Epílogo 4

Epílogo 4

 

La autora recalca que esto no puede ser llamado un epílogo, es más bien una recopilación de historias sobre lo que sucedió con los personajes más importantes después del último capítulo de Reencuentro en el vórtice.

 


Entrevista con un artista

 

A Michie

 

Charles Ellis se detuvo frente a la casa para contemplar la apacible vista de aquel lugar que reunía la tranquila belleza campirana con un cierto gusto cosmopolita. Las aguas del lago artificial situado en el parque cercano brillaban bajo la luz ardiente del sol veraniego, pero a pesar de lo caluroso de la tarde el hombre sentía que la frescura de aquel rincón tan cercano aún al bullicio de Manhattan nulificaba el efecto del sol estival.

 

Ellis caminó por el jardín de la casa admirando las rosas y camelias que adornaban el lugar. Llegó hasta el porche blanco y estuvo a punto de accidentarse con un patín de cuatro ruedas que algún pie infantil había dejado olvidado. Ellis se rió de sí mismo recordando tal vez su propias correrías de la infancia. Se volvió luego y finalmente tocó el timbre de la casa.

 

Pies ligeros y pequeños en carrera, risas, grititos y algarabía sonaron en respuesta a su llamado. Luego, la puerta blanca se abrió y detrás de ella Ellis advirtió la presencia de un diminuto ángel rubio de cabellos rizados peinados en dos gajos. Un rostro de enormes ojos verde oscuro como las esmeraldas le miraba sonriente con la expresión confiada y alegre de sus muy pocos años.

 

—¡Hola! —dijo la niña con una vocecita cantarina— ¿Y tú quién eres?

 

— ¿Yo? Soy Charles, pero mis amigos y tú pueden llamarme Chuck —contestó el hombre inclinándose y apoyando sus manos en las rodillas para estar más al nivel de su interlocutora.

 

—¿Y qué quieres? —preguntó la chiquilla sin perder su encantadora sonrisa.

 

—Vengo a ver a tu papá ¿Está él en casa? —preguntó Ellis devolviendo la sonrisa a la pequeña.

 

—Ummmm… . ¿Me darás dulces si te digo? —preguntó la niña con una chispa de picardía en el rostro.

 

—¡Blanche! —llamó una voz femenina desde la habitación adyacente al vestíbulo. Pronto una mujer cuyo asombroso parecido con la niña delataba su parentesco apareció a la vista de  Charles— Blanche, anda a tu cuarto, después hablamos —ordenó la mujer haciendo esfuerzos por ponerse firme aunque Ellis pudo comprender que por dentro ella también se moría de risa ante las ocurrencias de la niña.

 

La pequeña pecosa bajo la cabeza y desapareció pronto del vestíbulo tan rápido como había llegado.

 

—Disculpe usted las chiquilladas de mi hhija, Sr. Ellis —se excusó la mujer sonriendo al visitante y ofreciéndole su mano en señal de saludo.

 

—No hay nada que disculpar Lady Granddchhhester —respondió el hombre quitándose el sombrero y estrechando la mano de la dama.

 

—Candy, por favor, llámeme Candy. Es mejjor sin formulismos.

 

—Entonces usted deberá llamarme Charlless —contestó el hombre con una sonrisa.

 

—Bueno, creo que ese trueque está bieen… Supongo que viene por la cita que tenía con  mi esposo ¿No es así, Charles?

 

—Está usted en lo cierto.

 

—Entonces sígame, él lo está esperanddo — dijo la joven mujer y acto seguido guió al hombre a través del vestíbulo, la estancia principal y hasta el estudio.

 

Ellis siguió a la dama observando los detalles de las habitaciones iluminadas por la luz que pasaba a través de las vidrieras y se estrellaba sobre las paredes claras y los jarrones de porcelana rebosantes de flores frescas. Más voces infantiles provenientes del jardín trasero se filtraban en el aire junto con el trino de pájaros lejanos y el olor a maderas y rosas.

 

La mujer se detuvo frente a una puerta de encina oscura y tocó suavemente. Entonces Ellis tuvo una breve oportunidad para observar a la señora de la casa. La conocía desde hacía varios años, pero en realidad nunca la había visto con detenimiento ni tan de cerca. Debía tener treinta años y su belleza estaba llegando a su cúspide, pero las líneas finas de su rostro junto con la expresión dulce y traviesa en sus ojos le daban aún una apariencia de adolescente. Había tenido tres hijos, pero se conservaba esbelta y suavemente curvilínea. Ellis pensó que sin duda la combinación era tentadora, pero como tenía por regla no codiciar a las mujeres ajenas ahí detuvo su imaginación masculina.

 

Una voz abaritonada se escuchó del otro lado de la puerta y la mujer abrió la puerta para hacer pasar al visitante.

 

—Pase usted Sr. Ellis —dijo el hombre en el interior de la habitación— Lo estaba esperando.

 

— Yo les dejo señores — indicó la dama con un suave gesto de su cabeza — hay tres obligaciones que reclaman mi atención en el jardín, pero les eviaré té, si les parece.

 

— Eso estará muy bien. Gracias — replicó Charles respondiendo al gesto de la dama, quien pronto desapareció detrás de la puerta.

 

— Tome asiento Ellis, empezaba a pensar que no vendría — dijo el dueño de la casa indicándole a su invitado el camino hacia los sofás de la pequeña estancia dentro del estudio.

 

—Debe disculpar mi tardanza, Sr. Grandchester — se excusó Charles tomando asiento — El tráfico en Manhattan se hace cada vez más terrible, sobre todo por la tarde. Cada día que pasa Nueva York se convierte en un lugar más y más difícil para vivir. Usted tuvo muy buena idea en venirse a vivir a New Jersey.

 

— La idea no fue del todo mía… pero me congratulo de esa decisión. Es siempre mejor un lugar alejado del bullicio para educar a tres niños. Además, mi esposa creció en el campo y no se adapta muy bien a las grandes ciudades a pesar de haber tenido que vivir en ellas en más de una ocasión.

 

— Entiendo. Aunque ha de ser un poco difícil para usted durante la temporada de teatro — comentó Ellis al tiempo que la doméstica entraba con el servicio de té.

 

— Bueno, sí, toma algo de tiempo trasladarse, pero creo que vale la pena. Pero dígame Ellis, ¿Cómo está eso de que deja usted el New York Times? — preguntó el interlocutor de Charles, sentándose en un sillón cercano y tomando el té que le ofrecía su empleada. La luz entraba entre los encajes de las cortinas jugando con los iris tornasolados del hombre y Ellis pensó que sin duda era difícil para las mujeres sustraerse a la seducción de esa mirada.

 

— Lo que pasa es que he recibido una oferta que no puedo resistir — contestó Charles con tono francamente alegre — Mis años en el New York Times han estado llenos de momentos muy gratificantes, pero en el fondo siempre había tenido un sueño y ahora me ofrecen la oportunidad de lograrlo.

 

— Pero seguirá usted haciendo periodismo — inquirió el dueño de la casa cruzando la pierna y observando al periodista con interés.

 

— Por supuesto. Es sólo que será en otro giro. Siempre había tenido el deseo de trabajar como corresponsal político en el extranjero  y finalmente se me presenta la posibilidad.

 

— Ya veo….un poco más de aventura que la que puede darle este mezquino medio teatral ¿No?— dijo el hombre sonriendo detrás de su taza de té. Ellis no pudo evitar pensar que el hombre que tenía enfrente era dramáticamente diferente del jovencito que había una vez conocido en un bar.

 

— Debo reconocer que al principio me resultó algo fastidioso trabajar para las noticias de artes y espectáculos — respondió Charles finalmente— , no porque me disguste el tema, sino porque en mi época de estudiante me había forjado otra idea de lo que sería mi carrera. Con el tiempo he llegado a sentirme bastante a gusto trabajando para la crítica de teatro, pero aún así no quisiera dejar pasar la oportunidad de hacer lo que tanto había soñado.

 

— Imagino que el Sr. Hirshmann— ha siddo muy buen maestro— sugirió el artista reclinándose hacia el respaldo del sillón en que estaba sentado.

 

— Es un excelente crítico, sí, pero deeboo admitir que no ha sido fácil ser su asistente.

 

El anfitrión pegó una carcajada divertida al pensar en el anciano crítico cuyos desplantes de divo habían destruido más de una carrera artística y que sin duda le había hecho pasar más de un sonado coraje con sus opiniones sobre su trabajo histriónico y literario.

 

— Imagino a lo que se refiere — diiijo el hombre de cabellos castaños con un tono que dejaba entrever cierta ironía — Ciertamente el Sr. Hirshmann  debe tener un carácter difícil. Aunque habiendo sido yo el objeto de sus…  digamos… comentarios profesionales no muy favorables, no debería opinar mucho al respecto.

 

— Bueno, Sr. Grandchester— respondió Elliis sonriendo— el Sr. Hirshmann tiene en realidad mejor opinión de su trabajo de lo que usted cree. Es más, como ya no voy a trabajar con él poco importa que le diga esto —comentó en tono confidencial y el actor levantó una ceja, intrigado ante el comentario de Ellis — El Sr.  Hirshmann cree que usteed es un excelente artista, pero que no es bueno siempre decir y escribir todo cuanto realmente admira su talento porque de hacerlo así, usted se volvería vano y engreído y según el Sr. Hirshmann — y perdóneme lo que voy a decirle pero esas son las palabras de mi jefe— usted ya es lo suficientemente arrogante como para empeorar más las cosas con más alabanzas.Así que con cada comentario mordaz innecesario que usted lea sobre su trabajo, solamente crea la mitad — concluyó Ellis cerrando un ojo y Grandchester se soltó a carcajadas riéndose a todo pulmón.

 

— ¡Dios mío, Ellis! ¿Sabe usted que me esstá contando algo que mi mujer me ha venido diciendo desde hace años y yo nunca se lo quise creer?— dijo el hombre cuando pudo reponerse del ataque de risa. Ellis  estaba asombrado pues nunca había visto a Grandchester de tan buen humor y tan abierto en los preliminares de una entrevista. Si bien, debía reconocer que hacía ya mucho tiempo que no había tenido la oportunidad de entrevistar al actor. Ellis había dejado el puesto de reportero para trabajar como asistente en la sección de crítica desde hacía 9 años —  Bueno hombre, ya basta de charla, entiendo que usted está aquí por una entrevista, no para hablar del bendito Sr. Hirshmann. Puede empezar usted cuando guste — dijo finalmente el artista recobrando su seriedad.

 

— Gracias Sr. Granchester. De hecho, he qquerido hacerle esta entrevista más que nada por sentimentalismo — confesó el periodista poniéndose serio — Mi primer trabajo para el New York Times fue una entrevista con usted cuando aún era un actor nobel ya con cierta fama, y quise terminar con otra entrevista suya ahora que es ya un artista consolidado ¿Recuerda usted aquella vez, Sr?

 

— ¡Caray! ¿Cómo olvidarlo? — repuso ell aactor — De hecho estoy en deuda con usted desde esa ocasión. Gracias de nuevo por toda su discreción.

 

— De ninguna manera. Era solamente cuestiión de ética — respondió Ellis con sencillez y al artista le agradó la reacción del hombre — Bueno… eso me lleva a la primera pregunta que tengo preparada, si me permite.

 

— Adelante

 

— Se dice que podemos hablar de un Terrreeence Grandchester antes de la guerra y otro muy distinto después de ella. Personalmente yo creo que es verdad, pero ¿Qué opina usted al respecto?

 

Terrence sonrió levemente dejando su taza semivacía sobre la mesa y después de unos segundos se animó por fin a responder.

 

— Opino que están en lo cierto. Un hombree nunca es el mismo después de haber presenciado las cosas que yo,  al igual que muchos, tuve que vivir en Francia.

 

— Sin embargo yo diría que la experiennciiia le trajo buenos resultados a la postre— comentó Ellis esperando la reacción del entrevistado. El joven actor se puso de pie y caminó hacia la ventana que daba al jardín trasero de la casa y permaneció un buen rato en silencio mirando hacia afuera. Luego sonrió y se volvió hacia el reportero.

 

— Venga usted acá Ellis — le indicó con uuna señal de su mano.

 

El periodista se puso de pie y se acercó a la ventana.  Desde ella se podía observar el amplio jardín trasero rodeado de altos robles. Dos niños de apariencia saludable — de cabellos castaños el mayor y el más pequeño tan rubio como la niña que había abierto la puerta—  se divertían en una casita de madera que les habían construido en la copa de uno de los árboles. Parecían ocupados en subir una serie de juguetes y una canasta de golosinas a su escondite entre las ramas.

 

— Sus hijos, supongo— comentó Ellis observando cómo se iluminaba el rostro de su entrevistado.

 

— Sí, ellos dos y una pequeña más que apenas acaba de cumplir los cuatro— respondió el dueño de la casa.

 

— Creo que yo ya conocí a esa señorita — comentó en tono bromista el reportero — estábamos a punto de hacer un trueque bastante ventajoso para ella cuando la esposa de usted llegó para redimirme.

 

— Le habrá pedido golosinas seguramente — supuso el joven padre divertido — Creo que mi niñez se encontraba ya demasiado lejana o muy olvidada,  pues no acaba de asombrarme la enorme cantidad de azúcar que consumen los niños. Y eso que mi esposa hace enormes esfuerzos por controlarlos…

 

En ese instante la pequeña rubia salió también de la casa y los dos hombres parados ante la ventana pudieron observar cómo se unía a los juegos de sus hermanos acompañada de la madre de los tres. La señora Grandchester se había puesto unos pantalones de dril y una camisa de algodón y con los pies descalzos al igual que los tres niños se dió a la tarea de jugar con ellos como si fuese una cuarta compañera de juegos de la misma edad de los chiquillos.

 

— Sé bien que nunca he sido lo que se llama un hombre simpático — comenzó a hablar el actor sin dejar de mirar la escena veraniega frente a sus ojos — y que tuve épocas en que realmente me comporté como un odioso pedante. Sé también que mucha gente valiosa que trabaja a mi lado tuvo que soportar mis malos ratos y por eso resintieron mis cambios cuando regresé de Francia. Sin duda ver la cara de la muerte tan de cerca tiene efectos asombrosos en las personas, Ellis, pero no creo que hubiese tenido resultados tan positivos de no haber sido porque en medio de todo ese horror vivido también pude contemplar de nuevo el rostro del amor y del perdón.

 

— Usted nunca ha querido dar detalles sobre esa época a ningún periodista hasta ahora — comentó Ellis tratando de probar sus haabilidades de entrevistador — ¿Por qué?

 

— Las cosas que viví en Francia tienen que ver con mi vida personal y como en cierta forma involucran a terceros, he preferido guardar silencio al respecto. Entre más información uno le da a ustedes, más especula la gente… y simplemente no me gusta mucho la idea. Lo verdaderamente importante que aprendí de la experiencia está reflejado en mi trabajo. Lo demás es privado.

 

— Entiendo. No obstante, todos saben que ahí fue donde usted conoció a su esposa. No hace falta ser demasiado listo como para comprender que el inicio de esa relación fue un parteaguas en su vida — sugirió el reportero.

 

— Eso es correcto. Sí, es cierto que desde el momento que Candy aceptó ser mi esposa mi vida ha sido otra, pero diría que hay algunos detalles inexactos en esa explicación que no tengo intenciones de aclarar al público. Baste saber que si algo bueno hay en mi, algo que tenga en verdad valor humano, eso se debe a ella y a esta familia que ella me ha dado. Esto que ve usted aquí Ellis, es la respuesta que la prensa trata de buscar en una y mil razones fantásticas. No hay gran misterio. Soy un hombre feliz y por ende reacciono como tal. Hasta los seres sombríos como yo tomamos nuevos colores cuando estamos cerca de la luz. Eso es todo.

 

El hombre dejó la ventana e invitó al periodista a acompañarlo de nuevo a la estancia.

 

— Pero parecería no estar muy de moda ser feliz entre sus colegas escritores ¿No es así?— pregutó Ellis dirigiendo el tema hacia otro terreno al ver que el actor era reacio a abundar sobre su vida personal.

 

— Bueno, toca usted un punto algo triste para mi, profesionalmente hablando — contestó el artista — Mis obras tienen cierto éxito y podría decirse que me siento satisfecho de lo que hago, pero mis colegas insisten en preservar una visión más pesimista del mundo ante la cual mi trabajo les parece anacrónico. Pero no los culpo, lo que el hombre ve depende de lo que tiene dentro y la vida ha querido ser generosa conmigo dándome muchas cosas buenas que atesoro aquí dentro — concluyó el hombre apuntando a su corazón.

 

— ¿Se siente usted incomprendido por sus compañeros escritores? — preguntó Ellis siguiendo la línea que le parecía más interesante.

 

— Digamos que mal interpretado. Hasta Ernest, con quien tenía una gran amistad, terminó por alejarse al ver que yo no cambiaba mi modo de pensar. Imagino que es propio del caracter de Ernest el ser algo intransigente ante los que piensan diferente. Pero no lo culpo porque en una época en que yo era menos afortunado,  era del mismo sentir.

 

—¿Se refiere usted a Ernest Hemingway? — preguntó Charles interesado haciendo rápidos apuntes en su libreta — Algunos hablan de una gran rencilla entre ustedes ¿Qué hay de cierto en ello?

 

— No hay tal cosa. Sólo diferencia de posturas literarias. Eso es todo. Además, es difícil mantener una amistad con alguien que se la pasa viajando tanto como lo hace Ernie.

 

— Sin embargo usted mantiene una estrecha amistad con el Sr. Andley y él es también un viajero incansable — respuso el reportero lanzando otro gancho más.

 

— Eso es diferente— respondió enseguida el actor— Usted sabe que entre Albert y yo hay lazos familiares debido a su relación con mi esposa. Irremediablemente estamos ligados el uno al otro de por vida, además de que al margen de eso, compartimos muchos aspectos de nuestra manera de pensar. En algún momento de nuestras vidas ambos decidimos tomar el camino que nuestros corazones dictaban sin importarnos lo que nuestras familias opinaran y estamos orgullosos de los resulados que hemos obtenido.

 

— Se habla mucho que la familia de su… ¿Debería decir suegro?… — titubeó el reportero rascándose la nuca con el lápiz — Es que se me hace difícil pensar en un hombre tan joven como padre de la esposa de usted…

 

Terrence volvió a reir de buena gana pues no era la primera vez que alguien resaltaba el curioso dato.

 

— A mi me gusta pensar en Albert como mi mejor amigo — contestó él con simpleza.

 

— Bueno… se dice que la familia de su amigo nunca ha aceptado su matrimonio con la actual señora Andley ¿Qué hay de cierto en ello? — preguntó el hombre.

 

— No es muy exacto. Mi esposa y su primo han sido los primeros en recibir con los brazos abiertos a Raisha en la familia. Sin embargo, no es un misterio que el resto de los parientes están reacios al hecho de que Albert contrajera matrimonio con una mujer de otra raza.

 

— A pesar de ello he oído decir que la Sra. Raisha Andley, antes señorita Linton, es una mujer culta y proveniente de una importante familia británica. Bueno, al menos su padre.

 

— Es verdad. El padre de Raisha era un geógrafo destacado. Recibió inclusive un título nobiliario en reconocimiento a sus aportaciones a la ciencia. Educó a su hija con esmero y en un espíritu liberal. Pero los Linton jamás aceptaron que se hubiese casado con una hindú. Raisha sufrió siempre la discriminación de sus propios parientes paternos, pero lejos de acomplejarla, esa situación adversa la hizo una mujer fuerte e independiente. Razones que sin duda conquistaron el corazón de mi amigo… amén de su belleza que es evidente.

 

— Imagino que a la familia Andley no le hace mucha gracia que el patriarca del clan viva en la India trabajando por la liberación de ese país sin poner mucho interés en los negocios.

 

— No tienen nada que reprocharle — defendió enseguida el actor — El tiempo que Albert estuvo al frente de los negocios familiares fue siempre  un brillante hombre de negocios. No dejó su puesto de manera irresponsable sino que dejó en su lugar al primo Archibald que lo ha hecho muy bien hasta ahora. Inclusive con los altibajos que estamos teniendo en la economía en estos días y que seguramente seguiremos teniendo en los siguientes años. Bueno, eso auguran Albert y Archibald, que entienden mucho más del tema que yo.

 

— ¿Y la familia de usted? ¿Qué opinaba su padre de su decisión de ser actor?— preguntó el reportero reaccionando rápidamente.

 

— Lo que usted debe imaginarse — respondió Terrence con desenfado — No es secreto que mi padre y yo estuvimos distanciados por mucho tiempo. Afortunadamente tuvimos lo que puede llamarse una reconciliación de último minuto…  desgraciadamente esto no se dió hasta que él estaba por morir. Pero estoy agradecido con la vida de que nos haya permitido quedar en paz el uno con el otro.

 

— Entiendo… ¿Y su madre? Imagino que ella debió de haberle impulsado mucho en su decisión — se aventuró a preguntar Ellis sabiendo que entraba en aguas peligrosas ya que era proverbial que el actor nunca hablaba de la injerencia de su famosa madre en su carrera.

 

Terrence frunció ligeramente el ceño y Charles se imaginó que se saldría por la tangente sin contestar su pregunta, pero para su asombro el hombre se decidió a replicar la pregunta después de pensarlo un rato.

 

— Esa es la versión errónea que todos tienen. De una vez por todas voy a contestarle la pregunta y espero que escriba bien esa respuesta porque no pienso volver a hablar del asunto. En primera de cuentas no puedo negar que mi interés por el teatro me viene en la sangre. Mi madre y yo compartimos muchas cosas además de nuestro parecido físico, pero por extraño que les parezca a todos yo jamás le comenté nada al respecto de mi interés en convertirme en actor. De hecho, ella estaba aquí en Nueva York cuando yo decidí dejar Inglaterra y no se imaginaba ni siquiera remotamente lo que yo planeaba. Ella se había hecho a la idea de que yo sería el duque de Grandchester y me encargaría de los negocios y cargos políticos de mi padre en la cámara cuando él ya no estuviera. Después, cuando llegué a Broadway buscando trabajo ni siquiera visité a mi madre para enterarla de mi decisión. Quería hacer las cosas por mi mismo… sin usar el prestigio de mi madre como actriz para impulsar mi propia carrera. Estoy muy orgulloso de cada cosa que he logrado en mi trabajo, porque contrario a lo que muchos envidiosos piensan, todo lo he conseguido por mérito propio.

 

La voz de Terrence había cobrado vehemencia. Ellis pudo darse cuenta de que el tema era sin duda algo que despertaba las pasiones y hasta cierta indignación en su interlocutor.

 

— ¿Quiere usted decir que a los quince o dieciséis años decidió dejar la casa paterna y aventurarse en Nueva York sin el apoyo de ninguno de sus padres? — preguntó el hombre intrigado, pues nunca se había imaginado que la historia hubiese sido así.

 

— Debo admitir que tuve que vender un auto y un caballo que mi padre me había regalado para costearme el viaje a América y poder vivir un tiempo hasta conseguir un empleo, pero prácticamente es cierto lo que usted dice. Hice la venta en no menos de veinticuatro horas, empaqué y tomé el primer barco que salía de Southampton. Tuve que conseguir un pasaporte falso que me aumentaba la edad para poder viajar sin el permiso de mi padre, pero no fue difícil de lograr una vez llegado al puerto. Así de simple.

 

— Debió de requerir de mucho valor siendo tan joven y estando acostumbrado a vivir en el lujo de la nobleza británica— sugirió Charles.

 

Terrence no contestó inmediatamente al comentario del reportero sino que guardó silencio por unos momentos como si estuviera pensando hasta qué punto quería llevar sus revelaciones.

