Capítulo I

 


 

I



Sólo lastimamos a aquellos que amamos, lo demás es una bagatela. Sé que yo no soy un miserable, aunque no me canso de repetirlo. Es de noche y estoy en un familiar callejón oscuro. Las sombras se han detenido y veo a una mujer. Se oyen muchos gritos y silencios. Luego estruendos. Después me doy cuenta que estoy en el sueño dentro de un sueño de un invidente, y me despierto. El común malestar por regresar al mundo de la vigilia. Abro los ojos y aún sigue todo negro. Quizá todavía los tengo cerrados. Parpadeo. No, ya están abiertos. Afuera los grillos se restriegan las patas para producir su chirriante musiquilla. Hacía rato que no escuchaba su canto discordante. Curioso y enfadoso.

¡Cállense, dejen dormir!

Tan mala como la música pop de todas esas güeras igualitas desechables. Se oyen muy cerca, se treparon hasta la ventana. ¿Será por la época de lluvias? Tal vez, pero no recuerdo haberlos escuchado antes. Al menos no aquí. Quizá las dos o tres de la madrugada. Ay, quiero mear. Con un brazo me quito de encima la pesada cobija y ésta cae al suelo. Abro aún más los ojos. Mi habitación no parece la misma. Aparenta ser mucho más pequeña y un sombrío color amarillo ocre predomina. El calor es intenso. Las ganas de orinar se hacen más agudas al levantarme.

Imágenes borrosas de una rubia me vienen a la cabeza, pero no logro definirlas, están muy hoscas.

Así habré estado, jaja.

No era el pelo rojizo de mi mujer. Hola, ¿te conozco? Creo que también tenía grandes caderas, pero las de mi mujer son de lujo. Ay, la extraño, quisiera que estuviera aquí. Quizá fue parte de mi sueño. Mañana a primera hora le llamo.

Mi vista todavía no se ha acostumbrado a las sombras y no puedo distinguir por dónde ando. Claro que me conoces, la voz de la rubia me es familiar. Camino hasta la puerta, tentando la pared con mis manos. Estriada, fría, polvorienta en sus pequeñas oquedades. Cierro los ojos. Varias manos de pintura; pelos de brocha incrustados que alteran el orden, o se adhieren a él. El suelo está helado, liso, resbaloso. Voy a tomar un poco de dinero de los ahorros para poner alfombra aquí también. Buscar en la sección amarilla. Una tienda barata. Tapiz de color gris o beige oscuro, para que la casa no se ensombrezca. El baño está justo a la derecha, pero mis dedos sólo advierten el frío impersonal de la misma pared. No me he despertado del todo o el día anterior estuvo más severo de lo que pensé. Tambaleándome toco el otro muro y percibo la madera de una puerta. Llana, sobria, ingenua. Barniz ya cansado. Escarapelándose en algunos lugares. Entro y puedo apreciar la silueta de un escusado.

Igual y estoy enfermo. Tal vez fiebre; paso mi mano por la frente, tersa, muy suave, empapada de sudor. Voy a crecer, como siempre me decía mi madre cuando era niño y me daba calentura. Mamá no me siento bien, uy tienes treinta y ocho de temperatura, no te preocupes, no es que estés enfermo, sino que tus huesos están creciendo y pues se calientan por el cambio en tu organismo. Me veía la cara incrédula. Te lo juro por dios. Yo le creí y recibía la calentura con alegría, temblando debajo de mis cobijas. Sin prender la luz, levanto la tapa y me bajo la pijama. Ojalá y me dé fiebre, ojalá y me dé fiebre. Comienzo a orinar pero algo no anda bien. Para que yo sea muy alto. Al tocarme el miembro para dirigir el chorro, lo siento muy pequeño; quizá por lo mismo de la fiebre el inseparable compañero no anda en sus mejores días. Ser mucho más grande que mi papá. Bajo mi otra mano para rascarme cuando me doy cuenta de que mi vello púbico ha desaparecido.

¿Qué habrá pasado en la fiesta que no recuerdo?

Sigo tocándome y el conjunto se siente cada vez más extraño. Mis ojos se adaptan a la noche y las siluetas de las cosas no están donde deberían de estar.

