POEMAS Y SOLO POEMAS, TE PARECE MAL?

RAIMOND CARVER

Raymond Clevie Carver, Jr. (25 de mayo de 19382 de agosto de 1988), escritor estadounidense adscrito al llamado realismo sucio.

Carver nació en Clatskanie, Oregón y creció en Yakima, Washington. Su padre trabajaba en un aserradero y era alcohólico. Su madre trabajaba como camarera y vendedora. Tuvo un único hermano llamado James Franklyn Carver que nació en 1943.

Durante algún tiempo, Carver estudió bajo la tutela del escritor John Gardner, en el Chico State College, en Chico, California. Publicó un sinnúmero de relatos en revistas y periódicos, incluyendo el New Yorker y Esquire, que en su mayoría narran la vida de obreros y gente de las clases desfavorecidas de la sociedad estadounidense. Sus historias han sido incluidas en algunas de las más prestigiosas compilaciones estadounidenses: Best American Short Stories y el Premio O. Henry de relatos cortos.

Carver estuvo casado dos veces. Su segunda esposa fue la poetisa Tess Galagher. Alcohólico, cuyos efectos se manifiestan en algunos de sus personajes, Carver permaneció sobrio los últimos diez años de su vida. Era un gran amigo de Tobias Wolff y de Richard Ford, escritores también del realismo sucio.

En 1988, fue investido por la Academia Americana de Artes y Letras.

Los críticos asocian los escritos de Carver al minimalismo y le consideran el padre de la citada corriente del realismo sucio. En la época de su muerte Carver era considerado un escritor de moda, un icono que América "no podría darse el lujo de perder", según Richar Gottlieb, entonces editor de New Yorker. Sin duda era su mejor cuentista, quizá el mejor del siglo junto a Chéjov, en palabras del escritor chileno Roberto Bolaño. Al hilo de esta idea cabe destacar un soberbio cuento dedicado a los últimos días del referido escritor ruso de nombre "Tres rosas amarillas".

Su editor en Esquire, Gordon Lish, desempeñó un papel decisivo en concebir el estilo de la prosa de Carver. Por ejemplo, donde Gardner recomendaba a Carver usar 15 palabras en lugar de 25, Lish le instaba a usar 5 en lugar de 15. Durante este tiempo, Carver también envió su poesía a James Dickey, entonces editor de poesía de Esquire.

Carver murió en Port Angeles, Washington, de cáncer de pulmón, a los 50 años de edad.


“Sus poemas son la corriente espiritual de la que Carver extrajo sus cuentos”. Tess Gallagher
Poemas que hablan de soledad, alcohol, falta de dinero, desempleo… temas que conocía bastante bien.
Utiliza una técnica aparentemente sencilla donde las sensaciones, las personas, las historias… parecen estar en suspenso, sugeridas, sin embargo, logra que impacten y queden grabadas en la mente del lector.
Proveniente de una familia problemática, padre alcohólico y una madre no muy equilibrada. Acabó de empleo en empleo y mal pagados, casándose a los 18 años, matrimonio que acabó en ruptura, alcoholismo… esto fue su vida durante años, por lo que sus experiencias más duras unidas a su talento y sensibilidad, se convirtieron en los principales nutrientes de su obra.
Para Carver además, escribir poemas era una necesidad vital. Comenzó su carrera como Poeta, sin embargo lo que le proporcionó mayor reconocimiento fueron sus relatos. A pesar de eso, jamás se dejó llevar por las posibles imposiciones que caben esperar y siempre escribió lo que quiso, especialmente al final de su vida, y eligió la Poesía

En su último libro, una recopilación de poemas titulado “Un sendero nuevo a la cascada”, rinde homenaje a Chéjov, a quien incluye en la obra haciéndola parte de la misma como anteriormente ya hizo con el libro de relatos “Tres rosas amarillas”. Parecía existir cierto paralelismo entre Chéjov y Carver, quizás es muy acertado llamarle “El Chéjov americano” como hicieron algunas revistas.

También sentía una gran admiración por Antonio Machado, a quien dedicó el siguiente poema:

Cuando parecía irle todo bien, recuperado de su alcoholismo, con una estupenda relación con su mujer y editora Tess Gallagher, éxito profesional… en 1987 le diagnosticaron cáncer de pulmón.

A pesar del temido e irremediable final nunca dejaron de hacer planes de futuro, Carver incluso, al igual que hizo Chéjov miraba los horarios de trenes que partían desde su ciudad, y es que una parte de él esperaba librarse de la enfermedad.

Escribió en su diario: “Cuando ya no hay esperanza, lo único cuerdo que queda es aferrarse a unos frágiles asideros”.


En 1988 murió a la edad de 50 años, aún joven para desaparecer y en su mejor momento, pero consiguió lo que más ansiaba:




SANGRE

Éramos cinco a la mesa de juego
sin contar al croupier
y su ayudante. El hombre
de junto a mí tenía los dados
en la mano.
Se sopló los dedos, dijo:
¡Vamos, pequeños! Y se inclinó
sobre la mesa para tirar.
En ese momento, una sangre roja brotó
de su nariz, salpicando
el verde paño de fieltro. Soltó
los dados. Se echó hacia atrás pasmado.
Y luego aterrorizado cuando la sangre
corrió por su camisa abajo. ¡Dios mío!
¿qué me está pasando?
gritó. Se agarró a mi brazo.
Oí funcionar los motores de la Muerte.
Pero en aquella época yo era joven,
y estaba borracho, y quería jugar.
No tenía por qué escuchar.
Así que me largué. No me volví ni siquiera,
ni encontré esto dentro de mi cabeza, hasta hoy.



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LA CAÑA DE PESCAR DEL AHOGADO

Al principio no la quería usar.
Luego pensé, no, me revelará
secretos y me dará suerte
que es lo que entonces necesitaba.
Además, me la dejó a mí
para que la usase cuando fue a bañarse aquella vez.
Inmediatamente después, conocí a dos mujeres.
Una adoraba la ópera y la otra
era una borracha que había pasado un tiempo
en la cárcel. Ligué con una
y empecé a beber y a reñir sin parar.
¡El modo en que esta mujer podía cantar y seguir bebiendo!
Fuimos directamente al fondo.


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BAJO UNA LUZ MARINA CERCA DE SEQUIM, WASHINGTON

Empiezan los verdes campos. Y las altas, blancas
granjas después de los charcos de la marea,
y aquellos pequeños cangrejos
listos para echar a correr, o darse la vuelta, si
levantábamos la roca debajo de la que vivían. La languidez
de aquella carretera del campo. Hablando de París,
nuestro París. Y luego encuentras ese sitio en el libro
y me lees la vida de Anna Akhmatova allí con Modigliani.
Sentados en un banco de los jardines de Luxemburgo
bajo su enorme sombrilla negra
recitándose a Verlaine el uno al otro. Los dos
“todavía no alcanzados por el futuro”. Cuando
allá en el prado vimos
a un joven desnudo de medio cuerpo para arriba
y con los pantalones remangados,
como un antiguo remero. Nos miró sin curiosidad.
Se quedó allí observándonos indiferente.
Luego nos dio la espalda y siguió con su trabajo.
Mientras pasábamos como una hermosa guadaña negra
por aquel paisaje perfecto.



