Capítulo XVI
 

 

XVI



¿Adónde se había ido ahora el enano? ¿Y el portón? ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchicheo? ¿Había yo soñado, pues? ¿Me he despertado? De repente me encontré entre peñascos salvajes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.”

Roberto tiene que respirar con la boca para no percibir el mal olor. La vieja del cabello seboso y de la risita cómplice está sentada ahora a su lado. No lo deja de mirar. ¿Qué, tengo monos en la cara o qué? Roberto siente repugnancia y a la vez algo de temor. ¿Y si lo roba? No trae mucho dinero encima, pero piensa en sus credenciales, la única tarjeta de crédito y las pequeñas notas ocurrentes. ¿Y si le hace algo peor? En el autobús hay algunos pasajeros y eso lo tranquiliza un poco. Pero si está loca, no creo que le ayude de mucho.

¿Ya a casa, señor? —rompe el silencio, se sopla en las manos, pone una gran sonrisa, muestra sus dientes amarillos y algunos podridos, no suelta el pasamanos del asiento de adelante, la vieja.

Si —contesta secamente, la mira de reojo, se muerde una uña, su pierna se mueve nerviosamente, lo que me faltaba, Roberto.

¿A descansar? —suspira, se acomoda en el asiento, se rasca compulsivamente la cabeza, la vieja—. Un largo día, ¿no es cierto?

Si —mira hacia arriba, abajo, a un lado, pero no al otro para no verla, cruza los dedos en su regazo, apúrate maldito camión, Roberto.

Está bien, ya es hora —gira la cabeza hacia el frente, se hurga la nariz, busca algo en su bolsa de mandado, la vieja—. Le hace falta descansar.

¿Ah sí? —se acerca más a la ventanilla, la abre, le pega el aire helado en la cara, respira hondo, ¿tan cansado me veo?, Roberto.

Más que un largo día, una larga vida —sonríe, saca un espejito, se pone saliva en las cejas con el meñique, delibera, la vieja.

Pues no tanto —advierte que dos personas se bajan, da una ojeada a su alrededor, el chofer apaga las luces interiores del autobús, simula un bostezo, ¿me pregunta o me dice?, Roberto.

Claro, usted piensa que aún es joven —lo vuelve a mirar, de arriba abajo, alza una ceja, se rasca otra vez la cabeza, pone los ojos en blanco, la vieja.

Si, en mis treintas —sacude más rápido la pierna, se pone más nervioso, la siente muy cerca, ¿porqué vamos tan lento?, Roberto.

Bonita noche —ignora sus palabras, echa un vistazo por la ventanilla, inhala, exhala, murmura algunas palabras incomprensibles, la vieja—. Buena para serenarse y cerrar los ojos.

Roberto no dice nada, sólo afirma con la cabeza.

Aunque en realidad como cualquier otra noche —apuntala, filosofa, agita su dedo índice en el aire, la vieja.

Se tranquiliza porque de pronto la ñora se vuelve muy distante, sus palabras han perdido fuerza, mira fijamente al frente, en señal de prepararse para tocar el timbre y de proferir sus últimas palabras.

Procure recostarse bien y tómelo con calma —pone su mano encima de la de Roberto dándole dos palmaditas, gira en su asiento y le da la espalda, se pone de pie, de nuevo susurra un par de palabras que Roberto no entiende, la vieja—. Es lo más natural del mundo. ¡Bajan chofer!

Ya no pastor, ya no hombre, —¡un transfigurado, un iluminado, que reía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como él rió!”.



Hellen se sopla en ambas manos a causa del frío. Mira otra vez alrededor y nada. Todo muy solitario y oscuro. ¿Cuánto tiempo lleva ahí esperando? Prefiere no hacer la cuenta. ¿Y si no llega? Tiene que venir. En dos ocasiones había dado un paso en retirada, de arrepentimiento. Pero sólo fueron momentáneos. Inmediatamente regresaba el pie y continuaba en la espera. It´s now or never. Trataba de no pensar en Alexander, ni en nada que normalmente la pone alegre. Cuando lo hace entra la duda. El remordimiento. No quiere que le pasen por la cabeza estas cosas apacibles de su presente, sino la tranquilidad y el orden del futuro. Y este futuro está a la vuelta de la esquina. De un momento a otro, las piezas encajarán y todo será de nuevo nítido, preciso y claro. Dos y dos volverán a ser cuatro. La Tierra será otra vez redonda. La oferta y la demanda volverán a ser la ley del mercado. Dios regresará a ocupar su trono.

El rostro de su hijo le pasa fugazmente por la mente y pretende dar ahora un tercer intento de huida, cuando ve la silueta. La espera parece haber concluido. El corazón se le desboca en su pecho. ¿Será él? Entrecierra los ojos para ver mejor. La figura cada vez está más cerca, pero aún muy difusa. Aprieta con más intensidad su bolso contra sí misma. Gira fugazmente la cabeza a todos lados. Ninguna otra alma cerca. ¿Y si comete un error? ¿Y si se equivoca? ¿Y si camina en dirección contraria? ¿Y si corre, con todas sus fuerzas hacia la avenida, toma un taxi, al aeropuerto y de regreso a Cancún? ¿Y si sí es él y no puede hacerlo? ¿Y qué va a pasar con Alexander? Cuando la silueta cruza la contra esquina, iluminándose debajo de la luz del farol, Hellen lo reconoce inmediatamente. Su corazón regresa a su habitual ritmo. Las dudas desaparecen. La resolución se abre paso. Poco a poco suelta el bolso de su pecho. Lo deja caer a su costado. Exhala larga y flemáticamente. Mete la mano en su bolso y saca la pistola.



Roberto alza el cuello de su saco para cubrirse un poco del helado viento. Llegando a casita por fin. Piensa que quizá sería agradable darse un baño caliente para dormir mejor. Así no sentiría frías las sábanas al meterse a la cama. Alejandra debería de estar aquí, ¿no crees? Para enjabonarte la espalda y calentar las cobijas. Mirarse a los ojos, al estar recostados, hasta quedar dormidos. Ay, recuerda que aún tiene que calificar los exámenes y preparar la clase de mañana. Ni hablar. Tal vez recurra a la improvisación otra vez. A ver qué encuentra dentro de su manga. Llega a la esquina de su calle y ve una persona recargada en la pared de enfrente. La observa para ver si es uno de sus vecinos, pero no logra distinguirle el rostro. Parece una mujer. ¿Prostituta esperando cliente en la esquina? No creo, o en todo caso sería la primera en esta calle que ve en su vida. Acelera su paso, por si las moscas. Pero ve que la persona camina a su dirección. Me van a asaltar, piensa, cuando oye su nombre. ¡Roberto! Se voltea y corrobora que sí es una mujer. Rubia, alta y de amplias caderas. Blusa y pantalón negro. Perdón, ¿te conozco? Ella lo mira directamente a los ojos. Esboza media sonrisa. Claro que me conoces. Reconoce su voz, y en ese mismo instante es embargado por ese sentimiento que nos hace darnos cuenta de la realidad del mundo, en donde todo se muestra claro e indudable, y que esta claridad e indudabilidad no tienen nada de agradable. ¿Hellen? Sólo alcanzó a decir eso. Cae al suelo, llevándose ambas manos al pecho. Las dos detonaciones, como siempre, llegan a sus oídos demasiado tarde, ya no puede escucharlos. Muere justo después de azotar su cabeza contra el pavimento.

Yes, it is me.

Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, — y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.”

Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora!”.