Corro para encender el interruptor de la luz. Cuando todo se vuelve visible tengo que cohibir un grito, ya que este baño me es desconocido. ¿En casa de quién estoy? Por muchas fiestas en las que he estado nunca me ha pasado algo como esto. Pero... no recuerdo ninguna fiesta. Únicamente regresar de Coyoacán hacia la casa. Yo sólo, nadie me acompañaba. No era tan tarde. Y sin embargo, esta no es mi casa. Una cortina con peces de colores en lugar de la puerta de acrílico, el retrete amarillo en vez de blanco, sólo luz artificial (aquí no hay ventanal), pequeños mosaicos azules en lugar de los blancos.

Ahora sí te la hicieron, Robertito. O te la hiciste.

Miro hacia abajo y lo único que puedo percibir es un pequeño órgano infantil en mi entrepierna. Un ahogado lamento sale de mi garganta. Tengo que estar soñando, me digo en voz alta para tratar de despertarme. Un par de cachetadas. Doy dos pasos buscando mi imagen reflejada en el espejo. Mejor no lo hubiera hecho. El cristal está muy alto, sólo puedo verme la punta del cabello, tengo que agarrarme del lavabo e impulsarme hacia arriba. Cuando salto sólo logro observar, no sin horror, el rostro de un chiquillo. Mediante un segundo brinco trepo al lavamanos y me observo más detenidamente. Es cierto. Esto no es un sueño, sino una pesadilla.

Es o no una alucinación, el punto es que ahí sigo, quizá dormido, pero todavía ahí, mirándome. Adiós a mi barba y a mi calvicie prematura, hola a una piel como nalga de bebé y a una completa y negra cabellera. No traigo puestos mis lentes, pero me miro y mi imagen no está borrosa. El impacto que me causa este reflejo me impide notar que a este niño lo conozco. Mi cabeza me da vueltas y tengo que recargarme con una mano en el espejo, macizo, escurridizo, álgido. Una manita. Siempre tendré manos pequeñas, pero esto es ridículo. La respiración se me enturbia. Doy resoplidos profundos, como un caballo después de las faenas del rodeo. Comienzo a relajarme, tratando de inhibir el miedo del principio y a fijarme de manera atenta en las facciones de este chico.

¿Quién eres, chamaco? ¿Quién soy?

Mi escrutinio no tarda mucho, ya que después de un largo instante me percato de que este niño soy yo mismo.

Un drogadicto en las seis primeras horas en un viaje con peyote, un alcohólico nadando en estado etílico o un orate con una camisa de fuerza y mirando la luna a través de unos barrotes; para poder achacarle a algo (o a alguien) lo que está pasando. Pero nunca he probado droga alguna, excepto el alcohol. ¿Un trance alcohólico? Podría ser. Ya, deja de decir pendejadas, y no busques la salida por el camino fácil, como lo hace ahora el resto del mundo para quitarse de encima cualquier cosa que no cuadra en sus parámetros matemáticos. Un fugaz pensamiento cruza por mi cabeza. Vuelvo a mirar a mí alrededor y advierto que el baño no me es tan extraño después de todo. Haciendo un esfuerzo en mi memoria puedo recordar que es muy similar al baño que teníamos cuando mis padres y yo vivíamos en Mazatlán. Por supuesto que no puedo rememorar todos los detalles, pero mirando el conjunto puedo asegurar que así era exactamente. Si esto es así, quiere decir que mi imagen en el espejo es de cuando tenía seis o siete años.

Ese niño soy yo mismo.