EN BUSCA DE TRABAJO

Siempre he querido trucha de montaña
de desayuno.

De repente, encuentro un sendero nuevo
a la cascada.

Empiezo a tener prisa.
Despierta,

dice mi mujer,
estás soñando.

Pero cuando intento levantarme,
la casa se ladea.

¿Quién está soñando?
Es mediodía, dice ella.

Mis zapatos nuevos esperan junto a la puerta,
relucientes.



AMENAZA

Hoy una mujer me señaló y dijo algo en hebreo.
Luego se echó el pelo atrás, tragó saliva
y desapareció. Cuando volví a casa,
tembloroso, tres carros estaban junto a la puerta con
uñas asomando entre las sacas de trigo.


.
DOS MUNDOS

En el aire denso
con olor a azafrán,

sensual olor a azafrán,
miro cómo desaparece el cielo limón,

un mar que cambia de azul
a negro aceituna.

Miro el relámpago que salta desde Asia como
dormido,

mi amor se agita y respira y
se vuelve a dormir,

parte de este mundo y sin embargo
parte de aquél.


 
ONDAS DE RADIO

La lluvia ha cesado, y la luna ha salido.
No entiendo nada de las ondas de radio.
Pero creo que se transmiten mejor justo
después de llover, cuando el aire está húmedo.
En cualquier caso, ahora puedo coger Ottava, si quiero,
o Toronto. Últimamente, de noche, me sorprendo
ligeramente interesado por la política canadiense
y sus asuntos internos. Es verdad. Pero normalmente
lo que buscaba era sus emisoras con música. Me siento
aquí en la butaca y escucho, sin tener nada que hacer,
o pensar. No tengo televisor, y dejé de leer
los periódicos. De noche pongo la radio.
Cuando escapé aquí trataba de alejarme
de todo. Especialmente de la literatura.
De lo que ella entraña, y de lo que trae a rastras.
Hay en el alma un deseo de no pensar.
De estar quieto. Emparejado con éste,
un deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también es una afable hija de puta
no siempre de fiar. Y olvidé eso.
Escuché cuando dijo: Mejor cantar a lo que se ha ido
y nunca volverá que a lo que aún sigue
con nosotros y estará con nosotros mañana. O no.
Y si no, también está bien.
Tampoco importa demasiado, dijo, si un hombre nunca canta.
Esa es la voz que escuché.
¿Puede imaginarse que alguien piense cosas así?
¡Qué absurdo!
Pero tengo estas estúpidas ideas de noche
cuando me siento en la butaca y oigo la radio.
Entonces, Machado, ¡su poesía!
Era como un hombrecillo mayor que se vuelve
a enamorar. Una cosa digna de observar,
y embarazoso, además.
Y llevo tu libro a la cama conmigo
y me duermo con él a mano. Un tren pasó
en mis sueños una noche y me despertó.
Y lo primero que pensé, el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
Todo es perfecto, Machado está aqui.
Entonces me volví a dormir.
Hoy llevé tu libro conmigo cuando salí
a dar mi paseo. “¡Presta atención!” -decías,
cuando alguien preguntó qué hacer con su vida.
Conque miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol, en mi sitio
de junto al río desde donde puedo ver las montafias.
Y cerré los ojos y escuché el sonido
del agua. Luego los abrí y me puse a leer
«Abel Martín».
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Y espero, incluso cara a lo que sé de la muerte,
que recibirás el mensaje que pretendo enviarte.
Pero está bien aunque tú no lo recibas. Que duermas bien.
Descansa. Antes o después espero que nos veamos.
Y entonces yo podré decirte estas cosas directamente.


ÚLTIMO FRAGMENTO

¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado en la tierra.


Poemas de Raymond Carver
Versiones de Esteban Moore


 

 

Desocupado

Los que eran mejores que nosotros
vivían cómodamente en casas recién pintadas
con inodoros a botón en todos los baños.
Manejaban autos de modelo y marca
reconocibles.
Los que no tenían trabajo, estaban apenados,
no les iba bien.
Sus autos extraños estaban estacionados
sobre cajones, ‘al fondo’ de casas polvorientas,
donde se amontonaban infinidad de objetos inútiles.
Los años pasan y todo y todos son reemplazados.
Existen siempre, es lo que dicen, nuevas oportunidades.
Pero, para decir la verdad,
a mí nunca me gustó el trabajo.
Mi objetivo era permanecer desocupado.
Ése era mi mérito.
Me gustaba la idea de sentarme en una silla,
hora tras hora, frente a la casa, sin hacer nada
con un sombrero sobre mi cabeza y tomando una gaseosa.
¿Qué hay de malo en eso?
Fumar, escupir de vez en cuando.
Tallar madera con mi cuchillo.
¿Hay daño  o maldad en esto?
En ocasiones salgo con mi perro a perseguir conejos.
Tenés que hacerlo alguna vez.
A veces levanto a un chico gordo y rubio como yo,
diciéndole: ‘‘¿de dónde te conozco?’’.
Nunca digas: ‘‘¿Que querés ser cuando seas grande?’’

 

 

Naturalmente

Un claro en las nubes.
El macizo perfil de las montañas azules
que recortan el horizonte.
El amarillo apagado de los rastrojos.
El río muy negro.
¿Qué estoy haciendo en este lugar,
 solo y cargado de culpas?
Me pregunto.

Sigo comiendo las frambuesas de la fuente.
Sin hacerme problemas. Si estuviera muerto,
me recuerdo, no podría saborearlas.
Nada es tan simple.
Sí, todo es así de simple. Naturalmente.

 

Hijo

Esta mañana me despertó una voz
que regresaba desde mi infancia.
La voz dice: ‘‘despertate’’,
y yo salto de la cama.
Es extraño, toda la noche, en mis sueños
yo busqué ‘ese’ bendito lugar
donde mi madre pueda vivir y ser feliz.
‘‘Si querés que enloquezca,
está bien,  si ése no es tu deseo,
por favor sacame de acá’’, repetía la voz.
Me reconozco único culpable.
Yo la mudé a esta ciudad que odia.
Yo alquilé la casa que odia, rodeada
de  vecinos que odia, llena de muebles
que odia.
‘‘¿Por qué no me diste la plata para que yo la gastara?’’
‘‘Quiero volver a California, ¡ahora!’’, grita la voz.
‘‘Voy a morir si me quedo’’. ‘‘¿Vos querés que muera?’’
gime la voz.

Esta mañana en el mundo,
no existen respuestas a esta pregunta
ni a ninguna otra.
Suena el teléfono y suena, no deja de sonar.
No me acerco al aparato, tengo miedo de oír una vez más,
la pronunciación de mi nombre.
El mismo nombre que mi padre escuchó durante 53 años.
Antes de abandonarnos en busca de su recompensa.
Murió después de decir: ‘‘llevá estas cosas a la cocina, hijo’’.
La palabra hijo emitida desde sus labios,
tembló en el aire para que todos la oyeran.

