Capítulo XIV
 

 

XIV



Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de luna, y yo y tú, cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas — ¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya?”.

Las luces de los coches se han vuelto manchas informes mientras Roberto limpia sus lentes con la orilla de su camisa. Olvidó su pañuelo. Un poco de vaho y a darle. Están muy rayados, necesita unos nuevos. Son medio caros, pero podría usar el mismo armazón. Ah mundo, ya volviste. Desapareció sólo por un par de segundos. Dos segundos de completo caos, tinieblas envolventes que nos quitan la forma de las cosas. O les da otra. Pero este caos es estático, ya que el mundo se detiene. Se queda en suspenso. En espera. ¿De qué? De que abras los ojos, de que te detengas y mires, de que te acerques y toques, de que te inclines y huelas, de que te coloques los lentes sobre tu nariz, y así los entes adopten otra vez su aspecto, su presencia, no su ser sino su estar. Ja, como dice Julián Marías, los alemanes y los ingleses darían una parte de su territorio por contar con el verbo estar en su lenguaje. Mete de nuevo su camisa dentro del pantalón. Quizá si en el idioma griego no se identificara el ser y el estar, nunca se habría dado el olvido del ser según Heidegger. Confundir el ser con el ente. Lo que es, es lo que veo. Cómo voy a decir que Roberto es sentado en la... más bien Roberto está sentado en la parte de atrás de un microbús con dirección a su casa. Ha sido un largo día. Lleno de sorpresas. La vida que da sorpresas, sorpresas que da la vida. Pensaba tomar un taxi, pero caminó un buen pedazo para digerir sus pensamientos y sus recuerdos recientemente avivados. Pone saliva en el pequeño rasguño de su pómulo. En el otro extremo del mismo asiento una señora lo está mirando. Roberto disimula. No quiere mirarla, para no darle entrada, ya que es una vieja un tanto extravagante. ¿Pordiosera?, puede ser. Muchos días sin bañarse, hasta acá percibo su olor. Y eso que tengo muy mal olfato. Larga cabellera gris y grasosa. ¿Borracha?, no parece. Ella ríe, bajito, sin quitarle los ojos de encima. Roberto la ignora.

Cuando salió del restaurante, ya casi había anochecido. Las luces del campanario de la iglesia de San Juan Bautista habían sido encendidas y lo golpeaban en los ojos hoscamente, mientras la campana repiqueteaba en sus oídos. El jorobado de Notre Dame de vacaciones en México columpiándose del badajo de la campana. Alguno que otro vendedor ambulante ofreciendo suéteres, bufandas y guantes para el frío de la noche (todos ellos tejidos y de colores chillantes), le agradó una chalina roja con borlas en las dos orillas, se ve pachoncita, para Alejandra. El adivino casi ciego que lee la mano libidinosamente en la esquina con una veladora. No le saque, le leo la mano, le leo el futuro, le digo la verdá. “Madame Web” al otro lado con sus sempiternos lentes rojos examinando el tarot. Por unos cuantos pesos puedes saber tu porvenir. Como si no lo supieran ya. Como si ese muchacho que va caminando, ese de la chamarra de mezclilla y un celular en la mano, no supiera que va a estudiar una carrera para poder trabajar, para juntar dinero, comprarse un coche, o dos, una casa, casarse, tener hijos, seguir trabajando, retirarse y morirse. El ciclo biológico de la vida, dicen. Pero claro, todos se defienden ¿y si no me caso?, ¿y si no puedo tener hijos?, ¿y si soy pobre?, etcétera. Incluso estas opciones están contempladas en el plan original. No se abren al infinito. There is no new thing upon the earth... that all knowledge was but remembrance... that all novelty is but oblivion. ¿Dónde lo leí? Creo que en un libro de Borges. Le gruñen las tripas a Roberto. El café no calma el hambre. Ya que llegue a su casa. Maldita vieja, la Olga, ojalá y nunca te vuelvas a topar con ella. Que le aproveche su pinche noviecito y que se rían a sus anchas del Roberto primero. Seguramente en este momento le está platicando de tu esposa. Ex-esposa. De cómo le estaba metiendo el dedo tú mejor amigo. Bueno, así no se lo platicaste tú a ella. Hoy te vas, pero sé que volverás, porque lo que yo te di no lo encontrarás jamás. Era nuestra canción. Tal vez le está diciendo que qué bueno que no fue ella. Y que qué bueno que cada quien había jalado para su lado. ¿Te imaginas, mi amor, llegar de sorpresa a tú casa y encontrar a tu esposa con tu mejor amigo cogiendo en el sofá? ¡Ay qué horrible debe de ser eso!, ¿no crees?, y, ¿me extrañaste?, dame un beso.