 

— Puedo decirle que tenía un motivo muy fuerte para actuar con tanta impulsividad. No creo que fuera valor. Era sólo… — se volvió a detener sondeando el rostro del reportero —  Ellis, en su reportaje ponga lo siguiente: no fue valor lo que me movió a salir de Inglaterra en aquella ocasión. En ese entonces yo pensé que sería mejor así para bien de todos. No haré más comentarios… pero “off records” y siendo que ya usted tiene parte de la historia desde aquella noche en que el alcohol me llevó a cometer ciertas indiscreciones le contaré lo que realmente sucedió. Supongo que tengo su palabra de honor de que esto no saldrá de esta habitación.

 

— La tiene sin duda Sr. Grandchester—  contestó el reporteo dejando su libreta en el sofá.

 

  Una vez más. Aunque sin duda mis planes eran convertirme en actor como siempre había soñado, no fue ni valor ni una irracional rebeldía lo que me movió finalmente a decidirme, — comenzó a narrar el joven — sino el deseo de proteger a la persona más importante de mi vida y a quien en ese momento yo pensé le convenía mi partida.

 

Ellis se quedó callado ante la respuesta del actor, preguntándose si esa persona de la que hablaba el artista sería la misma de quien él le había hablado 13 años atrás cuando lo habia conocido en un bar de Harlem..

 

— ¿Se refiere usted a esa joven de la que me habló… en aquella ocasión?

 

Terrence sonrió y los ojos le brillaron nuevamente.

 

Recordó entonces 1915, el año más negro de toda su vida. Romeo y Julieta era todo un éxito.Tenia tan sólo dieciocho años, pero su nombre era ya conocido ampliamente por todo el norte del país. Los tiempos de estrechez económica parecían haber pasado. Irónicamente, las cosas no podían estarle yendo peor. Se sentía confundido, solo, tremendamente triste y para empeorar las cosas había comenzado a beber demasiado. Una noche después de la función le habían faltado las fuerzas para ir a visitar a su novia y en lugar de dirigirse hacia Queens, donde ella vivía, se había encaminado a un bar barato, lejos del glamour de Manhattan.

 

El lugar era oscuro y poco concurrido por blancos, así que su identidad estaba cubierta. Esa noche, Charles Ellis que apenas tenía 22 años y recién iniciaba su carrera de periodismo había tenido la misma idea, un tanto molesto por una frustrada entrevista de trabajo que había sufrido aquel día.

 

Ambos jóvenes coincidieron en la barra y a pesar de estar sentados uno junto al otro no intercambiaron palabra en buena parte de la noche. Ellis venía con un amigo y Grandchester estaba demasiado ensimismado en sus pensamientos y su botella de whisky como para advertir lo que pasaba a su alrededor. Ya muy tarde, con el bar casi vacío,  después de que el compañero de Ellis se había marchado y consumidas ya muchas copas, la conversación empezó a darse entre los dos únicos pobladores de aquella desierta barra.

 

Ellis no estaba muy borracho porque bebía lentamente y en realidad no tenía demasiado alcohol encima, pero era obvio que Granchester estaba totalmente perdido. El joven periodista se había ya dado cuenta de quién era el que estaba a su lado y una idea empezó a rondarle en la cabeza.  Su accidental compañero de farra era nada menos que la revelación teatral del año, quien hasta el momento nunca había concedido una entrevista relevante a nadie ¡Y estaba junto a él, justo ahí, ebrio y bastante comunicativo!

 

—¿Tiene usted alguna idea de por qué estoy tan ebrio?—  había preguntado Terri con voz aguardientosa y sin cuidar ya su fuerte acento británico al punto que a Ellis se le dificultó al principio entender lo que quería decir.

 

—Supongo que querrá divertirse — había sido la respuesta del periodista que se esforzaba por encontrar puntos claves de la conversación que había estado llevando con el actor a fin de poder recordarla después. No podía sacar su libreta y apuntarlo todo delante del artista así que debería de memorizar todo lo que le fuese posible.

 

— ¡Divertirme!… ¡Qué va, hombre!…¡Si no podría estar peor!… Pero todo es mi culpa.

 

—¿Por qué lo dice?

 

—Por estúpido, por supuesto. Por ser aristócraticamente estúpido… pero eso sí… muy honorable — había dicho el joven actor burlándose de sí mismo.

 

— No le entiendo.

 

— Dime tú una cosa… si conoces a una chica que hace que se te ponga la carne de gallina, el corazón se te llene de música y el alma se te abra de par en par de sólo mirarla… ¿Qué es lo que haces? — había preguntado el joven admirando a Ellis con el lirismo de sus palabras a pesar de su embriaguez.

 

— Supongo que si eso sucediera sería porque me he enamorado de ellla…  entonces… supongo que la cortejaría y trataría de que ella estuviera a mi lado siempre.

 

— ¡Muy bien! Buena respuesta… eso hace cualquiera con dos centímetros de frente… menos yo por supuesto. A eso me refiero.

 

— Pero… — había titubeado Ellis, no muy seguro sii debía seguir presionando al ebrio con sus preguntas — Usted me ha dicho que tiene una novia ¿No es así?

 

— Ah sí… mi novia. Cierto… la chica más dulce que te puedes imaginar… me quiere tanto la pobre… pero ella no puede hacer que el alma cante por dentro.

 

— Entonces no la ama.

 

El joven había tardado un momento en contestar aquella última pregunta, como si en el fondo le costara aún trabajo sincerarse a pesar de la influencia del alcohol.

 

— No… ¿Triste, verdad?… Pero eso no es lo peor… estoy enamorado de otra… y maldita sea mi estampa, creo que nunca la voy a poder olvidar. Estoy enamorado con desesperación de esta otra chica. Mira, tiene ya tres años que no hago otra cosa que pensar en ella ¡Dios sabe que nunca he querido a nadie como a ella ni deseado a mujer alguna tan ardientemente como deseo a esta!

 

—¿Y por qué entonces no romper con la novia que tiene ahora y buscar a esa otra que le obsesiona tanto?

 

— Simple. Porque estoy obligado con mi novia. No hay otra salida…

 

Y así había continuado la noche en esas confesiones, no se dieron nombres, pero el reportero no los necesitaba. Ellis se había ofrecido a llevar al ebrio hasta Greenwich Village donde vivía y lo había dejado en un edificio de departamentos. Después, le tomó un buen rato regresar al Bronx, donde residía y tuvo que amanecer aquella noche escribiendo el artículo de su entrevista con el actor.

 

Aunque recordaba bien todos los detalles de la conversación, en último momento destruyó el primer borrador eliminando todos los detalles personales que sin duda aludían a Susannah Marlowe. Ellis pensó que de no haber sido por la embriaguez y porque él no había mencionado que era reportero, el actor que siempre era muy discreto, jamás hubiese revelado que su compromiso con la joven actriz era meramente de obligación y que no sólo no mediaba amor en él, sino que además había una tercera mujer que el actor amaba en secreto.

 

Una historia así, llena de detalles jugosamente pasionales, hubiese sido muy ventajosa para él, pero sus escrúpulos pudieron más que sus deseos de conseguir empleo. No obstante, había logrado editar la entrevista de modo que sonara menos reveladora, y con ella había conseguido su primer puesto en el New York Times. Terrence no olvidaba aquel gesto.

 

— ¿Se refiere usted a la misma joven?— preguntó de nuevo Ellis sacando a Grandchester de sus recuerdos.

 

—¿Usted qué cree, Ellis?— preguntó a su vez el actor con una sonrisa enigmática.

 

— Que efectivamente la joven de la que usted estaba enamorado fue la persona a quien usted quiso proteger con su partida… pero sigo sin entender exactamente cómo es que el hecho de que usted dejase Londres pudo haber ayudado a esa chica — inquirió Ellis pujando por saber más detalles de la historia.

 

— Éramos compañeros de colegio. Alguien que no nos quería bien nos tendió una trampa cuyas consecuencias exigían que uno de los dos abandonara el colegio. Yo no podía dejar que fuese ella quien sufriera ese castigo, sobre todo cuando la ponía en un serio predicamento con su familia. Entendí entonces que todas las cosas eran ya ineludibles y obvias. Yo no etaba a gusto con la vida bajo la tutela de mi padre y ella necesitaba que yo tomara una decisión rápida. Así que las circunstancias aceleraron los acontecimientos que tarde o temprano se hubiesen presentado — contestó el actor con soltura.

 

— Comprendo ¿De no haberse presentado las cosas de esa forma habría usted permanecido más tiempo en Inglaterra?

 

— Esa misma pregunta me la he hecho muchas veces — contestó el hombre divagando un poco los ojos en la superficie de las paredes de la habitación al tiempo que su mente especulaba en las cosas que pudieron ser y nunca fueron — Creo que a pesar de mis cada vez más frecuentes enfrentamientos con mi padre y los deseos de mi madre de que yo viviera con ella,  me hubiese quedado en Londres hasta terminar el colegio. No tanto porque le diera mucho valor a la educación que ahí recibía, sino por prolongar el tiempo de vivir cerca de quien yo estaba enamorado… Imagino que hubiese estado dispuesto a humillarme ante mi padre y seguir bajo su tutela un tiempo más con tal de estar con ella… pero las cosas no se dieron así.

 

— Ya veo — repuso el periodista pensando rápidamente en la siguiente pregunta — pero cuando usted llegó a Nueva York y consiguió trabajo en la Compañía Stratford empezó a salir con Susannan Marlowe.

 

— Eso es falso — corrigió enseguida el artista con un leve fruncimiento de ceño — En esa época lo único que me importaba era memorizar el mayor número de roles que me fuera posible y ensayar el doble que los demás. Creo que ese rumor se originó cierta ocasión que salimos muy tarde de un ensayo de Macbeth. La madre de Susannah se encontraba enferma en esos días y no había podido ir con ella al ensayo como era su costumbre. Me ofrecí a acompañar a Susannah hasta su casa porque la escuché comentar a alguien más que le daba miedo regresarse sola hasta Queens a esas horas de la noche.

 

— Entonces usted niega cualquier tipo de relación con ella en ese entonces.

 

—Así es — afirmó el hombre con una seguridad que le hizo entender a Ellis que decía la verdad.

 

—¿Y qué pasó con la otra chica? — preguntó de nuevo el reportero.

 

— No la volví a ver ni a saber nada de ella hasta dos años después de mi llegada a América, pero le aseguro que en todo ese tiempo no dejé de pensar en ella ni siquiera un instante — comentó el hombre y de nuevo su expresión se iluminó mientras sostenía su barbilla con la mano izquierda.

 

—¿Y qué pasó cuando se volvieron a ver?

 

— Fue un encuentro más bien breve, pero suficiente como para que entendiéramos que lo que había entre nosotros era una de esas cosas que el tiempo y la distancia solamente hacen madurar y crecer aún más. Ella estaba viviendo en… — se detuvo el hombre brevemente como si estuviera pensando qué tan lejos quería ir en su narración — una ciudad lejana,  pero empezamos a escribirnos a diario.

 

— Usted mantuvo esa relación en secreto— sugirió el reportero.

 

— Sí… nunca he creído que mi vida privada sea relevante. Quiero que la gente me conozca y recuerde por mi trabajo; no por los jugosos detalles de mi vida personal. En el escenario le doy al público eso que tengo dentro para compartir con todos. El resto lo guardo solamente para aquellas personas que son especiales en mi vida. Al público no le consciernen lo que hago fuera del teatro. Al menos eso es lo que yo pienso.

 

— Creo entender lo que usted dice — asintió Ellis respetando el punto de vista del artista, pero después de un segundo reaccionó con otra réplica para continuar la conversación — Entonces usted mantuvo esa relación digamos “epistolaria” por un tiempo sin que nadie en el medio lo supiera ¿Alguien más estaba al tanto?

 

— Algunos amigos íntimos de ella solamente.

 

— ¿Cuáles eran sus intenciones con la joven? — se animó Charles a indagar, sintiéndo que los pedazos de la historia que ya tenía cobraban cada vez más forma con aquella nueva información.

 

— Los mejores por supuesto — repuso el actor con vehemencia —Me moría de ganas por verla de nuevo pero la distancia y nuestras ocupaciones correspondientes no nos daban margen para vernos. Empecé a ahorrar pensando que podría viajar a visitarla en cuanto tuviera la oportunidad y tal vez formalizar la relación, pero entonces se dio la oportunidad de audicionar para el rol de Romeo. En ese momento mis planes cambiaron. Si conseguía el papel significaría mi primer gran éxito profesional y por ende el inicio de una vida mejor. Así que decidí concentrarme en lograr esa meta que no solamente me llenaría de satisfacciones profesionales, sino que me permitiría estar en una situación económica lo suficientemente estable como para proponerle matrimonio a la mujer que amaba.

 

— Pensaba usted muy en serio para ser tan joven. Imagino que no tendría ni veinte años entonces — somentó Ellis.

 

— Estaba a punto de cumplir los dieciocho pero vivía ya independientemente, estaba perdidamente enamorado y absolutamente cierto de lo que sentía ¿Para qué esperar más tiempo?

 

—Pero según los tristes detalles que usted me confesó en aquella ocasión que nos conocimos, usted tuvo que echar por tierra todos esos planes ¿No es así?

 

— Lamentablemente y con eso inicia la época más negra de mi vida — dijo el hombre con un suspiro leve.

 

— Recuerdo que usted desapareció un buen tiempo de la vida pública no mucho después de que yo le conocí. Debo confesar que llegar a pensar que nunca más se volvería a saber de usted en Broadway. Sin embargo, unos meses más tarde nos sorprendió a todos de nuevo al volver a las tablas ¿Puedo preguntarle qué fue lo que sucedió entonces? Extraoficialmente, por supuesto, aclaró Ellis sin retomar la libreta.

 

— En esa época hice las cosas más estúpidas y vergonzosas de toda mi vida — contestó el hombre alzando la ceja en un gesto de desaprobación — pero no quiero hablar de ello. Baste decir que un milagro me salvó de acabar conmigo mismo y al final de todo decidí regresar a Nueva York y retomar mi camino.

 

— Pero eso incluyó también formalizar el compromiso con la Srita Marlowe ¿No es así?

 

— Así es. En esa época yo pensaba erróneamente que estaba en deuda con Susannah y que la única manera de pagar honorablemente el favor recibido era casándome con ella. Mi dolor por la pérdida de la mujer que amaba en verdad me había hecho acobardarme ante ese supuesto deber, pero después de las experiencias vividas decidí que debía regresar y afrontar lo que creí mi responsabilidad. Por desgracia para la pobre Susannah las cosas no salieron bien, su salud se desmejoró y usted ya sabe el triste final de esa historia.

 

— Pero si ella no hubiese muerto usted se habría casado con ella ¿Cierto?— sugirió Charles llevando la conversación hacia otro punto que aún le intrigaba.

 

— Sí y ahora sé que hubiese cometido la mayor equivocación de mi vida. Pero para comprender eso me fue necesario cruzar el mar, enrolarme en el ejército y conocer a un hombre con quien estaré endeudado toda mi vida.

 

—¿Querría usted hablar de ese hombre? — se aventuró Ellis a preguntar.

 

— Claro, y eso sí lo puede usted publicar, omitiendo por favor todo lo referente a Susannah. No sé que hubiese hecho si usted hubiera sacado a la luz las cosas que le conté aquella vez en el bar. Lo último que yo quería era que se confirmara que mi compromiso con Susannah estaba fundado en un sentimiento de culpa y agradecimiento. No hubiese sido de caballeros, y ya que tuve la suerte de que usted fuese discreto aquella vez, quiero que la memoria de mi desafortunada ex—novia permanezca limpia ante la opinión pública. Usted me entiende ¿No es así?

 

— Por supuesto Sr. Grandchester. Usted descuide… pero me decía de ese hombre que conoció en Francia.

 

— Se trata de alguien a quien respeto muchísimo y considero uno de mis mejores amigos. Su nombre es Armand Graubner y es sacerdote.

 

Granchester se detuvo para observar la reacción de su interlocutor.

 

— ¿Me está diciendo que es usted religioso?

 

El artista se echó para atrás y rió un buen rato ante la sorpresa del reportero.

 

— Ciertamente no soy ateo, si eso es lo que usted insinúa, aunque  tampoco podría decirse que soy muy devoto. Pero mi amistad con el Padre Graubner no tiene nada que ver con mis convicciones religiosas. Lo conocí en el frente y entablamos amistad en una época en que yo había dejado de creer en las personas. Él inició el trabajo de abrirme los ojos ante ciertos falsas concepciones que yo aún arrastraba  conmigo como consecuencia de la educación ortodoxa que recibí y que me estaban haciendo mucho daño. Sobre todo en lo referente a la supuesta deuda que yo había creído tener con Susannah. Podemos decir que Graubner me ayudó a exorcisarme de la culpabilidad que llevaba a cuestas desde el momento en que Susannah se accidentó por salvarme la vida.

 

— ¿Sigue usted en contacto con este hombre… Graubner? — preguntó Ellis interesado.

 

— Por supuesto. Él vive ahora en Alemania donde está a cargo de una pequeña parroquia en la región de Bavaria. Nos escribimos seguido y cuando viajo a Europa siempre aprovecho para visitarlo.

 

— Así que el hecho de conocer a este hombre fue una de las cosas importantes que le acontecieron en Francia, además de haber conocido ahí a su esposa.— replicó Charles con doble intención.

 

— Sí, pero eso es algo que no necesariamente quiero guardar sólo para mi. Todo lo contrario, estoy muy orgulloso de contarme entre las amistades de Armand Graubner, pero lo que ahora voy a decirle eso guárdelo sólo para usted, una vez más por respeto a la menoria de Susannah.

 

— Usted dirá— le animó el periodista arrellanándose en el sofá listo para lo que habría de venir.

 

— Ellis, usted se ha ganado mi confianza a lo largo de los años con su trabajo siempre profesional. Le voy a confiar esto: mi esposa y yo no nos conocimos en Francia como la gente ha supuesto y nosostros hemos acordado dejarles creer.

 

— ¿Entonces? — preguntó el reportero y su mente empezóó súbitamente a atar ciertos cabos.

 

— Se lo diré de este modo — repuso el actor  mientras su rostro se iluminaba con las últimas luces de la tarde — Conocí a Candy cuando yo estaba por cumplir los quince años y ella los catorce. A pesar de mi juventud me bastó mirarla una sola vez para entender que ella sería el amor de mi vida. Desde aquella primera noche me obsesioné con ella y a pesar de que luché contra el sentimiento a medida que se iba transformando de una fuerte atracción a un profundo amor, pronto tuve que rendirme a él y hasta el día de hoy me declaro vasallo de este amor.

 

Los ojos de Ellis se abrieron con pasmo en señal de que la comprensión había llegado a su mente.

 

— ¡Usted desposó a la joven de quien me habló aquella noche! — dijo al fin — Su  primera obra de teatro es entonces autobiográfica, aunque usted ha dicho muchas veces que no es así.

 

— Acierta usted de nuevo — respondió el actor sonriendo — El destino, que a fin de cuentas quiso sernos favorable, nos dio una úlitma oportunidad para reparar el error que cometimos al sacrificar nuestro cariño en aras de un mal entendido sentimiento de deber. Por eso amigo, le decía yo al principio de esta conversación que mi experiencia en Francia, si bien fue cruda, me trajo a cambio la más grande de las bendicones a las que puede aspirar un hombre. Tal vez me costó unas cuantas heridas de bala y el dolor moral de haberme manchado las manos de sangre, pero la vida me ha pagado a cambio con creces.

 

— Me alegra por usted, Grandchester. Pocos hombres pueden decir que han amado a una sola mujer toda su vida y aún más, contar la dicha de tenerla a su lado. Pero no entiendo el deseo de usted y su esposa de ocultar una historia de amor tan hermosa.

 

— No ha sido así. Usted mismo acaba de entender acertadamente que la historia está escrita en mi primer drama. Lo que la vida nos permitió aprender con la experiencia está ahí para que todo mundo lo perciba.No obstante, hemos querido que el mensaje esté velado. Nuestro deseo es proteger la memoria de Susannah, como un úlitmo gesto de agradecimeinto y de respeto al dolor en que ella vivió. Sólo eso.

 

— Pues le admiro por ello. No se preocupe por lo que me ha dicho.

 

— Pero ahora pregúnteme algo que sí pueda publicar o me temo que su entrevista no llenará una cuartilla — bromeó el actor y el reportero rió de buena gana.

 

— Me gustaría saber la razón por la cual usted dejó de actuar tan intensivamente. Algunas opinan que no es bueno para su carrera dramática hacer solamente un tour breve al año con una única puesta en escena.

 

—Sí, he escuchado esos comentarios — respondió el hombre con tranquilidad —, pero me tienen sin cuidado porque, si bien estoy menos presente en el escenario que antes, la calidad de mi trabajo es superior y más cuidada. Al mismo tiempo tengo la oportunidad de no descuidar mi carrera de escritor.

 

— Bueno, eso es muy cierto — comentó Charles con un asentimiento de cabeza — También se dice que lo que ha perdido el público al tener menos de Terrence Grandchester como actor, lo ha ganado al tener más de Terrence Granchester como dramaturgo. Además, tengo que reconocerle que es muy cierto lo que ha dicho en cuanto a su calidad histriónica. Cuando usted sube al escenario nos sorprende con un mayor nivel interpretativo en cada nueva puesta en escena.

 

— Gracias, Ellis,  usted será siempre uno de mis espectadores favoritos — respondió el actor sabiendo que los cumplidos del periodista eran sinceros.

 

— ¿Podría decir entonces que sus intereses literarios lo han llevado a tomar estas medidas? — inquirió el reportero retomando el temaa.

 

— No — replicó el hombre poniéndose serio — Es verdad que deseaba tener más tiempo para escribir, pero la decisión no la tomé en función de eso. Fue más bien un motivo de distinta índole.

 

— ¿Se puede saber? — preguntó Ellis y Grandchester tomó un segundo para pensar cómo debía responder a esa pregunta.

 

— Mis motivos fueron familiares— dijo él al fin — Las constantes giras que hacía me estaban alejando demasiado de casa y eso terminó por lastimar a mi familia. Lo peor fue darme cuenta de que mis hijos Dylan y Alben estaban resintiendo mi ausencia al punto de que Alben ya no me reconocía cuando estaba en casa. Tendría entonces apenas un año. Por otra parte Dylan se mostraba irritado y lejano. Afortunadamente me di cuenta antes de que las cosas empeorasen aún más y corregí el rumbo. Después de que tomé esa decisión Dios nos bendijo con la llegada de Blanche ¿Qué más podríamos pedir?

 

— Supongo que su esposa estará muy contenta con su gesto. Pocos hombres están dispuestos a sacrificar su carrera en pro de la unidad familiar — comentó Charles.

 

— Ella se merece eso y más. No me perdonaría nunca si mi carrera llegara a alejarme de mi mujer y mis hijos… En esa época aprendí que yo sin ellos no soy ni la mitad del hombre que usted ve ahora…

 

La mente de Terrence volvió a dejar la conversación por unos breves instantes para remontarse a cinco años atrás… Todo parecía perfecto en su vida. Tenía apenas 26 años pero su prestigio como primer actor estaba ya más que consolidado. La compañía Stratford le pertenecía en un 40% por lo que tenía injerencia directa en las decisiones sobre las obras que se ponían en escena y los actores que se contrataban. Todo ello le daba una posición de poder dentro de la industria del entretenimiento en Nueva York. En otras palabras, era al mismo tiempo admirado y temido, porque era capaz de entronar o destruir la carrera de muchos. Adicionalmente, su carrera de dramaturgo empezaba ya a traerle importantes dividendos y por si fuera poco, contaba con la fortuna heredada de su padre que Steward seguía administrando fielmente. Ciertamente Terrence Grandchester jamás se moriría de hambre.