 

La lapicera

La lapicera que no faltaba a la verdad,
por todas sus preocupaciones
terminó dentro del lavarropas.
Salió una hora más tarde y la tiraron
al secarropas junto con un par de ‘jeans’ viejos
y una camisa a cuadros.
Los días pasaron y ella permaneció
recostada tranquilamente sobre el escritorio
 que estaba frente a la ventana.
Ella pensaba que estaba totalmente agotada.
Sin convicciones. Sin voluntad.
Una mañana, poco antes del amanecer,
recuperó antiguas fuerzas
y escribió:
‘‘Los campos húmedos duermen
bañados por la luz de la luna’’.
Después de este esfuerzo
se quedó muy quieta,
nuevamente vacía, su utilidad
terminada.

Él la sacudió,
la golpeó sobre la tapa del escritorio.
 La dejó a un lado.
Abandonó las pretensiones de hacerla trabajar
o casi todas.
Sin embargo
ella realizó un nuevo esfuerzo,
apeló a sus últimas reservas.
 Esto es lo que escribió:
‘‘Un viento suave, y más allá del ventanal
los árboles flotan en el dorado aire de la mañana’’.

Él trató de hacerla escribir algo más,
 pero eso fue todo. La lapicera
dejó de escribir, definitivamente.
Él la puso con otras cosas inservibles
en el incinerador.
El tiempo transcurrió, días o meses,
y fue otra lapicera
una que todavía no había demostrado nada
la que con facilidad escribió:
‘‘La oscuridad se posa en las ramas.
Quedate muy quieto, no salgas de la casa,
                                                                   quedate muy quieto...’’

 

Durmiendo

Él durmió sobre sus manos.
Sobre una roca.
Sobre sus pies,
sobre los pies de algún desconocido.
Él durmió en micros, en trenes, en aviones.
Se durmió estando de guardia.
Se durmió a un costado de la ruta.
Se durmió apoyado en una bolsa de manzanas.
Él durmió en un baño público.
En un galpón.
En el estadio.
Durmió en un Jaguar descapotable
y en la caja de una camioneta.
Durmió en los teatros.
En la cárcel.
Sobre los barcos.
Él durmió en casillas deshechas y en una ocasión
en un inmenso castillo.
Soportó dormido las frías gotas del agua de lluvia
y los ardientes rayos del sol.
Durmió  sobre caballos.

Se durmió sobre sillas.
Él durmió en iglesias, en hoteles de lujo.
Él durmió bajo techos extraños toda su vida.
Ahora él duerme cubierto por la tierra.
Duerme y seguirá durmiendo.
Igual que un rey antiguo.

 

El rasguño

Me desperté con una mancha de sangre reseca
pegoteada sobre uno de mis párpados. Un arañazo,
profundo, cruza transversalmente las arrugas de mi frente.
Sin embargo, últimamente, he estado durmiendo solo.
Y me pregunto por qué un hombre, incluso en un mal sueño,
alzaría la propia mano para lastimarse la cara.

Esta mañana pretendo responder esta pregunta
y otras similares, mientras observo en silencio
mi rostro que se refleja en los cristales de la ventana.

 

Una tarde

Mientras escribe, sin observar el océano,
siente entre sus dedos
el temblor de la pluma de su lapicera.
La marea se retira arrastrando
pequeñas piedras, restos de vida marina.
Todo esto no tiene nada que ver, no,
con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella
en ese instante ha decidido entrar
completamente desnuda en la habitación.
Somnolienta, por un momento no puede imaginar
dónde está. Se dirige al baño. Sacude su cabellera.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
la cabeza inclinada; las piernas extendidas, abiertas.
No ha cerrado la puerta del baño, él puede verla.
              Quizás,
 ella esté recordando lo que sucedió esa madrugada.
Porque después de un rato, abre un ojo y lo mira.
Y sonríe con mucha dulzura.

 

Esperanza

 

                                                                                                                                    ‘‘Mi esposa’’, dijo Pinnegar,
                                                                                                                                    ‘‘‘‘cuando me abandona desea que  yo destruya       
                                                                                                                                    ‘‘ mi vida.".‘Ésa  es su última esperanza’’.
                                                                                                                                    ‘‘D. H. Lawrence.   Jimmy y la mujer desesperada

Me dejó el auto y doscientos dólares.
Dijo: ‘‘hasta luego, querido.
Tomate las cosas con tranquilidad ¿me entendés?
Esto es todo. Absolutamente todo.
Esto es lo que queda
después de veinte años de matrimonio.
Ella cree adivinar lo que sucederá.
Piensa que me voy a gastar la plata
en dos o tres días
y que tarde o temprano
voy a destruir el auto - que ya era mío
y que además necesitaba varios arreglos -.
Al momento de alejarme
Los vi, a ella y a su novio,
 estaban cambiando la cerradura de la puerta.
Saludaron con el brazo en alto.
Los saludé de la misma manera.
Sólo para que supieran
que no había malos sentimientos de mi parte.
Apreté el acelerador y me alejé rápidamente.
Estaba como atolondrado.
Ella, por lo menos, tenía razón en eso.
Seguí el camino de la ruina.
El alcohol fue mi compañero fiel.
Resultamos buenos amigos.
No me detuve.
Recorrí el largo camino sin escalas.
Pude, al fin, dejar en el pasado
A mi amiga, la botella.
Meses, quizás años más tarde,
cuando aparecí frente a la puerta                                                            
de esa casa
manejando un auto diferente,
sobrio, vistiendo camisa y pantalones
limpios y las botas bien lustradas,
ella lloró al ver mi cara.
Su última esperanza estalló en el aire.
Y ya no tendría más esperanzas.

 

Los desnudos de Bonnard

Su esposa.
Durante cuarenta años su modelo.
Él la pintó una y otra vez. El desnudo
de su último cuadro, es el mismo desnudo joven
del primer cuadro. Su esposa.

Él la recordaba joven. Los tiempos
en que ella era joven. Su esposa, en la bañadera,
en el tocador frente al espejo. Sin ropas.

Su esposa cubriéndose con las manos
los pechos duros, mirando hacia el jardín,
donde los rayos del sol desparraman
tibieza y color.

Todas las especies vivientes floreciendo.
Ella joven y temerosa y excesivamente deseable
en su desnudez. Cuando ella murió,
él continuó pintando un poco más.

Fueron algunos paisajes, luego se murió.
Lo enterraron junto a ella.
Su joven esposa.



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ALGO ESTA PASANDO

Algo me está pasando
si le creo a mis
sentidos no es solamente
querida otra distracción
sigo atado a mi vieja piel
las ideas puras y los anhelos desmedidos
a toda costa
una limpia y saludable polla
pero mis pies han comenzado
a decirme cosas
de sí mismos
sobre su nueva relación con
mis manos ojos corazón y pelo

Algo me está pasando
te preguntaría si pudiera
has sentido alguna vez algo parecido
pero tú ya estás lejos
está noche que no creo
que escucharías además
mi voz se ha visto afectada también

Algo me está pasando
no te sorprendas si
caminando algún día de pronto en este brillante
sol mediterráneo tú me miras
de largo y descubres
una mujer en mi sitio
o peor
un extraño de cabello blanco
escribiendo un poema
alguien que no puede ya formar palabras
que está simplemente moviendo sus labios
tratando
de decirte algo


SALA DE AUTOPSIAS

En esos tiempos yo era joven y la fuerza
de diez hombres habitaba mi cuerpo,
para lo que mandaran.
Trabajaba en el hospital en el turno noche
y una de mis responsabilidades
cuando el forense terminaba sus tareas
era la de limpiar la sala de autopsias.
Ellos no tenían horario, algunas veces
terminaban temprano, otras demasiado tarde.
Y para que el personal de limpieza no se aburriera
dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo.
Un pequeño bebé quieto como una piedra
y más frío que la nieve. Un negro corpulento de pelo blanco
con el pecho partido al medio y los órganos vitales
flotando en una bandeja a un costado de su cabeza.
Yo siempre estaba solo, ahí. La manguera derramaba agua.
Las luces colgadas del techo encandilaban.
Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
una pierna de mujer de formas perfectas
y excesiva palidez.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin respiración.

