Capítulo XV
 

 

XV



Son las once de la noche y la fiesta casi termina. Todos con las playeras, pantalones, vestidos y blusas salpicados de cerveza, salsa y grasa de la carne. Las señoras ya no me hacen caso. Alguna que otra ya se fue con el marido a rastras. Mi padre ha sacado la guitarra y se rifa unas canciones. Los demás hacen coro. Casi podría pasar como una tragedia griega, si este coro en realidad dijera algo. Y si además lo dijera con convicción. Yo sé bien que estoy afuera, pero el día en que yo me muera, sé que tendrás que llorar, mi padre, llorar y llorar, hip, llorar y llorar, los demás. Arrastrando las palabras, la mirada perdida, risas que no vienen al caso. Pienso que éste es un tipo de recuerdo que no quiero recordar, aunque lo voy a ver tantas veces que no me va a ser posible olvidarlo. Hay otros que sí, que incluso quisiera repetir. Pero, ¿podré repetirlos, renovarlos, como un mito? ¿Cómo estar presente en el mismo instante y en la misma circunstancia? Eso sería si tomara las mismas decisiones que tomé en mi vida pasada, como lo he estado rumiando en todo el día, puesto que una disposición distinta acarrearía una vida diferente, alterna. ¿No había quedado en que no quiero repetir la misma vida? Mis recuerdos sólo se quedarían en lo que son, para dar lugar a nuevas situaciones.

Sin embargo, no logro quitar de mi cabeza el rostro de Yosadara mientras nos damos ese beso. El mejor que he dado y que he recibido. Ven, ayúdame a buscar a mi novio, me dirá mientras me toma de la mano. Yo la seguiré sin respingar con su cara angelical y su inusual nombre en memoria de la esposa del joven Buda. Su oscuro pelo corto que le llega al cuello se moverá muy lentamente. Su mano factible y húmeda por el nerviosismo. Mi corazón batiéndose de gozo y celos. Entraremos por uno de los pasillos de la universidad, en donde están los salones. Me soltará y nos separaremos un poco. Yo echaré un vistazo hacia la calle por las ventanas y ella en las aulas. Daremos unos diez pasos. No hay nadie aquí, diré. Ella sonreirá. Me acercaré a ella y la tomaré con uno de mis brazos en su cintura. Ella hará lo mismo. La miraré a los ojos. El acto será totalmente espontáneo. No habrá cabida para dudas, titubeos ni pensamientos. Los ¿me rechazará?, ¿estará pensando lo mismo que yo?, ¿le gustaré?, estarán fuera de lugar. Sus labios serán una puerta abierta hacia la certidumbre. La piel de su rostro que será palpada por mí se hallará exaltada e inocente. No cerraremos nuestros ojos, sino que nos contemplaremos sin pestañear durante el eterno empalme. Nuestras lenguas jugarán, se recrearán, se aprobarán. Nos separaremos pausadamente mientras respiramos muy profundo, haciendo que nuestros soplos reanuden con fastidio el tradicional frío del aislamiento y seguiremos caminando. Ninguno pronunciará palabra. Saldremos del pasillo y nos reuniremos con los amigos. Ella seguirá con su novio y yo me iré de la escuela.

Un recuerdo que valdría la pena repetir eternamente.

¿Repetirlo así, tal cual? ¿Y si intento que termine con su novio para que estemos juntos? Es hermosa. Claro que lo vale. Preparar el camino para ese encuentro. Investigar sobre su existencia desde ahora. En el internet encuentras de todo. Ay, para eso tendré que esperar algunos años. Quizá en su árbol genealógico o en la sección amarilla. ¿Cuál es su apellido? ¿Y si haciendo esto altero otras situaciones? Un riesgo. Seguir al pie de la letra mi vida. Así tendría control sobre cada circunstancia, ya que si lo cambio todo se volvería azar y no importaría que conozca mi futuro, porque ya no sería el mismo. O en todo caso utilizar mi vida pasada como pauta para esta nueva. Crear nuevos recuerdos. Al menos el nerviosismo de las primeras veces va a desaparecer. Empezar de cero pero con treinta y cinco años de práctica. Treinta y cinco. ¿Treinta y cinco? ¿Por qué esa edad? ¿Por qué no sesenta o setenta? No, no recuerdo ningún otro cumpleaños ni ninguna otra circunstancia arriba de los treinta y cinco. ¿Qué me pasará en esa etapa? ¿Alzheimer de todos los años siguientes? ¿Algún accidente que me hará perder la memoria? Le estás dando muchas vueltas, Robertito. Me doy cuenta: la opción más lógica es que a esa edad voy a morir.