 

Pero fama, dinero y poder no eran lo único que le daban una situación envidiable. Estaba casado con la heredera de una de las familias más ricas del país, quien además de hermosa le amaba con locura y le había dado dos hijos sanos y fuertes. En fin,  gozaba de salud, junventud, atractivo, un presente sólido y un futuro brillante ¿Cómo no ser el foco de las envidias más mesquinas y las ambiciones más ilegítimas?

 

Bajo las tranquilas y deslumbrantes aguas de la fama y el prestigio que gozaba, se empezaron a formar peligrosos remolinos ocultos. El primero de ellos fue Marjorie Dillow, una de las actrices de la compañía Stratford, que tuvo la mala idea de buscar un rápido ascenso en el difícil mundo del espectáculo por medios distintos a su talento histriónico. El segundo  fue Nathan Bower, un actor irlandés que se había instalado en Nueva York por aquellos días y que había ganado súbita reputación, no sólo como actor, sino como seductor profesional…

 

Terrence había conocido a Bower en una fiesta organizada por Robert Hathaway por motivo de su quincuagésimo cumpleaños y desde el primer momento las alarmas de su instinto sonaron con fuerza. Conversando con un grupo de compañeros, los ojos de Terrence habían sorprendido que desde lejos Bower observaba con insistencia a alguien en el otro lado del salón. Por la expresión en el rostro de Bower no le fue difícil entender que el hombre estaba desnudando con la mirada a alguna mujer bonita que le había llamado la atención. Grande fue su disgusto al comprender que la mujer que Bower estaba mirando era nada menos que su esposa. Desde entonces el aristócrata no pudo resistir la presencia de su colega actor sin sentir ciertos irracionales deseos de cortarle el cuello. Sin embargo se guardó para sí su disgusto.

 

Con el tiempo el incidente pasó a segundo término pues otro interés ocupaba su mente: acumular cierta fortuna antes de terminado el lustro para asegurar una herencia a su hijo menor que se pudiera equiparar a la que por ley le pertenecía a su hijo mayor. Dylan heredaría la fortuna y el título de los Grandchester que le correspondían a su padre y por lo tanto su futuro estaba resuelto. Terrence quería que  Alben también gozara de una posición similar. Era muy extraño. Antes las cuestiones económicas no parecían importarle, pero la paternidad había hecho cambiar sus puntos de vista al respecto y no podía evitar sentirse preocupado por el futuro de su familia. Ese motivo, más que cualquier otro, lo llevó a entrar en una compulsiva serie de giras a lo largo y ancho del país durante el tiempo entre temporada y temporada en Broadway.

 

Robert Hathaway se venía ocupando solamente de la dirección artística del grupo y dejaba que su joven socio tomara las decisiones en cuanto a las contrataciones del grupo fuera de Nueva York. El éxito que estaba gozando la compañía era tan deslumbrante que los demás actores no se quejaron del durísimo ritmo que se les imponía. Parecía ser que el brillo de la popularidad los había embriagado a todos conjuntamente.

 

Desafortunadamente ese año no había sido el mejor para la primera actriz de la compañía, Karen Clais, quien había quedado en cinta para su gran disgusto. Aunque la joven intentó seguir con su siempre incansable rutina de trabajo, la naturaleza acabó por vencer su voluntad y tuvo que quedarse en Nueva York en un forzado retiro por los últimos meses de su embarazo. En su lugar, un nuevo nombre empezó a darse a conocer. Marjorie Dillow vió finalmente su gran oportunidad cuando Robert Hathaway la propuso como suplente de Karen a pesar de que Terrence no estaba muy convencido del talento de la novata. A fin de cuentas pudo más la opinión del veterano artista y Dillow suplantó a Karen en todos los roles que la actriz tomaría en las giras de aquel año.

 

No pasó mucho tiempo antes de que la prensa empezara a dejar escapar comentarios sugerentes sobre la relación del primer actor de la compañía con la nueva estrella. Terrence, siguiendo su costrumbre, ignoró las notas maliciosas y dio por hecho que su esposa también lo haría. El asunto no se mencionó siquiera durante las cortas estancias del actor en su casa. Sin embargo, el daño en el corazón de la joven Sra. Grandchester empezaba ya a dejarse sentir, muy a pesar de los grandes esfuerzos que ella hacía por no prestar atención a las habladurías.

 

Las ausencias de Terrence se prologaban, los rumores al respecto de su relación con Marjorie aumentaban y la presencia de Nathan Bower se hacía más patente. Candy había vuelto a ver al actor irlandés accidentalmente cierta tarde de Noviembre mientras paseaba con sus dos pequeños hijos en un parque cercano a su casa. Desde entonces había surgido una amistad entre ambos y las cosas se hubiesen quedado ahí de no ser porque un testigo inoportuno llevó la noticia a oídos del marido ausente.

 

Los acontecimientos no podían haber sido más propicios para el conflicto. Finalmente la bomba terminó por estallar hacia principios de Diciembre cuando Terrence regresó a Nueva York para descansar unos días antes de terminar su gira Navideña. La pareja discutió acaloradamente y en el transcurso de la pelea ambos se dijeron cosas que realmente no sentían, pero que eran prueba feaciente de que el distanciamiento había dañado su relación.

 

Terrence le reclamó a su esposa su amistad con Bower la cual consideraba impropia y poco conveniente para su reputación, y su mujer, como siempre de ánimo liberal e independiente se dejó llevar por la indignación. La desconfianza que ella sintió en las palabras de su marido la llevaron a hacer algo que jamás pensó llegar a decir: reclamarle a su marido abiertamente la cadena de rumores sobre él y Marjorie Dillow. Obviamente la pelea solament se recrudeció con aquel nuevo ingrediente y después de decir muchas cosas que no convenían Terrence salió de su casa dando un portazo y Candice se encerró en su recámara. Aunque una parte de ella quiso correr para impedir que su marido saliera disparado en su auto, su orgullo pudo más y se quedó en casa.

 

Terrence recordaba bien que la noche era fría porque el día anterior había escarchado sobre Fort Lee y las ruedas del auto patinaron más de una vez sobre el hielo, pero a él no parecía importarle. Lo único en que podía pensar era en cruzar el puente Washington y llegar hasta el departamento de Bower en Manhattan con un solo propósito, descargar toda su frustración y furia en el  rostro del irlandés.  Afortunadamente a sólo unos metros de llegar al Hudson, su auto se detuvo incapaz de continuar andando por más tiempo debido a la falta de combustible.

 

Lanzó una maldición y se desplomó sobre el volante. Le pareció haber vivido algo similar antes, pero no alcanzaba bien a definir cuándo o dónde. Lo cierto es que ese fuego que le quemaba el pecho tenía un único nombre: celos.  Nadie en el mundo despertaba en él unos celos tan intensos y dolorosos como  Candy. Nadie como ella era capaz de amedrentarlo y hacerlo  sentir tan inseguro, sólo que hacía ya mucho tiempo que él se había olvidado de ello,  gracias a aquellos deliciosos años de estabilidad conyugal. Sin embargo, había bastado una indiscreción por parte de una tercera persona para que toda aquella seguridad se viniera abajo.

 

El frío otoñal empezó a inundar el vehículo ayudándole a enfriar las pasiones un poco, al tiempo que la razón volvía asomar su cabeza. Se apeó del automóvil y desistiendo de su primer impulso de buscar a Bower se encaminó de regreso a Fort Lee.  Durante aquella larga y helada caminata el arrepentimiento no tardó mucho en llegar mientras que con espanto recordaba las cosas que le había dicho a su esposa ¿Cómo era posible que hubiese dicho tantas tonterías juntas? Pero ya era demasiado tarde para evitar el daño que seguramente ya habían causado… apresuró el paso preguntándose la manera en como enfrentaría a su esposa al llegar a casa.

 

Llegó a su casa casi al despuntar el alba. Tiempo después Terrence le agradeció al cielo que los sirivientes ya no vivían más en la casa, porque hubiese sido muy penoso que presenciaran su desesperación cuando al abrir la puerta de su recámara no encontró a su esposa dormida como esperaba. En su lugar había solamente una lacónica nota:

 

Terrence:

 

Creo que la distancia que ha mediado entre los dos este último año nos ha hecho más daño del que yo quería admitir. Me temo que si esta situación sigue como hasta ahora pueda afectar a nuestros hijos. Dios sabe que eso es lo último que desearía. Me parece que es mejor que nos tomemos un tiempo lejos uno del otro para reflexionar sobre las cosas que queremos hacer cada uno con nuestras vidas de ahora en adelante. Partiré con los niños para tomarnos un descanso juntos. Por favor, no nos busques. No tengas cuidado de Dylan y Alben. Ellos estarán bien conmigo.

 

Candice.

 

Después de leer aquella nota se dislocaron los cimientos que sostenían el delicado equilibrio de su vida. De la noche a la mañana parecía que la oscuridad vivida en otro tiempo y prácticamente olvidada durante cinco años de estabilidad emocional volvía de súbito a tomar el control.

 

Como nunca antes Terrence comrpendió que las bendicones terrenas son frágiles como las alas de las mariposas, que si bien pueden conservarse toda la breve vida del insecto, también pueden destruirse prematuramente bajo alguna mano inconsciente. Entumecido por aquel golpe con la realidad no atinó a hacer movimiento alguno hasta varias horas después ¿Cómo reacciona un hombre cuando todo parece indicar que su esposa lo ha abandonado? Si Albert Andley o Andre Graubner hubiesen estado cerca sin duda él hubiese corrido a buscarles, pero el millonario estaba entonces en Inglaterra, ocupado en consolar a Raisha Linton después de la muerte de su padre, y Graubner estaba por mudarse de Lyon a Bavaria. Miles de millas lo separaban de sus dos mejores amigos. Estaba solo en aquel embrollo en el que él se había metido inconscientemente.

 

Sin embargo, no todo lo que le había enseñado la vida se había olvidado en aquellos días de bonanza. Al menos algo había aprendido y eso era a ser menos reacio a reconocer sus errores. Así que una vez que su mente y corazón terminaron de entender la gravedad de la situación Terrence decidió que no tenía otra opción que tomar cartas en el asunto.

 

— ¿Qué haces cuando todo lo demás falla? — le había preguntado Archibald un par de años atrás, cuando el joven millonario luchaba por recuperar el amor de la mujer quen no había sabido apreciar.

 

— ¡Rogar! — había sido la sencilla respuesta del actor.

 

Y si de rogar se trataba Terrence decidió entonces que estaba dispuesto a hacerlo de nuevo.

 

Por supuesto, todavía tenía deseos de desollar vivo a Nathan Bower,  pues estaba seguro de que la supuesta amistad del actor irlandés con Candy no era más que una poca caballerosa estratagema de Nathan para comprometer a la dama que lo había atraído desde el primer momento en que posara sus ojos en ella. Bower tenía fama de casanova y Terrence sabía de sobra que su mujer era una joya que fácilmente despertaba la codicia de aquellos que suelen encontrar diversión en hurtar lo prohibido. Por otra parte, el joven actor no tenía dudas de la virtud de su esposa, pero temía que la amistad con Bower fuese a desencadenar las dañinas habladurías de Broadway.

 

Eso había sido lo que había hecho estallar la discusión, pero ya con más frialdad Terrence reconocía que se había extralimitado con las palabras. En suma, se sentía avergozado del modo como le había recriminado a su esposa por su amistad con Bower y bastante preocupado por las cosas que Candy le había echado en cara por los rumores que corrían sobre su relación con Marjorie Dillow.

 

— ¡Marjorie Dillow! — se decía él mientras movía la palanca de velocidades con nerviosismo — ¡Malditos reporteros y maldita sea mi suerte! ¡Debí haber tenido más cuidado con Marjorie!…

 

— Imagino que no fue  fácil  decidirse a reducir su ritmo de trabajo cuando estaba teniendo usted tanto éxito. — sugirió Ellis haciendo que la mente de Terrence regresara al presente.

 

— En realidad no me tomó demasiado esfuerzo— contestó enseguida el artista cubriendo las emociones que en él habían despertado los recuerdos con su bien entrenada habilidad para controlar cada uno de sus gestos— Lo cierto es que después de más de un año de no estar en casa durante largos periodos, me encontraba cansado, insatisfecho  y . . diríase que incompleto. Cuando di por terminada esa cadena de giras frenéticas y empecé a disfrutar a mi familia, me di cuenta de lo estúpido que estaba siendo ¿Me entiendo, usted, Ellis?

 

— Creo que sí  . . — repuso Charles con una sonrisa de comprensión — Pero siendo el hombre inquieto que usted sin duda es, su mente no  se ha dado tregua en este tiempo. Por el contrario, se ha vuelto un escritor muy prolífico durante los últimos años. Voy a hacerle una pregunta que tal vez sea gastada y hasta un tanto estúpida ¿De dónde toma usted ideas para sus obras? Siempre nos sorprende con temas disímbolos.

 

El semblante de Terrence se relajó aún más y acomodándose de nuevo en el sillón se dispuso a contestar con placidez.

 

— Siempre me ha gustado observar a la gente. Mis historias en realidad no son mérito propio. Las tomo de las personas que alguna vez se han cruzado en mi camino y de los sentimientos que todos alguna vez hemos experimentado.

 

— En su ultima obra, “Al otro lado del Atlántico” usted relata la historia  de un hombre que vive obsesionado por el recuerdo de una pasión no correspondida que casi lo lleva al suicidio ¿Tenía usted en mente a alguna persona en especial cuando creó al personaje de Jules?

 

— Bueno, de hecho le debo la historia a dos hombres que conozco, cuyos nombres obviamente no puedo revelarle — contestó el artista con un amplio movimiento de su mano derecha — Encontré sus experiencias hasta cierto punto . . digamos…paralelas. Junté algo de aquí, algo de allá y el resto lo confeccionó la imaginación.

 

—¿Fueron ellos tan afortunados como Jules al final de la obra? — preguntó Ellis interesado.

 

— Puedo decirle sin temor a equivocarme que  así ha sido – aseguró Terrence pensando en Yves a quien había visto por última vez el año anterior. El tiempo, que es siempre la mejor medicina para el alma, había logrado que el joven médico olvidase sus pasados fracasos amorosos, abriéndole también los ojos ante el cariño de una mujer que lo había amado silenciosamente por años.  Terrence recordaba todavía aquellos adioses en la sucia estación del tren, entre pertrechos y municiones.  En esa ocasión Terrence sabía que a pesar de la sonrisa que Yves se esforzaba en mantener había aún una dolorosa sensación de pérdida que se ocultaba detrás del rostro sereno del médico.

 

A veces,  en los momentos de serenidad plena cuando contemplaba el rostro de su esposa durmiendo a su lado, se solía preguntar lo que hubiese sido su vida si  fuese otro, tal vez Yves o  Archibald, quien gozase la dicha de tener a Candice en su lecho. En esos instantes Terrence no dejaba de asombrarse de que el corazón de la joven lo hubiese elegido a él, y como a pesar de su carácter impulsivo Terrence era un hombre de naturaleza noble, no  podía evitar sentir algo de pena por sus antiguos rivales.  Con el tiempo el actor había llegado a la conclusión de que tal vez el cielo había querido compensarle las carencias de la infancia con el don de un amor bien correspondido. En silencio su corazón hacía votos para que tanto el magnate como el médico pudieran encontrar por lo menos una pequeña parte de la dicha que él  disfrutaba.

 

Afortunadamente sus buenos deseos habían sido escuchados y ambos jóvenes habían terminado por recobrarse de los pasados fracasos. Después de la guerra Yves había dejado el ejército dedicándose a ejercer su profesión en un hospital en  París. Le tomó mucho esfuerzo sobreponerse a la depresión que le sobrevino cuando la urgencia de las batallas hubo terminado y tuvo que enfrentarse a la dura realidad de ver a todos sus hermanos y amigos ya casados mientras él continuaba solo. Para su buena suerte, la ayuda le llegó del lugar menos pensado.

 

La vida acabó enseñándole que el amor está a veces aguardándonos a la vuelta de la esquina a pesar de que  nos obstinemos en ignorarlo. Lentamente, de manera casi imperceptible, la tímida compañía de una buena amiga fue convirtiéndose en la mejor medicina para sanar sus heridas y una buena mañana Yves se despertó dándose cuenta de que ya no había dolor en el corazón. Pero hacía falta más que eso para que el joven médico advirtiese que un nuevo afecto crecía ya en su pecho.

 

En 1924 Paul Hamilton falleció finalmente, víctima de su alcoholismo crónico. Su viuda, al verse liberada  de aquel lastre que le había marchitado la juventud, le escribió a su hija mayor, Flammy, rogándole que volviera a América. La Sra. Hamilton esperaba que una vez desaparecido su esposo, causa principal del alejamiento de Flammy,  la joven pudiera sentirse más cómoda para volver a Chicago al lado de su familia.

 

Habían pasado largos diez años desde aquella vez que Flammy dejara los Estados Unidos para irse a trabajar a  Francia como enfermera militar y la idea de regresar a Chicago le cayó de sorpresa a la joven. No era algo que estuviera en sus planes, pero por primera vez en mucho tiempo la nostalgia invadió su corazón y empezó a considerar la opción. La joven había decidido quedarse en  Europa al término de la guerra porque en el fondo acariciaba la remota idea de lograr conquistar el cariño de un hombre, pero los años habían pasado y aunque podía jactarse de haberse ganado la confianza y la amistad de  Yves Bonnot, parecería que éste no podía ver en ella más que una buena amiga.

 

Flammy se miraba al espejo y se sentía vieja. Aunque gracias a la influencia de Julienne, Flammy había aprendido a sacar mejor partido de su apariencia, la joven sentía  que no importaba cuánto se esforzara, nunca podría llegar a competir con la belleza de su antigua condiscípula de la escuela de enfermería. Y como al parecer Yves no estaba dispuesto a conformarse con menos que eso, Flammy finalmente decidió que era tiempo de volver a ver el lago Michigan.

 

Curiosamente esa fue la mecha que prendió la flama que estaba durmiendo en el corazón de Yves. Cuando la muchacha le confió su decisión de regresar a su país natal Yves quedó impávido y apenas si hizo algún comentario al respecto. Después de esa entrevista Flammy  no supo de su amigo en más de un semana por lo que se imaginó  que al joven no podía importarle menos su decisión. Sin embargo, como seguía siendo la misma orgullosa Flammy de siempre se tragó las lágrimas y siguió adelante con los preparativos de su viaje.

 

Contrariamente a lo que la joven morena pensaba, esos días fueron  los más espantosos que Yves podía recordar desde sus experiencias de guerra en el bosque de Argona. De repente todo cuanto creía cuerdo y cierto se convirtió en locura ¿Era natural sentirse tan desquiciado porque una buena amiga se iba lejos? Triste, tal vez sí…  melancólico, inclusive ¿Pero totalmente desesperado? De buenas a primeras Yves sentía que la vida perdería el sentido si Flammy Hamilton no estaba a su lado y entonces finalmente se dio cuenta de que estaba enamorado de ella. Esos impulsos extraños que últimamente sentía cuando estaba cerca de ella hacía un buen tiempo que habían dejado de ser meramente fraternales, pero sus sistemas de defensa no se lo había  permitido ver.

 

Sin embargo, la confusión que pronto se convirtió en certeza terminó por degenerar en nuevos miedos ¿Cómo decirle de repente a su mejor amiga que se había enamorado de ella? Eso era algo que ya había vivido antes y lo último que necesitaba era un nuevo rechazo. Flammy parecía siempre tan independiente y desinteresada en los hombres . . Así que Yves terminó rindiéndose ante su cobardía y dejó partir a Flammy sin decirle nada y ella a su vez hizo lo propio guardándose sus sentimientos en secreto a pesar de la insistencia de Julienne para que se sincerara con Yves.

 

Después de la partida de Flammy las cosas fueron de mal en peor para Yves. Su madre pensó alarmada que esta vez su hijo terminaría loco. Pero afortunadamente, la patente distancia que había entonces entre él y Flammy fue obrando un cambio en el ánimo del joven que del miedo pasó a la desesperación para luego terminar por recobrar el coraje perdido.

 

Así pues, una de esas lánguidas tardes de verano en Chicago, Flammy interrumpió el trabajo de limpieza que estaba realizando en su recién alquilado apartamento. Alguien llamaba a la  puerta, así que la joven dejó de lado el delantal de percal que llevaba puesto y se dirigió a la entrada para descubrir con enorme sorpresa que del otro lado del umbral estaba parado  Yves Bonnot,  mirándola como si ella fuese la mujer más hermosa de la tierra.  Después de ese momento pocas palabras se necesitaron. Con la naturalidad de algo que es ya demasiado obvio, ambos jóvenes se entregaron al sentimiento que había anidado en sus corazones por largo tiempo. Cuando las  más elementales explicaciones se hubieron dado e Yves tomó en sus brazos a Flammy para besarla por primera vez, no pudo evitar preguntarse mientras se perdía en el placer de la caricia por qué había esperado tanto tiempo para volver a vivir. Desde entonces ambos jóvenes se ocuparon en recuperar, si no los años, por lo menos la pasión desperdiciada.

 

No mucho tiempo después la pareja contrajo matrimonio.  Sin olvidar a quien seguía considerando su mejor amiga a pesar de los años y la distancia, Flammy invitó a los Grandchester al sencillo enlace. Para Candy, que no había dejado de rezar ni un solo día por Flammy e Yves, aquél fue un día de fiesta tan importante como lo habían sido las bodas de Annie y Patty. La rubia temió al principio su encuentro con Yves a quien no había visto desde aquella desafortunada noche del baile, pero al ver el semblante feliz y pleno del joven, Candy pudo al fin respirar aliviada, pues en cierto modo aún se sentía culpable por no haber podido corresponder a los sentimientos de su amigo.  Finalmente podía volver a ver directo a las pupilas grises de Yves sin tener que bajar los ojos, podía verlo de frente y sentir simplemente la mirada de un buen amigo.

 

Tiempo después Yves le contaría a Terrence lo que había sido de su vida desde el fin de la guerra y así, con algo de las experiencias del joven médico, y algo de lo que Archie le confiara alguna vez, nació “Al otro lado del Atlántico”, obra que había abarrotado los teatros de todo el país en fechas recientes.

 

La conversación entre Terrence y el reportero continuó un buen rato más, mientras el joven artista contestaba detalladamente las preguntas que sobre sus obras le hacía Ellis, quien con el paso del tiempo y la experiencia se había convertido en un verdadero experto en la materia.

 

Un poco cansado de estar sentado el aristócrata invitó al periodista para mostrarle su casa al tiempo que continuaban la conversación. Ellis revisó fascinado la gran colección de libros que el actor tenía en su biblioteca y los objetos exóticos que mantenía guardados dentro de una vitrina que adornaba su estudio. Los que no habían sido colectados por el propio Grandchester en sus diversas giras,  eran regalo de Albert Andley, fruto de los incesantes viajes del millonario.

 

Esta es una máscara de la tribu Watusi – explicó Terrence mostrándole al reportero la colorida presea mientras le explicaba el uso que le daban los nativos de esa tribu a semejante objeto – El fallecido suegro de Albert era un experto geógrafo y antropólogo.  Pasó muchos años de su vida en África. De hecho fue ahí donde Albert conoció a los Linton.

 

—Ya veo… Pero dígame… ¿Puedo preguntarle qué hace esto aquí? — indagó Charles señalando una sencillla taza de porcelana barata que lucía extrañamente ordinaria en medio de aquella colección de curiosidades exóticas.

 

Terrence curvó sus labios bien trazados en un gesto enigmático al tiempo que tomaba la taza de la vitrina.Era, efectivamente un objeto viejo, deslucido y simplón entre estatuillas de marfil laboriosamente talladas provenientes de la india; piezas de talavera traídas del centro de México y pipas ceremoniales de la tribu Cheyenne.