De madrugada en casa mi mujer
me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos hacer cambios,
vivir de otra manera”. Pero no es tan fácil.
Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Yo pensaba en… cualquier cosa. No sabía en qué.
Yo dejaba que ella llevara mi mano a sus tetas.
Yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso,
qué importa…
Mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia y bien formada,
que ante la más suave caricia temblaba y se levantaba delicadamente.
Mi mente estaba confundida y cómo decirlo ¿sacudida?
No pasaba nada. Todo estaba pasando.
La vida era una piedra
que lentamente se iba gastando
y afilando.


EL CONTACTO

Marquen al hombre con el que estoy.
El pronto va a perder
Su mano izquierda, la nariz, las
bolas y su hermoso bigote.

La tragedia está por todos lados
Oh Jerusalem.

El levanta su taza de té.
Esperen.
Entramos al café.
El levanta su taza de té.
Nos sentamos juntos.
El levanta su taza de té.
Ahora.

Asiento.

¡Caras!

Sus ojos, cruzados,
Caen lentamente de su cabeza.


SEMILLAS


PARA CHRISTI

Intercambio nerviosas miradas
con el hombre que le vende
semillas de sandía a mi hija.

La sombra de un pájaro pasa
sobre nuestras manos.

El vendedor levanta el látigo &
se apura tras de su viejo caballo
rumbo a Beersheba.

Me ofreciste las semillas que escogí.
Ya has olvidado al hombre
el caballo
las sandías mismas &
algo invisible fue la sombra
entre el vendedor & mí mismo.

Acepto tu don aquí
sobre el camino seco.
Alargo la mano para recibir
tu bendición.


EL HOMBRE DE AFUERA

Hubo siempre el adentro y
el afuera. Adentro, mi mujer,
mi hijo e hijas, ríos
de conversación, libros, suavidad
y cariño.

Pero entonces una noche afuera
de la ventana del cuarto alguien--
algo, respiraba, se arrastraba.
Desperté a mi mujer y aterrorizado
temble en sus brazos hasta la mañana.

¡Ese espacio fuera de la ventana
de mi cuarto! Las pocas flores que crecen
ahí pisoteadas, las colillas
de Camel aplastadas.
No estoy imaginando cosas.

La noche siguiente y la siguiente
ocurrió, y desperté a mi mujer
y otra vez ella me consoló y
otra vez frotó mi pierna entumida
por el miedo y me tomó en sus brazos.

Pero entonces yo comencé a demandar más
y más de mi mujer. Con pena ella
revisababa el piso del cuarto de arriba a abajo,
yo la dirigía como a una carretilla cargada,
el conductor y su carrito.

Finalmente, esta noche, toco a mi mujer despacio
y ella se incorpora ansiosa
y preparada. Las luces prendidas, desnudos, nos sentamos
frente a la cómoda y miramos frenéticos
el cristal. Tras de nosotros dos labios,
el reflejo de un cigarrillo encendido.




Para siempre

 A la deriva en una nube de humo,

sigo la raya que en el suelo del jardín deja un caracol

hasta el muro de piedra.

Solamente al final me acuclillo, veo

 

lo que hay que hacer y, de repente,

me adhiero a la piedra húmeda.

Empiezo a mirar lentamente alrededor

y a escuchar, utilizando para ello

 

mi cuerpo entero como el caracol

utiliza el suyo, relajado, pero alerta.

¡Atención! Esta noche es un hito

en mi vida. Después de esta noche,

 

¿cómo podré volver a mi

vida anterior? Mantengo los ojos fijos

en las estrellas, les hago señales

con mis antenas. Me sujeto bien

durante horas, descansando sin más.

Más tarde, la pena comienza

a gotear en mi corazón.

Recuerdo que mi padre está muerto,

 

Y que me voy a ir pronto

de esta ciudad. Para siempre.

Adiós, hijo, dice mi padre.

Casi al amanecer, bajo

 

y vuelvo errabundo a casa.

Todavía están esperándome,

el espanto aletea en sus rostros

cuando se encuentran con mis nuevos ojos por primera vez.

 
EL CABALLETE
He perdido el tiempo esta mañana,
y estoy profundamente avergonzado.
Ayer noche me acosté pensando en mi padre.
En el riachuelo donde pescábamos -Butte Creek-
cerca del lago Almanor. El agua me arrullaba en sueños.
En el sueño, estaba por todas partes
y yo no podía levantarme ni moverme.
Pero cuando desperté esta mañana temprano
fui al teléfono. Aunque
el río fluía allá abajo en el valle,
en la pradera, corriendo entre los tréboles.

Pinos se alzaban a ambos lados de la pradera.
Y yo estaba allí.
Un niño sentado en un caballete de madera,
mirando hacia abajo.
Viendo a mi padre beber agua con las manos.
Luego dijo: "El agua está tan buena.
Me gustaría poder llevarle a mi madre un poco de este agua"
Mi padre todavía la quería, aunque estaba muerta
y él había pasado mucho tiempo lejos de ella.

Tuvo que esperar algunos años más
hasta que pudo ir a donde estaba. Pero él quería
a esta región donde se encontró a sí mismo. El Oeste.
Durante treinta años la tuvo en el corazón,
y luego la dejó ir. Se acostó una noche
en un pueblo del norte de California
y no despertó. ¿Hay algo más sencillo?

Me gustaría que mi vida y mi muerte fueran tan sencillas.
De modo que cuando despierte
una hermosa mañana como ésta,
después de estar en algún sitio
donde quería estar toda la noche,
algún sitio importante, pudiera moverme del modo más natural
y sin pensar en ello, hasta mi mesa de trabajo.

Digamos que lo hice, del modo más sencillo que he descrito.
De la cama a la mesa de trabajo de la infancia.
Desde aquí no hay mucho hasta el caballete.
Y desde el caballete podría mirar hacia abajo
y ver a mi padre cuando necesitara verlo.
Mi padre bebiendo aquel agua fresca. Mi dulce padre.
El río, sus praderas, y pinos, y el caballete.
Ese. Donde estuve una vez.

Me gustaría hacer eso
sin tener que disculparme ante mí mismo por ello.
Ni sentirme mal por interesarme por cosas menos importantes.
Sé que es hora de cambiar de vida.
Esta vida -con sus complicaciones
y llamadas telefónicas- es indecente,
y una pérdida de tiempo.

Quiero hundir mis manos en agua fresca.
Del modo en que lo hizo él. Otra vez y otra vez y otra.


Felicidad


Tan temprano que casi está oscuro todavía.