No, debe de haber otra causa por la cual estoy de regreso. Ay Roberto, siempre buscando causas, nunca se te va a quitar esa maña. Lo sé, lo sé, y es que, en verdad, es muy lógico, ¿cómo no me había dado cuenta desde el principio? La única razón de estar ahora es porque he muerto. Morirás un poco joven ¿no crees? ¿Cómo moriré? Mi padre fallecerá de un paro cardiaco, dicen que es hereditario. Como el cáncer. Tendrá que ser una muerte fulminante, porque no recuerdo estar enfermo. ¿Me suicidaré? Quizá por eso lo he olvidado. Como esa película de un tipo que están interrogando para que confiese su autoría de un crimen que no recuerda, y que al final resultó que el crimen fue su suicidio. Roman Polanski sale en ella, creo. Tampoco recuerdo haber estado deprimido. Pero quién sabe, todo es posible. Tal vez parte de este proceso regresivo es olvidar el final. De la misma forma que no recordamos el principio. Si es que lo hubo. Bueno, no es por vanidad, pero me gustaría vivir un poco más que treinta y cinco años. Cuidar más mi cuerpo, comer balanceadamente, hacer ejercicio. ¡Brrr!, de sólo pensarlo me dan escalofríos. No me imagino verte en traje deportivo y corriendo alrededor de la alameda, sudando copiosamente. Tragando con entusiasmo la contaminación de la Ciudad de México. Puntualito a las siete de la mañana en el Gym. Ni madres. Que la monomanía corporal se la queden los gringos. Buscar otra manera. Me preocuparé ya que llegue el momento. Con que no te pongas paranoico. Compraré latas de conservas para no salir de mi casa en un año, hasta que cumpla los treinta y seis. Dije que no te pongas paranoico. Claro, y al término de ese año de completa soledad en verdad vas a querer morir. Bueno, no será la primera vez que me encuentre en una situación de similar aislamiento. Tal vez, pero no era igual, al menos salías de vez en cuando, y en este caso no lo harías por miedo a algún accidente. Además, no dudes que en tu encierro, mientras estarás parado sobre una silla para alcanzar una lata de frijoles, te caerás y romperás el cuello. Quizá esa es la manera como vas a morir, pero como no lo sabes, el riesgo va a ser el mismo. Puta madre. Pero en algo tienes razón, no vale la pena preocuparse desde hoy. O vas a volver a pasar la vida escondiéndote de los demás.

Me levanto y me meto a la casa. La fiesta ya estaba muriendo de todos modos. Además de que a esta edad no me puedo divertir igual. Aun no tengo sueño, pero al menos podría ponerme a leer algo. Una novela, tal vez. Distraerme. Aunque con los cantos que ahora parecen lamentos bolivianos no creo lograrlo totalmente. Espero que esto termine pronto. Y luego vendrán los imprescindibles ronquidos de mi padre. El vino le hace dormir bien. ¿Por qué bebes? Para olvidar. ¿Olvidar qué? Que bebo. Entro al estudio y me dedico a repasar los libros. Me detengo casi al terminar el primer librero, después de un sinfín de libros de historia de la Conquista, de la Nueva España y de México en general, al encontrar La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Uno de mis libros preferidos. Es una edición nueva. La miro detenidamente y me sorprendo al percatarme de que es el mismo libro que yo voy a tener el resto de mi vida. Ahora recuerdo que en la secundaria es cuando me lo van a pedir, y mi padre me lo dará, pero yo no lo leeré hasta que tenga como veinte años. Rodando de arriba abajo entre mis cosas. Completamente maltratado, pero sin deshojar. Después de leerlo la primera vez, no lo voy a soltar, no importa a dónde iré, siempre lo traeré conmigo. Lo releeré varias veces. Va a estar bien para antes de dormir.



Los quejidos de los fiesteros han menguado. Ahora solamente susurros incomprensibles. Me alisto para dormir. Estoy orinando. Miro hacia abajo y sonrío. Otra cosa que no haré: la circuncisión. No soy judío ni gringo, pero mi esposa me convencerá de hacerlo. Hace que dures más, me dirá, no se queda tan sensible como con la pielcita, vamos a tener noches más románticas y nuestras relaciones van a ser más plenas. Quién sabe en dónde leerá eso, pero me dejaré engatusar. No me daré cuenta del fundamento contemporáneo de esta actitud. El hecho de poner ahora el cuerpo por encima de la mente o el intelecto. Precisamente lo contrario de la larga tradición platónica-cristiana. La mejor manera de controlar cualquier situación es por la vía del cuerpo. Todo se ha vuelto síntoma y enfermedad. Por lo tanto tiene solución: las pastillas, tabletas, comprimidos y píldoras inimaginables. Que estás triste, un antidepresivo, cuyo uso se ha expandido incluso a los niños, de ahí podemos ver hasta qué límite de absurdo control se llegará. Y lo que nos falta. En este caso es lo mismo. ¿Eyaculación precoz?, ¿falta de concentración?, ¿placer insatisfecho? No se hablará de practicar más, ni de enfocarse para dominar la sensación, ni de probar distintas posiciones, ni de conocerse a sí mismo, ni de comunicación con la pareja en el acto. ¿Cuál es la solución?, cortar ese inservible pedazo de piel para insensibilizar el miembro. ¿Qué andas desganado? Pues para ese problema (porque se ha vuelto un problema) vendrá la pastillita para aumentar el impulso sexual. ¿Quieres dejar de fumar, bajar de peso, eres adicto a alguna droga? Pues toma otra droga para que ya no lo seas de esta droga. La medicina ahora tan reconocida, tan prestigiosa. Ay hijo, deberías de estudiar medicina, ya ves que la salud es lo más importante. Mi madre. Muy humanitario cuidar a los enfermos. Y si consideramos que prácticamente todo el mundo (y cuando digo todo, me refiero a todo el mundo) está enfermo, pues es un negocio redondo. ¿Quisiera saber quién fue el prototipo de hombre con el que se determina la normalidad del cuerpo y de la mente? Gracias al cual, de un plumazo, se descarta, juzga y decreta lo que debe ser. Es lo que muestran las encuestas, los números. Claro. De cuarenta mil personas que participaron en esta investigación, se determinó que el 57% no tienen problemas de obesidad porque tienen un perro en casa. Ser operativos, es decir, conmensurables, o desaparecer. Lyotard.