 

—Esto, Ellis, es un pequeño recordatorio — masculló el joven artista con un leve suspiro — ¿Ve usted este objeto común y poco atractivo? Cada vez que lo observo me sirve para tener siempre en mente que las cosas verdaderamente valiosas en la vida del hombre no son las que el dinero puede comprar… aún así,  requiere mucho más esfuerzo obtenerlas y mantenerlas que amasar una gran fortuna. Es un obsequio de una anciana dama a quien debo sin duda una de las lecciones más importantes de mi vida— terminó de explicar el hombre.

 

De nuevo la mente de Terrence se remontó a aquel momento algunos años atrás en que se dirigío desesperadamente al único lugar donde se le ocurría podían estar su esposa e hijos. Estaba tan alterado que ni siquiera se molestó en comprar un boleto de tren, sino que tomó uno de sus autos y sin pensarlo mucho emprendió el largo viaje a Indiana. Manejó histéricamente,  deteniéndose lo menos posible ¿Qué importaban las demás cosas cuando el corazón le decía que lo más escencial para vivir le faltaba?

 

Después de horas y horas al volante por fin la desviación del camino nevado se abrió ante sus ojos, llevándolo hacia un panorama campirano rodeado de coníferas centenarias. El camino vecinal rodeaba el valle y se perdía detrás de una colina desde cuya cima vigilaba un antiguo abeto de severa belleza. Al pasar la curva pudo por fin mirar de lejos la casa a la cual se dirigía.

 

Pronto se estaba estacionando en el solar de la casa y apeándose nerviosamente. En el umbral se veía a una anciana regordeta cubierta de un vestido de lana que le llegaba a los tobillos. Detrás de sus gafas metálicas sus ya cansados ojos observaron compasivos al joven hombre, que a pesar de su barba de varios días, los enormes círculos negros al rededor de los ojos y la ansiedad en sus movimientos, no perdía la arrogancia de su porte.

 

— Terrence, hijo, te estábamos esperando — le saludó la anciana cuando se econtraron frente a frente.

 

— ¿Está ella…? —  se apresuró éél a preguntar jadeando y olvidándose de saludar a la dama a quién no había visto desde el verano anterior.

 

— ¡Vamos, hijo, entra en la casa! Despuéss habrá tiempo de hablar — le reconvino la anciana con la usual dulzura que la caracterizaba y a la cual Terrence no pudo resistirse.

 

La Srita Pony abrió la puerta y una vez más el calor de aquel hogar que olía siempre a madera antigua, especies, vainilla y frutas en conserva llenó los sentidos del joven. Niños y religiosas cruzaban los pasillos saludando al recién llegado a su paso. La anciana guió al joven hacia una de las estancias,  pero antes de entrar en la habitación una viejita diminuta y con el rostro zurcado de mil arrugas salió al encuentro del visitante.

 

— ¡Terri, muchacho! — saludó la viejita ccon una sonrisa brillante —

 

— Abuela Martha ¿Cómo está usted? — saluddó Terrence deseando no haberse encontrado a la anciana en ese momento. Secretamente temía la descarnada franqueza de la cual la Sra. O’Brien siempre hacía gala.

 

— Pues no muy bien de salud últimamente, pero comparada contigo seguramente estoy de maravilla ¡Mira nada más como vienes! — dijo Martha a boca de jarro sin reparar en las señas que la Srita Pony le hacía para que midiese sus comentarios .

 

— ¿Qué puedo decirle Martha? Tiene usted razón. Pero créame, me veo mejor que como me siento— admitió el joven sin poder resistirse al encanto de la viejita.

 

— Eso está muy mal hijo… pero suponggo que estás aquí porque quieres remediar esos problemillas ¿No es así? — preguntó la anciana dama guiñando un ojo y dándole una palmada al brazo del joven pues Terrence era demasiado alto como para que ella pudiera alcanzar su hombro.

 

— Eso espero — balbuceó Terrence tratandoo de controlar sus emociones.

 

— Anda con Pony, seguramente ella tendrá nuevas de importancia para ti. Pero arriba el ánimo muchacho. Nada es verdaderamente tan grave… ¡ Si lo sabremos nosotros lo viejos. ! Ahora, si me disculpas, los dejaré solos — se excusó la viejecita desapareciendo por el mismo pasillo por el cual había llegado.

 

Terrence se quedó mirando a Martha mientras se perdía de su vista y  le pareció que había sido justo ayer que la había ayudado a entrar al Colegio clandestinamente ¡Ojalá las cosas fuesen tan simples como en aquella época! — pensó — y luego siguió en silencio a la Srita. Pony hasta la estancia.

 

La anciana le hizo quitarse el abrigo y a cambio le entregó una taza de cocoa muy caliente para después invitarlo a sentarse junto a ella, frente al hogar. Permanecieron callados unos instantes mientras Terrence buscaba desesperadamente las palabras con las cuales explicar a la dama lo que había sucedido. Era tan difícil poder concentrarse cuando en cada rincón de aquel lugar se podía respirar la presencia de Candy, como si las paredes estuvieran impregnadas de su risa y el vivaz ritmo de su paso.

 

— Supongo que estarás aquí buscando a Canndy ¿No es así? — dijo finalmente la anciana poniéndose seria, pero sin perder su perenne expresión maternal.

 

— Sí — contestó él sin atreverse a decir más.

 

— Otra persona que no fuese yo diría que llegas tarde — contestó la anciana y la expresión desesperada de Terrence le encogió el corazón.

 

— ¿Quiere decir que ella estuvo aquí y see ha marchado? — preguntó él ansioso poniéndose de pie. — Dígame a dónde se ha ido. Tengo que hablar con ella lo antes posible.

 

— Hijo, por favor, — le rogó la anciana —— te suplico que escuches primero todo lo que tengo que decirte antes de que hagas cualquier otra cosa.

 

Terrence bajó los ojos y con cierta reticiencia accedió a la petición de la anciana. Ambos se sentaron nuevamente mientras la vieja tomaba un gran respiro antes de comenzar.

 

— Terrence, te dije que cualquiera diría que llegas tarde, pero a mi me parece que no has podido llegar en mejor momento — comenzó la anciana a explicarle — No creo que convenga que veas a Candy por ahora. Primero es necesario que tú y yo tengamos esta conversación. Prométeme que me escucharás con paciencia. Cuando hayamos terminado te diré dónde están ella y tus niños y podrás irlos a buscar ¿Estás de acuerdo?

 

El joven asintió con la cabeza en silencio mientras la anciana volvía a servir más cocoa en su taza.

 

— Hace algunos años, cuando nos visitastee por primera vez, fue en un día frío como este ¿Recuerdas? En aquel entonces te preguntamos cuál era tu relación con Candy, pero la verdad es que yo ya sabía la respueta aún antes de que tú intentaras  contestarla. Bastaba mirarte para darse cuenta de que la amabas con la intesidad que se ama aquello que se considera lo más preciado, con la fuerza que se ama por vez primera… Algo me dijo entonces que ese amor estaba lejos de ser una simple ilusión juvenil. El tiempo y la vida se encargaron de probar que no estaba equivocada — dijo la anciana con una serena sonrisa. Hizo una breve pausa y después continuó — Seguramente Candy te habrá contado que por una ironía del destino ella llegó a esta casa proveniente de Inglaterra tan sólo unos minutos después de que tú te habías marchado.

 

— Así es — repuso el joven recordando aquuella ocasión.

 

— Sin embargo, tal vez ella haya omitido un detalle que para mi no pasó desaparcibido. Antes de llegar a la casa, Candy se encontró con Jimmy Cartwright y él la puso al tanto de que habías estado con nosotros. Debieras haberla visto entrar por esa puerta gritando tu nombre — explicó la anciana señalando el umbral de la estancia — Había estado lejos de casa por meses, pero no nos llamó ni a mi ni a la Hermana María, ni siquiera nos saludó. Todo lo contrario, con las mejillas encendidas y el pecho agitado lo único que alcanzó a hacer fue preguntarnos con ansiedad dónde estabas tú. Tomó la misma taza que ahora tú sostienes en tus manos y de la cual habías bebido en esa ocasión, tan sólo unos minutos antes. Sintiendo aún tu tibieza intuyó que no podías estar lejos y sin decir más salió corriendo de nuevo para buscarte ¡Sobra decir que la decepción no pudo ser mayor cuando ya no pudo encontrarte! Habría que haber estado hecha de piedra para no sentirse conmovida con su tristeza. Así fue como me di cuenta de que mi niña traviesa se estaba convirtiendo en mujer y que tú eras el responsable de ese cambio. Ahora llegas tú, y de la misma manera te olvidas de saludarme y solamente atinas a preguntar dónde está ella… Candy, por su parte, no hizo más que entrar a esta casa hace tres días, y yo no necesité más para entender que tu ausencia es aún capaz de robarle la alegría de estar de nuevo en este lugar que fue su hogar infantil. Hijo, no tienes motivos para dudar del amor que los une a ustedes dos — afirmó la anciana tomando la mano deel joven que le miraba en silencio —  Como madre de muchos, he visto ya diversas historias de amor nacer y crecer en torno de este hogar, pero ninguna de ellas tan conmovedora y hermosa como la de ustedes.  Sin embargo, aún los grandes amores, esos que se dicen fueron hechos en el cielo, necesitan mantenimiento…y ese sólo se hace aquí, en la tierra. No esperes que eso se logre si pasas tanto tiempo fuera de casa. El amor de una familia es como una flor delicada que requiere cuidados esmerados. Si no tienes cuidado de ello, las malas hierbas empiezan pronto a crecer alrededor,  sofocando tu flor preciada hasta ahogarla. Hijo, la envidia es mala consejera y sin duda más de un corazón mal orientado habrá trabajado para que tú y Candy llegaran a disgustarse tan seriamente ¿Habrán ustedes de darle gusto a quien envidia su dicha? No es sabio lo que has hecho… y tampoco ha sido sabio por parte de Candy al reaccionar de la manera en que lo hizo. La Hermana María y yo no aprobamos ni por un segundo cuando nos dijo que había dejado la casa después de discutir contigo. No importa qué tan grandes sean los problemas en los que ustedes dos se han metido por su falta de prudencia,  huir no es la manera de resolverlos. María   ya se ha encargado de hacerle ver a Candy sus errores. Me toca a mi ofrecerte la perspectiva que solamente los años y la experiencia han podido darme.  .  .  .

 

Terrence continuó escuchando a la anciana con atención, y conforme ella más hablaba, le parecía que su alma recobraba la serenidad perdida en los días anteriores. Al mismo tiempo, se veía a si mismo en los meses pasados y al tiempo que la Señortia Pony continuaba su discurso, Terrence podía identificar cada una de las decisiones imprudentes que había tomado y que sin duda habían llevado a su matrimonio al peligroso punto en que se encontraba.

 

Esa noche Terrence hubiera querido salir corriendo de regreso a su casa en Nueva Jersey, pues era ahí a donde Candy se había dirigido cuando sus dos madres la hicieron recapacitar. Pero las tres buenas mujeres que gobernaban la casa no le permitieron al joven hacer lo que hubiese deseado. Por el contrario, prácticamente lo obligaron a cenar algo decente por primera vez en días, le prepararon un baño caliente y depués le dieron a beber algo que  Terrence jamás averigüo qué era, pero que lo tumbó en la cama por doce horas seguidas.

 

A la mañana siguiente, llevando consigo la vieja taza de porcelana se encaminó de regreso a su casa.

 

— La cena está lista — anunció una voz que era capaz de tocar los puntos ocultos en el ánimo de Terrence — Supongo que habrás invitado al Señor Ellis a acompañarnos — añadió la Sra. Grandchester rodeando la cintura de su marido con un brazo.

 

— Precisamente eso estaba a punto de haceer, amor — sonrió el joven respondiendo al abrazo — Ellis, ya lo escuchó usted, nos encantaría que se nos uniera en la cena. Claro, si es que no tiene usted una mejor invitación para esta noche — ofreció el artista.

 

— ¿Otra mejor oferta que comida casera? DDe ninguna manera, Sr. Grandchester. Un soltero empedernido como yo no tiene este tipo de invitaciones muy seguido — replicó Ellis sonriente.

 

El reportero se congratuló interiormente no sólo por la oportunidad de cenar algo diferente a su aburrido empearedado de queso y tomate, sino porque además veía venir una posibilidad de oro: poder entrevistar a Lady Grandchester durante la cena, cosa que ninguno de sus colegas había conseguido hasta entonces.

 

En los instantes que siguieron Ellis pudo echar un vistazo a la intimidad de la casa Grandchester. La señora de la casa lo condujo al comedor que ya estaba arreglado con sencillo encanto. El servicio era de porcelana alemana y en el centro de la mesa un ramo de rosas amarillas perfumaba el ambiente. Ellis fue instalado a la derecha del anfitrión y pronto un caballero vestido de uniforme entró al comedor para ofrecerle un aperitivo. Al poco rato se escucharon pasos apresurados bajar las escaleras de la estancia contigua y unos segundos más tarde tres personajes hicieron su bulliciosa entrada.

 

El primero de ellos era un muchachito espigado de  rasgos finos y porte seguro que en cada línea del rostro y cada gesto evidenciaba un enorme parecido con el artista dueño de la casa. El niño que debía tener nueve años se acercó a Ellis con soltura y le ofreció su mano mirándolo de frente con un par de enormes ojos tornasolados como los de su padre.

 

— Usted debe ser el Sr. Charles Ellis — ddijo el niño con una seriedad que divirtió mucho a los adultos presentes— Mi nombre es Dylan Terrence Grandchester, señor. Encantado de conocerle.

 

— El gusto es mío jovencito — dijo Ellis siguiendo el juego formal del muchachillo y estrechándole la mano de dedos largos y delgados.

 

— Y yo soy Alben Grandchester — dijo una vocecita al lado de Dylan llamando la atención de Ellis cuyos ojos oscuros se tropezaron con otro par de ojos que eran una reproducción más de los del hermano mayor, del padre y de la famosa abuela que Ellis también conocía bien. Sin embargo, el pequeñito que le miraba ahora tenía una expresión un tanto diferente en el rostro. Había algo de luminoso en su carita zurcada de pequeñas pequitas y coronado por bucles dorados e ingobernables que le daban una presencia diferente a la de su hermano. —  Usted es el señor que está sieempppre en el palco enfrente al nuestro y que escribe mucho durante toda la obra ¿Verdad? — preguntó el chiquillo con una suspicacia poco común para sus seis años.

 

— Así es. Entonces ya no nos conocíamos, supongo — le sonrió Ellis y el niño le devolvió la sonrisa evidenciando que estaba cambiando dientes pero que no le importaba mucho esa incomodidad. De todas formas su sonrisa era la más abierta y confiada que Ellis había visto. Algo en ella le recordó a la dama de la casa.

 

Fue entonces que Ellis sintió un tirón en el pantalón  que lo obligó a mirar a su izquierda para encontrarse de nuevo con la pequeña portera que le diera la bienvenida a la residencia aquella tade.

 

—¡Oyes! ¡Oyes! — llamó la niñita con urgencia mientras Ellis se admiraba de los enormes ojos verde oscuro de la chiquilla que lo miraban como la luz de una luciérnaga juguetona — Yo soy Blanche¿ Me recuerdas?… y tú eres Chuck ¿Verdad?

 

— ¡Usted disculpará a mi hermanita, Sr. EEllis! — se apresuró a decir Dylan en su papel de hermano mayor y defensor de las buenas costumbres — Es muy pequeñita y se le olvida cómo debe dirigirse a los adultos.

 

— No debes cuidarte de eso jovencito — coontestó enseguida Ellis haciéndole un mimo a Blanche en la mejilla — Yo mismo le pedí a tu hermana que me llamara de esa forma esta tarde cuando nos conocimos y lo mismo va para ustedes dos — dijo el hombre a los dos varoncitos que le respondieron con una sonrisa de aprobación.

 

— ¡Bueno, todos! —llamó la señora Grandchhester entrando al comedor mientras ayudaba a la sirivienta a servir la sopa — Es hora de cenar, todos a su lugar.

 

Como si hubiese sonado un clarín militar con una orden de gran importancia los chiquillos volaron hasta sus lugares y la cena inició oficialmente.

 

La comida transcurrió entre amenas explosiones de ingenio infantil y la conversación siempre interesante de Lord Granchester. Ellis seguía atento las palabras del actor, pero a su vez su mente trabajaba rápido observando a Candice vigilar a sus hijos mientras dirigía la orquesta de la cena y atendía las necesidades del invitado. Era evidente que se necesitaba una coordinación admirable para controlar tantas cosas a la vez sin perder de vista los inquietos movimientos de los tres chiquillos.

 

— ¿Puedo hacerle una pregunta, Candy? — ppreguntó el reportero sin porder contenerse.

 

— Adelante, Charles — contestó la dama miientras llamaba a la sirvienta para que volviera a servir más limonada en todos los vasos.

 

— ¿Cómo le hace usted para controlar tanttas cosas a la vez?— indagó el hombre con sincero asombro.

 

— ¿Eso hago?— contestó la joven con una ppequeña carcajada —¡No lo creo, Charles!

 

— Bueno, yo fui hijo único y  ya meee parece bastante complicado ocuparse de un solo niño… ahora bien, tres al mismo tiempo debe ser una tarea muy difícil.

 

— ¡Oh, se refiere usted a mis hijos! — coomprendió la joven observando a los tres pequeños con orgullo maternal — Esto no es nada, mis madres han educado a cientos de niños. Tan sólo cuando yo era niña, éramos diez en la casa.

 

— ¿Sus dos madres? — preguntó Ellis confuundido pues sabía que la dama había sido huérfana.

 

— Candy se refiere a las dos damas que diirigen el orfanatorio donde ella creció — aclaró Terrence al ver la pregunta dibuujada en el rostro del reportero.

 

— ¡Oh, disculpe! — se excusó Charles apennado de haber traído ese tema delicado a la mesa — No quise indagar al respecto.

 

— No hay cuidado — repuso Candy sonrientee — Lejos de estar avergonzada de mi origen me siento más que orgullosa de ser una hija del Hogar de Pony. Nuestros  hijos todos saben de dónde vino su madre y están conscientes de que no hay nada de malo en ello. Todo lo contrario, me considero  muy afortunada porque mi vida en esa querida casa estuvo muy lejos de ser la misma que la de Oliver Twist. Realmente no me faltaron ni amor ni principios. Había, claro está, carencias económicas, pero esas cosas pasan desapercibidas cuando lo esencial está presente.

 

— Estoy de acuerdo — comentó Ellis y alentado por la franqueza de la joven señora se atrevió a continuar con más preguntas — ¿Cuánto tiempo permaneció usted en ese Hogar de Pony antes de ser adoptada por los Andley?

 

— Bueno, viví mis primeros doce años en eel Hogar y luego fui tomada bajo custodia de la familia Leagan, con quienes viví por más o menos un año, pero ellos nunca me tomaron en adopción. Solamente se comprometieron a darme empleo como compañera de juegos de su hija menor. No fue sino hasta los trece años que fui adoptada por los Andley — replicó la dama

 

— Debió haber sido un cambio drástico parra usted ¿No es así?— sugirió el reportero.

 

— ¡Enorme! Pero no por lo que usted se immagina — repuso Candy anticipándose a las ideas que se dejaban ver en el rostro de Ellis — Claro que el lujo y las comodidades deslumbran a una chiquilla que nunca ha tenido nada, pero lo verdaderamente difícil fue enfrentarme a un mundo de reglas y costumbres diferentes. Por mucho tiempo me sentí como atrapada en una jaula de oro. De no haber sido por mis primos adoptivos me hubiese muerto de hastío en esa época.

 

— ¿Dice usted sus primos? — preguntó Charrles entusiasmado al ver que estaba logrando algo que ni siquiera se había imaginado.

 

— Sí, hijos de las hermanas de William Allbert Andley, el caballero que me adoptó. Seguramente debe haber oído de él, siendo el hombre de prensa que es usted.

 

—Oh sí, por supuesto. El polémico seññorr Andley. Por cierto que aún me parece increíble que un hombre tan joven y aún soltero como lo era entonces el señor Andley, tuviera la ocurrencia de adoptar a una chica huérfana.

 

— Albert tiene un corazón de oro — expliccó la dama con el rostro iluminado — Me conoció por accidente. Me salvó de morir ahogada en el río cerca de la propiedad de los Leagan y simpatizó conmigo de inmediato. Mis primos, que entonces eran sólo mis amigos y compañeros de juegos, le escribieron pidiéndole me adoptara con el fin de  que todos pudiéramos vivir juntos. Albert pensó que era una buena idea para ayudarme y proporcionarme una mejor educación de la que recibía en casa de los Leagan, así que aceptó la propuesta.

 

— Se dice que usted y el señor Andley son muy unidos — comentó Ellis.

 

— Y es cierto. Albert fue mucho más que uun tutor para mi. No puedo decir que fuera relamente como mi padre, porque hay entre nosotros demasiada complicidad y camaradería como para ello, pero no dudaría en considerar que nos vemos como hermanos. Es el mejor amigo de mi esposo y el padrino de todos nuestros hijos —concluyó la mujer con un tono de satiisfacción en la voz.

 

— Y es el mejor tío del mundo — apuntóó vvivazmente Dylan atreviéndose a intervenir en la conversación, no sin antes lanzarle una mirada a su madre buscando su aprobación. La joven madre sonrió con la mirada, lo cual alentó al muchachito para continuar — ¡No se imagina usted los lugares a los que tío Albert ha ido! Papá me ha regalado un mapa donde sigo el camino de tío Albert y cuando viene a visitarnos le pregunto las cosas que ha visto en cada uno de esos lugares.

 

— Seguramente les contará historias muy eemocionantes — supuso Ellis dirigiéndose a los chiquillos.

 

— ¡Oh sí! ¡Casi tan emocionantes como lass de papá! — respondió Alben espontáneamente y su hermano mayor asintió apoyando al pequeño rubio.

 

La conversación versó entonces por un buen rato sobre los tigres de Bengala, las estampidas de antílopes en la sabana de Kenya, los pigmeos, las maravillas de las pirámides egipcias, las fuentes del Taj Majal y los mil y un objetos fascinantes que el tío Albert traía como regalo para sus sobrinos cada vez que regresaba de sus viajes. Era obvio que el señor Andley era la segunda figura masculina a quien los niños Grandchester rendían admiración absoluta.

 

Cuando llegó la hora de los postres la señora de la casa ordenó a los pequeños que se retiraran del comedor para tomar el útlimo platillo en otra estancia, mientras que los adultos hacían sobremesa. Cada niño se despidió del invitado antes de dejar el comedor. Cuando le tocó el turno a la pequeña Blanche la chiquilla miró de reojo a sus padres y advirtiendo que por un segundo éstos no estaban al tanto de sus movimientos, decidió armarse de valor para realizar un último intento. La niña se puso de puntillas y con una señal de su manecita le indicó a Ellis que inclinara su cabeza. El hombre, suponiendo que la pequeña quería darle un beso, se inclinó de buen grado. Un segundo después Ellis tendría que forzarse para contener la carcajada cuando la pequeña le dijo al oído:

 

— ¡Hey! Ya te presté a mi papá toda la taarde — le susurró Blanche apresurada — Me debes unos dulces ¿Cuándo me los traaes?

 

—¡Blanche! — llamó el padre con firmeza ccuando see percató de lo que estaba haciendo la niña — ¡Anda ya o no habrá postre para ti!

 

Sobresaltada al haber sido descubierta in fraganti, la pequeña giró sobre sus talones con la vista fija en los ojos de su padre que la observaron con severidad hasta que Blanche no pudo más sostenerle la mirada. La niña bajó la cabeza y salió de la habitación.