Me acerco a la ventana con una taza de café

y el atasco de siempre a estas horas de la mañana

en la cabeza.

Veo entonces al chico y a su amigo

calle arriba

repartiendo el periódico.

Llevan gorras y sudaderas,

uno de ellos con una bolsa al hombro.

Son tan felices

que no se dicen nada, estos chicos.

Creo que si pudieran, se cogerían

del brazo.

Es temprano por la mañana

y están haciendo esto juntos.

Se acercan, despacio.

El cielo empieza a cubrirse de luz,

aunque todavía cuelga pálida la luna sobre el agua.

Tanta belleza que, durante un instante,

la muerte o la ambición, incluso el amor,

no tienen cabida aquí.

Felicidad. Llega

de forma inesperada. Y sigue su camino, realmente.

Cualquier madrugada te lo dice.

 

Un paseo

 

Fui a dar un paseo por la vía del tren.

La seguí durante un rato

y me salí en el cementerio del pueblo.

Allí descansa un hombre entre

sus dos esposas. Emily van der Zee,

Esposa y madre Amantísima,

está a la derecha de John van der Zee,

Mary, la segunda señora van der Zee,

Amantísima esposa también, a la izquiera.

Primero se fue Emily, luego Mary.

Al cabo de unos años, el propio John van der Zee.

Once hijos nacieron de esas uniones.

También estarían muertos a estas alturas.

Este es un lugar silencioso. Un lugar tan bueno como

cualquier otro para descansar del paseo, sentarme y

pensar en mi propia muerte, que se acerca.

Pero no lo entiendo, no lo entiendo.

Todo lo que sé de esta vida llena de sudor y delicadeza,

de la mía y de la todos los demás,

es que dentro de poco me levantaré

y dejaré este lugar tan insólito

que ofrece amparo a los muertos. Este cementerio.

Me iré. Andando primero sobre un raíl

y luego sobre el otro.

 

Mi muerte

 

Si tengo suerte, estaré conectado

a una cama de hospital. Tubos

por la nariz. Pero intentad no asustaros, amigos.

Os digo desde ahora que está bien así.

Poco se puede pedir al final.

Espero  que alguien telefonee a los demás

para decir, “¡ven rápido, se está yendo!”

Y vendrán. Así tendré tiempo

para despedirme de las personas que amo.

Si tengo suerte, darán un paso adelante

para que pueda verles por última vez

y llevarme ese recuerdo.

Puede que bajen la mirada ante mí y quieran echar a correr

y aullar. Pero, al menos, puesto que me quieren,

me cogerán la mano y me dirán “Valor”

y “Todo va a ir bien”.

Y tienen razón. Todo va a ir bien.

Me basta con que sepas lo feliz que me has hecho.

Sólo espero que siga la suerte y pueda mostrar

mi agradecimiento.

Que pueda abrir y cerrar los ojos para decir

“Sí, te escucho. Te entiendo”.

Incluso que pueda llegar a decir algo así:

“También yo te quiero. Sé feliz”.

¡Así lo espero! Pero no quiero pedir demasiado.

Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,

me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.

Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté

de tu compañía todos estos años. En cualquier caso,

no me guardes luto mucho tiempo. Quiero que sepas

que fui feliz contigo.

Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.

Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia

de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,

salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.

 

Para Tess

 Afuera en el Estrecho el agua chapotea,

como dicen aquí. Anuncia la tormenta, me alegra

no estar fuera. Contento porque estuve todo el día pescando

en Morse Creek, probando una Daredevil roja, lanzándola

una y otra vez. No saqué nada. Ni una pieza

siquiera, nada. Pero estuvo bien. Fue divertido.

Llevé la navaja de  tu padre y durante un rato

me siguió n perro que su dueño llamó Dixie.

A veces me sentía tan feliz que tenía que dejar

de pescar. Una vez me tumbé en la orilla con los ojos cerrados,

escuchando el sonido que hacía el agua

y el viento en la copa de los árboles. El mismo viento

que sopla afuera en el Estrecho pero diferente, también.

Durante un rato incluso me permití imaginar que había muerto,

y eso estuvo bien, al menos durante un par

de minutos, hasta que la realidad caló en mí: Muerte.

Mientras estaba allí tumbado con los ojos cerrados,

justo después de haber imaginado qué ocurriría

si de veras nunca me levantara otra vez, pensé en ti.

Entonces abrí los ojos, me levanté

y volví a sentirme feliz otra vez.

Te lo debo a ti, ya ves. Quería decírtelo.

 

Donde hayan vivido

Fuera donde fuera, aquel día andaba

por su propio pasado. Dando puntapiés a jirones

de recuerdos. Mirando las ventanas

que no hace mucho le habían pertenecido.

Trabajo, miseria y pocos cambios.

En aquella época vivían para sus deseos,

decididos a ser invencibles.

Nada les detendría. Al menos

durante muchísimo tiempo.

                                              En la habitación del motel

aquella noche, de madrugada,

abrió una cortina. Vio nubes

cubriendo la luna. Se apoyó

en el cristal. Le traspasó un aire frío

que puso la mano sobre su corazón.

Te amé, pesó.

Te he amado mucho.

Hasta que se acabó el amor.

 

Dulce luz

 

Tras el invierno, torpe y afligido,

florecí con la primavera. Una dulce luz

 

me colmó el pecho. Sacaba

una silla. Me sentaba durante horas frente al mar.

 

Escuchaba las balizas y aprendí

a expresar la diferencia entre una campana

 

y el sonido de una campana. Quería

todo lo que estaba a mi lado. Incluso quería

 

dejar de ser una persona. Y lo logré.

Sé que lo hice (ella me trajo de vuelta).

 

Recuerdo aquella mañana en que cerré la caja

de la memoria y giré la llave.

 

Cerrada para siempre.

Nadie sabe lo que me ocurrió

 

aquí fuera, mar. Sólo tú y yo lo sabemos.

Por la noche, las nubes cubrieron la luna.

 

Por la mañana ya se habían ido. ¿Y aquella dulce luz

que dije antes? También se había ido.

 
Zapatillas

Los cuatro sentados en círculo aquella tarde.

Carolina nos contaba su sueño. Cómo se despertó

ladrando una noche. Y se encontró a su pequeño perro,

Teddy, al lado de la cama, mirándola.

El hombre que entonces era su marido

también la miraba mientras lo contaba.

Escuchaba atentamente. Incluso sonreía. Pero

había algo en sus ojos. Una forma

de mirarla, una mirada. Todos la teníamos…

Por entonces salía con una mujer

llamada Jane, pero no se trata aquí de juzgarle

ni a él, ni a Jane, ni a nadie. Cada uno fue contando

su sueño. Yo no tenía ninguno.

Miré tus pies, subidos al sofá,

en zapatillas. Todo lo que se me ocurría decir,

pero no lo hice, era que esas zapatillas aún conservaban el calor

una noche que las recogí

de donde las habías dejado. Te las dejé junto a la cama.

Pero el edredón se cayó durante la noche

y las cubrió. Por la mañana, las buscaste

por todos lados. Entonces tu voz desde arriba,

¨¡Encontré mis zapatillas!” No tiene importancia,

ya lo sé, se queda entre nosotros. Sin embargo,

tiene su cosa. Aquellas zapatillas perdidas. Y

el grito de alegría.

