —el que por suerte no existía en ese momento— Jaffrey se volvió. Había oído

una orden formulada con voz opaca. Bill Webb tuvo entonces una de las experiencias

más perturbadoras de toda su vida. Ese hombre a quien conocía apenas, ese hombre

que nunca lo había mirado siquiera con cortés curiosidad, lo miraba ahora con un

terror total reflejado en el rostro. Webb bajó la mano, sin tener la menor idea de que

lo que veía el doctor, en lugar de su propia cara vulgar, con algo de batracio, era la de

una muchacha muerta que le sonreía con su boca ensangrentada.

—Voy —dijo el doctor, con el horror retratado aún en la cara—. Voy ahora

mismo.

—Claro, claro —le dijo Webb.

El doctor se volvió y huyó corriendo. Llegó a la acera opuesta sano y salvo.

Prosiguió luego su marcha de pájaro por el costado izquierdo de Main Street, los

codos levantados, los faldones del sobretodo volando detrás. Por su parte, Webb

estaba suficientemente descolocado para quedarse allí, mirándolo boquiabierto, antes

de darse cuenta de que él mismo no llevaba abrigo y estaba a una cuadra del

restaurante.

3

En la mente del doctor Jaffrey se había formado una imagen perfecta, mucho

más clara que la de los edificios frente a los cuales corría. Era la del puente de acero

de dos carriles sobre el riacho en el cual Sears arrojó una vez una blusa que envolvía

una piedra de gran tamaño. El sombrero de pescador se le levantó un poco bajo el

viento intenso y por un instante esto también le resultó claro, pues el sombrero salió

volando en elegantes curvas por el aire gris.

—Voy ahora mismo —dijo.

Si bien en un día cualquiera John Jaffrey podría haberse dirigido directamente

al puente sin pensar en las calles que llevarían hasta él, esa mañana vagó por

Milburn con un pánico cada vez mayor, pues no podía hallar el camino. Imaginaba

perfectamente el puente —hasta veía los bulones con sus cabezas redondeadas—

pero cuando trataba de imaginar su ubicación, lo único que veía era una especie de

niebla. ¿Edificios? Dobló por Market Street y casi imaginó que el puente aparecería

de pronto allí entre la casa que vendía hamburguesas y el supermercado A & P.

Como no veía más que el puente, había olvidado el río.

¿Arboles? ¿Un parque? La imagen provocada por estas palabras era tan nítida

que le sorprendió, al salir de Market Street, ver sólo calles desiertas, con la nieve

barrida y apilada junto a los cordones.

Siga, doctor. Siguió avanzando con torpeza, se

apoyó un instante en una barra de peluquería y reanudó su camino.

¿Arboles? ¿Arboles diseminados en el paisaje? No. Ni tampoco estos edificios

flotantes.

Mientras vagaba casi a ciegas por calles que deberían haberle sido familiares, el

doctor se había alejado de la plaza hacia Washington Street al sur, pasando a Milgrim

Lane y cuesta abajo por esa calleja pasando delante de casitas de madera de tres

habitaciones, levantadas entre lugares para lavar autos y farmacias, hasta internarse

en el Hollow y en la pobreza auténtica, donde se encontraría tan próximo a lo

desconocido como era posible estarlo sin salir de Milburn (aquí podría haberse visto

en dificultades, si no hubiese hecho tanto frío y si el término «dificultades», no

hubiese sido ahora un concepto sin significado para él) y varias personas lo vieron

pasar. Para éstas no era más que otro de los tantos locos que andan sueltos,

condenados y vistiendo ropa estrafalaria. Cuando por casualidad retomó la dirección

correcta y volvió a las calles silenciosas donde los árboles desnudos se alineaban

sobre los lados de largos espacios de césped, los que lo vieron imaginaron que el

automóvil del doctor estaba estacionado cerca de allí, ya que corría ahora en un trote

más lento y estaba descubierto. Un cartero que lo tomó del brazo y le preguntó

«Hombre, ¿necesita ayuda?» se quedó absorto e inmóvil al ver la misma expresión de

terror que había hecho detenerse a Bili Webb. Por fin el doctor Jaffrey llegó, después

de muchos rodeos, al sector comercial.

Cuando había trazado ya un doble círculo alrededor del Óvalo Benjamin

Harrison y pasado las dos veces delante del mismo camino de acceso al puente, una

voz paciente en su interior le dijo:

Vaya otra vez por este mismo camino y tome la segunda

calle que dobla, la que lleva al puente, doctor.

—Gracias —susurró y no dejó de percibir el tono divertido, además de paciente

de la voz que en un momento había oído como voz opaca, inhumana.

Así pues, extenuado y medio congelado de frío, se obligó a tomar una vez más

el penoso camino, pasando delante de gomerías y talleres de reparación de

amortiguadores del Ovalo Benjamin Harrison, levantando las rodillas como un rocín

tirando de un carro de lechero, hasta que por fin dobló por Bridge Approach Lane.

—Claro —dijo y su voz fue casi un sollozo. Por fin veía allí el arco gris del

puente sobre el río de curso perezoso. No podía trotar ya y en realidad en este punto

apenas podía caminar. Había perdido una zapatilla y no tenía la menor sensación en

el pie descalzo. Sentía un dolor punzante en el costado izquierdo, le latía con fuerza

el corazón y sus pulmones eran una masa de dolor. El puente era la respuesta a su

plegaria. Dio unos pasos hacia él, con gran esfuerzo. Aquí era donde le correspondía

estar al puente, aquí, en este sector ventoso donde los viejos edificios de ladrillos

habían sido reemplazados por tierras pantanosas cubiertas de maleza, aquí, donde el

viento era como una mano que intentase retenerlo.

Ahora, doctor.

Hizo un gesto de asentimiento y al acercarse al puente vio dónde podría

pararse. Cuatro grandes arcos de metal, entrecruzados por tirantes, formaban un

festón en ambos lados del puente. En el centro de éste, entre la segunda y la tercera

curva de metal, una gruesa viga de acero sobresalía.

No percibía el cambio del cemento de la carretera al acero del puente, pero

sentía en cambio moverse el puente bajo sus pies. Se levantaba apenas con cada

ráfaga intensa. Cuando llegó a la superestructura, avanzó apoyándose en la

barandilla. Cuando llegó a la viga central, asió uno de los tirantes, apoyó los pies

congelados en otra viga abajo y trató de trepar por encima de la barandilla de

superficie plana.

No pudo.

Por un instante permaneció allí, con las manos asidas a una viga y los pies

apoyados en otra, como un viejo suspendido de una cuerda, respirando con tanto

trabajo que más parecía sollozar. Consiguió levantar el pie calzado con la zapatilla y

apoyarlo en la viga siguiente. Luego, apelando a lo que eran sin duda sus últimas

fuerzas, se levantó con todo el cuerpo. Un poco de piel de su pie desnudo quedó

adherida a la viga de abajo. Jadeante, se paró en la segunda y vio que le quedaban

dos más antes de estar a suficiente altura para pararse sobre la barandilla plana.

Una por vez, pasó las manos a la viga más alta y seguidamente movió el pie

calzado y en seguida, con lo que le pareció un esfuerzo heroico, el otro pie.

El dolor le inflamó toda la pierna y se aferró a la viga, con el pie desnudo levantado

contra el viento glacial. Por un instante, con ese pie que ardía, temió que el shock le

haría caer de nuevo al puente. Si caía, jamás podría volver a trepar.

Con mucho cuidado apoyó los dedos del pie descalzo en la viga. Le bastó para

apoyarse. Volvió a levantar los brazos ateridos. El pie calzado subió una viga, solo,

según le pareció. Trató de izarse por los brazos, pero éstos le temblaban. Era como si

estuvieran abriéndosele los músculos de los hombros. Por fin pudo levantarse y

probablemente se ayudó a hacerlo gracias a una mano que lo empujó hacia arriba

tomándolo de la base de la columna. Entonces sus propios dedos aferraron la viga

superior. Estaba casi al final de la meta.

Por primera vez reparó en el pie que sangraba sobre el metal. El dolor se había

intensificado y ahora parecía tener en llamas toda la pierna. Apoyó el pie en la

barandilla plana y se aferró con fuerza por medio de sus brazos exhaustos mientras

llevaba el pie derecho junto al otro.

Debajo, el agua relucía débilmente. El viento le azotaba el pelo, el sobretodo.

De pie delante de él, en una plataforma de viento gris, vestido con una chaqueta

de tweed y con una corbata de lazo, estaba Ricky Hawthorne. Tenía las manos

entrelazadas, en un gesto característico, y apoyadas en la hebilla del cinturón.

—Muy bien, John —dijo con su voz amable y seca. El mejor de todos, Ricky

Hawthorne, bondadoso, marido engañado.

—Aceptas demasiadas cosas de Sears —señaló John Jaffrey con una voz débil,

un susurro, casi—. Siempre fue así.

—Lo sé —afirmó Ricky sonriendo—. Soy subalterno por naturaleza. Sears

siempre fue un general por naturaleza.

Te equivocas —intentó replicar John—. No es... es... —el pensamiento se

esfumó.

—No tiene importancia —continuó la voz seca y despreocupada—. Da un solo

paso, John, nada más.

El doctor Jaffrey contemplaba el agua gris.

—No, no puedo —dijo—. Pensaba hacer algo diferente. Pensaba... —La

confusión le llevó también este pensamiento.

Cuando volvió a mirar, contuvo la respiración de sorpresa. Edward Wanderley,

quien había sido un amigo mucho más próximo que los otros, había reemplazado a

Ricky en la plataforma de viento. Como en la noche de la fiesta, llevaba zapatos

negros, traje de franela gris, camisa floreada. Los anteojos con armazón negra estaban

unidos por las patillas con una cadena plateada. Apuesto con su teatral pelo gris y

sus costosas ropas, Edward le sonrió con lástima, preocupación, calidez.

—Ha pasado algún tiempo —comentó.

El doctor Jaffrey se echó a llorar.

—Es hora de dejar de hacer tonterías —le dijo Edward—. No lleva más que un

paso. Es infernalmente sencillo, John.

El doctor Jaffrey asintió.

—Da ese paso, pues. Estás demasiado cansado para hacer otra cosa.

El doctor Jaffrey saltó del puente.

Abajo, en el nivel del agua, pero protegido contra el viento por una gruesa

plancha de acero, Omar Norris lo vio caer en el agua. El cuerpo del doctor se

sumergió, apareció un instante después, giró sobre sí mismo, boca abajo, antes de

alejarse río abajo con la corriente.

—Mierda —dijo. Había venido al lugar donde estaba seguro de poder terminar

medio litro de whisky sin que lo acosaran los abogados, su

sheriff, su mujer, o alguien

que le ordenase sacar la barredora de nieve y comenzar a despejar las calles. Bebió un

poco más de whisky de la botella y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, estaba

todavía allá, algo más hundido porque el abrigo comenzaba a tirar hacia abajo con el

peso del agua.

«Mierda» —repitió y cerrando la botella con su tapa de rosca, se levantó y se

volvió a hacer frente al viento y a ver si encontraba a alguien que supiese qué hacer.

II

La fiesta de Jaffrey

¡Dejad lugar, señoras, e idos!

¡Dejad de jactaros ya!

Pues aquí se acerca alguien

cuyo rostro os manchará

«Elogio a su Dama’.

Tottel’s Miscellany,

1557

1

Los sucesos que siguen tuvieron lugar un año y un día antes, en la noche del

último día de la edad de oro. Nadie de ellos sabía que era su propia edad de oro, ni

tampoco que tocaba a su fin: en realidad habrían imaginado sus vidas, como suele

ocurrir entre la gente sin problemas, con bastantes amigos y la certeza de comida en

la mesa, como un proceso de mejoramiento gradual y aun imperceptible. Pasadas las

crisis de la juventud y de la madurez, creían tener sabiduría suficiente para afrontar

las crisis de la vejez. Después de haber visto guerras, adulterio, compromisos y

cambio, creían saber todo lo que podía ocurrir. No esperaban nada más.

Sin embargo, había cosas que no habían visto nunca y que verían con el tiempo.

Siempre es verdad, en términos personales ya que no históricos, que la

característica definida de una edad de oro es su cualidad de cotidiana, su abundancia

en cuanto a la sucesión de pequeñas satisfacciones en la vida ordiaria. Si nadie en la

Chowder Socie salvo Ricky Hawthorne sabía apreciar en verdad esto, con el tiempo

todos lo harían.

2

—Supongo que debemos irnos.

—¿Qué? Siempre te gustaron las fiestas, Stella.

—Tengo una sensación rara sobre ésta.

—¿No quieres conocer a esa actriz?

—Mi interés en conocer bellezas de diecinueve años siempre fue limitado.

—Edward parece estar bastante cautivado por ella.

—Bah, Edward —Stella, sentada frente a su espejo mientras se cepillaba el pelo,

sonrió a Ricky reflejado en él—. Supongo que valdrá la pena ir para ver la reacción

de Lewis Benedikt ante el hallazgo de Edward. —Luego la sonrisa cambió, al

moverse los finos músculos de las comisuras y volverse más tensos—. Por lo menos

es algo ser invitada a una velada de la Chowder Sociery.

—No es una velada, es una fiesta —señaló inútilmente Ricky.

—Siempre pensé que deberían permitir la participación de las mujeres en esas

famosas reuniones que tienen.

—Lo sé —dijo Ricky.

—Y es por eso que quiero ir.

—No es la Chowder Society. Es una fiesta.

—Entonces, ¿a quiénes ha invitado John, además de a ti y a la actriz de

Edward?

—A todos creo —Ricky decía la verdad—. ¿Qué sensación decías que tienes?

Stella inclinó la cabeza hacia un lado, tocó su lápiz labial con la yema del dedo,

se miró a los ojos maliciosos y dijo:

—La de un fantasma que camina sobre mi tumba.

3

Sentada junto a Ricky, quien conducía el auto de ella a través del corto trayecto

hasta Montgomery Street, Stella, que había estado inusitadamente silenciosa desde

que salieron de la casa, dijo:

—Bien, si en realidad todo el mundo estará allí, puede ser que encontremos

algunas caras nuevas.

Tal como ella lo había deseado, Ricky sintió una ola cortante y burlona de celos.

—Es extraordinario, ¿no? —La voz de Stella era ligera, melodiosa, confidencial,

como si no tuviese intención de decir nada que no fuese ligero.

—¿Qué es extraordinario?

—Que uno de ustedes dé una fiesta. La única gente que yo conozco y ofrece

fiestas somos nosotros, y son apenas dos por año. No acabo de sorprenderme... ¡John

Jaffrey! Me deja atónita que Milly Sheehan se lo permita.

—Es el atractivo del mundo del teatro, probablemente.

—Milly no encuentra nada atractivo, salvo John Jaffrey —replicó Stella y se

echó a reír al pensar en la imagen de su amigo que descubría en cada mirada de

Milly, su ama de llaves. Stella, que en cuestiones prácticas era mucho más perspicaz

que muchos de los hombres que conocía, se divertía muchas veces con la idea de que

el doctor Jaffrey tomaba algún tipo de droga. Además, estaba convencida de que

Mily y su patrón no dormían en camas separadas.

Al reflexionar sobre su propio comentario, Ricky no había reparado en la

intuición de su mujer. «El atractivo del mundo del teatro», por alejado y difícil de

imaginar que pareciese algo semejante a la gente de Milburn, se había apoderado,

realmente, de la imaginación del doctor Jaffrey. El doctor, cuyo mayor entusiasmo

hasta entonces había estribado en una trucha seguramente atrapada, se había vuelto

cada vez más obsesionado por la joven invitada de Edward Wanderley durante las

últimas tres semanas. Edward mismo se había mostrado muy reticente al referirse a

la muchacha. Era nueva, era joven, era por ahora una «estrella», cualquiera que fuera

el significado real de la palabra y la gente como ella era la que proporcionaba un

medio de vida a Edward. No era entonces una circunstancia de excepción que

Edward la hubiese persuadido de que fuese la heroína de una de las autobiografías

que él escribía para otros. El procedimiento clásico era que Edward hiciese hablar a

sus personajes delante de un grabador, durante tantas semanas como ellos desearan.

Luego, con gran habilidad, transformaba estos recuerdos en un libro. El resto de la

investigación bibliográfica se hacía por correo, o bien por teléfono, mediante

entrevistas a quienquiera que conociera o hubiese conocido alguna vez al personaje.

También la investigación genealógica formaba parte del método de Edward. Se

sentía orgulloso de las genealogías que trazaba. La grabación se realizaba, dentro de

lo posible, en casa de él. Tenía las paredes de su estudio tapizadas de cintas, cintas en

las cuales, según se creía, estaban registradas innumerables indiscreciones jugosas e

impublicables. Ricky mismo tenía apenas alguna vaga noción de la personalidad o la

vida sexual de los actores y lo mismo le ocurría, según pensaba él, al resto de sus

amigos. Pero cuando

Todos Vieron Brillar el Sol acusó un cambio de reparto durante el

mes que Ann-Veronica Moore pasó en Milburn, John Jaffrey comenzó a buscar cada

vez más un único objetivo, el de conseguir que la muchacha fuese a su casa. Un

misterio mayor aún era que sus indirectas y maquinaciones hubiesen tenido éxito y

que la chica hubiera consentido en asistir a una fiesta ofrecida en su honor.

—Mi Dios —dijo Stella, al ver la hilera de automóviles estacionados junto a la

acera delante de la casa de Jaffrey.

—Es la fiesta de presentación en sociedad de John —comentó Ricky—. Quiere

exhibir su éxito.

Estacionaron su auto algo más lejos en la misma calle y se acercaron en medio

del aire frío hasta la puerta principal, donde las voces y la música los recibieron de

pronto.

—No puedo creerlo —dijo Ricky—. Ha abierto la planta baja también.

Era verdad. Un joven apretado contra la puerta por la multitud de gente les hizo

entrar. Ricky lo reconoció como el ocupante más reciente de la casa de Galli. Aceptó

las gracias de Ricky con aire deferente y luego dirigió una sonrisa a Stella.

—La señora Hawthorne, ¿no? La he visto en la ciudad, pero nunca fuimos

presentados. —Antes de que Ricky recordase el nombre del muchacho, éste había

tomado la mano de Stella y dicho:

—Me llamo Freddy Robinson y vivo en la casa de enfrente.

—Mucho gusto, señor Robinson.

—¡Qué fiesta!

—La verdad es que sí —dijo Stella, con una sonrisa casi imperceptible.

—Guardarropa en este consultorio, bebidas, arriba. Le traeré una encantado,

mientras ustedes dos van a dejar sus abrigos.

Stella le miró el «blazer», los pantalones de cuadros, la corbata de lazo de

terciopelo, el rostro lleno de absurdo entusiasmo.

—No es necesario, señor Robinson. Estoy segura —dijo.

Huyeron con Ricky de él hacia el consultorio, donde había abrigos arrojados de

cualquier manera en todas partes.

—Mi Dios —dijo Stella—. Me pregunto de qué vive ese muchacho.

—Creo que es corredor de seguros.

—Debí haberlo adivinado. Llévame arriba, Ricky.

Ricky le tomó una mano y la llevó fuera del consultorio y entre los grupos de

invitados jóvenes hasta las escaleras. En una mesa un tocadiscos dejaba oír monótona

música bailable. La gente joven daba pasitos o se sacudía frente al aparato.

—John se enloqueció —murmuró Ricky.

—O, por lo menos, tuvo un golpe de sol —acotó Stella detrás de él.

—Hola, señor Hawthorne. —El saludo provenía de un muchacho alto de poco

menos de veinte años, el hijo de un cliente.

—Hola, Peter. Para nosotros hay demasiado ruido aquí. Quiero encontrar el ala

donde hay música de Glenn Miller.

Los ojos límpidos y azules de Peter Barnes lo miraron impávidos. ¿Tan fuera de

lugar resultaba a la gente joven?

—Usted conoce Corneil, ¿no? Creo que quiero ir a esa universidad, Puede que

me permitan ingresar en el turno adelantado. Hola, señora Hawthome.

—Es una buena universidad. Espero que ingreses —le dijo Ricky. Stella le

hundió un dedo con fuerza en la espalda.

—No hay problema. Sé que ingresaré. Saqué más de setecientos en mis pruebas

preliminares. Papá está arriba. ¿Sabe una cosa?

—No —dijo Stella, hundiéndole el dedo otra vez—. ¿Qué?

—Nos invitaron a todos nosotros porque tenemos casi la misma edad que Ann-

Veronica Moore, pero se la llevaron arriba tan pronto como llegó con el señor

Wanderley. Ni siquiera pudimos hablar una palabra con ella. —El muchacho hizo un

gesto, señalando las parejas que bailaban un tema de moda en el cuartito de la planta

baja—. Pero Jim Hardie le besó la mano. Siempre hace cosas como ésa. La verdad es

que siempre nos gana a todos.

Ricky vio al hijo de Eleanor Hardie haciendo una serie de figuras rituales

delante de una chica de pelo negro hasta más abajo de la cintura. Era Penny Draeger,

hija del farmacéutico y también uno de sus clientes. Penny se apartaba, giraba,

levantaba un pie y luego posaba las nalgas entre las piernas de Hardie.

—Parece un chico que promete —dijo Stella con voz aterciopelada—. Peter —

añadió entonces—, ¿quieres hacerme un favor?

—Sin duda, cómo no —dijo el muchacho—. ¿Qué?

—Despeja un poco de espacio para que mi marido y yo podamos subir.

—Claro, claro, en seguida. Pero, ¿saben una cosa? Nos invitaron solamente para

conocer a Ann-Veronica Moore y después debíamos volver a casa. La señora Sheehan

dijo que ni siquiera podemos subir al piso alto. Me imagino que ellos creyeron que le

gustaría bailar con nosotros, o algo así. Pero ni siquiera le dieron oportunidad de que

la invitásemos. Y a las diez la señora Sheehan dijo que nos echaría a todos, salvo a él,

supongo —dijo, señalando a Freddy Robinson, quien tenía abrazada una adolescente

que reía sin cesar.

—Muy injusto —dijo Stella—. Ahora, sé buenito y corta la maleza para que

pasemos.

—Sí, sí —Peter los condujo por el cuarto repleto hasta la escalera con tan poco

entusiasmo como si fuesen de excursión desde el asilo de enfermos mentales.

Cuando estuvieron sanos y salvos en la escalera, y Stella subía ya con aire

majestuoso, Peter se inclinó y dijo al oído de Ricky—: ¿Quiere hacerme un favor,

señor Hawthorne? —Ricky hizo un gesto afirmativo—. Salúdela en mi nombre, por

favor. Es realmente linda.

Ricky rió fuerte y con ello hizo que Stella se volviese y lo mirase con aire

interrogante.

—Nada, querida —dijo él y ambos continuaron subiendo hacia los sectores más

tranquilos de la casa.

Vieron a John Jaffrey de pie en el vestíbulo del piso alto, frotándose las manos.

Desde el

living-room llegaba la música suave de un piano.

—¡Stella! ¡Ricky! —dijo—. Magnífico, ¿no? —Su gesto expansivo abarcó todos

los cuartos. Estaban tan llenos como los de abajo, pero de hombres y mujeres de edad

madura, los padres de los adolescentes, vecinos y relaciones de Jaffrey. Ricky vio a

dos o tres de los agricultors más prósperos de los alrededores de la ciudad, a Rollo

Draeger, el farmacéutico, a Louis Price, comerciante de artículos de consumo que le

había dado unas cuantas ideas buenas, Harlan Bautz, su dentista, que parecía estar

ya ebrio, algunos hombres a quienes no conocía, pero que, según supuso, eran

seguramente de la universidad —recordó que Milly Sheehan tenía un sobrino que

enseñaba allí—, Clark Mulligan, gerente del cine local, Walter Barnes y Edward

Venuti del Banco, todos ellos con inmaculadas camisas blancas de cuello alto, Ned

Rowles, editor del diario, Eleanor Hardie, con ambas manos rodeando un vaso alto

que sostenía a la altura del pecho, que alzaba el rostro de cejas muy levantadas hacia

Lewis Benedikt. Sears estaba apoyado en una biblioteca y tenía aspecto contrariado.

Después la multitud se separó algo y Ricky vio por qué. Irmengard Draeger, la mujer

del farmacéutico, estaba hablándole tonterías al oído y Ricky sabía bien lo que estaba

diciendo.

Fui a la universidad de Skidmore, por lo menos durante tres años, antes de conocer

a Rollo, ¿y no crees que merezco algo mds que esta ciudad de campesinos? La verdades

quesinofueraporPenny, meiriaahoramismo.

La melodía era la misma siempre, aunque las

palabras variasen e Irmengard había dedicado los últimos diez años a cantarla.

—No sé por qué no hice esto antes —dijo John, con el rostro resplandeciente—.

Hace diez años que no me sentía tan joven como esta noche.

—Qué maravilla, John -le dijo Srella, inclinándose a besarle la mejilla—. ¿Qué

piensa de esto Milly?

—No le gusta tanto —dijo John con aire perplejo—. En primer lugar, no podía

imaginar por qué quería dar yo una fiesta. No comprendía por qué quería que

viniese la señorita Moore. En aquel momento apareció Milly. Estaba ofreciendo una

bandeja de canapés a Barnes y a Venuti, los dos banqueros, y por la expresión

decidida en el rostro redondo de Milly, le resultó obvio a Ricky que desde el

principio se había opuesto a la idea.

—¿Por qué lo deseabas tú? —preguntó.

—Perdona, John, iré a dar una vuelta —dijo Stella—. No se preocupen por

conseguirme algo para beber. Ricky, le sacaré el vaso a alguien que no esté usándolo.

Stella se alejó hacia donde estaba Ned Rowles. Lou Price, con aspecto de

gangster

en un traje de saco cruzado con rayas claras, la tomó de una mano y le dio

un breve beso en la mejilla.

—Qué mujer maravillosa —comentó John Jaffrey y los dos hombres

contemplaron a Stella mientras alejaba a Lou Price con unas palabras y proseguía su

camino hacia Ned Rowles—. Tendría que haber un millón como ella —Rowles estaba

volviéndose para ver aproximarse a Stella y el rostro se le iluminó de placer. Con su

chaqueta de corderoy, su pelo castaño claro y su expresión seria, recordaba más a un

estudiante de periodismo que al editor de un diario. También él besó a Stella, pero en

la boca y le retuvo las dos manos mientras la besaba.

—¿Por qué lo deseaba yo? —repitió John, inclinando hacia un lado la cabeza. Se

le formaron cuatro profundas arrugas en el costado del cuello—. No lo sé bien,

exactamente. Edward está tan enamorado de esta chica que quería conocerla.

—¿Enamorado? ¿Tú crees?

—Completamente. Ya verás. Espera y verás. Y por otra parte, como sabes, sólo

veo a mis pacientes y a Milly y a los miembros de la Chowder Society. Se me ocurrió

que era hora de ventilarme un poco. De divertirme un poco antes de caerme muerto.

Era una declaración sumamente aventurada en el caso de John Jaffrey y Ricky

miró con atención a su amigo, apartando los ojos de su mujer, que seguía tomada de

las manos de Ned Rowles.

—¿Y sabes lo que no acaba de asombrarme? Que una de las actrices más

famosas del país esté arriba, en mi casa, en este momento.

—¿Está Edward con ella?

—Dijo que ella necesitaba varios minutos antes de reunirse con nosotros. Debe

de estar quitándole el abrigo, o algo por el estilo. —El rostro arruinado de Jaffrey

resplandecía de orgullo.

—No diría que es todavía una de las más famosas actrices del país, John. —

SteIla había proseguido su recorrido y Ned Rowles decía algo con gran vehemencia a

Ed Venuti.

—Lo será. Edward lo cree y siempre tiene razón en cuanto a cosas como éstas.

¡Ricky! —dijo John, aferrándose los brazos—. ¿Viste bailar a los chicos abajo? ¿No te

parece fantástico? ¿Que los chicos se diviertan tanto en

mi casa? Creí que les gustaría

conocerla. Es un honor increíble, te diré. No puede quedarse aquí más de unos pocos

días. Edward ha terminado de grabar, casi, y ella tiene que volver a Nueva York para

reunirse con la compañía. ¡Y la tengo aquí, en mi casa! ¡Por Dios, Ricky, es un

milagro!

Ricky tuvo la sensación de que habría sido necesario aplicarle a John un paño

frío en la frente.

—¿Sabías que surgió de la nada? ¿Que era una de las mejores estudiantes de su

clase de arte dramático y que a la semana siguiente estaba representando un papel

principal en

Todos Vieron Brillar el Sol?

—No lo sabía, John.

—Y acabo de tener una idea magnífica. Se refiere al hecho de tenerla aquí, en

esta casa. Estaba parado aquí, escuchando la música de los chicos que llegaba de

abajo y oyendo fragmentos del disco de George Shearing que están tocando al lado,

cuando pensé: «Abajo está la vida cruda, animal, con chicos brincando y siguiendo el

ritmo; en este piso tenemos la vida del intelecto, los médicos y los abogados, todo lo

que hay de responsable en la clase media, y arriba está el talento, la belleza, y... la

espiritualidad. ¿Comprendes? Es como la evolución. Es lo más etéreo que yo haya

visto jamás. Y sólo tiene dieciocho años».

Nunca había oído Ricky a John Jaffrey expresar conceptos tan imaginativos.

Comenzaba a preocuparle la presión sanguínea del doctor. Entonces los dos oyeron

cerrarse una puerta en el piso de arriba, ruido al que siguió el de la voz profunda de

Edward diciendo algo que tenía las maliciosas inflexiones de un chiste.

—¡Creí que Stella dijo que tiene diecinueve! —comentó Ricky.

—Calla.

Una muchacha menuda y hermosísima bajaba las escaleras hacia ellos. Tenía un

sencillo vestido de color verde y el pelo parecía una nube. Al cabo de un segundo

Ricky vio que los ojos eran del color del vestido. Al moverse con una especie de

precisión rítmica y a la vez inconsciente, les dirigió una leve sonrisa —leve, pero

radiante— y pasó junto a ellos, golpeando al doctor Jaffrey en el pecho con la punta

de los dedos al pasar. Ricky la vio alejarse, divertido y conmovido. No había visto a

nadie parecido a esta muchacha desde la época de Louise Brooks en el cine mudo, en

La Caja de Pandora.

Luego miró a Edward Wanderley. Inmediatamente decidió que Jaffrey tenía

razón. El humor de Edward era resplandeciente. Era obvio que la muchacha lo tenía

trastornado, e igualmente obvio que le costaba un esfuerzo dejarla sola un segundo

para que saludase a sus amigos. Los tres hombres se dirigieron al living-room,

repleto de gente.

—Qué buen aspecto tienes, Ricky —le dijo Edward, apoyando un brazo con

gran naturalidad en el hombro de Ricky. Era unos centímetros más alto que su amigo

y cuando comenzó a impulsarlo hacia el cuarto, Ricky olió la costosa agua de colonia

—. Estás espléndido. Pero, ¿no sería hora ya de que dejases de usar esas corbatas de

lazo? Hace tiempo que pasó la era de los políticos juveniles, en el estilo de

Schlessinger.

—Esa era siguió a la mía —señaló Ricky.

—Mira, nadie es más viejo de lo que siente ser. Yo dejé hace tiempo ya de usar

corbata. Dentro de diez años, el ochenta por ciento de los hombres de este país

usarán corbata solamente para ir a casamientos y a Funerales. Barnes y Venuti —allá

está— usarán ese atuendo que llevan para ir al Banco. —Edward miró atentamente

todo el cuarto—. ¿Adónde diablos fue?

Ricky, cuya afición a las corbatas nuevas lo llevaba a desear usarlas aun para

dormir, contempló el cuello cubierto de jersey de su amigo mientras éste escudriñaba

aquel salón lleno de gente. Tenía el cuello más cubierto de tendones que el de John,

en vista de lo cual Ricky decidió para sus adentros que no cambiaría de hábitos.

—He pasado tres semanas con esta chica y te juro que es el personaje más

fantástico que he conocido en toda mi vida. Aun cuando invente cosas y es posible

que las invente, el que escriba sobre ella será el mejor de todos. Tuvo una vida

horrible,

horrible. Te hace llorar oírle contarla... Yo me siento allí y lloro. Te digo,

además, que está desperdiciada en esa pieza tan típica de Broadway, tan superficial.

Desperdiciada. Será una gran actriz trágica. Cuando pase los veinte años. —Con el

rostro algo ruborizado, Edward se echó a reír ante su propia ridiculez. Como John,

también él huía.

—Parece que los dos se han atrapado esa chica como si fuera un virus comentó

Ricky.

John río como un niño y Edward dijo:

—Todo el mundo se la atrapará, Ricky. Realmente tiene ese don.

—Ah —dijo Ricky, al recordar algo—. Parece que tu sobrino Donald tiene gran

éxito con su nuevo libro. Te felicito.

—Es grato saber que no soy el único individuo talentoso en la familia. Además,

seguramente lo ayudará a reponerse de la muerte de su hermano. Esa fue una

historia muy rara, muy rara... parece que los dos estaban comprometidos con la

misma mujer. Pero no pensemos en cosas macabras esta noche. Queremos

divertirnos.

Feliz, John lo apoyó con un gesto afirmativo.

4

—Vi a tu hijo abajo, Walt —dijo Ricky a Walter Barnes, el mayor de los dos

banqueros—. Me habló de su decisión. Espero que entre.

—Sí, Peter está decidido a ir a Cornell. Siempre esperé que por lo menos

solicitase su ingreso a Yale, mi universidad. Sigo creyendo que entraría si lo

intentase. —Era un hombre macizo, con una expresión obstinada, como la de su hijo.

Barnes aceptó de mala gana las felicitaciones de Ricky—. Al chico ni siquiera le

interesa ya la idea de ir a Yale. Dice que Corneil es suficientemente buena para él.

«Bastante buena para él». Su generación es más conservadora aún que la mía. Comell

es el tipo de universidad tradicional donde todavía juegan a arrojarse la comida.

Antes me preocupaba la idea de que Peter llegase a ser un subversivo con barba y

granada de mano... ahora, en cambio, temo que se conforme con menos de lo que le

sería posible lograr.

Ricky murmuré vagas palabras de comprensión.

—¿Cómo están tus hijos? ¿Siguen los dos en California?

—Sí. Robert enseña inglés en una escuela secundaria. El marido de Jane acaba

de ser nombrado vicepresidente.

—¿De qué?

—A cargo de la seguridad.

—Ah... comprendo. —Ambos bebieron, absteniéndose de hacer comentarios en

cuanto al significado de ser vicepresidente a cargo de la seguridad dentro de una

compañía de seguros.

—¿Piensan venir aquí para Navidad?

—No creo. Los dos llevan una vida bastante activa.

La verdad era que ninguno de los dos hijos había escrito a Ricky o a Stella en

varios meses. Habían sido niños felices, adolescentes hoscos y ahora, ambos

próximos a la cuarentena, eran adultos insatisfechos y, en muchos sentidos,

adolescentes aún. Las pocas cartas de Robert contenían pedidos apenas velados de

ayuda económica. Las de Jane eran en apariencia más alegres, pero Ricky intuía la

desesperación que encerraban. («He decidido que de aquí en adelante me querré

más», declaración que según sospechaba Ricky, significaba exactamente lo contrario.

La vulgaridad del comentario le hacía estremecerse.) Los hijos de Ricky, lo que más

había amado, eran ahora planetas lejanos. Sus cartas le resultaban dolorosas. Verlos

era peor.

—No —dijo—. No creo que puedan venir esta vez.

—Jane es muy bonita —comentó Walter Barnes.

—Hija de su madre.

Maquinalmente Ricky comenzó a mirar alrededor, para ver si localizaba a

Stella. Vio entonces a Milly Sheehan, que estaba presentando a su mujer a un hombre

de espaldas encorvadas y labios gruesos. El sobrino académico.

—¿Conociste a la actriz de Edward? —le preguntó Barnes.

—Está en alguna parte. La vi bajar.

—John Jaffrey también parece muy entusiasmado.

—La verdad es que tiene una belleza que pone nervioso —dijo Ricky y en

seguida rió—. Lo puso nervioso a Edward.

—Peter leyó en una revista que tiene sólo diecisiete años.

—En tal caso, es un peligro público.

Cuando se separó de Barnes para reunirse con su mujer y con Milly Sheehan,

Ricky vio a la actriz. Estaba bailando con Freddy Robinson los ritmos de un disco de

Count Basie y se desplazaba con un mecanismo muy delicado, con un brillo verdoso

en los ojos. Con los brazos rodeándola, Freddy Robinson daba la impresión de estar

atontado de felicidad. Sí, a la chica le brillaban los ojos, como pudo ver Ricky, pero,

¿era un brillo de placer o de burla? La chica volvió la cabeza, los ojos enviaron una

corriente de emoción hacia todo el cuarto y Ricky vio en ella a su hija Jane,

actualmente gorda y descontenta, tal como siempre había deseado ser. Al verla bailar

con el tonto de Freddy Robinson, comprendió que aquí había una mujer que nunca

tendría motivos para formular la frase condenatoria pronunciada por su propia hija.

Siempre se querría mucho y era un estandarte que proclamaba el dominio de sí

misma.

—Hola, Milly —le dijo—. Cuánto trabajas.

—Qué disparate. Cuando sea demasiado vieja para trabajar, me acostaré y me

moriré. ¿Comiste algo?

—Todavía no. Este tiene que ser tu sobrino.

—Ay, perdóname. No se conocían —dijo Milly tocando el brazo del hombre

alto a su lado—. Éste es el único inteligente de mi familia. Harold Sims. Es profesor

en la universidad y estábamos charlando con tu mujer. Harold, Frederick

Hawthorne, uno de los amigos más íntimos del doctor. —Sims le sonrió desde lo alto

—. El señor Hawthorne es miembro de la Chowder Society —añadió por fin Milly.

—Me estaban contando acerca de la Chowder Society —comenté Harold Sims.

Tenía una voz muy profunda—. Suena interesante.

—Me temo que no sea nada interesante.

—Hablo desde el punto de vista antropológico. He estado estudiando el

comportamiento de interacción de grupos de hombres cronológicamente afines. El

contenido de ritual es siempre intenso. Dígame... ¿Usan ustedes, los miembros de la

Chowder Society, ropa de etiqueta cuando se reúnen?

—Sí, me temo que sí —se disculpó Ricky. Mentalmente pidió ayuda a Stella,

pero estaba apartada de la conversación y contemplaba con frialdad a los dos

hombres.

—¿Por qué lo hacen, exactamente?

Ricky tuvo la sensación de que el hombre sacaría una libreta del bolsillo y

tomaría notas.

—Hace un siglo nos pareció una buena idea. Milly, ¿por qué invitó John a

media ciudad si va a permitir que Freddy Robinson monopolice a la señorita Moore?

Antes de que Milly pudiese responder, Sims preguntó:

—¿Conoce usted los trabajos de Lionel Tiger?

—Lamento tener una ignorancia abismal —dijo Ricky.

—Me interesaría observar una de las reuniones que celebran. Podría ser, ¿no?

Por fin Stella se echó a reír y le dirigió una mirada que decía:

Ahora, záfate de eso.

—Me parece difícil —dijo Ricky—, pero es posible que pueda conseguirle una

invitación para la próxima reunión del Kiwanis.

Sims se puso rígido. Ricky vio que era demasiado inseguro para aceptar un

chiste o una negativa con serenidad.

—Somos cinco viejos a quienes nos gusta reunirnos —se apresuró a decir Ricky

—. Desde el punto de vista antropológico, no ofrecemos interés. No interesamos a

nadie.

—A mí me interesan —le dijo SteIla—. ¿Por qué no invitas al señor Sims y a tu

mujer a la próxima reunión?

—Exactamente —El entusiasmo de Sims resultaba alarmante—. Me gustaría

grabar primero, y luego el elemento visual...

—¿Ve a ese hombre que está allá? —dijo Ricky, señalando con un gesto de la

cabeza el lugar donde estaba Sears James. Más que nunca, Sears parecía una

tormenta de nubarrones de forma humana. Según parecía, Freddy Robinson,

despojado ahora de la señorita Moore, estaba tratando de venderle una póliza de

seguros—. Ese grande, ¿ve? Me degollará, si le propongo semejante cosa.

Milly se mostró escandalizada. Stella levantó el mentón en el aire.

—Encantada de haberlo conocido, señor Sims —dijo y se alejó.

—Desde el punto de vista antropológico —afirmó Harold Sims—, ésa es una

afirmación muy interesante. —Al decir esto contempló a Ricky con un interés más

profesional aún—. La Chowder Society tiene que ser muy importante para ustedes.

—Sin duda —admitió Ricky con sencillez.

—Por lo que ha dicho, me imagino que el hombre que acaba de señalarme es la

figura dominante del grupo... por así decir, el

honcho.

—Qué perspicaz es usted —dijo Ricky—. Bien, si me disculpa, veo alguien con

quien necesito hablar.

Cuando se volvió y se alejó unos pasos, oyó a Sims preguntar a Milly:

—¿Están realmente casados esos dos?

5

Se ubicó en un rincón, pues había decidido esperar los acontecimientos. Desde

allí veía muy bien toda la fiesta y se sentiría muy feliz de ser un simple observador

hasta la hora de volver a casa. Terminado el disco, apareció John Jaffrey junto al

tocadiscos portátil y puso otro en el plato. Lewis Benedikt, que se ie había acercado,

parecía divertido, y cuando brotó el sonido de los parlantes, Ricky vio la razón. Era

una grabación de Aretha Franklin, cantante a quien Ricky conocía sólo por haberla

oído en la radio. ¿De dónde diablos habría obtenido John Jaffrey aquel disco y cuánto

tiempo atrás? Seguramente lo había comprado sólo para esa fiesta. Era una idea

apasionante, pero las reflexiones de Ricky quedaron interrumpidas por la serie de

personas que una a una fueron acudiendo junto a él en el rincón.

El primero en acercársele fue Clark Mulligan, propietario del Rialto, el único

cinematógrafo de Milburn. Sus botas de gamuza estaban limpias como nunca, sus

pantalones, planchados, la barriga bien contenida debajo del botón de su saco. Clark

se había vestido con gran prolijidad para esa velada. Presumiblemente sabía que lo

invitaban por su conexión con el mundo del espectáculo. Ricky sospechaba que era la

primera vez que John recibía a Clark Mulligan en su casa. Le alegró verlo. Siempre le

alegraba ver a Mulligan, pues era la única persona en Milburn que compartía su

afición por las películas antiguas. Los chismes sobre Hollywood lo aburrían, pero en

cambio le encantaban las películas de la época de oro del cine.

—¿A quién te recuerda? —preguntó a Mulligan.

Mulligan entrecerró los ojos para mirar a distancia. La actriz estaba de pie, en

actitud modesta, en el otro extremo de la sala, escuchando lo que le decía Ed Venuti.

—¿Mary Miles Minter?

—No, me hizo recordar a Louise Brooks. Aunque no creo que los ojos de Louise

Brooks fuesen verdes.

—¿Quién sabe? Parece que es una excelente actriz. Surgió del anonimato. Nadie

sabe nada sobre ella.

—Edward sí.

—Él está escribiendo uno de sus libros, ¿no?

—Ha terminado casi con las entrevistas. Siempre le cuesta mucho a Edward

despedirse de los personajes de sus biografías, pero creo que esta vez le resultará

especialmente traumático. Creo que se enamoró de ella. —Y en verdad Edward,

visiblemente celoso, estaba ahora junto a Ed Venuti y había conseguido así

interponerse entre el banquero y la joven actriz.

—También yo podría enamorarme de ella —dijo Mulligan—. Una vez que

consiguen aparecer en la pantalla, me enamoro de todas. ¿Has visto a Marthe Keller?

—preguntó, poniendo los ojos en blanco.

—Todavía no, pero por las fotos que vi, es una versión moderna de Constance

Talmadge.

—¿Lo dices en serio? ¿Y Paulette Goddard? —Pasaron luego a hablar

animadamente de Chaplin, de Monsieur Verdoux, de Norma Shearer y John Ford, de

Eugene Paullette y Harry Carey, Jr. de Diligencia y de El Hombre Delgado, de

Verónica Lake y Alan Ladd, John Gilbert y Rex Beli, Jean Harlow, Charlie Farreil,

Janet Gaynor, Nosferatu y Mac West, actores y películas vistas por Ricky cuando era

más joven y que nunca había dejado de recordar con entusiasmo juvenil, y cuyo

renovado recuerdo contribuyó a atenuar el de las palabras dichas por un hombre

más joven sobre él mismo y su mujer.

—¿No era ése Clark Mulligan? —Sonny Venuti, la mujer de Edward, se acercó

luego a Ricky—. Qué aspecto terrible tiene.

Sonny misma había cambiado en los últimos años, transformándose de una

mujer bonita y esbelta en una desconocida, huesuda y con una expresión permanente

de aprensión y confusión en los ojos. Matrimonio fracasado. Tres meses antes había

acudido a la oficina de Ricky para consultarlo sobre los pasos a iniciar para obtener

su divorcio: «Todavía no estoy segura, pero pienso decididamente en ello. Tengo que

saber dónde estoy», le dijo entonces. Sí, había otro, pero no quiso dar su nombre.

«Puedo decirte una cosa, no obstante. Es buen mozo, e inteligente y tan próximo a ser

un hombre de mundo como es posible serlo en esta ciudad.» No había quedado

mucho lugar para dudas de que se trataba de Lewis. Algunas mujeres recordaban

siempre a Ricky su propia hija y con gran cuidado en esa ocasión llevó a Sonny a

explorar todas sus alternativas, todos los pasos, explicándole con calma y en forma

breve todo lo relativo a un divorcio, aunque sabía que ella no volvería a consultarlo.

—Es preciosa, ¿no?

—Realmente preciosa.

—Conversé con ella un instante.

—No mostró interés. Le interesan sólo los hombres.

le encantarías

En aquel momento, la actriz estaba conversando con Stella, a menos de tres

metros de distancia, hecho que quitó algo de base a la afirmación de Sonny. Ricky

veía conversar a las dos mujeres, pero no oía lo que decían. Sonny pasó a explicar

extensamente por qué la actriz habría estado encantada con Ricky. Seguidamente la

señorita Moore dijo algo que desconcertó en forma visible a Stella, porque parpadeó,

abrió la boca como para hablar, la cerró de pronto y se tocó el pelo. De haber sido

hombre, se habría rascado la cabeza. Ann-Veronica Moore, con Edward Wanderley

pegado a ella, se alejó.

—Por eso yo me cuidaría mucho —decía Sonny Venuti—. Puede ser que

parezca un angelito, pero esa clase de mujer transforma a los hombres en picadillo.

La caja de Pandora —murmuró Ricky al recordar su primera impresión de la

actriz.

—¿Qué? Ah, sí, lo sé, la vieja película muda. Cuando fui a verte esa vez,

mencionaste a Katherine Hepburn y Spencer Tracy dos veces.

—¿Cómo marchan las cosas?

—Estoy haciendo un nuevo intento. Si vieras con cuánto empeño lo hago.

¿Quién puede obtener un divorcio en Milburn? Sin embargo, sigo con ganas de saber

quién soy.

Ricky pensó en su hija y se sintió conmovido.

Por fin se acercó Sears James al rincón de Ricky.

—Por fin solos —dijo, dejando su vaso en una mesita y apoyándose en la

biblioteca.

—No contaría mucho con eso.

—Un muchacho insoportable intentó venderme una póliza. Vive enfrente.

—Lo conozco.

Como estaba enteramente de acuerdo en cuanto al tema de Freddy Robinson,

no había nada más que decir. Por fin Sears rompió el silencio.

—Tal vez Lewis necesite ayuda para volver a su casa. Ha estado bebiendo de

más.

—Bien, después de todo, no es una de nuestras reuniones.

—Mmm... Podría ser que encontrase una muchacha que lo lleve a su casa.

Ricky lo miró de reojo para establecer si el comentario era muy personal, pero

Sears se limitaba a contemplar la fiesta con aire distraído, obviamente aburrido.

—¿Hablaste con la invitada de honor? —le preguntó.

—Ni siquiera la vi.

—Es bien visible. Creo que está... —Ricky levantó su vaso en la dirección donde

había visto a la muchacha, pero no estaba ya allí. Edward conversaba con John,

probablemente sobre ella, pero Ann-Veronica Moore no estaba ya en ese cuarto—.

No pierdas de vista a Edward. El la encontrará.

—¿No es ése el hijo de Barnes? ¿El que está junto al bar?

Aunque hacía mucho que habían pasado las diez dela noche, Peter se hallaba

junto al bar, con una chica, y el camarero que había reemplazado a Milly estaba

preparándoles tragos. Era obvio que el ama de llaves de Jaffrey había tenido lástima

de enviar a los jóvenes a la planta baja y que los más osados habían invadido la fiesta

del piso alto. La música de piano que había seguido a la de Aretha Franklin cesó de

pronto y Ricky vio a Jim Hardie con varios álbumes entre las manos, tratando de

decidir cuál de ellos era menos antiguo.

—Mira —comentó Sears—. Tenemos un nuevo

disc jockey.

—Se acabó —dijo éste—. Estoy cansado y me voy a casa. La música ruidosa me

da ganas de morder a alguien. —Lentamente se alejó de Ricky con su andar pesado.

Milly Sheehan lo detuvo y le habló con agitación. Ricky adivinó que estaba alarmada

por la súbita irrupción de los jóvenes. Sears se encogió de hombros. No tenía nada

que ver con él.

En ese punto Ricky sintió deseos de irse a casa, pero Stella se había puesto a

bailar con Ned Rowles y muy pronto varias de las mujeres consiguieron atraer a sus

maridos al sector de la sala más próximo al tocadiscos. Los adolescentes bailaban con

entusiasmo, a veces, casi con elegancia. Junto a ellos, los adultos daban una

impresión de tontos que los imitasen. Ricky se quejó para sus adentros. Sería una

noche larga. Todos habían empezado a levantar la voz, el encargado del bar

mezclaba media docena de tragos a la vez, y agitaba una botella vuelta del revés

sobre los vasos de hielo. Sears llegó a la puerta y desapareció por ella.

Christina Barnes, una rubia alta con expresión de avidez en el rostro, se acercó a

Ricky.

—Ya que mi hijo consiguió monopolizar la fiesta, ¿por qué no bailas conmigo,

Ricky?

Ricky sonrió.

—Temo no poder mostrarme caballeresco, Christina. Hace cuarenta años que

no bailo.

—Debe de haber algo que haces muy bien para haber retenido a Stella todos

estos años.

Había bebido por lo menos tres vasos de whisky de más.

—Sí —convino él—. ¿Sabes qué? No haber perdido nunca el sentido del humor.

—Eres realmente magnífico, Ricky. Me encantaría frotarte la espalda un día de

éstos y ver si descubro de qué estás hecho.

—De cabos de lápices y de libros de Derecho viejos.

Con un gesto torpe, ella lo besó, chocando con el borde de su mandíbula.

—¿No fue a verte Sonny Venuti hace unos dos meses? Querría hablarte de eso.

—En tal caso, ven a mi oficina —sugirió Ricky. Sabía que Christina no tria.

—Permiso, Ricky, Christina —les dijo Edward Wanderley. Estaba junto a Ricky,

en el otro lado.

—Los dejo para que hablen de temas de hombres —dijo Christina y se alejó en

busca de un compañero de baile.

—¿La has visto? ¿Sabes dónde está? —El rostro ancho de Edward reflejaba una

ansiedad infantil.

—¿La señorita Moore? Hace un rato que no la veo. ¿La perdiste?

Maldición. Se esfumó.

—Probablemente está en el cuarto de baño.

—¿Desde hace veinticinco minutos? —Edward se frotó la frente.

—No te preocupes tanto por ella, Edward.

—No estoy preocupado. Sólo quiero encontrarla. —Edward se levantó en

puntas de pie para mirar sobre las cabezas de las parejas que bailaban, sin dejar de

frotarse la frente—. ¿No se habrá ido con uno de esos muchachos repelentes?

—No sabría decírtelo. —Edward palmeó la espalda a Ricky y se alejó de prisa.

En el vacío dejado por Edward en el borde de la alfombra aparecieron Christina

Barnes y Ned Rowles y Ricky dio una vuelta alrededor de ellos para ir a buscar a

Stella. Al cabo de un rato la encontró junto a Jim Hardie. Evidentemente estaba

negándose a aprender a bailar el «Bump».

Lo recibió con aire de alivio y se apartó del muchacho.

La música era tan ruidosa que debieron hablarse directamente al oído.

—Ése es el muchacho más atrevido que he conocido en mi vida.

—¿Qué te dijo?

—Que me parezco a Anne Bancroft.

La música cesó abruptamente y la respuesta de Ricky fue oída por todos.

—No se debería permitir la entrada al cine a nadie menor de treinta años.

Todos lo oyeron, salvo Edward Wanderley, quien estaba interrogando a Peter

Barnes y se volvieron para mirar a Ricky y a Stella. Luego Freddy Robinson,

invariablemente optimista, tomó de la mano a la novia de Jim Hardie, cayó otro disco

en el plato giratorio y todos reanudaron la tarea de divertirse en una fiesta. Edward

había hablado en voz baja e insistente, pero el tono ofendido de la voz de Peter

Barnes flotó un instante por el ambiente, antes de que recomenzase la música.

—¡Señor! Seguramente fue arriba.

—¿Nos vamos? —preguntó Ricky a Stella—. Sears se fue hace mucho tiempo.

—No, quedémonos un rato más. Hace años que no hacemos nada parecido a

esto. Estoy divirtiéndome, Ricky. —Al ver el rostro cariacontecido de Ricky, añadió

—: Baila conmigo, Ricky. Por esta sola vez.

—No sé bailar —dijo él y se hizo oír sobre el estruendo de la música—. Sigue

divirtiéndote. Pero partamos dentro de una media hora, ¿quieres?

Stella le guiñó un ojo, se volvió y de inmediato la capturó Lou Price, con su

aspecto de

gángster. Esta vez Stella sucumbió.

Edward, sin ver nada, pasó corriendo junto a ellos.

Ricky recorrió la fiesta durante unos minutos y se negó aceptar más bebida del

encargado del bar. Habló con Milly Sheehan, quien estaba extenuada, sentada en el

sofá.

—No sabía que saldría así —dijo ella—. Me llevará horas limpiar todo.

—Que te ayude John.

—Siempre

me ayuda. —El rostro redondo y tosco de Milly adoptó una expresión

radiante—. En ese sentido, es extraordinario.

Ricky siguió paseándose y por fin llegó a la parte superior de la escalera. En el

piso más alto y en la planta baja reinaba el silencio. ¿Estaba allá arriba la actriz de

Edward con alguno de los chicos? Sonriendo, bajó a la planta baja en busca de

silencio.

Las oficinas del doctor estaban desiertas. Había luces encendidas, colillas

apagadas en el suelo, vasos a medio llenar en cada superficie. Olía a sudor, a cerveza,

a humo. El tocadiscos portátil en la primera de las oficinas seguía funcionando, con

su púa saltando sobre los surcos finales. Ricky levantó el brazo, lo colocó en su

horquilla y detuvo el aparato. Milly tendría bastante trabajo allí al día siguiente. Al

mirar su reloj, vio que eran las doce y media. A través del cielo raso le llegaba el

golpeteo de un contrabajo y un eco metálico de música.

Se sentó en una de las incómodas sillas de la sala de espera, encendió un

cigarrillo y con un suspiro, se aflojó. Se le pasó por la mente ayudar un poco a Milly,

ordenando esos cuartos de la planta baja, pero se dio cuenta de que le haría falta una

escoba.

Minutos más tarde unos pasos lo despertaron de un breve sueño. Se irguió en la

silla al oír que alguien abría una puerta al pie de la escalera.

—¿Quién es? —preguntó, pues no quería sorprender a ninguna pareja ilícita.

—¿Quién está allí? ¿Ricky? —John Jaffrey entró en la sala de espera.

—¿Qué haces aquí? ¿Viste a Edward?

—Bajé en busca de silencio. Edward andaba corriendo de aquí hacia allá,

tratando de encontrar a la señorita Moore. Quizá haya ido al piso alto.

—Me tiene preocupado —dijo Jaffrey—. Parecía.., tan tenso. Ann-Veronica está

bailando con Ned Rowles. ¿Acaso no la vio?

—Desapareció hace un rato. Es por eso que estaba tan ansioso.

—Pobre Edward. No tiene por qué preocuparse por esa chica. Es un ángel.

Tendrías que verla. Bellísima. Está más bonita ahora que en toda la noche.

—Bien —dijo Ricky, obligándose a abandonar la silla—. ¿Quieres que te ayude

a encontrar a Edward?

—No, no, no. Quédate aquí. Lo encontraré. Probaré Los dormitorios. Aunque...

qué puede estar haciendo allí...

—Buscándola, supongo.

John dio media vuelta, y murmurando que no podía menos que preocuparse,

volvió a atravesar los consultorios. Ricky lo siguió despacio.

Harold Sims estaba bailando con Stella y la tenía muy apretada mientras le

hablaba sin cesar al oído. La música era tan ruidosa que Ricky sintió ganas de gritar.

No se había ido nadie, salvo Sears y los jóvenes, muchos de ellos ebrios ya, giraban

vertiginosamente, pelo y brazos levantados. La joven actriz brincaba con el editor del

diario, Lewis conversaba con Christina Barnes en el sofá. Ambos estaban

completamente ajenos a la presencia de Milly Sheehan dormitando a pocos

centímetros de ellos. Ricky tenía intensos deseos de encontrarse en casa y en su cama.

El ruido le provocaba dolor de cabeza. Sus viejos amigos, con la excepción de Sears,

parecían haber perdido los estribos. Lewis tenía una mano apoyada en la rodilla de

Christina y miraba sin ver. ¿Intentaba, en verdad, seducir a la mujer del banquero?

¿En presencia de su marido y su hijo?

Arriba, algo pesado cayó al suelo, pero el único que lo oyó fue Ricky. Volvió

entonces a acercarse al pie de la escalera y vio a John arriba.

—Ricky.

—¿Qué pasa, John?

—Edward. Es Edward.

—¿Derribó algo?

—Sube, Ricky.

Subió cada vez más preocupado con cada escalón que trepaba. John Jaffrey

parecía aterrado.

—¿Derribó algo? ¿Se lastimó?

Jaffrey abrió la boca varias veces, hasta que por fin brotaron palabras de ella.

—Yo derribé una silla. No sé qué hacer.

Ricky llegó al descansillo y miró fijamente el rostro desencajado de John.

—¿Dónde está? —preguntó.

—En el segundo dormitorio.

Como Jaffrey no se movió, atravesó el vestíbulo hasta llegar a la segunda

puerta. Miró a sus espaldas. Jaffrey hizo un gesto con la cabeza, tragó y por fin se le

acercó.

—Allí.

Ricky tenía la boca seca. Cuánto habría deseado estar en cualquier otra parte,

haciendo otra cosa, salvo lo que debía hacer ahora. Apoyó una mano en el picaporte,

lo hizo girar. La puerta se abrió de par en par.

Hacía frío en el dormitorio y no tenía casi muebles. En un colchón descubierto

había dos abrigos, el de Edward y el de la muchacha. Ricky vio tan sólo el de Edward

Wanderley. Edward estaba tendido en el suelo, con ambas manos aferradas al pecho

y las rodillas dobladas sobre él. Su rostro era algo terrible.

Ricky retrocedió un paso y por poco no cayó sobre la silla que John había

volcado. No había ninguna posibilidad de que Edward viviese aún. No sabía cómo

sabía esto, pero lo sabía. Con todo, preguntó:

—¿Le tomaste el pulso?

—No hay pulso. Murió.

John estaba tembloroso, junto a la puerta. Por el hueco de la escalera llegaban la

música y las voces.

Con un esfuerzo, Ricky se arrodilló junto a Edward. Le tocó una de las manos,

aferrándole la camisa verde. Palpó con la yema de los dedos la parte de abajo de la

muñeca, pero no sintió nada. Por otra parte, no era médico, de modo que preguntó:

—¿Qué crees que sucedió? —Le era imposible volver a mirar el rostro crispado

de Edward.

—¿Ataque cardíaco? —sugirió John, acercándose.

—¿Crees que fue eso?

—No lo sé. Sí, es probable. Demasiada excitación. Pero...

Ricky miró fijamente a Jaffrey y apartó la mano de la de Edward, tibia aún.

—Pero... ¿Qué? —preguntó.

—No sé. No puedo decir nada. Pero, Ricky... mírale la cara.

Ricky la miró: músculos rígidos, boca abierta como para gritar, ojos de

expresión vacía. Era el rostro de un hombre torturado, desollado vivo.

—Ricky —dijo John—, lo que voy a decir no tiene sentido desde el punto de

vista médico, pero tiene aspecto de haber muerto de miedo.

Ricky hizo un gesto afirmativo y se incorporó. Era exactamente lo que sugería

Edward.

—No podemos permitir subir a nadie —dijo—. Bajaré yo y pediré por teléfono

una ambulancia.

6

Y éste fue el final de la fiesta de Jaffrey: Ricky Hawthorne pidió una ambulancia

por teléfono, detuvo el tocadiscos y dijo que Edward Wanderley había «tenido un

accidente» y que no era posible ayudarlo ya, enviando luego a treinta personas a su

casa. No permitió a nadie subir al piso alto. Buscó a Ann-Veronica Moore, pero se

había retirado.

Media hora más tarde, el cadáver de Edward iba en camino al hospital, o a la

morgue. Ricky llevaba a Stella a casa.

—¿No la viste irse? —le preguntó.

—Un minuto antes estaba bailando con Ned Rowles y al siguiente salía por la

puerta. Creí que iba al cuarto de baño. Ricky, qué horroroso.

—Sí, fue horroroso.

—Pobre Edward. Realmente no puedo creerlo.

—Tampoco yo. —Ricky tenía los ojos llenos de lágrimas y durante unos

segundos condujo casi a ciegas, con una nube delante de los ojos. Para borrarse de la

mente la imagen de Edward, preguntó—: ¿Qué te dijo que te sorprendió tanto?

—¿Qué? ¿Cuándo? Apenas conversé con ella.

—En la mitad de la fiesta. La vi hablando contigo y pensé que había dicho algo

que te dejó atónita.

—Ah

—dijo Stella elevando un poco la voz—. Me preguntó si era casada. Le dije

que era la señora Hawthorne. Y entonces ella me dijo: «Ah, sí, acabo de ver a su

marido. Diría que podría ser un buen enemigo...

—No pudiste haber oído bien.

—Oí muy bien.

—No tiene sentido.

—Es lo que dijo.

Y una semana más tarde, cuando Ricky llamó por teléfono al teatro donde

actuaba la muchacha, con la intención de devolverle el abrigo, se enteró de que había

vuelto a Nueva York al día siguiente de la fiesta, abandonando súbitamente la

compañia y partido con destino desconocido. Nadie sabía dónde estaba. Había

desaparecido para siempre. Era demasiado joven, demasiado inexperta y ni siquiera

dejó una fama suficiente para crear una leyenda en torno de su personalidad. Esa

noche, en lo que parecía ser la última reunión de la Chowder Society, se sintió

inspirado a preguntar a un taciturno John Jaffrey.

—¿Qué es la peor cosa que hiciste jamás?

John los salvó a todos al responder:

—No se los diré, pero les contaré lo peor que me sucedió a mí jamás.

Seguidamente les contó un cuento de fantasmas.

SEGUNDA PARTE

La Venganza Del

Doctor Pata De Cabra

Sigue a una sombra y huirá de ti.

Mas si huyes de ella, te seguirá.

Ben Jonson

I

Sólo un campo más,

pero lo que plantaron allí...

De los diarios de Don Wanderley

1

La vieja idea del doctor Pata de Cabra... La idea de otro libro, la historia de la

destrucción de una pequeña ciudad por obra del doctor Pata de Cabra, actor

trashumante que arma su tienda en las afueras, vende elixires y pociones y medicinas

mágicas (¿un negro?) y tiene además un pequeño espectáculo, música de jazz,

bailarinas, trombones, etc. Abanicos, burbujas. Si alguna vez vi un marco perfecto

para esta historia, Milburn lo es.

Primero hablaré de la ciudad y luego del buen doctor. La ciudad de mi tío,

Milburn, es uno de esos lugares que parece crear su propio limbo antes de establecer

su nido en él. No es una verdadera ciudad, ni tampoco un pueblo rural... demasiado

pequeña para lo primero, demasiado poblada para lo segundo, demasiado

consciente, en fin, de su condición. (El diario local se llama El ciudadano. Milburn

parece aún enorgullecerse de contar con su pequeño arrabal, las pocas calles que

conforman el llamado Hollow, u hondonada, es prueba aparente de ello y se diría

que señala: ¿Ven ustedes? Tenemos lugares por los que hay que transitar con

cuidado cuando oscurece, pues la época no nos dejó inmunes, apartados, inocentes...