 

Cuando los niños habían todos salido, los adultos se soltaron a reír simultáneamente.

 

Los hombres quedaron solos en el comedor por un rato, pero después Lady Grandchester volvió a unírseles acompañando al mayodormo que traía el té y una bebida digestiva para el invitado.

 

— Dígame una cosa, Candy — se animó a preguntar Ellis cuando la dama se volvió a sentar a la mesa — ¿Cómo es que una jovencita que ha sido adoptada por una familia tan prominente y que bien podía gozar de una vida regalada, decide hacerse enfermera?

 

— Supongo que tuve más de un  buen mmodelo que emular — contestó la mujer de inmediato — Crecí junto a dos mujeres que me enseñaron con el ejemplo que el servicio a los demás es la chispa que le da sentido a la vida. Luego conocí a Albert de quien aprendí que cada individuo debe buscar su propio camino sin importar la opinión de los demás, y por último en la escuela de efermería conocí a una mujer admirable que no solamente me enseñó el arte de asistir a los médicos en el tratamiento de las enfermedades, sino cómo ayudar a las personas a sobrellevar el duro transe de una estancia en el hospital.

 

— Se dice que usted rechazó todo apoyo dee los Andley para realizar sus estudios de enfermería — continuó Ellis

 

— La realidad es que me escapé del colegiio donde ellos me habían enviado a estudiar sin consultarles lo que iba a hacer. De hecho en ese momento no tenía una idea clara de lo que haría con mi vida. Fue en los días posteriores que decidí que quería estudiar enfermería, pero deseaba hacerlo por mi misma — contestó la mujer sorbiendo lentamente el té de jazmines que les había servido Edward — De todas formas no creo que ellos lo hubieran aprobado si les hubiese pedido permiso.

 

— Pero el Sr. Andley sí aprobó su decisióón ¿No es así? — preguntó Charles un tanto confundido.

 

— De hecho lo aprobó, pero eso fue mucho después… En la época que yo tomé la decisión él no estaba en América. Se encontraba haciendo su primer viaje a África y no tuvo ni idea de lo que yo estaba haciendo entonces.

 

— ¿Entonces de quién obtuvo usted el apoyyo para ingresar al colegio de enfermería? — indagó Ellis aún más curioso.

 

— De mis dos madres que me recomendaron ccon la directora del Colegio de Enfermeras Mary Jane. Ahí tuve la oportunidad de estudiar y trabajar para solventar mis gastos.

 

— ¡Vaya! ¡Jamás lo hubiese imaginado!— exxclamó Ellis fascinado con la historia de la joven dama — Pero hay algo que no entiendo muy bien… dice usted que antes de entrar a estudiar enfermería los Andley la habían enviado a un colegio y que usted se escapó de ahí. Me admira su coraje, debió usted haber sido muy joven entonces.

 

— Tenía quince años cuando me escapé p; y ni un céntimo en el bolsillo para cruzar el Atlántico— rió la joven señora de buena gana — Ahora que lo pienso no sé cómo me atreví a tanto.

 

La mención del Atlántico hizo reaccionar a la rápida mente de Ellis que enseguida conectó el dato con la información que el actor había compartido con él durante la tade.

 

— ¡No puedo creerlo! — exclamó el hombre asombrado — ¡Usted  huyó de un colegio en Londres en donde conoció al Sr. Grandchester y regresó sola a América sin nada de dinero!

 

Las palabras de Ellis tomaron por sorpresa a la joven que por una fracción de segundo lanzó una rápida mirada a su marido. La pareja intercambió imperceptibles mensajes en un lenguaje mudo que ellos sólo podían comprender, para luego volver a atender la conversación sin que Ellis se diera cuenta de lo que había ocurrido entre los dos.

 

— Si me permite, señora — continuó Ellis pensando que era mejor explicarle a la dama la información que el actor le había dado en su entrevista — su esposo me ha confiado que ustedes se conocieron precisamente en ese Colegio, pero jamás me comentó que usted se escapó de ahí al igual que él.

 

—Debo admitir que no todos los ejemplos que tuve en mi adolescencia fueron siempre buenos — contestó la joven rubia en tono de broma, recuperando el aplomo que había perdido por unos instantes al pensar que había cometido alguna indiscreción.

 

— ¡Muy graciosa, madame! — la pulló su maarido —  Ve usted Ellis, yo pensaba que ella necesitaba que su familia adinerada la cuidara y ella decide que a fin de cuentas quiere hacer las cosas por si sola. Nunca intente usted entender a las mujeres porque no podrá lograrlo.

 

Los tres rieron ante este último comentario y la conversación continuó por un rato más versando sobre los detalles de aquel viaje a América que el lector conoce de sobra.

 

— Dígame ahora, Candy ¿Cómo fue que se annimó usted a enrolarse en el ejército? — indagó Ellis — La decisión ya es bastannte difícil para un hombre, y ahora, tratándose de una mujer, imagino que debió haber sido algo muy duro.

 

La mujer dejó la taza de té a un lado e inclinando la cabeza por escasos grados como para pensar mejor la respuesta, guardó silencio por unos instantes.

 

— En realidad fue algo que resolví hacer en un impulso — contestó la mujer después de unos segundos — Creo que es así como he hecho la mayor parte de las decisiones importantes en mi vida. En realidad no tenía mucho que perder.

 

— ¿No tenía mucho que perder? — dijo asommbrado Ellis — Siendo una rica heredera bien hubiera podido elegir ayudar a la causa con fuertes donaciones para el Ejército y la Cruz Roja en lugar de ir en persona a trabajar como enfermera. Yo diría que sí arriesgó mucho.

 

— Tal vez no me expliqué muy bien, Charlees — respondió la señora con serenidad — No había nada que me atara a Américaa. Nadie que dependiera de mi de manera directa. Una de mis dos mejores amigas se encontraba a punto de formalizar sus relaciones con mi primo Archibald, la otra estaba viviendo al lado de su familia a millas de distancia, Albert estaba muy ocupado en sus negocios, mis dos madres tenían la responsabilidad de los niños en el Hogar de Pony… en fin, todo el mundo tenía una vida propia y responsabilidades personales a las cuales atender. Pensé que todos se la podían arreglar bien sin mi, mientras que sin duda más de un soldado herido estaba  necesitado de una mano amiga. Creáme, Sr. Ellis, en esos momentos no se aprecian las donaciones que un lejano potentado pueda hacer, tanto como una sonrisa y unas palabras de ánimo. Creo que por eso la decisión fue más bien fácil de tomar. El tiempo me enseñó que esa decisión fue la más importante que hice jamás — concluyó la joven mientras tomaba la mano de su esposo que descansaba sobre la mesa. La mirada que la mujer lanzó a su marido fue tan elocuente que el reportero consideró innecesario hacer más preguntas sobre el asunto.

 

— Me parece que comprendo lo que usted quuiere decir, Candy — repuso Charles sonriendo — Ahora que converso con usted, me parece que esa fama de rebelde y feminista que todos le achacan es cierta solamente en parte.

 

— ¿Eso dice la gente? — preguntó la jovenn entre sorprendida y divertida con las palabras del periodista — Le aseguro que nunca he sido rebelde por el simple placer de ir en contra de todo. Es sólo que muchas cosas que la sociedad impone no me parecen del todo justificadas ¿Habría de obedecerlas ciegamente entonces? He tenido la oportunidad de ver cómo en el fondo aquellos que se dicen hijos de las familias más respetables no son más que tristes fraudes.

 

La mente de Candy voló al pasado. Por sus ojos interiores pasaron imágenes mezcladas provenientes de los días en que viviera en la casa de Eliza y Neil,  de la época del Colegio San Pablo, de los años que siguieron en que los jóvenes Leagan llegaron a la edad adulta y se convirtieron en prominentes figuras de la sociedad de Chicago, para después, al igual que estrellas fugaces, desaparecer en una estridente y penosa caída.

 

Candy, Candy (epílogo 4/4 segunda parte)

Autor: Plan D

 

ilustrepilogo_4_2Continuación…

 

Después de su boda con Terrence Grandchester, Candy vio a los Leagan en muy pocas oportunidades. Albert se encontraba lejos y Archie controlaba la fortuna familiar. El consorcio Andley se había desligado por completo de las empresas Leagan & Leagan, así que el contacto entre las familias se hizo cada vez menos frecuente.

La tía abuela había tenido un par de sonoras peleas con Archibald, razón por la cual había dejado la mansión de Chicago y se había retirado a vivir a una de las casas de campo que Albert tenía a las orillas del lago. La dama recibía ahi a sus sobrinos, Eliza y Neil, que siempre sabían sacar muy buen provecho de aquellas constantes visitas que le hacían a la anciana. Sin embargo, los días en que la Sra. Elroy organizaba grandes fiestas para reunir a la familia, habían pasado ya a la historia. Así que las oportunidades para que los Andley y los Leagan se reuniesen habían quedado reducidas a un solo gran evento. El cumpleaños de la octogenaria matriarca, el cual era siempre organizado por Sarah Leagan, con una fidelidad inquebrantable. Por supuesto, la tradición, era algo, que no había de perderse.

Y en aras de esa tradición la Sra. Leagan vencía la repugnancia de invitar a su reunión al poderoso primo Archibald, al aún más odiado y excéntrico William Albert y a ese par de bohemios indecentes con nombre pomposo que eran los Grandchester. Claro está, invitar al Conde y a la Condesa daba gran lustre a la reunión y llamaba la atención de la prensa que seguía con frenesí incansable los pasos del famoso artista. Pero soportar la presencia del inglés arrogante y su fresca mujer, que de moza de establo había llegado a ser aristócrata, era sin duda una pena que la estirada dama y sus dos hijos sufrían con estoicismo en favor del lustre de su buen nombre.

¿Por qué los Andley y los Grandchester continuaban asistiendo a esa reunión que era soberanamente formal y simplona para el gusto de todos ellos? Bueno, en parte por respeto hacia la Sra. Elroy, que a pesar de sus rabietas y continuos desplantes, era aún la matriarca de la familia, y en parte porque en cierta forma, la mentada reunión era siempre una oportunidad para procurarse un poco de diversión a costa de los primos Leagan. Cada uno de ellos encontraba algo especialmente gracioso de lo cual mofarse en esas ocasiones.

Archibald obtenía cierto malicioso placer al observar la mal disimulada envidia de su tío, quien no lograba hacer crecer su empresa desde que el consorcio Andley ya no lo respaldaba. Por más que el pobre hombre intentaba hacer remontar sus utilidades, algo que aún no comprendía muy bien hacía que el crecimeinto de sus negocios permaneciera estancado. Archie había escuchado en más de una ocasión que su tío se había ocupado en desacreditar a los Andley cuando se enteró de que el joven Cornwell había sido dejado al mando de las empresas familiares. El paso de los años le había hecho comprobar al Sr. Leagan que los maliciosos rumores que se había encargado de diseminar eran más que falsos. Así que Archibald podía ver a los ojos de su tío con altivo triunfo durante esas reuniones por motivo del cumpleaños de la Sra. Elroy y silenciosamente demostrarle que se había equivocado.

Albert, por su cuenta, no podía resistir la tentación de retar a la tía Elroy presentándose a la reunión vestido siempre de manera informal, luciendo un brillante bronceado que a la Sra. siempre le parecía de mal gusto y haciendo los comentarios más francos y atrevidos que desafiaban los puntos de vista de los ortodoxos invitados. La anciana seguía sin comprender las decisiones de su sobrino, pero había aprendido que la voluntad del joven era inquebrantable así que no le quedaba más remedio que callar. De manera que Albert se daba gusto chocando a su tía y a los Leagan, que no tenían otra opción que hacer como que nada pasaba ahí.

Terrence se daba vida haciéndole segunda a su mejor amigo y como la fama y el encanto físico le asistían podía darse el lujo de hacer y decir todo lo que le venía en gana. Aún más, había algo que Candy no entendía aún muy bien, pero sin duda era evidente que a su esposo le encataba asistir a esas reuniones y mostrarse especialmente afectuoso con ella en público. Con el paso de los años la joven llegó a comprender que su marido, siendo en el fondo el mismo muchachito vengativo y malicioso, encontraba simplemente delicioso el poder ostentar la belleza y afecto de su mujer en frente de Neil Leagan y observar cómo el pobre diablo palidecía de envidia y celos.

Por último, Candy ya no tenía por qué temer los incisivos comentarios de Eliza sobre su origen humilde. Si aún en su infancia y adolescencia, la joven nunca se había dejado intimidar por las palabras maliciosas de la pelirroja, ahora en su edad adulta, con el caracter ya totalmente formado, y con la seguridad que solamente el amor y la estabilidad de un matrimonio sólido le dan a una mujer, a Candy no podía importarle menos lo que Eliza pudiera hacer o decir.

Así pues, a esas breves ocasiones se redujo el contacto entre la dama de Fort Lee y los estirados Leagan, que siguieron su vida de esplendor por algunos años hasta que la farsa que mantenían no pudo resistir más.

Eliza Leagan había trabajado muy duramente para llegar a ser toda una dama de sociedad igual a su madre. Sin embargo, solamente había conseguido convertirse en una mujerzuela extraordinariamente cara. Buscando desesperadamente probar al mundo que era bella y deseable había pasado de lecho en lecho desde los diesiete años hasta los veintidós, cuando uno de sus amantes le reclamó fidelidad total bajo amenaza de muerte.

Para su gran pesar, el amante en cuestión no era uno de los jóvenes de alta sociedad que a ella le hubiese gustado desposar para adquirir el tan deseado estatus de mujer casada, sino un joven de origen humilde y de ocupación dudosa que su hermano le había presentado en los años de la guerra.

Buzzy, sin duda era un hombre apuesto, y a Eliza le había llamado la atención su galanura desde la noche en que había ido a visitar a Neil para entregarle un paquete de opio. Al poco tiempo Eliza lo había convertido en uno de sus “amigos” predilectos y lo llamaba siempre que quería tener una noche inolvidable, porque el joven en cuestión era especialmente bueno como amante.

Por desgracia, Buzzy acabó encaprichándose con la joven millonaria y después de unos años de sotener una relación sin compromisos con ella, le exigió que no vovliera a acostarse con ningún otro hombre que no fuera él. Eliza, que tenía planes de casarse con un hombre de su misma clase, no le hizo mucho caso al joven delincuente, pero al poco tiempo recibió una primera advertencia. Una de sus damas de compañías apareció muerta en la picina de la casa de los Leagan en Chicago y a los hermanos Leagan no les cupo la menor duda de quién había sido el autor del asesinato.

No obstante, ninguno de los dos pudo abrir la boca con la policía porque estaban demasiado involucrados con los negocios de Buzzy como para delatarlo. Neil había estado falsificando los libros de la empresa familiar, sustrayendo así grandes sumas para costearse su adicción al opio, al acohol y al juego ilegal. De manera que a Eliza no le quedó más remedio que complacer a su amante y quedarse soltera a pesar de los reclamos constantes de su madre, que no cesaba de recordarle que todas sus conocidas —incluídas las odiosas hospicianas, Candy y Annie – estaban ya casadas y con hijos, mientras que ella estaba a punto de convertirse en una solterona.

Aquella situación duró por un buen tiempo, hasta que los hermanos Leagan se cansaron de tener que obedecer los caprichos de Buzzy, que había acabado por convertirse en un cruel extorsionador, exigiéndoles cada vez más dinero a cambio de opio y silencio. Así que ambos decidieron finalmente traicionarlo aliándose con otro individuo, rival y enemigo de Buzzy. Desgraciadamente la jugada les salío mal y fueron descubiertos antes de que el nuevo aliado de los Leagan pudiera eliminar a Buzzy.

El joven ganster mató a su rival y luego urdió un plan para vengarse de su amante y su hermano. Descartó todos los métodos que comúnmente los hombres de su medio utilizaba para realizar sus vendetas. Después de todo aquello no era una rencilla entre las “familias” de Chicago, sino un escarmiento para un par de estirados que creían que podian burlarse de él. Para ellos había que diseñar algo que realmente les doliera más que perder la vida tras días de tortura física.

Así que Buzzy hizo como si no se hubiese dado cuenta y siguió sus relaciones con los Leagan por un año más. Los hermanos, por su parte, temblaron de miedo al principio, pensando que el amante de Eliza terminaría por asesinarlos, pero al ver que pasaba el tiempo y Buzzy parecía no darse por enterado, se confiaron y decidieron seguir como hasta entonces.

En ese espacio Neil siguió firmando pagarés, falsificando documentos y vendiendo bienes raíces a espaldas de su padre para solventar sus escandaloso tren de vida. Sin que el joven millonario se diera cuenta, Buzzy empezó a apropiarse de la fortuna Leagan preparando lentamente los detalles de su venganza. Cuando el escenario estuvo ya listo, el joven ganster dió el tiro de gracia enviándole al Sr. Leagan una misiva anónima en la que le relataba con lujo de detalles y varias fotografías como prueba, la clase de vida que sus dos hijos llevaban a sus espaldas.

El altivo Sr. Leagan sufrió un infarto al recibir la noticia y por recomendación de su médico se retiró a descansar a su mansión de Lakewood durante unos días. Todo parecía apuntar hacia la recuperación del magnate, pero contrario a los pronósticos, el hombre murió la semana siguiente. Se sospechó que la muerte del Sr. Leagan no se había debido a causas del todo naturales, pero no se pudo saber más sobre el asunto.

A la postre, la muerte del Sr. Leagan resultó en consecuencias tremendas para la fortuna familiar ya que las acciones de las empresas Leagan & Leagan bajaron dramáticamente. Neil, que era sumamente torpe en los negocios, terminó por malbaratar las ya mermadas riquezas que había heredado y en menos de seis meses después de la muerte de su padre tuvo que declararse en quiebra.

Archibald, cumpliendo lo que una vez se había prometido, observó la caída de su primo con total indiferencia. No movió ni un solo dedo, aun cuando Neil fue a rogarle le concediera un préstamo para evitar la bancarrota.

—No quiero que utilices el dinero de la familia Andley para financiar tus porquerías —había sido la altiva respuesta del joven Cornwell—. Estoy al tanto de tus conexiones con la delincuencia organizada de esta ciudad. Date por bien servido que no te delate a las autoridades. Con las pruebas que he colectado en contra tuya bien podrían darte varios años de cárcel.

Así que a Neil no le quedó más remedio que vender varias de sus propiedades para saldar sus deudas con Buzzy y con los accionistas de las empresas Leagan & Leagan. Pero a los Leagan les quedaba aún un recurso para salvar su posición económica: la fortuna de la tía abuela Elroy. Desgraciadamente para ellos la venganza de Buzzy llegó aún más lejos. Como broche de oro vendió la información que tenía sobre Eliza Leagan a un periodista sin escrúpulos quien reservando en el anonimato el nombre de Buzzy y sus socios, expuso las relaciones ilícitas de la Srita Leagan al dominio público. Después de que ese artículo salió a luz pública la Sra. Elroy no quiso volver a ver a sus sobrinos por el resto de su vida. Por el contrario, decidiendo que había estado equivocada, se reconcilió con Archibald, que para entonces ya estaba casado con Annie Britter y a quien la anciana terminó aceptando al paso del tiempo.

Aquello fue el colmo del descrédito y la desgracia para los Leagan que debieron de retirarse a su mansión de Lakewood, única propiedad que les quedaba, viviendo de una modesta pensión proveniente de cierto fideocomiso que William Albert tenía bajo su custodia y que les entregó al leerse el testamento del Sr. Leagan. Ahí en el campo, alejados del esplendor de otros tiempos, con apenas un par de sirvientes -insuficientes para mantener la enorme casa- Eliza y Neil tuvieron que enfrentar la dureza de la estrechez económica por primera vez en sus vidas. Pero Candy ignoraba que lo peor vendría para un tiempo después, durante la época de la gran Depresión, que estaba por desatarse al año siguiente de su entrevista con Charles Ellis.

 

—Sé a lo que usted se refiere, Caaandy —contestó Ellis continuando la conversación y haciendo volver a la joven mujer de sus recuerdos sobre los infortunados hermanos Leagan – ¿Pero habiendo sido siempre tan renuente a los convencionalismos, cómo se siente ahora usted en su papel de esposa y ama de casa? – se atrevió a preguntar el periodista aprovechando que el actor había salido momentáneamente del comedor para ocuparse de una llamada de teléfono.

—Querrá usted preguntarme por qué si soyy tan “feminista” como la gente dice decidí dejar de ejercer la enfermería cuando nació mi hija Blanche —se atrevió Candy a sugerir con una sonrrisa maliciosa.

—Bueno, sí. Algo de eso había en mi preggunta —admitió Ellis acorralado por la franqueza de la joven dama.

—Como yo veo las cosas Sr. Ellis, la cauusa feminista, que siempre ha tenido todo mi respeto – comenzó a explicar la dama con un brillo especial en la mirada —no debería preocuparse tanto porque la mujer llegue a ocupar los puestos que los hombres han monopolizado, sino más bien porque cada mujer tenga la libertad de escoger la actividad que ella prefiera, ya sea la de universitaria, ejecutiva, científica o madre. En su momento yo escogí ser enfermera y así servir a los demás. Cada día de mi vida que dediqué a esa labor fue importante y profundamente gratificante para mi, pero llegó un momento en que las obligaciones de esposa y madre se volvieron especialmente demandantes. Particularmente con la llegada de Blanche, se volvió más y más difícil mantener un equilibrio entre mi trabajo de enfermera y la maternidad. Así que decidí que al menos por unos años dejaría la medicina para ser solamente madre. Fue una decisión independiente y no me arrepiento de ella. Todo lo contrario, me siento muy feliz de haberlo hecho, pues estoy gozando con todas mis fuerzas la infancia de mis hijos. Ya habrá tiempo después para otras cosas.

—Y supongo que al Sr Grandchester la ideea le ha parecido más que buena —supuso Ellis.

—Egoísta como todos los hombres, no podíía parecerme menos que maravilloso el tener a mi mujer sólo para mi —comentó el artista que llegaba en ese momento después de atendida su llamada.

Candy se volvió para ver a Terrence acariando la mano que él posó sobre el hombro de ella como respuesta afectuosa a su comentario.

—”Egoísta y celoso” —pensó la joven riéndose para sus adentros, pero luego se dijo inmediatamente que ella no podía reprocharle a su esposo un defecto que ella también compartía hasta cierto punto.

Habían pasado ya cinco años desde aquella terrible pesadilla y si bien no veía los sucesos con rencor, de vez en cuando, al mirar la taza que su esposo guardaba en la vitrina de su estudio, recordaba la lección vivida y se prometía solemnemente no volver a cometer los mismos errores que habían puesto en peligro la estabilidad de su familia.

 

Las cosas habían sido igualmente difíciles para ella. A pesar de que ella se esforzaba en no darle importancia, las largas ausencias de Terrence la hacían sentirse cada vez más sola. Cuando su estancia con los Stevenson llegara a su fin después de la recuperación de Patty, Candy había regresado a su casa de Fort Lee y la melancolía no había tardado mucho en ganarle la batalla.

Cuando sus dos pequeños niños, Dylan de poco más de tres años y Alben de apenas siete meses, conciliaban el sueño, la joven paseaba a solas por los rincones silenciosos de la casa buscando en los muros la callada huella del hombre que amaba. Pero los días pasaban, las giras se prolongaban y los ecos de la sonora voz de Terrence se hacían cada vez más lejanos en los oídos de Candy.

En más de una ocasión estuvo tentada a tomar la pluma fuente y escribir una carta con una sóla línea diciendo: regresa ya que me vuelvo loca sin ti. Pero luego cerraba los ojos y veía de nuevo el rostro radiante de Terrence cuando agradecía los aplausos frenéticos del público al término de una presentación. Candy sabía que su esposo gozaba intensamente esos segundos mágicos de gloria y que el placer de vivir mil y un vidas diferentes sobre el escenario era para él tan necesario como el aire o la poesía. No sería ella quien abusando del amor que él le tenía, lo obligase a renunciar a las tablas y a sus sueños.