Está bien que haya pasado

hace un año o algo más. Podía haber sido

ayer, o el día antes. ¿Qué más da?

La alegría, el grito.

 

Lo que dijo el Médico

Dijo que la cosa no tenía buen aspecto

dijo que lo tenía malo malo de verdad

dijo que había contado treinta y dos en un pulmón y

que dejó de contar

le dije me alegro porque no quería saber

si hay más

dijo si usted es un hombre religioso arrodíllese

en el bosque y pida ayuda

cuando llegue a la cascada

la neblina le rodeará los brazos y la cara

deténgase y trate de comprender esos momentos

yo le dije no lo soy pero trataré de empezar hoy

dijo lo siento mucho dijo

me hubiera gustado tener otras noticias que darle

dije Amén y él añadió algo

que no entendí  y no sabiendo qué más hacer

y para no hacerle repetirlo

y a mí digerirlo

me quedé mirándole sin más

durante un rato y él me miraba a mí

me puse de pie de un salto y le tendí la mano al hombre

que acababa de decirme lo que nunca nadie me había dicho

puede que incluso le haya dado las gracias por costumbre.

 

Propina

 

No hay otra palabra. Pues eso es lo que fue. Una propina.

Una propina, estos diez años.

Vivo, sobrio, trabajando, amando

y siendo amado por una buena mujer. Hace

once años le dijeron que le quedaban seis meses de vida

si seguía así. Y que por ese camino

no llegaría al fondo. De modo que cambió

su modo de vida. ¡Dejó de beber! ¿Y el resto?

Después de eso, todo fue una propina, cada minuto

hasta ahora, incluyendo el momento en que se lo dijeron,

bueno, aunque hubo cosas en su cabeza que se vinieron abajo

y otras que empezaron a formarse. “No lloréis por mí”,

les dijo a sus amigos: “Soy un hombre con suerte.

He vivido diez años más de lo que yo o nadie

Esperaba. Pura propina. Y no lo olvido”.

 Bartleby Poesía
Raymond Carver, Todos nosotros.


Los desnudos de Bonnard

Versiones, Esteban Moore.

Su esposa.

Durante cuarenta años su modelo.

Él la pintó una y otra vez. El desnudo

de su último cuadro, es el mismo desnudo joven

del primer cuadro. Su esposa.

Él la recordaba joven. Los tiempos

en que ella era joven. Su esposa, en la bañadera,

en el tocador frente al espejo. Sin ropas.

Su esposa cubriéndose con las manos

los pechos duros, mirando hacia el jardín,

donde los rayos del sol desparraman

tibieza y color.

Todas las especies vivientes floreciendo.

Ella joven y temerosa y excesivamente deseable

en su desnudez. Cuando ella murió,

él continuó pintando un poco más.

Fueron algunos paisajes, luego se murió.

Lo enterraron junto a ella.

Su joven esposa.



Pasando el tiempo

Hace un momento observé el interior de la

/habitación,

vi mi silla en su lugar, cerca de la ventana;

el libro que debería leer, abierto sobre la mesa.

En el cenicero que dejé apoyado

sobre el marco de la ventana entreabierta

se consume muy lentamente un cigarrillo.

¡Haragán! ¡Simulador! aulló mi tío,

hace años, muchos, muchos años. Tenía toda la

/razón.

Hoy como todos los días he reservado

el tiempo necesario para no hacer nada

de nada.



El lugar donde vivían


Ese día visitó varios lugares,

caminó dentro de su propio pasado.

A las patadas, atravesó

memorias que se le amontonaban.

Miró a través de ventana

que ya habían dejado de pertenecerle.

Trabajo, pobreza, pequeños engaños.

En esos días todos vivían a fuerza de voluntad,

decididos a convertirse en seres invencibles.

Sentían que durante mucho tiempo

nada ni nadie podría detenerlos.

En la pieza del motel

esa noche, en la primeras horas de la madrugada,

corrió las cortinas. Perdió la mirada

en las nubes que ocultaban la luna.

Se apoyó en el marco de la ventana.

El aire frío atravesó los cristales

y le apretó el corazón con su mano helada.

Te amé, te quise bien, pensó.

Esto pensó un minuto antes de dejar de quererla.



El minué

Mañanas que brillan.

Días en los que tengo tantos deseos

que no quiero nada en absoluto.

Sólo esta vida, sólo eso.

Sin embargo, no quiero que visitas inoportunas

me interrumpan.

Si alguien ha de golpear a mi puerta,

quiero que sea ella.

La que usa zapatos

con diamantes en forma de estrellas

en las puntas.

La chica que vi bailar el minué.

Esa danza antigua.

El minué. Ella lo bailó,

como se debe bailar.

Y como ella quiere bailarlo.


La telaraña


Hace unos minutos salí a la galería.

Desde ahí podía ver y oír el agua,

y todo lo que me ha venido sucediendo

durante estos años.

Hacía mucho calor y todo estaba muy tranquilo.

La marea se había retirado.

Los pájaros ya no cantaban.

Apoyé la espalda en una columna del alero, y

al realizar este movimiento

mi frente rozó una telaraña

que se enredó en mi pelo.

Di media vuelta,

entré nuevamente en la casa.

Sé que nadie podrá culparme

de haber tomado esta decisión.

Toso seguía muy quieto y caluroso.

No soplaba ni una leve brisa.

El mar era un espejo de acero silencioso.

Me saqué

la telaraña del pelo

y la colgué de la pantalla de la lámpara.

Ahora cuando mi aliento la toca

tiembla suavemente. Un tejido,

complejo, intrincado. Flotando en la turbulencia

de mi aliento tibio.

Pienso...

No ha de pasar mucho tiempo antes de que alguien

comprenda que he abandonado este lugar.


Madera de balsa


Mi viejo parado frente a la cocina sostiene

sobre la hornalla encendida una sartén

en la que prepara un revuelto de huevos y seso.

Yo me pregunto: ¿Quién tiene hambre esta mañana?

En un día como el de hoy siento en mi cuerpo

la porosa fragilidad de la madera de balsa.

Las palabras flotan en el aire. Algo ha sido dicho.

Mamita lo dijo. ¿Qué es lo que dijo?

Algo, estoy seguro, relacionado con el dinero.

Quiero ayudarlos. Lo haré si no desayuno.

Mi viejo le da la espalda a la cocina oxidada.

Grita: “estoy en un pozo”,

vuelve a gritar: “no me hundas más”.

La luz se filtra a través de la ventana.

Alguien llora.

Lo único que puedo recordar es el olor intenso

del seso y los huevos quemados en la sartén.

La mañana entera mezclada con otros desechos

es arrojada al tacho de la basura.

Minutos más tarde salimos en el auto hacia la quema,

un viaje de unos 15 km., no nos hablamos en el

/trayecto.

En los montículos, oscuros, malolientes,

tiramos nuestras bolsas y cajas de basura.

Las ratas chillan, emiten cortos silbidos,

se mueven arrastrando el vientre hinchado

entre los restos de los desperdicios putrefactos.

Volvemos al auto y observamos el fuego, las llamas,

el humo espeso que se adhiere a los charcos negros.

El motor del auto sigue funcionando.