Esto es casi cínico. Si alguna vez hay dificultades cn Milburn, no comenzarán en el

Hollow.) Las tres cuartas partes de los hombres trabajan en otro lugar, en general, en

Binghamton, cuya autopista es de importancia vital para la vida de la ciudad.

Sensación de extraña estabilidad, inmovilidad,

pesadez, y al mismo tiempo,

nerviosidad. (Apuesto que cambian chismes incesantes los unos sobre los Otros.) La

nerviosidad deriva de que sientan acaso que siempre están perdiéndose algo, de que

en definitiva, la época los ha dejado un poco al margen de todo. Probablemente lo

siento yo por el contraste existente entre esta ciudad y California. Es una

preocupación que ellos no tienen. Es una ansiedad que resulta, diría, casi típica del

sector del noreste del país, característica de estas pequeñas ciudades. Lugares ideales

para el doctor Pata de Cabra.

(Hablando de ansiedad, esos tres viejos a quienes vi hoy, los amigos de mi tío,

la tienen bien intensa. Es obvio que tiene que ver con el motivo que los llevó a

escribirme, sin saber que comenzaba a sentirme tan cansado de California que habría

estado dispuesto a ir a cualquier parte donde supusiese que podría trabajar.)

Desde el punto de vista físico, es, sin duda, bonito. Todos estos lugares son

bonitos. Hasta el Hollow tiene esa belleza nostálgica de una foto de color sepia de los

años treinta. Está la tradicional plaza, los tradicionales árboles, arces, pinos

«tanmarack», robles, los bosques llenos de puntos cubiertos de musgos, la sensación,

en fin, de que los bosques que circundan la ciudad son más fuertes, más

profundos,

que la pequeña red de calles que la gente dispone en su centro. Y cuando llegué vi las

grandes casas, algunas de ellas, tan grandes como para merecer el nombre de

mansiones.

Y con todo... un marco magnífico, enviado del cielo, para la novela del doctor

Pata de Cabra.

Es negro, no cabe duda de ello. Viste con vistosidad, con gusto que tiene algo de

antiguo: polainas, anillos, bastón, chaleco de colores chillones. Es parlanchín, gran

comediante, charlatán incansable, ligeramente ominoso... es el cuco. Se apoderará de

uno si no tenemos cuidado. Embaucará a cualquiera los siete días de la semana.

Tiene una sonrisa cautivante.

Lo vemos sólo de noche, cuando pasamos por un sector habitualmente

deshabitado. Allí está él, de pie en una tarima junto a su tienda, agitando un bastón,

mientras la banda de jazz toca la música ágil que lo rodea, que suba entre su pelo

motoso, mientras el saxofón curva sus labios. Nos mira a los ojos. Nos invita a

presenciar su espectáculo, a comprar una botella de su elixir por un dólar. Dice ser el

celebrado doctor Pata de Cabra y tener ni más ni menos que lo que necesita nuestra

alma.

¿Y qué ocurre si lo que necesita nuestra alma es una bomba? ¿Un cuchillo? ¿Una

muerte lenta?

El doctor Pata de Cabra nos dirige un gran guiño. Estás agarrado, hombre. No

tienes más que sacar un dólar de los vaqueros.

Ahora cabe decir lo que es evidente. Detrás de esta figura que he estado llevando a

todas partes en la cabeza está Alma Mobley. También a ella le convenía darnos lo que

deseábamos.

Todo el tiempo, la sonrisa juguetona, las manos inquietas, los ojos con su blanco

blanquísimo, deslumbrante... y la sonrisa siniestra. ¿

Y qué hay de esa pequeña Alma

Mobley, chico? Supongamos que la ves al cerrar los ojos. ¿Qué ocurre, entonces? Está allí,

Jiii, jiii, jiii? ¿Alguna vez tocaste un fantasma? ¿Alguna vez posaste la mano en la piel

blanca de un fantasma? ¿Y los ojos apacibles de tu hermano... te observaban?

2

Fui

a la oficina del abogado que me escribió, Sears James, tan pronto como llegué a la

ciudad: un severo edificio blanco en Wheat Row, al borde de la plaza principal. El día, gris por

la mañana, era frío

y radiante, y antes de ver a la recepcionista pensé que seguramente ése era

el comienzo de un nuevo ciclo para mí.

Sin embargo, la recepcionista me dijo que tanto el señor James como el señor

Hawthorne estaban en un funeral. Esa nueva secretaria que tomaron también había

ido, pero para la recepcionista, esto significaba tomarse demasiadas atribuciones.

Después de todo, no conocía personalmente al doctor Jaffrey, ¿no? Sí, seguramente

estaban ya en el cementerio. Y qué hombre bueno, qué hombre bueno era, debía

haber sido el doctor de Milburn durante cuarenta años, era el hombre más bueno que

uno hubiese conocido jamás, no almibarado, hay que admitirlo, pero cuando la

tocaba a una, se sentía la bondad que fluía de él.

Y hablaba y hablaba, inspeccionándome, examinándome, tratando de imaginar para qué

diablos quería verme su patrón.

Y luego esa vieja sentada delante de su conmutador lo aprisionó en una sonrisa

furiosa y dejó caer la carta decisiva en la mesa al decir

claro que usted no está enterado,

pero se mató hace cinco días. Se arrojó al río desde un puente. ¿Se imagina semejante cosa?

Fue sencillamente trágico. El señor James y el señor Hawthorne estaban afectadísimos.

Todavía

no se repusieron. Y ahora esa chica Anna los hace trabajar el doble, y tenemos ese

loco de Elmer Scates llamando por teléfono todos los días, gritando por culpa de esas cuatro

ovejas... ¿ Qué pudo llevar a un hombre tan bueno como el doctor Jaffrey a hacer algo así?

(Escuchó al doctor Pata de Cabra, vieja.)

Aah. ¿Le gustaría ir al cementerio?

3

Fue al cementerio. Estaba en una carretera llamada Pleasant Hill, en la salida de

la ciudad, sobre una de las carreteras estatales (la vieja le dio buenas indicaciones),

largas extensiones de campo marchitas bajo una nieve demasiado temprana, y un

viento que de vez en cuando levantaba una sábana plana de nieve suelta y la hacía

levantarse y agitar los brazos. Es curioso lo perdido que parece este paraje, a pesar de haber

ido y venido por él la gente durante siglos.

Parece maltrecho, nostálgico, con un alma que

partió o se retiró lejos, en espera de algo que suceda y vuelva a despertarla.

El cartel

Cementerio de Pleasant Hill, era una tira de metal estampado gris sobre

un costado del portón de hierro forjado negro. Si no hubiese sido por este gran

portón que se levantaba delante de la entrada de lo que parecía un campo más, Don

habría pasado de largo. Contempló las grandes puertas a medida que se le

aproximaban, preguntándose qué clase de agricultor podía haber tenido tal delirio de

grandeza que le hubiese llevado a levantar aquel portón de mansión señorial sobre

aquel camino para tractores. Se detuvo, contempló el angosto camino, algo más que

uno para tractores y vio media docena de automóviles estacionados en la cima de la

colina. Después vio el cartelito.

Sólo un campo más, pero lo que plantaron allí...

Hizo avanzar su automóvil a través del portón abierto, lo dejó luego algo

separado de los otros, a mitad del camino hacia la colina, y recorrió a pie el último

trecho del camino. Tenía cerca la sección más vieja del cementerio, losas inclinadas

con inscripciones carcomidas, ángeles de piedra con brazos levantados y cargados de

nieve. Jóvenes de granito que se cubrían los ojos con brazos envueltos en pliegues.

Los finos esqueletos de la maleza trepaban por las losas torcidas. El angosto camino

dividía en dos la sección más vieja y llevaba a un sector más grande con tumbas

pequeñas y más ordenadas. Esas losas de color púrpura, gris y blanco quedaban

empequeñecidas por la extensión del terreno en esa parte. Al cabo de un rato, a unos

cien metros de distancia, Don vio los cercos que rodeaban el cementerio. Un furgón

fúnebre estaba detenido en el punto más bajo del terreno. El conductor con sombrero

negro fumaba ocultando el cigarrillo con la mano para que no lo viese el pequeño

grupo de gente reunido alrededor de la tumba más reciente. Una mujer, informe bajo

un abrigo azul, se aferraba a otra algo más alta. Los otros miembros del cortejo

fúnebre estaban tan rígidos e inmóviles como postes.

Cuando vi a los viejos de pie alli

junto a los pies de la tumba, supe que tenían que ser los dos abogados; si no eran abogados

eran ideales para el papel. Comencé a caminar hacia ellos por la pendiente del angosto camino.

Entonces pensé si el muerto era médico, ¿por qué no hay mas gente? ¿Dónde están sus

pacientes?

Un hombre de pelo gris junto a los dos abogados lo vio primero y tocó al otro

hombre, el macizo que llevaba un sobretodo negro con cuello de piel. El hombre

grande lo miró entonces y luego el hombre menudo a su lado, el que daba la

impresión de estar resfriado, apartando los ojos del pastor contempló con curiosidad

a Don. Hasta el pastor dejó de hablar por un instante, se metió una mano helada en el

bolsillo del sobretodo y miró a Don lleno de confusión con su rostro móvil.

Luego, por fin, un gesto de bienvenida, en contraste con la cautelosa

observación. Una de las bellezas, la más joven (¿una hija?), envió hacia él una sonrisa

leve pero autentica.

El hombre de canas plateadas que según Don tendría que haberse dedicado al

cine se separó de los otros dos y avanzó a grandes pasos hacia él.

—¿Es usted amigo de John? —susurró.

—Me llamo Don Wanderley —susurró Don a su vez—. Recibí una carta de

alguien llamado Sears James y la recepcionista en su oficina me dijo que podría

encontrarlo aquí.

—Claro, hasta se parece algo a Edward —dijo Lewis y tomándolo del brazo, se

lo apretó—. Mire, hijo, estamos pasando un mal momento aquí. Espere y no diga

nada hasta que esto haya terminado. ¿Tiene donde alojarse esta noche?

Así, pues, me reuní con ellos, un poco mirándolos a los ojos, otro poco eludiendo su

mirada. La mujer del abrigo azul claro se apoyaba como una bolsa en la mujer de aire

desafiante que la sostenía. Hacía muecas y sollozaba, diciendo a la vez: «¡No, no, no!

». A sus

pies había pañuelos de papel arrugados, que se levantaban y volaban con el viento que cortaba

la depresión. De vez en cuando uno de los pañuelos se alejaba velozmente como un diminuto

faisán de color pastel y quedaba preso en el tejido de alambre del cerco. Cuando nos fuimos

había docenas de ellos allí, aplastados contra el alambrado.

Frederick Hawthorne

4

Ricky estaba orgulloso de Stella. Mientras los tres miembros que quedaban de

la Chowder Sociery trataban de adaptarse al estado de

sbock provocado por la muerte

de John, sólo Stella había pensado en la situación de Milly Sheehan. Según suponía,

Sears y Lewis habían pensado lo mismo que él, que Milly se quedaría, sencillamente

a vivir en casa de John. O bien que, si la casa le resultaba demasiado vacía, se alojaría

en el hotel Archer hasta decidir qué hacer y a dónde ir. Tanto él como Sears sabían

que Milly no tenía dificultades económicas. Ellos habían redactado el testamento

según el cual la casa de John Jaffrey y los fondos que éste tenía en el Banco pasarían a

pertenecer a Milly. Sumado todo, había heredado bienes que se aproximaban a los

doscientos mil dólares. Y si decidía quedarse en Milburn, habría más que suficiente

en los depósitos bancarios para pagar los impuestos inmobiliarios y para que viviese

en forma desahogada. Se dijo que ellos eran abogados y debían pensar, como era

lógico, en esos términos. No cabía otra cosa. Colocaban las pequeñas argucias legales

en primer lugar y las personas en el segundo.

Desde luego, estaban pensando en John Jaffrey. Las noticias les llegaron

aproximadamente a las doce de la mañana siguiente al día en que los presagios que

invadían la mente de Ricky alcanzaron su punto máximo. Supo que algo horroroso

había sucedido en el instante en que oyó por teléfono la voz de Milly Sheehan.

—Es... es... —La voz llegó temblorosa, ahogada—. Señor Hawthorne...

—Sí, soy yo, Milly —dijo—. ¿Qué pasó? —Al decir esto apretó el botón que

conectaba la línea con la oficina de Sears y le dijo que escuchara—. ¿Qué es, Milly? —

preguntó, seguro de que su voz era más estridente de lo que le agradaba a Sears. No

podía por el momento hablar más bajo. El aparato, aunque reproducía la voz de los

clientes en su volumen normal, triplicaba el ruido hecho por cualquiera que hablase

por la línea de la oficina contigua.

—Me rompes los tímpanos —se oyó la voz quejumbrosa de Sears.

—Perdona —dijo Ricky—. Milly. ¿Estás allí? Es Milly, Sears.

—Ya lo oí. Milly, ¿puedo ayudarte en algo?

—¡Aaaaaaaay! —gimió ella. Ricky sintió escalofríos en la nuca.

La comunicación parecía haberse cortado.

—¿Milly? —dijo Ricky.

—Cállate —le ordenó Sears.

—¿Estás allí, Milly?

Oyó entonces el teléfono que golpeaba una superficie dura.

La voz que oyó luego fue la de Walt Hardesty.

—Hola, habla el

sheriff ¿Hablo con el señor Hawthorne?

—Sí. El señor James está en la otra linea. ¿Qué sucede, Walt? ¿Está bien Milly?

—Está parada, mirando por la ventana. ¿Qué es ella, dicho sea de paso? ¿No es

la mujer? Creí que era su mujer.

Sears los interrumpió, impaciente, una voz fuerte como la de un cañonazo en la

oficina de Ricky.

—Es su ama de llaves —dijo—. Ahora, díganos qué pasa allí.

—La verdad es que se ha derrumbado como si fuera la mujer. ¿Ustedes son los

abogados del doctor Jaffrey?

—Sí —repuso Ricky.

—¿Se enteraron de lo que le sucedió?

Ambos socios callaron. Si Sears sentía lo mismo que Ricky, debía tener la

garganta demasiado oprimida para poder hablar.

—Bien, el doctor saltó —dijo Hardesty—. Vamos, señora, cálmese. Siéntese, o

quédese tranquila.

—¿EL DOCTOR QUÉ? —gritó Sears. La voz resonó como un trueno en la

oficina de Ricky.

—Saltó del puente esta mañana. Se arrojó al río. Señora, cálmese y déjeme

hablar.

—El nombre de la señora es señora Sheehan —dijo Sears con voz más normal—.

Respondería mejor si la llamase por su nombre. Y ahora, como es obvio que la señora

Sheehan quería comunicarse con nosotros y no puede hacerlo, díganos, por favor,

qué le sucedió a John Jaffrey.

—Se zambulló desde...

—Cuidado. ¿Se

cayó del puente? ¿Qué puente?

—Vamos, el puente sobre el río. ¿Qué otro podía ser?

—¿Cómo está?

—Bien muerto. ¿Cómo imagina que podría estar? Bien, ¿quién se ocupará de

todas las gestiones? Esta señora no está en condiciones de...

—Nosotros nos ocuparemos —dijo Ricky.

—Y probablemente nos ocuparemos de algo más —añadió Sears, furioso—. Sus

modales son una vergüenza. Su dicción es una vergüenza. Es un infeliz, Hardesty.

—¡Un momentito...!

—ADEMAS, si sospecha que el doctor Jaffrey se suicidó, diría que está

suponiendo demasiado, ¿sabe? y creo que le convendría mucho guardarse bien esa

suposición.

—Omar Norris vio todo —dijo Hardesty—. Necesitamos la identificación antes

de que podamos ordenar la autopsia, de modo que ¿por qué no viene hasta aquí para

que podamos cortar esta comunicación?

Cinco segundos después de haber cortado la comunicación Ricky, apareció

Sears en la puerta, y metiendo ya los brazos en las mangas del saco.

—No puede ser —dijo, forcejeando al mismo tiempo con la prenda—. Hay

algún error. Pero vayamos allá, de todos modos.

El teléfono volvió a sonar.

—No Contestes —dijo Sears, pero Ricky había levantado ya el auricular.

—¿Sí? —preguntó Ricky.

—Hay una señorita en la sala de espera que desea verlos a usted y al señor

James —dijo la recepcionista.

—Dígale que vuelva mañana, señora Quast. El doctor Jaffrey murió esta

mañana y el señor James y yo pensamos ir a su casa a reunirnos con Walt Hardesty.

—Pero... —La señora Quast, quien había estado a punto de mostrarse

indiscreta, cambió de tema—. Lo lamento mucho, señor Hawthorne. ¿Quiere que

llame a la señora Hawthorne?

—Sí, y díaIe que me comunicaré tan pronto como pueda. —En este purno Sears

daba muestras de gran impaciencia y cuando Ricky salió dantlo la vuelta a su

escritorio, su socio estaba ya en el vestíbulo y agitaba su sombrero. Ricky tomó

rápidamente su propio sobretodo y corrió detrás de su amigo. Atravesaron juntos el

vestíbulo principal tapizado en madera.

—Ese holgazán pesado, indescriptible —murmuró Sears—. Como si habría que

creerle a Omar Norris en nada que no sea whisky o barredoras de nieve.

Ricky se detuvo de pronto y apoyó una mano en el brazo de Sears.

—Tenemos que pensar acerca de esto, Sears. Podría ser posible que John se

haya matado. —La posibilidad no había sido del todo asimilada y vio que tampoco

Sears estaba dispuesto a aceptarla—. No tenía ningún motivo para ir a caminar por el

puente, especialmente, con el tiempo que hace.

El rostro de Sears se congestionó.

—Si crees eso —dijo— también tú eres un tonto. No me importa que John haya

estado

mirando pájaros, por ejemplo... algo estaba haciendo. —Apartó los ojos de los

de Ricky antes de proseguir—. No alcanzo a imaginar qué hacía, pero hacía algo allí.

¿Te dio la impresión de pensar en suicidarse anoche?

—No, pero...

—En tal caso, deja de discutir. Vayamos a su casa. —Sears cubrió el resto del

vestíbulo delante de Ricky y abrió la puerta de la sala de espera con un hombro.

Ricky Hawthorne, corriendo detrás, llegó a la sala a su vez y sintió leve sorpresa al

ver a Sears frente a una muchacha alta, de pelo oscuro, rostro ovalado y rasgos

menudos y bien dibujados.

—Sears, no tenemos tiempo ahora y ya le dije a la señorita que vuelva mañana.

—Dice... —Sears se quitó el sombrero. Su expresión era la de alguien que ha

recibido un mazazo en la cabeza—. Dígale lo que me dijo a mí —dijo a la muchacha.

La muchacha repitió:

—Eva Galli era mi tía, y estoy buscando trabajo.

(La señora Quast se apartó de la muchacha, que se había limitado a sonreírle y

se sonrojó al marcar en el dial el número telefónico de los Hawthorne. La muchacha

se alejó un poco para inspeccionar los diseños de Kitaj con que Stella había

reemplazado, tres años atrás, los viejos grabados de pájaros de Audubon de Ricky.

Incomprensibles, novedosos, fueron los términos que cabía aplicar a los diseños y a

la muchacha, según la señora Quast.

No, exclamó Stella al oír la noticia sobre el

doctor Jaffrey.

Ah, pobre Milly. Pobres todos, sin duda. Pero yo tendré que hacer algo por

Milly.

Al tirar del cable del conmutador la señora Quast piensa vaya que está

luminoso

aquí y en seguida piensa no, en realidad está negro como el pecado,

seguramente las luces se pusieron brillantes primero y luego seapagaron, pero al

instante siguiente todo está otra vez normal, la lámpara sobre su escritorio

exactamente como siempre y la señora Quast se frota los ojos y agita la cabeza

canosa...

Milly Sheehan tuvo una vida muelle y fácil siempre, es hora de que salga y trabaje

en serio...

y le sorprende oír al señor James decirle a esa muchachita tan joven que si

vuelve mañana hablarán sobre la posibilidad de confiarle algunas tareas de

secretaria.

Lo que quiero saber es qué diablos está pasando aquí?’).

Y también Ricky, al mirar a Sears, se preguntó lo mismo... ¿Trabajo como

secretaria? Tenían una secretaria parte del tiempo, Mavis Hodge, quien les hacía casi

todo el trabajo de escritos a máquina. Para tener trabajo suficiente para otra chica,

tendrían que comenzar a contestar toda la correspondencia de avisos y cosas sin

importancia. Desde luego que no era la necesidad de ampliar su equipo lo que había

llevado a Sears a tratar a la muchacha con esa deferencia. Era el nombre,

Eva Galli,

pronunciado con una voz que de ser posible beberla, tendría sabor a oporto... De

pronto Sears tuvo aspecto de gran cansancio. El insomnio y las pesadillas y la visión

de Fenny Bate y Elmer Scales y sus malditas ovejas y la manera de morir de John

(Se

arrojó

...) ...todo se combinó para que durante un momento mostrase signos de estar

extenuado. Ricky vio el temor de su socio y también su agotamiento. Comprobaba

asimismo que hasta Sears podía llegar a desmoronarse.

—Sí, vuelva mañana —dijo a la muchacha y al mismo tiempo reparó en que el

rostro ovalado y los rasgos regulares eran más que bonitos. Supo, además, que si

había algo que no hacía falta recordar a Sears en aquel momento, era Eva Galli. La

señora Quast estaba mirándolo con fijeza. Debió indicarle, entonces, que se ocupara

de todos los llamados que se produjeran en la oficina durante la tarde. Dijo esto por

hacer un comentario.

—Entiendo que acaba de morir un buen amigo de ustedes —dijo la muchacha a

Ricky—. Siento haber llegado en un mal momento —añadió con una sonrisa de

disculpa que indicaba que lo lamentaba de verdad—. Por favor, no se retrasen por

mí.

Ricky miró una vez más los rasgos astutos como los de una zorra antes de

volverse hacia Sears y hacia la puerta. Sears se abotonaba el abrigo con aire

pensativo, muy pálido, y tuvo la impresión de que la intuición de Sears no era

errada, de que la llegada de esta muchacha formaba parte del rompecabezas y de que

nada era ahora casual. Era como si existiese una especie de plan que podrían

descifrar sólo cuando pudiesen juntar todas las piezas.

—No debe de ser John, probablemente —dijo Sears en el automóvil— Hardesty

es tan incapaz que no me sorprendería que hubiese aceptado la afirmación de

Norris... —poco a poco dejó de hablar. Ambos sabían que esto era sólo una expresión

de deseos—. Demasiado frío —continué Sears y la mueca de sus labios fue la de un

niño—. Demasiado frío —repitió. Ricky se mostró de acuerdo y por fin se le ocurrió

algo más que decir.

—Por lo menos Milly no pasará hambre —afirmó. Sears suspiré, divertido.

—Por suerte, ya nunca volvería a obtener otro empleo que incluya el privilegio

de escuchar detrás de las puertas. —Volvió a producirse otro silencio, a medida que

ambos aceptaban que era probable que John Jaffrey hubiese saltado desde el puente

de Milbum y se hubiese ahogado en el río semicongelado.

Después de recoger a Hardesty para ir con él hasta la cárcel diminuta donde el

cuerpo aguardaba la llegada del furgón de la morgue, pudieron comprobar que

Omar Norris no se había equivocado. El muerto era John... con un aspecto más

delgado aún que en vida. Tenía el pelo ralo adherido al cráneo, los labios replegados

arriba de las encías azuladas... todo su ser vacío, como en la pesadilla de Ricky

Hawthorne.

—¡Jesús! —dijo éste. Con una sonrisa Hardesty comentó—. No es ése el nombre

que tenemos aquí, señor abogado.

—Dénos los formularios, Hardesty —le dijo Sears lacónicamente y luego, por

ser quien era, añadió—: Nos llevaremos también sus efectos personales, a menos que

usted haya conseguido perderlos, junto con su dentadura postiza.

Pensaban que quizá podrían encontrar algún indicio entre las pocas cosas

contenidas dentro del sobre de papel marrón que les entregó Hardesty. Sin embargo,

en el surtido de objetos retirados de los bolsillos de John Jaffrey no pudieron

encontrar nada. Un peine, seis botones de camisa de etiqueta y un par de gemelos

haciendo juego, un ejemplar de

La formación de un cirijano, un bolígrafo, un manojo

de llaves dentro de un estuchecito de cuero muy gastado, tres monedas de un cuarto

de dólar y una de diez centavos. Sears desparramé todo sobre sus rodillas en el

asiento delantero del viejo Buick de Ricky.

—Era demasiado esperar que hubiese una nota —dijo y se estiró hacia atrás con

todo su gran volumen y se restregó los ojos—. Empiezo a sentirme como un miembro

de una especie en vías de extinción. —Volvió a enderezarse y siguió mirando el

mudo surtido de objetos—. ¿Quieres guardarte algo de esto, o bien deberíamos

entregarle todo a Milly?

—Puede ser que Lewis quiera los botones y los gemelos.

—Se los daremos. ¡Ah, Lewis! Tenemos que decírselo. ¿Quieres volver a la

oficina?

Estaban aún sentados, sin decir nada más, en los tibios asientos del viejo

automóvil de Ricky. Sears sacó un largo cigarro de su cigarrera, le cortó la punta y

sin tomarse la molestia de seguir el ritual de siempre de oler y mirar, lo prendió con

un encendedor. Ricky bajó la ventanilla sin formular ninguna queja. Sabía que Sears

fumaba en una especie de acto reflejo y que no tenía conciencia de tener un cigarro

en la mano.

—¿Sabes una cosa, Ricky? —dijo sin quitárselo de la boca—. John ha muerto y

hemos estado hablando de sus gemelos...

Ricky puso en marcha el automóvil.

—Volvamos a Melrose y bebamos algo.

Sears volvió a guardar la patética serie de objetos dentro del sobre, lo doblé por

la mitad y se lo metió en uno de los bolsillos del abrigo.

—Pon atención cuando manejes. ¿Ha escapado a tu atención que está nevando

otra vez?

—No, no he dejado de notarlo —dijo Ricky—. Si comienza tan temprano y la

situación empeora, nos encontraremos bloqueados por la nieve antes de que termine

el invierno. Tal vez deberíamos hacer una pequeña reserva de alimentos envasados,

por las dudas. —Ricky encendió los faros, seguro de que Sears no tardaría en

comenzar a darle órdenes sobre cómo debía conducir. El cielo gris que había cubierto

la ciudad durante semanas se había vuelto casi negro y estaba cortado por nubes que

parecían olas largas y crespas.

—Mmmm —murmuré Sears—. La última vez que pasó esto...

—Yo había vuelto de Europa. Mil novecientos cuarenta y siete. Un invierno

horroroso.

—Y la vez anterior tuvo lugar en la década del veinte

—En mil novecientos veintiséis. La nieve enterró casi las casas.

—Murió gente. Una vecina mía murió bajo esa nieve.

—¿Quién?

—Se llamaba Viola Frederickson. Quedó atrapada en su carrito tirado por

caballos. Murió congelada. Los Frederickson tenían la casa de John, ahora que

recuerdo. —Sears volvió a suspirar con aire fatigado y Ricky llegó a la plaza y pasó

delante del hotel. Los copos de nieve del tamaño de trozos de algodón caían

velozmente frente a las ventanas oscuras—. Por amor de Dios, Ricky, tienes la

ventanilla abierta. ¿Quieres que nosotros nos congelemos también? —exclamó de

pronto y levantó las manos para acercar el cuello de piel a su mentón. Sólo entonces

advirtió el cigarro entre sus dedos.

—Perdona —le dijo Ricky—. Lo hago por costumbre. —Sears bajó su ventanilla

y dejó caer el cigarro por el hueco abierto—. Qué desperdicio —comentó.

Ricky estaba pensando en el cadáver de John sobre una camilla en la celda, en

que debía darle la noticia a Lewis, en la piel azulada y tensa sobre el cráneo de John.

Sears tosió antes de hablar.

—No llego a comprender por qué no hemos recibido noticias del sobrino de

Edward.

—Seguramente vendrá sin previo aviso. —La nieve era menos espesa ahora—.

Esta nieve me gusta un poco más —añadió, pero de inmediato pensó,

no, quizá, no.

Había en el aire algo sombrío para ser mediodía y la oscuridad no parecía cambiar

mucho con la luz de los faros. Estos despedían solamente un resplandor muy débil

delante del automóvil. Todos los objetos y puntos diversos de la ciudad parecían

relucir, en cambio, no con el resplandor amarillo de los faros, sino con un resplandor

blanco, de la blancura de las nubes que seguían hirviendo y formando espuma sobre

sus cabezas... un cerco de varillas de madera blanca, una puerta, un moldeado. Más

allá brillaban unas piedras en una pared y más lejos, unos álamos deshojados en un

jardín. Sus tonos sin color recordaron a Ricky el rostro de John y esto le hizo

estremecerse. Sobre todos aquellos objetos que brillaban en forma caprichosa, el cielo

encima de las nubes turbulentas era más negro aún.

—Bien. ¿Qué crees que sucedió? —le preguntó Sears.

Ricky se inrernó en la avenida Melrose.

—¿Quieres que nos detengamos en tu casa, por si acaso necesitas recoger

alguna cosa? —preguntó a su vez.

—No. Tienes una opinión hecha, ¿no?

—Me gustaría saber qué les sucedió a las ovejas de Elmer.

En aquel momento se detuvieron frente a la casa de Ricky. Sears volvía a dar

obvias muestras de impaciencia.

—No me interesan un rábano las ovejas de nuestro Virgilio —dijo. Quería bajar

del automóvil, dar por terminada la conversación, y si Ricky hubiese mencionado la

aparición de Fenny Bate, con sus pies descalzos y su cabeza huesuda en su propia

escalera, habría gruñido como un oso. Ricky advertía todo esto, pero cuando Sears

hubo salido del automóvil y mientras ambos caminaban por el sendero en dirección a

la puerta, dijo

—Oye. La muchacha de esta mañana...

—¿Qué hay de ella?

Ricky metió la llave en la cerradura.

—Si quieres hacerme creer que necesitamos otra secretaria, no me opongo,

pero...

Al abrirles la puerta Stella, estaba ya hablando...

—Cuánto me alegro de que hayan venido los dos. Temía que volvieran a esas

tétricas oficinas de Wheat Row para fingir que no había pasado nada. ¡Para fingir que

trabajan y no contarme nada! Por favor, Sears, sal del frío. No tenemos por qué

regalar nuestra calefacción a la calle. ¡Entra! —Los dos hombres entraron con paso

pesado en el vestíbulo, avanzando como caballos de tiro cansados y se quitaron los

abrigos—. Los dos tienen un aspecto terrible. Entonces no cabe duda de que puede

haber sido una identificación falsa, ¿no? ¿Era John?

—Era John —repuso Ricky—. En realidad no podemos decirte nada más, Stella.

Parecería que hubiese saltado desde el puente.

—Qué horror —exclamó Stella. Había perdido toda su vivacidad anterior—.

Pobre Chowder Society...

—Amén —dijo Sears.

Después de un almuerzo tardío, Stella dijo que le prepararía una bandeja a

Milly.

—Puede que quiera comer algún bocadito.

—¿Milly? —preguntó Ricky, atónito.

—Milly, sí... ¿La recuerdas? No podía permitir que vagase por esa casa enorme

de John. Fui a buscarla y la traje aquí. Es una ruina, la pobre, y por eso la obligué a

acostarse. Esta mañana se despertó y no encontró a John y durante horas anduvo

preocupada de un lado a otro hasta que ese repelente Walter Hardesty llegó a darle

la noticia.

—Me alegro —dijo Ricky.

—Dice que se alegra —comentó Stella—. Si tú y Sears no hubiesen estado tan

absortos en ustedes mismos, tal vez podrían haber pensado un poco en ella.

Al verse atacado, Sears levantó la cabeza y parpadeó.

—Milly no tiene motivos para preocuparse —dijo—. Ha heredado la casa de

John y una cantidad de dinero fuera de toda proporción con lo que le corresponde.

—¿Fuera de toda proporción, Sears? Ve, sube, llévale la bandeja y dile qué

agradecida debe sentirse. ¿No crees que esto la animará? ¿Que John Jaffrey le haya

dejado unos miles de dólares?

—Unos cuantos miles, Stella —dijo Ricky—. John dejó casi todo lo que tenía a

Milly.

—Bien, es lo que debe ser —declaró Stella y se alejó con pasos ruidosos hacia la

cocina. Ambos se quedaron desconcertados.

—¿Tienes a veces dificultad en descifrar lo que quiere decir Stella? —le

preguntó Sears.

—De vez en cuando —repuso Ricky—. Teníamos antes un código, pero creo

que se deshizo de él poco después de habernos casado. ¿Llamamos a Lewis para

decírselo? Lo hemos postergado ya bastante.

—Dame el teléfono —le dijo Sears.

Lewis Benedikt

5

Aunque no tenía apetito, Lewis se preparó el almuerzo por seguir una

costumbre arraigada: salchichón con aderezo de rábano picante y una gruesa

rebanada de queso

cheddar, fabricado por el mismo Otto Gruebe en su pequeña

fábrica a unos kilómetros de Afton. Las experiencias de la mañana lo habían dejado

algo agitado y por ello le gustaba pensar ahora en el viejo Otto. Gruebe era una

persona sin complicaciones, de contextura física semejante a la de Sears James,

aunque encorvado por toda una vida pasada en posición inclinada delante de las

tinas. Tenía un móvil rostro de payaso y hombros y manos enormes. Otto había

hecho el siguiente comentario cuando murió la mujer de Lewis: «Tuviste una

pequeña dificultad allá en España, ¿eh? Me lo dijeron en la ciudad. Qué pena,

Lewis». Después de todo el tacto desplegado por el resto de sus amistades, esto lo

había conmovido muchísimo. Otto, con su tez que recordaba la cuajada por haber

pasado diez horas diarias en su fábrica de quesos, Otto, con su jauría de perros de

caza ordinarios. Ni un solo día en su vida había sentido temor. Mientras masticaba

muy despacio su almuerzo, decidió que iría en automóvil a visitar a Otto un día de

éstos. Llevaría su escopeta para salir a cazar coatíes con Otto y sus perros, siempre

que la nieve no aumentase. La tozudez germánica de Otto le haría mucho bien. En

realidad nevaba otra vez. Seguramente los perros estaban ladrando en sus perreras y

el viejo Otto debía de estar retirando el suero de leche y maldiciendo lo temprano

que había llegado el invierno.

Una pena.

Sí, era ni más ni menos una pena y más que una pena, un misterio.

Como Edward.

Se levantó bruscamente y dejó los platos en la pileta. Cuando miró su reloj, dejó

escapar un lamento. Las once y media y había terminado ya su almuerzo. El resto del

día se levantaba, amenazador como una cumbre de los Alpes. Ni siquiera tenía la

perspectiva de pasar una noche de conversación ligera con alguna chica. Ni tampoco

podía contar con unas horas de placer nocturno más intenso con Christina Barnes, ya

que estaba tratando de terminar poco a poco con este asunto.

Lewis Benedikt había logrado con éxito algo que se considera imposible en una

ciudad de las dimensiones de Milburn. Desde el primer mes consecutivo a su regreso

de España, se había organizado una vida secreta que había permanecido como tal.

Perseguía a estudiantes universitarias, a maestras jóvenes de la escuela secundaria, a

empleadas de las peluquerías, a las muchachas llenas de experiencia que vendían

cosméticos en la tienda de Young, a cualquier mujer joven y bonita que además fuese

decorativa. Utilizaba su apostura, su simpatía natural y su humorismo, además de su

dinero, y llegó a establecerse dentro de la mitología de la ciudad como un personaje

cómico permanente: el

playboy maduro, el Don Juan de edad. Espontáneo, aplomado,

Lewis llevaba a sus muchachas a los mejores restaurantes en sesenta kilómetros a la

redonda, les pagaba los manjares y vinos mejores y las hacía reír a carcajadas.

Lograba acostarse, o bien que lo hicieran acostarse, con aproximadamente una quinta

parte de ellas, las que le indicaban al festejar todo lo que decía que jamás lo tomarían

en serio. Cuando una pareja, como por ejemplo la de Walter y Christina Banes,

entraba en el restaurante The Old Mill cerca de Kirkwood, o bien en Christo’s, entre

Belden y Harpursville, era muy probable que no les sorprendiese ver la cabeza gris

acero de Lewis inclinada hacia el rostro divertido de una bonita muchacha tres veces

menor que él.

—Mira a ese bandido —decía a veces Walter Barnes—. Otra vez en lo mismo. —

Y su mujer sonreía, aunque era difícil decidir qué quería decir la sonrisa.

La verdad era que Lewis utilizaba su reputación de hombre divertido para

disimular su verdadera seriedad en materia sentimental. Pasaba tardes o noches con

las chicas, pero a las mujeres que amaba las veía sólo una o dos veces por semana,

por las tardes, cuando los maridos estaban trabajando. La primera de ellas había sido

Stella Hawthorne y en cierto modo fue la menos satisfactoria de sus relaciones

amorosas. Con todo, Stella estableció un precedente para las que siguieron. Stella

había sido demasiado despreocupada y superficial, demasiado objetiva frente a él.

Disfrutaba de la relación, y esto era algo que le daban ya las jóvenes maestras y

las empleadas de salones de belleza. Lewis quería sentimieñtos. Quería emoción...

necesitaba emoción. Stella fue la única esposa de Milburn que al ser somtida a esta

prueba, falló. En forma consdente le devolvió la imagen de muchacho mundano y

superficial. Lewis la amó intensamente, aunque durante poco tiempo, pero no había

coincidencia entre las respectivas necesidades. Stella no necesitaba

Sturm und Drang.

Lewis en el fondo de su corazón lleno de anhelos, sabía que lo que deseaba era

volver a capturar las emociones que una vez le dio Linda. El Lewis frívolo no llegaba

más hondo que la piel. Desgraciadamente, debió renunciar a ella. Stella nunca

pareció entender sus indirectas y la emoción que le brindaba parecía deslizarse por la

superficie de su propia piel. Lewis estaba seguro, en fin, de que estaba convencida de

que él se había dedicado a una serie de relaciones efímeras con chicas jóvenes.

—En lugar de ello —de esto hacía ya ocho años— había pasado a Leota

Mulligan, la mujer de Clark Mulligan. Y después de Leota, a Sonny Venuti, y luego a

Laura Bantz, la mujer del dentista Harlan Bantz, y por último, un año atrás, a

Christins Barnes. Amó mucho a cada una de estas mujeres. Las amó por su solidez de

mujeres casadas, por sus lazos con sus maridos, sus apetencias, su sentido del

humor. Le encantó dialogar con ellas. Supieron comprenderlo y cada una tuvo

conciencia exacta de lo que él les ofrecía: un matrimonio clandestino, más bien que

una aventura.

Cuando la emoción comenzaba a volverse fatigosa y poco espontánea, la

relación terminaba. Lewis seguía amándolas a todas, seguía amando a Christina

Barnes, pero...

El «pero» era el muro que se levantaba frente a él. El muro era lo que Lewis

llamaba el momento en que comenzaba a creer que aquella relación profunda era tan

trivial como sus pequeñas aventuras. Era entonces el momento de emprender la

retirada. A menudo, en el curso de esta retirada, descubría que estaba pensando en

Stella Hawthorne.

Bien, era obvio que no podía pensar en la posibilidad de pasar una noche con

Stella Hawthorne. Los fantaseos alrededor de ese tema no significarían nada, aparte

de confirmar lo tonto que era.

¿Qué había más tonto que la ridícula escena de la mañana? Lewis se apartó de

la pileta para mirar por la ventana en dirección al sendero que se internaba en el

bosque. Recordó cómo había corrido por él, jadeante, con el corazón que amenazaba

estallarle de terror... aquello sí que era insensatez. La nieve caía en copos livianos, el

bosque familiar levantaba sus brazos blancos, el sendero se extendía inofensivo,

pintoresco con su ángulo absurdo que no llevaba a ninguna parte.

«Cuando te caes del caballo, vuelves a montar —se dijo Lewis—. Vuelves a

montar en seguida esa yegua. ¿Qué le sucedió? Oyó... ¿voces?» No. Se había oído a sí

mismo pensar, ni más ni menos. Había provocado su propio terror al recordar con

demasiada exactitud la última noche de Linda. Eso y la pesadilla, la de Sears y John

que avanzaban hacia él, enredaron sus emociones al punto en que actuó como un

personaje de los cuentos de fantasmas en la Chowder Society. No hubo ningún

desconocido malvado que lo acechase junto al sendero por el que volvió a casa. No

era posible caminar por el bosque sin ser oído. Todo tenía explicación.

Subió al dormitorio, se quitó los mocasines y se puso en lugar de ellos un par de

botas acolchadas, luego un suéter y una capucha de esquiador y bajó otra vez, para

salir por fin por la puerta de la cocina.

Las huellas dejadas por la mañana estaban ya casi cubiertas por la nieve. El aire

era magnífico, seco y frío, áspero como una manzana ácida. Caía aún una nieve

ligera. Ya que no podía salir a cazar coatíes con Otto Gruebe, por lo menos muy

pronto podría esquiar. Atravesó el patio de ladrillos y llegó al sendero. Arriba el cielo

estaba oscuro y surcado de nubes relucientes, pero el día estaba impregnado de una

luz nítida y plateada. La nieve en las ramas de los pinos resplandecía, única, blanca

como los rayos de luna.

Intencionalmente partió por la senda que utilizaba casi siempre para volver. Le

sorprendía su propio temor, el cual se agitaba en su boca y en sus entrañas, como las

sensaciones de gran expectativa.

—Bien, aquí estoy, ven y agárrame —dijo sonriendo.

No sentía otra presencia que la del día y el bosque, ola de su casa a sus

espaldas. Al cabo de unos instantes advirtió que aún su temor no se había

desvanecido.

Y ahora, al avanzar por la nieve recién caída en dirección al bosque, tuvo una

nueva percepción. Tal vez se debiese al hecho de que estaba contemplando el bosque

desde un ángulo distinto del habitual, entrando en él por el fondo, en cierto modo, o

bien a que era la primera vez que sólo caminaba, en lugar de trotar, pero cualquiera

que fuese la razón, los bosques parecían una ilustración de un libro: no bosques de

verdad, sino un dibujo sobre una página. Era un bosque de cuento de hadas,

demasiado perfecto, demasiado sereno, trazado en tinta negra, para resultar real.

Hasta el sendero que serpenteaba con una pintoresca vaguedad era de cuento de

hadas.

Lo que le confería misterio era la claridad. Cada rama desnuda y erizada de

puntas, cada maraña de tallos secos se destacaban por separado y brillaban con vida

propia. Invisible para él, acechaba alguna magia secreta. A medida que se internaba

en el bosque, donde no había penetrado la nieve reciente, veía sus pisadas de la

mañana y también ellas parecían mágicas, pintadas, parte del cuento de hadas,

desplegadas sobre la nieve y aproximándose hacia él.

Después de su paseo a pie, se sintió demasiado inquieto para quedarse en casa.

La sensación de vacío proclamaba que no había mujer allí. Durante algún tiempo,

tampoco la habría, a menos que Christina Barnes viniese para un último encuentro.

Varias cosas que había que hacer estaban esperando desde hacía semanas. Tenía que

revisar el sumidero, la mesa del comedor necesitaba ser lustrada y también la mayor

parte de los objetos de plata. No, estas tareas podían aguardar un poco más. Con su

suéter grueso y su capuchón, Lewis vagaba por la casa, yendo de un piso a otro, sin

poder permanecer en ninguno de los cuartos.

Entró en el comedor. La gran mesa de caoba era un reproche mudo. La

superficie estaba opaca, levemente rayada aquí y allí, donde había apoyado piezas de

cerámica española sin poner una carpeta debajo. El ramo de flores en el centro de la

mesa se había marchitado y unos pocos pétalos yacían como abejas muertas sobre la

madera.

¿Realmente creías que verías a alguien allí?, se preguntó. ¿Estás desilusionado de

no haber visto a nadie?

Al salir del comedor con la jarra llena de flores marchitas en la mano, volvió a

ver el bosque enmarañado de cuento de hadas. Las ramas relucían, las espinas

brillaban como clavos y todo encerraba alguna narración cuyo texto él había cerrado

ya.

Bien.

Moviendo la cabeza con aire perplejo llevó las flores a la cocina y las arrojó

dentro del tacho de desperdicios.

¿A quién querías encontrar? ¿A tí mismo?

Inesperadamente Lewis se ruborizó.

Dejó la jarra vacía en una de las mesas y volvió a salir, atravesando el patio en

dirección al antiguo establo que un dueño anterior había transformado en garaje y

cuarto de herramientas. El Morgan estaba estacionado junto a una mesa de

carpintero llena de destornilladores, pinzas y pinceles dentro de latas. Inclinando la

cabeza, abrió la puerta del automóvil y se ubicó con algún trabajo detrás del volante.

Salió del garaje en marcha atrás, bajó y cerró la puerta, volvió a subir al

automóvil y volviéndolo sobre el patio de ladrillos se dirigió hacia la carretera por el

angosto camino bordeado de árboles. Inmediatamente se sintió más normal. La

capota de lona del Morgan se encabritaba bajo las ráfagas y el viento frío le separaba

el pelo. Tenía el tanque casi lleno.

En quince minutos más se encontró rodeado de colinas de campo abierto,

jalonado de vez en cuando por grupos de árboles. Eligió los caminos secundarios, y

cada vez que veía algún tramo recto, aumentaba la velocidad a cien y aun a ciento

veinte kilómetros. Recorrió el borde del valle de Chenango, siguió luego la margen

del río Tioughnioga hasta Whitney Point y tomó una dirección oeste hacia Richford y

Caroline, en el medio del valle de Cayuga. A veces la parte posterior del pequeño

automóvil se balanceaba o patinaba cuando pasaban una curva, pero Lewis corregía

la dirección con gran pericia, en forma casi automática. Lewis conducía bien por

instinto.

Por fin cayó en la cuenta de que estaba recorriendo la misma ruta y de la misma

manera, que en sus días de estudiante cuando volvía a Corneil. La única diferencia

residía en la velocidad que entonces se había considerado alocada: cincuenta

kilómetros por hora.

Al cabo de casi dos horas de marcha por caminitos apartados entre parcelas y

parques del Estado de Nueva York, que elegía sólo para ver hasta dónde llegaban,

advirtió que tenía la cara rígida de frío. Estaba en el condado de Tompkins, cerca de

Ithaca y de la universidad de Cornell —el paraje aquí tenía características mucho más

poéticas que en las inmediaciones de Binghamton—, cuando llegó a la cima de las

colinas y desde allí vio la carretera oscura que surcaba como una flecha los valles y

las elevaciones cubiertas de árboles. El cielo se había vuelto sombrío, a pesar de ser

sólo la media tarde. Sospechaba que vería más nieve antes de la noche. Luego vio,

frente a él, a una distancia suficiente para aumentar bastante la velocidad, un amplio

sector de la carretera donde tenía la seguridad de poder lograr que el Morgan hiciese

virajes en redondo. En aquel momento, no obstante, debió recordar que tenía sesenta

y cinco años y que era demasiado viejo para hacer pruebas en el automóvil.

Aprovechó, en cambio, el espacio ensanchado de la carretera para volverse y

comenzar el regreso a casa.

A menor velocidad, atravesó el valle hacia Hartford en dirección este. En los

tramos rectos aceleraba un poco, pero tenía cuidado de no exceder los ochenta

kilómetros. A pesar de ello, sentía un gran placer al correr a esa velocidad con la

brisa fría en la cara y disfrutando de su experto manejo del automóvil deportivo.

Todo le daba la sensación de ser una vez más el muchacho, miembro de la sociedad

estudiantil secreta de Tau Kappa Epsilon, que se deslizaba por los caminos en

dirección a la ciudad natal. Cayeron algunos gruesos copos de nieve con gran

lentitud.

Junto al aeródromo fuera de Glen Aubrey pasó delante de un macizo de arces

sin hojas y vio en ellos la misma claridad reluciente de su propio bosque. Los arces

parecían bañados de algo mágico, llenos de un significado oculto que formaba parte

de una historía complicada —con héroes que eran zorros en apariencia, pero en

realidad, príncipes bajo el sortilegio de una hechicera—.

Supongamos que salieses a caminar y te vieses corriendo hacia ti mismo, el pelo al

viento, y el rostro crispado de terror...

De pronto sintió tanto frío en las vísceras como en la cara. Delante de él, de pie

en el medio de la carretera, estaba una mujer. Tuvo tiempo tan sólo para reparar en

su actitud alarmada, en el pelo que caía como olas sobre sus hombros. Viró algo,

mientras se preguntaba de dónde diablos podía haber surgido.

Jesús, apareció de

pronto,

a la vez que sintió que no podría evitar atropellarla. El automóvil saldría de la

banquina y caería en la zanja.

La parte posterior del Morgan se acercó despacio hacia la muchacha. Luego

todo el vehículo se encontró desplazándose de costado y Lewis dejó de verla. Lleno

de pánico, hizo girar rápidamente el volante en la dirección contraria. El tiempo se

redujo a una cápsula rígida que lo tenía prisionero dentro de un automóvil sin

control. Seguidamente la textura del tiempo cambió, se quebró y permitió que éste

siguiera transcurriendo. Supo entonces, dentro de la actitud pasiva en que estaba,

más pasiva que nunca en toda su vida, que el automóvil no estaba ya en la carretera.

Todo ocurría con una lentitud increíble, casi con pereza, pero el Morgan estaba

flotando.

Todo terminó en un instante. El automóvil se detuvo con una violenta sacudida

en un campo, con la nariz apuntando hacia la carretera. La mujer que podría haber

atropellado no se veía en ninguna parte. Sintió el sabor de la sangre en su propia

boca. Aferradas al volante, sus manos temblaban. Tal vez había atropellado a la

mujer y lanzado su cuerpo a una zanja. Luchó por abrir la puerta, lo logró y bajó.

También le temblaban las piernas. De inmediato comprobó que el Morgan estaba

atascado, con las ruedas posteriores hundidas en la tierra. Necesitaría una camioneta

de remolque.

—¡Oiga! —gritó—. ¿Está bien? —Haciendo un esfuerzo por caminar, repitió—:

¿Está bien?

Con pasos inseguros llegó hasta la carretera, donde vio las marcas caprichosas

dejadas por el automóvil. Le dolían las caderas y sentía mucho frío.

—¡Oiga! ¡Señorita! —No veía a la muchacha en ninguna parte. Con el corazón

latiendo furiosamente, dio unos pasos torpes hacia el borde de la banquina, temeroso

de lo que podría encontrar en la zanja, brazos y piernas de cualquier manera, cabeza

echada hacia atrás... pero la zanja contenía solamente un montículo de nieve

inmaculada. Miró en ambas direcciones de la carretera, pero no vio a la muchacha.

Por fin renunció a buscarla. De alguna manera la mujer había desaparecido en

forma tan súbita como había surgido. O tal vez él había imaginado verla. Se froté los

ojos. Todavía le dolían las caderas, como si los huesos estuviesen frotándose.

Recorrió con cierta dificultad unos metros de la carretera, con la esperanza de ver

alguna parcela desde la cual pudiese llamar por teléfono al Automóvil Club. Cuando

por fin llegó a una, un hombre con una barba negra y espesa como un matorral y una

mirada animal le permitió llamar por teléfono, pero lo hizo esperar afuera, bajo un

alero sin resguardo, hasta que llegó la camioneta de auxilio.

No volvió a casa hasta las siete. Tenía hambre y se sentía irritable aún. La

muchacha había aparecido allí sólo un instante, como un ciervo que salta delante de

un automovilista, y cuando el automóvil empezó a patinar, la había perdido de vista.

Pero en aquella carretera recta y prolongada, ¿adónde podría haber corrido la joven

después de haber caído él con el automóvil en el prado? Podía muy bien, entonces,

yacer muerta en una zanja. No, aun un perro habría dejado una melladura visible en

el automóvil, y el Morgan estaba intacto.

—¡Qué diablos! —dijo en voz alta. El automóvil estaba todavía en el sendero de

acceso. Había permanecido en la casa sólo el tiempo suficiente para entrar en calor.

La inquietud del mediodía, la sensación de que a menos que se moviese sucedería

algo malo (de que algo peor que el accidente le apuntaba como un arma) había

vuelto a invadirlo. Subió a su dormitorio, se quitó el suéter y el capuchón y se puso

una camisa limpia, una corbata de

reps y un blazer cruzado. Iría a Humphrey’s a

comer una hamburguesa y beber unos cuantos vasos de cerveza. Era lo mejor que

podía hacer.

La playa estaba casi llena y Lewis debió estacionar el automóvil en un espacio

muy junto a la carretera. La nieve ligera había cesado en las primeras horas de la

noche, pero el aire era frío y tan seco que se tenía la sensación de poder quebrarle

trozos con las manos. Los letreros luminosos de los bares brillaban sobre los

ventanales del largo edificio gris. Llegó hasta Lewis una música regional ejecutada

por un grupo de cuatro músicos. Era el tema llamado

Wabash Cannonball.

Una nota juguetona del violín se le fijó en la mente tan pronto como entró. Miró

con el ceño fruncido a los músicos que rascaban sus instrumentos sobre la tarima,

con sus cabelleras hasta los hombros y una cadera y un pie desplazados para marcar

el ritmo. El muchacho a quien miraba tenía los ojos cerrados y nunca reparé en que lo

observaban. Cuando instantes más tarde la música volvió a ser tal, Lewis vio que aún

sufría su dolor de cabeza. El bar estaba repleto y hacía tanto calor que casi de

inmediato Lewis comenzó a transpirar. Humphrey Stalladge, grande y deforme, con

el delantal bajo su camisa blanca, se movía de un lado a otro detrás del mostrador.

Todas las mesas más próximas a la orquesta parecían estar llenas de chicos que

bebían cerveza de jarros. Al mirarlos de espaldas, no podía decir Lewis si eran

varones o mujeres.

¿

Qué ocurriría si te vieras a ti mismo corriendo hacia ti, hacia los faros de tu automóvil,

con el pelo volando y el rostro deformado de terror...?

—¿Te sirvo algo, Lewis? —preguntó Humphrey.

—Dos aspirinas y una cerveza. Tengo un dolor de cabeza feroz. Y dame además

una hamburguesa, Humphrey. Gracias.

Más lejos, en el otro extremo del bar, tan alejado de los músicos como podía,

con aspecto de estar empapado además de sucio, Omar Norris entretenía a un grupo

de hombres. Mientras hablaba, los ojos parecían salírsele de las órbitas y hacía

amplios gestos con las manos. Lewis estaba seguro de que si uno llegase a acercarse

mucho sería posible ver la saliva de Omar brillando en las propias solapas. Cuando

era mucho más joven, Omar, con sus anécdotas sobre la proeza de librarse del

dominio de su mujer y sus estratagemas dignas de W. C. Fields para evitar cualquier

trabajo, salvo el de conducir la barredora de nieve y el de actuar como Papá Noel en

las tiendas habían sido relativamente divertidas, pero sorprendía mucho a Lewis que

lograse encontrar un auditorio ahora. Los hombres estaban convidándolo con bebida,

sin embargo. Volvió Stalladge con las aspirinas y un vaso de cerveza y le dijo que la

hamburguesa estaba marchando.

Lewis se metió las tabletas de aspirina en la boca y bebió unos tragos de

cerveza. La banda había dejado de tocar

Wabash Cannonball y pasado a otro tema, uno

que él no reconocía. Una de las muchachas sentadas junto a las mesas delante de la

banda se había vuelto para mirarlo con fijeza. Lewis le hizo un leve saludo.

Cuando terminó la cerveza estudió al resto de la concurrencia. Había unos

pocos compartimientos vacíos junto a la pared del frente. Señaló pues su vaso

cuando Humphrey lo miró y cuando éste le trajo otro lleno comenzó a atravesar el

salón para ocupar uno de los lugares vacíos. Si no se apresuraba, se vería obligado a

permanecer sentado junto al bar toda la noche. En mitad del camino saludó a Rollo

Draeger, el farmacéutico —estaba allí para huir de las eternas quejas de Irmengard—

y, algo tarde, reconoció al muchacho sentado junto a la chica que lo había mirado

antes tan fijamente. Era Jim Hardie, el hijo de Eleanor, a quien se lo veía últimamente

casi siempre con la hija de Draeger. Miró a la pareja y vio que ambos estaban

observándolo. Jim Hardie era un chico que le inspiraba desconfianza. Era ancho de

espaldas, rubio y fuerte, pero daba la impresión de tener un toque de locura más

grande que el distrito donde vivía. Siempre desplegaba una ancha sonrisa. Según le

había dicho Walt Hardesty, se sospechaba que Jim había sido quien quemó el viejo

establo de Pugh e incendió también un prado. Imaginaba a ese chico sonriendo

mientras hacía esas cosas. La chica que lo acompañaba esta noche era mayor que

Penny Draeger. Era, además, más bonita.

Recordó una época, muchos años atrás, cuando todo había sido sencillo, cuando

habría sido él quien estuviese sentado allí junto a una chica, escuchando la banda, la

de Noble Sissle o la de Benny Goodman: un Lewis con el corazón inflamado de

entusiasmo. El recuerdo le hizo volverse y dirigir una mirada maquinal a todo el

salón, en busca del rostro autoritario de Stella Hawthorne. Recordó, entonces, que en

el momento de llegar había notado, en forma casi subconsciente, que no estaba allí.

Llegó Humphrey con la hamburguesa, miró el vaso de Lewis y le dijo:

—Si piensas beber tan de prisa, creo que te traeré una jarra.

Lewis no había reparado, siquiera, en que había terminado la segunda porción

de cerveza.

—Buena idea —dijo.

—No tienes muy buen aspecto —comenté Humphrey.

Los miembros de la banda, que habían estado discutiendo, volvieron a ejecutar

algo muy ruidoso y con ello evitaron a Lewis la necesidad de replicar. Las dos

camareras de Humphrey, Anni y Annie, llegaron en medio de una ráfaga de frío.

Justificaban bastante que Lewis se quedara en el salón. Anni tenía aspecto de gitana y

pelo negro y rizado que formaba un halo alrededor de un rostro sensual. Annie

parecía una diosa escandinava, con sus piernas torneadas y sólidas y sus hermosos

dientes. Ambas tenían unos treinta y cinco años y hablaban como profesoras

universitarias. Vivían con concubinos en el campo y no tenían hijos. Lewis sentía una

enorme simpatía por las dos y solía invitar a comer a una o a otra. Al verlo, Anni lo

saludó con la mano. Le devolvió el saludo, mientras el guitarrista, secundado por un

violín estridente como un serrucho en movimiento, gritaba:

Perdiste el calor, yo el mío

así que ¿buscaremos un

jardín vacío para sembrar

nuestros sueños?

Humphrey se alejó para dar instrucciones a las dos camareras. Lewis mordió su

hamburguesa.

Cuando levantó la vista vio a Ned Rowles de pie junto a él. Arqueó las cejas y

sin dejar de masticar se levantó a medias e invitó a Rowles a sentarse frente a él. Le

gustaba mucho Ned Rowles. Había transformado «El Ciudadano» en un diario

ameno que no se limitaba a la lista habitual en los periódicos de pueblo de picnics de

los bomberos y de avisos de artículos en oferta en los supermercados.

—Ayúdame a tomar esta cerveza —le dijo a la vez que vertía parte del

contenido de la jarra en el vaso casi vacío de Ned.

—¿Y a mí? —preguntó una voz más profunda y áspera junto a su hombro.

Sorprendido, volvió la cabeza y vio los ojos relucientes de Walt Hardesty fijos

en él. Esto explicaba que no hubiese visto de inmediato a Ned. Habían estado con

Hardesty en el cuarto de los fondos donde Humphrey guardaba sus excedentes de

cerveza. Sabía que Hardesty, quien año tras año se entregaba más a la bebida casi con

tanta dedicación como la de Omar Norris, pasaba a veces toda la tarde en ese cuarto

de los fondos. No se atrevía a beber en presencia de sus subordinados.

—Desde luego, Walt —dijo—. No lo había visto. Sírvase. —Ned Rowles lo

miraba con una expresión rara. Lewis estaba seguro de que hallaba a Hardesty tan

irritante como él mismo y no deseaba su compañía, pero ¿acaso pensaba que era

posible ahuyentar al jefe de policía? A pesar de la expresión, Rowles se deslizó por su

banco para hacerle lugar a Hardesry. El

sberiff seguía con la chaqueta puesta.

Seguramente hacía frío en aquel cuarto de los fondos. Y como el estudiante

universitario al cual se parecía, Ned acostumbraba soportar la mayor parte posible

del invierno sin llevar otra prenda que una chaqueta de

tweed.

Lewis vio entonces que los dos hombres lo miraban con expresión extraña y

sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Habría atropellado a la muchacha, después

de todo? ¿Habría tomado alguien el número de chapa de su automóvil? ¡Sería

culpable en tal caso de haber abandonado el lugar del hecho!

—Bien, Walt —dijo—. ¿Se trata de algo especial, o sólo quiere cerveza? —Al

hablar, le llenó el vaso.

—Por ahora, me conformaré con la cerveza señor Benedikt —dijo Hardesty—.

Qué día completo, ¿no?

—Sí —dijo Lewis.

—Un día terrible —asintió Ned y se pasó una mano por el pelo que le caía sobre

la frente. Hizo luego una mueca y se dirigió a Lewis— Te veo medio mal,

compañero. Quizá deberías irte a casa y descansar.

Lewis se quedó mas perplejo aún ante este comentario. Si había atropellado a la

muchacha y ellos estaban enterados, el

sheriff no le permitiría en modo alguno irse a

casa.

—Lo que pasa —dijo— es que en casa me pongo inquieto. Me sentiría

muchísimo mejor si la gente dejase de decirme qué mal aspecto tengo.

—La verdad es que ha sido un asunto lamentable —comentó Rowles—. Creo

que en esto todos estamos de acuerdo.

—Por supuesto —dijo Hardesty y después de apurar su cerveza se sirvió más.

La expresión dibujada en el rostro de Ned era de pesar. Por... ¿qué? Era más bien de

conmiseración. Lewis se sirvió más cerveza. El violinista tocaba ahora la guitarra y la

música se había vuelto tan ruidosa que los tres hombres tenían que inclinarse bien

sobre la mesa para hacerse oír. Lewis alcanzaba a oír fragmentos de lo que cantaban,

de las frases que gritaban delante de los micrófonos.

Salida equivocada, nena... salida equivocada.

—Estaba pensando en la época en que era joven e iba a escuchar a Benny

Goodman —dijo Lewis. Ned echó la cabeza hacia atrás, con expresión confusa.

—¿Benny

Goodman? —Hardesty hizo un ruido de desdén—. A mí me gusta la

música folidórica, como Hank Williams, no la basura que tocan estos chicos. Eso no

es música regional. Jim Reeves, por ejemplo. Eso es lo que me gusta. —Lewis percibía

el aliento del

sberiff, mitad de cerveza y mitad de una inmundicia indescriptible,

como si hubiese estado comiendo desperdicios.

—Usted es más joven que yo —dijo, echándose hacia atrás.

—Lo que quería decir es cuánto siento que... —intervino Ned y Lewis lo miró

con atención, tratando de ver cuánto lo sentía. Hardesty estaba haciendo señas a

Annie, la hija de los vikingos, para que le trajese otra jarra de cerveza.

Al alejarse, Annie guiñó el ojo a Lewis.

En algún momento de la mañana, recordó Lewis, y en algún momento de su

recorrido... arces deshojados... tuvo conciencia de una claridad extraña, fantasmal,

una visibilidad aumentada que daba a todo el aspecto de un grabado... de un bosque

encantado, de un castillo rodeado de árboles sarmentosos...

estás mal, nena... estás muy mal

... pero ahora se sentía aletargado, confuso, todo le resultaba raro y el guiño de

Annie había sido como algo visto en una película surrealista...

Estás muy mal...

Hardesty volvió a inchinarse hacia adelante y abrió la boca. Lewis vio que tenía

una mancha de sangre en el ojo, apenas visible debajo del iris azul, como un huevo

fertilizado.

—Debo decirle algo —le dijo Hardesty a gritos—. Tenemos estas cuatro ovejas

degolladas, ¿no? Degolladas. Pero no hay sangre y no hay huellas. ¿Cómo lo

interpreta?

—Usted representa la ley. ¿Cómo lo interpreta usted? —preguntó Lewis,

levantando la voz para hacerse oír por sobre el estrépito de la banda.