Armándome de valor salgo de mi refugio y me paro en medio del pasillo. A la izquierda y al frente del tocador hay dos puertas cerradas. Ninguna luz se alcanza a percibir debajo de ellas. Si hay alguien aquí, deben de estar durmiendo. Camino a la de en frente, muevo el frío y circular picaporte color dorado y abro la puerta con mucha cautela. Muy lento. Demasiado, diría yo. ¡No seas coyón, ábrela de una vez! Meto sólo la cabeza y consigo observar un escritorio para dibujo, pinceles, un caballete, papeles, lienzos y un par de libreros. Un olor a aguarrás, papel y libros viejos inunda la estancia. Cierro el portón despacito, para no hacer ruido. Mi mano se acerca a la puerta de la izquierda. Me detengo. Empiezo a temblar. Giro sobre mis talones y veo a la derecha el cuarto de donde salí y a un lado el pasillo que conduce a lo que parece ser la sala. No cabe duda. Así es la casa que recuerdo. En esa portezuela cerrada deben estar mis padres. El temor me invade de nuevo y corro a la extraña cama de la que me había levantado. Me cubro hasta la cabeza con la sábana. ¿Qué, acaso en verdad eres ese impúber que viste en el espejo para esconderte así? ¿Acaso crees que con cubrirte el mundo va a desaparecer? ¿Qué no eres todo un adulto hecho y derecho? Me das pena. Cierro mis ojos y no quiero saber más.

Esto no está pasando, sólo duérmete.



La luz que entra por la ventana me despierta. ¡Qué horrible sueño! Estiro un brazo hacia el lado izquierdo de la cama, vacío. Sábana áspera, hosca y arrugada. Alejandra se debió de haber ido mientras dormía. Ay, quería contarle lo que soñé, no me lo va a creer. Me froto los párpados en busca de legañas. Siento mi ojo que es tocado por mi índice y siento mi índice tocando mi ojo. Mis concavidades orbitales y mis falanges. Se va a cagar de risa cuando le platique. Ahora que recuerdo, creo que ella no vino anoche. Me estoy acostumbrando a su presencia. Toco mi boca para limpiar la saliva. Mi barba no está ahí. Sólo una piel lisa y suave, sin las marcas del paso del tiempo, ni las cicatrices de mis malas rasuradas. Entorno los ojos, todo es amarillento. Mi estómago se revuelve. No, por favor. Me cubro de nuevo hasta la cabeza con la sábana y el delgado cobertor. No quiero salir, no quiero mirar. Al poco rato no me queda de otra y miro y salgo. ¿Qué iba a hacer, quedarme todo el día bajo la cobija? No era un sueño. No es un sueño. Me quito toda la ropa y pretendo mirarme y comprobarlo, pero no hay un solo espejo. Aun así me hace bien, hace mucho calor. Miro hacia abajo. Sí, no hay duda. Éste cuerpo lampiño y de bebé no tiene nada que ver con el mío. ¿Trasmigración? No, yo nunca he creído en el alma. Maldito Pitágoras. Nada que ver con su teorema. Sudo por todas partes. Debe de ser verano. O en verdad tengo una fiebre de los mil diablos. Salto al piso y abro una de las ventanas en forma de rejillas para que circule el aire. Me pega en el rostro haciendo que mi cuerpo se refresque inmediatamente. El olor a humedad y a sal es inconfundible. Toda mi niñez me viene a la cabeza de un sólo golpe. Como Proust. O al menos lo poco que recuerdo de ella, ya que siempre he sido muy desmemoriado. Dicen que olvidar es de caballeros. Lástima que ya no funcione en estos tiempos. Mi esposa, ex-esposa, siempre se enojaba cuando yo olvidaba algo. Se enojaba muy seguido, por cierto. Por entre los cristales veo la cochera y el bocho blanco estacionado con sus máculas descoloridas y la pintura carcomida gracias a la intensidad del sol. El crecido árbol guayabero de la esquina con el panal de avispas desmaya-gentes en su interior. Las casas idénticas de un solo piso, con sus azoteas planas en donde reposan los tinacos que acumulan el agua y las largas antenas en forma de esqueletos de pescado para la recepción de la señal en las televisiones; todos estos hogares de color almagre y ocre tan características de las colonias de la armada. Mi bicicleta azul recargada sobre la pared, la llanta de atrás, mucho más grande que la de adelante, desinflada y la bomba de aire a un lado. El gran pedazo de plastilina verde con el que me divertía de niño derretido por el sol. La diminuta barda que separa nuestra casa de la de los vecinos. Mi padre que retorna de su trote matutino, aunque murió hace cinco años.

He regresado.