Huelo el aroma del cemento para pegar avioncitos

que ha quedado adherido a la punta de mis dedos.

Él me observa cuando acerco los dedos a mi nariz.

Después mira hacia otro lado, mira hacia el pueblo.

Quiere decir algo pero no puede.

Está a un millón de km. de distancia.

Los dos estamos muy lejos, y alguien sigue llorando.

En ese momento yo empecé a comprender

cómo es posible estar en un sitio y en otro lugar

/también


Uno Más

Se levantó temprano, la mañana teñida de emoción,
listo para ponerse a escribir. Tomó una tostada y huevos,
café, y fumó unos pitillos, mientras pensaba en el trabajo
que le esperaba, el difícil sendero a  través del bosque.
El viento empujaba a las nubes en el cielo,
agitando las hojas que quedaban en las ramas,
al otro lado de la ventana. Unos pocos días más y habrían
desaparecido, esas hojas. Había un  poema en eso, podría ser;
tenía que pensar en ello. Fue a su mesa,
dudó durante largo rato, y luego hizo
lo que demostró ser la decisión más importante
que tomaría en todo el día, algo para lo que toda
su imperfecta vida le había preparado. Puso a un lado
la carpeta de los poemas- un poema en concreto todavía
seguía en su mente después del inquieto sueño de la noche.
(Pero, en realidad, ¿qué es un poema más o menos? ¿Qué más da?).
Contaba con todo un día abriéndose ante él
lo mejor será limpiar el suelo antes. Tenía que ocuparse
de unas cuantas cosas, incluso de unos asuntos familiares que
no debería dejar para mucho más tarde. De modo que no paró.
Trabajó  sin parar el día entero- dominado por un amor y odio,
un poco de compasión  (muy poco), una sensación conocida,
incluso desesperación y alegría. Hubo ocasionales estallidos 
de ira, que luego se calmaban, mientras escribía cartas
diciendo “si” o “no” o “depende”- explicando por qué, o
por qué no a personas que nunca había visto y nunca vería.
¿Le importaban?  ¿Le importaba algo?  Algunas sí.
también atendió algunas llamadas, e hizo algunas, que
a su vez provocaron la necesidad de hacer algunas más. Así es,
ahora se siente incapaz  de  hablar,  prometió llamar al día siguiente.
Hacia la tarde, agotado y notando con claridad (pero
erróneamente, claro)  que había pasado un día de trabajo
honrado, se detuvo a hacer inventario y pasar nota
del par de llamadas que tenía que hacer la mañana siguiente si
quería estar al tanto de las cosas, si no le apetecía
seguir escribiendo cartas, que no le apetecía. Ahora,
se le ocurrió, estaba harto de todos estos asuntos,
pero seguía igual, terminando la última carta que debería de
haber contestado semanas atrás. Luego levantó la vista.
Afuera era casi de noche. El viento se había calmado. Y
los árboles- todavía seguían,  casi despojados de todas
sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada
si no tuviera en cuenta esa carpeta de poemas que
le inquieta mirar. Mete la carpeta en un cajón, la
quita de su vista. Estará en buen sitio, segura y
él sabrá dónde descansar las manos  cuando
sienta la necesidad de ello. ¡Mañana! Hoy ha hecho todo lo que
podía hacer. Había aún esas llamadas que tenía que hacer,
y olvidó que debía llamar él, y había unas cuantas notas
que debía de mandar debido a algunas de las llamadas, pero
ahora no lo iba a hacer, o si? Estaba fuera del bosque.
Podía llamar hoy. Había hecho lo que debía hacer. Lo que
su conciencia le dijo que hiciera. Había cumplido con
sus obligaciones y no había molestado a nadie.
Pero en ese momento, sentado allí delante de su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el recuerdo del poema que
quería escribir esta mañana, y estaba ese otro poema
que tampoco conseguía recordar.
Así eran las cosas. La verdad, es que no hay mucho más que decir.
Que se puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
el día entero, y escribir cartas estúpidas
mientras deja a sus poemas desatendidos, abandonados
- o peor aún, sin empezar-. Este hombre no merece poemas
y éstos no deberían acudir a él de ninguna forma.
sus poemas, si producía alguno más,
deberían comérselos las ratas.




Domingo por la Noche

Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Del otro lado de la ventana, por ejemplo.
Este pitillo de entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock-and-roll,
El Ferrari  rojo del interior de  mi cabeza.
La mujer que anda a tropezones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.

ANTE UNA VIEJA FOTOGRAFIA DE MI HIJO

Ay, hijo, en aquellos días quise
cien -no mil- veces que te murieras.
Pensaba en todo lo que dejamos atrás. ¿Quién diablos
sacó esta foto y
por qué aparece ahora,
justo cuando empezaba a olvidar?
Miro la foto y se me  encoge el estómago.
Me veo a mí mismo apretando las mandíbulas, los dientes, y
de nuevo me puede la cólera.
Sinceramente necesitaría una copa.
Eso es una prueba de tu fuerza y tu poder, del miedo
y la confusión que aun me inspiras.



Fear of seeing a police car pull into the drive.
Fear of falling asleep at night.
Fear of not falling asleep.
Fear of the past rising up.
Fear of the present taking flight.
Fear of the telephone that rings in the dead of night.
Fear of electrical storms.
Fear of the cleaning woman who has a spot on her cheek!
Fear of dogs I've been told won't bite.
Fear of anxiety!
Fear of having to identify the body of a dead friend.
Fear of running out of money.
Fear of having too much, though people will not believe this.
Fear of psychological profiles.
Fear of being late and fear of arriving before anyone else.
Fear of my children's handwriting on envelopes.
Fear they'll die before I do, and I'll feel guilty.
Fear of having to live with my mother in her old age, and mine.
Fear of confusion.
Fear this day will end on an unhappy note.
Fear of waking up to find you gone.
Fear of not loving and fear of not loving enough.
Fear that what I love will prove lethal to those I love.
Fear of death.
Fear of living too long.
Fear of death.

I've said that.

Miedo a que el coche de la policía estacione en la puerta.
Miedo a dormirme esta noche.
Miedo a no dormirme esta noche.
Miedo a que el pasado se levante.
Miedo a que el presente vuele.
Miedo a que el teléfono suene en medio de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo a la mujer de la limpieza que tiene una mancha en su mejilla.
Miedo de los perros que me han dicho que no morderían.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a no tener más dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque nadie me creería esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a las letras caligráficas de los niños en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y sentirme culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre en su ancianidad y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine sin un toque de felicidad.
Miedo a levantarme para comprobar que te has ido.
Miedo a no amar o miedo a no amar lo suficiente.
Miedo a que lo que amo sea mortal para quienes amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.

He dicho eso.