Puta madre.

Pero, ¿qué me dices de la rara noticia que te platicó Olga? De su nueva “faceta”. ...te juro que me he sentido así, como si me hubieran embrujado, que por cierto, ya que toqué el tema, yo soy una bruja; una verdadera bruja. Ja, ojalá y te hubieras visto tu propia cara, Roberto. Ella notó tu expresión, por eso tuvo que reafirmar: una verdadera bruja. Al escuchar esto, el poco interés que Roberto pudo haber tenido se fue por los suelos. ¿Quién es el que en realidad ha cambiado? Cuando andaban juntos, ella no tenía este tipo de inclinaciones por lo “sobrenatural”. Entre las pocas palabras que captó antes de que cambiara de tema (para evitar que a ella le entrara la idea de leerle la mano, iniciarlo en su creencia, invitarlo a su templo, sacrificar unas gallinas o echarle el mal de ojo) recuerda las de wicca, paganismo, luna, ritos, ciclos, adivinación y otras por el estilo. Ella siempre sufrió un poco por no tener algo que la llenara de pasión. Algo por lo que perdiera el sueño. Olga lloraba en los brazos de Roberto, diciéndolo que lo envidiaba por la manera en que él disfrutaba sus libros. Pero si esto es más un vicio que una pasión, le decía para consolarla. Pues entonces yo también quiero un vicio, le contestaba con un tono más enérgico. ¿Será ésta la pasión que le hacía falta? ¿La brujería? No creo, en un par de meses va a cambiar a otra cosa, vas a ver. Seguramente su noviecito, el Roberto segundo, la metió en eso. No lo dudo. Porque ella tiene sus momentos de lucidez. Mejor te hubiera copiado a ti y se hubiera puesto a leer, ¿verdad, Robertito? Yeah, right. Pinche inglés.

Una verdadera bruja. Sí, sí, bésame.

A la avenida Miramontes, por favor —Hellen toma el taxi que pidió en recepción, su largo cabello le moja la espalda ya que después de su reencuentro consigo misma se dio un rápido regaderazo, (no duró ni cinco minutos, temiendo que se le podría hacer tarde). Dejó sus cosas en el hotel. Aún un atisbo de esperanza—. Hurry, please, perdón, digo que si se puede apurar, tengo un poco de prisa.

Roberto sigue caminando y decide que se va a tirar en el primer pozo que encuentre. Será una coladera abierta. Pues también sirve. Pero me late que sólo quedarías lisiado. Entonces enfrente de un coche, salgo a la avenida y como es de noche, segurito me atropellan. Pero tienes que hacerlo bien; las cosas se hacen bien o no se hacen, no te quiero ver tullido para el resto de tu mugre vida. ¿Por qué siempre que hay problemas de amor se piensa en el suicidio? Todos pensamos en él, pero muy pocos lo llevan a cabo. Es que todos soñamos con la muerte, con una vida completa, no más incertidumbres, y pues qué mejor que morir de amor. ¿Será? Mejor desde un edificio. La Torre Latino. Está medio lejos, me da flojera. Cuando amas y cuando mueres cierras los ojos y te acuestas. Basta ya de decir que la característica el hombre es que camina erguido. La felicidad la encuentra cuando ama y cuando muere. Echado en el piso, en la cama, en donde sea. También cuando duermes. Tanto mirar ha vuelto rutinario ese órgano. Insensible. Por eso el amor nos gobierna y cerramos los ojos. Desenvuelve el acceso a sensaciones diferentes. Para conocer hay que tocar. Y que nos toquen. Podría ser de la azotea de tu casa, pero tendrías que tirarte de cabeza. ¿Y porqué no? Siempre has creído que el matarse es el único acto verdaderamente libre. Como dijo Séneca. ¿Me preguntas cuál es el camino a la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo. La sangre goteando de su dedo medio, deslizándose por el azulejo de su bañera. ¿La razón o la cuerda? Diógenes. Uno, dos, tres días pasan y nadie lo nota. Comienza a apestar. Alejandra ha telefoneado varias veces, pero siempre piensa que está ocupado y que no debe molestarlo. Como es viernes en la escuela sólo pierde un día de clases y no se molestan en llamar. Sein zum tode. Nadie le llora. Los amigos se visten de negro, dicen qué mal pedo y cumplen. Su madre (después de verter las lágrimas reglamentarias de toda madre que sobrevive a su procreación) vende sus pocas pertenencias y la casa, y la biblioteca la liquida por kilo o hace una pira con ella. ¡No!, primero muerto antes de ver eso. De eso precisamente es de lo que estoy hablando. Presta más atención a tus propios pensamientos. Mallum est in necessitate vivere, sed in necessitate vivere necessitas nulla est.