Me quito toda la ropa y me acuesto sobre mi costado derecho, con el brazo extendido. Prendo el ventilador. El bochorno es grande. Comienzo a releer y recordar la furia y el amor del Jaguar, la timidez y vaguedad del Esclavo, la valentía y superficialidad del Poeta, cuando la idea de la muerte me viene otra vez a los codos. Aunque ahora no fue tanto el sentimiento de incertidumbre ante la forma en que voy a morir, sino la certeza de que voy a morir a los treinta y cinco años. Si no sé cómo va a ser, no podré escapar de ella. Pero si la preparo desde ahora, podría tener cierto grado de control. Ya lo dicen Cioran o Foucault, toda nuestra vida no es más que el aplazamiento del suicidio. Ahora, ¿cómo me gustaría morir? Gran parte de la gente, en nuestra cultura occidental al menos, opina que le agradaría morir haciendo el amor. Mi esposa dirá que eso es un simple cliché y que nadie lo cree en realidad. Puede ser. Pero creo que precisamente por eso se les llama a esos sentimientos irracionales. Es un instante, sólo un instante, oscuro, en el que hacemos algo que no hubiéramos hecho en la generalidad del tiempo, en la vida normal y racional. El crimen pasional, por ejemplo. Y luego nos ponemos a llorar de arrepentimiento. No sabía lo que hacía. Me dejé llevar. Yo no quería. Y a echarle la culpa a algo o alguien más... Me pongo boca abajo, aún con el libro abierto. Morir mientras duermo. Esa forma sería muy dulce. Estudiar farmacología, para saber y tener a mi alcance todos los medicamentos que hagan bien este trabajo. Pero, ¿y si al momento de cambiar algo de mi futuro, el resto se altera y a los treinta y cinco me encuentro en una situación y lugar completamente diferentes? Dejarlo al azar, entonces. Si tenemos suerte, podremos ser capaces de escoger nuestra propia perdición, y si no, tendremos que conformarnos con la que nos toca.

Me levanto y detengo el mecanismo del ventilador para que deje de oscilar. Lo apunto hacia mi cama y lo pongo en lo más fuerte. No dejo de sudar. Parece que el calor se concentra en la noche. Así está mejor. Dejo el libro y me recuesto sobre mi costado izquierdo. La muerte manejable. Tengo que pensarlo bien. O dormirme en mis laureles, con la vista desviada a lo que haya de venir. Pero eso no es lo que planeé en el mediodía. Si no simplemente tendría que olvidar mi futuro y ser un niño por completo. Sin embargo, con la muerte no trato con una decisión (en todo caso en el cuándo y cómo si me lo inflingo a mí mismo) sino que es una situación que ha de llegar, no importa qué tanto se posponga, evite o ignore. Me pongo boca arriba con las manos en el estómago. Podré decidir si casarme otra vez con Yolanda o no, si vuelvo a estudiar filosofía o mejor pintura, si me quedo en México o me voy al extranjero. Y en cuanto a la muerte, de ella mejor no preocuparse. Cuando llegue, ni cuenta me voy a dar. Es lo que hace que uno sea un solitario. Siempre ver morir al otro. Nunca a sí mismo. Como si la otredad tuviera una peculiaridad de la que tú careces. O viceversa. Tú posees una propiedad que nadie más tiene. Los demás pueden morir, tú no. Borges dijo que los animales son inmortales porque no saben de su muerte. O eternos, o algo así; pero, en todo caso, ellos no tienen ni siquiera idea de su propia vida, de que están vivos. La única noción que tengo de la muerte es por la extinción del otro, y de ahí me digo entonces yo también he de morir. Pero yo, yo no tengo conciencia de mi muerte (o en mi muerte)), por lo tanto soy inmortal. El tiempo transcurre y siempre le tenemos miedo a esta suposición. Volteando en cada esquina, invariablemente mirando sobre nuestro hombro, viviendo moderadamente, siguiendo el