Si el precio por verlo feliz era tener que prescindir de su compañía por más tiempo que el común de las esposas, ella estaba dispuesta a pagarlo. Sin duda las cosas hubiesen seguido así sin mayor dolor que la melancolía, de no haber sido por la prensa mal intencionada que al poco tiempo empezó a esparcir rumores acerca de Terrence y su nueva compañera de tablas, Marjorie Dillow.

Entonces las cosas empezaron a ir realmente mal. Las heridas viejas que se abrieran por primera vez cuando Candy tuvo que vivir la dura experiencia de ver como el joven que ella amaba elegía el deber por encima de su amor por ella, volvieron a dolerle repentinamente.

 

Por otra parte, Candy estaba cada día más preocupada por sus hijos.

Mientras que era obvio que Terrence se estaba perdiendo importantes momentos del primer año de vida de Alben, Dylan había dejado de ser el niño vivaz de siempre para convertirse en un chiquillo callado y melindroso. Candy no sabía qué era lo que debía preocuparle más, si el hecho de que su bebé no reconocía ni la voz ni la figura del padre, o la manera en que su primogénito se rehusaba a comer sin importar los esfuerzos que la joven madre hacía para despertarle el apetito.

 

Fue entonces que Terrence había vuelto a Nueva York a tomar un breve descanso de dos días a mitad de la gira que estaba realizándose en aquellos primeros días de diciembre. A penas había él regresado cuando salió a colación el asunto de Bower, justo la noche después de la llegada del actor. La manera en qué él le había reclamado su amistad con Nathan había encendido el amor propio de Candy. ¿Acaso estaba mal pasar un buen rato con un amigo?¿Qué de malo había en aceptar una taza de té en algún café de Manhattan?¿Cómo podía Terrence reclamarle el hecho de que ella buscara alguna compañía si él se la pasaba todo el tiempo metido en los ensayos o de gira?¿Con qué derecho Terrence le pedía cuentas acerca de su amistad con Bower cuando él no había ni siquiera hecho un comentario sobre las habladurías cada vez más constantes acerca de su relación con Marjorie Dillow? Esta última consideración era sin duda la que más dolía y la que llevó a la joven a decir las cosas más duras, de las cuales se arrepintió tan pronto como el auto de Terrence salió disparado aquella noche.

Sin embargo, su orgullo e indignación terminaron por ganar la batalla cuando unos minutos después de que el aristócrata había dejado la casa hecho una furia, una manecita tocó a la puerta de la recámara de la joven rubia. Candy abrió la puerta para descubrir al pequeño Dylan parado en el umbral de la alcoba de sus padres, tratando de enjugarse las lágrimas con la manga de su pijama de franela.

—¿Por qué gritaba papá? —preguntó el niiiño entre sollozos—. ¿Qué ya

no nos quiere?

 

A Candy se le encongió el corazón mientras apretaba la cabecita castaña del niño contra su pecho e intentaba inventar la primera excusa que se le vino a la cabeza para disfrazar lo que había ocurrido aquella noche. De ese modo la joven tomó la decisión de abandonar Nueva York y correr al único lugar en dónde creía podía encontrar el sosiego y las fuerzas que de pronto parecían faltarle.

Sin pensarlo mucho empacó algo de ropa para ella y los niños, vistió a los pequeños lo más abrigadoramente posible y escribió la nota que su esposo leería la mañana siguiente.

El viaje que siguió le recordó mucho a otro viaje que había hecho años atrás en cierta noche nevada. Entonces como en el pasado, un mismo nombre le ardía en el corazón con punzadas dolorosas, pero la situación era al mismo tiempo distinta. En el pasado Terrence había sido sin duda su gran amor, su gran sueño, pero ahora que a su lado dormía Dylan y Alben descansaba en su regazo, Candy sabía que Terrence significaba aún mucho más que antes. Cinco años de vida marital no pasan en vano para una mujer. Habían ahora demasiada cotidianeidad, sueños y planes compartidos, intimidad y lazos físicos al igual que espirituales como para llegar a creer que todo aquello podía terminar de esa forma. Pero, por otro lado, ella no quería exponer a sus hijos a tensiones innecesarias. Ahora no podía hundirse en la depresión como antes, pues había dos vidas que dependían de la manera en que ella manejara las cosas. Incapaz de ver claro en toda aquella confusa encrucijada Candy esperaba que llegando al Hogar de Pony encontraría dos pares de brazos que la recibirían con el mismo amor y apoyo de siempre. Sin embargo no fue así del todo.

Una vez que Candy les hubo explicado la situación a las dos damas que la habían criado, se sorprendió al darse cuenta que sus amados rostros se endurecían en desaprobación. Ni siquiera la Srita. Pony quien siempre había sido más condescendiente con ella se atrevió a intervenir en su favor. Todo lo contrario, las dos mujeres se pusieron muy serias y después de unos segundos de penoso silencio ambas le dijeron a la rubia que tenían que discutir las cosas entre sí antes de poderle resolver cualquier cosa sobre el asunto. Acto seguido le pidieron a Candy que las dejara solas y la muchacha obedeció sintiéndose de nuevo como la niña pequeña que tiene que esperar para que sus padres resuelven qué castigo le darán por las diabluras cometidas.

Esa noche Candy lloró desesperada tratando de ahogar los sollozos para no despertar a sus pequeños que dormían en la misma habitación. De repente se sentía completamente sola en aquel problema cuando sus dos madres ni siquiera le habían contestado nada en concreto después de aquella primera plática. Fue una suerte que Alben estuviera un poco inquieto esa ocación, porque de otra forma la joven madre se hubiese pasado la noche en blanco obsesionada con su problema. Así por lo menos se ocupó a ratos de alimentar y arrullar al pequeño hasta que se quedó dormido de nuevo y el alba volvió a salir por el oriente.

A la mañana siguiente la Srita Pony se llevó a los dos pequeños para

que participaran de las actividades con los niños de sus respectivas

edades y dejó a Candy a solas con la Hermana María. La rubia supo que lo que venía no sería fácil de asimilar porque conocía de sobra la severa firmeza de la religiosa.

—Supongo que ya habrás adivinado que niii la Srita Pony ni yo aprobamos lo que has hecho, Candy ¿No es así? —inció la monja con tono pausado mientras se sentaba en su mecedora.

—Sí, aunque no lo entiendo —se animóó CCCandy a responder con un brillo en la mirada que la religiosa conocía demasiado bien. Lo había visto tantas veces cuando la pequeña pecosa se sentía castigada injustamente y miraba a su verdugo en hábito con retadora obstinación.

—Hija mía —dijo María tratando de toomaaar la mano de la joven sentada a su lado—. Tal vez estás pensando que hiciste mal en venir a consultar a dos viejas solteronas como Pony y yo que nunca conocimos la vida matrimonial ¿Qué clase de consejo podríamos brindarte si jamás tuvimos la experiencia?

—Yo no he dicho eso —se apresuró Canndy a defenderse pero inmediatamente se mordió la lengua pues muy en el fondo ese pensamiento le había venido a la mente la noche anterior.

—Pues te daré tres buenas razones parra haber venido —replicó María haciendo como si Candy no hubiese dicho nada – Número uno; porque somos tus madres, y en ningún lugar del mundo podrías sin duda encontrar apoyo, pero también un sincero consejo como en nuestra casa; número dos porque aunque nunca hemos estado casadas contamos con algo que tú aún careces, y eso es vejez y experiencia en lidear con problemas humanos por mucho tiempo más de lo que tú has estado sobre este mundo y número tres, porque a pesar de nuestro celibato voluntario no hemos dejado de ser mujeres. Créeme que entendemos lo que tú estás pasando, aunque nunca nos hallamos visto personalmente implicadas en una situación similar. Te amamos y lo último que quisiéramos es verte sufrir, hija, pero eso no significa que aprobemos tus actos cuando éstos no han sido obrados con sabiduría.

—Pero hermana María, ¿acaso no ha siddo injusto mi esposo conmigo? ¿Acaso no estábamos poniendo en peligro la estabilidad emocional de nuestros niños de seguir juntos? —preguntó Candy aún incapaz de comprender a la religiosa.

—La respuesta es sí a ambas preguntas —respondió la mujer calmadamente—, pero también es cierto que tú has pagado la injusticia y los celos de tu esposo con igual medida ¿O acaso tu respuesta a sus reclamos fue sobria y conciliatoria?

La joven fue incapaz de sostener la mirada directa de la religiosa. Avergonzada bajó los ojos y guardó silencio.

—Supongo que no me contestas porque tu consciencia te acusa. Sin embargo, harás bien ahora en ser honesta contigo misma ¿Consideras que tu respuesta a las palabras de tu esposo contribuyó a empeorar el problema?— preguntó la mujer sin darle tregua a la muchacha.

Candy no respondió audiblemente, pero al final asintió con la cabeza.

-Hija, no quiero juzgarte duramente, pero es mi deber hacerte ver las cosas con menos pasión y más inteligencia – explicó María pasando la mano por los rizos rubios de la mujer igual a como lo había hecho tantas veces cuando Candy era solamente una niña – Para que haya una pelea se necesita que contribuyan a lo menos dos. No excuso los errores de tu esposo, pero tampoco puedo ignorar los tuyos. Ahora tú eres madre y creo que eso tal vez te ayude a entender la postura que Pony y yo hemos tomado. Convendría que te preguntaras con sinceridad por qué respondiste como lo hiciste.

La mujer esperando que el corazón de Candy se moviera hacia la direción correcta, tan segura estaba María de la bondad de su hija.

—Creo que… —masculló a pena Candy— me he sentido muy sola últimamente y estaba … quizá… un tanto resentida con él… No sé… es posible que también estuviera… celosa.

—¿Por qué crees que te has sentido así, hija? —indagó María endulcificando el tono mientras Candy sentía que por fin podía liberar una carga que la había estado oprimiendo por un largo trecho.

—¡Lo extraño mucho! —estalló Candy en llanto echándose a los brazos de la monja— ¡Lo necesito tanto… pero no había querido decirle nada porque no deseo interferir en su carrera. Pensé que podía hacerme cargo de la situación en casa aunque él no estuviera presente.

—¡Ay hija mía! A veces en nuestro afán de proteger a quienes amamos cometemos alguna que otra tontería —contestó la religiosa acariciando los rizos de Candy—. Es muy noble de tu parte querer apoyar la carrera de tu esposo, pero las cosas deben equilibrarse en un justo medio. Cuando Terrence se casó contigo adquirió un compromiso que está por encima de toda realización profesional y si tú y los niños lo necesitan, él deberá atenderlos dádoles prioridad por encima del teatro.

—¿Usted cree? —preguntó la joven aún insegura, aceptando el pañuelo que le extendió María.

—Candy, ¿alguna vez te has preguntado por qué la Srita Pony y yo decidimos nunca casarnos? —preguntó la mujer clavando su mirada en la joven.

—Bueno, siempre supuse que no se habían interesado mucho en ello —explicó Candy no muy segura de su respuesta.

—Pues te equivocas —repuso María con una sonrisilla—. Alguna vez lo consideramos, cada una por su propia cuenta y en su debido momento. Sin embargo, en última instancia decidimos dejar de lado esa posibilidad porque nos dimos cuenta de que por encima del deseo de formar una familia propia, con un esposo e hijos que atender, anhelábamos utilizar nuestras vidas para servir a los demás. A ratos no ha sido fácil cristalizar ese sueño, puesto que la soledad pesa, sobre todo con el paso de los años. No obstante, puedo asegurarte que ninguna de las dos nos arrepentimos de nuestra elección ya que nuestro deseo de servir era tan grande que no hubiese sido justo casarnos.

—¿No hubiese sido justo? —preguntó la joven rubia entrecerrando los ojos sin comprender muy bien las palabras de la monja.

—La labor que hacemos en el Hogar de Pony, hija, es un trabajo de veinticuatro horas, durante todos los días del año ¿Tú crees que sería justo para un hombre tener una esposa que está ocupada en su trabajo sin tener nunca tiempo para él? Lo mismo pasaría con los hijos ¿No lo crees? Quien se debe a una misión especial no tiene espacio en su vida para el matrimonio, y quien se dedica a éste debe siempre dejar en segundo plano todo lo demás. Tú y tu marido deben entender esto si no quieren echar por la borda el tesoro que tienen en su matrimonio.

—¿Entonces usted cree que yo debí haberle dicho a Terri que me sentía sola? —había inquirido Candy con inseguridad.

—¡Claro que sí! ¿No ves que la distancia les ha hecho perder contacto y hasta ha debilitado la confianza entre ambos? Durante todo este tiempo de separación tú has acumulado un resentimiento incosciente en contra de tu esposo, y él por su parte, se ha vuelto más receloso. Terrence es sin duda responsable del origen del problema, pero tú has cooperado a él con tu silencio y terminaste coronándolo con tu reacción a sus recriminaciones. Él inició el fuego y tú lo atizaste. Ahora son ambos a quienes corresponde apagarlo, pero no lo lograrás lejos de él. Todo lo contrario, poniendo una nueva distancia entre ustedes solamente das lugar a que los malos entendidos, porque Pony y yo estamos seguras de que son sólo eso, malos entenddos, crezcan y empeoren la situación.

Candy recordaba claramente que en esos momentos se había sentido tan culpable que hubiese querido que la tierra se abriera justo debajo de sus pies para tragarla de golpe, pero la mano firme de María sosteniendo la suya le hizo entender que entonces, al igual que antes, no podía dejarse vencer por la dificultad. Por el contrario, no había tiempo para lamentaciones porque había muchas cosas rotas por reparar. Continuaron hablando por un largo rato hasta que la Martha llamó a la puerta para recordarles que era hora de tomar el almuerzo. Esa misma tarde Candy hizo sus maletas con el fin de salir de nuevo rumbo a Fort Lee a la mañana siguiente.

 

Terrence se reclinó en el sillón al tiempo que sorbía lentamente el té, mientras observaba en silencio cómo su esposa contestaba con soltura las preguntas que le hacía el reportero. En todos los años que tenía de casado él nunca había permitido que periodista alguno se acercara a su mujer, pues temía que cualquiera de ellos acabara por aprovecharse de la franqueza de Candy para lanzar una nota sensacionalista distorsionando las declaraciones de la joven. Sin embargo las cosas habían cambiado, por un lado Ellis era de toda su confianza y por otro, había que reconocer que la joven Sra. Grandchester había aprendido a sobrellevar la carga de estar casada con una figura pública. Interiormente sintió que el corazón se le inchaba de orgullo al contemplar a su esposa.

“¡Y pensar que estuve a punto de perderla!” —se dijo volviendo a retomar sus recuerdos.

 

Dejando el hogar de Pony las horas del viaje se le habían hecho eternas. Al detenerse en un pequeño lugar de Ohio escuchó en la radio que se acercaba una tormenta de hielo que duraría seguramente varios días. Se esperaba que el tránsito de trenes y vehículos quedaría paralizado durante todo el tiempo que durara la ventisca. Si el pronóstico era cierto, podría significar que tendría que pasar las fiestas navideñas lejos de su familia. Eso era lo último que deseaba. Así que había resuelto hacer marcha forzada manejando a todo lo que daba el auto, con el fin de ganarle la carrera al frente frío.

Había viajado sin parar cruzando los dedos para que la tormenta no reventara antes de que hubiese pasado la frontera del Estado de New Jersey. Recordaba claramente la alegría que había sentido al mirar finalmente los señalamientos que indicaban la proximidad de Fort Lee. Aunque, en el horizonte, también habia podido distinguir que las nubes se escurecían al tiempo que una ligera escarcha comenzaba a caer sobre aquella zona boscosa.

Cuando finalmente había llegado a Fort Lee, era evidente que la tormenta sería ya un hecho en cuestión de minutos. Pisó el acelerador con fuerza al tomar la desviación hacia Columbus Drive. Grande fue su sorpresa cuando al vislumbrar el jardín principal de su residencia, distinguió dos figuras en abrigos oscuros que corrían de la casa hacia uno de los autos que estaban estacionados a la entrada. El corazón le dio un vuelco y pudo sentir claramente que algo andaba mal.

Terrence distinguió luego que una de esas figuras era la de Edward, su mayordomo, y la otra de Candy misma. El joven se sintió aún más inquieto cuando al descender del auto su esposa se abalanzó a sus brazos sollozando. Terrence sabía que su mujer no era una criatura que se amedrentaba con facilidad, si ella estaba llorando de aquella forma era porque algo realmente grave pasaba.

—¡Candy! ¿Qué sucede? —había preguntado él sobresaltado.

—Es Dylan —había contestado la joven entre sollozos— No podemos encontrarlo en la casa… yo creo que ha huído… justo ahora que la tormenta está por estallar ¡Dios mío Terry, no quiero pasar lo que puede ocurrirle si no lo encontramos a tiempo!

—¿Pero estás segura? ¿Han buscado bien en la casa? ¿Qué razón podría tener un niño tan pequeño para querer huir? —contestó Terrence tratando de convencerse de que eso no podía estar pasándole a su hijo.

—Estoy segura, Terry. No está…no sé lo que pasa con él… ha estado tan callado y extraño últimamente —dijo ella entre lágrimas y luego se detuvo— sobre todo desde que nos escuchó discutir —se animó ella a terminar.

Terrence no lo supo en ese instante, pero después su esposa le había contado que nunca como entonces lo había visto palidecer hasta el punto de parecer un cadáver. Después de entonces los recuerdos se volvían difusos. A penas podía vislumbrar que le había ordenado a Candy permanecer con Alben en la casa mientras que él, junto con su chofer y mayordomo, habían salido a intentar buscar al pequeño. Las tres horas que siguieron habían sido las más angustiosas de toda su vida. Ni siquiera sus experiencias de guerra se podían comparar a la angustia de pensar que una tormenta como la que estaba anunciada bien podía matar a un hombre adulto en muy corto tiempo, cuánto más a un niño de cuatro años.

Habían buscado en vano en el vecindario, tratando de recorrer los lugares de juego que Dylan solía frecuentar con su madre. Mientras tanto la ventisaca había ya debutado y hacía cada vez más difícil la búsqueda. Por si fuera poco estaba ya por ponerse el sol. Si no lograban encontrar al niño antes de que cayera la noche las probabilidades de volver a verlo serían ya muy pocas.

En un último intento desesperado los tres hombres se habían dividido, a pesar de que no era muy recomendable hacerlo dadas las condiciones climáticas. Fort Lee era en aquel entonces un área residencial semi-rural y las casas se encontraban alejadas unas de otras por más de cien metros en algunos casos.

Una sola cosa tenía el aún claro en sus recuerdos: la insoportable culpabilidad que le gritaba interiormente hasta reventarle los tímpanos que su hijo estaba en peligro por culpa suya. A ojos del joven padre había sólo un responsable del extraño comportamiento del pequeño y si no podía encontrarlo a tiempo sin duda jamás se lo perdonaría. Sin embargo, otra parte de sí mismo le decía con firmeza que no había tiempo para auto-recriminaciones. Necesitaba de todos sus sentidos para concentrarse en lo que estaba haciendo.

Tratando de utlizar a un viejo truco que le habia servido de maravilla tanto sobre el escenario como en el campo de batalla, Terrence habia tratado de recurrir al recuerdo de los últimos momentos felices que había pasado con su hijo. Penosamente no había recuerdos ni del recién pasado Día de Acción de Gracias, ni de Halloween, ni siquiera del cumpleaños de Dylan. Tuvo que regresar mentalmente hasta el verano anterior, cuando durante un receso entre sus giras había llevado al niño a pescar a una de las lagunas artificiales que rodeaban el vecindario.

En esa ocasión habían encontrado un lugar excelente debajo de un puente de madera y ahí habían pasado prácticamente toda la mañana. Aunque aún muy pequeño Dylan tenía ya una conversación vivaz y hacía constantes preguntas acerca de todo.

—¿Cuándo volverá a haber nieve, papá? —le había preguntado el pequeño al mirar las aguas del lago.

—Falta aún mucho. Primero las hojas se pondrán amarillas y luego caerán de los árboles. Después de entonces habrá nieve – había sido la respuesta del padre.

—Tommy dice que su papá le comprará unos patines para Navidad —había comentado Dylan sugestivamente refiriéndose al hijo mayor de los Stevenson a quien había visto durante los días en que su madre Patricia había estado enferma.

—Y a ti te gustaría tener los tuyos también, ¿no? —repuso el joven padre con una sonrisa a la que el niño contestó con un asentimiento de cabeza – Supongo entonces que tendremos que enseñarte a patinar para entonces – había concluído Terrence con el consiguiente estallido de alegría del chiquillo.

¡El puente!¿Cómo no se le había ocurrido antes? La idea le vino de golpe junto con aquel recuerdo. Sin perder más tiempo Terrence se había dirigido hacia aquel mismo lugar en que había pescado con su hijo, con la esperanza de encontrarlo debajo del puento que ofrecía un buen escondite para cualquier niño pequeño. Un solo miedo le ponía la piel de gallina. El hielo de la laguna podía estar aún delgado. Si el niño resbalaba podía caer al agua helada y morir congelado en escasos minutos.

Terrence dejó el auto aparcado a la entrada del parque y corriendo bajo la cada vez más violenta ventisca se adentró en dirección del lago. Le tomó varios minutos caminando entre la nieve fresca para lograr vislumbrar el puente que apenas podía distinguirse entre las ráfagas blancas de la tormenta. Fue entonces que distinguió una pequeña figura que avanzaba con lentitud en direccìón de la laguna helada.

—¡Dylan! —había gritado el joven con toda la fuerza de sus bien entrenados pulmones y sin duda el pequeño lo había escuchado porque le pareció que volvía el rostro. Pero luego, por asombroso que fuese, el niño había acelerado el paso en la dirección opuesta, como huyendo de la voz que le llamaba. A Terrence le tomó unos segundos comprender que su hijo le daba la espalda y corría como si tratara de escapar de su alcance.

No obstante, poco tiempo le quedó para asimilar el hecho cuando escuchó un ruido que provenía de la laguna. Terrence, que conocía bien el ruido del hielo cuando se rompía no pensó en otra cosa más que correr hacia donde el niño había caído, entendiendo que sus pesadillas se habían hecho realidad.

Lo que siguió fue todo como una cadena de actos desesperados. Correr en dirección de las aguas congeladas, gritar el nombre del niño, rasgarse el saco para fabricar una cuerda improvisada, arriesgarse a caer él mismo en las aguas heladas, sacar el cuerpo aterido del pequeño, correr de regreso al auto y luego manejar frenéticamente hacia la casa. En todo ese tiempo no había espacio en su mente para otra cosa que no fuese acelerar para llegar a tiempo para hacer reaccionar al niño.

Finalmente las luces de su casa se distinguieron entre la ventisca. Todavía no se estacionaba cuando ya la figura fina de su esposa salía corriendo de la casa con una frazada. No hubo necesidad de explicaciones, parecía que Candy podía adivinar lo que había pasado con sólo mirar al padre y al hijo. Curiosamente, la mujer llorosa que lo había recibido con la mala noticia de que el niño había huído, se había esfumado completamente para dar lugar a una joven serena y segura de cada uno de sus movimientos. Con el mismo aplomo con el que Candy había limpiado las heridas de Terrence al llegar mal herido al hospital Saint Jacques, la joven tomó entonces el cuerpo incosciente de su hijito y lo llevó rápidamente al interior de la casa en donde ya esperaba un médico y dos bien organizadas domésticas. Terrence, terminó por desplomarse en un sillón sintiéndose totalmente inútil mientras observaba la rapidez con que su mujer dirigía la orquesta de las criadas para calentar al pequeño y devolverle la consciencia.