La avenida Miguel Ángel de Quevedo está un poco saturada de coches. Los desprendidos y comprensivos esposos regresando del trabajo. Convertidos en animales por la forma en que manejan. ¿En dónde sacaste tu licencia, en un zoológico? En sus casas los espera la bella esposa y los bien portados hijos. La cena ya preparada y servida. En la alcoba la esposa se pone el baby doll y se vuelve una fiera. Una sirvienta en la cocina y una puta en la recámara. Y si el esposo tiene suerte, hasta trae una amiguita. Jaja, ya estás desvariando Robertito. La noche ha caído completamente. Sólo luz artificial. Un poco de frío. Con que no haga viento, es un fresco agradable. Da vuelta a la izquierda y se sigue derecho. Más que querer caminar, ahora necesita caminar. Masticar aún más los pensamientos e ideas para que hagan buena digestión. Aprender a digerir, dijo Nietzsche. Aunque depende del bocado y del alimento. Habrá algo que ni siquiera se podrá mordisquear o que inmediatamente invitará al vómito. ¿La estupidez? Podría ser. ¿Ignorancia, simpleza, uniformidad?

Ya agarrará un camión. Eventualmente. Las manos en los bolsillos y la mochila colgando desganadamente de su hombro. Calles muy oscuras le impiden ver las ramas secas de unos árboles y es golpeado con ellas en plena cara. Se agacha para esquivar las que vienen. Siente un ardor en la mejilla; la primera rama lo ha arañado. Parece que no hay sangre. Ha sido un día pesado, menos mal que ya está terminando. Mañana se puede levantar un poco más tarde, ya que no tiene clase sino hasta casi medio día. Buen modo de empezar los fines de semana, sin embargo los niñetes de sus alumnos a esas horas, y por ser viernes, están más desganados y aguados que el resto de la semana. Un reto, la verdad. Pero Roberto ya está acostumbrado. Clases más ligeras de lo que de por sí ya son, más cortas y en ocasiones hora libre. ¡Yujuuuu!, usted es lo máximo profesor. Claro, sólo así me quieren chamacos. Se detiene para cruzar la calle. ¡Ahorita, aviéntate! Es un bocho, mejor espera uno más elegante. Otro alemán, pero de los más caros. De los que son hechos a mano. Que pase uno por aquí está difícil. Entonces al menos uno que venga rápido, no importa cual. Aunque si es un coche grande, mejor. Que sea más fuerte el impacto.

Roberto avanza cuando los coches se detienen con la luz roja.

¿Y qué tal en el metro?

"—y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia delante, delante de nosotros, por esa larga horrenda calle— ¿no tenemos que retornar eternamente?”



Ya es de noche, pero Hellen siempre ha tenido muy buena vista. La luna ilumina un poco el contorno de las cosas. Lo suficiente para ver quién va y quién viene. Lleva dos horas esperando en esa esquina, pero para ella parecieron minutos. Sus piernas le punzan, pero no quiere sentarse en el suelo. Siempre ha sido muy pulcra en cuanto a su ropa. Una manchita en una blusa o una arruga en el pantalón es suficiente para cambiarse. Tiene fuertemente abrazada su bolsa contra su pecho. Está un poco nerviosa. Cada dos, tres segundos alza la cabeza para confirmar que el nombre de la calle es el correcto. Al frente para cerciorarse de que el centro comercial es el mismo del que tiene anotado en el dorso de la mano. Sí, no hay duda, aquí es. This is the right place. Aquí debe ser.