—Digo que es un mundo bien extraño... que está volviéndose muy extraño —

repuso a gritos Hardesty y acompañó sus palabras con una de sus miradas de

hombre malo de Texas—. Extrañísimo, en serio. Yo diría que sus amigos, viejos

camaradas y abogados, tienen que saber algo sobre todo esto, Ned.

—No es muy probable —dijo Ned con cautela—. Con todo, debería averiguar si

uno de los dos quiere escribir algo sobre el doctor Jaffrey para el diario, a menos que

quieras escribir algo tú, Lewis.

—¿Escribir sobre John para «El Ciudadano.?

—Vamos, un centenar de palabras, más o menos, quizá doscientas. Cualquier

cosa que se te ocurra que puedes decir acerca de él.

—Pero, ¿por qué?

—¡Por favor! Porque no querrás que Omar Norris sea el único que...

—Hardesty calló, boquiabierto. Parecía estupefacto. Lewis estiró el cuello para

mirar a Omar Norris en el otro extremo del salón repleto. Seguía agitando los brazos

y charlando sin cesar. En el bar, delante de sí, tenía una hilera de vasos llenos. Se

intensificó en Lewis aquella sensación que lo había acompañado todo el día, la

sensación de algo malo muy cerca de él. Una cadencia desafinada del violín lo

atravesó como un flechazo:

esto es, esto es...

Ned Rowles extendió un brazo sobre la mesa y le tocó la mano.

—Ah, Lewis —dijo—. Estaba seguro de que lo sabías ya.

—Estuve fuera de casa todo el día —explicó Lewis—. Estuve... ¿Qué sucedió?

Un día después del aniversario de la muerte de Edward,

pensó, seguro de que John

Jaffrey estaba muerto. Luego cayó en la cuenta de que el síncope de Edward se había

producido después de medianoche.

Éste era el aniversario de su muerte.

—Saltó —le dijo Hardesty. Lewis intuyó que había visto la palabra en alguna

parte y la consideraba indicada para ser usada. El

sheriff bebió un trago e hizo una

mueca llena de amenaza algo forzada a Lewis—. Saltó del puente antes del mediodía

de hoy. Probablemente estaba más muerto que una piedra antes de golpear el agua.

Omar vio todo.

—Se arrojó del puente —murmuró Lewis. Por alguna razón sintió deseos de

haber atropellado a la muchacha con el automóvil... Fue un deseo momentáneo, pero

habría significado que John estaba a salvo—. Mi Dios —murmuró.

—Creímos que Sears o Ricky te lo habían dicho —observó Ned Rowles—. Ellos

accedieron a hacerse cargo de organizar el funeral.

—Jesús, van a enterrar a John... —dijo Lewis y las lágrimas de asombro se le

agolparon en los ojos. Se levantó entonces, y con movimientos torpes empezó a salir

lentamente del compartimiento.

—Me imagino que usted no podrá darme ningún dato útil —dijo Hardesty.

—No. No. Tengo que ir allá. No sé nada. Tengo que ver a los otros.

—Dime si puedo ayudarte —le gritó Ned por encima del ruido.

Sin mirar en realidad por donde caminaba, Lewis rozó a Jim Hardie, quien se

había detenido sin que él hubiese reparado en ello al lado del compartimiento.

—Perdón, Jim —se disculpó Lewis y habría pasado junto a él y a la chica, pero

Hardie le aferró el brazo con una mano.

—Esta chica quería conocerlo —dijo Hardie con una sonrisa antipática—, así

que lo presentaré. Se aloja en nuestro hotel.

—No tengo tiempo ahora, tengo que irme —observó Lewis. Tenía aún la mano

de Hardie fuertemente apretada alrededor de su brazo.

—Espere. Pienso hacer lo que me pide, señor Benedikt. Anna Mostyn —dijo

presentándola. Por primera vez desde que advirtió que ella lo observaba cuando

estaba junto al bar, Lewis miró a la muchacha. Descubrió que no era tan joven. Tenía

más o menos treinta años y la verdad era que no se parecía a ninguna de las chicas

que acostumbraban acompañar a Jim Hardie—. Anna, te presento a Lewis Benedikt.

Diría que es el viejo más apuesto que hay en kilómetros a la redonda y aun en todo el

Estado de Nueva York. Y él lo sabe muy bien. —La muchacha resultaba más

sorprendente cuanto más se la miraba. Le recordaba a alguien y Lewis supuso que

ese alguien era Stella Hawthorne. Pensó por un instante que había olvidado ya cómo

era Stella cuando tenía treinta años.

Un hombre de aspecto arruinado, la imagen de un cuadro que describiese la

vida de los bajos fondos, Omar Norris, lo señalaba desde el bar. Con la misma

sonrisa feroz, Jim Hardie le soltó el brazo. El muchacho del violín se echó el pelo

hacia atrás con un gesto femenino y dio por terminado otro número.

—Sé que tiene que irse —dijo la mujer con una voz baja que logró hacerse oír a

través de la algarabía—. Me enteré acerca de su amigo por Jim y sólo quería decirle

cuánto lo lamento.

—Yo acabo de enterarme ahora —repuso Lewis, atormentado por la necesidad

de retirarse de allí—. Encantado de conocerla, señorita...

—Mostyn —dijo ella con esa voz que parecía brotar con toda claridad sin

esfuerzo alguno. Espero que nos veamos. Estoy por trabajar con sus amigos, los

abogados.

—¿Sí? Vaya... —El significado de lo que acababa de decir ella penetró muy

despacio—. ¿Sears y Ricky le dieron un empleo?

—Sí. Entiendo que conocieron a mi tía. Tal vez usted también la conoció. Se

llamaba Eva Galli.

—¡Jesús! —exclamó Lewis y sorprendió tanto a Jim Hardie que éste le soltó el

brazo. Lewis avanzó de prisa por el interior del bar antes de cambiar de rumbo y

dirigirse hacia la puerta.

—Parece que nuestro Don Juan se cagó de susto, o algo parecido —dijo Jim—.

¡Ay, perdone, señorita...!, quiero decir, señorita Mostyn.

La Chowder Society, acusada

6

Con la lona de la capota llena de crujidos y el frío que se introducía en olas por

los resquicios, Lewis se encaminó hacia la casa de John a la mayor velocidad posible.

No sabía qué esperaba encontrar allá. Quizá se celebrase una reunión póstuma de la

sociedad, dirigida por Ricky y Sears, quienes actuarían como maestros de ceremonia

junto al ataúd abierto. O tal vez Ricky y Sears estuviesen muertos también, por arte

de magia, y envueltos en las vestiduras negras de su sueño, tres cadáveres tendidos

en un dormitorio del piso alto...

Todavía no,

le dijo algo en su interior.

Se detuvo delante de la casa de Montgomery Street y bajó del automóvil. El

viento hizo que se le entreabriese el

blazer y tiró de su corbata. Advirtió entonces que,

como Ned Rowles, no llevaba sobretodo. Miró con desesperación las ventanas

oscuras y pensó que por lo menos Milly Sheehan debía de estar en casa. Recorrió el

sendero de entrada de prisa y apretó la campanilla. Muy lejos y casi sin que se oyera,

sonó. Debajo de esta campanilla estaba la que comunicaba con el consultorio de John

y era usada por sus enfermos. Apretó también ésta y oyó entonces un sonido

estridente en el otro lado de la puerta. Lewis, de pie como un ser desnudo en medio

del frío, comenzó a tiritar. Sentía agua fría correrle por la cara y pensó que era nieve,

pero en seguida se dio cuenta de que estaba llorando otra vez.

Golpeó la puerta sin resultado, se volvió, con lágrimas heladas en las mejillas y

al mirar hacia el lado opuesto de la calle vio la vieja casa de Eva Galli.

Se le congeló el aliento. Casi isnaginó verla otra vez, la hechicera de la juventud

de todos, moviéndose detrás de una ventana de la planta baja.

Por un instante todo adquirió la cruda claridad de la mañana y también se le

heló el estómago. Y luego la puerta se abrió y Lewis vio que la figura que salía por

ella era la de un hombre. Se secó la frente con las manos. Era evidente que el hombre

quería hablar con él. Cuando se acercó, lo reconoció como Freddy Robinson, el

vendedor de pólizas de seguros. Era también parroquiano habitual en Humphrey’s

Place.

—¡Lewis! —lo llamó—. ¿Lewis Benedikt? ¡Qué suerte la de encontrarlo,

hombre!

Lewis volvió a sentirse como en el bar. Quería huir.

—Sí, soy yo —dijo, no obstante.

—Qué lástima lo del viejo Jaffrey, ¿no? Me enteré esta tarde. Era uno de sus

buenos camaradas, ¿no es verdad? —Robinson estaba ahora tan cerca que podría

haberle estrechado la mano, y Lewis no podía ya eludir los dedos fríos del corredor

—. Qué acontecimiento, ¿no? Tragedia espantosa, diría. Vaya —Robinson agitaba la

cabeza con aire de hombre de gran experiencia—. Le diré una cosa. El viejo doctor

Jaffrey no se daba mucho con nadie, pero yo quería a ese hombre. En serio. Cuando

me invitó a esa fiesta que ofreció a la actriz casi me caigo de espaldas. ¡Y qué fiesta

fue! La verdad es que me divertí muchísimo. Una fiesta espléndida. —Seguramente

sintió que Lewis se ponía rígido, porque en seguida añadió—: Hasta el final, desde

luego.

Lewis tenía los ojos fijos en el suelo y no se molestaba en responder a los

horrorosos comentarios, en vista de lo cual Freddy Robinson salió al encuentro del

silencio para comentar:

—Escuche, tiene aspecto de estar reventado. No debe quedarse aquí en el frío.

¿Por qué no viene a mi casa y bebe un trago bien fuerte? Me gustaría que me cuente

sus experiencias, que charlásemos un ratito y a la vez yo podría analizar su situación

en materia de seguros, de paso, digamos... no hay nadie en casa aquí, de todos

modos... —Como Jim Hardie, lo aferró de un brazo y Lewis, abrumado y

desesperado él mismo, intuyó la desesperación y el anhelo del propio Robinson. Si

hubiese podido ponerle un par de esposas y arrastrarlo por la calle, Robinson lo

habría hecho. Lewis sabía que el hombre, por razones que eran un misterio para él, se

le adheriría como una ventosa si se lo permitía.

—Me temo no poder —contestó con mayor cortesía de la que habría mostrado

si no hubiese advertido la magnitud de la soledad de Robinson—. Tengo que ver a

alguien.

—Se refiere a Sears James y a Ricky Hawthorne —dijo Robinson, derrotado ya y

soltando el brazo de Lewis—. Le aseguro que lo que ustedes hacen con ese club es

magnífico. Quiero decir que los admiro realmente, por reunirse así en ese club, y...

por todo.

—Por Dios, no nos admire a

nosotros —le dijo Lewis. Estaba ya en camino hacia

su automóvil—. Alguien está eliminándonos como moscas.

Lo dijo con aire despreocupado, como si quisiera poner fin al tema abordado

por Robinson. A los pocos minutos había olvidado sus palabras.

Recorrió las ocho cuadras hasta la casa de Ricky por hallar inimaginable que

Sears James hubiese acogido a Milly Sheehan en la suya. Cuando llegó, vio que había

tenido razón al suponerlo. El viejo Buick de Ricky estaba aún en el camino de acceso.

—Ah, de modo que te enteraste —le dijo Ricky al abrirle la puerta—. Me alegro

de que hayas venido. —Tenía la nariz colorada, de llorar, según supuso Lewis, pero

luego vio que estaba muy resfriado.

—Sí, me encontré con Hardesry y Ned Rowles y me lo dijeron. ¿Cómo lo

supiste?

—Hardesty nos llamó por teléfono a la oficina. —Los dos entraron en el livingroom

y Lewis vio a Sears James, sentado en un sillón. Al oír mencionar el nombre del

«sheriff» puso cara de pocos amigos.

Llegó Stella del comedor, contuvo una exclamación y corrió a abrazarlo.

—Cuánto lo siento, Lewis... Es un horror.

—Me parece imposible —dijo Lewis.

—Puede ser, pero lo cierto es que a John se lo llevaron a la morgue del Condado

esta tarde —comenté Sears con voz que apenas se oía—. ¿Quién puede decir lo que

es imposible o no? Todos hemos estado bajo tensión. Bien puedo ser yo quien salte

del puente mañana. —Stella volvió a apretarle el brazo a Lewis y fue a sentarse luego

junto a Ricky en el sofá. La mesa baja para tomar café, de estilo italiano, delante del

sofá era tan grande como una pista de patinaje.

—Necesitas café —dijo Stella, después de estudiar el rostro de Lewis con mayor

atención y de inmediato se levantó para ir a la cocina.

—Se diría que es imposible —prosiguió Sears, sin reparar en la interrupción-,

que tres hombres adultos como nosotros tengamos que juntarnos para sentimos

protegidos, pero es lo que estamos haciendo.

Stella volvió con café para todos y por un instante la conversación deshilvanada

cesó.

—Tratamos de comunicamos contigo —dijo Ricky.

—Salí a dar una vuelta en auto —explicó Lewis.

—Fue John quien quiso que escribiéramos al joven Wanderley —afirmó Ricky

al cabo de unos segundos.

—¿Escribir a quién? —preguntó Stella, sin comprender. Sears y Ricky se lo

explicaron—. La verdad es que suena a la mayor locura del mundo —dijo ella por fin

—. Es típico de ustedes tres ponerse así, exacerbados y luego recurrir a alguien de

afuera para que les solucione los problemas. Nunca lo habría imaginado en el caso de

John.

—Se supone que es un experto, Stella —le señaló Sears, exasperado—. En

cuanto a mí se refiere, el suicidio de John prueba que lo necesitamos más que nunca.

—Bien. ¿Cuándo viene?

—No lo sabemos —admitió Sears. Tenía las ropas arrugadas y hacía pensar en

un pavo gordo y viejo al terminar el invierno.

—Si quieren saber mi opinión, lo que deben hacer es interrumpir esas reuniones

de la Chowder Society —le dijo Stella—. Son destructivas.

Ricky se despertó gritando esta mañana... los tres tienen aspecto de haber visto

fantasmas.

Sears conservó una calma aparente.

—Dos de nosotros vimos el cuerpo de John. Tendría que ser motivo suficiente

para que no tengamos muy buen aspecto.

—¿Qué...? —comenzó a decir Lewis y calló. ¿

Qué aspecto tenía? era una pregunta

bastante tonta.

—¿Qué ibas a preguntar? —quiso saber Sears.

—¿Qué les hizo emplear a la sobrina de Eva Galli como secretaria?

—Vino a pedir trabajo —repuso Sears—. Teníamos trabajo extra.

—¿Eva Galli? —preguntó Stella—. ¿No era ella la mujer tan rica que llegó a

Milburn hace... hace muchísimo tiempo? No la conocí bien. Era mucho mayor que

yo. ¿No estuvo por casarse con alguien? Y después, de pronto, se fue.

—Iba a casarse con Stringer Dedham —dijo Sears con tono impaciente.

—Ah, sí, con Stringer Dedharn —recordó Stella—. ¡Qué hombre espléndido era!

Y hubo ese accidente horrible... algo que ocurrió en una parcela.

—Perdió los dos brazos en una trilladora —dijo Ricky.

—Qué horror. Qué tema elegimos. Esto debe ser igual a una de las reuniones de

ustedes.

Los tres hombres estaban pensando lo mismo.

—¿Quién te contó el asunto de la señorita Mostyn? —preguntó Sears—. La

señora Quast debe de estar hablando demasiado fuera de las horas de oficina.

—No, la conocí. Estaba en el bar de Humphrey con Jim Hardie. Ella misma se

presentó.

La conversación volvió a languidecer.

Sears preguntó a Stella si tenía coñac en la casa y Stella ofreció traerlo para

todos. Volvió a alejarse hacia la cocina.

Sears dio dos violentos tirones a su chaqueta, en un intento de ponerse más

cómodo en el sillón de cuero y metal.

—Tú llevaste a John a su casa anoche. ¿Te pareció que había algo fuera de lo

habitual en su manera de actuar?

Lewis movió la cabeza y repuso:

—No hablamos mucho. Dijo que tu cuento fue muy bueno.

—¿No dijo nada más?

—Dijo que tenía frío.

—Mmmm...

Stella volvió con una botella de Remy Martin y tres copas en una bandeja.

—Deberían verse. Parecen tres lechuzas.

Ninguno hizo el menor gesto de haber oído.

—Señores, los dejo con el coñac. Estoy segura de que tienen mucho que hablar.

—Stella los miró por turno, autocrítica, benévola como una maestra de escuela

primaria y se retiró con rapidez del cuarto sin despedirse. Debieron quedarse con su

desaprobación tácita.

—Está agitada —dijo Ricky a modo de disculpa—. Sí, todos estamos mal. Pero

Stella está más afectada por esto de lo que demuestra. —Como para compensar la

actitud de su mujer, Ricky se inclinó sobre la mesa como una pista de patinaje y

vertió una buena cantidad de coñac en cada una de las copas—. También yo necesito

un poco —añadió—. Lewis, no comprendo qué pudo llevarlo a hacer eso. ¿Por qué

habría de querer matarse John?

—No sé por qué —respondió Lewis, tomando una de las copas—. Puede ser

que deba estar contento de no saberlo.

—Di algo con sentido común, por una vez —rezongó Sears—. Somos hombres,

Lewis, no animales. Se supone que no debemos quedarnos acurrucados de miedo en

la oscuridad. —Aceptó a su vez un vaso de coñac y bebió unos sorbos—. Como

especie, tenemos sed de conocimiento —manifestó con los ojos claros llenos de enojo

y fijos en Lewis—. O quizá no entendí bien y no pretendiste realmente defender la

ignorancia.

—Incurres en contraataque excedido, Sears —dijo Ricky.

—Deja esos términos complicados, Ricky —replicó Sears—. Contraataque

exagerado, ¿eh? Eso podría haber impresionado a Elmer con sus ovejas, pero no me

impresionó a mí.

Había algo relacionado con las ovejas, pero Lewis lo había olvidado.

—No pretendo defender la ignorancia, Sears. Sólo quise decir que... qué diablos,

no entiendo ya nada. Supongo que lo que quise significar es que es posiblemente

demasiado para poder soportarlo. —Lo que no llegó a expresar, no obstante estar

consciente de haberlo pensado, era la idea de que temía escudriñar demasiado de

cerca los últimos momentos de la vida de cualquier suicida, se tratase de un amigo o

de una esposa.

—Sí

—susurró Ricky.

—Tonterías —dijo Sears—. Me causaría alivio saber que lo que tenía John era

simplemente desesperanza. Son las demás explicaciones las que me asustan.

—Tengo la sensación —señaló Lewis— de que estoy pasando algo por alto —y

al decir esto, probó a Ricky que no era, ni mucho menos, el tonto que imaginaba

Sears.

—Anoche —dijo Ricky, levantando en alto su copa y sonriendo con aire fatalista

—después de habernos ido a casa nosotros tres, Sears vio a Fenny Bate en su escalera.

—¡Jesús!

—Basta —declaró Sears—. Ricky, te prohíbo que toques este tema. Lo que

quiere decir Ricky, Lewis, es que creí haberlo visto. Estaba muy asustado en ese

momento. Fue una alucinación... cosa de aparecidos, como solía decirse en esta

región.

—Y ahora estás usando un doble argumento —señaló Ricky—. Por mi parte, me

haría feliz saber que estás en lo cierto. No tengo ganas de tener aquí al joven

Wanderley. Creo que podríamos llegar a lamentarlo todos y en momentos en que

sería ya demasiado tarde.

—No me entendiste. Quiero que venga y diga: basta. Mi tío Edward murió por

fumar en exceso y de sobreexcitación. John Jaffrey parecía alterado y por ese motivo

accedí a su sugerencia. Yo digo que debemos dejar que venga y cuanto antes, mejor.

—Si piensas así, estoy de acuerdo contigo —dijo Lewis.

—¿Hallan que es justo para John? —preguntó Ricky.

—El tiempo de ser justos con John pasó —contestó Sears. Después de terminar

el coñac de su copa se inclinó hacia adelante para servirse más de la botella.

Unos pasos inesperados en la escalera les hicieron volver la cabeza al mismo

tiempo hacia la entrada desde el vestíbulo.

Al volverse del sillón Lewis pudo ver la ventana del frente de la casa y notó

sorprendido que había comenzado a nevar otra vez. Centenares de gruesos copos

golpeaban la ventana negra.

Entró Milly Sheehan, con el pelo muy aplastado sobre un costado

y todo

revuelto en el otro. Parecía una salchicha, envuelta en una de las batas viejas de

Stella.

—Oí lo que dijiste, Sears James —dijo con una voz que parecía el gemido de la

sirena de una ambulancia—. Eres capaz de mostrarte mandón con John aun después

de su muerte.

—Milly, no pretendí ofender a nadie —se disculpó Sears—. Quizá tendrías

que...

—No.

No vas a deshacerte de mí ahora. Ahora no te serviré café ni tendré que

hacerte reverencias o lamer el suelo. Tengo algo que decirte, John no se suicidó.

Lewis Benedikt, escucha también. No se suicidó. Nunca lo habría hecho, lo mataron.

—Milly —comenzó a decirle Ricky.

—¿Creen que soy sorda? ¿Creen que no sé lo que está pasando? A John lo

mataron y ¿saben quién lo mató? Yo lo sé.

Se oyeron pasos, esta vez los de Stella, que bajaban corriendo por la escalera.

—Yo sé quién lo mató. Fueron ustedes. Ustedes... la Chowder Society. Lo

mataron ustedes con sus historias terribles. ¡Hicieron que se enfermara... ustedes, con

su Fenny Bate! —El rostro de Milly se transformó en una mueca. Stella corrió hacia

ella, demasiado tarde para impedir que pronunciara estas palabras:

—¡Deberían llamarlos Sociedad de Asesinos! ¡Deberían llamarlos Asesinos y

Compañía!

7

Y allí estaban todos, los miembros de Asesinos y Compañía, bajo un cielo

despejado hacia fines de octubre. Sentían dolor, enojo, desesperación, culpa. Habían

estado hablando de tumbas y de cadáveres en forma compulsiva durante un año y

ahora debían enterrar a uno del grupo. Las inesperadas comprobaciones de la

autopsia los habían dejado a todos perplejos y preocupados. Sears había estallado,

optando por la incredulidad. Tampoco Ricky creyó al principio que John pudiese

haber sido drogadicto. «Pruebas del uso considerable, habitual y prolongado de una

sustancia narcótica...», todo ello seguido por gran cantidad de términos médicos

ininteligibles para ellos. El caso era que el médico forense difamó públicamente a

John Jaffrey. Fue inútil la furiosa insistencia de Sears. El hombre se negó a cambiar su

historia. Sears se negaba por su parte a aceptar que el médico, durante el curso de la

autopsia, no se hubiese transformado de un hábil profesional en un tonto

incompetente y peligroso. Los hallazgos del médico forense circularon por todo

Milburn y algunos ciudadanos se pronunciaron en favor de Sears, mientras que otros

aceptaron las conclusiones de la autopsia, pero ninguno de ellos asistió al funeral.

Hasta el reverendo Neil Wilkinson parecía molesto. ¡Funeral para un suicida y

drogadicto...! ¡Era mucho!

La muchacha recién llegada, Anna, actuó en forma maravillosa. Ayudó a

manejar la furia de Sears, actuando como agente amortiguador entre la señora Quast

y los peores efectos de dicha furia, y se mostró maravillosa con Milly, como antes lo

hizo Stella. Por último había transformado la oficina, al obligar a Ricky a aceptar que

Hawthorne y James tenían todo el trabajo que deseasen si Hawthorne y James se

disponían a aceptarlo. Aun durante el difícil período de la preparación del funeral de

John, hasta el día en que tomó un traje del armario de John y compró el ataúd, tanto

Ricky como Sears se habían encontrado en plena tarea de responder a mayor

cantidad de cartas y de llamados telefónicos que en todas las semanas anteriores. Los

dos habían estado dejándose arrastrar lentamente hacia la inactividad, enviando a los

nuevos clientes a otras firmas en forma casi automática, y Anna Mostyn pareció

devolverles la vida. Anna mencionó a su tía en una sola oportunidad y en forma

totalmente neutra. Preguntó entonces cómo había sido ella. Sears estuvo al borde de

ruborizarse, pero logró murmurar:

—Casi tan bonita como usted, aunque no tan arrogante.

Y Anna se mostró decididamente de parte de Sears cuando se planteó el asunto

de la autopsia. Hasta los médicos forenses se equivocaban, dijo ella con un sentido

común que no por expresarse con serenidad dejaba de ser irrebatible.

Ricky no se mostraba tan seguro. Ni siquiera tenía la convicción de que esto

tuviese tanta importancia. John había actuado perfectamente como profesional. El

propio cuerpo se le había debilitado, pero siempre mostró competencia en el

tratamiento de cuerpos ajenos. Sin duda el «uso considerable, habitual y prolongado

de una sustancia narcótica, etc.» explicaba la decadencia física evidenciada por John.

Una inyección diaria de insulina podría haberle creado el hábito de inyectarse. Ricky

descubrió, en fin, que aunque John Jaffrey hubiese sido un drogadicto, ello no

afectaba mucho su propia opinión sobre su amigo.

Esto, además, explicaba su suicidio. Nada de Fenny Bate, sin ojos y descalzo,

nada de Asesinos y Compañía, nada de simples historias como causantes de su

muerte. La droga le carcomió la mente tal como le carcomió el cuerpo. O bien no

pudo soportarlo más, soportar la «vergüenza» de su adicción. O algo parecido.

A veces se convencía.

Entretanto, estaba resfriado y sentía un cosquilleo en el pecho. Tenía ganas de

sentarse, ganas de estar abrigado. Milly Sheehan se aferraba a Stella como si ambas

estuviesen en medio de un huracán, usando de vez en cuando una mano para retirar

un pañuelo de papel de la caja, enjugarse con él los ojos y dejar caer el papel en el

suelo.

Ricky en cambio sacó un pañuelo de papel húmedo del bolsillo, se secó la nariz

con gran discreción y volvió a guardárselo en el mismo bolsillo. Y todos ellos oyeron

el automóvil que se aproximaba colina arriba hacia el cementerio.

De los diarios de Don Wanderley

8

Parece que soy miembro honorario de la Chowder Society. Es todo muy

extraño. En realidad tan extraño que me perturba un poco.

Seguramente lo más extraño del hecho de que me encuentre aquí, es que los

amigos de mi tío parecen temer, casi, que están en medio de las redes de una especie

de historia de horror real, una historia semejante a la de

El centinela nocturno. Fue a

raíz de haber leído este libro que me escribieron. Me veían como una suerte de

profesional sólido, un experto en lo sobrenatural. ¡Veían en mí a un Van Helsing! Mi

impresión original fue correcta. Todos ellos tienen un presentimiento decidido, diría

que cabría afirmar que están al borde de tener miedo de su propia sombra. Mi papel

consistirá en

investigar, nada menos. Y lo que no me han dicho expresamente, pero

que yo debo manifestar, es que no tienen por qué preocuparse. Existe una explicación

racional, razonable para todo; de esto tengo muy pocas dudas.

Quieren que además sea capaz de escribir. Se mostraron muy firmes en cuanto

a este punto. Sears James me dijo: «¡No lo hemos invitado aquí para que usted

interrumpa su carrera!» Quieren entonces que dedique la mitad de mi día al doctor

Pata de Cabra y la otra mitad a ellos. Tengo una firme impresión de que lo que

necesitan, en parte, es alguien con quien hablar. Hace demasiado tiempo que no

hacen otra cosa que hablar entre ellos.

Poco después de haberse retirado la secretaria Amia Mostyn el ama de llaves

del muerto dijo que quería recostarse y Stella Hawthorne la acompañó arriba.

Cuando volvió a bajar, nos dio a todos vasos con una buena dosis de whisky. En la

alta sociedad de Milburn, a la que, supongo, esta gente pertenece, se sirve el whisky

puro, según el estilo inglés.

Sostuvimos una conversación penosa y llena de reticencias. Stella Hawthorne

dijo: «Espero que meta un poco de sensatez en la cabeza de estos personajes». El

comentario me intrigó. No me habían explicado aún el motivo que los había llevado

a llamarme. Hice un gesto de asentimiento y entonces Lewis afirmó: «Tenemos que

hablar de ello». Esto los hizo callar a todos otra vez. «También queremos hablar de su

libro», dijo Lewis. «Muy bien», repuse. Más silencio.

—La verdad es que bien podría dar de comer algo a todas estas lechuzas —dijo

Stella—. Señor Wanderley, ¿quiere darme una mano?

La seguí a la cocina, en la suposición de que me entregaría platos y cubiertos.

Lo que nunca esperé, en cambio, fue que la elegante señora Hawthorne se volviese

bruscamente, cerrase la puerta de un golpe y me dijese:

—¿No le dijeron esos viejos idiotas por qué querían que usted viniera aquí?

—Diría que no fueron muy directos —repuse.

—Bien, será mejor que usted sea bueno, Wanderley, porque hay que ser Freud

para manejar a esos tres. Quiero decirle, además, que no estoy en absoluto de

acuerdo con que usted haya venido. Considero que la gente debe resolver sus

problemas por sí sola.

—Me dieron a entender que sólo querían conversar conmigo sobre mi tío —dije.

Aun con aquel pelo gns, decidí que no podía tener más de cuarenta y cinco o

cuarenta y seis años. Era tan bonita y tenía una expresión tan severa como la de un

mascarón de proa.

—¡Su tío! Puede ser que sólo quieran esto. Nunca se dignarían comunicármelo.

—En este punto comprendí en parte el motivo de su enojo—. ¿Conocía bien a su tío?

—me preguntó.

Le pedí que me llamase por mi nombre de pila.

—No muy bien —dije—. Después de salir de la universidad y radicado como

estaba en California, no lo veía con mayor frecuencia que cada dos años. Cuando

murió, hacía varios que no lo veía.

—Pero le dejó su casa. ¿No le resulta algo raro que estos tres viejos que tengo en

el

living-room no le sugiriesen que se aloje allí?

Antes de que tuviese ocasión de responder, la señora Hawthorne prosiguió.

—Si a ustedes no les parece raro, a mí, sí. No sólo raro, sino además, patético.

Tienen miedo de entrar en la casa de Edward. Todos llegaron a una especie... de

acuerdo tácito. Nunca volvieron a entrar en la casa. Son supersticiosos. Ésa es la

razón.

—Creí oír que... bien, cuando vine al entierro creí ver que... —No estaba seguro

del punto hasta dónde podría llegar.

—Acertó —dijo ella—. Tal vez usted no sea tan tonto como ellos. Sin embargo,

le diré esto; Don Wanderley, si hace que se sientan peor de lo que están ahora, tendrá

que rendirme cuentas a mí. —Stella se puso una mano en la cadera, con los ojos

llameantes y luego resopló. Luego la expresión de sus ojos cambió, y dirigiéndome

una sonrisa forzada, dolorida, agregó—: Será mejor que nos movamos un poco, pues

de lo contrario ellos comenzarán a cambiar comentarios sobre usted.

Abrió la heladera y retiró de ella una fuente de carne asada. El trozo era tan

grande como un lechón.

—¿Le gustaría comer un poco de

roast-beef frío? Los cubiertos de trinchar están

en el cajón a su derecha. Empiece a cortar.

Sólo después de haberse ido Stella en forma súbita, a lo que llamó «una cita»

luego de la extraña escena en la cocina, tuve una noción fugaz del significado de esa

palabra y la expresión igualmente fugaz de total desesperación que pasó por el rostro

de Ricky lo confirmó, se mostraron los hombres algo más abiertos conmigo. Mala

elección del término. No se «abrieron» en lo más mínimo, pero cuando Stella se retiró

en su automóvil, los tres viejos comenzaron a darme un indicio de por qué me habían

pedido que viniese a Milburn.

Comenzó como una entrevista para llenar un empleo.

—Bien, por fin llegó, señor Wanderley —dijo Sears James, echando más coñac

en su vaso y sacando una gruesa cigarrera del bolsillo interior de su chaqueta—.

¿Cigarro? Garantizo su calidad.

—No, gracias —respondí—. Y por favor, llámenme Don.

Muy bien. No le di una bienvenida como es debido, Don, pero lo haré ahora.

Todos éramos grandes amigos de su tío Edward. Estoy muy agradecido, y al decirlo

hablo también en nombre de estos dos amigos, de que haya atravesado el país para

venir a vemos. Creemos que usted puede ayudarnos.

—¿Tiene que ver esto con la muerte de mi tío?

—En parte. Queremos que trabaje para nosotros.

Seguidamente me pidió que hablásemos de

El centinela nocturno.

—¡Cómo no!

—Era una novela y por lo tanto ficción, en buena parte, pero ¿se basaba esta

ficción en algún caso real? Suponemos que usted hizo investigaciones antes de

escribir el libro. Lo que queremos saber es si en el curso de estas investigaciones

usted descubrió algunos elementos de juicio que corroborasen algunas de las ideas

de la obra, O quizá su investigación tuvo como base alguna experiencia inexplicable

en su propia vida.

Sentía, casi, la tensión en las yemas de los dedos y es posible que ellos sintiesen

la mía en las de ellos. No sabían nada acerca de la muerte de David, pero me pedían

que expusiese el misterio básico de

El centinela nocturno y de mi vida.

—La ficción, como dice usted, se basa en un hecho real —dije. Con esto la

tensión se disipó.

—¿Podría contárnoslo?

—No —contesté—. A mí mismo no me resulta claro. Además, es demasiado

personal. Lo lamento, pero no puedo hablar de esto.

—Respetamos su posición —afirmó Sears—. Parece sentirse nervioso.

—Estoy nervioso —dije y reí.

—¿La situación en

El centinela nocturno se basó en una situación real que usted

conocía? —preguntó Ricky Hawthorne, como

si no hubiese estado prestando

atención, o no pudiese creer lo que acababa de oír.

—Exactamente.

—¿Y sabe usted de otros casos semejantes?

—No.

—Pero no rechaza lo sobrenatural en forma categórica —dijo Sears.

—No sé si lo rechazo o no —señalé—. Como le ocurre a todo el mundo.

Lewis se irguió para mirarme con fijeza.

—Pero acaba de decir...

—No, no dijo nada —intervino Ricky—. Dijo solamente que su libro se basaba

sobre un hecho real, pero no que reproducía ese hecho con exactitud. ¿No es así,

Don?

—Más o menos.

—Pero, ¿qué hay de sus investigaciones? —insistió Lewis.

—En realidad no hice mucho —admití.

Con un suspiro, Hawthorne miró a Sears con una expresión que parecía ser

irónica:

Yo te lo dije.

—Creo que puede ayudamos de todas maneras —dijo Sears, Como si quisiese

contradecir las opiniones expresadas—. Su escepticismo nos hará bien.

—Quizá —murmuré Hawthorne.

Tenía yo siempre la sensación que por casualidad se habían introducido en un

terreno exclusivamente mio.

—Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el síncope de mí tío? —pregunté. La

pregunta tenía mucho de defensivo, pero correspondía hacerla.

Todo surgió entonces. James acababa de decidir contarme todo.

—Y hemos estado pasando noches indescriptibles. Sé que John también las

tuvo. No es exageración decir que tememos por nuestra razón. ¿Alguno de ustedes

dos cuestionaría lo que digo?

Hawthorne y Lewis tenían aspecto de estar recordando cosas que no habrían

deseado recordar. Ambos hicieron un gesto negativo.

—Por eso queremos su ayuda, como experto y tanto de su tiempo como pueda

dedicarnos, dentro de lo posible —dijo por fin Sears—. Este aparente suicidio de John

nos sacudió mucho. Aun cuando haya sido un drogadicto, lo que yo pongo en tela de

juicio, no creo que fuese un suicida en potencia.

—¿Qué llevaba puesto? —pregunté. Había tenido una idea vaga.

—¿Puesto? No recuerdo bien... ¿Ricky, te fijaste en su ropa?

Hawthorne hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Tuve que deshacerme de todo. Era la colección más heterogénea de prendas...

chaqueta de

smoking, debajo del piyama, los pantalones de otro traje. No llevaba

medias.

—¿Eso es lo que se puso John al levantarse la mañana que murió? —preguntó

Lewis, atónito—. ¿Por qué no nos lo dijiste antes?

—Al principio me chocó, pero más tarde lo olvidé. Estaban sucediendo

demasiadas cosas.

—Pero, siempre fue un hombre minucioso en su arreglo —señaló Lewis—. Qué

diablos, si John se puso semejante mezcla de ropas, tiene que haber estado confuso él

mismo.

—Precisamente —dijo Sears y me dirigió una sonrisa—. Don, su pregunta fue

muy perspicaz. Ninguno de nosotros pensó en esa posibilidad.

Lo imaginé ya comenzando a aferrarse a todas las racionalizaciones a su

alcance.

—No simplifica las cosas señalar que tenía la mente confusa —observé—. En el

caso que yo tenía presente cuando escribí mi libro, un hombre se suicidó y tengo la

certeza de que no estaba en sus cabales, pero nunca pude descubrir qué le sucedió en

realidad.

—Se refiere a su hermano, ¿no? —dijo Ricky Hawthome con gran acierto. Desde

luego. De modo que todos lo sabían, en definitiva. Mi tío les había contado acerca de

David—. ¿Y ese era el caso al que usted se refería?

Asentí con un gesto.

—Vaya —comenró Lewis.

—Lo transformé en un cuento de fantasmas. En realidad no sé qué sucedió.

Por un instante los tres se mostraron incómodos.

—Bien —dijo Sears—. Si bien nosotros no estamos habituados a hacer estudios

de esta clase, estoy seguro de que usted sabe hacerlos.

Ricky Hawthorne se apoyó en su excéntrico sillón. La corbata de moño estaba

siempre impecable, pero Ricky tenía la nariz enrojecida y los ojos lacrimosos. Parecía

pequeño, perdido entre sus muebles gigantescos.

—Es obvio que mis amigos se sentirán mucho más felices si usted permanece

entre nosotros algún tiempo, señor Wanderley.

—Don.

—Muy bien, Don. Como parece estar dispuesto a quedarse, y como yo me

siento agotado, propongo que todos nos digamos buenas noches—. ¿Pasará la noche

en casa de Lewis?

—De acuerdo —contestó Lewis Benedikt y se levantó.

—Tengo una pregunta que hacer —dije—. ¿Me piden ustedes que piense en

algo sobrenatural, o como sea que prefieren llamarlo ustedes, porque eso los

absuelve de pensar en ello ustedes mismos?

—Perspicaz, pero inexacto —respondió Sears James, mirándome con aquellos

ojos azules de tirador experto—. Nosotros pensamos en ello todo el tiempo.

—Eso me recuerda —dijo Lewis— que quería preguntar algo. ¿Van a

interrumpir las reuniones de la Chowder Society? ¿Alguien piensa que es necesario?

—No —repuso Ricky con un extraño aire de desafío—. Les pido que no las

interrumpamos. Por nosotros mismos, sigamos celebrándolas. Incluiremos a Don.

Aquí estoy, pues. Cada uno de los tres hombres, amigo de mi tío, parece

admirable a su manera, pero ¿están acaso perdiendo la razón? Ni siquiera estoy

seguro de que me hayan contado todo.

Están asustados, y dos de ellos murieron. Creo

haber escrito ya en este diario que Milburn podría ser una ciudad propicia para la

obra de un doctor Pata de Cabra. Siento que la realidad se me escurre cuando pienso

que uno de mis propios libros está desarrollándose a mi alrededor.

La dificultad es que casi podría comenzar a imginarme eso. Esos dos suicidios,

el de David y el del doctor Jaffrey... ése es el problema, esa simple coincidencia. (Y la

Chowder Society no parece comprender que dicha coincidencia es la razón principal

de mi interés frente al problema de ellos.) ¿En qué estoy involucrado aquí? ¿En una

historia de fantasmas? ¿O bien en algo peor, algo que no es una historia? Los tres

viejos tienen una noción muy vaga de los hechos ocurridos hace dos años... y no

pueden saber, ni mucho menos, que acaban de pedirme que me introduzca otra vez

en la parte más extraña de mi vida, que retroceda en el calendario, hasta los días

peores y más destructivos. O bien pretenden que me interne en las páginas de un

libro que fue mi intento de reconciliarme con aquellos días. ¿Pero puede existir en

realidad alguna conexión, aun cuando se trate tan sólo de la que hay entre una

historia de fantasmas y otra derivada de ella, como sucedió con la Chowder Society?

¿Y puede existir, en fin, una conexión de

hecho entre El centinela nocturno y lo que le

sucedió a mi hermano?

II

Alma

Cuanto tiene belleza tiene cuerpo y es un cuerpo;

cuanto tiene existencia la tiene en la carne; y los

sueños derivan tan sólo de los cuerpos que son.

«Dios incorpóreo»

D. H. Lawrence

De los diarios de Don Wanderley

1

Existe sólo una forma de responder a esa pregunta. Debo pasar algún tiempo,

en la próxima semana o la que le siga, escribiendo con algún detalle los hechos, tales

como los recuerdo, relativos a mí mismo y a David y a Alma Mobley. Cuando los

convertí en ficción en un libro fue inevitable que les diera un carácter sensacional y

con ello falsificase mis propios recuerdos. Si hubiera estado satisfecho con esto,

nunca habría considerado la posibilidad de escribir las novelas del doctor Pata de

Cabra, quien no es más que Alma con el rostro negro, Alma con cuernos, rabo y

grabación de sonido. Así como «Rachel Varney» en

El centinela nocturno no es más

que Alma disfrazada. Alma era mucho más extraña que «Rachel». Lo que quiero

hacer ahora no es inventar situaciones ficticias o peculiaridades ficticias, sino analizar

las peculiaridades que realmente existieron. En

El centinela nocturno todo se resolvió,

todo salió bien. En la vida real nada salió bien y nada fue resuelto.

Conocí a Alma no como «Saul Maulkin» conoció a «Rache! Varney» en un

comedor de París, sino en un ambiente enteramente trivial. Fue en Berkeley, donde la

crítica favorable a mi primer libro había dado corno resultado que obtuviese un

empleo para enseñar durante un año. Era un pequeño triunfo para un escritor con

una sola obra publicada y yo me lo tomaba con gran seriedad. Debía dictar un curso

de Técnica Narrativa y otros dos para estudiantes no graduados, de Literatura

Norteamericana. El segundo de estos dos era el que me daba mayor trabajo. Tenía

que leer tanto de un material que no conocía muy bien y pasar tantas horas

clasificando trabajos escritos que me quedaba poco tiempo para escribir yo mismo. Y

además de haber leído apenas a Howells o a Cooper, no conocía la crítica sobre su

obra, que la estructura del curso exigía que conociese bien. Descubrí que poco a poco

había caído en la rutina de dictar mis cursos, llevarme a veces los trabajos escritos

para leerlos antes de salir a comer a un bar o un café y pasar luego las noches en la

biblioteca revisando material bibliográfico y buscando ejemplares de PMLA, las

publicaciones de la Asociación de Lenguas Modernas. A veces lograba trabajar en

uno de mis cuentos cuando volvía a mi departamento, pero lo habitual era que me

ardiesen los ojos y que sintiese el estómago revuelto por el café del Departamento de

Inglés, así como que mi instinto para escribir de prisa se viese ahogado por el pesado

material de la literatura tradicional. De vez en cuando me llevaba a una chica al

departamento, una profesora suplente con un flamante doctorado de la universidad

de Wisconsin. Se llamaba Helen Kayon y nuestros respectivos escritorios, con otros

doce, estaban uno al lado del otro en un gran salón colectivo. Helen había leído mi

primer libro, pero no le había hecho gran impresión.

Era muy severa en materia de literatura, le alarmaba enseñar, le importaba poco

su aspecto personal y no abrigaba esperanzas en cuanto a hombres. Se interesaba por

los contemporáneos escoceses de Chaucer y por el análisis lingüístico. A los

veintitrés años tenía ya algo del espíritu poco práctico y volátil de la vieja erudita

solterona. «Mi padre se cambió el nombre, que era Kayinski y yo no soy más que una

polaca testaruda», me decía, pero esto era una forma clásica de engañarse a sí misma,

por otra parte. Era testaruda en materia de los chaucerianos escoceses y solamente en

esa materia. Helen era grande, con grandes anteojos y pelo suelto que siempre estaba

en estado de transición de un estilo de peinado al siguiente. Era un pelo con

intenciones no realizadas. Algún tiempo atrás había decidido que lo único que tenía

para brindar a la universidad, al mundo y a los hombres era su inteligencia, lo único

en lo cual confiaba en ella misma. La invité a almorzar la tercera vez que la vi en la

oficina. Estaba revisando un artículo y por poco no se cayó de la silla de sorpresa.

Creo que era yo el primer hombre que la invitaba a almorzar en Berkeley.

Días más tarde la encontré en la oficina después de mi última clase. Estaba

sentada junto a su escritorio, con los ojos fijos en la máquina de escribir. Nuestro

almuerzo había sido incómodo para los dos. Me había dicho, al comparar los

artículos que estaba tratando de escribir con mi trabajo: —¡Yo trato de describir la

realidad!

—Me voy —le dije—. ¿Por qué no vienes conmigo? Beberemos algo en alguna

parte.

—No puedo. Detesto los bares y tengo que trabajar en esto —repuso—. No,

mira. Podrías acompañarme hasta mi casa. ¿Quieres? Está en lo alto de la colina. ¿Te

gustaría?

—Yo también vivo allá.

—Esto me tiene harta, de todos modos. ¿Qué estás leyendo? —Le mostré mi

libro—. Ah, Nathaniel Hawthorne. Tu curso de lecturas comentadas.

—Harvey Lieberman acaba de decirme que dentro de tres semanas debo dictar

la conferencia principal sobre Hawthorne. No he leído

La casa de los siete tejados desde

que estaba en la escuela secundaria.

—Lieberman es un haragán y un pillo.

Me inclinaba a estar de acuerdo con ella. Hasta ahora, tres de sus otros

ayudantes habían dictado clases en lugar de él.

—Me irá bien —afirmé—, siempre que se me ocurra algún punto de vista con el

cual coordinar todo y que pueda leer lo que necesito.

—Por lo menos, no tienes que preocuparte por el problema de la estabilidad en

el puesto —dijo, señalando la máquina de escribir.

—No. Sólo por comer. —El tono del diálogo era el mismo que el del almuerzo.

—Perdona —dijo ella e inclinó la cabeza, dolorida ya. Le toqué un hombro,

entonces, y le dije que no se tomara tan en serio.

Cuando bajábamos juntos la escalera, Helen con su portadocumentos

voluminoso y gastado repleto de libros y de ensayos, mientras yo llevaba solamente

La casa de los siete tejados,

se deslizó entre nosotros una muchacha alta, rubia y pecosa.

La primera impresión que tuve de Alma Mobley fue de palidez general, de contornos

vagos y espirituales, sugeridos por la cara alargada e impasible y por el pesado pelo

de color paja. Los ojos redondos eran de un color azul pálido. Sentí una extraña

mezcla de atracción y rechazo. Bajo la luz débil de la escalera, daba la impresión de

ser una chica atrayente que había pasado toda su vida en una caverna. Parecía ser

toda ella de una palidez fantasmagórica.

—¿El señor Wanderley? —preguntó.

Cuando respondí afirmativamente, murmuró su nombre, pero no lo oí bien.

—Soy estudiante graduada en inglés —dijo— y querría saber si no tendría

inconveniente en que vaya a escuchar su conferencia sobre Hawthorne. Vi su nombre

en la lista del profesor Lieberman, en la oficina del Departamento de Inglés.

—No, ninguno —repuse—. Venga, por favor. Pero se trata sólo de una clase de

comentarios sobre lecturas, ¿sabe? Probablemente significará una pérdida de tiempo

para usted.

—Gracias —dijo y en forma abrupta reanudé su marcha escaleras arriba.

—¿Cómo sabía quién era? —susurré a Helen, admitiendo cierta complacencia

frente a lo que hallaba que había sido invisible hasta ahora; mi fama como profesor.

Helen golpeó el libro de Hawthorne que yo llevaba en la mano.

Vivía a sólo tres cuadras de mi propio apartamento. El de ella era una serie de

cuartos en el piso alto de una casa vieja y lo compartía con dos muchachas más. La

distribución de los cuartos daba una impresión de desorden, así como las cosas que

contenían. Era como si nadie hubiese pensado nunca dónde convenía colocar

bibliotecas, sillas y mesas. Donde los dejaron al entregarlos, allí quedaron. Aquí

había una lámpara junto a una silla, más lejos, una mesa llena de libros, arrimada

debajo de una ventana, pero el resto estaba distribuido tan al azar que era necesario

abrirse camino entre los muebles para llegar al vestíbulo.

También las compañeras de Helen eran un grupo heterogéneo. Helen me había

hablado de ellas cuando caminábamos colina arriba. Una de ellas, Meredith Polk, era

de Wisconsin, una de las nuevas profesoras del Departamento de Botánica. Había

hecho sus estudios de posgrado en la misma universidad que Helen y cuando se

encontraron mientras buscaban un lugar donde vivir, decidieron instalarse juntas. La

tercera muchacha era una estudiante que hacía asimismo estudios posgraduados

sobre teatro y se llamaba Hilary Lehardie. Helen le dijo:

—Hilary no sale nunca de su cuarto y está drogada casi todo el día. Pasa la

mayor parte de la noche tocando música «rock». Yo me pongo tapones en las orejas

para no oírla. Meredith, en cambio, es mejor. Es muy vehemente y un poco rara, pero

siento que somos amigas. Trata de protegerme siempre.

—¿Protegerte contra qué?

—Contra lo vil.

Las dos compañeras estaban en casa cuando llegué al departamento de Helen.

Tan pronto como entré detrás de ella, una muchacha gruesa con pelo negro y

vaqueros azules y una camiseta blanca salió rápidamente por la puerta de la cocina y

me miró con aire enojado por detrás de sus gruesos anteojos. Meredith Polk. Helen

me presentó como escritor perteneciente al Departamento de Inglés y Meredith

repuso con un «¿Qué tal?», y volvió a meterse en la cocina.

De un dormitorio lateral me llegó música ruidosa.

La muchacha de pelo negro y anteojos volvió a salir como una bala de la cocina

tan pronto como entró en ella Helen para servirme un trago. Pasó entre los muebles

hasta llegar a una silla plegable junto a una pared, contra la cual estaban alineados

los que me parecieron centenares de cactos y otras plantas en macetas. Metiéndose

un cigarrillo entre los labios, me miró luego con intensa suspicacia.

—¿No eres del mundo académico? ¿Parte del cuerpo docente? —Oír esto de

alguien que era ayudante de cátedra, que estaba a una distancia de años de ser

profesora permanente...

—Estoy nombrado por un año. Soy escritor —respondí.

—Ah —dijo ella. Me miró con fijeza otra vez y por fin comenté:

—Así que eres el que la llevó a almorzar.

—Sí.

La música resonaba a través de la pared.

—Es Hilary —explicó haciendo un gesto hacia el punto de donde llegaba la

música—. Nuestra compañera.

—¿No les molesta?

—La mayor parte del tiempo no la oigo. Concentración. Y le hace bien a las

plantas.

Helen apareció con un vaso demasiado lleno de whisky y en el cual flotaba un

único cubo de hielo, como un pez muerto. Para ella traía una taza de té.

—Con permiso —dijo Meredith y se alejó rápidamente hacia su cuarto.

—Qué bueno es ver a un hombre en este lugar horrible —afirmó Helen.

Por un instante toda la preocupación y timidez se borraron de su cara y vi la

auténtica inteligencia que se ocultaba debajo del barniz intelectual y académico.

Parecía vulnerable, pero menos de lo que yo había supuesto.

Una semana más tarde nos acostamos juntos en mi departamento. No era

virgen y se mostró firme en insistir en que no estaba enamorada de mí. La verdad es

que la iniciativa partió de ella y una vez tomada, Helen actuó con la precisión y

aplomo con que se dedicaba a la escuela de Chaucer entre los escoceses.

—Nunca te enamorarás de mí —me dijo— y tampoco lo espero. Es mejor así.

Esa vez pasó dos noches en mi departamento. A la tarde íbamos juntos a la

biblioteca y desaparecíamos cada uno en nuestro propio pasillo, como si no

existiesen lazos sentimentales entre nosotros. El único indicio que tuve yo de que en

realidad no era éste el caso surgió una semana más tarde, una noche en que encontré

a Meredith Polk esperándome a la puerta cuando llegué a casa.

Vestía los mismos vaqueros y camiseta.

—Basura —me dijo con furia.

Abrí con rapidez la puerta y la hice entrar.

—Canalla, desalmado —continuó—. Vas a arruinarle las posibilidades de que la

contraten en forma permanente. Y estás destrozándole el corazón. La tratas como una

puta. Es demasiado buena para ti. Ni siquiera tienes la misma escala de valores.

Helen esta entregada a la literatura... es lo mis importante de su vida. Yo lo

comprendo, pero no creo que lo comprendas tú. No creo que estés entregado a nada,

salvo a tu vida sexual.

—Vayamos por partes —le dije—. ¿Cómo es posible que yo pueda malograrle

sus probabilidades de obtener un cargo permanente? Veamos eso primero.

—Este es su primer semestre en esta universidad. Nos vigilan, ¿sabes? ¿Qué

crees que pensarán de una ayudante de cátedra que se mete en la cama con el primer

individuo que aparece?

—Estamos en Berkeley. No creo que alguien lo advierta ni que le importe, silo

advierte.

—Eres repugnante. Tú no adviertes nada, ni te importa nada. No te importa

nada, ésa es la verdad... ¿La quieres?

—Fuera —le dije de pronto. Estaba perdiendo ya la paciencia. Parecía una rana

enfurecida, croando, defendiendo su territorio.

Helen llegó tres horas más tarde. Tenía un aspecto pálido y herido. Se negó a

discutir las sorprendentes acusaciones de Meredith PoIk, pero me contó, en cambio,

que su amiga le había hablado la noche anterior.

—Meredith tiene un gran espíritu protector —me dijo—. Seguramente vino a

verte. Lo siento, Don.

En seguida se echó a llorar.

—No, no me frotes la espalda así. No, por favor. Esto es una tontería. Lo que

pasa es que no he podido trabajar durante las últimas noches. Creo que me he

sentido triste siempre que estaba lejos de ti. —Me miró, entonces, consternada—. No

debí decir eso. Pero tú no me quieres, ¿no? No podrías quererme, ¿no?

—No tengo respuesta para eso. Ven, te daré una taza de té.

Estaba tendida en la cama de mi departamentito, acurrucada como un feto.

—Me siento tan culpable —dijo.

Cuando volví con el té, prosiguió:

—Cuánto me gustaría que fuésemos a alguna parte juntos. Me gustaría ir a

Escocia contigo. He pasado todas estos años leyendo sobre Escocia y nunca fui a

visitarla. —Tenía los ojos anegados de lágrimas detrás de los grandes anteojos—. Ah,

soy un horror. Sabía que no debí haber venido aquí. Estaba feliz en Madison y nunca

debí haber venido a California.

—Perteneces más que yo a este lugar.

—No —dijo y se volvió de bruces para ocultar el rostro—. Tú puedes ir a

cualquier parte e integraste, pero yo no fui nunca otra cosa que una especie de

esclava de clase trabajadora.

—¿Cuál ha sido el último libro bueno que leíste? —le pregunté.

Helen se volvió otra vez para mirarme, pues la curiosidad había vencido su

desesperación y bochorno. Con los ojos entrecerrados, pensó un instante.

La retórica

de la ironía,

de Wayne Booth. Acabo de releerlo.

—Tu lugar está en Berkeley —le dije.

—Mi lugar está en el zoológico.

De esa manera se disculpaba de todo, de Meredith Polk y de sus propios

sentimientos, pero yo sabía que si nuestra relación proseguía, no haría más que

herirla más. Tenía razón. No había posibilidad de que la quisiese nunca.

Más tarde descubrí que mi vida en Berkeley se había establecido en una especie de

molde al cual se ajustaría el resto de mi vida en otras partes. Era, con la excepción de

mi trabajo, esencialmente vacía. Sin embargo, ¿no sería mejor seguir viendo a Helen,

en lugar de insistir en una ruptura que le destrozaría el corazón? En el mundo lleno

de trabajo que yo veía como el mío propio, lo expeditivo era sinónimo de lo

generoso. Cuando nos separamos había entre nosotros el acuerdo de no vernos en

uno o dos días, pero de que después, todo seguiría como antes.

Una semana después, no obstante, el período convencional de mi vida terminó.

Después, sólo vi dos veces más a Helen Kayon.

2

Había encontrado una base para mi conferencia sobre Hawthorne. Era un

ensayo dci crítico R. P. Blackmur: «Cuando toda posibilidad es desechada,

entonces

hemos pecado». La idea parecía llenar toda la obra de Hawthorne y era posible

relacionar las novelas y los cuentos por este cristianismo de tinieblas, por el impulso

en todos ellos hacia la pesadilla, por lo que era casi su ansia de pesadilla. Imaginar,

en efecto, una pesadilla significa alejarse del nudo de la obra. Por otra parte, descubrí

una declaración de Hawthorne que contribuía a explicar su método: «He provocado

a veces un efecto singular y no desagradable, dentro de lo que se refiere a mi propia

mentalidad, al imaginar una serie de incidentes en los cuales el mecanismo espiritual

del cuento de hadas se hallaría combinado con los personajes y hábitos de la vida

cotidiana».

Una vez obtenidas las ideas que formarían la estructura de mi conferencia, los

detalles entraron espontáneamente en las páginas de mi libreta de apuntes.

Este trabajo, además de mis alumnos de técnica narrativa me mantuvieron

enteramente ocupado durante los cinco días que precedieron a la conferencia. Helen

y yo nos encontramos en momentos aislados y le prometí que partiríamos por un fin

de semana cuando terminase mi trabajo inmediato. Mi hermano David tenía una

cabaña en Still Valley, en las afueras de Mendocino y me había dado permiso para

hacer uso de ella siempre que quisiera alejarme de Berkeley. Era típico de David

tener este tipo de atenciones, pero una especie de espíritu de contradicción me había

llevado a abstenerme hasta ahora de ir a la cabaña. No quería tener que estarle

agradecido a mi hermano. Después de la conferencia, llevaría a Helen a Still Valley y

así sofocaría dos clases de escrúpulos de un solo golpe.

En la mañana de la conferencia volví a leer el comentario de D. H. Lawrence

sobre Hawthorne y vi las siguientes líneas:

Y lo primero que hace ella es seducirlo

Y lo primero que hace él es ser seducido.

Y lo segundo que hacen es abrazar su pecado

en secreto, vanagloriarse de él y tratar de comprender

cuál es el mito de Nueva Inglaterra.

Esto

es lo que había estado buscando todo el tiempo. Dejé mi taza de café y

comencé a reestructurar mi material. La intuición de Lawrence superaba la mía y

ahora podía ver todas las obras en forma diferente. Eliminé párrafos e incluí otros

entre los renglones tachados... Olvidé llamar a Helen, como se lo había prometido.

Por fin hice un uso muy limitado de mis notas. En un momento, en el esfuerzo

por hallar una metáfora, me incliné mucho sobre el pupitre y vi a Helen y a Meredith

Polk sentadas juntas en los fondos y en lo alto del auditorio. Meredith Polk tenía el

ceño fruncido y la expresión suspicaz de un agente policial. Cuando la gente de

ciencia oye las cosas que tienen lugar en una clase de literatura, a menudo adopta

idéntica expresión. Helen mostraba simplemente interés, y sentí gratitud de que

hubiese venido.

Cuando terminé, el profesor Lieberman se adelantó desde su asiento junto a

uno de los pasillos para decirme que había disfrutado muchísimo de mis juicios y

preguntarme luego si estaría dispuesto a dar en su lugar una clase en memoria de

Stephen Crane dentro de dos meses. Debía asistir a una conferencia en Iowa esa

semana y como yo había hecho un trabajo tan «ejemplar», teniendo en cuenta,

especialmente que no era miembro del cuerpo académico... en resumen, quizá le

sería posible conseguir prolongar mi nombramiento por un año más.

Me dejaron atónito tanto el intento de soborno como la arrogancia. Lieberman,

no obstante su relativa juventud, era un hombre famoso, no tanto como erudito en el

sentido que daba Helen al término, sino más bien como «crítico», una especie de

Edmund Wilson menor. No sentía respeto por sus libros, pero había esperado algo

más de él. Los estudiantes salían despacio hacia las puertas, una masa compacta de

camisetas blancas y dril azul de vaqueros. Y entonces vi un rostro levantado hacia mí

con aire de entusiasmo y un cuerpo esbelto cubierto no por dril azul, sino por un

vestido blanco. Lieberman me resultó de pronto una interferencia, un obstáculo y

accedí a dictar la conferencia en homenaje a Crane para que se fuera.

—Muy

bien, Donald —me dijo y se alejó. Con tanta rapidez como acabo de

decirlo. Un instante el joven profesor con su traje de algodón rayado estaba delante

de mí y al siguiente me encontré contemplando el rostro de la muchacha del vestido

blanco. Era la estudiante graduada que se había cruzado con Helen y conmigo en la

escalera.

Tenía un aspecto muy diferente: más saludable, con un leve tinte bronceado,

casi dorado, sobre la cara y los brazos. El pelo lacio y rubio brillaba, como los ojos

pálidos. Vi en ellos un caleidoscopio de reflejos y colores cambiantes. Encerraban las

comisuras de sus labios dos finos arcos irónicos. Era cautivante, una de las mujeres

más hermosas que hubiese visto jamás, lo cual es decir mucho. Berkeley está

realmente tan poblado de bellezas que cada vez que uno levantaba los ojos del

escritorio se veía frente a dos nuevas. La muchacha delante de mí, en cambio, no

tenía la torpeza ni tampoco esa vulgaridad agresiva y enfática de las estudiantes

hermosas comunes de Berkeley. Se la veía sencillamente

bien, perfectamente a sus

anchas dentro de su personalidad. Helen Kayon no podía hacer nada frente a esta

mujer.

—Me gustó mucho —me dijo. Vi que las dos leves líneas junto a las comisuras

de la boca se movían, como si gozase de un chiste secreto—. Me alegro de haber

venido, después de todo. —Por primera vez oí asimismo el acento del sur, las

palabras arrastradas, la cadencia musical.

—Yo también —repuse—. Gracias por el elogio.

—¿Quieres que te lo repita en privado?

—¿Es una invitación? —Advertí entonces que me apresuraba en exceso, que

mostraba demasiado mi sensación de halago. Quizás esta prisa no fuese compartida

por ella.

—¿Una

qué? No, no pensé que lo fuese. —La boca se movió en un mudo ¡Qué

ocurrencia!

Miré hacia las plateas altas del auditorio. Helen y Meredith se alejaban ya por el

pasillo en dirección a la salida. Seguramente Helen comenzó a salir tan pronto como

me vio mirar a la rubia. Si me conocía tan bien como debía conocerme, debía saber

perfectamente qué estaba pensando yo. Pasó por la puerta de salida sin mirar hacia

atras, pero Meredith Polk, en cambio, me dirigió una mirada asesina.

—¿Esperas a alguien? —me preguntó la muchacha.

—No, no es nada importante —dije—. ¿Quieres almorzar conmigo? La verdad

es que no almorcé y estoy muerto de hambre.

Me comportaba, sí, con un egoísmo indescriptible. Sabía, no obstante, que esa

muchacha a mi lado era ya mucho más importante para mí que Helen Kayon y que al

deshacerme de Helen inmediatamente, al ser el canalla que era, según Meredith PoIk,

evitaría semanas y quizá meses de escenas dolorosas. Nunca le había mentido a

Helen y siempre supo ella que nuestra relación era frágil.

La muchacha que caminaba a mi lado por el parque de la universidad vivía en

perfecta armonía con su femineidad. Aun entonces, momentos después de haberla

visto mejor, a la luz del día, parecía no tener edad, estar apartada del tiempo, y era

hermosa de un modo hierático, mítico. La alienación frente a sí misma que sufría

Helen le impedía ser hermosa y era además alguien perteneciente a mi propio lugar

en la historia. Mi primera impresión de Alma Mobley, en cambio, fue de que podría

haberse desplazado con aquella gracia espontánea por una

piazza italiana del

Renacimiento. O bien en los años veinte, con un poco más de lógica, haber sido

objeto de una mirada de admiración de Scott Fitzgerald al volar frente al Plaza Hotel

con esas piernas increíbles. Tal como lo expreso, parece absurdo. Evidentemente

había reparado en sus piernas y tenía una sensación de su cuerpo, pero las imágenes

de patios italianos o de Fitzgerald en el Plaza no son metáforas aptas para describir lo

carnal. Era como si cada una de sus células poseyese gracia. Nada menos típico que

ella cabe imaginar, al compararla con la estudiante graduada común de Berkeley. La

elegancia era tan profunda que parecía señalar aun entonces, una intensa pasividad.