Fue entonces cuando empezó a sentir muy ligeramente el efecto del resfrío que él mismo había pescado en aquella aventura. La cabeza le dolía hasta darle la sensación de que las sienes le iban a reventar y los ojos le ardían en irritación. Cerró los párpados y se reclinó en el respaldo del sillón por unos instantes que no pudo calcular, hasta que sintió que alguien le tomaba por los pies. Desconcertado abrió los ojos para descubrir a su esposa que sentada en el suelo le quitaba los zapatos.

—¿Pero qué haces Candy? ¿No estabas con Dylan? —preguntó él confundido.

—Se ha hecho todo cuanto es posible. El doctor dice que tendremos que esperar esta noche para ver cómo reacciona. Ahora me preocupas más tú —replicó ella con calma mientras continuaba desvistiendo a su marido— ¿No te has dado cuenta de que estás todo mojado?¿Así es como cuidas tu voz, señor actor?- lo regañó ella con suavidad y él se admiró de que ella fuera la misma mujer con quien había reñido tan violentamente hacía tan sólo unos cuantos días.

—¡Por Dios, Candy puedo hacer esto por mi mismo! —repuso él con una tímida sonrisa, pero luego recordó a su hijo y quizo asegurarse de nuevo de su estado— ¿Estás segura que Dylan estará bien?

La joven bajó los ojos y él entendió que aún había peligro para el pequeño.

—Por favor, Terri,- se animó ella al fin a contestarle —ponte esta ropa seca y tómate esto para que entres en calor. Lo menos que necesitó ahora es otro enfermo en la casa— concluyó ella señalando una taza de té que ella había dejado sobre una mesita.

—Está bien, pero luego quiero estar al lado de Dylan —dijo él y ella no se opuso.

Las horas que siguieron fueron de dolorosa vigilia para los Grandchester. Ambos se mantuvieron al lado de la cama de Dylan sin decir palabra alguna, pendientes de cada movimiento en la respiración del pequeño y de la fiebre que no quería ceder fácilmente. Terry pensó entonces que su esposa seguramente había pasado una noche similar cuando lo había cuidado aquella ocasiòn en Francia y se preguntó cómo era que las mujeres podían sacar tanta entereza en ocasiones como aquella a pesar, de ser criaturas de apariencia tan frágil.

El alba despuntó y Dylan aún no volvía en sí. Candy había solicitado el desayuno pero a pesar de su insistencia Terrence no había querido probar bocado. Así pues, las tostadas, el té y los huevos se enfriaron en la bandeja mientras el joven fingía leer un libro de poesías ojeando constantemente al pequeño durmiente. Afuera, la tormenta parecía arreciar su furia y solamente se percibía la diferencia entre el día y la noche por la presencia de una luz mortecina. Todos sabían que aquella mañana los nubarrones no se retirarían para dejar ver el sol.

Finalmente hacia la una de la tarde, mientras Candy apretaba las cuentas de su rosario con dedos nerviosos y Terrence repasaba por enésima vez la misma línea sin poner atención, Dylan se movió ligeramente y luego abrió los ojos.

—¡Papá! —dijo con voz débil al mirar a su padre a su lado—. ¿Ya no estás enojado conmigo?

Sobra decir que ambos padres vieron salir al sol con aquella frase y después del regocijo del primer momento se encargaron de hacerle saber al pequeño que nadie en la casa estaba molesto con él, como Dylan creía a causa de las continuas ausencias de su padre. Candy sabía que en otras circunstacias la conducta del niño hubiese ameritado un buen castigo, pero después de las cosas vividas más valía que las malas memorias quedaran sepultadas en afecto.

A la mañana siguiente el peligro había ya pasado para el niño y llegó entonces el turno al padre de caer enfermo. Sacando fuerzas de flaqueza, Candy se sobrepuso al cansancio y se dedicó a cuidar simultáneamente de sus dos hijos y de su marido, que como todos los hombres que gozan siempre de una salud envidiable, solía tener unos resfriados memorables las raras veces que enfermaba. Así que los baldes de agua hirviendo con sales, las hojas de eucalipto y los jarabes se transportaron de la habitación de Dylan a la de sus padres.

—¡Vaya que sí la he hecho buena! —exclamó él cuando vio llegar a su esposa cargando una bandeja con comida caliente aquella tarde— ¡Y pensar que te tomas todas estas molestias por mi y yo ni siquiera te he pedido disculpas por… por lo que sucedió —se atrevió finalmente a decir.

Candy, que había estado posponiendo aquella conversación inevitable dadas las circunstancias de emergencia dejó la bandeja del desayuno en una mesa cercana y se dispuso a hacer lo propio ya que su esposo parecía estar de humor para aclarar las cosas.

—Yo tampoco me he disculpado —repuso ella con los ojos fijos en su delantal mientras se sentaba a un lado de la cama—. Creo que yo también tengo mi parte de culpabilidad en esta historia.

—Sshh —musitó él poniendo un dedo sobre los labios de la joven que le parecía la mujer más hermosa sobre la tierra con aquel delantal de percal sobre un sencillo vestido de punto—. Déjame decirte primero que he sido un verdadero idiota al dejarlos tanto tiempo solos, a ti y a los niños. Luego déjame decirte que actué irracionalmente cuando me enteré de tu amistad con Bower. No desconfío de ti, amor, es sólo que los celos me hierven de pensar que él podría estar buscándote con otras intenciones… ¿Qué quieres? Cuando se trata de ti pierdo la cabeza… sin embargo… —añadió él con dificultad— no me opondré a que tú elijas a tus amistades.

—¡Terri! Perdóname tú a mi por haber reaccionado de manera tan violenta… Te aseguro que no hay nada entre Nathan y yo. Te agradezco este voto de confianza por parte tuya, pero ya he decidido que mi amistad con él no es del todo conveniente.

—¿Estás segura? —preguntó él sorprendido al escuchar las últimas palabras de su esposa.

—He tenido tiempo para pensar… y… analizando la situación con más frialdad me he percatado de ciertos detalles que antes quise ignorar —dijo la muchacha y Terrence advirtió que le costaba trabajo encontrar las palabras adecuadas para proseguir.

 

—¿Qué quieres decir? —indagó el joven volviendo a sentir que algo por dentro ardía más que la fiebre.

Candy observó la expresión en el rostro de su marido y entendió lo que cruzaba por su mente ¿Debía continuar? Por un instante dudó entre guardarse para sí aquella última confesión y decir la verdad. El rostro de la Hermana María en su memoria la miró de una manera que le hizo comprender finalmente lo que debía de hacer, aunque no aquella fuese la alternativa más peligrosa.

—Quiero decir que, si vuelvo sobre mis pasos y pienso bien en mi amistad con Nathan —comenzó ella con los ojos clavados en los bordados de la almohada—, tengo que admitir que tal vez… sólo en ciertas ocasiones, advertí en él algo que por un instante me pareció un interés, quizá un tanto desusual, algo distinto que nunca percibí con otros amigos míos. Pero no quise darle importancia.

La joven entonces cayó, esperando que su marido diera señas de disgusto. Estaba resuelta a enfrentar las consecuencias de su confesión. De cierta forma había decidido que era mejor afrontar los escollos de la sinceridad que guardar secretos para quien más amaba. Asombrosamente, el joven artista no dijo ni una sola palabra, sino que simplemente tomó la mano de su esposa y le dio una ligera palmadita como animándola a continuar.

La muchacha alzó entonces la mirada y en silencio agradeció a su esposo por aquél tácito voto de confianza. No obstante, se pudo dar cuenta al mirarle a los ojos, que el joven estaba intentando con todas sus fuerzas controlar sus impulsos por preguntar más sobre el asunto.

—Terri, te aseguro que él jamás se propasó conmigo —se apresuró ella a aclarar— es sólo que existen ciertas cosas que una mujer sabe sentir, y de las que yo hice caso omiso, porque me agradaba su compañía y no quería prescidir de su amistad . . . sobre todo cuando me sentía tan sola —concluyó ella en un murmullo.

—Te entiendo —dijo finalmente él con la voz enronquecida y ella comprendió los grandes esfuerzos que él estaba haciendo por controlarse y lo admiró más por ello.

—Es por eso que he decidido que no volveré a ver a Nathan. A ti te incomoda mi amistad con él y en cierta forma, tal vez él esté esperando algo más de mi que jamás podré darle. Creo que eso será lo mejor para los tres.

—¿Estás segura? —preguntó él aún dudando de la resolución de su mujer.

—¡Completamente! Si tengo que elegir entre tú y cualquier otra cosa en este mundo, la decisión es demasiado fácil para mi. Tú siempre ganas, aún sobre mi orgullo —admitió la joven y una lágrima solitaria corrió por su mejilla hasta la comisura de sus labios que se arqueaban en una leve sonrisa.

Terrence levantó la mano lentamente hasta enjugar la mejilla de su esposa con una caricia leve. Parecía que había pasado tanto tiempo desde la primera vez que hiciera lo mismo en la enfermería del colegio mientras Candy llamaba a Anthony entre sueños. El mundo había girado muchas veces desde entonces, pero aquella niña, ahora convertida en mujer, seguía haciéndolo perder todo el balance con una sóla lágrima.

—No, pequeña, no llores por esto. Simplemente olvidémoslo ¿Quieres? —le dijo en un susurro y ella asintió en silencio.

La joven no hizo esperar su marido con los brazos abiertos. Tan pronto como su rostro se hundió en el pecho del hombre un suave aroma a lavanda embalsamó sus sentidos trayéndole un tumulto de memorias íntimas. De repente Candy sintió que era de nuevo una adolescente petrificada de miedo mientras el caballo corría a galope entre los árboles. Aquella había sido la primera vez que se había aferrado al pecho de Terrence con todas sus fuerzas y a medida que las tinieblas de su alma se iban disipando, una única sensación dominaba su mente: el decisivo y austero perfume que él siempre usaba y que poco a poco calaba hasta los huesos, con un estremecimiento hasta entonces desconocido.

Terrence se reclinó sobre la almohada y ella se acurrucó a su lado sin decir nada, aún extraviada en sus recuerdos. Enterró su nariz entre los músculos fírmes del pecho del joven y pudo percibir con claridad ese cosquilleo en el vientre que él solamente le hacía sentir. Entonces se percató que había sido durante aquella cabalgata forzada cuando por primera vez sintiera esa misma calidez que subía desde sus entrañas erizándole la piel. Los años le habían enseñado a la joven a poner el nombre correcto a esas sensaciones y a entender que eran el preludio de otras, superiores y más profundas.

Candy sonrió y tuvo la gracia de sonrojarse al comprender que su primer encuentro con el deseo había tenido lugar justo en aquella ocasión, mientras se aferraba al cuerpo de aquel Terrence adolescente. Pero quien la tenía ahora en sus brazos hacía mucho tiempo que había dejado de ser un chiquillo y ella, a su vez, ya no era más una niña asustada y confundida ante aquellos alarmantes pasmos internos. Todo lo contrario, ahora comprendía bien las señales que el cuerpo le mandaba y en ese mismo momento también entendió que había estado equivocada al creer que podía posponer aquellas necesidades indefinidamente, mientras su esposo viajaba sin parar.

—Candy —le llamó él quedamente— creo que es mi turno de aclarar ciertas cosas. Aunque te anticipo que no será sencillo ni agradable —completó él mientras volvía incorporarse.

La joven lanzó a su marido una mirada interrogadora y la respuesta que leyó en sus pupilas le hicieron temer que aquello que vendría sería sin duda doloroso.

—Adelante —contestó ella simplemente sentándose a su lado.

—Yo… yo debí haberte dicho acerca de esto desde hace mucho, pero no quería . . . no sabía lo que pasaría si te lo contaba —comenzó él y ella pudo darse cuenta que le era difícil articular cada una de sus palabras.

—Es acerca de Marjorie Dillow ¿No es así? —preguntó ella sintiendo que el corazón se le detenía.

—Y sobre todos esos rumores de la prensa —admitió él asintiendo— Debí haber hecho algo al respecto de eso desde el principio, pero…

—¿Pero qué? —preguntó ella cada vez más asustada de lo que podría venir.

—No lo consideré leal —dijo el al fin con un suspiro de fastidio.

—¿Leal? Terri, por favor explícate, que no te comprendo —exigió ella cada vez más tensa.

—Bueno, es una larga historia, pero intentaré contártela —dijo él sin perder esa expresión de preocupación—. Antes que nada quiero que sepas que lo único cierto de esos rumores es que hace algún tiempo, meses antes de que siquiera supiéramos que Karen estaba esperando un bebé, Marjorie. . . intentó llamar mi atención en varias ocasiones. Yo me limité a ignorarla pero como sus insinuaciones se hicieron cada vez más explícitas me llegué a molestar mucho con ella y acabé por hacerle pasar una humillación. Me temo que tal vez me extralimité con ella. . . o quizá solamente le di su merecido —añadió después de un momento y no pudo evitar aún en medio de aquella confesión embarazosa un dejo de malicia al recordar el mal rato que le había hecho pasar a la insistente Marjorie—. Lo cierto es que ella se indignó mucho y me prometió que me arrepentiría de haberla rechazado. Por supuesto que no puse atención a sus amenazas.

Candy estaba muda. Por una parte lo que Terrence acababa de contarle le volvía el alma al cuerpo, pero a su vez le intrigaba saber qué consecuencias había tenido para su marido aquel desplante de fidelidad hacia ella.

—Los meses pasaron y Marjorie parecía haberse olvidado del asunto —continuó el joven—. Imaginé que había aprendido su lección, pero estaba equivocado. Cierta noche, estando en Nueva York, después de la función recordé que Robert me había pedido que recogiera la copia de unos libretos que él quería que revisara, así que decidí pasar a su oficina para poder empezar a leerlos. Pensando que todos ya se habían marchado a casa entré a la oficina de Robert sin llamar, sólo para la enterarme por accidente que lo que Marjorie no había logrado conmigo, lo había conseguido con Robert. Fue realmente muy embarozoso para mi, como tú comprenderás —masculló aún molesto con el recuerdo— y creo que fue aún peor para Robert.

Candy se quedó atónita. Inmediatamente sus pensamientos volaron hacia Nancy Hathaway, que a pesar de poder ser su madre, se había convertido en una buena amiga suya. La joven suspiró tristemente, pero se guardó de hacer cualquier comentario.

—En esa ocasión simplemente no supe qué hacer o decir —continuó él aún serio— así que simplemente salí de la oficina sin decir palabra. Al día siguiente como es de esperarse Robert habló conmigo, y para mi gran decepción, no fue para decirme que aquello era un error que estaba dispuesto a enmendar. Todo lo contrario, pude darme cuenta de que Marjorie se había convertido en algo importante para él y era obvio que estaba dispuesto a hacer lo que fuese por ella, aunque tampoco tenía intenciones de romper su matrimonio con Nancy. Por mucho que me disgustara su actitud, me di cuenta de que hubiese sido imposible hacerle entrar en razón, así que sólo me limité a asegurarle que no interferiría en el asunto. Obviamente él temía que siendo tú y Nancy buenas amigas el amorío acabaría por llegar a su conocimiento si yo no guardaba discreción al respecto, así que le tuve que prometer que no te diría nada sobre el asunto.

—Te entiendo, aún si yo me hubiese enterado, no creo que hubiera tenido el corazón de decirle a Nancy lo que estaba pasando —comentó la joven aún alterada con la noticia.

—Pero ahí no quedó todo. De hecho ese fue el inicio de una serie de diferencias entre Robert y yo con respecto a Marjorie. Él empezó a concederle papeles más importantes con lo que yo no estaba de acuerdo porque la muchacha simplemente es pésima actriz, pero el colmo fue cuando le dio el lugar de Karen en las últimas giras. Tuvimos un serio disgusto por su causa. Fue entonces cuando me di cuenta de que Marjorie estaba cumpliendo su amenaza de la peor manera, estaba distanciándome de uno de los pocos amigos que tengo.

—Y todo este tiempo te reservaste esas contrariedades sólo par ti ¿Verdad? —inquirió la joven admirando el sentido de lealtad de su marido.

—No tenía otra opción —arguyó él con un encogimiento de hombros—. Pero aún hay más. Aún no me explico del todo la razón por la cual, precisamente cuando el romance entre Robert y Marjorie se hallaba ya avanzado, la prensa se dedicó a especular sobre mi relación con ella. A veces he llegado a pensar que se trataba de un rumor comenzado por la propia Marjorie para buscarme un problema contigo.

—¿Tú crees? —preguntó la joven algo incrédula, pero luego el recuerdo de las muchas jugadas que le había hecho su prima Eliza le hizo tragarse sus palabras.

—No estoy seguro —contestó él dudoso— lo cierto es que cuando el segundo de esos artículos maliciosos llegó a mis manos fue durante la gira que hicimos en California. Esa ocasión Robert y yo estábamos desayunando juntos en el tren. Recuerdo que me molesté mucho al leer la nota y le manifesté mi disgusto pensando que, por razones obvias, el también se sentiría contrariado con la noticia, pero para mi sorpresa lo había tomado con bastante beneplácito.

—¿Pero, por qué? —preguntó la joven intrigada.

—Bueno, yo también me sentí confundido con su reacción, pero luego él se encargó de explicarme que esos rumores le favorecían ya que su esposa empezaba a sospechar y las notas periodísticas seguramente aminorarían sus suspicacias. Inclusive llegó a suplicarme que no hiciera declaraciones al respecto. “Simplemente ignora esas habladurías. A ti no te afectarán porque tu esposa no tiene nada que temer contigo, y en cambio a mi me ayudarán a aliviar tensiones con Nancy” —me dijo—, y como ya habíamos tenido demasiados enfrentamientos decidí acceder a guardar silencio nuevamente, aunque me repugnaba el hacerlo.

 

—Entiendo que la situación era delicada, pero… —interrumpió ella sintiendo que no podría evitar el reclamo.

—Lo sé —contestó él antes de que ella pudiera terminar la frase— en ese momento debí habértelo contado todo para evitar los malos ratos que te he hecho pasar, pero erróneamente pensé que esas habladurías no podrían hacerte daño.

—Siento mucho haber dudado de ti —aceptó ella con tristeza—. No sé qué fue lo que me sucedió.

—Yo sí lo sé —repuso él acariciando la mejilla de la joven—. La distancia debilita la confianza. Fue muy injusto de mi parte pensar que podrías con la presión de la prensa estando yo lejos por tanto tiempo. Creo que aquí yo soy quien debe cargar con la responsabilidad ¿Podrías perdonarme? —le pidió él levantando el mentón de su esposa para ver sus ojos directamente.

—Eso es inevitable —respondió ella y Terrence entendió que por cuenta de ella el asunto estaba olvidado. Sin embargo él no quería que las lecciones aprendidas quedaran del todo en el pasado.

—Te prometo una cosa, pecas —añadió él después de un rato que ambos se mantuvieron abrazados sin decir nada—. Este ha sido el fin de mis giras frenéticas. No volveré a permitir que mi trabajo afecte a nuestra familia. Además, si he de serte sincero, odio estar tanto tiempo lejos de ustedes. Me la he pasado realmente mal sin ti, las noches son eternas y más oscuras, los días no tienen luz, y ni siquiera la poesía me calma esta inquietud.

—Yo siento lo mismo.

—¿Entonces, por qué no me lo dijiste? —preguntó él sorprendido.

—Porque no quería interferir en tus sueños. Tu carrera es muy importante para ti y no deseaba rivalizar con ella.

—Y no rivalizas con ella, amor- repuso él de inmediato —tú y los niños siempre serán más importantes .

—Yo pensé que tú… —titubeó ella confundida—, que tú necesitabas estas giras, que te hacían sentir más feliz. No deseaba restarte esa alegría.

—Disfruto mucho mi trabajo, eso no te loo voy a negar —se apresuró a explicar el joven—, pero a decir verdad, he odiado todo este tiempo que he estado separado de ustedes. Lo hice más que nada porque deseo darles lo mejor a todos ustedes.

—¡¿Por dinero?! ¡¿Has estado haciendoo todo esto por dinero?! —preguntó Candy sorprendida ante la inusitada preocupaciòn económica de su esposo—. ¡Pero si tenemos más que suficiente! Jamás en los sueños más locos de mi infancia imaginé vivir de esta manera. Terri, tú nunca antes te habías preocupado por las cosas materiales ¿Por qué de repente te parecen tan importantes como para sacrificar a tu familia?

Al escuchar la reacción de su esposa Terrence comenzó a comprender las palabras de la señorita Pony con mucha más claridad que antes.

—No me lo preguntes —respondió él avergonzado—. Tal vez he dado un curso equivocado a mi amor por ustedes. La verdad es que no sé qué fue lo que me ocurrió. Ví que las oportunidades se abrían, y no deseaba desperdiciarlas. Esperaba que me permitiesen acumular un capital para el futuro de Alben, ya que el de Dylan está asegurado.

El joven bien se hubiese autocasticagado de buena gana en esos momentos, pero el suave toque de la mano de su mujer sobre la suya le hizo entender que no sería necesario. Él levanto el rostro y se econtró de nuevo con la mirada sonriente de la joven.

—Hemos sido un par de tontos ¿No te pparrece? —le dijo ella con el rostro iluminado—. Ambos estábamos arriesgando las cosas más valiosas por otras no tan importantes.

 

—Te prometo que no volverá a suceder —aseguró él estrujando con fuerza la mano de la joven—. He aprendido mi lección de la peor manera… y pensar que pude perderte a ti… y a Dylan.

Candy respondió con un abrazo y así se cerró aquel desagradable capítulo de su vida.

 

Ellis se puso de pie entonces e hizo volver a Candy de sus recuerdos. El periodista agradeció a los Grandchester por su hospitalidad y después de estrechar las manos del artista y de su esposa se despidió finalmente de ellos. Edward apareció de algún rincón de la estancia para conducir al invitado hasta la puerta, así que dando un último vistazo a la pareja, el hombre siguió al mayordomo atravesando de nuevo por las mismas habitaciones que ahora se veían envueltas en una nueva atmósfera a la luz de las lámparas que resguardaban la casa de las tinieblas nocturnas.

Una vez afuera el reportero se volvió de nuevo hacia la residencia. Desde lejos, un trío de caritas sonrientes lo veía con jovialidad a través de uno de los amplios ventanales. Ellis respondió a los niños agitando su mano en señal de despedida antes de subir a su auto y alejarse definitivamente del vecindario, rumbo hacia “la ciudad”. En el camino el hombre pensó que tal vez en su nuevo trabajo en Alemania podría encontrar finalmente la mujer adecuada y sentar cabeza. Ya venía siendo hora.

 

Mientras el reportero se dirigía hacia su austero departamento en Manhattan, Candy cumplía con el inevitable ritual nocturno. Supervisó que las empleadas de la cocina levantaran la loza de la cena e hicieran la limpieza de costumbre antes de clausurar los servicios culinarios por aquel día. Como era viernes pagó salarios a sus trabajadores y se despidió de todos con la acostumbrada sonrisa. Cuando en la casa solamente quedaba la familia del artista, la joven se encaminó hasta las habitaciones de sus hijos. Era la hora de las historias y los mimos. Treinta minutos más tarde el acostumbrado bullicio de la casa cesó para caer en un suave letargo y la joven madre pudo al fin soltar la cinta que recogía su cabello rubio y quitarse los zapatos al entrar a su habitación, donde su marido leía en silencio mientras la esperaba.