EL DON DE LA TERNURA

Tarde en la noche. Comenzó a nevar.
Los copos húmedos caían
más allá del cristal de las ventanas,
surcando el aire frío
ocultaban el resplandor de la ciudad.
Observamos un rato la tormenta
sorprendidos, felices, satisfechos
de estar allí y no en otro sitio.
Puse un leño en el hogar,
me pediste que regulara
el tiro de la chimenea.
Nos metimos en la cama.
Cerré mis ojos, de inmediato,
pero
por razones que desconozco
antes de dormirme
el aeropuerto de Buenos Aires
atravesó mi memoria.
Recordé esa tarde,
la temprana oscuridad, las sombras.
Reconstruí la escena:
regresé a ese paisaje desolado
donde flotaba un silencio sepulcral
interrumpido únicamente por el rugido
de las turbinas del avión que carreteaba
lentamente bajo una lluvia de granizo,
tan fino que lo confundimos con nieve.
En las ventanas de los edificios no había luz.
Un lugar realmente solitario.
Sólo pasillos abandonados, hangares vacíos.
No vimos a una sola persona.
“Es como si todo estuviera de luto,”
fue tu comentario.

Abrí mis ojos.
El ritmo de tu respiración
me dijo que estabas profundamente dormida.
Te cubrí el cuerpo con uno de mis brazos.
Mis evocaciones
me trasladaron de la Argentina
a un departamento en el que pasé
un tiempo de mi vida, en Palo Alto.
No nieva en esa ciudad,
pero el departamento disponía
de un amplio ventanal desde donde
podríamos haber mirado por horas
la autopista que rodea la bahía.
La heladera estaba al lado de la cama.
Las noches calurosas, sofocantes,
cuando me despertaba con la garganta seca
sólo tenía que estirar el brazo, abrir la puerta
y dejarme guiar por la luz interior
hasta el botellón con agua refrescante.
En el baño un pequeño calentador eléctrico
descansaba cerca del lavatorio.
Todas las mañanas mientras me afeitaba
calentaba agua en una vieja sartén,
el frasco de café instantáneo,
siempre a mano, en el botiquín.

Un mañana me senté en la cama
vestido, recién afeitado,
bebiendo sorbos de café caliente
intentando olvidar planes,
proyectos, todas esas cosas
que había decidido realizar.
Finalmente disqué el número
de Jim Houston que vive en Santa Cruz,
le pedí prestados 75 dólares.
Me contestó que estaba sin fondos.
Su mujer había viajado a México
por unos días y él ya no tenía dinero,
no llegaba a fin de mes.
“Está bien”, le dije. “Te entiendo.”
Y así era,
no necesité explicaciones.
Hablamos un poco más y cortamos.
Terminé el café cuando el avión
comenzaba a elevarse en mi recuerdo
y yo desde la ventanilla miraba
por última vez las luces de Buenos Aires.
Después cerré los ojos
iniciando el largo regreso.

Esta mañana hay nieve por todos lados.
Hablamos sobre la tormenta.
Me comentás que no dormiste bien.
Te digo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. “Yo también.”
Estamos tranquilos el uno con el otro,
nos asistimos tiernamente
como si comprendiéramos nuestro estado de ánimo,
las mutuas inseguridades.
Creemos adivinar los sentimientos del otro,
no podemos, por supuesto, nunca podremos.
No tiene importancia.
En realidad es la ternura la que me interesa.
Ése es el don que me conmueve, que me sostiene,
esta mañana, igual que todas las mañanas.


MI CUERVO


Un cuervo se posó en el árbol que hay frente a mi ventana.

No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway.

Ni el de Frost, ni el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.

Tampoco era uno de los cuervos de Homero, impregnados

de sangre coagulada tras la batalla. Era sólo un cuervo.

Que jamás encajó en parte alguna

ni hizo nada digno de mención.

Se quedó ahí en esa rama durante unos minutos.

Luego alzó el vuelo maravillosamente

y salió de mi vida.



MY CROW


A crow flew into the tree outside my window.

It was not Ted Hughes’s crow, or Galway’s crow.

Or Frost’s, Pasternak’s, or Lorca’s crow.

Or one of Homer’s crows, stuffed with gore,

after the battle. This was just a crow.

That never fit in anywhere in its life,

or did anything worth mentioning.

It sat there on the branch for a few minutes.

Then picked up and flew beautifully

out of my life.



TU PERRO SE MUERE


lo atropella una furgoneta.

lo encuentras a la orilla de la carretera

y lo entierras.

te sientes mal.

te sientes mal por ti mismo,

pero te sientes peor por tu hija

porque era su mascota

y lo quería mucho.

solía canturrearle

y lo dejaba dormir en su cama.

escribes un poema sobre ello.

lo titulas un poema para tu hija

y trata del perro al que atropella una furgoneta,

de cómo te ocupaste de él,

lo llevaste al bosque

y lo enterraste hondo, muy hondo,

y el poema sale tan bien

que casi te alegras de que hayan atropellado

al pobre perro, si no, no habrías escrito

nunca ese poema.

entonces te sientas a escribir

un poema sobre la escritura de un poema

que trata de la muerte de ese perro,

pero mientras escribes oyes

a una mujer gritar

tu nombre, tu nombre de pila,

ambas sílabas,

y tu corazón se para.

dejas pasar un rato y vuelves a escribir.

ella grita de nuevo.

te preguntas hasta dónde puede llegar.


YOUR DOG DIES


it gets run over by a van.

you find it at the side of the road

and bury it.

you feel bad about it.

you feel bad personally,

but you feel bad for your daughter

because it was her pet,

and she loved it so.

she used to croon to it

and let it sleep in her bed.

you write a poem about it.

you call it a poem for your daughter,

about the dog getting run over by a van

and how you looked after it,

took it out into the woods

and buried it deep, deep,

and that poem turns out so good

you're almost glad the little dog

was run over, or else you'd never

have written that good poem.

then you sit down to write

a poem about writing a poem

about the death of that dog,

but while you're writing you

hear a woman scream

your name, your first name,

both syllables,

and your heart stops.

after a minute, you continue writing.

she screams again.

you wonder how long this can go on.


Poemas de Raymond Carver traducidos por Jaime Priede



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La inclusión de Raymond Carver en Poéticas es una atención de
Biblioteca Virtual BEAT 57
beatcincuentaysiete@hotmail.com
http://ar.geocities.com/beat_virtual

Después de la muerte de Carver, Tess escribió El puente que cruza la luna.

-Traducido por Eduardo Moga y publicado por Barteleby Editores 2.006-

Uno de los poemas que incluye es Habitación Infinita.

Habitación infinita.

Habiendo perdido el futuro con él,

estoy dispuesta a amar a quienes

no me ofrezcan futuro – la forma

que tiene el corazón de extraviarse

en el tiempo -. Él me lo dio todo, hasta

el último y jaspeado instante, pero no como un exceso,

sino como si un propósito oculto fuese

una fuente junto al camino

a la que pudiera acercar mis labios y saciarme

de recuerdos. Ahora el amor en una habitación

puede hacer que me pierda con suma facilidad,

como una niña que hubiese de volver deprisa a casa

ya de noche, y tuviera miedo de

encontrarla vacía. O sólo miedo.

Dime otra vez que esto sólo va a durar

lo que dure. Quiero ser

frágil y verdadera, como quien prolonga

el momento con su muerte intacta,

con su corazón, demasiado sabio,

limpio de los desechos que llamamos esperanza.

Sólo entonces podré volver a visitar al último superviviente

y saber, con la alborotada exactitud

de una ventana rota, lo que quería decir,

con todo el tiempo ido,

cuando decía: “Te quiero”.

Y ahora ofréceme de nuevo

lo que pensabas que no era nada.

Tess Gallagher