Sin duda estoy concentrando las impresiones recogidas a lo largo de seis meses

en un momento único, pero mi justificación es que el germen de dichas impresiones

existía ya cuando salimos del parque para ir a un restaurante. Que me acompañase

sin que hubiese tenido yo que insistir, con tanta ligereza que el hecho estaba repleto

de juicios no expresados, indicaba, en realidad, algo de aquella pasividad: la

pasividad irónica y llena de tacto de quienes son hermosos, de aquellos cuya belleza

constituye una valla que los rodea como a la princesa en la torre.

La llevé a un restaurante que había oído mencionar a Lieberman, demasiado

caro para la mayoría de los estudiantes, demasiado caro para mí. Sin embargo, la

ceremonia de comer en un ambiente lujoso armonizaba con ella y también con mi

sensación de regocijo.

De inmediato supe, además, que era a ella a quien deseaba llevar a la cabaña de

David en Still Valley.

Me enteré de que se llamaba Alma Mobley y me dijo que había nacido en

Nueva Orleáns. Por su actitud, más bien que por nada que hubiese dicho, deduje que

sus padres habían tenido buena posición. Su padre había sido pintor y largos

períodos de su infancia transcurrieron en Europa. Al hablar de sus padres, lo hacía

en pasado y supuse que habían muerto hacía algún tiempo. También esto

armonizaba con ella, con su aire de estar apartada de todo, salvo de sí misma.

Como Helen, había estudiado en una universidad del centro del país, la de

Chicago —algo que parecía casi imposible, Alma en Chicago, en aquella ciudad

violenta y agresiva— y la habían aceptado como candidata a un doctorado en

Berkeley. Por lo que dijo, entendí que marchaba al azar por la actividad académica,

sin tener nada de la dedicación profunda de Helen. Era estudiante posgraduada

porque mostraba cierto talento para el aspecto mecánico de los estudios literarios y

porque era inteligente, aparte de que le convenía

más que ninguna otra actividad en

que pudiese haber pensado. Estaba, en fin, en California porque no le había gustado

el clima de Chicago.

Una vez más y en forma avasalladora tuve la sensación de la falta de armonía

entre ella y los aspectos cotidianos de su vida, de su pasiva autosuficiencia. No

dudaba de que era bastante brillante como para terminar su tesis sobre Virginia

Woolf, ni que con un poco de suerte obtendría un puesto docente en una de las

universidades de menor importancia, a lo largo de la costa. Y entonces, con una

súbita sensación de shock, cuando estaba llevándose un bocado de plata de color

verde menta a los labios, tuve otra imagen de ella. La vi como una prostituta, una

prostituta de Storyville en 1910, con el pelo formando trenzas retorcidas, las piernas

de bailarina levantadas... y su cuerpo desnudo me resultó de una claridad infinita

por un instante. Imaginé que esta imagen respondía al despego profesional que

provocaba, pero no explicaba la intensidad de la imagen. Me había conmovido desde

el punto de vista sexual. Estaba hablando de libros —no como hablaba Helen, sino

como habla un lector común— y al mirarla

yo por encima de la mesa sentí que quería

ser el hombre de su vida, apoderarme de aquella pasividad, sacudirla hasta que me

viera realmente.

—¿Sales con alguien? —le pregunté.

Alma hizo un gesto negativo.

—¿Así que no estás enamorada?

—No. —Alma me dirigió una sonrisa apenas visible, frente a lo obvio de mi

pregunta—. Hubo alguien en Chicago, pero se terminó.

Caí sobre el comentario de inmediato y dije:

—Uno de tus profesores.

—Uno de mis profesores suplentes —dijo, con otra sonrisa.

—¿Estabas enamorada de él? ¿Era casado?

Alma me miró muy seria un instante.

—No —dijo—. No fue lo que imaginas. No estaba casado y no estaba

enamorada de él.

Aun entonces reconocí que debía de resultarle muy fácil mentir. Esto no me

disgustó, sino que, por el contrario, probaba lo poco que la había rozado la vida, y

formaba parte de todo lo que yo quería cambiar en ella.

—Estaba enamorado de ti —dije—. ¿Fue por eso que quisiste irte de Chicago?

—No, había terminado ya entonces. Alan no tuvo nada que ver. Hizo una

tontería. Eso es todo.

—¿Alan?

—Alan McKechnie. Era muy bueno.

—Un tonto muy bueno.

—¿Estás realmente empeñado en saberlo? —me preguntó con aquella forma

característica de dar a sus palabras una ironía suave, casi imperceptible, que las

despojaba de toda importancia.

—No. Simple curiosidad.

—Bien. —Los ojos de Alma, llenos de reflejos, se fijaron en los mío—. No hay

mucho que contar. Alan se... se entusiasmó conmigo. Seguía un curso reducido con

él. Eramos sólo cuatro, tres chicos y yo. Sentía que estaba interesándose en mí, pero

era muy tímido. No tenía ninguna experiencia con las mujeres. —Otra vez el matiz

de suavidad, de despego en la voz y en la mirada—. Me invitó a salir unas cuantas

veces. No quería que nos viesen juntos y debíamos ir a lugares fuera de Hyde Park.

—¿Adónde iban?

—A bares de hoteles y lugares semejantes. Cerca del «Loop» de Chicago. Creo

que era la primera vez que hacía cosas como éstas con una estudiante y lo ponía

nervioso. Creo que no se había divertido mucho nunca. Por fin resulté demasiado

para él. Me di cuenta de que no lo quería en la forma en que él me quería a mí. Sé qué

me preguntarás ahora y te respondo. Sí, nos acostamos juntos. Por algízn tiempo. No

marchó bien. Alan no era muy... muy físico. Empecé a sospechar que habría

preferido un muchacho, pero desde luego era demasiado... qué sé yo... para esto. No

podía.

—¿Cuánto duró?

—Un año. —Alma terminó de comer y puso su servilleta junto al plato—. No sé

por qué estamos hablando de esto —dijo.

—¿Qué te gusta, en realidad?

Fingió reflexionar profundamente.

—Verás. Qué me gusta, en realidad... El verano. El cine. Las novelas inglesas.

Despertarme a las seis y mirar el amanecer por la ventana... todo es tan vacío, tan

puro. El té con limón. ¿Qué más? París. Y Niza. Me encanta de verdad Niza. Cuando

era chica, fuimos allí cuatro o cinco veranos seguidos. Y me gusta la buena comida,

como ésta.

—Sospecho que la vida universitaria no es para ti —comenté. Era como si me

hubiese contado todo y, a la vez, nada.

—No, ¿no es verdad? —Alma rió como sino tuviera importancia—. Me imagino

que lo que me hace falta es El Gran Amor con mayúscula.

Y allí estaba otra vez, la princesa guardada en su torre de marfil,

contemplándose a sí misma.

—Vayamos al cine mañana por la noche —le propuse. Aceptó.

Al día siguiente persuadí a Rex Leslie, cuya oficina estaba más lejos en el mismo

pasillo, que cambiara de escritorio conmigo.

La cinemateca exhibía

La Grande Illusion de Renoir, que Alma no había visto.

Después fuimos a la cafetería, repleta de estudiantes, y donde se filtraban fragmentos

de conversación dentro de la nuestra. Por un instante, cuando nos sentamos, sentí un

golpe de temor culpable y en seguida me di cuenta que derivaba de la posibilidad de

encontrarme con Helen Kayon. No era éste un lugar que ella frecuentase mucho. De

todos modos, a esa hora estaba seguramente en la biblioteca. Tuve otra sensación

fugaz de intenso alivio por no estar allá también, dedicado a una disciplina que no

era la mía, sino una simple condición para mi trabajo.

—Qué hermosa película —me dijo Alma—. Tengo la sensación de estar

viéndola todavía.

—Sientes profundamente el cine, entonces.

—Claro. —Alma me miró, intrigada.

—¿Y la literatura?

—Por supuesto. —Volvió a mirarme—. Mejor dicho... No sé. Me gusta. Un

muchacho con barba y una camisa de cuadros dijo en voz muy alta:

—Wenner es ingenuo y también es ingenua su revista. Volveré a comprarla

cuando vea un retrato de Jerry Brown en la tapa.

Su amigo observó:

—Wenner

es Jerry Brown.

—Berkeley —observé a mi vez.

—¿Quién es Wemier?

—Me sorprende que no lo sepas. Jann Wenner.

—¿Quién es?

—Es el estudiante de Berkeley que fundó «Rolling Stone».

—¿Es una revista?

—Vuelves a sorprenderme —dije—. ¡No me digas que nunca oíste hablar de

ella!

—No me interesa la mayoría de las revistas. Nunca las leo. ¿Qué clase de revista

es? ¿Tiene ese nombre por la «Rolling Stones»?

Respondí afirmativamente. Por lo menos había oído hablar de ese grupo.

—¿Qué música te gusta?

—No me interesa mucho.

—Probemos otros nombres. ¿Sabes quién es Tom Seaver?

—No.

—¿Alguna vez oíste hablar de Willie Mays?

—¿No era un atleta? Tampoco me interesan mucho los deportes.

—Se nota. —Alma rió con cierto regocijo—. ¿Y Barbra Streisand?

Me hizo una mueca encantadora, como burlándose de sí misma.

—Claro que sí —dijo.

—¿John Ford?

—No.

—¿Arthur Fonzarelli?

—No.

—¿Grace Bumbry?

—No.

—¿Desi Arnaz?

—No.

—¿Johnny Carson?

—No.

—¿André Previn?

—No.

—¿John Dean?

—No. No sigas preguntándome, o diré que sí a todo —me advirtió.

—¿Qué

haces? —le pregunté—. ¿Estás segura de que vives en este país?

—Ahora te preguntaré yo. ¿Has oído hablar de Anthony Powell, o Jean Rhys, o

Ivy Compton-Burnett, o Elizabeth Jane Howard, o Paul Scott, o Margaret Drabble,

o...

—Son novelistas ingleses y los conozco a todos —dije—. Pero veo lo que quieres

decir. En realidad, no te interesan las cosas que no te interesan de verdad.

—Ni más ni menos.

—Ni siquiera lees nunca los diarios.

—No. Y nunca miro televisión —dijo Alma sonriendo—. ¿Crees que deberían

ponerme contra el paredón y fusilarme?

—Sólo me interesa saber quiénes son tus amigos.

—¿Sí? Tú eres mi amigo. ¿O no? —Sobre todo, todo lo que decíamos, había

aquel tinte de ironía desprovista de interés. Por unos instantes me pregunté si era del

todo humana. Su ignorancia casi absoluta de la cultura popular señalaba más que

ninguna afirmación qué poco le importaba la opinión ajena sobre ella. Lo que yo

había imaginado como integridad total en su persona era mayor aún de lo que

suponía. Quizá la sexta parte de los estudiantes graduados de California no hubiese

oído hablar nunca de un atleta como Seaver, pero, ¿quién en los Estados Unidos

podía haber evitado oír mencionar al llamado «Fonz»?

—Pero tienes otros amigos. En mi caso, acabas de conocerme.

—Es verdad. Tengo Otros amigos.

—¿En el Departamento de Inglés? —No era posible. Dentro de lo que yo sabía

de mis colegas transitorios, bien podría haber existido una célula amplia de adeptos

de Virginia Woolf que nunca leyese los diarios. En ellos, no obstante, este alejamiento

del propio ambiente habría sido una afectación. En Alma, la verdad era lo opuesto.

—No. No conozco a mucha gente aquí. Conozco a algunos que están

interesados en el ocultismo.

—¿El

ocultismo? —No alcancé a comprender a qué se refería—. ¿Sesiones

espiritistas? ¿Tablas Quija? ¿Madame Blavatsky? ¿Planchas?

—No. Es más serio que eso. Pertenecen a una orden.

Me quedé atónito. Acababa de caer en un abismo. Pensé en el satanismo, en

aquelarres, en la locura de California en sus peores aspectos.

Alma pareció leerme el rostro, porque dijo:

—Yo no pertenezco al grupo. Los conozco.

—¿Cómo se llama la orden?

—X.X.X.

—Pero... —Me incliné hacia adelante, pues apenas podía creer que había oído

bien—. No puede ser. Xala...

—Xala Xalior Xlati.

Sentí incredulidad, consternación. Sentí un temor mezclado con sorpresa al

mirar ese bello rostro. X.X.X. era más que un grupo de locos que vistiesen rúnicas.

Eran algo alarmante. Se sabía que eran crueles, desalmados. Habían tenido alguna

relación indirecta con el grupo de Manson y ésa era la única razón por la cual estaba

enterado de su existencia. Después del episodio de Manson se creía que se habían ido

a otra parte, a México, creía yo. ¿Estaban aún en California? Por lo que yo había leído

sobre ellos, habría sido mejor para Alma relacionarse con verdugos de la Mafia. De la

Mafia cabía esperar interpretaciones, racionales o no, de nuestra fase del capitalismo.

La X.X.X. era materia prima para la pesadilla.

—¿Y esa gente son tus amigos? —le pregunté.

—Tú me lo preguntaste.

Sorprendido aún, moví la cabeza.

—No te preocupes por eso. Ni por ellos. Nunca los conocerás.

Eso me dio una imagen totalmente diferente de su vida. Sentada frente a mí,

con su leve sonrisa, por un instante me resultó siniestra. Era como si hubiese pasado

de un sendero lleno de sol a una selva. Recordé a Helen Kayon y su trabajo sobre los

chaucerianos escoceses en la biblioteca.

—Ni yo los veo tanto —dijo Alma.

—¿Pero fuiste a sus reuniones? ¿Visitas sus casas?

Alma asintió con la cabeza.

—Te lo dije ya. Son mis amigos. Pero no te preocupes.

Podría haber sido una mentira, otra mentira, pues sospechaba que no siempre

me había dicho la verdad. Sin embargo toda su actitud, aun su preocupación por mis

propios sentimientos, probaba que ahora no mentía. Levantó la taza de café y se la

llevó a los labios, mientras me sonreía con algo de preocupación por mí. Y la imaginé

de pie delante de una hoguera, sosteniendo entre las manos algo que sangraba...

Estás preocupado. No soy miembro del grupo. Conozco a algunos miembros.

Me lo preguntaste y pensé que debía decírtelo.

—¿Estuviste en reunones? ¿Qué hacen?

—No puedo decírtelo. Esa es otra parte de mi vida. Una parte menor. No tiene

que ver contigo.

—Salgamos de aquí —le dije.

¿Pensaba acaso ya entonces que me daría material para una novela? No lo creo.

Pensaba que el contacto de Alma con el grupo era seguramente mucho más

superficial de lo que había insinuado. Tuve sólo un indicio, mucho más tarde, de que

quizá me había equivocado. Fantaseaba, exageraba. ¿La X.X.X. y Virginia Woolf? ¿Y

La Grande Illusion?

Demasiado absurdo.

Con gran dulzura, como si no hablase en serio, me invitó a su departamento.

Quedaba a pocos minutos de marcha de la cafetería. Cuando salimos de las calles

más concurridas para internarnos en un sector más solitario de edificios altos,

comenzó a hacer comentarios sin trascendencia sobre su vida en Chicago. Esta vez no

tuve necesidad de interrogarla para saber de su pasado. Creí advertir un dejo de

alivio en su voz. ¿Acaso, por haber «confesado» su conocimiento de la X.X.X.? ¿O

bien se debía a que no la había interrogado acerca del grupo? Por lo segundo, creía

yo. Era una noche típica de fines de verano en Berkeley, tibia y a la vez fresca,

suficientemente fresca como para que hiciese falta un abrigo ligero, pero a la vez con

algo de tibieza, oculta en el aire.

A pesar de la ingrata sorpresa que me había dado, la muchacha a mi lado, con

su gracia natural, el ingenio igualmente natural que se injertaba en sus palabras, su

belleza sobrenatural, me revitalizaban, me daban una especie de alegría de vivir que

no había sentido en meses. Estar junto a ella era como surgir de un período de

hibernación. Llegamos al edificio donde vivía.

—Planta baja —me dijo y subimos varios escalones hasta la puerta. Por el placer

de contemplarla, me quedé rezagado. Un gorrión se posó en la barandilla de hierro e

inclinó la cabeza hacia un costado. En alguna parte cerca, ladró un perro. Olía las

hojas al quemarse. Alma se volvió y le vi la cara borrosa como una mancha pálida

entre las sombras de la entrada cubierta. Milagrosamente para mí, le veía los ojos,

como si brillasen como los de un gato.

—¿Eres tan circunspecto como tu novela, o piensas entrar conmigo?

En forma simultánea registré el hecho de que había leído mi novela y de que el

comentario implicaba una suavísima crítica. Subí por los escalones y llegué a su

puerta.

No había imaginado cómo sería su departamento, pero debería haber sabido

que no tendría nada que ver con el de Helen Kayon con su desordenada familia.

Alma vivía sola, cosa que yo había sospechado, en cambio. Todo en el espacioso

cuarto al que me condujo estaba unificado por un gusto único, un punto de vista

único. Era, aunque no en forma obvia, uno de los ambientes más lujosos que yo

hubiese visto nunca en este medio. El suelo estaba cubierto por una Boukhara larga y

sedosa. La pantalla delante de la chimenea estaba flanqueada por mesitas que para

mis ojos de aficionado eran de estilo Chippendale. Delante de la ventana saliente

había un escritorio enorme. Sillas Regency con tapizado de rayas, grandes

almohadones, una lámpara Art Nouveau de Tiffany sobre el escritorio. Comprobé

que había tenido razón al suponer que sus padres habían sido ricos.

—No eres una estudiante posgrado típica, ¿no?

—Decidí que tenía mayor sentido vivir entre estas cosas que guardarlas en un

depósito. ¿Más café?

Acepté. Tanto en ella tenía sentido ahora y se integraba dentro de una

estructura que no había percibido antes... Si Alma era remota, era porque era

diferente de verdad. La habían educado de una manera desconocida para el noventa

por ciento de los norteamericanos y en la cual sólo creen en forma condicional. Era el

estilo de los bohemios de gran fortuna. Y si era esencialmente pasiva, ello se debía a

que nunca había tenido que hacer una decisión por sí misma. Inmediatamente le

inventé una infancia llena de niñeras y gobernantas inglesas, una escuela en Suiza,

vacaciones en yates. Esto explicaba aquel aire de no pertenecer a ninguna época en

particular. Era la razón por la cual la imaginé antes pasando con pasos alados delante

del Plaza Hotel durante los años de 1920 de Scott Fitzgerald. Esa clase de riqueza

parecía pertenecer a otros tiempos.

Cuando volvió con el café le dije:

—¿Te gustaría que nos fuéramos juntos dentro de una o dos semanas?

Podríamos alojarnos en una casa en Still Valley.

Alma arqueó las cejas e inclinó la cabeza. Se me ocurrió que aquella pasividad

que mostraba tenía algo de andrógino, del mismo modo en que hay, tal vez, algo de

andrógino en la prostituta.

—Qué chica interesante eres —comenté.

—Un personaje del «Reader’s Digest»...

—No diría eso.

Estaba sentada, con las rodillas recogidas, en un grueso almohadón frente a mí.

Era intensamente sexual y a la vez etérea. Deseché la otra idea de que hubiese algo

andrógino en ella. Me parecía imposible que sólo entonces se me hubiese ocurrido.

Tenía que acostarme con ella. Sabía que lo haría y tal certidumbre daba un carácter

tanto más imperioso al hecho.

Deja el dinero en la mesita...

A la mañana mi pasión por ella era total. Nuestra relación sexual se produjo en

la forma más calma imaginable. Después de haber pasado unas dos horas

conversando juntos, Alma me dijo:

—No quieres volver a tu casa, ¿no?

—No.

—Bien, quédate entonces a pasar la noche.

Siguió a esto algo que no fue el tanteo habitual del cuerpo, la carrera de

embolsados de la lujuria. La verdad es que Alma en la cama era tan pasiva como en

todos sus actos. A pesar de ello experimentaba el placer sin mayor esfuerzo, tanto

antes del acto como durante el paroxismo. Se me aferraba al cuello como una niña.

Aun entonces, durante esta entrega la sentí separada.

—Ay, te quiero —me dijo después de la segunda vez y me aferró el cuello con

las manos, pero la presión de ellas era tan ligera como su voz. Tan pronto como

descubría un misterio en ella, me hallaba delante de otro. La pasión de Alma parecía

provenir del mismo origen que sus modales para comer. Yo había hecho el amor con

muchas mujeres «mejores en la cama» que Alma Mobley, pero con ninguna de ellas

experimenté nunca sensaciones tan sutiles. La aptitud de Alma para los marices y las

tonalidades de la sensación. Era como estar siempre en el borde de algtn otro tipo de

experiencia, como estar delante de una puerta cerrada.

Por primera vez comprendí por qué las mujeres se enamoraban de los Don

Juanes, por qué se humillaban persiguiéndolos.

Comprendí asimismo por qué me había dado una versión tan selectiva del

pasado. Tenía yo la certeza de que su vida había sido tan promiscua como puede

serlo en una mujer. Esto armonizaba con lo que yo sabía de la X.X.X. y con la súbita

partida de Chicago. La promiscuidad parecía ser el elemento tácito en la manera de

ser de Alma.

Lo que yo deseaba, sin duda, era reemplazar a todos los demás, abrir la puerta

y presenciar todos sus misterios, lograr que toda la gracia y la sutileza se

concentrasen en mí. En una fábula Sufi, el elefante se enamoraba de la luciérnaga e

imaginaba que ésta no brillaba para nadie, salvo para él. Y cuando la luciérnaga se

alejaba a distancias lejanas, el elefante tenía la certeza de que en el centro de su luz

estaba siempre su propia imagen de elefante.

3

Todo ello equivale a decir que el amor me dejó en condiciones de parcial

invalidez. Se esfumaron mis propósitos de volver a escribir novelas. No podía

inventar sentimientos, invadido como estaba por los míos propios. Con el enigma de

Alma siempre presente, los otros enigmas de los personajes ficticios me parecían

artificiales. Escribiría, pero tenía que hacer

esto, primero.

Pensaba sin cesar en Alma Mobley y necesitaba verla siempre que podía.

Durante diez días estuve junto a ella casi cada minuto en el cual no estaba dictando

clases. Los cuentos no leídos se apilaban en el sofá y hacían juego con las pilas de

trabajos escritos sobre

The scarlet letter en mi escritorio. Durante esa época nuestra

osadía sexual fue extraordinaria. Le hacía el amor a Alma en clases vacías, en la

oficina sin llaves que compartía con varios colegas. En una oportunidad la seguí

dentro de un retrete de mujeres y la tomé mientras se apoyaba contra un lavatorio.

Un estudiante de mi curso de técnica narrativa, en cierta ocasión en que yo me había

expresado en forma muy retórica, me preguntó:

—¿Cómo define al hombre, en fin?

—Como sexual e imperfecto —repuse.

Dije que pasaba con ella «casi» todos los momentos en que no estaba yo en

clase. La excepción era las dos noches en que ella decía que tenía que visitar a una tía

en San Francisco. Me dio el nombre de su tía. Florence de Peyser, pero durante la

ausencia de Alma sufrí tormentos de duda. Al día siguiente, no obstante, volvió, la

misma de siempre. No advertí señales de que hubiese estado con otro. Ni tampoco

de la X.X.X., otra de mis preocupaciones. Además, rodeó a la señora de Peyser de

tantos pormenores circunstanciales (el perrito Yorkshire llamado Chookie, el armario

repleto de vestidos hechos por el gran modista Halston, la mucama llamada Rosita)

que mis sospechas desaparecieron. No se vuelve después de pasar una noche con los

siniestros miembros de la X.X.X. llena de anécdotas sobre un perrito llamado

Chookie. Si había otros amantes, si la promiscuidad que había intuido la primera

noche era siempre parte de ella, no vi ningún signo.

En verdad si había algo que me irritaba, no era la rivalidad hipotética frente a

otro hombre, sino un comentario que había hecho la primera mañana que

despertamos juntos. Tal vez no fuese otra cosa que una expresión de afecto mal

formulada.

—Has aprobado —dijo. En un instante absurdo, pensé que se refería a algo en el

ambiente que nos rodeaba, como el florero chino sobre la mesa de noche, o el dibujo

enmarcado, obra de Pissarro, o la alfombra espesa. (Todo esto me provocaba más

inseguridad de la que admitía.)

—Conque me aprobaste —dije.

—No, yo, no. No, también yo, desde luego, pero no yo sola —dijo y en seguida

me apoyó el índice contra los labios.

En menos de uno o dos días olvidé aquel misterio irritante por lo innecesario.

Por supuesto olvidé también mi trabajo, o gran parte de él. Aun después de

aquellas primeras semanas de frenesí sensual, pasaba mucho menos tiempo

enseñando que antes. Estaba enamorado como nunca lo había estado jamás. Era

como si durante toda la vida hubiese eludido el júbilo, como si lo hubiese mirado con

recelo, como si no lo hubiese comprendido bien. Alma me permitió conocerlo. Todo

lo que podría sospechar o dudar en cuanto ella se consumía frente al ardor de mis

sentimientos. Si había cosas que ignoraba acerca de ella, no me importaba en lo más

mínimo. Lo que conocía de Alma era suficiente.

Estoy seguro de que fue ella quien abordó la cuestión de casarnos. Surgió en

una frase como «Cuando nos casemos, deberíamos viajar mucho», o bien «¿Qué clase

de casa quieres tener cuando nos casemos?» Nuestra conversación se deslizaba hacia

aquel tema sin esfuerzo alguno. No sentía coerción, sino una dicha cada vez mayor.

—La verdad es que te han aprobado del todo —me decía.

—¿Podré conocer a tu tía un día de éstos?

—No quiero que sufras —me dijo, respuesta que no correspondía a la solicitud

implícita en mi pregunta—. Si nos casamos el año que viene, pasaremos el verano en

las islas griegas. Tengo unos amigos que pueden albergamos, amigos de mi padre,

que viven en Poros.

—¿Me aprobarán también ellos?

—No me importa que te aprueben o no —dijo y cuando me tomó la mano, sentí

que el corazón me latía locamente.

Varios días más tarde dijo que después de que hubiésemos visitado Poros, le

gustaría pasar un mes en España.

¿Y Virginia Woolf? ¿Y tu doctorado?

—No sirvo mucho para estudiar.

Claro es que no imaginaba yo que pasaríamos meses y meses viajando, pero

como fantasía, representaba, al menos, una imagen del futuro compartidos como la

fantasía de la aprobación anónima de que yo era objeto en forma continuada.

A medida que se aproximaba el día de mi conferencia en memoria de Stephen

Crane para Lieberman, caí en la cuenta de que no había preparado nada y dije a

Alma que tendría que pasar por lo menos dos noches estudiando en la biblioteca.

—De todos modos —dije— será una conferencia pésima, pero no me importa

que Lieberman intente o no retenerme otro año, porque pienso que los dos queremos

irnos de Berkeley, pero con todo, tengo que armar algún material. — Alma accedió a

no verme, pues de todas maneras había pensado pasar dos o tres noches en casa de la

señora de Peyser.

Cuando nos separamos al día siguiente, nos dimos un prolongado abrazo.

Luego ella se alejó. Volví a mi departamento, en el cual había pasado muy poco

tiempo durante las últimas seis semanas, ordené todo y me dirigí a la biblioteca.

En la planta baja vi a Helen Kayon por primera vez desde que salió del

auditorio con Meredith Polk. No me vio. Esperaba el ascensor con Rex Leslie, el

ayudante de cátedra con quien yo había cambiado escritorio. Estaban enfrascados en

una conversación y mientras yo los miraba Helen apoyó la palma de la mano en la

espalda de Rex. Sonreí, le deseé mentalmente toda la felicidad del mundo y subí por

la escalera.

Esa noche y la siguiente trabajé en mi conferencia. No tenía nada que decir

sobre Stephen Crane. No me interesaba Stephen Crane. Cada vez que levantaba los

ojos de las páginas, veía a Alma Mobley con los ojos relucientes y la boca

entreabierta.

La segunda noche de la ausencia de Alma salí de mi departamento a comer un

poco de pizza con cerveza y la vi entre las sombras al lado de un bar llamado El

último escollo. Era un lugar al cual yo habría vacilado en entrar, ya que tenía fama de

ser frecuentado por pervertidos y homosexuales en busca de clientela. Me quedé

inmóvil. Por un instante lo que sentí no fue que me había engañado, sino temor. No

estaba sola, y el hombre que la acompañaba había estado evidentemente en el bar —

llevaba un vaso de cerveza en la mano—, pero no era, aparentemente, un pervertido

o un homosexual en busca de compañía. Era alto, tenía la cabeza afeitada y anteojos

negros. Era sumamente pálido. Y a pesar de que sus ropas no llamaban la atención y

consistían en pantalones de color tostado y una chaqueta de golf (¿sobre el pecho

desnudo? Creí haber visto cadenas de algún tipo contra la piel), el hombre tenía un

aspecto animal, el de un lobo hambriento con piel humana. A sus pies un niño

pequeño, agotado y descalzo, estaba sentado sobre el cordón de la acera. Los tres

tenían un aspecto muy raro, agrupados entre las sombras junto al bar. Alma parecía a

sus anchas junto al hombre. Hablaba frases aisladas, él respondía y ambos parecían

tener una intimidad mucho mayor que la de Helen Kayon y Rex Leslie, a pesar de no

cambiar gestos de afecto o familiaridad. El chico estaba caído a los pies del hombre y

a veces se movía como si temiese que le dieran un puntapié. Los tres hacían pensar

en una familia de la noche, extraña y perversa, una familia macabra como las del

dibujante Charlie Addams. La gracia natural de Alma, su porte, parecía junto a aquel

hombre con aspecto de lobo y a aquel niño patético, irreal, malvada, en cierto modo.

Retrocedí, en la suposición de que si el hombre me veía me atacaría inmediatamente.

Pensé que aquél

era el aspecto de un hombre-lobo. Y luego, recordé algo más: la

X.X.X.

El hombre tiró del niño para levantarlo, hizo un gesto a Alma y los dos subieron

en un automóvil detenido junto al cordón. El hombre tenía siempre su vaso de

cerveza y el niño ocupó el asiento de atrás. En un instante el automóvil se alejó a toda

velocidad.

Más tarde esa misma noche, sin saber si cometía un error, pero incapaz de

esperar hasta el día siguiente, la llamé por teléfono.

—Te vi hace un par de horas —le dije—. No quise molestarte. De cualquier

manera, suponía que estabas en San Francisco.

—Me aburría demasiado y volví temprano. No te llamé porque quería que

termiunases tu trabajo. Ay, Don, pobrecito. Seguramente imaginaste algo horrible.

—¿Quién era el hombre con quien hablabas? El de cabeza afeitada, anteojos

negros, con un chico al lado... delante de un bar de mala fama.

—Ah, él. ¿Me viste con

ése? Se llama Greg. Nos conocimos en Nueva Orleáns.

Vino a estudiar y luego abandonó los estudios. El chico es su hermanito. Son

huérfanos y Greg lo cuida. Aunque diré que no lo cuida muy bien. El chico es

retardado.

—¿Es de Nueva Orleáns?

—Claro.

—¿Qué apellido tiene?

—¿Por qué? ¿Sospechas de mí? Se llama Benton. Los Benton vivían en la misma

calle donde residía yo.

Sonaba como si fuese posible, si no hubiese pensado yo en el aspecto del

hombre a quien llamaba Greg Benton.

—¿Está en la X.X.X.? —le pregunté.

Alma se echó a reír.

—Mi pobre querido está enojado, ¿no? No, claro que no es de la X.X.X. No

pienses en eso, Don. No sé por qué te lo mencioné.

—¿Conoces realmente a gente de la X.X.X.?

Alma titubeó antes de responder.

—Sólo a algunos. —Sentí alivio. Se me ocurrió que ella quería rodearse de cierto

prestigio y que quizá mi «hombre-lobo» era realmente un antiguo vecino de Nueva

Orleáns. La verdad era que al verlo entre las sombras junto al bar había recordado la

primera vez que vi a Alma, de pie y pálida como un fantasma en una escalera

sumida en la penumbra.

—Y... ¿qué hace este Benton?

—Creo que trabaja en algo relacionado con comercio de productos

farmacéuticos —dijo.

Aquello sí que tenía sentido. Estaba de acuerdo con su aspecto, con merodear

frente a un bar de mala fama. Alma hablaba con un tono algo más avergonzado que

de costumbre.

—Si terminaste tu trabajo, por favor ven a darle un beso a tu novia —me dijo

por fin. Bastó un minuto para que me encontrase en la puerta de la calle.

Dos cosas extrañas ocurrieron esa noche. Estábamos en la cama de Alma,

observados por los objetos que he enumerado ya. Había dormitado, más bien que

dormido, durante la mayor parte de la noche y extendí apenas la mano para tocar el

brazo desnudo y curvado de Alma. No deseaba despertarla. Fue, sin embargo, como

si su brazo me hubiese provocado un shock, no eléctrico, sino un shock de sensación

concentrada, de sensación de repugnancia... como si hubiese tocado un gusano.

Retiré vivamente la mano y ella se volvió para preguntarme:

—¿Estás bien, mi amor? —A mi vez murmuré algo como respuesta. Alma me

palmeó la mano y volvió a dormirse. Algún tiempo después, soñé con ella. Le vi tan

sólo la cara, pero no era la cara que yo conocía y era tan extraño aquello que me hizo

gemir de angustia. Y por segunda vez desperté del todo, sin saber dónde estaba ni

junto a quién me hallaba tendido.

4

Es posible que haya sido en ese momento que comenzó el cambio, pero en la

superficie nuestra relación permaneció la misma, por lo menos hasta el fin de semana

largo que pasamos en Still Valley.

Seguíamos haciendo el amor a menudo y con goce mutuo y Alma seguía

hablando en forma encantadora de cómo viviríamos cuando nos casáramos. Y yo

seguía amándola, a pesar de dudar a veces de la veracidad absoluta de algunas de

sus afirmaciones. Después de todo, ¿como novelista no era yo acaso mentiroso, en

cierto modo? Mi profesión consistía en inventar hechos y en rodearlos de detalles

que les diesen un viso de veracidad. Unos pocos embustes por parte de otra persona

no me preocupaban demasiado. Habíamos decidido casarnos en Berkeley al finalizar

el semestre de primavera y el matrimonio nos parecía un sello ceremonial para

nuestra felicidad. Creo, no obstante, que el cambio había comenzado ya y que el

haber retrocedido al tocar la piel de Alma en mitad de la noche fue la señal que dio

iniciación a todo mucho antes de que yo lo advirtiese completamente.

Un factor en el cambio, no obstante, era sin duda esa «aprobación» que me

había ganado yo en forma tan misteriosa. Por fin le hablé de eso directamente, la

mañana en que debía dar mi conferencia sobre Crane. Sentía una gran tensión, por

saber de antemano que no me iba a salir bien. Le dije, pues:

—Mira, si esta aprobación de que hablas siempre no es la tuya y tampoco es la

de la señora de Peyser, ¿de quién proviene? No puedo menos que preguntártelo. Me

imagino que no es la de tu amigo que trafica en drogas. ¿O podría ser la de su

hermano idiota?

Alma me miró, un poco sorprendida, pero de pronto sonrió.

—Tendría que decírtelo, dada nuestra relación íntima.

—Diría que es íntima, sí.

Seguía sonriendo.

—Te sonará un poco raro —dijo.

—No importa. Estoy harto de no saber.

—La persona que ha estado aprobándote es un viejo amigo mío. Espera, Don,

no me mires así. No lo veo ya. No

piedo verlo ahora. Murió.

—¿Murió? —Me senté. Mi tono había sido de sorpresa y estoy seguro de que mi

expresión también lo era, pero creo también que había previsto algo absurdo como

eso.

Alma hizo un gesto afirmativo. Tenía una expresión seria y a la vez juguetona,

con ese efecto de «doble exposición».

—Sí. Su nombre es Tasker Martin. Estoy en comunicación con él.

—Estás en comunicación con él...

—Constante.

—Constante...

—Sí. Hablo con él. Le agradas a Tasker, Don. Le gustas muchísimo.

—Me ha dado su «O.K.», por así decir.

—Así es. Hablo con él sobre casi todo. Y me ha dicho una y otra vez que somos

el uno para el otro. Además, le

gustas, simplemente, Don. Si viviese, serían buenos

amigos.

No podía dejar de mirarla, atónito.

—Te dije que sonaría un poco raro.

—Suena bien raro.

—¿Y...? —dijo Alma, levantando las manos.

—Mmmm. ¿Cuánto hace que... murió Tasker?

—Hace años. Cinco o seis.

—¿Es otro amigo de Nueva Orleáns?

—Sí.

—¿Y tenías gran amistad con él?

—Nos queríamos. Era mayor... mucho mayor que yo. Murió de un síncope. Dos

noches después, comenzó a hablarme.

—Le llevó dos días conseguir monedas para hablar por teléfono. —Alma no

repuso a esto—. ¿Conversa contigo en este momento?

—Está escuchando. Se alegra de que estés enterado en cuanto a él.

—Yo no estoy seguro de alegrarme tanto.

—Tienes que acostumbrarte a la idea. Realmente te aprecia, Don. Todo irá

bien... Todo será igual que hasta ahora.

—¿Usa Tasker el teléfono cuando nosotros estamos en la cama?

—No sé. Seguramente, sí. Siempre le gustó mucho ese aspecto de la vida.

—¿Y te da Tasker algunas de tus ideas sobre lo que haremos cuando estemos

casados?

—A veces. Fue Tasker quien me recordó a los amigos de mi padre en Poros.

Cree que te encantará esa isla.

—¿Y qué supone que haré, ahora que me has contado acerca de él?

—Dice que por un tiempo te sentirás mal y me creerás loca, pero después te

acostumbrarás a la idea. Después de todo, él está aquí y no piensa irse a ninguna

parte, y tú estás aquí, y vamos a casarnos. Don, piensa en Tasker como si fuese parte

de mí.

—Debe de ser así —dije—. La verdad es que no puedo creer que te comuniques

con alguien que murió hace cinco años.

En parte, la idea me fascinaba. Un hábito propio del siglo diecinueve, como el

de hablar con espíritus, era algo que sentaba a Alma a la perfección. Armonizaba,

inclusive, con su pasividad. Pero daba también algo de miedo. El fantasma locuaz de

Tasker Martin era sin duda una forma de delirio. En el caso de cualquiera que no

fuese Alma, podría haber sido un síntoma de enfermedad mental. También daba

miedo la idea de ser objeto de la aprobación de antiguos amantes de ella. Miré a

Alma, quien me miraba a su vez con una expresión de expectativa, y me dije: «Sí que

tiene un aspecto andrógino». Podría haber sido un bonito muchacho pecoso de

diecinueve años. Me sonrió, con el rostro siempre radiante de expectativa. Sus dedos

largos y hermosos estaban apoyados en la madera lustrada de su mesa, al final de

manos y muñecas igualmente bellas. También me atraían y a la vez me repelían.

—Nuestro matrimonio será hermosísimo —dijo.

—Con nosotros dos y Tasker.

—¿Viste? El me había dicho que al principio reaccionarías así.

Cuando iba a dar mi conferencia, recordé al hombre con quien la había visto, el

hombre de Louisiana, Greg Benton, con su rostro impasible y feroz, y me estremecí.

Un signo, en verdad, de la anormalidad de Alma, un indicio de que no era

como nadie a quien yo hubiese conocido antes, era que sugería un mundo en el cual

cabía la existencia de fantasmas consejeros y hombres que eran lobos disfrazados. No

hallo otro manera de expresarlo. No quiero decir que me hiciese creer en todos los

atributos que rodean lo sobrenatural, pero sugería, en cambio, que tales objetos

podrían realmente encontrarse en perpetuo movimiento cerca de nosotros. Pisamos

un sector de suelo en apariencia sólido y se desmorona bajo nuestro pie. Miramos

hacia el suelo y en lugar de ver pasto, tierra, la solidez que habíamos esperado, nos

vemos contemplando un profundo abismo donde seres que reptan huyen a ocultarse

de la luz. Bien, aquí está el abismo, la caverna, nos decimos. ¿Hasta dónde llega? ¿Se

encuentra por debajo de todo y es acaso la tierra sólida un puente tendido sobre

dicho abismo, dicha caverna? No, claro que no. Es muy probable que no. Me decía

que amaba a Alma. Pensaba en sus piernas magníficas, en su rostro delicado y bello,

en la sensación que tenía junto a ella de estar profundamente implicado en un juego

que entendía sólo a medias.

Mi segunda conferencia fue desastrosa. Presenté ideas ajenas, fracasé en el

intento de relacionarlas y me perdí en medio de mis notas. Me contradije y por tener

los pensamientos en otra parte, llegué a decir que «La roja insignia del valor» era un

espléndido relato de fantasmas en el cual «el fantasma no aparece nunca». Resultó

imposible ocultar mi falta de preparación e interés en lo que decía. Se oyeron unos

aplausos aislados y despreciativos cuando salí del escenario y sentí alivio de que

Lieberman estuviese lejos, en Iowa.

Después de la conferencia fui a una taberna y pedí un doble whisky Johnnie

Walker Etiqueta Negra. Antes de salir otra vez me dirigí hacia los teléfonos en el

fondo del salón y saqué de allí la guía telefónica de San Francisco. Primero busqué en

la letra «P», no encontré nada y sentí un sudor profuso, pero cuando miré bajo la D

encontré «de Peyser, F.». La dirección estaba en el sector respetable de la ciudad.

Podía ser aún que la tierra no fuese hueca. No, era hueca para mí.

Al día siguiente llamé a David en su oficina y le dije queme gustaría ir a su

cabaña de Still Valley.

—Magnífico —me dijo—. Ya era hora de que fueses. Tengo gente que la vigila

para que no me roben nada, pero siempre quise que aprovechases esa casa, Don.

—He estado sumamente ocupado —mentí.

—¿Cómo son las mujeres allá?

—Extrañas, una novedad —repuse—. La verdad es que creo que estoy

comprometido.

—No pareces muy seguro...

—Sí, estoy comprometido, y pienso casarme este verano. —¿Cómo diablos se

llama? ¿Se lo comunicaste a alguien? Vaya. Si alguna vez oí algo lleno de reticencia

es...

Le dije cómo se llamaba.

—David —añadí—. No se lo he dicho a nadie más de la familia. Si llegas a ver a

alguien, ciile que escribiré pronto. Estar comprometido me lleva la mayor parte de mi

tiempo.

David me dio instrucciones para llegar a su casa, el nombre de los vecinos que

tenían la llave y por fin comentó:

—Te digo, hermanito, que me alegro mucho por ti. —Nos despedimos con las

promesas habituales de que nos escribiríamos.

David había comprado la propiedad de Still Valley cuando trabajaba en una

firma de abogados de California. Con su sagacidad de siempre había elegido el lugar

con gran cuidado, asegurándose de que la casa de vacaciones tuviese mucho terreno

alrededor —cuatro hectáreas— y estuviese cerca del océano. Después gastó todo lo

que pudo en renovar y pintar completamente la casa. Cuando se fue a Nueva York

conservó la propiedad, seguro de que los valores de inmuebles en Still Valley

aumentarían mucho. Seguramente el valor de la casa se había cuadruplicado desde

entonces y con ello quedaba probado una vez más que David no era ningún tonto.

Cuando Alma y yo recogimos las llaves que tenían el pintor y su mujer dedicada a la

cerámica, unos cuantos kilómetros abajo sobre el camino del valle, nos internamos en

una ruta de tierra que llegaba hasta el océano. Oímos y olimos el Pacífico antes de ver

la casa. Y cuando Alma la vio, Alma me dijo:

—Don, aquí debemos venir a pasar nuestra luna de miel. Tenía una idea

totalmente diferente del lugar, por haber aludido siempre David a la casa como «la

cabaña». Lo que había esperado encontrar era una casita de madera de dos o tres

habitaciones, sin agua corriente, un refugio donde descansar, tomar cerveza y jugar

al póquer. En lugar de ello, resultó ni más ni menos lo que era, el juguete costoso de

un abogado joven y próspero.

—¿Y tu hermano tiene esta casa vacía todo el tiempo? —me preguntó Alma.

—Creo que pasa aquí tres o cuatro semanas todos los años.

—Increíble.

Nunca la había visto tan impresionada.

—¿Qué opina Tasker? —le pregunté.

—Halla que es increíble. Dice que se parece a Nueva Orleáns.

Debí haber pensado antes de hacer la pregunta.

Sin embargo, la descripción no dejaba de ser oportuna. La «cabaña» de David

era un alto edificio de dos plantas, de un blanco deslumbrante y de estilo español,

con balcones de hierro forjado delante de las ventanas del piso alto. La maciza puerta

principal estaba flanqueada por gruesas columnas. Detrás de la casa se veía el océano

azul e infinito a una gran altura. Saqué nuestras valijas de la baulera del automóvil,

subí los escalones y abrí la puerta. Alma me siguió.

Después de atravesar un pequeño vestíbulo embaldosado llegamos a un cuarto

enorme con un piso en distintos niveles. Estaba totalmente cubierto por una espesa

alfombra blanca. En diferentes sectores había pesados sofás y mesitas de vidrio. Las

vigas descubiertas habían sido pulidas y barnizadas y cruzaban todo el cielo raso.

Sabía lo que hallaríamos cuando recorriésemos la casa. Sabía que habría una

sauna y una instalación para baños turcos, otra muy costosa de estereofonía, un

«Cuisinart» en la cocina, un estante lleno de libros de pornografía instructiva en el

dormitorio... y encontramos todo eso al ir de un cuarto al siguiente. También una

Betamaz, un estante para pan francés que servía para exhibir adornos de arte

decorativo, una cama del tamaño de una piscina de natación, un bidet en cada uno

de los cuartos de baño. Casi de inmediato me sentí preso dentro de los fantaseos de

otra persona. No tenía idea de que David hubiese ganado tanto dinero durante los

años que pasó en California, ni tampoco que sus gustos se hubiesen mantenido

siempre en el nivel de un joven ejecutivo un tanto vulgar.

—No te gusta, ¿no? —preguntó Alma.

—Me sorprende.

—¿Cómo se llama tu hermano?

Se lo dije.

—¿Y dónde trabaja?

Alma hizo un gesto afirmativo cuando mencioné la firma, no el gesto que

habría hecho «Rachel Varney», sino uno de lejana ironía, como si hubiese controlado

el nombre en una lista que tuviese.

Claro era que estaba en lo cierto. No mc agradaba aquel palacio encantado de

David, pero allí estábamos y debíamos pasar unas noches en la casa. Y Alma la

aceptó como si fuese la propia. Pero mientras ella cocinaba en la cocina repleta de los

últimos aparatos y adelantos, yo cada vez me sentía más irritado. Encontraba que se

había adaptado a la casa en un grado increíble y que sutilmente se había

transformado de la estudiosa de Virginia Woolf en una ama de casa de los suburbios.

De pronto la imaginé comprando grandes bolsas de papas fritas en d supermercado.

Veo que nuevamente estoy condensando muchas ideas relativas a Alma en un

solo párrafo, pero en este caso lo que resumo son las impresiones de dos días, no de

tres veces en varios meses. El cambio, además, era una cuestión de grado. A pesar de

ello tenía la sensación incómoda de que así como en su departamento había sido la

personificación perfecta de la muchacha rica y bohemia, en la casa de David

mostraba indicios de una personalidad apropiada más bien para los baños lujosos y

las saunas. Cada vez era más locuaz. Los comentarios sobre la forma en que

viviríamos después de casados se convirtieron en ensayos. Descubrí dónde

tendríamos nuestra base cuando viajásemos —en Vermont—, cuántos chicos

tendríamos —tres— y muchas cosas más.

Lo que era peor, comenzó a hablar cada vez más de Tasker Martin.

—Tasker era un hombre grande, Don, con hermoso pelo blanco, un rostro

enérgico y ojos azules muy penetrantes. Lo que le gustaba a Tasker era... ¿Te conté

alguna vez que Tasker...? Un día Tasker y yo...

Esto, más que nada, marcó el fin de mi pasión por ella.

Pero aun entonces me costaba mucho aceptar que mis sentimientos habían

cambiado. Cuando hablaba del carácter de nuestros hijos, me descubría a mi mismo

cruzando los dedos y estremeciéndome de horror. Cuando advertía estos

sentimientos, me repetía: «Pero estás enamorado, ¿no? ¿No puedes siquiera soportar

el fantaseo sobre Tasker Martin? ¿Por ella?»

El mal tiempo empeoró las cosas. Si bien tuvimos sol el día que llegamos,

durante nuestra primera noche el valle se sumió en una niebla oscura y espesa que

duró los tres días subsiguientes. Cuando miraba el océano por las ventanas de los

fondos de la casa, tenía la sensación de que nos rodeaba por todas partes, gris y

deprimente. (Sin duda, esto es lo que «‘Saul Malkin» imagina en su cuarto de hotel

de París con «Rachel Varney») A veces se distinguía la mitad del camino que surcaba

el valle, pero otras no se veía más allá del brazo extendido. Hasta una linterna

encendida en medio de esa humedad gris se habría desalentado.

Allí estuvimos, pues, esas mañanas y tardes en la casa de David, con la

niebla gris que se deslizaba detrás de las ventanas y el ruido de las olas al batir la

costa. Se hubiera dicho que en cualquier momento el agua llegaría y se filtraría por

debajo de la puerta. Alma estaba eleganteme instalada en uno de los sofás, con una

taza de té, o bien un plato con una naranja cortada en gajos.

—Tasker decía siempre que sería la mujer más bonita de los Estados Unidos

cuando cumpliera los treinta años. Bien, tengo veinticinco ya y creo que lo

desilusionaré. Tasker decía siempre que...

Lo que yo sentía era

temor.

La segunda noche se levantó de la cama, desnuda. Me despertó y me senté en la

cama, frotándome los ojos en la semioscuridad. Cruzó el dormitorio frío y gris en

dirección a la ventana. No había corrido los cortinados y Alma permaneció allí, de

espaldas a mí, mirando... mirando... no había nada. Las ventanas del dormitorio

miraban al océano, pero aunque oíamos los fríos ruidos del agua durante toda la

noche, no se veía nada por la ventana, salvo las olas de niebla gris. Pensé que diría

algo. Su espalda era muy larga y pálida en el cuarto casi oscuro.

—¿Qué te pasa, Alma? —le pregunté.

No se movió, ni habló.

—¿Sucede algo? —Su piel tenía algo de inerte, como el mármol blanco y helado

—. ¿Qué sucedió?

Se volvió apenas hacia mí y dijo entonces:

—Vi un fantasma.

(Esto es, al menos, lo que le dice «Rachel Varney» a «Saul Malkin». ¿Pero dijo

realmente Alma «Vi un fantasma?» No podía estar seguro de ello, pues habló en voz

muy baja. Estaba ya harto de Tasker Martin y mi primera reacción fue una queja.

Pero si ella hubiese dicho

Soy un fantasma, ¿habría respondido yo de otra manera?)

—Vamos, Alma —dije, con más paciencia de la que habría mostrado de día. El

frío que reinaba en el cuarto, la ventana oscura y el cuerpo alargado y blanco de esa

mujer, todo ello hacía de Tasker una presencia más real que antes. Me sentí un poco

asustado.

—Dile que se vaya —le dije— y vuelve a la cama.

Fue inútil. Alma recogió la bata de la cama, se cubrió con ella y se sentó,

volviendo su silla hacia la ventana.

—¡Alma! —dije.

No repuso ni se volvió. Volví a tenderme y por fin me dormí otra vez.

Después del fin de semana largo pasado en Still Valley las cosas marcharon

hacia su desenlace inevitable. A menudo temía que Alma estuviese medio loca.

Nunca me explicó su conducta de aquella noche y después de lo que le pasó a David,

llegué a preguntarme si todos sus actos formaban parte de lo que en un momento yo

había llamado un juego, si Alma no habría estado manipulando en forma traviesa y

deliberada mis propios sentimientos y mi mente. Mujer rica y pasiva, terrorista

amiga de lo oculto, estudiosa de Virginia Woolf, loca o poco menos.., nada era

coherente en ella.

Seguía proyectándonos a ambos hacia el futuro, pero después de Still Valley

comencé a buscar pretextos para evitarla. Creía amarla, pero mi amor estaba teñido

de temor. Tasker, Greg Benton, los perversos miembros de la X.X.X... ¿Cómo casarme

con todo

eso?

Y después sentí una repugnancia física, además de moral. En los dos meses que

siguieron a nuestro fin de semana en Still Valiey, habíamos dejado prácticamente de

tener relaciones sexuales, aunque a veces solía pasar la noche con ella. Cuando la

besaba, cuando la abrazaba o la tocaba, me oía a mí mismo repetirme:

no falta mucho

ya.

Mi enseñanza, con la excepción de chispazos de inspiración poco frecuentes en

las clases de técnica narrativa, se había vuelto algo lejano y monótono. Había dejado

enteramente de escribir. Un día Lieberman me citó en su oficina y cuando llegué allí,

me dijo:

—Uno de mis colegas me comentó su conferencia sobre Stephen Crane. ¿ Es

posible que haya dicho en ella que «La Insignia Roja» era una historia de fantasmas

sin fantasmas? —Hice un gesto afirmativo—. ¿Por favor, puede explicarme qué quiso

decir? —preguntó.

—No sé qué quise decir. Estaba distraído. Perdí el control de mis medios

retóricos.

Lieberman me miró, disgustado.

—Había supuesto yo que su comienzo aquí era muy bueno —declaró. Supe

entonces que no se planteaba ya la posibilidad de quedarme un año más en la

universidad.

5

Entonces, Alma desapareció. Me había obligado, como suele hacerlo la gente en

apariencia débil para imponer su voluntad, a que nos encontrásemos a almorzar en

un restaurante cerca del parque de la universidad. Fui allá, conseguí una mesa,

esperé media hora y por fin decidí que no vendría. Me había preparado para más

fantasías sobre lo que haríamos en Vermont y no tenía mucho apetito, pero mi alivio

fue tal cuando no llegó que comí una ensalada y volví a casa.

No me llamó esa noche. Soñé que iba sentada en la proa de un botecito,

alejándose con la corriente por un canal y sonriendo con aire enigmático, como si

darme un día y una noche de libertad fuese el último acto de la charada.

Al llegar la mañana, empecé a preocuparme. Llamé por teléfono varias veces durante

el día, pero no estaba en casa, o bien no contestaba al teléfono. (Eso evocó una

imagen nítida. Varias veces, estando yo en su departamento, había dejado sonar el

teléfono hasta que cesaba.) Al llegar la noche creía ya estar libre de ella y sabía que

haría cualquier cosa por no volver a verla. Llamé por teléfono dos veces más durante

la noche y me quedé encantado de no haber obtenido respuesta. Por último me

quedé levantado hasta las dos de la madrugada, escribiendo una carta en la cual le

anunciaba que nuestra relación había terminado.

Antes de mi primera clase me dirigí al edificio donde vivía. Me latía muy fuerte

el corazón, pues temía verla por accidente y tener que expresar frases que sonaban

mucho más convincentes por escrito. Subí los escalones y vi que los cortinados

estaban corridos en sus ventanas. Empujé la puerta cerrada con llave y estuve a

punto de apretar el timbre, pero en lugar de hacerlo, deslicé mi carta entre la ventana

y el marco, donde vería su nombre tan pronto como se aproximase por los escalones

de acceso. Y entonces... no tengo otro término para describirlo... huí.

Desde luego ella conocía mi horario de clases y supuse que la vería, quizá,

vagando fuera de un aula o sala de conferencias, con mi carta llena de frases

convencionales en la mano y con una sonrisa provocativa en el rostro. Pasó, no

obstante, toda mi jornada de clase sin que la viese.

El día siguiente fue semejante al anterior. Me preocupaba la posibilidad de que

pudiese haberse suicidado. Deseché tal pensamiento, fui a mis clases, en la tarde

llamé por teléfono y tampoco obtuve respuesta. Comí en una taberna y luego fui

caminando a la calle donde vivía y vi el rectángulo blanco con mi traición metido aún

contra el marco de la ventana. Una vez en casa estuve indeciso entre descolgar el

auricular del teléfono o bien dejarlo en su sitio, pues para entonces debo admitir que

tenía la esperanza de que me llamase.

Al día siguiente tenía una clase de literatura norteamericana a las dos de la

tarde. Para llegar al edificio donde la dictaba tenía que atravesar una ancha plazoleta

de ladrillo. Siempre estaba llena de gente, de estudiantes que instalaban mesitas

donde se podía firmar petitorios en defensa del uso legal de la marihuana, o bien

declararse partidario de la homosexualidado de la protección de la ballena. Los

estudiantes pasaban por ella en grandes números. En medio de ella vi a Helen Kayon

por primera vez desde la noche en la biblioteca. Rex Leslie iba a su lado e iban

tomados de la mano. Tenían aspecto de sentirse felices. Una felicidad animal los

rodeaba como una cápsula transparente. Me volví para no seguir viéndolos, pues me

sentí como uno de los seres abandonados que frecuentan ciertas calles de la ciudad.

Me di cuenta de que hacía dos días que no me afeitaba, no me miraba al espejo y no

me cambiaba la ropa.

Y cuando aparté los ojos de Helen y Rex, vi a un hombre alto y pálido

con la cabeza rapada y ojos oscuros, que me miraba desde donde estaba junto a la

fuente. El chico de expresión vacía, descalzo y vestido con sus vaqueros destrozados,

estaba sentado a sus pies. Hallé a Greg Benton más alarmante aún que cuando lo vi

frente a El Ultimo Escollo. De pie al sol junto a una fuente, tanto él como su hermano

eran unas apariciones horrorosas, como un par de tarántulas. Hasta los estudiantes

de Berkeley, que habían visto bastantes ejemplares humanos extraños, parecían

evitarlos. Ahora que sabía que yo lo había visto, Benton no me habló ni me hizo gesto

alguno, sino que toda su actitud, el ángulo de su cabeza afeitada, la forma de pararse

eran una sola cosa, una expresión de su furia. Era como si yo hubiese provocado esa

furia al haber hecho algo con impunidad. En la plaza bañada de sol, Benton era una

mancha sombría e iracunda, una especie de cáncer.

Luego me di cuenta de algo más. Por algún motivo, Benton se sentía impotente.

Me miraba con odio porque era lo único que

podía hacer. No pude menos que

bendecir para mis adentros la presencia de los centenares de estudiantes.

Seguidamente, se me ocurrió que Alma estaba en dificultades, O en peligro. O

muerta.

Me alejé de Benton y de su hermano y caminé de prisa hacia el portón al final

de la plazoleta. Cuando crucé la calle, me volví para mirar a Benton. Había sentido

que me observaba mientras yo huía, había sentido su fría satisfacción. Sin embargo,

no había rastros de él ni de su hermano. La fuente lanzaba sus chorros, los

estudiantes paseaban. Hasta vi fugazmente a Helen y a Rex entrar en Sproul Hall,

pero el cáncer se había esfumado.

Cuando llegué a la calle de Alma sentí que mi temor era absurdo. Sabía que era

una reacción a mi sentido de culpa. ¿Acaso no había ella indicado el momento de

nuestra separación final al no acudir a nuestra cita en el restaurante? El hecho de que

yo estuviese sufriendo al pensar en su seguridad era una forma más de su

manipulación de mis sentimientos. Contuve el aliento. Acababa de ver que los

cortinados del departamento de Alma estaban descorridos y que el sobre no estaba

ya.

Corrí por la calle y por la escalera. Inclinándome hacia un costado me era

posible mirar por la ventana. No había nada. Habían vaciado el cuarto. El piso de

madera que había estado cubierto por las alfombras de Alma estaba desnudo. Y

sobre él estaba mi carta. Sin abrir.

6

Volví a casa en un estado de atontamiento que duró varias semanas. No

alcanzaba a comprender qué había pasado. Sentía un alivio enorme y al mismo

tiempo una gran sensación de pérdida. Seguramente dejó su departamento el día que

debíamos encontrarnos en el restaurante. ¿Qué había estado pensando ella? ¿En un

último chiste? O bien ¿sabía que todo había terminado, que había terminado desde

que fuimos a Still Valley? ¿Estaba desesperada? Costaba creerlo.

Y si yo había tenido tanta impaciencia por librarme de ella, ¿por qué tenía la

sensación ahora de estar arrastrándome por un mundo que no tenía sentido? Con la

partida de Alma, me encontraba en un mundo vacío, el de causa y efecto, el de la

matemática. Si bien no sufría ya aquel extraño horror que ella me había inspirado,

tampoco tenía el misterio de su presencia. El único misterio que me quedaba era el de

ignorar adónde había ido, aparte del otro, mucho mayor, de su verdadera identidad.

Bebía mucho y faltaba a mis clases. Dormía la mayor parte del día. Era como si

tuviese una enfermedad generalizada que me quitase la energía y me impidiese

ocuparme de nada, salvo dormir y pensar en Alma. Cuando al cabo de una semana

empecé a sentirme mejor, recordé haber visto a Benton en la plazoleta y me imaginé

entonces que se había mostrado enojado porque sabía que lo que yo había

conseguido era salvar la propia vida.

Cuando reanudé mi asistencia a las clases, vi a Lieberman otra vez. Lo encontré

en uno de los pasillos después de un período y al principio apartó la cabeza y temí

que fingiese no verme, pero luego reconsideró la idea y fijando la vista en mí, me

dijo:

—Pase a mi oficina un momento, ¿quiere, Wanderley? —También él estaba

enojado, pero me sentía capaz de encarar su enojo. Quiero decir que era enojo

humano, ¿pero acaso hay enojo que no lo sea? ¿El de un hombre lobo?

—Sé que lo he desilusionado —le dije—, pero tuve complicaciones en mi vida.

Me enfermé. Terminaré el semestre tan dignamente como pueda.

—¿Que me desilusioné? Es decir poco —afirmó Lieberman y se apoyó en el

respaldo de su sillón, con los ojos chispeantes de enojo—. Creo que nunca alguien

entre nuestro personal contratado nos defraudó hasta este punto. Después de haberle

confiado yo una conferencia importante, parece que no hizo más que juntar los

peores lugares comunes —la peor

basura— que quepa imaginar. —Lieberman trató

de caimarse—. Y ha faltado a más clases que nadie en la historia de nuestros cursos,

desde que el poeta alcohólico intentó incendiar la oficina de matrículas. En resumen,

se mostró descuidado, holgazán, desordenado... Es una vergüenza su actuación. Sólo

quiero que sepa lo que pienso de usted. Sin ayuda de nadie logró poner en peligro

todo nuestro programa de atraer a escritores. Este programa está dirigido, debo

decirle. Tenemos que rendir cuentas a un consejo asesor. Tendré que defenderlo a

usted, por mucho que me disguste hacerlo.

—No lo culpo por toda su reacción —dije—. Caí en una situación muy extraña...

temo que haya estado al borde de una crisis nerviosa.

—Pues yo me pregunto cuándo ustedes, los llamados seres creadores llegarán a

comprender que no pueden hacer lo que quieran con esa impunidad.

El estallido hizo sentirse mejor a Lieberman. Con las yemas de los dedos juntas,

me miró por arriba de ellas.

—Espero —añadió— que no pretenda que le dé recomendaciones inmejorables.

—Desde luego que no —dije. En aquel punto se me ocurrió algo—. Desearía

hacerle una pregunta.

Lieberman hizo un gesto afirmativo.

—¿Alguna vez oyó hablar de un profesor de literatura de la universidad de

Chicago llamado Alan McKechnie? —Lieberman me miró sorprendido y entrelazó

los dedos—. En realidad no sé bien qué estoy preguntándole. Me pregunté si no

sabrá usted algo de él.

—¿Qué diablos quiere decirme?

—Despierta mi curiosidad, eso es todo.

—Bien, le diré lo poco que sé —dijo, levantándose al mismo tiempo. Se acercó

entonces a la ventana desde la cual se veía perfectamente la plazoleta—. Pero no me

gustan los chismes, le diré.

Según lo que yo sabía, le encantaban los chismes, como a la mayoría de los

profesores.

—Conocí a Alan un poco. Estuvimos juntos en un simposio sobre Robert Frost

hace cinco años. Hombre muy sólido. Con algo de tomista, pero suele ocurrir en

Chicago, ¿no? Con todo, gran inteligencia. Tenía, además, una hermosa familia.

—¿Hijos? ¿Mujer?

Lieberman me miró con suspicacia.

—Claro. Es lo que hizo todo tan trágico. Aparte de la pérdida de sus

contribuciones a la especialidad, por supuesto.