La mujer se sentó ante el tocador y comenzó la tarea de desmaquillarse y soltar las horquillas de su pelo, preparándose para dormir. Mientras ella se ocupaba de esa tarea, el joven dejó su lectura para contemplar la ceremonia femenina que había presenciado ya miles de veces en diez años de matrimonio. Entonces pensó que poco importaba el paso del tiempo, su esposa le seguía pareciendo tan hermosa como el primer día, desde la breve línea de la nariz, hasta los ricitos rubios que se ocultaban en la nuca debajo de la espesa cabellera; desde la piel blanca de las manos, hasta la luz inquieta de los ojos, todo le parecía fascinante. Había algo en torno a ella que lo seguía manteniendo a la expectativa, igualmente encandilado con la misma chispa de atracción que nadie más era capaz de encender en él.

La visita de Ellis había despertado en él recuerdos de días oscuros, pero de todas aquellas cosas pasadas había una sola de la cual podía sentirse satisfecho y esa era no haber cedido a los avances de Marjorie Dillow. Parte de él le decía que de haber sido así, aunque su esposa hubiese acabado por perdonarlo, él jamás se hubiese perdonado así mismo.

 

Recordaba aún bien el día en que las cosas con Marjorie habían llegado al nivel de lo inadmisible y hasta cierto punto Terrence seguía pensando que en aquella ocasión su dureza hacia Marjorie no había sido injustificada.

Habría sido necesario ser un tonto para no darse cuenta de los abiertos coqueteos de Marjorie durante aquella primera gira. Pero habituado a situaciones similares Terrence había optado por hacer gala de su proverbial indiferencia.

Sin embargo, cierta noche después de la función, Terrence se había quedado un buen rato conversando con Hathaway en la habitación de éste y no había regresado a la suya hasta ya muy avanzada la madrugada. Su sorpresa fue grande al encontrar a la Dillow esperándolo en su cuarto.

—¿Qué haces aquí? —había sido la inmediata reacción de su parte ante la inesperada intromisión.

—Bueno, yo… he estado un tanto preocupada por ese diálogo que no acaba de convencerte y como supuse que te gustaría ensayarlo vine aquí para preguntarte si lo podíamos hacer mañana. Como no estabas, decidí esperarte… ya que no podía dormir de todas formas —respondió ella melosa.

—¿Y para eso tenías que entrar a mi habitación sin permiso? —preguntó él francamente molesto, no sólo por el atrevimiento, sino por la barata obviedad de las intenciones de Marjorie, que no había vacilado en sobornar al botones del hotel para dejarla entrar.

—Vamos, no te molestes por esa niñería mía —repuso ella sonriendo mientras se acercaba al joven lentamente—. En lugar de ponerte de mal humor, bien podríamos buscar la manera de pasárnolas bien juntos . . . ya que ni tú ni yo parecemos tener sueño esta noche ¿No crees?

—Pues yo tengo pensado ir a dormir ahora mismo, y tú deberías hacer lo propio —respondió él tratando de controlarse para no abusar de su rudeza.

La mujer sonrió de nuevo, dispuesta a no darse por vencida tan fácilmente. Con movimientos estudiados y rápidos a la vez, se acercó al hombre hasta que estuvo de pie frente a él, de modo que extendiendo el brazo alcanzó a juguetear con la solapa del saco de él.

—¡Vamos! ¿Acaso tendré que ponértelo más claro? No me digas Terrence —dijo ella susurrando—, que un hombre como tú, no siente nada al tener cerca a una mujer como yo ¿Por qué no aprovechar que estamos aquí los dos para darnos un rato de esparcimiento que bien lo necesitamos… Sin compromisos, claro.

Y diciendo esto úlitmo la joven dio un paso atrás y con un solo gesto de su mano derecha desató la banda que sostenía la bata de seda roja que llevaba puesta. La prenda cayó al suelo de golpe dejando al descubierto un cuerpo que Marjorie sabía bello. La joven actriz había sido una de esas chicas llamativas que desde los catorce años se había percatado del poder que podía ejercer sobre los hombres, inclusive aquellos mucho mayores que ella, quienes no podía evitar sentirse atraídos por aquella niña con cuerpo de mujer.

—Tu esposa no tiene por qué enterarse – sugirió ella mientras miraba a Terrance de frente, esperando en él la reacción natural y como el hombre se quedó cayado por unos instantes, pensó que había ya ganado la partida. Después de los primeros segundos, Terri pestañeó casi imperceptiblemente y avanzó hacia la cama con pasos firmes.

—”Ya calló” —pensó ella triunfante.

Para su sorpresa Terrence arrancó el endredón que cubrían la cama y se lo lanzó a Marjorie en un gesto que denotaba fastidio.

—Te vas a resfriar si no te cubres ahora que vas a salir de mi habitación en el acto, a menos que quieras que llame a los empleados del hotel para que te echen ¡Fuera de mi vista!

—¡Eres un grosero! —se quejó ella aún asombrada con el tono violento con que le hablaba su colega.

—Tal vez, pero un grosero que no es esclavo de sus instintos ¿Por quién me has tomado? ¿Crees que arriesgaría el amor de mi esposa por un momento de placer? Es posible que a una cualquiera como tú le parezca extraño, pero para ir a la cama con una mujer yo necesito algo más que un cuerpo disponible. Búscate otro con quien divertirte ¡Sal de mi cuarto de una buena vez y no se te ocurra volver hacer una estupiez como esta! —concluyó él con tono iracundo y los ojos brillando indignados.

—¡Pues me voy! ¡Allá tú que te lo pierdes! —respondió Marjorie recogiendo su bata—. Pero sabe que te vas arrepentir de esto.

Aquello había sido la gota que derramó el vaso. Con la rueda de su furia desatada el joven tomó a la mujer por los hombros con una expresión que ella jamás olvidaría.

—Mira muchachita, no te atrevas a amenazarme de nuevo o serás tú la que se arrepienta —bociferó y acto seguido llevó a la joven del brazo hasta la puerta, cerrándola tras de sí de un golpe que seguramente habría despertado a más de un huésped aquella noche.

Cuando Terri se hubo quedado solo respiró profundo y se tiró en la cama. El incidente lo había puesto del peor de los humores, no sólo por el atrevimiento de la mujer, sino porque de alguna manera le había indicado algo que él venía esforzándose por ignorar en los últimos días. Ver a Marjorie solamente le había recordado lo mucho que él estaba deseando volver a estar con su esposa y la certeza de que la gira a penas empezaba no lo hacía sentirse mejor. Su violenta respuesta hacia la actriz no había sido sino su forma de manifestar su profunda frustración porque la mujer que había estado esa noche ahí para seducirlo no hubiese sido su esposa.

Tal vez para otros hombres su reacción habìa sido más que estúpida, pero él sabía de sobra que semejante gratificación inmediata no solament tendría consecuencias dolorosas para quien más amaba, sino que al final, resultaría bastante mediocre comparada con el verdadero placer que solamente llega cuando se mezcla la piel con el corazón. No se arrepentía . . . todo lo contrario.

 

—¿Qué me ves? —preguntó Candy divertida al ver el rostro de su marido que la miraba con fijeza al tiempo que ella se metía a la cama— ¿Tengo una peca nueva?

—¡Miles! —contestó él siguiendo la broma al momento, a pesar de haber estado abstraído en sus pensamientos un buen rato.

—¡No tienes remedio! —dijó ella alzando los ojos, como fingiendo frustración mientras se desplomaba sobre la almohada.

—No lo tengo y tuya es toda la culpa. Esta enfermedad es crónica —respondió él reclinándose sobre ella al tiempo que sostenía su peso sobre un brazo.

—¿Enfermedad? ¿Es entonces un mal eso de ser sarcástico? —preguntó ella con una risita.

—No… esa es mi virtud… Tú eres mi enfermedad crónica —repuso él riendo sofocadamente.

—¡Vaya! Eliza me ha dicho muchas cosas desagradables desde el día en que la conocí, pero este insulto de compararme con una enfermedad supera a todo lo que Eliza pudo haber pensado – resondió ella volteando el rostro en fingida indignación para esquivar los labios de su marido.

—Yo supero a cualquiera, señora —respondió él sonriente – pero no es un insulto lo que te he dicho, sino una verdad – concluyó él, que al no poder besar los labios de la joven optó por besarle el cuello.

—No deberías hacer eso si en verdad quieres librarte de esta enfermedad —rió ella sintiendo cosquillas.

—¿Quién ha dicho que quiero sanar? Si este es el mal más delicioso que jamás he tenido. Duele el corazón de vez en cuando, y el resto del cuerpo la pasa mal si estoy lejos de ti… pero la mayor parte del tiempo es la gloria.

—¡Terri! —dijo ella conmovida volviendo el rostro para econtrarse con los labios de su marido.

Una ligera llovizna veraniega comenzó a caer en la tranquilidad de la noche.

 

Candy miraba las gotas caer y escurrir lentamente sobre las vidrieras de la ventana. El chubasco estival había bajado la temperatura dejando una sensación fría y húmeda en el aire que le hacía estremecerse ligeramente. En días como aquellos la mujer no podía dejar de ponerse melancólica e involuntariamente su mente voló hacia un pequeño lugar a las orillas del Lago Michigan donde sus hijos estaban entonces pasando las vacaciones. Si la mañana había estado despejada seguramente Albert y Tom habrían llevado a los niños a jugar baseball. Aquello se había convertido ya en una tradición: los niños del hogar contra los nueve primos.

La rubia se sonrió para sus adentros pensando en el cuadro de los cuatro rozagantes mozalbetes hijos de Patty y Tom que solian jugar como jardineros y en las paradas cortas; el rubio Alben con su inseparable amigo Anthony – hijo único de Raisha y Albert- que eran expertos corredores de bases; el pequeño y retraído Alistair Cornwell que prefería ser el catcher; Dylan que por ser el mayor era el capitán del equipo y Blanche que a sus seis años se había convertido en la lanzadora estrella. Por un momento deseó estar con ellos pero después reconoció que realmente necesitaba aquellos días de descanso lejos de la siempre abrumadora responsabilidad de la maternidad.

Debían de ser como las dos de la tarde allá en América, pensó Candice suspirando, pero allá en Escocia ya pronto oscurecería. A lo lejos se podía escuchar el murmullo de la lluvia entre la arboleda, mientras el sol descendía lentamente detrás de los densos nubarrones que impedían ver el ocaso. De repente le pareció sentir que alguien la observaba e instintivamente buscó con la mirada a lo largo del jardín y más allá de la barda que resguardaba el palacete. Entonces le pareció ver una figura masculina tratando de ocultarse detrás de las madreselvas que trepaban la verja de la entrada principal.

Aguzó la vista y pudo distinguir a un hombre pelirrojo envuelto en un sucio impermeable que tan pronto como se sintió descubierto corrió hacia la arboleda cercana y se perdió en la espesura.

—Un pobre mendigo sin techo —supuso la mujer. Pero curiosamente después de aquella primera conclusión, pensó que el individuo, a pesar de la distancia, le había hecho recordar el rostro de alguien conocido.

Candy se alejó entonces de la ventana y se dirigió hacia la chimenea de la estancia para atizar el fuego que parecía comenzar a morirse en el hogar. Mientras movía las brazas con el atizador pensó que el mendigo en el impermeable viejo le había recordado un tanto a Neil Leagan, pero luego se burló de su propia ocurrencia.

Nadie sabia nada de Neil desde el gran desastre bursátil del año anterior. La ya dramáticamente mermada fortuna de los Leagan terminó por desaparecer completamente con el nefasto efecto de la crisis económica mundial. Incapaz de soportar el nuevo golpe Sarah se habia ido a reunir con su marido al otro mundo; Eliza, por su parte, había caído en una depresión profunda, de la cual no había salido hasta la fecha y Neil se había marchado del país sin dejar rastro.

La casa de Lakewood había sido abandonada por completo. Solamente las malas hierbas y las alimañas podían vivir ahí, donde antes había habitado el orgullo y la vanidad. Lejos de Lakewood, Eliza languidecía de por vida en un sanatorio gracias a la caridad de Albert, ajena a cualquier otra cosa que no fuera su amargura.

Candy suspiró melancólica al recordar a los hermanos Leagan y una vez más se admiró de que alguien pudiera desperdiciar el tesoro de la vida de una manera tan estúpida, mientras otros tenían que luchar con todas sus fuerzas por conservarla, aferrándose a ella con pasión y ansias de seguir vivo. Tal era el caso del pequeño Alistair, que para la gran tristeza de Annie y Archie era un chiquillo tan dulce como enfermizo.

La rubia recordaba con cuántos esfuerzos Annie había conseguido finalmente quedar encinta, después de un penoso viacruicis de médicos, remedios y desilusiones continuas. Pero no sólo había sido penoso lograr concebir, sino que igualmente el embarazo había sido delicado y la salud del bebé una vez que hubo nacido resultó ser preocupantemente frágil. Alistair, que era apenas un año mayor que Blanche, había heredado la inteligencia de su tío muerto, pero carecía de la buena salud de la que Stear siempre había gozado. Tal vez por eso Blanche, que tenía un corazón tan grande como el de su madre, había adoptado al pequeño Alistair como su primo favorito y lo protegía de la misma manera en que alguna vez la propia Candy había defendido a Annie.

Los conocimientos médicos de Candy le hacían comprender que las probabilidades de que Alistair lograra llegar a la edad adulta eran muy pocas, pero la joven confiaba que más allá de aquello que la ciencia pudiera ofrecer, las plegarias de todos los que amaban a los Cornwell terminarían por ofrecer una esperanza. La Hermana María le había dicho en su acostumbrado tono enigmático que el futuro de Alistair sobrepasaría todas las expectativas y ella esperaba que una vez más las predicciones de la religiosa resultaran acertadas.

Los maderos crepitaron al llegar el fuego a un cabo más delgado, logrando partir uno de ellos en dos. El ruido sacó a la mujer de sus cavilaciones y la hizo percatarse de que había que agregar más leña para mantener viva la llama. Con algo de pereza Candy se estiró para alcanzar los trozos de madera en un recipiente cercano a la chimenea. Mientras añadía los leños y observaba como el fuego crecía proyectando sombras y luces cada vez más dramáticas sobre su rostro, pensó en otras vacaciones que había pasado en Escocia siete años atrás. El cálido recuerdo le llenó la mente con imágenes brillantes, intensas, vivaces como la llama del hogar que alimentaba.

Después de aquellos días negros vividos en el otoño de 1923 la reconciliación que siguió había sido tan deliciosa como acre habían sido los celos y el dolor sufridos. Terrence, como era de suponerse, no había concluido la gira de invierno, declarándose enfermo —lo cual era cierto— y en su lugar había pasado las fiestas decembrinas en casa, mientras él y Dylan convalecían de la pulmonía que habían pescado aquella noche tormenta. Pero como tanto el padre como el hijo gozaban de una constitución fuerte, en poco tiempo recuperaron la salud y estuvieron listos para retomar su vida de siempre.

Así pues Dylan y Alben se encargaron de continuar sus incansables aventuras del sótano al desván de la casa y Terrence se ocupó de comenzar a escribir una nueva pieza al tiempo que se esforzaba por recuperar el afecto de sus hijos. Como ambos niños habían heredado la naturaleza bondadosa de su madre, pronto olvidaron por completo el abandono en que su padre los había tenido y la vida pareció retomar su curso acostumbrado. Sin embargo, Candy pronto notó que su marido parecía aún inquieto por algo.

Como era de suponerse las tensiones entre Terrence y Robert Hathaway continuaron, toda vez que Hathaway seguía favoreciendo a su joven amante con papeles importantes, aún después de que Karen Claise regresó a las tablas. Los Gradchester prefirieron mantenerse al margen de aquel delicado asunto, pero Karen que era la más afectada, no se quedó callada. La temperamental actriz se encargó de dirigir una campaña de descrédito hacia su rival, lo cual acabó, como era de esperarse, por confirmar las sospechas de Nancy Hathaway. Finalmente la situación reventó y Hathaway tuvo que decidir entre su esposa y Marjorie. El resultado fue más bien lamentable. Robert rompió con Marjorie y ésta tuvo que abandonar la Compañía, pero esas medidas no sirvieron para acallar el rencor de Nancy, que terminó por pedir el divorcio, sin importar el escándalo que representaba.

Siendo Terrence un colaborador y amigo íntimo de Hathaway, no pudo dejar de sentirse afectado por los problemas vividos por su antiguo maestro. Así que, una vez que Robert y Nancy llegaron al penoso acuerdo de la separación definitiva, el joven actor, cansado de las muchas tensiones vividas en aquellos últimos meses, le suplicó a su mujer que lo acompañara en un viaje fuera del país que lo ayudara a despejar la mente y el espíritu. De este modo, deseoso de alejarse de las intrigas de Broadway y ávido de dar rienda suelta a la pasión que había tenido que reprimir durante las largas giras hechas el año anterior, el actor se escapó con su familia a su villa escocesa.

Candy recordaba aún con emoción los hermosos días vividos en aquellas vacaciones. Los niños se habían enamorado desde el primer momento de la madre de Mark, que aún trabajaba para la familia cuidando la mansión. Mark se había casado y tenía un par de gemelos de la misma edad de Alben, por lo que en varias ocasiones los cuatro niños se quedaban a dormir todos juntos en la cabaña de la viuda, cosa que a Candy le agradaba mucho porque quería que sus hijos crecieran sin los prejuicios de clase que la habían hecho sufrir tanto durante su adolescencia, y a Terri le parecía perfecto porque le permitía gozar de su esposa con mayor libertad.

La mujer se sonrió mientras contemplaba el fuego al recordar las numerosas ocasiones en que ella y su marido habían pasado la noche como aquella primera vez el día de la Fiesta Blanca de Eliza, contemplando el fuego y compartiendo el momento sin decir nada. Sólo que en aquellas segundas vacaciones el final de las veladas no llegaba al atardecer, sino hasta rayar el alba, cuando el fuego del hogar, y el del cuerpo se extinguían y el cansancio les hacía quedarse finalmente dormidos uno en brazos del otro. Al igual que su padre, Blanche había sido concebida en el villa de Escocia.

Candy recordaba que en aquellos días su marido se habia vuelto más vivaz y condescendiente. Inclusive se había animado a hacer cosas a las cuales antes siempre se habìa rehusado o por lo menos había sido necesario más de un ruego para convencerlo de hacerlas, como ser un tanto más amable con los reporteros, admitir un perro en la casa o aceptar más invitaciones a eventos sociales.

La joven mujer estaba segura de que aquella repentina complacencia se debía en buena parte a que estaba profundamente conmovido por la decisión que ella había tomado de abandonar su amistad con Bower.

Contrario a lo que se podía pensar, Candy no se había sentido mal con la situación, sino que se había convencido de que aquello había sido lo mejor. Sobre todo cuando finalmente pudo conocer al verdadero Nathan Bower el día en que le había suplicado que no la volviese a buscar.

Candy, que había empezado a sospechar ligeramente que su amigo la miraba con otros ojos, pudo confirmarlo con la reacción del hombre ante su petición. No sólo Nathan se mostró visiblemente molesto y hasta un tanto violento, sino que de una buena vez le confesó a la joven que estaba enamorado de ella.

Eso hubiera despertado en Candy una profunda compasión y simpatía hacia los sentimientos de su amigo que ella no podía corresponder, de no ser porque el joven actor no se conformó con la simple confesión. Lejos de aceptar la decisión de la dama, el hombre insistió que la seguiría buscando sin importar lo que “el bueno para nada” del marido de Candy pensase. Si era necesario mentir, armar un escándalo o lo que fuese, él no se detendría.

A este punto la joven se había molestado francamente con las amenazas de Bower las cuales denotaban que lejos de sentir amor, el hombre solamente estaba encaprichado con ella. Pero temiendo que aquello fuese a terminar entre un enfrentamiento entre los dos hombres, la joven decidió optar por una estrategia menos directa, pero más efectiva. Tal vez se debió a que tras muchos años de conocer y sufrir la malicia de los Leagan, Candy había aprendido finalmente a usarla . . .. o quizá fue que su amor y su deseo de proteger a su marido la animó a reaccionar con astucia.

—Si deseas seguir buscándome, hacer un escándalo, decir mentiras a la prensa y cosas por el estilo, me tiene sin cuidado —le había dicho ella categórica, poniéndose de pie, como para indicarle a Bower que había llegado el momento de retirarse—. Pero, luego no te quejes cuando ya nadie te de trabajo en Broadway. No sólo arruinarás tu reputación estúpidamente, sino que te aseguro que no habrá productor que te contrate. Solamente recuerda quién es mi marido.

Y con esta última frase la joven se había vuelto para llamar al mayordomo y pedirle que le indicara la salida a su visitante. Después de entonces Candy jamás volvió a ver a Nathan Bower, al menos no personalmente. Soprendentemente las palabras de la joven habían despertado en él un gran miedo a ser betado en todo el país. Como la idea de regresar al Reino Unido no le agradaba, ya que había dejado más de un asunto pendiente y un marido resentido por allá, decidió mejor abandonar Broadway de una vez por todas y probar suerte en California. Ahi Nathan emprendió una carrera en el cine con no mucho éxito.

El reloj dió las nueve de la noche y la mente de Candy volvió de nuevo al presente preguntándose por cuánto tiempo más tendría que esperar. La lluvia parecía no cesar y el frío le calaba los huesos aún cerca del fuego, así que alargó el brazo para tomar una frazada que reposaba sobre el diván cercano pero antes de que su mano tocara el mueble otra mano le alcanzó la frazada.

—¿Cuánto tiempo tienes ahí sin decir nada? —preguntó entonces sintiendo que el frío empezaba a disiparse.

—El suficiente como para comprender que aún luces tan hermosa sentada frente al fuego como cuando tenías catorce años… aunque podría decir que ahora me gustas mucho más —contestó la voz grave de Terrence.

—¡Adulador! —respondió ella señalando el lugar sobre la alfombra para que su marido se uniera ella a contemplar el fuego— ¿Cuéntame, pudo Stewart encontrar boleto para Londres?

—Así es —repuso él tirándose en la alfombra con displicencia—, creo que llegará a tiempo para comprar esa nueva finca . Según él será un buen negocio.

—No dudo que así sea —respondió Candy que confiaba ciegamente en Stewart sobre todo cuando el año anterior había demostrado gran sagacidad para proteger los intereses de sus patrones aún en contra de los dramáticos altibajos de la economía mundial.

Terrence reclinó la cabeza en el regazo de su mujer y dio por teminada la conversación. En aquellos momentos las palabras estaban de más. El hombre cerró los ojos y se concentró en disfrutar de aquella sobrecogedora sensación de placidez absoluta, en donde parecía que por lo menos en aquel íntimo instante las preocupaciones terrenas no podían alterar su tranquilidad.

La mujer advirtió que el frío había desaparecido por completo y que una suave calidez le penetraba desde las yemas de los dedos mientras jugueteaba con las hebras castañas de su marido.

En una semana más Albert y Raisha llegarían a Inglaterra con su hijo y los tres niños Grandchester. Después, los Andley volverían a la India donde continuarían su labor de apoyo a la causa independentista y Candy regresaría con su familia a Nueva York, donde tendría lugar la presentación del nuevo libreto de Terrence.

—Habrá muchas cosas por hacer cuando regresemos —pensó ella contemplando el fuego— pero ahora… de nuevo siento como si fuera la víspera de Navidad.

—Sí —dijo él audiblemente incorporándose para mirarla a los ojos—, por ahora solamente quiero estar a tu lado y ver pasar el tiempo – y antes de que ella pudiera reponder a sus palabras, el apagó su réplica con un beso que ella recibió gustosa, consciente de lo que vendría.

 

FIN

 

Mil gracias a todos los maravillosos lectores que con sus amables comentarios estuvieron conmigo en los dos años que me tomó esta empresa. Gracias a todos ustedes Reencuentro en el vórtice e Inolvidable Candy fueron posibles.

 

Mercurio 2001

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