Epílogo
 

 

Epílogo



Cuando me doy cuenta, es demasiado tarde. ¿Cómo fui tan ingenuo como para querer escapar del eterno retorno de lo mismo? En su solo nombre está la imposibilidad. Simplemente un momento de lucidez, en el que llegas a alturas insospechadas, para después caer abruptamente a un mundo ya conformado, del cual eres tan sólo un producto hecho en serie. Te desenvuelves en este mundo con asombro y miedo. Asombro por todas las cosas y sensaciones que aparentan ser nuevas; miedo por haber olvidado lo que te deparará el futuro. Sin embargo este olvido no ocurre porque así deba ser, sino porque conviene que así sea. Así nos creemos libres, así nos profesamos originales. Nos enseñan y aprendemos eficazmente la vida al pie de la letra, y luego nos preguntamos, con los ojos muy abiertos y dos lagrimones en las mejillas, ¿qué debo de hacer? Somos los maestros del olvido.

Aunque no lo recordemos.



Me levanto temprano, cuando el sol acaba de salir. No quiero despertar a mí mamá ni interrumpir a mí papá que de seguro está leyendo. Además no le gusta que me la pase viendo la tele. Me quedo en la cama un rato más, tratando de dormir otro poquito. Al rato me levanto, me visto rápido, tomo unos juguetes y salgo a jugar.

En la calle, por la cancha de voleibol hay muchos troncos tirados. Corro hacia ellos y tomo uno. Es mi espada. Mejor, espada láser. Luke, yo soy tu padre. Jaime y Rodrigo también están jugando con ellos.

Roberto, vete de aquí, nosotros llegamos primero.

¿Y qué? Hay muchos palos, y yo puedo agarrar los que quiera.

¿Ah sí? Pues si no te vas te pego con éste que traigo aquí.

Ja, no te atreves.

Me pega. En la pura espalda. Me duele mucho, casi lloro, pero aprieto los dientes como me había enseñado mi mejor amigo Sergio, el de la escuela, para dejar las lágrimas adentro. Estoy enojado. Tomo el palo con ambas manos y le doy tres golpes seguidos con todas mis fuerzas.



Phoenix 2005