—Cierto. Lo había olvidado.

—Oiga. ¿Qué sabe? No pienso difamar a un colega por el simple...

—Hubo una mujer —dije.

Lieberman asintió, satisfecho.

—Sí. Según parece. Oí hablar de ello en la última conferencia de la Asociación

de Lenguas Modernas. Uno de sus colegas de Departamento me lo conté. Lo

sedujeron.

Esta chica lo perseguía, sencillamente. Lo acosaba. La Belle Dame Sans

Merci, en una palabra; entiendo que por fin él cayó bajo e! hechizo. Era una de sus

estudiantes de posgrado. Desde luego, estas cosas suceden, suceden todo el tiempo.

Una chica se enamora de su profesor, logra seducirlo, a veces lo lleva a que abandone

su mujer, otras, la mayor parte, no. La mayoría de nosotros tenemos mayor sentido

común —dijo y tosió. Para mis adentros sentí profundo desprecio por el hombre—.

Bien, no fue el caso de él. Se desintegró. La chica lo arruinó. Al final se suicidó. Según

entiendo, la chica desapareció en la noche, como dicen los amigos del Departamento

de Inglés. Pero, qué tiene que ver esto con usted es algo que no alcanzo a imaginar.

Alma había falseado todos los hechos de la historia de McKechnie. Me pregunté

qué más entre lo que decía había sido mentira. Cuando volví a casa llamé por

teléfono a de Peyser, F. Contestó una mujer.

—¿Señora de Peyser?

Era la señora de Peyser.

—Le ruego que me perdone por el hecho de llamarla por algo que puede ser un

caso de error de identidad, señora. Soy Richard Williams del First National Bank de

California. Tenemos una solicitud de préstamo de una señorita Mobley, quien ha

dado su nombre como referencia. Estoy haciendo las averiguaciones habituales. La

menciona a usted como su tía.

—¿Como su qué? ¿Cómo se llama?

—Alma Mobley. El problema es que olvidó dar su dirección y su número

telefónico, señora, y que hay varias señoras de Peyser en el sector de la Bahía de San

Francisco. Necesitaría los datos correctos para nuestro informe.

—Bien, no soy yo. Jamás oí hablar de nadie llamado Alma Mobley. Puede usted

estar seguro.

—¿No tiene una sobrina llamada Alma Mobley que realiza estudios de

posgrado en Berkeley?

—No. Le sugiero que vuelva a hablar con esta señorita y le pida la dirección de

su tía para no seguir perdiendo el tiempo.

—Lo haré inmediatamente, señora de Peyser.

El segundo semestre transcurrió como un gran borrón anegado de lluvia.

Trabajaba laboriosamente en un nuevo libro, pero avanzaba. No sabía cómo crear

algo de Alma. ¿Era una Belle Dame Sans Merci, como había dicho Lieberman? ¿Era

una mujer que se encontraba en los límites del equilibrio mental? No sabía cómo

encararla como posible personaje de novela y mis primeros intentos siguieron tantas

direcciones distintas que podrían haber figurado como ejemplos de lo que no debe

hacer un narrador. Además, hallaba que el libro requería un segundo elemento, un

elemento que no visualizaba por ahora, antes de que se fraguase la trama.

En abril, David me llamó por teléfono. Estaba entusiasmado, feliz, rejuvenecido

como hacía años que no lo oía.

—Tengo noticias increíbles —me dijo—. Noticias fantásticas. No sé cómo

dártelas.

—Robert Redford te compró la historia de tu vida para hacer una película.

—¿Qué dijiste? Vamos, no bromees. No, la verdad es que me cuesta un poco

decírtelo.

—¿Por qué no empiezas por el principio?

—Muy bien, muy bien, es lo que haré, tonto. Hace dos meses, el 3 de febrero, la

mente del abogado, estaba en Columbus Circus, pues debía ver a un cliente. Hacía

un mal tiempo horroroso y tuve que compartir un taxi al ir otra vez a Wall Street.

Mala noticia hasta ahora, ¿no? El caso es que me encontré sentado junto a la mujer

más hermosa que hubiese visto en toda mi vida Quiero decirte que era tan hermosa

que sentí la boca reseca. No sé de dónde saqué el valor necesario, pero cuando

llegamos a la altura del Parque, la invité a cenar. No es lo habitual que haga cosas

como ésta.

—No, no sueles hacerlas. —David era un abogado demasiado serio para invitar

a desconocidas. Nunca en su vida había ido, creo, a uno de los bares a donde van

hombres solos a buscar compañía.

—Y bien, esa muchacha y yo nos entendimos en seguida. Esa semana nos vimos

todas las noches. Y he seguido viéndola desde entonces. La verdad es que pensamos

casarnos. Pero esto es sólo la mitad de la noticia.

—Te felicito —le dije—. Y te deseo mejor suerte que la mía.

—Ahora llegamos al punto difícil. El nombre de esta mujer extraordinaria es

Alma Mobley.

—No puede ser.

—Espera. Espera un minuto. Don, sé que esto te choca, pero ella me contó todo

lo que sucedió entre ustedes y considero esencial que sepas cuánto lamenta ella todo

lo ocurrido. Hablamos extensamente de esto. Sabe que hirió rus sentimientos, pero

estaba convencida de no ser la mujer para ti. Y tú no eres el hombre para

ella.

Además, andaba junto a un grupo de mala fama, allá en California. Dice que estaba

alterada. Teme, en fin, que tengas un concepto de ella completamente equivocado.

—Exactamente. Tengo ese concepto —dije—. Todo en ella es quivocado. Es una

especie de bruja. Es destructiva.

—Calla.

Estoy por casarme con esta mujer, Don. No es la persona que imaginas.

Ah, cuánto hablamos sobre esto. Es obvio que tú y yo también tendremos que hablar

muchísimo. En realidad, tenía la esperanza de que pudieses tomar el primer avión y

venir este fin de semana a Nueva York para que conversemos con calma y aclaremos

todo. Estaré encantado de pagarte el pasaje.

—Ridículo. Háblale de Alan McKechnie. Espera ver qué te dice. Después, yo te

diré la verdad.

—No, espera, hermano, ya hemos hablado de ese tema. Sé que te dio una

versión inexacta del episodio con McKechnie. ¿No alcanzas a imaginar cómo quedó

de abrumada? Por favor, ven, Don. Los tres hablaremos horas.

—No pienso ir —repuse—. Alma es una especie de Circe.

—Mira. Estoy en la oficina, pero te llamaré más adelante en la semana,

¿quieres? Tenemos que aclarar las cosas. No quiero que mi hermano tenga un mal

concepto de mi mujer.

¿Mal concepto? Lo que sentía era horror.

Esa noche David volvió a llamarme. Le pregunté si había conocido ya a Tasker.

O si estaba enterado de la relación de Alma con la X.X.X.

—Mira, veo ahora de dónde sacaste esas ideas equivocadas. Alma inventó todo

eso, Don. Estaba un poco alterada cuando vivía en California. ¿Además, a quién se le

ocurre tomar en serio todas esas patrañas? Nadie aquí en Nueva York oyó hablar

nunca de la X.X.X. En California, la gente se obsesiona por cosas triviales.

¿Y la señora de Peyser? Alma le había comentado que como yo era tan

absorbente, la había inventado para contar con un poco de tiempo para si.

—Quiero preguntarte algo, David —le dije entonces—. ¿Alguna vez, aunque

sea sólo una, no la has mirado o tocado y sentido... algo raro? ¿Como si, a pesar de tu

fuerte atracción física hacia ella, sintieras cierta repugnancia de tocarla?

—No puedes hablar en serio.

No me permitió apartarme poco a poco del tema de Alma Mobley, como yo

quería hacerlo. No estaba dispuesto a hablar de otra cosa. Me llamaba desde Nueva

York tres o cuatro veces por semana, cada vez más preocupado por mi negativa a

aceptar razones.

—Don, tenemos que hablar de esto. Me siento sumamente mal frente a ti.

—No tienes por qué.

—Quiero decir que no comprendo tu actitud en cuanto a esto. Sé que debes

sentir una amargura terrible. Ah, si hubiese ocurrido lo contrario y Alma hubiese

desaparecido de mi vida para decidir casarse contigo, creo que me habría

desmoronado. Pero a menos que admitas tu rencor, nunca podremos llegar a hacer

algo para que se te borre.

—No tengo ningún resentimiento, David.

—Sé sincero, hermanito. Tenemos que hablar de esto alguna vez. Alma y yo

pensamos lo mismo.

Uno de mis problemas era que no sabía hasta qué punto las suposiciones de

David eran correctas. Era verdad que sentía rencor contra David y contra Alma, pero,

¿era solamente este rencor que me hacía estremecerme ante la idea de que se

casaran?

Un mes después, al cabo de muchas conversaciones de una costa a la otra,

David llamó para anunciarme que .iba a darme un descanso de las persecuciones de

mi hermano mayor. Tenía un asunto en Amsterdam y pensaba volar allá por cinco

días.

—Alma no ha visto Amsterdam desde niña y me acompañará. Te mandaré una

tarjeta postal. Hazme el favor de reflexionar seriamente sobre nuestra situación,

¿quieres? —me dijo.

—Haré lo posible —repuse—. Pero creo que te preocupa demasiado lo que yo

pienso.

—Lo que piensas tiene importancia para mí.

—Muy bien —dije—. Ten cuidado.

¿Qué quise decir con

eso?

A veces imaginaba que tanto David como yo no habíamos juzgado

debidamente las maquinaciones de Alma. Supongamos, pensé, que Alma hubiese

arreglado ese encuentro con David. Que lo hubiese buscado en forma intencional. Al

pensar en esto, Gregory Benton y las historias sobre Tasker Martin me parecían

mucho más siniestras. Era como si ellos, además de Alma, estuviesen siguiendo los

pasos de David.

Cuatro días más tarde recibí un llamado de Nueva York en el que me

comunicaron que David había muerto. Era uno de sus socios, Bruce Putnam. La

policía holandesa había llamado a la oficina.

—¿Quiere viajar allá, Wanderley? —me preguntó Putnam—. Querríamos que se

ocupe usted a partir de este punto. Le pido que nos mantenga informados, por favor.

Queríamos y respetábamos mucho a su hermano en esta firma. Ninguno de nosotros

se explica qué pudo haber sucedido. Parecería que cayó desde una ventana.

—¿Tuvo noticias de su novia?

—¿Tenía novia? Imagínese... nunca lo dijo. ¿Estaba con él?

—Desde luego —repuse—. Seguramente vio todo. Tiene que saber lo que

sucedió. Tomaré el primer avión que parta.

Al día siguiente había un avión para el aeropuerto de Schiphol y desde allí

tomé un taxi hasta la seccional de la policía que había enviado el cable a la oficina de

David. Lo que me informaron allí puede reducirse a unos pocos pormenores: David

había caído a través de una ventana y pasado sobre un balcón que le llegaba a la

altura del pecho. El dueño del hotel oyó el alarido, pero nada más; fuera de esto, ni

voces ni disputa. Se creía que Alma lo había dejado. Cuando la policía entró en el

cuarto, no había ninguna prenda de ella en los armarios.

Fui al hotel, estudié el alto balcón de hierro y me alejé para revisar el armario

empotrado abierto. Colgaban en el interior tres de los elegantes trajes de Brooks de

David, y debajo había dos pares de zapatos. Incluyendo lo que llevaba puesto

cuando se mató, había llevado cuatro trajes y tres pares de zapatos para una visita de

cinco días. Pobre David.

7

Dispuse la cremación y dos días después me encontré en un crematorio glacial

viendo deslizarse el ataúd de David por unos rieles y detrás de una cortina verde con

flecos.

Dos días más tarde estaba de regreso en Berkeley. Mi departamentito me

parecía una celda, algo poco familiar. Era como si me hubiese alejado para siempre

de la persona que era cuando buscaba con afán, material sobre James Fenimore

Cooper en las revistas de literatura. Comencé a preparar

El centinela nocturno, sobre la

base de unas cuantas ideas sumamente vagas y volví a preparar mis clases. Una

noche llamé por teléfono al departamento de Helen Kayon con la idea de invitarla a

salir y beber algo, para poder contarle acerca de Alma y de mi hermano, pero

Meredith Polk me dijo que la semana anterior Helen y Rex Leslie se habían casado.

Descubrí que durante el día me quedaba dormido a ratos y de noche me acostaba a

las diez. Bebía demasiado, pero no lograba embriagarme. Si sobrevivía a ese año,

pensé que quizás iría a México a tomar sol y trabajar en mi libro.

Y escaparía también a mis alucinaciones. Una vez desperté cerca de la

medianoche y oí a alguien en mi cocina. Cuando me levanté de la cama para ver

quién era, vi a mi hermano David cerca de la cocina, con la cafetera en una mano.

«Duermes demasiado, hermanito», me dijo. «No quieres una taza?» Y otra vez,

mientras hablaba de una novela de Henry James a una sección de mi curso de

comentarios de novelas, vi en uno de los asientos, no a la pelirroja que estaba seguro

debía ver allí sino... otra vez a David, con el rostro cubierto de sangre y el traje

destrozado, haciendo gestos de orgullo ante mis inteligentes comentarios sobre el

Retrato de una dama.

Pero me faltaba hacer un descubrimiento más antes de mi viaje a México. Un

día fui a la biblioteca y en lugar de dirigirme a los anaqueles de revistas de crítica, fui

a la sección de consulta y encontré un ejemplar de

Quién es Quién del año 1960. El año

elegido era algo más o menos arbitrario, pero si Alma tenía veinticinco años cuando

la conocí, seguramente había tenido nueve o diez en 1960.

Robert Mobley figuraba en el libro. Dentro de lo que puedo recordar, su

referencia era la siguiente. La leí muchísimas veces y por último hice una fotocopia

de ella.

MOBLEY, ROBERT OSGOOD, pintor y acuarelista. Nac. en Nueva Orleáns,

Louisiana, el 23 de febrero de 1909. Hijo de Felix Morton y de Jessica (Osgood); Licen.

Yale, 1927. Casado con Alice Whitney el 27 de agosto de 1936. Hijos, Shelby Adam y

Whitney Osgood.

Muestras: Flager Gallery, Nueva York; Winson Galleries, Nueva York; Galerie

Flam, París; Schlegel, Zurich; Galería Esperance Roma. Premio Paleta de Oro, 1946;

Premio Pintores Regionales Sureños, 1952, 1955, 1958. Sus obras figuran en los

siguientes museos: Ada May Lee Lebow Museum, Nueva Orleáns; Louisiana Fine

Arts Museum; Instituto de las Artes de Chicago; de Bellas Artes de Santa Fe, Centro

de Arte de Rochester. Teniente de navío, Marina de los Estados Unidos, 1941-1945.

Miembro de la Sociedad de la Paleta de Oro, Liga Regional de Artistas Sureños;

Liga Norteamericana de Artistas; Academia Norteamericana de Pintura al Óleo.

Clubs: Links Golf; Deepdale Golf; Meadowbrook; Century (Nueva York), Lifford Cay

(Nassau), Garrick (Londres). Autor de «Pasé por aquí». Residencias: 38957 Canal

Boulevard, Nueva Orleáns, Louisiana, 18 Church Row, Londres NW3, Inglaterra;

«Dan la Vigne», Route de la Belle lsnard, St. Tropez 83, Francia.

Este rico hombre de mundo y artista había tenido dos hijos, ninguna hija. Todo

lo que Alma me había dicho —y probablemente le había dicho a David— era un

invento. Tenía un nombre ficticio y no tenía pasado. Podría haber sido un fantasma.

Pensé entonces en «Rachel Varney», una morena de ojos oscuros, con las apariencias

de la riqueza y un pasado misterioso. Vi, en fin, que David era el eslabón que faltaba

en el libro que estaba intentando escribir.

8

He pasado cerca de tres semanas escribiendo lo que antecede y no he hecho otra

cosa que recordar. No me encuentro más próximo a comprender algo que antes de

empezar.

Sin embargo, he llegado a una conclusión que quizá sea tonta. No me resisto ya

tanto a negar la existencia de una posible relación entre

El centinela nocturno y lo que

nos sucedió a David y a mí. Estoy en la misma posición que la Chowder Society,

lleno de incertidumbre sobre qué debo creer. Si llegan a invitarme a contar un cuento

en la sociedad, contaré lo que acabo de relatar aquí. Esta relación de mi historia junto

a Alma —no

El centinela nocturno— es mi historia para la Chowder Society. Puede ser

que no haya perdido el tiempo, después de todo. Me he creado la base para la novela

sobre el doctor Pata de Cabra y no estoy dispuesto a cambiar de parecer en cuanto a

un punto importante, que en este momento, puede ser el más importante. Cuando

comencé a escribir esto, la noche que siguió al funeral del doctor Jaffrey, pensé que

sería destructivo imaginarme a mí mismo dentro del paisaje y el ambiente de uno de

mis propios libros. Pero, ¿acaso no estuve dentro de ese paisaje, allá en Berkeley? Es

posible que mi imaginación haya sido más literal de lo que suponía.

Han estado sucedido varias cosas insólitas en Milburn. Aparentemente una

fiera desconocida mató una serie de animales de granja, vacas y caballos. ¡Oí decir a

un hombre en el

drug-store que los mató un ser procedente de un plato volador! Y lo

que es mucho más serio, un hombre murió, o bien lo mataron. Encontraron su cuerpo

cerca de un desvío de ferrocarril abandonado.Era un agente de seguros llamado

Freddy Robinson. Lewis Benedikt en particular quedó sumamente afectado por su

muerte, no obstante haber sido accidental, según parece. La verdad es que a Lewis

parece estar sucediéndole algo rarísimo: se ha vuelto distraído y nervioso, casi como

si se culpase por la muerte de Freddy Robinson.

También yo tengo la sensación extraña que quiero dejar consignada aquí, a

riesgo de sentirme un tonto cuando vuelva a leer esto en años futuros. Esta sensación

es absolutamente infundada y diría que es más una intuición que una sensación. Es

la sensación de que si comienzo a observar con mayor atención a Milburn y accedo a

hacer lo que me pide la Chowder Society, descubriré qué hizo caer a David por

encima de ese balcón en Amsterdam.

Pero la sensación más extraña, la sensación que activa la adrenalina en mi

interior, es la de que estoy por adentrarme en mi propia mente, por recorrer mi

territorio de lo que he escrito yo mismo, pero esta vez, sin la confortable cualidad de

lo ficticio. Esta vez, nada de «Saul Malkin». Sólo yo.

III

La ciudad

Narciso conrempló su propia imagen en el agua y lloró.

Un amigo pasó y le preguntó: «¿Por qué lloras, Narciso?».

«Porque mi rostro cambió», dijo él.

«Lloras porque envejeces?».

«No. Veo que no soy ya inocente. Hace mucho,

mucho que me contemplo y al hacerlo he perdido la inocencia.»

1

Como lo señaló Don en su diario, mientras estaba sentado en su cuarto, el

número diecisiete del Archer Hotel, reviviendo los meses junto a Alma Mobley,

Freddy Robinson perdió la vida. Y como también señaló, tres vacas de propiedad de

un granjero dueño de un tambo, llamado Norbert Clyde, aparecieron muertas. Clyde,

al dirigirse caminando a sus establos la noche del hecho, vio algo que le provocó tal

susto que se quedó sin aliento. Volvió corriendo a su casa y no se atrevió a salir otra

vez hasta el amanecer, cuando de todos modos era la hora de iniciar sus tareas y

debía salir. Su descripción de la figura que vio inspiró a algunos de los espíritus más

excitables de Milburn la versión del ser escapado de un plato volador oída por Don

en el

drug-store. Tanto Walt Hardesty como el agente rural, quienes revisaron las

vacas muertas habían oído dicha historia, pero ninguno de los dos era

suficientemente crédulo para aceptarla. Walt Hardesty, como sabemos, tenía sus

propias ideas. Tenía lo que consideraba buenos motivos para creer que unos cuantos

animales más caerían desangrados totalmente y luego los episodios cesarían. Su

experiencia frente a Sears James y Rick Hawthor no lo llevó a reservarse para sí sus

conjeturas, sin compartirlas con el agente rural, quien por su parte optó por pasar por

alto ciertos hechos obvios y llegar a la conclusión de que en algún sector del condado

un perro de gran tamaño se había vuelto asesino. En este sentido presentó su informe

y luego volvió a su oficina regional, terminada su tarea de investigar los hechos.

Elmer Scales, quien se había enterado de lo ocurrido a las vacas de Norbert Clyde y

por naturaleza tenía bastante inclinación a creer en platos voladores, permaneció tres

noches sentado junto a la ventana de su

living-room, con una escopeta de calibre doce

apoyada en las rodillas

(...Ven de Marte, chico, vendrás, sí, pero veremos cuánto brillas

cuando te mcta mis municiones dentro.)

De ninguna manera podría haber previsto ni

comprendido entonces lo que haría con esa escopeta dos meses después. Walt

Hardesty, a quien le tocaría limpiar lo que quedó de Elmer, estaba conforme con

tomar las cosas con calma hasta el hecho raro siguiente y con pensar cómo lograría

que los dos abogados se confiaran a él. Los dos abogados, y su amigo Lewis

Benedikt. Sabían algo que callaban y sabían algo asimismo sobre su antiguo

camarada el doctor Drogadicto Jaffrey. Era verdad que no reaccionaban

normalmente,

se dijo Hardesty cuando se acostó en el cuarto vacío que tenía al lado de su oficina.

Junto a su catre depositó en el piso una botella de whisky. No, señor. Don Ricky

snob

Hawthorne cornudo y don Sears

snob James no actuaban como seres normales ni

mucho menos.

Pero Don no sabe nada de esto y por lo tanto no puede incluirlo en su diario.

No sabe que Milly Sheehan, después de abandonar la casa de los Hawthorne para

volver a la de Montgomery Street, donde había vivido con John Jaffrey, recuerda una

mañana que el doctor no llegó a instalar los marcos de ventanas de invierno. Se pone,

pues, un abrigo y sale a ver si puede instalarlos sin ayuda. Y mientras está

contemplando las ventanas (con la certeza de que jamás podrá levantar esos pesados

marcos y fijarlos tan alto) el doctor Jaffrey se acerca caminando por el costado de la

casa y le sonríe. Lleva el traje que eligió Ricky para su entierro, pero no lleva medias

ni zapatos y al principio la sensación de

shock de verlo afuera y descalzo resulta peor

que la de verlo aparecer. «Milly», le dice. «Dile a todos que se vayan. Que se alejen

todos. He visto el otro lado, Milly, es

horrible.» Sus labios se mueven, pero las

palabras suenan como las de una película mal doblada. «

»Homble», repite y Milly se

desmaya. El desmayo dura unos pocos segundos y vuelve en sí lloriqueando, con

una cadera dolorida por el golpe, pero aun en medio de su terror no ve pisadas en la

nieve junto a ella y sabe que creyó ver algo y por lo tanto, no se lo dice a nadie. A

veces lo internan en un manicomio a uno por causas como ésta.

—Demasiadas historias malditas y demasiado frecuentar al señor Sears James

murmura para sus adentros antes de levantarse y volver a entrar en la casa.

Don, sentado a solas en el cuarto número diecisiete, no sabe, por supuesto, la

mayoría de las cosas que suceden en Milburn, mientras él mismo hace un recorrido

de tres semanas por su pasado. Apenas ve la nieve, que sigue cayendo en forma

copiosa. Eleanor Hardie no escatima el combustible con este frío, así como no

permite que se deje de pasar el aspirador al vestíbulo principal del hotel. Por esta

razón Don está muy abrigado en su cuarto. Pero una noche Milly Sheehan oye que el

viento vira hacia el norte y el oeste y al levantarse de la cama a buscar una frazada,

ve estrellas entre los girones de nubes. Nuevamente acostada permanece escuchando

el viento cada vez más intenso, más intenso aún, hasta que sacude el borde de la

ventana y se introduce por la fuerza. La cortina ondea, la persiana se sacude. Cuando

despierta por la mañana, descubre que hay un montículo de nieve sobre todo el

alféizar.

Y he aquí algunos hechos tomados de dos semanas en Milburn, todos ellos

registrados mientras Don Wanderley, en forma consciente y minuciosa, evoca el

espíritu de Alma Mobley.

Walter Barnes estaba sentado en su automóvil en la estación de servicio de Len

Shaw y mientras Len le llenaba el tanque de nafta, pensaba en su mujer. Hacía meses

que Christina se desplazaba por la casa como un alma en pena, contemplando el

teléfono, quemando la comida, hasta que por fin Len había llegado a sospechar que

estaba en medio de una aventura amorosa. Aunque lo perturbaba mucho, no podía

olvidar la clara imagen de un Lewis Benedikt borracho que le acariciaba las rodillas a

Christina durante la trágica fiesta de Jaffrey. La verdad era que Christina seguía

siendo atrayente, mientras que él mismo se había vuelto un banquero gordo y de

poca importancia, en lugar de la potencia financiera con que alguna vez soñó. La

mayoría de los hombres de su misma condición social en Milburn habrían estado

encantados de acostarse con Christina, pero en su caso, hacía quince años que

ninguna mujer lo miraba en forma provocativa. Se sintió muy desgraciado. Dentro

de un año su hijo se iría a la universidad y entonces él y Christina quedarían solos,

fingiendo ser felices. Len tosió antes de preguntarle:

—¿Cómo está su amiga, la señora Hawthorne? La encontré un poco demacrada

la última vez que vino... pensé que estaba por caer con gripe.

—No, está muy bien —repuso Barnes, imaginando que Len, como el noventa

por ciento de los hombres, deseaba a SteIla, como la deseaba él mismo. Lo que

debería hacer, pensó, era ir a alguna parte como Pago Pago con Stella Hawthorne y

olvidar su soledad y el vivir casado en Milburn. En realidad no sabía que la soledad

que habría de abrumarlo pronto sería mucho peor que nada que pudiese imaginar.

Y Peter Barnes, el hijo del banquero, estaba en otro automóvil con Jim Hardie

mientras avanzaban a treinta kilómetros más del límite permitido en dirección a una

taberna miserable, y él escuchaba a Jim, musculoso y de más de un metro ochenta, el

tipo de muchacho descrito cuarenta años atrás como «nacido para la horca», el que

había incendiado el antiguo establo de Pugh por haber oído decir que las chicas de

Dedham guardaban sus caballos allí, contarle sus proezas sexuales con la mujer del

hotel, esa mujer llamada Anna, hechos que nunca serían verdad, por lo menos tal

como los imaginaba Jim.

Y Clark Mulligan estaba sentado en la cabina de proyección de su

cinematógrafo, viendo Carrie por sexagésima vez y preocupado por el mal que haría

toda esa nieve a su negocio y deseando que Leota tuviese por excepción algo mejor

que hamburguesas en guiso para la cena y preguntándose si alguna vez volvería a

sucederle algo que valiese la pena contar.

Y Lewis Benedikt se paseaba por los cuartos de su casa enorme, atormentado

por un pensamiento imposible: que la mujer que se le apareció en la carretera y a la

que por poco no mató era su mujer muerta. La postura de los hombros, el

movimiento del pelo... cuanto más pensaba en esos pocos segundos, tanto más

fugaces y vagos se volvían.

Y Stella Hawthorne estaba en una cama de un motel con el sobrino de Milly

Sheehan, preguntándose si alguna vez Harold dejaría de hablar:

—Y te diré Stel, que algunos de los colegas de mi sección están estudiando el

problema de la supervivencia de los indios norteamericanos porque afirman que

todo ese asunto de la dinámica grupal es letra muerta. ¿Puedes creerlo? Mira, yo

terminé mi tesis doctoral hace sólo cuatro años y ahora todo ese estudio ha perdido

actualidad, Johnson y Leadbeater no

mencionan siquiera ya a Lionel Tiger, vuelven al

trabajo de campo y el otro día, te juro por Dios que alguien me detuvo en el pasillo y

me preguntó si alguna vez había leído el material sobre los Manitou. ¡Los

Manitou,

por Dios! La persistencia de los mitos, por Dios...

—¿Qué es un Manitou? —le preguntó Stella, pero no prestó atención a la

respuesta... una historia de un indio que durante días persiguió a un ciervo por una

montaña, pero cuando llegó a la cima el ciervo no era ya un ciervo y lo atacó y...

Y Ricky Hawthorne, bien arrebujado en diversas prendas, dirigiéndose una

mañana en automóvil a Wheat Row, pues ahora tenía colocados los neumáticos de

nieve, vio a un hombre vestido con una chaqueta marinera y un gorro azul de sereno,

castigando a un niño en el costado norte de la plaza. Aminoró la marcha y tuvo

apenas tiempo de ver los pies desnudos del niño pateando la nieve. Por un instante

se quedó tan trastornado que no supo qué hacer. Con todo, se detuvo, estacionó el

automóvil junto al cordón y bajó.

—Basta —gritó—. ¡Basta, le digo! —y el hombre y el niño se volvieron a mirarlo

con tal intensidad, que bajó el brazo y volvió al automóvil.

Y la noche siguiente, cuando estaba bebiendo sorbos de un té de tilo, miró hacia

afuera por una ventana del piso alto y por poco no dejó caer su taza, al ver un rostro

melancólico que lo miraba con fijeza... y que desapareció al instante siguiente,

cuando él se sacudió y se movió bruscamente hacia un lado. También en el instante

siguiente advirtió que había visto su propia cara.

Y Peter Barnes y Jim Hardie salieron de una taberna en un paraje apartado y

Jim, que estaba sólo la mitad de borracho de lo que estaba Peter dijo

oye, mierdita,

tengo una idea fantástica

y rió a carcajadas durante todo el trayecto de regreso a

Milburn.

Y una mujer de pelo oscuro permaneció sentada frente a la ventana en un

cuarto sumido en la oscuridad en el hotel Archer y miraba caer la nieve y sonreía

para sí.

Y a las seis y media de la tarde un corredor de seguros llamado Freddy

Robinson se encerró en su cuartito, llamó por teléfono a una empleada de recepción

llamada Florence Quast y dijo:

—No, no creo que deba molestar a ninguno de los dos. Creo que esa muchacha

nueva que tienen podría responder a mi pregunta. ¿Podría darme su nombre? ¿Y

dónde dijo que se alojaba?

Y la mujer en el hotel permaneció inmóvil y sonriendo y como parte de la

diversión aparecieron más animales muertos: dos vaquillonas en el establo de Elmer

Scales (pues éste se quedó dormido con el arma sobre las rodillas) y uno de los

caballos de las chicas de Dedham.

2

Fue así como se incorporó a la trama la figura de Freddy Robinson. Había

hecho la póliza de seguros para las dos muchachas Dedham, las hijas del difunto

coronel y hermanas de Stringer Dedham, muerto hacía ya tanto tiempo. Nadie se

ocupaba mucho de las muchachas Dedham ahora: vivían en la vieja casa de Willow

Mile Road, tenían sus caballos y no se trataban con nadie. De la misma edad que la

mayoría de los miembros de la Chowder Society, no habían envejecido tan bien como

ellos. Durante años hablaron obsesivamente de Stringer, quien no había muerto

inmediatamente cuando la máquina trilladora le arrancó los brazos, sino que

permaneció tendido sobre la mesa de la cocina, rnvuelto en mantas y en medio del

calor bochornoso de agosto desvariando, perdiendo el conocimiento, desvariando

otra vez, hasta que poco a poco la vida lo abandonó. La gente de Milburn se cansó de

oír repetir lo que Stringer había querido decir en su agonía, en particular por cuanto

no tenía mucho sentido. Ni siquiera las muchachas Dedham sabían explicarlo bien —

lo que querían que todos supiesen era que tringer había visto algo, estaba

perturbado, no era ningún tonto para haberse dejado atrapar por la trilladora, de

haber estado como siempre. ¿O no? Y las muchachas echaban aparentemente la culpa

a la novia de tringer, la señorita Galli, y durante algún tiempo la gente arqueaba un

poco las cejas al verla pasar, hasta que un día desapareció de la ciudad. Y desde

entonces la gente perdió todo interés por lo que tuviesen que lecir las muchachas

Dedham. Treinta años después, muchos en la ciudad ni siquiera recordaban a

Stringer Dedham, aquel hombre apuesto y bien educado que podría haberse

dedicado profesionalmente a los caballos en lugar de que éstos pasasen a ser simples

pasatiempos de dos nujeres de edad madura. Y por fin ellas mismas se cansaron de

su antigua obsesión —al cabo de tantos años no estaban tan seguras de lo que había

querido decir Stringer sobre la señorita Galli— y decidieron que los caballos eran

amigos mejores que los ciudadanos de Milburn. Veinte años más tarde vivían aún,

pero Nettie estaba paralizada por un ataque cerebral y la mayoría de la gente joven

de Milburn nunca había visto a ninguna de las dos.

Un día Freddy Robinson pasó en su automóvil delante de la parcela de ellas,

poco después de haberse instalado en Milburn, y lo que le hizo poner marcha atrás y

meterse en la senda de acceso fue el nombre en el buzón, coronel T. Dedham, pues

ignoraba que Rea Dedham pintaba el nombre de su padre en el buzón cada dos años.

A pesar de haber muerto el coronel Tomás Dedham de paludismo en 1910. Rea era

demasiado supersticiosa para borrarlo. Y Rea se lo explicó a Freddy. Además, estaba

tan contenta de ver a un joven tan elegante sentado a la mesa frente a ella, que le

compró una póliza de seguros de tres mil dólares. Lo que aseguró fueron los

caballos. Estaba pensando en Jim Hardie, pero no se lo dijo a Freddy Robinson. Jim

Hardie era una mala persona, había abrigado rencor hacia las hermanas desde que

Rea lo alejó del establo de los caballos cuando era niño. Según las explicaciones del

joven Robinson, lo que le hacía falta era un seguro, por si acaso, pensó ella para sus

adentros, llegase otra vez Jim Hardie con una lata de nafta y un fósforo.

A la sazón Freddy era un corredor con poca experiencia y tenía la ambición de

llegar a pertenecer alguna vez a la cofradía de los que obtienen pólizas por más de un

millón de dólares. Ocho años más tarde estaba próximo a lograr su meta, pero no

tenía ya importancia para él. Sabía que de haberse radicado en una ciudad más

importante haría mucho tiempo que estaría dentro de la cofradía. Había participado

en un número suficiente de conferencias, convenciones y reuniones de ventas para

creer que sabía casi todo lo que cabe saber sobre seguros. Conocía el mecanismo de

esta actividad y contaba con todos los recursos necesarios para vender seguros de

vida o de propiedad al joven ranchero muerto de miedo que había entregado el alma

al Banco y cuyos ahorros acababan de hundirse en nuevas instalaciones para

ordeñar. En verdad un hombre en tales condiciones necesitaba asegurarse. Pero ocho

años de residencia en Milburn habían provocado un cambio en Freddy RobinsOri.

No se enorgullecía ya de su destreza para vender pólizas, por saber bien que dicha

destreza se basaba en el arte de aprovecharse de la codicia y del temor. En un plano

casi subconsciente, había llegado casi a despreciar a la mayoría de sus colegas, los

descritos en la terminología de la compañía donde trabajaba, como los «Ases».

No fue el matrimonio ni los hijos los que cambiaron a Freddy, sino el hecho de

vivir enfrente de la casa de John Jaffrey. Al principio, imaginó que los viejos que veía

llegar una vez por mes vestidos de etiqueta eran sencillamente cómicos y de una

vanidad presuntuosa. ¡Usar

smoking! La actitud de ellos había sido de una seriedad

sin precedentes. Eran cinco matusalenes que bogaban despacio hacia su fin.

Luego comenzó a notar que después de las reuniones de corredores en Nueva

York volvía a casa con una sensación de alivio. Su matrimonio no marchaba bien,

pues descubría que comenzaban a atraerle las niñas adolescentes a las cuales se había

parecido su propia mujer, antes de tener sus dos hijos. El caso era que «casa» era para

él algo más que la calle Montgomery: era todo Milburn y la mayor parte de Milburn

era más tranquilo y más bonito que ningún lugar donde hubiese vivido antes. Poco a

poco llegó a convencerse de que tenía una relación secreta con Milburn. Su mujer y

sus chicos eran algo eterno, pero Milburn era un oasis temporario y reparador y no la

ciudad provinciana que había imaginado al principio. Y una vez, durante una

conferencia, un corredor nuevo sentado junto a él se quitó el distintivo que lo

señalaba como un «As» y lo arrojó debajo de la mesa antes de decir:

—Soporto casi todo, pero esta charla de «Superman» me saca de quicio.

Dos hechos más, tan poco notables como éste, contribuyeron a la conversión de

Freddy. Una noche, cuando caminaba sin rumbo fijo por un barrio cualquiera de

Milburn, pasó delante de la casa de Edward Wanderley en Haven Lane y vio la

Sociedad por una ventana. Allí estaban sentados todos, los matusalenes,

conversando. Uno levantó una mano y sonrió. Freddy se sentía muy solo y ellos

parecían unidos por una estrecha relación. Se detuvo a observarlos. Desde su llegada

a Milburn sus veintiséis años se habían transformado en treinta y uno y estos

hombres no le parecían ya tan viejos. Si bien ellos parecían los mismos, él se les había

aproximado en edad. Además, y esto era algo que nunca había considerado, parecían

divertirse. Se preguntó de qué estarían hablando y lo asaltó una sensación de que era

algo

secreto, algo que no era negocios, deporte, sexo o politica. Sencillamente se le

metió en la cabeza que la conversación tenía que ser de un género que él nunca había

oído antes. Dos semanas más tarde llevó a una de las adolescentes de la escuela

secundaria a un restaurante de Binghamton y vio a Lewis Benedikt en el otro lado

del salón con una de las camareras de la taberna de Humphrey Stalladge. (Las dos

camareras habían rechazado con gran cortesía sus propias proposiciones.)

Comenzaba a envidiar a la Chowder Society. Antes de mucho tiempo habría de

comenzar a amar lo que a su juicio representaba este grupo, una forma de combinar

la conducta civilizada con la diversión sin alarde.

Lewis era el foco de esos sentimientos de Freddy. Más próximo a Freddy por su

edad, era la imagen de lo que podría llegar a ser Freddy con el tiempo.

En Humphrey’s solía contemplar a su ídolo, tomando nota mentalmente de su

manera de arquear las cejas antes de responder a una pregunta, o de inclinar la

cabeza hacia un lado, casi siempre, cuando sonreía, o de cómo, en fin, usaba los ojos

para mirar a las mujeres. Freddy comenzó a copiar esos gestos y copió asimismo lo

que imaginaba ser la conducta sexual de Lewis, pero rebajando la edad de las

muchachas de Lewis de veinticinco a veintiséis años a diecisiete o dieciocho, las que

le interesaban a él, de todos modos. Se compró por último sacos de sport como los

que usaba Lewis.

Cuando el doctor Jaffrey lo invitó a su fiesta en honor de Ann-Veronica Moore,

Freddy creyó que se le abrían las puertas del cielo. Imaginó una velada tranquila con

la Chowder Society, él mismo y la actriz y ordenó a su mujer que se quedara en casa.

Cuando vio esa cantidad de gente, se comportó como un tonto. Permaneció en la

planta baja, demasiado tímido y desilusionado para aproximarse a los hombres

mayores a quienes quería ofrecer amistad. Dirigió miradas de carnero degollado a

Stella Hawthorne y cuando por fin cobró valor suficiente para abordar a Sears James

—que siempre le había inspirado terror descubrió que estaba hablándole de seguros,

como presa de una maldición. Después de que encontraron el cadáver de Edward

Wanderley, se alejó casi arrastrándose de la casa, junto con otros invitados.

Después del suicidio del doctor Jaffrey, Freddy se sintió desesperado. La

Chowder Society estaba desintegrándose sin que él hubiese tenido tiempo de

demostrar cuánto merecía pertenecer a ella. Esa noche vio detenerse el automóvil de

Lewis, el Morgan, delante de la casa del doctor, y corrió afuera a consolar a Lewis,

para crear una buena impresión. Una vez más, no dio resultado. Estaba demasiado

nervioso, había estado riñendo con su mujer y no pudo abstenerse de hablar de

seguros. Otra vez había perdido a Lewis.

Por consiguiente, sin saber nada acerca de lo que Stringer hubiese intentado

describir a sus hermanas cuando se desangraba sobre las mantas en la mesa de la

cocina, Freddy Robinson, cuyos hijos eran ya bulliciosos extraños y cuya mujer

deseaba divorciarse, no tenía la menor idea de lo que le aguardaba cuando Rea

Dedham lo llamó por teléfono una mañana y le pidió que fuese a la parcela. Sin

embargo supuso que lo que vio al llegar, el pedacito de echarpe de seda que se

agitaba enganchado en un alambrado, era una señal de bienvenida a la elegante

compañía de los amigos que necesitaba.

Al principio todo fue como cualquier mañana de trabajo, como la rutina de

pagar una póliza como cualquiera. Rea Dedham le hizo esperar diez minutos en la

entrada cubierta, de temperatura glacial. De vez en cuando oía el relincho de un

caballo en el establo. Por fin apareció, arrugada y encorvada, con un chal de cuadros

sobre el vestido, y le dijo que sabía bien quién había sido, sí, señor, lo sabía, pero

había leído su póliza y en ninguna parte decía que no era posible cobrar el dinero si

uno conocía al culpable, ¿verdad? ¿Le gustaría a Freddy tomar café?

—Sí, por favor —dijo Freddy y sacó unos papeles de su portadocumentos—.

Bien, si pudiésemos estudiar ahora algunos de estos formularios para reclamar el

pago, la compañía pasará a analizarlos con la mayor prontitud. Sin duda tendré que

verificar los daños, señorita Dedham. Supongo que sufrió algún tipo de accidente,

¿no?

—Se lo dije —repuso ella—. Sé quién fue. No fue un accidente. Vendrá también

Hardesty, de modo que tendrá que esperarlo.

—De modo que se trata de daño criminal —dijo Freddy, marcando una casilla

en uno de los papeles—. ¿Podría describírmelo en sus propios términos?

—No tengo otras palabras que las mías, señor Robinson, y deberá esperar hasta

que Hardesty esté aquí. Soy demasiado vieja para decir dos veces las cosas. Y no

pienso volver a salir a ese frío, ni aun por dinero. ¡Qué frío! —exclamó, apretándose

el cuerpo con brazos huesudos y se estremeció con un gesto teatral—. Ahora, no se

mueva y tome un buen café.

Freddy, que había estado incómodo con todos sus papeles en la mano, además

de la lapicera y el portadocumentos, buscó una silla donde sentarse. La cocina de las

Dedham era una cueva sucia y llena de desechos. En una silla había un par de

lámparas de mesa; en otra, una pila de diarios locales tan viejos que estaban

amarillos. El alto espejo con un marco de hojas de acanto le devolvía una opaca

imagen de sí mismo, la imagen de la incompetencia burocrática abrumada por

rebeldes papeles. Retrocedió hacia una pared oscura, se inclinó y derribó con la

cadera una caja de cartón que estaba sobre una silla y que cayó al suelo con gran

estrépito. El único sol que entraba en el cuarto lo bañó de lleno.

¡Vaya ruido! —dijo Rea, y se encogió de hombros. Con gran cuidado Freddy

extendió las piernas y ordenó los papeles sobre sus rodillas.

—Se trata de un caballo muerto, ¿no? —preguntó.

—Ni más, ni menos. Me deben ustedes dinero.

Muchísimo dinero, pienso yo.

Freddy oyó rodar algo pesado en dirección a la cocina y se quejé para sus

adentros.

—Comenzaré por los detalles preliminares —afirmó y se inclinó bien para no

tener que mirar a Nettie Dedham.

—Nettie quiere saludarlo —le dijo Rea. Tendría que mirarla.

Un instante después, la puerta se abrió hacia adentro para permitir la entrada

de un bulto cubierto de frazadas, sobre un sillón de ruedas.

—Hola, señorita Dedham —dijo Freddy, levantándose a medias y aferrando los

papeles con una mano y el portadocumentos con la otra. Después de mirar apenas a

Netrie se refugié en sus papeles.

Nettie dijo algo. La cabeza se le antojaba a Freddy una simple boca abierta.

Estaba arrebujada hasta el mentón y mantenía la cabeza hacia atrás por alguna

terrible contracción muscular que le hacía abrir la boca.

—Recordarás a nuestro simpático señor Robinson —dijo Rea a su hermana, y al

mismo tiempo puso tazas de café sobre la mesa. Según parecía, Rea comía siempre

de pie, pues no hizo ademán de sentarse ahora—. Va a cobrar nuestro dinero por la

pobrecita Chocolate. Está llenando los formularios, ¿no? Llenando los formularios.

Nettie pronunció sonidos horrorosos, ininteligibles.

—Eso es, Nettie, nos cobrará el dinero —repitió Rea—. Nettie está muy bien,

señor Robinson.

—Estoy seguro —afirmó Robinson y volvió a apartar la mirada. Vio un

petirrojo embalsamado debajo de una campana de cristal y rodeado de hojas de color

marrón oscuro—. Bien, hablemos del seguro, ¿eh? Deduzco que el animal se

llamaba...

—Aquí llega el señor Hardesty —dijo Rea.

Freddy oyó otro automóvil que se acercaba por la senda y dejó caer la lapicera

sobre los papeles que tenía sobre las rodillas. Miró con aprensión a Nettie, cuyos

labios se movían mientras ella contemplaba con aire soñador el cielo raso manchado.

Rea dejó su taza sobre la mesa y avanzó hacia la puerta.

Lewis se la habría abierto,

pensó Freddy. Seguía aferrando los indomables papeles.

—Siga sentado, por favor —le dijo bruscamente la mujer.

Las botas de Hardesty provocaban un crujido sobre la nieve. Luego subió a la

entrada cubierta y debió golpear dos veces antes de que Rea llegase a abrirle la

puerta.

Con demasiada frecuencia había visto a Hardesty en la taberna de Humphrey,

deslizándose con aire furtivo al cuarto de los fondos y reapareciendo con pasos

inseguros a mediodía, para que le tuviese respeto alguno. Tenía el aspecto de un ser

fracasado y lleno de amargura, el tipo de policía que habría gozado hundiendo la

culata de su arma sobre la cabeza de alguien. Cuando Rea abrió la puerta, Hardesty

permaneció en la entrada, con las manos en los bolsillos, sus anteojos oscuros como

una armadura sobre los ojos y no hizo gesto alguno de entrar.

—Hola, señorita Dedham —dijo—. ¿Qué problema tiene?

Rea se arrebujó más aún en el echarpe y salió por la puerta. Freddy titubeó un

instante antes de decidir que no volvería a la cocina. Dejó entonces los papeles sobre

la silla y la siguió. Al pasar junto a Nettie ésta agité la cabeza como un muñeco.

—Sé quién fue —le oyó decir cuando se acercó a Rea y Hardesty. La voz de la

anciana era chillona, indignada—. Fue ese jim Hardie, fue él quien lo hizo.

—¡No me diga! —comentó Hardesty. Freddy se puso a la par de ellos y el

sheriff

lo saludó con un gesto por sobre la cabeza de Rea—. Qué poco tiempo le llevó estar

aquí, Robinson.

—Papeles de la compañía —murmuró Freddy—. La documentación habitual.

—La gente como usted siempre tiene papeles escondidos en algún lugar raro —dijo

Hardesty y le dirigió una sonrisa forzada.

—Seguramente fue Jim Hardie —insistió Rea—. El chico es loco.

—Bien, veremos si fue o no —dijo Hardesty. Estaban casi en los establos—.

¿Encontró muerto al animal? —preguntó.

—Ahora tenemos un muchacho aquí —le dijo Rea—. Viene a dar de comer y de

beber a los animales y a cambiar la paja. Es un chico medio amanerado —añadió y

Freddy levantó la cabeza, sorprendido. Olía ya los establos—. Encontró a Chocolate

en su

box. Son seiscientos dólares de caballo, quienquiera que haya sido, señor

Robinson.

—Vaya. ¿Cómo calculó esa cifra? —le preguntó Freddy. Hardesty estaba

abriendo las puertas del establo. Un caballo relinchó, otro pateé la puerta de su

box.

Todos los caballos tenían aspecto feroz, aun para los ojos inexpertos de Freddy. Sus

belfos enormes y sus ojos muy abiertos se posaron en él.

—Porque es hijo de General Hershey y de Sweet Toog, y eran dos ejemplares

magníficos. Por eso sé cuánto valía. Podríamos haber vendido a General Hershey

como padrillo en cualquier parte. Era igualito a Seabiscuit, según decía Nettie

siempre.

—Seabiscuit

—bisbiseó Hardesty con desdén,

—Usted es demasiado joven para recordar los buenos caballos —dijo Rea—.

Escriba lo que le dije en sus papeles. Seiscientos dólares. —Rea los precedía hacia los

boxes

y los animales que veían a su paso se encabritaban asustados o bien agitaban la

cabeza, según su temperamento.

—No están muy limpios, que digamos —comentó Hardesty. Freddy los miró

con más atención y vio una gran mancha de barro seco en un tordillo,

—Ariscos —dijo Freddy.

—Uno dice que son ariscos y el otro dice que están sucios. El problema es que

soy demasiado

vieja. Bien, aquí está la pobre Chocolate.

No necesitó decirlo, porque los dos hombres estaban contemplando ya por

arriba de la puerta del

box el cuerpo de un animal alazán de gran tamaño sobre el

suelo cubierto de paja. Le pareció a Freddy idéntico al cadáver de una rata

gigantesca.

—Diablos —dijo Hardesty y abrió la puerta. Pasó luego sobre las patas rígidas y

montó sobre el pescuezo del animal muerto. En el

box contiguo un animal se quejó y

Hardesty estuvo a punto de caer—. Diablos —repitió y se apoyó para mantener el

equilibrio contra la mampara de madera—. Diablos, ahora lo veo. —Tomando al

animal por el extremo de la cabeza, la levantó hacia sí. La cabeza se separó casi.

Rea Dedham lanzó un alarido.

Los dos hombres la llevaron casi cargada fuera del establo, en medio de las dos

hileras de caballos aterrorizados.

—Calma, calma —le decía Hardesty, como si la anciana fuese un caballo.

—¿Quién demonios pudo hacer semejante cosa? —preguntó Freddy. Estaba

aún conmovido después de haber visto la enorme herida en el pescuezo de la yegua.

—Norbert Clyde dice que son marcianos. Dice que vio a uno. ¿No se enteró?

—Oí algo —admitió Freddy—. ¿Piensa verificar dónde estuvo Jim Hardie

anoche?

—Oiga, don, me sentiría mucho más feliz si nadie me dijese cómo tengo que

hacer mi trabajo —dijo Hardesty y se inclinó sobre la anciana—. Señorita Dedham.

¿Se calmó ya? ¿Quiere sentarse? —Res hizo un gesto afirmativo y Hardesty se dirigió

a Freddy—. Yo la sostendré, usted abra la puerta de mi auto.

La sentaron en el automóvil con las piernas colgando hacia afuera.

—Pobre Chocolate, pobre Chocolate —gemía—. Horroroso... pobre Chocolate.

—Muy bien, señorita Dedham. Ahora quiero decirle algo —dijo Hardesty e

inclinándose hacia adelante, apoyó un pie en el guardabarro—. Jim Hardie no fue,

¿me oye bien? Jim Hardie estaba bebiendo cerveza con Peter Barnes anoche. Se

dirigieron en automóvil a una taberna cerca de Glen Aubrey y nosotros verificamos

que estuvieron allá hasta casi las dos de la madrugada. Conozco su pequeño asunto

personal con Jim y por ello hice mis averiguaciones.

—Pudo haberlo hecho después de las dos —observó Freddy.

—Estuvo jugando a los naipes con Peter Barnes hasta el amanecer. En el sótano

de los Barnes. Por lo menos es lo que dice Peter. Peter ha estado saliendo mucho con

Jim Hardie, pero no creo que sea capaz de hacer algo como esto, ni de proteger a

alguien que lo haya hecho. ¿Usted lo cree?

Freddy hizo un gesto negativo.

—Y cuando Jim no ha estado con el chico de Barnes, ha estado con esa mujer

nueva aquí. Ya sabe a quién me refiero. La bonita... la que parece una modelo.

—Sé de quién habla. Quiero decir, que la he visto.

—Muy bien. Así que él no mató este animal ni tampoco mató las vaquillonas de

Elmer Scales. El agente rural dice que fue un perro que se ha vuelto asesino, de modo

que si ve un perro enorme que vuela y tiene colmillos como navajas, creo que

tendremos al culpable. —Mientras hablaba, miraba fijamente a Freddy. Luego se

volvió hacia Rea Dedham—. ¿Está dispuesta a entrar ahora? Hace demasiado frío

afuera para una mujer de edad como usted. La acompañaré adentro y volveré con

alguien para que se lleve a ese animal.

Freddy dio un paso hacia atrás al verse reprendido por Hardesty. Dijo, no

obstante:

—Sabe que no fue un perro.

—Así es.

—Entonces, ¿qué cree usted que fue? ¿Qué sucede aquí? —Freddy miró

alrededor, seguro de que había dejado de observar algo. En un instante lo vio, y abrió

la boca al mismo tiempo que advirtió el pedacito de tela de color brillante que se

agitaba en el alambrado de púas próximo a los establos.

—¿Qué dice usted?

—No había sangre —dijo Freddy, mirando fijamente el pedacito de tela.

—Muy astuto. El agente rural decidió pasar por alto eso. ¿Piensa ayudarme con

esta señorita?

—Dejé caer algo allá —le dijo Freddy y volvió en dirección a los establos, Oyó

gruñir a Hardesty cuando levantaba a la anciana y cuando llegó a los establos, se

volvió y vio al policía llevándola y pasando la puerta. Freddy se acercó al alambre de

púas y arrancó el largo girón de tela. Era seda. Provenía de un echarpe y Freddy

sabía dónde la había visto.

Comenzó a urdir —palabra que él nunca habría empleado— un plan.

En casa, después de escribir a máquina su informe y despacharlo por correo junto

con los formularios a la oficina central, marcó el número telefónico de Lewis

Benedikt. En realidad no sabía qué pensaba decir a Lewis, pero creía tener la clave

del misterio que tanto buscaba desde hacía tiempo.

—Hola, Lewis —dijo—. Hola. ¿Cómo está? Habla Freddy.

—¿Freddy?

—Freddy Robinson. Usted me recuerda.

—Ah, sí.

—Díganie. ¿Está ocupado en este momento? Tengo que hablar de algo con

usted.

—Hable —le dijo Lewis, pero el tono no era muy alentador.

—Muy bien. Pero siempre que no esté tomándole el tiempo... Muy bien. ¿Está

enterado de los animales que mataron? ¿Sabía que mataron uno más? Uno de los

caballos de las hermanas Dedham. Yo hice la póliza de seguro de estos animales, y

bien... yo no creo que lo haya matado ningún marciano. Quiero decir que... ¿Lo cree

usted? —Freddy calló, pero Lewis no dijo nada—. Quiero decir que eso es absurdo.

Ah... mire. Esa mujer que acaba de llegar a la ciudad, la que sale a veces con Jim

Hardie, ¿no es la misma que trabaja con Sears y con Ricky?

—Oí decir algo así —concedió Lewis y por su tono Freddy intuyó que debería

haber llamado a los dos abogados por el apellido y no por el nombre propio.

—¿La conoce usted?

—No, no la conozco. ¿Le molesta que le pregunte a qué viene todo esto?

—Bien, creo que están pasando más cosas de las que conoce el policía Hardesty.

—¿Podría explicarse, Freddy?

—Por teléfono, no. ¿Podríamos encontrarnos en alguna parte para conversar?

Le diré. En la parcela de Dedham encontré algo y no quise mostrárselo a Hardesty

hasta haber hablado con usted y tal vez con ah... El señor Hawthorne y el señor

James.

—Freddy, no tengo la menor idea de a qué se refiere usted.

—Bien, a decir verdad, tampoco la tengo yo, pero quería verlo, que bebamos

cerveza juntos, si es posible, y que cambiemos unas cuantas opiniones. Ver, más o

menos, qué podemos aclarar en este asunto.

—¿Qué asunto, por Dios?

—Me refiero a unas cuantas ideas que tengo. Yo los admiro muchísimo a

ustedes tres, ¿sabe? y quiero que sepa que si ven que surgen dificultades para

cualquiera de ustedes...

—Freddy, no necesito más pólizas —le dijo Lewis—. No tengo ganas de salir.

Lo lamento.

—Bien. ¿No lo veré, quizá, en la taberna de Humphrey? Podríamos hablar allí.

—Es una posibilidad —dijo Lewis y cortó la comunicación. Freddy colocó el

receptor en su sitio, satisfecho de haber despertado el interés de Lewis. Era seguro

que lo llamaría tan pronto como hubiese reflexionado sobre todo lo que le había

dicho. Desde luego que si lo que él estaba pensando era correcto, su deber era

dirigirse a Hardesty, pero había tiempo de sobra para ello. Quería pensar en todas las

implicaciones del caso antes de hablar con el policía. Quería asegurarse de que la

Chowder Society quedaría protegida. El hilo de sus pensamientos era más o menos el

siguiente. Había visto el echarpe, de donde había arrancado el pedacito, alrededor

del cuello de la muchacha a quien Hardesty llamaba «la nueva». Lo había tenido

puesto en Humphrey Place cuando estaba con Jim Hardie. Rea Dedham sospechaba

que Hardie había matado a su caballo. Hardesty había dicho algo acerca de un

«conflicto» entre el chico de Hardie y las hermanas Dedham. El echarpe probaba que

la muchacha había estado allí, de modo que ¿por qué no también Hardie? ¿Y si

aquellos dos habían matado por cualquier motivo al caballo, por qué no a los otros

animales? Norbert Clyde había visto una gran silueta, con algo raro entre los ojos.

Podría haber sido Jim Hardie iluminado por un rayo de luna. Freddy había leído

acerca de brujas modernas, mujeres locas que organizaban a los hombres para

celebrar sus aquelarres. Quizás esta muchacha era una de ellas. Jim Hardie era

candidato para caer bajo el poder de cualquier loca que apareciese, aun cuando su

madre no se diese cuenta de ello. El caso era que la reputación de la Chowder Society

sufriría un serio golpe si todo eso llegase a ser verdad y si se divulgase. Era posible

hacer callar a Hardie, pero habría que dar dinero a la muchacha y obligarla a que se

fuese.

Esperó dos días, lleno de impaciencia porque Lewis lo llamase.

Como Lewis no lo hizo, decidió que había llegado el momento de tomar la

iniciativa y volvió a marcar el número de Lewis.

—Soy yo otra vez, Freddy Robinson.

—Ah, sí —dijo Lewis. El tono era ya lejano.

—Realmente creo que tendríamos que vernos, ¿sabe? En serio, Lewis, tenemos

que hablar. Estoy pensando en su propio bien. —Luego, buscando un argumento

convincente, prosiguió—. ¿Qué sucederá si el próximo cadáver es uno humano,

Lewis? Me gustaría que me responda.

—¿Es una amenaza? ¿De qué diablos está hablando?

—Desde luego que no, —Aquello le halagaba. Lewis no lo había tomado bien—.

Oiga. ¿Por qué no nos encontramos a alguna hora mañana por la noche?

—Pienso salir a cazar —dijo Lewis sin titubear.

—Vaya —comentó Freddy, sorprendido por este aspecto insospechado de su

ídolo—, No sabía que cazaba. ¿Caza coatíes? Qué divertido, Lewis.

—Es un descanso. Salgo con un viejo que tiene unos cuantos perros. Salimos

juntos y perdemos el tiempo en el bosque. Es divertido si a uno le gusta. —Freddy

percibió la tristeza en el tono de Lewis y por un instante esto lo perturbó y le impidió

replicar—. Bien, hasta pronto —le dijo Lewis y una vez más cortó la comunicación.

Freddy se quedó mirando el propio aparato, abrió el cajón donde había

guardado el girón de echarpe y lo miró. Si Lewis podía salir de caza, él podía hacer lo

mismo. Sin saber en realidad por qué hallaba esto necesario, se dirigió a la puerta de

su escritorio y la cerró con llave. Buscó en su memoria el nombre de la mujer que

trabajaba como recepcionista de la oficina de los abogados. Florence Quast. Halló

entonces su dirección en la guía telefónica y confundió a esta señora con una larga

historia acerca de una póliza inexistente y cuando ella le sugirió que llamase al señor

James o bien al señor Hawthorne, dijo:

—No, no creo que sea necesario molestar a ninguno de los dos. Creo que esa

muchacha nueva que tienen responderá a mis preguntas. ¿Podría darme su nombre?

¿Y decirme dónde se aloja? (¿Imaginas, Freddy, que muy pronto estará alojada en tu

propia casa? ¿Y es por ello que cerraste con llave la puerta de tu escritorio? ¿Querías

impedirle que entrase?)

Horas más tarde se frotó la frente, se abotonó el saco, se limpió las palmas de

las manos en los pantalones y llamó al hotel Archer.

—Sí, estaré encantada de verlo, señor Robinson —dijo la muchacha con una voz

muy tranquila.

(Freddy. ¿No tienes en realidad miedo de encontrarte con una mujer bonita

para conversar a horas avanzadas de la noche? ¿Qué te pasa, dicho sea de paso? ¿Y

por qué pensaste que ella sabía exactamente qué ibas a decirle?)

3

¿Comprendes bien? Harold Sims hizo esta pregunta a Stella HawthoTne sin

dejar de acariciarle el seno derecho con aire distraído. Es sólo una historia. Es eso lo

que les interesa a mis colegas ahora. ¡Cuentos! Pero lo esencial en esto que perseguía

el indio era que tenía que manifestarse. No puede resistir identificarse... Es no sólo

malvado, sino además, vanidoso. Y yo tengo que contar historias de horror como ésa,

historias tontas, como cualquier ingenuo de pueblo.

—Bien, Jim, ¿de qué se trata? —le preguntó Peter Barnes—. ¿Cuál es esta gran

idea que tienes? —El frío helado que entraba en fuertes ráfagas en el automóvil de

Jim había contribuido en buena parte a que Peter se pusiera sobrio. Ahora, si

concentraba la atención, alcanzaba a distinguir los cuatro haces amarillos de los faros

hasta que se unían y se convertían en dos. Jim Hardie reía aún... con una risa

malévola, obstinada y Peter supo entonces que Jim estaba por hacer algo, estuviese

con él o bien solo.

—Mira, me encanta esto —dijo Hardie y apretó la bocina. Aun en la oscuridad

su rostro era una máscara enrojecida con dos ranuras en lugar de ojos. Era la cara de

Jim siempre que hacía las fechorías más espectaculares y cada vez que Peter se

detenía a reflexionar seriamente sobre ello, sentía alivio al pensar que dentro de un

año habría partido para la universidad y se habría alejado de un amigo tan loco como

Jim. Jim Hardie, estuviese borracho o no, era capaz de actuar con un salvajismo

indescriptible. Lo que era casi admirable o bien más alarmante era que jamás perdía

el propio control físico o verbal, por ebrio que estuviese. Cuando lo estaba a medias,

como ahora, hablaba con la mayor claridad y no trastabillaba. Cuando estaba

totalmente borracho, era la imagen de la anarquía total.

—Tenemos que romper cosas —dijo.

—Perfecto —convino Peter. Tenía demasiada experiencia para hacer objeciones.

Además, Jim siempre salía impune en todo lo quehacía. Desde que se conocieron en

la escuela primaria, Jim Hardie había logrado siempre convencer a cualquiera de su

inocencia con su palabra fácil. Era alocado, pero no tonto. Ni siquiera Walt Hardesty

había conseguido nunca sorprenderlo en nada, ni aun en el incendio del galpón de

los Pugh cuando la tonta de Penny Dreagerle dijo que las viejas Dedham, a quienes él

odiaba, estaban usándolo como establo para sus animales.

—No te vendrá mal reírte un poco antes de irte a Corneil, ¿no? —le dijo Jim—.

Y diría que será mejor que te rías ahora, porque según lo que oigo de esa

universidad, es un cementerio

A juicio de Jim, era inútil ir a la universidad, pero de vez en cuando mostraba

su resentimiento ante el hecho de que Peter hubiese sido aceptado tan pronto en

Corneil. Y Peter sabía por su parte, que lo que quería Jim Hardie era un compañero

constante para hacer travesuras, un adolescente que no saliese nunca de sus

dieciocho años.

—Milburn también es un cementerio --dijo Peter.

—Exacto, hijito. La pura verdad. Pero por lo menos animemos un poco el

ambiente, ¿quieres? Esto es lo que vamos a hacer esta noche, señorita. Y por si acaso

supusiste que ibas a sufrir por la sequía en el curso de nuestras aventuras, te digo

que tu viejo amigo James se ocupó de eso. —Hardie se abrió la cremallera de la

chaqueta y sacó una botella de whisky—. A tocarla con respeto, con respeto. —Con

una mano hizo girar el tapón de metal y bebió sin dejar de conducir. El rostro se le

puso rojo y tenso—. ¿Quieres? —preguntó a Peter.

Peter hizo un gesto. El olor le provocaba náuseas.

—El idiota del barman me volvió la espalda y entonces... ¡Zum! Sabía muy bien

que la botella no estaba ya, pero era demasiado imbécil para decirme nada. ¿Sabes

una cosa? Me deprime no tener competencia mejor. —Lanzó entonces una carcajada

y Peter optó por reír también.

—Bien, ¿qué hacemos?

Hardie volvió a pasarle la botella y esta vez Peter bebió. Los haces de luz de los

faros pasaron a ser cuatro y Peter agitó la cabeza para obligarlos a unirse y ser dos

otra vez.

—Mira. Vamos a espiar, vamos a echarle una miradita a alguien. —Hardie

bebió, lanzó una carcajada, se derramé whisky en el mentón.

—¿Espiar? ¿Como los pervertidos? —Peter dejó caer la cabeza hacia el hombro

de Jiin, quien obviamente tenía bríos hasta la mañana siguiente y todo el tiempo lo

sorprendía más con su energía.

—Espiar, sí. Mirar. Mirar algo interesante. Si no te gusta, bájate.

—¿Espiar a una mujer?

—No, a un hombre... ¡Estúpido!

—Cómo, escondernos en un matorral y ver cómo...

—No, nada de eso. Nada de eso. Algo mucho mejor.

—¿A quién?

—A la puta esa del hotel.

Peter estaba más perplejo que antes.

—¿Ésa de quien hablabas? ¿La de Nueva York?

—Sí —Jim condujo el automóvil alrededor de la plaza y pasó delante del hotel

sin tomarse el trabajo de mirarlo.

—Creí que te acostabas con ella.

—No, te mentí, hijo. ¿Y qué? Exageré un poco. La verdad es que nunca me dejó

que la tocara. Mira, lamento haber inventado esa aventurita con ella, ¿sabes? Me

hacía sentir como un tonto siempre.

Llevarla a Humphrey’s, arrojarle mis mejores carnadas, y no... Bien, quiero ver

un poco lo que hace sin que sepa que estoy allí.

Jim se inclinó debajo del asiento y buscó algo, sin mirar por un instante la calle.

Cuando volvió a erguirse, tenía una ancha sonrisa y en la mano, un anteojo de larga

vista con aros de bronce.

—Mira esto, chico. Es un anteojo excelente... me costó sesenta dólares en el

Apple.

—Mmmm —Peter se apoyó en el asiento—. Es lo más raro que he oído en mi

vida.

Momentos más tarde, advirtió que Jim había detenido el automóvil. Se

enderezó un poco y miró por la ventanilla.

—No! —dijo--. ¡Desde aquí, no!

—Desde aquí, chico. Aparta el culo.

Hardie lo empujó y Peter abrió la puerta y por poco no cayó. La catedral de St.

Michael se levantaba delante de ellos, inmensa, amenazadora en medio de la

oscuridad.

Estaban ambos tiritando bajo sus chaquetas junto a una puerta auxiliar de la

catedral.

—¿Y qué piensas hacer ahora? ¿Abrir la puerta de una patada? Tiene candado,

que no sé si habrás visto.

—Cállate. Trabajo en un hotel. ¿O lo has olvidado? —Hardie sacó un manojo de

llaves de debajo de la chaqueta. En la otra mano tenía el anteojo y la botella.

—Ve allá un instante. Mea o haz algo mientras pruebo las llaves. —Jim apoyó

entonces la botella en un escalón y se puso a trabajar.

Peter se alejó por el camino a lo largo de la iglesia. Desde aquel costado, parecía

una cárcel. Orinó copiosamente, trastabilló y se mojó las botas. Luego se apoyó

contra la pared con un brazo, permaneció inmóvil, como sumido en profundas

meditaciones y sin hacer ruido vomitó entre sus propios pies. También salía vapor de

esto. Estaba pensando en caminar hacia su casa cuando Jim Hardie lo llamó:

—Ven, preciosa. —Al volverse, vio a Hardie, quien lo miraba sonriente,

agitando las llaves y la botella desde la puerta abierta. Recordaba a una de las

gárgolas de la fachada de la catedral.

—No —dijo.

—Vamos, te digo. ¿Qué tienes entre las piernas?

Petet dio unos pasos torpes y Hardie lo tomó con brusquedad y lo obligó a

entrar.

Hacía frío adentro y reinaba una oscuridad como la del fondo del mar. Peter se

detuvo, con los pies en el piso de ladrillo y tuvo la sensación del espacio infinito a su

alrededor. Al extender las manos, palpó el aire helado. Detrás oyó a Jim Hardie

preparar todos sus elementos.

—Dime. ¿No tienes manos? Ven, sostén esto. —El anteojo chocó con la palma

de su mano. Los pasos de Hardie se alejaron hacia el costado, resonando en el piso de

ladrillo.

Al volverse vio el pelo de Hardie y sus reflejos en la oscuridad. Muévete. En

algún lugar aquí hay una escalera...

Peter dio un paso y tropezó con una especie de banco.

—Calla.

—¡No te veo!

—Mierda. Aquí. —Hubo un movimiento en la oscuridad y Peter comprendió

que Jim lo llamaba con la mano. Con gran cautela fue hacia él.

—¿Ves esa escalera? Vamos allá, arriba. A una especie de balcón.

—Hiciste esto ya —dijo Peter sorprendido.

—Claro que sí. A veces veníamos aquí con Penny y fornicábamos entre los

bancos. ¡Qué diablos! Y ella no es católica, te diré.

Los ojos de Peter comenzaban a acostumbrarse a la oscuridad y la luz tenue que

entraba por una ventana circular le permitió ver el interior de la iglesia. Nunca había

entrado antes en St. Michael. Mucho más grande que la iglesieta de estilo suburbano

donde sus padres pasaban una hora durante Pascua y otra el día de Navidad, sus

vastos pilares cortaban el espacio. Un mantel de altar relucía en forma

fantasmagórica. Peter eructó y sintió el sabor del vómito. La escalera que le señalaba

Jim era ancha, de ladrillos, y se curvaba contra la pared interior de la catedral.

—Subimos por aquí y terminamos en el frente mismo, frente a la plaza. Su

cuarto da a la plaza, ¿sabes? Con un buen telescopio como éste veremos muy bien.

—Qué estupidez...

—Te lo explicaré después, idiota. Subamos —dijo Jim y comenzó a subir de

prisa, seguido por Peter. —Al ver que éste quedaba rezagado, se volvió y bajó un par

de escalones—. Espera. Lo que necesitas es un cigarrillo. —Sacando los suyos y con

una sonrisa, ofreció uno a Peter.

—¿Fumar aquí?

—Por supuesto. No te verá nadie. —Jim encendió su propio cigarrillo y el de

Peter. La llama del encendedor iluminó las paredes, dejando el resto en tinieblas. El

humo contribuyó a disipar algo el gusto de la boca de Peter y en cierto modo, el

vómito volvía a parecerle cerveza—. Aspira una o dos veces. ¿Viste? —Jim echó una

bocanada de humo, pero con el encendedor apagado, sólo se podía oír cómo

exhalaba. Al aspirar a su vez, vio que Hardie tenía razón. Lo había calmado—. Y

ahora, sube de una vez. —Jim subía otra vez y Peter lo siguió.

Arriba, muy alto en la iglesia, recorrieron una angosta galería hasta que

llegaron al frente, donde una ventana con un ancho alféizar miraba sobre la plaza.

Jim estaba sentado sobre él cuando Peter llegó a su lado.

—¿Querrás creerlo? —preguntó Jim—. Una vez pasé unos instantes deliciosos

con Penny aquí mismo. —Después de arrojar su cigarrillo al suelo lo apagó con el

pie. Peter lo vio guiñar en la penumbra gris de la ventana—. Esto los vuelve locos.

No alcanzan a imaginar quién estuvo fumando aquí. Ven. Bebe un poco.

Peter rechazó la botella y le dio el anteojo.

—Bien —dijo—. Ahora que estamos aquí, explícame. —Una vez sentado en el

frío alféizar, se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta impermeable.

Hardie miró su reloj.

—Primero, un poco de magia. Mira por la ventana. —Peter miró: la plaza, los

edificios oscuros, los árboles desnudos. El hotel Archer enfrente no mostraba

ninguna ventana iluminada—. Uno, dos, tres. —Y

tres de las luces de la plaza se

apagaron—. Son las dos de la madrugada.

—Vaya con tu magia.

—Bien, si eres tan listo, vuelve a encenderlas. —Hardie se volvió, arrodillado en

el alféizar y se acercó el anteojo a los ojos—. Lástima que la luz de ella no esté

encendida. Pero si se acerca a la ventana, la veré. ¿Quieres mirar?

Peter tomó el catalejo y lo enfocó en el hotel.

—Está en el cuarto sobre la puerta principal. Enfrente mismo de nosotros y un

poco hacia abajo.

—Ya veo la ventana. No hay nadie allá. —Entonces vio una llamita roja en la

oscuridad del cuarto—. Espera. Está fumando.

Hardie le arrebató el catalejo.

—Es verdad. Está sentada allí. Fumando.

—Y ahora, dime por qué nos metimos en la iglesia para verla fumar.

—Te diré. El primer día que llegó al hotel traté de conquistármela. Me rechaza.

Y un poco más tarde

ella me pide a que la invite a salir. Quiere conocer la taberna

de Humphrey. Y yo la llevo allá, pero apenas se ocupa de mí. Te juro, hombre, que

me dio rabia. Quiero decir que para qué perder el tiempo si no le intereso, ¿no?

¿Sabes por qué? Quería conocer a Lewis Benedikt. Tú lo conoces, ¿no? El viejo que

según dicen eliminó a su mujer en Francia.

—En España —le corrigió Peter, quien tenía ideas sumamente complejas acerca

de Lewis Benedikt.

—¿Qué importa? Sea como fuere, estoy seguro de que fue por eso que quiso

que la llevase allá. Resulta que tiene pasión por los que matan a su mujer.

—No creo que la haya matado —dijo Peter—. Es buena persona. Por lo menos,

yo creo que es buena persona. Creo que a veces las mujeres lo... ya sabes cómo son...

—No me importa en lo más mínimo que lo haya hecho o no. Mira, se mueve. —

Jim calló. Un instante después le sorprendió a Peter verse con el anteojo entre las

manos—. Mira. Rápido.

Peter levantó el anteojo y buscó la ventana, mirando por arriba de la «A» del

cartel sobre la puerta. Punto de referencia, la «A». Después, mirar directamente sobre

ella. Sin querer, retrocedió unos centímetros del alféizar. La mujer estaba junto a la

ventana, sonriente, con un cigarrillo en la mano y lo miraba a los ojos, a él... Sintió

ganas de vomitar otra vez.

—¡Está mirándonos! —exclamó.

—Habla en serio. Estamos en el otro lado de la plaza. Afuera está oscuro. Pero

ya ves lo que quiero decir.

Peter devolvió el anteojo a Jim, quien volvió a observar la ventana.

—¿A qué te refieres? —le preguntó Peter.

—A que es muy rara. Las dos de la mañana y allí está en su cuarto,

completamente vestida y fumando.

—¿Qué tiene de raro?

—Mira, yo he vivido toda mi vida en ese hotel, así que sé cómo actúa la gente

en los hoteles. Hasta las viejas putas que suelen alojarse con nosotros. Miran

televisión, piden algo para beber o comer, dejan su ropa en todo el cuarto, dejan

marcas de botellas y de vasos sobre las mesas, dan fiestitas en su cuarto y después

hay que fregar las alfombras. De noche las oyes hablar solas, roncar, escupir... sí, oyes

todo lo que hacen. Las oyes mear en el lavatorio. Las paredes son gruesas, pero las

puertas, no, ¿sabes? Si vas por los pasillos las oyes prácticamente lavarse los dientes.

—Bien, ¿qué tiene de raro? —repitió Peter.

—Que ésta no hace nada de eso. Nunca hace ruido. Nunca mira televisión. Casi

nunca hace falta limpiarle el cuarto. Hasta la cama está siempre tendida. Raro, ¿no?

¿Qué hace, entonces? ¿Dormir sobre la colcha? ¿Quedarse levantada toda la noche?

—¿Todavía está allí?

—Sí.

—Déjame ver. —Peter tomó el anteojo. La mujer seguía de pie junto a la

ventana, con una leve sonrisa, como si supiese que estaban hablando de ella. Peter se

estremeció y devolvió el anteojo a su amigo.

—Te diré algo más. Yo le subí la valija cuando llegó al hotel. Bien, he acarreado

un millón de valijas, créeme, y ésa estaba vacía. Quizás haya habido unos diarios

adentro, pero no había nada más. Un día cuando ella estaba trabajando le revisé los

armarios. No había nada. No había ropa. Pero por otra parte, no siempre usaba la

misma, hombre. ¿Qué hacía entonces, usarla en varias capas? Dos días después volví

a mirar y esta vez el armario estaba lleno de ropa, como si supiese que alguien había

estado revisándole el armario. Fue la noche que me pidió que la llevase a la taberna

de Humphrey y que yo me imaginé que me haría un escándalo. La verdad es que

apenas me dirigió la palabra. Casi lo único que me dijo fue: «Quiero que me

presentes a ese hombre». La llevé adonde él estaba y él huyó como una liebre

asustada.

—¿Benedikt huyó? ¿Por qué?

—Se me ocurrió que le tenía miedo. —Jim bajó el telescopio y encendió otro

cigarrillo, sin dejar de mirar a Peter—. ¿Y sabes otra cosa? Yo también le tenía miedo.

Hay algo en la manera en que te mira a veces.

—Como si sospechase que estuviste revisándole las cosas.

—Puede ser. Pero es una mirada cargada, hombre. Te llega, realmente. Hay otra

cosa más. Cuando recorres los pasillos de noche, sabes cuando la gente tiene las luces

encendidas, ¿no? La luz se filtra por el resquicio debajo de la puerta. Bien, ella nunca

tiene las luces encendidas.

Nunca. Pero una noche... pensarás que lo que digo es una

locura.

—Dímelo.

—Una noche vi una luz vacilante debajo de su puerta. Una luz parpadeante,

como de radio o algo así, ¿sabes? Una luz verdosa. Una luz fría. No era de fuego ni

de nada parecido y tampoco provenía de nuestras lámparas.

—Qué disparate.

—Lo vi.

—Pero, no quiere decir nada. Luz verde...

—No solamente verde.., como si fuera incandescente. Como si fuera plateada.

De todos modos, es por eso que quería que la miremos un poco.

—Bien, la miraste. Ahora vamos a casa. ¡Mi padre se indignará si llego tan

tarde!

—Espera. —Jim volvió a mirar por el telescopio. Creo que sucede algo. No está

ya junto a la ventana. ¡Qué rabia! —dijo, bajando el telescopio—. Abrió la puerta y

salió. La vi salir al pasillo.

—¡Viene hacia aquí! —Peter salió del alféizar y avanzó por el pasillo en

dirección a la escalera.

—No te mojes los pantalones, señorita. No vendrá aquí. No podía vernos.

¿Recuerdas? Pero si piensa ir a alguna parte, yo quiero saber adónde. ¿Vienes o no?

—Jim estaba juntando ya los cigarrillos, la botella y el manojo de llaves—. Ven.

Tenemos que darnos prisa. En dos minutos saldrá por esa puerta.

—¡Voy, voy!

Corrieron por el pasillo y escaleras abajo. Hardie corrió por el costado de la

catedral y abrió la puerta, iluminando el interior lo suficiente para que Peter no

chocase con los pilares y con los bordes de los reclinatorios. Una vez afuera y

envuelto en la oscuridad, Jim deslizó el candado en la puerta y lo cerró y luego corrió

hacia el automóvil. El corazón de Peter latía desaforadamente, en parte a causa del

alivio que sentía al verse fuera de la iglesia. Seguía tenso de temor, no obstante

imaginó a la mujer de la ventana corriendo por la plaza nevada en lirección a ellos, la

reina malvada de Blancanieves, esa mujer que nunca encendía la luz o dormía en su

cama y que era capaz de verlo en una noche oscura por la ventana de una iglesia.

Cayó en la cuenta de que tenía la cabeza despejada. Cuando subió al automóvil,

comentó:

—El temor te quita la borrachera.

—No pensaba venir aquí, idiota —le dijo Hardie, pero a pesar del comentario se

alejó del costado de la catedral y tomó el borde sur de la plaza con tanta velocidad

que sus neumáticos rechinaron. Peter miró con ansiedad la vasta extensión desierta

de la plaza, el suelo blanco cortado por árboles sin hojas, la estatua borrosa, pero no

vio a ninguna reina malvada que se les aproximase. La imagen había sido tan nítida

que siguió mirando la plaza aun después de haberse internado Jim en Wheat Row.

—Está en los escalones —susurró Jim cuando llegaron casi a la esquina.

Al mirar hacia el hotel entre los árboles desnudos, Peter la vio descender

tranquilamente la escalera hacia la acera. Llevaba el abri;o largo, un echarpe que se

agitaba y sombrero. Se le veía tan absurdamente normal con este atuendo y

caminando por la calle desierta a las dos de la madrugada, que Peter lanzó una

carcajada a la vez que se estremecía.

Jim apagó los faros y avanzó despacio hacia las luces de tránsito. A la izquierda

de ellos y en el lado opuesto de la calle, la mujer se desplazó con rapidez y

desapareció en la oscuridad,

—Oye, volvamos a casa —dijo Peter.

—Calla. Quiero ver adónde va.

—¿Y si nos ve?

—No nos verá. —Jim dobló a la izquierda y lentamente llegó hasta el fin de la

plaza y pasó delante del hotel, con los faros siempre apagados. Aunque los faroles de

la plaza estaban también apagados, los de la calle permanecerían encendidos hasta el

amanecer y los dos muchachos la vieron entrar en un círculo de luz al final de la

primera cuadra sobre Main Street. Jim conducía muy despacio y después de

atravesar Main Street esperó hasta que ella avanzase otra cuadra más antes de

proseguir

—Está paseando —dijo Peter—. Tiene insomnio y sale a caminar de noche.

—Qué va.

—No me gusta hacer esto.

—Bien, bien. Baja y vuelve a casa a pie —murmuré Jim irritado.

Extendió luego el brazo delante de Peter y abrió la puerta—. Vamos baja y

vuelve a tu casa.

Peter permaneció sentado en medio del frío que entraba por la puerta abierta,

casi pronto a obedecer.

—Tú también deberías volver —dijo.

—¡Jesús! ¡Vete al diablo! Baja o bien cierra la puerta —susurró Jim—. ¡Espera un

segundo! —Los dos muchachos vieron otro automóvil aproximarse por la calle,

delante de ellos, y detenerse bajo la luz de un farol dos cuadras adelante. La mujer se

acercó con paso pausado, la puerta del automóvil se abrió y ella subió en él.

—Conozco ese auto —dijo Peter—. Lo he visto por aquí.

—Claro que lo viste, idiota. Camaro azul setenta y cinco... es el pavo ése,

Freddy Robinson. —Al alejarse el automóvil de Freddy, él mismo aceleró.

—Bien, ahora sabes adónde va por las noches.

—Puede ser.

—¿Puede ser? ¿Qué otra cosa puede ser? Robinson es casado. En realidad, a mi

madre le dijo la señora Venuti que su mujer quiere divorciarse de él.

—Es porque persigue chicas del secundario, ¿no? Ya sabes que a Freddy

Robinson le gustan tiernitas. ¿Alguna vez lo viste con una chica?

—Sí.

—¿Quién?

—Una chica de la escuela —dijo Peter. No quería revelar que era Penny

Draeger.

—Muy bien. Entonces, sea lo que fuere que esté haciendo el tonto de Freddy, no

es una cita amorosa. ¿Qué demonios será?

Seguir a Robinson los llevaba por el noroeste de Milburn, por curvas que

parecían tomadas al azar y que los alejaban del centro de la ciudad. Esas casas bajo el

cielo negro y los montículos de nieve en el frente de sus terrenos resultaban siniestros

a Peter Barnes. La inmensidad de la noche los reducía a algo mayor que casas de

muñecas, pero menor que ellas mismas en la realidad. Las luces posteriores del

automóvil de Freddy se movían delante de ellos como los ojos de un gato.

—Muy bien. Veamos. Doblará ahora mismo a la derecha y proseguirá hacia el

oeste en dirección a la carretera del puente.

—¿Cómo lo...? —Peter calló de pronto al ver que el automóvil de Robinson

hacía exactamente lo que había predicho Jim—. ¿Adónde va?

—A lo único en este sector que no tiene una serie de hamacas para niños en los

fondos de los terrenos.

—La estación ferroviaria vieja.

—Te ganaste un cigarro. O mejor todavía, un cigarrillo. —Los dos muchachos

encendieron sus cigarrillos y en el minuto siguiente el automóvil de Robinson se

metió en la playa de estacionamiento del edificio. Era una construcción hueca con

piso de madera y una ventanilla. En las vías cubiertas de maleza estaban detenidos

dos viejos furgones desde que tenían memoria los muchachos. Mientras ambos

observaban desde el automóvil a oscuras la carretera llamada Bridge Road, la mujer,

y luego Robinson bajaron del Camaro. Peter miró a Jim, lleno de aprensión por lo

que podría hacer su amigo. Hardie esperó hasta que la mujer y Robinson se alejaron

por el costado de la estación y sólo entonces abrieron la puerta.

—No quiero —dijo Peter.

—Muy bien. Quédate.

—¿Para qué? ¿Para verlos en paños menores?

—No es eso lo que piensan hacer, idiota. ¿Aquí? ¿O en esa estación como una

heladera y llena de ratas? Él tiene dinero suficiente para llevarla a un motel.

—Y entonces, ¿qué? —insistió Peter, suplicante.

—Quiero saber lo que ella dice. Ella lo trajo aquí. ¿Recuerdas?

Jim cerró la puerta y se alejó caminando con sigilo por Bridge Road.

Peter tocó la manija de la puerta, la empujó hacia abajo y oyó soltarse el seguro.

Jim estaba loco. ¿Para qué seguir más y meterse en dificultades sin objeto? Se habían

metido ya en una iglesia, fumado cigarros y bebido whisky allí, Y ahora Jim Hardie,

no satisfecho con eso se arrastraba detrás de Freddy Robinson, ese corruptor de

menores y de esa mujer que le daba escalofríos.

¿Qué?

La tierra vibró y de algún punto desconocido lo golpeó un viento glacial.

Más allá de la estación tenía la impresión de dos voces que aullaban en medio de la

súbita ráfaga. Era como si una mano estuviese golpeándolo en el interior del cráneo.

Alrededor la noche se volvió más tenebrosa y creyó que se desmayaría. Oyó

vagamente a Jim Hardie caer sobre la nieve más adelante y luego ambos y la antigua

estación también parecieron inundarse de un resplandor de intensa luminosidad.

Se encontraba fuera del automóvil, de pie en un suelo que parecía rebotar bajo

sus pies, mirando a Jim. Su amigo estaba sentado en la nieve con el cuerpo cubierto

de blanco. Las cejas le brillaban con un tinte verdoso, como el de la esfera de un

reloj... La nieve hacía esto a veces, cuando reflejaba los rayos oblicuos de la luna...

Jim corrió hacia la estación y Peter atinó a pensar.

Es así como siempre se mete en

dificultades. No es solamente loco... nunca renuncia a nada.

Y ambos oyeron entonces gritar a Freddy Robinson.

Peter se puso en cuclillas junto al automóvil, como si temiese que siguiesen

disparos a aquel alarido. Oyó alejarse los pasos deJim hacia la estación. Los pasos

cesaron. Aterrado, Peter miró con cautela por detrás de un guardabarro. Con la

espalda y las piernas cubiertas de nieve reluciente, Jim imitaba inconscientemente su

propia postura y espiaba por el costado de la estación.

Peter sintió deseos de estar a doscientos metros de distancia de allí, observando

todo por un telescopio.

Jim se arrastró unos metros más. Ahora veía seguramente toda la parte de atrás

de la estación. Detrás de la plataforma, unos escalones de piedra bajaban hasta las

vías. Los dos vagones abandonados estaban allí, semienterrados en la maleza, en los

dos extremos de la estación.

Al ver correr a Jim, agitó la cabeza. Jim corría ahora muy inclinado en dirección

al automóvil. No le dijo una palabra al llegar ni lo miró, sino que abrió la puerta y se

metió en el automóvil a toda velocidad. Peter subió a su vez, con las rodillas rígidas

por haber estado arrodillado, en el instante en que Jim ponía el motor en marcha.

—Dime. ¿Qué sucedió?

—Cállate.

—¿Qué viste?

Hardie apretó el acelerador y movió la palanca de cambios. El automóvil se

lanzó hacia adelante. Hardie tenía la chaqueta y los pantalones cubiertos de nieve.

—¿No viste nada?

—No.

—¿No sentiste temblar la tierra? ¿Por qué gritó Robinson?

—No sé. Estaba tendido sobre las vías.

—¿Y no viste a la mujer?

—No. Debía estar en un costado.

—No, viste algo. Saliste corriendo.

—Por lo menos, yo me acerqué!

El reproche velado hizo callar a Peter, pero faltaba algo más.

—Vamos, mierdita, te escondiste detrás del automóvil como una chica de cinco

años... eres menos hombre que una paloma... y escucha: si alguien te pregunta dónde

estuviste esta noche, dirás que estuviste jugando al póker conmigo, que estábamos

jugando al póker en el sótano de tu casa, lo mismo que anoche, ¿entiendes? No pasó

nada, ¿entiendes? Tomamos unos cuantos vasos de cerveza y luego reanudamos la

partida que empezamos anoche. ¿Entendido?

—Entendido, pero...

—Nada —dijo Hardie, volviéndose para mirar a Peter con los ojos muy abiertos

—. Bien. ¿Quieres saber lo que vi? Te diré lo que me vio

a mf. ¿Sabes qué era? Era un

chico, sentado en el techo de la estación y seguramente estuvo mirándome todo el

tiempo. Aquello era algo enteramente inesperado.

—Un chico? Qué locura. Son casi las tres de la madrugada. Y hace frío y no hay

manera de subir al techo de la estación, de cualquier modo. Nosotros tratamos de

subir muchísimas veces, cuando estábamos en la escuela primaria.

—Pues el chico estaba allí y me miraba. Y ahora te paso otro dato.

—Hardie viró violentamente por una esquina y por poco no chocó con una serie

de buzones individuales—. Estaba descalzo. Y además, creo que no tenía camisa.

Peter permaneció mudo.

—Te juro, hombre, que casi me muero de miedo. Por Otra parte, sospecho que

Freddy Robinson está muerto. Así que si cualquiera pregunta algo, estuvimos

jugando al póker toda la noche.

—Lo que tú digas.

—Sí, lo que yo diga.

Omar Norris tuvo un desagradable despertar. Después de haberlo echado de la

casa su mujer, había pasado la noche en lo que consideraba su último refugio, uno de

los vagones cerca de la estación abandonada y si oyó ruidos en el curso de su sueño

de borracho, no lo recordaba ya. Por lo tanto, le provocó una profunda sacudida

comprobar que lo que había tomado por un bulto de ropa vieja fuera un cadáver. No

dijo «Cómo! ¿Otra vez?» sino una serie de palabrotas, pero en realidad lo que había

querido decir era lo primero.

4

Durante los días y noches que siguieron se registraron en Milburn varios

hechos de diversa importancia. Algunos parecían triviales a las personas

involucradas en ellos, otros resultaban desconcertantes o molestos y otros eran

notables, significativos. Todos, no obstante, formaban parte del cuadro que

finalmente traería aparejados tantos cambios en la ciudad y como parte de este

cuadro, todos tenían importancia.

La mujer de Freddy Robinson se enteró de que su marido estaba cubierto por

un seguro personal insignificante y de que el As, el futuro miembro de los exitosos

en el ramo de los seguros de vida, sólo valía quince mil dólares una vez muerto. Hizo

un lacrimoso llamado de larga distancia a su hermana casada en Aspen, Colorado,

quien le dijo:

—Siempre te advertí que era un canalla y un miserable. ¿Por qué no vendes la

casa y te mudas aquí, a un clima más sano? ¿Y qué clase de accidente raro fue ése,

hermana?

Era lo mismo que se preguntaba el médico forense del condado de Brooflie, al

verse en presencia del cadáver de un hombre de treinta y cuatro años despojado de la

mayor parte de sus órganos y de hasta la última gota de sangre. Por un instante

consideró la posibilidad de consignar bajo el renglón CAUSA DE LA MUERTE la

palabra «Desangramiento», pero en lugar de ella escribió «Vaciamiento total»,

palabras a las que agregó una larga nota en las que expresaba la conjetura de que el

»vaciamiento» podría haber sido provocado por algún animal desconocido.

Y Elmer Scales permanecía levantado todas las noches, con la escopeta sobre las

rodillas, sin saber que se había matado ya la última vaca y que la figura de expresión

provocativa que había visto buscaba presas de caza mayor.

Walt Hardesty, por su parte, invitó a Omar Norris a beber en el cuarto de los

fondos de la taberna de Humphrey, donde oyó decir a Omar que ahora que tenía

tiempo para reflexionar sobre el hecho, creía haber oído un auto o dos aquella noche

y tenía la impresión de que aquello no era todo, sino que además imaginó oír algún

ruido

y ver una especie de luz.

—¿Ruido? ¿Luz? Sal de aquí ya mismo, Omar —le dijo Hardesty, pero se quedó

bebiendo muy despacio su cerveza después de haber partido Omar, mientras se

preguntaba qué demonios estaba ocurriendo.

Y la muchacha excelente empleada por los abogados Hawthorne y James dijo a

sus patrones que deseaba abandonar el hotel Archer y que había oído decir que la

señora Robinson pensaba poner en venta su casa. ¿Les sería posible a ellos conversar

con su amigo en el Banco y arreglar una financiación? Según parecía, contaba con

una sólida cuenta de ahorros en una organización de préstamos para vivienda de San

Francisco.

Sears y Ricky se miraron mutuamente con una expresión que expresaba

inusitado alivio, pues no les había gustado la idea de que la casa permaneciese vacía.

Dijeron, pues, que probablemente podrían arreglar algo con Barnes.

Lewis Benedikt se hizo la promesa de llamar a su amigo Otto Gruebe para fijar

un día y salir a cazar con los perros.

Larry Mulligan, encargado de arreglar el cuerpo de Freddy para el entierro,

miró aquella cara y decidió que «seguramente vio al diablo en persona que venía a

llevárselo».

Nettie Dedham, prisionera en su sillón de ruedas, como lo estaba también

dentro de su cuerpo paralizado, se encontraba mirando por la ventana del comedor,

como le gustaba hacerlo mientras Rea se ocupaba de dar la comida de la noche a los

caballos, e inclinó la cabeza hacia un lado para poder ver el resplandor del

crepúsculo en el prado. Vio entonces una silueta que se movía allá y como

comprendía mucho más de lo que admitía su hermana, vio con temor cómo la figura

se acercaba a la casa y al establo. Dejó escapar unos cuantos gritos ahogados, pero

sabía que Rea no los oiría. La figura se acercó cada vez más, una figura que le

resultaba extrañamente familiar. Nettie temía que se tratase del muchacho de la

ciudad de quien hablaba su hermana siempre, el chico alocado y furioso cuyo

nombre Rea había mencionado a la policía. Se estremeció al ver aproximarse la figura

por el prado, al imaginar lo que sería la vida para ella si el muchacho llegase a

hacerle algo a Rea. Chilló de terror y por poco no derribó su sillón. El hombre que se

dirigía al establo era su hermano Stringer, con la camisa marrón que vestía el día que

murió. Estaba cubierta de sangre, como el día que lo colocaron sobre la mesa y lo

envolvieron en frazadas, pero tenía los dos brazos. Stringer miró por el espacio

abierto la ventana por donde miraba Nettie, luego apartó con las manos los hilos del

alambrado, pasó entre ellos y se acercó a la ventana. Le dirigió una sonrisa. La cabeza

de Nettie se volcó hacia atrás entre sus hombros y Stringer se volvió otra vez para

dirigirse a los establos.

Y Peter Barnes bajó a la cocina a tomar, como de costumbre, su apresurado

desayuno, más aún en los últimos tiempos, por haberse vuelto su madre tan

introspectiva, y encontró a su padre, quien debería haber salido quince minutos

atrás, sentado a la mesa delante de una taza de café frío.

—Hola, papá —le dijo—. Mira que llegas tarde al Banco.

—Lo sé —repuso su padre—. Quería hablar contigo sobre algo. En realidad,

últimamente no hemos conversado mucho, Peter.

—Sí, es posible. Pero, ¿no podría ser en otro momento? Tengo que salir para la

escuela.

—Llegarás de cualquier manera. Pero esto no puede esperar. Hace unos días

que estoy pensando en ello.

—¿,Sí? —Peter se sirvió leche en un vaso, seguro de que se trataba de algo serio.

Su padre nunca hablaba de temas serios sin andar con rodeos antes. Solía cavilar

sobre ellos como si se tratase de préstamos bancarios y luego planteaba el asunto

cuando tenía ya planeada la forma de encararlo.

—Creo que has estado saliendo demasiado con Jim Hardie —le dijo su padre—.

No es una buena persona y está enseñándote malas costumbres.

—No estoy de acuerdo —replicó Peter irritado—. Además, tengo edad

suficiente para tener costumbres propias. Y Jimmy no es en absoluto tan malo como

la gente dice... sólo que a veces pierde los estribos y hace locuras.

—¿Hizo locuras el sábado en la noche?

Peter se sentó y miró a su padre con fingida calma.

—No. ¿Por qué? ¿Hicimos mucho ruido?

Walter Barnes se quitó los anteojos y se los limpió en el chaleco.

—No me digas que sigues pretendiendo que crea que estuvieron aquí esa

noche.

Peter sabía muy bien que no le convenía insistir en la mentira. Hizo, pues un

gesto negativo con la cabeza.

—No sé dónde estuvieron y no pienso preguntártelo. Tienes dieciocho años y

derecho a tus actos privados. Quiero que sepas, sin embargo, que a las tres de la

madrugada tu madre creyó oír ruido y yo me levanté y recorrí toda la casa. No

estabas en la sala de juegos del sótano con Jim Hardie. La verdad es que no estabas

en casa. —Walter volvió a ponerse los anteojos y miró a su hijo con aire muy grave.

Peter sentía que estaba por revelar el plan que había concebido—. No se lo dije a tu

madre porque no quería preocuparla. Ultimamente ha estado muy tensa.

—Es verdad. ¿Por qué está tan enojada siempre?

—No lo sé —repuso Barnes, aunque tenía una idea aproximada—. Creo que

siente soledad.

—Pero tiene muchas amigas, como la señora Venturi. La ve casi todos los días...

—No desvíes la conversación. Quiero hacerte unas cuantas preguntas, Peter. Tú

no tuviste nada que ver con la muerte del caballo de las señoritas Dedham, ¿no?

—No —murmuró Peter, escandalizado.

—Y no creo realmente que te hayas enterado de que asesinaron a Rea Dedham.

Para Peter las solteronas Dedham eran ilustraciones de un libro de cuentos.

—¿La asesinaron? No, yo... —Sus ojos recorrieron la cocina con expresión

horrorizada—. Ni siquiera lo sabía.

—Lo suponía. Yo me enteré sólo ayer. El muchacho que limpia sus establos la

encontró ayer por la tarde. Hoy publicarán la noticia. Por radio y por el diario de esta

noche.

—¿Por qué me lo preguntaste a mí?

—Porque la gente sospechará que Jim Hardie puede estar implicado en esto.

—¡Ridículo!

—Espero que sea ridículo, por el bien de Eleanor Hardie. Y te diré sinceramente

que no puedo imaginar a un hijo de ella haciendo semejante cosa.

—No, sería incapaz. Es un poco alocado y no sabe detenerse donde cualquier

otro muchacho... —Peter calló ante el sonido de sus propias palabras.

Su padre suspiró.

—Estoy preocupado... La gente sabe que Jim sentía rencor contra esas pobres

viejas. No, estoy seguro de que no tuvo nada que ver, pero no cabe duda de que

Hardesty lo interrogará. —Barnes se llevó un cigarrillo a los labios, pero no lo

encendió—. Muy bien, hijo, tendremos que aproximarnos un poco, tú y yo. El año

que viene te irás a la universidad y éste es, probablemente, el último año que

pasemos juntos como una familia. Pensamos dar una fiesta dentro de quince días y

querríamos que tú te calmes un poco y participes de ella. ¿Cuento contigo?

Conque aquél era el plan.

—Claro —dijo Peter, lleno de alivio.

—¿Y te quedarás durante toda la fiesta? Me gustaría que disfrutases de verdad

de ella.

—Claro. —Al mirar a su padre Peter lo vio por un instante como

inesperadamente viejo. Tenía el rostro arrugado y flojo, con las marcas de una vida

entera de preocupaciones.

—¿Y conversaremos un poco más en la mañana?

—Sí. Lo que tú quieras. Claro.

—Y pasarás menos horas recorriendo las tabernas con Hardie, espero. —El tono

era de autoridad y Peter hizo un gesto afirmativo—. Podrías meterte en verdaderas

dificultades.

—No es tan malo como imaginan todos —dijo Peter—. Le ocurre que no sabe

detenerse, ¿sabes? Sigue y sigue y...

—Basta. Será mejor que vayas a la escuela. ¿Quieres que te lleve?

—Prefiero caminar. Llegaría demasiado temprano.

—Muy bien, hijo.

Cinco minutos después, con los libros bajo el brazo, Peter salió de su casa.

Sentía aún en las tripas las huellas del temor que había tenido al imaginar que su

padre le haría preguntas sobre el sábado en la noche. Aquél era un episodio que

deseaba borrar de su mente para siempre, pero el temor era tan sólo una zona

temblorosa rodeada de un mar de alivio. A su padre le interesaba más aproximarse a

él que lo que pudiese haber hecho con Jim Hardie. El sábado se alejaría en el tiempo

y no tardaría en ser algo tan ajeno a él como las viejas Dedham.

Dobló la esquina. Entre él y lo que pudiese haber sucedido, el misterio de hacía

dos noches, estaba el tacto de su padre. En cieno modo, su padre lo protegía contra

ello y las cosas terribles no sucederían. Hasta la propia inmadurez lo protegía. Si no

hacía nada malo, no lo asaltarían esos terrores.

Cuando llegó al final de la plaza, el temor se había desvanecido casi del todo. El

camino normal a la escuela lo habría llevado delante de la fachada del hotel, pero no

quería arriesgar en lo más mínimo volver a ver a esa mujer. Se desvió hacia Wheat

Row. El aire frío le acariciaba la cara y los gorriones se amontonaban y piaban en la

plaza cubierta de nieve, desplazándose en rápidos movimientos en zigzag. Un largo

Buick negro pasó delante de él y al mirar las ventanillas vio en el interior a los dos

viejos abogados, amigos de su padre, en el asiento delantero. Ambos tenían un

aspecto demacrado y lleno de fatiga. Saludó con una mano y Ricky Hawthorne agitó

la mano y le devolvió el saludo.

Estaba ya en el final de Wheat Row y pasaba delante del Buick detenido cuando

le llamó la atención un movimiento en la plaza. Un hombre musculoso con anteojos

oscuros, un extraño al lugar, caminaba por la nieve. Llevaba una chaqueta marinera y

una gorra tejida, pero Peter vio por la piel blanca arriba de las orejas que tenía el

cráneo afeitado. El desconocido batía palmas y con ello ahuyentaba los gorriones

como una salva de municiones. El hombre tenía el aspecto irracional de una bestia.

Nadie más, ni los hombres de negocios que subían por los bonitos escalones del siglo

dieciocho de Wheat Row, ni las secretarias que los seguían con sus cortos abrigos y

sus largas piernas, lo vieron. El hombre volvió a batir palmas y Peter advirtió que

tenía los ojos fijos en él. Sonreía como un leopardo hambriento. Comenzó a avanzar

hacia Peter. Helado, Peter intuyó que se movía con mayor rapidez que la que

podrían indicar sus pasos. Al volverse para correr despavorido, vio, sentado en una

de las tumbas algo inclinadas detrás de la catedral de St. Michael, a un niñito de pelo

hirsuto y un rostro tonto y sonriente. El niño, no obstante ser menos amenazador,

pertenecía a la misma sustancia que el hombre. También miraba con fijeza a Peter,

quien recordó en seguida lo que había visto en la estación abandonada. El rostro

tonto se deformó en una carcajada. Peter, a punto de dejar caer sus libros, huyó sin

mirar hacia atrás.

Nuestra señorita Dedham dirá ahora unas pocas palabras

5

Los tres hombres estaban sentados en un pasillo del tercer piso del Hospital

Universitario de Binghamton. A ninguno le agradaba estar allí: a Hardesty, por

sospechar que hacía mal papel en una ciudad más importante, donde nadie se

enteraba de inmediato de su autoridad, aparte de que sospechaba que la misión que

lo traía allí sería inútil. A Ned Rowles, porque le desagradaba alejarse de las oficinas

de «El Ciudadano» durante la mayor parte de las horas del día y especialmente, dejar

el diagramado del diario en manos del personal, y a Don Wanderley, porque hacía

demasiado tiempo que vivía lejos del este del país y le costaba conducir bien en las

carreteras congeladas. Con todo, creía que ver a la anciana cuya hermana había

muerto en circunstancias tan insólitas podría ser útil a la Chowder Society.

La idea había sido de Ricky Hawthorne. «Hace años que no la veo y entiendo

que hace algún tiempo tuvo un ataque cerebral, pero quizá podríamos saber algo por

intermedio de ella. Si usted está dispuesto a encarar semejante viaje en un día como

éste». Era un día en que el mediodía tenía la oscuridad de la noche. Las tormentas

acechaban la ciudad, como si esperasen algo para desencadenarse.

—¿Cree usted que puede haber alguna relación entre ella, la muerte de su

hermana y el problema de ustedes?

—Es posible —admitió Ricky—. Desde luego no lo creo, pero conviene no

descuidar ni siquiera estas cosas algo externas. Diría que algo tiene que ver, de todos

modos. Lo discutiremos en su totalidad más tarde. Ahora que usted está aquí, no

debemos ocultarle nada. Quizá Sears no esté de acuerdo conmigo, pero estoy seguro

de que Lewis, sí. —A continuación Ricky añadió con cierta amargura—: Por otra

parte, tal vez le haga a usted bien alejarse de Milburn, aunque sea por poco tiempo.

Y resultó verdad, al principio. Binghamton, cuatro o cinco veces mayor que

Milburn, aun en un día sombrío y torvo, era un mundo diferente, más radiante, lleno

de tránsito, edificios nuevos, gente joven, el ruido de la vida urbana. Era una ciudad

propia de su década que empujaba a la pequeña Milburn a algún período de novela

gótica. Aquella ciudad más grande había puesto de manifiesto para él lo apartado

que estaba Milburn, lo apropiado que era su ambiente para actividades especulativas

como las de la Chowder Society. Era este aspecto de Milburn que al principio le

recordó al doctor Pata de Cabra. Tenía la impresión de haberse acostumbrado a aquel

ambiente. En Binghamton no había el rumor de lo macabro ni la anormalidad

disimulada que cupiese hilvanar en historias, entre vasos de whisky y pesadillas de

viejos.

Sin embargo, en el tercer piso del hospital predominaba el ambiente de

Milburn. Milburn estaba presente en la suspicacia y la nerviosidad de Walt Hardesty,

en sus groseros comentarios «Qué diablos está usted haciendo aquí. Usted es de la

ciudad. Lo he visto en alguna parte... lo vi en Humphrey’s». Milburn estaba presente

también en el pelo lacio y el traje arrugado de Ned Rowles. En Milburn, Rowles

parecía convencional y hasta bien vestido. Lejos de ella, parecía casi un rústico. Uno

advertía que su chaqueta era demasiado corta y sus pantalones estaban surcados de

arrugas. Y la actitud de Rowles que en Milburn parecía discreta y amistosa, aquí era

una simple muestra de timidez.

—La verdad es que me pareció raro que la vieja Rea muriese muy poco tiempo

después de haber sido encontrado muerto Freddy Robinson. Él estuvo en casa de

ellas no más de una semana antes de morir Rea.

—¿Cómo murió? —preguntó Don—. ¿Y cuándo podremos ver a su hermana?

¿No hay horas de visita vespertinas?

—Estamos esperando hasta que salga el doctor —dijo Rowles—. En cuanto a

cómo murió, decidí no mencionarlo en el diario. No necesitamos del sensacionalismo

para vender nuestros diarios. Sin embargo, supuse que algo habían oído circular por

la ciudad.

—Estuve trabajando casi sin interrupción —dijo Don.

—Ah, un nuevo libro. Magnífico.

—¿Es

eso lo que es este hombre? —preguntó Hardesty—. Ni más ni menos lo

que necesitamos ahora. Un escritor, por favor. Espléndido. Yo tendré que conversar

con un testigo en presencia de un valiente editor de diario y de un escritor. ¿En

cuanto a esta vieja, cómo sabrá quién soy? ¿Cómo va a saber

ella que soy el sheriff?

»Eso es lo que le preocupa», pensó Don. Hardesty parecía un policía de

televisión y esto se debía a que era un hombre tan poco seguro de sí mismo que

necesitaba que todos supiesen que llevaba una insignia y un arma.

Seguramente algo de lo que pensaba se evidenció en su rostro, porque Hardesty

se volvió más agresivo hacia él.

—Bien, veamos qué tiene que decir. ¿Quién lo mandó aquí? ¿Qué vino a hacer a

la ciudad?

—Es sobrino de Edward Wanderley —dijo Rowles con aire fatigado—. Está

trabajando para Sears James y Ricky Hawthorne.

—Para ese par —se lamentó Hardesty —. ¿ Le pidieron que viniese a ver a la

vieja?

—Me lo pidió el señor Hawthorne —repuso Don.

—Vaya. Me imagino que tendría que arrojarme al suelo y jugar a que soy su

alfombra roja —dijo Hardesty y encendió un cigarrillo, sin obedecer la prohibición de

fumar que figuraba en un cartel al final del pasillo—. Esos dos pajarracos ocultan

algo. ¡Bajo la manga! ¡Ja, ja! Eso sí que tiene gracia.

Rowles apartó la mirada. Era obvio que se sentía avergonzado. Don lo miró con

aire interrogante.

—Vamos, dígaselo, Príncipe Valiente. Le preguntó cómo murió la vieja.

—No es muy agradable —Rowles, muy molesto, sorprendió la mirada de Don.

—Es un chico grande. Tiene cuerpo de futbolista, ¿no?

Aquélla era otra característica del policía. Jamás dejaba de medir las

dimensiones de otros hombres en comparación con las propias.

—Vamos, hable. No es un secreto de Estado.

—Muy bien —Rowles se apoyó en la pared con un gesto cansado—. Se

desangró. Le cortaron los brazos.

—¡No! —exclamó Don. Se arrepentía ya de haber venido—. Quién pudo...

—En esto sí que no puedo ayudarlo, ¿sabe? —dijo Hardesty—. Puede ser que

sus amigos ricos puedan darnos una pista. Pero dígame lo siguiente. ¿A quién puede

ocurrírsele circular por el lugar haciendo operaciones al ganado, como sucedió en la

parcela de la señorita Dedham? ¿Y antes, en lo de Norbert Clyde? ¿Y antes aún, en lo

de Elmer Scales?

—¿Cree usted que hay una sola explicación para todo eso? —Suponía Don que

era esto lo que los amigos de su tío le pedían que estableciera.

Pasó una enfermera y dirigió una mirada indignada a Hardesty, quien sintió

vergüenza suficiente para apagar su cigarrillo.

—Pueden entrar ahora —les dijo el médico, quien salía en ese momento.

El primer pensamiento horrorizado de Don, al ver a la anciana, fue

También ella

está muerta,

pero de pronto notó la mirada viva y llena de pánico que se posaba en

uno y otro de ellos. Seguidamente vio los movimientos de la boca y decidió que

Nettie Dedham no podía comunicarse con nadie.

Hardesty, quien se había adelantado, mostraba una ruidosa indiferencia frente

a la boca abierta y a la agitación evidente de la mujer.

—Soy el

sheriff, señorita Dedham —le dijo—. Walt Hardesty, el jefe de policía de

Milburn, ¿eh?

Al ver el pánico profundo en el ojo de Nettie Dedham, Don deseó mentalmente

suerte al policía, antes de volverse hacia el editor.

—Yo sabía que había sufrido un ataque cerebral —comentó éste—, pero no que

hubiese sido tan grave.

—El otro día no nos vimos —le decía Hardesty—, pero conversé con su

hermana. ¿Recuerda? ¿Cuando mataron el caballo?

Nettie Dedham hizo un ruido estertoroso.

—¿Eso quiere decir «sí»?

La anciana repitió el ruido.

—Bien. Usted recuerda y sabe quién soy —Hardesty se sentó y empezó a hablar

en voz baja.

—Seguramente Rea Dedham la entendía —dijo Rowles—. En una época las dos

tenían fama de ser bellezas. Recuerdo haber oído hablar a mi padre de las hermanas

Dedham. Sears y Ricky deben recordarlas.

—Seguramente.

—Ahora voy a preguntarle algo acerca de la muerte de su hermana —decía

Hardesty en aquel momento—. Es importante que me cuente cualquier cosa que

haya visto. Dígalo y yo trataré de entender lo que dijo. ¿De acuerdo?

—Gl.

—¿Recuerda ese día?

—Gl.

—Esto es imposible —susurró Don a Rowles, quien hizo una mueca y se dirigió

al otro lado de la cama para mirar por la ventana. El cielo era de un color negro

mezclado con el púrpura de neón.

—¿Estaba usted sentada en un lugar desde donde pudiese ver los establos

donde encontraron el cuerpo de su hermana?

—Gl.

—¿Eso es «sí»?

—¡Gl!

—¿Vio acercarse a alguien hacia los establos o el galpón antes de que muriese

su hermana?

—¡Gl!

—¿Podría identificar a esa persona? —Hardesty estaba sentado hacia adelante,

en un ángulo exagerado—. Digamos que si la trajésemos aquí, ¿le sería posible hacer

un ruido para indicar que se trata de la persona que vio?

La anciana hizo un ruido que Don identificó como un sollozo. Sentía que su

presencia en este cuarto era una profanación.

—¿Era esa persona un muchacho?

Otra serie de ruidos ahogados. El interés de Hardesty se volvía ahora una

impaciencia férrea.

—Digamos, entonces, que era un muchacho. ¿Era el muchacho llamado Hardie?

—Reglas del testimonio —murmuró Rowles sin volverse.

—Glooor —gimió la anciana.

—Mierda. ¿Quiso decir que no? ¿Que no era él?

—Gloooorg.

—¿Podría tratar de nombrar a la persona que vio?

Nettie Dedham estaba temblando.

—Glngr. Glngr. —El esfuerzo que hacía por hablar era tal que Don lo sentía en

sus propios músculos—. Glngr.

—Bien, dejemos esto por ahora. Tengo un par de preguntas más. —Hardesty

volvió la cabeza para dirigir una mirada de furia a Don, quien imaginó ver, además,

ciertos indicios de vergüenza en el rostro del Policía. Se volvió otra vez hacia la mujer

y habló en voz más baja. Don lo oía, no obstante.

—Supongo que no oyó ruidos raros, ¿no? ¿Ni vio luces, o cosas raras?

La cabeza de la mujer caía de un costado al otro y sus ojos se movían

rápidamente por todo el cuarto.

—¿Ruidos o luces raras, señorita Dedham? —A Hardesty le desagra daba

muchísimo preguntarle esto. Ned Rowles y Don cambiaron una mirada de interés y

perplejidad al mismo tiempo.

Hardesty estaba enjugándose la frente, pronto a renunciar al

interrogatorio.

—Muy bien. Es inútil. Cree haber visto algo, pero ¿cómo diablos puedo saber

qué fue? Me voy. Quédense o váyanse. Hagan lo que se les ocurra.

Don siguió al

sheriff fuera del cuarto y se detuvo en el pasillo mientras Hardesty

hablaba con el médico. Cuando salió Rowles de la habitación, reflejaba en su rostro

de muchacho avejentado una expresión pensativa, interrogante.

Hardesty se apartó del médico para mirar a Rowles.

—¿Es usted capaz de sacar algo en limpio de esto? —preguntó.

—No, Walt. Nada que tenga sentido.

—¿Y usted?

—Tampoco —repuso Don.

—Por mi parte, estoy por empezar a creer en marcianos, o en

vampiros, o

cualquier cosa de ésas bien pronto. —Con estas palabras, Hardesty se alejó por el

pasillo.

Ned Rowles y Don lo siguieron. Cuando llegaron a los ascensores, Hardesty

estaba ya en uno de ellos, apretando con violencia el botón. Antes de que Don

pudiese entrar, la puerta del ascensor se cerró sin que el policía hiciese el menor

gesto de detenerla. Era obvio que no deseaba la compañía de los otros dos hombres.

Momentos más tarde llegó otro ascensor y Rowles y Don entraron en él.

—Estuve pensando en lo que Nettie podría haber intentado decir —le dijo

Rowles. Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó un silencioso descenso—.

Pero le juro que es una locura.

—En los últimos tiempos no he oído nada que no sea una locura.

—Y usted es el hombre que escribió

El centinela nocturno.

«Ya empezamos», pensó Don.

Don se cerró el abrigo y siguió a Rowles, dirigiéndose ambos hacia la playa de

estacionamiento. No obstante vestir sólo el traje, Rowles no sentía aparentemente el

frío.

—Venga, suba a mi auto unos minutos —le dijo el editor.

Don se ubicó en el asiento y miró con atención a Rowles. Estaba pasándose una

mano por la frente. Se lo veía mucho más viejo, ahora que estaba dentro del

automóvil. Las sombras parecían hundirse en las arrugas de su rostro.

—«¿Glngr?» ¿No es lo que dijo, esa última vez? ¿Usted oyó esto, también?. Por

lo menos sonaba bastante como esto, ¿no? Bien. Yo nunca llegué a conocerlo

personalmente, pero hace muchos años las hermanas Dedham tenían un hermano y

creo que hablaron sobre él durante mucho tiempo después de su muerte...

Don volvió a Milburn por la carretera bordeada de campos, siempre bajo el

extraño cielo empurpurado de rayas relucientes. Volver, volver a Mjlburn, con parte

de la historia de Stringer Dedham como compañía. Volver a Milburn, donde la gente

comenzaba a encerrarse a medida que las nevadas se intensificaban y que las casas

parecían fundirse unas con otras; a Milburn, donde había muerto su tío y donde los

amigos de éste soñaban horrores. Alejarse del siglo actual para volver al ambiente

enclaustrado de Milburn, el que cada vez más coincidía con el de su propio estado de

ánimo.

Violación de domicilio, primera parte

6

—Mi padre dice que no debo verte tan a menudo, de aquí en adelante.

—¿Y qué? ¿Te importa algo? ¿Cuántos años tienes? ¿Cinco?

—La verdad es que está preocupado por algo. No lo veo muy feliz.

—Ay, no lo ve tan feliz —lo remedó Jim—. Es viejo. Quiero decir, ¿cuántos años

tiene? ¿Cincuenta

y cinco? Tiene un empleo aburrido y un automóvil viejo y está

demasiado gordo y su hijito predilecto está por volar del nido dentro de nueve o diez

meses. Echa una miradita a esta ciudad, hermano. ¿A cuántos ves con anchas

sonrisas en esas caras viejas y arrugadas? Esta ciudad está repleta de viejecitos tristes.

¿Piensas dejar que te dirijan la vida? —Jim se echó hacia atrás en el taburete del bar y

sonrió a Peter, en la actitud obvia de que sus argumentos de siempre tenían el mismo

poder de persuasión.

Peter tuvo la sensación de hundirse otra vez en la incertidumbre y la confusión.

Los argumentos de su amigo eran hábiles. Las preocupaciones de su padre nada

tenían que ver con él y nunca se había planteado la cuestión de que no sintiese afecto

por él, pues lo sentía. Ocurría, simplemente, que cabía preguntarse si siempre

debería obedecer las órdenes de su padre, según las palabras de Jim, dejar que «le

dirigiese la vida».

¿Había hecho, en verdad, algo malo con Jim? Gracias a las llaves de

Jim, ni siquiera se habían introducido por la fuerza en la iglesia. Después siguieron a

una mujer. Eso era todo. Freddy Robinson había muerto, y era una lástima, aun

cuando ellos nunca hubiesen sentido afecto por él, pero nadie estaba diciendo que su

muerte no había sido natural. Tuvo un síncope cardíaco, se cayó y se hirió en la

cabeza...

Y no había habido ningún chico en el extremo de la estación.

Y no había habido ningún chico sentado sobre la tumba.

—Supongo que debo estar agradecido a tu padre por haberte permitido salir

conmigo esta noche.

—No, las cosas no son tan graves. Considera que no debemos pasar tanto

tiempo juntos y no que no debamos vernos nunca. Sospecho que no le gusta que

venga a lugares como éste.

—¿Este? ¿Qué tiene de malo «éste»? —Jim hizo un gesto teatral para abarcar

todo el bar con su aspecto descuidado—. ¡Oye, Sunshine! —gritó—. ¿No dirías que

éste es un lugar estupendo? —El barman miró por sobre un hombro y le dirigió una

sonrisa tonta—. Es tan civilizado como lo que se te ocurra, Divina Dama. Y el duque,

el que me está mirando, está de acuerdo conmigo. Yo sé bien de qué tiene miedo tu

viejo. No quiere que frecuentes malas compañías. Es verdad que yo soy mala

persona. Pero si yo lo soy, también lo eres tú. Lo peor ha sucedido ya, entonces, y ya

que estás aquí, bien puedes calmarte un poco y divertirte.

Si fuese posible anotar las cosas que decía Hardie y estudiarlas después a solas,

habría sido posible hallar las fallas, pero al oírlo hablar uno se convencía de cualquier

cosa.

—Mira. Lo que los viejos consideran locura no es más que una forma más de

mantenerse cuerdo... si vives bastante tiempo en esta ciudad, corres peligro de que se

te apolille el cerebro y hay que recordarse todo el tiempo que el mundo no se limita

tan sólo a Milburn.

Jim miró con atención a Peter, bebió unos sorbos de cerveza y sonrió. Y Peter

vio el brillo demencial de los ojos y supo entonces, como lo sabía ya antes, que debajo

de aquella conducta loca para «mantenerse cuerdos había otra locura», una locura

auténtica.

—Admítelo, Peter —le dijo Jim—. ¿No hay veces en que quisieras ver toda esta

maldita ciudad en llamas? ¿Toda la ciudad derribada y aplanada por una máquina?

Es una ciudad de fantasmas, hombre. Está llena de Rip Van Winkles, todos dormidos

desde hace años, un Rip Van Winkle tras otro, todos viejos dormidos con la cabeza

vacía de todo lo que sea nuevo y con un jefe de policía borracho y unas cochinas

tabernas por toda vida social...

—¿Qué ha sido de Penny Draeger? —lo interrumpió Peter—. Hace tres semanas

que no sales con ella.

Jim se encorvó sobre la barra y rodeó el vaso de cerveza con una mano.

—Uno —dijo—, se enteró de que invité a salir a esa mujer Mostyn y se enojó.

Dos, sus padres, el viejo Rollie e Irmengard se enteraron de que salió un par de veces

con el extinto F. Robinson. En vista de ello la arrestaron en su casa. Nunca me lo

contó, ¿sabes? Me alegro de que calló. También yo la habría arrestado.

—¿Crees que salió con Robinson porque tú llevaste a esa mujer a Humphrey’s?

—¿Cómo diablos puedo saber por qué hace las cosas, hombre? ¿Acaso ves

alguna relación, muchacho?

—Tú, ¿no? —Lo más seguro era responder a las preguntas de Jim con otra.

—Qué diablos —dijo Jim, inclinando la cabeza hirsuta sobre la madera mojada

de la barra—. Para mí, todas estas mujeres son un misterio.

Hablaba en voz baja, pero Peter vio los ojos relucientes entre los párpados

entrecerrados y tuvo la convicción de que estaba representando una comedia, como

siempre.

—Puede ser. Puede ser que tengas razón en parte. Podría haber una relación,

después de todo, Clarabelle. Podría ser. Y si la hay, en tal caso esa mujer, Anna,

además de no haberme dado nada después de tantas provocaciones, me arruinó la

vida sexual con que contaba en forma segura. En realidad, si lo miras desde ese

punto de vista, podría afirmar, decididamente, que me debe unas cuantas vueltas. —

Jim volvió apenas la cabeza para mirar a Peter con sus ojos relucientes—. Y te diré

sinceramente que esto se me había ocurrido ya. —Permanecía sentado allí, bien

inclinado sobre la barra, como si la cabeza fuese un objeto aparte del cuerpo, con su

sonrisa de loco fija en Peter—. Sí. Se me ocurrió ya, compañero.

Peter tragó saliva.

De pronto Jim se irguió y golpeó la mesa con los nudillos.

—Dos jarros más, Sunshme —pidió.

—¿Qué quieres hacer? —le preguntó Peter. Tenía la certeza de que Jim lo

arrastraría a lo que fuese. Al mirar por las ventanas grasientas de la taberna vio un

panel de tinieblas surcado de blanco.

—Veamos. ¿Qué quiero hacer? —murmuró Jim pensativo. Con una profunda

sensación de inquietud, Peter vio que todo el tiempo Jim había sabido qué quería

hacer y que la invitación a tomar cerveza era tan sólo el primer paso del plan. Lo

había llevado poco a poco hasta esta conversación con la misma seguridad con que lo

habría conducido en un paseo por el campo, y todo ello, como una forma más de

«mantenerse cuerdo»; incluso el tema de la ciudad fantasma figuraba en una

cuidadosa lista escondida en algún rincón de la mente de Hardie—. ¿Qué quiero

hacer? —repitió Jim, inclinando la cabeza hacia un lado—. Hasta este palacio se

vuelve aburrido después de un vaso o seis vasos de cerveza. Por ello diría que volver

a nuestra querida Milburn no dejaría de ser grato. Sí, creo que decididamente

volveremos a nuestra querida Milburn.

—No la veamos —le pidió Peter.

Jim fingió no oír.

—Te diré que nuestra atrayente aniiguita se mudé del hotel hace quince días.

Ay, cuánto la extrañarnos. La

extrañarnos, Peter. Extraño no ver su hermoso trasero

contoneándose por la escalera. Extraño esos ojos que relampaguean por los pasillos.

Extraño su valija vacía. Extraño ese cuerpo asombroso. Y estoy seguro de que tú

sabes adónde se mudó.

Mi padre arregló la hipoteca. La casa de él. —El gesto enfático de Peter fue

exagerado, hecho que le hizo advertir de inmediato que comenzaba a estar borracho.

—Tu viejo es un enanito muy servicial, ¿no? —dijo Jim con una sonrisa

simpática—. ¡Camarero! —gritó, golpeando la mesa—, Para mi amigo y para mí, dos

porciones del mismo whisky

boirbon. —Con aire resentido el barman sirvió dos

porciones del mismo whisky que Jim le había robado antes—. Bien —prosiguió Jim—

. Volvamos al grano. Nuestra arniguita a quien tanto extrañarnos se va de nuestro

excelente hotel y se instala en la casa de Robinson. Dime. ¿No es coincidencia

bastante curiosa? Pienso que tú y yo, Clarabelle, somos las únicas dos personas en el

mundo que sabemos que se trata de una coincidencia. Porque somos las únicas

personas que saben que ella estaba en la estación cuando reventó el viejecito Freddy.

—Fue el corazón —murmuré Freddy.

—La verdad es que ella te da en el corazón. Te da en el corazón y en los

testículos. Pero es gracioso, ¿no crees? Freddy cae sobre la vía ...¿dije cae? No: flota.

Lo vi, no lo olvides. Flota hasta caer sobre las vías como si estuviese hecho de papel

de seda. Y entonces ella se calienta de impaciencia por ocupar su casa. ¿Será otra

coincidencia, hermano? ¿Ves también una relación en esto, Clarabelle?

—No —susurró Peter.

—Vamos, Peter, no fue así como obtuviste tu inscripción adelantada en esa

universidad de porquería. A usar esos poderosos sesos, chico. —Jim apoyó una mano

en la espalda de Peter y se inclinó hacia él, despidiendo un vaho alcohólico sobre la

cara de su amigo—. Nuestra amiguita preciosa busca algo en esa casa. Imagínala allí.

Te diré, hombre, que me siento curioso... ¿Tú, no? Esa mujercita llena de pimienta

vagando en esa casa vieja de Freddy... ¿Qué busca? ¿Dinero? ¿Joyas? ¿Drogas?

¿Quién puede saberlo? El caso es que busca algo. Paseando ese cuerpecito sensual

por esos cuartos, revisando todo... ¡Qué bueno sería verla! ¿No crees?

—No quiero —dijo Peter. El whisky se le pegaba a las tripas como si fuera

aceite.

—Creo —le dijo Jim— que es hora de que empecemos a dirigirnos a nuestro

medio de transporte.

Peter se encontró afuera, de pie junto al automóvil de Jim. No podía recordar

por qué estaba solo alli. Pisó el suelo varias veces, volvió la cabeza y llamó:

—¡Jim, ven!

Instantes después apareció Hardie con una sonrisa de tiburón.

—Lamento haberte hecho esperar. Tuve que decirle a nuestro amigo allá dentro

cuánto disfruté de su compañía. No pareció creerme y tuve que repetir varias veces

el mensaje. Evidenció lo que podrías llamar una total falta de interés. Por suerte,

conseguí solucionar el problema de nuestra necesidad de refuerzo líquido durante el

resto de la noche. —Al decir esto, se bajó en parte el cierre de cremallera de la

chaqueta hasta dejar ver el cuello de una botella de whisky.

—Eres un loco.

—Loco como un zorro, querrás decir —Jim abrió el automóvil y se inclinó para

abrir la puerta del lado de Peter—. Volvamos ahora al tema de nuestra conversación

anterior —dijo.

—En serio, deberías ir a la universidad —observó Peter cuando Jim puso en

marcha el automóvil—. Con la capacidad que tienes para hacer disparates, te harían

miembro de la mejor sociedad estudiantil.

—Te diré que alguna vez pensé que no sería mal abogado —dijo Jim en un

comentario inesperado—. Vamos, bebe un trago —agregó, pasando la botella a Peter

—. ¿Qué es, después de todo, un abogado, sino un mentiroso de óptima calidad?

Piensa en el viejo Sears. Si alguna vez vi yo a alguien que sería capaz de engañarte

desde aquí hasta Florida...

Peter recordó la última vez que había visto a Sears James, sentado como una

mole en un automóvil, el rostro pálido detrás de la ventanilla empañada.

Seguidamente recordó la cara del chico sentado sobre la lápida de la tumba junto a la

iglesia de St. Michael.

—No nos acerquemos a esa mujer —pidió.

—Mira, es justamente lo que quiero discutir contigo —dijo Jim, dirigiendo a

Peter una mirada penetrante—. ¿No habíamos llegado al punto en que la dama

misteriosa vaga por la casa en busca de algo? Si mal no recuerdo, Clarabelle, te invité

a considerar esta imagen.

Peter hizo un gesto lúgubre con la cabeza.

—Y pásame esa botella si no piensas usarla para nada. Bien. Hay algo en esa

casa, ¿no? ¿No sientes curiosidad por saber qué es? Pasa algo, compañero, y tú y yo

somos los únicos que estamos enterados. ¿Estoy en lo cierto hasta ahora?

—Es posible.

—¡VAMOS!

—vociferó Hardie y Peter se sobresaltó—. ¡Eres una MIERDA!

¿Qué otra cosapuede ser, estúpido? Hay alguna razón por la cual ella quería esa

casa... es lo único que tiene algo de sentido. Hay algo allí que ella quiere.

—¿Crees que se deshizo de Robinson?

—No sé. No vi nada, salvo a Robinson, flotando, o algo parecido, hasta que

cayó sobre la vía. ¿Qué diablos quieres que te diga? Lo que sí puedo asegurarte, es

que quiero mirar un poco esa casa.

—No, por favor —se lamentó Peter.

—No hay por qué tener miedo —insistió Jim—. No es más que una mujer

cualquiera. Tiene costumbres extrañas, pero es una mujer, Clarabelle. Además, no

soy tan tonto como para ir cuando ella está en casa. En fin, si eres tan gallina que no

quieres ir conmigo, bájate y camina a tu casa. Caminar, caminar, por la carretera rural

en tinieblas. Caminar por esa carretera oscura hasta Milburn.

—¿Cómo sabrás que no está? Dijiste que todas las noches se sienta a oscuras.

—Tocas el timbre, estúpido.

En la cima de la última colina antes de llegar al desvío, Peter, medio enfermo ya

de aprensión, contempló la carretera y vio las luces de Milburn, todas juntas en una

pequeña hondonada. Casi se las habría podido recoger con una sola mano. Era algo

arbitrario, Milburn como una población nómade compuesta de tiendas y a pesar de

haberla conocido toda su vida, aunque en realidad, era lo único que había conocido,

Peter la encontraba poco familiar.

En ese instante comprendió el porqué.

—Jim. Mira. Todas las luces en el sector oeste de la ciudad están apagadas.

—La nieve hizo caer los cables.

—Pero no nieva ahora.

—Nevaba cuando estábamos en el bar.

—¿Viste realmente al chico sentado en el tejado de la estación esa noche?

—Qué va. Imaginé haberlo visto. Seguramente era nieve o un diario, o algo por

el estilo... mierda, Clarabelle, ¿cómo puede subir allí un chico de esa edad? Sabes

muy bien que no puede. Sinceramente, Clarabelle, reconozco que aquella noche

había allí un ambiente de fantasmas.

Prosiguieron el camino hacia Milburn a través de la oscuridad cada vez mayor.

7

Allá, en la ciudad, Don Wanderley estaba sentado a su escritorio en el ala

occidental del hotel Archer y vio que de pronto la oscuridad se extendía sobre la calle

bajo su ventana, a pesar de que su propia lámpara sobre el escritorio seguía

encendida.

Y Ricky Hawthorne contuvo una exclamación al invadir las tinieblas su

livingroom

y Stella dijo que trajese las velas, que era sólo aquel punto de la carretera donde

las lineas de alta tensión caían por lo menos dos veces todos los inviernos.

Y Milly Sheehan, al ir en busca de sus propias velas, oyó unos golpecitos en la

puerta principal, golpecitos a los que no respondería ni en los próximos mil años, no,

jamás.

Y Sears James, encerrado en su biblioteca súbitamente a oscuras, oyó un resonar

de pasos alegres en la escalera y se dijo que había estado dormitando.

Y Clark Mulligan, que había estado exhibiendo el ciclo de dos semanas de

ciencia ficción y películas truculentas y tenía la cabeza llena de imágenes

horripilantes

—puedes exhibirlas, hombre, pero nadie te obliga a mirarlas— salió del Rialto

a tomar un poco de aire en mitad de un rollo y creyó ver en la repentina oscuridad a

un hombre que era un lobo y que pasó velozmente por la calle, empeñado en una

misión feroz, con una prisa malvada por llegar a algún punto

(nadie te obliga a mirar

esas cosas, hombre).

Violación de domicilio. Segunda parte

8

Jim detuvo el automóvil a unos cien metros de la casa.

—Si no se hubiesen apagado las luces... —comentó. Ambos contemplaban la

fachada impasible de la casa, con sus ventanas sin cortinas, detrás de las cuales no

pasaban siluetas ni brillaban velas.

Peter Barnes recordó lo que había visto Jim Hardie, el cuerpo de Freddy

Robinson flotando, hasta caer sobre las vías cubiertas de maleza y el chico que no

estaba allí, pero a la vez estaba encaramado en los tejados de las estaciones y en las

losas de las tumbas. Y en seguida pensó: Tenía razón la última vez.

El temor te vuelve

sobrio.

Al mirar a Jim, v que éste estaba tenso de expectativa.

—Yo pensaba que de todos modos ella nunca las encendía.

—Con todo, hermano, querría que no se hubiesen apagado —dijo Jim y se

estremeció. Su rostro era una máscara surcada por la gran sonrisa—. En un lugar

como éste —dijo, señalando con un gesto amplio el respetable barrio de casas de tres

pisos—, quiero decir, en este paraíso de rotarianos, es posible que nuestra amiguita

tenga ganas de no parecer fuera de lugar. Bien podría tener encendidas las luces para

que nadie sospeche que es un poco rara. —Hardie inclinó la cabeza—. Comó por

ejemplo, la casa vieja de Rayen Lane donde vivía el escritor... Wanderley, ¿no? ¿Pasas

a veces por allí de noche? Todas esas casas alrededor de ella están iluminadas,

mientras que la de Wanderlçy está oscura como una tumba, hombre. Te pone la piel

de gallina.

—Esto

me pone piel de gallina —observó Peter—. Aparte de que es ilegal.

—La verdad es que eres el colmo. ¿Lo sabías? —Hardie se volvió en el asiento y

miró con atención a Peter, quien vio a su vez la impaciencia apenas dominada por

moverse, por hacer,

por atacar cualquier barrera que el mundo pudiese oponerle—.

¿Acaso tienes la sensación de que nuestra amiguita se preocupa por lo que es legal o

lo que no lo es? ¿Crees que consiguió esta casa porque le preocupaban las malditas

leyes, o Walt Hardesty? ¡Por favor! —Hardie movió la cabeza en un gesto que

expresaba disgusto real, o bien fingido. Peter sospeché que estaba creándose el

estado de ánimo propicio para cometer actos que aun para él mismo eran

extremadamente audaces.

Jim se apartó un poco y puso en marcha el automóvil. Por un instante Peter

tuvo la esperanza de que Hardie diese la vuelta a la manzana y volviese al hotel, pero

su amigo no pasó de primera y se limité a llevar lentamente el automóvil a lo largo

de la calle hasta que se encontraron frente a la casa.

—O me sigues, o eres un estúpido, estúpido —dijo.

—¿Qué piensas hacer?

—Primero, echar una miradita por una ventana de abajo. ¿Eres bastante

hombrecito para eso, Clarabelle?

—No verás nada.

—Me hartas —comenté Jim y bajó del automóvil.

Peter titubeé sólo un instante. Luego bajó a su vez y siguió a Jim por el césped

cubierto de nieve y por un costado de la casa. Los dos muchachos caminaban con

rapidez y algo inclinados para evitar ser vistos por los vecinos.

Minutos después estaban en cuclillas sobre un montíçulo de nieve bajo una de

las ventanas laterales.

—Bien, por lo menos tuviste ánimo para mirar por la ventana, Clarabelle.

—No me llames así —dijo Peter—. Me molesta.

—Buen momento elegiste para decírmelo —señaló Hardie sonriendo y luego

levantó la cabeza para mirar por encima del alféizar—. Mira, fíjate en esto.

Muy despacio, Peter levantó la cabeza por arriba del alféizar. El cuartito del

costado era apenas visible bajo la luz de la luna que brillaba sobre sus hombros. No

tenía muebles ni alfombra.

—Qué mujer macabra —observó Hardie. En su tono había risa contenida—.

Vayamos a los fondos —añadió y se alejó sin hacer ruido, siempre encorvado. Peter

fue detrás.

—Te diré que no creo que esté —dijo Hardie cuando Peter llegó a la parte de los

fondos de la casa. Se había erguido y estaba apoyado en la pared, entre una ventanita

y la puerta de servicio—. Tengo la sensación de que la casa está vacía. —Ahí, donde

nadie podía verlos, los dos se sentían más cómodos.

El terreno alargado de los fondos terminaba en un promontorio blanco que no

era otra cosa que el cerco sepultado en la nieve. Entre ellos y el cerco había una

fuentecita para los pájaros, de cemento, con la palangana llena de nieve, como el

baño de una torta. Aun bajo La luz de la luna, era un objeto común que tranquilizaba

un poco. No cabía asustarse de una fuentecita para los pájaros que estuviese

mirándolos, pensé Peter y consiguió sonreír.

—¿No me crees? —lo desafió Hardie.

—No es eso. —Ambos hablaban con sus voces normales.

—Bien, en tal caso, mira tú primero.

—Voy —dijo Peter y se dirigió con paso decidido hacia la ventanita.

Por ella vio el pálido brillo de una pileta, el piso de madera y una cocina dejada

seguramente por la señora Robinson. Un vaso para agua olvidado en el bar, usado

para el desayuno reflejaba la luz de la luna. La fuentecita para los pájaros había

resultado reconfortante, pero esto, en cambio, tenía aspecto desolado, un solo vaso

juntando polvo sobre el mostrador, y en seguida Peter decidió estar de acuerdo con

Jim en que la casa estaba vacía.

—Nada —dijo.

Hardie, a su lado, hizo un gesto afirmativo. Saltó entonces sobre el pequeño

escalón de cemento delante de la puerta de servicio.

—Oye, si alguien contesta, corre como el demonio. —Apreté entonces el timbre.

El timbre resonó por toda la casa.

Ambos muchachos se pusieron tensos y contuvieron la respiración. No se

oyeron pasos ni voces que respondiesen.

—¿Viste? —dijo Jim con una sonrisa angelical—. ¿Qué me cuentas?

—Estamos haciendo mal esto —señaló Peter—. Lo que deberíamos hacer es ir a

la puerta principal y fingir que acabamos de llegar. Si nos ve alguien, no seremos

más que dos muchachos que vienen a verla. Si no responde, podremos hacer lo que

haría cualquiera en este caso y miraremos por las ventanas del frente. Si alguien llega

a vernos arrastrándonos como antes, llamará a la policía.

—No está mal pensado —dijo Jim al cabo de un instante—. Muy bien, haremos

eso. Pero si nadie contesta, volveré aquí y entraré. La idea era ésa. ¿Recuerdas?

Peter hizo un gesto afirmativo. Lo recordaba.

Como si también sintiese alivio por no tener que seguir caminando agazapado,

Jim avanzó con paso rápido y espontáneo hasta el frente de la casa. Peter lo siguió

más lentamente y Jim atravesó el espacio de césped nevado hasta la puerta principal.

—Vamos —dijo.

Mientras esperaba junto a su amigo, Peter pensó: «No puedo entrar». Una casa

vacía, pero llena de cuartos sin muebles y de la atmósfera de la mujer que había

decidido vivir en ella, parecía fingir solamente su quietud.

Jim tocó el timbre.

—No perdamos tiempo —dijo y con ello manifestó su propia aprensión.

—Espera. Actúa como siempre.

Jim se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y movió los pies sobre el

escalón.

—¿Basta ya?

—Unos segundos más.

Jirn exhaló una espesa nube de vapor.

—Muy bien. Unos segundos más. Uno... dos... tres. ¿Y ahora?

—Vuelve a llamar. Como llamarías si creyeses que está en casa.

Jim apretó el timbre por segunda vez. El ruido reverberó y luego cesó en el

interior.

Peter levantó los ojos para mirar la hilera de casas calle por medio. No había

automóviles. Ni luces. A unas cuatro casas de distancia el débil resplandor de una

vela brillaba en una de las ventanas, pero no había rostros curiosos que observasen a

los dos muchachos parados en un escalón de la casa de la nueva vecina. La casa del

viejo doctor Jaffrey, exactamente enfrente, tenía un aspecto tétrico.

Sin que supiesen de dónde provenía, en forma totalmente inexplicable, una

música lejana llegó flotando hasta ellos. El zumbido de un trombón, las cadencias

insinuantes de un saxofón, música de jazz, ejecutada muy lejos de ellos.

—¿Oyes? —Jim Hardie levantó la cabeza y se volvió—. Suena como...

¿Qué?

Peter tuvo la imagen de las casas rodantes, de los músicos negros tocando sin

cesar hasta entrada la noche.

—Suena como un circo ambulante.

—Claro. Llegan muchos a Milburn. En noviembre.

—Debe de ser un disco.

—Alguien tiene la ventana abierta.

—Tiene que ser eso.

Y sin embargo, la idea de que apareciesen de pronto los músicos de un circo

ambulante en Milburn era alarmante para ellos, Ninguno de los dos quería admitir

que aquellos sonidos contagiosos eran demasiado auténticos para provenir de una

grabación.

—Y ahora miraremos por la ventana —dijo Jim—. Por fin.

De un salto se apartó de los escalones y se acercó a la ventana del frente. Peter

permaneció bajo el alero sobre la puerta batiendo palmas muy despacio, escuchando

la música lejana. El camión del circo estaba entrando en la ciudad, en dirección al

centro y a la plaza, según suponía. Pero, ¿qué sentido tenía eso? El ruido cesó.

—No puedes imaginar lo que estoy viendo —le dijo Jim.

Sorprendido, Peter miró a su amigo. El rostro de Jim seguía impasible.

—Un cuarto vacío —sugirió.

—No del todo.

Sabía que Jim no le diría nada y que tendría que mirar por sí mismo. De un

salto bajó del escalón y se acercó a la ventana.

Al principio vio lo que había esperado ver: un cuarto vacío sin alfombra y con

una invisible capa de polvo en todas partes. En el lado opuesto a la ventana, el arco

negro de una puerta. A su lado, el reflejo de su propia cara que lo miraba desde el

vidrio.

Sintió por un segundo el terror de encontrarse atrapado allí, como su propio

reflejo, de verse obligado a pasar por esa puerta, a caminar por esos tablones

desnudos. El terror tampoco tenía mayor sentido que la música de la banda, pero

como la música, estaba presente.

Entonces vio a qué se había referido Jim. En un costado, apoyada en el zócalo,

había una valija marrón en el suelo.

—¡Es la de ella! —le dijo Jim al oído—. ¿Sabes lo que significa?

—¡Está aún aquí! Está en la casa.

—No. Lo que ella quiere está aún en la casa.

Peter se alejó de la ventana y miró el rostro enrojecido y obstinado de Jim.

—Basta de titubeos —dijo—. Voy a entrar. ¿Vienes... Clarabelle?

Peter no pudo replicar, porque Jim se había alejado ya hacia el costado de la

casa.

Segundos más tarde oyó el ruido seco, seguido de un tintineo, de vidrio roto.

Con un quejido ahogado, se volvió y vio sus propios rasgos reducidos en la ventana.

Reflejaban temor e indecisión.

Vete. No. Tienes que ayudarlo. Vete, no, tienes que...

Peter fue hacia los fondos de la casa con tanta rapidez como le era posible sin

correr.

Jim había subido los escalones delante de la puerta de servicio y metido una

mano por el agujero hecho al romper uno de los vidrios. Bajo la luz escasa e inclinado

como estaba, era laimagen del ladrón. Volvió a recordar las palabras de Jim.

Así que

ha sucedido ya lo peor y bien puedes calmarte y disfrutar.

—Ah, eres tú... —dijo Jim—. Creí que estabas ya escondido debajo de alguna

cama.

—¿Qué sucederá si vuelve?

—Salimos corriendo por la puerta de servicio, tonto. Hay dos puertas,

¿recuerdas? ¿O acaso temes no saber corrertan rápido como una

mujer?

—Su rostro se inmovilizó un instante, lleno de concentración. Se oyó entonces

abrirse el cerrojo—. ¿Vienes?

—Puede ser. Pero no pienso robar nada. Y tú tampoco lo harás. Jim murmuró

un comentario burlón y entró por la puerta. Peter subió los escalones y metió la

cabeza para mirar. Hardie avanzaba por la cocina y se metía cada vez más adentro de

la casa sin molestarse en mirar hacia atrás.

Bien puedes calmarte y disfrutar.

Al trasponer el marco de la puerta vio a Hardie

delante de él, marchando ruidosamente por el pasillo, abriendo puertas y armarios.

—Calla

—susurró Peter.

—Calla tú —repuso Jim, hablando fuerte, pero los ruidos cesaron de inmediato,

lo cual hizo comprender a Peter que, lo admitiese o no, Jim también tenía miedo.

—¿Adónde piensas buscar? —preguntó Peter—. ¿Y qué estás buscando?

—¿Qué sé yo? Lo sabremos cuando lo veamos.

—Está demasiado oscuro aquí para ver nada. Se veía mejor desde afuera.

Jiin sacó fósforos de un bolsillo y encendió uno.

—¿Qué tal? —preguntó. En verdad era peor. Antes habían tenido una visión

borrosa de todo el vestíbulo, pero ahora veían solamente lo que había dentro de un

pequeño círculo de luz.

—Bien, no nos separemos —dijo Peter.

—Podríamos revisar la casa con mayor rapidez si nos separásemos.

—No quiero.

—Como prefieras —dijo Jim, encogiéndose de hombros. Precedió a Peter y

entró antes que él en el comedor. El cuarto tenía un aspecto más lóbrego aún que

visto desde afuera por la ventana. Las paredes, con dibujos aquí y allá hechos por los

lápices de colores de los niños mostraban los rectángulos pálidos de los puntos

donde había habido cuadros colgados. La pintura se desprendía en cáscaras y

manchas. Jim estaba recorriendo el cuarto, golpeando las paredes, encendiendo un

fósforo tras otro.

—Mira la valija.

—Ah, sí. La valija.

Jim se arrodilló y abrió la valija.

—Nada —dijo. Peter observaba por encima de su hombro mientras volvía la

valija, la sacudía y tornaba a dejarla sobre el piso.

—No encontramos nada —susurró.

—Jesús, buscamos en dos cuartos y estás ya listo para abandonar.

—Jim se levantó de un salto y en el mismo momento se le apagó el fósforo.

Los rodeó una oscuridad total antes de que Peter susurrase:

—Enciende otro fósforo.

—Es mejor así. Nadie podrá ver la luz desde afuera. Se te acostumbrarán los

ojos.

Permanecieron callados y a oscuras unos cinco o seis segundos, y la imagen de

la llama se borró de sus ojos hasta ser sólo un puntito en la negrura absoluta.

Esperaron luego unos segundos más y poco a poco los contornos de la casa se

perfilaron.

Desde un punto de la casa se oyó un ruido y Peter se sobresaltó.

—Por Dios, cálmate.

—¿Qué fue eso? —murmuró Peter. Sentía el temor histérico en su tono.

—Crujió una escalera. Se cerró la puerta de servicio. No es nada.

Peter se tocó la frente con los dedos y advirtió que le temblaban contra la piel.

—Escucha. Hemos estado hablando, golpeando paredes, luego rompimos una

ventana... ¿No crees que aparecería si estuviese aquí?

—Es probable.

—Bien, probemos el piso de arriba.

Jim lo asió por la manga y lo arrastró fuera del

living-room hasta que se

encontraron otra vez en el vestíbulo. Alli lo soltó y Peter debió seguirlo hasta el pie

de las escaleras.

Arriba estaba oscuro... arriba había territorio desconocido. Cada vez se sentía

Peter más aprensivo y al mirar esas escaleras, su temor era mayor aún que el sentido

desde que habían entrado en la casa.

—Sube tú. Yo me quedaré aquí.

—¿Quieres quedarte aquí solo y a oscuras?

Peter trató de tragar saliva, pero no pudo. Agitó la cabeza.

—Muy bien. Tiene que estar allí. Lo que sea.

Jim apoyó un pie en el segundo de los escalones descascarados. También les

habían quitado la alfombra. Subió un poco y se volvió para preguntar:

—¿Vienes? —Seguidamente volvió a subir de a dos escalones a la vez. Peter lo

miraba desde abajo. Cuando Jim llegó a la mitad, puso toda su voluntad en seguirlo.

Las luces se encendieron cuando Jim llegó al final de las escaleras y Peter había

avanzado dos tercios del camino.

—Hola, muchachos —dijo una voz profunda y tranquila desde abajo.

Jim Hardie lanzó un alarido.

Peter trastabilló en los escalones y medio paralizado de miedo, creyó que caería

escaleras abajo hasta caer en manos del hombre que los miraba.

—Quiero llevarlos hasta donde está la dueña de casa —dijo el hombre con una

sonrisa impasible. Era el hombre más extraño que hubiese visto jamás Peter. Tenía

una gorra azul tejida sobre un pelo rubio y rizado como el de Harpo Marx y llevaba

anteojos negros. Vestía un enterizo pero no llevaba camisa y su rostro tenía la palidez

del marfil. Era el hombre de la plaza—. Estará encantada de volver a verlos —añadió

—. Como son sus primeros visitantes, pueden contar con una bienvenida realmente

cálida. —La sonrisa del hombre se hizo más ancha. Lentamente comenzó a subir las

escaleras.

Cuando hubo subido unos pocos escalones levantó una mano y se quitó la

gorra azul. Junto con ella salieron los rulos. Eran los de una peluca como la de Harpo

Marx.

Cuando se quitó los anteojos, sus ojos relucían con un color amarillo, uniforme.

9

De pie junto a la ventana del hotel y mientras contemplaba el sector de Milburn

sumido en la oscuridad, Don oyó los arabescos de los saxofones y los trombones que

resonaban en el aire frío y pensó:

Llegó el doctor Pata de Cabrá.

Detrás de él sonó el teléfono.

Sears estaba delante de la puerta de su biblioteca, escuchando los pasos suaves

en sus escaleras, cuando sonó el teléfono. Sin responder, hizo girar la llave de la

puerta y la abrió. Las escaleras estaban vacías.

Fue entonces a contestar el teléfono.

Lewis Benedikt, cuya gran casa estaba en el sector exterior de la zona afectada

por el corte de energía no oyó la música ni los pasos infantiles. Lo que oyó, llevado

por el viento, o bien en el interior de la propia mente o, en fin, arrastrado por una

leve ráfaga a través del comedor y abrazando el poste de madera al pie de las

escaleras antes de avanzar hacia él, era el sonido más desesperado que conocía: la

voz desfalleciente, casi inaudible de su mujer muerta que lo llamaba una y otra vez:

«Lewis, Lewis». Hacía dos días que la oía en forma esporádica. Cuando sonó su

teléfono, se dirigió hacia él con una sensación de alivio.

Y también sintió alivio al oír la voz de Ricky Hawthorne.

—Me volveré loco sentado aquí a oscuras. Hablé con Sears y con el sobrino de

Edward y con gran amabilidad Sears propuso que nos reunamos esta misma noche y

sin mayor aviso previo en su casa. Yo opino que necesitamos reunirnos. ¿No estás de

acuerdo? Romperemos una regla e iremos tal como estamos vestidos, ¿eh?

Se le ocurrió a Ricky que el joven estaba adquiriendo el aspecto de un auténtico

miembro de la Chowder Society. Bajo la máscara de sociabilidad que cabría haber

esperado en un sobrino de Edward, tenía un estado de nerviosidad. Apoyado en el

respaldo de uno de los magníficos sillones de cuero de Sears, bebía despacio su

whisky y contemplaba (con un gesto que reproducía automáticamente la ironía de su

tío) el cuidado interior de la biblioteca (¿La veía acaso tan anticuada como Edward

había afirmado siempre?), hablaba entre pausas, pero en todo ello había una

corriente subterránea de tensión.

«Puede que esto lo convierta en uno de nosotros», pensó Ricky. Y vio entonces

que Don era el tipo de individuo que siempre habrían protegido, años y años atrás.

De haber nacido cuarenta años antes, habría sido amigo de todos ellos por derecho

natural.

Con todo, había algo secreto en él. Ricky no alcanzaba a explicarse qué quiso

decir cuando les preguntó si alguno de ellos había oído música durante el comienzo

de la noche. Cuando pidieron mayores explicaciones, Don eludió las preguntas y

dijo:

—Comenzaba a tener la sensación de que todo lo que ocurre tiene relación

directa con lo que escribo.

Este comentario que habría parecido algo egocéntrico en otras circunstancias

adquirió cierto peso al ser expresado así, bajo la luz de las velas. Cada uno de ellos se

agitó en su sillón.

—¿No es ésta la razón por la cual lo invitamos a venir? —dijo Sears.

Después Don les dio explicaciones. Ricky escuchó, con aire perplejo, la

descripción hecha por Don de una idea para un nuevo libro, seguida de la del

carácter del doctor Pata de Cabra y de la afirmación de que había oído la música del

saltimbanqui antes de recibir el llamado telefónico de Ricky.

—¿Quiere usted decir que los sucesos de esta ciudad son hechos de un libro no

escrito aún? —preguntó Sears con tono incrédulo—. ¡Qué disparate!

—A menos —dijo Ricky pensativo— ...a menos que... es que no sé bien cómo

expresar esto. A menos que las cosas aquí en Milburn se hayan concentrado... hayan

adquirido una significación que no tenían antes.

—Quiere decir usted que el foco de esa concentración soy yo —dijo Don.

—No sabría decirlo.

—Esto no tiene sentido —interpuso Sears—. Hablar de concentración, de

focos... todo lo que ha sucedido es que estamos consiguiendo asustarnos

mutuamente cada vez más. Es en eso que debe concentrarse usted. Los fantaseos de

un novelista no pueden tener nada que ver con esto.

Lewis se mantenía apartado, ensimismado, absorto en alguna desdicha

personal. Cuando Ricky le preguntó qué opinaba, repuso:

—Disculpa, estaba pensando en otra cosa. ¿Puedo servirme otro trago, Sears?

Muy serio, Sears hizo un gesto afirmativo. Lewis bebía al doble de la velocidad

habitual, como si su presencia en una reunión vistiendo una camisa vieja y una

chaqueta de tweedlo excusase de obedecer otra de sus reglas habituales.

—¿Qué se supone que señala este foco misterioso? —preguntó Sears con tono

agresivo.

—Lo sabes tan bien como yo. Primero que nada, la muerte de John.

—Coincidencia —dijo Sears.

—Las ovejas de Elmer... todos los animales que mataron.

—Ahora crees en los marcianos de Hardesty.

—¿No recuerdas lo que nos contó Hardesty? Que era una especie de diversión...

de diversión a la que se dedicaba algún ser. Lo que quiero sugerir es que se juega

ahora por mayores valores. Freddy Robinson. La pobre Rea Dedham. Hace meses

tuve la sensación de que nuestros cuentos estaban provocando algo y... temo, mucho

me temo, que mueran más personas aún. Lo que quiero decir es que nuestras vidas y

las de muchos en esta ciudad pueden hallarse en peligro.

—Bien, sostengo lo que dije. No hay duda de que conseguiste asustarte bien —

dijo Sears.

—Todos estamos asustados —señaló Ricky. El resfrío daba aspereza a su voz y

le latía la garganta, pero hizo un esfuerzo para proseguir—. Todos. Creo, no obstante,

que la llegada de Don aquí ha sido como la ubicación de la última pieza de un

rompecabezas... que cuando Don se unió a todos nosotros, las fuerzas, o como

quieran ustedes llamarlas, se hicieron más poderosas. Creo que las invocamos.

Nosotros, con nuestros cuentos y Don con su libro y su imaginación. Vemos cosas,

pero no creemos en ellas. Sentimos cosas... que nos observan, que seres siniestros nos

siguen... pero las rechazamos como fantasías. Soñamos horrores, pero tratamos de

olvidarlos. Y entretanto, han muerto tres personas.

Lewis contemplaba fijamente la alfombra. Luego hizo girar con un gesto

nervioso un cenicero que estaba sobre la mesa frente a su sillón.

—Acabo de recordar algo que dije a Freddy Robinson la noche que me acorraló

fuera de la casa de John. Le dije que alguien estaba aplastándonos uno a uno, como a

moscas.

—Pero, ¿por qué habría de ser este joven, a quien ninguno de nosotros había

visto nunca hasta hace poco, el último elemento del rompecabezas? —preguntó

Sears.

—¿Porque es el sobrino de Edward? —preguntó Ricky. La idea se le ocurrió en

forma súbita e instantes después tuvo una dolorosa sensación de alivio de que sus

hijos no pensasen venir a Milburn para Navidad—. Sí —dijo—. Porque es el sobrino

de Edward.

Los tres hombres mayores sentían casi palpablemente la gravedad de lo que

Ricky acababa de calificar como las fuerzas afrededor de ellos. Tres hombres llenos

de temor, sentados bajo la luz ardiente de las velas, contemplando el propio pasado.

—Es posible —dijo Lewis y apuró su whisky—. Pero no comprendo el caso de

Freddy Robinson. Quería que nos encontrásemos. Me llamó dos veces. Yo lo eludí

con pretextos. Le hice una vaga promesa de verlo en un bar algún día.

—¿Tenía algo que decirte antes de su muerte? —le preguntó Sears.

—No le di oportunidad de hablar. Creí que quería venderme una póliza.

—¿Por qué creíste eso?

—Porque dijo algo de dificultades que podrían oponerse en mi camino.

Todos guardaron silencio otra vez.

—Tal vez —dijo Lewis— si lo hubiese visto, estaría aún vivo.

—Lewis —le dijo Ricky—, eso suena exactamente como John Jaffrey

. El se

culpaba de la muerte de Edward.

Por un instante los tres hombres miraron a Don Wanderley.

—Puede ser que no esté aquí por algo relacionado con mi tío —dijo Don—

Querría ganarme la entrada a la Chowder Society.

—¿Qué?

—exclamó Sears—. ¿Ganársela?

—Mediante un cuento. ¿No es ése el precio del ingreso a la sociedad? —Don

djrigó una sonrisa cautelosa a todos—. Lo tengo muy claro en la mente, porque hace

algún tiempo que lo escribí por entero en mi diario. Además —añadió, quebrando

otra de las reglas—, esto no es ficción. Esto sucedió tal como yo lo cuento... no podría

utilizarse como ficción porque no tiene un verdadero desenlace. Pasó a segundo

plano cuando sucedieron todos los demás hechos. Pero si el señor Hawthorne

(«Ricky» susurró el abogado) tiene razón, murieron cinco, no cuatro personas. Y mi

hermano fue la primera de ellas.

—Los dos estuvieron comprometidos con la misma mujer —dijo Ricky. De

pronto recordó uno de los últimos comentarios de Edward.

—Los dos estuvimos comprometidos con Alma Mobley, una muchacha a quien

conocí en Berkeley —comenzó diciendo Don. Los cuatro se repantigaron en sus

sillones—. Yo diría que esto es un cuento de fantasmas —añadió, sacando, tal como

lo hacía el doctor Pata de Cabra, un dólar de un bolsillo de sus vaqueros.

Los mantuvo completamente absortos mientras contaba la historia dirigiéndose

a la llama de la vela, como quien busca un punto inquieto de la propia mente. No la

contó en los términos en que aparecía en su diario, incluyendo deliberadamente

todos los pormenores que recordaba, pero la relató en su mayor parte. Le llevó una

media hora hacerlo.

—Así pues, el «Quién es Quién» probó que todo lo que me había dicho era falso

—dijo por fin—. David estaba muerto y nunca volví a verla. Desapareció,

simplemente. —Donald se pasó un pañuelo por la cara y suspiró—. Eso es todo. ¿Es

o no un cuento de fantasmas? Ustedes dirán.

Ninguno de ellos habló por un instante.

Díselo, Sears, rogó Ricky para sus

adentros. Miró a su viejo amigo, quien tenía las yemas de los dedos unidas delante

de la cara.

Dilo, Sears. Díselo.

Los ojos de Sears se encontraron con los suyos.

Sabe lo que estoy pensando.

—Bien —dijo Sears y Ricky cerró los ojos—. Tan cuento de fantasmas como

cualquiera de los nuestros, diría yo. ¿Fue ésa la serie de hechos sobre los cuales usted

basó su libro?

—Sí.

—Como historia es mejor que el libro —comenté Sears.

—Pero no tiene desenlace.

—Por ahora no, quizá —dijo Sears. Con el ceño fruncido, miró las velas,

consumidas hasta el borde de los candelabros de plata.

Ahora, rogó Ricky, con los

ojos siempre cerrados—. Este hombre joven que según usted se asemejaba a un

hombre lobo se llamaba... aaah... ¿Greg? ¿Greg Benton? —Ricky volvió a abrir los

ojos y si cualquiera lo hubiese mirado en aquel instante, habría visto la gratitud

retratada en todos sus rasgos.

Don asintió. Era obvio que no comprendía qué importancia podía tener ese

dato.

—Yo lo conocí bajo un nombre diferente —dijo Sears—. Hace muchos años se

llamaba Gregory Bate. Y su hermanito retardado se llamaba Fenny. Yo estaba

presente cuando Fenny murió. —La sonrisa de Sears era la del hombre obligado a

ingerir algo que detesta—. Eso tuvo que ocurrir bastantes años antes de que su... su

Benton... decidiera usar la cabeza rapada.

—Si hizo dos apariciones, sospecho que puede hacer tres —afirmó Ricky—. Yo

lo vi en la plaza hace menos de quince días.

Las luces, sumamente crudas después de horas de iluminación de velas, se

encendieron de pronto. Los cuatro hombres en la biblioteca de Sears, borrada toda

distinción o impresión de bienestar por las luces intensas, después de la de velas,

tenían un aspecto horrible.

Estamos medio muertos ya, pensó Ricky. Era como si las

velas los hubiesen aproximado en un círculo cálido, el formado por ellas, el grupo y

un cuento. Ahora estaban de pronto separados, dispersos en un páramo desolado.

—Parece que te oyó —dijo Lewis. Estaba ebrio—. Puede ser que haya sido eso

lo que vio Freddy Robinson. A lo mejor vio a Gregory transformándose en lobo. ¡Ja,

ja!

Violación de domicilio. Tercera parte

10

Peter recobró el equilibrio en las escaleras, sin reparar en que se había ordenado

a sí mismo moverse y subió, retrocediendo, los escalones hasta detenerse junto a Jim

en el descansillo.

El hombre lobo subía despacio, sin detenerse, hacia ellos, sin la menor prisa.

—Quieren verla, ¿no? —La sonrisa era feroz—. Estará encantada. Tendrán una

gran bienvenida, se lo prometo.

Peter miró en todas direcciones, aterrorizado y vio luz fosforescente por debajo

del resquicio de una puerta.

—Quizá no esté todavía en condiciones de verlos, pero la cosa resulta más

interesante así, ¿no? A todos nos gusta ver a nuestros amigos sin su máscara.

Habla para que no nos

movamos, pensó Peter. Es como hipnotismo.

—¿No les interesa la exploración científica? ¿Los telescopios? Qué bueno es

conocer a dos jóvenes como ustedes, con mentalidad llena de inquietudes, a dos

jóvenes que quieren ampliar sus conocimientos. Hay tantos que se conforman con

vivir en forma opaca, tantos que temen correr riesgos. La verdad es que no cabe decir

eso de ustedes, ¿eh?

Peter miró a Jim. Estaba boquiabierto.

—No, fueron sumamente valientes. Ahora volveré junto a ustedes en un

instante y quiero que estén tranquilos y me aguarden... quédense muy tranquilos y

esperenme.

Peter golpeó con el dorso de la mano las costillas de Jim, pero éste no se movió.

Miró otra vez la horrorosa figura que se acercaba hacia ellos y cometió el error de

mirar directamente a los ojos impasibles y dorados. De inmediato una voz musical

que no partía del hombre comenzó a hablar en el interior de su propia cabeza.

Flojo,

Peter, flojo. La verás...

—¡Jim! —gritó.

Hardi se estremeció violentamente y Peter supo, aun entonces, que estaba ya

perdido.

Calma, muchacho, no es necesario todo ese ruido...

El hombre de los ojos dorados estaba casi junto a ellos y extendía la mano

izquierda. Peter dio un salto hacia atrás, demasiado asustado para saber lo que hacía.

La mano pálida del hombre se acercó más y más hasta la izquierda de Jim. Peter

se volvió y subió corriendo la mitad del tramo siguiente de la escalera. Cuando se

volvió, la luz debajo de la puerta que daba al descansillo tenía tal intensidad que las

paredes tenían un ligero tinte verdoso: y bajo esa luz, también Jim parecía verdoso.

—Tómame de la mano —dijo el hombre. Estaba dos escalones más abajo de Jim

y sus manos se tocaban casi.

Jim rozó con los dedos la palma de la mano del hombre.

Peter miró hacia arriba, por el hueco de la escalera, pero no pudo dejar a Jim.

El hombre más abajo reía. A Peter se le heló el corazón. Volvió a mirar hacia

abajo. El hombre tenía a Jim asido de la muñeca con la mano izquierda. Los ojos de

lobo estaban distendidos, relucientes.

Jim lanzó un grito agudo.

El hombre que lo tenía aferrado posó ambas manos en la garganta de Jim y le

torció el cuerpo con una fuerza inmensa, golpeando la cabeza del muchacho contra la

pared. Abrió luego las piernas para afirmarse mejor y una vez más estrelló la cabeza

de Jim contra la pared.

Ahora, tú.

Jim cayó sobre los escalones de madera y el hombre lo aparcó de un puntapié,

como si no tuviese más peso que una bolsa de papel. En la pared había una gran

mancha de sangre, como pintada por los dedos de un niño.

Peter corrió por un largo pasillo con puertas en ambos lados. Abrió

una al azar y se metió por ella en el cuarto. Al instante se quedó inmóvil.

Contra una ventana se dibujaba una cabeza.

—Bienvenido a casa —dijo la voz opaca de un hombre—. ¿La viste ya? —

preguntó y se levantó de la cama—. ¿No? Cuando la veas, no la olvidarás jamás. Es

una mujer increíble.

El hombre, una silueta negra recortada contra la ventana, comenzó a acercarse a

Peter muy despacio, mientras éste permanecía paralizado junto a la puerta. Cuando

el hombre estuvo cerca, vio que era Freddy Robinsonl.

—Bienvenido a casa —le dijo Robinson.

Te encontré.

Los pasos en el pasillo se detuvieron fuera de la puerta del dormitorio.

Tiempo. Tiempo. Tiempo. Tiempo.

—Sabes, no recuerdo con exactitud...

Presa del pánico, Peter se lanzó contra Robinson con los brazos abiertos, con la

intención de apartarlo de su camino. Cuando tocó la camisa de Freddy, éste se

desintegró en una masa informe de puntos luminosos. Sintió que sus dedos ardían.

En un instante todo se esfumó y Peter se lanzó a través del espacio que había

ocupado la masa.

—Sal. Peter —dijo la voz fuera de la puerta—. Todos queremos que salgas. —

Entretanto la otra voz, dentro de su mente, repetía:

Tiempo.

De pie delante del extremo de la cama, Peter oía agitarse el picaporte. Subió de

un salto a la cama y con la base de las palmas golpeó la parte superior de los marcos

de la ventana.

La ventana se levantó como si estuviese aceitada y el aire frío invadió el cuarto.

Sintió su otra mente buscándolo, diciéndole que fuese hasta la puerta, que no fuera

tonto. ¿Acaso no deseaba ver que Jim estaba bien?

¡Jim!

Saltó por la ventana en el momento en que se abría la puerta. Algo corrió hacia

él, pero estaba ya en el tejado y saltando hasta un nivel más bajo del mismo. Desde

allí saltó sobre el del garaje y desde allí a un montículo de nieve.

Al pasar a toda carrera junto al automóvil de Jim miró hacia un costado, en dirección

a la casa. Se la veía tan sólida y común como cuando llegaron. Sólo las luces en el

pozo de la escalera y en el vestíbulo estaban encendidas y proyectaban un acogedor

rectángulo luminoso y amarillo sobre el sendero de acceso. Aparentemente aquello

dijo algo a Peter Barnes:

Imagina la paz de tenderte con las manos cruzadas sobre el pecho.

Imagina dormir cubierto por el hielo...

11

—Lewis, estás borracho ya —le dijo Sears con severidad—. No sigas haciendo

tonterías.

—Mira, Sears —repuso Lewis—, es muy curioso, pero cuesta mucho no hacer

tonterías cuando tocamos temas como éste.

—Tienes algo de razón pero, por favor, deja de beber.

—¿Y sabes, Sears? Tengo la sensación de que nuestros pequeños gestos rituales

no nos servirán ya para mucho.

—¿Quieres que dejemos de reunirnos?

—Lo que me pregunto es... ¿Qué diablos somos? ¿ Los Tres Mosqueteros?

—En cierto modo, sí. Somos los que quedamos. Más Don, desde luego.

—¡Ay, Ricky! —se quejó Lewis—. Lo más admirable en ti es esa bendita lealtad

que tienes.

—Sólo para quienes la merecen —dijo Ricky y estornudó dos veces con gran

ruido—. Perdonen. Tendría que estar en casa. ¿Realmente quieren que cesen las

reuniones?

Lewis empujó su vaso hacia el centro de la mesa y se aflojó en su sillón.

—No sé —dijo—. No, supongo que no. No conseguiría cigarros excelentes como

los de Sears si dejásemos de reunirnos dos veces por mes. Y ahora que tenemos un

nuevo miembro... —Estaba por interrumpirlo bruscamente Sears, cuando Lewis

levantó la vista y los miró a todos. Era tan apuesto como siempre—. Y tal vez sentiría

miedo de no reunirnos. Tal vez eres todo lo que dijiste, Ricky. Desde octubre he

tenido un par de experiencias que... desde la noche en que Sears nos habló de

Gregory Bate.

—Yo, también —dijo Sears.

—Y yo —acotó Ricky—. ¿No es eso lo que estábamos diciendo? —Por ello quizá

deberíamos ponernos fuertes y seguir reuniéndonos —dijo Lewis—. Desde el punto

de vista intelectual, ustedes juegan en un cuadro superior al mío, y es probable que

también sea el caso de este muchacho, pero por otra parte pienso que se trata de

mantenernos unidos o bien que nos destruyan a todos por separado. A veces, allá en

mi casa, siento muchísimo miedo, como si hubiese alguien acechando y contando los

segundos hasta atraparme. Como atraparon a John.

—¿Creemos nosotros en hombres lobos? —quiso saber Ricky.

—No —dijo Sears. Lewis hizo un gesto negativo.

—Yo, tampoco —aseguró Don—. Pero hay algo... —Aquí calló, pensativo, y al

levantar los ojos vio que los tres hombres mayores lo miraban a su vez con aire de

expectativa—. Todavía no lo tengo bien meditado. Se trata sólo de una idea vaga.

Debo pensar en ella un poco más antes de poder expresarla.

—Bien, hace ya rato que se han encendido las luces —dijo Sears con toda

intención— y hemos oído un buen cuento. Puede ser que hayamos avanzado algo,

pero no lo veo muy bien. Si los hermanos Bate están en Milburn, quiero suponer que

harán lo que sugiere el inefable Hardesty y que se alejarán cuando se cansen de

nosotros.

Don leyó la expresión en los ojos de Ricky e hizo un gesto de asentimiento.

—Esperen —dijo Ricky—. Perdona, Sears, pero yo había enviado a Don a visitar

a Nettie Dedham en el hospital.

—¿Ah, sí? —Sears estaba ya aburrido y adoptaba ahora un aire superior.

—Sí, fui a verla —afirmó Don—. Encontré allá al

sheriff y a Rowles. Todos

tenían la misma idea.

—La de ver si ella decía algo —dijo Ricky.

—No podía decir nada. No puede hablar —señaló Don, mirando a Ricky—

Seguramente usted llamó por teléfono al hospital.

—Llamé. Pero cuando el

sheriff le preguntó si había visto a alguien el día que

murió su hermana, trató de pronunciar un nombre. Era obvio que quería decirlo.

—¿Qué nombre? —preguntó Sears.

—Lo que dijo fue una mezcla de consonantes, algo como Glngr. Lo dijo dos o

tres veces. Hardesty renunció a hacerla hablar, ya que no lograba entender una sola

palabra.

—Me imagino que nadie podría entenderla —dijo Lewis, dirigiendo una

mirada a Sears.

—El señor Rowles me llevó aparte en la playa de estacionamiento y me dijo que

según él, había tratado de pronunciarel nombre de su hermano. ¿Stringer? ¿No es ése

el nombre?

—¿Stringer? —repitió Ricky y se cubrió el rostro con la palma de una mano.

—Creo que hay algo que no entiendo aquí —dijo Don—. ¿Podría explicarme

alguien por qué es tan importante esto?

—Sabía que sucedería esto —dijo Lewis—. Lo sabía.

—Cálmate, Lewis —le ordenó Sears—. Don, tendremos que discutir esto entre

nosotros primero. Pero creo que te debemos una historia digna de comparar con la

que nos contaste. No la oirás esta noche, pero cuando lo hayamos discutido nosotros,

creo que vas a oír el cuento de fantasmas definitivo de nuestra sociedad.

—En tal caso, quiero pedirles otro favor —dijo Don—. Si deciden contármelo,

¿podrían hacerlo en casa de mi tío?

No pudo dejar de advertir la resistencia de los tres hombres.

De pronto los vio más viejos y hasta Lewis tenía un aspecto frágil.

—Quizá no sea mala idea —dijo Ricky Hawthorne. Era la imagen del resfrío

adornado con bigote y corbata de lazo con motas—. Fue en una casa de su tío donde

todo comenzó para nosotros. —Ricky consiguió sonreírle a Don—. Sí. Creo que va a

oír lo definitivo en materia de historias de la Chowder Society.

—Y que el Señor nos proteja hasta entonces —dijo Lewis.

—Y que El nos proteja después —añadió Sears.

12

Peter Bames entró en el dormitorio de sus padres y se sentó en el borde de la

cama. Su madre estaba cepillándose. Hacía meses ya que estaba en su modalidad

abstraída, lejana: hacía meses que fluctuaba entre esa frialdad glacial —recalentaba

comidas envasadas y salía a hacer largas marchas sola— y un maternalismo cargoso.

En la segunda de las modalidades prodigaba a Peter presentes como suéteres nuevos,

lo arrullaba durante el almuerzo y lo perseguía a propósito de sus estudios. En estos

períodos maternales de su madre Peter intuía a menudo que estaba al borde del

llanto. El peso de las lágrimas no derramadas le cargaba la voz y los gestos.

—¿Qué hay hoy para la cena, mamá?

Su madre inclinó la cabeza y contempló la imagen de su hijo reflejada en el

espejo durante casi un segundo.

—Salchichas con

choucroute —dijo.

—Ah. —Las salchichas le agradaban, pero su padre las detestaba.

—¿Es eso lo que querías preguntarme, Peter? —Su madre no lo miró esta vez,

sino que mantuvo la mirada fija en las manos reflejadas al pasar el cepillo por el pelo.

Peter siempre había tenido conciencia de que su madre era una mujer de un

atractivo excepcional, no una belleza fabulosa, como Stella Hawthorne, pero de todos

modos, más que simplemente bonita. Tenía un encanto lleno de vivacidad juvenil y

era rubia. Siempre había tenido aquel aire espontáneo, el de un barco de vela que se

suele ver muy lejos en el horizonte, avanzando en la brisa. Peter sabía que los

hombres la deseaban, si bien no le agradaba mucho pensar en tal cosa. La noche de la

fiesta en honor de la actriz, había visto a Lewis Benedikt acariciarle las rodillas a su

madre. Hasta entonces había imaginado ciegamente (según veía ahora) que la

adultez y el matrimonio significaban la liberación de las intensas confusiones que

asaltan a los jóvenes. Sin embargo, su madre y Lewis Benedikt podrían haber sido

Jim Hardie y Penny Draeger.

Formaban una pareja mucho más natural que ella y su padre. Y no mucho

después de aquella fiesta sintió que el matrimonio de sus padres comenzaba a

desmoronarse.

—No, en realidad, no —dijo—. Me gusta mirarte cuando te cepillas el pelo.

Christina Barnes se quedó inmóvil, con el cepillo apoyado en la parte superior

de la cabeza, hasta que lo llevó hacia abajo en un movimiento lento y diestro. Miró a

su hijo otra vez y en seguida apartó la mirada, con un gesto casi culpable.

—¿Quiénes vienen a la fiesta mañana? —preguntó Peter.

—La gente de siempre. Los amigos de tu padre. Ed y Sonni Venuti. Unos

cuantos más. Ricky Hawthorne y su mujer. Sears James.

—¿Vendrá el señor Benedikt?

Esta vez Christina lo miró deliberadamente a los ojos.

—No sé. Puede ser. ¿Por qué? ¿No te gusta Lewis?

—A veces me gusta. Pero no lo veo tan seguido.

—Nadie lo ve mucho, querido —dijo ella. Las palabras animaron un poco a

Peter—. Lewis es casi un recluso, a menos que uno sea una chica de veinticinco años.

—¿No estuvo casado en una época?

Christina volvió a mirarlo con mayor atención aún.

—¿Qué quiere decir todo esto, Peter? Estoy tratando de cepillarme el pelo.

—Lo sé. Perdona. —Con aire nervioso, Peter alisé la colcha con una mano.

—¿Qué ibas a decir?

—Estaba preguntándome si eres feliz.

Su madre dejó el cepillo sobre la mesa tocador y el mango de marfil hizo un

ruido seco sobre la madera.

—¿Feiz? Claro que soy feliz, hijo. Ahora, ve abajo y dile a tu padre que ya

vamos a comer.

Peter salió del dormitorio y bajó al cuartito lateral donde su padre estaba

seguramente mirando televisión. Aquel era otro signo de que las cosas no marchaban

bien. Peter no recordaba haber visto nunca a su padre antes optar por mirar

televisión a esa hora, pero hacía meses que llevaba su portadocumentos al cuarto

donde estaba el televisor, diciendo que tenía que revisar unos papeles. Minutos más

tarde se oía el tema musical de un programa popular como «Starkie y Hutch» o «Los

ángeles de Charlie» por detrás de la puerta cerrada.

Peter asomé la cabeza, vio el sillón de respaldo graduable delante de la pantalla

luminosa, el bol lleno de nueces saladas sobre la mesita, el paquete de cigarrillos y el

encendedor junto a él, pero su padre no estaba allí. El portadocumentos cerrado se

hallaba en el suelo junto al sillón.

Se alejó, pues, del cuarto, con sus imágenes de bienestar solitario y recorrió el

pasillo para ir a la cocina. Al llegar Peter allí, Walter Barnes, que vestía un traje

marrón y gastados zapatos del mismo color con punteras perforadas, estaba echando

una aceituna en su copa de martini seco.

—Hola, viejo —dijo a su hijo.

—Hola, papá. Dice mamá que la cena está casi lista.

—Me pregunto qué querrá decir eso. Una hora... una hora y media. ¿Qué

preparó, a propósito? ¿Te lo dijo?

—Salchichas de Viena.

—¡Aj! ¡Por favor! Creo que necesitaré más de éstos, ¿eh, Peter? —comentó,

levantando su copa y sonriendo a Peter antes de beber un sorbo.

—Mira, papá...

—¿Sí?

Peter dio un paso hacia un costado, hundió las manos en los bolsillos y de

pronto se sintió incapaz de hablar.

—¿Estás contento con la fiesta que van a dar?

—Sí —dijo su padre—. Será divertido, Peter, ya verás. Todo irá muy bien.

Barnes se alejó de la cocina hacia el cuarto de televisión, pero algo instintivo lo

llevó a mirar a su hijo, quien se movía sobre los talones, con las manos siempre en los

bolsillos y una gran emoción retratada en el rostro.

—¡Hijo! ¿Alguna dificultad en la escuela?

—No —dijo Peter con aire melancólico. Seguía balanceándose sobre uno y otro

pie.

—Ven conmigo —le dijo su padre.

Recorrieron el pasillo, Peter, de mala gana. Frente a la puerta del cuarto de

televisión, su padre le dijo:

—Oí decir que tu amigo Jim Hardie no volvió todavía.

—No. —Peter sintió que sudaba.

Su padre apoyó la copa en una carpetita y se dejó caer pesadamente en el sillón.

Ambos contemplaron el televisor encendido. La mayoría de los chicos de la familia

Brady estaban arrastrándose entre los muebles de su

living-room, un cuarto muy

parecido al de los Barnes, buscando algún animalito doméstico, una tortuguita, o un

gatito, o tal vez, como esos chicos Brady tan bonitos eran también muy traviesos,

algún roedor.

—Su madre está preocupadísima, enferma de preocupación —dijo Barnes y se

metió un puñado de nueces en la boca. Cuando las tragó, prosiguió—: Eleanor es una

mujer excelente, pero nunca comprendió a ese chico. ¿Tienes alguna idea de adónde

puede haber ido?

—No —repuso Peter. Observaba la caza del roedor en la pantalla como si

buscase allí claves para llevar su vida familiar.

—Desapareció sin más en su auto. Peter hizo un gesto. Durante el trayecto a la

escuela al día siguiente de su huida de la casa había ido hasta Montgomery Street y

desde media cuadra de distancia, comprobado que el automóvil no estaba.

—Yo diría que Rollie Draeger siente bastante alivio —comentó su padre—.

Seguramente se debe a la suerte tan sólo de que su hija no esté embarazada.

—Mmmmm...

—¿No tienes la menor idea de adónde puede haber ido Jim? —insistió su padre,

mirándolo con atención.

—No —dijo Peter. Era arriesgado, pero le devolvió la mirada.

¿No se confió a ti en alguna de esas salidas a tomar cerveza?

—No —repuso Peter. Se sentía muy desgraciado.

—Debes extrañarlo mucho —dijo su padre—. Y quizás estés preocupado por él.

¿Estás preocupado?

—Sí. —Peter estaba ahora tan próximo a llorar como imaginaba que estaba su

madre muchas veces.

—Bien, no te preocupes demasiado. Un chico como Jim siempre causará

mayores dificultades a los otros que las que se causa a sí mismo. Y te diré algo más.

Yo sé dónde está.

Peter miró a su padre, sorprendido.

—Está en Nueva York. Seguramente está allí. Huye de algo, por uno u otro

motivo. Y me pregunto si no tuvo algo que ver con lo que le sucedió a Rea Dedhazn,

después de todo. Es raro que haya huido, ¿no crees?

—No huyó —dijo Peter—. No huyó, te aseguro. No pudo haber huido.

—Con todo, creo que te irá mejor junto a un par de viejos idiotas como tus

padres que con ese amigo, ¿no? —Al no recibir la conformidad que esperaba de

Peter, Barnes extendió una mano hacia su hijo y le tocó el brazo—. Una cosa que

debemos aprender en este mundo, Peter, es que los muchachos revoltosos pueden

ser muy divertidos, pero nos irá mejor si nos mantenemos alejados de ellos. Cultiva a

la gente que es tu amiga, a la gente con quien estarás en nuestra fiesta y verás qué

bien te irá. El mundo es ya bien difícil para que vivas en él buscándote dificultades

mayores. —Barnes soltó el brazo de Peter—. Dime. ¿Por qué no acercas un sillón para

que miremos un poco de televisión juntos? Hagámonos un poco de compañía.

Peter se sentó y fingió mirar la pantalla. De vez en cuando oía el chirrido de la

máquina barredora de nieve que se acercaba poco a poco a la casa. Luego prosiguió

en dirección a la plaza.

13

Al día siguiente la atmósfera tanto exterior como interior había cambiado. Su

madre no estaba en ninguno de los dos estados de ánimo habituales en ella, sino que

se desplazaba alegremente por la casa, pasando la aspiradora y quitando el polvo,

hablando por teléfono, escuchando la radio. Peter, en su cuarto, escuchaba música

intercalada con los informes sobre el tiempo. Las carreteras estaban en tan malas

condiciones que no habría clases. Su padre había ido al Banco a pie. Peter lo había

visto partir con sombrero, abrigo pesado y botas de goma. Parecía menudo, un ruso,

casi. Varios rusos más, sus vecinos, caminaban a su lado cuando llegó al final de la

cuadra. Los informes sobre la nieve repetían un tema monótono.

Saquen los trineos,

chicos, veinte centímetros anoche y más pronosticada para el fin de semana, accidente en la

Ruta 17 provocó congestión de tránsito entre Damascus y Windsor... accidente en la Ruta 79

detuvo la circulación entre Oughwoga y Center Vilage... Acoplado de turismo volcado en la

Ruta 11 seis kilómetros al norte de Castle Creek...

Omar Norris pasó con la barredora

poco antes de mediodía, enterrando dos vehículos bajo una mole de nieve enorme.

Después del almuerzo su madre le hizo batir claras de huevo a punto de nieve. El día

era un rollo interminable de tela gris: interminable.

A solas otra vez en su cuarto, Peter buscó en la guía telefónica el nombre

Robinson, F.

y lo discó, con el corazón casi en la boca. Después de dos llamados,

alguien levantó el auricular y volvió a colocarlo en su lugar.

La radio enumeraba desastres. Un hombre de cincuenta y dos años en Lester

murió de un síncope cardíaco cuando despejaba con una pala la nieve de su camino

de acceso. Dos niños murieron al chocar el automóvil guiado por su madre con una

saliente de un puente cubierto de nieve, cerca de Hillcrest. Un anciano en Stamford

murió de frío... carecía de dinero para calentarse.

A las seis la barredora pasó otra vez ruidosamente delante de la casa. Para

entonces Peter estaba en el cuarto de televisión, esperando las últimas noticias. Su

madre asomó la cabeza rubia llena de ideas de cocina, y le dijo:

—No olvides cambiarte para la cena, Peter. ¿Por qué no llegas al colmo y te

pones corbata?

—¿Vendrá alguien con este tiempo? —Peter señaló la pantalla, borrosa de copos

de nieve y de vehículos bloqueados. Unos hombres llevaban en una camilla el

cadáver del hombre muerto de frío, Elmore Vesey, de setenta y seis años, fuera de

una cabaña semiderruida y enterrada casi en la nieve.

—Claro. Nadie vive muy lejos. —Presa de una inexplicable alegría, su madre se

retiró.

Su padre llegó media hora más tarde, con el rostro macilento y lo saludó:

—Hola, Peter. ¿Qué tal? —En seguida subió a meterse en una bañera llena de

agua caliente.

A las siete volvió al cuarto de televisión donde estaba su hijo, con un martini en

la mano y el bol lleno de nueces.

—Dice tu madre que le gustaría verte con corbata. Como está de tan buen

humor, ¿por qué no le haces el gusto por esta vez?

—Muy bien —dijo Peter.

—¿No hay noticias aún de Jim?

—No.

—Eleanor debe de estar loca de preocupación.

—Seguramente.

Peter volvió a su cuarto y se tendió en la cama. Estar presente en una fiesta,

responder a las preguntas de siempre («¿Estás contento de ir a estudiar a Cornell?»),

pasearse de un lado a otro con una bandeja, o con jarras llenas de bebida era lo que

menos tenía ganas de hacer en aquel momento. Lo que más deseaba era acurrucarse

bajo una frazada y quedarse allí en cama tanto tiempo como se lo permitiesen. Así

nada podría sucederle. La nieve subiría de nivel todo alrededor de la casa, los

termostatos harían su ruido característico al funcionar, él mismo caería en grandes

círculos de sueño...

A las siete y media sonó el timbre y Peter se levantó de la cama. Oyó a su padre

abrir la puerta, voces, bebidas que se ofrecía a los invitados. Los recién llegados eran

Hawthorne y otro hombre cuya voz no reconoció. Peter se puso una camisa limpia y

una corbata, se peinó con los dedos y salió del cuarto.

Cuando llegó a la parte superior de la escalera y vio desde allí la puerta, su

padre estaba colgando abrigos en el armario para invitados. El desconocido era un

hombre alto, de algo más de treinta años, con pelo rubio y espeso, un rostro cordial,

algo cuadrado, chaqueta de

tweed y camisa azul, sin corbata. No es abogado, pensó

Peter.

—Escritor

—exclamó su madre en ese instante, levantando la voz muy por sobre

su registro habitual—. ¡Qué interesante! —Peter se estremeció de vergüenza.

—Aquí baja nuestro hijo Peter —dijo su padre y los tres invitados lo miraron,

Hawthorne, con una sonrisa, el desconocido, simplemente con una mirada atenta.

Peter les dio la mano y se preguntó, al estrechar la de Stella, como lo hacía siempre

cuando la veía, cómo aquella vieja lograba mantenerse tan hermosa como cualquier

estrella de cine.

—Me alegro de verte, Peter —dijo Ricky Hawthorne y le estrechó la mano en la

suya, seca y ágil—. Tienes aspecto de cansado.

—Estoy bien —repuso Peter.

—Y éste es Don Wanderky, escritor y sobrino del señor Wanderley —le dijo su

madre. La mano del escritor era firme y cálida—. Ah, tenemos que hablar de sus

libros. Peter, ¿quieres ir a la cocina y preparar el hielo?

—Se parece un poco a su tío —observó Peter.

—Gracias.

—Peter, el

hielo.

Stella Hawthorne dijo entonces:

—En una noche como ésta, creo que voy a querer mis tragos al vapor, como si

fueran mariscos.

Su madre interrumpió su risa.

—Peter, el hielo, por favor... —y luego se volvió a Stella Hawthorne con una

rápida sonrisa nerviosa—. No, las calles parecen estar bien por ahora —oyó que

Ricky le decía a su padre. Se alejó hacia la cocina por el pasillo y allí comenzó a picar

hielo y meterlo dentro de un recipiente. La voz de su madre, demasiado alta, se oía

desde donde estaba.

Momentos después estaba junto a él, retirando cosas de la parrilla y mirando

dentro del horno.

—¿Sacaste las aceitunas y las galletitas de arroz? —Peter hizo un gesto

afirmativo—. Entonces, toma éstos y ponlos en una bandeja y pásalos, por favor,

Peter. —Eran arrollados de huevo e hígado de pollo envueltos en tocino. Al pasar

todo a la bandeja se quemó los dedos. Su madre se acercó sin hacer ruido y lo besó en

la nuca.

—Peter, qué amor eres —le dijo. Sin haber bebido nada, su madre actuaba como

si estuviese ebria—. Bien. ¿Qué tenemos que hacer ahora? ¿Están listos los martinis?

Entonces, cuando vuelvas con la bandeja, saca la jarra grande y ponla en otra bandeja

con las copas, ¿quieres? Tu padre te ayudará. Y ahora, ¿qué tenía que hacer yo? ¡Ah!

Pisar alcaparras y anchoas para poner en ese bol. Qué buen mozo estás, Peter. Me

alegro de que te hayas puesto corbata.

Volvió a sonar el timbre: más voces conocidas. Harlan Bautz, el dentista y Lou

Price, con su aspecto de hombre malo de una película de

gangsters. Sus mujeres, una

de ellas vulgar y la otra sometida.

Estaba pasando la primera bandeja cuando llegaron los Venuti. Sonny Venuti se

metió un arrollado de huevo en la boca y dijo: —¡Qué calentito! —Luego lo besó en la

mejilla. Tenía los ojos saltones y el rostro desencajado.

—¡Estás contento de ir a estudiar a Cornell, hijo? —preguntó Ed Venuti, socio

de su padre. Su aliento de gin le rozó la cara.

—Sí, señor.

Pero Venuti no lo oyó:

—Bendito sea el tranvía de Martoonerville —dijo, cuando el padre de Peter le

llenó la copa.

Cuando Peter ofreció la bandeja a Hartan Bautz, el dentista le palmeó la espalda

y le dijo:

—Apuesto a que te mueres de impaciencia por irte a Cornell, ¿no, muchacho?

—Sí, señor —Peter huyó hacia la cocina.

Su madre estaba poniendo cucharadas de una mezcla verdosa dentro de una

fuente térmica humeante:

—¿Quién llegó? —preguntó.

Peter se lo dijo.

—Por favor, termina de echar este mejunje aquí y vuelve a poner la fuente en el

horno —le indicó su madre, pasándole la fuente—. Tengo que ir a saludar. Ah, me

siento tan

festiva hoy...

Cuando se fue, Peter quedó solo en la cocina. Echó el resto de la sustancia

espesa y verdosa dentro de la fuente térmica y revolvió todo con una cuchara. Estaba

metiéndola dentro del horno, cuando vino su padre y le preguntó:

—¿Dónde está la bandeja para las bebidas? No debí haber preparado tantos

martinis. Casi todos beben whisky. No, llevaré la jarra y usaré los otros vasos del

comedor. Mira, Peter, hay ya gran movimiento. Tendrías que conversar con ese

escritor. Es un hombre interesante. Creo que escribe cuentos de fantasmas. Recuerdo

que Edward me comentó algo de eso. Interesante, ¿no? Sabía que lo pasarías bien si

estabas un rato con nuestros amigos. Te diviertes, ¿no?

—¿Qué dijiste? —preguntó Peter, cerrando la puerta del horno.

—Te pregunté si te diviertes.

—Sí, por supuesto.

—Bien. Sal a conversar con la gente. —Barnes agitó la cabeza, sorprendido—,

Increíble —agregó—. Tu madre está llena de entusiasmo. Se divierte muchísimo. Es

bueno verla otra vez como era antes.

—Sí —dijo Peter y se alejó hacia el

living-room con una bandeja llena de canapés

que había olvidado su madre.

Allí estaba, «llena de entusiasmo», como había dicho su padre: como si le

hubiesen dado cuerda, ni más ni menos, hablando con rapidez en medio de una nube

de humo de cigarrillos, alejándose de prisa de Sonny Venuti para levantar un bol

lleno de aceitunas negras y ofrecérselo a Hartan Bautz.

—Dicen que si esto sigue así, Milburn quedará incomunicada —dijo Stella

Hawthorne. Tenía una voz mas baja y fácil de soportar que la de su madre y la de la

señora Venuti. Tal vez por esta razón, hacía que toda conversación cesase a su

alrededor—. No contamos más que con esa barredora y la del condado debe de estar

enteramente ocupada en despejar las carreteras.

Lou Price, sentado en un sofá junto a Sonny Venuti, observó:

—Y no olvidemos quién maneja nuestra barredora. El Concejo municipal no

debió dejar nunca que la mujer de Omar Norris los persuadiese de confiársela. La

mayor parte del tiempo Omar está demasiado borracho para saber adónde va.

—Vamos, Lou, vamos, es el único trabajo que hace Omar Norris en todo el

año... ¡Y hoy pasó dos veces frente a casa! —Su madre ponía demasiado celo en

defender a Omar Norris. Peter vio que estaba observando la puerta y tuvo la

seguridad de que aquella alegría febril era causada por alguien que no había llegado

aún.

—Estos últimos días debe de haber dormido en los vagones de la estación —

afirmó Lou Price—. En los furgones, o bien en su garaje, si acaso su mujer le permite

acercarse tanto. ¡No se puede dejar a un hombre como él conducir una barredora de

dos toneladas muy cerca de nuestros autos! Estoy seguro de que sólo con su aliento

podría impulsar cualquier motor.

Sonó el timbre y su madre por poco no dejó caer su vaso.

—Yo abriré la puerta —le dijo Peter y se dirigió a ella.

Era Sears James. Bajo el ala ancha de su sombrero se veía un rostro tan fatigado

y pálido que las mejillas estaban casi azuladas. Saludó a Peter con un —¡Qué tal,

Peter! —y al decir esto su aspecto se volvió más normal. Luego se descubrió y se

disculpé por llegar tarde.

Durante veinte minutos Peter pasó canapés en bandejas, llenó vasos y copas y

se salvó de hablar. (Sonny Venuti le tomó la mejilla con dos dedos para decirle:

«Apuesto a que te mueres de impaciencia por irte de esta ciudad horrorosa y

empezar a perseguir a las chicas de Corneil, ¿eh, Peter?») Cada vez que miraba a su

madre, estaba en mitad de una frase, con ojos que volaban a cada instante hacia la

puerta. Lou Price explicaba a gritos algo relacionado con la soya a Harlan Bautz,

quien estaba a su lado. La señora Bautz aburría a Stella Hawthome dándole consejos

sobre decoración («Yo diría que hay que comprar palorrosa»). Ed Venuti, Ricky

Hawthorne y su padre estaban conversando en un rincón sobre la desaparición de

Jim Hardie. Peter retornó a la esterilizada paz de la cocina, se aflojé el nudo de la

corbata y apoyó la cabeza en un mostrador manchado de verde. Cinco minutos

después sonó el teléfono.

—No te molestes, Walt. Voy yo —oyó decir a su madre en el

liviflg-room.

La extensión de la cocina dejó de sonar segundos después. Su madre hablaba por

teléfono en el cuarto de televisión. Peter miró el teléfono blanco adosado a la pared

de la cocina. Quizá no fuese lo que él imaginaba. Quizá fuese Jim para decirle

No te

preocupes, viejo, estoy en el Apple...

Tenía que cerciorarse. Aun cuando fuese lo que

temía. Levantó pues el receptor. No escucharía más de un segundo.

La voz era la de Lewis Benedikt y sintió que se le oprimía el corazón.

—...no puedo ir, no, Christina —decía Lewis—. No puedo. El camino está bajo

casi dos metros de nieve.

—Hay alguien en la línea.

—No seas paranoica —le dijo Lewis—. Además, Christina, seria una pérdida de

tiempo que salga. Lo sabes.

—Peter, ¿eres tú? ¿Estás escuchando?

Peter contuvo el aliento, pero no colgó el receptor.

—No, Peter no está escuchando. ¿Por qué habría de escuchar?

—Maldito chico. ¿Estás allí? —El tono de su madre era agudo como el zumbido

de una avispa.

—Christina. Perdona. Seguimos siendo amigos. Vuelve a tu fiesta y diviértete

mucho.

—A veces sabes mostrarte como el peor de los canallas —dijo su madre y colgó

el receptor con violencia. Un segundo después, en estado de

shock, Peter colgó a su

vez el suyo.

Sentía las piernas flojas y estaba casi seguro del significado de lo que acababa

de oír. Se dirigió a ciegas hacia la ventana de la cocina. Pasos. Detrás de él, la puerta

se abrió y se cerró. Detrás de su propia imagen reflejada —tan fría y pálida como

cuando contempló el cuarto vacío de Montgomery Street—, veía la de su madre

como un rostro que era un borrón deformado por la furia.

—¿Te enteraste, espía? —Hubo luego otro reflejo entre ambos, algo que duró un

momento, otro borrén pálido que se deslizó entre el suyo y el de su madre. Se acercó

más aún y Peter se encontró mirando una carita que no era un reflejo, sino una cara

directamente afuera de la ventana, una cara infantil implorante y crispada. El chico le

imploraba que saliera—. Cuéntame, espía —le ordenó su madre.

Peter dio un grito y se metió el puño en la boca para ahogar el grito. Cerró los

ojos.

Al instante sintió los brazos de su madre abrazándolo, la voz murmurando

disculpas, y las lágrimas no latentes ahora, sino tibias sobre su cuello. Alcanzó a oír

también, dominando el ruido que hacía su madre, la voz declamatoria de Sears

James:

—Sí, Don, vino a tomar posesión de su casa y también a ayudarnos con un

problemita... un problema de investigación. —Entonces una voz confusa, que podría

haber sido la de Sonny Venuti dijo algo y Sears replicó—: Queremos que investigue

los antecedentes de esa muchacha Moore, la actriz que desapareció. —Más voces

confusas que expresaban leve sorpresa, leve duda, leve curiosidad. Peter se apartó el

puño de la boca.

—Está bien, mamá —dijo.

—Peter, lo siento tanto...

—No diré nada.

—No es... Peter, no fue lo que imaginas. No debes dejar que te apene.

—Pensé que podría ser un llamado de Jim Hardie.

Sonó el timbre.

Su madre aflojó los brazos alrededor del cuello de su hijo.

—Mi pobre querido, con un amigo loco fugitivo y una madre loca como yo —

dijo y después de besarlo en la nuca, añadió—: Y lloré sobre tu camisa limpia.

El timbre volvió a sonar.

—Ah, allí llega uno más —dijo Christina—. Tu padre preparará más bebida.

Pongámonos normales antes de dejarnos ver otra vez en público, ¿eh?

—¿Es alguien a quien invitaste?

—Pero, claro, Peter. ¿Quién más podría ser?

—No sé —repuso Peter, mirando otra vez por la ventana. Sólo vio reflejadas en

el vidrio la propia cara y la de su madre, brillantes como luces pálidas—. Nadie.

Su madre se irguió y se enjugó los ojos.

—Sacaré la comida del horno —dijo—. Es mejor que salgas y saludes.

—¿Quién es?

—Alguien conocido de Sears y Ricky.

Peter fue hasta la puerta y miró hacia atrás al alejarse, pero su madre estaba ya

abriendo el horno y metiendo las manos dentro de él, como cualquier dueña de casa

que retira la cena para una fiesta.

No distingo entre lo irreal y lo real,

pensó y volviéndole la espalda salió al

vestíbulo. El desconocido, el sobrino del señor Wanderley estaba conversando junto

a la arcada del

living-room.

—Bien, lo que me interesa en este momento, a decir verdad, es la diferencia

entre invención y realidad. Por ejemplo, ¿por casualidad oyeron ustedes música hace

unos días? ¿Una banda que tocaba en algún punto de la ciudad?

—La verdad es que no —dijo Sonny Venuti en voz baja—. ¿Y usted? Peter se

detuvo bruscamente junto a la arcada y se quedó mirando boquiabierto al escritor.

—Ven, Peter —lo llamó su padre—. Quiero que conozcas a tu compañera para

la cena.

—¡No! Yo quería sentarme al lado de este lindo muchacho —dijo Sonny Venuti,

mirándolo con ojos muy abiertos de ingenua.

—Te condenaron a soportarme —le dijo Lou Price.

—Vamos, ven, hijo —volvió a llamarlo su padre.

Peter se apartó con un esfuerzo de Don Wanderley, quien lo miraba con

curiosidad y se acercó a su padre. Tenía la boca seca. Su padre tenía un brazo

rodeando a una mujer alta con un hermoso rostro de rasgos afilados, como los de una

zorra.

Era el rostro que le había parecido tan alarmante cuando lo miró por el extremo

opuesto del telescopio que enfocaba a través de una plaza sumida en la oscuridad.

—Anna, mi hijo Peter. Peter, la señorita Mostyn.

Los ojos de ella se pasearon sobre él como una lamida. Tuvo conciencia por un

instante de estar entre la mujer y Don Wanderley, mientras Sears James y Ricky

Hawthorne observaban todo, como espectadores en un partido de tenis. Con la

diferencia que él y la mujer y Don Wanderley formaban las puntas de un triángulo

angosto y agudo como un trozo de vidrio candente y luego los ojos de Anna

volvieron a pasearse sobre él y tuvo conciencia del peligro en que se encontraba.

—Estoy segura de que Peter y yo tendremos muchas cosas de que hablar —dijo

Anna Mostyn.

De los diarios de Don Wanderley

14

Lo que debió haber sido mi presentación a los círculos sociales más amplios de

Milburn terminó en un desastroso fracaso...

Peter Barnes, el muchacho alto y de pelo negro con aspecto de tener capacidad

además de sensibilidad, fue la bomba que produjo la explosión. Al principio parecía

simplemente poco comunicativo, algo comprensible en un chico de diecisiete años

que debe actuar como mayordomo en la fiesta de sus padres. Chispazos de afecto

hacia los Hawthorne. También él responde a Stella. Pero debajo de la distancia que

guardaba había algo más, algo que poco a poco decidí que era... ¿pánico?

¿Desesperación? Aparentemente un amigo que tenía desapareció sin dejar rastro y

era obvio que los padres atribuían a esto la causa de su estado taciturno. Sin embargo

era más que eso, y lo que creí ver en él era temor. La Chowder Sociery me había

predispuesto en este sentido, o bien me había llevado a proyectar el propio temor en

una dirección errónea. Estaba yo haciendo mis pedantes comentarios a Sonny Venuti,

cuando Peter al oírme calló y se detuvo en seco, mirándome fijamente. La verdad es

que me escudriñó con la mirada y tuve la sensación que deseaba muchísimo

conversar conmigo... y no sobre libros. Lo asombroso es que sospeché que también él

había oído la música del doctor Pata de Cabra.

—Y si esto es verdad...

Si esto es verdad... estamos, entonces, en el centro de la venganza del doctor

Pata de Cabra y toda Milburn estallará.

Por una circunstancia extraña, fue algo dicho por Anna Mostyn que le provocó

un desmayo a Peter. Tembló al verla por primera vez. Estoy seguro de eso: le tenía

miedo. Ahora bien, Anna Mostyn es una mujer que es casi una belleza, no en un

estilo impresionante como el de Stella Hawthorne. Tiene ojos que parecen

remontarse muy lejos, a Norfolk y Florencia, de donde afirma que eran sus

antepasados. Según parece se ha vuelto indispensable para Sears y Ricky, pero su

mayor don no es el de estar cortésmente en la oficina, ayudando cuando es necesario,

sino en actuaciones como la del día del funeral. Sugiere bondad y comprensión, pero

no abruma con un exceso de estos sentimientos. Es discreta, callada, y por lo menos

en lo exterior, sumamente serena y tranquila. La verdad es que no hace notar su

presencia, pero con todo, tiene una sensualidad que resulta inexplicable y

perturbadora. Da la impresión de ser

fría, sensualmente fría. La suya es una

sensualidad referida a sí misma, una sensualidad egocéntrica.

Vi cómo inmovilizaba a Peter durante unos instantes con esa actitud

provocativa cuando estábamos comiendo. Peter mantenía los ojos fijos en su plato,

con lo cual obligaba a su padre a desplegar una cordialidad casi forzada y además,

fastidiaba a su madre. No miró ni una vez a Anna Mostyn, quien estaba sentada a su

lado. Los otros invitados no reparaban en él y hablaban del tiempo. Peter ardía de

deseos de levantarse de la mesa. Anna le tomó entonces el mentón y tuve la certeza

de la mirada que él estaba recibiendo de ella. Luego Anna le dijo en voz baja que

quería hacer pintar algunos de los cuartos de su nueva casa y que tal vez Peter y uno

o dos compañeros de la escuela querrían ir a hacer el trabajo. Peter se desmayó.

Perdió el conocimiento, ni más ni menos, como lo expresa el giro tradicional. Se

desmayó, quedó inconsciente, cayó hacia adelante... desmayado. Al principio creí

que había sufrido un ataque, y también creyeron esto la mayoría de los otros

presentes. Stella Hawthorne nos calmó a todos, ayudó a Peter a levantarse de su silla

y su padre lo llevó arriba. La cena terminó poco después.

Y ahora noto lo siguiente, por primera vez. Alma Mobley. Anna Mostyn. Las

iniciales, la gran semejanza de los nombres. ¿Estoy en el punto en que pueda

permitirme llamar a cualquier coincidencia «una simple coincidencia»? No es en

ningún sentido parecida a Alma Mobley. A pesar de ello,

es como Alma Mobley.

Y sé en qué sentido es como Alma Mobley... Es ese aire de eternidad. Pero

mientras Alma hubiese pasado con pies alados delante del hotel Plaza en la década

del veinte, Anna Mostyn habría estado en el interior, sonriendo ante las gracias de los

hombres con frascos de plata chatos en el bolsillo, con hombres juguetones, que

hablasen de automóviles deportivos y de la bolsa de valores, haciendo todo lo

posible por cautivarla.

Esta noche pienso llevarme las páginas escritas para la novela sobre el doctor

Pata de Cabra y quemarlas en el incinerador del hotel.

TERCERA PARTE

La Caza De Coatíes

Pero el espíritu humano, llárnelo uno burgués

o simplemente civilizado, no puede desprenderse

del sentimiento de lo inexplicable.

«El doctor Faustus»

, por Thomas Mann

Era sin duda octubre

En

esa noche misma, el año pasado

Cuando viajé... viajé allá abajo...

Cuando llevé la cruel carga allá abajo.

¡Ah! ¿Qué demonio me trajo hasta aquí?

Ulalume,

por Edgar Allan Poe

I

Eva Galli y el Manitou

Lewis Benedikt

1

Dos días de cambios en el tiempo. La nieve cesó y el sol volvió a salir. Fue como

dos días de caprichoso veranillo de San Juan. La temperatura aumentó por arriba de

cero por primera vez en un mes y medio. La plaza se convirtió en una ciénaga

barrosa que hasta las palomas evitaban y la nieve se derritió y el río —más gris y más

rápido que el día en que John saltó del puente— llegó casi hasta las márgenes. Por

primera vez en cinco años Walt Hardesty y sus hombres con ayuda de cinco

voluntarios, apilaron bolsas de arena a lo largo de dichas márgenes para evitar una

inundación. Conservó todo su atuendo de hombre del Far West mientras realizaba la

pesada tarea de transportar las bolsas de arena desde el camión, pero en cambio uno

de sus oficiales, llamado Leon Churchill, se desnudó hasta la cintura y pensó que tal

vez hubiese pasado ya lo peor del mal tiempo hasta los días de frío intenso de

febrero y marzo.

Metafóricamente hablando, podría haberse afirmado que la población de

Milburn en general se descubrió el torso hasta la cintura. Omar Norris, feliz, volvió a

dedicar la totalidad de su tiempo a la botella y cuando su mujer lo expulsó de la casa,

volvió a su furgón sin el menor reparo y rezó dentro del cuello de una botella de

whisky medio vacía porque la nieve hubiese cesado para siempre. La ciudad se aflojó

psicológicamente durante esos días de alivio transitorio y auspicioso. Walter Barnes

se ponía camisas con vistosas rayas celestes y rosadas para ir al Banco y durante ocho

horas llegó a sentirse casi como si no fuera banquero. Sears y Ricky cambiaban

chistes trillados entre la posibilidad de que Elmer Scales entablase juicio al servicio

meteorológico por su inconstancia. Durante dos días la hora del almuerzo en el

restaurante Village Pump se vio repleta de gente que se aventuraba a salir en

automóvil. Las ganancias de Clark Mulligan se duplicaron durante los dos últimos

días del doble programa de películas de Vincent Price y debió exhibir dichas

películas una semana más. Los desagües estaban llenos de agua negra y si uno no

tenía cuidado, corría el riesgo de que los automóviles que pasaban muy junto al

cordón de la acera lo empapasen de pies a cabeza. Penny Draeger, ex amiga de Jim

Hardie, conoció a un nuevo admirador, un desconocido con la cabeza afeitada y

anteojos negros que le dijo que lo llamase G, que era fascinante y misterioso, venía de

no se sabía dónde y afirmaba ser marinero, un personaje ideal para entusiasmar a

Penny. Al sol y con el rumor del agua corriendo en todas partes, Milburn resultaba

una ciudad espaciosa. La gente se ponía botas de goma para mantener seco el

calzado común y salía a caminar. Milly Sheehan contrató a un muchacho que vivía

en la misma cuadra para que le pusiese los vidrios dobles y el muchacho comentó: —

¡Pero, señora Sheehan, puede ser que no llegue a necesitarlos hasta Navidad! —Stella

Hawthorne, sumergida en un baño de sales perfumadas, decidió que era hora ya de

devolver a Harold Sims a las bibliotecarias solteronas a quienes él pudiese

impresionar. Le divertía más ir a la peluquería. Así durante dos días se tomaron

resoluciones, se hicieron largos paseos a pie, los hombres dejaron de resistirse a salir

a la carretera por la mañana e ir en automóvil a su trabajo y en esta falsa primavera,

todos los espíritus cobraron vuelo.

Eleanor Hardie, en cambio, estaba agotada de preocupación y pulía las maderas

de la escalera y de los mostradores dos veces por día, y John Jaffrey y Edward

Wanderley y el resto yacían bajo tierra y Neme Dedham fue llevada a un asilo,

murmurando siempre las dos únicas silabas que estaría dispuesta a pronunciar el

resto de su vida y el cuerpo escuálido de Elmer Scales adelgazó más aún, mientras el

hombre seguía vigilando el camino con la escopeta sobre las rodillas. Todas las

tardes el sol se ponía más temprano y por la noche Milburn se contraía y se

congelaba. Las casas parecían acercarse unas a otras, las calles tachonadas de luz

durante el día se oscurecían y parecían angostarse hasta adquirir una estrechez de

senderos para carretas. El cielo negro caía sobre todo. Los tres viejos de la Chowder

Society olvidaban sus chistes inofensivos y luchaban entre sus horrorosas pesadillas.

Dos casas espaciosas permanecían en una oscuridad amenazadora: la casa de

Montgomery Street contenía horrores que parpadeaban y vagaban de un cuarto a

otro, de un piso a otro. En la vieja casa de Edward Wanderley en Haven Lane, lo

único que circulaba era el misterio. Y para Don Wanderley, cuando llegase a verlo, el

misterio lo conduciría a Panama City, Florida, y a una niñita que decía: «Soy tú»

Lewis pasó el primero de estos días retirando la nieve de su camino de acceso,

haciendo un esfuerzo físico deliberado y trabajando tanto que sudaba bajo el traje de

gimnasia y la chaqueta de color oliva que llevaba. A mediodía le dolían ya la espalda

y los brazos como si nunca en su vida hubiese trabajado así. Después del almuerzo

dormía una siesta de media hora, tomaba una ducha, y se esforzaba por terminar la

tarea. Retiró con la pala los últimos montículos del camino —para entonces la nieve

estaba mojada y era mucho más pesada que antes— a las seis y media. Entró dejando

lo que se asemejaba a una montaña enorme junto al camino, volvió a ducharse,

levantó el receptor del teléfono y consumió cuatro botellas de cerveza y dos

hamburguesas. Sentía que no seria capaz de subir al piso alto a acostarse. Cuando

llegó al dormitorio, se quitó la ropa con gran esfuerzo, dejándola caer al suelo, se

tendió sobre las frazadas e inmediatamente se quedó dormido.

Nunca tuvo la certeza de que esto hubiese sido un sueño. Durante la noche oyó

un ruido terrible, el del viento que aullaba y arrastraba nuevamente toda esa nieve a

su camino despejado. Era como estar despierto, pero al mismo tiempo tuvo la

sensación de oír otro ruido, el de música llevada por el viento. Pensó entonces:

Estoy

soñando.

Pero le dolían los músculos, sus pasos eran inseguros cuando se levantó de

la cama y le dolía la cabeza. Se acercó a la ventana y miró por el costado de la casa

hacia los tejados de unos antiguos establos y hacia el primer tercio del camino de

acceso. Una luna en cuarto creciente estaba suspendida entre los árboles desolados.

Lo que vio luego se asemejaba tanto a una escena de las películas más insólitas de

Ricky que más tarde decidió que no pudo haberlo visto, en realidad. Soplaba el

viento y como había temido, las capas transparentes de nieve se posaban como velos

en el camino. Veía todo de un crudo negro o blanco. Un hombre vestido con ropa de

cantor negro ambulante estaba en la cima del montículo de nieve que llegaba hasta la

carretera. Le colgaba de la boca un saxofón tan blanco como sus ojos. Al mirarlo

Lewis, sin tratar siquiera de obligar a su mente nublada a dar algún sentido a la

visión, el músico sopló unos cuantos compases apenas audibles, bajó su saxofón y le

guiñó el ojo. Tenía una piel aparentemente tan negra como el cielo y estaba casi

suspendido en nieve donde normalmente tendría que haberse hundido hasta la

cintura. «Ni uno de tus viejos espíritus, Lewis, celosos del nuevo intruso acude a

buscar tus tordos y tus flores primaverales. Vuelve a la cama y sueña en paz». Sin

embargo, embotado de fatiga, siguió observando y al hacerlo, la figura cambió: ahora

era John Jaffrey, quien lo miraba con una ancha sonrisa en los labios, de pie en aquel

lugar imposible, con el rostro y las manos cubiertos de betún negro, los ojos blancos,

los dientes blancos. Lewis volvió a la cama trastabillando.

Cuando alivió el dolor de los músculos con una ducha caliente y prolongada,

fue a la planta baja y miró sorprendido hacia afuera por una de las ventanas del

comedor. La mayor parte de la nieve se había desprendido de los árboles delante de

su casa y los había dejado mojados y relucientes. Sobre las terrazas de ladrillo había

grandes charcos negros que llegaban desde su casa hasta los viejos establos. La

barrera de nieve a lo largo de la senda tenía ahora la mitad de la altura del día

anterior. El cambio del tiempo se había mantenido. El cielo estaba límpido y azul.

Lewis contempló otra vez la barrera baja de nieve junto a su camino y movió la

cabeza. Aquello era otro sueño. El sobrino de Edward había plantado aquella imagen

en su mente con su historia y con el protagonista del libro que no había escrito aún, el

músico negro del circo ambulante con un nombre cómico: El

está haciendo que soñemos

sus libros para él,

pensó y sonrió.

Se dirigió al vestíbulo, se quitó los mocasines y se puso botas.

Con la chaqueta de color oliva sobre los hombros recorrió otra vez la casa hacia

la cocina, donde puso a hervir agua en una marmita y entretanto se quedó

contemplando la escena por la ventana de la cocina. Como los árboles del frente de la

casa, su bosque brillaba y relucía. La nieve se extendía honda y blanca en el suelo,

más blanca y más honda bajo los árboles mojados a lo lejos. Saldría a caminar

mientras se calentaba el agua y volvería luego a desayunarse.

Afuera, el calor lo sorprendió. Más aún, el aire tibio y limpio le daba una

sensación protectora, como si le proporcionase un capullo de seguridad. La sugerente

amenaza del bosque había desaparecido y ahora resplandecía con sus colores

hermosos y apagados de corteza y de liquen y con la nieve mullida debajo como una

banda de colores de acuarela. Los bosques de Lewis no tenían ya aquella cualidad

cruda, de contornos marcados como los de una ilustración que habían visto en ellos

antes.

Tomó una vez más el sendero en sentido inverso, marchando despacio y

respirando hondo, oliendo el perfume de la mullida cama de hojas mojadas bajo la

nieve. Se sentía joven y lleno de salud, con el pecho henchido de aire puro y

lamentaba haber bebido demasiado en casa de Sears. Era una tontería culparse por la

muerte de Freddy Robinson. En cuanto a voces que susurraban su nombre, ¿no las

había oído toda su vida? Era la nieve que caía de una rama, el rumor sin significado

al cual su sentimiento de culpa daba otra interpretación.

Necesitaba la compañía de una mujer, la conversación de una mujer. Ahora

que había terminado la relación con Christina Barnes, podría invitar a Annie, la

camarera rubia del bar de Humphrey, a venir aquí, comer una buena cena y

escucharle hablar de pintura y de libros. La inteligente conversación de Annie

actuaría como un exorcismo de las preocupaciones del último mes. Tal vez invitaría

también a Anni y entonces ambas hablarían de pintores y de libros. Y él tendría

algunos tropiezos, al tratar de participar en la conversación, pero aprendería algo.

Seguidamente se le ocurrió la idea de quitarle Stella a Ricky durante una hora

o dos y deleitarse simplemente con la realidad de aquel rostro asombroso y de

aquella personalidad cautivante sentada a una mesa frente a él.

Lleno de paz, Lewis se volvió y comprendió por qué siempre había recorrido

aquel camino en el sentido contrario. En el largo tramo de regreso, con sus dos codos,

uno se encontraba delante de la casa casi antes de verla. Tomar el sentido contrario

mantenía durante el mayor tiempo posible la ilusión de que era el único hombre

blanco en un continente cubierto de densísimos bosques. Marchaba rodeado de

árboles mudos y de agua que goteaba bajo un sol blanco.

Dos puntos, no obstante, destruyeron la ilusión de Lewis de ser Daniel Boone

en una aventura de exploración por tierras desconocidas. Llegó al primero de ellos al

cabo de diez minutos de marcha. En mitad de su paseo vio la curva amarilla de la

mitad superior de un camión de transporte de combustible, la mitad inferior oculta

por la curva del extenso prado que se extendía en dirección a Binghamton. Ahí

terminaba el fantaseo sobre Daniel Boone. Tomó entonces el sector recto del camino

en dirección a la puerta de su cocina.

Tenía apetito y se alegró de haber comprado tocino y huevos la última vez que

fue a Milburn. Debería moler café y tostar pan de tipo casero, además de asar unos

tomates al horno. Después del desayuno llamaría por teléfono a sus amigas, las

invitaría a comer y dejaría que le indicasen qué libros debía leer. Stella quedaría para

más adelante.

Estaba en mitad del camino hasta la casa cuando percibió olor a comida.

Intrigado, inclinó la cabeza hacia un lado. Sin lugar a duda, era el aroma de un

desayuno, el desayuno que acababa de imaginar: café, tocino, huevos. «Vaya, pensó,

Christina». Después de partir Walt al trabajo y Peter a la escuela seguramente había

subido a su camioneta rural y llegado a hacerle una escena. Tenía aún la llave de la

puerta de servicio.

No tardó en hallarse más cerca de la casa, entre los últimos árboles. Allí el

aroma del desayuno era todavía más intenso. Con una sensación de pesadez en las

botas, avanzó despacio, pensando en lo que diría a Christina. Sería difícil, en especial

si ella adoptaba la actitud de mujer arrepentida y sumisa, como parecía indicarlo el

aroma del desayuno... y entonces, cuando salía ya del sector arbolado cerca de la

casa, advirtió que el automóvil de ella no estaba detenido frente al garaje.

Y allí era donde siempre lo dejaba. El espacio para estacionar era invisible desde

la carretera y estaba cerca de la puerta de servicio. En realidad era allí donde todos

estacionaban sus automóviles. Pero no sólo no estaba el automóvil de Christina

estacionado en el patio de ladrillo cubierto de charcos, sino que no había ningún otro.

Lewis se detuvo y miró con atención la casa de piedra gris. Había unos pocos

árboles y el tamaño de la casa los volvía casi insignificantes, como tallos finos de

arbustos. Por un instante su casa le pareció más grande aún de lo que era en realidad.

Al llevarle una ráfaga de aire el olor a café y a tocino frito, Lewis tuvo la

sensación de ver la casa por primera vez: la concepción de un arquitecto, inspirada

en alguna ilustración de un castillo de Escocia, un disparate en cierto modo y, por

otra parte, el edificio parecía brillar como los árboles. Era el final de una búsqueda en

un cuento. Con las botas empapadas y el estómago vacío de hambre, Lewis

contempló la casa, inmóvil de temor. Las ventanas relucían dentro de sus profundos

huecos.

Era un castillo de princesa, pero una princesa muerta, no cautiva.

Lentamente se aproximó y se alejó de la seguridad transitoria de los bosques.

Atravesó el patio de ladrillo donde tendría que haber estado el automóvil y sintió

otra vez el aroma del desayuno con una intensa agudeza. Con gran cautela abrió la

puerta de la cocina y entró.

La cocina estaba vacía, pero no como la había dejado. En todas partes había

rastros de ocupación y de actividad. En la mesa de la cocina había dos platos de su

mejor porcelana y, junto a ellos, cubiertos de plata. En dos candeleros junto a cada

lugar había velas sin encender aún. Junto a la licuadora había una latita de jugo de

naranja concentrado y congelado. Miró la cocina. Sobre las hornillas había cacerolas

vacías. El olor a comida era intensísimo. La marmita llena de agua silbaba y apagó el

fuego.

Junto a la tostadora eléctrica había dos rebanadas de pan.

—¿Christina? —llamó, por imaginar, en forma no muy racional, que podría

tratarse aún de una broma. No obtuvo respuesta.

Volvió a la cocina y olió una sartén. Tocino frito. Huevos fritos en manteca. Con

un dedo lleno de aprensión tocó el hierro frío ya.

El comedor se encontraba tal como lo había dejado y cuando pasó al

livingroom,

todo estaba también intacto. Levantó un libro del brazo de un sillón y lo miró

con curiosidad, a pesar de haberlo dejado él mismo allí la noche anterior. Permaneció

unos momentos en el

living-room, en ese cuarto donde no había entrado nadie,

oliendo el aroma de un desayuno que nadie había preparado, como si la habitación

fuese un refugio.

—¿Christina? —volvió a llamar—. ¿Hay alguien?

Arriba una puerta que le era familiar se cerró.

—¿Quién está? —preguntó.

Cuando llegó a la base de la escalera, miró hacia arriba.

—¿No hay nadie? —volvió a preguntar. El sol se reflejaba sobre el descansillo y

vio las motas de polvo que giraban despacio sobre los escalones. La casa estaba

silenciosa. Por primera vez sus vastas dimensiones le parecieron una amenaza. Se

aclaró la garganta antes de volver a preguntar:

—¿Quién está arriba?

Después de largo rato comenzó a subir. Al llegar al descansillo miró por la

ventanita hundida en su hueco —sol, árboles que goteaban— y prosiguió hasta llegar

al piso alto.

El vestíbulo estaba silencioso y vacío, inundado de claridad. El dormitorio de

Lewis quedaba a la derecha de la escalera y consistía en dos cuartos que habían sido

unidos. Se había condenado una de las puertas y la otra había sido reemplazada por

una de madera veteada trabajada a mano. Provista de un pesado picaporte de

bronce, la puerta del dormitorio de Lewis se cerraba siempre con un ruido fuerte

y

pesado, el que había oído abajo.

Se quedó delante de la puerta, sin poder decidirse a abrirla. Otra vez se aclaró la

garganta. Veía el gran espacio del cuarto doble, la alfombra, las zapatillas junto a la

cama, el piyama sobre una silla, las ventanas por las cuales había mirado esa

mañana. Además, veía bien la cama. Lo que le había causado el temor de abrir la

puerta era haber imaginado, tendido sobre la cama, el cadáver de su mujer, muerta

hacía catorce años. Levantó la mano para golpear la puerta. Tenía el puño a unos dos

centímetros de ella, pero volvió a bajarlo y tocó el picaporte.

Se obligó entonces a hacerlo girar. El cerrojo se soltó en seguida. Con los ojos

cerrados, entró.

Cuando los abrió, vio un sol borroso que se filtraba por las ventanas alargadas

frente a la puerta. Había un borde de piyamas con rayas azules y blancas. Había

asimismo un hedor de carne en descomposición.

Bienvenido, Lewis.

Armándose de valor, Lewis pasó junto a la puerta entreabierta y entró en el

charco de luz matinal que inundaba su dormitorio. Miró la cama vacía. El olor

horroroso se disipó con la misma rapidez con que había aparecido. Lo único que

percibía ahora era el perfume de las flores que estaban en un florero sobre la mesa

delante de la ventana. Se acercó a la cama y después de titubear, tocó la sábana de

abajo. Estaba tibia.

Minutos más tarde estaba abajo con el teléfono en la mano.

—Otto. ¿Tienes mucho miedo de los inspectores de caza?

—Ah, no, Lewis. Huyen disparando cuando me ven. ¿En un día como éste

tienes ganas de salir con los perros? Ven a tomar cerveza.

—Pero después saldremos —le dijo Lewis—. Por favor.

2

Peter salió de su aula cuando sonó la campana y recorrió el pasillo para

dirigirse al vestuario. Mientras el resto de los alumnos pasaba junto a él

empujándolo, para dispersarse por distintos sectores del edificio y la mayor parte de

su propia clase iba al salón de Miller para la hora de Historia, él fingió ir en busca de

un libro. Tony Drexier, uno de sus amigos, se quedó junto a él durante unos

segundos interminables y por fin le preguntó

—¿Tuviste alguna noticia de Jim Hardie?

—No —dijo Peter y se sumergió más aún en su armario.

—Apuesto a que está ya en Greenwich Village.

—Sí.

—Hora de ir a Historia. ¿Leíste el capítulo?

—No.

—Cuentos —dijo Drexler riendo—. Te veré allá.

Peter asintió. Poco después se encontró solo allí. Después de dejar sus libros en

el armario individual, pero llevándose el abrigo, cerró de un golpe la puertita de

metal y corrió por el pasillo hacia los baños, donde se encerró en un retrete y esperó

hasta que sonase la campana de la primera hora.

Diez minutos más tarde miró sigilosamente por la puerta y vio que el pasillo

estaba vacío y lo recorrió a toda carrera, para bajar luego las escaleras y salir por fin

por la puerta de entrada.

Al costado y a cerca de cien metros de distancia la clase de gimnasia de la

primera hora traspiraba haciendo calistenia en el campo cubierto de barro. Dos

chicas estaban ya corriendo por el perímetro para cumplir un castigo. Nadie lo vio,

pues la escuela estaba ya sumergida en su círculo de actividades privadas,

marchando al son de las campanas.

En School Road, a una cuadra de distancia, dobló por una calle lateral y desde

allí atravesó la ciudad en zigzag, eludiendo la plaza y el barrio comercial, hasta que

llegó a Underhill Road, que a su vez desembocaba en la Ruta 17. Trotó por la primera

un kilómetro y entonces se encontró bien fuera de la ciudad y a la vista de los

campos vacíos que terminaban en macizos de árboles.

Al ver ya la carretera, atravesó una elevación empapada y saltó sobre una doble

barrera de grueso aluminio asegurada a una serie de postes blancos. Cruzó los

carriles hasta la protección del centro y pasó al otro lado de la carretera. Una vez allí

levantó el brazo, con el pulgar en alto y comenzó a caminar hacia atrás.

Tenía que ver a Lewis. Tenía que hablarle de su madre.

Desde el fondo de su mente apareció la imagen de sí mismo saltando sobre

Lewis, dándole puñetazos, destrozándole esa apuesta cara...

Pero siguió a ésta la opuesta, la de Lewis riendo, Lewis diciéndole que no se

preocupase por nada, que no había vuelto de España para tener relaciones

clandestinas con las madres ajenas.

Si Lewis le decía esto, le contaría acerca de Jim Hardie.

Hacía quince minutos que esperaba que lo recogieran cuando por fin se detuvo

un automóvil azul junto a la banquina. El hombre de edad madura detrás del volante

se inclinó hacia un costado para abrirle la puerta.

—¿Adónde vas, hijo? —Era un hombre rechoncho con un traje gris arrugado y

corbata verde con el nudo demasiado ajustado. En el asiento de atrás había folletos

de propaganda de algún tipo.

—Unos diez o doce kilómetros por esta carretera —dijo Peter—. Le diré cuando

lleguemos. —En seguida subió al automóvil.

—Esto está contra mis principios —afirmó el hombre cuando reinició la marcha.

—¿Señor?

—Contra mis principios. Hacerse recoger en la carretera es bastante peligroso,

especialmente para chicos hermosos como tu. Yo en tu lugar no lo haría.

Peter lanzó una carcajada, con la cual provocó no sólo el asombro del hombre,

sino también el propio.

El hombre se detuvo a la entrada de la senda de la casa de Lewis, pero se negó a

alejarse sin darle antes más consejos.

—Escucha, hijo. Nunca se sabe a quién vas a encontrar en estas carreteras.

Podría ser un pervertido de cualquier tipo —dijo, asiendo a Peter de un brazo

cuando éste abría ya la puerta para bajar—. ¿Me prometes no volver a hacer esto?

Prométemelo, hijo.

—Bien, se lo prometo —le dijo Peter.

—Ahora el Señor sabe lo que prometiste —dijo el hombre, soltándolo.

Peter bajó con rapidez—. Espera, hijo, espera. Un segundo. —Peter esperó lleno

de impaciencia junto al automóvil, mientras el hombre se volvía en el asiento y elegía

uno de los folletos en el asiento de atrás—. Esto te ayudará, hijo. Léelo y guárdalo.

Hay en él una respuesta.

—¿Respuesta?

—Exactamente. Muéstracelo a tus amigos —dijo y entregó a Peter un folleto de

impresión ordinaria:

El atalaya.

El hombre aceleró y se alejó por la carretera. Peter se guardó el folleto en un

bolsillo y se volvió para entrar en la senda de acceso de Lewis.

Se la habían señalado, pero nunca había visto la casa de Lewis antes, con

ecepción de los tejados grises visibles desde la carretera. Cuando se internó en la

senda, estos tejados puntiagudos desaparecieron. La nieve acumulada se había

derretido y la senda resplandecía, reflejando los rayos del sol en mil puntos

semejantes a espejos. Cuando vio los tejados desde la carretera, no advirtió lo lejos

que quedaba ni qué rodeada de árboles estaba. Al llegar al primer codo, pudo ver la

casa en parte entre los troncos y por primera vez se preguntó qué estaba haciendo

allí.

Se acercó más. Un tramo de la senda se curvaba hasta el frente de la casa, un

frente largo como una cuadra entera en la ciudad. Las ventanas facetadas reflejaban

la luz y el sector principal de la senda se curvaba hacia un costado y desembocaba en

un patio de ladrillos flanqueado por lo que Peter supuso que eran establos. Vio sólo

una esquina de dichos establos. No se imaginaba a sí mismo entrando en una casa

tan imponente: daba la impresión de que sería posible alli vagar durante una semana

entera sin encontrar la salida. Esta prueba del aislamiento, de la poca sociabilidad de

Lewis llevó a Peter a dudar de todos los planes que tenía.

Entrar alli era tan amenazante casi como entrar en la casa silenciosa de

Montgomery Street.

Dio la vuelta hacia los fondos del edificio, tratando de asociar aquella maciza

magnificencia con su opinión de Lewis. Para él, por no saber nada de la historia de la

casa, resultaba un palacio real que exigía un concepto diferente de su dueño. Con

todo, los fondos de la casa eran mejores: una puerta sobre el patio de ladrillo, los

acogedores frentes de madera de los establos. Acababa de reparar en los senderos

que llevaban a los bosques cuando oyó hablar una voz dentro de su mente.

Imagina a Lewis en la cama con tu madre. Imagínalo sobre ella...

—No —susurró.

Imagínala moviéndose desnuda debajo de él, Peter...

Peter se quedó inmóvil e inmediatamente la voz calló. Acababa de entrar un

automóvil en la senda desde la carretera. Había vuelto Lewis. El muchacho pensó

por un instante si debería aguardar, ofreciendo un buen blanco en aquel patio, para

que lo viese Lewis al entrar, pero luego el automóvil viró y ahora estaba demasiado

cerca de la casa. Peter no podía soportar mirar a Lewis mientras la voz murmuraba

en su interior. Corrió pues hasta los establos y se agazapó allí. Detrás de la casa, la

camioneta rural de su madre llegó al patio a los fondos de la misma.

Se apretó bien contra la nieve y miró entre los troncos retorcidos de los rosales.

Su madre estaba bajando del automóvil. Tenía el rostro fatigado, pálido de emoción

concentrada... tenía una expresión tensa y furiosa que él no había visto nunca.

Mientras esperaba junto a los establos, la mujer se inclinó dentro del automóvil y

tocó la bocina dos veces. Luego se irguió, pasó por delante del automóvil, evitando

los charcos del patio de ladrillo y se dirigió a la puertita de servicio. Peter pensó que

golpearía, pero metió una mano en la cartera, sacó una llave y entró. La oyó entonces

llamar a Lewis por su nombre.

3

Lewis guió el Morgan esquivando un charco negro en el camino lleno de pozos

que llevaba a los fondos de la quesería. Se trataba de un edificio cuadrado, de

madera, del tamaño de un

bungalow, que Otto mismo había construido en un valle de

las afueras de Afton, al pie de una serie de colinas boscosas. En las perreras los

perros ladraron en un costado de la casa. Lewis detuvo el automóvil junto a la

plataforma que Otto utilizaba como tinglado para cargar, saltó a ella, abrió las

puertas de metal y se metió en la fábrica. Por todas partes se percibía el olor

penetrante de la leche cuajada.

—¡Lewis! —Otto estaba bañado por una luz tenue en un extremo de su pequeña

fábrica rodeado por maquinaria blanca, dirigiendo la tarea de echar el queso dentro

de moldes de madera achatados. A medida que se llenaban, Karl, el hijo de Otto,

llevaba los moldes a una balanza, apuntaba el peso y el número y los apilaba en un

rincón. Otto dijo algo a Karl y recorrió el recinto con piso de madera para estrechar la

mano de Lewis.

—Me alegro de verte, amigo. Pero Lewis, ¡qué aspecto de cansado tienes! Te

hace falta un poco de mi aguardiente casero.

—Y tú tienes aspecto de estar ocupado —repuso Lewis—. Pero te agradeceré un

poco de tu aguardiente.

—Ocupado, no te preocupes de que esté ocupado. Karl maneja todo ahora y

¿por qué habría de preocuparme por Karl? Es un buen quesero. Casi tan bueno como

yo.

Lewis sonrió y Otto le palmeó la espalda y se alejó hacia su oficina, un lugarcito

separado por una mampara y cerca del tinglado. Allí Otto se sentó en un sillón

viejísimo detrás del escritorio, haciendo crujir los resortes. Lewis se sentó frente a él.

—Y ahora, mi amigo —dijo Otto, inclinándose y sacando de un cajón un

botellón y dos vasitos diminutos— verás lo que es beber bien. Con esto tendrás otra

vez las mejillas sonrosadas. —Al decir esto, sirvió el aguardiente en los dos vasitos.

La bebida era ardiente en la garganta de Lewis, pero su gusto recordaba el de

una variedad de flores destiladas en un líquido delicioso.

—Exquisito —dijo Lewis.

—Claro que es exquisito. Lo hago yo mismo. Supongo que trajiste la escopeta,

¿no, Lewis?

Lewis hizo un gesto afirmativo.

—Muy bien. No eres la clase de amigo que viene a mi oficina, bebe mi

aguardiente y come mi queso excelente —dijo Otto a la vez que se levantaba y se

acercaba a una heladera baja— y todo el tiempo está pensando en salir a cazar y

matar algo. —Otto dejó delante de Lewis una gran tajada de queso con vetas de color

borravino y cortó pedazos con su cuchillo. Era uno de los quesos especiales que hacía

Otto y vendía bajo su propio nombre. Los grandes moldes de queso

cheddar, en

cambio, eran distribuidos por una compañía—. Dime la verdad. ¿Tengo razón o no?

—Tienes razón.

—Lo sospechaba, Lewis. Pero no importa. Compré una perra excelente. ¡Esta

perra ve a cuatro o cinco kilómetros... huele a quince! Creo que pronto encomendaré

a esta perra el trabajo que hace Karl.

El queso con su leve gusto a vino era tan bueno como el aguardiente de Otto.

—¿Crees que estará demasiado mojado para sacar al perro?

—No, no. Bajo los árboles altos no estará tan mojado. Tú y yo... encontraremos

algún animal para cazar. Hasta quizás un zorro, ¿eh?

—¿Y no tienes miedo de que aparezca el guardabosques?

—¡No! Los guardabosques huyen cuando me ven. Dicen: «Miren, allí está ese

alemán loco. ¡Y está armado, además!».

Al oír los cómicos comentarios de Otto Gruebe, sentado en su oficina con otro

vasito lleno del potente aguardiente y la boca llena de sabores refinados, Lewis pensó

que Otto era una versión alternativa de la Chowder Society, menos complicada, pero

al mismo tiempo una amistad igualmente valiosa para él.

—Vayamos a ver ese perro —propuso.

—A ver ese perro, eh? Lewis, cuando veas mi perra nueva, caerás de rodillas y

le propondrás matrimonio.

Los dos hombres se pusieron las chaquetas y salieron de la oficina. Una vez

afuera, Lewis advirtió que estaba allí un muchacho alto y delgado aproximadamente

de la misma edad que Peter, cerca del tinglado. Llevaba camisa de color púrpura y

apretados vaqueros azules y estaba apilando los pesados moldes para la carga. El

muchacho miró fijamente a Lewis un instante y luego agitó la cabeza y sonrió.

Mientras se dirigían a la perrera, Lewis preguntó:

—¿Tomaste un chico nuevo?

—Sí. Es el pobre muchacho que descubrió el cuerpo de la vieja de los caballos.

La que vivía cerca de tu casa.

—Rea Dedham —dijo Lewis. Cuando miró por sobre el hombro, vio que el

muchacho lo miraba aún, con una leve sonrisa. Lewis tragó saliva y volvió la cabeza

otra vez.

—Sí. Estaba muy perturbado y no soportaba la idea de seguir viviendo allá. Es

un chico muy sensible, Lewis. Me pidió empleo y se alquiló un cuarto en Afton. Y yo

le di una escoba y lo puse a limpiar la maquinaria y a apilar el queso. Me servirá

mucho hasta Navidad, pero después no podremos permitirnos ya tenerlo.

Rea Dedham. Edward y John. Lo perseguía aun aquí.

Otto hizo salir a la perra nueva de la perrera y se inclinó sobre ella para

acariciarle el lomo. Era un galgo, un animal delgado y musculoso de color gris con

poderosas patas y nalgas. La perra no ladraba como los animales, ni tampoco daba

saltos de alegría por haber salido de la perrera, sino que permanecía inmóvil junto a

Otto, mirando alrededor con ojos azules y vigilantes. Lewis se inclinó a su vez para

acariciarla, y la perra recibió la caricia y le offateó las botas.

—Se llama Flossie —dijo Otto—. Qué perra, ¿no? Qué belleza eres, mi Flossie.

¿Quieres que te llevemos a pasear un poco, mi Flossie?

Por primera vez la perra dio muestras de animación y movió la cabeza a la vez

que meneaba la cola. Aquel animal bien enseñado, junto a Otto con sus orejas

salientes y feliz de haberla obtenido, la proximidad del bosque y el aroma penetrante

del queso, todo ello contribuyó a alejar a Lewis del muchacho con vaqueros a sus

espaldas y de la Chowder Society que acechaba detrás de él. Dijo entonces.

—Otto, quiero contarte una historia.

—¿Sí? Cuéntamela, Lewis.

—Quiero contarte cómo murió mi mujer.

Otto inclinó la cabeza hacia un lado y por un instante recordó a Lewis el galgo

echado junto a ellos.

—¿Sí? —dijo—. Cuenta. —Con aire reflexivo, pasó un dedo por la base de las

orejas de la perra—. Puedes contármelo todo cuando pasemos una o dos horas en los

bosques, ¿quieres? Me alegro, Lewis. Me alegro.

Cuando Lewis y Otto salían con armas y perro llamaban a esto salir a cazar

coatíes y Otto se regocijaba siempre ante la posibilidad de ver un zorro, pero hacía

por lo menos un año que nunca mataban nada. Los rifles y el perro eran

principalmente un pretexto para recorrer el extenso sector de bosques que se

encontraba arriba de la fábrica de queso, y para Lewis representaba una versión más

deportiva de sus trotes matutinos.

A veces disparaban sus armas, a veces uno de los perros acosaba a algún

animal. Lewis podría haber intentado dispararle, pero por lo menos la mitad del

tiempo Otto se dedicaba a contemplar al atemorizado animal con sus bandas en el

lomo, mientras reía.

—Vamos, Lewis —decía. Este coatí es demasiado bonito. Busquemos uno más

feo.

Lewis sospechaba que si hacían ese tipo de caza esa vez, primero necesitarían

arreglar la cosa con Flossie. Esta perra esbelta y lista era totalmente profesional. No

perseguía pájaros ni ardillas como casi todos los otros perros, sino que avanzaba

silenciosa delante de ellos, moviendo la cabeza hacia uno y otro lado, agitando la cola

sin cesar.

—Creo que Flossie nos hará trabajar —comentó.

—Claro. ¿O crees que pagué doscientos dólares para hacer papelones delante

de un perro?

Cuando estuvieron sobre el valle y se internaron entre los árboles, Lewis sintió

cómo disminuía poco a poco su tensión. Otto estaba exhibiendo a su perra, silbando

para hacerla alejarse en una amplia tangente y silbando otra vez para que volviera.

Se encontraban en ese momento en medio de un bosque espeso. Como había

pronosticado Otto, hacía más frío y estaba más seco ahí que en el valle. En los puntos

algo más expuestos la nieve derretida formaba pequeños hilos de agua y la tierra

cenagosa bajo la nieve que quedaba aún hacía un ruido de succión bajo las botas. En

cambio bajo la fronda de coníferas era como si no se hubiese producido ningún

deshielo. Lewis perdía de vista a Otto durante diez minutos, a veces, y luego percibía

fugazmente su chaqueta roja entre las ramas de los pinos y lo oía dialogar con su

perra. Lewis se llevó la Remington al hombro y luego probó puntería con una piña.

La perra corría y saltaba delante de ellos, buscando una pista.

Media hora más tarde, cuando encontró una, Otto estaba demasiado cansado

para seguirla. La perra comenzó a aullar y salió corriendo hacia la derecha. Otto bajó

su pesada arma y dijo:

—No, deja que se vaya, Flossie. —La perra lloriqueó y se quedó mirando con

aire incrédulo a los dos hombres: ¿

Qué estdn haciendo, payasos? Seguidamente bajó la

cola y volvió. A unos diez metros de ellos, se echó y comenzó a lamerse las patas.

—Flossie está desilusionada —afirmó Otto—. No estamos a su altura. Bebe un

poco —agregó, pasando un frasco de metal a Lewis—. Creo que hay que mantenerse

abrigado, ¿no, Lewis?

—¿Se puede encender fuego aquí?

—Desde luego. Vi un espacio protegido cerca. Hay cantidad de madera seca.

Mientras tú haces un pozo en la nieve, yo iré a traer ramas secas y después, ¡rápido!

Fuego.

Como la colina llegaba al punto más elevado a sólo veinte metros de donde

estaban, Lewis subió un poco mientras Otto volvía al sector que había visto en busca

de ramitas secas y leña más grande. Flossie, perdido todo interés, lo miraba mientras

subía con trabajo hacia la cresta.

No esperaba lo que encontró al terminar de subir. Había recorrido mayor

distancia de la que él imaginaba y abajo, al fondo de una pendiente boscosa se

divisaba un tramo de carretera. En el lado opuesto de ella comenzaban otra vez los

bosques, pero los pocos automóviles que pasaban por la carretera malograban el

paisaje y en seguida disiparon aquella frágil sensación de bienestar que había

experimentado antes.

Y luego fue como si Milburn lo hubiese perseguido hasta allí, para señalarlo en

aquella cima de la colina cubierta de bosques. Uno de los automóviles que avanzaba

velozmente por la carretera era el de Stella Hawthorne.

—Dios... —murmuró al ver el Volvo de Stella pasar por el espacio exactamente

a sus pies. El automóvil, así como quien lo conducía, le hicieron evocar otra vez la

noche y la mañana. Era como si hubiese instalado su tienda en medio de la plaza y

aun en medio del bosque, Milburn le hablaba en susurros. El automóvil de Stella

siguió avanzando. El guiño de doblar se encendió y el automóvil se detuvo junto a la

banquina. Momentos más tarde otro automóvil se detuvo junto al de ella. De él bajó

un hombre, quien se acercó a la ventanilla del de Stella y golpeó la puerta hasta que

ella la abrió.

Lewis se volvió y bajó otra vez por la pendiente resbaladiza a reunirse con Otto.

Este acababa de encender una pequeña fogata. En el fondo de un pozo excavado en

la nieve y sobre un lecho de piedras se veía una llama. Otto agregó unas ramas de

mayor tamaño, luego otra, luego un manojo, y la débil llamita se multiplicó. Sobre la

fogata Otto armó una especie de cobertizo cónico de palos.

—Ahora, Lewis —dijo—, puedes calentarte las manos.

—¿Queda aguardiente? —Lewis tomó el frasco y se sentó junto a Otto en un

tronco caído salpicado de nieve. De uno de sus hondos bolsillos Otto sacó una gran

salchicha de manufactura casera, cortada en dos mitades. Dio una a Lewis y mordió

su mitad. El fuego pasó a la estructura cónica de ramas y comenzó a calentar los

tobillos de Lewis a través de las botas. Extendió piernas y brazos en una posición

confortable y con la boca llena a medias, de salchicha, comenzó a hablar.

—Una noche Linda y yo fuimos a cenar en uno de los departamentos del hotel

que yo tenía. Linda no vivió esa noche. Otto, creo que lo mismo que destruyó a mi

mujer está persiguiéndome.

4

Peter se levantó, sin alejarse de los establos y luego cruzó el patio y espió por la

ventana de la cocina. Había cacerolas sobre las hornallas y la mesa redonda estaba

puesta para dos personas. Su madre había venido a tomar el desayuno. Oyó sus

pasos cuando se alejaba dentro de la casa, evidentemente buscando a Lewis

Benedikt. ¿Qué haría cuando descubriese que él no estaba allí?

«Desde luego no corre ningún peigro», se dijo. «No está en

su casa. No puede

correr peligro. Descubrirá que Lewis no está y volverá a casa». Pero aquello le

recordaba demasiado el otro episodio, el de espiar por la ventana y esperar junto a la

puerta mientras otra persona recorría una casa vacía.

Se irá a casa, simplemente. Peter

tocó la puerta, pensando que la hallaría cerrada con cerrojo, pero no ofreció

resistencia y se entreabrió dos centímetros.

Esta vez no entraría. Temía demasiadas cosas... y sólo parte de ellas era la idea

de encontrar a su madre en la casa y tener que inventar una excusa por hallarse allí.

Podía inventarla muy bien. Podría decirle que quería conversar con Lewis

sobre... sobre cualquier cosa. Sobre la universidad de Corneil. Sobre las fraternidades

estudiantiles.

Vio la cabeza aplastada de Jim Hardie al resbalar por una pared manchada.

Retiró la mano de la puerta y bajó por los escalones hasta el patio de ladrillo.

Dio varios pasos hacia atrás, con los ojos fijos en la pared de los fondos de la casa. De

todos modos, era una fantasía de su parte: la expresión enojada de su madre hacía

evidente que no aceptaría pretextos absurdos como el de buscar consejo sobre las

fraternidades estudiantiles.

Retrocedió más aún y por un instante le pareció que la pared, semejante a una

fortaleza, de los fondos de la casa de Lewis se inclinaba para perseguirlo. Se movió

un cortinado y Peter no pudo moverse un paso más. Alguien estaba detrás de la

cortina, alguien que no era su madre. Veía solamente los dedos blancos que

apartaban el cortinado. Sintió deseos de correr, pero las piernas no le obedecían.

La figura de los dedos blancos había inclinado la cara hacia el vidrio y estaba

mirándolo. Era Jim Hardie.

En la casa, su madre gritó. Las piernas de Peter se movieron de pronto y salió

corriendo por el patio y entró por la puerta de servicio.

Recorrió a toda carrera la cocina y se encontró en un comedor. Por una ancha

puerta abierta vio muebles de

living-room y luz que entraba por las ventanas del

frente.

—Mamá! —llamó y entró en el cuarto. A los lados de la chimenea había dos

sofás de cuero y sobre una pared colgaban armas antiguas—. ¡Mamá! —repitió.

Jim Hardie entró en el living-room con una sonrisa. Le mostró las palmas de las

manos como para demostrarle que sus intenciones no eran violentas.

—Hola —dijo, pero la voz no era la de Jim. Era la voz de un ser humano

cualquiera.

—Estás muerto —dijo Peter.

—Eso es gracioso —dijo la imagen de Hardie—. En realidad, no te sientes

muerto una vez que sucede. Ni siquiera sientes dolor, Peter. Te sientes casi bien. No,

decididamente diría que te sientes muy bien. Y desde luego no te queda nada de qué

preocuparte. Eso es una gran ventaja.

—¿Qué le hiciste a mi madre?

—No, ella está bien ahora. El está con ella arriba. No puedes subir. Yo tengo que

conversar contigo. ¡Hola, te dije!

Peter miró desesperado la pared con las lanzas y las picas, pero quedaba

demasiado lejos.

—Ni siquiera

existes —dijo, llorando casi—. Te mataron. —Tiró hacia sí una

lámpara que estaba en una mesa junto a uno de los sofás.

—Es difícil decirlo —repuso Jim—. No puedes decir que no existo, porque estoy

aquí. ¿Te saludé ya? Tenía que decirte «¡Hola!». Vamos a...

Peter arrojó la lámpara hacia el pecho de la imagen de Jim con todas sus

fuerzas.

La figura siguió hablando durante los segundos en que la lámpara surcó el aire

—....siéntate y...

La lámpara la hizo estallar en una lluvia de luces como chispas y se estrelló

contra la pared.

Peter atravesó corriendo el

living-room, llorando casi de impaciencia. En el

extremo opuesto del cuarto pasó por la arcada y resbaló en las baldosas blancas y

negras. A su derecha estaba la maciza puerta principal, y más a su derecha una

escalera alfombrada. Subió corriendo por ella.

Al llegar al primer rellano se detuvo al ver que la escalera no terminaba allí. En

el final de un

hall alargado, semejante a una galería cubierta, vio el comienzo de otra

escalera que obviamente conducía a otro sector de la Casa.

—¡Mamá! —gritó.

Oyó entonces un ruido de sollozos débiles, muy cerca de donde estaba. Se

acercó a la puerta de madera del cuarto de Lewis y la abrió. Su madre dejó escapar

otro gemido ahogado, como un sollozo. Peter entró entonces.

Y se detuvo allí. El hombre de la casa de Anna Mostyn se hallaba junto a una

gran cama que Peter estaba seguro de que pertenecía a Lewis. En una silla había un

piyama con rayas azules. El hombre llevaba sus anteojos ahumados y su gorra tejida.

Tenía las manos asidas al cuello de Chnstina Barnes.

—¡El chico Barnes! —dijo--. Cómo se mueven estos jóvenes. Y cómo meten esas

naricitas en los asuntos ajenos. Creo que necesitarás unas palmaditas.

—Mamá,

no existen —dijo Peter—. Puedes hacerlos desaparecer. —Los ojos de

su madre se salían de las órbitas y hacía movimientos convulsivos—. No puedes

hacer caso de lo que dicen. Se te meten en la cabeza y te hipnotizan.

—No, no tuvimos necesidad de hacer eso —observó el hombre.

Peter se acercó a la ancha repisa debajo de las ventanas y levantó un florero.

—Muchacho —dijo el hombre.

Peter levantó el brazo. El rostro de su madre estaba azul ya y se le salía la

lengua. Con un grito ahogado, desesperado, Peter se preparó para lanzar el florero al

hombre. Dos manos frías y pequeñas se cerraron alrededor de su muñeca. Una ola de

aire fétido, el olor de un animal que dejan muerto al sol durante días lo invadió

completamente.

—Pórtate como un buen chico —dijo el hombre.

Alfiler de sombrero

5

Furioso, Harold Sims, se metió en el automóvil, obligando a Stella a apartarse

hacia un costado.

—¿Qué mosca te ha picado? ¿Qué demonios pretendes con esto?

Stella sacó un paquete de cigarrillos de la cartera, encendió un